La niña del sombrero azul

Ana Lena Rivera

Fragmento

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Nota de la autora

 

 

 

 

 

Antes de que te adentres en la lectura, quiero contarte que esta historia es mi homenaje personal a nuestras madres, abuelas y bisabuelas. Mujeres del siglo XX a las que conocimos ya de adultas, e incluso a algunas, de ancianas, porque fueron niñas y jóvenes antes de que nosotros naciéramos. Las suyas fueron vidas intensas, en tiempos mucho más convulsos que los nuestros, sufrieron la guerra, la escasez y demasiadas pérdidas, pero también tuvieron momentos de ilusión y alegría, de romería, baile y risas, y vivieron historias de amor, de decepción y, siempre, de superación.

Ni Manuela, ni Telva ni Alexandra, las protagonistas a las que pronto vas a conocer, existieron en la realidad, pero su historia se compone de retales de las vidas de muchas Marías, Pilares, Conchas, Cármenes, Josefas, Franciscas, Dolores, Luisas o cualquiera de los nombres que llevaron orgullosas nuestras antepasadas. En aquel entonces, las mujeres aseguraban la supervivencia de los suyos, atendían a los niños, a los enfermos y a los ancianos, cocinaban, cosían, limpiaban o trabajaban en las fábricas, pero no se escuchaba su voz y quizá, por eso, la Historia, la de con mayúsculas, se olvidó de ellas; sin embargo, de su mano hemos llegado hasta aquí, hasta el siglo XXI. Deseo que encuentres a las mujeres que marcaron tu vida entre las páginas de esta novela, porque este libro va por ellas.

 

 

PRIMERA PARTE

 

La criada

1912-1930

1

 

 

 

 

 

En la primavera de 1912, mientras el Titanic naufragaba en las frías aguas del Atlántico Norte, Telva parió a su quinta hija sobre la mesa de la cocina.

Agripina, la vecina que hizo de comadrona, torció el gesto nada más ver al bebé.

—Otra niña. No hay suerte —le dijo a la recién parida.

«Pues otra más», pensó Telva, quien entre la labranza, los animales y atender a la familia se veía sin tiempo ni energía para cuestionar las decisiones de Dios, aunque a veces le parecieran bromas de mal gusto.

—¿Cómo la llamamos? ¿Con el santo del día? —preguntó Agripina.

—Iba a llamarse Manuel por el padre de Pedro, Dios lo tenga en su gloria, que lo enterramos el mes pasado, pero siendo niña…

—Pues Manuela entonces —sentenció la comadrona.

Agripina cortó el cordón umbilical, lo ató con hilo de carrete mojado en alcohol, puso a la niña en brazos de su madre y, mientras Telva contaba los dedos de las manos y los pies de su hija, le masajeó la tripa para que expulsara la placenta. Después cogió un porrón con agua hervida ya templada y le lavó las partes íntimas para eliminar los restos del parto, antes de ir a comunicar al padre que el bebé les había vuelto a salir niña.

—¿Están bien las dos? —preguntó Pedro.

Cuando Agripina asintió, él se calzó las madreñas y salió de la casa.

El nacimiento de Manuela fue la quinta decepción de Pedro, que no entendía por qué Dios no le daba varones para ayudarlo con las labores más duras del campo. Todos los hijos eran una boca que alimentar los primeros años de vida, pero los niños producían en cuanto crecían; en cambio las niñas, cuando empezaban a ser útiles para las labores de la tierra, se casaban y pasaban a formar parte de la familia del marido. Pedro consideraba necesario tener al menos una hija para que cuidase de ellos en la vejez, pero tantas mujeres suponían una ruina.

Telva oyó la puerta de la casa al cerrarse y supo que su marido no iba a entrar a conocer a la recién nacida. Resignada, se levantó, se sentó en una silla y se puso a la niña al pecho mientras Agripina limpiaba la mesa de los restos del alumbramiento. Veinte minutos después, Pedro regresó con una gallina muerta sujeta por las patas y, sin necesidad de explicación, la dejó sobre la meseta de piedra.

—¿Cómo se llama? —le preguntó a su mujer.

—Como tu padre.

—Buena cosa —aprobó, y volvió a marcharse sin echarle siquiera un vistazo al bebé.

Agripina se dispuso a desplumar la gallina y preparar un caldo para que la recién parida recuperara la sangre perdida. Telva, tras varios intentos infructuosos de que la niña se le agarrara al pezón, le ató una gasa a modo de pañal, la colocó en el mismo cesto que había servido de capazo a sus hermanas y se la llevó consigo a dar de comer a los cerdos. Agripina no hizo ademán de detenerla. Tras atenderla en cinco partos, bien sabía que era inútil.

Después de Manuela llegaron dos niñas más, y con ellas sendas desilusiones, hasta que Telva alumbró al esperado varón. Fue entonces cuando Pedro Baizán dejó de tocar a su mujer, no fuera a ser que vinieran más hembras, y Telva, que a sus treinta y un años ya había llevado ocho embarazos a término y otros dos malogrados, supo lo que era vivir sin estar encinta.

Cuando Pedrito nació, Manuela contaba cinco años y se le fijó en el recuerdo la cara de felicidad de su padre, tan distinta a cuando había nacido Adosinda, hacía poco más de un año, porque de la llegada de Sofía, la que iba detrás de ella, no se acordaba. Pedro, de normal tan rudo y distante que solo les inspiraba miedo porque cuando hablaba era para amenazarlas con una tunda, las rodeó a todas juntas con sus enormes brazos antes de salir a proclamar a los cuatro vientos que había nacido su heredero.

Aquellos fueron años felices. Ajenos a la Gran Guerra que se libraba en Europa, la vida transcurría sin mayores sobresaltos en la casa de los Baizán entre el campo, los animales y la escuela.

Manuela y Sofía, las más cercanas en edad, eran inseparables. Igual que si fueran mellizas, jugaban juntas, reían juntas y no lloraba una sin que llorase la otra. Su día favorito era el sábado por la mañana, cuando Telva cogía a los más pequeños y se los llevaba al mercado, mientras las mayores iban a ayudar a su padre en el campo.

—Sofía, cuida de Pedrito y de Adosinda, y Manuela, tú vigila que nadie nos sisa mientras yo atiendo —las organizaba Telva.

Para las niñas, el mercado era una fiesta. Se celebraba en Pola de Lena, la villa cabeza de partido, que contaba con una gran iglesia y un palacio rodeado de enormes jardines, propiedad de unos marqueses. Manuela y Sofía nunca habían visto el palacio por dentro, pero habían escuchado que en la propia finca había una casa para los guardeses y hasta una capilla con vidriera, así que cada sábado le pedían a su madre pasar por delante de la verja con la esperanza de atisbar algo. Durante toda la mañana discutían si ese día la encontrarían abierta o cerrada, y Manuela siempre apostaba por poder asomar un momento la cabeza.

El gran atractivo del pueblo era el continuo trasiego de gente que se reunía en la plaza principal, donde ellas instalaban su puesto cada sábado, y justo enfrente estaba La Rampla. Allí se celebraba el mercado de ganado, que concentraba a paisanos de todas las aldeas de Lena y de los concejos vecinos. La plaza se llenaba de tenderetes de lona donde se exponían alimentos frescos, secos o en conservas caseras, pero también utensilios de cocina y de labranza, y se afilaban cuchillos, se arreglaban zapatos y se conversaba entre puestos. El ruido, los carros y el constante ir y venir las hacía pensar que Madrid, de la que solo habían escuchado hablar en la escuela, debía de ser parecida a Pola de Lena, que por entonces contaba con más de doce mil habitantes.

Allí, lloviera, orbayara o hiciera sol, Telva vendía chorizos, morcilla, chosco, butiello, panceta y fabes todo el año; y moscancia, berzas, patatas o manzanas, según la estación. Después compraba dos hogazas de pan para la semana, queso, aceite, lentejas, garbanzos y una botella de orujo de miel para que Pedro tomara cada mañana una copa pequeña, de las de jerez, que lo ayudara a entrar en calor antes de salir al campo.

Mientras Telva echaba las cuentas de lo vendido y compraba las provisiones semanales, las niñas curioseaban y hablaban con la gente del pueblo. Ese contacto humano hacía que se olvidaran de la escuela, el trabajo y la monotonía de su aldea durante unas horas.

Una mañana de verano de 1918, Telva hizo tan buen mercado que volvió para casa sin género, y de lo contenta que estaba se permitió comprarles un capricho a sus hijas. A Manuela y a Sofía se les antojó un juego de lotería que venía en una bonita caja de cartón. En su interior contenía fichas de madera con las cifras pintadas en rojo y doce cartones que cada jugador debía rellenar con los números que salieran al azar; el primero en completar el cartón era el ganador. Telva se mostró reacia al principio porque le parecía un poco caro, pero vio a sus hijas tan fascinadas que cedió, solo convencida a medias por el argumento que esgrimió Manuela.

—Podemos jugar todos alguna noche después de cenar.

—¡Como que tengo tiempo yo para jueguecitos! —le respondió.

Telva tuvo tiempo y jugó en muchas ocasiones a la lotería de las niñas porque, en octubre de 1918, la epidemia de gripe española aisló a las familias de la zona. El suministro de aceite, trigo y otros productos que llegaban desde la meseta por ferrocarril se interrumpió durante varias semanas. Se suspendió el mercado por miedo a los contagios, pero los Baizán y sus ve­cinos de aldea continuaron con su vida, ajenos a la matanza que el virus estaba causando de punta a punta del país. Comían lo que producían y hacían trueque: en vez de aceite, manteca de cerdo; en vez de pan de trigo, de escanda; y en vez de orujo de miel para Pedro, el aguardiente de guindas que varias mujeres del pueblo aprendieron a preparar en un viejo alam­bique que, entre todas, le compraron a la Raposa, una vecina de la aldea contigua que no lo usaba desde que un rayo la dejó viuda con once hijos a su cargo. Así, las mujeres se aseguraron de que sus maridos tuvieran con qué calentar el estómago antes de salir al campo las frías mañanas de invierno, pero también de poder calmar los llantos de los más pequeños dándoles a chupar el dedo mojado en el licor, o sus propios nervios cuando los días se torcían más de lo normal. Pronto se acostumbraron a la situación y el juego de lotería de Manuela y Sofía sustituyó al entretenimiento semanal que suponían el mercado de los sábados y la misa de los domingos, porque, por precaución, el cura tampoco subía al pueblo a dar la eucaristía. Telva dejaba por un rato sus quehaceres y se reunían en la cocina para olvidarse del trabajo y compartir risas, emoción y alguna pelea con la encargada de cantar los números. A Pedro le picaba la curiosidad al escuchar su algarabía pero no consideraba conveniente tal acercamiento a su prole, así que se iba al bar a tomar unos chatos, no fuera a ser que le perdieran el respeto. Nunca les preocupó contagiarse de la epidemia. En el pueblo no había forasteros, los vecinos eran los de siempre y no les aquejaba ningún mal nuevo.

La gripe española no llegó a la aldea de Manuela. Ni siquiera ella, que era la más menuda, flacucha y débil de las hermanas, la cogió, y eso que enfermaba con facilidad a causa de los inviernos fríos y húmedos de la cornisa cantábrica.

En 1920 ya parecía haber pasado lo peor y la vida retomó su curso. Fue entonces cuando el último brote de aquella gripe, que en el resto de país se había vuelto mucho menos virulenta y peligrosa, mermó la prole de los Baizán al llevarse a cuatro miembros: el varón, Pedrito, que ya hablaba por los codos con su lengua de trapo y se había convertido en el juguete de sus hermanas, y tres de las niñas, Sofía y las dos mayores, las más cómplices de Telva y su mayor apoyo.

Manuela estaba a punto de cumplir los ocho años, pero nadie se acordó de su cumpleaños, ni siquiera ella misma, porque la ausencia de Sofía se le había agarrado al pecho y apenas la dejaba respirar. Nunca le preguntaron cómo estaba ni tuvo ocasión de compartir su pena con nadie. Fue como si, sin Sofía a su lado, ella también dejara de existir. Y en cierto modo eso fue lo que ocurrió, al menos para el mundo que la rodeaba, porque el día que Telva dejó de llorar, también enmudeció y, sin saber leer ni escribir, cortó la comunicación con el mundo. Incluidas las hijas que habían sobrevivido. Pedro, que se vio despojado del descendiente varón que tanto había deseado y con una esposa que no decía una palabra ni soportaba el contacto físico, repartió su tiempo entre el campo y el bar, limitando su estancia en la casa al mínimo indispensable para comer y dormir. Sus hijas quedaron a merced de ellas mismas, al cuidado de Matilde que, a sus trece años, se encontró sola, sin sus dos hermanas mayores y convertida en la sustituta de su madre para con las pequeñas. Con el corazón roto y sin tener ni idea de cómo hacerse cargo de la responsabilidad que entre la gripe, el cielo y sus padres le habían echado a la espalda, se llenó de rabia contra el mundo, contra Dios y contra todos aquellos que la rodeaban.

Por eso, la mañana que descubrió a Manuela haciendo como que jugaba con Sofía a la lotería, con tal realismo que hasta hablaba y reía feliz como si estuviera allí a su lado, le dio tal co­raje que le quitó el juego para venderlo de segunda mano en el mercado.

—¡Es mío y de Sofía, no puedes llevártelo! —gritó Manuela al ver las intenciones de su hermana—. Mamá nos lo regaló a nosotras.

—Niña bruja, que hablas con los fantasmas, a mí no te acerques —le espetó Matilde.

—No es un fantasma, es Sofía, ¿no la ves?

A Matilde se le erizaron los pelos del brazo del repelús que le entró y, cuando Manuela se enganchó a su falda para impedir que saliera de casa con el juego, la apartó de una patada tan fuerte que la lanzó al otro extremo de la habitación y Manuela se luxó la muñeca.

Al llegar la noche, la mano de Manuela parecía uno de los choscos que embutía su madre tras la matanza y la pobre niña ya no soportaba el dolor. Aguantó como pudo porque, aunque le enseñó la mano a su madre, Telva la ignoró, y temía que si se lo contaba a su padre, el remedio fuera peor que la enfermedad. Finalmente fue Adosinda, la menor, la que acudió a Pedro, que miró la mano de Manuela con prisa y a regañadientes.

—Mételo en agua caliente con sal y después frótate un diente de ajo —le dijo.

Se fue murmurando en voz baja, lo que no evitó que Manuela lo escuchara.

—Esta niña no parece una Baizán, ¡ni que hubiera nacido para señorita!

Cuando la miraba, solo pensaba que ojalá la gripe se la hubiera llevado a ella, tan flaca y esmirriada, en vez de a Pedrito. O de Sofía, porque siendo catorce meses más pequeña que Manuela parecía la mayor de las dos, y tenía tanta fuerza como cualquier chico de su edad.

Al día siguiente, la muñeca de Manuela empezó a coger el color del vino y Pedro aprovechó la visita del veterinario a la vaca preñada para que le mirase la mano a su hija. El veterinario le colocó la muñeca y después se la vendó fuerte.

—Que no coja peso ni haga esfuerzo alguno con ese brazo. Pasado mañana, cuando venga a ver a la vaca, le echo otro vis­tazo.

Cuando el veterinario se marchó, Pedro miró a Manuela con una mezcla de enfado y resignación.

—Espero que al menos te apañes para hacer las tareas de la casa.

Manuela se apresuró a asentir.

—A ver si es verdad, porque ya eres inútil para el campo y solo nos falta que, con tu madre así, ahora te quedes lisiada.

Después fue en busca de Matilde y, sin necesidad de explicación, le propinó dos guantazos que la dejaron aturdida todo el día y medio sorda de un oído el resto de su vida.

—¡Pide al cielo que el veterinario no nos cobre por arreglarle la mano a tu hermana, porque te mato a palos! —le espetó.

Aquella no fue la única vez que Manuela habló con el fantasma de Sofía, pero desde entonces se cuidó mucho de que nadie la escuchara, porque la muñeca sanó gracias a las atenciones del veterinario, pero la inquina de Matilde hacia ella creció tanto que Manuela la evitaba como podía, pues no perdía ocasión de coserla a pellizcos, collejas y, si se terciaba, algún bofetón.

Pedro decidió asignarle definitivamente a Manuela las tareas de la casa para que las hijas que le quedaban, más fuertes y útiles que ella, se dedicaran a la siembra, la cosecha y el cuidado de los animales.

Así, a fuerza de no verla más que como la sombra que fregaba, remendaba la ropa, lavaba, planchaba y los recibía con un puchero caliente en las brasas de carbón, su padre dejó de pensar en ella. Manuela se libró incluso de los correazos que Pedro repartía entre el resto de sus hermanas, porque su relación con él se limitaba a servirle la comida y a tener su ropa zurcida y limpia, y en esos menesteres Pedro no era muy exigente.

Manuela y Adosinda continuaron yendo a la escuela, aunque Adosinda, igual que habían hecho sus hermanas mayores, solo asistía cuando no se la necesitaba en la recogida de castañas, en la siembra de fabes o en otros momentos cruciales en los que todas las manos, incluso las más pequeñas, eran útiles. Eso solía equivaler a tres o cuatro meses de educación al año, los suficientes para que aprendieran lo básico de lectura, escritura y las operaciones matemáticas para llevar las cuentas de una casa.

En cambio, Manuela fue a la escuela hasta los catorce. La maestra se empeñó en que no dejara los estudios, pero ante el inquebrantable silencio de Telva y el desinterés de Pedro, acudió a Agripina, la comadrona, que accedió en nombre de la familia, no porque considerara que le hacía un favor a Manuela, sino por no ponerse a mal con la única maestra que había durado más de un año en el pueblo.

—Es una niña muy lista —le aseguró la profesora.

«¡Como si eso le fuera a servir de algo!», contestó Agripina para sí, y calló porque si le decía lo que pensaba y la maestra se iba del pueblo por su culpa, los vecinos le harían la vida imposible.

 

 

Los años pasaban y la vida en casa de Manuela transcurría triste, pero ya cotidiana, como si la pena se hubiera convertido en una más de la familia, hasta que en el verano de 1929, después de que los lobos mataran a la cerda con sus cinco lechones, no dejaran gallina viva en el corral y le destrozasen la huerta de fabes, Pedro planificó el futuro de sus hijas: Matilde, de veintidós, se quedaba en casa para cuidar de ellos y ayudar en las labores del campo y con el ganado, porque para eso era la mayor y la más fuerte; Olvido, la más guapa, se casaba con veintiún años, por voluntad propia y porque era su mejor opción, con un minero al que había conocido meses atrás en las fiestas de Pola de Lena y se mudaba con él a la prosperidad de la cuenca minera; a Adosinda, la menor, que mostraba especial atención en la iglesia, la ingresó en el convento de las Carmelitas en Oviedo. Allí simbolizaron la pérdida de su identidad cambiándole el nombre a María Auxiliadora, y empezaron a prepararla para pasar el resto de su vida encerrada en la cárcel que su padre eligió para ella. A Manuela la envió a servir a casa de unos marqueses que vivían en Madrid y pasaban los veranos en Gijón. Aunque le costó las dos gallinas ponedoras que la Raposa, la viuda de Atilano el Raposo, le cobró por colocarla gracias a que allí servía desde hacía años su hija Claudina, las pagó gustoso porque era lo único a lo que podía aspirar una mujer que solo valía para las tareas de la casa.

Si a Telva le dolió la marcha de sus hijas, no lo demostró. Manuela, la primera en irse, buscó por última vez refugio entre sus brazos mientras Pedro cargaba en el carro la maleta de cartón con sus escasas pertenencias. Telva no la rechazó, pero tampoco respondió al abrazo.

—Adiós, madre. La echaré mucho de menos —se despidió entre lágrimas.

Aquel día Manuela dejó atrás su infancia, a su familia y también al fantasma de su hermana pequeña, porque al ver cómo los ojos de Telva se aguaban cuando empezaron a alejarse, comprendió que a su madre le hacía aún más falta que a ella la compañía de Sofía.

Manuela nunca había estado en Gijón y el bullicio de la ciudad la desconcertó. Los edificios tan altos, la cantidad de gente y de coches de caballos la impresionaron, pero no sintió miedo hasta que llegó a la verja del que era su destino final: una imponente mansión de tres plantas, rodeada de un cuidado jardín verde que contrastaba con la fachada azul celeste. Se tranquilizó a sí misma pensando que era más pequeña que la de los marqueses de Pola de Lena.

—No olvides lo que hemos hablado: ver, oír, callar y obedecer —le dijo su padre—. Vendré a por ti en septiembre para la recogida de castañas. O no. Según se dé la cosecha. Ya veremos.

Manuela asintió, pero algo en su interior le dijo que aquel año ella no estaría en la recolecta de otoño ni en la fiesta de fin de temporada que se celebraba en el pueblo el día de los Muertos.

Pedro se quitó en menos de un mes tres bocas que alimentar. Entre él, Matilde y Telva, que desde que enmudeció por decisión propia y se vio libre de las molestias de los embarazos trabajaba como una bestia de sol a sol, se encargarían de la granja.

Por su parte, Manuela cambió la casa donde nació, con suelo de tierra prensada y dos cuartos, uno para los padres y otro compartido con sus hermanas, por una habitación, diminuta pero propia, en un palacio lleno de mármol, bronce y madera pulida. Allí conoció a Alexandra, una señorita de su edad, altiva y paliducha, más menuda y escuchimizada que ella misma, y que le pareció una enclenque en comparación con su madre, sus hermanas y las mujeres de la aldea.

«Si padre piensa que yo no valgo para el campo, a esta la hubiera metido en el convento antes que a Adosinda. Suerte tiene de haber nacido rica», pensó.

2

 

 

 

 

 

Los preparativos de la fiesta por el décimo octavo cumpleaños de Alexandra Catarina Solís de Armayor ocuparon las semanas estivales de doña Victoria de Armayor, su madre. Se celebraría en la casa familiar de Gijón y estaban invitadas las personalidades más relevantes de la aristocracia asturiana y parte de la burguesía acomodada. Las tías de doña Victoria, doña Renata y doña Frederica, ya habían viajado desde Lisboa para asistir al aniversario de su sobrina nieta.

El servicio estaba más atareado que nunca y el nerviosismo empezaba a pasarles factura. A Manuela no se le permitía servir la merienda, para eso le faltaba aún mucho tiempo, antes tenía que adquirir experiencia bajo la tutela de Claudina, hija de la Raposa y doncella principal de la familia. Claudina era la encargada de atender a los señores y a sus invitados y de controlar al resto de las muchachas, que se ocupaban de las tareas de limpieza y mantenimiento de la casa.

Claudina amadrinó a Manuela y ella se convirtió en su sombra.

—¿Tú qué sabes hacer? —le preguntó.

—Coser, remendar y lavar, fregar, planchar y preparar el puchero en la lumbre.

—Los señores no comen puchero, para la costura está la modista y aquí en Gijón solo necesitan arreglos puntuales. Los señores compran en las mejores casas de moda de Madrid. De lavar y planchar se encarga Antonia, así que contigo tengo que empezar de cero. Aprenderás a servir a los señores, y para eso hay que ser igual que un fantasma, debes parecer invisible.

Transcurrieron dos semanas hasta que Claudina le permitió recoger el juego de té que las señoras habían utilizado aquella tarde en su refrigerio vespertino, y Manuela, siguiendo sus enseñanzas, intentó volverse invisible, pero se puso tan nerviosa que tropezó al abandonar el salón y las piezas de porcelana salieron volando y se hicieron añicos contra el suelo. Solo la jarrita de la leche sobrevivió intacta al desastre.

Claudina se deshizo en disculpas con la señora, ordenó a otras dos criadas que recogieran el estropicio y, tras salir de la sala, le propinó dos bofetones a Manuela antes de cogerla por una oreja y llevarla a rastras hacia su dormitorio dispuesta a darle una buena tunda.

Alexandra se cruzó en su camino.

—¿Qué hace usted? ¿Qué ha ocurrido?

—No se apure, señorita. Esto son cosas del servicio, yo me encargo.

—Suéltela. Le está haciendo daño, ¿no lo ve?

Claudina aflojó un poco la presión sobre la oreja de Manuela, que ardía encendida entre sus dedos.

—Señorita Alexandra, le ruego que no se entrometa, no me haga informar a su padre de que no me permite hacer mi trabajo. Usted no tiene que ocuparse de estas cosas, vaya a disfrutar de los preparativos de su fiesta.

—No voy a ningún sitio y puede hablar con mi padre si quiere. Puestos a informar, también le encantará saber por qué tarda usted tanto los sábados por la mañana en el mercado.

Claudina palideció al saberse pillada en falta, y no en una cualquiera, sino en una vergonzosa, porque se entretenía cada sábado con el tendero del puesto de utensilios de cocina, que hacía ademán de cortejarla sin más intención que pasar el rato. A regañadientes, soltó la oreja de Manuela.

—Y ahora quiero que la libere de sus obligaciones por hoy, porque necesito ayuda con el vestido de mi fiesta —ordenó Alexandra.

—Esa es mi labor. Manuela todavía no sabe hacer nada.

—Lo sé, pero con mis tías en casa y la llegada de mi abuela esta tarde, ya bastante tiene usted. Ande, vaya a atenderlas y no se preocupe por mí, que yo me arreglo con Manuela.

Claudina cedió, aunque la mirada que le dirigió a Manuela le hizo saber que aquello no era una amnistía sino un simple aplazamiento de su castigo.

—Señorita Alexandra —dijo Manuela en cuanto llegaron al cuarto de su salvadora—, de verdad que le agradezco que haya intercedido por mí, pero Claudina tiene razón, yo he tirado el juego de merienda. Por mi culpa se han roto varias piezas.

—¿Sabes cuántos juegos de café y de té tiene mi madre? Aunque rompieras media docena, seguiría habiendo tazas en esta casa como para completar diez ajuares. Y aquí, ajuar solo el mío, y eso si me caso.

—¿Cómo no va a casarse? —se escandalizó Manuela—. Con un aristócrata de buena familia, como usted.

—Si tú supieras la pereza que me da eso. Yo quiero estudiar, viajar y hacer cosas útiles. ¿Sabes cuánto me aburro? Qué va, no tienes ni idea. ¿Tú quieres casarte? Porque guapa sí que eres, a pesar de ese horrible uniforme que parece salido del siglo pasado.

Manuela se encogió de hombros.

—Supongo que sí. Es lo que hay que hacer. Para eso servimos las mujeres, para atender a nuestros maridos y traer hijos al mundo. Además —dijo bajando la voz—, no quiero convertirme en Claudina.

Alexandra rio.

—¿Tan mala es contigo?

Manuela volvió a encoger los hombros antes de responder.

—No es mala, solo un poco severa. Aunque sus bofetones son mucho mejores que el cinturón de mi padre cuando se enfada.

—¡Santo cielo! ¡Qué barbaridad! Espero que no se enfadase muy a menudo.

—De tanto en cuanto. ¿Su padre no…? —Manuela se arrepintió al instante de lo que iba a decir—. No, claro, usted es una señorita.

—Tu padre no está aquí, y si me ayudas, yo me ocuparé de quitarte a Claudina de encima.

—Por supuesto, señorita Alexandra, pero seguro que yo la atiendo peor que ella, nunca he vestido a nadie más que a mis hermanas.

—No seas inocente. Lo que necesito es que me ayudes a escaparme esta noche. Y como me traiciones, le diré a Claudina que me has estropeado el vestido y ya sabes lo que te espera después.

Manuela abrió los ojos, pero no le salieron las palabras.

—Si usted me lo pide, yo la ayudo, señorita, pero ¿y si la pillan?

—Precisamente por eso te necesito, para que no me descubran. Y deja de tratarme de usted, que debemos de ser de la misma edad. Al menos, mientras estemos a solas.

Manuela asintió.

—Te voy a explicar el plan, así que atiende, que me la estoy jugando.

—¿Adónde va a…? Perdón, ¿adónde vas a ir?

—Eso es cosa mía.

A las doce de la noche, Manuela salió de su cuarto a hurtadillas y se dirigió al de Alexandra. Manuela en bata, Alexandra con un vestido discreto, un cómodo sombrero y un chal cubriéndole los hombros.

—Ay, qué lío —murmuró Manuela—. Si nos descubren y me echan, mi padre me mata. Pero me mata, me mata.

—Eso si llegas, porque primero nos mata el mío. Así que chitón y ábreme camino.

Alexandra salió por la ventana del recibidor de la planta baja, destinado a la espera de las visitas que no tenían la consideración requerida para ser conducidas al salón.

—Ahora métete en mi cama por si a mi madre se le ocurre ir a mirar si estoy dormida, y dentro de tres horas, ni más ni menos, me vuelves a abrir la ventana. Como te duermas, estamos perdidas.

—¡Qué me voy a dormir si estoy hecha un flan! Dígame… Quiero decir, ¿puedo saber adónde vas? Por si le pasa… te pasa algo.

Alexandra dudó.

—No me sucederá nada —dijo al fin.

Manuela se persignó y se dirigió al cuarto de Alexandra repitiendo para sí la excusa de que se encontraba mal de la tripa, la que habían acordado por si se cruzaba con alguien. Hizo el recorrido de puntillas, arrimada a la pared, en un intento por volverse imperceptible.

Tres horas después, temblando de los mismos nervios, deshizo el camino y abrió la ventana. Allí la esperaba Alexandra agazapada contra la fachada, con la cara arrebolada y la respiración entrecortada por la carrera. Manuela la ayudó a saltar el alféizar y le entregó una bata y unas zapatillas. Luego subieron a la habitación de Alexandra en silencio y sin hacer ruido.

Alexandra estaba eufórica y no tenía ganas de acostarse.

—¿Tú quieres ser criada toda la vida? ¿No te gustaría estudiar?

—Yo ya sé leer, escribir y hacer cuentas perfectamente. Fui a la escuela hasta los catorce años —repuso Manuela muy digna.

—Me refiero a si no querrías ir a la universidad.

Manuela abrió los ojos como platos.

—¿Yo? Eso es cosa de hombres. De hombres ricos.

—Pues ese es el problema. Que mi padre tiene miedo de que si yo voy a la universidad no logre casarme bien, porque dice que a los hombres les gustan las mujeres bonitas, no las sabiondas. Quiere que me case con un hombre rico, como si no lo fuéramos ya bastante, y que viva una vida como la de mi madre. Y eso que mi padre es de los abiertos de mente, que si conocieras al de mi amiga Valentina…

—¿Y qué tiene de malo la vida de doña Victoria? A mí me parece de ensueño.

—Yo quiero hacer cosas que importen, no solo sonreír y empolvarme la nariz. Soy tan lista como cualquier hombre.

—Es una inteligencia diferente, ¿no? La de las mujeres y los hombres, digo.

—Ay, Manuela, qué inocente eres. Pero creo que también eres leal. Y eso es lo que ahora necesito. ¿Sabes coser?

—Sé remendar, dar vueltas a cuellos y puños, poner rodilleras y coderas, y he confeccionado ropa para mi padre y mis hermanas cuando mi madre compraba alguna pieza de tela.

—Con que sepas ajustarme los vestidos cuando cojo o pierdo peso es suficiente. En Madrid tenemos modista fija, pero aquí no. También podrías venirte conmigo a Madrid, a trabajar con nosotros todo el año, como Claudina. ¿Tú querrías?

Manuela recordó la cara de su padre cuando se despidió de ella con aquel adiós que le sonó tan definitivo, y asintió con la cabeza.

—Pues no se hable más, vas a ser mi regalo de cumpleaños. Eres demasiado guapa para dejarte las manos fregando, y estoy harta de aguantar a Claudina y su falsa sumisión llena de reproches silenciosos. Ahora vete —ordenó Alexandra—. Mañana hablamos.

Manuela obedeció. Estaba tan nerviosa por los acontecimientos de las últimas horas que cuando llegó a su habitación vomitó en el orinal.

 

 

—¿Doncella personal? Alexandra, hija, que ya no estamos en el siglo diecinueve —dudó Victoria de Armayor—. Manuela todavía tiene mucho que aprender, es joven e inexperta y, aunque se muestra discreta, no puede ocultar sus modales de campo. No sé qué tiene para que te fijes precisamente en ella.

—Me gustaría tener una persona a mi servicio, pero no quiero gravar la economía familiar y Manuela está por cama y comida.

—Te tengo dicho que no te preocupes por los asuntos de dinero, que eso no es propio de una dama —la reprendió su padre.

Alexandra no dijo nada, pero miró a sus progenitores con gesto interrogante.

Victoria dio la batalla por perdida.

—Si tu padre está conforme, a mí me parece bien —cedió.

—Cumples dieciocho años y me gusta que tengas deseos acordes a una señorita de tu clase —decidió su padre—. Así aprenderás a tratar al servicio, te hará falta para un futuro no muy lejano cuando dirijas tu propia casa. Espero que sepas mantenerte firme con ella pese a lo próximo de vuestra edad, pero también que seas ecuánime y comprensiva con sus fallos por la misma razón.

—Entonces ¿me puedo quedar a Manuela?

—Enviaré un recado a su padre. Seguro que se muestra dispuesto a llegar a un acuerdo.

—¡Gracias, padre! —respondió Alexandra, eufórica, y corrió a darle un beso.

—Compórtate, que ya no eres una niña. —La apartó sin poder ocultar su satisfacción—. Los besos para tu madre.

Fue precisamente doña Victoria la que, una vez que Alexandra salió de la sala, cuestionó con sutileza a su marido.

—No es que me parezca mal quedarnos a Manuela, pero cuando su padre se entere nos va a pedir un precio. ¿Vamos a darle dinero por llevarnos a una chica que no sabe hacer nada?

—Seguro que lo hará, pero ¿qué más da? Se contentará con unos reales. Cuando vino a traerla, parecía deseoso de librarse de ella.

—Pero estando a cargo de nuestra hija, sin Claudina enseñándole el oficio, Manuela no aprenderá y se convertirá en una gandula, la vamos a echar a perder. ¿Qué trabajo puede darle la niña solo con su ropa y su cuarto?

—Cuando Alexandra se canse de ella, si no te sirve la ponemos de patitas en la calle. Lo que importa ahora es que nuestra hija se entretenga con cosas propias de su sexo y deje de pensar en ir a la universidad. ¿Pues no me dijo el otro día que quiere estudiar Medicina? Lo que nos faltaba. No teníamos que haberle permitido que estudiara bachiller.

—No sería la primera mujer universitaria. En la Residencia de Señoritas de Madrid se alojan chicas de buena familia que van a la universidad. Incluso aquí en Asturias, con lo diferente que es esto de la capital, se licenció la primera mujer médico hace un par de años. Una tal… No me acuerdo ahora, me lo dijo Alexandra.

—Ya veo que a ti también te ha soltado el mismo discurso. ¿Cómo se enterará de todas esas cosas? En cualquier caso, no te dejes convencer, Victoria, que no es bueno para ella. Esto de las mujeres universitarias es una moda minoritaria entre las hijas de los burgueses. ¿Tú qué quieres? ¿Que tu hija se convierta en profesora y los alumnos le hagan el vacío en clase? ¿O que la reciban a pedradas? ¿O que sea como esas de Barcelona que también estudiaron Medicina y se dedican a atender a prostitutas? Tan loable como inconveniente. Alexandra un día será marquesa, y las marquesas no son ni abogados ni médicos. Lo que tiene que hacer es casarse con un hombre que dignifique el título familiar, que multiplique nuestro patrimonio con el suyo y que le dé una buena vida. Y los hombres así no se casan con una universitaria, bien lo sabes tú. La niña es muy lista, se dará cuenta de todo esto en cuanto madure un poco.

—Tienes toda la razón. Como siempre. Así son las cosas y nosotros debemos mirar por el futuro de nuestra hija.

Y doña Victoria lo dijo convencida.

 

 

Don Carlos Solís envió al guardés a la aldea de Manuela para que negociara con Pedro Baizán. Era un hombre de confianza; hijo de los anteriores guardeses, ya fallecidos, había nacido y vivido toda la vida en la finca, allí se había casado y criado a sus hijos. Mostraba su agradecimiento con absoluta lealtad a la familia y cuidaba de la casa como si fuera suya. Por eso don Carlos Solís contaba con él para todo encargo comprometido. Con ocasión de la visita al padre de Manuela, le entregó tres pequeñas bolsas de reales y le dio instrucciones: debía comunicarle a Pedro Baizán que su hija se quedaba definitivamente con los Solís de Armayor y darle una de las bolsas «para compensar la falta de Manuela en la recogida de castañas», pero si ponía problemas podía entregarle las tres. Sabía que era una cantidad excesiva por aquella muchacha, pero deseaba complacer a su hija.

El guardés regresó con el permiso para llevarse a Manuela a Madrid y dos bolsas de reales.

—Creo, señor marqués, que podía haberse ahorrado el dinero que le entregué. Juraría que ni siquiera se acordaba de la chica.

Claudina se dirigió al cuarto de Manuela en cuanto doña Victoria le dio la noticia de sus nuevas ocupaciones.

Manuela rezaba en ese momento tres avemarías arrodillada ante su cama, tal como su madre le enseñó a hacer cada noche al acostarse, aunque eso fue antes de que dejara de hablar y se olvidase de sus hijas vivas.

«Encomiéndate a la Virgen todos los días y cierra bien las piernas si algún señorito te mira con ojos perversos, intenta no cruzarte con él, que en esas casas de ricos cuentan que pasan cosas muy feas», le había dicho su hermana Matilde a modo de despedida porque ni un abrazo le dio, así que, a falta de señoritos a los que temer, había cumplido fielmente con la oración.

—Te equivocas, Manuela, te equivocas —dijo Claudina, que entró sin llamar y cerró la puerta tras ella.

Manuela soltó un grito, sobresaltada por la interrupción.

—No te asustes, niña, que yo espero a que termines. Por lo menos rezas. No está todo perdido.

—¿He hecho algo mal? He terminado de fregar todo lo que me ordenó.

—Cuando tu padre le pidió a mi madre que hablara en tu favor para conseguirte trabajo en esta casa, le aseguré que haría de ti una sirvienta competente para que te ganaras el sustento, al menos hasta que encontraras marido. Por eso, y porque tu madre nos ayudó en lo que pudo cuando aquel maldito rayo nos dejó huérfanos, intento enseñarte todo lo que sé. Tú no lo recuerdas, eras muy pequeña, tanto que tu madre todavía hablaba, pero yo sí, y por eso quiero lo mejor para ti. Soy estricta contigo para que aprendas rápido y te hagas valer cuanto antes, pero pareces empeñada en complicarte la vida. Vas a ser el juguete de la señorita Alexandra hasta que se canse de ti.

—O quizá se case y me lleve con ella de ama de llaves.

—¿De ama de llaves? —Claudina se rio con una mezcla de compasión e impotencia—. ¡Si no sabes hacer nada! Y como la señorita Alexandra siga exponiéndose así, se queda para vestir santos, eso si no se encarga su padre de casarla cuando se harte de sus tonterías. Pero si la alcahueteas en sus insensateces, serás tú la que acabará mal.

Manuela se ruborizó.

—¿Qué crees? ¿Que no sé de vuestra correría nocturna de la otra noche? Lo sé yo y toda la casa. Todos menos los señores, que la consienten hasta la saciedad. Una buena zurra merece la señorita Alexandra, a ver si se entera de lo afortunada que es y deja de poner en peligro el buen nombre de la familia. Al final la pillarán, ¿y sabes quién va a pagar los platos rotos? Tú.

—No sé de qué me está hablando —mintió Manuela.

—Ya. Piensa bien lo que te voy a decir. Lo hecho, hecho está y no vamos a contradecir a la señora, pero una vez en Madrid, cuando la señorita Alexandra vuelva a sus estudios, que vete tú a saber para qué quiere estudiar tanto, tú te quedas trabajando conmigo. A ver si aprendes a hacer algo que no sea alimentar cerdos y estudiar historia y matemáticas. ¡Vaya idea la de tenerte tanto tiempo en la escuela! Allí te llenaron la cabeza de pájaros. Recapacita y haz lo mejor para ti.

Cuando Claudina salió de la habitación, Manuela sintió que le temblaba todo el cuerpo. Debía contarle a Alexandra que la doncella principal sabía de sus asuntos. ¿Cómo había cambiado tanto aquella mujer? No parecía tan amargada cuando iba al pueblo a visitar a la familia, claro que hacía mucho que solo pasaba allí unos días al año. Desde que su padre, Atilano, los dejó huérfanos a ella y a sus hermanos cuando lo partió un rayo.

 

 

Atilano el Raposo recibió su apodo el mismo día que nació, igual que su padre y su abuelo. El merecedor inicial del apelativo fue su bisabuelo Benigno, que una noche añadió en su haber la matanza de diecinueve zorros, después de que su corral y el de otros vecinos fueran diezmados aquel otoño. Cuando dejó sus diecinueve trofeos a la puerta del bar, los vecinos lo invitaron a tantas rondas como raposos había liquidado y, aunque solo consiguió beber la mitad, el apodo «el Raposo» pasó a formar parte indivisible de su nombre y el de sus descendientes.

Atilano era hombre de bofetón fácil, correa firme pero contenida, que acostumbraba a trabajar como un mulo durante el día y a exigir a su esposa el cumplimiento del deber conyugal cada noche, ya fuese día laborable o fiesta de guardar, sin excepción, y sin menstruación o dolor de cabeza que eximiera a su sufrida compañera de sus obligaciones maritales.

Así contaba con una prole de diez hijos en la tierra y un undécimo en la barriga de su mujer, cinco varones y seis hembras, cuando dejó el mundo de los vivos a la edad de treinta y cinco años sin siquiera darse cuenta de su partida.

A Atilano lo mató un rayo durante una tormenta, a tan solo unos metros de su casa, cuando intentaba meter a la mula en la cuadra. La puerta del corral donde dormían los animales debió de quedarse abierta cuando los recogió y, al primer trueno, la mula se asustó y salió corriendo. Atilano, al verla en la huerta, fue a por ella para devolverla a su refugio. Aunque en realidad la mula era un burdégano, hijo de un caballo y una burra, no de un asno y una yegua, y pagó por ella menos que si de una mula buena se tratase, había invertido un capital y temía que, si se escapaba, se echara al monte o se la robaran. Maldecía al animal cuando el rayo lo dejó seco. Su mujer y su hija Claudina, que observaban la escena desde la ventana, supieron que su vida se desmoronaba porque mientras el alma de Atilano se dirigía al cielo, la miseria, el luto y, con él, el encierro avanzaban hacia su hogar irremediablemente.

Telva y el resto de las vecinas de la aldea ayudaron a la Raposa con lo que buenamente pudieron, pero once hijos eran muchos y, por mucho que estirara, allí no había para todos.

Claudina llegó a la mansión de los Armayor una mañana al inicio de la Cuaresma, con diez años, las tripas rugiendo de hambre, el cuerpo cubierto de ropajes negros mal teñidos que la cubrían del cabello a los tobillos y una muda llena de remiendos. Venía recomendada por el cura del pueblo, que conocía del seminario al sacerdote y confesor de doña Victoria de Armayor.

Alexandra tenía tres meses por entonces. Hacía un par de semanas habían despedido a una de las criadas más jóvenes, una deslenguada con la mano larga que no dudaba en robar cuando creía que nadie miraba.

—¿Esa es la niña que viene de parte del padre Críspulo? —preguntó doña Victoria al ama de llaves cuando la vio.

—Esa misma. ¡Menudo encarguito el del cura! Si viene medio desnutrida…

—Dadle un baño y ropa limpia, y que le pongan un buen plato de comida. Quemad todo lo que lleva puesto.

Después de un corte de pelo y un despiojado con vinagre y lavanda, la pequeña Claudina se sentó a la mesa de la cocina vestida con ropas almidonadas, pero cuando le pusieron delante un plato de fabes con unas piedras planas que tenían una especie de babosa dentro se echó a llorar, muerta de hambre, creyendo que le habían puesto bichos al pote para burlarse de ella.

Por más que le explicaron que las almejas eran un manjar solo al alcance de los ricos y que estaban exquisitas, la niña no dejaba de llorar.

Se armó tal jaleo en la cocina que doña Victoria tuvo que bajar a ver lo que sucedía.

—¡Por el amor de Dios! Olvidaos de la Cuaresma, que solo es una niña. Preparadle una tortilla con dos huevos, medio chorizo y una rebanada de pan con manteca, y váyase cada uno a su faena, que vais a conseguir entre todos que se ponga enferma si no lo está ya —ordenó.

Desde aquel día, Claudina sintió absoluta devoción por la señora.

3

 

 

 

 

 

Juan Gregorio Covián llegó a Oviedo desde su León natal para estudiar Derecho gracias a la generosidad de su tío, canónigo de la catedral de Oviedo y hombre de confianza del obispo. Juan Gregorio, Goyo para la familia y amigos cercanos, aprovechó la oportunidad que se le concedía y sacó los dos primeros cursos con excelentes calificaciones. Iba a clase por las mañanas, estudiaba durante las tardes en la biblioteca, donde consultaba libros y repasaba una y otra vez la historia y las fuentes del derecho español, y por las noches recopilaba lo aprendido durante el día a la luz de un quinqué de gas, porque la luz eléctrica había llegado a la universidad y a las calles de la ciudad, pero no al domicilio de un reputado hombre de Dios.

En el verano de 1929, un compañero de clase, Alonso Bousoño, hijo de una de las familias burguesas más acaudaladas de Gijón gracias a la pericia de sus antepasados con las exportaciones e importaciones de mineral de hierro y carbón, lo invitó a pasar una semana en la casa familiar con la promesa de salidas nocturnas y chicas guapas. Lo hizo en agradecimiento a las tardes que Juan Gregorio pasó con él en la biblioteca explicándole los casos de derecho civil que, a Alonso, menos brillante que él, se le atascaban.

Fue precisamente en Gijón donde Juan Gregorio se permitió fijarse en una mujer por primera vez en su vida, y lo hizo en el teatro Dindurra. Quizá se debió a la euforia que le causó la conquista de doña Inés por don Juan Tenorio en la obra que aquel día se representaba sobre el escenario, o a la inquietud por la quiebra de la Bolsa americana que tanto parecía preocupar al padre de Alonso, o porque era la primera vez que se encontraba libre, entre amigos, sin tener que estudiar ni trabajar.

—Es Alexandra —le explicó su amigo—, la señorita Alexandra Catarina, hija de la marquesa de Armayor, y tiene diecisiete.

—¿Alexandra Catarina? —preguntó extrañado.

—La familia materna es de la alta aristocracia portuguesa. Su abuela, por la que le pusieron el nombre, se casó con el marqués de Armayor. La familia de él era originaria de Asturias, pero ya vivían en Madrid y pasaban aquí los veranos. Los padres de Alexandra continúan haciendo lo mismo. Las que están a su lado en el palco son sus amigas, Valentina Cifuentes y Amelia Noval, de diecisiete y dieciocho, y las señoras que ves detrás de ellas, sus respectivas madres. Valentina y Amelia son burguesas, como yo, pero la familia de Amelia son nuevos ricos. —Alonso bajó la voz y añadió—: Su abuelo empezó de carnicero, no te digo más. Valentina viene de familia de dinero desde hace varias generaciones. Las tres se casarán con hombres de fortuna, no con el hijo de un sastre, por mucho que tú digas que es la mejor sastrería de León, así que cambia de objetivo, que esa fruta no es para ti. Ni para mí tampoco. A mí me gusta Valentina, pero sus padres no tienen título y mi padre está empeñado en que emparentemos con la aristocracia para que nuestra familia suba un escalafón en la sociedad. Así que me toca buscar una aristócrata. Que esté arruinada, claro, porque lo que nosotros tenemos para ofrecer es dinero.

Juan Gregorio hizo caso omiso a su amigo.

—Don Juan conquista a doña Inés pese a la oposición de su padre. Si él puede, ¿por qué yo no?

—¿Qué tonterías dices? ¿No te habrá sentado mal la sidra? Que los de León no estáis acostumbrados y pega más fuerte de lo que parece.

—¡Qué sidra ni qué gaitas! ¿Tú me la podrías presentar?

—Rotundamente no. Mañana iremos a un espectáculo de cabaret en la calle Corrida, y ya verás tú qué pronto se te olvidan Alexandra y todas las mujeres que hayas conocido hasta ahora.

—Conocer, lo que se dice conocer, la verdad es que no he conocido ninguna.

—¿No me digas que no has catado hembra?

—¡Claro que no!

—Madre mía, Goyo, qué verde estás. Después del cabaret nos acercamos a Cimadevilla. Allí las mujeres son de otra clase, pero tienen cura para lo tuyo.

—¿Meretrices?

—No, si te parece, la Virgen María. Putas, Goyo, mañana nos vamos de putas. Y quien dice mañana, dice esta misma noche. De Gijón vas a salir hecho un hombre —respondió Alonso sin poder reprimir una carcajada que le valió la reprimenda de quienes los rodeaban en el patio de butacas.

Cuando salieron del teatro, Juan Gregorio convenció a Alonso, con dificultad y mucha insistencia, para que lo condujera hasta la casa de Alexandra con la intención de emular la conquista de don Juan Tenorio a doña Inés.

—Si te empeñas, es cosa tuya —cedió Alonso—. Pero como te pillen te van a correr a palos, y yo no voy a estar ahí para recibir los que no te den a ti. Te acompaño y luego te las apañas tú solito. Y si te ayudo es solo porque nos queda mucho derecho civil en lo que falta de carrera y te necesito. Así que vuelve sano y salvo. Hay que ver qué loco estás.

Alonso cumplió su promesa y, al anochecer, acompañó a Juan Gregorio hasta la residencia veraniega de la familia Solís de Armayor, próxima a la ermita de la Virgen de la Guía, al inicio de Somió. Era una zona cercana a la playa pero alejada del centro, en la que se mezclaban las mansiones de las familias adineradas con fincas agrícolas y ganaderas. A una distancia prudencial de la gran verja negra que marcaba el límite de la propiedad, se separaron.

—Yo de aquí no paso, pero te esperaré —anunció Alonso—. Eso sí, como no estés de vuelta en dos horas me iré sin ti. Y si te descubren y avisan al Cuerpo de Vigilancia, no se te ocurra hablarles de mí, que me buscas la ruina. Esto es cosa tuya y solo tuya.

Juan Gregorio escaló sin mayor problema el muro de piedra de algo más de dos metros de altura que rodeaba el jardín a la vez que rezaba para no encontrarse abajo una jauría hambrienta.

No había perros guardianes en la finca, y tampoco necesidad de escalar el muro porque Manuela y Alexandra se habían ocupado de que esa noche la verja se quedara abierta.

Se deslizó con la espalda pegada a la pared por la fachada de la casa buscando la habitación de Alexandra y sin poder quitarse de la cabeza las palabras de Alonso: «Una vez allí, ¿cómo vas a encontrar su cuarto? ¿Vas a tirarle piedras? Verás como te equivoques de ventana». A punto estaba de entrar en razón y desistir de su aventura cuando vio a Alexandra atravesar el jardín, ligera como un gato, escondiéndose entre los árboles hasta alcanzar la verja.

Atónito, no se lo pensó dos veces y salió tras ella, sin preocuparse de que alguien pudiera verlo, como así ocurrió, porque Manuela vigilaba tras la puerta para que Alexandra abandonara la finca sin problemas y la tía Renata, que por mucha agua de azahar que tomase llevaba años con problemas de insomnio, se entretenía viendo las estrellas desde la ventana de su cuarto.

No fueron precisamente estrellas lo que la tía Renata vio aquella noche, sino una sombra, que se parecía a su sobrina, salir a escondidas de la mansión, seguida por un mozo y, tras él, la sirvienta más joven de la casa, en zapatillas, bata y camisón. Estuvo tentada de ir a avisar a su hermana, pero en vez de eso prefirió esperar despierta el desenlace de semejante suceso y entretener así una noche que prometía ser larga y aburrida, como tantas otras en las que no lograba conciliar el sueño.

Juan Gregorio y, unos metros por detrás de él, Manuela, siguieron a Alexandra a través del barrio de La Arena, una zona desierta de calles rectas, salpicadas de fábricas y casas bajas con patios traseros en las que vivían familias obreras.

Alexandra avanzaba rápido y de vez en cuando miraba hacia atrás, lo que obligaba a Juan Gregorio a mantener cierta distancia para no ser descubierto.

Manuela corría tras él a mucha menos separación de la que él mantenía con Alexandra porque, concentrado como estaba en la persecución de la que consideraba ya su amada, no miró atrás en ningún momento.

Al llegar al centro, Alexandra tomó una calle próxima al mar con edificios de varias plantas y, cuando dobló la esquina, Juan Gregorio frenó la marcha. Manuela se detuvo también y cogió un palo, que algún niño habría olvidado apoyado en una fachada, en un ridículo intento por armarse antes de hacer frente a aquel hombre que, en el mejor de los casos, sería un ladrón o, en el peor, un sátiro que acosaba a la señorita Alexandra.

Cuando Juan Gregorio giró hacia la calle contigua, con cuidado para no ser descubierto, Alexandra había desaparecido.

Buscaba la puerta por la que podía haber entrado cuando recibió un golpe en la cabeza. Asustado y dispuesto a defenderse, se volvió y encontró a una joven en bata y zapatillas que sujetaba un pequeño trozo de madera. El palo se había partido al propinarle el porrazo y más de la mitad había caído al suelo.

Juan Gregorio se vio fuera de peligro y se echó la mano a la zona dolorida.

—¿Se puede saber quién es usted, por qué me golpea y qué hace vestida de esa guisa?

—Las preguntas debo hacerlas yo, ¿no cree?

—¿Usted? ¿Es una loca? ¿De qué sanatorio se ha escapado?

—Soy la doncella de la señorita que ha seguido hasta aquí, sátiro indecente.

—¿Sátiro yo? Sepa que soy el sobrino de un canónigo de la catedral de Oviedo.

Manuela dudó.

—Y suelte ese palo de una vez, que está haciendo el ridículo.

—No hasta que me explique por qué sigue usted a la señorita Alexandra. Yo soy su doncella personal —dijo Manuela, nerviosa como un flan y sin soltar el palo.

—No niego que le honra la lealtad con sus patrones, pero ¿no debería preocuparle más dónde va la señorita Alexandra a estas horas de la madrugada? Ella sola, como si fuera una fugitiva. ¿O es que usted sí sabe adónde va?

—¿Yo? No tengo ni idea, pero no se le ocurra insinuar que está haciendo algo malo porque entonces… —Manuela levantó lo que le quedaba de palo.

—Deje ya el palito, mujer, y vamos a buscarla antes de que se meta en un lío.

—¿Por qué demonios la sigue usted?

—Porque me da la gana, y haga el favor de cuidar ese lenguaje —respondió Juan Gregorio antes de echar de nuevo a andar.

Los dos, sin ser conscientes de la extraña pareja que formaban, peinaron la manzana sin descubrir por dónde había desaparecido Alexandra.

—¿Qué es ese portón? —preguntó Juan Gregorio.

Manuela se encogió de hombros.

—No soy de aquí, llegué a principios del verano y casi no he salido de la casa.

—¡Pues sí que es usted de ayuda! Tiene que estar en uno de estos edificios, no ha podido desvanecerse en el aire.

Dieron varias vueltas hasta que desistieron, se apostaron en la acera de enfrente y se dispusieron a esperar. Manuela, desconfiada; Juan Gregorio, con la sangre cargada de adrenalina porque, después de un año entre libros, de la universidad a la biblioteca y de ahí a casa de su tío, su aventura en Gijón tras Alexandra empezaba a superar la del propio don Juan al raptar a doña Inés.

—¿Me va a explicar por qué el supuesto sobrino de un canónigo de la catedral de Oviedo entra en casa ajena como un ladrón y ahora sigue a la señorita Alexandra?

—Después de que me explique usted a mí por qué una señorita de bien se escapa en mitad de la noche para venir a un barrio de semejante calaña.

La expresión de Manuela hizo comprender a Juan Gregorio que la joven criada no tenía conocimiento de las andanzas de Alexandra, así que se relajó, cedió y le contó que la vio en el palco del teatro Dindurra y, sin darse cuenta, fue retrocediendo en la narración hasta llegar a su tranquila infancia en León, como único hijo de un sastre que vestía a la alta burguesía leonesa desde su establecimiento en la calle Ordoño II, una de las vías más cotizadas del centro.

Manuela escuchaba embelesada las descripciones de Juan Gregorio de una ciudad que ella solo conocía por las lecciones de historia y geografía recibidas en la escuela, y él, espoleado por la excitación de la aventura y alentado por la atención que le prestaba Manuela, no paraba de hablar. Estaban tan fascinados que, con el ensimismamiento propio de la primera juventud, se olvidaron del mundo y del motivo que los había llevado hasta allí.

Una hora más tarde escucharon ruidos sordos y murmullos. Entonces se abrió el portón y salieron varias señoritas elegantemente vestidas. Una era Alexandra que, apresurada, emprendió el camino de vuelta a casa.

Tras ella corrió Manuela y, tras Manuela, Juan Gregorio. Alexandra se llevó un susto de muerte cuando lograron alcanzarla, pero mantuvo la compostura.

—¿Qué haces aquí en camisón? —le preguntó a Manuela y, sin esperar respuesta, increpó al desconocido que acompañaba a su criada—. ¿Y usted quién es?

—Juan Gregorio Covián, para servirla.

—Es sobrino de un canónigo de la catedral —explicó Manuela, como si tal información fuera suficiente para tranquilizar a Alexandra.

—¿Puedo preguntarle qué hace aquí en plena noche? —inquirió Juan Gregorio.

—Por supuesto que no puede, ¡qué desfachatez! Váyase ahora mismo. Mi doncella y yo debemos volver a casa.

—De ninguna manera voy a permitir que vayan solas de madrugada por estas calles.

—¡Habrase visto semejante entrometido!

Juan Gregorio no entendió el insulto de Alexandra. Desde muy pequeño, sus padres le habían enseñado que a las señoritas se las acompañaba a casa y que solo los hombres de baja estofa no cumplían con ese deber.

Alexandra cogió a Manuela del brazo y lo ignoró, pero él las siguió en silencio. No fue hasta que se acercaron a la casa que Juan Gregorio se acordó de su amigo. Consultó su reloj. Habían transcurrido más de las dos horas que había prometido esperarlo. En realidad, Alonso, preocupado por él y sintiéndose responsable de haberlo llevado a la casa y del lío en el que podía meterse, continuaba allí cuando los vio pasar a los tres. Sin reflexión previa, salió de su escondrijo y se unió a ellos, para regocijo de la tía Renata, que ya empezaba a aburrirse de estar pegada a la ventana esperando la vuelta de las jóvenes.

—Alexandra —saludó Alonso—, encantado de volver a verla. Parece que ya ha conocido a mi amigo Goyo.

—¿Este incordio de hombre es amigo suyo?

—Es mi invitado, está pasando unos días de vacaciones con mi familia. Estudiamos juntos en la Universidad en Oviedo.

Alexandra los miró a ambos.

—Tenemos que regresar —dijo señalando la mansión a escasos cincuenta metros—. Confío en su discreción.

—A cambio me gustaría que nos viéramos en otras circunstancias —se aventuró Juan Gregorio.

—¿Me está usted chantajeando?

—Claro que no —intervino Alonso—, ¿cómo se le ocurre pensar algo así? ¿Sería posible vernos mañana? Nos gustaría explicarle este comportamiento nuestro que tan extraño puede parecer ahora.

—¿El nuestro es el comportamiento extraño? —dijo Juan Gregorio, indignado, pero calló ante la mirada amenazadora de su amigo.

—Pasado mañana —respondió Alexandra—. A las cuatro en el Café Oriental. Acudiré con mi madre al centro para probarme el vestido de mi fiesta de cumpleaños. Cuando me vea, venga a saludarme e invítenos a sentarnos. Ahora váyanse de una vez, que como nos descubran no veré la luz del sol el resto de mi vida.

Juan Gregorio emprendió el camino con Alonso, abstraído por todo lo ocurrido, mientras su amigo no dejaba de hacerle preguntas.

—¿Qué se le ha perdido a Alexandra Solís de Armayor por las calles del barrio de La Arena de madrugada? ¿Y dices que había más mujeres?

—Bastantes más. Ningún hombre. Me pareció reconocer a una de las que estaban con ella ayer en el palco. La que te gustaba a ti no, la otra, la fea.

—¿Amelia? Espero que Valentina no esté metida en ningún lío.

Mientras tanto, Alexandra y Manuela ya habían cruzado la verja de la casa.

—El vestido para la fiesta de cumpleaños lo trajo un recadero hace dos días, ¿te acuerdas? —dijo Manuela cuando entraron en el cuarto de Alexandra.

—Perfectamente. No tengo ninguna intención de darles explicaciones a esos entrometidos. Pasado mañana enviaré una nota diciendo que estoy indispuesta.

—¡Pues qué pena!

—¿Pena por?

—Parecen hombres de bien y tienen muy buena planta.

—Ya entiendo. Te ha calado el metomentodo. —Alexandra rio.

Manuela se puso roja y cambió de tema.

—¿Y si se lo cuentan a los señores?

—Lo negaremos. No los van a creer. A partir de ahora tendré que andar con más cuidado.

—Ay, no sé, esto no va a terminar bien. No se escape más.

—Que me trates de tú, Manuela, por favor.

—Lo siento, seño… Alexandra.

 

 

La tercera vez que Alexandra se escapó de casa fue también la última. No fueron ni Juan Gregorio ni Alonso quienes la delataron, sino la tía Renata, que estuvo las noches siguientes vigilando la ventana y, nada más ver a la niña escaparse, despertó a su sobrina Victoria, que se levantó como una exhalación y salió del dormitorio para no alarmar a su marido. Escuchó boquiabierta el relato de su tía y decidió comprobar con sus propios ojos que lo que decía era real y no producto del abuso del agua de azahar.

Aquel día la suerte no estaba del lado de Alexandra. Cuando se encontraba con sus compañeras en las ciudadelas enseñando a leer a las vecinas que se habían apuntado a las clases que impartían, apareció un grupo de hombres y mujeres armados con palos y piedras que las increparon con insultos y amenazas. Intentaron explicarles el motivo de su presencia allí, pero cuando la primera piedra voló en dirección a ellas salieron despavoridas.

Llegó a casa llorando, mucho antes de lo previsto. Manuela, que la esperaba vigilando por la ventana de la habitación, bajó la escalera descalza para no hacer ruido, salió por la puerta principal y fue corriendo a la verja.

Al acercarse a ella, notó que tenía la cara enrojecida y los ojos brillantes por las lágrimas.

—¿Qué ha sucedido? ¿Te han seguido Alonso y Juan Gregorio?

Alexandra negó con la cabeza conteniendo el hipido mientras intentaba recuperar la compostura antes de entrar.

—No vas a tener que preocuparte más por si nos descubren. Esta ha sido la última vez.

Manuela sintió un gran alivio ante el anuncio de Alexandra y, aunque también asomó un atisbo de culpa porque estaba claro que algo malo le había sucedido, entró en casa mucho más tranquila, sin sospechar que doña Victoria ya estaba bajando las escaleras para exigirle explicaciones a su hija por aquel comportamiento inaceptable.

Nada más abrir la puerta, Alexandra y Manuela vieron el reflejo del candil en el recibidor de las visitas y se les desbocó el corazón.

Doña Victoria las metió en la sala de un empujón y cerró la puerta. No quería que su marido se despertara.

Sin decir palabra, le propinó un bofetón a cada una que las dejó sin habla.

—¿Y bien? —preguntó, conteniéndose para no propinarle a su hija la paliza que se merecía, porque de escarmentar a Manuela ya se encargaría Claudina.

Alexandra ni se inmutó, pero Manuela empezó a sollozar mientras se frotaba la mejilla dolorida.

—No llores, Manuela —la advirtió doña Victoria de Armayor—, que ya tendrás tiempo y motivos cuando te mande de vuelta al pueblo con tu padre. No parece un hombre muy comprensivo.

—No la tome con ella, madre, que todo es culpa mía. Yo la obligué.

Solo entonces se fijó en que Alexandra tenía los ojos rojos y la cara congestionada. Era evidente que había llorado.

—¿A qué la obligaste exactamente? ¿Qué os ha sucedido? ¿Han sido esos dos hombres con los que estabais ayer? —preguntó temiendo lo peor.

—No, señora, ellos no tienen nada que ver, su hija no hace nada deshonroso —dijo Manuela sin parar de llorar.

—Cállate, insolente. Y tú, Alexandra, o me explicas ahora mismo de dónde venís o despierto a tu padre, y esta no te la va a pasar.

Alexandra siguió muda, pero Manuela empezó a confesar.

—Su hija y otras señoritas enseñan a leer a las mujeres de las ciudadelas.

Manuela recibió de Alexandra tal patada en la espinilla que la hizo aullar de dolor.

Doña Victoria la ignoró y se dirigió a su hija.

—¿Eso es cierto?

Alexandra asintió.

—¿A estas horas?

—Trabajan en las fábricas y después tienen que dar la cena a los niños y al marido. Por eso esperamos a que acuesten a sus hijos y luego nos reunimos en casa de la señora Obdulia, que está viuda y vive sola. Pero le prometo, madre, que nunca más voy a volver.

—De eso puedes estar segura. ¿Por qué venías llorando?

—Porque hoy nos han echado de malas maneras —confesó Alexandra—. Los maridos y otras vecinas no nos ven con buenos ojos.

—¿Os han hecho algo?

Alexandra negó con la cabeza. Omitió decirle que las habían sacado de allí a pedradas.

Doña Victoria respiró hondo y se sentó en una silla sin saber cómo reaccionar ante la aventura de su hija, porque la razón le decía que debía imponerle un castigo ejemplar pero el corazón se dividía entre una especie de orgullo ante el coraje que demostraba Alexandra y la preocupación por su futuro. Decidió no decidir.

—Iros a dormir. Mañana hablaremos con calma —dijo después de unos momentos de silencio.

 

 

El Café Oriental se encontraba en plena calle Corrida de Gijón, la zona más animada de la ciudad, donde se ubicaban la mayoría de los cafés y las tiendas más exclusivas.

Allí, en una de las mesas de la terraza, Juan Gregorio y Alonso aguardaban la llegada de Alexandra. Juan Gregorio, nervioso; y Alonso, lleno de curiosidad.

Fueron muchas las teorías que barajaron durante el día y medio que transcurrió antes de la cita.

—Una vez oí hablar de logias masónicas de mujeres —dijo Alonso.

—¿Cómo van a ser masonas las mujeres? Eso iría en contra de todos los principios de las logias.

—Yo solo digo lo que escuché. O quizá se junten para hablar de cosas femeninas.

—¿De madrugada? Que yo sepa, nadie les prohíbe hablar de sus cosas, pueden hacerlo a la luz del día. Parecían señoritas de bien, ¿por qué no meriendan en vez de quedar de noche en una casa obrera como si fueran proscritas? Nada de esto tiene sentido.

Y en eso estuvieron de acuerdo los dos.

Cuando dieron las cuatro, la adrenalina empezó a hacer su efecto y los amigos no quitaban ojo de la calle esperando ver aparecer a madre e hija.

—Se habrá retrasado la prueba del vestido —apuntó Alonso al cabo de unos minutos—. Ya sabes cómo son las mujeres con la ropa.

—No lo sé. No tengo hermanas, mi madre murió cuando yo tenía diez años, mi padre es sastre, así que todos sus clientes son hombres, y ahora vivo con mi tío.

A las cinco de la tarde, la excitación se transformó en impaciencia.

—No va a venir —dijo Juan Gregorio, y Alonso resopló.

A las seis dieron el plantón por cierto.

—Vámonos —dijo Alonso poniéndose en pie—. Aquí ya no hay nada que hacer.

—Podía haber enviado una nota —protestó Juan Gregorio imitando a su amigo.

—Está claro que nuestro comportamiento la ha importunado. Y bien pensado, no es para menos. No tenemos derecho a inmiscuirnos en sus asuntos.

—Ni ella a escaparse de casa. Podíamos haber ido con el cuento a sus padres y no lo hemos hecho.

Alonso le lanzó a Juan Gregorio una mirada de advertencia.

—Ni lo vamos a hacer.

Los amigos sortearon las mesas abarrotadas de la terraza y avanzaron en silencio entre la gente por la calle Corrida, hasta que Juan Gregorio rompió las reflexiones de Alonso.

—Al menos averigüemos en qué líos está metida. Quizá pueda encontrar la calle donde su criada y yo la esperamos la otra noche.

Alonso se detuvo, miró a su amigo y aceptó.

—Por lo que cuentas, todo indica que son las ciudadelas.

—¿Y eso qué es? Si las conoces, vayamos allí.

—No merece la pena, son barriadas obreras construidas en patios de manzanas donde la gente malvive, pura miseria. Tengo una idea mejor, vayamos a ver a Amelia. Te pareció reconocerla y, aunque te equivocaras, ella seguro que está al tanto de las correrías de Alexandra, si no es ella misma la que la ha metido en lo que sea que estén tramando.

—¿Nos recibirá?

—Seguro que sí. Nos conocemos desde siempre. Nuestros padres son íntimos, pero antes vuelve a contarme la parte de Manuela.

—¿De la doncella? ¿Qué interés tiene ella ahora?

—Que es una chica muy guapa. Incluso en camisón y zapatillas —se burló Alonso.

—¿Y eso qué más da? Solo es una criada.

—Una criada que te soltó la lengua. Si hasta le prestaste tu chaqueta.

—Porque había una humedad terrible y el salitre se metía por los huesos. Y yo soy un caballero.

—Ay, Juan Gregorio, a ver si te fijaste en la marquesa y te vas a enamorar de la criada.

—Si pretendes ofenderme, lo estás consiguiendo.

—Nada más lejos de mi intención, amigo mío. Yo solo digo que una cosa es lo que conviene y otra lo que sucede.

—No dices más que tonterías —respondió Juan Gregorio de mal humor.

 

 

La casa de Amelia, independiente y rodeada por un pequeño jardín, estaba muy próxima al centro de Gijón. Todas las viviendas de la zona, pertenecientes a la alta burguesía, eran el reflejo de la prosperidad de los negocios familiares.

Juan Gregorio y Alonso encontraron a Amelia en casa. Si sus padres se sorprendieron con la visita, no lo mostraron al recibirlos. Amelia madre ordenó que les sirvieran el café en el jardín, acompañado de una bandeja de princesitas de la confitería La Playa, sobrantes de la merienda que había ofrecido el día anterior, y después dejó a su hija con ellos.

—Yo no sé si están ustedes hablando en clave o intentan tomarme el pelo —dijo Amelia cogiendo una princesita después de que los jóvenes contaran su historia—, pero me dejan perpleja. Dicen que un grupo de señoritas de Gijón se reúnen de madrugada en las ciudadelas, aunque no están seguros de que sea ahí, y que dos horas más tarde salen subrepticiamente. Y pretenden que yo sepa algo de semejante despropósito. De ser, claro está, como ustedes lo cuentan.

—Mi amigo, aquí presente, lo vio con sus propios ojos.

—No solo yo, también… —Juan Gregorio no pudo terminar la frase porque Alonso le dio un pisotón. Tampoco tenía ninguna intención de exponer el secreto de Alexandra ante nadie, por más convencido que estuviera de que Amelia estaba al corriente.

—¿No puede ser que su amigo se excediera un poco con el licor y le confundiera la vista?

—¿Qué insinúa usted? —se ofendió Juan Gregorio.

Antes de que Amelia pudiera responder, Alonso se adelantó.

—Si hemos venido hasta aquí es porque, al tratarse de señoritas bien vestidas y elegantes, quizá usted haya oído algo. Incluso pensamos que podía conocer a alguna de ellas. Seguro que todo tiene una explicación de lo más razonable.

—No lo dudo, pero no la encontrarán aquí. ¿Más princesitas? Son una exquisitez.

Rechazaron la oferta sin saber cómo continuar la conversación y Amelia no los ayudó, de modo que Alonso se puso en pie para irse.

—Antes de que se marchen, me gustaría enseñarles algo, así al menos su visita no habrá sido totalmente en balde. No tiene nada que ver con el motivo que les ha traído hasta aquí, pero es pura delicia.

Los amigos siguieron a Amelia hasta el interior de la casa, al distribuidor de la primera planta, donde les mostró un pequeño cuadro. Representaba una imagen festiva, de colores vivos, que mostraba contornos desdibujados de personas con una caseta al fondo.

—¿Conocen ustedes a Picasso?

Alonso y Juan Gregorio negaron con el gesto.

—Pues ya oirán hablar de él. Es un auténtico genio.

—No será por esta obra —replicó Juan Gregorio.

—Por esta y por todas.

—Ni siquiera se distinguen las caras, parece una labor de principiante.

—¿Cómo dice que se llama el autor? —preguntó Alonso.

—Picasso.

—¡Pues vaya nombre para un artista! —exclamó Juan Gregorio con un gesto de desprecio.

—Está claro que a su amigo no le gusta salirse de los cánones establecidos —dijo Amelia mirando a Alonso.

—Si lo dice como una ofensa —replicó el propio Juan Gregorio—, sepa usted que a mí me suena como un halago.

—Cada uno se toma las cosas como tiene a bien —respondió Amelia.

—¿Lo compró su padre? —intervino Alonso.

Amelia asintió.

—En mayo viajó a Barcelona con motivo de la Exposición Internacional, que sabrán que se está celebrando allí y es el colmo de la modernidad según me ha contado mi padre, el evento y más aún la ciudad. El caso es que un tratante de arte al que conoce desde hace años le recomendó encarecidamente la compra.

—Le confieso que soy lego en este tipo de pintura —dijo Alonso—, pero no dudo de la pericia de su padre. Seguro que si no la apreciamos como merece, es debido a nuestra ignorancia y no a la calidad de la obra.

Juan Gregorio lanzó una mirada escéptica a su amigo, pero se mantuvo en silencio.

Bajaron la escalera hasta la planta principal, donde se despidieron de Amelia, no sin antes agradecer la merienda y disculparse de nuevo por presentarse de improviso. Salieron de allí convencidos de que Amelia sabía de las correrías de Alexandra mucho más de lo que les había contado.

 

 

Si la tía Renata confiaba en entretenerse un poco con la disciplina que esperaba que don Carlos Solís le aplicara a su hija y el más que probable fulminante despido de la nueva sirvienta, sus esperanzas se vieron frustradas porque los marqueses manejaron la situación con mucha más calma de la que cabía esperar. Manuela pasó la noche en un mar de lágrimas pensando no solo en lo que se le vendría encima cuando la devolvieran a su pueblo con sus padres, sino en la pérdida de una vida que empezaba a gustarle, entre unos lujos que, aunque no eran para ella, sí la rodeaban por todas partes.

—El fin no justifica los medios, Alexandra —le recriminó su padre—. Si bien no hay nada reprochable en tus intenciones con esas mujeres, es imperdonable que te hayas puesto en peligro de esta manera. Has arriesgado tu integridad y tu reputación. Por no hablar de lo que le has hecho a esa pobre chica arrastrándola contigo, ¿qué va a ser de ella cuando la enviemos de vuelta a su pueblo? ¿Te has parado a pensarlo?

—Padre, por favor, no lo pague con Manuela. La culpa es solo mía y le pido perdón.

—Eso tenías que haberlo pensado antes de comportarte como una insensata, porque los actos de uno afectan a los demás. Cada cual es responsable de sí mismo, de su familia y de las personas que dependen de él, por eso quiero que entiendas la situación en la que nos has puesto a todos.

—Lo entiendo y lo lamento mucho, pero esas mujeres ni siquiera saben leer, no imagina en qué condiciones crían a sus hijos ni las horas que trabajan dentro y fuera de casa. Es inhumano.

—Tengo dudas de que mejore.

—Después de que nos apedrearan ayer, visto está que no.

—¿Esas mujeres os apedrearon? —preguntó don Carlos conteniendo la ira que amenazó con subi

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