1
Candela abre la puerta de su habitación con brío y se dirige a paso ligero hasta la ventana que da a la calle. Las contraventanas están abiertas y, a esa última hora de la tarde en la que comienza a abrirse la noche, ve a algún transeúnte sacando al perro o volviendo a casa después de trabajar. Aunque en ocasiones se haga insufriblemente lento, el tiempo pasa muy rápido. Ella lleva media vida formando parte del cuerpo de la Guardia Civil. A lo largo de su carrera, le ha tocado vivir de cerca algunos de los casos más terribles de la crónica negra española. Muchos relacionados con pederastia, violencia vicaria y numerosos homicidios. No es fácil sobreponerse a todo lo que ha visto hasta la fecha, menos aún cuando has perdido a tu familia por el camino.
Está sola, pero no ha tirado la toalla. Se hizo la promesa de seguir adelante con la fortaleza que la ha caracterizado siempre. Su temperamento la había salvado del mayor de los abismos. Hasta ahora. Ahora es diferente, y siente una mezcla de incertidumbre, culpa y pánico. Está sobrepasada. Hace poco más de un mes no podía sospechar que el caso que iban a adjudicarle desembocaría en el episodio más oscuro de su vida. Algo que pondría contra las cuerdas el concepto que tenía sobre sí misma hasta ese momento y la enfrentaría a sus demonios.
Abre la ventana de par en par y nota cómo el aire frío le golpea en la cara y se le eriza el vello de los brazos. Cierra los ojos por un instante, después los abre para inclinarse lentamente hacia delante y saca medio cuerpo fuera. Odia las alturas, pero consigue bloquear ese miedo que la solía paralizar. Eso ya es lo de menos. Desde ahí observa la distancia que hay hasta tocar el suelo; son muchos metros hasta llegar a la acera, y visualiza su cara estampada contra el pavimento y su cabeza hecha trizas.
2
Un mes antes
El afilado borde de aluminio de la ventana se le clava por debajo de los pechos. Un centímetro más y otro y otro hasta que prácticamente está fuera, al borde del precipicio. Diez pisos son muchos pisos. Exactamente cuarenta y tres metros la separan del suelo de baldosas de barro deterioradas por el paso del tiempo. La cabeza apenas se le balancea. Lo que más se le agita es el pelo, por las ráfagas de aire que se cuelan por el techo abierto del patio interior del edificio.
Ahora caen los brazos, casi al mismo tiempo, tiesos e inertes. Los dedos están estirados, como queriendo adelantarse a su inminente destino. Toda la sangre del cuerpo le ha bajado a la cabeza, la vena de la frente está a punto de estallar, como los párpados y las bolsas de los ojos. El tiempo parece detenerse por unos segundos. Pero el último tirón no tarda en llegar, y se precipita a gran velocidad hacia el vacío.
La ropa tendida de la vecina del séptimo se tambalea por el viento, pero no es nada comparado con cuando el cuerpo de la mujer cae a plomo sobre las cuerdas y arrastra varias prendas y las pinzas que las sujetaban. Un latigazo que le raja el tórax, una fuerte quemazón y un estrepitoso golpe en la cabeza al chocar contra el vierteaguas de una de las ventanas del quinto. Es tal la velocidad que lleva que el pómulo se hunde con el impacto y deja al descubierto parte de las encías. También pierde varios dientes que ya no va a necesitar. Se desploma contra el suelo en un abrir y cerrar de ojos. Un golpe seco. El rostro desfigurado, el cuello roto, trozos de carne desperdigados, como los dientes que se han desprendido, las cuatro extremidades apuntando cada una hacia una dirección diferente y el charco de sangre que va asomando bajo su silueta. Eso es lo que queda de ella.
3
Mari Ángeles, de ochenta y tres años, entra en el portal cargada con una bolsa de plástico en la que lleva unas pechugas de pollo que acaba de comprar en un puesto del Mercado Municipal de El Escorial, en Madrid. Antes de que la puerta se cierre, consigue entrar un hombre de origen magrebí que, con su acento, la saluda con un “Hola” para que se gire. Cuando la mujer lo hace, se da cuenta de que el extraño tiene una mano dentro del bolso que lleva colgado para intentar robarle. Todo sucede muy rápido, pero logra agarrar la cartera cuando está a punto de arrebatársela. Ella intenta impedir que se la quite, y empieza el breve forcejeo que termina cuando el atacante le atiza un puñetazo en la cara, con tanta fuerza que la anciana se desploma de inmediato. En ese momento, el hombre aprovecha para huir con el discreto botín de apenas cuarenta euros, el DNI y un par de tarjetas de crédito. Ese ha sido el precio de la vida de esta pobre mujer que ha quedado en coma».
Felicidad está de pie en la cocina, pendiente del relato del suceso que están dando por la radio. En las manos sujeta la fuente de sopa que había ido a buscar para servir a los miembros de su familia, que esperan sentados a la mesa. Detrás, en la encimera, está la cazuela con las lentejas que ha preparado para que se lleven a casa.
—¡Mamá, venga! ¿Qué haces?, ¿podemos comer? Que no tienes que salir corriendo a descubrir quién es ese bestia —dice Ignacio, su hijo mediano, cuando la descubre completamente obnubilada.
A Felicidad le encanta todo lo relacionado con lo policiaco: las novelas, los documentales y los programas sobre hechos reales. Pero, sobre todo, las series de televisión. Su favorita de todos los tiempos es Se ha escrito un crimen, donde la protagonista está encarnada por la maravillosa Angela Lansbury, una actriz con la que guarda un extraordinario parecido. Lo que hace que las bromas entre sus hijos y su nieto sean constantes. Sin embargo, no es su instinto detectivesco el que la mantiene sin pestañear, sino el miedo. Tiene los pelos de punta. No conoce a esa mujer, pero seguro que vive muy cerca de ella. Ambas hacen la compra en el mismo mercado, que está a tres minutos de su casa en pleno centro y casco histórico. El proyecto corrió a manos de Juan de Villanueva, el artífice del Monasterio de El Escorial. Es un espacio pequeño, pero resulta acogedor y los puestos tienen «buen género». Además, el gran arco central en la fachada exterior, las pinturas decorativas en la escalera y el techo luminoso te trasladan de inmediato a otra época. Felicidad se enorgullece cada vez que entra en él y disfruta saludando a los dependientes que ya conoce, pero ahora que ha escuchado que la mujer venía de ahí se le ha atragantado porque sabe muy bien que le podría haber pasado a ella. Menos mal que no ha visto las imágenes de la cámara de seguridad del portal que dicen tener; no piensa mirar cuando las pongan en la televisión o no podrá salir a la calle. Cada vez hay más inseguridad en el barrio, gente de fuera que lo está cambiando poco a poco, y eso la aterra. Aunque ese es el menor de sus males, no es nada comparado con todo lo que le espera.
4
Candela camina a paso rápido al encuentro de Sandra, su nueva subordinada desde que decidió desmarcarse de los truculentos asuntos de los que se encargaba con Mateo, su antigua mano derecha y auténtica debilidad, y seguir ocupándose únicamente de la zona de El Escorial y sus alrededores. Los secuestros infantiles y la violencia digital en todas sus formas que fluía sin límites en la Deep Web se habían disparado después del famoso caso del niño influencer que ambos habían resuelto, por lo que ella había antepuesto su salud mental al trabajo por primera vez.
Mientras camina, la teniente de la Guardia Civil se fija en su compañera, que la espera frente a la puerta del edificio. No es Mateo, pero hacen buena pareja. La sargento también es más joven que ella, que le saca más de diez años. Cumplió treinta y dos la semana pasada y es una morenaza de ojos miel con una sonrisa que deslumbra. Lo único que le falla son los estilismos, aunque de primeras nadie lo diría. Es una apasionada del rosa, el brillo de labios y la purpurina. «Eso es un trauma de infancia», le suele recriminar ella, que siempre la llama por el mote de «Barbie». Por suerte, cuando está de servicio se controla y viste de manera normal, como hoy, que lleva puestos unos vaqueros y una camiseta básica para no llamar mucho la atención. Eso sí, una buena capa de rímel y los labios bañados en su barra favorita, de color rosa palo. «A ver si voy a ser peor agente por querer ir mona. ¡Qué tendrá que ver!», se defiende su subordinada cuando le hacen algún comentario al respecto. «Ser feminista no está reñido con arreglarse, joder» es otra de sus frases más repetidas.
Candela apenas se maquilla, más por pereza que por otra cosa. Tiene suerte y conserva una cara agraciada que ha sobrevivido a todos los palos que la vida le ha dado. Esta es otra de las muchas cosas que las separan y que tan a menudo causan debate entre ellas.
—¿Preparada? —le dice Sandra cuando llega al portal del edificio en el que la espera.
—Siempre.
—La fallecida es María Fernández, de ochenta y cinco años. La ha encontrado un vecino del edificio en el patio interior. Dice que estaba en la cocina y, a eso de la una y media, ha escuchado un fuerte estruendo. No sabía qué podía ser y, al asomarse, ha visto el cuerpo. No estaba seguro de si era una persona o un maniquí, por lo que tuvo que bajar para confirmarlo y fue entonces cuando nos avisó. Parece que la mujer ha caído desde una de las ventanas de su vivienda en el décimo piso. Ha muerto en el acto. Vivía sola. No tenía familia ni mascotas.
—¿Le has preguntado si tenía instintos suicidas o razones para tirarse?
—Apenas la conocía. Dice que lleva un par de años en la comunidad y casi no se había cruzado con ella. De hecho, como está casi irreconocible, al principio pensó que podía ser la dueña del edificio, su casera. Hemos cerrado el acceso a la zona y empezado a hablar con los inquilinos. La vecina del séptimo ha sido la que nos ha confirmado de quién se trata. Por lo visto, en el bloque hay bastante gente mayor, pero no tantas mujeres. Tampoco sabía mucho más sobre ella, aparte de que vivía sola, como demuestra su buzón, y que apenas se relacionaba. El forense está de camino. Por cierto, ¿qué tal lo del ataque de la mujer en el portal?
—Mal, no tiene buen pronóstico. Por lo menos ya tenemos al tipejo.
—Qué horror, eso le pasa a mi abuela y me muero… Menudo día, un robo con agresión mortal y un suicidio. —Candela la mira, escéptica. Sandra capta su intención—. ¿Crees que la han tirado? —pregunta la sargento.
—Cuando vea el cuerpo, te lo digo.
5
El portal del edificio es muy estrecho y apenas tiene luz, pero Sandra la enciende nada más entrar. Aun iluminado, el espacio resulta igual de sombrío a causa de los techos bajos y la carpintería en marrón oscuro. A la derecha están los buzones y el ascensor. De frente hay un pasillo muy estrecho por el que asoma un haz de luz natural. Y, a la izquierda, están las escaleras que suben a los pisos. Se nota que la finca está cuidada, pero que nunca la han reformado. Además, tiene un estilo muy antiguo y austero que le da un aire muy tétrico.
Candela y su subordinada recorren un pasillo con tres puertas, cada una con un cartel diferente: gas, agua y luz. Al fondo hay un marco que no tiene puerta y al otro lado se ve el ajetreo de compañeros trabajando. El agente que custodia el acceso al patio las saluda cuando pasan a su lado. El espacio debe de tener unos cuarenta metros cuadrados, como mucho. Los tendederos de cada piso salen hacia fuera y forman un pequeño porche que recorre todo el espacio, adornado con un par de macetas de barro con plantas.
El cadáver está casi en el centro de ese espacio, en la misma posición en la que cayó y sobre un abundante charco de sangre. En ese momento, otro compañero está terminando de acordonar la zona alrededor de la anciana.
Candela se acerca y contempla el cuerpo: las extremidades apuntan cada una a una dirección diferente, el cuello está torcido, y el rostro, prácticamente irreconocible. En el lateral que no se ha estampado contra el suelo se adivinan distintas heridas que dejan al descubierto parte de la encía y evidencian que le faltan algunos dientes.
—Qué barbaridad —masculla Candela, impactada.
—Creo que nunca había visto nada tan gore —añade Sandra—. Hay trocitos por todos lados, incluso dientes. ¿Crees que tenía la herida antes de precipitarse?
La teniente mira hacia arriba con atención.
—Me juego el cuello a que se lo ha hecho al caer. Mira los vierteaguas. Diría que en ese hay sangre. Ha pasado a ras del edificio —apunta Candela, con intención.
—Eso significa…
—Que es muy probable que sea una muerte violenta. Cuando alguien se tira, suele saltar. El impulso les hace tomar distancia.
—Quizá la ventana no daba para tomar impulso…
—Quizá.
—Ya veremos si hay fracturas cuando analicen los brazos porque, aunque se precipiten voluntariamente, el reflejo natural cuando están a punto de tocar el suelo es extenderlos para protegerse —dice Sandra, con empeño.
—No te piques, Barbie, que ya conozco tu nivel —replica Candela, y sonríe—. Lo que está claro es que tiene la cara deformada porque ha caído sobre ella. —Vuelve a mirar hacia arriba—. ¿El décimo? —La sargento asiente—. ¿Ves si la ventana está abierta? Mira a ver, que yo estoy muy mayor.
—No lo distingo, abuela —bromea su subordinada.
—A mucha honra. Necesitamos acceder al piso.
—Estamos en ello. He pedido que avisen a la casera. Estará a punto de llegar porque vive en la calle paralela. Me han dicho que nos agarremos, que es de armas tomar. Por lo visto, le gusta controlarlo todo. —Guiña un ojo—. Ya sabes, ¿no?
A la teniente le hace gracia la indirecta, pero se le paraliza el gesto al ver quién está al fondo del pasillo. Como una aparición.
6
Candela se ha quedado sin palabras al ver a la mujer que espera en el hall del portal. Está al otro lado del pasillo, junto a Jesús, que llama la atención por su cabello pelirrojo y su gran altura. «El Zanahorio», como muchos le llaman, es otro miembro de su equipo. Entró casi a la vez que Sandra y se llevó un chasco cuando no fue el elegido para sustituir a Mateo, el antiguo subordinado de la teniente.
—La casera —dice Sandra, que también se ha percatado de su presencia—. ¿Estás bien? —pregunta a Candela cuando ve que está pálida y que de pronto tiene los ojos vidriosos.
—Sí, sí… es que es igual que mi abuela —dice, sin pestañear.
La teniente camina en la penumbra hacia el interior del portal, sin dejar de observar ensimismada a la mujer que luce el pelo rubio dorado e igual de corto que la madre de su madre. Debe de tener setenta y muchos, probablemente no llegue a ochenta, pero se ve que está en buenas condiciones físicas. Cuando está a un par de metros de ella, observa que hasta la nariz es igual de chata, aunque tiene los ojos más pequeños, más cerrados, pese a que es evidente que está alterada. A Candela le da la impresión de estar viendo a su abuela y tiene que contener el impulso irrefrenable de abrazarla.
—Buenas tardes. Soy la teniente Candela Rodríguez y esta es la sargento Martínez.
—Sandra —se presenta la subordinada.
—Me imagino que ya le han contado que hemos encontrado muerta a una anciana que vivía en el edificio… —continúa Candela.
—María, sí. Me lo ha dicho este muchacho —interrumpe la mujer, que no puede disimular un temblor en los labios.
—Tengo entendido que usted era su casera y…
—Soy la dueña del edificio.
Los tres agentes cruzan una rápida mirada.
—Estupendo. Entonces podrá ayudarnos a entrar en el domicilio. Le han dicho también que trajera las llaves, ¿verdad?
—Sí, las llevo aquí en el bolso. —Candela se fija en que le tiembla mucho la mano—. Es que estoy muy nerviosa, esto es una desgracia —responde la señora al darse cuenta.
—No se preocupe, es normal. No hay prisa.
—Puedo buscarlas mientras subimos en el ascensor —ofrece la casera.
En ese momento aparece Gregorio, el médico forense con el que la teniente lleva compartidos unos cuantos casos. Candela y Sandra le dan la bienvenida y, mientras Jesús le lleva hasta el patio interior para que examine el cuerpo, ellas acompañan a la propietaria al ascensor.
Cuando la teniente abre la puerta y le hace un gesto para que entre, le pregunta:
—Perdone, no sé cómo se llama…
—Felicidad, pero todos me llaman Feli.
La dueña del edificio sonríe de una manera tan dulce y frágil que a Candela se le remueve algo por dentro. Todos los años de ausencia, la tristeza y el vacío se vuelven tangibles. Felicidad, qué ironía.
7
El ascensor es muy estrecho y obliga a las tres mujeres a estar muy juntas. Candela intenta no ser muy descarada, pero se le van los ojos hacia cada una de las arrugas de la cara de Felicidad e imagina todas las vivencias que esconden. Busca señales reconocibles que le recuerden a su abuela, como si la niña que aún lleva dentro esperara reencontrarse con ella después de tantos años.
Cuando llegan al piso, salen a un pequeño rellano que prácticamente desemboca en la puerta de la vivienda.
—¡Qué calor hace aquí! —exclama Felicidad—. Este tiempo está loco. Estoy asada todo el día.
—Veo que solo hay una letra por planta —señala Candela mientras se fija en que la cerradura está intacta y, por tanto, no ha habido ningún forcejeo.
Felicidad habla mientras mete la llave para abrir.
—El único que tiene dos es el bajo, al que se accede desde el patio. Lo dividimos por si poníamos portero en la finca, pero al final no nos salía a cuenta. Así que uno lo alquilé y el otro lo usan mis hijos para guardar trastos. Lo tienen manga por hombro, así que yo ya he desistido. Prefiero no entrar y no llevarme un susto. Cualquiera les dice algo luego. La gente se queja mucho del carácter de los adolescentes, pero yo le digo que los míos se han quedado ahí. No hay quien los trate. Todo el día pidiendo y luego todo les viene mal…
—He visto que uno de ellos tiene las ventanas tapiadas.
—Sí, ese es el nuestro. Tuvimos que cerrar los accesos; como saben que no vive nadie entraban constantemente. Las cubrió Juan Antonio, el mayor de mis hijos, y desde entonces no hemos tenido problemas. —Abre la puerta e invita a pasar a las dos agentes—. Son pequeños y muy estrechos —dice al entrar—, pero lo bueno es que todas las habitaciones tienen ventanas que dan al patio interior y les entra bastante luz.
—Veamos desde cuál cayó —dice Candela al tiempo que emprende la marcha.
Al entrar, ve que a la izquierda hay una pequeña puerta entreabierta por la que asoman unos muebles de cocina blancos bastante deteriorados, así como unos azulejos en tonos naranjas y marrones típicos de los años setenta.
Candela pasa de largo. Por la ubicación del cuerpo, está convencida de que no se precipitó desde la ventana del tendedero. Unos pocos pasos son suficientes para desembocar en un pequeño salón. No tienen tiempo de observar la estancia porque, frente a sus narices, encuentran la respuesta: la única ventana de la estancia está abierta, y pegada a ella hay una descalzadora de piel granate y tachuelas plateadas que podría haber servido de escalón.
—Ahí está —dice Sandra. Candela se acerca y mira dubitativa—. ¿Qué opinas?
—Pues que sí que es complicado que pudiera tomar impulso para tirarse. —Se asoma al patio con cuidado de no tocar nada. La distancia hasta el suelo es más que considerable. No es una mujer miedosa, pero odia las alturas. Es incapaz de controlar el tambaleo que le provoca el vértigo—. Aunque no imposible. —Se incorpora un poco y se da cuenta de que también hay unos vecinos que observan cómo trabaja el equipo—. Como algún cotilla comparta una foto del cadáver, pienso ir a muerte. No hay respeto ni para los mayores. ¡Ya está bien! Nos estamos volviendo gilipollas con los putos móviles.
—Tranquila, he pedido que avisen a los vecinos cuando hablen con ellos para que no tengan la tentación.
—Es que estas cosas no habría ni que pedirlas —murmura mientras recorre el espacio con la mirada.
La estancia es minúscula, apenas cabe un sofá de dos plazas de tela escay marrón. Los cojines están muy hundidos, pero no consigue precisar si es porque ha habido dos personas sentadas en él recientemente o si están deformados del uso. También hay una mesa de centro pequeña y de cristal, una librería empotrada de color wengué con un par de libros, cajitas y alguna figurita decorativa, así como un mueble bajo donde descansa un pequeño televisor que sería un milagro que funcionase. El panorama resulta desolador. Frente a ellas, el pasillo continúa con una pared de gotelé en color crema, pero no avanzan. Candela hace un gesto a su compañera para que se fije en la mesa: hay una taza con un poco de chocolate, un plato con tres churros, uno de ellos mordido, y un poco de azúcar.
—¿Cómo puede ser que alguien que está comiendo churros con chocolate decida lanzarse por la ventana? —pregunta a su subordinada.
—Quizá era un banquete de despedida…
—No parece que hayan robado nada, y ella lleva puestos el reloj, pendientes, sortijas y un collar… De todas maneras, échale un ojo al dormitorio y al resto de la casa. Y avisa a Jesús para que lo examinen todo bien, que se lleven la taza… —ordena la teniente.
—Igual Jesús ya se ha ido corriendo con la nueva —interrumpe Sandra—. La pilingui.
—La nueva se llama Pilar y es una compañera.
—Pues eso, Pilin… gui. Y será una compañera, pero una cosa no quita la otra.
—¿Estás celosa? ¿Te gusta Jesús?
—¿El Zanahorio? ¿Estás loca? Lo único que digo es que a la Pili esa se le ve el plumero, que no nos chupamos el dedo, que ella ha centrado bien el tiro…
—Pues menuda pardilla, ya podría haber apuntado más alto. Y, tranquila, no te va a quitar el puesto. —Sandra calla—. ¿Me dejas terminar? Porque a mí me importa un cojón con quién se acueste la chica esa o Jesús, ¿estamos? —Su subordinada asiente—. Le dices que quiero que analicen la taza y lo que queda de chocolate. Podrían haberla dormido antes de lanzarla.
—Pero si está la sillita y todo.
—Descalzadora, se llama descalzadora.
—Lo siento. No es que haya visto muchas de estas.
—Pues ya sabes cómo se llama. Todos los días se aprende algo —le dice con una sonrisa pícara.
Felicidad ha avanzado hasta la altura de la cocina, mientras espera y escucha perfectamente la conversación sobre los churros. Entonces se gira por intuición hacia la puerta entreabierta y ve algo que la deja de piedra. No se lo puede creer. No tiene tiempo para vacilaciones. Sin dudarlo, entra corriendo para hacerlo desaparecer antes de que lo encuentren.
8
La dueña del edificio vuelve a la entrada del domicilio donde esperaba, justo a tiempo para que Candela la encuentre igual que la dejó hace un momento.
Mientras, Sandra echa un vistazo rápido al resto de la vivienda.
—Necesito hacerle unas preguntas, Felicidad.
—Por supuesto —responde con el culo prieto, temiendo que se hayan dado cuenta de lo que acaba de hacer.
—Mejor salgamos para no contaminar nada.
—Ah, claro. Sí, sí. Lo que tú digas, bonita.
Candela sonríe. Ambas salen al pequeño rellano y justo después aparece Sandra, que vuelve a sorprender a su superior mirando a la anciana platónicamente.
—Todo parece en orden. Ningún cajón abierto ni ningún mueble o elemento desordenado o removido. No creo que falte nada.
—¿Creen que se lo ha hecho alguien? —interrumpe Felicidad, alterada mientras echa la llave.
Candela hace un gesto a su subordinada para que las deje a solas. No ha estado avispada con el comentario.
—Voy bajando.
La teniente la intercepta a tiempo y le susurra mientras da la espalda a Felicidad:
—Que pasen el luminol por las habitaciones para saber si alguna de las heridas es anterior a la caída.
Sandra asiente y baja para hablar con el resto del equipo. Las dos mujeres permanecen de pie, frente a frente, en el pequeño espacio. La dueña del edificio la mira con gesto inquisitivo.
—No sospechamos nada. Es parte del protocolo. ¿Conocía bien a María?
—Era mi amiga.
—Además de su inquilina…
—Desde hace más de treinta años. Yo me llevo bien con toda la gente que vive de alquiler en mis casas. María no era una excepción. Le tenía mucho cariño, mucho. La pobrecilla estaba muy sola…
—¿No tenía familia?
—No, qué va. Acababa de enviudar cuando llegó aquí. Su marido y ella no tuvieron hijos, y creo que eso también le pasó factura. No tuvo una vida fácil…
—¿Venía alguien a cuidarla o a limpiar la casa? Alguna amiga…
—Yo era la única. Ya le he dicho que estaba muy sola. Apenas salía de casa, nunca fue muy sociable.
—¿Cuándo la vio por última vez?
—Hará un par de días, el lunes creo que fue. Estuve hablando con ella del barrio… Esto está cambiando mucho. Cada vez hay más gente de fuera, sobre todo árabes y bandas latinas. La cosa se está desmadrando y tenemos mucho miedo.
—Pero ¿ha ocurrido algo en el edificio que debamos saber? ¿Algún incidente con ellos que pudiera afectar a su amiga? —pregunta Candela, para comprobar hasta qué punto es un problema real o miedo a lo desconocido.
Le da la impresión de que Felicidad se piensa la respuesta, pero no sabe si es un tema de reflejos. Es evidente que aún está conmocionada.
—No, no. Tenemos suerte porque la cosa está mejor que en otras comunidades de vecinos, pero ni se imagina. Se nos cuela gente con pintas muy raras, drogadictos… y en la calle, por la noche, es aún peor. Vivimos aterrorizados. ¿Ha oído lo de la señora a la que han agredido hoy en su portal y que han dejado en coma? —Candela asiente y obvia que ha sido ella quien ha resuelto el caso en tiempo récord—. Para muchos no será más que otra vieja que se irá al otro barrio. Dirán que «lo triste es cuando muere un niño o alguien joven». Lo puedo llegar a entender. O que «total, le quedaban dos días…». No valoran la vida de esa pobre mujer. Quizá le quedara poco tiempo… o no. Pero era su tiempo. Yo veo a una señora de mi edad y lo que me viene a la cabeza es que, aunque sea mayor, tendrá gustos y aficiones como los tengo yo… y el resto del mundo. Seguramente disfrutaría de la lectura, o viendo la televisión… Quizá le gustara salir a pasear o a tomar el café con las amigas después de llevar toda la vida trabajando. No hay derecho. Puede que tuviera una familia que la necesitaba. Uno de mis hijos depende de mí y, si yo no estuviera, él y sus hermanos se matarían entre ellos… Podría decirse que he criado a mi nieto. Somos viejas y, aunque renieguen de nosotras y apenas nos presten atención, aún nos necesitan. Nos quedan cuatro días, pero tenemos nuestro corazoncito y merecemos que nos tengan en cuenta… —Felicidad interrumpe sus palabras para contener las lágrimas. Candela tiene que apretar los dientes para evitar emocionarse. Le encantaría poder abrazarla—. Perdona, hija, pero estoy un poco superada por lo que ha pasado.
—Normal, tómese su tiempo, por favor.
La dueña del edificio contempla unos segundos el suelo y después la vuelve a mirar, como si nada. Es evidente que pertenece a una generación acostumbrada a lidiar con problemas de verdad desde la infancia.
—¿Le pareció que estaba triste el último día que la vio? ¿Notó algo diferente en ella, algo que llamara su atención?
—No… Vine porque estaba preocupada. Me llamó para contarme lo que le he dicho: que había visto muchos movimientos extraños en el patio, gente con pintas raras… Entran a todas horas, yo también los veo. Siempre les digo a los vecinos que cierren el portal para que no se cuelen, pero nada, es imposible.
—¿Piensa que podía tener razones para suicidarse?
La mujer hace una breve pausa, como si midiera sus palabras. Finalmente dice:
—Acompáñeme abajo. En estas escaleras se oye todo.
9
La teniente sale del ascensor junto con la dueña del edificio y se quedan en la puerta de la calle, para no entorpecer el trabajo del resto del equipo, que sigue trabajando en el patio.
—No me gusta hablar en el descansillo, nunca sabes quién puede estar escuchando. Aquí hay mucha gente buena, pero alguno se las trae, y no quiero problemas. No te puedes fiar de nadie —dice Felicidad.
—Le había preguntado si cree que su amiga tendría motivos para suicidarse —repite amablemente Candela.
—Mire, después de pasarse toda la vida trabajando como una burra limpiando casas, incluida la suya cuando volvía agotada por la noche, María vivía con cuatrocientos cincuenta euros al mes. Con eso pagaba la luz, el agua y la comunidad. Y aún faltaban el alquiler, la comida y los imprevistos que tenemos todos, y le aseguro que a nuestra edad solo en medicinas son un buen susto. Yo siempre he tenido en cuenta su situación a la hora de que me pagara. Si no hay más, no hay más. Pero ella me propuso limpiar mi casa, porque decía que era una forma de compensarme. Así que llegamos a un acuerdo. Estuvo viniendo mucho tiempo, pero hace un año y pico empezó a flojear, empeoró. Además, se cayó y se rompió la cadera, por lo que no estaba para subirse a escaleras ni andar de aquí para allá.
»Desde entonces, pasaba la mayor parte del tiempo en casa. Yo venía a verla para traerle comida. Siempre hago de más y le traía tuppers y, ya de paso, le hacía compañía y hablábamos un rato. Si, por algún motivo, yo no podía venir, ella no comía más que pan y alguna lata con un vaso de leche. En el barrio hay un comedor social con comida de un banco de alimentos que dona la fundación de Juan Antonio, mi hijo mayor, que ayuda a las personas sin hogar, pero ella no quería que la vieran los vecinos. Siempre ha sido muy orgullosa para eso. A nosotras nos criaron para tapar y aparentar, ya sabe usted. —Candela se ve tentada de confesarle que a ella también—. Dígame si esto le parece suficiente como para lanzarse por la ventana —dice, retóricamente.
—¿Sabe si tuvo algún contratiempo, si había recibido una mala noticia o si tenía un nuevo problema de salud?
—No me comentó nada en especial aparte de que… le diagnosticaron alzhéimer hace un año. La cosa iba lenta, pero tenía síntomas desde hacía tiempo y, a ratos, parecía otra persona. Aun así, todavía podía estar sola sin atención constante, aunque era una realidad a la que sabíamos que tendríamos que enfrentarnos muy pronto, por mucho que evitara tener que tomar una decisión al respecto.
»Pero, vamos, que su caso no es único, y no me refiero a la enfermedad. Aquí vive mucha gente de manera muy precaria y yo ayudo en lo que puedo. También he trabajado toda mi vida sin parar, pero por suerte me lo puedo permitir. No lo necesito.
»Por ejemplo, Ramón, el del quinto, tiene setenta y un años, ha trabajado desde que era un crío en la construcción y también tiene una pensión de menos de quinientos euros. Se puede imaginar cómo llega a fin de mes. Menos mal que tiene una hija que le ayuda y está pendiente de él. Encima tiene sobrepeso y le cuesta mucho hacer cualquier recado. Marta, la del séptimo, creo que tiene setenta y uno o setenta y dos. Pues me paga cuatrocientos setenta y cinco euros solo por el alquiler de la casa, y creo que le dan de pensión setecientos y algo. Con lo que le sobra tiene que pagar los gastos de electricidad, agua, gas, etcétera. ¡Ya me dirá cómo se puede vivir con eso! Es que no hay derecho, hombre… Y que sepa que las mujeres somos las que más problemas tenemos; a las que hemos nacido en los cincuenta nos educaron para estar en casa cuidando del marido y los hijos. Muchas han acabado divorciándose y, cuando tienen que buscarse un trabajo fuera de casa, ya no hay nada para ellas. Cotizan quince o veinte años y les dan esa miseria que casi se va en un techo bajo el que vivir. Es inhumano. Algunos no ponen ni la calefacción en invierno y viven envueltos en mantas para ahorrar… Y le estoy hablando de gente normal, que ha vivido medianamente bien. Yo estoy por salir en los medios y contarlo, porque es que ya nadie se queja y hacen lo que quieren con nosotros…
Felicidad para de hablar en seco al ver que, por la esquina del edificio, aparece un tipo de unos cuarenta años, excesivamente delgado y con unas ojeras alarmantes, que camina hacia ellas. Sin embargo, el hombre enseguida ve el jaleo de coches en la puerta, se da media vuelta y empieza a correr. Candela es testigo de toda la escena.
—Lo ha visto, ¿verdad? Yo no sé qué se traerán entre manos —dice la anciana, desencajada.
La esbelta silueta de Jesús, el Zanahorio, se dibuja en el pasillo por el que viene de camino desde el patio interior.
—Subo a custodiar la entrada al domicilio hasta que tomen las mu
