Prophet

Helen Macdonald
Sin Blaché
Helen Macdonald
Sin Blaché

Fragmento

libro-3

Capítulo 1

 

 

 

 

 

La habitación a la que lo conduce huele a tabaco rancio mezclado con ambientador. La decoración cumple con las especificaciones militares de un Holiday Inn de los años ochenta. Moqueta verde oscuro, sillones a rayas, una mesa de cristal ahumado, una lámina de dos F-15 con una estela de vapor surcando el cielo en un marco dorado. El estruendo de sus motores fuera queda reducido aquí a un oscuro rumor de fondo.

Miller se quita la chaqueta, la deja caer en el respaldo de una silla, arruga la nariz al ver la taza de café abandonada a medias encima de la mesa y mira a Rao disculpándose. Sus ojos son del azul del correo aéreo, las patas de gallo dan fe de años de sol. Tiene el pelo decolorado, con un tupé revuelto y muy corto en las sienes y la nuca, y lleva un traje ejecutivo que realza demasiado a la perfección su figura escuálida como para que no valga una fortuna. Luce un Tank de Cartier en solitario en la muñeca izquierda, tachuelas de oro en las orejas, y se esfuerza tanto por ser simpática que a Rao le da dentera.

Se sientan.

—¿Quiere algo?

—Un trago.

—Señor Rao —lo reprende—. Puedo ofrecerle café, té o refrescos.

—Agua —contesta secamente—. Sin hielo.

A ella le hace gracia el comentario, y capta la indirecta. Sabe leer un insulto aunque se lo sirvan con delicadeza. Según la experiencia de Rao, no muchos estadounidenses poseen ese talento.

—Hay un dispensador en el rincón.

No espera que se levante, y él no lo hace.

—Supongo que no sabe por qué está aquí.

—¿Por qué me han escoltado desde la cárcel dos agentes armados del Ministerio de Defensa para traerme a una base aérea estadounidense en el culo de Inglaterra? No. No lo sé. No quisieron decírmelo.

—No lo sabían. ¿Quiere intentar adivinar de qué se trata?

«Uf». Rao mira el efecto noche americana de su reflejo en el cristal ahumado de la mesa que hay entre ambos: la curva de la mandíbula, la inclinación inquisitiva de la cabeza.

—Con todos los respetos, déjate de historias. Dime lo que quieres y, por favor, intenta que sea sin insinuar que haga un número para divertirte, o encontraré el camino de vuelta hasta mi acogedora celda preventiva y seguiré con el resto de mi vida.

—¿Conque esas tenemos?

—Sí, esas tenemos.

—De acuerdo —dice con suavidad. Mete la mano en el bolso que tiene a los pies, saca una carpeta y la abre—. Sunil Rao, treinta y seis años, nacido en 1974 en Kingston upon Thames, Reino Unido. Ciudadano británico, además de titular de la tarjeta OCI.[1] Progenitores: Himani y Bhupinder. La madre trabaja para Christie’s. Negocio familiar del padre: joyería fina. —Sigue leyendo y enarca una ceja—. Finísima. Alumno del St Elgin, licenciado en Historia del arte en el St John’s College de Oxford. Seis años en Sotheby’s, fraude y apropiación indebida, antes de entrar en el MI6. —Levanta la vista, sonríe—. Muy patriótico.

Quiere provocarlo, sin duda. Y eso tal vez significa que carece de información suficiente para presionarlo de ninguna otra manera. O tal vez significa más bien que está poniendo a prueba su paciencia adrede. Ambas posibilidades hacen menos probable que lo metan de nuevo en un avión de vuelta a Kabul en los próximos veinte minutos, aunque no por eso su estrategia es menos agotadora.

—Operación conjunta de ocho semanas en Asia central, el otoño pasado. —Suaviza la voz—. Su compañero en la DIA habló maravillas de usted.

—Vaya. He renunciado.

—No lo ignoramos. —Frunce el ceño mirando el expediente—. Luego Afganistán. Donde las cosas no fueron tan bien, según veo. Aquí dice que se volvió imprevisible.

—Tremendamente.

—Aquí se menciona que hubo una sobredosis en una habitación de hotel.

—La hubo. No fue por dar la nota.

Guarda silencio, pero no del tipo que Rao iba buscando provocar. Es un silencio reflexivo. Al cabo de unos momentos vuelve a probar, con delicadeza.

—¿Podría hablarme del incidente en el centro de rehabilitación? No consta en el expediente.

—¿Ah, no? —Rao le sostiene la mirada—. Le di un puñetazo a un hijo de puta en terapia de grupo que mentía como un bellaco.

—Tengo entendido que fue mucho más que un puñetazo.

Rao apoya las palmas de las manos en la mesa, respira hondo por la nariz, exhala.

—¿Por qué me habéis traído aquí?

—¿Está en condiciones de trabajar?

—Lo dudo.

Miller deja el expediente encima la mesa, entre ambos, y empuja una esquina para enderezarla. Desliza un dedo por la carpeta, con un movimiento lento y deliberado.

—Creemos que le necesitamos, señor Rao —dice sin mucho entusiasmo—. No contamos con nadie más que tenga sus aptitudes.

—Ya —resopla—. Lo suponía.

Ella enarca una ceja.

—¿Lo suponía?

—Sí.

Lo acompaña por un pasillo hasta una sala de reuniones vacía donde una bandera de Estados Unidos cuelga junto a la pantalla de un proyector. A lo largo de la mesa central hay una hilera de vasos, tazas, platos y cuencos. Miller, tras echarles una ojeada, lo mira con expectación. Rao ahora entiende de qué va. Se frota la nuca ante la familiaridad del montaje. Recuerda la luz oblicua desde las ventanas, el humo de los cigarrillos atravesándola, la pregunta de su padre al señalar las bandejas de joyas en el escritorio. «¿Cuál dirías que es la más interesante, Sunil?».

—El juego de Kim,[2] ¿no?

—No, señor Rao —contesta ella.

Un radiador golpetea y silba. Rao hunde las manos en los bolsillos de los vaqueros y espera a que le pidan lo que sabe que le van a pedir.

—Le agradecería que examinara estos objetos y me dijera si alguno le llama la atención.

—El tercero por la izquierda —dice—. La taza blanca.

—¿Así de rápido, a ojo? ¿Podría decirme qué tiene de particular?

—No cuadra.

—¿No cuadra?

—Es la forma más sencilla de expresarlo, dadas las circunstancias.

Miller se pasa el pulgar por los labios unos segundos antes de volver a hablar.

—Señor Rao, nos gustaría mostrarle algo. Creo que le parecerá interesante. Si tiene la bondad de seguirme, hay un vehículo esperando fuera.

La urgencia de lo que sea que esté ocurriendo se hace de pronto tan patente que Rao se detiene en el pasillo a leer carteles al azar de un tablón de anuncios. ENTRENAMIENTO DE BÉISBOL, VISITAS AL ECONOMATO, PERRO DESAPARECIDO, TIROLINA, MERCADILLO DE SEGUNDA MANO, NOCHE DE PIZZA, CARRERA DE MOTOS. Echa una ojeada y ve cómo ella aprieta los puños, el nerviosismo que trata de no delatar, y en un arranque de mezquindad vuelve a leerlo todo.

Sus pasos resuenan en el asfalto mojado. Suffolk está sepultado en la niebla: un aire denso y caprichoso que resplandece y oscila alrededor de las luces de la base en la penumbra del anochecer. Miller saca un anorak de la parte trasera de un Land Cruiser sin distintivos y se lo entrega a Rao sin mediar palabra. Dentro, el conductor aguarda en tensión. Trata de arrancar con el motor ya al ralentí, y pone el intermitente demasiado pronto para girar en el cruce. No es por la presencia de Miller. Está asustado. Rao apoya las manos sobre los muslos, se mira los dedos y se da cuenta de que él también lo está. Al margen de la parafernalia de costumbre, aquí hay algo que huele mal, y el tufo se le empieza a meter en la cabeza. Mira por las ventanas para alejarlo. Luces en la bruma. Pasan de largo siluetas que son graneros y corrales, los trazos de los faros en los setos de la carretera. A poco menos de un kilómetro toman un camino agrícola con baches. Unos cientos de metros después, se detienen ante una valla de alta seguridad anclada con bloques de hormigón. Un guardia se acerca con una linterna. Tras una breve negociación, abre la verja; la pista llena de rodadas que hay al otro lado se desvía de nuevo hacia la base.

El conductor aminora la marcha y apaga el motor. Miller sale y le abre la puerta a Rao, informándole de que son tres minutos a pie. Se asoma al aire húmedo y quieto y echa a andar tras ella, avanzando con dificultad a lo largo de unas hileras de hojas carnosas que chirrían bajo sus pies. El barro húmedo se apelmaza en la suela de sus Converse, haciendo que cada paso sea un poco más lento, un poco más laborioso que el anterior. No tiene ni idea de qué va toda esta historia. Se pregunta qué quieren que vea. Un accidente, un cadáver, un alijo de armas, un coche quemado. No. Nada de eso. ¿Un pub, quizá? Sí. Ojalá que Miller lo esté llevando a un pub. Un pub con una extraordinaria selección de whiskies de malta y un buen fuego en la chimenea. Sabe que no tendrá tanta suerte, pero está imaginando esa idílica estampa cuando llegan a lo alto de la cuesta.

Se detiene en seco.

—Hostia puta —susurra.

Más abajo, varado en la niebla, justo en el medio del campo, hay un módulo prefabricado rectangular de una planta, con la fachada revestida de brillantes planchas de acero. Un círculo de focos lo envuelve en un halo suave y candente. Las dimensiones resultan curiosamente imprecisas. Por un momento a Rao apenas le parece más grande que una caja de cerillas, como si pudiera agacharse y recogerla del suelo. No hay duda de lo que está viendo. Es un diner americano. No solo parece el bar de carretera más típicamente estadounidense que haya visto nunca, sino que además en la entrada hay un letrero de neón rojo donde se lee AMERICAN DINER. Dentro las luces están encendidas, pero no hay ninguna carretera que lleve hasta allí, ni un aparcamiento al lado, ni rastro de intrusión en los cultivos que crecen alrededor salvo el estrecho sendero embarrado que va en línea recta desde sus pies hasta la puerta de doble hoja.

—No encaja, ¿eh? —dice la voz a su lado.

—No, ni pizca —responde. Se balancea sobre los talones en el barro, pasándose la lengua por los labios ante semejante panorama—. No pinta nada aquí esto.

—¿Igual que la taza?

—Sí. Pero… —Parpadea, incapaz de terminar la frase. Mirar el diner es como ver agua colándose por la alcantarilla, y se resiste a perseguir la intuición más allá. Capta de reojo algo que podría ser una sonrisa.

—La taza que ha identificado antes viene de ahí. Aunque creo que eso ya lo sabe. ¿Quiere echar un vistazo más de cerca?

—Te sigo.

—Hace entre setenta y ochenta horas que apareció —anuncia Miller mientras bajan la cuesta. Su voz suena ya más relajada. La cuestión se reduce de pronto a un parte informativo, que permite quitarse de encima cualquier problema y dejarlo en otras manos—. O sea: ese es el tiempo que lleva aquí. Por las señales de la intemperie y el deterioro normalmente lo dataríamos como un edificio de mediados de siglo, pero no conocemos cuándo se creó el módulo.

—Hace entre setenta y ochenta horas.

—¿Está seguro? —dice ella.

—Llamémoslo corazonada. ¿Y las luces?

—No está conectado a la red eléctrica. Y hay una zona alrededor que parece de interés.

—¿De interés para quién?

—Para todos nosotros.

—Nosotros, ¿eh?

—Eso espero, señor Rao.

—¿Y quiénes somos nosotros exactamente?

—A usted no puedo mentirle, ¿verdad?

—Puedes mentir tanto como quieras. Solo que lo sabré. ¿Quieres que entre?

—Adelante.

Camina hacia la puerta. El aire huele a cebolla frita, mezclado con un leve rastro de gasóleo. Alarga una mano, roza el cromo con la yema de los dedos. El metal está frío, brillante, perlado de agua. Cuando empuja, la puerta se abre con facilidad. Entra. Observa sus zapatillas embarradas sobre las baldosas blancas y negras, oye a Miller detrás.

Trató de describir la sensación, más tarde. Fue como meterse en un baño caliente, dijo. No por el cambio de temperatura sino por la alteración súbita, el profundo impacto, la acogida. Nunca había estado dentro de un montaje así. Nunca había experimentado un montaje tan falso como este. Tanta falsedad le eriza la piel, pero junto a ese malestar siente una descarga de euforia que le sube por la columna, un calor que se expande rápidamente por el pecho. Al cabo de unos segundos, se sorprende al borde de las lágrimas.

No hay nadie dentro. Está desierto.

Da la sensación de que estuviera lleno de gente.

—Se está muy a gusto aquí, ¿verdad? —comenta Rao.

Ella no sabe qué responder. Tiene los brazos cruzados y una expresión difícil de interpretar.

—Mire a su alrededor, señor Rao. Tómese su tiempo. La plancha está caliente. No le aconsejaría que la tocara.

Ve un mostrador turquesa revestido de azulejos en damero. Una gramola iluminada en un rincón. Banquetas rojas, sillas de acero con asientos y respaldos acolchados. Fotografías enmarcadas en las paredes color cereza. Elvis, Sinatra, Marilyn, Bill Haley, los Everly Brothers, una Rita Hayworth de Gilda. Rao se da cuenta, después de que se le claven más de una vez en el ojo, de que esas imágenes no encajan. Cuanto más las mira, menos reconocibles le parecen esos sujetos, ¿no es curioso? Se acerca al más próximo. Parpadea. Las luces del diner se reflejan en sus ojos contra una cara que no es exactamente la de Sinatra. Tal vez sean imaginaciones suyas. Sabe que no anda muy fino. Aunque no lo cree; no cree que sea por eso. Mira a Miller por encima del hombro. Por la postura que ha adoptado junto a la puerta, entiende que no va a tener toda la noche. Decide, de mala gana, que este misterio en concreto tendrá que esperar.

Cuanto más observa a su alrededor, menos encaja todo. Detrás de la barra, las planchas están al máximo —acerca la palma de la mano para comprobarlo— y lustrosas de aceite. Hay una hilera de comandas de papel pegadas a lo largo de una banda de acero en la pared y se lee HUEVOS ESTRELLADOS garabateado a mano en cada una de las notas, pero nada más. No hay fregadero, ni parrilla, ni platos, ni utensilios de cocina. Decenas de tazas y jarras de café, y sin embargo ningún artilugio para hacer café.

—Y tampoco hay cuarto de baño —dice ella, observándolo—. ¿Qué le parece?

—Es como una maqueta. Un decorado a escala real. ¿Qué es eso que comentabas del perímetro exterior?

—No tiene cimientos. Se asienta sobre quince centímetros exactos de arena. Y por cada lado sobresale un margen de quince centímetros exactos de arena que lo separa de la tierra del campo.

—¿Qué tipo de arena?

—No hemos tenido tiempo de analizarla. Solo lleva aquí entre setenta y…

—Ochenta horas. —Se queda mirando el resplandor rubí del letrero de neón sobre el mostrador. HAGA SU PEDIDO, dice. No hay cables. Ni uno—. Así que me has enseñado esto y antes de contarme nada más vas a necesitar que firme la exención de responsabilidad, ¿no?

Ella asiente.

—Con sangre.

—Hace frío esta noche, señor Rao. Vamos a cenar. Pueden traernos la comida del pabellón de oficiales, y haré lo posible por ser de ayuda.

 

 

Miller picotea una ensalada César mientras Rao devora un plato de fajitas de pollo. Cuando él termina, ella va a por su café, vuelve a su sitio y lo observa meditabunda.

«Allá vamos», piensa Rao.

—Pues sus antiguos jefes, señor Rao, recalcando siempre que era extraoficial, solían tacharle de «zumbado».

—Prefiero Rao a secas.

Se queda absorta en su taza, remueve un poco el café y observa cómo da vueltas.

—Debió de ser duro.

—¿El qué?

—Pasar por lo que has pasado.

Rao cierra los ojos.

—No vayamos por ahí, ¿de acuerdo? He tenidos muchos rollos de esos últimamente. Si quieres jugar a «vamos a ser amigos», deja que sea yo quien haga las preguntas.

—Adelante, Rao.

—¿Cuál es tu departamento?

—Defensa.

—¿Puesto?

—Investigadora.

—Ah —dice—. Colombo.

—No tengo perro, ni mujer, y detesto los puros.

—¿Dónde creciste?

—En Wyoming.

—¿De dónde sacaste ese reloj?

—Eso no es asunto tuyo.

Rao sonríe.

—No, no lo es. ¿Te da miedo el mamotreto ese?

Ella parpadea, dos veces.

—¿El diner? Sí.

—Bien.

Lo mira muy seria. Rao se pregunta qué ve. Ahora quizá no le parezca tanto una bomba de relojería andante como una carga tremenda, y con toda razón. Se pregunta si tendrá un hijo en alguna parte. Un chico difícil. Algo en su expresión le hace intuir que puede ser. Sí. Tira de un hilo suelto en el agujero del puño del jersey, lo frota distraídamente entre el dedo y el pulgar.

—Ya puedes sacar el formulario de la declaración. Lo firmaré. ¿Tienes un bolígrafo, o debo abrirme una vena?

—Tengo un bolígrafo.

Firma. Ni se molesta en leerlo. Ha firmado muchos antes, son papel mojado.

—Entonces ¿qué puedes darme?

—No puedo darte nada, Rao —dice ella—. Esto no es una transacción.

—Literalmente, no. Es una manera de hablar. ¿Qué es lo que se está cociendo aquí?

Miller se muerde el labio y habla con cautela.

—Ha habido una muerte en la base. En circunstancias sorprendentes y sospechosas. Estoy aquí como enlace entre las investigaciones del Reino Unido y Estados Unidos.

—Pero en realidad estás aquí por ese misterioso diner.

—Mi papel de enlace no es una tapadera, Rao, pero ese bar no es lo único que nos preocupa. Me han encargado que reúna un pequeño equipo para investigar otros sucesos recientes en la zona. Podrían tener alguna conexión con esta inquietante aparición, quizá también con esta muerte. Y te recomendaron.

—¿Quién?

—Trabajarás con el teniente coronel Adam Rubenstein.

—Joder, ¿todavía sigue vivo?

Sonrisa burlona.

—Eso parece.

—¿Cuál es el objetivo de este equipo, si alguien pregunta?

—Investigar. Hay un cadáver, y mucha gente necesita respuestas.

—¿Y el verdadero objetivo?

—Investigar. Solo que algo un poco más complicado. Una serie de objetos han aparecido en las inmediaciones de este campamento. La mayoría dentro del recinto alambrado. Nadie sabe de dónde provienen. En Operaciones suponían que eran una broma pesada. Hasta que apareció el diner americano.

—¿Qué tipo de objetos?

—Diversos. Una cantidad sorprendente de juguetes infantiles. El primero fue una Muñeca Repollo que recogieron en la pista principal durante un paseo FOD rutinario. El último era el resguardo de una entrada para ver Historias de Filadelfia en el Arlington Theatre.

—Una obra espantosa.

—Las evasivas no son una estrategia útil —dice Miller—, pero estoy de acuerdo contigo. Debería añadir que se trata concretamente de una producción de 1982.

Rao bosteza. Es una respuesta a la tensión, pero ella lo malinterpreta, consulta el reloj y frunce el ceño.

—Es tarde. Te denegaron la libertad bajo fianza por el posible riesgo de fuga, Rao, así que me temo que habrá un guardia en la puerta de tu dormitorio. Pero no te vamos a poner en el centro de confinamiento, y estarás más cómodo aquí que en Pentonville. ¿Necesitas algo?

Rao niega con la cabeza. No necesita nada. Ahora mismo querría varias cosas, pero ni le convienen ni se las van a dar. Ve que Miller avisa con un gesto al agente de uniforme sentado tres mesas más allá, observa cómo se levanta y espera a que lo escolte.

libro-4

Capítulo 2

 

 

 

 

 

A ver, el principal problema con el vuelco que dio la vida de Sasha es que en realidad ella no lo había planeado. A decir verdad no había planeado infinidad de cosas, pero con esta ganó de calle. Probablemente hubiera llevado mejor perder un brazo o una pierna que la idea de que alguien tan rígido como su hermano mayor había dejado embarazada a una pobre mujer. Tampoco es que desaparecer durante cinco años y perder el teléfono de su hermano después de recibir la buena nueva contara como llevar algo bien.

¿Qué se suponía que iba a hacer con la noticia? ¿Agarrar a la mujer por los hombros, zarandearla con cuidado y gritarle que se largara antes de que naciera el bebé? Era demasiado tarde para eso. Si Sasha quería hacer algo por ella, debería haberlo hecho antes de que se quedara embarazada. Debería haberlo hecho antes de la maldita boda.

No eran una familia dotada de mecanismos sanos de supervivencia, la verdad. Al criarse como se criaron pronto aprendieron que, si tenían un problema, lo mejor era callárselo. Contenerlo y enterrarlo.

Después fue como si en esos años olvidara toda la historia del embarazo. Se hundió en su propia mierda, contenida y enterrada a demasiada profundidad como para acordarse de que la idea era mantener la cabeza por encima del suelo. Así que, cinco años después, con una impresionante colección de deudas de juego y unas cuantas cicatrices que no le incumbían a nadie, Sasha se encontró en la puerta de la casa de su hermano. Es curioso lo que ocurre con la familia, ¿verdad? Pasara lo que pasase, ninguno de los dos conseguía quemar aquel puente del todo. Siempre quedaban algunos restos, suficientes para cruzar.

Ni siquiera la saludó cuando abrió la puerta. Solo la miró, miró la maleta que tenía al lado y vio el taxi que se alejaba.

—¿Cuánto tiempo te quieres quedar? —preguntó.

—¿Cuánto me das? —respondió ella.

—Voy a preparar el cuarto de invitados —le dijo y se hizo a un lado. No se ofreció a cargar con el equipaje, aunque ella tampoco se lo habría permitido—. El almuerzo está casi listo, creo. Ven a conocer a la familia.

Fue entonces cuando Sasha se acordó del embarazo y de lo cruel que le había parecido toda la situación. Encerrar a su mujer en una prisión hecha de algo que supone que él llamaría amor.

—Almorzar suena bien, sí —dijo.

—Esta es tu tía Sasha.

¿Le ofreces la mano a un crío de cinco años para que te la estreche cuando lo conoces? Probablemente no, pero este tenía algo en la mirada que hizo que a Sasha le apeteciera. Se contuvo.

—Qué hay, chaval. Caramba, eres ya toda una personita, ¿eh? La última vez que te vi, creo que todavía no estabas del todo hecho. —Le sonrió al chico, que seguía sentado a la mesa delante de un sándwich de mantequilla de cacahuete y jalea perfectamente cuadrado. Él se quedó impasible. Nadie en la cocina reaccionó. Su hermano, la mujer y el niño la miraron como si Sasha les hablara en italiano y bailara una danza irlandesa.

—La última vez que tu tía estuvo en la ciudad fue cuando yo estaba embarazada —le explicó la mujer de su hermano.

El niño asintió.

—Ah.

Fue lo único que dijo. Se comió el sándwich en silencio mientras Sasha evitaba responder preguntas sobre sus andanzas de aquellos últimos años. Discretamente, observaba con sus ojazos castaños mientras los adultos eludían hablar del tiempo que Sasha se quedaría. A ella le pareció entender que dejaban caer un «indefinidamente» con la amenaza velada de que, a la mínima que se olieran cualquier mala conducta, la echarían.

La mala conducta, con su hermano, era una especie de zona gris. Fumar dentro de casa, hablar de sus amigos artistas, poner música que considerara subversiva: todo eso entraba dentro de la etiqueta de Mala Conducta. En cambio, si se sentaba fuera, en el porche, a pesar de que todos los vecinos podían verla fumar, algo que ella daba por hecho que lo escandalizaría, no pasaba nada. Si los llevaba a él y a su mujer a una galería de arte de la ciudad y les conseguía entradas gratis, entonces era cultura. No era mala conducta, ni mucho menos. Y, si en la radio ponían algunos de los temas favoritos de Sasha, bueno, ¿qué se le iba a hacer?

Fue como volver a la adolescencia y vivir de nuevo con su padre. Cada persona sale adelante a su manera. Sasha, en un arranque de locura, se mudó a la ciudad demasiado joven. Su hermano se volvió loco y se convirtió en una versión un poco menos brutal de su padre. Cosas que pasan. Sin embargo, nunca lo culpó porque saliera como salió. Nada de eso era culpa de ninguno de los dos. A veces, y solo vagamente, Sasha se preguntaba si su hermano sabía que no era culpa suya. No había forma de averiguarlo, en cualquier caso. Era más fácil contenerlo todo. Era mucho mejor enterrarlo.

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Capítulo 3

 

 

 

 

 

—¿Has desayunado?

Rao asiente mientras caminan. No es verdad. Probablemente debería haber tomado algo. Está seguro de que morirá si no encuentra café en los próximos diez minutos.

—Tengo una reunión, así que te dejo a lo tuyo. Ahí dentro —dice Miller, deteniéndose en el pasillo e indicando una puerta a su izquierda sin ningún letrero. Rao titubea. Con los años ha aprendido unas cuantas lecciones sobre entrar a ciegas en salas como esas—. Rao, por favor, come algo —añade, sonriendo con resignación y señalando de nuevo la puerta.

Rao abre de un empujón. Entra en una oficina de planta diáfana. Hay mamparas de tela dividiendo los cubículos, una moqueta gris desgastada, sillas ergonómicas. Gente enfrascada en sus pantallas. Algunos van de traje, otros llevan uniforme de campaña. Cuatro de estos últimos observan algo concentrados en una mesa cercana. Porno, quizá. «No». Mira a su alrededor. ¿Le han asignado un escritorio? ¿Miller lo ha metido aquí para que los demás puedan echarle un ojo?

No a ambas. Está buscando un escritorio libre con una pantalla tras la que esconderse cuando siente una minúscula dislocación deslizante en las fosas nasales y el pecho. Algo que no encaja. Seguro que la ha detectado con la mirada sin ser consciente. Un objeto del diner, supone.

No. Es Adam.

El teniente coronel Adam Rubenstein, encorvado sobre un expediente en la otra punta de la sala. Un tipo moreno más con un traje barato. Por lo menos hay otros cinco de esos aquí dentro. Todos similares, aunque ninguno se le parezca en nada.

Parece el mismo de siempre, piensa Rao, aunque en cierto modo lo ve distinto. Quizá no debería sorprenderse. Hubo un Rao antes de Afganistán, pero no está seguro de hasta qué punto sigue existiendo, y eso hace que el Adam al que está mirando ahora parezca un recuerdo de un pasado remoto e imposible. La misma chaqueta con los hombros caídos. Sigue llevando el pelo al rape y cortado con el mismo ostentoso descuido. El cuello de la camisa le aprieta, el nudo de la corbata está demasiado ceñido. Adam siempre ha vestido como si intentara no desvelar nada. La barba descuidada es una señal preocupante. La situación debe de ser grave si no ha encontrado tiempo para afeitarse.

Recuerda las últimas palabras que le dijo Adam. A última hora de la tarde en Taskent, hace poco menos de un año. La luz radiante del interior entraba por los cristales del vestíbulo del aeropuerto, áspera como el papel de lija sobre la espantosa resaca de Rao. Té negro aguado en vasos de papel. Más que una ligera incomodidad. «Cuídate», se despidió Rao al ponerse de pie para ir hacia la puerta de embarque. Había creído que era la apuesta más segura, pero en cuanto lo dijo supo que sonaba como si dudara que Adam pudiera cuidarse solo. Adam asintió antes de mirar extrañado los cartones de cigarrillos que Rao cargaba bajo el brazo. «Sabes que son falsos», dijo. Ni rastro de una sonrisa, pero Rao se había animado. Las ofrendas de paz de Adam, que se dan en raras ocasiones, son aceradas como cuchillos.

A pesar de que Rao se acerca sin mediar palabra, Adam no sería tan bueno en su trabajo si no hubiera detectado su presencia mucho antes de que llegara a su mesa. No levanta la vista.

—Se te ve hecho mierda —dice sin inmutarse.

—Ya, gracias —contesta Rao—. A ti se te ve del montón.

Eso le hace levantar la vista del expediente. Adam tiene unos ojos oscuros, adiestrados en esa ligera hostilidad que usa para evitar la charla. Rao se para a pensar en las contadas veces que Adam ha sonreído por algo que le haya dicho. Detrás de esos ojos hay sentido del humor: es un hecho indiscutible. A Rao le ha hecho reír en el pasado. Su impasibilidad habitual, su inmunidad a las bromas y a las pullas, es una cuestión de control, ha supuesto siempre Rao. El hombre va más tenso que uno de esos intrincados relojes de cuco, y Rao intuye que es él mismo quien se da cuerda. Los agentes de los servicios de inteligencia como Adam guardan sus propias llaves. Para eso están.

Repasa a Rao con la mirada de arriba abajo. Ya habrá recopilado todos los datos que necesita, pero ahora tiene la consideración de compartir sus impresiones. Viniendo de Adam, es un detalle que roza la generosidad.

—Me alegra verte en pie —dice.

Probablemente lo dice con sinceridad, piensa Rao, fijándose en el expediente que Adam sostiene, en las huellas dactilares negruzcas que decoran los márgenes. Los utensilios de escritura se rebelan en las manos de Adam. Rao sospecha que tiene el mismo efecto en la tinta que en la presión sanguínea de la mayoría de la gente.

—No iba en sentido literal —añade Adam—. Puedes tomar asiento.

Rao se sienta.

—¿Vamos a hablar solo del estado en que me encuentro o vas a ponerme al día con ese expediente que estás dejando hecho una pena?

—Es una copia —murmura Adam, empujando los papeles hacia Rao—. Lo único importante es que no salga de esta sala.

«Ya estamos otra vez», piensa Rao, sintiendo cómo la difusa jaqueca que arrastra desde hace días brota en pulsaciones profundas y punzantes detrás de los ojos. Se clava las uñas en las palmas de las manos. Sería bueno preguntarle a Adam qué sabe sobre la situación de Rao, cuál es su lugar en todo esto y en tantas otras cosas, pero no hay forma de que pueda hacerlo sin un tremendo derroche de vulnerabilidad. Más tarde, decide. Quizá. Cuando no esté a punto de estallarle la cabeza y pueda enfocar bien la mirada. Abre el expediente y lo hojea con impotencia.

—Adam, puede que parezca hecho mierda, pero me encuentro aún peor. Explícamelo y ya está.

—Hace tres días, un empleado externo que trabajaba en el mantenimiento del recinto encontró el cuerpo calcinado de un suboficial en una hoguera no programada en el sector sudeste de la base. El sargento mayor Adrian Straat.

—¿Murió previamente al fuego?

—No.

—¿Causa de la muerte?

—Fuego.

—¿Eso es lo que consta en el expediente o me estás tomando el pelo?

—Ambas cosas, tal vez. Eso es un expediente aparte. Miller te ha hablado de los objetos. Aparecieron casi al mismo tiempo que el cadáver, en un radio de cuatrocientos metros a la redonda. Nadie admite haberlos puesto ahí ni haber visto que los colocaran. Se han precintado en bolsas e inventariado. Miller quiere que ahora les eches un vistazo. Están todos en el almacén de pruebas, excepto un jeep de los años cincuenta que apareció detrás de un búnker de municiones y una Browning Citori del calibre 28 que está en el depósito de armamento.

—Eso es una escopeta.

—Así es. Concretamente una Citori White Lightning Over and Under, ensamblada a mano en Japón alrededor de 1983. Estoy obviando muchos datos, Rao. Hay detalles que pueden esperar a que te encuentres más capacitado para asimilarlos.

—Me estás manipulando.

—Y se me da bien.

—Vete a la mierda. ¿Hay café por aquí?

—Quieres café.

—No empieces.

Adam se levanta, vuelve al escritorio con dos tazas y se las pone delante a Rao. Saca dos hojas grapadas de la carpeta y se las da. En la primera hay un croquis de la base, donde se ven una serie de cruces numeradas, concentradas en algunas zonas, dispersas en otras.

—¿Las cruces indican dónde se encontraron los objetos? —pregunta Rao, tragando un brebaje tan infame que siente como si le giraran la cara de una bofetada.

—Sí. El círculo es la hoguera.

—¿Debería ver algo, un patrón?

—¿Lo ves?

—No. ¿Y tú?

—No.

—¿Has ido ya a ver ese diner que ha aparecido de la nada?

—Todavía no.

—Me sorprendes, Adam.

—Rao, llegué a las tres de la madrugada de un vuelo de Dulles. No me ha dado tiempo.

—Ya, claro.

—Te digo la verdad.

—Ya, claro.

Rao adivina la sonrisa en su cara, se maravilla. Pasa la página, lee unas líneas por encima. Es como si en la base hubiera estallado por los aires un mercadillo y alguien hubiera catalogado los artículos que han caído.

 

29 Chaqueta de motorista (cuero negro)

30 Dinosaurio de peluche (amarillo, desgastado, le falta un ojo)

31 Sillón reclinable (burdeos, cuero)

32 Caja de herramientas (pino barnizado)

33 Ramo de rosas (rojas)

34 Juego Conecta 4 (armazón montado con las fichas al completo)

35 Oso de peluche (negro, desgastado)

 

—¿Santa Claus? —sugiere—. Quizá todos han sido buenos chicos y chicas.

—Santa Claus no es un sistema de entrega plausible —murmura Adam—. Las cámaras de seguridad no desvelaron nada, salvo unas ráfagas de interferencias entre las cero seis cuarenta y ocho y las cero seis cincuenta y uno. Antes, nada. Después… —Señala el mapa con la cabeza—. Esto. —Titubea—. No quiero ponerme en plan Dimensión desconocida, pero no me lo explico.

—Siempre he supuesto que Rod Serling te enseñó a hacerte el nudo de la corbata, Adam, pero no vamos a… —Rao se calla y se lo piensa mejor—. Huy. Bueno. Yo sí he visitado el lugar y era Dimensión desconocida a tope. Un tipo murió quemado en una hoguera misteriosa y aparecieron objetos extraños a diestro y siniestro. ¿Por qué no íbamos a bajar por la madriguera del conejo estrafalario? ¿Tienes la hora de la muerte?

—Aproximada. —Adam acerca otro expediente y lo abre—. Hay fotos de la escena, si…

—Ahora no, gracias.

—Las cero seis cuarenta.

—¿Cuándo recogieron el primero de los objetos?

—A las cero seis cincuenta y uno.

—¿La Muñeca Repollo?

—De la línea de vuelo, sí.

Rao ve un destello de duda en los ojos de Adam. Apura una taza y va a por la otra, toma un trago y arruga la cara. Sabe aún peor. Se siente agradecido hasta las lágrimas.

—El diner es demencial, cariño. He estado ahí dentro. Y cuando revisemos el cargamento de Santa Claus también va a ser demencial. Habrá algún tipo de lógica, pero estoy bastante seguro de que es la lógica de Dimensión desconocida y vamos a tener que encajar las cosas tal como vengan. Ir con la mente abierta.

—No te pongas condescendiente conmigo, Rao. A mí me da igual si son los elfos. Solo necesito saber por qué y cómo son esos elfos.

 

***

 

Hay tres minutos a pie, le informa Adam, hasta el almacén de pruebas. Con las manos hundidas en los bolsillos mientras sortea los charcos en el sendero, encorvándose para protegerse de la lluvia que empieza a arreciar, Rao siente que ya ha tomado la dosis de cafeína suficiente para lanzarse a preguntarle a Adam cómo le ha ido.

—Y qué, Adam.

—Rao.

—¿Cómo te ha ido?

—Cómo me ha ido.

—Sí.

—He estado ocupado.

—¿Ocupado bien u ocupado mal?

—Ocupado.

Así, recuerda Rao, se siente al conversar con Adam.

—¿Ocupado en el sentido de «información clasificada»?

Adam frunce el ceño.

—Más trabajo de despacho que antes —dice al cabo de un rato.

—¿Te han puesto un despacho, Adam?

—Técnicamente, todo el mundo tiene uno.

—¿Técnicamente?

—Es más bien un concepto.

—¿Qué coño significa eso?

—Si vives lo suficiente, acabarás teniendo tu despacho.

—Ah, es eso de que por ahí hay una bala que lleva tu nombre, ¿no? ¿Una bala, un despacho, una tumba?

—Siempre a la espera.

—Te encanta ponerte dramático, cabronazo.

—Sí, Rao.

—Un despacho —susurra Rao—. ¿La has cagado o qué?

—No, no la he cagado.

—¿Ningún escándalo? ¿Te pillaron en una situación comprometida en un armario de alguna embajada?

Rao ahoga la risa, y se le escapa un gritito casi inaudible. La mera idea de Adam magreándose en algún sitio a escondidas. Imposible.

—No.

—¿No me digas que te cansaste de pegar tiros a la gente? Hostia, Adam. ¿Has encontrado a Dios o qué?

—Rao, me has preguntado cómo me ha ido. He estado ocupado.

—Que sí, hombre. Madre mía. Ponerse al día contigo es como intentar asaltar Fort Meade. No sé ni para qué me molesto en preguntarte nada.

Rao sonríe. Un par de F-15 pasan volando bajo, cargados con toda la artillería.

—¿Y bien? —dice cuando cesa el estruendo.

—Y bien ¿qué?

—¿No vas a preguntarme cómo me ha ido a mí?

Adam niega con la cabeza.

—Ya me lo contarás tú.

 

 

El almacén de pruebas se encuentra en un edificio recio de ladrillo rojo, en la otra punta de la base. Dos setos de laurel tristones flanquean la puerta de entrada; el canalón pintado de negro que hay encima gorgotea con el agua de la lluvia. Un vestigio de la guerra, supone Rao. ¿El antiguo bloque de operaciones de la RAF? «Sí».

Adam lo conduce al sótano y va directo hacia una puerta al fondo de un pasillo decorado aún con los tonos crema y verde de los tiempos de la guerra. Le muestra su identificación al guardia, que se cuadra y saluda con un «señor» mientras abre la puerta y se hace a un lado. Se encienden los fluorescentes.

Rao arruga la nariz. El aire aquí dentro huele raro. Hidrocarburos aromáticos desprendidos del plástico, supone. «No». Sea lo que sea, recuerda a una mezcla de jazmín y barro. Agua de lluvia, sándalo. Se estremece. La sala es angosta y profunda. A lo largo de las paredes hay estanterías de acero desde el suelo hasta el techo, atestadas de bolsas transparentes de plástico, y al fondo de la sala una serie de artículos de mayor tamaño precintados en bolsas. Rao ve la tapicería de cuero de una Yamaha 50 c. c. embutida sin contemplaciones dentro de un plástico tirante.

Adam va al grano.

—Los forenses de la Oficina de Investigaciones Especiales dijeron que en ninguno de los objetos examinados había huellas dactilares, salvo las de las personas que los recogieron. Miller quiere conocer cualquier otro dato que puedas darnos.

Rao saca un par de guantes de nitrilo de una caja encima de una mesa de exploraciones de acero y se los pone.

—Por ahora lo único que sé es que todo esto no cuadra. ¿Me pasas un paquete?

—¿Cuál?

—Cualquiera. No importa.

Rao coge la bolsa que le tiende Adam y le echa una ojeada.

—Creo que esto es un Oso Amoroso —comenta—. Es un Oso Amoroso, sí.

—Es Felizosito.

—Adam, ¿y tú cómo sabes que es un Felizosito?

—Por la televisión.

Adam está concentrado en otro artículo que ha sacado de las estanterías.

—Corta el rollo. Seguro que tenías un Felizosito —dice Rao y de pronto se queda mudo de asombro—. Caramba, Adam, nunca lo había pensado. Seguro que de pequeño tenías juguetes. ¿Qué tipo de juguetes? ¿Soldaditos de plástico? ¿Puñales retráctiles? ¿Un AR-15?

Rao espera que Adam responda con el habitual silencio reservado. Inesperadamente, contesta.

—Maquetas —dice impasible—. Maquetas en miniatura. Para montar. Aviones, sobre todo.

—Me encantan las maquetas —dice Rao—. ¿Todavía las conservas, las guardas en algún sitio? ¿Puedo verlas?

—No. Deberías centrarte en esto —dice Adam, extendiendo los brazos.

Es un ramo de rosas rojas.

—Aprecio el detalle, cariño, pero siempre he preferido las mimosas.

—Rao.

Rao coge la bolsa. Las flores son de un escarlata intenso y muy perfumadas: al abrir el precinto la fragancia le golpea el fondo de la garganta. Las deja caer sobre la mesa. Están un poco marchitas. Examina la tarjeta atada con una cinta roja a los tallos. Una dedicatoria a mano, en tinta azul.

 

A mi Millie. Con amor eterno, como prometimos.

 

—Hay una fecha. Vaya. Las flores están tratando de decirme que son de 1973, Adam.

—No me digas. Podrías hacer el favor de mirarlas detenidamente, Rao.

A primera vista es un ramo de rosas. Aunque están separadas de una manera que no acaba de… Rao frunce el ceño, mete los dedos entre las flores, con cuidado, y explora.

«Hostia puta».

Por fuera son rosas. Pero por dentro el ramo es una monstruosidad, un amasijo de fibras vegetales rizadas, suaves, de un rojo aterciopelado con trazas de verde veteado y untuoso, como si hojas y flores se hubieran fundido en una amalgama. Mirándolas, Rao recuerda la fotografía en un libro de texto de una planta expuesta a la radiación gamma y fraguada en un exuberante e incoherente engendro del horror. Cuando retira los dedos, el ramo se cierra de un modo inquietante.

Parece un ramo de rosas.

—¿Son rosas? —pregunta Adam despacio, como si la cuestión no solo fuera sorprendente sino desagradable.

—Bueno. ¿Qué es una rosa? Verás, leí mucho hace tiempo sobre la metafísica de la identidad. Esa no es una cuestión que se pueda reducir a verdadero o falso. Pero hay otras cosas que puedo comprobar. Como por ejemplo si estas flores se cortaron de una planta.

—¿Y?

—No. No proceden de una planta. Mierda. Dame algo más. Algo… —dice, pensando con cuidado— que venga en una caja. Había una caja de herramientas, ¿no? No, mejor el Scrabble. Encuentra la caja del Scrabble.

—Hay dos —dice Adam, mirando el inventario.

—Pues trae las dos.

La primera es la versión clásica. El tablero es discreto: verde oscuro, salpicado de cuadrados rosa y azul pastel. Soportes de madera para las fichas. Fichas de madera. La otra caja no se puede abrir. Adam saca una navaja y al rebanar una de las esquinas resulta que es maciza por dentro: una materia fibrosa y gris que la hoja atraviesa con dificultad. Luego se entretiene más tiempo del que a Rao le parece necesario limpiando la hoja de la navaja, restregándola contra la tela del pantalón con cara de asco. Se frota varias veces con los dedos la mancha del muslo y mira a Rao.

—Todos serán así, ¿no?

—Sí, cariño. Probablemente. Sí.

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Capítulo 4

 

 

 

 

 

—¿Dónde?

—En Inglaterra. RAF Polheath. Es una base de aviones de combate, estadounidense, aunque el nombre sea… engañoso.

—Conozco Polheath.

—¿Sigues ahí? ¿Me oyes?

—Alto y claro. Estaba pensando. Es un tremendo contratiempo.

—No es ideal, desde luego. Pero ya conoces el refrán. Cada nube…

—¿Cada nube?

—Estaba pensando en Dennett. ¿Conoces a Dennett? Daniel Dennett.

—Filósofo de la mente, sí. ¿Por?

—Según él, cometer errores es la clave para progresar. Creo que este revés podría acabar siendo una serendipia, un hallazgo bastante bastante afortunado.

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Capítulo 5

 

 

 

 

 

—Dejadme los platos a mí —le sugirió Sasha a su hermano, y toda la familia se esfumó de la cocina como por arte de magia, sin ni siquiera intentar disuadirla para quedar bien.

Ahora está sola. Y en realidad es perfecto, porque ella misma se ha ofrecido y no le importa lavar los platos. Es una manera de compensar, y eso es lo que Sasha tenía en mente al ofrecerse, sabiendo que ese será su papel mientras se aloje aquí. Podrían haberle tocado cosas peores, y sin duda irá asumiendo algunas otras tareas sobre la marcha. No pagará alquiler, a fin de cuentas. Ni siquiera su hermano es tan cabrón como para irle detrás reclamando un cheque mensual, seguramente.

De pronto se da cuenta de que alguien ha entrado en la cocina, como si de alguna manera la atmósfera cambiara, y Sasha supone que es él.

—Escucha. Puedes confiarme la vajilla, ¿vale? —dice—. No soy una manazas, como alguno que conozco por ahí… —Y, a punto de sacar a relucir alguna vieja pelea de la infancia solo por diversión, se vuelve para encarar a su hermano y se queda cortada.

No es él. Es su hijo. Está de pie en la puerta, mirándola con esos ojos enormes.

—Huy. Qué sigiloso eres, chaval —dice ella—. Como un fantasma.

El niño niega con la cabeza, muy serio. Sasha enarca una ceja.

—¿No? No como un fantasma.

Él vuelve a decir que no en silencio. Sasha se apoya en el borde del fregadero, sin importarle que el agua le empape la camisa y le moje la espalda. No pasa nada. Está tibia y le da una curiosa sensación de calor de hogar. La mugre y el malestar que acompañan el hogar de una familia. Esas pequeñas cosas que había olvidado mientras iba recalando en casas ajenas con sus amigos bohemios.

—¿Quieres decirme por qué no eres como un fantasma? Porque ahora mismo no veo ninguna otra opción.

No cree que le vaya a contestar. Se queda tan callado que Sasha se encoge de hombros y se da la vuelta otra vez. Mete las manos en el agua jabonosa. Busca la taza que sabe que está ahí junto con los platos y los utensilios. Nunca sabrá por qué lavar tazas es más divertido, o quizá sea solo una mentira que se dice para hacer más llevadera la tarea, pero busca de todos modos.

Justo cuando tantea el asa, el chaval habla en voz muy bajita.

—No existen —dice. Ahora está a su lado. Se ha acercado desde la puerta hasta la encimera, junto a ella. Estira el cuello para mirarla, y se lo ve tan diminuto que casi da lástima—. Los fantasmas no existen.

Quizá la historia viene de una solemne charla familiar, piensa. Quizá el crío se asustó una noche y sus padres tuvieron que acurrucarse con él y explicarle que los fantasmas no existen. Sasha sonríe a la carita que la mira, recreando esa escena imaginaria en toda su insólita domesticidad. No encaja con su hermano ni con su mujer, y no encaja en esta casa. Como si fuera demasiado pequeña para abarcarlos a todos y demasiado grande para caber en la casa. Sabe que esa charla de fantasmas nunca se habría dado, pero es bonito imaginar que sí. Y más con esos grandes ojos mirándola.

—Vale. Los fantasmas no existen. Me has pillado, chaval —confiesa. El niño, confundido, frunce un poco el ceño—. Aunque en realidad no es mentira si forma parte de una historia. Entiendes eso, ¿no? A veces la gente cuenta historias sobre su día a día y no son del todo verdad, pero tampoco son del todo mentira. ¿Alguna vez has oído a alguien decir que está lloviendo a cántaros?

Asiente con la cabeza.

—Y eso solo significa que llueve mucho, ¿no?

Vuelve a asentir.

—Entonces, decir que eres como un fantasma no significa que no existas. No en el mismo sentido en que no existen los fantasmas —dice, evitando con cautela el tema de la muerte. Quizá no sea la charla idónea cuando acaba de conocer al chico—. Pero eres silencioso, y te mueves con sigilo. Igual que los fantasmas. ¿Entiendes?

Él se queda pensando. Pensando de verdad. Sasha se pregunta si no se ha pasado un poco de la raya, ¿cuántos años han dicho que tiene? Tal vez haya ido demasiado rápido y demasiado a fondo. Entonces el chaval asiente con un murmullo. Es una miniatura de su hermano, serio y cuadriculado, y demasiado joven para haber perdido todas las risas que llevaba dentro. Mierda. Necesita un pitillo.

—Lo entiendo —dice.

—Genial. ¿Quieres un vaso de agua o qué?

—Sí.

Saca un vaso de la espuma y lo enjuaga rápidamente.

—Algún día conseguiremos que hables más de tres palabras seguidas, chaval. Te lo prometo —murmura para sí.

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Capítulo 6

 

 

 

 

 

Miller escucha atentamente el informe de Rao.

—Tomo nota —dice—. Rubenstein, ¿algo que añadir?

—No, señora.

Ella asiente. Tiene unas formas enérgicas, un temple desconcertante.

—Me gustaría que hablarais con Ed Gibbons —anuncia—. El empleado externo que llegó primero al lugar del incendio.

—¿Dónde está? ¿Encerrado en una celda por ahí perdida?

—No, Rao. Está en casa, en Brandon, con su mujer y sus dos perros. Lleva tres días de baja por migraña. Pero se encuentra bastante bien para… —frunce los labios— charlar.

—¿Quieres que vayamos a charlar en plan campechano con el jardinero? —pregunta Rao.

—Es justo lo que quiero que hagáis.

Adam mira a Rao, que le lanza una mirada de reojo. Un «Sí, Adam, ya sé que hay un atajo» sin palabras.

 

 

Rao recuerda aquella noche de hace once meses, mientras iban conduciendo de Juyand a Taskent. Tensos ante la proximidad del paso fronterizo, con los nervios de punta por las sacudidas de una carretera desierta llena de cascotes de hormigón y crestas de barro seco, se enzarzaron en una pelea por una cita inminente.

—No va a presentarse.

—Estará ahí.

—Que no, joder. ¿Cómo puedes ser tan confiado, Adam? ¿No te sacaron esa mierda a golpes en Langley?

—Nunca fui a Langley. Y tampoco es que necesitemos quedar con él. De hecho, estoy casi seguro de que no necesitamos estar aquí para nada. Porque he dado con la clave, Rao. Sé que no eres un polígrafo. Creen que sí, pero no lo eres. Solo que de alguna manera sabes distinguir lo que es verdad y lo que no. Podría escribir una lista de probabilidades en un papel, y tú solo señalar una. No tenemos por qué estar aquí. Podríamos estar en Ohio.

El silencio se estiró como el vidrio fundido hasta ser un hilo finísimo y quebradizo a la espera de romperse.

—Hemos de estar aquí —dijo Rao por fin.

—En realidad no.

Agarró a Adam del brazo.

—Adam. Escúchame. Necesito estar aquí fuera.

Adam se quedó mirando con perplejidad los dedos de Rao hasta que lo soltó. Volvió la vista a la carretera. Tardó cinco segundos en descifrarlo. Rao los contó uno por uno.

—Nunca te dejarían salir.

—Así es como está el patio, sí. Me encerrarían, tirarían la llave y me cebarían con papel. La verdad es que preferiría que no lo supieran.

Después se hizo un silencio largo e incómodo. Al cabo de un rato, Rao bajó la ventanilla y el fragante aire nocturno inundó la cabina. Sacó la cabeza y estiró el cuello para ver cómo los murciélagos se abatían sobre el UAZ para cazar las polillas que atraían las luces de los faros.

—Llegará al punto de encuentro —dijo finalmente, volviendo a arrellanarse en el asiento.

—Sí. Llegará.

Al cabo de un par de kilómetros.

—Hay límites en mis capacidades —comenzó a explicar Rao, seguro de que era un tremendo error decirlo en voz alta, pero le había salido así, igual que sale de dentro una disculpa, aunque las disculpas a Rao nunca se le han dado muy bien—. Excepciones. Como los estados de ánimo: son muy difusos. No puedo rastrearlos. Lo que sí puedo es juzgar la veracidad del contenido de los enunciados sobre el mundo. Escritos o verbales, incluso implícitos. Y no, no sé cómo funciona.

—¿Qué se siente?

Rao mueve la cabeza.

—¿Al saber lo que es verdad y lo que no? Joder, Adam, es como intentar describir lo que se siente al respirar. Sabes si el aire que inhalas está frío o caliente. Sabes cómo tomar aire y cómo soltarlo. Es automático, parte de ti. Al menos en mi caso. Es una sensación. No puedo describirla, simplemente es.

—¿Fue una habilidad adquirida?

—No, ha estado ahí siempre

—¿Hasta dónde te puedes remontar?

—¿Qué quieres decir?

—En el tiempo. Históricamente.

Rao se frotó la mejilla.

—Si hay suficiente concreción, tan atrás como quieras.

Adam se lo pensó unos instantes.

—¿Abraham e Isaac? ¿Eso sucedió de verdad?

«Ay, qué adorable», pensó Rao.

—Imposible. No son personas tan reales como para rastrearlas.

Le echó una mirada. Adam parecía decepcionado de verdad, y Rao se sintió mal por mentir. Abraham existió, e Isaac también. Ahora bien, si Dios le exigió o no a Abraham que matara a su hijo… En fin, prefería no meterse en el embrollo de explicar por qué el «eso» de la pregunta de Adam era un problema. Si las afirmaciones sobre los dioses fuesen comprobables, Rao estaría en un gremio completamente distinto al del «espionaje».

—Así que creo que deberías saberlo. Hay otra excepción.

—¿Cuál?

—Tú. Nunca sé cuándo estás mintiendo.

Rao observó cómo la cara de Adam se endurecía. Una reacción de lo más lógica, visto lo visto.

—No te engaño, Adam. Ha sido así desde el principio, y no sé por qué.

—Las preguntas. Por eso estabas así cuando nos conocimos.

—¿Así, cómo?

—Como si fueras puesto de anfetas.

Rao se rascó el rabillo del ojo.

—Hum… Para ser sincero, cariño, iba puesto. Pero sí.

Adam asintió despacio.

—¿Y no sabes por qué? ¿De verdad?

—Me he devanado los sesos con una barbaridad de teorías, pero no puedo saber si alguna es correcta. Es una movida rarísima, Adam, y si te lo cuento ahora es por una razón.

—¿Cuál?

Rao se sentó, con el corazón martilleándole el pecho.

—Vas a guardarme el secreto.

—Por supuesto.

—Eso me tranquiliza mucho. Contigo no puedo saberlo, se me escapa, ¿entiendes? Y, ya que ponemos las cartas sobre la mesa, te confieso que es aún más raro, porque no se trata solo de ti. Es cualquier cosa que tenga que ver contigo. La primera vez que te mencionaron en una sesión informativa se me puso la piel de gallina. Cuando repasaron tu historial fue como si oyera interferencias. —Rao frunció el ceño—. No. Interferencias no. Cuando alguien habla de ti se parece más al sonido de una ruleta.

—Una ruleta.

—Sí, pero no en el momento en que la bola salta a las casillas, sino como el roce al girar por el aro. Antes de que caiga —resopló—. Aluciné cuando me dijiste que te habías criado en Las Vegas.

—En la periferia de Las Vegas. Y quizá te mintiera.

Rao lo miró con sorna.

—Ya lo sé. Pero te he visto jugar a las cartas, Adam. Y he visto tu expediente.

—Espero que sea broma. Entonces ¿trabajas conmigo porque se te puso la piel de gallina la primera vez que oíste mi nombre y porque soy un bicho raro?

—Sí. Además, me lo ordenaron.

 

 

Rao ni siquiera había captado el nombre de Adam, en realidad, solo alcanzó a oír el final de la frase en la que lo mencionaron. Estaba absorto contemplando su reflejo en el intenso brillo del tablero de la mesa, divagando distraído. «Esmalte francés. Goma laca», conjeturaba. «Goma laca y alcohol desnaturalizado. Varias capas, una encima de la otra. “Chatoyancia” es el término con que se define cómo el lustre crea ese efecto con la luz. Igual que en el crisoberilo, como en el ojo de tigre…», y musitaba sobre los fenómenos ópticos que muestran ciertas gemas si se tallan de determinada manera cuando oyó decir «un historial encomiable, seis años en la DIA» y sintió un fogonazo de calor vertiginoso que le vació la cabeza. Como papel mágico, una llamarada que al instante se derrumbaba en el vacío absoluto. Cerró los ojos, mientras los demás seguían diciendo cosas sobre aquel teniente coronel Rubenstein, y eran tonterías, mientras la sensación florecía y crecía en su cabeza, tan distinta a cualquier cosa que hubiera sentido antes, que Rao se tuvo que agarrar un buen rato al borde de la mesa aterrorizado, convencido de que estaba sufriendo algún tipo de trastorno neurológico. La sensación cambió y vaciló a medida que los segundos transcurrían, convirtiéndose lentamente en algo a medio camino entre un sonido y una imagen. Una ruleta dando vueltas en ese momento incierto antes de que la bola salte a las casillas de abajo. El momento que no es más que posibilidad pura, cuya razón de ser es su propio e inevitable final, aunque se negaba a terminar durante todo el tiempo que hablaron de Rubenstein. Y allí estaba Rao, intentando seguir el hilo de lo que decían, intentando entender lo que ocurría cuando hablaban de él, intentando comprender en qué podía ser distinto aquel hombre y comprendiendo, por fin, el sentido de toda la discusión. ¿Querían que Rao trabajara con él? «Joder».

En el taxi de camino a su primer encuentro, Rao se preguntó si debería haberse lucido un poco más con la ropa. Estaba nervioso, y los nervios hacen que Rao patalee, fuerte. Se había decidido por su chaqueta más vieja, roñosa, con una quemadura de cigarrillo en una manga. Unas zapatillas de deporte un poco hediondas y unos pantalones de pana marrón castaño que, según su madre sentenció una vez, le quedaban cortos de pierna. Una bandolera colgada del hombro: portátil, bolígrafos, cuaderno, dos paquetes de Marlboro Light, una baqueteada novela de espionaje de los años ochenta, Bajo un manto oscuro, que había robado de una pensión en Brighton y se había convertido en una especie de talismán de la suerte.

Se le había ido un poco la mano con el Terre d’Hermès aquella mañana, tal vez, pero es lo que separa a los hombres de los niños. Quizá la rayita de coca antes de salir de casa había sido una mala idea; estaba haciendo un gran esfuerzo en el asiento de atrás del taxi para no hablar de todo con el chófer, pero tampoco iba a preocuparse más de la cuenta. Lo habían visto peor.

El encuentro se celebró en ese tipo de salón que a los del MI6 les encanta para exaltar el carácter británico ante los estadounidenses. Paredes de color magnolia, alfombra de Axminster, butacas de cuero, un óleo de un ciervo sobre la chimenea, elaboradas molduras de yeso borrosas bajo capas de pintura blanca brillante que cubren décadas de humo de tabaco.

Nada más entrar por la puerta, Rao se detuvo en seco y su arrebatadora sonrisa murió de golpe.

Rubenstein.

«Vaya —pensó una parte de Rao—. Qué monada». Sin embargo, la otra parte retrocedió, como si presenciara un fenómeno que atenta contra las leyes de la naturaleza. Rubenstein vestía un traje gris oscuro, corbata negra y camisa blanca, y aguardaba de pie en posición de descanso. A pesar de que tenía unos ojos oscuros e inexpresivos, Rao se dio cuenta de que le daba un rápido repaso por el modo en que inclinaba imperceptiblemente la cabeza antes de saludar.

Voz grave. Acento americano imposible de situar, carente de énfasis. Oírlo era como intentar trepar por una pared de cristal. Rao no tenía nada en absoluto a lo que agarrarse.

—Hola —respondió, mirando un poco desesperado a su mentor, a la izquierda de Rubenstein. Morten Edwards frunció la nariz y le devolvió la sonrisa. A la derecha de Rubenstein, un hombre de pelo blanco, camisa

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