El final de todo esto

Cristina Fallarás

Fragmento

1. Escroto

1

Escroto

Se trata de un hombre blanco evidentemente alimentado a base de mantequilla frita, unos sesenta años de más grasa que carne. Desnudo, con el cabello ya muy clareado en gris, igual que el vello del pecho y de los genitales. Las mejillas empiezan a colgarle sobre las comisuras de los labios esbozando esa tendencia caucásica al hocico canino. La hinchazón de los párpados enrojecidos delata décadas de alcohol. La papada colgante, los miembros enclenques, lechosos y flácidos de culo en oficina y barra de taberna. En fin, uno de tantos ejemplares entre los millones de puteros pedófilos a los que el mundo blanco endulza con el apelativo de turistas sexuales.

Sobre la cama, su cuerpo presenta la clase de postura que provocaría entre sus compañeros de trabajo y barra esa irrefrenable hilaridad que acaba en tos y esputo. Risas un día y otro día, y año tras año, y cada Navidad, y por generaciones. El tipo de desnudo que en un par de segundos salta de red en red, de móvil en móvil, después de haber pasado por el de tu esposa y por los de todo tu círculo social, tus hijos y sus compañeros de colegio. La típica estampa que se hace viral y, después de millones de visitas, acaba saliendo en las televisiones y permanece en internet ya por siempre jamás para escarnio de tus propios nietos.

En cueros, a cuatro patas y con el culo en pompa, atado de pies y manos a la estructura de la cama. Las esposas de felpa rosa de sus muñecas le inmovilizan de tal manera que le obligan a mantener baja la cabeza, mientras que las de los pies le hacen conservar las piernas separadas. Cuelga una barriga temblorosa y se le caen los mocos. Delante y detrás del catre, donde hasta hace poco yacía una niña flaca y sin desarrollar, sendos puntos de luz roja atestiguan que las cámaras graban.

La entrada de una mujer ataviada de sanitaria no interrumpe la grabación. La acompañan dos jóvenes. Las tres batas de hospital convierten la estancia en el quirófano que es. La cámara que tiene ante la cara le impide descomponerse cuando ve la jeringuilla. Por un momento cruzan su cabeza la idea de pruebas, la idea de jueces, la idea de consulados, la peregrina idea blanca de fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado.

Y flash.

Fundido en blanco.

Nuestro hombre, muy improbablemente acusado de turista sexual, se despierta con la mejilla contra piedra mojada. Llueve, está en la calle, es de día, y nadie de entre el enjambre de transeúntes repara en él. Antes de mover un solo músculo, siente un dolor ácido en los testículos que ya no tiene.

Oficina, esposa, taberna, hijos, colegio, televisión, generaciones.

Silencio.

2

Prostíbulo

Aquellas mujeres cuyas existencias discurren por pasillos de empresa, cocinitas para el café de oficina, bolsos con cremalleras a diario, peluquería los jueves y lavadoras de ropa de cama en sábados sin resaca ignoran lo que es vivir atada a una cama. Ignoran lo que es vivir atada a una cama mientras ves pasar las horas, hombre a hombre, hostia a hostia, saliva a semen. Es así. Lo ignoran.

Si en algún momento, por cualquier improbable circunstancia, decidieran ignorar un poco menos las cosas acerca de las mujeres atadas a la cama —de la misma forma que deciden ignorar un poco menos cualquier cosa acerca de las niñas que se follan sus maridos o de las adolescentes que después aparecen en las pantallas de sus portátiles con el coño lampiño abierto—, si lo decidieran, lo harían solo al considerar que no son exactamente mujeres «como ellas», que son otra cosa, seres vivos de otro tipo. O de ningún tipo. O ni siquiera seres, ni siquiera vivos.

La muchacha cuyo nombre no existe, atada a una cama hora a hora, hombre a hombre, hostia a hostia, saliva a semen, no piensa en ellas cuando la desatan, ni en la posibilidad de su existencia. Bolsos, cremalleras, oficinas, cafés, ropa de cama y resacas no forman parte de sus conocimientos. Sale de la habitación, se ducha y pide arroz.

Mientras come, contempla ya sin temblar el desfile de hombres por el lugar. Ella no va a tener nada que ver con lo que sigue a continuación. De niña, apenas tuvo trato con su madre. La vida no es fácil. Sí con la abuela. Hay que estudiar, hay que obedecer, hay que aprender comportamientos. Comportamientos.

A su lado, en la cocina, la mujer que no llora mira por la ventana. A la mujer que no llora la llaman Christine, ninguna recuerda haber sido presentada. Ella es la que acostumbraba a abrir la puerta, proporcionar el acceso a los hombres y también la encargada de los alimentos y las pomadas. Es ella quien empezó a atarlos, y aquello a la muchacha cuyo nombre no existe no le pareció ni bien ni mal. Cada cama requiere su ser atado, y ella ya ha cumplido con creces esa tarea. Entiende sin más que ahora les toca a ellos.

A ellos.

Y así va a ser en adelante.

«Hay que darles de comer», dice Christine.

Llevan atados un par de días. Ninguna de las mujeres desatadas reacciona. Permanecen allí como cae la lluvia mansa, meteorológicamente. Como lo que cae sin precipitación. Permanecen.

Once mil kilómetros al oeste de ellas, una mujer abre la cremallera de la pregunta sobre la ausencia de su marido. Y después otra, y otra, y otra. La abren con el mismo desinterés que dedican a ese pasar el agua por la taza de café en el cuartillo de la oficina destinado a tal efecto. Sus maridos no han regresado de sus habituales viajes asiáticos. Oh. Tarde o temprano, en un abrir y cerrar de cremallera, acabarán apareciendo, piensan.

Así que cuando Christine abrió la puerta al visitante número uno, en la cabeza de ninguna de ellas cupo la posibilidad de su esposo desnudo, atado de pies y manos, en un burdel asiático. Ni por placer ni por lo contrario. En la cabeza de ninguna de esas mujeres cabe absolutamente nada, a esas alturas, referente a su esposo. Sin embargo, para cuando la primera abre la cremallera, las ocho habitaciones del burdel de Christine ofrecen ya la estampa de otros tantos hombres caucásicos desnudos atados de pies y manos.

En el alféizar de la ventana de la cocina se posa el pajarillo habitual, un jaranero diamante mandarín. La ventana da a un muro gris de bloque suburbial, miel en comparación. Las cuatro muchachas presentes sonríen porque acaban de nacer y cualquier bebé sonríe cuando un pájaro canta.

«Hay que darles de comer», repite Christine.

El canto del diamante mandarín se parece al sonido lejano de los niños en un parque, y los niños en un parque, desde lejos, suenan igual en Noruega que en Tailandia. Los pájaros y los niños, como las cremalleras, no responden a asuntos geográficos.

PRIMERA PARTE

El principio de todo esto

3

Voz sin nombre

La imagen de una tierra devastada, la estatua de la Libertad cayendo, olas gigantescas, cadáveres de coches en grandes avenidas, un silencio cubierto de polvo, ruinas y cristaleras rotas, esa era nuestra idea del fin del mundo. Tan básica como equiparar el mundo y la especie humana, la misma cosa y se acabó la película. Tanto como reducir la idea de el mundo a uno solo. Nuestros edificios, nuestras calles y ciudades, la carnecita de nuestras criaturas, los habitantes de Nueva Delhi y los taxis de Nueva York representaban el mundo, el mundo. Entonces llegaba un tsunami y se lo llevaba todo por delante; caía un meteorito y se lo llevaba todo por delante; un huracán y arrasaba con todo después de haberse llevado por delante a los habitantes de un pueblo de Texas guarecidos bajo un puñado de maderos clavados sobre quién sabe qué agujero en la tierra, pero sin duda la misma ratonera donde los asesinos pedófilos seriales guardan a las niñas, etcétera. Ya luego cuento más. Tengo mucho tiempo. Aquí y ahora el tiempo ya no es tiempo, no cuenta.

Se creía que el fin del mundo llegaría de golpe, de un zarpazo de naturaleza. ¿El fin de qué mundo?

Soy una mujer, escribo esto después del fin del mundo, de un mundo, y no me llamo de ninguna manera.

No tengo nombre.

Ese mundo se deshizo.

Cuando todo esto empezó, nosotras ya habíamos dejado de llamarnos. Eran cosas paralelas. Soy la mujer que escribe, una mujer, otra. El lugar que habito es en esencia igual al mundo en el que todo empezó a terminar. No se ha caído ninguna estatua en Nueva York, ninguna torre en París, ningún cristo en Río de Janeiro, el Vaticano sigue intacto y Japón también, los polos apenas se han derretido un poco más y no ha desaparecido ninguna localidad costera. Hay más plantas, eso sí. Más plantas y menos niños. A menos niños, más plantas.

Las cosas de los mundos, de lo que llamamos realidad, suceden poco a poco. No cae un meteorito y en ese preciso instante desaparecen los dinosaurios. Ah, pero esa es la plantilla sobre la que dibujamos nuestra idea de la desaparición de un mundo.

Nuestro mundo.

Nuestra realidad.

Escribo desde el final de un mundo y lamento informar de que eso que llaman el mundo no se acaba. Se acaba, o no, quién sabe, una realidad que considerábamos nuestra. Se acaba un mundo conocido. Se acaba sin siquiera ser consciente de su acabarse.

Todo empezó en serio en los primeros años veinte de este siglo miserable, el siglo XXI.

4

Plantas

Ahora hay plantas por todas partes. Me gustan las plantas, parecen lo contrario a algo. Son lo contrario de la muerte y también lo contrario de la vida. De nuestra vida. Los científicos se encandilaron con lo de las plantas, en los medios de comunicación se hablaba del descenso de la natalidad, de la crisis económica. Causa y efecto. La crisis económica es una idea incuestionable. «Es que estamos en crisis económica», eso. «Esto es por la crisis». Se decía «crisis económica» y se jugaba con la pelota de esa abstracción, porque las crisis económicas no existen. No existen. Existen otras cosas, existían entonces. Esas sí. Pero no se puede cuestionar algo que no existe.

En los primeros años veinte de este siglo XXI se pasaron por alto las cosas realmente existentes. Seguramente siempre ha sido así. «Los jóvenes no se pueden independizar por la crisis económica», decían. «Desciende el número de matrimonios por la crisis económica». «La crisis económica es la causa del descenso de natalidad». Se decía: «Si las personas jóvenes no tienen trabajo, no dejan la casa paterna». Si las personas jóvenes no dejan la casa paterna, no alquilan pisos. Si no alquilan pisos, no forman parejas estables. Si no forman parejas estables, no tienen hijos. Las llamadas crisis económicas resultan de mucha utilidad para cualquier golpe, cualquier incertidumbre o todo acto criminal de Estado.

Hay un descenso notable de natalidad.

¿Dónde?

En los lugares donde hay crisis económica.

¿Cuáles son esos lugares?

Los lugares donde hay crisis económica son aquellos en los que se afirma que hay crisis económica.

Oh.

Ahora crecen las plantas. De eso también se ocuparon en algún momento. Demasiado tarde. Todo fue demasiado tarde. Éramos ya bastante listas.

Ahora hay plantas por todas partes. Las plantas son lo contrario de las criaturas humanas, por ejemplo. A menos niños, más plantas.

5

Tras las voces

Todo empezó a suceder después de que las mujeres hablaran. Se suponía que hablar iba a ser lo más difícil. Parecía también revolucionario.

Decíamos: «Cuando se escuche el relato de las mujeres, el mundo cambiará».

Decíamos: «Si las mujeres, todas, una a una, narran sus violencias, será una revolución».

Así se hizo. Millones y millones de mujeres se lanzaron a la red como pececitas valientes, empecinadas, a describir la forma en que su abuelo les metía la mano bajo las bragas, cómo su jefe las obligaba a la felación, la persecución en las calles, los golpes en casa, las violaciones en el lecho matrimonial, las humillaciones diarias, los partos con tijeretazo. Todas recordando sus seis, sus ocho, sus once, sus quince años. Todas remontándose, remontando la corriente, nadando en contra del silencio, moviendo la diminuta colita atrofiada por la historia conocida, la única historia existente hasta el momento.

Y no sucedió nada.

Nada absolutamente.

Nada de nada de nadísima nada.

No hubo revolución, no cambiaron las costumbres, no descendió la violencia. Al contrario, quedaron enredadas ahí, recibiendo su ración cotidiana de nada de nada, ración de vacío construida en los silencios macho. Hasta que las primeras entendieron que solo cabía apartarse. Hasta que llegó la venganza de los ultrajados. Hasta que ambas cosas, apartamiento y venganza, fueron solo una.

De eso va esta historia, que es también la mía propia. De cómo, tras relatarnos inútil, dolorosísimamente, decidimos apartarnos de la violencia, desaparecer, perder nombres y tratar de sobrevivir de una manera digna. O sencillamente sobrevivir. Y del consiguiente castigo.

6

Érase una vez

Así que esta historia podría empezar con un «Érase una vez una niña que vivía con su madre cerca del bosque y tenía una caperuza roja…», pero la verdad es que las caperucitas eran millones, igual que los lobos.

Yo solo puedo contar esta historia desde lo que conozco, desde nuestra parte. Cuando las caperucitas se multiplican hasta tal punto, el cuento sucede en todas partes a la vez, es realidad común en narración. Igual pero diferente. Y el resultado, lo que ocurrió, esto que vivimos ahora, no es consecuencia de la historia de una u otra Caperucita, sino del cúmulo de todas. Todas las madres de Caperucita dándose cuenta a la vez, a un tiempo, de que ellas también fueron Caperucita, y también entraron en el bosque, y también se las comió el lobo. Por eso saben lo que va a suceder, igual que lo supieron sus propias madres, y las madres de sus madres, y así hasta el principio de los tiempos.

Solo que en el principio de los tiempos no tenían las redes para organizarse y actuar. Nosotras, entonces, sí.

Ahora nosotras tampoco tenemos las redes, de nuevo. Ahora es otro tiempo, otro mundo ya. Aquel mundo se acabó. Aquella realidad.

La historia que voy a contar es nuestra parte de la historia, nuestra contribución al final de un mundo. Y fuimos verdaderamente audaces, efectivas. En fin, lo hicimos. Las cosas de las mujeres sucedían a la vez en todas partes. La madre de Caperucita que cada una escondía entre las piernas y la memoria iba emergiendo a medida que lo hacía el resto. La conciencia de haber sido Caperucita antes de ser la madre de Caperucita. Estaba cantado.

El resultado, aquella forma de dinamitar un mundo definitiva y radicalmente, fue obra de todas. Había comunidades en los cinco continentes.

No seré fatua ni pecaré de falsa modestia.

Fuimos importantes, decisivas en la destrucción.

Y la destrucción sucedió.

Podría empezar de cualquiera de las siguientes maneras:

«Érase una vez una comunidad de mujeres llamada El Encinar —comunidad no mixta de mujeres veteranas— en algún punto de alguna sierra de España, cuyas comadres atendieron a su más elemental intuición, fueron consideradas una banda criminal y sin ser conscientes pusieron la semilla para la destrucción total de un mundo».

«Érase una vez tres muchachas neoyorquinas multimillonarias decididas a ser empresarias desde sus rascacielos de Manhattan, raya a raya de farlopa, que viajaron a Bangkok en busca de materia prima, piel de escroto, y descubrieron el horror de la existencia en la intimidad de su propia sangre».

«Érase una vez una inmensa red organizada de mujeres empeñadas en sacar del bosque a todas las caperucitas que andaban por la fronda entre las fauces de lobos —y a sus madres—, rescatarlas y llevarlas hasta prados nuevos alejados de todo dolor».

Porque mientras el lobo sea lobo, se las va a comer. Y aquel era un mundo de bosques: cada bosque con su lobo, cada lobo con su apetito y todo apetito, insaciable.

7

El Geisha y la Niña Shelley

Cada vez que sale de la ducha, la Niña Shelley se pregunta lo mismo: por qué su madre no le explicó la forma de tratar el vello púbico. No hacía falta una clase exhaustiva, una de esas repugnantes conversaciones madre-hija que incluyen sangre, regla, silencio, hormonas, silencio, sujetador, mujer, silencio, mujer, ahora-ya, silencio, bragas, mancha, silencio, lavadora, jabón, frotar. Habría bastado con que su madre le dijera sucinta y claramente que una debe recortarse el vello púbico. Ni siquiera era necesario hablar de depilación. Recortar-el-vello-púbico. Punto.

Este lunes de febrero —pero ¿qué es un lunes?—, la Niña Shelley, a la que hace años que ya no le queda nada de niña, realiza el gesto de levantarse una barriga inexistente, se aprieta hacia arriba el vientre plano como si tuviera panza, o porque ella la ve, la encoge, aguanta la respiración y se mira el coño. Afuera, Manhattan debería haberse cubierto de nieve, pero ese sol pálido que compite con el ala de una posible mariposa está esperando a que ella salga del baño y mire hacia el exterior. Salir, no saldrá porque nunca lo hace.

Son las once de la mañana. La Niña Shelley no abandona su habitación antes de las once de la mañana. Se lo enseñó su madre, la señora Shelley, que en tiempos nunca salía de su habitación antes del mediodía. Ahora, si sale, la Niña no se entera.

«Qué poco me enseñaste lo del coño, zorra», murmura la Niña Shelley al pasar frente a la puerta del dormitorio en el que su madre permanecerá al menos el día entero, un día más. «Mucho dormir y poco coño, zorra», repite mientras se dirige al cuarto de baño donde, como cada día desde aquel primero en el que se bajó las bragas ante un chico cuyo nombre no recuerda, se mira el coño levantándose la piel y encogiendo la inexistente barriga.

Total, que a las once y media de la mañana la Niña Shelley abre su exclusivo bolso de Lana Marks llamado Positano y busca el monedero infantil exclusivo Geisha, que todas compraron hace algún tiempo en el nuevo Zara del 666 de la Quinta Avenida, en ese gesto ideal que consiste en meter una mariposilla dentro de un huevo Fabergé. El acontecimiento bien valía aquella que fue su única salida de la temporada a la calle. Ni la Niña Shelley ni sus amigas han visto jamás una mariposilla o saben qué es un huevo Fabergé, pero eso no tiene importancia. Meter el pequeño monedero Geisha de Zara, exactamente ese, en el bolso de Lana Marks, exactamente ese, podría representar algo parecido. Eligieron la carterilla de Zara porque estaba en la zona llamada Children, porque era barata, porque les daba risa, porque guardar la cocaína en un objeto para niñas parecía una forma ideal de ser indecentemente traviesas.

Mete la mano, revuelve objetos cuyos sonidos de tanto en tanto hacen clinc y por fin lo encuentra. Tiene ese tipo de prisa con la que los viejos madrugadores buscan la barra de la primera gasolinera. El exclusivo monedero Geisha de Zara para niñas es una réplica de los antiguos con cierre de boquilla, una taleguilla rematada en su parte superior con ribetes de metal y un par de bolitas cruzadas. Nada más verlo tuvieron claro que estaba dedicado a ellas, a las «adultas», que no se trataba de un complemento —complemento es la palabra— infantil, sino algo heredado de sus abuelas, si es que alguna recordaba tener o haber tenido abuelas.

La Niña Shelley nunca sale de casa sin haberse metido al menos un par de rayas de cocaína, o sea, medio gramo, en el caso de que aquellas bolsitas acumuladas en el adminículo Geisha de Zara contengan cada una un gramo, algo que cada vez duda con más desgana. Tiene prisa, pero este lunes de enero de 2022 algo interrumpe la habitual y mecánica acción de sacar una bolsita del monederito y meterse un par de rayitas que suponen medio gramito. Al tocarlo, la Niña Shelley siente en la mano el mismo tipo de polvo que deja el semen en la comisura de la boca dos minutos después de la corrida, un polvo que no es exactamente polvo sino millones de diminutas, microscópicas, a punto de no ser, escamas en las yemas de los dedos. Lo percibe con tal nitidez que lanza al suelo el Geisha de Zara sin importarle su contenido. Le ha parecido un ser vivo. «Qué idiotez», se dice un minuto después. Se lo dice, pero no lo recoge. Saca el móvil.

—Cari…

—Sí, el Geisha.

—¿A ti también?

—Y a Britney.

8

El Geisha y Stephany Velasques

A Stephany Velasques le puede el cargo de conciencia. Ha vuelto a desayunar con leche. Se trata de la infancia. En la casa de sus padres se desayunaba café con leche y galletas, eso quiere recordar. Recordar es un acto de voluntad en el que ella pone todo su empeño. Es una construcción meticulosa que le ha llevado años. Cada noche, antes de cerrar los ojos y colocarse el antifaz, Stephany se promete desayunar un té y medio mango. Aunque lo sabe, no se confiesa que ha dejado de cenar para que el apetito la despierte y así poder tomarse su desayuno de la infancia. Pero lo sabe. Sabemos que lo sabe. ¿Por qué? Por la simple razón de que una no deja de cenar soñando con un triste té. Los sueños están llenos de leche. Así es, y Stephany Velasques lo sabe aunque no se lo diga.

Se levanta en bragas y busca en el suelo el pantalón de andar por casa y un jersey que ha dejado tirado para tenerlo a mano. Le gusta sentir un poco de frío porque ha leído en alguna página que el calor ensancha los cuerpos. El frío le hace sentir que su carne se contrae. Eso es. Quiere que su carne se contraiga hasta quedar pegada a los huesos. Como en aquella película de terror. Solo un esqueleto con los músculos al aire y ni resto de grasa, ni piel siquiera. El paraíso es un hueso con fibras adheridas.

Cada mañana, antes de encender el teléfono móvil, sonríe y susurra «tejido adiposo». Stephany está convencida de que dicho ejercicio participa de algo que llaman «lo culto». Su amiga Britney Love habla de «lo culto». Ella sabe que lo culto es un resto de semen seco en una moqueta, pero quiere ser como Britney Love y también quiere leche. Por otra parte, no sabe si es culto o no, pero una escritora balbuceante le dijo que despertarse sonriendo era un buen antídoto para la resaca. Sonrisa y tejido adiposo. Stephany Velasques bebe su primer trago de leche y promete que nunca más, que es la última vez.

El hecho de no mirar el hueco que el hombre ha dejado en la cama no responde a ninguna decisión, sino a la costumbre. ¿Qué importa la leche? Cada trago de leche arrastra su piedra de culpa. Ah, pero no es piedra, sino algo orgánico. Cada trago de leche engorda sus vísceras y las mujeres ya ni siquiera sangran.

Stephany Velasques saca su monedero exclusivo infantil Geisha de Zara, lo deja sobre la encimera de la cocina, junto al pantalón y el jersey que no se ha puesto, y no es consciente de cómo se limpia los dedos contra el culo de la braga porque está demasiado ocupada en echar al cubo de la basura todo lo que queda en la nevera. Es el castigo por desayunar. Al fin y al cabo, convive con el asco, disfruta con cada náusea, y cada náusea es un tirón hacia el monedero. Qué risa el monedero, qué divertido Zara, qué divina ocurrencia la farlopa en el suave cuerito infantil. Uno a uno va tirando a la basura botes, paquetes, restos orgánicos y cajas, con un ojo puesto en la encimera. Si se parara a pensarlo, caería en la cuenta de que siente el Geisha como la presencia de un animalillo, por ejemplo un hámster, por ejemplo una rata, pero son casi las doce, ha bebido leche, tiene que vomitar y para eso le vendrían muy bien un par de rayas. El par de rayas que le están llamando desde las tripas de la bestezuela aquella.

Vuelve a limpiarse los dedos en las bragas después de abrirlo, a limpiarse los dedos en las bragas después de sacar la bolsita, a limpiarse los dedos en las bragas después de meterse la cocaína. Entonces sí, entonces vomita con todo su cuerpo.

—Cari…

—Sí, el Geisha.

—¿A ti también?

—Y a Britney.

9

El Geisha y Britney Love

—Tías, es muy fuerte, muuuuuy fuerte. —Britney Love se frota la nariz con el dorso de la mano. Junto a ella, la Niña Shelley y Stephany Velasques también se frotan la nariz. Como ninguna de ellas lleva anillos, lo hacen sin cuidado. Sus rostros son perfectos—. ¡Los hemos estado tocando todo el rato!

Los pisos en los que viven Britney Love y la Niña Shelley son dos descomunales espacios gemelos que coronan el mismo rascacielos de Park Avenue, pero el salón de Britney Love ofrece muchas ventajas adicionales; por encima de todas ellas, el hecho de que en aquella casa ninguna madre duerme hasta el mediodía. Ninguna madre duerme en absoluto ni ha dormido jamás en el apartamento de la familia de Britney Love. No hay ni rastro allí de la mera idea de una madre o mujer adulta. A veces duerme su padre, pocas. La familia está formada por Britney Love y su padre. Ella decidió hace años olvidar a qué se dedica él, le basta con saber que su fortuna no tiene límites, que para que así siga siendo se ve obligado a vivir viajando y que se trata de un hombre con los recursos suficientes para invertir en culpa lo mismo que invierte en NFT. Consiste, sencillamente, en sacar beneficios, y su hija lo aprendió muy pronto.

La madre de Britney Love murió de una sobredosis modelo cóctel, lo que podría permitir el verbo suicidarse, pero eso decoraría el asunto con un glamour que su padre le prohíbe, y le prohíbe tan pocas cosas… Murió, a secas. Britney Love aún no sabía andar entonces, pero tardó poco en comprender que una ficción de culpa resulta siempre muy rentable en la orfandad. «Mamá murió por mi culpa», «Mamá no pudo soportar que yo naciera», ese tipo de cosas.

Inversiones.

Beneficios.

El salón es la pecera de un ático que consideran una horterada denominar penthouse. Una pecera sobre Central Park, con Manhattan a sus pies, como la construcción molesta de un hermano aficionado a las maquetas. Tres hembras jóvenes de arawana asiática, el pez de acuario más caro del mundo, una especie por la que se mata y se muere. Qué coño van a importarles las vistas si ellas son las vistas y además tienen sobre la mesa de suelo tres ejemplares de monedero exclusivo infantil Geisha fabricados con piel de escroto humano, y ya lo saben.

Sentadas sobre la madera de aquel salón apenas vestido con un puñado de piezas mueble en absoluto pensadas para un uso doméstico ni de ningún otro tipo, miran absortas los tres pequeños objetos que ahora sí, ahora ya son definitivamente tres animalillos.

—Es que no me lo puedo creer, no, no puedo, no puedo, no puedo.

La Niña Shelley vacía sobre la tarima un adminículo lleno de cocaína con forma de pajita para sorber bebidas que no ha sacado del Geisha porque ahí no cabe. Va dividiendo distraídamente el polvo con la uña postiza en corte rectangular del mismo color que su piel, que es el de la leche de avena. Las uñas acabaron resultando el utensilio más práctico para las rayas y allí las tienen, en sus cajitas de quita y pon, uñas postizas que jamás se volverían a poner en sus manos tiernas. Usa la uña, no lleva la uña. Se tumban entonces bocabajo de manera que forman una estrella de tres brazos, cada uno de los cuales se bifurca en el extremo opuesto al centro. Con las cabezas unidas sobre la cocaína, en esa postura y jugando con las piernas separadas, merecen una fotografía cenital. Ah, los cuerpos marinos.

—Ahora escuchadme, beibis.

Britney Love es la última en esnifar aquello que podría o no considerarse cocaína dependiendo de las proporciones de la mezcla. Atenta a las palabras de la Niña Shelley, mira a los Geisha.

—Esto va a valer dinero dentro de nada, mucho dinero.

—Necesito algún tipo de carbohidrato, azúcares, alguísimo duro —gime Stephany Velasques, y se da la vuelta rodando hacia su izquierda hasta quedar bocarriba junto a la anfitriona—. Por el amor de dios, BeLove, dadme algo o moriré en este preciso instante y vosotras tendréis un problema depresivo por simetría.

—Tengo en casa pisco peruano, cuatro tipos de mezcales, la mayor colección de whisky y ginebra de la zona, ron, tequila, vodka. No hay refrescos. ¿Por qué siempre tengo que hacerte el mismo recuento? Solo alcoholes. Hay siropes. Y mucha fruta, muñeca.

—Llama, llama, llama, ¿por qué eres tan cruel? ¿Y yo? ¿Por qué tengo yo que suplicar siempre que alguien nos prepare lo necesario?

Velasques se incorpora hasta quedar sentada. La Niña Shelley observa la conversación de sus amigas que conoce de memoria mientras saca otra pajita y vigila de reojo a los Geisha esperando el momento en el que al fin despierten y se pongan en movimiento. Afuera en la ciudad anochece, y ellas siguen en bragas. Cuando en tu mundo no existen el frío ni el calor a menos que así lo decidas y tu cuerpo no reproduce los cánones, sino que es su modelo, taparte al menos los genitales en realidad sencillamente respeta de forma mecánica una memoria lejana del erotismo.

10

De primera comunión

La Niña Shelley: veinte años, metro setenta y ocho, cincuenta kilos, 85-60-87, rubia natural clareada semanalmente, ojos miel, labios finos sin operación, rinoplastia cerrada de disminución, cadera angulosa, mandíbula angulosa, estructura superior del tronco angulosa, frente alta despejada. Piel blanca color nata. Criatura de origen británico sin asomo de mezcla.

Britney Love: veintiún años, metro ochenta y tres, cincuenta y tres kilos, 83-61-87, rubia natural, ojos azul celeste, labios medios en corazón, nariz infantil redonda, cadera en hueso, mandíbula oval, estructura superior del tronco angulosa, frente alta despejada. Piel blanca leche de avena. Criatura aria impoluta.

Stephany Velasques: veintiséis años, metro setenta y cinco, cincuenta y seis kilos, 88-63-88, morena mate sin clarear, ojos marrón castaño, labios gruesos sin operación, nariz chata con matiz negroide, cadera redonda, mandíbula amplia, estructura del tronco en curvas, frente alta despejada. Piel tostada café con leche. Leche. Criatura de origen latino mezclado.

Las tres: coño «de primera comunión».

Todas se han puesto una camiseta para recibir al dealer, ese tipo de camiseta gastada, hasta deshilachada, que visten las crías privadas de rico privado en playas privadas de destinos privados. Marco no es amigo, pero al menos es marica. Si no vistiera como lo hace ni tuviera una educación británica en Eton, le habría resultado absolutamente imposible acceder no al ático, sino al edificio; quién sabe si acceder a la acera donde dos porteros con librea hacen guardia veinticuatro horas, el latino, en la puerta de servicio, y el negro, en la principal. Marco no es italiano, evidentemente. Marco es heredero del imaginario cinematográfico. Inversión. Rentabilidad. Britney Love aprieta el botón del mando a distancia que abre la entrada del piso inferior. Marco ya sabe. Marco aparece, hace una reverencia poblada de dientes fluorados, se sitúa detrás del alféizar de una de las cristaleras y abre la maleta. El corazón de Stephany Velasques se acelera, los tres corazones se aceleran, pero sobre todo el suyo. La excitación las devuelve a la realidad de los Geisha.

—Marco —la Niña Shelley no mira hacia donde está el chico ni alza la voz—, ¿cómo tienes los huevos?

En ese momento, el recién llegado está extrayendo de su maleta un puñado de jarabes de distintos colores y sabores, un juego de cocteleras, utensilios. No modifica un ápice su ejercicio.

—Debajo de la polla.

Las chicas no se ríen.

—Marco —de nuevo la Niña Shelley—, ¿qué harías si te cortaran los huevos? —pregunta sin demasiado interés.

—Lo mismo que ahora. —En un par de sacudidas enérgicas, el dealer vierte en la coctelera el equivalente a un vaso de jarabe colmado—. Exactamente lo mismo.

11

Divina, Carola, va a golpear

Que en el umbral de la casa haya una gata negra no quiere decir nada. Sería demasiado fácil centrar la atención sobre unas felinas en el acceso a una finca donde solo viven mujeres, seis mujeres. En la entrada a la casa cuya verja exterior luce el nombre de «El Encinar», una gata negra y pelona maúlla un sonido sin celo. La mujer a la que llaman Divina abre apenas y dice: «Ya está aquí la gata». Después cierra la puerta, se enfunda los guantes de goma rosa, agarra un plato del fregadero, vuelve a dejarlo, se quita los guantes y enciende un porro sin estrenar. En la pila solo hay un plato. Divina, los guantes, sus uñas y los porros.

—Yo estaba dispuesta a fregar, pero como no hay nada…

Divina parece una estrella de cine en decadencia porque es una estrella de teatro en horas bajas desde hace tanto tiempo que ni lo recuerda, con una inquebrantable conciencia de sí misma y del lugar que ocupa en el mundo, su mundo. Fuma estirando su larguísimo cuello septuagenario, levanta el mentón y extiende los dedos índice y corazón de la mano derecha de manera que parece sostener, en lugar de un porro recién liado, una larguísima boquilla de marfil. Mirar al infinito en la pequeña cocina de una casa de la sierra es mirar un armario, pero eso a Divina no le importa.

Apoyada contra la pared de la cocina, Carola pega una calada a su pitillo negro y mira a la otra sin ningún gesto en particular. Ambas mujeres retratan los polos opuestos de algo que podría llamarse feminidad en el caso de que contemplaran su existencia. Divina, lánguida, de una elegancia que el tiempo ha desnudado de imposturas. Carola, a sus cincuentaitantos, tiene solidificada toda la rudeza macho que le ha impuesto una sexualidad oculta. La beligerancia de los ataques superpuestos desde la infancia. Es lo que se llama una butch en toda regla. Una golden butch, además. O sea, una lesbiana modelo ruda, de aspecto masculino, que jamás ha mantenido relaciones sexuales con un hombre. En contra de lo que se esperaría, la dulzura de su gesto y la melena perfecta completamente blanca hacen de ella una mujer amable. Se llevan bien. A Divina, la franqueza de Carola le aporta la dosis de confianza física necesaria en ese entorno sin hombres. La otra sencillamente ha sido toda su vida una admiradora rendida de la actriz.

Afuera, un sol sin fuerza empuja el día hacia delante, el mismo sol que en los sembrados de oficinas impulsa a centenares, millares, quién sabe si millones de oficinistas a levantarse y coger su taza blanca con algún dibujo que recuerda a nada que recuerden para acercarse hasta el habitáculo donde un microondas cría pequeñas costras pardas.

Ni Divina ni Carola tienen taza decorada. Divina sí tiene un recipiente sin asa ni decoración alguna, una especie de cuenco que procede de Londres, y así se lo cuenta a quien quiera escucharla. Ambas tienen recuerdos de microondas, de oficinas, de ciudades y calles con semáforos, atestados pasos de cebra de grandes capitales, pero eso ya no importa. Allí es tentación vana describir las cosas y los recuerdos según el rastro que dejan en la memoria, en las vidas. Las mujeres de El Encinar han empezado una existencia que reclama olvidos sin mayores dr

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos