Orquesta

Miqui Otero
Miqui Otero

Fragmento

Citas

Yo ni siquiera puedo disfrutar de una brizna de hierba

si no sé que hay una parada de metro cerca

o una tienda de discos o algún otro signo

de que la gente no lamenta por completo la vida.

Es más importante afirmar lo menos sincero:

las nubes ya merecen bastante atención

y aun así continúan pasando, ¿sabrán acaso

lo que se están perdiendo? Ajá.

 

FRANK O’HARA,
Meditaciones en una emergencia

 

 

Y que la articulación más pequeña de mi mano

avergüenza a las máquinas,

y que la vaca que pasta, con su cabeza gacha,

supera todas las estatuas,

y que un ratón es milagro suficiente

como para hacer dudar

a seis trillones de infieles.

 

WALT WHITMAN,
Una brizna de hierba

0

 

 

 

 

 

No vais a olvidar esta noche jamás.

Lo prometió el cantante hace solo unas horas desde el escenario. Y si estás a punto de saber qué sucedió es porque la Orquesta nunca miente.

El primer paso para que algo sea inolvidable es contarlo y el mejor inicio puede ser el final, cuando aún hay recuerdos y pruebas. Ese sol lejano, por ejemplo, es una medalla de bronce que se acaba de colgar una nube y en el cielo feliz, piel rosa chicle de primer día de playa, se intuyen archipiélagos de hematomas y pellizcos azulados. Los montes son un tesoro verde de billetes viejos esparcidos sobre un lecho de serrín y cacao. También hay señales de humo en algunas teselas. Las moscas exploran tartas de galleta y crema pastelera que aún nadie ha catado.

El Valle se despereza en una confusión irisada, sin enfocar todavía lo sucedido en la verbena: mira a su alrededor como el resacoso que intenta entender basándose en la quincalla de la mesilla de noche, las manchas en la colcha, los bolsillos del pantalón. El prado de la plaza de la Iglesia románica amanece tapizado de cadáveres de decenas de estorninos. Aquí y allá, vasos de plástico se contorsionan como si la lava de un volcán los hubiera sorprendido bailando para que la ceniza conservara su última postura. Hay un mechero naranja de TODOS CONTRA EL FUEGO, un billete de diez mil pesetas rasgado justo a la altura del cuello de la efigie del rey, una chaqueta de Peppa Pig de dos a tres años (tallaje de niño europeo), el lóbulo de una oreja humana colonizado por unas hormigas atareadísimas que cargan pequeños diamantes de caramelo, el ventrículo izquierdo de una piruleta marca Fiesta con forma de corazón, un peine de oro macizo, la pantalla astillada de un iPhone que vibra y parpadea para iluminar la palabra «Zorra» y una Converse All Star de color blanco y pie izquierdo con trazas de sangre. Hay silencio, así que hubo música. Hay muerte, así que hubo vida. No hay nadie, así que por aquí pasaron todos. Toda la historia en una noche y todo el mundo en un lugar.

«¿Sabes que dentro de cien años toda esta gente estará muerta?», susurró ayer un optimista al oído del niño que ahora pasea en una bici roja y silba, desafiando al silencio con la melodía de Quién teme al lobo feroz en los labios, para que yo siga contando.

Puedo hablar de esta tierra porque llevo siglos viniendo a la Fiesta que cierra cada verano. Aquí se han visto caballos más altos que un hórreo, procesiones de almas envueltas en sudarios blancos y abuelas marchando en ropa deportiva fosforito. También niños con cresta de gallina, indianos en Cadillacs descapotables y damas con pies de lobo. Meriendas antiguas amenizadas por las gaitas y madrugadas recientes de orquestas que cegaban con sus focos: mozos bailando con la mirada hueca y la boina posada en el lomo de la moza y adolescentes besando el pasto con el culo a ritmo latino. Vacas que ordeñadas daban sangre y perros que escupían fuego. Bicicletas con corazón de Vespino. ¿Y? Nada comparado con esta noche para los que la vivieron antes y para los que están a punto de estrenarla ahora.

No vais a olvidar esta noche jamás.

1

 

 

 

 

 

Estoy dentro y fuera de ti al mismo tiempo. Soy cada latido más fuerte que el anterior y soy unos pasos que se acercan: el corazón del mundo y los pies de Dios. Mientras alguien me escuche, seguiré contando esta historia.

Soy invisible, pero todos se mueven cuando paso. Tengo millones de años como las montañas y nazco y muero cada noche, como los mosquitos.

Soy tu primera vez, una y otra vez.

Te reduzco al tamaño de una pulga y te agiganto más allá de las nubes. Tiemblas como una hoja y te cincelo en mármol. Yo soy el soplo que enciende los rescoldos de lo que temes y añoras.

Vibro en los intestinos secos tensados en el caparazón de la tortuga, retumbo en la piel de asno de los tambores que avecinan ejércitos romanos, silbo en el hueso de buitre y en el marfil de mamut de la flauta antigua, me anuncio con aulós y trompetas, picoteo en pianos, maúllo en cuerdas de níquel de guitarra eléctrica y trazo planes en el mástil, convertida en cordillera digital en la pantalla del Mac Pro.

Existo al menos desde que el hombre bajó del árbol, se puso a dos patas y pudo escuchar tanto el bombeo de su corazón como lo que el ruido del planeta quería decirle. He sido cortejo y deseo; también protección del depredador. Sin mí, los hombres prehistóricos se habrían desorientado en los laberintos de las cavernas; sin mí, no existirían los besos en las discotecas.

Hago entrar en razón a la sensibilidad y en armonía a la emoción.

Planetas, estrellas y desgraciados bailan según mi matemática.

Invento lo que sientes, lo descubro, lo describo y lo someto a las leyes de los números.

Lo domo, lo filtro, lo cultivo: detono controladamente tu estallido subversivo.

Abro y cierro las heridas como si fueran cremalleras y acompaño la sangría del hemofílico. Soy el corte y la cicatriz.

Te hago tararear en el ascensor, silbar en la sala de espera, comprar y decidir que nada, ni nadie, ni tú, tiene precio.

Te hablo a ti y solo a ti cuando todos escuchan y piensan que les hablo a ellos y solo a ellos.

Puedo embellecer lo desagradable y afear lo hermoso, bruñir lo humilde y oxidar lo noble.

Soy tan democrática como el aire, tan popular como un vaso, tan perfecta como un cuchillo, como una rueda, como un libro.

Estoy dentro y fuera de ti.

¿Quién soy? Soy la música de la Historia. Solo puedo contar lo que sucede en los lugares donde sueno. Yo te explicaré esta historia.

Así empiezo. Pasan quince minutos de las once de la noche cuando un dedo en la cuerda del bajo de la Orquesta pulsa también el corazón de cada habitante de este pueblo: un primer latido y un disparo de salida para esta noche. La luna es un plátano de plata que ilumina con cautela pistas y senderos sin tendido eléctrico. Se orean al unísono olores de brasa consumida, ropa húmeda, bosta remota, maresía, cable quemado y hierba seca que ha recibido el bautizo del orvallo, almendra garrapiñada.

Cerremos una cúpula invisible sobre este Valle cercado por montes de eucalipto, roturado con ríos secretos y carreteras mal asfaltadas, con el mar siempre a la espera por la salida norte. Los vecinos se apoyan en las desgracias casi tanto como discuten por las parcelas, cada vez más pequeñas, fraccionadas con cada muerto y en cada herencia: las casas desperdigadas, como si se le hubieran caído a un niño gigante que corriera con ellas en las manos, albergan a seres desconfiados. Este lugar no es modelo de nada, ni de heroísmo rural ni de miseria ejemplar: unas trescientas cincuenta personas censadas se ganan la vida con una economía mixta, madera y huertas, mar domado y monte industrial, una fábrica de cerámica y varios bares, en una tierra fértil que no se traduce en una tierra rica. Un territorio muy lluvioso donde cada sol trae la sospecha de tormenta: con más perros que niños y más defunciones que nacimientos, los muertos sueñan con los vivos, que reciben a unos seiscientos visitantes cuando llega el verano, con sus bicicletas viejas y sus bebés de estreno.

Laten ya los altavoces de la Fiesta anual en el pecho de todas las personas de Valdeplata, de los abuelos campesinos a los nietos con carrera, más solventes los primeros que los segundos, sus pulsos ya tan sincronizados como sus deseos. Las primeras líneas de bajo, con las que la Orquesta Ardentía prueba sonido, corretean por caminos y corredoiras, y pellizcan los esternones de los que se preparan para el baile. Hay bicicletas en las puertas de las casas, los manguitos de goma arruinando las buganvillas que trepan por las fachadas de granito o de ladrillo pintadas con colores vivos (rosa flamenco, verde pistacho, azul zafiro) que se rebelan contra el pasado plomizo y el gris difunto del cielo. Los coches se acumulan en acequias y cunetas levemente inclinados, cargando hacia la derecha: las melodías de algunos, pasodobles o canciones del verano, se fugan por sus ventanas, por donde los forasteros que han venido esta noche lanzan sus colillas sin hipocondría.

Un corro de abuelas se resiste a pensar que es una noche especial y comparte cacahuetes (y un frenesí de cuchicheos) en un banco de piedra de la Caja de Ahorros. Otras regresan a buen paso hacia casa, enarbolando linternas, las chaquetas anudadas a la cintura, vistiendo prendas deportivas de colores fosforescentes que solo existen en puestas de sol rabiosas. «Y luego, ¿a dónde vais tan rápido, de qué escapáis, hay un incendio?», dice uno sentado en una silla plegable delante del club social de la aldea. Desde hace años, ha visto que a las mujeres les ha dado por hacer ejercicio de noche en un lugar donde el ejercicio lo daba el trabajo en el campo cada día. La nariz del marido, bulbosa y morada, recorrida por constelaciones azules de capilares detonados por el vino, señala a la que es su esposa cuando lo dice. El Casiguapo, su compañero de vaso, afirma que este año no irá a la Fiesta. Lleva hora y media diciendo que se tiene que ir, que ya es tarde, que lo esperan en casa. Acaba de pedir otro vino.

En balcones y terrazas se abren botellines con mecheros. Las ventanas se encienden y se apagan, como luces de una discoteca, por el ajetreo ahorrativo de los habitantes de las casas, que cocinan, que se visten, que se duchan, que hacen temblar las lamas de madera antigua con sus prisas por llegar a su hora. Las libélulas, o caballitos del demonio, desperdician luz volando en un aire cargado de olor de estrume y la madera chasquea los dedos de sus ramas en el fuego de algunas barbacoas.

Dentro de esas paredes, a menudo desconchadas o con mataduras, las ollas tabletean para prometer el banquete de mañana, mientras las abuelas tararean y las primas se hacen trenzas entre ellas o se dan un manguerazo para limpiarse la arena de la playa o la tierra del monte. En el interior de esas casas todo huele a salsa de salitre y apogeo de sofrito, a agua destilada de la plancha y descorche de vino turbio y alivio de Nivea. La ropa de gala de toda la familia se estira sobre las colchas de las camas de muelle: mucho volante y estampado floreado, mucha camisa anciana de rayas con cuello almidonado, pantalones de pinza con llavero en la trabilla, mucha ropa interior aún con la etiqueta. A los pies, el calzado virgen: sandalias de hebilla plateada, alpargatas con la goma de la suela intacta y con el precio, zapatos bicolores y tacones tan altos como para hollar un prado, para mantener el equilibrio, para bailar esta noche.

Es imposible distinguir a lo lejos los banderines de fiesta que zigzaguean en los caminos de la ropa de colores que la brisa tibia, la misma que barre con desgana algunas hojas, seca en los tendederos anclados al prado con palos de aluminio.

¿Lo notas? ¿Notas los nervios?

Un coche pasa zumbando, demasiado rápido (será de fuera), y tres perros, que se montan y desmontan en un juego ajeno a la solemnidad de la fecha, intentan cazar un bocinazo al vuelo. Algunos vecinos acaban de cenar, reunidos alrededor de las mesas de la cocina, los platos de batalla sobre el hule: jamón y restos del caldo y hogazas del bolo que tiene que servir para la comida de gala de mañana, que no pasa la furgoneta del pan. En los comedores, cristaleras a medida de vidrio y roble, juegos de boda de Margadelos y bibelots de viajes de los nietos posados sobre mantelitos de lino con bodoque de ganchillo. Las mesas, extendidas o con un tablero encima, esconden su carcoma bajo manteles que, como los fabricantes de las estatuillas de los Oscar, solo trabajan una vez al año. Por eso duran, pero también porque son buenos, con remate de puntilla o hilo azul, a juego con las servilletas enrolladas dentro de las copas. Los cubiertos a la derecha de los platos, los soperos sobre los planos. La luz apagada hasta la comida del gran festivo.

Las líneas del bajo de la Orquesta siguen subiendo y bajando escaleras: el Valle tiembla con cada paso. Están fuera, pero las notamos dentro.

Una fiesta popular es como un debate electoral: reafirma las opiniones y rara vez logra cambiar el estado de ánimo. Pero también es como una jornada de votaciones: todos, mayores y pequeños, menos los más descreídos, irán a ejercer su derecho. La fiesta de la democracia. El que está contento está más contento. El que está triste está más triste. Yo no cambio las cosas, solo las agito. Soy el alcohol que diluye la timidez y acelera la narración, que aún no ha echado a andar.

No vais a olvidar esta noche jamás, digo, y todo vibra en ese instante, cuando el batería de la Orquesta Ardentía empieza a probar sonido con el primer redoble.

Vibran levemente los marcos de plata, madera o plástico de los retratos encima de cómodas y mesas camilla. Todas esas miradas de los muertos que posaban para una fotografía una vez al año: uno no sabría decir si temerosas, desafiantes o reprobatorias. Pestañea si quieres salir de aquí. Los retratados aguardan estáticos y son obedientes: parece que estén esperando una orden para seguir con su vida, que quizá se detuvo (con el mejor vestido de los domingos) hace setenta años, y que podría seguir esta noche si alguien les da la señal con un clic. Esas fotografías servían para ilustrar una época: el presente era entonces un año, o cinco, o veinte, la infancia o la juventud o la vejez, no un instante. Ahora el presente es un segundo, cinco fotografías en cinco, y por eso el presente, liberado de solemnidad e indescifrable por acelerado, es continuo y eterno: no deja espacio ni al pasado ni al futuro. Quizá hoy alguien dé una orden y los muertos tan endomingados salgan de los marcos de plata y madera para hablar, incluso bailar, con los vivos, vestidos tan deportivos y atrapados en la memoria de los teléfonos. Si el presente podía ser quince años y ahora es medio segundo, ¿por qué en esta noche no podrían caber todas las noches? He aquí algunos de sus protagonistas.

Vibra y castañea contra la pared el cabezal de boj de la cama de Cristóbal Margadelos, el Conde del Valle, de al menos ciento cinco años de edad, su cabeza envuelta en una toalla y su nariz a medio centímetro del agua hirviendo de la cazuela de cobre, respirando el aroma medicinal de las hojas secas de eucalipto y bisbiseando palabrejas que nadie entiende: Betula celtiberica, Castanea sativa, Cedrus deodara, Cupressus arizonica, Fraxinus angustifolia, Genista scorpius, Myrtus communis, Taxus baccata, Eucalyptus globulus. Un cristo en cruz en la pared maestra y unas zuecas ensangrentadas a los pies de esa cama de la que probablemente, si no media un milagro, no vuelva a salir.

Vibra y tabletea la olla de hierro fundido esmaltada en marrón frente a Placeres Fiallega, la trabajadora jubilada de la empresa de cerámica y loza, de más de ochenta años, cuando la mano izquierda enguantada en un paño de cuadros levanta la tapa para asomarse al pulpo. «Hay que espantarlos, hay que espantarlos aunque estén muertos, joder», grita sola en la cocina, mientras mete y saca al animal de la olla, como si estuviera torturando a un espía para que olvidara o desvelara un secreto (en realidad, para aliviar los nervios de la carne del pulpo y también los suyos). Un mechero donde se lee TODOS CONTRA EL FUEGO y un blíster de ansiolíticos en la encimera, al lado de la cocina de leña.

Vibra o titila la pupila encharcada de Ventura Rubal, delgadísimo camionero jubilado de la Danone, de setenta y dos años de edad, cuando dispone sobre el capó del coche en el garaje cerrado un vestido de fiesta de lentejuelas negras, una horquilla del pelo, un pendiente de aro a la izquierda y otro a la derecha. El Renault 27 parece un cadáver y él no lo conduce desde hace diez años. El motor encendido y las ruedas deshinchadas.

Vibra, justo antes de resbalar, la suela de goma revestida de piel de los zapatos castellanos de Soledad Díaz, de sesenta y bastantes años de edad, exconsejera autonómica de un Partido que no ha obtenido representación parlamentaria, cuando se hunde en el surco embarrado de la huerta donde ha ido a buscar una lechuga. Los bajos del pantalón del traje de chaqueta color turquesa ya marrones y una hoz en la mano derecha (al menos no lleva también un martillo). «La infelicidad es intentar controlar lo incontrolable», se dice mirándose las perneras sucias. Y luego: «El destino actúa a través de nosotros». Podría hablar por el manos libres o hablar sola (pero nadie la llama nunca, así que quizá finja lo primero y haga lo segundo).

Vibra y claquetea la cancela, un somier de varillas de aluminio, de la última tierra de Cosme Ferreira, de unos cincuenta años de edad, recientemente divorciado y amante de la inversión en criptomonedas, que ahora escoge un billete de diez mil pesetas (lo heredó de su padre) con la efigie del rey para envolver un enorme fajo de billetes de cinco euros que a continuación frunce con una goma de pollo. Intenta una vez más recordar una sucesión de números que ha olvidado y de la que depende su vida y la de su exmujer.

Vibra la finísima pantalla del portátil, parpadea el cursor como un soldado perdido en la tundra, de Miguel, cuarenta y dos años de edad, padre de dos niños pequeños y de cuatro novelas largas que ahora escribe, como al dictado, la frase «No vais a olvidar esta noche jamás», porque sabe que en breve la dirá el cantante de la Orquesta. «Siempre las mismas caras. No la misma gente, pero sí las mismas caras», apunta después en una libreta. Aunque ignora qué pasará hoy y, por tanto, no sabe qué escribirá mañana.

Vibra el teléfono móvil de Caridad Villaronte, responsable de las redes sociales de unas ocho empresas, de treinta y tres años, la Muñeca del Valle, guapísima un poquito a su pesar, ahora sentada en el retrete. Vibra porque le acaba de entrar un mensaje en su grupo de amigas, al que contesta con una retahíla de ocho emojis de cara llorando de la risa. Cuando pulsa enviar, dice: «Puta tarada, retrasada mental». Se enjuga un par de lágrimas con un trozo de papel higiénico y aprovecha para mocarse esa nariz con piercing de azabache: luego lo lanza al agua del váter, teñida de rojo. Hay también un test de embarazo en la tapa de la cisterna, justo al lado del sombrerito de aluminio del que ahora tira para liberar la cascada.

Vibra, o se cimbrea, la bailarina hawaiana semidesnuda en el salpicadero de la furgoneta de la panadería que conduce, con la mirada en llamas, Ton Rialto, de veinte años y algunos días, que ahora se fija en ese muñequito con minifalda de hojas y diadema de flores en pleno hula y le grita: «¡Estoy tranquilo, joder! Lo que pasa es que soy muy perfeccionista», justo mientras toma a casi cien kilómetros por hora una rotonda al revés, en el sentido de las agujas del reloj, y se lleva la mano a la oreja ensangrentada.

Vibra el peine de oro macizo en contacto con el cuero cabelludo de la muñeca de Iria Agarimo. La niña, de once años, mezcla prisa y paciencia para desenredar esa melena de cloruro de polivinilideno tintado de rosa antes de correr a descolgar el vestido con estampado de flores y volantes en los hombros que se seca en el tendedero. El peine de oro macizo lo trajo a casa un cerdo hace varias generaciones. Y ella se quiere poner ese vestido hoy, aunque sea húmedo, porque quiere celebrar algo después de un año de broncas entre el padre y la madre. El vestido se lo ha hecho su abuelo, un manitas que le fabricó su primer sonajero con madera y arroz. Aprovechó la tela restante de la niña para hacerle uno a juego a la muñeca del pelo rosa. El abuelo cuida a la nieta como la nieta cuida a la muñeca.

Vibra y da una voltereta hacia atrás un feto de treinta y seis semanas, un muñeco articulado y monocromo, el ser humano más pequeño del Valle, en la barriga abombada que tensa el tejido estampado de amebas azules del vestido de la madre, que recibe un patadón de propina al que contesta: «No tengas prisa, que aún no es hora ni tienes edad para salir de fiesta».

Vibra el timbre con forma de balón de fútbol antiguo en el manillar de aluminio de la bicicleta roja, cuyo jinete de once años tendrá que hablar durante las próximas horas con todos estos, y algunos más, habitantes del Valle: hay una rifa, y para participar tienen que escribir en un papelito un mensaje (un piropo o una acusación o una pregunta o una reflexión o una confesión), que luego la Orquesta leerá en algún momento de la noche para que lo escuchen los vecinos. El niño es muy querido en el Valle y todos le harán caso, quizá porque de pequeño era sordo, quizá porque está a punto de tener una hermanita (el feto que se agitaba en el párrafo anterior), quizá porque este verano ha ayudado (timbrando de casa en casa) a recaudar fondos para pagar a la Orquesta de hoy, o porque hay una efervescencia expectante ante este juego que ha inventado, el de que los vecinos de un Valle de luz lechosa donde cuajan tantos secretos digan algo sincero para que lo escuche toda la Fiesta.

Cuando Apolo descubrió que Hermes, el primer mensajero de la Antigüedad, le había robado el ganado, este decidió regalarle algo: un caparazón de tortuga, laminitas de madera y filamentos secos de tripa. Que vibran, que suenan. Le regaló el privilegio de la música, el primerísimo instrumento, para calmarlo. ¿Tiene la culpa el mensajero, con su mochila llena de mensajes del coro del Valle, de todo lo que finalmente pasará esta noche? ¿Tengo culpa yo, la Música? La culpa, como yo, es obsesiva, y uno se desprende de la que se le ha pegado cuando logra pasarle ese remordimiento o esa melodía a otro.

Se afinan los instrumentos como animales que intentan ponerse de acuerdo en una lengua con demasiados dialectos. Vibran las manos de nuestro mensajero, que se aferran a los manguitos de goma cada vez que la bici roja se libra de una piedra en el sendero que conecta el gran pazo del Conde con el prado de la Iglesia, donde la Orquesta ya suena: cuatro zigzags de bajo, tres serpentinas de colores dibujando frases de trompeta, una taquicardia de bongos y ese bum-bum-bum del bombo de la batería sincronizado con el bum-bum-bum de los corazones de todos estos personajes del Valle.

Estoy en tu pecho y en la habitación del Conde, que escucha en su transistor la emisora pública de música clásica (hace llamar cada día a su criada al mismo programa para pedir que le pongan la sonata de Mozart número 10 en do mayor; ella, por descuido o como venganza, a veces le deja sintonizados Los 40 principales). El Niño de la Bici Roja sube las escaleras.

Dentro y fuera de ti. El bum-bum-bum: suena como los latidos de una criatura feliz. El bum-bum-bum: suena como los pasos de un monstruo que se acerca, que ya está aquí.

I

 

 

 

 

 

Los fuegos del verano se apagan en invierno, limpiando.

Tengo más de cien años y casi tantas historias como dinero, pero tan pocas certezas como horas por delante. Todas mis certezas incluyen una solución o un alivio. Como la de los incendios. O como esta otra: nos vamos a morir, pero no seremos los únicos.

Has venido buscando un mensaje y te irás con unos cuantos. ¿Por qué? Porque me pides que le diga al Valle algo en un papelito para participar en la rifa. No necesito el premio. Para mí el premio es que me hayas preguntado. Han muerto muchos de los míos, me he dado cuenta de que algunos de los míos no eran de los míos y el resto, el resto de los vecinos, ya ni me conoce. Una cosa es sentirse único y otra bien distinta sentir que eres el único que queda. Podría estar muerto y no cambiaría nada. De hecho, si apareciera en la Fiesta, algunos pensarían que han visto a un muerto paseando por el prado, lo que, por otro lado, es bastante habitual que suceda en este Valle. Pero hay algo que puedo hacer antes de morir. Y ese algo acabará en el papel que me pides. Mira, esas zuecas con sangre reseca de ahí son la pista.

Antes de que la enfermedad me devolviera a esta habitación, llevaba mucho tiempo encerrado en la cabaña. Cuando se enteraron de que el Conde, con casi setenta años, había decidido abandonar el pazo (este caserón de cantería, con su torreón y sus arcos de medio punto, con su enorme caldera de biomasa), pensaron que estaba loco, que es como las personas despachan cualquier misterio interesante que alguien les plantee. Pensaban que la pérdida de mi mujer me había arrebatado también el juicio. Construí la cabaña con mis manos hace ya más de dos décadas al pie de la fraga, más allá de las florestas: gruesos palos de carballo servían de vigas, tejado de pizarra cubierto de retamas y tojos, las paredes con tablas de acacia embadurnadas con aceite de linaza. Tenía su puerta, un pequeño ventanuco con cortina y una lareira. Cuando murió mi mujer, yo, que siempre había vivido en el pazo más grande y cómodo de la región, solo podía dormir en ese cabanote. Tenía un camastro y una mesa donde leía a Voltaire, a Adam Smith, a Steinbeck, a Shakespeare, a los rusos (me dejé barba de staret) y aquella edición de 1848 de las Memorias de ultratumba, donde el difunto que se vela es todo un mundo. Y tuve mucho tiempo para pensar, para mirar atrás y reflexionar sobre cosas como la que te escribiré en el papel.

Me ponía las polainas y salía con mi carabina Remington a disparar a jabalís. Una vez se me encasquilló, tropecé y tuve su hocico en mi oreja durante minutos. Cazaba corzos, raposos, liebres, palomas y perdices. Desafiaba las futuras líneas de electricidad plantando pinos. Desbrozaba silvas, tojos y helechos. Cerraba tierras con alambre de picos y llenaba jarrones con las flores más humildes, gramíneas y matas de esa braña, de todo ese terreno inculto. Nunca he sido más feliz que esos años, que se supone que son los que a nadie le interesan. Que me los den a mí todos. «Toleó el Conde», decían, sobre todo mi hijo, y yo vivía.

Te explico todo esto porque me has preguntado. Y porque sé que me queda poco. Siempre he sido así: sé ver el futuro. Dicen que me untaron con los aceites de difunto en lugar de con los del bautizo y desde entonces sé si alguien va a morir o no. Desde niño, acertaba si aquel tío emigrado a Texas o aquel otro a Cuba fallecerían. Ellos andaban amasando fortuna al otro lado del océano, pero a medianoche yo veía sus caras en la ventana de mi habitación infantil y días después llegaba la carta que informaba de que habían muerto.

—¿Quieres café? Mamá hizo café de pota —les decía.

Y ellos, mudos: solo sonreían, como si lo supieran todo, con la cara enmarcada por la ventana de carballo (no dejaban vaho en el cristal).

Ahora sé que me toca a mí. Muchos mentirosos son capaces de engañar a quienes quieran, salvo a ellos mismos. Yo, sin embargo, sé admitir que me quedan unas horas: mi corazón es un hombre cansadísimo que ni puede ni quiere caminar más. Quizá me vaya cuando esté todo el Valle de Fiesta. Te acompañaría, pero apenas puedo levantarme: mira por esa ventana. Sí, coge el reclinatorio ese, el que lleva mis iniciales. ¿Ves esas luces? No, no son las del palco de la Fiesta, no. Es la Compaña, la procesión de doble fila que sale en la oscuridad («¡Anda de día, que la noche es mía!») para visitar al que morirá pronto. Seguramente están buscando el camino para llegar hasta mí. Si te acercaras, verías que llevan antorchas, van vestidos con sudarios blancos y caminan sin pies, flotando sobre dos centímetros de bruma. Delante de ellos va un hombre vivo con un crucifijo o con un hueso (no te asustes: dicen que suele ser la tibia en llamas de un niño) y la comitiva la cierra otro con un caldero. Vienen aquí, sí, y yo me alegro. Dicen que son almas en pena, difuntos aún en el purgatorio, pero ¿sabes qué? En realidad son los muertos que aún no se han ido del todo, que es una forma de decir que son los muertos que aún no han sido olvidados por los vivos. Pasean mientras alguien los recuerde.

Lo mejor es que algunos de ellos son vecinos míos. Da miedo pero es bonito, lo de la Compaña, una procesión mágica que une a vivos y muertos: debajo de esas capuchas estará la cara de mi primera ama de cría, de la primera campesina con la que jodí, del amigo con el que jugábamos a disparar a nidos y con el que iba siempre a buscar berberechos y longueiróns a la ría. Mi vida ya solo pertenece a los difuntos. Mi hijo vive, sí, pero para mí también ha muerto: hizo muchas cosas malas, algunas de las que hice yo en mi juventud, pero luego me traicionó dos veces (pude perdonar la primera, la que nos llevó a los juzgados, pero jamás perdonaré la segunda, la que tiene que ver con la memoria de estos montes y de mi esposa). No te voy a explicar más porque es complicado.

He tenido varios dones desde pequeño, sí. Aparecía y desaparecía como por ensalmo: las gallinas, las muy coquetas, seguían mi rastro y los perros no me abandonaban y los pájaros venían a mi mano. Cuando tenía tu edad, por ejemplo, vi a un mouro. Te hablo de otra época, cuando se decía que existían bebés con cresta de gallo, las gallinas que empollaban a crías de oro macizo (solo se las veía de madrugada), las vacas que daban sangre, y cuando yo, que me creía y no me creía todo eso, siempre llevaba encima un poco de pan de San Nicolás: lanzabas un pellizco al monte y apagabas incendios; lo tirabas al mar y calmabas temporales. Una vez incluso me pareció descubrir a una de esas doncellas transparentes: bebían vino y veías el líquido rojizo bajar desde la boca hasta la cona. ¿Que si creo de verdad aún en todo eso? No lo sé. ¿Y tú, tú crees? A ver ahora.

El mouro se me apareció un día de Fiesta. Muy cerca de la Iglesia, donde esos delincuentes hacen música ahora. Entonces las fiestas empezaban con gaitas y acababan con hostias: eran fiestas de merienda, pero lo que se papaban eran golpes. La gente traía pan de centeno, pulpo o lacón y, después de anudar a los burros en fila, lo compartían todo sobre el prado de la Iglesia. Después de la misa, tocaban unos cuantos gaiteros. Esa noche, un semental empezó a montar a una yegua justo a su lado, y los músicos se vinieron arriba imitando el coito con sus instrumentos, y todos animábamos a los animales, que le dieran, más fuerte, por la salud de los gaiteros. La cosa seguía entre vino y vino: se podía alargar hasta la primera pelea. O hasta la tormenta o hasta un incendio. Porque aquí siempre ha ardido todo sin avisar.

Pero yo, como te decía, siempre me iba antes: el secreto, en cualquier escena, es llegar el último e irte el primero. Me alejaba tocando melodías viejas con una flauta de mirto: así es como tanto los vivos como los muertos sabían que llegaba. Ese día había bebido mucho vino y el vino no es agua. Necesitaba dormir. Estaba en uno de los pastos de mi familia durmiendo la mona cuando, de repente, la figura de un caballo del tamaño de un hórreo se recortó contra un cielo color ameixa. Medía lo menos dos metros, o eso me pareció desde el suelo, y lo cabalgaba un gigante apuesto y muy moreno. Nos habían preparado para eso. La sabiduría po

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