Te llamaré Celia

María Montesinos

Fragmento

Citas

Para que yo me sienta desterrada,

desterrada de mí debo sentirme,

y fuera de mi ser y aniquilada,

sin alma y sin amor de que servirme.

Pero me miro adentro, estoy intacta,

mi paisaje interior me pertenece,

ninguna de mis fuentes echo en falta.

Todo en mí se mantiene y reverdece.

CONCHA MÉNDEZ

Para el tiempo que vendrá y querrá saber

cómo nos amamos, el motivo de nuestro sufrimiento

y en qué nos distinguimos del triste rebaño,

para el tiempo que vendrá a culparnos

mientras nos imita, para ese tiempo también nuestro.

MARTÍN LÓPEZ-VEGA

1

Madrid, octubre de 1924

Encarna llevaba un rato despierta, acurrucada en la tibieza de la cama, escuchando el ir y venir de Eusebio por el piso. Ruido de cajones, puertas cerradas con descuido, un tarareo alegre e intermitente. Le oyó llamar a Luis imitando el soniquete de una trompetilla, señal de que se había levantado con buen pie, gracias a Dios.

Se dio media vuelta y se quedó mirando la cama deshecha de su marido, el hueco moldeado bajo su cuerpo en el grueso colchón de lana. Suspiró, rendida de antemano. No podía hacerlo, no se sentía capaz. Tantas vueltas como le había dado esas últimas semanas en Tenerife, durante sus paseos solitarios por el muelle, y lo natural que le parecía entonces. Cuanto más lo pensaba, más claro veía que debía separarse de él. Había imaginado cómo se lo diría: en qué momento y, sobre todo, con qué palabras. Reproches, ninguno; para qué, no ayudaría en nada. Solo razones irrebatibles hasta para él, si es que se atrevía a mirar dentro de su corazón y olvidar su orgullo herido. Le diría: «¿Para qué seguir engañándonos, Eusebio? ¿Qué nos obliga a permanecer juntos si no hacemos más que discutir o ignorarnos? Apenas queda nada que nos una, salvo un hijo que pronto hará su vida, lejos de nosotros. Y entonces, qué. Nos quedaremos solos, tú y yo, alimentando nuestras amarguras, cada uno en su mundo. ¿Es que no lo ves?». Y cuando él la mirara con expresión de desconcierto, de animalillo abandonado, como si lo estuviera traicionando, y le reprochara que lo hiciera justo ahora que empezaban a salir del pozo, después de todo lo que habían pasado juntos («Encarna, cariño mío, ¿cómo puedes venirme con esas ahora?»), ella insistiría: «Precisamente por eso, Eusebio, porque hemos logrado salir de tanta desgracia y aquí estamos. Tengo casi treinta y ocho años, tú cuarenta y tres… Todavía estamos a tiempo de enderezar un poco nuestra vida, de seguir cada uno su camino. Tú el tuyo —pues ¿no repetía él cada dos por tres que debía retomar la escritura de su próxima novela como si fuera culpa suya, de ella y de Luis, o de quien fuera, que no lo hiciese?, ¿no se quejaba de que sin silencio y tranquilidad no podía concentrarse?— y yo el mío, mi propio camino que apenas he empezado a atisbar, oculto bajo capas y capas de resignación. No creas que solo pienso en mí; pienso en lo mejor para los dos, también para ti y esa necesidad tuya de tener una esposa dulce y servil, una mujer de su hogar que te idolatre, que te dé cuanto necesitas, y no una que te rechaza, que no quiere ser esposa, que se asfixia metida en casa…».

Ella no había nacido para el matrimonio, lo supo incluso antes de casarse con el teniente de infantería Eusebio de Gorbea, en un sueño premonitorio al que no quiso hacer caso. Y no era culpa de él. «Pobre, cómo lo iba a saber si ni siquiera yo entendía mi desazón, mi angustia al estar con él», se dijo. No era culpa de nadie, solo era así y punto. Se sentía distinta de las demás mujeres de su entorno, comenzando por su madre, y su amiga Mercedes y las amigas de Mercedes que había conocido en Tenerife; todas ellas volcadas en su afán doméstico con un orgullo dócil, voluntarioso, resignado que, en ocasiones, envidiaba. ¿Por qué no podía ser así, como ellas? ¿Por qué no podía contentarse con su condición de esposa y madre, sin darle más vueltas? Quizá así dejaría de pensar tanto, de imaginarse en otras circunstancias, en otros lugares, con otras vidas que no le traían más que infelicidad y disgustos. ¿Es que no había otra manera de ser mujer en este mundo? Suspiró, conocedora de la respuesta: «No, no la hay, Encarnita». Nunca se había llevado bien con su feminidad, desde que era casi una niña le costaba interpretar lo que los demás esperaban de ella: recato, delicadeza, ¡coquetería! «¿No podrías esforzarte en parecer más dulce, más femenina, hija? —le solía reprochar su madre—. Si no pones un poco de tu parte, ningún hombre se va a fijar en ti». ¡Pero si no quería que se fijaran en ella! No buscaba la atención de los hombres, ni atraer sus miradas, ni su deseo. Le inspiraban un difuso temor. Prefería la compañía de las mujeres, qué se le iba a hacer. Se sentía más a gusto entre ellas, más segura y libre para mostrarse como era. Mujeres como ella, a las que se sentía unida por un vínculo invisible de entendimiento y comprensión que nunca había experimentado con un hombre, ni siquiera con su marido.

Durante sus paseos por Santa Cruz, comenzó a fantasear con la ilusión de vivir sola, dedicada simplemente a sus libros, a sus ensoñaciones, a los mundos imaginarios que a veces plasmaba en un papel, y poco a poco la fantasía de libertad fue cobrando sentido, todo el sentido del mundo. Sobre todo, una vez que Eusebio y ella vieron llegado el momento de regresar a la Península. No se le presentaría una ocasión mejor: volver a Madrid y empezar de nuevo, pero, eso sí, cada uno por su lado.

Sin embargo, ahora que estaban ahí, recién instalados en el piso de la calle Caracas, de vuelta a la realidad anestesiada de la vida familiar, sus fantasías de libertad habían ido perdiendo fuelle, consistencia. ¿De qué viviría? ¿Cómo saldría adelante si no sabía hacer nada de provecho? ¿Y qué sería de Eusebio si lo abandonaba? Temía que su frágil equilibrio se rompiera y lo condenara a la oscuridad de su temperamento melancólico. No levantaría cabeza, ya podía verlo: dejaría de comer, de lavarse, ni siquiera iría a trabajar… Se hundiría definitivamente en el pozo de las amarguras y no saldría de allí, convertido en una sombra de sí mismo. Y todo por su culpa. Aun así, lo que más le preocupaba era cómo se lo tomaría Luis, que tenía a su padre en un pedestal. Todavía era muy joven, un adolescente introvertido y apegado a ellos. No lo entendería. Y entre los dos, padre e hijo, la culparían de todos sus males. Sentía náuseas solo de pensarlo. No podía perder a otro hijo, eso no.

Oyó los pasos de Eusebio acercarse por el pasillo, renegando de que no encontraba nada, ni el cinto del uniforme, ni las botas reglamentarias, ¡nada!

—¿Tú has visto mi cinturón, Encarna? —le preguntó cuando entró en el dormitorio. Venía en camiseta interior, con una toalla cubriéndole los hombros—. ¡Lo metí en la maleta y no aparece! Y ahora ¿qué hago yo sin el cinto? ¡No me puedo presentar así en el ministerio!

—Anoche lo vi en el suelo, tirado debajo de la butaca, y lo metí en el armario.

—Ya decía yo… Así es imposible, si me escondes mis cosas… —protestó al tiempo que abría las puertas del ropero. Con el cinturón en la mano, se volvió a mirarla—. ¿No te levantas? Ya sabes que hoy tengo que darme prisa, es mi primer día… —le recordó con voz melosa antes de desaparecer por la puerta.

Encarna asomó la nariz por el embozo y amagó con levantarse, pero el frío que se respiraba en el dormitorio la retuvo entre las sábanas un ratito más, anidada en la tibieza de la lana. Se le hacía muy raro pensar que apenas una semana antes estaban paseando por el espolón de Santa Cruz bajo el sol tinerfeño con Mercedes, Eduardo y los niños. Fue el último día, la víspera de embarcar con destino a la Península. Eusebio y ella habían planeado invitarlos a todos a merendar en uno de los elegantes cafés de la plaza de España a modo de despedida. Ya no sabían cómo agradecerles el cariño y la generosidad con que los habían acogido dos años atrás a su llegada a la isla, después de que por fin le concedieran a Eusebio el ansiado destino en la Capitanía General de Canarias junto con el ascenso a capitán. No podía ni imaginar qué habría sido de ellos si no se lo hubieran dado: los tres atrapados en el dolor insoportable de la muerte de Bolín, sin saber cómo seguir adelante. Luis se había convertido en un niño solitario y callado que andaba como perdido sin su hermano. A Eusebio y a ella les consumía por dentro la pérdida de su hijo Manuel, o Bolín, como lo llamaban en familia, porque de pequeñín era peloncho y regordete, una hermosura de niño. ¿Qué fue lo que le diagnosticó el médico? ¿Cómo lo llamó? Ah, sí: encefalitis letárgica. Era la primera vez que lo oían. Luego supieron que fueron muchos los afectados por esa misma enfermedad en España, hasta el punto de derivar en una epidemia de la que nadie sabía nada. Encarna prefería consolarse con la explicación del doctor Ibarra, su médico de confianza, especialista en medicina naturista, con quien compartía afición por las ideas teosóficas: su Bolín era un alma de luz, un espíritu puro nacido para brillar diez años. Una vez cumplidos, su alma se liberó del cuerpo infantil y retornó a la luz divina, el espacio de la Nada, el Todo y lo Absoluto donde habitan todas las almas que fueron y serán, porque revivirán otra vez, en otro momento, en otro cuerpo, como otro ser. ¿Qué sentido tenía la muerte de un niño de diez años, si no? El cuerpo se pudre, pero el alma permanece; eso era lo que deseaba creer. Pero ¿cómo podía doler tanto, Dios mío? Aun mantenerse en pie parecía un milagro.

Al desembarcar en Tenerife, Eduardo y Mercedes los acogieron en sus brazos y ya no los soltaron hasta mucho tiempo después —semanas, meses incluso—, una vez que se cercioraron de que volvían a ser los Gorbea que ellos habían conocido diez años atrás, en aquel verano de 1912 que pasaron juntos en Segovia.

Al principio los instalaron en su casa, lo cual fue un alivio para ella, que se distrajo con el bullicio que reinaba en ese hogar, los cuatro niños pequeños de la pareja correteando de un lado a otro, las animadas reuniones familiares y con amigos. Y Mercedes se multiplicaba, como los panes y los peces, para repartirse entre todos. Raro era el día en que perdía la paciencia. Encarna no conocía a nadie que disfrutara realmente de su condición de esposa y madre como lo hacía su amiga, con espíritu apacible y práctico, y una sabiduría innata que a ella le provocaba verdadera admiración. ¡Se la veía tan a gusto en su piel!

A lo largo de esos meses les enseñaron la ciudad y la isla, los invitaron a la finca que poseían en las afueras y, llegada la hora, los aconsejaron en el alquiler de la que sería su vivienda. No mucho después los introdujeron en su círculo de amistades, gente buena y bien situada, al que también pertenecía Leoncio, director del diario La Prensa, hombre excesivo, campechano, de conversación generosa. Al saber que a Encarna le gustaba escribir, le encargó un artículo sobre «lo que quiera, algo que les interese a ustedes, las señoras, que de eso no andamos muy sobrados en la redacción», le dijo con su gracejo tinerfeño. Y debió de gustarle porque, al cabo de poco tiempo, Leoncio le pidió dos artículos más en esa misma línea que también le publicó sin cambiar una coma.

Por aquel entonces había transcurrido más de un año desde que desembarcaron en Tenerife y ya se habían aclimatado a la suave laxitud de la vida isleña. A Eusebio y a Luis no les costó mucho adaptarse. Su marido se sentía muy a gusto con la tranquilidad que se respiraba en el cuartel de Santa Cruz, incluso después de que, en septiembre de 1923, se produjera el alzamiento militar del general Primo de Rivera contra el Gobierno liberal, al que acusaba de no afrontar los problemas de España. Fueron dos días de mucha tensión, con todo el destacamento acuartelado pendiente de la evolución de los acontecimientos y las órdenes que llegaran de Madrid, después de que se supiera que se había declarado el estado de guerra en toda España. Eusebio se temía que los embarcaran con destino a la Península o, peor aún, que les ordenaran tomar las armas y luchar contra quienes se resistieran al cambio de régimen, y entonces ¿qué ocurriría? ¿Qué sería de él, un pacífico hombre de letras enfundado en un uniforme que le venía grande o estrecho, según se mirara, pero que, en cualquier caso, lo aprisionaba en un papel que no era el suyo? No tenía alma ni vocación militar, nunca los tuvo; solo hacía su trabajo, casi siempre detrás de un escritorio, nada más.

Por suerte, su desazón no duró mucho: la tarde del segundo día recibieron comunicación de que el rey don Alfonso XIII había encargado al general Primo de Rivera conformar Gobierno, a lo cual este dio inmediato cumplimiento e instauró un directorio militar que él mismo presidiría temporalmente, hasta restaurar «el debido orden». Para sorpresa de muchos, no hubo protestas en las calles ni enfrentamientos ni revueltas violentas que sofocar, por lo que la única orden remitida a los mandos fue la de volver a las rutinas de la disciplina militar. Eso fue todo. Al día siguiente, Eusebio y Eduardo regresaron a casa con sus familias y, allí en Tenerife, la vida siguió su curso como si nada hubiera ocurrido.

Luis, por su parte, solo necesitaba distanciarse de la tristeza que los rodeaba en Madrid y disfrutar de lo poco que le quedaba de infancia en compañía de otros niños, como Eduardito, el hijo mayor de Mercedes, con quien tan buenas migas había hecho, tal vez porque volcó en él el vacío que su hermano le había dejado. ¿Cómo no lo iba a echar de menos, con lo unidos que estaban? Los primeros meses después de su muerte, a Encarna le rompía el corazón ver a su hijo sentado en la quietud de su habitación sin saber qué hacer.

En cuanto a ella… cómo explicarlo. El recuerdo de Bolín fue despegándose lentamente de su ser, como la costra seca de una herida. Y al desprenderse, sintió como si emergiera de un letargo prolongado. Podía deleitarse horas enteras contemplando el mar, meciéndose en el sonido de las olas que lamían la orilla rocosa, respirando el olor a salitre y a océano. Volvió a degustar los aromas y sabores de la comida, la ternura del tacto infantil, la belleza sutil a su alrededor, invisible a sus ojos desde la muerte de su hijo (porque ¿cómo soportar la belleza que surge en torno al misterio de la vida, si ese mismo dios creador le había arrebatado a Bolín? Le resultaba cruel, intolerable). Su piel mudó del tono macilento que traía a una leve tonalidad dorada que la rejuvenecía, y también ganó peso, no solo por su mayor apetito, sino también porque las habituales molestias de estómago que padecía desde niña desaparecieron casi sin darse cuenta. En Tenerife, la compañía de Mercedes actuó como un bálsamo sobre su espíritu roto, reconfortándola, recomponiéndola. Su ánimo inquieto se apaciguó, se contagió de la serenidad y de la confianza que irradiaba su amiga, y con ella a su lado se sintió revivir.

—Ahora os tocará a vosotros venir a hacernos una visita a la Península, cuando mejor os parezca. Nosotros nos encargaremos de todo, no tendréis que preocuparos de nada —les había dicho Eusebio la tarde de su partida. Llevaba toda la semana contento y dicharachero ante la perspectiva de volver a Madrid.

—No sé cómo… ¡Tendría que organizar casi una expedición con todos los que somos! —se rio Eduardo.

—Quizá algo más adelante, cuando los niños sean un poquito más mayores —convino Mercedes con su dulzura habitual, mirando primero al bebé en su cochecito y luego a sus dos hijos pequeños, que revoloteaban alrededor de Encarna como mariposas atraídas por la luz.

«No sé qué les das, Encarna, que es verte aparecer y ya no se mueven de tu lado», le decía a veces su amiga con expresión alegre. ¡Pero si no hacía nada! Solo se sentaba con ellos a jugar, escuchaba sus parloteos y, a veces, inventaba cuentos para ellos. Quizá por eso el seriecito Félix, de cinco años, se pegaba a ella en cuanto la veía aparecer y ya no la soltaba; y a Florinda o Ponina, la pequeñina de tres años, una avispilla inquieta y juguetona, le gustaba sentarse encima de sus rodillas y hacerle florituras con las manos. Encarna peinaba entre sus dedos el pelo sedoso y rizado mientras se imaginaba ese mismo pelito rubio, de ese rubio tostado que se aclara al sol y se oscurece con el paso del tiempo, en otra niña, una chiquilla un pelín mayor que Ponina —de cinco o seis años tal vez, o casi mejor siete, que a esa edad ya son personitas que discurren solas— que la observaba con sus ojitos azules y risueños sin decir nada, porque todavía no tenía mucho que contar, salvo eso, que acababa de cumplir siete años, la edad de la razón, como decían las personas mayores, y que se llamaba… ¿Cómo podría llamarla? Tendría que pensarlo… Ya se le ocurriría un nombre, un nombre bonito que le evocara a esta Ponina revoltosa, se decía, disfrutando de cómo se retorcía de risa entre sus manos, incapaz de aguantar las cosquillas. Félix las miraba con envidia. «¿Tú también quieres cosquillas, Félix? Ven, acércate, déjame ver dónde escondes tú las moneditas, ven que yo las busque…». Los niños se tronchaban de risa y Mercedes con ellos, feliz de verlos reír.

Desde que estaban en Madrid, los echaba mucho de menos, pensó girándose en el colchón hasta quedar boca arriba. Todavía llevaba impregnada en la piel la languidez isleña, la tibieza del clima, el olor de la tierra fértil, palpitante. Pero fue poner el pie en la estación de Atocha y empezar a tiritar de manera descontrolada de la cabeza a los pies. Cualquiera diría que se les había olvidado cómo eran los inviernos de la capital.

Eusebio volvió a entrar en la habitación. Necesitaba el betún para las botas y no sabía dónde estaba.

—Debe de estar en la maleta —le dijo Encarna.

—Ya he mirado y no está.

—¿Has mirado en el baúl?

—¿Y por qué iba a estar en el baúl? ¡Yo lo guardé en mi maleta!

No era cierto. Se lo había olvidado en una caja vieja en el altillo del armario y ella lo metió en el baúl en el último momento.

—Pues si lo guardaste, deberías tenerlo tú, ¿no? —respondió con calma, al tiempo que se levantaba, ahora ya sí, de la cama. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y se apresuró a enfundarse la bata de franela que abotonó hasta el cuello. Eso le recordó—: ¿A que no has encendido aún la estufa de la salita?

Eusebio le dio la espalda sin contestar.

Mira que se lo había dicho: lo primero que debía hacer al levantarse era prender la estufa para que se fuera templando el ambiente. Con tanto como llevaba deshabitado el piso, normal que estuviese helado como un témpano; iban a necesitar mucho carbón para calentarlo y, aun así, les costaría lo suyo, porque la vivienda ocupaba dos torretas en la azotea del edificio expuestas a las inclemencias del tiempo por los cuatro costados.

Encarna salió del dormitorio en dirección a la cocina, pero se detuvo a la altura del cuarto de Luis y asomó la cabeza por la puerta. Vio a su hijo ya vestido, sentado en la cama, calzándose.

—¿Cómo te encuentras, Luisín? ¿Estás mejor?

El chico asintió.

—Tengo mocos, pero estoy bien. —Aspiró fuerte por la nariz.

Encarna sonrió. Había vuelto de Tenerife hecho un jovencito sensato y guapo de dieciséis años. Tenía la cara ovalada y las mejillas regordetas de su padre, pero los ojos grandes y reposados eran de ella.

—Tienes que abrigarte bien. ¿Te ves con fuerzas de ir a clase? Cuando escribí al director del instituto le dije que no sabía si te incorporarías antes del día quince.

—Sí voy a ir. Además, en la escuela estaré más caliente que aquí.

En eso tenía toda la razón del mundo.

—Cógete dos pañuelos, por si acaso. Voy a preparar el desayuno.

Encendió el fogón y puso dos cacerolas al fuego: una con agua, otra con leche. Luego abrió la alacena y sacó las cuatro cosas que había comprado la víspera en la tienda de ultramarinos para esos primeros días: café de moler, pan, miel y un poco de manteca, porque a Eusebio le gustaba untarla en pan y comérsela con el café. Se frotó las manos y las extendió al calor del fogón. ¡Quedaba tanto por hacer! Por lo pronto, en cuanto terminara de organizar la casa, saldría a la calle, realizaría unas cuantas visitas y empezaría a buscar alguna ocupación a la que dedicar su tiempo. Pero lo primero era lo primero: necesitaba poner orden a su alrededor.

La cocina era más pequeña de lo que recordaba. Entre la mesita tocinera y los fogones apenas quedaba espacio para un par de sillas, pensó mientras servía la leche para Luis en un vaso y llenaba un plato con galletas. Tendrían que apañarse como fuera. Se sirvió café en una taza y, con ella entre las manos, fue hasta la salita de estar. La luz de la mañana entraba a raudales y dibujaba sobre el entarimado de madera los tres cuerpos del ventanal en forma de arco, y parecía como si habitaran una torre encantada. Desde ahí se podía divisar los tejados y las azoteas de la ciudad, y el cielo, ese cielo otoñal de un tono desvaído que con el transcurrir de las horas iba tornando en el azul límpido tan propio de Madrid. Suspiró contenta de haber vuelto. ¡Tenía tantos planes en la cabeza!

Se giró hacia la salita y contempló el espacio abigarrado. Había demasiados muebles, demasiados trastos inútiles que en su día se habían traído del viejo piso de la calle Ponzano a este otro nuevo a estrenar en la calle Caracas, al que se habían mudado poco antes de marchar a Canarias. Con lo que le costó decidirse a desmantelar el dormitorio de Bolín, convencida de que su espíritu permanecía allí, entre sus artísticos dibujos, en el aroma de su ropa, en las cajitas donde guardaba recuerdos de sus aventuras de niño explorador: unas conchas que recogieron juntos en la playa del Sardinero, en Santander, cortezas de pino talladas, sellos que le traía su padre… En aquel entonces, no había día que no entrara en el cuarto con el único deseo de sentirlo cerca, de olerlo, de invocar su espíritu. «¡Dime algo, Bolín! ¡Hazme alguna señal, aunque sea solo una vez para mostrarme que estás aquí!», le suplicaba. Ella lo sentía, percibía el espíritu de su hijo cerca, en el titileo de las luces, en la leve ondulación de los visillos, velaba sus pasos en la casa y se sentía reconfortada.

Meses después de su muerte, se le apareció una noche en el cuarto. Ella dormía un sueño intranquilo del que despertó de repente al percibir una presencia a su lado. Abrió los ojos y allí estaba Bolín, sentado sobre la alfombra junto a su cama, dibujando en un papel. Encarna lo llamó en voz baja, no fuera a desvanecerse como cualquiera de sus sueños. El niño la miró y le dijo que siguiera durmiendo, que él estaba bien ahí, no le faltaba de nada, tenía todo cuanto necesitaba.

—Pues quédate aquí conmigo, no te vayas. Solo quiero sentirte cerca —le respondió ella, sin darse cuenta de que no podía parar de llorar.

«Por eso he venido —le dijo el niño—, para que no te preo­cupes más por mí, y te quedes tranquila. Mi espíritu está en paz, mamita, ¿no lo ves?». Al día siguiente empaquetó su ropa, las ceras y los dibujos para llevárselos al piso nuevo de la calle Caracas. Una semana después emprenderían los tres el viaje a Tenerife. Apenas tuvieron tiempo de colocar nada; dejaron los muebles y las cajas allí, repartidos de cualquier manera, a la espera del día en que volviesen de Canarias.

Y ese día había llegado.

Encarna se paseó por la salita examinando el interior de las cajas abiertas. Cuánto adorno horrible, cuánto objeto inservible. Y no solo eso. Al contemplar ahora los muebles de talla barroca, los cuadros insulsos, le parecieron un lastre en ese nuevo comienzo. Lo que ella ansiaba a su alrededor era luz, claridad, sencillez.

Parte del equipaje con el que habían llegado de Tenerife seguía ahí, sin deshacer: una saca militar y dos baúles que, previo pago, les habían traído los mozos de la estación a la mañana siguiente de su llegada a Atocha en el último tren procedente de Sevilla, horas después de desembarcar en Cádiz. Estaban tan cansados tras el largo trayecto, que no se vieron con fuerzas de esperar a que lo descargaran y, cada uno con su maleta en la mano, salieron a tomar un autotaxi que los dejó delante del portal. Eso fue pasada la medianoche, llevaban de viaje desde el amanecer. Casi ni recordaba cómo pudo llegar a la cama.

—Encarna, ¿has puesto agua a calentar? —le preguntó Eusebio a voz en grito desde el baño—. Sale helada del grifo y yo así no me puedo afeitar.

—¡Ya voy!

Le dio un sorbo largo al café y, con el cazo en la mano, se dirigió al baño. Eusebio se había colocado el paño encima de los hombros mientras se rizaba con esmero las puntas del bigote, convencido de que le conferían carácter y originalidad a su rostro.

—Vamos, aprisa. Va a venir a recogerme el alférez para acompañarme al ministerio y no voy a estar preparado.

—Si llega, le pedimos que espere un ratito y ya está. No creo que le importe —le dijo Encarna mientras vertía el agua caliente en la palangana del lavabo—. Ten cuidado con la navaja al afeitarte, no te cortes.

Eusebio no pareció hacerle caso, se extendió la crema de afeitar por el rostro y continuó donde lo había dejado.

—Voy a ir a hablar con el comandante Alonso Gutiérrez, a ver si puede arreglarlo para que me asignen un puesto en Madrid, no vaya a ser que alguien se adelante y me destinen otra vez a cualquier ciudad de provincias. Digo yo que, después de los dos años de servicio en Tenerife, alguna prerrogativa me merezco. —Levantó la barbilla y comenzó a deslizar la navaja por la mejilla, bajo el bigote—. Ah, por cierto, almorzaré fuera, en el ministerio. Y luego, si me da tiempo, haré una visita a Gregorio Martínez Sierra, que me cuente a ver qué se trae ahora entre manos. Acaba de estrenar obra en el Teatro Español y, conociéndolo, estará ya pensando en la siguiente. En la última carta que le escribí le dije que tengo varias ideas para una comedia ligera que me gustaría comentarle…

Encarna lo observó mientras se afeitaba. Lo veía tan dispuesto, tan animado, tan parlanchín, que parecía mentira, con lo mal que le había sentado el largo viaje en tren.

—Si ves a María de la O, dale recuerdos de mi parte —le dijo.

Encarna se arrebujó en la bata y retornó a la cocina. Prefería verlo así que no arrastrando los pies de un cuarto a otro, como si cargara con el peso del mundo sobre sus hombros, malhumorado, sin ganas de nada. Además, a ella le convenía que saliera a la calle, que se entretuviera todo el día por ahí con sus gestiones, y la dejara en paz organizando la casa con tranquilidad, poniendo orden entre tanto caos. Debía empezar por colocar el equipaje y guardar la ropa ligera, revisar los abrigos y los trajes que se dejaron en los armarios, ver si necesitaban algún arreglo…

—¿Quedan más galletas? —le preguntó Luis al verla aparecer en la cocina. Se había zampado todas las que había en el plato.

Encarna le dio las últimas que quedaban en la caja. Tendría que ir al mercado y, de paso, le preguntaría al portero si sabía de alguna mujer dispuesta a echarle una mano en la casa. A lo mejor era buena idea pedirle que avisara a quien pudiera interesar en el vecindario de que se quería desprender de algunos muebles y trastos viejos. Si se daban prisa en venir, se los dejaría a buen precio. Ya que había renunciado a la separación —al menos de momento, mientras buscaba su propio camino—, decidió cambiar la distribución de las habitaciones, ahora que tenía la oportunidad: instalaría el despacho de Eusebio en el que era el dormitorio de matrimonio y trasladaría su cama al cuarto contiguo.

Señor, ¡cuánta tarea por hacer!

2

Encarna observó las esforzadas maniobras que hacían los dos hombres para pasar el gran aparador de madera maciza a través de la puerta. Apretaban los dientes y resoplaban con fuerza, los brazos tensados como alambres, las piernas bien plantadas avanzaban a pasos cortitos, arrastrados.

—Tengan mucho cuidado por la escalera, no vayan a descalabrarse —les advirtió sin moverse del rellano.

Le daba pavor que ocurriera una desgracia por un triste mueble. Siguió con aprensión el lento descenso de los hombres, escalón a escalón, cargados con el aparador tambaleante sobre sus espaldas. Si lo hubiera sabido, se habría deshecho de él hace años, en la mudanza del piso de Ponzano.

De pronto oyó un gran estrépito de cristales rotos. Encarna se inclinó sobre la barandilla, había sonado en el interior de la casa de uno de sus vecinos de abajo, y no tuvo que esperar mucho para averiguar de cuál se trataba. Los gritos de la señora Fina traspasaron las paredes y se propagaron por el hueco de la escalera como si fuera un altavoz: «¡Ay, Señor! ¡Juan José! ¡Ana! Pero ¿qué habéis hecho ahora, Diosmíodemividaydemicorazón? ¡Un día de estos me vais a matar de un disgusto! ¿Es que no os podéis quedar quietecitos ni un rato? ¿Quién ha sido?». No le llegó la respuesta. «¡Os voy a dar yo a vosotros accidentes!». Oyó los lloros infantiles, los pasos irritados de la madre por el parquet, un portazo aterrador. Le entraron ganas de bajar y llevárselos de paseo un rato, pobrecillos. ¡Pero si solo eran niños!

Sabía que la mujer estaba sola a cargo de los críos

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos