Hablar solos

Andrés Neuman

Fragmento

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A mi padre, que es también una madre

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No crea que lo que le cuento a usted lo puedo decir por ahí.

 

HEBE UHART

¿Cómo vuelvo?

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Lito

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Entonces me pongo a cantar y se me agranda la boca. A papá le da risa verme así de contento. Pero mamá no se ríe.

Llevaba pidiéndolo no sé cuántos veranos. Siempre me contestaban lo mismo. Más adelante. Odio que digan eso. Me imagino una cola larguísima de niños y que yo soy el último. Esta vez discutieron. En voz baja. Moviendo mucho los brazos. Se encerraron los dos en la cocina. No me gusta nada que hagan eso. ¡La cocina es de todos! Apoyé la oreja en la puerta. No se escuchaba bien. Al rato salieron. Mamá estaba muy seria. Se asomó a la ventana. Se sonó la nariz. Después vino y me dio un beso en el flequillo. Papá me pidió que me sentara con él. Así, como si tuviéramos una reunión. Me apretó las manos y dijo: Ya eres un hombre, Lito, vamos. Y me puse a saltar encima del sofá.

Trato de calmarme. Ya soy un hombre, ¿no? Me estiro la camiseta y vuelvo a sentarme. Le pregunto a papá cuándo salimos. Ahora, contesta. ¡Ahora! No lo puedo creer. Subo corriendo a mi cuarto. Abro y cierro cajones. La ropa se me cae. Mamá me ayuda a llenar la mochila. Esto va a ser lo máximo. Seguro. Segurísimo. Son las cosas que empiezan a pasarte cuando cumples diez años.

Bajamos los tres juntos a la cochera. Qué mal huele aquí siempre. Enciendo las luces. Y aparece el camión del tío Juanjo. Limpito. Como nuevo. Papá se pone a revisar las ruedas. El motor. El aceite. ¿Papá sabe de esas cosas? Mamá sube mi mochila al asiento de adelante. Ahí. En el puesto del copiloto. No sé ni qué decir. Nos quedamos callados hasta que papá termina. Tiene los dedos negros. Parecen insectos. Se lava las manos despacio. Después sube a la cabina. Saca su billetera y pone una foto de mamá en el espejo. Ella se frota los ojos.

Tardamos un montón en irnos. Nos despedimos y todo eso. Mamá le habla al oído a papá. No para de abrazarme. Uf. Al final nos sentamos. Enseguida papá me pone el cinturón. Pero el suyo no se lo pone. Lee unos papeles. Mira un mapa. Anota cosas. De repente el motor hace ruido. Se levanta la puerta y la cochera se llena de luz. Dejo de ver a mamá saludándonos. ¡Bueno!, dice papá golpeando el volante, esperemos que Pedro nos traiga suerte. ¿Por qué se llama Pedro?, pregunto. Porque es un Peterbilt, hijo, contesta. ¿Y eso qué tiene que ver?, insisto. Papá suelta una carcajada y acelera. Odio que se ría de mí cuando pregunto cosas.

Veo pasar los techos de los coches. Es como ir en un helicóptero con ruedas. Algún día voy a conducir a Pedro. Segurísimo. Siempre me fijo en cómo lo hace el tío Juanjo. Hay mil botones por todas partes. Pero al final sólo se usan tres o cuatro. Lo más difícil debe ser el volante. ¿Qué pasa por ejemplo si tienes que girar para un lado, y de repente te equivocas y lo giras para el otro? Lo demás parece fácil porque papá no le presta demasiada atención. Va como pensando en otra cosa. Eso mejor no se lo cuento a mamá. En el coche ellos siempre se pelean. Me encantaría agarrar el volante. Pero es imposible con diez años, ya lo sé, no soy tonto. Nos pondrían una multa.

Hace mucho calor aquí arriba. Supongo que al estar tan altos el sol calienta más. Trato de subir el aire acondicionado. Toco los botones que tocó p

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