He soñado que bailaba descalza

Olivia Zeitline

Fragmento

descalza

 

Todas las mañanas Charlotte llega a la misma hora. El ambiente del vestíbulo es aséptico. Sus tacones resuenan en el suelo recién fregado. El olor de los productos de limpieza todavía flota en el aire. Como todas las mañanas, han limpiado de madrugada, antes de que lleguen los empleados. Todo debe estar pulcro, todo debe relucir. Es fundamental inspirar confianza. Con un trapo, han sacado brillo a las pantallas de los ordenadores y han limpiado las torres con detergente. Las paredes de su despacho son tan blancas que, al entrar, por un instante la ciegan. Como todas las mañanas, se sienta en su silla de plexiglás. A su alrededor, todo está en orden: ni un papel fuera de sitio, ni un solo objeto personal; los empleados tienen órdenes de no dejar nada encima de las mesas lacadas. El incesante ruido del tráfico le recuerda que la oficina se encuentra muy cerca del bulevar periférico. Charlotte, que es jefa de proyecto junior, debe conformarse con un despacho que da al norte. Un espacio pequeño, oscuro, de techo bajo. El director de marketing entra sin llamar a la puerta; no se molesta en darle los buenos días.

—¿Tienes el dossier preparado? El cliente ya está abajo. Ha llegado antes de la hora.

—Buenos días, Julien. Sí, sí, todo está preparado.

—Déjalo en mi mesa y ven a la sala de reuniones a y media.

Las páginas del dossier están desordenadas. Todo se entremezcla en la cabeza de Charlotte. Lleva cuarenta y ocho horas vomitando tablas de Excel. De hecho, está mareada. Va volando al servicio. Ya no puede soportarlo más, pero no se va a derrumbar. Lo conseguirá, es fuerte, siempre ha sabido sobreponerse a cualquier circunstancia. Se lo repite frente al espejo del lavabo. Charlotte siempre ha querido tenerlo todo controlado. A pesar de su angustia y de sus sudores fríos, jamás muestra su malestar. Siempre lo hace lo mejor posible, para ganarse mejor la vida, para disfrutar de una mayor seguridad. Una presión permanente en esa mecánica social bien engrasada hecha de sonrisas falsas, vasitos de plástico de café frío, compras en el súper y bolsos de piel rebajados. Desde hace algunos meses la memoria le juega malas pasadas. No logra concentrarse y a veces no entiende lo que le dicen sus colegas. Entonces finge. Asiente con la cabeza sin decir palabra. Empieza a tener miedo de sí misma, miedo de esa sombra que rechaza pero que al mismo tiempo la atrae. No puede arriesgarse a pedir ayuda. No está dispuesta a que le digan que no está bien. Tiene que aguantar. Algún día se encontrará mejor, algún día podrá descansar. La puerta de su despacho se abre de nuevo.

—Charlotte, ¿qué coño haces? ¡El dossier! ¿Has impreso los números, al menos?

Esta mañana, por primera vez, no consigue contenerse.

—Estoy harta de que entres en mi despacho sin llamar a la puerta. Parece que lo hagas adrede. Pues sí, he impreso los números, está todo preparado. ¡Toma!

Con un gesto brusco, Charlotte entrega el dossier a su superior jerárquico.

Al cabo de unos minutos, se reúne con él en la sala de juntas. La tensión es palpable. Aunque ninguno de los dos exprese abiertamente su rencor hacia el otro, el silencio pesa como una losa. El cliente se agita en su silla mientras va dando golpecitos en el suelo con un pie. Su asistente hace rechinar la pluma sobre el bloc de notas. En la cabeza de Charlotte se amplifican todos los ruidos. Le toca hablar a ella. Intenta hablar fuerte, pero no entiende lo que dice, lo confunde todo. De repente deja de hablar. Se ha quedado en blanco, lo que tanto temía. Se hunde. Se pone blanca. Va a vomitar. Pierde el sentido. Quiere bailar un vals. Flota, mecida por el viento. Sus brazos se convierten en hojas que echan a volar; todo su cuerpo se vuelve una corriente de aire. Un soplo la arrastra suavemente, muy suavemente. Su cabeza gira sobre sus hombros mientras arquea la pelvis. El corazón se le acelera al ritmo de las pulsaciones de la tierra, como si se le derramara toda la sangre de las arterias. Charlotte se encuentra en la espesura de un bosque. Se pone a aullar como una loba hambrienta. Está descalza en el fango, pisoteando el suelo. Salpica la vegetación a su alrededor. En la planta de los pies le crecen unas raíces que la unen al centro de la tierra. De su cráneo surgen unos rayos luminosos que ascienden por el espacio. Está ligada al infinito, es una goma elástica fuera del tiempo, una onda en el país de los sueños. Baila en trance ante una multitud vociferante. Ya no oye nada, se ha entregado de lleno a su arte. Todas las miradas convergen en ella. Se alza en el centro del escenario, en el centro de su vida. Los gritos del público se vuelven más intensos. Algunos espectadores intentan agarrarla. Ella se escapa con agilidad, se precipita a la velocidad de la luz. En una fracción de segundo se desploma. El choque es brutal. Sus senos y sus brazos se estrellan contra la pared de la sala, devolviéndola a la realidad. Está empapada en sudor. Ha bailado en la sala de juntas delante de todo el mundo. Para demostrar que maneja perfectamente la situación, el jefe de marketing le anuncia con frialdad:

—Charlotte, acabas de sufrir un colapso nervioso. Ya llega la ambulancia.

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Una frase de tono melódico,

como una cancioncilla.

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1

Son casi las seis. Sigue sin recibir ningún mensaje de Tom. Charlotte apaga el móvil. Debe mostrarse fuerte. Guarda el teléfono en el bolso y entra en el centro de danza, en la rue de Paradis. Se dirige a la sala Pina Bausch, donde da su clase de danza contemporánea. Jeanne, una vieja amiga de la escuela de comercio, la espera delante de la puerta doble.

—¿Estás sola? —le pregunta Charlotte.

—Eso parece, a menos que esta tarde hayan decidido cambiarte la sala.

—No, Michaël me habría avisado. Es esta, seguro. ¿Théa aún no ha llegado?

Jeanne intenta ocultar su incomodidad.

—Acabo de hablar con ella por teléfono. No puede venir a la clase. Le han retrasado el casting. Pero me ha dicho que se apunta luego al restaurante.

Charlotte le responde con una sonrisa crispada.

—Pues hoy vas a ser mi única alumna.

—No sufras, cielo, estamos en noviembre, es normal. A la gente no le apetece salir después del trabajo. Pero tu clase es genial. Me encanta. Si alguna semana me la pierdo, luego me siento mal.

—En la última clase solo había tres alumnos. Y hoy solo has venido tú. Es duro, pero intento no perder la confia

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