Pasarán estos días como pasan
todos los días malos de la vida
Amainarán los vientos que te arrasan
Se estancará la sangre de tu herida
El alma errante volverá a su nido
Lo que ayer se perdió será encontrado
El sol será sin mancha concebido
y saldrá nuevamente en tu costado
Y dirás frente al mar: ¿Cómo he podido
anegado sin brújula y perdido
llegar a puerto con las velas rotas?
Y una voz te dirá: ¿Que no lo sabes?
El mismo viento que rompió tus naves
es el que hace volar a las gaviotas.
OSCAR HAHN
Oui, tout le récit était fait de choses qui se répondaient.
Le commencement créait une situation qui se dénouait
à la fin avec les éléments du commencement.
Donc la fin répétait le commencement
et le commencement permettait déjà de concevoir la fin.
[Sí, todo el relato estaba hecho de cosas que se correspondían.
El principio creaba una situación que se resolvía
al final con los elementos del principio.
Por consiguiente, el final repetía el principio
y el principio permitía concebir el final].
JEAN-PAUL SARTRE
Los numerales chinos distinguen entre dos tipos de cero, que son, en realidad, dos tipos de nada: una es la nada absoluta, la que supongo que da forma a los confines del universo, donde no ha existido nunca partícula alguna; la otra se representa con el carácter ling
, que denota el rastro rezagado de lo que quedó atrás, como la humedad suspendida en la atmósfera después de una tormenta. Una ausencia definida por la traza de lo que fue y estuvo.
En aquellos días estáticos, todo era ling; un hueco donde hubo algo. Pero este no es un relato sobre el tiempo de quietud, sino la historia de una larga noche.
Para cuando me ofrecieron el trabajo en Londres ya había pasado lo peor, y en ese momento me encontraba en Atocha. En aquellos primeros días del verano de 2020, caminar era un juguete recién estrenado del que no parecía que fuésemos a cansarnos. Deambulaba sin rumbo a diario, y a menudo llegaba a Moncloa, a Atocha, a Príncipe Pío. Las estaciones acogían todo el movimiento que nos había faltado: corrientes de turistas, pasajeros que llegan tarde, camareros que llevan cafés; incluso en el estanque central las tortugas de Atocha subían a las rocas y saltaban al agua. Desde el banco en el que me había sentado podía verlas, lentas y jurásicas, unas en remojo y otras secándose al sol. Se me acercó un hombre con una amplia sonrisa y un carrito repleto de folletos. Me había estado observando, dijo mientras me extendía un tríptico con una fotografía de un grupo de niños. Los críos estaban rodeados de palomas blancas en una pradera y alzaban la vista a un cielo nublado por el que se entreveía un rayo de luz. Le dirigí una mirada que en realidad fue una pregunta y me señaló el texto del folleto: «Que es la vida». Sin tilde y con tipografía de Telepizza. Me anunció con la convicción de los místicos que estaba allí para salvarme. Le agradecí sus buenas intenciones, pero no, gracias, yo ya me había salvado, y también él y todos los que estábamos en Atocha ese día. Me miró con desconcierto y aproveché un anuncio de megafonía para levantarme y sacar el teléfono. Abrí instintivamente el e-mail: me ofrecían el trabajo en Londres. Distanciarme del místico en ese momento fue alejarme de Madrid. Podría haberme levantado sin más, pero salir de Atocha e irme del país fue todo uno.
A veces, decisiones como terminar una comida con postre o café (o acompañarla de pan blanco o integral) llevan más tiempo que las que implican un cambio de vida. Me pregunté entre qué y qué elegiría el iluminado, con su folleto de pizzería delirante. Ante dos opciones, ¿no elegíamos siempre lanzarnos a la rueda del movimiento? Un grupo de americanas arrastraba pesadas maletas, turistas giraban sobre sí mismos con el teléfono a modo de antena, riadas de personas seguían a ciegas a un paraguas. El movimiento siempre nos alcanza.
Con el nuevo puesto de WorldTrans trabajaba principalmente en la sede de Londres, pero tenía que pasar una semana en la oficina escocesa. El penúltimo domingo de cada mes cogía un tren por la noche, y el lunes amanecía en Edimburgo. Allí me alojaba en un pequeño hotel del que salía los viernes por la tarde de vuelta a Londres. Solía llegar adormecida a mi destino, a cualquiera de los dos; las piernas tan hinchadas como el ánimo desinflado, como si el volumen de uno se traspasara a las otras. Eran noches largas y, al contrario que hacía años, la ligereza no llegaba sola, tenía que invocarla y ponerla de mi parte.
Hacía un tiempo había vivido ya en la capital británica. En aquella lejana ocasión, hice un curso de escritura en inglés y trabajé como au pair. Esa temporada de sándwiches fríos, moquetas viejas y despreocupación fue la historia de un paréntesis: existió sin arraigo ni gravedad, sucedió igual que podría no haber sucedido.
Fue una época acotada, y no tardé en regresar a Madrid, donde la vida volvió a ser menos leve. Allí estudié un máster y trabajé, entre otras cosas, como traductora freelance; era una situación precaria, pero en el silencio de los meses solitarios la traducción de los textos me ayudó a crear la ilusión de compañía. Durante ese tiempo, el enemigo invertebrado, áfono y microscópico vació las calles, convirtiéndolas en un plató del que se han ido las cámaras. Y nosotros, los espectadores, asistimos a la hecatombe desde el interior de nuestros hogares, tomando lo necesario para seguir, respirando lo justo, meciéndonos un poco, murmurando solamente. El mundo entero contenía la respiración como debajo del agua, fingiendo no ser y no estar para que las ambulancias no nos encontraran.
Con el final de los días inmóviles, quedaron atrás la pérdida, la fiebre y el silencio. Acabó el tiempo que parecía elástico, y yo, con el ánimo de retomar el movimiento, volví a verme instalada en Londres.
Aunque todas las historias terminan, ninguna lo hace del todo; se van hilvanando unas con otras, como lo hicieron estas, esperando formar un tejido juntas.
De todos los trayectos de tren que hice, el de esta historia fue el más memorable. Quizá todo ocurrió porque olvidé coger un libro para el viaje. Leer de noche en los trenes siempre ha sido cobijo de viajeros; en movimiento, la lectura nos proporciona la sensación de abrigo y comodidad, una linterna, decía Walter Benjamin. Incluso el temido avión nos arropa en su cuna cuando tenemos un libro. Apagan la cabina y la luz individual nos ilumina como nubes que descargan agua sobre un sujeto de dibujos animados. Mientras cruzamos la nada negra, leemos una historia alumbrada y, a la vez, envuelta en penumbra. Pero aquella noche yo no tenía un libro.
Se anunció la siguiente estación con parada (la única que hacía el tren en su trayecto nocturno) y salí del compartimento en dirección al coche restaurante, donde el camarero jugaba con el flequillo y se movía con parsimonia detrás de la barra mientras servía miniaturas de botellas de ginebra y pequeñas latas que las acompañaban. Él cruzaría la longitud de la isla británica más a menudo que yo, y quizá aborrecía las estaciones y el movimiento.
Los vagones estaban divididos en compartimentos cuyos asientos se podían encontrar en el centro y formar una cama a base de mitades de butacas, pero para eso haría falta el consentimiento de todos y, si lo hubiera, resultaría violento tumbarse junto a esos desconocidos en la cercanía que se propiciaría. En general, aquellas noches transcurrían con los pasajeros sentados, siempre intentando evitarnos las miradas en la extraña intimidad del cubículo. Esa noche no viajaba nadie en mi compartimento, y mientras volvía del coche restaurante pensé que, sin un libro, solo me acompañarían la semioscuridad de fuera y la ginebra de mi interior. Pero me equivoqué, porque al entrar me esperaba una historia que estaba a punto de enredarse con la mía.
En la parada anterior habían subido dos hombres que viajaban juntos. Estaban sentados frente a mi asiento y me sonrieron al entrar. Me pregunté qué los uniría. Tenían modales demasiado cuidados para ser familia. Podrían ser amigos, aunque uno fuera mucho mayor, pero se leía en ellos un resquicio del efecto tarima. El más joven podría ser un alumno de posgrado aventajado. Había conocido varias relaciones basadas en esa fórmula invencible: un hombre deseando ser escuchado cuando empieza a quedarse obsoleto, un joven que ansía ser elegido entre un grupo ya selecto de estudiantes. Eran americanos y hablaban sobre una novela; era sobre todo el joven quien lo hacía.
—No creo que tu libro se venda solo por el escándalo —aventuró el que yo identifiqué como pupilo—. Hay muchos motivos para leer una historia. Ya se habían vendido muchas copias en las semanas previas al artículo de Donovan Seymour y, además, ¡qué más da el motivo! Lo importante es que se está leyendo.
Su compañero miraba por la ventanilla con aire melancólico, como imagino que han hecho tantos escritores desavenidos. Sin apenas luces fuera, solo vería el reflejo de su rostro, y quizá la imagen le provocó algo de desolación. Calculaba que tendría unos sesenta años, pero la lástima que proyectaba le hacía parecer mayor. No había contestado a los intentos de ánimo del joven y en un momento dado reparó en su propia imagen vista a través de mis ojos, como a veces nos ocurre con los extraños.
Uno sale de su casa, cuenta historias, ríe y descorcha botellas de vino con quien accede a acompañarle. Así pasan los días, hasta que vemos nuestro reflejo en otros ojos. Las miradas de los demás son espejos que no cabe desestimar, una de esas habitaciones claustrofóbicas de los parques de atracciones antiguos donde espejos cóncavos y convexos devuelven una imagen cada vez más distorsionada. Ninguno ofrece reflejos objetivos, pero uno nunca ha visto su propia cara, salvo en una simetría invertida. Me pareció que el profesor sintió un ápice de esa turbación al verse en los ojos de una desconocida.
El estudiante intentaba convencerle de que, a pesar de haber ido acompañados de algún escándalo, muchos libros se habían convertido en hitos, y en algunos casos había sido precisamente por ese escándalo. Yo escuchaba la conversación mientras fingía leer una revista que había encontrado en el compartimento.
—No me importa cuánto se esté vendiendo el libro. Está sepultado bajo todo el afán de chismorreo, un éxito que late con el pulso de reality show. La novela ya no será nada más que eso después del artículo de Donovan Seymour. —Me pareció cierto su pesar y pensé que quizá su abatimiento era más real que el del papel de escritor hundido que representaba.
El joven le miró intrigado.
—Pero ¿es verdad? —le preguntó.
—¿Qué es verdad? ¿Lo que escribió Seymour en el artículo del New Yorker?
—Sí —contestó el chico—. Siempre pensé que gran parte de las acusaciones eran inventadas. Y si es así, ¿no se puede denunciar por difamación?
Yo levantaba los ojos de la revista sin poder evitarlo. Percibí en el profesor algo parecido al halago cuando intuyó interés por mi parte. Mi mirada, aunque aún tímida, se preguntaba si aquella historia publicada en el New Yorker estaba o no en lo cierto. El joven le observaba esperando una respuesta y me ojeaba a mí con algo de rencor; me había entrometido en su historia, aunque fuera en silencio. Podría haberlos dejado solos para que hablaran sin tapujos, pero ya había empezado la escucha y es verdad eso de que los oídos no tienen párpados. Solo el sueño cancela la audición. El profesor me miró a los ojos por primera vez.
—¿Y a usted? ¿También le interesaría saber si lo que escribió Donovan Seymour es cierto? —Me alargó la mano con una sonrisa que no tuve tiempo de interpretar—. Terence Milton, encantado de conocerla.
El tren seguía avanzando a través de la negrura que no llegaba a serlo. Durante aquellos trayectos, a menudo tenía la impresión de que a la noche le costaba ganar la batalla al día y, cuando el sol debería ceder paso a la oscuridad, la luz amenazaba con reaparecer. En el aire todo eran partículas acuosas y rastro de lluvia británica, puro ling.
Me fijé mejor en Terence Milton, al que muchos, según me dijo, llamaban Terry. Cuando me dio la mano, presté más atención a su atuendo. Un jersey verde de pico al que le sobraban un par de tallas dejaba entrever el pecho velludo, y el pantalón de lona beige también le quedaba un poco holgado. Era uno de esos hombres incomprensiblemente delgados, con facciones y aire de poca salud, cuya enfermiza planta parecía el resultado de una debilidad de espíritu, más que de alguna dolencia física.
El joven tenía aspecto de universitario americano que pasaba un tiempo en Europa, aunque la isla lo fuera cada vez menos. Me miró con ojos tímidos de color miel y me habló con una sonrisa que no escondía su fastidio por mi presencia.
—Soy Mick Boulder, pero todos me llaman Bou. Encantado de conocerte. Espero que no te importe, pero tengo que hablar en privado con mi profesor.
Antes de que yo pudiera contestar, intervino Terry. ¡Ni hablar! Los tres estábamos en el mismo compartimento y no dejarían a su nueva amiga de lado. Si quería escuchar la historia, tendría que hacerlo conmigo delante. Bou negó con la cabeza y levantó las manos en señal de paz, como hacen en las películas cuando llega la policía.
¿Qué queríamos saber? Terence me miró, consciente de que me faltaba contexto.
—Escribí una novela corta titulada Rocco —me dijo. Bou asintió con gesto impaciente—. Su publicación suscitó mucho interés, pero solamente por lo que revelaba o escondía acerca de la realidad. No pensé que fuera a tener el efecto que tuvo, y a menudo me pregunto qué habría ocurrido si no la hubiese publicado.
—¿De qué trata? —me atreví a preguntar.
Pero Terence no pareció oírme, o no quiso responderme, y siguió hablando.
—Todo habría sido distinto sin Rocco. Pero eso es siempre así con todo lo que sucede, ¿no? Al menos así lo han plasmado tantas comedias como dramas: qué habría ocurrido si hubiera cogido aquel ascensor, si no me hubiese entretenido con la vecina, si hubiera encontrado un taxi justo al salir.
»¿De qué trata? —se preguntó a sí mismo—. Rocco es una historia sobre el efecto que una persona tiene en otra. Una pequeña porción de vida que muestra un instante encontrado y perdido, como le ocurre al personaje principal de «El relámpago», el relato de Calvino. ¿Lo has leído? Ese personaje encuentra la sabiduría de forma repentina, mientras está cruzando una calle; le cae encima como un rayo, y ese relámpago de entendimiento cambia toda su perspectiva en un soplo, pero la pierde de forma inmediata. Esa es la historia de Rocco: la del instante encontrado y perdido en que se cruzan dos personas. Pero no te asustes, que no tengo tales pretensiones. Ni Rocco es «El relámpago» ni yo me creo Italo Calvino.
Cuand
