Invéntate algo

Chuck Palahniuk

Fragmento

cap-1

SE ABRE EL TELÓN

Mi viejo lo convierte todo en un chiste. ¿Qué puedo decir? Al viejo le encanta echarse unas risas. Cuando yo era chaval, la mitad de las veces no entendía ni jota de sus chistes, pero aun así me reía. En la barbería, no importaba a cuánta gente dejara mi padre que se le adelantara en la cola para cortarse el pelo, él solo quería pasarse allí sentado todo el sábado y hacer reír a la gente. Hacer que se partieran el pecho. Estaba claro que cortarse el pelo no era su prioridad.

—¿Saben aquel que dice…? —Y mi padre procede a contar que un día entra en la consulta del oncólogo y dice—: Después de la quimioterapia, ¿podré tocar el violín?

Y el oncólogo le contesta:

—Ha hecho metástasis. Le quedan a usted seis meses…

Y meneando las cejas como Groucho Marx, sacudiendo la ceniza de un puro invisible, mi viejo dice:

—¿Seis meses? —dice—. Quiero una segunda opinión.

Así que el oncólogo le dice:

—Muy bien, tiene usted cáncer y además sus chistes son una mierda.

De forma que le dan quimioterapia y le aplican la radiación esa, aunque le quema tanto por dentro que me cuenta que hasta ir al lavabo es como mear cuchillas de afeitar. Sigue yendo todos los sábados a la barbería a contar chistes, aunque ahora está calvo como una bola de billar. O sea, está flaco como un esqueleto calvo y encima tiene que arrastrar a todas partes uno de esos tanques de oxígeno a presión, como una versión en miniatura de la bola y la cadena de los presidiarios, y le dice al barbero:

—Córtame solo un poco por arriba, por favor.

Y ellos se ríen. Entendedme: mi viejo no tiene la vis cómica de Milton Berle. No es Edgar Bergen. Está flaco como un esqueleto de Halloween y está calvo y estará muerto en seis semanas, o sea que da igual lo que diga, la gente se va a carcajear como chimpancés solo por el afecto que le tiene.

Pero, en serio, no le estoy haciendo justicia. Es culpa mía que esto no se vea, pero mi viejo es más gracioso de lo que parece. Quizá su sentido del humor sea un talento que yo no he heredado. Durante toda mi infancia, cuando yo era su muñequito de ventrílocuo, él me decía:

—Se abre el telón y aparece una señora que va a la peluquería y se la encuentra cerrada. Luego va a otra peluquería y también está cerrada. Va a una tercera peluquería y también se la encuentra cerrada. ¿Cómo se llama la película?

—Me rindo —le decía yo.

—Ah, te rizas como puedas.

Y yo no lo entendía. Era muy tonto. Tenía siete años y todavía estaba en primero de primaria. No sabía nada de peluquerías ni de permanentes, pero quería que mi viejo me quisiera, así que aprendí a reírme. Dijera lo que dijera, yo me reía. Cuando hablaba de aquella señora que buscaba peluquerías, yo imaginaba que se refería a mi madre, que se había ido de casa y nos había abandonado. Lo único que mi viejo contaba de ella era que era una mujer «de bandera» que no sabía encajar un chiste. NO ERA buena perdedora.

Él me preguntaba:

—¿Por qué el Van Gogh aquel se convirtió en pintor?

La respuesta del chiste era «Porque no tenía oído para la música», pero con siete años yo no tenía ni idea de quién era el tal Van Gogh, y la mejor manera de cargarse un chiste era pedirle a mi viejo que lo explicara. Así que cuando mi viejo me preguntaba «¿Qué diferencia hay entre una toalla y una calculadora?», yo ya sabía que no tenía que preguntarle qué era una calculadora. Solo necesitaba tener una buena risotada lista para cuando él me dijera: «¡Que en la calculadora se calcula y la toalla seca el culo!».

Y cuando él me decía:

—Se abre el telón y aparece el Conde Drácula haciéndose una paja. ¿Cómo se llama la película?

—Me rindo —le decía yo, y él YA se estaba partiendo el pecho mientras me decía: «¡El Conde Yacula!».

Y entonces, qué demonios, yo me seguía riendo. Me pasé la infancia entera convencido de que era demasiado ignorante para apreciar un buen chiste. Mis maestros todavía no me habían enseñado las divisiones largas ni todas las tablas de multiplicar, así que no era culpa de mi padre que yo no supiera qué era «yacula».

Él me contaba que mi vieja, que nos había abandonado, odiaba aquel chiste, así que quizá yo hubiera heredado su falta de sentido del humor. Pero el amor… O sea, hay que querer a tu padre. O sea, una vez que has nacido ya no puedes elegir. Nadie quiere ver a su padre respirando con un tanque de oxígeno ni yendo al hospital para morirse colocado de morfina e incapaz de comerse ni un bocado de aquella gelatina de color rojo que le servían para cenar.

¿Saben aquel que dice que a mi viejo le salió ese cáncer de próstata que ni siquiera parece cáncer porque tardamos veinte o treinta años en enterarnos de que estaba enfermo? Y de pronto, de la noche a la mañana, yo estaba intentando acordarme de todo lo que me había enseñado. Por ejemplo, que si rocías de espray WD-40 la pala antes de cavar un agujero te será mucho más fácil cavarlo. También me enseñó a apretar bien el gatillo en vez de soltarlo y desviarse del objetivo. Me enseñó a limpiar manchas de sangre. Y me enseñó chistes… montones de chistes.

Y vale, mi padre no es Robin Williams, pero una vez vi una película en la que Robin Williams se ponía una pelota de goma roja en la nariz y una peluca rizada con los colores del arcoíris y unos zapatos enormes de payaso con un clavel falso en el ojal de la camisa que soltaba chorritos de agua, y re­sultaba que en realidad era un médico de puta madre que hacía reírse tan fuerte a los niños con cáncer que dejaban de morirse. Entendedme: aquellos niños calvos y esqueléticos, que estaban todavía más hechos polvo que mi viejo, se CURABAN, y aquella película estaba basada en una historia ver­dadera.

Lo que quiero decir es que todos sabemos que la Risa es la Mejor Medicina. Durante todo el tiempo que me pasé en salas de espera de hospitales, me dediqué a leer el Reader’s Digest. Y todos hemos oído esa historia verídica del tío que tiene un cáncer de cerebro del tamaño de un pomelo dentro del cráneo y está a punto de palmarla —todos los médicos, curas y expertos dicen que le quedan dos telediarios—, pero entonces se obliga a sí mismo a ver sin parar películas de los Tres Chiflados. Aquel tío con cáncer en Fase Cuatro se obligó a reírse sin parar con Abbott y Costello y con Laurel y Hardy y con los hermanos Marx esos, y lo terminaron curando las endorfeínas y la sangre oxigeniada.

Así que pensé: ¿qué tengo que perder? Lo único que necesito es acordarme de algunos de los chistes favoritos de mi viejo y llevarlo a base de risas por la senda de la recuperación. ¿Qué puede salir mal?, pensé.

Así que el hijo adulto entró en la habitación de su padre en la clínica de paliativos, acercó una silla a su cama y se sentó. El hijo miró la cara pálida y agonizante de su padre y le dijo:

—Una rubia entra en un bar en el que no ha estado nunca y tiene unos melones ASÍ y un coño bien prieto y le pide al camarero una Michelob, y él le sirve una Michelob, pero le mete un somnífero en la botella sin que ella se dé cuenta y la rubia pierde el conocimiento, y hasta el último tío del bar se arrima al borde de la mesa de billar y le levanta la falda y se la folla, y a la hora de cerrar la despiertan a bofetadas y le dicen que se tiene que largar. Y un par de veces por semana la tía de las tetas y el culo vuelve al bar y se pide una Michelob y le meten un somnífero y se la folla el bar entero, hasta que un día entra y le pide al camarero que en vez de una Michelob le ponga una Budweiser.

Vale, yo NO había contado aquel chiste en particular desde que iba a primero de primaria, pero a mi viejo le encantaba la parte que venía a continuación…

El camarero le dedica una sonrisa encantadora y le dice:

—¿Qué pasa, que ya no te gusta la Michelob?

Y la rubia despampanante se inclina sobre la barra para hablar confidencialmente y le susurra:

—Entre tú yo… —Le susurra—: La Michelob me da dolor de coño.

La primera vez que yo había oído aquel chiste, cuando me lo había contado mi padre, ni siquiera sabía qué significaba «coño». No sabía qué era un somnífero. No sabía qué quería decir que se la «follaran», pero sí sabía que aquella parrafada hacía reír a mi viejo. Y cuando me mandaba que me pusiera de pie y contara aquel chiste en la barbería, eso hacía que los barberos y hasta el último viejo que había allí leyendo revistas de detectives se riera hasta que a la mitad se les escapaban las babas y los mocos y el tabaco de mascar por las narices.

Y ahora el hijo adulto le contó a su viejo moribundo aquel chiste, los dos solos en la habitación del hospital, ya de madrugada, y adivinad qué pasó: pues que el viejo no se rio. De forma que el hijo probó a contar otro viejo favorito de su padre; le contó el chiste del viajante que recibe una llamada telefónica de la hija del granjero a la que conoció estando de viaje un par de meses antes, y ella le dice «¿Te acuerdas de mí? ¿Que nos echamos unas risas y fui muy maja contigo?», y el hombre le pregunta «¿Cómo te va?», y ella le dice «Pues estoy embarazada y me voy a suicidar», y el viajante le dice «Joder… SÍ QUE ERES MAJA».

Con siete años aquel chiste me había salido DE NARICES, pero esa noche el viejo tampoco se rio. Yo había aprendido a decir «Te quiero» a base de reírme para mi viejo, por mucho que tuviera que fingir la risa. Y eso era lo único que ahora le estaba pidiendo. Lo único que le estaba pidiendo era que se riera, que se riera una sola vez, pero él no soltó ni una risilla. Ni una risita disimulada. Ni siquiera un gruñido. Y no solo es que no se riera, sino que el viejo cerró los ojos con fuerza y los volvió a abrir inundados de lágrimas, y un grueso lagrimón le afloró de la parte baja de cada ojo y se puso a caerle por cada mejilla. El viejo se puso a resollar con su bocaza desdentada como si no pudiera coger el aire suficiente, con unos lagrimones enormes resbalándole por las arrugas de las mejillas y empapándole la almohada. De forma que el hijo, que ya no era ningún crío, pero que no podía olvidarse de aquellos chistes, se metió la mano en el bolsillo de los pantalones y sacó un clavel falso y le soltó un chorrito de agua en la cara a aquel llorón, solo para arrancarle unas risas.

Y el hijo le contó el chiste del polaco que va con un rifle por el bosque cuando se encuentra con una chica desnuda tumbada en un lecho de musgo verde y suave con las piernas abiertas, y la tía está buenísima y se queda mirando al polaco con su rifle y le dice «¿Qué estás haciendo?», y el polaco le dice «Estoy de caza», y la tía buena le guiña el ojo y le dice «Yo me dejo».

Y ¡PUM! El polaco le pega un tiro. Aquel chiste nunca fallaba, era una garantía a prueba de balas de que ibas a conseguir un festival de risas, pero el viejo se limitó a seguir muriéndose. Siguió llorando y ni siquiera hizo un esfuerzo por reírse. Yo no lo podía salvar si él no quería vivir. Le pregunté:

—¿Qué sale de cruzar a un maricón con un judío?

Le pregunté:

—¿Qué diferencia hay entre una mierda de perro y un negro?

Pero él seguía sin dar señales de mejora. Se me ocurrió que quizá el cáncer se le hubiera metido en los oídos. Era posible que por culpa de la morfina y todo eso no me pudiera oír. De forma que para probar si me podía oír me acerqué a su cara de llorica y le pregunté:

—¿Cómo consigues que una monja se quede embarazada?

Y luego, más alto, quizá demasiado alto teniendo en cuenta que estábamos en un hospital católico, le grité:

—¡Pues FOLLÁNDOTELA!

En mi desesperación probé con chistes de maricones y chistes de mexicanos y chistes de judíos —hasta el último tratamiento efectivo conocido por la ciencia médica—, pero el viejo seguía yéndose. Allí, tumbado en su cama, estaba el hombre que había hecho chistes sobre TODO. El mero hecho de que no mordiera el anzuelo ya me estaba acojonando. Le grité «¡Se abre el telón!», y como él ni siquiera me miró, que era como decir que no tenía pulso, le grité: «¿Cómo se llama la película?».

—¿Por qué cruzó el existencialista la carretera? —le grité.

Y él SIGUIÓ muriéndose, el viejo me estaba dejando sin contestarme a ningún chiste. Me siguió abandonando y yo seguí siendo un atontado de mierda. En mi desesperación le cogí los dedos azules e inertes de su mano moribunda y fría como el hielo y él ni siquiera se inmutó cuando le presioné un vibrador de calambres contra la piel azul de la palma gélida de la mano.

—¿Por qué la señora abandonó a su marido y a su hijo de cuatro años? —le grité.

La mejor manera de cargarse un chiste era pedirle a mi padre que lo explicara, y allí tumbado en la cama el viejo dejó de respirar. Se le paró el corazón. Muerte cardiaca total.

De forma que el chaval que estaba sentado junto a la cama de aquella habitación de hospital en plena madrugada se armó con el equivalente en materia de chistes a esas palas eléctricas que los médicos usan para quitarte el paro cardiaco, el equivalente en materia de risas a lo que un Robin Williams paramédico te aplicaría en una sala de urgencias de payasos, una especie de desfibrilador de los Tres Chiflados… El chaval cogió una tarta enorme y cremosa, rematada con una gruesa capa de nata montada, como la que usaría Charlie Chaplin para salvarte la vida, levantó la tarta muy por encima de su cabeza, todo lo alto que le alcanzaba el brazo, y la hizo caer con todas sus fuerzas y, en un abrir y cerrar de ojos, se la estampó con toda la potencia de impacto de la escopeta de un polaco —¡PUM!— en toda la boca a su viejo.

Y a pesar de los milagrosos y bien documentados poderes curativos de las Artes Cómicas, mi viejo se murió soltando una cagada enorme y sanguinolenta en su cama.

No, en serio, es más gracioso de lo que parece. Por favor, no le echéis la culpa a mi viejo. Si llegado este punto no os estáis riendo, es culpa mía. Simplemente no lo he contado bien, ya sabéis, cuando cuentas mal el final te puedes cargar hasta el mejor de los chistes. Por ejemplo, volví a la barbería y les conté cómo mi padre se había muerto y cómo yo había intentado salvarlo, incluyendo el momento final de la tarta y el hecho de que el hospital hizo que sus seguratas me llevaran a rastras al pabellón de los chiflados para pasar allí un pequeño periodo de setenta y dos horas en observación. E incluso al contarles esa parte la debí de cagar, porque los tipos de la barbería se limitaron a quedárseme mirando. Yo les hablé de la estampa —y del olor— de mi viejo, muerto y todo embadurnado de sangre y mierda y nata montada, de toda aquella peste y aquel azúcar, y ellos se limitaron a mirarme sin decir nada, los barberos y los viejos que mascaban tabaco, y nadie se rio. Plantado en aquella misma barbería, tantos años después, les dije:

—Se cierra el telón.

Los barberos dejaron de cortar pelo. Los viejales dejaron de mascar tabaco.

—¿Cómo se llama la película?

Nadie respiró y dio la impresión de que estaba en una sala llena de muertos. Y les dije:

—¡Muerte! ¡La película se llama MUERTE! ¿Es que nunca habéis leído a Emily… Dickerson? ¿Nunca habéis oído hablar de Jean-Paul… Sánchez? —Meneé las cejas y sacudí la ceniza de mi puro invisible y dije—: ¿Cómo se llama la película? —Les dije—: No sé cómo se llama… ¡ni siquiera sé tocar el violín!

Lo que sí sé es que tengo el cerebro lleno de chistes que no consigo olvidar; como si tuviera un tumor del tamaño de un pomelo en el cerebro. Y sé que con el tiempo hasta la mierda de perro se vuelve blanca y deja de apestar, pero yo tengo la cabeza permanentemente llena de mierda que he sido adiestrado durante mi vida entera para creer que hace gracia. Y por primera vez desde que era un Pequeño Chiflado plantado en aquella barbería diciendo «maricón» y «coño» y «negro» y «judío», me doy cuenta de que yo no había estado contando chistes; de que el chiste había sido yo. O sea, por fin lo pillo. Entendedme: un chiste de los que nunca fallan, a prueba de balas, es como una Michelob bien fría… con un somnífero dentro… que te sirve alguien con una sonrisa tan encantadora que nunca llegas a enterarte de cómo te han jodido. Y no es ninguna casualidad que el final del chiste se llame remate, porque el remate del chiste es como un puño glaseado donde la nata montada esconde el puño americano que te atiza en toda la boca, que te arrea —¡PUM!— en toda la boca y te dice: «Soy más listo que tú» y «Soy más grande que tú» y «Aquí mando yo, NIÑATO».

Y plantado en esa misma barbería en sábado por la mañana, les grité:

—¿Cómo se llama la película?

Les exigí:

—¿CÓMO SE LLAMA LA PELÍCULA?

Y por un fin un barbero viejales dijo con una vocecilla de fumador, tan flojito que apenas se le oía:

—Me rindo.

Y yo esperé un momento, solo para darle tensión a la cosa —mi viejo me había enseñado que el ritmo era crucial, que el ritmo lo era TODO—, y por fin les dediqué una sonrisa encantadora y les dije:

—El Conde Yacula.

cap-2

ELEANOR

Randy odia los árboles. Odia los árboles con tantas ganas que cuando en internet informaron de la defenestración al por mayor de la selva amazónica, a Randy le pareció que era un acontrecimiento de lo más noble y propicio.

Sobre todo los pinos. Odia cómo se mueven los pinos: primero se mueven despacio y después deprisa. Primero tan agobiantemente despacio que te olvidas de que siempre se están moviendo. De que es así como los árboles elevan y elevan su tonelaje maderero, hasta que eligen a su víctima y se le ponen encima del perolo. Y después los pinos se mueven deprisa, como una emboscada. Demasiado deprisa para guiparlos.

O por lo menos papá Randy nunca llegó a guiparlo. Después de una vida entera de trabajarse la cinta transportadora del aserradero, ya tenía los minutos contaos. Un movimiento rápido y toda aquella madera sin tratar le particionó el perolo craneal en un millón de fracciones sanguinolentas.

A Randy se le ocurrió que tenía mejores cosas que hacer en la vida que quedarse donde estaba y terminar seguramente aplastao por cien toneladas de fibra celulósica. Randy odiaba Oregón.

Randy aspiracionaba a vivir en una casa de estucado de color rosa por cuyas inmediaciones los árboles ni siquiera asomaran la jeta. Así que se agenció el dinero del seguro de vida y metió a su pitbull en el coche. Puso rumbo al sur, acelerizando cada vez más, como si lo estuviera persiguiendo una manada de sabuesos voraces.

En California, la agente inmobiliaria se quedó mirando el buga de Randy: un Celica tuneado con cromados añadidos que duplicaban el precio de mercado del coche. Y la agente se fijó en el pitbull de Randy. El típico gesto de rebeldía estándar y convencional. La agente juzgó a Randy por su cabeza afeitada y el tatuaje facial recién hecho que todavía sangraba un poco. La agente abrió el portátil y procedió a hacer una descarga pirata. Y le dijo a Randy:

—Colega. —Le dijo—: Colega, vas a estar de puta madre en esta casa.

La agente inmobiliaria se llamaba Giselle.

Y en el portátil de Giselle empezó una película delante de los ojos pláticos de Randy. Era un contenido protegido copiado de contenido copiado de contenido copiado de contenido copiado de contenido por el que nadie había pagado un duro desde hacía mil generaciones de distancia. La agente dijo:

—Colega. —Dijo—: Colega, esta peli se llama Corre a esconderte, niñata IV.

La protagonista de la película era Jennifer-Jason Morrell. En la peli interpretaba a una ladrona rubia y sigilosa que intentaba entrar a robar en una casaza de puta madre donde una docena de colegas se juntaban para cospirar. Los colegas estaban aletarjados en cama después de pegarse una noche entera de pimplar Rémy Martin para inspirarse. La trama empezaba cuando Jennifer-Jason procedía a confiscar las cadenas de oro de los cuellos de los maromos. No era hasta que aquellos tiarrones enormes y encolerizaos se despertaban —comprensiblemente indiznados— que la película empezaba de veras.

La casa de la película era de estucado rosa por fuera. Una piscina ocupaba el jardín trasero, con un extremo donde las aguas clorizadas parecían fundirse suavemente con el horizonte. En la grava de delante de la propiedad crecían saguaros en un vecindario donde no había ni un solo árbol.

En la visita guiada la agente inmobiliaria, Giselle, le señaló los rasgos especiales de la casa, entre ellos el vestíbulo de entrada de dos niveles con suelos de mármol blanco. Era la localización donde Jennifer-Jason había sido víctima de una hilera de maromos salidos que se habían turnado para cepillársela brutalmente.

Randy y la agente inmobiliaria se quedaron sobrecogidos. Los dos impresionaos por la impaztante histerectomía cisnematográfica que había tenido lugar en aquellos pocos metros cuadraos.

Y en pleno momento emocional, Randy dice:

—¡Tía, no veas, ya puedo oler los benificios!

Y Giselle le dijo:

—Colega, cuando seas el propietario, podrás vender entradas y organizar visitas guiadas.

Giselle le menciona que esos suelos de mármol blanco serían el sitio ideal pa’ poner un árbol de Navidad. Pero Randy odia los árboles, vivos o muertos.

La agente inmobiliaria continúa enseñándole a Randy el buduar, los tocadores, el cuarto de los utilsilios, la mesa de los desayunos, el cuarto de la tele y un jom ofis la mar de elegante, cuando en realidá Randy ya está convencido. Lo único que Randy quiere saber es si hay sitio pa’ poner una zona donde corra el perro. Randy le señaliza con el dedo para indicarle al perro de autos, una hembra de Bull Terrier Americano. Que se llama Eleanor.

Randy y Giselle pasean por el patio de grava. Y, efestivamente, Eleanor tiene sitio pa’ correr entre allí y los Pablo Escobares de la casa de al lado. Así que Randy le plantea si por casualidá podría apoquinar el precio de la casa al contado en metálico.

Randy lleva a la pitbull a un parque donde los perros pueden ir sin correa y la enseña a traerle cosas a base de lanzarle una mano cortada obviamente falsa. Es una pieza de atrezo que les sobró de una película ambientada en Jalowín. De cerca, la sangre falsa de la muñeca cortada se ve completamente pegotera. Las yemas están todas negras y ajquerosas. A pesar de los pesares, el jolgorio no conoce límites cuando Eleanor sale en tromba de los matorrales trayendo el honripilante apréndice agarrao con los colmillos.

Randy juega así con la perra solo para cabrear a los vecinos, esos Pablo Escobares fisgones que perpectúan el estrenotipo de que los pitbull no hacen na’ en todo el día más que usar los colmillos afilaos como puñales para masticar bebés y tal.

Solo para subir un poco la tensión cómica, Randy empieza a usar una muñeca bebé de plástico rosa para que Eleanor se la traiga. Le arroja la muñeca de autos entre las matas de salvia y los saguaros y Eleanor se susmerge en la maleza para cogerla. Cuando ve a la pitbull correr como una loca, zarandeando lo que parece un bebé indefienso, a Randy le parece que la situación es para mondarse lirondo.

En casa, fantasea con la posibilidaz de que Jennifer-Jason esté dispuesta a emprendizar un viaje sentimental. Que cualquier día le aparque el Porsche delante de la casa y le llame al timbre y le suplique dar un voltio por esos escenarios de su jusventud. Cuando eso pase, él sueña con que pillará a Jennifer-Jason en su suave pero firme abrazo y la presuadirá, como tantos otros varoniles, pa’ seducirla bien seducida y del todo.

Entretanto, para dejar atrás la soledaz, Randy recurre a Giselle. Le enseña la guita que le queda del seguro y le dice:

—Tía, te presento los términos esconómicos pa’ que te unas a mí en sagrao matrimonio.

A continuación la corteja haciéndole filetes a la barbacoa y cargándose su esbelta figura a base de servirle pastel de helao con merengue de postre. Y por fin ella consciente a casarse con él.

Más allá de eso, Randy se dice a sí mismo que vivir en California es un ascenso en la vida. Vivir en esa casa tan imponente arquitectísticamente equivale a insoplarle a su vida una profunda significancia finosófica. Por el hecho de rescindir en ella, ya se siente alguien. Como un conservador muselístico o el guardián que protege una llama eterna.

Randy odia ser un don nadie. Es como si un árbol ya te hubiera caído encima y te hubiera fraccionado en pedacitos.

La verdad secreta es que la muerte de su padre dejó a Randy profunda y justificablemente devastizado.

A pesar de los pesares, todas las mejoras de su estilo de vida resultan ser meramente flatulentas. Su nueva media naranja, Giselle, no para de desaparecer y largarse a la academia pa’ adultos o al refugio para mujeres malbaratadas. Y cada vez que Randy intenta llevársela a casa, ella les cuenta a las asistentas sociales que Randy es el culpable de su perforación uteriana cuando en realidaz la misma Giselle le explicó a él que la perforación traumática en cuestión se produjo a raíz de un remoto incidente autopugilístico de madrugada.

A pesar de los pesares, Randy tiene miedo. Y le asegura a Giselle que si puede demuestrar sus acusaciones, será él a quien aprenderán las autoridades complacientes y lo reclusionarán pa’ que se pudra entre rejas. En vez de Jennifer-Jason será él quien estará atrapado por unas circunstrancias fuera de su control. En la cárcel será Randy el que sufrirá que las bandas de tíos salidos le fornicien las partes íntimas brutalmente, día y noche. Todos obcecados en cometer actos infructivos de reproducción celular carcelaria.

Para echar sal en la llaga, el internet informa de que Jennifer-Jason ha contraído un caso grave de matarse. A modo de homenaje a su vida entera de ésitos, Randy le construye un altarcito con una foto suya delante de la casa. Él espera que peregrinen peregrinos hasta allí, pero los Pablo Escobares de la casa de al lado dicen que su altar da asco porque la foto muestra a Jennifer-Jason haciendo un trío sensual.

Todas las capturas de pantalla explícitas que Randy pone en su capilla se fugan misteriosamente.

En términos estacionales, en California la primavera, el verano y la Navidaz tienen básicamente la misma pinta menos por el hecho de que sus vecinos de la casa de al lado montan un pensebre. La cosa se calienta todavía más cuando se le quejan de que Eleanor hace demasiao ruido, y Randy les grita por encima de la cerca del jardín que por lo menos su perra ladra en inglés.

La Navidaz es también la temporada en que por todas partes hay abetos de Oregón acechando en busca de víctimas. Y una de esas coñíferas asesinas, deduce Randy, va a por él.

Los vecinos de la casa de al lado montan un pensebre porque son una panda de Pablo Escobares papistas. Tiene hasta un José y una Virgen María de plástico. El bebé de plástico está todo agarrotao boca arriba en una caja de naranjas atiborrá de paja amarilla. El impío niño Jesús se ve podrido por culpa de la exposición a la irradiación solar esa. Con su cara agrietada de plástico y la pintura descolorida, a Randy le parece una imagen espantósica.

El problema para Eleanor es que el niño Jesús tiene la misma pinta que la muñeca que ella estaba acostumbrada a traerle a Randy. Eleanor siempre se lo queda mirando con los ojillos medio cerraos. Ahora la pitbull está al borde del arrebato, como si fuera una Jennifer-Jason Morrel sin escúprulos, ocsesionada con esa morralla eclesiástica.

Quizá solo pa’ cabrearlo Giselle insiste en que se vayan de compras. Tiene toda la intención de azquirir un árbol con el digrámetro suficiente pa’ llenar el vestíbulo de entrada. No hace ni caso de las ojeciones de él ni de sus adventencias de que su padre subcumbió al impacto de otro monstruo de Oregón tal que ese. No, Giselle dice:

—Colega. —Dice—: Colega, el árbol lo vamos a descorar con adornitos de esos de cristales de colores.

Comprar un árbol, calcula Randy, sale más barato que pagarle la minutención a una ex. De forma que azquieren el árbol de autos y lo descoran con miles de adornitos de cristal moldeado. Y para hacerlo, dejan la puerta abierta.

Y a nadie le sorprende que la pitbull Eleanor se dé a la fuga de la casa.

Corriendo como rama que lleva el diablo, agarra el niño Jesús de plástico y pone pies en polvorones a velocidá de crucero.

Pasa gente con el coche, que deben de ser judíos o testigos de Jehován, porque no se coscan de que el niño Jesús ese es el hijo de Dios y piensan que Eleanor tiene en las fauces a un niño de verdá. Y a todos se les ponen caras alguacílicas. Hasta el último fisgón se la queda mirando ojipláticamente. Y se ponen a perseguir a Eleanor y a mandarse vídeos caseros hasta que hay chopecientos Pablo Escobares con los pantalones caídos persiguiendo a Eleanor también como rama que lleva el diablo.

Contemplando el alboroto, Giselle se pone a largarle rollos macabeos a Randy. La tía no para de rajar sobre un urinario que tienen colgao en la pared de un mausoleo de arte en Francia. Y le grita:

—¡Marcel Duchamp, colega!

Antes se tragaba su lefa; ahora en cambio se pone a gomitarle semestres y más semestres sin digerir de clases de la academia pa’ adultos. La tía no sabe ni lo que dice. Se burla de él y le suelta:

—Colega, ¿qué pasa, que no has leído al Lewis Hyde?

Y por fin, Randy descifra un palabro o dos de lo que le grita Giselle.

Emergizando de la puerta abierta de su casa, Randy grita:

—¡Corre a esconderte, Eleanor!

Y detrás de él, oye a Giselle, intensamente adoctrinada por el Rémy Martin y diciéndole en tono de burla:

—¡Colega! —Le berrea Giselle—: ¡Colega, esto es por haberme perforao el uterino!

¡Y empleando toda su fuerza hercúlica, se pone a empujar el árbol de Navidaz pa’ volcarlo!

Y la siguiente desgracia que acontece es que chopecientas toneladas de agujas de pino asesinas y adornitos fracturizados de cristal le caen a Randy en toda la coluzna vertebrial. A pe­sar de los pesares, no se muere sin presenciar un conmovedizador milagro navideño.

Su perra, Eleanor, está haciendo que Jesucristo regrese de entre los muertos. Apresionao entre los colmillos puñálicos de un pitbull, ese símbolo muerto y descolorido se está volviendo a convertir en una criatura sagrada.

Y elevándose a los cielos desde su cuerpo lleno de bujeros, Randy ve que la vida es como un árbol.

Primero la vida se mueve despacio. Tan agobiantemente despacio que te olvidas de que se mueve. Tu vida siempre se mueve. No para de moverse. Pero luego se mueve a toda pastilla. Al final se mueve tan deprisa que ni la guipas. A pesar de los pesares, sintiendo todavía cómo la sangre calenturienta se le da a la fuga del cuerpo, se le escapiza de las estriaciones abiertas por los adornos, Randy entona un villancico:

—¡Corre a esconderte, Eleanor! ¡Corre a esconderte!

Y languidizando en ese umbral que separa a los vivos de los difruntos —ya medio espectrizado— Randy está cantando:

—¡Borre el conserje, Desamor!

Borboteando sus últimas energías, Randy canturrea por lo bajinis:

—¡Ponce el doblete! ¡Doce copetes! ¡Goce la muerte! ¡Todo es ponerse! ¡Es ponerse! ¡Devolverte! ¡Eco muerde! ¡Tesorete! ¡Pesto verde!

Todas sus palabras caen hechas pedacicos mientras Randy sube a encogerse feliz y a comer la perdiz a la derecha de su padre difrunto.

Y entretanto, la pitbull…

Poniendo las patas en polvorones, Eleanor corre que se las pela de vuelta al norte. Y aunque los Pablo Escobares de pantalones caídos corren lo suyo, no hace falta señalizar que la pitbull Eleanor, pim-pam, sin problemas, siempre y eternamente, será la más rápida.

cap-3

DE CÓMO MONA SE CASÓ, SE COMPRÓ UNA CASA Y ENCONTRÓ LA FELICIDAD EN ORLANDO

Hace muchos años, en un mundo previo a la desilusión, Mona se paseaba por el bosque con la boca rebosante de orgullo. Después de muchos esfuerzos y sacrificios, había terminado sus largos años de educación. Mona se jactó delante de Cuervo: «¡Mírame, tengo una licenciatura en Comunicación!». Se vanaglorió delante de Coyote: «¡He completado muchas prácticas de alto nivel!». En un mundo previo a que se revolcara en la vergüenza y la derrota, Mona exhibió su currículum en el Departamento de Recursos Humanos de Llewellyn Marketing Alimentario S.A.

Mona exigió una audiencia en persona con Hámster, que era el representante de Recursos Humanos, y le presentó con atrevimiento su currículum y un desafío:

—Dejad que demuestre mi valía. Mandadme a una misión divina.

Y así es como Mona terminó detrás de una mesa plegable. En las tiendas de alimentación o en los grandes almacenes, Mona ofrecía bocaditos de salchicha ensartados con palillos. Ofrecía cucharaditas de tarta de manzana en vasitos diminutos de plástico, o bien servilletas de papel que contenían dados de tofu de muestra. Mona rociaba perfume y ofrecía su propio cuello esbelto para que los patosos de los Alces se lo olisquearan, y los Alces compraban sin parar. Mona había nacido con encanto, y cada vez que sonreía a Ciervo o Pantera o Águila, ellos le devolvían la sonrisa y se disponían a comprar el producto que fuera que Mona estuviera promoviendo. Le vendió cigarrillos a Tejón, que no fumaba. Y tasajo de ternera a Carnero, que no comía carne. ¡Tan lista era Mona que le vendió loción para manos a Serpiente, que no tenía manos!

De vuelta en Llewellyn Marketing Alimentario, Hámster le dijo:

—Tengo un puesto en Las Vegas.

Y Las Vegas se convirtió en el primero de una larga lista de éxitos. Porque ahora Mona formaba parte de un equipo y demostró que trabajaba de maravilla en equipo, y cada vez que Hámster le ofrecía a Mona un traslado —a Philly, a las Ciudades Gemelas, a San Fran—, Mona siempre estaba dispuesta a vender alguna pasta nueva para untar bocadillos o para promover alguna nueva bebida energética. Y como se atribuía a sí misma cierto éxito, un día Mona volvió a visitar a Hámster de Recursos Humanos y le propuso:

—Has sido mi defensor, Hámster, y yo he servido bien a Llewellyn Marketing Alimentario. Ponme una prueba más difícil.

Y Hámster le contestó:

—¿Quieres un desafío? —Le dijo Hámster—: Tenemos un queso que no se está moviendo.

Y tan arrogante era Mona que le propuso:

—Dadme vuestro queso problemático.

Y sin echarle ni un vistazo al producto en cuestión, Mona prometió que obtendría un mínimo de un catorce por ciento de cuota en el tremendamente competitivo mercado de lácteos sólidos de importación de gama media, y no solo eso, sino que encima prometió que ese éxito duraría por lo menos siete semanas, lo cual posicionaría el queso nuevo de cara al próximo periodo de ocio vacacional. A cambio, Hámster le garantizó a Mona que Llewellyn la recompensaría con el cargo de Supervisora Regional del Noroeste, de tal manera que Mona pudiera instalarse en Seattle, comprarse un apartamento, encontrar pareja y montar por fin una familia que contrapesara su carrera. Y lo que era más importante: para que Mona nunca más se viera obligada a ofrecer su cuello para que se lo olisqueara otro estúpido Alce. Ni tuviera que sonreírle encantadoramente a aquel Chacal del Safeway que no paraba de dar media vuelta y volver una y otra vez para zamparse sus galletas.

En aquellos tiempos remotos, antes de conocer el sabor amargo del fracaso, Mona se plantó detrás de otra mesa plegable, esta vez en un supermercado de Orlando. Mona sonrió por encima del bosque enorme de palillos, que tenía pinta de cama king-size de clavos de madera. Mona sonrió y sonrió y vio que Oso Pardo la estaba mirando a los

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