1
GRECIA, SEPTIEMBRE
La vi por primera vez en un mercadillo de Atenas comprando dos caballos mecánicos bailarines. El hombre que se los vendió estaba insertando una pila en el vientre del caballo marrón, una de zinc de alta potencia AA. Le enseñó que para poner en marcha el caballo, de la longitud de dos manos grandes, tenía que levantarle la cola. Para pararlo debía bajársela. El animal llevaba un cordel atado al cuello y la mujer podía dirigir sus movimientos tirando de él hacia arriba y hacia fuera.
La cola se alzó y el caballo empezó a bailar: sus cuatro patas articuladas trotaron en círculo. A continuación el vendedor mostró a la mujer el blanco, de crin negra y cascos blancos. Le preguntó si quería que le colocara una pila AA en el vientre para que también ese bailara. Sí, contestó ella en inglés, aunque con acento extranjero.
Yo la observaba desde un tenderete con figuritas en escayola de Zeus, Atenea, Poseidón, Apolo, Afrodita. Algunos de esos dioses y diosas habían sido transformados en imanes para neveras. Su metamorfosis final.
La mujer llevaba un sombrero flexible de fieltro negro. Yo apenas le veía la cara porque la mascarilla quirúrgica azul que estábamos obligados a usar en esa época le cubría la boca y la nariz. La acompañaba un anciano, quizá octogenario. Los caballos no le producían la misma alegría que a ella. El cuerpo de la mujer vibraba, alto y lleno de vida, mientras tiraba de los cordeles hacia arriba y hacia fuera. Su acompañante permanecía quieto, encorvado y en silencio. Yo no estaba segura, pero daba la impresión de que los caballos lo ponían nervioso. Los observaba con aire lúgubre, incluso con aprensión. Tal vez la convencería de que se marchara y se ahorrara el dinero.
Al mirar los pies de la mujer me fijé en sus gastados zapatos de cuero marrón con tacones altos de piel de serpiente. Con la puntera del derecho daba suaves golpecitos en el suelo, o quizá bailara, al compás de los caballos, que, guiados por su mano, ahora trotaban juntos.
Yo deseé que pudieran oírme llamarlos bajo el cielo del Ática.
Se detuvo para ponerse bien el sombrero, inclinado hacia delante sobre los ojos.
Mientras sus dedos buscaban un mechón escondido bajo el sombrero, miró en mi dirección, no a mí directamente, aunque sentí que era consciente de mi presencia. Eran las once de la mañana, pero el estado de ánimo que la mujer me transmitió en aquel momento fue oscuro y suave, como la medianoche. En Atenas empezó a caer una lluvia ligera, y con ella llegó el olor de las vetustas piedras calientes y de la gasolina de los coches y las motocicletas.
La mujer compró los dos caballos y, cuando ya se alejaba con ellos envueltos en papel de periódico, el anciano, su acompañante, enlazó su brazo con el de ella. Desaparecieron entre el gentío. Ella aparentaba más o menos mi edad, treinta y cuatro años, y, al igual que yo, llevaba un impermeable verde con el cinto muy apretado. Era casi idéntico al mío, con la salvedad de que el suyo tenía tres botones dorados cosidos en los puños. Saltaba a la vista que deseábamos las mismas cosas. Sorprendentemente, en aquel momento pensé que ella y yo éramos la misma persona. Ella era yo y yo era ella. Quizá ella fuera un poco más que yo. Intuí que había percibido mi presencia cerca y estaba burlándose de mí.
Uno, dos, tres.
Me dirigí hacia el tenderete y pedí al hombre que me enseñara los caballos. Me respondió que acababa de vender los dos últimos, pero que tenía otros animales mecánicos bailarines, un surtido de perros, por ejemplo.
No, yo quería los caballos. Sí, dijo, pero lo que suele gustarle a la gente es que haya que levantar la cola al animal para que baile y bajársela para que se detenga. La cola es más fascinante que un soso interruptor, afirmó, es incluso como magia, y con ella yo podía desencadenar la magia o ponerle fin cuando se me antojara. ¿Qué importaba que fuera un perro en vez de un caballo?
Mi profesor de piano, Arthur Goldstein, me había dicho que el piano no era el instrumento; el instrumento era yo. Hablaba de mi oído absoluto, de mi deseo y mi capacidad de aprender a los seis años, de que todo cuanto me enseñaba no se disolvía al día siguiente. Al parecer yo era un milagro. Un milagro. Un milagro. En una ocasión le había oído decirle a un periodista: No, Elsa M. Anderson no está en trance cuando toca; está huyendo.
El hombre me preguntó si quería que insertara una pila de zinc de alta potencia AAA en uno de los perros. Señaló un animal que semejaba más bien un zorro, con un abundante pelaje de porcelana y la cola enroscada sobre el lomo.
Sí, dijo, la magia volvería a desencadenarse, pero esta vez con una cola curva. Los perros eran más pequeños que los caballos, así que yo podía tenerlos en la palma de la mano.
Me pareció que los caballos no eran el instrumento; el instrumento era el anhelo de magia y fuga.
Es usted muy guapa, señora. ¿A qué se dedica?
Respondí que era pianista.
Vaya, entonces tenía razón, dijo.
¿Quién tenía razón?
La señora que ha comprado los caballos. Me ha dicho que era usted famosa.
Cuando me ceñí el cinto del impermeable de tal modo que se me clavó en la cintura, el hombre emitió un sonido explosivo, como el de una bomba.
Debe de volver usted loco a su amado, afirmó.
Metí la mano en el bolsillo y saqué la manzana que había comprado esa mañana en una tienda de comestibles. Estaba fresca y tensa como otra piel. La apoyé en mi mejilla, que ardía. Y luego le di un mordisco.
Mire este perro, dijo el hombre que había vendido los caballos a la mujer. Es un spitz, la raza más antigua de Europa central. Se remonta a la Edad de Piedra. Observé el pelaje de porcelana blanca del spitz de la Edad de Piedra y negué con la cabeza. Lo siento, señora, dijo él riendo, pero los dos últimos caballos han encontrado un hogar. Mi clienta vio que usted la miraba. El hombre bajó la voz y con un gesto me indicó que me acercara.
La señora me dijo: Aquella mujer quiere los caballos, pero yo los quiero y he llegado primero.
Tuve la sensación de que la mujer me había robado algo, algo que echaría en falta en mi vida. Me alejé del tenderete de los animales bailarines sintiéndome desposeída y me dirigí hacia una carreta llena de pistachos. Al lado de esta, en el suelo, vi el sombrero de fieltro negro de la mujer. En su cinta gris había metido una ramita de una delicada flor rosa pálido. Yo había visto esas mismas flores en las laderas de las colinas de la Acrópolis durante un paseo que había dado aquella mañana. Tal vez ya crecieran allí cuando caballos de verdad tiraban de carros cargados de mármol para construir el Partenón.
Recogí el sombrero y busqué con la mirada a su dueña y al anciano, pero no los vi por ninguna parte. El acompañante de la mujer tenía más o menos la edad de mi profesor, Arthur Goldstein.
En aquel momento decidí quedarme el sombrero de fieltro. Los caballos eran suyos, no míos. Lo consideré un intercambio equitativo. Me lo puse allí mismo, en el mercado, inclinado sobre los ojos, como había hecho ella. Otra cosa. Al alejarse con los caballos, se había dado la vuelta un instante para mirar un gato que dormía sobre un murete cerca de donde estaba yo.
Había adquirido la costumbre de elaborar listas todos los días.
Pianos que he tenido
Bösendorfer de cola
Steinway
Me había quedado ahí, sin mencionar el piano, más humilde, de mi infancia.
Al cabo de un rato revisé mi billete de ferri para la isla de Poros y vi que tendría que matar el tiempo durante dos horas antes de dirigirme hacia el puerto de El Pireo.
2
Max y Bella estaban en la terraza del Café Avissinia, con vistas a la Acrópolis, tomando café griego endulzado en tacitas pequeñas. Ambos eran violinistas ilustres. Creían que, llegado el caso, tal vez pasaran el invierno en Atenas y se compraran jerséis de abrigo. Bella buscaría además un par de monos, una prenda práctica para tocar el violonchelo, su segundo instrumento. Elogiaron mi sombrero y me preguntaron dónde lo había comprado. Les hablé de los caballos y de la mujer acompañada por el anciano.
No parece que hayas puesto mucho empeño en devolverle el sombrero. ¿Cómo es que quieres tanto esos caballos?
Max y Bella me miraron con gesto de complicidad, pero ¿qué sabían ellos?
Sabían que era una niña prodigio y que, cuando tenía seis años, mis padres de acogida me habían entregado a Arthur Goldstein, quien me había adoptado para que pudiera convertirme en alumna interna de su escuela de música. De una casa humilde en los alrededores de Ipswich, en Suffolk, me había trasladado a una casa grandiosa en Richmond, Londres. Sabían de la audición que había realizado en la Royal Academy of Music y de la beca que había obtenido, los premios internacionales y lo del Carnegie Hall, las grabaciones de recitales y conciertos de piano bajo la batuta de los directores más prestigiosos, y más recientemente, y de manera fatídica, en la Sala Dorada de Viena. Sabían de mis elogiadas interpretaciones de Bach, Mozart, Chopin, Liszt, Ravel, Schumann, y sabían que había perdido el aplomo y empezaba a cometer errores. Sabían que tenía treinta y cuatro años. Sin amantes. Sin hijos. No había una taza de café casero sobre mi piano, una cucharilla en el platillo, un perro al fondo, la vista de un río al otro lado de mi ventana ni un compañero o compañera que preparara tortitas entre bastidores. Y sabían que tres semanas antes, en Viena, mientras tocaba el Concierto para piano número 2 de Rajmáninov, había dado al traste con la actuación y abandonado el escenario. Había interpretado esa obra muchas veces antes de aquel concierto. Sabían que pensaba ir a la isla griega de Poros para dar clases a un niño de trece años. Solo tenía tres sesiones programadas. Habíamos acordado que me pagarían por hora y en metálico. Quizá Max y Bella creyeran que necesitaba animarme. Anunciaron que tenían una sorpresa para mí. Habían contratado una excursión en barco con Vass, un pescador amigo suyo, quien me llevaría a bucear en busca de erizos de mar antes de mi primera clase.
Bella parecía feliz. Sin duda estar enamorada de Max la inducía a pensar que podía decir cuanto se le antojara porque estaba envuelta en amor. Mira, Elsa, sabemos que tiene que ver sobre todo con Arthur. O sea, Arthur es un gilipollas. Nos damos cuenta de que fuiste su inspiración, su musa infantil, incluso, a decir verdad, su salvación. Nadie podría estar a la altura de todo eso. Es un hombre pequeño, Elsa. Lleno de complejos.
Alargó la palabra «c-o-m-p-l-e-j-o-s».
¿Quién no tiene unos cuantos?
Bueno, para empezar lleva pañuelos de cuello de casi tres metros, no vaya a ser que nadie se fije en él.
Sí, dije, esa es una de las razonas por las que lo quiero.
Arthur me había escrito tras el fatídico concierto. «Intuyo que no estabas allí cuando subiste al escenario. ¿Dónde estabas, Elsa?».
Lejos.
Había olvidado dónde estábamos bajo la batuta de M. La orquesta iba por un lado, el piano por otro. Mis dedos se negaron a doblarse para Rajmáninov y empecé a tocar otra cosa. Cuando tenía seis años, Arthur me había enseñado a «abstraer la mente de los asuntos corrientes», pero al parecer los asuntos corrientes se habían abierto paso en mi mente aquella noche.
Max me preguntó si era cierto que Arthur vivía ahora en Cerdeña. Le dije que sí. Arthur tenía una casita en una localidad famosa por sus melones, a sesenta y cuatro kilómetros de Cagliari. Había veraneado allí muchos años y ahora la había convertido en su hogar.
Quisieron saber por qué.
Cree que el amor es más factible en el sur.
¿Tiene Arthur un amor?
Lo ignoro.
Lo habían preguntado en broma porque Arthur tenía ochenta años. Nunca supe nada de su vida sentimental. Jamás lo había visto con una pareja, aunque suponía que tenía sus apaños. Contaba cincuenta y dos cuando me adoptó, de modo que tal vez las partes más inflamadas de su libido ya se hubiesen aplacado.
Además, dijo Bella, como si hubiera elaborado una lista de misterios por resolver y yo fuera uno de ellos, no entendemos por qué das clases a niños desconocidos y sin talento. Ya sabes, Elsa, que cualquier conservatorio del mundo te contrataría como profesora eminente. Sé realista.
Intenté ser realista de un modo que satisficiera a Bella, así que dije: Sí, doy clases para pagar el alquiler y comprarme un kebab hasta que la pandemia remita. No era cierto, tenía ahorros para salir adelante, pero quería bajarle la cola a todo cuanto sentía en ese instante. Arthur era mi profesor, pero también una especie de padre. El único padre que tenía, y lo quería sin medida. Cuando yo era adolescente, se sentaba a mi lado siempre que tocaba. Tienes los dedos dormidos, me gritaba, ¿de qué sirve enseñar a alguien que está dormido? Al mismo tiempo, mis dedos tenían vida. Temblaban. No sabía cómo ser para complacerle.
Yo no deseaba amedrentar a mis alumnos.
Bella se inclinó sobre la mesa y me dio un beso en la mejilla. Nos conocíamos desde hacía mucho. Su exmarido, Rajesh, había sido alumno de la escuela de verano de Arthur durante un mes. Rajesh y yo nos habíamos conocido a los doce años y desde entonces seguíamos siendo buenos amigos. De hecho, yo le había presentado a Bella cuando ambos tenían veinte. Se habían casado tres años después, algo que en su momento nadie entendió. Hacía poco que se habían separado y ella se había liado con Max en Atenas. En su beso percibí esa larga historia y su preocupación. El contacto de sus labios con mi mejilla era todo un peligro. Había perdido la cuenta de las diversas olas del virus y no sabía en cuál nos encontrábamos. Los grandes confinamientos habían quedado atrás, pero todos teníamos miedo todavía.
Elsa, dijo Bella, por favor, olvida lo del Raj y vuelve a sonreír.
Serguéi Rajmáninov jamás sonreía. Su poderosa mano izquierda, su rostro adusto, la tristeza que disipó al escribir el Concierto para piano número 2. Tal vez sonriera por nuestra costumbre de llamarle Raj, como si fuera un amigo que se pasara para pedir un cargador de móvil. Yo había escuchado sus grandes pensamientos musicales desde los quince años. Durante una temporada Arthur y yo habíamos trabajado juntos únicamente las obras de Raj y Chaikovski, porque, según me había enseñado él, Rajmáninov estaba enamorado de Chaikovski, si bien desde el punto de vista estructural era más innovador. Aunque vivíamos en siglos distintos, Raj y yo habíamos sido solistas populares a una edad temprana y ofrecido conciertos en diversos conservatorios.
Hice un gesto al camarero, una breve ondulación de los dedos, quizá a la manera de una diva. Cambiemos de tema, propuse a mis amigos, os invito a un vaso de ouzo. Tengo que ir al puerto de El Pireo. El camarero hizo los honores y nosotros alzamos los vasos sin saber muy bien qué decir a continuación. Alguien había escrito las palabras «Muerte Drogas Vida Belleza» con pintura negra bajo un arco de jazmín urbano que al parecer disfrutaba de una segunda floración otoñal.
Me puse el sombrero y me oí conversar con la mujer que había comprado los caballos. Te encontraré, le dije en mi mente. A cambio del sombrero me darás los caballos.
Bella volvió la cabeza para ocultar el gesto que acababa de intercambiar con Max.
Es que no lo entiendo, dijo. El concierto que abandonaste. O sea, Raj tenía unas manos gigantescas. Entre la punta del meñique y la del pulgar podía abarcar doce teclas del piano.
Eso nunca me preocupó, contesté, pero estaba pensando en las uñas acrílicas rosas de la modelo que aparecía en la portada del catálogo de ventas del avión en que había llegado a Atenas. Su mano, muy pálida, me había recordado la de un cadáver; le habían borrado todas las pecas y pliegues. Entre sus dedos lánguidos sostenía el fuste de una copa de cóctel medio llena de un líquido rosado, a juego con las uñas. Un licor. Al parecer esa bebida creaba emociones. Eso decía, con ese licor se creaban emociones. Al mismo tiempo yo interpretaba en mi cabeza una mazurca melancólica de Frédéric Chopin, opus 17, número 4. Bella me dio unos golpecitos en el hombro. Si ves a Rajesh cuando regreses a Londres, dile que me debe seis meses de la hipoteca.
Entonces llegó el turno de Max. Oye, Elsa, yo no sé qué ocurrió, pero todos quieren que vuelvas a tocar. Es como si te hubieses cancelado a ti misma. Me puse bien el sombrero inclinándolo hacia delante. El canto de un coro de pájaros empezó a transportarme fuera del edificio cuando comencé a bajar los escalones de la terraza en dirección a la salida.
Bella me llamó. Me había dejado el móvil sobre la mesa. El tono de llamada era Canto de Pájaros. Cuando volví sobre mis pasos para recogerlo, no sé qué especie de ave trinó y gorjeó. Cantaba cada vez que recibía un mensaje de texto. Arthur me pedía por WhatsApp que fuera a visitarlo a Cerdeña. Mis dedos teclearon las palabras: «Es que trabajo».
«Cuídate las manos»,
