3 de abril
Miriam:
Tú no me conoces, y mientras te escribo ni yo mismo estoy muy seguro de conocerme. Y es que he intentado no escribirte, hace ya dos días que lo intento, pero ahora me he dejado vencer.
Te vi anteayer en la reunión de antiguos alumnos; tú a mí no me viste porque me mantuve en un rincón apartado, puede que en un ángulo muerto para ti. Alguien pronunció tu nombre y unos chicos te llamaron «señorita». Estabas con un hombre alto, tu marido, por lo visto. Eso es todo cuanto sé de ti, y hasta me parece demasiado. No te asustes, no quiero citarme contigo ni interferir en el normal transcurrir de tu vida, pero desearía que aceptaras recibir cartas mías. Es decir, poder hablarte de mí (de vez en cuando) por escrito. No es que mi vida sea demasiado interesante (no lo es, aunque no me quejo), pero quiero entregarte las cosas que no tengo a quien entregar. Me refiero a las cosas que ni siquiera sabía que podían darse a alguien de fuera o tan siquiera quererse dar. Ni que decir tiene que esto no te obliga a nada, no necesitas responder (y estoy casi seguro de que no me vas a contestar), pero por si de todas formas fueras a querer alguna vez dar señales de que lo lees, voy a anotar en el remite el número del apartado de correos que he contratado esta mañana destinado exclusivamente a ti.
Si fuera necesario dar explicaciones, entonces no merece la pena y ni siquiera tendrías que responderme, porque por lo visto me he confundido de persona. Aunque si eres tú la que vi allí, la que te rodeabas el cuerpo con los brazos y llevabas pintada una sonrisa medio rota, entonces creo que lo vas a entender.
YAIR W.
7 de abril
Hola, Miriam:
¡Desde la llegada de tu carta no hago nada, soy incapaz, ni trabajo ni vivo; me limito a dar vueltas a tu alrededor rugiendo tu nombre para mis adentros, y si ahora estuvieras aquí, te abrazaría con todas mis fuerzas hasta destrozarnos juntos con todo lo que siento por ti en este momento (no te preocupes, que no soy demasiado fuerte), y prometo además responder a todas las preguntas que me has formulado, ya que te mereces las respuestas más sinceras por lo que has escrito y por el simple hecho de haberme contestado! ¡Por haber aceptado! Por no haberte asustado de mi dudosa carta suicida (dos círculos profundos de las marcas de los dientes me han quedado de ella en la parte interior de las mejillas), pero primero, antes que nada, tengo que contarte cómo nos conocimos de verdad (¡me has contestado!, ¡y en un solo día!; no te has reído de este loco que de repente se ha plantado delante de ti), y no me refiero a nuestro encuentro en el instituto hace una semana, porque eso pertenece a la realidad, y ¿qué tenemos nosotros que ver con ella? ¿Qué lugar va a estar dispuesta a cedernos?
¿Por dónde empezar? Si se pudiera empezar por todas las cosas a la vez, y después la sensación esa de que cada palabra está de repente repleta de letras de más, ¿verdad? Que alguien en la punta del bolígrafo convierte el hebreo en francés... No me imaginé lo complicado que sería explicar y descomponer este sentimiento en palabras. Has escrito que te he recordado mucho al muchacho de las botas de las siete leguas. Ojalá, ya lo creo, ojalá pudiera saltarme de un golpe la fase de las explicaciones, la de la lógica, y que ya lo supieras todo, al instante, que me recibieras todo entero, encontrarme contenido en ti, abrir los ojos y verte sonreír frente a mí diciendo, de acuerdo, podemos empezar. (Lo dejo aquí. Tengo la sensación de que cualquier palabra que añadiera lo estropearía todo. Ahora te toca a ti.)
YAIR
7 de abril
(Solo unas palabras más.) La he enviado, he vuelto, pero no me he quedado tranquilo, aunque ¿quién quiere tranquilizarse, en realidad? Eh, Miriam, no hagas caso del necio que desde esta mañana sonríe sin control y que de pura felicidad quisiera ahora, al instante, desnudarse y despojarse incluso de la epidermis y de todo lo demás para plantarse ante ti en su desnudez hasta la mismísima pepita blanca de su alma. Ojalá supiera pintar, rebuznar, relinchar, ladrar, hasta silbarte lo que bulle en mí (y eso me recuerda que con aproximadamente veinte años intenté alcanzar la perfección espiritual a lo laico, de manera que me propuse que por lo menos una vez a la semana me sentaría en el autobús detrás de una mujer solitaria, preferiblemente, claro está, de una viuda vestida de luto, aunque no debía ser demasiado selecto, y sin que me viera silbarle muy bajito al oído una melodía llena de amor que se infiltrara por entre los pliegues más recónditos de ella hasta llegar a tocar todo lo que se encontrara adormecido, desesperanzado, endurecido)...
No, a mí el desconocimiento mutuo que hay entre nosotros no me asusta en absoluto. Al contrario, naturalmente que al contrario; porque, dí, ¿qué puede haber más atractivo y loco que la posibilidad de dar algo muy valioso, lo más valioso de todo, un secreto, una debilidad, o pedir un favor completamente descabellado como el que yo te he pedido a ti y depositarlo en manos de un completo desconocido? (¡Precisamente un desconocido!) Y torturarse luego de pura vergüenza y horror por haberse dejado tentar por esta ilusión tan pura, por haber sido capaz de mendigar hasta tal punto, y así durante tres días y tres noches, minuto a minuto, como si me encontrara en el interior de un calabozo, o de una trampa, y entonces, cuando he estado a punto de renunciar, por lo descabellado que todo esto me parecía, contento del fracaso, embotado y taciturno, de repente, tu blanca mano.
Mira, puede que ni siquiera te des cuenta de por qué me emociono tanto, pero tu cálida y resplandeciente carta, y especialmente la posdata del final, una sola línea, en realidad, de verdad que ha sido para mí como si vinieras a tomarme de la mano para sacarme de las sombras hacia la luz, así es como me he sentido, como si me dieras la mano y me ayudaras a cruzar hacia la claridad, y con toda sencillez, como si fuera completamente natural que alguien haga una cosa así por un extraño.
(Y ahora, una oleada de frío. Precisamente ahora, justamente en este momento, ¿por qué? ¿Porque todo va bien? Una oleada de frío que me sube desde el vientre, como un puño helado que se cierra redondo debajo del corazón: te lo presento.)
Ojalá que lo entiendas; de verdad que solo hablo de cartas, no de citas, nunca de algo físico, nada que tenga que ver con la carne, contigo no, lo he visto tan claro después de tu carta: las palabras bastan. Porque si estuviéramos cara a cara lo echaríamos todo a perder dejándonos llevar por sendas ya trilladas. Y por supuesto que el secreto es absoluto, nada de contárselo a nadie, no vaya a ser que nuestras propias palabras se vuelvan contra nosotros desde fuera. Que solo mis palabras se encuentren con las tuyas y que sintamos cómo poco a poco el ritmo de nuestra respiración se va aunando. Me fatiga tanto escribir así; no se trata de un cansancio corriente, pero cada tantas líneas siento la imperiosa necesidad de detenerme, de respirar profundamente y de serenarme.
Ya es de noche. He hecho una pausa. Para volver un poco en mí. Hace exactamente diez horas que encontré tu sobre blanco en el buzón, con mi nombre por un lado y el tuyo por el otro (quizá no me hubiera hecho falta más que eso para empezar). Y en el interior, en media página (¿no has tenido más tiempo?), tu respuesta. En un primer momento no conseguía entender lo que estaba leyendo. Ha sido como si del interior de cada palabra, incluso desde la más irrelevante, me llegara un destello cegador, como el que tiene la palabra «yo» si se profundiza en ella, un instante de comprensión para después dar paso a una penumbra oscura que se va extendiendo desde el centro absorbiéndome hacia su interior, y cuando he llegado a la posdata, al agradecimiento por mi regalo inesperado (¡encima me das las gracias!) y a lo de tu corazón que se ha llenado repentinamente de nostalgia por cuando eras pequeña.
¿No es verdad que no hay nada que decir en un momento así? ¿Que lo principal ya ha sido expresado?
Aunque mira, leí una vez un pensamiento de nuestros sabios rabinos que dice que hay en el cuerpo un huesecillo en el extremo superior de la columna vertebral, «Luz» lo llaman, un hueso que resulta imposible de destruir, que no se descompone tras la muerte ni el fuego lo consume, y que será a partir de él del que empezará nuevamente a ser creado el hombre cuando la resurrección de los muertos. A raíz de eso ideé un pequeño juego que consistía en adivinar cuál era el «Luz» de mis conocidos, qué sería lo último que quedaría de ellos, lo indestructible a partir de lo cual volverían a ser creados. Por supuesto que también busqué el mío propio, aunque nada de lo que se me ocurría cumplía con todos los requisitos, así que dejé de preguntar y de buscar desde la seguridad de que mi huesecillo indestructible no existía, hasta que te vi en el patio del colegio y de repente aquel pensamiento despertó de entre los muertos y junto con él acudió a mi mente el pensamiento descabellado y dulce de que quizá ese huesecillo mío no se encontraba en mí sino en otra persona.
7 de abril
Sí, vuelvo a ser yo. Un poco antes de la media noche. Es la tercera de hoy, pero no temas, porque no tienes ni idea de las muchas cartas que no te he enviado hoy, y es que se trata de nuestro primer día en común, el día en que ha llegado tu carta y yo te he contestado, y mientras no llegue otra carta tuya puedo creer que me lees tal y como te escribo, en un duermevela, entre quimeras (hoy en el trabajo andaba con pasos de baile) y así puedo susurrarte agua,* agua, con un hilillo de voz, y es que esta se me debilita cuando pienso en ti, derrama agua sobre mí, no sé por qué, puede que por el agua que hay en tu nombre o porque no hay fecundación sin fluidos y siento, con todo el cuerpo lo siento, que los dos necesitamos mucha agua a nuestro alrededor, cascadas y ríos, simplemente para empezar a existir.
¿Que exagero? ¿Que me he dejado llevar? Te he notado replegarte (de veras: tu cuerpo ha hecho una mueca), ¿o puede que te haya dicho una palabra especialmente hiriente? Tienes que guiarme, explicarme dónde te duele, en qué punto hay que ir con cuidado. ¿O es que sencillamente hoy te he desbordado hasta fatigarte?
Porque lo que es a mí me desgasta mucho escribirte, ya te lo he dicho. Nunca me he sentido tan débil por escribir. Cinco, diez líneas, y todo empieza a darme vueltas. Por otro lado me resulta agradable, porque me recuerda la sensación como niño de la primera salida a la calle tras una larga enfermedad. Mira, ¿y si decidimos de antemano que esta no va a ser una relación epistolar demasiado larga? ¿Y si lo dejamos, por decir algo, en un año? ¿O hasta que nos resulte insufrible de puro placer? Porque si ahora mi cuerpo está diciendo la verdad, y el cuerpo, como es sabido, no miente...
¿No? ¿Que no miente? ¿Y cuántas veces he mentido con el cuerpo? ¿Cuántas veces he abrazado, besado y cerrado los ojos con un suspiro mientras terminaba triunfal aunque sin sentir nada especial?
¿Y tú? ¿Cuántas veces?
Miriam, si lo que ahora siento por ti es verdad, entonces puede que incluso un año suponga demasiado tiempo para ambos. No seremos capaces de resistir un período tan largo y además sembraremos la destrucción en todo lo que nos rodea y me parece que los dos tenemos cosas que perder ahí fuera, así que he estado pensándolo y se me ha ocurrido una idea, porque puede que sea algo idiota decidirlo de antemano. Nos podemos fijar una fecha o esperar a que algo concreto suceda en el mundo, algo que quede al margen de nosotros y que nos sea completamente indiferente, pero que aun así sea nuestra señal privada en el calendario. ¿Qué dices a eso? ¿Te tranquiliza algo (te proporciona, en cierto modo, un margen en el que moverte)? Así sabremos también con antelación que la despedida no va a depender de una decisión nuestra y que estamos obligados a llegar a todo antes de que la señal se produzca. ¿Serlo todo o no ser nada? ¿Qué opinas?
Has vuelto a alejarte, de repente te has mostrado fría y distante. Está bien, ya sé que acabo de escribir tanta tontería; según parece, he acabado con nuestra relación cuando ni siquiera había comenzado, pero espera, ¡no tomes ninguna decisión que me perjudique! Escúchame: lo más fácil para mí ahora sería arrancar esta hoja y volverte a escribir sin estas tristes líneas, para no perderte ni por un solo instante.
¿Lo ves?, la carta sigue estando tal cual. Tal y como estaba. Sin una sola tachadura. Porque desde el momento en que me has contestado, he decidido que todo lo que me suceda por ti te pertenece. Lo que quede anotado en mí, queda también anotado en ti. Cualquier pensamiento, voluntad, deseo y temor, cualquier criatura recién nacida, feto o aborto que se produzca en mí por tu causa serán el alma misma de mi contrato contigo y con nadie más que contigo, de manera que renuncio por la presente a cualquier maquillaje seductor, a cualquier autocensura, y por encima de todo, al derecho a la autodefensa.
(Qué liberación el solo hecho de escribir estas palabras.) Pero resulta que ahora acabo de leer lo que he escrito.
Ojalá pudiera escribirte de otro modo, ojalá fuera un hombre que te escribiera de manera diferente. Tantas palabras henchidas. En realidad, hubiera podido haber sido de lo más simple, ¿no? Podría ser algo así como: «Dime, pequeño, ¿dónde te duele?». Así que cierro los ojos, los aprieto con todas mis fuerzas y escribo deprisa: ojalá que dos completos desconocidos logren vencer su desconocimiento, el poderoso y determinante principio del desconocimiento, que venzan a toda la cebada cúpula del Kremlin que todos tenemos aposentada en las profundidades del alma y que seamos como dos seres que se han inoculado a sí mismos el suero de la verdad, de manera que se vean obligados a expresarla finalmente, la verdad, quiero poder llegar a decirme «Con ella he dejado manar la verdad», sí, eso es lo que deseo, que tú seas mi cuchillo, y entonces el tuyo lo seré yo, te lo prometo, un cuchillo afilado pero que actúe con clemencia, que es una palabra tuya, porque lo que es yo ni siquiera sabía que estuviera permitida, y suena tan delicada y suave, una palabra sin piel (si se la repite unas cuantas veces en voz alta se llega a tener la sensación de tierra salada y resulta muy duro cuando el agua empieza a infiltrarse por sus rendijas). Estás cansada, así que me obligo a decirte buenas noches.
YAIR
12 de abril
Miriam:
Lo sabía, no digas que yo no lo sabía y que no me había puesto sobre aviso.
¿De verdad que es eso lo que has sentido? Pero ¿hasta ese extremo ha sido?
Bueno, pero te imaginarás que tampoco para mí ha resultado agradable encajarlo. Dar con una mano y recibir a dos manos. Sherezade y el tonto del sultán unidos y entrelazados juntos... esta mañana ya no lo he podido resistir más y me he vuelto a enviar, y urgente, la primera tuya.
Pero lo comprendes, ¿verdad?, que lo he hecho por puro miedo. Que después de haber logrado sujetarte por la manga y retenerte por un momento junto a mí, se haya evaporado la poca magia de la que he disfrutado y de pronto he sido consciente de que ya nunca gozaré de una segunda oportunidad, así que estás obligada, tienes que creerme si te digo que yo solo me revelo tal y como soy tras una segunda mirada, o quizá una tercera, pero que de ninguna manera soy tal y como me ves ahora.
Por eso, Miriam (tienes un nombre cálido, desbordante, duro y tierno a la vez), quédate conmigo un poco más, solo hasta que se me pasen estos espasmos involuntarios que padezco. Puedes, entretanto, anotarme otras pequeñas y desesperadas observaciones en tu diario, pero permíteme quedarme mientras mantienes esas sonámbulas conversaciones contigo misma, con Ana (¿una amiga tuya?), con tu gata y con tus perros, y además puede que yo no lo tenga todo perdido con respecto a ti, porque a pesar de todo te has preguntado, creo que con sincera preocupación, qué es lo que tanto me asusta y cómo es posible que alguien que se haya atrevido a pedirle algo tan grande a la vida, le tenga a la vez tantísimo temor.
Explícamelo tú, te lo pido.
¿Quieres que te diga cuántas veces he leído tus dos cartas? ¿Te quieres reír? Durante todas y cada una de las horas del día y de la noche, entre susurros y en voz alta, inmerso en el agua ardiente de la bañera, junto al gas del fogón de la cocina, en plena reunión de trabajo, ahí con el ceño bien fruncido, para dar la sensación de gravedad, rodeado de diez personas. Mis ridículos intentos de estar contigo en todo momento y en todos mis estados de la materia, como por ejemplo en los servicios de la estación central de autobuses de Jerusalén. A propósito he ido allí hoy por la tarde, para que los dibujos pornográficos y los groseros grafiti se mueran de vergüenza al oír tus sinceras palabras. ¡Cómo escribes! De verdad, incluso cuando te sientes decepcionada: sin triquiñuelas ni falsedad, hasta sin guardarte las espaldas, así, inspirando confianza, sin tan siquiera conocerme.
¿Que cuente algo más acerca de mí? ¿Qué puedo añadir?
Algo en tu forma de escribir me ha recordado que una vez pensé en enseñarle a mi hijo un lenguaje secreto. Aislarlo deliberadamente del mundo hablante y mentirle desde el nacimiento para que creyera exclusivamente en el idioma que yo le daría. Y que fuera una lengua misericordiosa. Lo que quiero decir es que lo llevaría de la mano y que llamaríamos a todo lo que él viera con unos nombres que le ahorraran el sufrimiento. Que, por ejemplo, jamás llegara a comprender que la guerra existe, que las personas se matan y que eso rojo es sangre. Una idea un tanto manida, ya lo sé, pero me gustaba imaginármelo pasando por la vida con una sonrisa inocente y llena de seguridad, el primer niño iluminado.
No tengo ni que decirte lo feliz que me sentí cuando empezó a hablar, porque seguro que tú misma recuerdas la maravilla de que un niño empiece a darle nombre a las cosas. Y a pesar de ello, cada vez que aprendía una palabra nueva, una palabra que al mismo tiempo era un poco «de ellos», de todos, incluso su primera palabra, una palabra tan bonita como es «luz», el corazón se me encogía un poco, aunque fuera muy poco, porque me quedaba pensando, quién sabe lo que estará perdiendo para siempre en este momento y qué infinidad de clases de resplandor habrá notado, visto, saboreado y olfateado antes de comprimirlas todas en esta cajita que es la palabra «luz», con esa zeta en el extremo, como un interruptor para apagarla. ¿A que me entiendes?
Sí. Naturalmente que comprendes lo que es ese levísimo vuelco del corazón. Puede que incluso seas una humilde experta en ello, una experta a tu manera. Con solo mirarte una vez fui capaz de darme cuenta de ello. Y yo también, según parece, he logrado acongojar y atormentar tu corazón en no poca medida.
Pero ¿hasta tal punto ha sido? ¿Como si hubieras perdido un bien muy preciado y ansiado justo un instante antes de alcanzarlo?
Cuéntame, por lo menos, qué era esa cosa tan valiosa (para que sepa qué es lo que me he perdido).
YAIR
16 de abril
Por supuesto que tienes razón y que merezco el rapapolvo (aunque por un momento no haya creído que estuvieras hecha de palabras). ¿Quién hubiera imaginado que también pudiera haber en ti un sarcasmo tan fino, tan amargo e hiriente? En tus hombros y espalda, sin embargo, lo vi insinuado, había ahí algo agazapado, incluso como en guardia, como si estuviera preparado para el próximo golpe, ¿me equivoco?
¿O es que es ahora, por mi culpa? Dime, ¿soy yo el que te crispa de esta manera? Lo reconozco tan bien en mí mismo, que ojalá que en ti no...
Óyeme: hoy, frente al trabajo, en la zona industrial, a media mañana, en el momento de máxima luz, había un ciego sentado en la parada del autobús. Tenía la cabeza gacha y el bastón entre las rodillas apretadas. Ha llegado un autobús y otro ciego ha bajado de él, y cuando este ha pasado por delante del que estaba en la parada los dos se han erguido repentinamente y las dos cabezas se han movido a la vez. Yo he permanecido allí de pie sin moverme. Después los dos han tanteado el aire, se han descubierto y por un momento se han aferrado el uno al otro, como petrificados. Eso habrá durado un segundo, no más, en medio de un completo silencio, para al momento soltarse y separarse, pero a mí se me ha puesto la piel de gallina, como si mi cuerpo entero pronunciara tu nombre, y he pensado para mis adentros: ¡eso es!
Así que ven, acércate a mí, porque te quiero dar algo auténtico, íntimo, no huyas, no te retraigas, algo muy íntimo, lo contrario de lo «anónimo» que me lanzaste cuando me contestaste como en un juicio de campaña desde tu terraza (un pétalo morado quedó atrapado entre la cuartilla y el sobre hasta marchitarse justo sobre las palabras «intimidad anónima», emborronando ambas), así que sé fuerte, Miriam, porque dijimos que todo o nada.
Cuando mi mujer y yo empezamos a salir juntos, hicimos una excursión de sábado por la mañana al monte Carmelo y anduvimos por un estrecho sendero del bosque. Era muy temprano, poco después del amanecer, y hablábamos y nos reíamos, hasta el punto de que yo, que normalmente desprecio lo que se ha dado en llamar la belleza de la naturaleza, no pude asimilar por más tiempo la maravilla que nos rodeaba y de repente me quité toda la ropa y me puse a correr desnudo entre los árboles, gritando y bailando. Maya (llamémosla Maya entre nosotros, y te invito a que también tú escojas los nombres que te parezca para tus seres amados) se detuvo asombrada. Puede que solo sintiera cierto rechazo, porque era la primera vez que me veía sin ropa a la luz del día, aunque tampoco es que a oscuras mi desnudo sea de lo más seductor, de manera que la oí llamarme muy bajito mientras me pedía que me detuviera, pero yo ya estaba como ebrio, de manera que brincaba a su alrededor como en una especie de enloquecido baile de cortejo que debía de resultar, me imagino yo, bastante ridículo. Le insistí para que se uniera a mí y hubo un momento en el que noté que sí quería, ¿sabes?, y es que antes yo nunca había querido bailar con ella en las fiestas, ni delante de nadie, mientras que justamente estando desnudo sí me veía capaz de hacerlo: me apetecía bailar, imagínate, desnudo, así que seguí bailando, estremecido de pura felicidad. Puede que resulte imposible no estar guapo cuando se es feliz, así que Maya estuvo a punto de dejarse llevar. Noté cómo se veía arrastrada hacia mí hasta casi quedar arrancada de sí misma, pero en el último momento no fue así. ¿Por qué el policía de tu sueño te dijo que pusieras una denuncia contra mí por escribirte cartas de intimidación?
(Y de qué manera me devolviste la vida cuando le dijiste a ese idiota metomentodo que las cartas lo que ante todo te parecían eran de intimidación para conmigo mismo y que quizá era precisamente por eso por lo que sigues en esto.)
En el bosque bailé. Ojalá hubiera podido hacerlo durante todos estos años, bailar así. Bailé porque misteriosamente no me asaltó esa duda, la oleada de frío, es decir me asaltó, claro que sí, porque en mí la maquinaria funciona sin fallo alguno y la ampolla del veneno se me inocula en el flujo sanguíneo en cuanto siento el corazón henchido de felicidad, pero esta vez bailé sin parar, no sé por qué, quizá porque notaba que por fin estaba cometiendo el mejor error que podía cometer; y aunque Maya ya se había dado la vuelta y se había marchado a sentarse en el coche, yo era incapaz de dejar de correr entre los árboles bailando, mientras el aroma de los pinos se hacía tan fuerte, estando desnudo, que se me saltaban las lágrimas, y los ruidos que había a mi alrededor me envolvían, el de los pájaros, unos ladridos lejanos, el zumbido de los insectos, y olía a tierra, a profundas cavernas, a la ceniza de las fogatas del verano, de manera que me sentía como si se me hubiera desprendido una gigantesca catarata que me hubiera estado cubriendo por completo empañándolo todo, y fue solamente después de que literalmente me desplomara exhausto, cuando recogí la ropa y regresé al coche; ella estaba muy pálida, no me miraba y me pidió que me vistiera porque podía llegar alguien y además era mejor que nos volviéramos a casa enseguida ya que sus padres nos esperaban para desayunar. Entonces, de repente, se le quebró la voz y estalló en sollozos, y también yo me puse a sollozar, porque comprendí que aquello era el final de nuestro joven amor y pensaba que no podría soportar separarme de ella porque nunca había amado a nadie de esa manera, con alegría y sencillez, tan sanamente como la amaba a ella, mientras que desde ese momento, como siempre, ya desde el principio, mostrándome tal y como era, lo había estropeado todo.
Así es como nos quedamos sentados en el coche completamente ensimismados en nuestro propio llanto, ella vestida y yo desnudo, hasta que ese mismo llanto nos fue acercando un poco, nos relajó y nos hizo reír, así que empecé a vestirme mientras ella me ayudaba, me fue poniendo prenda tras prenda, me abrochó los botones y me dobló las mangas, mientras yo no dejaba de besarla y de lamerle las lágrimas, porque ya había empezado a comprender que ella lloraba por mí, pero que no iba a dejarme, que me tenía lástima pero que se quedaba, así que el corazón se me desbordaba de agradecimiento porque sabía que nunca más iba a hacerle a ella algo así, de manera que decidí que la defendería de mí mismo desde ese momento y para siempre, porque ella no podía estar desprotegida en un mundo en el que me encontrara yo comportándome de esa manera. Bañada en lágrimas se rió mientras me decía casi lo mismo, que para protegerla de mí lo único que yo tenía que hacer era quedarme con ella para siempre, y aunque lo dijo medio en broma, aquello no dejaba de encerrar una gran verdad, hasta el punto de que suponía el destino lógico de los dos como pareja, porque tú misma sabes que esa es una lógica que a veces se manifiesta a las parejas solamente después de toda una vida en común (vi al hombre con el que estabas, o al lado del que estabas), pero nosotros, por algún motivo, ya nos dimos cuenta de ello desde el primer momento.
Mira por dónde, llevo años sin pensar en ese momento. Siempre me ha repugnado recordarme a mí mismo bailando así, de modo que el resto también se me había ido borrando de la memoria. Porque la verdad es que no éramos más que unos niños asustados, aunque a pesar de ello fuimos capaces de establecer en un instante un complicado pacto para toda la vida que nos mantendría para siempre en guardia, y ahora me sorprendo al entender que en un segundo dirigimos los haces de nuestras miradas de tal forma que desde ese momento en adelante abarcaran solamente el ángulo necesario como para garantizar que nuestro amor vencería siempre y a cualquier precio, un precio que también establecimos, para después no volver a hablar de ello, nunca, porque ¿cómo va a poder uno, de repente, ponerse de nuevo a hablar de algo así a mitad de la vida?, dime.
Dímelo.
No tendría que habértelo contado, ¿verdad? ¿Qué tienes tú que ver con la vida matrimonial de un hombre a quien ni tan siquiera has visto? Ya noto el frío glacial del error. De nuevo el error del bufón, seguro que es eso lo que estás pensando, este hombre lanza al aire de una sola vez todo lo que tiene dentro y, como es natural, todo queda desparramado a su alrededor por el suelo. No importa, a la gente le gustan los payasos, eso es lo que me enseñaron mis dos principales educadores (pero esfuérzate también por pensar que yo, supongamos, soy el hombre de la cara quemada que a pesar de ello decide que va a entrar en esa sala llena de gente). Puede que en tu opinión lo que yo tendría que haber hecho es esperar un poco hasta sacar a la luz esta historia, ¿aguardar a conocernos un poco mejor? Yo también opino lo mismo, pero contigo no hago las cosas según mi opinión, sino exclusivamente siguiendo una absoluta falta de juicio, además de que tampoco quiero esperar, porque mi tiempo y el tuyo juntos son uno solo, un tiempo circular en el que cada uno de sus puntos se encuentra exactamente a la misma distancia del centro, así que no me disculpo si te he hecho llorar, porque aquí no se trata de mantener entre nosotros una conversación de salón. Contigo borrar es un asesinato, así que todo lo que he dicho hasta aquí ha sido sin ninguna mala intención y no lo voy a tachar.
16-17 de abril
Soy incapaz de dormir. Ojalá pudiera saber ya lo que vas a sentir cuando recibas la carta de la mañana y si acaso vas a seguir escribiéndome después de ella. Estoy prácticamente convencido de que no. Pensarás que he sido un grosero al contarte ese tipo de cosas de mi vida. A pesar de ello, estoy contento de haberla enviado. Con todo lo que he llegado a torturarme a lo largo del día. Tienes razón al decir que en realidad lo que busco es alguien con quien compartir un viaje imaginario, pero te equivocas de pleno al escribir que posiblemente no necesite para ello una compañía real. Muy al contrario te diré que sí necesito una compañía real para ese viaje imaginario. Al escribir ahora estas palabras, el corazón me late en el pecho de una manera completamente real. En realidad, cada vez me sucede más a menudo, que siento auténticas palpitaciones cuando dejo volar la imaginación. Como ahora mismo, que el corazón me está batiendo con fuerza.
¿Sabes que existe un pájaro al que si se le toca el pecho, aunque sea muy suavemente, el corazón deja de latirle y muere? Con ese pájaro no puede uno hacer ni el más mínimo movimiento en falso, porque el más leve error le envía un ligero impulso al corazón y este sencillamente deja de latir. ¡Si pudiera comprarme un pájaro de esos! O mejor, dos. No: toda una bandada de ellos. Los dejaría revolotear por encima de lo que te estoy escribiendo para que fueran detectores vivientes de mentiras, como los canarios que detectaban las fugas de gas en las minas. Imagínate la escena: una palabra falsa, inexacta, grosera o simplemente indiferente; y cae un pájaro muerto sobre la cuartilla. Imagínate cómo escribiría entonces. Ah, a propósito, se me había olvidado decirte que me has ofendido al pensar que es posible que te haya confundido con otra que pudiera haber visto esa noche. Y todavía me ha ofendido más que tanto te costara decidir si prefieres que me haya confundido de persona o no.
Pero ¿sabes en qué momento he sentido realmente una punzada en el corazón? Cuando, para asegurarte, te has descrito reduciéndote a prácticamente una sola frase y, además, entre paréntesis («bastante alta, pelo largo, ondulado, indómito, gafas...»).
Si esto es así, si de verdad te ves a ti misma entre paréntesis, por lo menos deja que yo también me cuele en él mientras el mundo entero permanece en el exterior. Que el mundo se limite a ser el factor que queda fuera del paréntesis y que nos multiplica a los dos.
Y.
P.D.: A pesar de todo, aunque no nos vaya muy bien y la situación esté siendo difícil desde el principio, tengo que decirte algo, y es la manera en como se me dilatan las pupilas cuando veo una palabra tuya en otro lado, hasta cuando me topo con ella en el periódico, o en un anuncio... Y es que hay palabras que son tan claramente tuyas, improntas de tu alma, que en todas las demás personas me suenan como adornos del habla o simples piezas auxiliares del idioma, no más, y es que hasta conocerte a ti no me imaginé que encontrarme con la forma de expresarse de un extraño pudiera producirme una conmoción tan fuerte como el primer contacto con su cuerpo, su olor, la textura de su piel, su cabello y sus lunares, ¿también a ti te ha pasado lo mismo?
21 de abril
Pero ¿cómo voy a hacer que nos encontremos tú y yo? ¿Cómo voy a darnos cita? Ha llegado una carta tuya que yace sobre la mesa. Pálida como un muerto. El blanco refleja los rayos de la luz, ¿verdad? Enseguida la voy a abrir. Déjame disfrutar de una pausa, deja que se desparrame un poco del optimismo que irradia su color... ¿Te he dicho ya que constantemente nos veo sumergidos en una mezcla de color verde? El verde relampaguea una y otra vez en mi mente cuando pienso en ti. Un verde inmenso y amplio. Puede que sea el vientre ancho e infinito de un mar, o un espeso bosque europeo, o quizá solamente una gran extensión de hierba (tendría que haberte avisado de que por lo general mis sueños terminan a ras de hierba). Tú estás sentada en el césped leyendo un libro y yo, supongamos, el periódico. Una enorme distancia nos separa, una extensión de hierba y dos extraños. ¿Cómo llevarlos en un instante a abrazarse sin pasar por todas las etapas intermedias y sin declamar las frases que millones de hombres y mujeres han terminado por convertir en insulsas antes que ellos?
Por el peso y el tacto, una cuartilla, no más. Había pensado intentar escribirme a mí mismo, para estar preparado para lo que ahí pone, pero me has prohibido decidir por ti lo que piensas y lo que sientes. Puede que lo que haga sea escribir una pequeña visión que tengo desde hace ya unos días, una visión acerca de nosotros dos, y siento curiosidad por saber lo que te parece. La imagen, un poco tonta, es la siguiente: tú y yo, tal y como estábamos, sumergidos en la lectura, pero como solo nosotros nos encontrábamos allí, en la hierba, nos fuimos haciendo muy conscientes de la presencia del otro. Yo, como siempre, llevaba puestos unos vaqueros, y tú llevabas un vestido negro un poco suelto que te caía a lo largo de todo el cuerpo, un vestido con un estampado de estrellas y lunas claras y, si no me equivoco, llevabas también un fular fino y vaporoso de color verde que te cubría los hombros. Así fue como te vi en la fiesta de antiguos alumnos (¿era un fular?, ¿o un pañuelo largo de seda? Cada detalle me resulta ahora de vital importancia). «Lo único que yo recordaba era la túnica verde que ella llevaba puesta»: así vio por primera vez el seductor a Cordelia en Diario de un seductor. ¿Será de ahí de donde mana hacia mí todo ese verde?
El verde que al instante se apagó bajo el enorme suéter gris de tu marido que te echó sobre los hombros cuando te vio estremecerte con un escalofrío. ¿Te acuerdas de eso? Porque yo sí recuerdo con claridad cierto gesto rápido y decidido por parte de él que me conmocionó mientras te miraba, cuando todavía no me había dado cuenta de la insistencia con la que te estaba observando. Y él, ese mismo «él», a quien de ningún modo piensas ocultar nuestra relación precisamente porque nunca se le ocurriría indagar ni en lo que haces ni con quién, de repente, desde lo alto de su titánica estatura, echó sobre ti su suéter como se lanza el lazo sobre un potro que intenta escapar.
Pero ¿cuál fue la verdadera razón por la que te estremeciste? Bastante alta, pelo largo, ondulado, indómito, gafas... Si no fuera por ese irritante paréntesis, hasta me hubiera reído; ¿así es como te ves a ti misma?, ¿nada más que así? ¿Por qué no has escrito nada acerca de tu maravilloso porte, tan firme y delicado a la vez? ¿O acerca de la luminosidad de tus mejillas? ¿Y cómo ni siquiera nombras que tu rostro muestra un aire un tanto naif por su tono claro y pecoso, un tanto anacrónico, y no te ofendas, pero un poco como el de las personas de los años cincuenta...?
¿Y por qué no habré escrito yo al instante palabras como «el dorado de la mies», «granero» y «mantequilla»? Quizá porque tu rostro, a primera vista o mirándolo con indiferencia o de pasada, casi parece poca cosa al lado de ese magnífico y expresivo cuerpo. Espero no estar ofendiéndote, porque la verdad es que tienes cara de niña buena y decente, una cara agradable con el aire de responsabilidad de una tutora de curso, hasta que de pronto el ojo se ve sorprendido por algo inesperado, ese lunar oscuro debajo de los labios, o por la misma boca, que es amplia, temblorosa, carente de reposo, como si gozara de vida propia, y es que tienes una boca ávida, Miriam, dime si alguien ya te lo había dicho antes para que entonces yo busque otra palabra, porque de ninguna manera estoy dispuesto a andar removiendo en las palabras de otros.
Y es que aquella noche devoré tu cara por completo. Quizá fueron cinco los minutos que te vi, pero durante esos cinco minutos te me quedaste grabada al fuego, así que te recuerdo de memoria, y después de que hayas oído esto tendrás que decidir si «el extraño suspiro» que diste fue realmente porque creíste que te había confundido con otra mujer o si suspiraste porque al fin y al cabo eres tú, porque eres tú la que me has tocado en suerte... No te voy a ayudar en tus dudas, han pasado ya tres semanas desde entonces y cada vez que veo a una mujer nueva, en cuanto mi mirada se topa con ella, al instante se desvía hacia la imagen que de ti guardo en el cerebro. Qué profunda emoción me produjo tu rostro. A mí, que siempre empiezo por el cuerpo. Aunque tampoco descuidé tu cuerpo, Dios me libre, a pesar de que parece que hayas intentado disimularlo al escribir «bastante alta». El bolígrafo ya se agita en mi mano ante el pensamiento de que muy pronto voy a describir tu cuerpo, su belleza y su generosidad bajo la ropa. Sin olvidar la redondez algo tensa de los hombros, como si alguien te amenazara desde fuera y tú quisieras defenderte de él.
La manera como bajaste la cabeza mientras tu cuerpo temblaba ligeramente bajo el vestido, y cómo con un movimiento lento, igual que en un sueño, te abrazaste a ese cuerpo rodeándote con los brazos, como si lo compadecieras. Suena raro, pero eso es lo que me pareció, que sentías pena y piedad por tu cuerpo. A primera vista ya supe muchas cosas de ti, aunque me parece que estoy volviendo a irritarte por jactarme de estar contando cosas sobre ti sin vacilar, pero es que simplemente lo supe, tu rostro manifestaba tal transparencia en ese momento, tal distracción, que yo nunca había visto antes a ningún adulto tan despojado de su epidermis. Podía apreciarse con toda claridad cómo todo sentimiento que te recorra por dentro aflora al instante a tu rostro y que no estás dispuesta a ocultar nada, con todo el peligro que eso conlleva. ¿Dónde estabas tú cuando la vida tenía que haberte enseñado todo eso?
(Basta, ya no puedo contenerme. Ven, ven mensajera de apacible rostro, ven carta de despedida, extracto de antibiótico, ven y oigamos lo que tienes que decir.)
22 de abril
Miriam:
Ante todo:
Hoy, en el supermercado, hacia el atardecer, un niño al que yo no conocía me ha pedido que le bajara tres tabletas de chocolate de lo alto de un estante. He alargado la mano hacia ellas y, en un abrir y cerrar de ojos, el niño se ha convertido en un niño enfermo que está incubando una enfermedad poco clara y al que se está dando tratamiento desde hace ya varios meses con gran preocupación, y que cuando parece que todo está yendo bien y que va camino de la curación, se lanza a devorar chocolate con verdaderas ansias, se levanta sonámbulo por la noche y lo engulle sin que se le pueda detener, además de que no estaría bien privarlo de ese pequeño placer cuando está pasando por unos tratamientos tan duros. Pero la cuestión es que el niño sabe algo más que todos, más que sus padres y que los médicos, e incluso más que él mismo, porque posee una especie de conocimiento interior mudo, así que se está aprovisionando de chocolate para ese viaje tan largo y tan frío que le espera, de modo que le he bajado las tabletas de chocolate del estante y él se ha marchado tan contento por donde ha venido.
Este fugaz pensamiento lo he tenido mientras movía la mano hacia el estante y me he jurado recordarlo para contártelo a ti. ¡Si hasta lo he anotado en un pedacito de papel! ¿Y qué? Al día suelo tener una docena de pensamientos de este tipo que después se pierden para siempre, y aunque no se trate de una reflexión especialmente genial, si no te lo hubiera escrito se me habría olvidado como los otros y habría sido una lástima, porque a pesar de todo habría sido una pena que algo tan insignificante hubiera muerto antes de nacer, esa migaja viva del alma, aunque claro está que a todo el mundo se le ocurren cientos de ideas parecidas, a nadie se le habría ocurrido una tan tonta como esta y aunque se le hubiera ocurrido, ¿quién le iba a contar algo así a otra persona? ¿Has oído alguna vez que alguien se dedique a contar alucinaciones como esta?
¿De dónde saco yo entonces el valor para escribirte una reflexión íntima tan tonta, algo que sin ningún lugar a dudas no es más que un fogonazo de electricidad estática en el cerebro?
¿Puede que sea porque has comprendido que si ahora dejas de escribirme solo porque de tanto en tanto te saco de tus casillas, no te lo perdonarías el resto de tu vida?
Oye, Miriam, leo y releo tu breve carta una y otra vez. A lo mejor es que no me atrevo a entenderla a fondo, pero me parece que lo que aquí pone, con tu diminuta letra, es que tienes muy claro que si ahora me das la espalda, antes de haberme conocido de verdad, te sentirás como si por encima de todo hubieras renegado de ti misma.
Ya lo sé, no era necesario que entraras en detalles, que el «principio» ese no tiene nada que ver conmigo, que es algo que solo va contigo y que incluso puede, como tú ya has dicho, que sea lo más íntimo que guardas en ti. Pero también leo lo que has añadido debajo con unas letras un poco raras, y es que a veces te produce escalofríos el hecho de que un extraño haya alcanzado a ver con una furtiva mirada eso tan íntimo, y que sin conocerte en absoluto lo haya llamado por su nombre.
YAIR
(Ya es mañana)
Quiero decir: si pudiera reunir unos cuantos pensamientos, unas cuantas migajas del alma como esas, entonces puede que las mirara como las piezas de un mosaico completo y llegara finalmente a entender algo, el principio que me mantiene aglutinado hasta formar una unidad, ¿no te parece a ti?
Hablo de las cosas que no tienen nombre propio, los posos de los añicos de la vida que se van depositando en el fondo del alma, de los estratos formados de sedimentos y cenizas. Si me pides que te los describa te diré que no tengo palabras para ellos, solo una punzada en el corazón, una sombra que pasa, un suspiro. Una mujer se abraza a sí misma en medio de un grupo de gente y, de repente, uno se llena de nostalgia. Esa mujer escribe: te has presentado a ti mismo como «un extraño», pero quien sea un completo extraño no puede escribirme de esa manera... y al instante algo me oprime la garganta, una gota que mana de la glándula de la soledad, no más que eso, pero ¿existe algo más importante? En el fondo, Rilke me explicó, en uno de mis turnos de guardia en el Sinaí, que todo termina por convertirse en regla. Perfecto, le dije, y la verdad es que tranquiliza pensar que en algún lugar todo acaba teniendo sentido, aunque a mí esta certeza ya no me satisface, Rainer Maria, mi tiempo se está agotando muy deprisa, y aunque viva treinta años más no alcanzaré a ver más que los primeros treinta cólquicos al inicio de cada temporada, a fin de cuentas un ramito bastante pequeño, así que, quiero ver ya la formulación de esa regla aunque sea por una sola vez, ¿lo entiendes? La fórmula completa, y quiero además una excursión guiada por ese misterioso «fondo»; exijo saber los nombres propios de todas las composiciones nombradas más arriba, llamarlas por lo menos una sola y única vez por su nombre y que me respondan, que sean finalmente mías una sola vez, con tal de no soportar este eterno silencio (que en este momento, por ejemplo, sin causa aparente alguna, en medio de la chusma del día a día, me está reventando el corazón).
Y.
A propósito, no te esfuerces tanto por recordar quién era yo de los que estuvieron a tu alrededor esa noche, porque no tiene la más mínima relevancia y, además, ni tan siquiera te fijaste en mí. Pero ya que insistes: nada alto (puede que hasta más bajo que tú, y espero que no te importe, porque a las palabras no les afecta), muy delgado: no invirtieron en mí demasiada materia cuando me crearon y puede que tampoco demasiado pensamiento. No soy precisamente un Adonis, ya que me lo preguntas, es decir: no dejo de ser un tanto feo. ¿Ahora ya me recuerdas? ¿Una cara de expresión apenada y una barba clara y rala? ¿Alguien que andaba sin sosiego y sin rumbo fijo entre los distintos corrillos sin unirse a ninguno de ellos? ¿Recuerdas a alguien así? ¿A una especie de cruce entre marabú melancólico y judío? En suma: no merece la pena esforzarse, ya que no podrás recordarme, porque no hay nada que pueda olvidarse.
28 de abril
No irás a sentir lástima, ¿verdad?
Nada de suspiros.
Pero ¿qué hay de malo en que quiera hacerme un poco el adolescente al escribirte? Si es que lo mismo soy un muchacho, que un niño de teta, que un viejo, que vuelvo a nacer... ¡Soy tantos tiempos mientras te escribo! Ojalá que también tú entregaras un poco del arrebato que sí te has permitido a ratos (¿solo a ratos?, ¿de verdad?) cuando estabas en ese terrible momento que es la adolescencia. Porque ¿cómo hubiera sido posible pasar el túnel de esos años oscuros sin un poco de pasión? Así que ¿por qué reprimes hoy tanto esos momentos de calidez de tus otras edades? Yair, el compralotodo, quiere hacerse con el género de tu mercado térmico al completo, porque tienes que comprender que el lugar al que yo quiero que lleguemos carece todavía de vida y de trascendencia, de manera que si me coloco a cierta distancia de él y lo observo desde fuera, también a mí se me va a enfriar, y cuando dudas de él, aunque no sea más que por medio de la más mínima observación, al instante se hiela, porque ¿qué crees, que es muy fácil crear algo a partir de dos personas?
Desde ayer intento entender qué es lo que te ha pasado entre la última carta y esta que tengo aquí. ¿A qué voz ajena a la nuestra has atendido? (A la de Ana, ¿verdad? Se lo has contado. Estoy convencido de que no tienes a nadie más próximo a ti. Seguro que se habrá burlado de mí, ¿verdad?)
Porque si no, ¿cómo explicas el hecho de que vuelvas a mostrarte reticente y que me exijas —con una especie de frialdad tan ajena a ti, nerviosa, con los labios apretados— que te hable de una vez de mí, del «yo» que se encuentra a la vista de todos?
Había albergado la esperanza de que eso ya lo habíamos superado, que habías entendido que mi «yo» no es importante para nuestro asunto. ¿A quién, en realidad, puede interesarle ese «yo»? ¿Qué más da si Yair Wind aparece o no en la guía de teléfonos? ¡No aparece! ¿«A la vista de todos»? Pero si ya te he dicho que ni siquiera me viste aquella noche, porque me encontraba en un ángulo muerto para ti. Escribe acerca de ese ángulo muerto, mira bien a fondo y me verás en él saludarte agitando ambas manos: me verás en el mismísimo centro de ese ángulo muerto, Miriam, te lo aseguro...
Te habrás dado cuenta de que ni siquiera intento discutir tus impresiones, y eso ha sido así desde el primer momento que he empezado a escribirte. Te he hecho una descripción exacta de mí, con todos los síntomas de la enfermedad. Incluso la «impulsividad», que a tus ojos resulta siempre un poco sospechosa, resbaladiza. Creo saber de lo que hablas. Y tampoco me resultan ajenos ni tus recelos ni tus sospechas ante el hecho de que yo sea capaz, sin apenas hacer averiguaciones, de depositar en unas manos completamente extrañas las debilidades concernientes a mi corazón, una extraña y turbadora táctica de encantamiento, dices tú, como si no fuera lo que en realidad es, nada más que un examen de conciencia...
Leo estas definiciones categóricas y pienso: me analiza como si nunca se hubiera conmovido conmigo, y se emociona como si no tuviera ninguna capacidad de análisis. ¿Quién es ella, entonces?
Por mi parte, no tengo ninguna intención de telefonearte a tu casa, no, gracias, además de que me ha sorprendido bastante que hasta tal punto te haya irritado mi inocente propuesta de la semana pasada de que llames a tus seres queridos por los nombres que quieras, porque tienen nombres verdaderos (eso ya lo sé), y tú no tienes ninguna intención de ponerles otros por darme gusto a mí (por supuesto que no), y me reprochas también el hecho de que no sea capaz de admitir que existe la posibilidad de que dos personas mantengan una relación sencilla y abierta. Ya estaba seguro de que después de esta tormenta ibas a darme con la carta en las narices para siempre jamás, ¡cuando vas y me haces llegar el número de teléfono de tu casa!
Pero no te voy a llamar, tanto por la sencilla razón de que deseo preservar la «seguridad de la relación» (podría haber alguien en casa y oírlo todo), como sobre todo porque incluso la voz resulta demasiado real para la fantasía que yo quiero mantener contigo, un ensueño que solo tiene que estar hecho de palabras escritas, de manera que la voz podría perforarlo y entonces la realidad entera se le colaría dentro, los detalles, las cifras, las pequeñas y manoseadas interferencias de la vida, las «evidencias» ligadas de raíz a la «esclavitud», de manera que en un abrir y cerrar de ojos toda esa chusma penetraría como un poderoso torrente para apagar hasta el último rescoldo. ¿Por qué te empecinas en no entenderlo?
Por lo menos no eres capaz de disimular ni tan siquiera durante cinco líneas seguidas: te atrincheras detrás de unas objeciones y argumentaciones muy lógicas, a saber, que mientras yo siga con estos juegos infantiles de espías o con la delirante idea de la «guillotina» que caerá sobre nosotros dentro de unos meses, no vas a estar dispuesta a creerte de corazón ni siquiera las cosas más «sinceras e íntimas» que yo te cuente y, por otro lado, tampoco soportas el rincón al que has sido empujada poco a poco por mis tretas, el rincón de alguien cerrado, crítico y frío, y así has estado lanzándome por lo menos otros tres ridículos «no estoy dispuesta a», con la voz de una maestra de moño relamido, hasta que de repente te han temblado los labios y se te ha escapado un pequeño y traicionero «no estoy dispuesta a»: «Ya habrás podido darte cuenta de que no estoy dispuesta a que creas que me da miedo la verdadera pasión en una relación, ni los sentimientos, sino todo lo contrario, todo lo contrario...».
Mira cómo cada vez que llego a ese «no estoy dispuesta a» me vuelve a brincar el corazón de puro alborozo (como si te hubieras puesto para mí unas medias de seda).
Pero dime enseguida, con sinceridad: ¿me he confundido? ¿Acaso te he confundido con otra? Ahora, por ejemplo, otra vez me invade un oleaje oscuro que me embiste el estómago y que viene a decirme que puede que sí me haya confundido de persona, que lo que en realidad estoy haciendo es torturarte, porque está claro que quien no esté afinado como la delicada cuerda que te he ofrecido, no oirá más que disonancias, el rechinar del latón de mi buzón o la pequeña burocracia del adulterio que te he revelado más arriba, una relación segura que sin lugar a dudas te habrá provocado náuseas.
Está claro que he dudado si destruir mi carta o por lo menos adornarla u
