Supe que había sucedido algo irreparable en el momento en que un hombre me abrió la puerta de esa habitación de hotel y vi a mi mujer sentada al fondo, mirando por la ventana de muy extraña manera. Fue a mi regreso de un viaje corto, sólo cuatro días por cosas de trabajo, dice Aguilar, y asegura que al partir la dejó bien, Cuando me fui no le pasaba nada raro, o al menos nada fuera de lo habitual, ciertamente nada que anunciara lo que iba a sucederle durante mi ausencia, salvo sus propias premoniciones, claro está, pero cómo iba Aguilar a creerle si Agustina, su mujer, siempre anda pronosticando calamidades, él ha tratado por todos los medios de hacerla entrar en razón pero ella no da su brazo a torcer e insiste en que desde pequeña tiene lo que llama un don de los ojos, o visión de lo venidero, y sólo Dios sabe, dice Aguilar, lo que eso ha trastornado nuestras vidas. Esta vez, como todas, mi Agustina pronosticó que algo saldría mal y yo, como siempre, pasé por alto su pronóstico; me fui de la ciudad un miércoles, la dejé pintando de verde las paredes del apartamento y el domingo siguiente, a mi regreso, la encontré en un hotel, al norte de la ciudad, transformada en un ser aterrado y aterrador al que apenas reconozco. No he podido saber qué le sucedió durante mi ausencia porque si se lo pregunto me insulta, hay que ver cuán feroz puede llegar a ser cuando se exalta, me trata como si yo ya no fuera yo ni ella fuera ella, intenta explicar Aguilar y si no puede es porque él mismo no lo comprende; La mujer que amo se ha perdido dentro de su propia cabeza, hace ya catorce días que la ando buscando y me va la vida en encontrarla pero la cosa es difícil, es angustiosa a morir y jodidamente difícil; es como si Agustina habitara en un plano paralelo al real, cercano pero inabordable, es como si hablara en una lengua extranjera que Aguilar vagamente reconoce pero que no logra comprender. La trastornada razón de mi mujer es un perro que me tira tarascadas pero que al mismo tiempo me envía en sus ladridos un llamado de auxilio que no atino a responder; Agustina es un perro famélico y malherido que quisiera volver a casa y no lo logra, y al minuto siguiente es un perro vagabundo que ni siquiera recuerda que alguna vez tuvo casa.
Te lo voy a contar a calzón quitado porque tienes derecho a saberlo, le dice el Midas McAlister a Agustina, y a fin de cuentas qué puedo arriesgar al hablarte de todo esto, si a mí ya no me queda nada. Tu marido anda perdido como corcho en remolino tratando de averiguar qué diantres sucedió contigo y tú misma tampoco sabes gran cosa, porque mira, Agustina bonita, toda historia es como un gran pastel, cada quién da cuenta de la tajada que se come y el único que da cuenta de todo es el pastelero. Pero antes de empezar déjame decirte que me alegra tu compañía, pese a todo siempre me ha alegrado tu compañía, la verdad es que después de lo que pasó eres la última persona que esperaba ver. ¿Me crees si te digo que este desastre empezó con una simple apuesta? Hasta vergüenza le da al Midas confesárselo a Agustina, que se tomó las cosas en serio y salió tan perjudicada, una apuesta de lo más ordinaria, una chanchada si vamos a llamar a las cosas por su nombre, una jugarreta que resultó sangrienta. La bautizaron Operación Lázaro porque el motivo era ver si el Midas y otros tres amigos podrían hacer que le resucitara el pájaro a la Araña Salazar, que lo llevaba muerto entre las piernas desde el accidente en el Polo Club de Las Lomas, ¿Te acuerdas, Agustina bonita, del escándalo aquel? A la hora de la verdad fue un accidente vulgar y cretino aunque después trataron de ponerle a la cosa su decoro y su heroísmo, haciendo circular la versión de que la Araña se había caído del caballo durante un partido contra un equipo chileno, pero la verdad, aclara el Midas, es que el trago amargo vino después, durante un zafarrancho de borrachos, porque el partido había sido por la mañana y la Araña lo había presenciado desde la tribuna, sentado en los primeros peldaños porque está tan gordo que no puede acceder a los altos, y te aseguro que todo su protagonismo consistió en apostar a favor de los chilenos y en contra de los locales, ese Araña siempre ha sido un gordazo y un vendepatrias. Los chilenos ganaron y luego fueron homenajeados con un almuerzo típico que supongo que se tragaron por educación pero de mala gana, quién sabe cuál fue el folklorismo que les enjaretaron, lechona, tamales, buñuelos, brevas con arequipe o todos los anteriores, y después se retiraron a su hotel a bregar con la digestión de todo aquello mientras en el club la jarana seguía y se multiplicaba, cada vez más enverriondada. Corrieron ríos de whisky, oscureció y ya no quedaban allí sino polistas nativos y habitués del club cuando a la Araña y a sus amigotes les dio por mandar ensillar, y el Midas McAlister supone, o mejor dicho sabe, que cuando partió en la noche la alegre cabalgata todos iban ebrios como cosacos, aquello era una patota de payasos alebrestados, no sé si tu hermano Joaco iba entre ellos, le dice a Agustina, a lo mejor sí porque Joaco nunca se pierde un jolgorio promisorio. Se montaron en esos caballos que ya de por sí son histéricos y que no aprecian que unos patanes pasados de kilos les aplasten los riñones y los obliguen a galopar a oscuras por trochas tapadas de barro, con la procesión de Toyotas 4 puertas cargados de escoltas detrás, tú conoces cómo va la onda, muñeca linda, le dice el Midas a Agustina, porque tú provienes de ese mundo y si emprendiste la fuga fue porque de eso ya habías comido bastante, ¿y acaso el sabor se olvida?, no reina mía, ese regusto a mierda permanece en la boca por más gárgaras de Listerine que hagas. A cada ricacho del Las Lomas Polo lo siguen como sombras cinco o seis guardaespaldas donde quiera que va, y peor en el caso de la Araña Salazar, que desde que nada en oro se hace proteger por una tropilla de criminalazos entrenados en Israel, y el Midas asegura que esa noche la Araña, que hacía meses no se encaramaba en un caballo porque se ahoga en colesterol y debe contentarse con observar la movida desde la tribuna, esa noche la Araña, que llevaba encima una juma fenomenal, ordenó que le trajeran a la bestia más arrecha, un alazán de alzada portentosa que se llamaba Perejil, y si te digo se llamaba, Agustina princesa, y no se llama, es porque en medio de la negrura, del barrizal y del desenfreno el Perejil se encabritó y lanzó a la Araña por los aires estampándolo de espaldas contra el filo de una roca, y después de eso una lumbrera de escolta, uno que llaman el Chupo, no tuvo mejor idea que castigar al animal con una ráfaga de metralla que lo dejó agujereado como una coladera y con los cascos mirando hacia la luna, en una escenita de un patético subido. De una sola ráfaga el imbécil del Chupo se parrandeó los doscientos cincuenta mil verdes que costaba el Perejil, porque esa vida es así, Agustina muñeca, en una sola juerga se pueden ir al traste dinerales sin que a nadie se le descoloque el peluquín.
La niña Agustina abraza con fuerza a otro niño más pequeño que es su hermano el Bichi y que tiene la cabeza cubierta de rizos oscuros, un Niño Dios de esos que los pintores no representan rubios sino pelinegros, Es la última vez, Bichito, le asegura Agustina, nunca más te vuelve a pegar mi padre porque yo lo voy a impedir, no encojas ese brazo como si fueras un pollo con el ala quebrada, ven Bichi, hermanito, tienes que darles el perdón a las manos malas de mi padre porque su corazón es bueno, tienes que perdonarlo, Bichi, y no hacerle mala cara porque de lo contrario se larga de casa y la culpa va a ser tuya, ¿te duele mucho el bracito?, ven acá que no es nada, si paras de llorar tu hermana Agustina te va a convocar a la gran ceremonia de sus poderes, y hacemos lo que sabemos, ella saca las fotos del escondite y Bichi coloca la tela negra sobre la cama, tú y yo preparando la misa que ilumina mis ojos, Agustina convoca al gran Poder que le permite ver cuándo el padre le va a hacer daño al niño, tú eres el Bichi a quien yo tanto quería, repite una y otra vez Agustina, el Bichi a quien tantísimo quiero, mi hermanito del alma, el niño lindo que se alejó de mí hace ya toda una vida y nada sé de él. Tu ala quebrada yo te la sano, le canta Agustina y lo arrulla contra sí, sana que sana paticas de rana si no sanas hoy sanarás mañana, lo único malo es que los poderes de adivinación le llegan cuando les da la gana y no cuando ella los convoca, por eso a veces la ceremonia no resulta lo mismo aunque los dos niños se pongan las vestimentas y hagan todo como Dios manda, paso por paso, respetando cada paso, pero no es lo mismo, se queja Agustina, porque a mí los poderes a ratos me abandonan, se me cierra la visión y el Bichi queda indefenso, sin saber en qué momento le ha de suceder aquello. En cambio cuando van a llegar se anuncian con un temblor en los párpados que lleva por nombre Primera Llamada, porque los poderes de Agustina eran, son, capacidad de los ojos de ver más allá hacia lo que ha de pasar y todavía no ha pasado. La Segunda Llamada es la libre voluntad con que la cabeza se le va hacia atrás como bajando una escalera, como si la nuca tironeara y la hiciera estremecerse y agitar el pelo como la Llorona Loca cuando vaga por el monte, Yo sé bien que al Bichi le aterra la Segunda Llamada y que no quiere saber nada de la Llorona ni del ritmo loco de su pelo suelto, por eso me ruega que no ponga los ojos en blanco y que no revuelva los pelos porque Si sigues haciendo eso, Agustina, me voy para mi cuarto, No te vayas, Bichi Bichito, no te vayas que ya no lo hago más, controlo el estremecimiento para no aterrarte porque al fin y al cabo nuestra ceremonia es de curación y amparo, yo nunca te voy a hacer mal, yo sólo te protejo, y a cambio de eso tú tienes que prometerme que aunque mi padre te pegue vas a perdonarlo, mi padre dice que es por tu bien y los padres saben cosas que los hijos no saben.
Aguilar dice que desde que su mujer está extraña, él se ha dedicado a ayudarla pero que sólo logra desagradarle e importunarla con sus inútiles desvelos de buen samaritano. Por ejemplo ayer, tarde en la noche, Agustina montó en cólera porque quise secar con un trapo el tapete que ella había empapado obsesionada con que olía raro, y es que me produce una desazón horrible ver ese montón de tiestos con agua que va colocando por todo el apartamento, le ha dado por oficiar bautizos, o abluciones o quién sabe qué ritos invocando a unos dioses que se inventa, todo lo lava y lo frota con un empeño desmedido, esta indescifrable Agustina mía, se le ha vuelto un tormento cualquier mancha en el mantel o mugre en los vidrios, sufre porque haya polvo en las cornisas y la vuelven irascible las huellas de barro que según dice van dejando mis zapatos, hasta sus propias manos le parecen asquerosas aunque las refriegue una y otra vez, ya están rojas y resecas sus bellas manos pálidas, porque no les da tregua, ni me da tregua a mí, ni tampoco se la da a sí misma. Dice Aguilar que mientras su mujer oficia sus ceremonias dementes le va dando órdenes a la tía Sofi, que se ha ofrecido como monaguillo complaciente, y las dos trajinan con cacharros llenos de agua como si así lograran exorcizar la ansiedad, o recuperar algo del control perdido, en tanto que él no halla qué papel desempeñar en esta historia ni sabe cómo frenar el furor místico que va invadiendo la casa bajo la forma de hileras de tazas de agua que aparecen alineadas contra los zócalos de los muros o sobre los antepechos de las ventanas, De pronto abro una puerta y sin querer vuelco un platón de agua que Agustina ha escondido detrás, o voy a subir al segundo piso y me lo impiden las ollas llenas de agua que ha colocado en cada escalón, ¿Cómo llego arriba, tía Sofi, si Agustina inutilizó la escalera?, Por ahora quédate abajo, Aguilar, ten un poco de paciencia y no quites de ahí esas ollas porque ya sabes la pataleta que arma, ¿Y dónde comeremos, Agustina mía, si llenaste la mesa de platos con agua? Los ha puesto sobre las sillas, en el balcón y alrededor de la cama, el río de su locura va dejando su rastro hasta en los estantes de los libros y en los armarios, por donde pasa se van abriendo estos quietos ojos de agua que miran a la nada o al misterio y yo más que desazón siento el agobio de un fracaso, la angustia de no saber qué burbujas son las que le estallan por dentro, qué peces venenosos recorren los canales de su cerebro, así que no se me ocurre nada mejor que esperar un descuido suyo para vaciar vasijas y platos y baldes y devolverlos a su lugar en la cocina, y luego te pregunto por qué me miras con odio, Agustina amor mío, será que no me recuerdas, pero a veces sí, a veces parece reconocerme, vagamente, como entre la niebla, y sus ojos se reconcilian conmigo por un instante, pero sólo un instante porque enseguida la pierdo y vuelve a invadirme este dolor tan grande. Extraña comedia, o tragedia a tres voces, Agustina con sus abluciones, la tía Sofi que le sigue el juego y yo, Aguilar, observador que se pregunta a qué horas se perdió el sentido, eso que llamamos sentido y que es invisible pero que cuando falta, la vida ya no es vida y lo humano deja de serlo. Qué haríamos si no fuera por usted, tía Sofi. Al principio Aguilar permanecía en casa las veinticuatro horas corridas cuidando a Agustina y esperando que en cualquier momento volviera a sus cabales, pero con el correr de los días empezó a sospechar que la crisis no se superaría de la noche a la mañana y supo que tendría que hacer de tripas corazón para volver a enfrentar la vida cotidiana. Tal vez lo más difícil de todo esto, dice, sea aceptar la gama de términos medios que hay entre la cordura y la demencia, y aprender a andar con un pie en la una y el otro en la otra; al tercer o cuarto día de delirio se me acabó el dinero que llevaba encima y las urgencias ordinarias regresaron a mí desde ese remoto fondo de la memoria donde se habían agazapado, si no salía a cobrar un par de cuentas pendientes y a hacer las entregas de la semana no habría con qué comprar la comida ni pagar los servicios, pero no tenía cómo contratar a una enfermera que durante mi ausencia se quedara con Agustina cuidando que no escapara ni hiciera locuras irreparables, y fue entonces cuando timbró a la puerta esta señora que dijo llamarse tía Sofi. Apareció así no más, como traída por la Providencia, con su par de maletas, su gorro de fieltro rematado en una pluma, su risa fácil y su amplia presencia de alemana de provincia, y antes de ser invitada a seguir, todavía parada en el quicio de la puerta, le fue explicando a Aguilar que hacía años que no tenía trato con la familia, que vivía en México y que se había venido en un avión para cuidar a su sobrina durante el tiempo que fuera necesario, Yo no sé, duda Aguilar, mi mujer nunca me había hablado de ninguna tía, o al menos no recuerdo que lo haya hecho, y sin embargo pareció reconocerla o al menos reconoció su sombrero porque se rió, No puedo creer que todavía uses ese gorrito con pluma de ganso, eso fue todo lo que le dijo pero se lo dijo risueña y confiada, y sin embargo hubo un detalle que a Aguilar le dio mala espina, si esta señora no tenía trato con la familia, cómo se había enterado de la crisis de la sobrina, y cuando se lo preguntó, ella sólo respondió Eso lo he sabido siempre, Ah carajo, pensó Aguilar, o aquí hay gato encerrado o me acabo de ganar otra especialista en andar adivinando. Lo cierto es que esta tía Sofi no sólo ha logrado bajarle un poco el voltaje al frenesí de Agustina sino que además ha hecho que se alimente, un avance enorme porque antes se negaba a comer nada que no fuera pan simple y agua pura —son palabras de ella, pan simple y agua pura— siempre y cuando no provinieran de mi mano. En cambio a la tía Sofi le recibe de buena gana esa maizena con canela que sabe prepararle y que le va dando cucharada a cucharada como si fuera una nena, Dígame, tía Sofi, por qué Agustina me rechaza la comida y en cambio a usted no, Pues porque maizena con canela era lo que yo le daba de pequeña cuando estaba enferma, Qué habríamos hecho sin usted, tía Sofi, le agradece Aguilar mientras se pregunta quién será en realidad esta tía Sofi.
Dime cómo es el cielo de nuestro verano, cómo se amontonan sobre nosotros estas nubes redondas y lanudas como ovejas, cómo en lo hondo de tus ojos se apacigua, mansa, mi alma, se obstinaba en preguntarle a la abuela Blanca el abuelo Portulinus, refiriéndose a paisajes que no eran los que veía sino los que soñaba, porque ya por ese entonces andaba loco; loco como una puta cabra. Ella lo sacaba de la mano y lo hacía correr hasta cansarlo para aplacarle ese desenfreno que de otra manera podía arrastrarlo hasta los infiernos, aunque correr es un decir, siendo más bien un trotecito torpe de hombre ya un poco gordo, ya alejado de la juventud, ya muy entrado en las turbulencias de la demencia. Entrado y salido, desde luego, porque a veces no era loco y era entonces músico, un músico alemán de nombre Nicolás y de apellido Portulinus que con el correr del tiempo habría de ser el abuelo de Agustina, y que habiendo venido desde Kaub, un lugar con un río y un castillo, se había ido quedando entre los cañaduzales del muy tórrido pueblo de Sasaima, quizá por gracia de ese húmedo y tímido encanto de las tierras calientes que tan seductoras resultan para hombres como él, propensos a la ensoñación y al desvarío. El asunto de su procedencia nunca quedó claro porque no solía hablar de eso, y si alguna vez lo hizo fue en ese enrevesado español suyo, mal aprendido por el camino y que nunca pasó de ser la lengua provisional de quien no especifica si apenas está llegando o si todavía no se ha ido, y tampoco estaba claro por qué se había radicado precisamente en este lugar, aunque él mismo sostenía que si había escogido Sasaima entre todos los pueblos del planeta, era porque no conocía otro con un nombre tan sonoro.
Qué no diera yo por saber qué hacer, dice Aguilar, pero sólo tengo una angustia monstruosa, catorce noches sin dormir, catorce días sin descansar y la decisión de sacar a Agustina al otro lado aunque ella misma se oponga. Está furiosa. Está furiosa y desarticulada y abatida; el cerebro le estalló en pedazos y para ayudarla a recomponerlo sólo puedo guiarme por la brújula de mi amor por ella, mi inmenso amor por ella, pero esa brújula hoy por hoy es incierta porque me cuesta quererla, por momentos me cuesta mucho porque mi Agustina no está amable ni parece quererme ya, y me ha declarado una guerra a dentelladas de la cual vamos saliendo los dos hechos pedazos. Guerra o indiferencia, y no se sabe cuál de las dos es más difícil de lidiar, Aguilar se consuela pensando que no es ella quien lo odia sino esa persona extraña que ha tomado posesión de ella, esa lavandera energúmena para quien él no es más que alguien que ensucia todo lo que toca. Hay instantes en que Agustina parece aceptar una tregua y garrapatea dibujos para explicarle a Aguilar lo que le pasa. Pinta unos redondeles entre otros más grandes, unos redondeles que se desprenden de otros como racimos de ansiedad, y dice que son las células de su cuerpo redivivo que se reproducen y la rescatan. De qué me hablas, Agustina, le pregunta Aguilar y ella trata de explicarle trazando nuevos círculos, ahora minúsculos y apretados, furiosamente reteñidos con el lápiz sobre una hoja de cuaderno, Son partículas de mi propio cuerpo, insiste Agustina moviendo el lápiz con tal brusquedad que rasga el papel, irritada porque no logra explicar, porque su marido no logra entenderla. Porque tengo en mi contra el peso de una culpa, reconoce Aguilar, y es que conozco poco a mi mujer a pesar de haber convivido con ella durante lo que ya van a ser tres años. Sobre ese raro territorio que es el delirio, Aguilar ha logrado comprobar al menos dos cosas: una, que es de naturaleza devoradora y que puede engullirlo como hizo con ella, y dos, que el ritmo vertiginoso en que se multiplica hace que sea contra reloj esta lucha que además emprende tarde, por no haberse percatado a tiempo de los avances del desastre. Estoy solo en esta lucha. No tengo quién oriente ni vigile mis pasos por entre el laberinto o me indique cómo salir de él cuando llegue el momento. Por eso tiene que pensar bien; pese a la confusión Aguilar tendrá que ordenar la concatenación de los hechos con calma y a sangre fría, sin exagerar, sin dramatizar, buscando explicaciones escuetas y palabras claras que le permitan diferenciar las cosas de los fantasmas y los hechos de los sueños. Tengo que moderar el tono, serenarme y bajar el volumen, o estaremos perdidos ambos. Qué te está pasando, Agustina mía, dime qué hacías en ese hotel, ¿quién te hizo daño?, le pregunta pero sólo logra desatar en ella toda la rabia y el ruido de ese otro tiempo y ese otro mundo en los que se atrinchera, y cuanto mayor es la ansiedad de él, tanto más crece la virulencia en ella, No quiere contestarme, o no puede hacerlo; quizá ella misma no conoce la respuesta o no logra precisarla en medio de la tormenta que se le ha desencadenado por dentro. Como todo se le deshace en incertidumbre, Aguilar debe empezar por describir las pocas cosas que sabe a ciencia cierta: Sé que voy por la carrera 13 de mi ciudad, Santa Fe de Bogotá, y que el tráfico, ya de por sí pesado, está imposible a causa de la lluvia. Sabe que se llama Aguilar, que fue profesor de Literatura hasta que cerraron la universidad por disturbios y que desde entonces se ha ido convirtiendo poco a poco en casi nadie, en un hombre que para sobrevivir reparte a domicilio bultos de alimento para perros, Tal vez eso juegue a mi favor por cuanto nada importante me ocupa, dice, salvo la obstinación por recuperar a Agustina. Sabe también —lo sabe ahora, pero hace dos semanas no lo sabía— que cualquier demora de su parte sería criminal, Cuando todo empezó pensé que se trataba de una pesadilla de la que despertaríamos en cualquier momento, esto no nos puede estar pasando, me repetía a mí mismo y en el fondo me lo creía, quería convencerse de que la crisis de su mujer sería cuestión de horas, que se disiparía cuando cediera el efecto de las drogas, o los ácidos, o los tragos, o lo que fuera que hubiera consumido y que la hubiera enajenado de esa manera; algo en cualquier caso externo, de efecto devastador pero pasajero, o quizá algún acontecimiento brutal que no pudiera confesarle pero del que poco a poco se iría reponiendo. O uno de esos confusos episodios que se precipitan en esta ciudad en guerra de todos contra todos; historias de gente a la que le venden droga adulterada en algún bar, o le pegan en la cabeza para atracarla, o le hacen tomar burundanga para obligarla a actuar contra su voluntad. Al principio daba por sentado que había sido algo así, de hecho aún no descarto la posibilidad, y por eso mi primer impulso fue llevarla al servicio de urgencias más cercano, el de la Clínica del Country, donde los médicos de turno la encontraron agitada y delirante, según los términos precisos que utilizaron, pero sin rastro de sustancias extrañas en la sangre. Si me es tan difícil creer que realmente no hallaron huella de sustancias extrañas en su sangre, dice Aguilar, si me niego a aceptar ese diagnóstico, es porque implicaría la posibilidad de que lo único que haya aquí sea el alma desnuda de mi mujer y que la locura salga directamente de ella, sin la mediación de elementos ajenos. Sin atenuantes. Lo del alma desnuda se lo dijo ella misma, la propia tarde en que se desató este infierno; durante un instante y por una única vez se le humanizó la expresión y le imploró ayuda, o al menos intentó hacer contacto, y fue cuando le dijo Mira, Aguilar, mira mi alma desnuda; Aguilar recuerda esas palabras con la nitidez afilada con que la herida recuerda al cuchillo que la produjo.
El Midas McAlister le cuenta a Agustina que en medio de la barahúnda y de la borrachera los jugadores de polo le gritaban a la Araña, que seguía en el suelo, Párate, Araña, no seas maricón, no seas aguafiestas, no te tires la velada, y mientras tanto la Araña allá abajo, a oscuras y entre el barro y boqueando y encomendándose a Dios, sin poder moverse porque según se vino a saber más tarde, acababa de tronarse el espinazo contra el filo de la roca. Unos días después, cuando se percató de que todavía estaba vivo, se hizo llevar a Houston Texas en avión particular, a uno de esos megahospitales donde en su momento llevaron también a tu papá, le dice el Midas a Agustina, porque en este remedo de país a todos los platudos que se enferman se les da por peregrinar a Houston Texas convencidos de que en inglés sí los van a resucitar, de que el milagrito funciona si se paga en dólares, como si aquello fuera Fátima o Lourdes o Tierra Santa, como si no supieran de antemano que esos hígados floreados por la cirrosis no se los puede curar ni el mismísimo Dios tecnológico de los norteamericanos. Y aunque allá les arranquen media fortuna en electros, fonocardiogramas y pruebas de esfuerzo, o les incrusten un bypass en la pepa del alma, por lo general acaban igual que acá, bajo tierra y chupando lirio; mira no más, cosita linda, lo que le sucedió a tu señor padre, que se hizo llevar a Houston Texas sólo para tener que regresar poco después y ya vuelto fiambre en un avión de Avianca, justo a tiempo para su propio entierro en el Cementerio Central de Santa Fe de Bogotá. Pero el Midas insiste en volver al tema de la Araña que es el que le concierne a ella, Según habrás de entender, muñeca brava, eso fue lo que a ti te tronó la cabeza y a mí me jodió la suerte; créeme que me duele tu enfermedad, tú sabes mejor que nadie que si algún daño te he hecho en esta vida no ha sido por mi voluntad, le asegura a Agustina el Midas McAlister, y él mismo se sorprende de verse recitando tan conmovidos versos. Sucedió con la Araña que después de cuatro cirugías mayores y un platal invertido en rehabilitación, los doctores de Houston Texas lograron salvarle el pellejo pero no la dignidad, porque quedó parapléjico e impotente el infeliz, sembrado como en maceta entre una silla de ruedas y según sospecha el Midas, también incontinente, aunque la Araña jura que eso no, que no poder fornicar ni caminar ya es humillación suficiente y que el día que además se ensucie encima, se pega un tiro sin pensársela más. Cuando se arrulla en autocompasión, la Araña dice que mejor suerte que él tuvo el cabrón del Perejil, que a estas alturas debe andar cargando yeguas por las praderas del cielo, o sea, muñeca bonita, que esto ha sido una cadena de desastres y el primer eslabón que reventó fue la Araña, psicológicamente se reventó aunque su inmensa fortuna siga intacta, eso es lo que te quiero decir. Las vainas pasan porque pasan y el que tronó, tronó, y en esta jugada a tres bandas tronó la Araña, tronaste tú y troné yo, para no hablar de los actores de reparto. El asunto ocurrió un jueves, dice el Midas haciendo precisiones de calendario, ese jueves de perdición, cuando los cinco de siempre cenábamos en L’Esplanade, la Araña Salazar, Jorge Luis Ayerbe, tu hermano Joaco, el gringo Rony Silver y yo, ellos cuatro oliendo muy a Hermes y vestidos muy Armani, todos con corbatas Ferragamo de esas de pinticas hípicas directamente traídas de la Via Condotti, la de la Araña con estribitos, la de tu hermano Joaco con fusticas, la de Jorge Luis con sillitas de montar y la de Silver con unicornitos o algo por el estilo, como si los cuatro se hubieran puesto de acuerdo en esa mariconada, a L’Esplanade llegaron todos uniformados de gente decente, todos menos el Midas, que salió del baño turco derecho para el restaurante despidiendo vapor y derrochando bronceado, saludable hasta la punta de sus Nikes sin medias debajo, y sin camisa bajo su suéter de hilo crudo Ralph Lauren; tú sabes cómo voy vestido yo, Agustina chiquita, para qué te lo voy a contar, y me visto así para que a ellos nunca se les olvide que en materia de juventud me los llevo por delante, porque cualquiera de ellos podría ser mi padre, y mi madre cualquiera de sus esposas cincuentonas de bolso de cocodrilo y pulserotas de oro y vestido sastre en tono pastel, mientras que lo del Midas son hembritas a granel, top models, estrellitas de TV, estudiantes de arquitectura, instructoras de ski acuático, bellezas así flaquitas, mechuditas y medio histéricas, Agustina, como tú. La verdad, le confiesa el Midas, es que si hubiera escogido a una sola, para formar digamos un hogar, esa hubieras sido tú, mi reina sin corona; muy probablemente hubieras sido tú, que siempre has sido la más indómita de todas, la del cuerpito más sabrosito, tan loquita pero tan bonita. Pero qué va, qué cuentos de formar hogares, que forme hogares de huérfanos y de ancianos el padre Niccoló, que aspira a la santificación; el Midas McAlister qué hogar va a formar si así no es él ni su vida es esa vida, Mi vida es oropel como dice la canción, yo ando más que satisfecho con lo que me regaló el destino, una gata caliente para el frío de cada noche, que si algún problema ha tenido el Midas es el de la inapetencia, que de tanto caramelo a veces se ha sentido hastiado. Y en materia de billete también les doy vuelta y media a tu ilustre hermano Joaco, a tu difunto padre Carlos Vicente y a muchos de los old-moneys de Bogotá, que ya saben que cuando invito yo, les hago servir caviar pero en plato hondo, con cuchara sopera y al por mayor, Coman, hijueputas, les digo, aprovechen y replétense de caviar ruso, que en sus hogares tan egregios sólo viene de a cinco huevitos sobre tostaditas del tamaño de una moneda.
No te asustes Bichito, mi amor, le dice la niña Agustina a ese niño más pequeño que tiene abrazado, que a fin de cuentas toda esta ceremonia es para protegerte y curarte. ¿Como cuando Aquiles, Tina?, le pregunta el niño, medio repuesto ya del pánico, Sí, Bichi Bichito, como cuando a Aquiles el Colérico, y él la interrumpe para contradecirla, Me gusta más cuando decimos Aquiles, el cubierto de vello color azafrán, De acuerdo, cuando a Aquiles, el de vello color azafrán, lo bañan en aguas del Éstige para hacerlo invulnerable, Me gusta más cuando decimos en aguas del Río Infernal, Es lo mismo, Bichito, quiere decir lo mismo, lo que importa es no olvidar que como lo agarran del talón, ese punto le queda vulnerable y por ahí pueden herirlo, No Tina, no pueden porque después, de grande, Aquiles el Colérico vuelve al Río Infernal a sumergir el pie débil y de ahí en más anda blindado de cuerpo entero. Porque al Bichi siempre se la monta el padre, se la tiene jurada pese a que es el menor, en cambio a Joaco no, Joaco es mi otro hermano, el mayor de nosotros tres, y a él mi padre ni le pega ni desaprueba lo que hace, ni siquiera cuando llaman a casa del Liceo Masculino a dar quejas de él porque organizó un incendio en el cuarto de herramientas o le hizo maldades al perro del celador, y al enterarse el padre lo lleva a su estudio y allí lo regaña pero sin ganas, o con ganas de lo contrario, de hacerle ver que en el fondo le gusta que su hijo mayor sea indisciplinado, que tenga fama de crack en fútbol y que saque buenas notas, Mientras seas uno de los mejores de tu clase tienen que aguantarse que de vez en cuando te salgas con la tuya, le dice Carlos Vicente Londoño a su hijo mayor, Joaquín Londoño, que desafortunadamente no lleva su mismo nombre pero sí su mismísimo espíritu, y el hijo lo mira confiado; De nosotros tres, dice Agustina, mi hermano Joaco es el único que no sufre de terrores, porque se da cuenta de que esos ojos amarillos que tiene mi padre, esas cejas pobladas que se juntan en la mitad, esa nariz grande y esa forma rara en que el índice se le estira hasta hacerse más largo que el dedo del medio, todos esos rasgos de mi padre son exactamente iguales a los suyos, por eso padre e hijo sonríen sin que se note, aun delante del vicerrector del Liceo Masculino que ha llamado para anunciar que a Joaco le pondrán matrícula condicional porque toma cerveza en los recreos, pero Joaco y mi padre sonríen porque saben que en el fondo los dos son idénticos, una generación después de la otra, estudiando en el mismo colegio para varones, emborrachándose en las mismas fiestas, a lo mejor hasta empezando incendios en el mismo sitio o haciendo sufrir al mismo perro viejo, ese perro cuidandero que aún no se muere y que no se va a morir porque su suerte es estar todavía ahí cuando el hijo de Joaco, el nieto del padre, nazca y crezca lo suficiente para prolongar por tres generaciones su largo tormento de perro miserable, mira Bichi, mi dulce niño pálido, no podemos culpar a mi padre por preferir al Joaco, a fin de cuentas tú y yo celebramos ceremonias que no deberíamos, ¿entiendes lo que te digo?, cometemos pecados y lo que mi padre quiere es corregirnos, que para eso están los padres. Dice Agustina, Mi papá quería que su primogénito se llamara como él, Carlos Vicente Londoño, según cuenta mi madre ése era su gran anhelo pero por andar en sus asuntos no llegó a tiempo al bautizo, o al menos de eso lo acusa mi madre y no le falta razón, porque mi padre nunca fue de los que llegan cuando uno los está esperando, así que los padrinos aprovecharon su ausencia para ponerle al ahijado no el nombre de mi padre sino el del padre de la Virgen María, es decir Joaquín, a lo mejor creyendo que así la criatura caminaría mejor protegida por este valle de lágrimas, la madrina aseguró que en el Santoral no se conoce ningún Carlos Vicente porque ése no es nombre cristiano, o acaso alguien ha oído hablar de san Carlos Vicente obispo o san Carlos Vicente mártir, así que se convencieron de que era mejor ponerle Joaquín, y desde ese momento empezó la historia de esa gran frustración de mi padre. Para lograr que la perdonara, Eugenia, la madre, le aseguraba que al segundo hijo sí le pondrían Carlos Vicente, Pero la que nací fui yo y como resulté hembra me pusieron Agustina y con eso aumentó el mucho esperar en vano a que por fin naciera el elegido que habría de llevar El Nombre, hasta que le tocó el turno de nacer al Bichi y por consenso y sin discusiones le pusieron Carlos Vicente Londoño, tal como estaba escrito y planificado en la obsesión de mi padre, pero la vida es tan tornadiza que él nunca quiso decirle así y por eso tuvimos que inventarle tanto apodo, que Bichi, que Bichito, que Charlie Bichi, que Charlie, todos nombres a medias, como de mascota. Qué culpa tienes tú, Bichi Bichito, de no parecerte a mi padre, de ser idéntico a mi madre y a mí; ella, tú y yo de piel tirando hacia lo demasiado pálido; asombroso, mi madre que se crió orgullosa de ser aria y justo se fue a casar con uno que medio la desdeñaba por desteñida y por pobre; blanquiñosos nos dice mi padre cuando nos ve en vestido de baño en la piscina de la finca Gai Repos, en Sasaima, y antes de que el Bichi vuelva a preguntarle qué quiere decir Gai Repos, Agustina le repite Quiere decir alegre descanso en alguna de las lenguas europeas que sabía hablar el abuelo Portulinus, que fue quien primero llegó a Sasaima, compró esa finca y la bautizó; eso te lo he explicado mil veces y con ésta van mil y una pero tú nada que aterrizas, qué problema contigo, Bichi Bichito, a veces pienso que tiene razón mi padre cuando dice que eres un niño que vive en las nubes y que de allá no hay quién te baje.
Nunca le ha perdonado a Agustina que viva conmigo, dice Aguilar refiriéndose a Eugenia, su suegra, a quien no conoce y probablemente no va a conocer nunca. Antes del delirio, cuando Agustina aún no suplantaba la realidad, o al menos no tan sistemáticamente, Aguilar no se preocupaba por preguntarle sobre su pasado, su familia, sus recuerdos buenos o malos, en parte porque su oficio de profesor lo mantenía asfixiado de trabajo y en parte, valga la verdad, porque no le interesaba gran cosa, Me sentía unido a la Agustina que vivía conmigo aquí y ahora pero no tanto a la que pertenecía a otros tiempos y a otras gentes, y hoy, cuando sería decisivo reconstruir el rompecabezas de su memoria, Aguilar llora sobre las preguntas que no le hizo, extraña esos interminables relatos suyos, que encontraron en él oídos sordos, acerca de peleas con los padres o con pasados amores, Me arrepiento y me culpo por todo aquello que no quise ver cuando ella intentó mostrármelo porque preferí seguir leyendo, porque no tenía tiempo, porque no le concedí importancia o por la flojera que me daba escuchar historias ajenas, mejor dicho historias de su familia, que me aburrían sobremanera. Esa gente se ha negado a tratarme porque les parezco un manteco, la misma Agustina me confesó alguna vez que ésa es la palabra que usan para referirse a mí, un manteco, o sea un clasemedia impresentable, un profesor de mediopelo, y eso que aún no saben que desde hace un tiempo ando sin trabajo; Agustina le contó que además enumeran otros inconvenientes, como que no se ha divorciado de su primera esposa, que no habla idiomas, que es comunista, que no gana suficiente, que parece vestido por sus enemigos. Es cosa más que sabida que entre esa gente y la mía se levanta una muralla de desprecio, dice Aguilar, pero lo extraño, lo verdaderamente intrigante es que la clase a la que pertenece Agustina no sólo excluye a las otras clases sino que además se purga a sí misma, se va deshaciendo de una parte de sus propios integrantes, aquellos que por razones sutiles no acaban de cumplir con los requisitos, como Agustina, como la tía Sofi; me pregunto si la condena de ellas se decidió desde el momento en que nacieron o si fue consecuencia de sus actos, si fue el pecado original u otro cometido por el camino el que les valió la expulsión del paraíso y la privación de los privilegios, Agustina entre sus muchas faltas incurrió en una capital que fue meterse conmigo, porque el punto número uno del reglamento interno que rige a sus gentes es no andar codeándose con los inferiores y mucho menos metiéndose entre la cama con ellos, aunque claro, Agustina ya estaba desterrada cuando optó por mi compañía, así que quién sabe qué otros crímenes habrá cometido antes. Dice Aguilar que no quiere hablar más de la suegra porque le fastidia el tema, pero sólo por trazar un perfil del personaje se anima a contar que a raíz de esta crisis de Agustina les hizo la llamada telefónica más absurda, Mi suegra llama muy rara vez a nuestra casa y cuelga si soy yo quien le contesta, pero el otro día se dignó hablarme por primera vez en los tres años que llevo viviendo con su hija, y eso sólo porque Agustina se agitó muchísimo cuando supo que era su madre y se negó a pasarle al teléfono, No quiero hablar con ella porque su voz me enferma, repetía y repetía hasta que entró en uno de esos estados límites de ansiedad, así que a Eugenia no le quedó más remedio que hablar conmigo pero sin decirme nunca por el nombre, haciendo malabares con el idioma para evitar la alusión a mi vínculo con Agustina y usando un tono impersonal como si yo fuera el telefonista o el enfermero, es decir como si yo no fuera nadie y ella estuviera dejando un mensaje en el contestador, así fue como anunció que de ese momento en adelante se haría cargo de Agustina, Mire, señor, lo que mi hija necesita es descanso, me dijo, o no me dijo sino que le dijo a ese NN que tenía al otro lado de la línea, le advierto que hoy mismo me llevo a Agustina para un spa en Virginia, Cómo así que un spa en Virginia, señora, de qué me está hablando, le reviró Aguilar, y como junto a él Agustina gritaba que la voz de su madre la enfermaba, él tenía dificultades para escuchar a su suegra, que le estaba enumerando los tratamientos reconstituyentes que recibiría su hija en uno de los mejores spas del mundo, baños termales, terapia floral, masaje con algas hasta que Aguilar la paró en seco, Oiga, señora, el problema es sumamente serio, Agustina está mal, está en un estado de agitación incontrolable y usted me viene con que pretende llevársela a hacer meditación zen, Y quién es usted, señor, para decirme a mí qué es lo que le conviene a mi hija, al menos tenga la cortesía de preguntarle a ella si quiere o no quiere, Agustina, pregunta tu madre si quieres ir con ella a unos baños de aguas termales en Virginia, escúchela usted misma, señora, Agustina está diciendo que lo único que quiere es que colguemos ya el teléfono. Pero Eugenia, que parecía no oír o no querer oír, le comunicó a Aguilar que fuera como fuera la decisión estaba tomada y que su hija debía esperarla abajo, en la portería del edificio, pasaporte en mano y listo el maletín de viaje porque pasaría a recogerla dos horas más tarde para salir de viaje, Y como no tendré dónde parquear y ese barrio es tan peligroso, dígale por favor a mi hija que no me haga esperar, Pues no señora, Agustina no va a salir de esta casa por ningún motivo, así que bien pueda, vaya usted sola a que le pongan algas en Virginia, le dije y enseguida me arrepentí, mejor hubiera sido soltarle un no rotundo pero educado, me dejé ver el cobre, pensé, esta mujer cree que yo soy un patán y le acabo de demostrar que está en lo cierto. Molesto por haberme equivocado, perdí por un momento el hilo de la conversación y cuando me di cuenta Eugenia ya iba en Usted no sabe lo que esa muchacha me ha hecho sufrir, siempre ha sido sumamente desconsiderada conmigo, y Aguilar no podía creer lo que estaba escuchando, ahora resultaba que la víctima era Eugenia y que en realidad no estaba llamando a ofrecer su ayuda sino a presentar un memorial de agravios, y pese a que era la primera vez que la madre de Agustina y él cruzaban palabra, terminaron peleándose por teléfono con desenvoltura de viejos contendientes y lo que empezó siendo un intercambio breve y seco, en el que se sopesa cada palabra para no rebasar lo estrictamente impersonal, terminó de parte y parte en un diálogo de folletín, con atropellado intercambio de frases mal construidas, peor pensadas y tan llenas de mutuos reclamos que aquello resultó de una repugnante intimidad, O al menos así lo sentí yo, dice Aguilar, fue como si un desconocido pisara sin querer a otro por la calle y los dos suspendieran toda actividad para dedicar la tarde a escupirse a la cara, yo le reclamaba Lo que usted quiere no es curar a su hija, señora, sino separarla de mí, y ella me gritaba Usted me quitó a mi hija, señor, en un tono decididamente cursi del cual debe arrepentirse todavía, porque el patetismo se da por descontado en un pequeñoburgués como yo pero resulta imperdonable en una gran señora como ella, y es que para colmo yo a ella le sostenía el señora y ella a mí no me bajaba e
