Prólogo
Estábamos en el apartamento más feo de todo Manhattan, y no era solo que mi cerebro estuviese programado para no apreciar el arte: todos y cada uno de aquellos cuadros eran objetivamente horrendos. Una pierna peluda saliendo del tallo de una flor. Una boca que rebosaba espaguetis. Junto a mí, mi hermano mayor y mi padre canturreaban con aire reflexivo, cabeceando como si entendiesen lo que estaban viendo. Era yo quien nos mantenía en movimiento a los tres; en aquella fiesta parecía imperar un protocolo implícito que nos obligaba a los invitados a recorrer la sala, admirar las obras de arte y solo después poder disfrutar de las bandejas de aperitivos que llevaban los camareros.
Sin embargo, al final de todo, sobre la inmensa chimenea y entre dos deslumbrantes candelabros, un cuadro representaba una doble hélice, la estructura de la molécula del ADN. La tela entera aparecía cruzada por una cita de Tim Burton: «Todos sabemos que el amor entre especies diferentes es extraño».
Me eché a reír, encantada, volviéndome hacia Jensen y mi padre.
—Vale. Este sí que es bueno —espeté.
Jensen suspiró y dijo:
—Tenía que gustarte, claro.
Eché un vistazo al cuadro y volví a mirar a mi hermano.
—¿Por qué? ¿Porque es lo único que tiene sentido en todo el apartamento? —le pregunté.
Miró a mi padre, y vi que este le concedía alguna clase de permiso.
—Tenemos que hablar contigo de tu relación con el trabajo.
Sus palabras, su tono y su expresión decidida tardaron unos instantes en llegar a mi cerebro.
—Jensen —dije—, ¿de verdad quieres tener esta conversación aquí?
—Sí, aquí —me confirmó, entornando sus ojos verdes—. Es la primera vez en dos días que te veo fuera del laboratorio y no estás durmiendo o comiendo.
Había observado con frecuencia que los rasgos de personalidad más destacados de mis padres —vigilancia, encanto, precaución, impulso y brío— se habían repartido limpiamente y sin contaminación entre sus cinco hijos.
«Vigilancia» y «Brío» se dirigían a la batalla en mitad de una velada en Manhattan.
—Estamos en una fiesta, Jens. Se supone que tenemos que hablar de lo maravillosas que son las obras de arte —repliqué, indicando con un gesto vago las paredes del salón, amueblado con opulencia—. Y de lo escandaloso que resulta... algo.
No tenía la menor idea de cuál era el último cotilleo, y esa pequeña muestra de ignorancia no hizo sino confirmar las palabras de mi hermano, que contuvo el impulso de poner los ojos en blanco.
Mi padre me pasó un canapé. Parecía un caracol sobre una galletita salada, y lo deslicé discretamente en una servilleta aprovechando que pasaba un camarero. El vestido nuevo me picaba, y me arrepentí de no haberme molestado en preguntarles a mis compañeras de trabajo por aquellas medias Spanx que llevaba puestas. Era mi primera experiencia con ellas, y supuse que las habría creado Satanás o algún tipo demasiado flaco para usar vaqueros pitillo.
—No solo eres lista —me estaba diciendo Jensen—, sino que también eres divertida. Eres sociable. Eres una chica guapa.
—Soy una mujer —corregí en un murmullo.
Se me acercó para evitar que los invitados que pasaban por nuestro lado pudiesen captar nuestra conversación. Ningún miembro de la alta sociedad neoyorquina iba a oír cómo me soltaba un sermón para que fuese más juerguista.
—Por eso no entiendo que llevemos aquí tres días y solo hayamos salido con mis amigos.
Le sonreí a mi hermano mayor y dejé que me inundase la gratitud por su actitud de hipervigilancia sobreprotectora antes de que me invadiese la piel una irritación más lenta y acalorada. Era como tocar una plancha caliente: un brusco reflejo, seguido de la quemadura prolongada y palpitante.
—Ya casi he terminado mis estudios universitarios, Jens. Tendré mucho tiempo para disfrutar de la vida.
—La vida es esto —dijo, abriendo mucho los ojos en un gesto apremiante—. Se está desarrollando ahora mismo. Yo, a tu edad, aprobaba siempre por los pelos, y mi única esperanza era despertarme el lunes sin resaca.
Junto a él, mi padre guardaba silencio, ignorando ese último comentario y aprobando con la cabeza el sentido general de sus palabras: que era una fracasada sin amigos. Le dediqué una mirada que pretendía comunicar: «¿Tengo que aguantar esto de un científico adicto al trabajo que pasaba más tiempo en el laboratorio que en su propia casa?». Sin embargo, él permaneció impasible, con la misma expresión que adoptaba cuando un compuesto que esperaba que fuese soluble acababa siendo una suspensión dentro de un frasquito: confusa, quizá un tanto ofendida.
Papá me había dado brío, pero siempre dio por sentado que mi madre me había dado también un poco de encanto. Se suponía que yo debía alcanzar el equilibrio entre la vida profesional y la vida privada mejor que él, quizá porque yo era chica, o porque él pensaba que cada generación debía mejorar las acciones de la anterior. El día que mi padre cumplió cincuenta años me metió en su despacho y me dijo: «Las personas son tan importantes como la ciencia. Aprende de mis errores». Y luego enderezó unos papeles de su mesa y se puso a mirarse las manos hasta que me aburrí tanto que me levanté y volví al laboratorio.
Estaba claro que yo no había logrado sus aspiraciones.
—Sé que soy un déspota —susurró Jensen.
—Un poco —convine.
—Y sé que me meto donde no me llaman.
Le dediqué una mirada perspicaz al tiempo que le susurré:
—Eres mi Palas Atenea personal.
—Pero no soy griego y tengo pene.
—Intento olvidar eso.
Jensen suspiró, y mi padre pareció entender por fin que aquella era tarea para dos hombres. Ambos habían venido a visitarme, y aunque me había parecido extraño que se presentasen allí en febrero, sin un motivo concreto, hasta ese momento no había pensado mucho en ello. Papá me rodeó con el brazo y me dio un apretón. Tenía los brazos largos y delgados, pero siempre había tenido mucha fuerza.
—Ziggs, eres una buena chica.
Sonreí ante la versión de mi padre de un elaborado discurso de ánimo.
—Gracias.
Jensen añadió:
—Ya sabes que te queremos.
—Yo también os quiero. Casi siempre.
—Pero... si quieres, considéralo intervencionismo. Eres adicta al trabajo. Eres adicta a cualquier medio que creas necesario para acelerar tu carrera profesional. Tal vez pienses que siempre pretendo organizarte la vida...
—¿Cómo que «tal vez»? —lo corté—. Me lo impusiste todo, desde el momento en que papá y mamá me quitaron las ruedecitas de la bici hasta el día en que empecé a volver a casa después de la puesta de sol. Y ya ni siquiera vivías en casa, Jens. Yo tenía dieciséis años.
Me acalló con una mirada.
—Te juro que no voy a decirte lo que tienes que hacer, pero... —Se interrumpió, mirando a su alrededor como si alguno de los presentes pudiese llevar algún cartel que le apuntase el final de la frase. Pedirle a Jensen que dejase de organizar era como pedirle a cualquier otra persona que parase de respirar durante diez minutos—. Pero telefonea a alguien.
—¿«A alguien»? Jensen, tú dices que no tengo amigos. No es cierto, pero ¿a quién te imaginas que debería telefonear para ponerme a vivir la vida? ¿A otro estudiante de posgrado que esté tan enfrascado en sus investigaciones como yo? Estamos en ingeniería biomédica. No somos precisamente una masa descomunal de personajes de la vida social.
Cerró los ojos y luego alzó la mirada al techo. De pronto pareció ocurrírsele algo. Volvió a mirarme enarcando las cejas. La esperanza llenaba sus ojos de una irresistible ternura fraternal.
—¿Y Will?
Le arrebaté a mi padre de la mano la copa de champán intacta y la vacié de un trago.
No necesitaba que Jensen repitiese sus palabras. Will Sumner era su mejor amigo de la universidad, antiguo becario de mi padre y el objeto de todas mis fantasías de adolescencia. Yo había sido siempre una cría simpática y sabihonda, mientras que Will era un genio malo de sonrisa torcida, pendientes en las orejas y ojos azules que parecían hipnotizar a cada chica que conocía.
Cuando yo tenía doce años, Will, que contaba con diecinueve, vino a casa con Jensen a pasar unos días durante las fiestas navideñas. Era un sinvergüenza y ya estaba como un tren. En esas vacaciones se dedicó a improvisar con el bajo en el garaje en compañía de Jensen y a tontear con mi hermana mayor, Liv. Cuando yo tenía dieciséis años, él acababa de terminar sus estudios universitarios y se instaló en nuestra casa durante el verano mientras trabajaba para mi padre. Por culpa del carisma sexual en estado puro que rezumaba, le entregué mi virginidad a un chico gris y torpe de mi clase para intentar aliviar el deseo que me producía el simple hecho de estar cerca de Will.
Estaba segura de que, como mínimo, mi hermana y él se habían besado. De todas formas, Will era demasiado mayor para mí, pero a puerta cerrada y en el espacio secreto de mi propio corazón reconocía que Will Sumner era el primer chico al que quise besar y el primero cuya imagen me llevó a deslizar la mano bajo las sábanas en la oscuridad de mi habitación. Pensaba en su media sonrisa diabólica y en el pelo que le caía sin cesar sobre el ojo derecho; en sus brazos suaves y musculosos, y en su piel bronceada; en sus dedos largos, e incluso en la pequeña cicatriz de su bonita barbilla.
Cuando todos los chicos de mi edad hablaban igual, la voz de Will era profunda y serena. Sus ojos eran pacientes y perspicaces. Sus manos nunca se veían inquietas y agitadas; solían descansar en la profundidad de sus bolsillos. Se humedecía los labios cuando miraba a las chicas, y hacía en voz baja comentarios llenos de seguridad sobre pechos, piernas y lenguas.
Parpadeé y miré a Jensen. Ya no tenía dieciséis años, sino veinticuatro, y Will contaba con treinta y uno. Lo había visto hacía cuatro años en la desafortunada boda de Jensen, y su sonrisa serena y carismática no había hecho más que volverse más intensa, más enloquecedora. Había observado fascinada cómo Will se deslizaba en un ropero con dos de las damas de honor de mi cuñada.
—Llámale —me instó Jensen en ese momento, arrancándome de mis recuerdos—. Tiene un buen equilibrio entre su trabajo y su vida privada. Es de aquí, es un buen tío. Simplemente... sal un poco, ¿vale? Cuidará de ti.
Traté de calmar el estremecimiento que sacudió mi piel cuando mi hermano mayor pronunció esas palabras. No estaba segura de cómo quería yo que Will cuidase de mí: ¿quería que fuese el amigo de mi hermano y me ayudase a encontrar un mayor equilibrio, o quería echarle un vistazo de adulta al objeto de mis fantasías más obscenas?
—Hanna —insistió mi padre—, ¿has oído a tu hermano?
Pasó un camarero con una bandeja cubierta de copas de champán y cambié la vacía por una llena y burbujeante.
—Ya lo he oído. Llamaré a Will.
1
Un tono. Dos.
Dejé de caminar de un lado a otro el tiempo suficiente para apartar la cortina, atisbar por la ventana y alzar la mirada al cielo con el ceño fruncido. Aún estaba oscuro, pero me convencí de que estaba más azul que negro y de que empezaba a teñirse de rosa y morado en el horizonte. Técnicamente era por la mañana.
Habían pasado tres días desde el sermón de Jensen y era la tercera vez que intentaba llamar a Will. Aunque no tenía la menor idea de lo que iba a decirle y ni siquiera de lo que mi hermano esperaba que le dijera, cuanto más pensaba en ello más me daba cuenta de que Jens estaba en lo cierto: me pasaba casi todo el tiempo en el laboratorio, y cuando no estaba allí estaba en casa, durmiendo o comiendo. La decisión de vivir sola en el apartamento que mis padres tenían en Manhattan y no en Brooklyn o Queens, donde vivían mis amigos, no favorecía demasiado mis relaciones sociales. El contenido de mi frigorífico consistía en alguna que otra verdura, comida preparada en condiciones dudosas y congelados. Hasta ese momento, mi vida entera había girado en torno a la necesidad de terminar los estudios e iniciar la carrera perfecta de investigadora. Era triste observar lo poco que tenía aparte de eso.
Al parecer, mi familia se había dado cuenta, y Jensen parecía creer que Will era la solución para salvarme de la vida de solterona que me esperaba.
Yo estaba menos segura. Mucho menos.
Sin duda, la historia que compartíamos era escasa, y había muchas posibilidades de que no me recordase demasiado bien. Yo era la hermana pequeña, parte del decorado, el telón de fondo de sus numerosas aventuras con Jensen y su breve amorío con mi hermana. Y ahora le llamaba para... ¿qué? ¿Para que me sacase por ahí? ¿Para jugar a algún juego de mesa? ¿Para que me enseñase a...?
Ni siquiera pude terminar ese pensamiento.
Me planteé la posibilidad de colgar. Me planteé la posibilidad de volverme a la cama y decirle a mi hermano que se fuese a la mierda y se buscase otro proyecto de mejora. Pero en mitad del cuarto tono, mientras apretaba tanto el auricular que al día siguiente tendría la mano dolorida, Will cogió el teléfono.
—¿Diga? —Su voz era exactamente tal como la recordaba, grave y sonora, pero aún más profunda—. ¿Diga? —volvió a decir.
—¿Will?
Tomó aire de golpe, y oí que una sonrisa se colaba en su voz cuando pronunció mi apodo:
—¿Ziggy?
Me eché a reír; por supuesto, era así como me recordaba. Ya solo mi familia me llamaba de ese modo. Nadie sabía en realidad lo que significaba ese nombre; reconocer que fue mi hermano Eric, que entonces tenía dos años, quien le puso el apodo a su nueva hermanita habría sido darle demasiado poder. Sin embargo, había cuajado.
—Sí, soy Ziggy. ¿Cómo me has...?
—Ayer hablé con Jensen —me explicó—. Me contó lo de su visita y la discusión que tuvisteis. Ya me avisó de que igual me llamabas.
—Bueno, pues aquí estoy —dije sin mucha convicción.
Se oyó un gruñido y un roce de sábanas. No intenté en absoluto imaginarme el grado de desnudez presente al otro lado de la línea. Sin embargo, las mariposas que tenía en el estómago volaron hasta mi garganta cuando comprendí que si Will parecía cansado era porque estaba durmiendo. Vale, quizá todavía no fuese técnicamente por la mañana...
Me aventuré a echar otra ojeada al exterior.
—No te habré despertado, ¿verdad?
Ni siquiera había mirado el reloj, y ahora me daba miedo hacerlo.
—No pasa nada. Mi despertador iba a sonar dentro de... —Hizo una pausa y bostezó—. Dentro de una hora.
Tuve que reprimir un gemido de mortificación.
—Lo lamento. Estaba un poco... nerviosa.
—No, no, no pasa nada. No sé cómo he podido olvidar que vivías en esta ciudad. Me han dicho que has pasado los tres últimos años metida en una cueva.
Su voz profunda se hizo sensual al regañarme en broma, y el estómago me dio un vuelco.
—Parece que estás de parte de Jensen.
Su tono se suavizó:
—Se preocupa por ti. Es su función favorita como hermano mayor.
—Eso me han dicho. —Volví a recorrer la habitación; necesitaba hacer algo para contener aquella energía nerviosa—. Debería haberte llamado antes...
—Y yo también.
Se removió y pareció incorporarse. Lo oí gruñir de nuevo mientras se estiraba y cerré los ojos. Sonaba exacta, precisa e inquietantemente a sexo.
«Respira por la nariz, Hanna. Mantén la calma», me dije a mí misma.
—¿Quieres que hagamos algo hoy? —le solté. Se acabó la calma.
Vaciló y me entraron ganas de abofetearme por no tener en cuenta que él podía tener planes ya, como ir a trabajar y, después del trabajo, quizá una cita con una novia, o una esposa. De pronto me sorprendí esforzándome por oír todos y cada uno de los sonidos que me llegaban a través del silencio crepitante.
Tras una espera que se me hizo eterna, preguntó:
—¿Qué tenías pensado?
«Pregunta capciosa.»
—¿Y si salimos a cenar?
Will guardó silencio durante varios latidos dolorosos.
—Tengo una reunión a última hora. ¿Y si quedamos mañana?
—He de estar en el laboratorio. Tengo que pasarme dieciocho horas con unas células que crecen muy despacio y estoy decidida a apuñalarme con un instrumento puntiagudo si la pifio y me veo obligada a empezar de nuevo.
—¿Dieciocho horas? Es una larga jornada, Ziggs.
—Ya lo sé.
Reflexionó unos instantes y me preguntó:
—¿A qué hora entras esta mañana?
—Más tarde —dije, echándole un vistazo al reloj con una mueca. Solo eran las seis de la mañana—. Quizá sobre las nueve o las diez.
—¿Quieres que quedemos en el parque para ir a correr?
—¿Sales a correr? —pregunté—. ¿De verdad?
—Sí —dijo, soltando una carcajada—. No porque me persigan, sino para hacer ejercicio.
Cerré los ojos con fuerza, sintiendo mi típica ansia de seguir hasta el final como si aquello fuese un desafío, una maldita tarea. «Estúpido Jensen», pensé.
—¿Cuándo? —le pregunté.
—¿Te va bien dentro de media hora?
Miré otra vez por la ventana. Apenas había luz, pero sí nieve en el suelo. «Cambia el chip», me recordé. Y entonces cerré los ojos y dije:
—Mándame un mensaje indicándome el sitio. Nos vemos allí.
Hacía frío. Un frío de la hostia sería una descripción más precisa.
Releí el mensaje de texto de Will en el que me decía que me reuniese con él junto a la Engineers Gate de Central Park y me puse a caminar de un lado a otro, tratando de mantener el calor. El aire de la mañana me quemaba la cara y atravesaba la tela de mis pantalones. Me arrepentí de no haberme puesto un gorro. Ojalá hubiese recordado que era febrero en Nueva York y que solo los locos iban al parque en aquella época en aquel lugar. No me notaba los dedos, y me preocupaba la posibilidad de que la combinación de aire frío y viento cortante me tirase las orejas al suelo.
Solo había un puñado de personas en las proximidades: unos forofos del fitness y una pareja joven abrazada en un banco, debajo de un árbol altísimo y esbelto, con unos vasos de papel en las manos llenos de un líquido que parecía caliente y delicioso. Una bandada de pájaros grises picoteaba en el suelo y el sol empezaba a aparecer a lo lejos, por encima de los rascacielos.
Me había pasado casi toda la vida oscilando entre un comportamiento social apropiado y una conducta de sabihonda repelente, así que, por supuesto, me había sentido fuera de mi elemento otras veces: cuando recibí aquel premio de investigación delante de miles de padres y estudiantes en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, casi todas las veces que salía de compras y, lo más memorable, cuando Ethan Kingman quiso que le hiciese una mamada en el instituto, y yo no tenía ni la más remota idea de cómo hacerlo y respirar al mismo tiempo. Y ahora, mientras veía iluminarse el cielo con cada minuto que pasaba, me habría encantado escapar a cualquiera de aquellos recuerdos para evitar lo que me esperaba.
No se trataba de que no quisiera ir a correr... Aunque, de hecho, sí, había mucho de eso. No quería ir a correr. Ni siquiera estaba segura de saber correr. Pero la idea de ver a Will no me aterraba. Solo estaba nerviosa. Recordaba cómo era: su atención siempre tuvo un toque lento e hipnótico, y él mismo rezumaba sexo. Nunca había tenido que interactuar con él a solas y me preocupaba no ser capaz de mantener la compostura.
Mi hermano me había impuesto una tarea, disfrutar de la vida, a sabiendas de que, si existía una forma de conseguir que yo me empeñase en algo, era hacerme creer que estaba fracasando. Estaba convencida de que Jensen no pretendía que Will me enseñase a salir con tíos ni que se me cepillase, pero yo necesitaba meterme en la cabeza de Will, aprender del maestro y parecerme más a él en esos aspectos. Solo tenía que fingir que era un agente secreto en una misión: entrar, salir y escapar indemne.
A diferencia de mi hermana.
Después de que Liv, a sus diecisiete años, se diese el lote en Navidad con un Will de diecinueve que llevaba pendientes en las orejas y tocaba el bajo, aprendí muchísimo acerca de lo que ocurre cuando una adolescente está colgada del chico equivocado. Will Sumner era la definición de ese chico.
Todos deseaban a Liv, pero ella nunca había hablado de nadie como hablaba de Will.
—¡Zig!
Alcé la cabeza de golpe y me volví. Tuve que mirar dos veces al hombre que caminaba hacia mí. Era más alto de lo que yo recordaba y tenía el cuerpo alargado y esbelto, un torso interminable y unas extremidades que deberían haberle dado una apariencia desgarbada, pero por algún motivo no lo hacían. Will siempre había tenido algo especial, algo magnético e irresistible que no correspondía a una belleza clásica y simétrica, pero mi recuerdo de la última vez que lo había visto, cuatro años atrás, palideció en comparación con el aspecto del hombre que ahora se hallaba ante mí.
Su sonrisa seguía siendo la misma: un tanto torcida y siempre presente, dándole a su cara un aire persistente de malicia. Mientras se aproximaba, siguió con la mirada el sonido de una sirena y pude ver su mandíbula cubierta de barba incipiente y la línea de su cuello liso y bronceado que desaparecía bajo el polar que llevaba.
Cuando llegó junto a mí, su sonrisa se ensanchó.
—Buenos días —dijo—. Ya me ha parecido que eras tú. Recuerdo que solías caminar así, de un lado a otro, cuando estabas nerviosa por los estudios o por cualquier otra cosa. Volvías loca a tu madre.
Sin pensarlo di un paso adelante, le eché los brazos al cuello y lo abracé con fuerza. No recordaba haber estado nunca tan cerca de Will. Sentí la calidez y solidez de su cuerpo, y cerré los ojos al notar que él apoyaba la cara sobre mi cabeza.
Su voz profunda pareció vibrar a través de mí.
—Me alegro mucho de verte.
«Hanna, agente secreto», me dije.
Di un paso atrás de mala gana, inhalando la mezcla del aire fresco con el aroma limpio de su jabón.
—Yo también me alegro de verte.
Sus brillantes ojos azules me miraron desde debajo de un casquete negro; llevaba el pelo oscuro metido en él de cualquier manera. Se me acercó y me colocó algo en la cabeza.
—Me he imaginado que necesitarías esto.
Levanté la mano y palpé un grueso gorro de lana. Vaya, aquello era todo un detalle.
—Gracias. Quizá pueda conservar las orejas después de todo.
Sonrió y dio un paso atrás mientras me miraba de arriba abajo.
—Estás... diferente, Ziggs.
Me eché a reír.
—Hacía un siglo que nadie salvo mi familia me llamaba así.
Su sonrisa desapareció y observó mi rostro unos momentos, como si fuese a tener la suerte de que mi nombre de pila estuviese tatuado allí. Él siempre me había llamado Ziggy, igual que mis hermanos: Jensen, por supuesto, aunque también Liv, Niels y Eric. Hasta el día en que me marché de casa, siempre había sido Ziggy.
—Bueno, ¿cómo te llaman tus amigos?
—Hanna —dije en voz baja.
Continuó mirándome fijamente. Me miró el cuello y los labios, y luego se tomó tiempo para observarme los ojos. La energía entre nosotros era palpable..., pero no podía estar en lo cierto. Tenía que estar malinterpretando por completo la situación. Aquel era precisamente el peligro de Will Sumner.
—Bueno —dije, enarcando las cejas—, a correr.
Will parpadeó y pareció darse cuenta de dónde estábamos.
—De acuerdo. —Asintió con la cabeza y levantó la mano para taparse mejor las orejas con el gorro.
Parecía sano y con éxito, muy diferente de como yo lo recordaba, pero si miraba de cerca aún podía ver las marcas de los pendientes.
—Primero —dijo, y enseguida centré mi atención en su cara—, quiero que tengas cuidado con el hielo. Se esfuerzan mucho por mantener los caminos despejados, pero si no prestas atención puedes hacerte mucho daño.
—Vale.
Señaló el sendero que rodeaba el agua helada.
—Ese es el circuito inferior, que rodea el lago. Debería ser perfecto para empezar, porque solamente tiene unas cuantas cuestas.
—¿Y corres por ahí cada día?
Will me miró con sus ojos brillantes y negó con la cabeza.
—Por ahí no. Ese recorrido solo tiene dos kilómetros y medio. Como estás empezando caminaremos al principio y al final, y correremos el kilómetro del centro.
—¿Por qué no corremos por tu ruta habitual? —pregunté, pues no me gustaba la idea de que redujese el ritmo o cambiase su rutina por mí.
—Porque mide nueve kilómetros.
—Puedo hacerlo sin problemas —dije.
Nueve kilómetros no parecían demasiados. Eran nueve mil metros. Si daba zancadas grandes, quizá el número de pasos fuese menos del doble... Noté que las comisuras de la boca se me bajaban mientras consideraba todas las implicaciones de aquello.
Me dio unas palmaditas en el hombro con una paciencia exagerada.
—Claro que puedes, pero veamos cómo te va hoy y luego hablamos. —Seguidamente, me guiñó el ojo.
Al parecer, correr no se me daba nada bien.
—¿Haces esto cada día? —pregunté, jadeante.
Notaba el sudor que me corría desde la sien hasta el cuello y ni siquiera tenía fuerzas para enjugármelo.
Él asintió con la cabeza. Tenía el aspecto de alguien que hubiese salido a disfrutar de un enérgico paseo matutino. Yo me sentía a punto de morir.
—¿Cuánto falta?
Me miró con una deliciosa sonrisa de suficiencia en la cara.
—Menos de un kilómetro.
«¡Por Dios!», exclamé hacia mis adentros.
Me enderecé y alcé la barbilla. Podía hacerlo. Era joven y estaba en buena forma... hasta cierto punto. Me pasaba casi todo el día de pie, corriendo de una sala del laboratorio a otra, y siempre usaba las escaleras cuando me iba a casa. Podía hacerlo sin problemas.
—Bien... —dije. Mis pulmones parecían haberse llenado de cemento, y solo podía respirar en pequeñas y laboriosas dosis—. Me siento genial.
—¿Ya no tienes frío?
—No.
Prácticamente podía oír la sangre corriendo por mis venas, la fuerza de los latidos del corazón dentro del pecho. Nuestros pies impactaban contra el camino, y no, desde luego ya no tenía frío.
—Aparte de estar ocupada constantemente —dijo él, respirando con toda normalidad—, ¿te gusta el trabajo que haces?
—Me encanta —contesté con voz entrecortada—. Me encanta trabajar con Liemacki.
Hablamos un rato acerca de mi proyecto y de las demás personas que trabajaban en el laboratorio. Will conocía a mi supervisor por su reputación en el campo de las vacunas, y me sentí impresionada al ver que se mantenía al tanto de la literatura incluso en un campo que según él no siempre obtenía los mejores resultados en el mundo del capital de riesgo. Pero no solo sentía curiosidad por mi trabajo; quería saber de mi vida y me preguntó por ella de sopetón.
—Mi vida es el laboratorio —dije, echándole una ojeada para calibrar si me juzgaba.
Apenas pestañeó. Había unos cuantos estudiantes de posgrado, y un ejército de investigadores postdoctorales preparando sus trabajos.
—Todos son geniales —le expliqué, y tragué saliva antes de tomar una enorme bocanada de aire—. Pero los dos con los que mejor me llevo están casados y tienen hijos, así que no nos vamos a jugar al billar después del trabajo.
—De todas formas, no creo que los billares continúen abiertos cuando sales de trabajar —bromeó—. ¿No estoy aquí para eso? ¿Para hacerte de hermano mayor y sacarte de la rutina?
—Sí —admití riendo—. Y aunque me molestó mucho que Jensen me dijese que necesitaba vivir la vida, no es que le falte razón. —Hice una pausa y di unas cuantas zancadas más—. Durante mucho tiempo he estado tan centrada en el trabajo y en vencer el siguiente obstáculo, y luego el de más allá, que la verdad es que no me he parado a disfrutar.
—Sí —convino él en voz baja—. Eso no es bueno.
Traté de ignorar la presión de su mirada y mantuve la mía fija en el camino que se extendía ante nosotros.
—¿No te pasa a veces que sientes que la gente que más te importa no es la gente a la que ves más a menudo? —Al ver que no respondía, añadí—: Últimamente me da la impresión de que no estoy poniendo el corazón en lo que importa.
Vi de reojo que miraba hacia otro lado, asintiendo con la cabeza. Tardó una eternidad en responder, pero cuando lo hizo dijo:
—Sí, ya entiendo.
Al cabo de un momento, oí que Will se reía y lo miré. El sonido era profundo, y su vibración me atravesó la piel y se me metió en los huesos.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó.
Seguí su mirada y vi que me observaba los brazos, que tenía cruzados sobre el pecho. Me costó reconocerlo, pero acabé diciendo:
—Me duelen las tetas. ¿Cómo os lo montáis los tíos?
—Bueno, para empezar, no tenemos... —respondió, indicando con un gesto vago mi región pectoral.
—Pero, ¿y lo otro? Es decir, ¿corréis con bóxer?
«Madre de Dios, ¿qué me pasa? Problema número uno: no tengo filtro mental.»
Me miró otra vez, confuso, y estuvo a punto de tropezar con una rama caída.
—¿Bóxer? —repetí, y de algún modo logré darle a la palabra una duración de tres sílabas—. ¿O tenéis cosas que impiden que vuestras partes masculinas se...?
Me interrumpió con una estruendosa carcajada que resonó contra los árboles en el aire glacial.
—Sí, nada de bóxer —dijo—. Habría demasiados trastos moviéndose por ahí abajo.
Me guiñó el ojo y volvió de nuevo la mirada hacia el camino con una media sonrisa.
—¿Tienes partes extras? —bromeé.
Will me dedicó una mirada divertida.
—Si de verdad quieres saberlo, llevo pantalones de running de forma anatómica, para mantener a salvo a los chicos.
—Supongo que las chicas tenemos suerte en ese sentido. No hay trastos por ahí abajo que... —Agité los brazos descontroladamente—. Que reboten por todas partes. Somos compactas por debajo.
Llegamos a una parte plana del camino y fuimos reduciendo la velocidad hasta caminar. A mi lado, Will se rió entre dientes.
—Ya me he fijado —respondió.
—Tú eres el experto.
Me dedicó una mirada escéptica.
—¿Qué?
Por un segundo mi cerebro intentó contener lo que me disponía a decir, pero era demasiado tarde. Nunca se me había dado demasiado bien censurar mis pensamientos, algo que a mi familia le encantaba recalcar cada vez que surgía la ocasión. Sin embargo, ahora daba la impresión de que mi cerebro estaba aprovechando aquella rara oportunidad para soltarlo todo con el legendario Will, como si no fuese
