1.ª edición: septiembre, 2017
© 2017 by Lola Montalvo
© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.
Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona
Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa
del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-789-4
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A Jesús, Pilar y Jesús
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Prólogo
MARIAN
MARINA
MARIAN
MARINA
MARIAN
LUCÍA
SALVADOR
MARIAN
MARINA
MARIAN
ABELARDO
MARINA
MARIAN
MARIAN
PIEDAD
MARIAN
MARINA
MARIAN
PATRICIA
MARIAN
PEDRO
MARIAN
MARINA
MARIAN
MARINA
MARIAN
MARIAN
TERESA
MARIAN
MARINA
MARIAN
EPIFANIO
MARIAN
MARIAN
MARIAN
CAROLINA
MARIAN
RODRIGO
MARIAN
MARIAN
MARIAN
MARIAN
TOMÁS
RODRIGO
MARIAN
RODRIGO
MARIAN
RODRIGO
MATILDE
MARIAN
MARIAN
CESÁREO
MARIAN
MARIAN
MARIAN
MARINA
MARIAN
MARIAN
MARIAN
SALVADOR
MARIAN
MARIAN
MARIAN
MARIAN
RODRIGO
MARIAN
MARIAN
MARIAN
RODRIGO
MARIAN
MARIAN
Agradecimientos
PRÓLOGO
Soy enfermera desde hace más de veintisiete años. Esta no es una autobiografía aunque es indiscutible que la enfermera protagonista tiene mucho de mí. Considero que la profesión a la que dedico este libro es una de las más bonitas, interesantes y satisfactorias que existen, pero también es a veces ingrata, dura y agotadora. Para ser enfermera o enfermero hay que tener vocación, una vocación muy especial que va más allá de lo espectacular o del protagonismo del momento, aunque solo eso no es suficiente.
Cada día hay más enfermeros y, aunque es indiscutible que a veces nos llegan noticias de los malos, la gran mayoría de ellos son excepcionales, humanos y responsables, que hacen un trabajo magnífico. Como a mí me gusta decir: predomina siempre lo bueno, pero la gente casi siempre solo ve lo malo.
En España hay magníficos enfermeros que llevan a cabo su labor a diario sin que se les oiga, sin que se les note y, sobre todo, sin que se les valore adecuadamente, en condiciones laborales precarias e insostenibles, sin medios materiales ni recursos adecuados.
A esos hombres y mujeres que se dejan a diario la piel en los quirófanos, en los servicios de urgencias, en los centros de salud y consultorios, en las plantas y servicios de especialidades o de medicina interna o de cirugía, en las unidades de cuidados intensivos, en los centros de ancianos y de personas con discapacidad, en los centros de diagnóstico, a todos ellos va dedicado este libro. Porque creo que poca gente conoce el devenir diario de su labor y que, por ello, no se los valora adecuadamente. Pocos saben de su criterio profesional y científico, de su constante anhelo de superación y de su increíble capacidad de renovación e investigación.
Por ellos es este libro y a todos ellos va dedicado.
Por supuesto, todos los personajes y sus nombres son ficticios; las historias narradas son enteramente de mi invención. Si existiera alguna coincidencia con personas o hechos reales sería fruto de la casualidad. Con esa misma intención, la ciudad donde se desarrolla la historia no tiene nombre, no es ninguna de las de nuestro país, es inventada, y por lo tanto todo lo que describo en ella es producto de mi imaginación.
Lola Montalvo Carcelén
MARIAN
Me llamo María Angustias Censor Notario, pero me gusta que me llamen Marian. Y acabo de cumplir cuarenta y dos años.
Todavía recuerdo, como si fuera ayer, mi primer día de trabajo como enfermera, hace ya más de veinte años.
Atrás habían quedado los años de universidad, las agotadoras horas de prácticas en hospitales y centros de salud a las que yo creo que se debería llamar «trabajar duro sin cobrar nada»; irremediablemente atrás quedaron también las interminables horas de clase aguantando a ciertos petardos con la capacidad docente de un rinoceronte, los profesores exigentes y malhumorados, los profesores amables y considerados; las miles de horas de estudio, incubación y letargo en las bibliotecas, los enciclopédicos trabajos de investigación, la ilusión, la esperanza, el deseo de empezar una nueva senda...
Superé todo eso con más éxito del que nunca creí llegar a conseguir, impelida por una vocación que me ardía en la piel desde mi más tierna infancia. Nunca deseé ser otra cosa, pero, cuando por fin estudias la carrera de tus sueños, la vocación —un algo cuasi iluso y abstracto— topa con la realidad más mundana. Y dependiendo del impacto que ese choque tenga en ti culminarás, o no, tu carrera como enfermera. No en balde muchos abandonan el primer año: en el choque personal de esos estudiantes sus expectativas han muerto definitivamente.
Me veo acercarme a ese hospital de Granada —la ciudad donde nací— aquella primera mañana de julio, entrar en el vestíbulo, acercarme a los ascensores y apretar un botón de llamada con dedo temblón.
Sigo viéndome subiendo a mi planta con el corazón golpeteando como loco en mi pecho. Me veo, ya en los vestuarios, cambiándome de ropa y colocándome el blanco e impoluto uniforme nuevo, el sudor resbalándome por la espalda y haciéndome todavía más incómoda la tela demasiado rígida por la escasez de lavados.
Aún sigo sintiendo ese deseo loco de estar en otro sitio que me embargó, en un lugar lejano y cálido, mientras tragaba saliva e intentaba hacer desaparecer esa bola que me oprimía la garganta amenazando con ahogarme; esa certeza histérica y chillona que no cesaba de retumbar en mi cerebro y que me explicaba con palabras nerviosas, atropelladas, que me había equivocado de trabajo, que me había obcecado en una vocación ilusoria, que lo que realmente deseaba era ser secretaria o peluquera o dependienta en una tienda —sin intención de hacer de menos a estas ocupaciones, por supuesto—. Ese enloquecido impulso, controlado a duras penas, que me llevaría de vuelta a casa o a cualquier otro sitio, con tal de estar lejos de ese hospital que había cometido la torpeza de contratarme. Me sentía tan aterrorizada como el soldado a punto de entrar en combate o el reo condenado a la horca con la soga jugueteando a la altura de su mentón y arañándole la piel de las orejas.
Me acerqué al control de enfermería con paso corto, en un intento vano de no llegar jamás, haciendo titánicos esfuerzos para no caer de los fastidiosos zuecos que ya me habían hecho una rozadura en el dedo gordo. «¡Si me hubiera puesto calcetines! ¡Mira que me lo dijo mamá!»
La enfermera del turno de noche me recibió distante, desconfiada, carpeta en ristre, evaluándome.
A juzgar por la fría mirada que me dirigió y por el rictus desagradable de su boca, no le producía ningún goce, tras algo más de diez horas de intenso trabajo, tener como relevo de su turno a una novata que iba a ocuparse de sus enfermos.
—Ho-hola, soy Marian...
—Sí, ya sé quién eres —me cortó.
Sin más preámbulos empezó a contarme las incidencias.
—El señor de la 15A ha pasado la noche regular, con disnea... La chica de la 7B... Señora con flebitis de la 9A...
El latido loco del corazón me restallaba en los oídos y no me dejaba entender bien qué era lo que me estaba contando esa mujer, que ¡por Dios, cómo podía hablar tan rápido!
Con bolígrafo raudo y nervioso, pero siempre profesional, recogí los datos, apunté los sueros, las fiebres que había habido, las muestras de sangre que debía tomar.
El estruendoso carpetazo que dio la enfermera sobre la mesa me impidió terminar mis notas y cortó de sopetón el hilo de mis pensamientos con una frase que a partir de aquel instante iba a oír en cada cambio de turno:
—Si tienes alguna duda, está todo escrito.
¡Y tanto que estaba todo escrito! ¡Vaya barullo, y qué letra! «¿Esto es cirílico o cantonés?»
Las siguientes siete horas fueron las más horrorosas que había vivido en mi corta existencia, y pasaban lentas y espesas como babosas. Los sueros se me retrasaban, las vías venosas se me obstruían, las sondas vesicales se salían de donde debían estar... El espanto me poseyó, y creo que ninguna bocanada de aire de las que intenté respirar me llegó a los pulmones.
Y esto los enfermos lo notan, ¡vaya si lo notan! Deben de sentirse como pasajeros en un avión que de repente se ve tripulado por un experto en cometas.
Los pacientes me hicieron tantas preguntas, los familiares me pidieron tantas cosas, los médicos me escribieron tantas peticiones que si no me hubieran echado una mano aún estaría resolviendo cuestiones.
Creo que durante ese turno me repetí unas cincuenta o unas mil veces: «¡Me he equivocado de trabajo, me he equivocado! ¡Mañana no vuelvo, no vuelvo, palabra, este trabajo se va a la porra!»
Recuerdo que había una auxiliar de clínica que también empezaba ese día, y cuando nos cruzábamos por el pasillo durante esas interminables horas —con el rostro arrebolado por la histeria y el sofocante calor y los ojos desorbitados por la ansiedad— nos lanzábamos miles de miradas de desesperación y mutuo entendimiento. ¡Qué consuelo saber que no eres la única que lo está pasando fatal! Pero qué consuelo tan inútil, ya que ella no podía ayudarme a mí y yo no podía hacer nada por ella.
Estuve a punto de llorar más de un millón de veces.
—¡Nena, pero qué lenta eres! —me dijo uno de los médicos, de esos que son crueles ante la desgracia ajena, tras retrasarme en la consecución de ciertas órdenes terapéuticas.
—Pero ¿cómo no me voy a retrasar? Si aún no he tomado las constantes ni he puesto la medicación de las doce horas, ni sé cómo es la cara de la mayoría de mis pacientes...
—Pues prioriza, nena, prioriza —me dijo con sorna.
Y no pude priorizar porque todo lo que me restaba por hacer era «priorizable».
¡Qué sufrimiento, madre, qué impotencia! En las muchas prácticas que había hecho durante mi formación como enfermera todo parecía más sencillo, más llevadero; y entonces vi claro que era porque siempre tenía detrás a una enfermera que me sacaba la mayor parte del trabajo sin que me diera apenas cuenta. Pero cuando te ves sola, obligada a organizarte y a valerte por ti misma, la cosa cambia rabiosamente de color, y el mío, aquel espantoso día, no salió de la gama de los grises y negros.
Gracias a la ayuda de los demás enfermeros pude terminar el trabajo con cierta normalidad y sin que pasara nada irremediable.
El primer día suele ser nefasto y difícil.
Cuando regresas al día siguiente lo haces con el temor de que haya pasado algo terrible, de que hayas cometido algún error fatídico. Esta tensión inicial es algo que sucede en todos los trabajos y ocupaciones, supongo. Lo que mi profesión tiene de distinto, como todas las de ámbito sanitario, es que el objeto de nuestra labor lo conforman personas, no cosas u objetos, y aterroriza hacer algo mal o que algún paciente resulte dañado por nuestra impericia.
Cuando por fin llegué a mi casa más allá de las cuatro y media —«Mañana no vuelvo, ¡por mis mulas!»—, dolorida en cuerpo y alma, con los pies hinchados y ulcerados, con el amor propio bajo tierra y con la resolución firme de no volver a ese hospital, me acosté. Me dormí inmediatamente, anestesiada por el cansancio y la fatiga moral. Fueron más de trece horas de volver a vivir lo vivido en el fluir constante de mis pesadillas, con trazas apocalípticas, en desastres sin solución.
El despertador inteligente, que era mi madre, me sacó de esa cámara de tortura que eran mis sueños a las siete en punto de la mañana siguiente. Me levanté, me duché y me vestí.
No sé cómo llegué al mismo sitio y a la misma hora que el día anterior. Me senté de nuevo ante la curtida enfermera que me había recibido la víspera. Parecía sorprendida de verme otra vez, y entera. Su mirada me aseguraba que no creía que fuera capaz de repetir la experiencia pasada. Con un suspiro de hastío volvió a relatarme a la velocidad de la luz lo acontecido en el turno de noche. Yo, tozuda, aguanté el tirón. Un carpetazo sobre la mesa y la frase:
—Está todo escrito. —Bíblica expresión que en ella era toda una realidad, dada la profusión de su narrativa, que se extendía sin fin en las Hojas de incidencias de los pacientes, y que podría haber sido hasta bella si se hubiera podido entender la letra, por supuesto.
Ese día llegó a su fin casi como el anterior. Digo «casi» porque el andar un camino ya conocido era una fantástica ayuda. Los enfermos me saludaban por mi nombre, los médicos me hablaban de órdenes y tratamientos ya vistos. Caminaba, en definitiva, por una vereda ya abierta y supe en todo momento cuándo debía pedir ayuda y a quién.
Y el día siguiente fue algo mejor, y el siguiente, y el otro.
Hasta que una mañana, no puedo decir cuándo —una semana, dos, un mes más tarde—, ya conocía al dedillo a mis casi treinta pacientes; los informes, las historias de enfermería; los volantes de peticiones llevaban mis anotaciones, realizaba los trabajos y tareas con cierta seguridad y a la hora estipulada, y estaba ya preparada para realizar determinadas gestiones por teléfono.
Desde ese momento, disfruté de mi trabajo y supe que no, que no me había equivocado, que mi vocación era cierta y que el trabajo de enfermera era lo que yo esperaba que fuera. Pero hasta entonces, hasta que sin darme apenas cuenta de ello llegó el momento en que no me producía una angustia terrorífica llegar a mi planta o ponerme el uniforme, en todas y cada una de las jornadas que pasé, en cada una de las horas que laboré, me juré a mí misma que de ese día no pasaba y al siguiente no volvía.
Hoy recuerdo todo eso con cariño, porque queda lejos, claro. Estoy segura de que todos aquellos profesionales que han pasado por esta inquietante experiencia saben lo que supone.
Todos mis compañeros de mi actual destino reconocen sin rubor que sufrieron algo parecido a lo que me ocurrió a mí. Eso demuestra que yo no soy muy diferente de otros profesionales. Porque, en este trabajo, el que no tiene cierto temor a las meteduras de pata, a hacer daño a los demás, puede ser un inconsciente y alguien potencialmente peligroso.
Después de tantos años aún sigo sintiendo el miedo de la nueva responsabilidad pellizcándome el estómago.
MARINA
Nací en 1926, y mi madre no decidió qué nombre iba a ponerme hasta que me vio. Rosa, la mujer de Toribio el carpintero, que ya casi salida de cuentas aún no se había decantado por un nombre en concreto, no quería decidirse por ninguno hasta que tuviera a su bebé en brazos; «en cuanto le vea la carita sabré cuál será su nombre», afirmó con tono decidido a todo el que le preguntó a este respecto.
En el pueblo no se hablaba de otra cosa, porque lo normal, la costumbre de toda la vida, era que al bebé se le pusiera el nombre de un abuelo o de una abuela, tanto si estaba vivo como si no; yo era la primera nieta y se esperaba que mi nombre fuera Dolores, Remedios, Pablo o Nicolás. No había nada qué pensar ni qué decidir, la tradición mandaba.
Pero mi madre, resuelta a poner en práctica a toda costa lo que tenía sobradamente decidido, se saltaba a la torera el respeto y la consideración que se debía a los mayores. Mi padre, como se esperaba de él que hiciera entrar a su mujer en cintura, era la comidilla del pueblo y le consideraban un calzonazos, no podía ser otra cosa al no imponerse a los caprichos infantiles de su esposa, como era su deber. Las costumbres estaban para ser respetadas.
Así, cuando recién parida mi madre me sostuvo por primera vez entre sus brazos y me miró, supo —así me lo contaba ella con los ojos llenos de cariño mientras me acariciaba el cabello— que me llamaría Marina. Mis increíbles ojos azules —eran sus palabras— no hacían posible otro nombre. Las mujeres con experiencia del pueblo se reían de ella mientras aseguraban con tono condescendiente que todos los bebés nacen con los ojos igual y que, según fueran pasando las semanas, a la pequeña Marina se le oscurecerían hasta alcanzar el color definitivo: un marrón deslucido como los de mis padres. Pero eso nunca pasó. Mis ojos han sido siempre de un azul aguamarina transparente y nadie se queda indiferente al mirarlos.
El contraste lo ponen las pestañas negras, espesas y rizadas como mi cabello, que, según dicen, me confieren la cualidad de una criatura casi sobrenatural. Algunos me consideran hermosa aunque estoy muy lejos de serlo. Seguro que con unos ojos de otro color más normal me habrían considerado fea.
No puedo evitar sonreír cada vez que recuerdo cómo me miraban los otros niños del pueblo, casi con temor; todos evitaban que posara su mirada sobre ellos. En su ignorancia, pensaban que quizá yo era un hada y si les miraba les haría un encantamiento mágico. Solo mi amiga Petri —que, como era de esperar, debía su nombre a su abuela materna—, sentía por mí algo parecido a una sincera amistad. Admiraba mis ojos, que tildaba de inquietantes, mi cabello negro como la noche y mi piel de porcelana... me describía como si fuera un animal hermoso y no la niña de hoscas manos y piel requemada por el sol que era, pero para Petri la realidad no se correspondía con su ansia de soñar. «Cuando seas mayor, Marina, serás una princesa, te cuidarán y servirán en un palacio de oro y no te faltará de nada», me decía a menudo entre risas haciéndome ruborizar.
Cuando evoco esos días no puedo evitar una triste sonrisa y una sombra de pena en mi corazón por el irónico sentido del humor que con algunas personas se gasta la vida o el destino, según se prefiera. Mi felicidad infantil fue efímera y no duró más allá de mi décimo cumpleaños.
A las pocas semanas empezar la guerra civil fusilaron a mis padres, a mis tíos y a mis primos, que ya eran mozos. Mi amiga Petri murió junto a su hermano Paco y sus padres ante el muro de la iglesia, un día antes que los míos. Aprovechando la impunidad que posibilitó el golpe de Estado de Franco, cientos de milicianos falangistas asesinaron de forma arbitraria a todo aquel que se manifestó fiel al gobierno de la República o que se había declarado comunista, socialista, sindicalista o progresista... o, simplemente, que hubiera vertido alguna opinión contraria al levantamiento militar. A mi pueblo, apenas una pedanía en la provincia de Granada, no llegó la guerra de forma patente, pasó como un relámpago tal como en otras muchas poblaciones andaluzas. El terror llegó montado en un camión militar; varios individuos armados hasta los dientes que expurgaron a mis vecinos a su arbitrio.
Para mi desgracia, mi madre y mi padre dejaron mostrar su indignación por el golpe de Estado junto a otras decenas de vecinos en la plaza del pueblo a las pocas horas de escuchar lo sucedido en la radio. Ninguno de ellos vio finalizar el mes de julio. El terror se los tragó a todos como si nunca hubieran existido, amontonados en una fosa común, fuera del camposanto, sin marca alguna que posibilitara su recuerdo, un homenaje o un rescate de sus restos.
A mí me salvó un miliciano; me sacó de la fila de condenados a muerte, quizás apiadado de esa nena de apenas diez años que lloraba desconsolada cuando la pusieron frente al muro de la iglesia en fila, al lado de todos los condenados a muerte. Mi madre y mi padre me medio tapaban con su cuerpo, como si tan débil barrera pudiera evitar que los disparos me mataran junto a los demás.
El hombre, con su arma aún colgada de la correa a la espalda, se acercó enarbolando una sonrisa que cuando la traigo a mi memoria no soy capaz de saber si era de pena, de amabilidad o de desprecio por el enorme poder que se le había concedido para matar o salvar a las personas que tenía delante. Me tomó de la mano y me separó del grupo por la fuerza, arrancándome sin esfuerzo de los brazos de mi madre, que vio en ese miliciano una oportunidad de vida para su pequeña y me dejó marchar mientras sonreía con los ojos arrebatados en lágrimas. Pero yo no estaba de acuerdo con esta decisión, así que pateé y braceé con furia, a gritos, llamando a mis padres; quería ir con ellos a donde ellos fueran. No los vi morir. Solo oí los disparos y algún tiro de gracia posterior. Después, el silencio.
El miliciano me dejó en el orfanato que se encontraba por aquellos años en el viejo y descuidado Hospital Real de la ciudad de Granada, a cuarenta kilómetros de mi pueblo. No recuerdo el viaje ni en qué vehículo me trasladó, solo sé que de repente estaba allí, frente a dos monjas de toca almidonada. En ese instante tomé conciencia de que me encontraba completamente sola en este mundo, sin familia ni amigos. El orfanato recogía a todos los niños y niñas que nos encontrábamos sin nuestros mayores por alguna razón, pero no era un buen sitio. Sobreviví, sí, se le puede llamar así... Sobreviví unos años entre huérfanos de guerra e hijos de presos republicanos, entre suciedad, piojos, pulgas y mucha hambre; los niños enfermaban por decenas y muchos morían en el frío invierno o entre vómitos y diarreas durante el verano.
MARIAN
Sigo siendo enfermera y trabajo en un hospital distinto al de mis inicios, en otra ciudad. Lo que no ha cambiado es el servicio: toda mi vida laboral la he desarrollado en lo que se conoce como medicina interna. Esta especialidad es, a mi juicio, un inmenso cajón de sastre en el que entran casi todas las enfermedades que no requieren para su tratamiento una intervención quirúrgica, y los enfermos que suelen ser ingresados en estas unidades suelen ser aquellos que sufren varias patologías a la vez, lo que los hace bastante complejos. Suelen ser servicios en los que hay muchos pacientes y muchísimo trabajo para todos los profesionales que allí desempeñan su labor. Y me encanta.
En mi unidad trabajamos quince enfermeros y otros tantos auxiliares de enfermería, repartidos en tres turnos. A mí me corresponde el turno de tarde. No es que me guste demasiado; he intentado cambiarme en centenares de ocasiones pero los del turno de mañana no quieren moverse, así que no hay vacantes. Y el de noche no lo quiero ni muerta. Si uno de los de mañana no solicita el traslado a otro servicio o a otro turno, no hay nada que hacer.
Yo conseguí plaza fija en un concurso oposición hace cuatro años, y por lo tanto disfruto de una seguridad laboral a todas luces magnífica. Eso me da una tranquilidad de la que más de la mitad de la plantilla de mi servicio no se puede beneficiar, ya que son contratados o interinos, con unas posibilidades casi nulas, por ahora, de mejorar su situación.
La crisis ha llevado a que se recorten las plantillas de una forma harto inconsciente y a que no se contrate a nadie ni para cubrir bajas ni jubilaciones. Mi servicio subsiste con la plantilla mínima y a diario rezamos para que no nos den un nuevo tijeretazo: la carga asistencial, ya de por sí enorme, sería imposible de sobrellevar. ¡Pero ya se sabe, mandan los políticos, que en gestión de servicios sanitarios no están muy sueltos que se diga! Nosotros nos matamos para que el trabajo diario salga, y si el trabajo sale —se dicen los gestores—, ¿para qué contratar a nadie más? ¡En fin!
En este tipo de servicios de planta el trabajo de equipo es fundamental. Médicos y celadores, pero sobre todo enfermeros y auxiliares, arrimamos el hombro a una porque si no sería imposible sacar el trabajo adelante. Los del turno de tarde no solemos tener problemas entre nosotros, pero sí existen ciertas «tiranteces» con los otros turnos, el de noche y el de mañana. Nosotros consideramos que trabajamos tanto o más que los otros dos, por lo que existen discretas discrepancias a la hora de repartir tareas nuevas o a la hora de reestructurar el buen funcionamiento de la unidad.
Pero un día todo se calma porque se tiene que calmar y por fin volvemos a llevarnos bien.
Los momentos más tensos, con bastante diferencia sobre los otros miles que les siguen, son aquellos que pertenecen a los acuerdos prevacacionales, es decir: cuando se acercan las vacaciones de verano, de Navidad y de Semana Santa. Al ser un trabajo estructurado en turnos debemos organizarnos entre nosotros con un doble objetivo: que el servicio esté adecuadamente cubierto con el mínimo de personal y que cada uno consiga los días que mejor le convengan. No voy a pararme a describir las broncas y las intensas discusiones que atufan el ambiente —ya de por sí bastante cargado— de nuestro servicio hasta que llegamos a un acuerdo, en el que nunca se logra que todos estén satisfechos. Siempre hay alguien que se estará quejando, durante semanas o meses, de lo injusto que es que siempre sea él o ella el, o la, que debe conformarse con lo que nadie quiere.
Con esta descripción se podría pensar que nos lanzamos a la cabeza frascos de suero por los pasillos o que nos clavamos hojas de bisturí por los rincones. Nada más alejado de la realidad. Es cierto que la mayor parte de nosotros no somos amigos, pero somos compañeros, trabajamos juntos y nos necesitamos los unos a los otros. Y, sobre todo, somos profesionales y de los mejores, aunque esté mal decirlo o suene vanidoso. Ninguna discusión entre nosotros afecta jamás a nuestro trabajo con los enfermos. En nuestra planta se trabaja con un nivel muy bueno de cuidados y de atención.
El hospital se encuentra en una ciudad pequeña. Es un centro bastante grande y atiende a casi toda la población urbana y a parte de la población de los pueblos de la provincia. Nuestra unidad de medicina interna se encuentra en la planta 13 del edificio principal y está compuesta por cuatro pasillos, cada uno con treinta y seis camas y un control de enfermería. Nosotros trabajamos en el pasillo C y compartimos con el pasillo D el office, la sala de sucio, la sala de lencería, la sala de estar, el almacén y a Benigno, nuestro supervisor.
Él es una de las personas más odiosas que existen. No es por su escasa capacidad profesional. No es por su constante mala uva. No es por su absoluta falta de delicadeza o por su impresionante y siempre sorprendente falta de tacto ante los problemas ajenos o ante las discusiones entre compañeros. Ni por su total falta de diplomacia, echando más leña al fuego cuando favorece las peticiones de sus amiguetes o cuando azuza el rencor entre unos y otros... No. Es por su inmenso egoísmo, es por creerse un adonis y no dejar de acosar a toda nueva mujer que se incorpora a la plantilla y, como colofón, por lo machista que es.
¿Qué hace un personaje de estas características desempeñando tan importante labor dentro de un servicio de medicina interna de un gran hospital? Pues eso es lo que todos nos preguntamos a diario cuando le vemos aparecer por el pasillo o nos lo encontramos sentado, espatarrado casi siempre, en uno de los sillones de la sala de estar del personal. Alguien ha tenido que confiarle ese puesto en un momento u otro, pero todos los cargos intermedios en la escala jerárquica de enfermería a los que se ha preguntado niegan toda responsabilidad. Benigno está allí. Trabaja allí y nadie sabe cómo ha podido pasar.
La verdad es que, aun con sus numerosos defectos y la casi total ausencia de virtudes, nuestro supervisor siempre termina solucionando los problemas que cotidianamente se plantean en nuestra unidad. Nunca se agobia. Nunca corre o se desespera. Ningún ataque de nervios le hace mover un solo músculo de su acerado rostro. Toma el teléfono, habla o grita, según la ocasión, y cuestión resuelta en un tiempo máximo de treinta minutos. Nadie le aguanta y ninguno afirmaría jamás ser su amigo, excepto sus tres o cuatro incondicionales, que los hay. Y no hablemos de salir junto a este personaje a tomar una copa o a cenar. Casi nadie parece soportarle, pero a Benigno no parece importarle. Él se tiene a sí mismo y no necesita a nadie más.
Es un cincuentón en aparente buen estado de conservación y dedica al día una media de dos horas en acicalarse y prepararse para salir. A quien le gusten los héroes plastificados de cómic lo puede considerar su hombre ideal. El rubio cabello cortado a cepillo y siempre engominado deja observar al detalle su cuero cabelludo lleno de pecas sobre una rosada piel que cubre su enorme cabeza sujeta al tronco por un grueso y corto cuello, atrapado entre los megamúsculos de su torso de toro.
Su cuerpo de mole, asociado a su casi metro noventa de estatura, le confiere un aspecto de mala bestia que resulta terrorífica. Su impresionante figura causa un efecto al que le observa que no escapa a su escrutadora mirada. Nadie puede evitar, inconscientemente, al verlo venir por el estrecho pasillo de nuestra planta, pegarse a la pared para dejarlo pasar, y eso a él le hace sonreír y le da un malévolo brillo a sus dos ranuras celestes bajo las cejas que cualquier incauto podría llamar ojos. Él cree, ciegamente, que toda mujer que le mire se verá inmediatamente poseída por un irrefrenable deseo de acercarse a él y tocarle como si de la aparición de un dios se tratara y, en segundos, estará bajo los efectos de sus feromonas. Nunca duda de esta «verdad». Mira a toda mujer con absoluta chulería, interpretando la mirada de estupor de las pobres que le observan por vez primera como de deseo y no de un inconsciente temor, como es en realidad.
Yo sé muy bien cómo piensa Benigno. No tengo ninguna duda de lo que retumba por su escaso cerebro cuando se le cruza una mujer hermosa o desconocida, ya que durante cinco años vivimos juntos y estuvimos a punto de casarnos. Muchas veces me quedo mirándole durante interminables minutos. A veces hasta le toco uno de sus impresionantes bíceps con trémulos dedos, rebuscando en mi memoria qué fue lo que me llevó a tenerle como pareja durante tanto tiempo. Él siempre malinterpreta mi mirada perdida en su majestuoso físico y considera que la pena por nuestra separación me lleva a sentir cada minuto del día como una tortura desde el momento que cortó conmigo.
Cuando empecé a salir con él, Benigno no era un ser tan vacío ni superficial, y creo que, según le iban creciendo los impresionantes músculos, el cerebro le fue menguando en cantidad y calidad. Quizá pienso eso porque no quiero reconocer que realmente un día creí amarle con la suficiente intensidad como para querer pasar por un juzgado y darle a nuestra relación forma de contrato «para toda la vida». Después de un lustro juntos, de un piso a su nombre y de un utilitario azul metalizado al mío, una hermosa mañana de octubre, hace ya algo más de dos años, me comunicó durante el desayuno que ya no quería seguir conmigo, ni casarse, ni na. Durante un tiempo creí sufrir, pero no tardé en darme cuenta de que nuestra separación me importaba un pimiento. Pero él nunca me creyó. Pensó en su día, y aún hoy sigue pensándolo, que el dolor me dejó rota y que nunca podré recuperarme. Yo aún lo miro y no puedo creer que compartiéramos cama y fluidos... ¡no, no puedo! ¡Mírale, ahí está sonriéndome otra vez con cara de autosuficiencia!
Nuestro turno comienza a las tres de la tarde. Tenemos un acuerdo tácito por el cual todo el personal de enfermería debe estar vestido con el uniforme y listo en la planta a las tres menos cuarto. Antes de llegar a ese acuerdo sufrimos años de eternas disputas: ellos, los de la mañana, porque están deseando irse. Nosotros, los de la tarde, porque no tenemos prisa por entrar. Por fin, un día nos reunimos con el único objetivo de obtener paz al precio que fuera, ya que la situación había llegado a un nivel insoportable que dificultaba nuestro devenir diario. Moderados —¡ja, ja!— por Benigno, acordamos por mayoría casi absoluta que los de la tarde llegaríamos a la planta quince minutos antes y los de la mañana se irían del servicio quince minutos más tarde. Así conseguíamos media hora de relativa tranquilidad para contarnos las incidencias del turno, herramienta básica para iniciar la jornada cada día y que siempre debe realizarse en un clima de tranquilidad y comunicación fluida; por supuesto, la misma matemática se aplica a nuestra salida y a la entrada del turno de noche.
MARINA
En cuanto llegué al orfanato las monjas, la mayor parte de las cuales eran crueles y nos pegaban sopapos solo por mirarlas mal, me pusieron a trabajar limpiando, dando de comer a los niños más pequeños o en otras tareas domésticas. Todos los niños y niñas que podíamos hacerlo teníamos que trabajar para ayudar y comer caliente era nuestro jornal. No había suficientes cuidadoras para atender a tantas personas en el orfanato y las tareas cotidianas había que hacerlas. Nos enseñaron a leer y escribir, sumar y restar y, por supuesto, rezar y seguir a rajatabla el credo católico. Al finalizar el ciclo escolar recibí un certificado de estudios primarios. En mi primer invierno con las monjas hice la primera comunión con otra veintena de niñas y niños. La vida transcurría a mi alrededor sin que yo formara parte de ella, todo me daba igual y me dejaba hacer sin rechistar.
Cuando cumplí trece años fui suficientemente mayor para poderme ganar la vida por mí misma; sin consultarnos ni darnos opción a elegir nos colocaban sirviendo como internas en las casas de gente adinerada, los que se podían permitir pagarnos un magro jornal y darnos algo que comer.
La primera a la que fui a parar era en un elegante carmen del Albaicín. La experiencia fue muy dura, trabajé en jornadas eternas en las que realizaba las tareas más ingratas, pero ese trabajo me liberó de los muros fríos e insalubres del orfanato; tenía ropa limpia, una cama para mí sola sin pulgas ni piojos ni ratas, y podía calentarme al amor de un brasero en los fríos inviernos de la ciudad. Si me portaba bien y hacía mi labor con diligencia y orden, la señora era amable. Era lo mejor que podía tener, nunca lo he dudado ni un ápice. Por esos años me dolía cerrar los ojos y no poder recordar ya el rostro de mis padres o sus voces. El tiempo me arrebató lo único que conservaba de ellos.
La mejor casa en la que trabajé fue en la segunda, en la calle Recogidas, con doña Virtudes, esposa de don José María, abogado mercantil. Con ellos vivía su hijo Ángel. Tenían otra hija, Carmen, que estaba casada y que vivía en Sevilla.
Cuando cumplí dieciocho años le dije a la señora, que era maestra de profesión en un colegio privado, que estaba pensando en estudiar algo que me permitiera abandonar el servicio doméstico. Hoy sé que fui muy osada, porque si doña Virtudes, en lugar de ser una buena mujer y moderna a su manera, hubiera sido mucho más conservadora o mojigata me habría despedido al instante. Eso es lo que le sucedió a mi amiga Puri: ella también deseaba estudiar y así se lo hizo saber a su señora, solicitando que le permitiera tomarse las tardes libres para acudir al instituto; la señora la despidió sin referencias y le costó dios y ayuda encontrar un nuevo trabajo decente.
Doña Virtudes, sin embargo, no solo me escuchó sino que se decidió a ayudarme.
«Querida niña —me dijo—, para llevar a cabo tus planes es necesario realizar el Servicio Social, que es obligatorio tras la guerra. Una vez que lo acabes te darán “la cartilla”, un documento imprescindible para estudiar o trabajar.»
Esto último no lo comprendí muy bien, dado que yo llevaba trabajando en la casa desde hacía ya tres largos años; pero me enteré después que, en esa dura época de posguerra, el trabajo doméstico no estaba reconocido como tal ni teníamos «derechos» laborales. Pero bueno, así era la ley y no había nada que cuestionar, solo me quedaba seguir los cauces que se me marcaban.
Ella misma me llevó a la oficina de la delegación de Granada de la Sección Femenina de Falange. Allí me explicaron que debía cumplir un periodo de formación de tres meses que impartían las mismas mujeres de Falange que se encargaban de la Sección Femenina y después debía realizar otros tres meses de trabajo social en el lugar que eligiera.
En esos tiempos de dictadura, de falta de libertad de actos y de pensamiento, en el que el Estado te decía qué debías creer, qué debías pensar, qué debías hacer para ser productivo, debo reconocer que el Servicio Social, que iba dirigido a formar mujeres de su casa y madres sumisas, me brindó la posibilidad de descubrir la gran oportunidad de mi vida y mi auténtica vocación, algo que dudo que hubiera llegado a conocer si me hubiera quedado en mi pueblo con mis padres, a los que por esas fechas me duele reconocer que ya no echaba tanto de menos. Hacía años que ya no lloraba por las noches. Siento una pena enorme cuando pienso estas cosas, pero creo que debo ser honesta al reconocer que gracias al miliciano que formó parte del pelotón de fusilamiento de mis padres, que me rescató en el último momento y me llevó a aquel orfanato de Granada, tuve la posibilidad de vivir en la ciudad y tomar contacto con la que sería mi gran vocación y mi profesión. Quizá si hubiera permanecido en mi pueblo, jamás habría sido enfermera. No se me interprete mal, por favor. Me dolía el fin horrible, injusto y cruel que habían tenido los míos... y ¡daría cualquier cosa por cambiar el pasado y regresar con ellos! Pero la vida, la guerra, me había arrebatado todo y solo me quedaba mirar hacia delante. Luchar por mi futuro consumía todas mis energías y nadie me iba a regalar nada. Tendría que trabajar muy duro.
Realicé mis tres meses de formación teórica con otras chicas, un grupito de jóvenes de entre dieciocho y veinticuatro años; ninguna teníamos estudios más allá del certificado que nos justificaba haber realizado los estudios primarios. Si lo pienso con detenimiento, creo que nos separaban por extractos sociales, porque ni una señorita de casa adinerada compartió el aula con nosotras y todas nosotras trabajábamos para ganarnos el sustento, bien en el servicio doméstico, internas en casas particulares o en talleres de costura. En este periodo de formación no aprendimos nada que no supiéramos ya de sobra, sobre todo las que estábamos internas.
Yo me levantaba a las cinco de la mañana todos los días, dejaba la casa limpia y la comida lista, o casi, y a las ocho estaba en la Sección Femenina: la impuntualidad era amonestada de forma muy severa. Salíamos a las dos, regresaba a toda prisa a la casa de la calle Recogidas y terminaba todas las labores que no hubiera finalizado por la mañana más toda aquella tarea o recado que doña Virtudes me ordenaba. Hacía la cena, la servía, dejaba todo recogido y nunca me acostaba antes de las once... Así durante tres extenuantes meses.
Las señoritas que nos enseñaban eran muy severas en los contenidos y nos mostraban nuestras obligaciones como «mujeres de nuestra casa» que un día seríamos el «germen» —esa era la palabra que usaban— de un hogar cristiano. Servir a nuestros esposos y criar a nuestros hijos era nuestra sagrada misión en esos tiempos nuevos. Esas clases teóricas no me enseñaron nada nuevo, la verdad. Lo que me fascinó hasta llegar a cambiar mi vida fueron los tres meses que me correspondían de trabajo social y que solicité llevar a cabo en un hospital. En realidad no sé por qué elegí precisamente eso, no lo sé.
En el mismo horario de locura que había soportado para completar la parte teórica, llevé a cabo el servicio asistencial durante esos meses. Me destinaron al Sanatorio Nuestra Señora de la Salud y allí las monjas, que se ocupaban de todo, me dieron un uniforme blanco con una cofia almidonada que resultaba muy incómoda pero que buscaba evitar que ni un solo cabello se me saliera de su sitio. Desde el primer día me pusieron en la sección de mujeres para hacer las camas, asear a las enfermas o ayudarlas a realizar sus necesidades diarias, y asistir a las monjas en lo que precisaran, dado que ellas realizaban las labores de enfermería. En definitiva, a realizar tareas muy básicas.
Nada me daba asco ni me revolvía ni me atemorizaba. Todo me resultaba interesante, me presentaba voluntaria para llevar a cabo labores que otras chicas, también del Servicio Social, evitaban emprender. Había descubierto un mundo fascinante y magnífico: la lucha contra la enfermedad y la muerte, el cuidado de los enfermos.
No llevaba ni una semana haciendo mi servicio en el hospital cuando ya había decidido que quería estudiar para ser enfermera. Esa tarde regresé a casa sabiendo que me iba a costar dios y ayuda conseguirlo, pero con la certeza de que esa era mi vocación; había nacido para ser enfermera. Ahora tenía que buscar la forma de poder conseguirlo.
MARIAN
Hoy es uno de esos días de mediados de noviembre en los que no apetece salir de casa. Hace un frío en la calle que congela los pensamientos, llueve de forma intermitente y el cielo es casi negro. Me ha costado horrores aparcar y he tenido que dejar el coche casi al lado de la autopista. Cuando salga, más allá de las diez y media, tendré que ofrecerme a llevar a alguien a su casa o pedirle a otro compañero que me acompañe con su coche porque, si no, yo no me atrevo a irme sola. Todos los días se oye que han robado a alguien en los alrededores del recinto hospitalario y ya ha habido hasta tres violaciones desde que yo trabajo en este hospital.
La última víctima de una agresión semejante fue mi antigua compañera Juani. Recuerdo cuando fui a verla mientras aún estaba ingresada. Las lesiones que aquel cerdo que la atacó le había ocasionado por todo su joven y atractivo cuerpo no tenían nada que envidiar con el trauma que le había producido en su espíritu. Sus ojos, que siempre lucían llenos de calor y vida, aparecían apagados y mustios. Ese tipo no solo la había forzado y golpeado, le había arrancado a golpes parte de su esencia vital. Juani ya no sería jamás la que en su día fue, y allí, acostada en la cama del mismo centro en el que trabajaba como pinche, me recordó a un cascarón de huevo: vacío, frágil, incompleto. Me aterra la posibilidad de que me suceda algo similar, por lo que siempre me las apaño para ofrecerme a llevar a otros compañeros a la ciudad, así no tengo que llegar hasta el coche sola. Los afortunados se sienten felices por llegar antes a casa y yo soy feliz por la compañía y por la sensación de protección.
Acabo de llegar al control y los del turno de mañana están remoloneando y haciendo tiempo. «¡Buena señal, todo está tranquilo!»
—¡Hola, Dolores!
Ella me mira expectante y con un brillo de felicidad en los ojos que siempre le cuesta disimular. Soy la única que llega antes de la hora establecida y eso supone que también ella se podrá ir antes.
Me siento en una de las incómodas sillas del control de enfermería y dejo mi mochila a un lado. Cojo un boli del bolsillo de mi uniforme y mi libreta y me preparo para recibir el relato del turno de mi compañera de la mañana.
Soy la primera enfermera en llegar. Las dos auxiliares que trabajan hoy por la tarde ya están sentadas en la sala de estar y las oigo reír a carcajadas escuchando las chorradas que Aquiles, el auxiliar de la mañana, les cuenta con su característico vozarrón.
Dolores es una mujer muy guapa. A sus sesenta años aparenta cuarenta. Ni una arruga, dientes de cine y nada de cirugía. Es perfecta y además tiene una figura que para mí querría. Tiene cinco hijos —el mayor ya casado y con hijos—, ha enviudado dos veces y se ha divorciado una. Lleva trabajando desde los dieciocho años... ¡vamos, un asco de mujer, si no fuera porque es muy simpática, muy buena persona, muy trabajadora y una estupenda profesional! Da gusto llevar sus enfermos. Todo está siempre perfecto y si se ha dejado algo sin hacer te lo dice y te explica el motivo, que siempre es de peso. Con ella una se suele llevar pocas sorpresas desagradables.
—Paco, el de la 16A, bien. Ha tenido algo de dolor y le he puesto un paracetamol intravenoso a las doce. Por lo demás, nada. A Fermín, el de la 16B, le he cambiado la vía porque presentaba un poquillo de enrojecimiento. Se la he puesto en la mano izquierda. A Salvador —su médico— le ha parecido muy pronto para retirarle los sueros, así que ahí le va pasando el glucosado de las 16 a 24...
Yo escucho y anoto solo lo imprescindible. Todo impecable, como siempre. Por el rabillo del ojo veo que se enciende un pilotito rojo sobre la puerta de una de las habitaciones y milésimas de segundo más tarde suena un timbre.
Socorro, la auxiliar de la tarde, sale corriendo de la sala de estar para atender la llamada.
—Josefa, de la 18A, se va esta tarde —sigue contándome Dolores—, ya tiene preparado el informe y le he dado la medicación que debe llevarse a casa. Está esperando a que su hija venga a recogerla cuando salga de trabajar...
«¡Mi hermana..! —Por el interfono nos llega una voz angustiada, nerviosa, entrecortada—. ¡Por favor, mi hermana, mi her...»
No escuchamos más. Dolores y yo ya estamos de pie y corremos hacia la habitación. La joven que nos ha llamado se encuentra junto a la cama de Lucía, una mujer que ingresó hace unos días. Intenta sujetarla por los brazos y el tronco para que no se caiga de la cama. La paciente se sacude furiosa y violentamente mientras arquea el cuello y cierra las manos con tal fuerza que aparecen completamente blancas, como de cera.
Mi compañera se acerca a un lateral de la cama y yo al otro. Oigo cómo Socorro saca a la hermana de Lucía de la habitación que no para de llorar y de chillar intentando entender qué es lo que pasa. Cierran la puerta y sus lamentos y su llanto nos llegan como un eco lejano.
—¡Un tubo de Guedel! —ordena Dolores a Aquiles que asoma por la puerta.
Este lo coge de la mesilla y, tras retirar el envoltorio, se lo acerca. Aprovechando un momento de menor contracción en la boca y los dientes de la paciente, Dolores consigue encajárselo de forma adecuada para que no se ahogue mientras lo sujeta con ambas manos a fin de que no se mueva con la violenta agitación de su cuerpo.
Inmediatamente aparece Salvador, su médico internista. Yo ya he administrado por la vía intravenosa que Lucía tiene en el antebrazo izquierdo una dosis de la medicación anticonvulsivante que habíamos dejado preparada por si esto sucedía.
Poco a poco las sacudidas del cuerpo de la mujer van bajando de intensidad. Su respiración se va acompasando con rapidez, hasta que entra en una calma extraña y un sopor profundo. Salvador la ausculta y explora mientras Dolores y yo nos miramos por encima de la cama, al tiempo que tomo la tensión a Lucía mientras ella le fija el tubo de Guedel con una venda de gasa para que no se salga de su correcta colocación. Las dos tenemos el mismo pensamiento: «¡Qué magnífico inicio de turno!»
Salvador se deja caer en una de las sillas del control de enfermería que cruje de tal forma que tengo que reprimir el impulso de sujetarle ante una posible caída. Ya son las cuatro y le quedan aún un montón de horas de guardia. No se quejará —no acostumbra a hacerlo—, pero podría asegurar que ya está calculando el trajín que le espera.
Dolores ya se ha marchado, deseándome que todo mejore. Mari Cruz y Auxi ya están preparando la medicación, mientras yo escribo lo sucedido con la paciente de la 18B, Lucía. Mari Cruz mira a Salvador, su marido, y le increpa:
—Salva, no te quedes mucho rato sentado que tienes que ver a Francisco, de la 5A y a Amparo Pérez, de la 3B. No tengo aún sus tratamientos y las meriendas están por llegar...
Entre Salvador y Mari Cruz nunca se ve un gesto íntimo; nadie diría que entre ellos existe otra relación que no sea la laboral. Se llevan la contraria cuando lo tienen que hacer y discuten más a menudo de lo conveniente, pero yo estoy convencida de que se quieren y se respetan por encima de todo lo demás.
Sin mediar palabra y otra vez acompañado de un intenso suspiro, Salvador se levanta pesarosamente —la silla vuelve a crujir, esta vez de alivio— y se pierde por el pasillo camino del despacho de los médicos, al fondo del mismo.
LUCÍA
Se asomó al balcón para ver pasar a la gente. Desde donde se encontraba, en el balcón de un octavo piso, las personas parecían hormiguitas. Se sonrió. Esto siempre le había hecho mucha gracia a su hermana cuando eran pequeñas; se reían como locas viendo pasar a la gente mientras se imaginaban que ellas eran dos gigantes.
La lluvia le mojaba el fino pijama y le pegaba el cabello a la cabeza y a la cara. Hacía un poco de frío pero Lucía no parecía notarlo. Se sentía abotagada por el dolor. Los ojos se le llenaron de lágrimas y le escocieron. «No. ¡No puedo llorar otra vez, más no!»
No recordaba haber desayunado. Ni tampoco recordaba haberse puesto la insulina.
El timbre del teléfono la sacó de su ensimismamiento asustándola. Giró la cabeza hacia el aparato, allí sobre la mesita del salón, pero no se movió para cogerlo. «¡Ya se cansará!» Suspiró con hastío. Su suegra no dejaba de darle la lata. Todos los días a la misma hora la llamaba para preguntarle las mismas cosas, siempre lo mismo. No tenía fuerzas para ser correcta, no tenía ganas de aparentar una vitalidad que estaba muy lejos de sentir. El aparato dejó de sonar y la joven suspiró con alivio.
No se veía capaz de soportar una vez más el inmenso dolor que le producía tan enorme pérdida. Su bebé, su querido bebé, había dejado de ser una maravillosa posibilidad. Creyó de todo corazón que esa vez lo había conseguido e, incluso, había llegado al sexto mes de embarazo. Pero un dolor repentino, insoportable y asesino le dejó claro que esa vez también iba a ser como las otras. Tres días ingresada en la clínica. Las miradas de lástima del médico, de su suegra... de todos, ¡hasta de Luis! Las frases de forzado consuelo para aplacar un sufrimiento inconsolable. Era una historia ya tantas veces vivida... Pero el dolor siempre parecía distinto, atenazador, furioso.
Esa mañana se levantó sin saber muy bien qué día era. Solo sabía que llevaba vacía un mes. ¿Cuánto tiempo llevaba asomada al balcón? No, seguro que no se había puesto la insulina. No recordaba haber ido a la cocina ni abrir el frigorífico. Tampoco había desayunado, por lo tanto. El estómago le crujió como gesto de protesta, pero ella no tenía hambre. Se le llenó la boca de agua, quizás una reacción a la náusea que le recorrió el cuerpo entero como una corriente eléctrica. Luis había salido de viaje. Tenía que ir a Logroño para un asunto del restaurante, algo de los vinos... ¡qué más daba! Hacía tiempo que le daba igual casi todo.
La boca se le llenó de un sabor agrio, pastoso. Un cierto mareíllo le nubló momentáneamente la vista, haciéndola tambalearse. Se agarró a la barandilla del balcón y decidió entrar en la casa.
Las piernas tardaron en responderle. Las notaba pesadas y temblonas. Se agarró al marco de la puerta del balcón. Las manos le tremían de forma exagerada y no respondieron a su intención de sujetarse. Cayó al suelo golpeándose la frente con una maceta.
Consiguió ponerse a gatas sintiendo cómo su cuerpo cobraba vida propia y no respondía a sus intenciones; un frío y pegajoso sudor le cubría la piel mezclándose con la lluvia. Cerró los ojos, pero una hiriente claridad le quemó las retinas. Su cuerpo empezó a agitarse, sus manos, sus piernas. El corazón le saltaba como loco en el pecho. Sintió que una espantosa oscuridad se la tragaba y nada más.
Cuando despertó se encontró en una habitación desconocida. Su hermana Clara, su única familia aparte de su marido —y su suegra, claro—, dormitaba en un horrible sillón de polipiel en tonos verdes. A su lado colgaban frascos de sueros de diversos tamaños y colores. El fluido que manaba de ellos era conducido por numerosos tubitos hasta su cuerpo, entrando por su antebrazo izquierdo. No sentía nada. Ni dolor, ni hambre, ni sueño. Le costaba trabajo moverse, así que no lo intentó. El dolor de su corazón estaba soñoliento, agazapado, esperándola. Cerró los ojos y volvió a perderse en un reparador sueño lleno de nada.
Días más tarde, ya completamente despierta —le dijeron que había estado inconsciente casi un día entero— supo qué le había sucedido. La diabetes, que sufría desde los ocho años de edad, se le había descompensado por efecto de la pena, el ayuno y la falta de cuidados y de control. Le habían realizado un estudio neurológico y le diagnosticaron una pequeña lesión cerebral. Aún no había llegado a entender si dicha lesión estaba o no relacionada con todo este caos en el que se encontraba presa. Hacía titánicos esfuerzos por recuperar su alma y arrancarla del dolor que la había llevado al abismo. Ya se ocuparía de las enfermedades nuevas cuando se encontrara mejor. Hoy no le importaba lo más mínimo. Su hermana se enfurecía al ver lo apática que estaba, pero un informe del psiquiatra de turno le indicó que lo que le pasaba era normal: sufría una profunda depresión. ¡Todo tenía explicación, todo, menos su incapacidad para tener hijos! O eso creía ella.
Esa mañana la había pasado tranquila. Le habían retirado casi todos los sueros y las glucemias se iban corrigiendo poco a poco. La ingesta adecuada de alimentos de una forma regular la iba reanimando y sacando de la extrema fatiga en la que se había visto inmersa, fruto de su abandono y su involuntaria desidia. Clara, no la abandonaba casi nunca, excepto en los escasos momentos que dedicaba para ir a la cafetería a comprar bocadillos o el periódico.
Tras la comida ambas se pusieron a ver la televisión. Sus miradas fijas en el aparato, las mentes en otro sitio; lejano. Clara aguantándose las ganas de increpar. Lucía rezando para que su hermana no hablara. No tenía ganas de oír los reproches de su hermana pequeña, sus lecciones de vida.
En la cama de al lado otra paciente, Josefa, esperaba que su hija saliera del trabajo para llevarla a casa. Sabía desde la víspera que se iría de alta, y tras el desayuno, en lugar de un camisón limpio, se había colocado su ropa de calle, se había peinado primorosamente y se había puesto algo de carmín en los labios. Parecía otra persona, pensó Clara mientras observaba cómo Josefa ordenaba por enésima vez sus mínimos enseres sobre la cama. Era la sexta vez que la ingresaban por una descompensación cardiaca y, por su lozano aspecto, nadie diría que tenía el corazón casi como un colador. Emanaba felicidad y se evidenciaban sus enormes ganas de vivir y de salir al mundo una vez más.
—Luis no va a volver. —Clara sintió que su voz sonaba extraña, ronca. Llevaba días dándole vueltas y no encontraba la mejor manera de abordar el tema. Lucía eludía toda conversación sobre su persona. Así que decidió que la mejor forma sería, indiscutiblemente, afrontarlo sin preámbulos para que su hermana no evitara la realidad—. Se ha ido para siempre, ha aceptado un puesto en La Rioja y el muy cobarde me ha pedido a mí que te lo cuente. Dice que cuando reúna cierto valor (¡el muy gilipollas!) te llamará y te dará sus razones... —Lucía miraba la tele con ojos perdidos, llorosos; el aire pugnando por entrar en sus pulmones—. No te preocupes, yo estaré contigo hasta que te recuperes del todo o hasta que tú quieras...
Lucía seguía respirando ruidosamente. Clara dedujo que estaba conteniendo el llanto y le tomó la mano. Pero comprobó que no era así cuando vio cómo su hermana se arqueaba de una forma horripilante, apoyando solo los talones y la nuca en la cama, los dientes apretados, los ojos a punto de salir de sus órbitas. Seguía respirando como con estertores y le salía espuma por la boca; la mirada, desviada hacia un lado.
Josefa se levantó con asombrosa rapidez del sillón en el que reposaba y con un nervioso chillido increpó:
—¡Niña, por Dios, llama al timbre! ¿Es que no ves cómo está?
Clara consiguió coordinar sus movimientos; se levantó, tropezó con el borde de la cama y tardó una eternidad en encontrar el botón del timbre que colgaba de un grueso cable a un lado de la lámpara fluorescente de la pared. Casi al instante sonó un pitido y otro; después un chasquido y una cantarina y relajada voz contestó, preguntando por el motivo de su llamada. La voz nerviosa y chirriante de Clara fue la que motivó que las enfermeras acudieran rápidamente.
La sacaron con amabilidad pero con firmeza de la habitación y corrieron las cortinas que separaban las camas para intentar conseguir cierto grado de intimidad, al tiempo que el médico entraba con gesto grave.
Josefa decidió salir del cuarto y acompañar a Clara, que no paraba de llorar y de repetirse entre hipidos que a su hermana le había dado un ataque por su culpa, por contarle cosas que podían haber esperado. Josefa la abrazaba y hacía vanos intentos por consolarla.
Allí, en el pasillo, las dos mujeres fueron rápidamente objeto de la curiosidad de los escasos familiares y acompañantes que, a esa hora, sesteaban en las diversas habitaciones. Varias cabezas y cuerpos se asomaron por las puertas y, al poco, se congregaron pequeños grupillos de «autogestión de la información».
Los auxiliares y el celador no tardaron en pedir a los curiosos que regresaran a sus habitaciones y despejaran los pasillos por si era precisa la entrada de material de urgencia, bla, bla... Uno a uno fueron regresando a sus habitaciones a informar a los enfermos encamados que, estirando el cuello, intentaban captar algo de lo ocurrido desde sus lechos.
Tras unos interminables minutos se abrió la puerta y salió el médico, Salvador, adjunto de la unidad. Buscó con los ojos a Clara; al encontrar su mirada le hizo un grave gesto invitándola a acercarse. Ella se desprendió con amabilidad del abrazo de Josefa y acudió al lado del médico. Él hablaba y Clara le escuchaba, la cara dirigida hacia su voz. La diferencia exagerada de estatura la obligaba a tener la cabeza en una incómoda postura, inclinada como quien mira al cielo en un secreto ruego, mientras se sujetaba el cuerpo en un abrazo defensivo. El médico terminó de hablar y ella agachó la cabeza mientras se cubría la cara con una mano. Él le cogió la otra sin decir nada y le dio un cálido apretón; todo se había dicho ya y no era bueno.
Salvador se fue tras saludar a Josefa con un ligero gesto de la mano que se acercó a la llorosa joven y, tomándola por los hombros, la acompañó al interior de la habitación. Las enfermeras estaban arropando a Lucía que dormía profundamente, colocaron los sueros y recogieron sus bateas y demás enseres, saliendo tras susurrar una despedida. Clara y Josefa permanecieron a los pies de la cama de la mujer dormida. Habían bajado la persiana y parecía de noche. Al otro lado de las ventanas se intuía el lejano tronar de una tormenta mientras la lluvia perdigoneaba sobre ellas con persistente fuerza.
—Tiene un tumor en no sé qué lóbulo del cerebro —susurró Clara. Josefa aumentó, seguro que sin darse cuenta, la presión de sus manos en los hombros de la joven—. Se puede operar y parece que tendrá solución; hoy la ciencia está muy avanzada y me ha dicho el médico que espera que se pueda recuperar, aunque no me asegura nada. Con las cosas del cerebro nunca se sabe. —Clara miró a la anciana mientras se deshacía delicadamente de su abrazo. Agradeció en lo más hondo de su corazón que Josefa estuviera aún ahí y que su hija no hubiera llegado todavía para llevársela a casa. Sabía que no podría soportar estar sola, llevar tanta carga sin nadie en quien apoyarse—. No me va a negar, Josefa, que la vida puede ser un auténtico infierno para algunas personas. ¡No es necesario morir para sufrir el peor de los calvarios que la vida puede prepararnos!
—¡Hola, mamá! ¿Estás preparada? —dijo alguien con voz alegre.
Ambas giraron la cabeza a la vez mientras una menuda mujer entraba en la habitación con soltura y una enorme sonrisa.
SALVADOR
Tiene sesenta años, es alto y casi totalmente calvo, con un restillo de canosos pelillos que siempre lleva rapados al uno circundando el moreno cuero cabelludo. De hermosos y gigantescos ojos verdes, boca enorme y dientes perfectos, tiene una de las sonrisas más afables y atractivas de todo el hospital: le sonríe toda la cara, los ojos, las cejas, las orejas, las arrugas.
Tras licenciarse en Medicina en Córdoba, sintió la llamada de Dios y decidió prepararse para ser sacerdote, pero antes tuvo que discutir con su padre que no toleraría, que jamás podría aceptar, que su único hijo «se desperdiciara de esa manera» haciéndose cura.
Todos en su pueblo, Rute, creían a pie juntillas que, una vez que finalizara sus estudios en la capital, Salvador se casaría con Macarena, la hija del boticario, una hermosa joven con más belleza que espíritu y que había sido su novia de toda la vida, desde los quince años.
Sin pensárselo dos veces, solicitó plaza en el seminario de Sevilla, visitó a su padre, se despidió de Macarena y de sus ya no futuros suegros y se marchó a cumplir con su nueva ilusión.
En el pueblo todo el mundo quedó inmerso en un desconcierto sordo, como si la noticia de que Salvador, el hijo de Epifanio el Rojo, iba a hacerse cura fuera una bomba atómica que hubiera arrasado con toda forma de vida conocida en el pueblo. Nadie se atrevía a decirle nada al pobre padre que caminaba por las calles del pueblo con la cabeza alta y la mirada desafiante, como un avestruz oteando el horizonte, a la espera de destrozar a picotazos al que tuviera la osadía de decirle algo. Epifanio, que fue el primero en afiliarse al Partido Comunista en el justo momento en que se legalizó allá por la primavera de 1977 y que no había querido enterrar a su querida Leonor en el cementerio de los curas el fatídico día en que murió tras una estúpida caída del mulo cuando volvía del campo, no podía entender lo que le había pasado a su hijo, siempre tan inteligente, tan cabal, tan maduro, para que tomara una decisión tan descabellada. En su casa jamás se había ido a misa, ni se celebraba la Navidad, ni...
Sí, sin duda, una de las mayores desgracias en la vida de Epifanio fue que su hijo, que suponía su única familia en este mundo, se metiera a cura, traicionara sus convicciones de esa forma y renegara de su padre con este bofetón a su envejecido espíritu. ¡Qué le habría pasado en la capital, Córdoba, en todos los largos años que había estado estudiando Medicina! Quizás alguien le había sorbido el seso. ¿Habría tirado el dinero que con tanto esfuerzo había ahorrado para que su hijo pudiera hacerse una carrera adecuada a su capacidad e inteligencia? Epifanio el Rojo murió diez años después sin haber dado respuesta a sus dudas, sin haber apaciguado su angustia y sin volver a dirigir la palabra a su hijo.
Salvador prometió sus votos de sacerdote y, como la labor que podría desempeñar en España la consideró demasiado superficial, decidió llevarla a cabo en países en desarrollo de tal forma que estuvo perdido en lejanos y desconocidos lugares de Asia y África durante cerca de quince años.
Y un día regresó. El motivo de su vuelta fue que no estaba en absoluto de acuerdo con las decisiones de sus superiores jerárquicos y de la postura de la Iglesia con respecto a la nula permisividad por parte de esta en la utilización de preservativos para la prevención del sida y de otras enfermedades de transmisión sexual. Salvador había publicado numerosos artículos y había concedido decenas de entrevistas en todas aquellas revistas, periódicos y medios que le quisieron escuchar, buscando partidarios a favor de la prevención de contagios potencialmente mortales en países con bajo nivel económico, y afirmaba con rotundidad que el preservativo era uno de los medios más eficaces y más fáciles de utilizar para lograr este objetivo.
El obispado no tardó en llamarle para ponerle en su sitio, pero él no se dejó amilanar por las reconvenciones y las medidas disciplinarias que no tardaron en imponerle. Se le negó el destino en África y se le sancionó con unos ejercicios espirituales en un monasterio de retiro situado en los Montes de León, de bellas vistas serranas e invernal clima criminal comparado con las cálidas temperaturas a las que Salvador hacía tiempo que tenía habituados los huesos y el ánimo.
Acató tal decisión casi en silencio y obedeció como era su obligación, aunque nunca estuvo convencido de que su postura disidente iba a ser modificada mediante el ayuno, la oración y el recogimiento. El alma le bullía y se rebelaba. Salvador obedeció, pero no cambió de actitud.
Ya se estaba planteando su permanencia en el seno de la Iglesia cuando en unos ejercicios espirituales conoció a una robusta monja, sor María de la Cruz.
Ella residía en ese mismo monasterio, en la parte reservada para las mujeres, recuperándose de una grave intervención quirúrgica; le habían extirpado un enorme quiste hidatídico y había sufrido una grave anemia y una infección tras la intervención quirúrgica que no se había llevado a cabo en las mejores condiciones de higiene y salubridad. Ella era —y es— enfermera especializada en enfermedades tropicales, y llevaba a cabo su labor en un recóndito pueblo de la Amazonia cuando cayó enferma y hubo de ser intervenida de urgencia. Se la trasladó a España en unas nefastas condiciones físicas por lo grave de su situación y, tras pasar varias semanas en un hospital de Lugo, fue invitada a recuperarse en el mismo monasterio serrano en el que Salvador purgaba su espíritu. La curtida monja jamás pensó que volvería al continente americano.
Ambos reconocen que fue un flechazo, si es que realmente esto existe. Hablaron durante horas y al cabo de un año estaban viviendo juntos en un piso de Palencia, a la espera de obtener de la Iglesia la aceptación a la renuncia definitiva de sus votos, ella, la reducción al estado laical, él. En cinco años estaban casados —por lo civil— tenían un hijo y entraban a trabajar en el mismo hospital donde hoy todavía siguen ejerciendo.
Mari Cruz es gallega, de un pueblo de Orense. El cerrado acento que conserva después de tantos años fuera de su pueblo es su seña de identidad, y cuando se pone a despotricar en gallego ninguno de sus compañeros suele entender nada salvo las palabrotas: esas las pronuncia sílaba a sílaba.
Es todo lo contrario a una mujer seductora, siempre visto desde el punto de vista físico. Los encantos de Mari Cruz a nivel personal son difíciles de localizar, pero los debe de tener a raudales para haber enamorado a una persona tan especial como Salvador. Es grandota y de movimientos bruscos, aunque trabajando desarrolla una habilidad en sus manos difícil de presumir viendo el tamaño de sus dedos. Tiene cuarenta y nueve, no es fea pero tampoco es guapa, ya que tiene unas facciones neutras con nada que resalte y con nada fuera de lugar.
Cuando se produce un altercado durante su turno ella aparece como por ensalmo y pone paz en menos que canta un gallo. Nunca levanta la voz y consigue serenar hasta la situación más extrema solo con su presencia y su sosiego, y es extremadamente amable y dulce con los enfermos. Aguanta improperios y malas maneras por parte de estos y sus familiares con una diplomacia y un temple envidiables, y siempre disculpa los deslices y el mal humor. Eso sí, con sus compañeros, es hosca y seca, una sargentona; los regaña y se enfada cada dos por tres, no les suele pasar ni una.
Todos los que la conocen saben que es difícil que cambie; no es mala, solo es algo quisquillosa y por ello procuran no tenérselo demasiado en cuenta. Es una buena compañera y da gusto trabajar con ella; ayuda aunque no haga falta y siempre que alguien lo precise. No es rencorosa en absoluto; si discute y no tiene razón, se disculpa y todo olvidado; y si ha sido el otro quien se ha equivocado hace como que no ha pasado nada.
Cuando alguien le pregunta a Mari Cruz si se arrepiente alguna vez de haber abandonado sus votos y su vida religiosa siempre responde que jamás desearía estar en otro sitio que no fuera este ni con otra persona que no fuera su esposo. Lo único que le escuece en el alma, reconoce, es no haberse casado por la Iglesia, aunque ella considera que Dios acepta sin ninguna duda su unión.
Salvador, infinitamente testarudo, jamás consintió en ratificar su unión ante un altar. No solo rompió su compromiso con la Iglesia, sino que renegó de ella en cuerpo y alma.
Una vez aseguró a sus compañeros, en los postres de la cena de clausura de unas jornadas de medicina interna celebradas en Granada, que su Dios, el Dio
