«No sé si contaros mis sueños. Son sueños viejos, pasados de moda, más propios de un adolescente que de un ciudadano. Son historiados y a la vez precisos, algo despaciosos aunque de gran colorido, como los que podría tener un alma fantasiosa pero en el fondo simple, un alma muy ordenada. Son sueños que acaban cansando un poco, porque quien los sueña despierta siempre antes de su desenlace, como si el impulso onírico quedara agotado en la representación de los pormenores y se desentendiese del resultado, como si la actividad de soñar fuese la única aún ideal y sin objetivo. No conozco, así, el final de mis sueños, y puede ser desconsiderado relatarlos sin estar en condiciones de ofrecer una conclusión ni una enseñanza. Pero a mí me parecen imaginativos y muy intensos. Lo único que puedo añadir en mi descargo es que escribo desde esa forma de duración —ese lugar de mi eternidad— que me ha elegido.
Sin embargo, lo que soñé esta mañana, cuando ya era de día, es algo que sucedió realmente y que me sucedió a mí cuando era un poco más joven, o menos mayor que ahora, aunque aún no ha terminado.
Hace cuatro años viajé, por causa de mi trabajo y justo antes de superar milagrosamente mi miedo al avión (soy cantante), numerosísimas veces en tren en un periodo de tiempo bastante corto, en total unas seis semanas. Estos desplazamientos breves y continuados me llevaron por la parte occidental de nuestro continente, y fue en el penúltimo de la serie (de Edimburgo a Londres, de Londres a París y de París a Madrid en un día y una noche) cuando vi por primera vez los tres rostros soñados esta mañana, que son asimismo los que han ocupado parte de mi imaginación, mucho de mi recuerdo y mi vida entera (respectivamente) desde entonces hasta hoy, o durante cuatro años.
La verdad es que tardé en mirarlos, como si algo me advirtiera o yo, sin saberlo, quisiera retrasar el riesgo y la dicha que iba a suponer hacerlo (pero me temo que esta idea pertenece más a mi sueño que a la realidad de entonces). Había estado leyendo un volumen de fatuas memorias de un escritor austriaco, pero en un momento dado, y como me irritaba mucho (de hecho esta madrugada me sacó de quicio), lo cerré y, en contra de mi costumbre cuando viajo en ferrocarril y no voy conversando, leyendo, repasando mi repertorio ni rememorando fracasos o éxitos, no miré ‘directamente’ el paisaje, sino a mis compañeros de compartimento. La mujer dormía, los hombres estaban despiertos.
El primer hombre sí miraba el paisaje, sentado justo enfrente de mí, con la voluminosa cabeza de cabellos canosos y escarolados vuelta hacia su derecha y una mano llamativamente pequeña —tanto que no parecía poder pertenecer a ningún cuerpo en verdad humano— acariciándose la mejilla con lentitud. Sólo podía ver sus facciones de perfil, pero dentro de la esencial ambigüedad de su edad —uno de esos físicos algo feéricos que dan la impresión de estar aguantando más de lo debido las presiones del tiempo, como si la amenaza de una muerte pronta y la esperanza de quedar fijados ya para siempre en una imagen incólume les compensase el esfuerzo—, se aparecía como más que maduro en virtud de aquella abundante vegetación escarchada que lo coronaba y de dos fisuras —incisiones leñosas en una piel pulida— que, a ambos lados de una boca desdibujada y en principio inexpresiva, hacían pensar, sin embargo, en una personalidad propensa a sonreír a lo largo de lustros tanto cuando fuera oportuno como cuando no lo fuera. En aquel momento de sus años indefinibles se lo adivinaba apacible y se lo veía menudo y adinerado, con unos pantalones elegantes pero un poco rozados y levemente cortos —las canillas casi al descubierto— y una chaqueta flamante cuyo tejido mezclaba demasiados colores. Un hombre al que la riqueza le llegó con retraso, pensé; quizá un hombre de la mediana empresa, independiente pero esforzado. Al faltarme su mirada, que dedicaba al exterior, no habría sabido decir si se trataba de un individuo vivaracho o sombrío (aunque iba muy perfumado, delatando una coquetería marchita pero todavía invicta). En todo caso, miraba con extraordinaria atención, se diría con locuacidad, como si estuviera asistiendo a la instantánea realización de un dibujo o lo que se ofreciese a sus ojos fuese agua o bien fuego, de los que tanto cuesta a veces apartar la vista. Pero el paisaje no es nunca dramático, como lo es la realización de un dibujo o el agua movediza o el fuego titubeante, y esa es la razón por la que observarlo descansa a los fatigados y aburre a los que no se cansan. Yo, pese a mi aspecto fornido y a una salud de la que no me puedo quejar teniendo en cuenta que mi profesión la exige de verdadero hierro, me canso muchísimo, motivo por el cual opté por mirar el paisaje a mi vez, ‘indirectamente’ y a través de los ojos invisibles del hombre de las manos pequeñas, los pantalones elegantes y la chaqueta sobrada. Pero como ya estaba anocheciendo apenas vi nada —sólo bajorrelieves—, y pensé que tal vez el hombre se estaba mirando a sí mismo en el cristal. Al menos yo, al cabo de unos minutos, cuando por fin se produjo el suave vencimiento de la luz tras el mínimo fulgor vacilante de un atardecer todavía septentrional, lo vi duplicado, desdoblado, repetido, casi con idéntica nitidez en el cristal de la ventanilla que en la realidad. Indudablemente, decidí, el hombre se escrutaba los rasgos, se miraba a sí mismo.
El segundo hombre, sentado en diagonal conmigo, mantenía inmutable la vista al frente. Era una de esas cabezas cuya sola contemplación trae desasosiego al alma de quien aún tiene ante sí un camino sin despejar, o, por decirlo de otra manera, de quien aún depende de su propio esfuerzo. La calva que hubo de ser prematura no había logrado hacer flaquear su satisfacción ni el convencimiento de su sed de dominio, y tampoco había atemperado —ni siquiera nublado— la expresión hiriente de unos ojos acostumbrados a pasar rápidamente por las cosas del mundo —acostumbrados a ser mimados por las cosas del mundo— y que tenían el color del cognac. Su propia inseguridad se había permitido pagar solamente el tributo de un esmerado bigote negro que disimulara sus facciones plebeyas y rebajara un poco la incipiente gordura —que a ojos por él sometidos aún podría haber pasado por reciedumbre— de su cabeza y su cuello y su tórax tendente a la convexidad. Aquel hombre era un potentado, un ambicioso, un político, un explotador, y su indumentaria, sobre todo la chaqueta abrillantada y la corbata con pasador, parecía provenir de más allá del océano, o más bien de una pulida concesión europea al estilo que se juzga elegante en el ultramar. Sería diez años mayor que yo, pero una vena convulsa inmediatamente reconocible en el esbozo de sonrisa que de vez en cuando ensayaban en silencio sus abultados labios —como quien cambia de postura o cruza y descruza las piernas, no más— me hizo pensar que aquel sujeto tan prepotente albergaría en su personalidad un elemento infantil que, en conjunción con su rotundo físico, haría oscilar la reacción de quienes lo captaran entre la irrisión y el terror, con unas gotas de irracional compasión. Quizá fuera eso lo único que le faltara en la vida: que sus deseos fueran entendidos y cumplidos sin necesidad de hacerlos saber. Aun en la seguridad de lograrlos, quizá se viera en la obligación de recurrir una y otra vez a artimañas, amenazas, imprecaciones, desmayos. Pero tal vez sólo para divertirse, tal vez para poner periódicamente a prueba sus dotes de histrión y no perder flexibilidad. Tal vez para sojuzgar mejor, pues bien sé que no hay sometimiento más eficaz ni más duradero que el que se edifica sobre lo que es fingido, o aún es más, sobre lo que nunca ha existido. Este hombre al que en mi sueño he juzgado desde un principio tan pusilánime como tiránico no me miró —como tampoco el otro— ni una sola vez, al menos mientras yo pudiera advertirlo, es decir, mientras yo le miraba a él. Este hombre del que ahora sé demasiado miraba, como digo, impasible ante sí, como si en el asiento vacío que seguramente no veía estuviera escrita la relación detallada de un futuro por él conocido que se limitara a verificar.
Así como este sujeto explotador dejaba ver entero su semblante y el individuo algo feérico nada más que el perfil, la mujer que iba sentada entre los dos, con la que los hombres tal vez viajaban o tal vez no, carecía de todo rostro por el momento. Tenía la cabeza erguida, pero le cubría la cara el pelo castaño y liso echado hacia adelante deliberadamente, quizá para preservar de la luz el ligero sueño ferroviario, quizá también para no ofrecer de balde la imagen de intimidad y abandono que ella misma desconocería, su imagen durmiente y sin vida. Tenía las piernas cruzadas, y las botas invernales de tacón escasísimo sólo permitían ver la parte superior de la pantorrilla, que, prolongada en una rodilla sobre la que el tenue lustre de las medias se intensificaba, terminaba en las lindes de una falda negra que me pareció de ante. Toda la figura, privado el rostro, producía una sensación de impecabilidad, de fijeza, de acabamiento y conformidad, como si en ella ya no cupieran cambios ni enmienda ni negación —como los días ya terminados, como las leyendas, como la liturgia de las religiones firmes, como los cuadros de siglos pasados que nadie se atrevería a tocar—. Las manos, apoyadas en el regazo, descansaban a su vez la una sobre la otra, la derecha con la palma abierta, la izquierda —perpendicularmente caída— con el puño semicerrado. Pero el pulgar de esta mano —largos dedos, dedos algo nudosos, como de quien va teniendo antes de tiempo la tentación de decir adiós a la juventud— se movía intermitentemente con levedad, como son a veces los movimientos involuntarios y de carácter espasmódico de los que duermen a su pesar. Llevaba un anacrónico collar de perlas; llevaba una estola roja alrededor del cuello; llevaba un doble anillo de plata en el dedo corazón. La melena, que a buen seguro había dispuesto de aquella manera con un solo gesto de la cabeza muchas veces practicado, no permitía ni siquiera imaginar el conjunto de sus facciones a partir de un solo rasgo visible, tan densamente caía como un velo opaco. Por eso observé detenidamente las manos. Aparte del movimiento del dedo pulgar, hubo otra cosa que me llamó la atención: no tanto las uñas —firmes, blanquecinas, cuidadas— cuanto la piel que las rodeaba parecía atrozmente mordida o quemada, hasta el punto de que la de los índices —pues era sobre todo la de los índices— se podía decir que no existía y dudar de que hubiera existido jamás. Los bordes de aquellas uñas habían padecido una alteración epidérmica grave que les había dejado como señal un color encarnado y feo, propio de una inflamación, o estaban en carne viva. Pensé que, de ser lo segundo (pues no alcanzaba a distinguirlo bien), aquella era una labor no tanto de los incisivos no vistos de la mujer que dormía y de la niña que había sido cuanto del tiempo mismo, pues la atrofia —y era de eso de lo que parecía tratarse— necesita no menos de la falta de uso y actividad, no menos de la voluntad de supresión sistemática que de la más temporal de las cosas que existen y la que asimismo mejor distrae a las cosas todas de su temporalidad: la costumbre (o su hija siempre tardía la ley, que a la vez es la que anuncia que el tiempo de la costumbre ya va pasando y el fin de la distracción). Estaba empezando a divagar un poco acerca de estas cuestiones sobre las que nada entiendo ni nada sé en realidad cuando una fuerte sacudida lateral del tren hizo que de pronto aquel pelo castaño y luminoso y liso dejara momentáneamente al descubierto el rostro que custodiaba. Ese rostro no despertó, y fueron pocos los segundos antes de que todo volviera a su posición, pero en los labios grandes y apretados y tensos, en los párpados apretados y tensos y recorridos de minúsculas venas enrojecidas (en los ojos cerrados no v
