Luciérnaga (Premio Lumen 2024)

Natalia Litvinova
Natalia Litvinova

Fragmento

cap-3

Corte

No quería nacer en otoño en un país radiactivo. Pero el médico me sacó a través de un corte realizado con bisturí, y con los pies toqué la tragedia, mientras que con las manos intentaba aferrarme a las entrañas de mi madre.

El tajo de mamá no cerró bien. Era demasiado largo y su organismo no tenía las vitaminas suficientes para curarse. Y aunque ya pasó mucho tiempo, cuando le cuento algo gracioso, al reír, se agarra de la panza como si fuera una granada a punto de estallar, y me dice: «Basta ya, me voy a descoser y se me van a salir las tripas».

Los primeros años de mi vida coincidieron con la recesión económica y el fin de la Unión Soviética. En los almacenes desaparecieron el jabón, los corpiños, el papel higiénico, el aceite, los pañales, la leche. Las góndolas de licores y conservas se llenaron de repollos y los mercados se transformaron en un huerto arrasado. La vida se convirtió en una extensa fila de espera; a cada familia se le entregaban cupones para los productos que podían adquirir cada mes, los más valiosos eran los de los cigarrillos y el alcohol. El vodka era un bien preciado, y en nuestra familia nadie tomaba. Mamá canjeaba los cupones de licor con los vecinos por los de aceite o manteca, y así pasó del anonimato a ser popular en el barrio: la llamaban «mujer con hijos que no bebe», «la que destila cupones» y «la patrona de los borrachos».

Mientras en la tele mostraban a un hombre rompiendo a martillazos el Muro de Berlín, mi madre y sus amigas sacaban de los baúles las cortinas de seda, las sábanas y los manteles de encaje que les habían dado sus madres para que pasaran de generación en generación. Y con esa tela nos cosían ropa a nosotros, sus hijos todavía sin memoria.

Mi nacimiento

Me obsesionan los comienzos. Hubo un origen para todo: alguien apretó un botón, una rodilla rozó a otra, una boca probó lo que no debía. Cada inicio conlleva su fatalidad. La memoria acumula los recuerdos, pero los tergiversa y empaña. Ella tiene sus propias reglas, y yo tengo la escritura. Me obsesionan los comienzos porque están perdidos.

Desconozco la hora en que nací. Mi madre no la recuerda y la partida de nacimiento se extravió en alguna de las mudanzas o sin darme cuenta la metí en una bolsa con basura. Le digo que me quiero hacer la carta astral y que para eso necesito la hora exacta, pero mamá no la sabe porque casi se muere después de la cesárea por falta de cuidado. A las enfermeras no les interesaba que las mujeres parieran en buenas condiciones. En 1986, la Unión Soviética, a punto de desintegrarse, ya era una bestia herida que se arrastraba hacia su final y la desesperación se veía en los rostros de la gente. Cada uno intentaba salvarse como podía.

Mamá discute desde su asiento, agita el brazo como si dirigiera una orquesta que no puede afinar. Estoy en su vientre. Exijo nacer rápidamente para verla luchar contra ese ejército de inútiles dentro del autobús que intenta entorpecer mi entrada a este mundo. Quiero ver a mi diosa eslava, maldecida con un embarazo que finalmente la hará feliz. Observarla secarse el sudor del cuello, con las piernas mojadas por el líquido que me protegió durante nueve meses, el pelo ondulado embelleciéndole los pómulos, las mejillas enrojecidas y los ojos tan verdes como si aquel 10 de septiembre una malaquita se hubiera partido dentro de ella.

Pasaron treinta y seis años, ella se vació de mí y se volvió más reservada, sumida en su tristeza. Pero yo sé leer lo que sus labios no quieren expresar, el temblor de sus manos reposadas en sus rodillas es el código morse que ahora descifro.

Me cuenta que aquella mañana se sintió mal, y cuando empezaron las contracciones llamó a la fábrica de fósforos donde trabajaba papá. Le informaron que estaba atendiendo una emergencia en un sector donde se produjo un incendio. Entonces tomó el bolso que había armado hacía un mes y caminó hasta la parada. Fue en ese preciso momento, ante la mirada de todos, cuando rompió bolsa. La mujer que estaba en la fila sintió compasión e intentó secarle las medias con un periódico. Mamá la espantó como a una mosca.

Miró al conductor y él negó con la cabeza. Mamá le mostró el boleto y se subió al primer escalón. Él señaló su panza diciéndole que no una vez más, amagó con levantarse para echarla, pero la fila de gente gritó que avanzara y mamá lo hizo. Se sentó al lado de una anciana que tejía y le pidió a un hombre vestido de traje que le hiciera el favor de pasar su boleto por la máquina controladora. Él la miró con desgano, bostezó cerca de su cara, tomó el boleto con brusquedad, lo pasó por la maquinita que colgaba en la pared y se lo devolvió. Mamá hizo un bollo y lo tiró al piso.

Mamá, ¿qué ropa te habías puesto ese día?

¿Un vestido amplio y grueso, y ese abrigo coral que me gustaba porque cuando lo usabas te destacabas como un caracol marino entre piedras?

¿Olía a flores cerca? ¿Cómo eran, de qué color? Quiero saber qué nombre me podrías haber puesto en honor a ellas.

¿Y cómo fue ese trayecto, al lado de tantos indiferentes, mientras otros querían que te bajaras, como si fueras a contagiarles la peste?

Cuando el autobús giró, ¿viste el parque del Palacio Gómel y el palacio amarillo de Rumiántsev-Paskevich, que años después aparecería en el billete de veinte mil rublos?

¿Las manzanas tiradas en la vereda, junto a los árboles frutales que se destacaban con su belleza entre los edificios grises?

¿Los cerezos te recordaron a la mermelada que te preparaba tu madre, a los carozos que escupías por la ventana y después te escondías para que no te regañara?

Los abedules y los cerezos quedaron atrás y observaste una fábrica en llamas.

¿Pensaste en papá?, ¿gritaste? Una anciana se persignó a tu lado.

El autobús pasó junto al río Sozh, cerca de ese terraplén donde te sentabas con tus amigas al salir del trabajo. Los estudiantes que egresaban dejaban grabadas sus iniciales en el puente. Estiraste el cuello para verlo, el río te pareció un cordón umbilical.

También viste la escuela nacional de danza y a unas niñas bailando en las escaleras mientras sus madres hablaban. Desde lejos se confundían con pájaros pequeños.

Miraste el titular del diario que leía el hombre de enfrente: «A 13 kilómetros de Novorosíisk se hundió el buque Almirante Nakhimov, orgullo de la URSS».

Las ramas de un castaño golpearon el techo del autobús. Extendiste las piernas y pateaste al hombre y a la chica de pelo alborotado que leía una revista de moda. El hombre notó que tus medias estaban sucias y se tapó la nariz. La anciana que tejía te pidió que no la movieras porque arruinarías lo que había hecho hasta ese momento. Usó una voz aniñada para explicarte que padecía de artrosis y que por eso todo le costaba el doble.

Te levantaste echando la panza hacia delante y le gritaste al conductor: «¡No más paradas, vamos directo al hospital!».

El hombre de traje se levantó tapándose los genitales con el maletín y exclamó: «¡Todas las paradas se cumplen, tengo que llegar a la oficina!». La anciana bajó las agujas y te sugirió que parieras atrás, en la fila de asientos libres.

Me habría gustado estar ahí, viéndote discutir. Tiraría del hilo rojo de la bufanda, agachada entre los asientos. Enredaría los pies de los que gritan, se asquean, hablan de fútbol y de los chismes, desperdician el momento en el que el país se rompe y yo nazco.

Hospital

Mamá desenvolvió la tela que me aprisionaba y observó mis extremidades. Besó mis manos y perdí la calma. Luego colocó su pulgar en mi párpado y me serené. Introdujo el dedo índice en mi boca, me acarició la nuca, apretó el lóbulo de mi oreja. Sacó un marcador de la cartera y dibujó una cruz en la planta de mis pies. Me envolvió rápido, y cuando la enfermera entró a la habitación, mamá me dio otro beso y me entregó. Pasaron pocos minutos antes de que la enfermera regresara conmigo en brazos:

—¿Usted le dibujó algo en los pies? —dijo furiosa mientras me daba palmadas en la espalda.

—¿Acaso alguien más estuvo con mi hija, además de mí?

—No.

—Entonces sí, fui yo.

—¿Por qué lo hizo? No puede pintarle los pies con un marcador a una recién nacida.

—Lo hice para que no me la cambien por otra.

—Eso es un disparate.

—Leí en los diarios que cada vez hay más casos de robos e intercambios de bebés en los hospitales de todo el país.

—Ahí escriben cualquier cosa para entretener a la gente.

—¿Usted se entretiene con una noticia así?

—Señora, sabe a lo que me refiero. —La enfermera titubeó y giró hacia la ventana con tal agilidad que yo podría haber salido volando. Mamá se incorporó en la cama, pero el dolor la devolvió a la posición anterior.

—Quizás ya me la cambiaron y la marqué tarde.

—¿Por qué cree eso?

—No me dejaron verla. No vi su cara apenas nació. Se la llevaron tan rápido que pensé que algo no estaba bien con ella, y nadie me dio explicaciones.

—Acá hacemos las cosas así. Y quiero recordarle que si se altera y hace esfuerzos se le va a abrir la cesárea.

—Podrán coserme de nuevo y sin anestesia. Porque todavía me queda. ¿Le avisaron que casi me muero porque se pasaron con la anestesia?

—No.

—Desperté con la garganta irritada y seca. Grité pidiendo agua y esperé durante horas. Hoy casi me muero dos veces, de anestesia y de sed.

Equivocado

Papá entró despacio a la habitación, se sacó los zapatos, los dejó junto a la puerta y se ubicó en la silla, al lado de la cama donde descansaba mamá. No quiso molestarla. Observó su pelo abundante esparcido en la almohada; su cabeza apuntaba hacia la ventana, desde donde solo se veía la línea blanca que había dejado una nube atravesada por un avión. Debajo de la ventana, las tuberías pintadas de un celeste que se había vuelto gris, al igual que las puertas y las paredes. Papá se sentía intranquilo y amagó con sacar un cigarrillo, confiado en que tendría tiempo para dar unas pitadas en el baño sin tener que salir a la calle. El baño no estaba lejos, y decidió ir descalzo. Se asomó a la puerta para asegurarse de que no hubiera nadie en el pasillo y vio a un hombre que aplaudía solo. Papá le chistó. Avanzó unos pasos hacia él y notó que era idéntico a un hombre que lo había aplaudido en el bus camino al hospital, cuando gritó que había sido padre por segunda vez.

—No te escuché entrar —dijo mamá. Él acercó la silla y se sentó.

—Tamara, nuestra hija es hermosa.

—¿Pudiste verla?

—Una enfermera me acompañó y la reconocí desde lejos. Dijo que es muy tranquila y por eso la llamaron «bebé que no llora». En una hora puedo ir a buscarla.

—Llegaste tarde.

—Me avisaron en la fábrica y salí corriendo. Por el camino se lo conté a varias personas y un hombre me aplaudió.

—Este lugar es demasiado frío.

—Ya mismo voy a pedir unas mantas.

—Se parece al quirófano. No hay cuadros ni florero, el color de las paredes me deprime.

—Es el color del cielo en primavera, no está tan mal.

—En este momento quisiera evitar el cielo.

—Tamara, no me olvidé de traer flores. Había comprado unas rosas rojas.

—¿Y dónde están?

—Entré a la habitación agitando el ramo. ¿Te duele?

—Cuando di a luz a Seriozha me dolió más. ¿Y las flores?

—Resulta que entré a la habitación de una mujer que había dado a luz a dos preciosos varones que mecía en sus brazos.

—¿La dejaron sostener a los dos a la vez?

—La mujer me miró sorprendida y le pregunté si te conocía. Dijo que no. Le conté que acabábamos de tener a una nena y que venía a verla. En ese momento entró el marido y te imaginarás que no me miró con buena cara. Apenas abrí la boca, quiso pegarme. Las enfermeras escucharon los gritos, vinieron en mi ayuda y pudieron calmarlo. Cuando hablamos nos caímos bien y me propuso brindar con ellos.

—Pero la mujer acababa de parir.

—Ella brindó con agua y nosotros con un poco de vodka por la salud de los recién nacidos.

—¿Y mis rosas?

—Tamara querida, se las regalé. No podía no hacerlo, ¡tuvieron mellizos!

Un fruto raro

Mamá nació en 1950, pero sus padres la inscribieron en el registro de nacimientos en 1953, el mismo año en que murió Stalin. Durante tres años ella fue un secreto.

En esa época corría el rumor de que Stalin había ordenado deshacerse de los bebés nacidos en los pueblos. Cuando le pregunté si era cierto, contestó que no sabía y que no había manera de corroborarlo.

Cada vez que alguien tocaba la puerta, Catalina, mi abuela, la escondía bajo las mantas o en el sótano, ahí donde guardaban los granos y alimentos que necesitaban un ambiente fresco.

Mamá se metía en un bolsón con tubérculos y permanecía en silencio, pensando que jugaba a las escondidas, hasta que se daba cuenta de que había pasado mucho tiempo y nadie venía a buscarla.

Las papas olían a tierra y la manchaban. Y ese olor impregnaba su piel y su ropa. Las papas eran su familia, y ella asumía roles de madre, de hermana, de tía y de prima. Les daba nombres, jugaba con ellas, les inventaba una historia. Mamá mecía esas papas como si fueran bebés, las educaba, les daba de comer corteza de pan embebida en leche. Cuando Catalina descubrió su juego, le prohibió bajar al sótano.

Mamá no se acuerda de cuánto tiempo estuvo en aquel lugar oscuro, cree que dos o tres años.

Zapatos de Bulgaria

Mamá me cuenta que cuando yo era chica todo lo que veía me asombraba. Era como si Dios estuviera en todas partes, cambiando el follaje de los árboles para cada estación y construyendo edificios nuevos cuando ella me sacaba a pasear en el cochecito. Pero ese asombro ante la vida no me permitía pronunciar mi primera palabra; era mucho lo que debía aprender antes de volcarme a la tarea mundana de conformar frases.

Mamá, preocupada, me había llevado al pediatra para que constatara mi mudez, pero él la negó diciéndole que yo me encontraba perfectamente bien y era una niña sana.

Cada mañana era para mí una ventana que se abría de par en par, más grande que las ventanas de mi casa. Nunca tenía frío, mamá se ocupaba de mi temperatura envolviéndome en telas mullidas. Cada vez que ella se distraía, yo buscaba despojarme: me quitaba lo que podía y lo arrojaba con ganas al piso. Sobre todo, me gustaba hacerlo en la calle, donde la luz era amplia y distinta, me permitía ver mejor mi piel, que empezaba a respirar de otra manera. Yo quería mirar pero también sentir. Quería conocer todas las temperaturas que me prohibían.

Después de la consulta con el pediatra, mamá se tomó el autobús. Yo llevaba puesto un abrigo para el otoño, gorro, pantalón de pana y los zapatitos que me había traído de Bulgaria mi madrina: rojos, bordados con flores de plata y pequeños racimos de uva, adornados con mostacillas que brillaban al sol.

Me sentó en su regazo, primero de cara a ella, pero cuando notó que yo me estiraba para ver el paisaje por la ventanilla, me dio vuelta. Al estar más cómoda, me quité el zapatito y lo arrojé antes de que mamá pudiera reaccionar. La suela de goma hizo que rebotara como una pequeña pelota y cayera justo entre los pies de un hombre. Sin dudarlo, él lo levantó y se lo guardó en el bolsillo del saco. Tomó su maletín y se dirigió rápidamente hacia la puerta. Mamá me sujetó fuerte y fuimos tambaleándonos detrás de él.

La puerta del autobús se abrió, el hombre descendió y avanzó por la avenida. El conductor esperó un poco para que mamá también se bajara y después arrancó. El día estaba soleado y frío, era temprano y había poca gente en la calle.

—Disculpe... ¡Disculpe, señor! —gritó mamá, pero el hombre no se volteó. La había escuchado, giró levemente la cabeza para mirarla de reojo y después apuró el paso. Mamá hizo lo mismo.

—Usted levantó el zapatito que se quitó mi hija en el autobús. ¿Me lo devuelve?

—No hay pruebas de eso.

—¿Cómo que no? Yo lo vi.

—Estoy apurado. Hoy no puedo llegar tarde al trabajo.

—Yo también tengo cosas que hacer. Y por su culpa mi hija tiene el pie helado.

—Su hija tiene el pie helado por decisión propia.

—Mi hija no toma decisiones, es un bebé. Devuélvamelo o grito.

—Si usted grita, yo también voy a gritar. Y no se lo recomiendo. ¿Escuchó alguna vez a un hombre gritar en la calle agitando su maletín?

—No.

—Yo tampoco. Y me voy a esmerar para que sea un espectáculo inolvidable.

—Tengo el zapato de mi hija como prueba de que usted me robó el otro.

—Para cuando llegue la policía voy a estar lejos. Señora, no insista, ya le dije, tengo que llegar a tiempo al trabajo, hoy es un día importante.

—Haga lo que quiera, pero antes devuélvame lo que me pertenece.

—¿No era acaso de su hija?

—¿Me está tomando el pelo?

—Para nada —contestó el hombre frenando de golpe ante el semáforo en rojo. Mamá hizo lo mismo, iba detrás, tenía miedo de que fuera un loco y le hiciera algo, esa distancia mínima le parecía prudente para poder perseguirlo. Mientras esperaban, mamá observó que él había metido la mano en el bolsillo del saco y acariciaba el zapato. Por un momento creyó que se lo iba a devolver, pero no lo hizo. El semáforo cambió a verde y el hombre avanzó más rápido.

—Qué día tan hermoso, ¿verdad? —dijo él, mirando hacia una panadería rodeada de macetones llenos de flores violetas.

—Sí, sí... ¿Podríamos alejarnos de los balcones, por favor?

—Tiene usted razón, es peligroso andar por acá.

—Hace unas semanas salí a pasear con mi hija en el cochecito y de golpe escuché un ruido y sentí que algo me había salpicado. ¡Era un frasco de pepinos!

—¿Un frasco de pepinos? —repitió el hombre sin dejar de mirar hacia delante.

—Una pareja discutía y uno de los dos lanzó el frasco desde el octavo piso. Me podría haber matado.

—¿Y usted qué hizo? ¿Tocó todos los timbres del edificio, los persiguió como a mí?

—Les grité, pero creo que debí haber hecho algo más...

—Veo que cuando sale a pasear con su hija le pasan cosas extrañas.

—¿Usted tiene hijos?

—Es de mal gusto hacer preguntas tan personales a alguien a quien no conoce.

—¡Pero si usted comparte conmigo los zapatos de mi hija! —No bien mamá dijo eso, el hombre apuró el paso.

—Se ve que usted trabaja cerca de mi casa, le podría llevar el almuerzo a la oficina.

—¡Qué está diciendo! —exclamó el hombre.

—¿Quiere algo en particular? Mi especialidad son los guisos. También hago muy buenos panes rellenos. Y si no, algo sencillo y práctico: sándwiches con mortadela y pepinillos.

—Usted no está bien de la cabeza... —contestó murmurando, pero mamá lo escuchó. Después, dobló en la siguiente esquina. Mamá también, aunque ese camino la

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