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Por detrás del garaje pasa un callejón, tal vez te acuerdas, a veces jugabas allí con tus amigas. Ahora es un sitio desierto y abandonado, donde se acumulan y se pudren las hojas que arrastra el viento.
Ayer, al final de ese callejón, me encontré una casa hecha de cajas de cartón y plásticos con un hombre encogido dentro, un hombre al que ya había visto por las calles: alto, delgado, con la piel curtida por la intemperie y unos colmillos largos y cariados, vestido con un traje gris holgado y un sombrero de ala caída. Llevaba el sombrero puesto y estaba durmiendo con el ala doblada por debajo de la oreja. Un marginado, uno de los marginados que rondan por los aparcamientos de la calle Mill, y piden dinero a la gente que va de compras, beben bajo los pasos elevados y comen de los cubos de basura. Una de las personas sin hogar para las que agosto, el mes de las lluvias, es el peor mes. Dormido en su caja, con las piernas extendidas como una marioneta, boquiabierto. Lo rodeaba un olor desagradable: orina, vino dulce, ropa húmeda y algo más. Algo sucio.
Me quedé un rato mirándolo, observando y oliendo. Un visitante, llegado para castigarme, precisamente en un día como ayer.
Ayer fue también cuando el doctor Syfret me dio la noticia. No era una buena noticia, pero la recibí yo, era mía y solamente mía y no podía rechazarla. Tenía que cogerla en brazos y apretármela contra el pecho y llevármela a casa, sin negar con la cabeza, sin lágrimas. «Gracias, doctor –le dije–. Gracias por su sinceridad.» «Haremos lo que podamos –me dijo él–. Vamos a afrontarlo juntos.» Pero en aquel mismo momento, tras la fachada de camaradería, vi que ya empezaba a alejarse. Sauve qui peut. Debía su lealtad a los vivos, no a los muertos.
Solamente empecé a temblar cuando salí del coche. Después de cerrar la puerta del garaje me tiritaba todo el cuerpo: para recuperarme tuve que apretar los dientes y agarrar el bolso con fuerza. Fue entonces cuando vi las cajas y lo vi a él.
–¿Qué está haciendo aquí? –le pregunté, oyendo la irritación en mi voz pero sin controlarla–. No puede quedarse, tiene que irse.
No se movió, tirado en su refugio, levantó la vista, me examinó las medias de invierno, el abrigo azul, la falda cuya caída nunca ha acabado de quedarme bien, el pelo gris surcado por una franja de cuero cabelludo. El cuero cabelludo de una vieja, rosáceo e infantil.
Luego encogió las piernas y se levantó ociosamente. Me dio la espalda sin decir nada, sacudió el plástico negro, lo dobló por la mitad, luego en cuartos y en octavos. Sacó una bolsa (decía AIR CANADA) y cerró la cremallera. Yo estaba a su lado. Dejando detrás de las cajas una botella vacía y olor a orina, pasó frente a mí. Los pantalones se le caían y tiró de ellos hacia arriba. Yo esperé hasta estar segura de que se había marchado y oí cómo escondía el plástico en el seto del otro lado.
Dos cosas, por tanto, en el lapso de una hora: la noticia, largo tiempo temida, y ese otro reconocimiento, esa otra anunciación. La primera de las aves carroñeras, rápida, certera. ¿Cuánto tiempo podré mantenerlas alejadas? Los carroñeros de Ciudad del Cabo, cuyo número nunca disminuye. Que van desnudos y no tienen frío. Que duermen en la calle y no se ponen enfermos. Que pasan hambre y no se consumen. El alcohol los calienta por dentro. El fuego líquido consume los contagios y las infecciones de la sangre. Limpian los restos del banquete. Moscas, de alas secas, de ojos vidriosos, implacables. Mis herederas.
¡Con qué pasos tan lentos entré en esta casa vacía, de la que han desaparecido todos los ecos, donde el ruido de las suelas sobre los tablones es seco y apagado! ¡Cómo eché de menos que estuvieras aquí, para abrazarme, para reconfortarme! Empiezo a entender el verdadero significado del abrazo. Abrazamos para que nos abracen. Abrazamos a nuestros hijos para ser rodeados por los brazos del futuro, para llevarnos a nosotros mismos más allá de la muerte, para ser transportados. Así era cuando yo te abrazaba, siempre. Tenemos hijos para que nos cuiden ellos a nosotros. Verdades domésticas, la verdad de una madre: desde ahora hasta el final es lo único que vas a oír de mí. Así pues: ¡cómo te he echado de menos! Cómo he echado de menos el poder subir las escaleras contigo, el pasarte los dedos por el pelo y susurrarte en el oído tal como hacía en las mañanas de escuela: «¡Hora de levantarse!». Y luego, cuando te dabas la vuelta, con el cuerpo caliente y el aliento oliendo a leche, cogerte en brazos en lo que llamábamos «darle un abrazo bien grande a mamá», el significado secreto de lo cual, el significado nunca dicho, era que mamá no tenía que estar triste porque no iba a morirse sino que seguiría viviendo en ti.
¡Vivir! Tú eres mi vida. Te quiero en la misma medida en que quiero la vida. Por las mañanas salgo de la casa, me chupo un dedo y lo levanto para sentir el viento. Cuando sopla desde el noroeste, desde tu dirección, me quedo un rato de pie oliendo, concentrando mi atención con la esperanza de que a través de veinte mil kilómetros de tierra y mar me llegue alguna bocanada del olor a leche que conservas detrás de las orejas y en el pliegue del cuello.
Mi principal tarea, a partir de hoy: resistir el ansia de compartir mi muerte. Quererte a ti, amar la vida, perdonar a los vivos y marcharme sin amargura. Aceptar la muerte como algo mío y solamente mío.
¿A quién escribo entonces? La respuesta: a ti pero no a ti. A mí. A ti en mí.
Toda la tarde intenté mantenerme ocupada, limpiar los cajones, ordenar y tirar papeles. Al anochecer volví a salir. Detrás del garaje, el refugio volvía a estar montado, con el plástico negro extendido por encima. En el interior estaba tumbado el hombre, con las piernas encogidas, y a su lado un perro que levantó las orejas y se puso a menear el rabo. Un collie, joven, poco más que un cachorro, negro con manchas blancas.
–Nada de fuegos –le dije–. ¿Lo entiende? No quiero fuegos, no quiero líos.
Se incorporó, frotándose los tobillos desnudos, mirando a su alrededor como si no supiera dónde estaba. Una cara de caballo, demacrada por los elementos y con la hinchazón alrededor de los ojos característica de los alcohólicos. Unos extraños ojos verdes: enfermos.
–¿Quiere comer algo? –le dije.
Me siguió a la cocina, con el perro siguiendo sus pasos, y esperó mientras yo le preparaba un sándwich. Le dio un bocado pero luego pareció olvidarse de masticar. Se quedó apoyado en la puerta con la boca llena; la luz se le reflejaba en los ojos verdes inexpresivos y el perro gemía suavemente.
–Tengo que limpiar –le dije con impaciencia, e hice el gesto de cerrarle la puerta. Se marchó sin un murmullo, pero antes de que doblara la esquina estoy segura de que le vi tirar el sándwich y de que el perro corría a cogerlo.
Cuando tú estabas no había muchos de estos tipos sin casa. Pero ahora son parte de la vida cotidiana. ¿Me asustan? En conjunto, no. Piden un poco, roban un poco; suciedad, ruido, borracheras, nada más que eso. Lo que me da miedo son las pandillas de merodeadores, los chavales de modales hoscos, ávidos como tiburones, sobre los cuales ya empiezan a cernirse las primeras sombras de la cárcel. Niños que se burlan de la infancia, de la época del asombro, del crecimiento del alma. Sus almas, sus órganos del asombro, atrofiadas, petrificadas. Y al otro lado de la gran división, sus primos blancos también con el alma atrofiada, cada vez más envueltos en sus capullos somníferos. Lecciones de natación, lecciones de equitación, lecciones de ballet. Críquet en la hierba. Vidas transcurridas en el interior de jardines amurallados guardados por bulldogs. Hijos del paraíso, rubios, inocentes, brillando con luz angélica, tiernos como putti. Su residencia es el limbo de los que no han nacido; su inocencia es la inocencia de las larvas de abeja, rechonchas y blancas, empapadas de miel, absorbiendo la dulzura a través de sus pieles blandas. Sus almas aletargadas, llenas de dicha, abstraídas.
¿Por qué le doy comida a ese hombre? Por la misma razón que se la daría a su perro (robado, estoy segura) si viniera mendigando. Por la misma razón que te di el pecho a ti. Estar lo bastante provisto como para dar y dar de la propia provisión: ¿qué deseo más profundo puede haber? Incluso los viejos intentan exprimir una última gota de sus cuerpos marchitos. Un deseo obstinado de dar, de nutrir. La muerte apuntó con astucia cuando eligió mi pecho para lanzar la primera flecha.
Esta mañana, al traerle el café, lo he encontrado orinando en la alcantarilla, al parecer sin ninguna vergüenza.
–¿Quiere un trabajo? –le he dicho–. Hay muchos trabajos que le puedo dar.
No ha dicho nada, se ha limitado a beberse el café, sosteniendo la taza con las dos manos.
–Está desperdiciando su vida –le he dicho–. Ya no es usted un niño. ¿Cómo puede vivir de esa forma? ¿Cómo puede pasarse el día tirado sin hacer nada? No lo entiendo.
Es verdad: no lo entiendo. A una parte de mí le da asco la lasitud, el abandono, el dar la bienvenida a la disolución.
Entonces ha hecho algo que me ha asombrado. Me ha mirado fijamente –era la primera vez que me miraba de esa forma–, y ha soltado un salivazo, espeso, amarillento, con vetas marrones del café, en el cemento junto a mi pie. Luego me ha tirado la taza y se ha marchado con aire despreocupado.
«La cosa en sí», he pensado, agitada: la cosa en sí sacada a la luz entre nosotros. No escupida sobre mí sino delante de mí, donde pudiera verla, inspeccionarla y pensar en ella. Su palabra, esa especie de palabra suya, de sus propios labios, caliente en el instante en que la ha soltado. Una palabra, innegable, en un idioma previo al lenguaje. Primero la mirada y luego el salivazo. ¿Qué clase de mirada? Una mirada sin respeto, de un hombre a una mujer lo bastante mayor para ser su madre. Ten: aquí tienes tu café.
Esta noche no ha dormido en el callejón. Las cajas también han desaparecido. Pero, hurgando, he encontrado la bolsa de Air Canada en la leñera y un sitio que debe de haber limpiado para echarse en medio de los troncos y los haces de leña. De manera que sé que tiene intención de volver.
Seis páginas ya, y todo por un hombre al que no conoces ni conocerás nunca. ¿Por qué escribo sobre él? Porque es yo y no lo es al mismo tiempo. Porque en la forma que tiene de mirarme me veo a mí misma de una manera que puede escribirse. De otra forma, ¿qué serían estas páginas más que una especie de gimoteo, unas veces ruidoso y otras silencioso? Cuando escribo sobre él estoy escribiendo sobre mí misma. Cuando escribo sobre su perro escribo sobre mí misma. Hombre, casa, perro: la palabra no importa, a través de ella extiendo una mano hacia ti. En otro mundo no necesitaría palabras. Aparecería en tu umbral. «He venido a hacerte una visita», te diría, y ahí se acabarían las palabras: te abrazaría y tú me abrazarías a mí. Pero en este mundo, en esta época, tengo que llegar a ti con palabras. Así que todos los días me transformo en palabras y envuelvo las palabras en papel como si fueran dulces: dulces para mi hija, por su cumpleaños, recordando el día en que nació. Palabras salidas de mi cuerpo, gotas de mí misma, para que ella las desenvuelva en su propia época, para que las recoja, las sorba, las absorba. Como dicen en las botellas, licor a la antigua usanza, licor destilado por ancianos, destilado y embotellado con amor, con el amor que no tenemos más alternativa que sentir hacia aquellos a quienes nos dedicamos a devorar o a abandonar.
Aunque ha estado lloviendo sin parar toda la tarde, no ha sido hasta el anochecer que he oído el chirrido de la verja y, un minuto después, el golpeteo de las zarpas del perro sobre la terraza.
Yo estaba viendo la televisión. Un miembro de la tribu de ministers y onderministers estaba haciendo un anuncio a la nación. Yo estaba de pie, como siempre que ellos hablan, en un intento de conservar lo que puedo de mi autoestima (¿quién elegiría afrontar un pelotón de fusilamiento sentado?). Ons buig nie voor dreigemente nie: no nos plegamos a las amenazas, uno de esos discursos.
Las cortinas estaban abiertas a mi espalda. En un momento dado he sido consciente de su presencia, del hombre cuyo nombre no conozco, mirando a través del cristal por encima de mi hombro. Así que he subido el volumen, lo bastante como para que, si no las palabras, por lo menos le llegaran las cadencias, los ritmos lentos y truculentos del afrikaans con sus finales mortecinos, como un martillo clavando un poste en el suelo. Y hemos escuchado juntos, martillazo tras martillazo. La vergüenza de la vida que uno vive bajo esos golpes: abrir un periódico, encender la televisión, es como arrodillarse y que te orinen encima. Arrodillarse debajo de ellos: debajo de sus barrigas rollizas y sus vejigas atiborradas. «Vuestros días están contados», solía decirles en susurros, en una época, a esos mismos que ahora me van a sobrevivir.
Me disponía a ir de compras, y estaba abriendo la puerta del garaje, cuando he tenido un ataque repentino. Un ataque: solamente ha sido eso; el dolor se me ha echado encima como un perro y me ha clavado los dientes en la espalda. He gritado, incapaz de moverme. Luego él, el hombre, ha salido de alguna parte y me ha ayudado a entrar en casa.
Me he tumbado en el sofá, sobre el costado izquierdo, en la única postura cómoda que me queda. Él ha esperado.
–Siéntese –le he dicho. Se ha sentado. El dolor ha empezado a disminuir–. Tengo cáncer –le he dicho–. Me ha llegado al hueso. Por eso me duele.
No estoy del todo segura de que me haya entendido.
Un silencio largo. Luego:
–Tiene una casa muy grande –ha dicho él–. Podría convertirla en una casa de huéspedes.
He hecho un gesto fatigado.
–Podría alquilar habitaciones a estudiantes –ha continuado sin dar tregua.
He bostezado y, al sentir que se me movía la dentadura, me he tapado la boca. En otra época me habría sonrojado, pero ahora ya no.
–Tengo una mujer que me ayuda con las tareas de la casa –le he dicho–. Está fuera hasta final de mes, visitando a los suyos. ¿Tiene usted parientes?
Qué expresión tan curiosa: los suyos. ¿Quiénes son los míos? ¿Acaso lo eres tú? Creo que no. Tal vez solamente Florence puede permitirse tener a alguien que sean los suyos.
No ha contestado. Tiene un aire como de carencia de infancia. De no tener hijos en el mundo pero también de no haber sido niño en el pasado. Su cara es todo hueso y piel marchita. Igual que no se puede imaginar una cara de serpiente que no parezca vieja, tampoco se puede ver una cara de niño detrás de su cara. Ojos verdes, ojos de animal: ¿puede uno imaginar a un niño con unos ojos así?
–Mi marido y yo nos separamos hace tiempo –le he dicho–. Ahora está muerto. Tengo una hija en América. Se marchó en mil novecientos setenta y seis y no ha vuelto. Está casada con un americano. Tienen dos hijos.
Una hija. Carne de mi carne. Tú.
Ha sacado un paquete de cigarrillos.
–No fume en la casa, por favor –le he dicho–. ¿Cuál es su discapacidad? Dice que tiene una pensión de discapacidad.
Ha levantado la mano derecha. El índice y el pulgar estaban extendidos. Los otros tres dedos encogidos sobre la palma.
–No los puedo mover –ha dicho.
Los dos hemos mirado su mano, los tres dedos encogidos con las uñas sucias. No me ha parecido una mano encallecida de trabajar.
–¿Tuvo usted un accidente?
Ha asentido. La clase de asentimiento que no le comprometía a nada.
–Le pago por cortarme el césped –le he dicho.
Durante una hora, usando las tijeras de podar, ha estado cortando con desgana la hierba, que ahora llega hasta las rodillas en algunos sitios. Ha conseguido limpiar un cuadrado de unos pocos metros. Luego lo ha dejado. «No es un trabajo para mí», ha dicho. Le he pagado esa hora. Al marcharse ha chocado con el platillo de la comida de los gatos y ha dejado toda la terraza llena de porquería.
En general, causa más problemas de los que merece la pena aguantar. Pero yo no lo he elegido. Él me ha elegido a mí. O tal vez simplemente ha elegido la única casa sin perro. Una casa de gatos.
Los gatos están nerviosos por los recién llegados. Cada vez que asoman el hocico por la puerta, el perro se abalanza juguetonamente sobre ellos, de forma que se pasan el día escondidos dentro de casa y huraños. Hoy no han querido comer. Me ha parecido que no querían la comida porque había estado en la nevera, así que le he echado un poco de agua caliente por encima a ese revoltijo maloliente (¿qué es?, ¿carne de foca?, ¿carne de ballena?). Pero aun así la han rechazado; se han quedado dando vueltas alrededor del plato, sacudiendo la punta de la cola.
–¡Comed! –les he dicho, empujando el plato en su dirección. El más grande ha levantado una pata con gesto remilgado para evitar que lo tocara. Entonces he perdido el control–. ¡Pues iros al infierno! –he gritado, y he blandido el tenedor en dirección a ellos–. ¡Estoy hasta la coronilla de daros de comer! –En mi voz había un nuevo componente de furia; y al oírlo, me he sentido exultante. ¡Ya basta de ser una persona amable, ya basta de ser amable con los gatos!–. ¡Iros al infierno! –he vuelto a gritar con todas mis fuerzas. Cuando se han marchado corriendo, sus zarpas han arañado el linóleo.
¿A quién le importa? Cuando estoy de este humor, soy capaz de poner una mano sobre la tabla de cortar el pan y cortármela sin vacilar. ¿Qué me importa este cuerpo que me ha traicionado? Me miro la mano y no veo más que una herramienta, un garfio, una cosa que sirve para coger otras cosas. Y estas piernas, estos zancos feos y torpes: ¿por qué tengo que llevarlos conmigo a todas partes? ¿Por qué tengo que llevármelos a la cama todas las noches y meterlos bajo las sábanas, y meter los brazos también, junto a la cara, y quedarme ahí sin poder dormir en medio de ese enredo? Y también el abdomen, con su borboteo mortecino, y el corazón que late y late: ¿por qué? ¿Qué tienen que ver conmigo?
Enfermamos antes de morir para poder destetarnos de nuestro cuerpo. La leche que nos nutría se vuelve aguada y se amarga. Nos separamos del pecho y nos ponemos a esperar con impaciencia una vida autónoma. Sin embargo, esta primera vida, esta vida en la tierra, en el cuerpo de la tierra: ¿hay otra mejor, puede haberla? Pese a toda la tristeza, la desesperación y la cólera, no he dejado de amarla.
El dolor me ha hecho tomar dos de las píldoras del doctor Syfret y tumbarme en el sofá. Me he despertado horas después, aturdida y helada; he subido a tientas las escaleras y me he metido en la cama sin desvestirme.
En medio de la noche he sido consciente de una presencia en la habitación que solamente podía ser él. Una presencia o un olor. Estaba ahí y luego se ha ido.
He oído un crujido en el rellano. Ahora está entrando en el estudio, he pensado. Ahora está encendiendo la luz. He intentado acordarme de si había algo privado entre los papeles de mi escritorio, pero tenía la cabeza demasiado embotada. Ahora está inspeccionando los libros, estantería tras estantería, he pensado, intentando poner un poco de orden otra vez, y los montones de periódicos viejos. Ahora está mirando las fotos de la pared: Sophie Schliemann engalanada con el tesoro de Agamenón. La Deméter con túnica del Museo Británico. Ahora, sin hacer ruido, abre los cajones del escritorio. El cajón de arriba, lleno de cartas, informes, sellos arrancados, fotografías, no le interesa. Pero en el cajón del fondo hay una cigarrera llena de monedas: peniques, dracmas, céntimos, chelines. La mano con los dedos encogidos hurga en ella, saca dos monedas de cinco pesetas lo bastante grandes como para pasar por rands y se las guarda en el bolsillo.
Está claro que no es un ángel. Más bien un insecto, salido de detrás del zócalo en busca de migajas cuando la casa está a oscuras.
Lo he oído en el otro extremo del rellano, probando las dos puertas cerradas con llave. Solamente basura, he querido susurrarle: basura y recuerdos muertos, pero la niebla se ha vuelto a cerrar sobre mi cabeza.
He pasado el día en la cama. Sin energía, sin apetito. He leído a Tolstoi, no el famoso relato sobre el cáncer, que ya conozco demasiado bien, sino el relato del ángel que se queda a vivir con el zapatero. ¿Qué posibilidades tengo, si voy andando hasta la calle Mill, de encontrar a mi propio ángel, traerlo a casa y socorrerlo? Creo que ninguna. Tal vez en el campo siga habiendo uno o dos sentados entre mojones bajo el sol tórrido, adormecidos, esperando lo que les traiga el azar. Tal vez en los poblados ilegales. Pero en la calle Mill no, en los suburbios no. Los ángeles han abandonado los suburbios. Cuando un desconocido harapiento llama a la puerta nunca es más que un marginado, un alcohólico, un alma perdida. Y sin embargo, en nuestros corazones, ¡cómo deseamos que los cantos angélicos, como en el relato, hagan temblar nuestras casas aletargadas!
Esta casa está cansada de esperar que llegue el día, cansada de aguantar el tipo. Las tablas del suelo han perdido la elasticidad. El aislamiento de los cables está reseco, se desmenuza fácilmente, las tuberías están obturadas por la arenilla. Los canalones se comban allí donde los tornillos se han oxidado o se sueltan de la madera podrida. Las tejas están llenas de moho. Una casa construida con solidez pero sin amor, fría, ya inerte, lista para morir. Cuyas paredes el sol, incluso el sol africano, nunca ha conseguido calentar, como si los mismos ladrillos, fabricados por convictos, irradiaran una tristeza insoluble.
El pasado verano, cuando los trabajadores estaban cambiando los desagües, los vi arrancar las tuberías viejas. Llegaron a cavar a dos metros de profundidad, sacaron ladrillos mohosos, hierro oxidado e incluso una herradura solitaria. Pero ningún hueso. Un emplazamiento sin pasado humano. Sin interés para los espíritus ni para los ángeles.
Esta carta no pretende desnudar mi corazón. Pretende desnudar algo, pero no mi corazón.
Como esta mañana el coche no arrancaba, he tenido que pedirle a él, a ese hombre, a ese inquilino, que lo empujara. Me ha empujado hasta la calle.
–¡Ya! –ha gritado, dando una palmada en el techo.
El motor se ha calado. He salido a la calle, he conducido unos metros y luego, movida por la inercia, me he detenido.
–Tengo que ir a Fish Hoek –le he gritado desde una nube de humo–. ¿Quiere venir?
Así que hemos partido, el perro en el asiento trasero, en el Hillman verde de tu infancia. Durante un rato largo no hemos intercambiado palabra. Hemos dejado atrás el hospital, la universidad y Bishopscourt, con el perro inclinado sobre mi hombro para sentir el viento en la cara. Hemos subido penosamente por Wynberg Hill. En la larga bajada por la otra ladera he apagado el motor y hemos rodado colina abajo. Hemos ido ganando velocidad hasta que el volante ha empezado a temblarme en las manos y el perro ha gemido de excitación. Creo que yo estaba sonriendo. Tal vez tuviera los ojos cerrados.
Al pie de la colina, cuando hemos empezado a frenar, lo he mirado de reojo. Estaba sentado, tranquilo e imperturbable. ¡Es un buen hombre!, he pensado.
–Cuando era niña –le he dicho–, solía bajar colinas en bicicleta sin frenos de ninguna clase. La bici era de mi hermano mayor. Mi hermano me desafiaba. Yo no tenía ningún miedo. Los niños no pueden imaginarse lo que es morir. Ni siquiera se les pasa por la cabeza que no son inmortales.
»Con la bicicleta de mi hermano bajaba colinas todavía más abruptas que esta. Cuanto más deprisa iba, más viva me sentía. La vida me hacía vibrar como si estuviera a punto de reventarme la piel. Igual que debe de sentirse una mariposa cuando nace o cuando se da a luz a sí misma.
»En un coche viejo como este uno todavía puede ir con el motor apagado. Con un coche moderno, cuando apagas el motor el volante se queda bloqueado. Estoy segura de que lo sabes. Pero a veces la gente se equivoca o se olvida y se salen de la carretera. A veces atraviesan el arcén y van a parar al mar.
Al mar. Luchando con un volante bloqueado mientras vuelas dentro de una burbuja de cristal sobre el mar resplandeciente. ¿Sucede eso de verdad? ¿Le pasa a mucha gente? Si me quedara en Chapman’s Peak un sábado por la tarde, ¿vería a esos hombres y mujeres, flotando en el aire como mosquitos partiendo en su último vuelo?
–Quiero contarte una historia –le he dicho–. Cuando mi madre era niña, a principios de siglo, su familia iba a la costa por Navidad. Eso era en la época de las carretas tiradas por bueyes. Hacían en carreta todo el camino desde Uniondale en Cabo Oriental hasta Plettenberg Bay en la desembocadura del Piesangs, un viaje de ciento ochenta kilómetros que les tomaba no sé cuántos días. Por las noches acampaban ju
