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El teatro de Sabbath

Philip Roth

Fragmento

1. No existe nada que mantenga su promesa

—Renuncia de una vez a joder con otras o lo nuestro se termina.

Tal fue el ultimátum, el ultimátum totalmente imprevisto e inverosímil hasta la exasperación, que la llorosa querida de cincuenta y dos años planteó a su amante de sesenta y cuatro en el aniversario de una relación que se había prolongado con un asombroso desenfreno y, lo que no era menos asombroso, manteniéndose en secreto, durante trece años. Pero ahora que las infusiones hormonales menguaban y la próstata se agrandaba, ahora que con toda probabilidad no le quedaban más que unos pocos años de potencia en la que podía confiar a medias (y tal vez no le quedaba mucha más vida por delante), ahora que se aproximaba al final de todo, se veía exhortado, so pena de perderla, a cambiar por completo su manera de ser.

Ella era Drenka Balich, la popular asociada del hostelero en el negocio y en el matrimonio, apreciada por las atenciones que volcaba sobre todos sus huéspedes, por su ternura cariñosa, maternal, no sólo hacia los niños y los ancianos visitantes sino también hacia las muchachas de la localidad que limpiaban las habitaciones y servían las comidas, y él era el olvidado titiritero Mickey Sabbath, un hombre chaparro, de barba blanca, ojos verdes cuya expresión amilanaba y dedos dolorosamente artríticos, el cual, de haberle dicho que sí a Jim Henson unos treinta y tantos años atrás, antes de que empezara Barrio Sésamo, cuando Henson le invitó a comer en la zona superior del East Side y le pidió que se uniera a su pandilla de cuatro o cinco personas, podría haber estado dentro de la gallina Caponata durante todos estos años. En lugar de Caroll Spinney, el individuo metido en el pajarraco habría sido Sabbath, el mismo Sabbath que consiguió una estrella en la avenida de la Fama de Hollywood, que viajó a China con Bob Hope…, o así se complacía su esposa, Roseanna, en recordárselo cuando aún se estaba matando con el alcohol por sus dos razones inalterables: por todo lo que no había sucedido y por todo lo que sí. Pero como Sabbath no habría estado más satisfecho dentro de la Caponata de lo que estaba dentro de Roseanna, no se sentía muy herido por esas provocaciones. En 1989, cuando Sabbath fue desacreditado públicamente por el escandaloso acoso sexual de una muchacha a la que le llevaba cuarenta años, fue preciso ingresar a Roseanna durante un mes en una institución psiquiátrica, debido a los trastornos nerviosos que le ocasionó el alcohol ingerido a raíz del humillante escándalo.

—¿Es que no te basta con un solo compañero monógamo? —le preguntó a Drenka—. ¿Te gusta tanto la monogamia con él que también la quieres conmigo? ¿No puedes ver ninguna relación entre la envidiable fidelidad de tu marido y el hecho de que te repela físicamente? —y siguió diciendo en un tono afectado—: Nosotros, que nunca hemos dejado de excitarnos mutuamente, no nos imponemos promesas ni juramentos ni restricciones, mientras que con él joder resulta repugnante incluso durante los dos minutos al mes en que te inclina sobre la mesa del comedor y te lo hace por detrás. ¿Y cuál es el motivo? Matija es corpulento, potente, viril, con esa cabellera negra parece tener un puerco espín en la cabeza. Sus pelos son auténticas púas. Todas las viejas damas del condado están enamoradas de él, y no sólo por su encanto eslavo. No, su aspecto las pone cachondas. Todas tus camareritas se pirran por el hoyuelo de su mentón. Le he visto en la cocina en pleno agosto, con casi treinta y ocho grados, cuando en la terraza hay diez hileras de personas que esperan mesa. Le he visto producir en serie las comidas, asar a la parrilla todos esos kebabs, la camiseta empapada en sudor, reluciente de grasa… Incluso a mí me pone cachondo, sólo repele a su mujer. ¿Por qué? Su naturaleza ostentosamente monógama, no hay otra razón.

La entristecida Drenka se movió muy despacio hasta llegar a su lado, subió por el empinado flanco arbolado hasta las alturas de donde brotaba burbujeante el arroyo en el que se bañaban, y cuyas aguas cristalinas bajaban murmurando por una escalera de rocas graníticas que se alzaba en forma de espiral irregular entre los abedules, de color verde plateado e inclinados por las tormentas, que sobresalían por encima de las orillas. Durante los primeros meses de su relación, en el transcurso de una excursión solitaria en busca de un nido de amor apropiado, ella descubrió no lejos del arroyo, entre un grupo de abetos, tres peñas, cada una del tamaño y la coloración de un elefante pequeño, las cuales rodeaban aquel claro triangular que les haría las veces de hogar. Debido al barro, la nieve o los cazadores borrachos que andaban por los bosques pegando tiros, la cima de la colina no era accesible en todas las estaciones, pero desde mayo hasta principios de octubre, excepto cuando llovía, era allí donde la pareja se retiraba para renovar sus vidas. Cierta vez, años atrás, apareció de repente un helicóptero que se cernió momentáneamente a treinta metros de altura, mientras ellos permanecían desnudos sobre la lona impermeable extendida en el suelo, pero por lo demás, aunque la Gruta, como habían convenido en llamar a su refugio, sólo distaba un cuarto de hora a pie de la única carretera pavimentada que conectaba las cataratas de Madamaska con el valle, ninguna presencia humana había amenazado jamás su campamento secreto.

Drenka era una croata procedente de la costa dálmata, morena, de aspecto italiano y estatura similar a la de Sabbath, una mujer llenita, maciza, en ese límite provocativo que si se rebasa desemboca en el exceso de carnes, y la forma de su cuerpo, en la época en que pesaba más, recordaba aquellas estatuillas de arcilla moldeadas hacia el año 2000 a. C, unas muñequitas gordas de grandes pechos y muslos no menos grandes descubiertas en excavaciones de toda Europa y Asia Menor, y a las que adoraron bajo una docena de nombres distintos como la gran madre de los dioses. Podría decirse que era bonita de una manera más bien competente, práctica, excepción hecha de la nariz, que sorprendía por su carencia de puente, como la de un boxeador, y daba cierta apariencia confusa al centro de su cara, una nariz ligeramente desviada con respecto a la boca de labios gruesos y los ojos grandes y oscuros, y el signo revelador, como Sabbath llegaría a considerarla, de cuanto era maleable e indeterminado en el despliegue, aparentemente correcto, de su naturaleza. Parecía como si en el pasado hubiera recibido malos tratos, como si en su infancia le hubieran destrozado la nariz de un golpe, cuando en realidad era hija de unos padres bondadosos, ambos profesores de secundaria, entregados religiosamente a los tiránicos tópicos del partido comunista de Tito. Ella fue su única hija y recibió a raudales el amor de aquellos seres amables y tristes.

La que dio el golpe en la familia fue Drenka. A los veintidós años, cuando trabajaba como auxiliar de contabilidad en los ferrocarriles nacionales, se casó con Matija Balič, un joven y guapo camarero con aspiraciones al que conoció cuando fue a pasar las vacaciones a un hotel perteneciente al sindicato del personal ferroviario en la isla de Brač, frente a Split. Juntos se fueron a Trieste de luna de miel y jamás regresaron. No sólo huyeron con la intención de enriquecerse en Occidente, sino también porque el abuelo de Matija fue encarcelado en 1948, cuando Tito rompió con la Unión Soviética, y el abuelo, un burócrata local del partido, comunista desde 1923 e idealista con respecto a la madre Rusia, se atrevió a discutir abiertamente el asunto.

—Mis padres —le había explicado Drenka a Sabbath— eran comunistas convencidos y amaban al camarada Tito, que estaba allí, con su sonrisa como un monstruo sonriente, así que pronto encontré la manera de amar a Tito más que cualquier otro niño de Yugoslavia. Chicos y chicas, todos éramos Pioneros, llevábamos un pañuelo rojo, salíamos de excursión y cantábamos. Eran canciones sobre Tito y, por ejemplo, lo comparaban con una flor, una violeta, y decían cuánto le amaba la juventud entera. Pero el caso de Matija era diferente. Aquel chiquillo quería a su abuelo, y alguien delató al viejo… ¿es ésa la palabra? Denunciado. Fue denunciado como enemigo del régimen. Y a todos los enemigos del régimen los enviaban a una prisión horrible. El momento más atroz era cuando los embarcaban como ganado, en unos barcos que los trasladaban del continente a la isla. El que sobrevivía, sobrevivía; y el que no, no. En aquel lugar la piedra era el único elemento. Todo lo que tenían que hacer era trabajar aquellas piedras, reducirlas a fragmentos, sin ninguna finalidad. Muchas familias tenían algún miembro al que enviaron a esa Goli Otok, que significa «isla desnuda». La gente denunciaba al prójimo por cualquier razón, para ascender, por odio, por lo que fuera. Siempre pendía en el aire una gran amenaza para quienes no eran del todo correctos, y ser correcto significaba apoyar al régimen. En aquella isla no les alimentaban, ni siquiera les daban agua. Una isla frente a la costa, un poco al norte de Split…, desde la costa puedes verla a lo lejos. Allí su abuelo enfermó de hepatitis y murió poco antes de que Matija terminara el bachillerato. Murió de cirrosis. Sufrió durante todos esos años. Los prisioneros enviaban tarjetas a casa, y en ellas tenían que afirmar que se estaban reformando. La madre de Matija le dijo que el abuelo no fue bueno, que no escuchaba al camarada Tito, y por eso tuvo que ir a la prisión. Matija tenía nueve años. Ella sabía lo que le estaba diciendo al niño cuando le decía eso, a fin de que en la escuela no le provocaran para que dijese otra cosa. Su abuelo decía que sería bueno y amaría al Drug Tito, por lo que sólo pasó diez meses en prisión. Pero allí enfermó de hepatitis. Cuando regresara, la madre de Matija daría una gran fiesta. Regresó, y pesaba cuarenta kilos, aunque había sido un hombre corpulento, como Maté. Físicamente destruido por completo. Un tipo le delató y eso fue todo. Y por esta razón Matija deseaba huir después de que nos casáramos.

—¿Y tú? ¿Por qué querías huir?

—¿Yo? La política me tenía sin cuidado. Yo era como mis padres. En tiempos de la antigua Yugoslavia, cuando estaba el rey y toda esa monserga, antes del comunismo, le tenían cariño al rey. Llegó el comunismo y lo amaron. No me importaba, de modo que le dije sí, sí al monstruo sonriente. Lo que yo amaba era la aventura. América parecía tan grande y fascinante, y tan inmensamente diferente… ¡América! ¡Hollywood! ¡Dinero! ¿Porqué me fui? Era una muchacha. Habría ido a cualquier parte donde hubiera más diversión.

Drenka deshonró a sus padres al huir a este país imperialista, desgarró sus corazones y también ellos murieron, ambos de cáncer, no mucho después de su deserción. Sin embargo, amaba tanto el dinero y la «diversión» que probablemente sólo el agradecimiento a las afectuosas atenciones de aquellos comunistas convencidos fue capaz de impedir al carnoso y juvenil cuerpo de rostro incitadoramente rufianesco, hacer consigo mismo algo incluso más caprichoso que convertirse en esclavo del capitalismo, fuera lo que fuese.

Estaba dispuesta a admitir que el único hombre a quien había cobrado por pasar la noche con ella era el titiritero Sabbath, y en más de trece años eso había ocurrido en una sola ocasión, cuando él le presentó el ofrecimiento de Christa, la alemana huida de su casa que trabajaba en la tienda de comestibles para gourmets a cambio del alojamiento y la manutención, a la que había explorado y reclutado pacientemente para que los dos se deleitaran con ella.

—Dinero contante —le informó Drenka, aunque desde hacía meses, desde que Sabbath se encontró con Christa cuando ésta hacía autoestop para ir a la ciudad, Drenka había esperado la aventura con una excitación no inferior a la de él, y no necesitaba ningún apremio para conspirar—. Billetes crujientes —siguió diciendo, entornando pícaramente los ojos, sin que por ello disminuyera la seriedad con que hablaba—. Lisos y nuevos.

Sabbath se adaptó sin vacilación al papel que la mujer había ideado con tal rapidez para él y le preguntó:

—¿Cuántos?

—Diez —respondió ella con aspereza.

—No puedo permitirme tanto.

—Entonces olvídalo y no cuentes conmigo.

—Eres una mujer dura.

—Sí, dura —replicó ella con fruición—. Sé lo que valgo.

—No ha sido nada fácil arreglar esto, ¿sabes? Organizar una cosa así no es ninguna ganga. Puede que Christa sea una chica descarriada, pero de todos modos requiere muchos miramientos. Eres tú quien debería pagarme.

—No quiero que me trates como a una puta de mentirijillas. Quiero que me trates como a una puta auténtica. Mil dólares o me quedo en casa.

—Me estás pidiendo lo imposible.

—Pues no hablemos más.

—Quinientos.

—Setecientos cincuenta.

—Quinientos. Es lo máximo que puedo pagar.

—Entonces tienes que pagarme antes de que lleguemos allí. Quiero entrar con el dinero en el bolso y sabiendo que tengo un trabajo que hacer. Quiero sentirme como una puta de veras.

—Dudo de que, para sentirte como una puta de veras, baste tan sólo con el dinero —le sugirió Sabbath.

—Bastará para mí.

—Dichosa tú.

—No, dichoso tú —replicó Drenka en tono desafiante—. Muy bien, quinientos. Pero ha de ser antes. Lo quiero todo la noche anterior.

Negociaron las condiciones del trato sobre la lona impermeable, allá arriba, en la Gruta, mientras cada uno masturbaba al otro.

La verdad es que a Sabbath no le interesaba el dinero, pero desde que la artritis puso fin a sus actuaciones como titiritero en los festivales internacionales y su Taller de Títeres ya no era acogido con beneplácito en el programa de estudios de las cuatro universidades, debido a que allí había sido desenmascarada su degeneración, dependía de su esposa para mantenerse, por lo que le resultaba doloroso desprenderse de cinco de los doscientos veinte billetes de cien dólares que ganaba anualmente Roseanna en el instituto regional para entregárselos a una mujer cuyo negocio familiar rendía ciento cincuenta mil dólares al año.

Claro que podría haberla enviado a hacer puñetas, sobre todo porque Drenka habría participado en el trío con idéntico ardor tanto si le pagaba como si no, pero acceder a actuar una noche como su cliente le parecía algo tan atractivo como lo era para ella fingirse su prostituta. Por otro lado, Sabbath no tenía ningún derecho a no ceder… al fin y al cabo, el licencioso abandono de la mujer le debía a él su eclosión plena. Su eficacia sistemática como jefa de comedor y administradora del hostal, el puro placer de ingresar en el banco, año tras año, toda aquella pasta, podrían haber momificado mucho tiempo atrás su actividad de cintura para abajo si Sabbath, a juzgar por la chatedad de su nariz y la redondez de sus miembros, por nada más que eso para empezar, no hubiera sospechado que el perfeccionismo con que Drenka Balich se aplicaba a su tarea no era su única inclinación inmoderada. Fue Sabbath quien, paso a paso, como el más paciente de los instructores, la ayudó a apartarse de su vida ordenada y a descubrir la indecencia para complementar las carencias de su dieta regular.

¿Indecencia? ¿Quién sabe? Haz lo que quieras, decía Sabbath, y ella lo hacía de buena gana, y le gustaba hablarle de lo mucho que le había agradado no menos de lo que a él le agradaba escucharla cuando se lo decía. Los maridos, tras haber pasado el fin de semana en el hostal con sus esposas e hijos, telefoneaban a Drenka en secreto desde sus oficinas para decirle que necesitaban verla. El operario de la máquina excavadora, el carpintero, el electricista, el pintor, todos los operarios que hacían algún trabajo en el hostal invariablemente se las ingeniaban para almorzar cerca del despacho donde ella llevaba las cuentas. Dondequiera que fuese, los hombres percibían el aura intangible de la invitación. Una vez que Sabbath hubo ratificado para ella la fuerza que quiere más y más (una fuerza a cuyas incitaciones Drenka nunca fue del todo contraria, incluso antes de conocer a Sabbath), los hombres empezaron a comprender que aquella mujer bajita, de mediana edad y aspecto menos que llamativo, encorsetada por su sonriente cortesía, estaba impulsada por una carnalidad muy similar a la de ellos. Dentro de aquella mujer había un ser que pensaba como un hombre. Y el hombre como el que pensaba era Sabbath. Drenka era, como ella misma decía, su compinche.

¿Cómo podía, con la mano en el corazón, negarle los quinientos dólares? Las negativas no formaban parte del trato. Para ser lo que ella había sabido que quería ser (para ser lo que necesitaba ser), era preciso que Sabbath accediera a lo que le pedía. No importaba que ella emplease el dinero en comprar herramientas eléctricas para el taller que su hijo tenía en el sótano. Matthew estaba casado y era agente de la guardia civil del estado, destinado al cuartel del valle. Drenka le adoraba y, desde que se hizo policía, estaba continuamente preocupada por él. No era corpulento y guapo, con negro pelo de puerco espín y un hoyuelo profundo en el mentón como el padre cuyo apellido adaptado al inglés llevaba, sino que era de un modo mucho más patente un vástago de Drenka, bajo de estatura (con sólo un metro setenta y dos y un peso de sesenta y dos kilos, había sido el alumno más menudo de su clase en la academia de policía, así como el más joven) y el centro de su cara estaba un poco desdibujado; la nariz aplastada era una réplica de la de su madre. Le habían preparado para que fuese un día el propietario del hostal, y dejó a su padre desolado cuando abandonó la escuela de administración de hostelería, tan sólo al cabo de un año, para convertirse en un agente musculoso con el cabello cortado al cero, el gran sombrero, la insignia y mucho poder, el joven policía cuyo primer cometido, el de ocuparse del radar en la brigada de tráfico, viajando en el coche patrulla arriba y abajo por las carreteras principales, era el trabajo más importante del mundo. Conoces a tanta gente, cada coche al que detienes es diferente, una persona diferente, circunstancias diferentes, una velocidad diferente… Drenka le repetía a Sabbath todo lo que Matthew hijo le contaba sobre su vida de guardia civil, desde el día que ingresó en la academia, siete años atrás, y allí los instructores les gritaban y él le juró a su madre: «No voy a achicarme por esto», hasta el día en que se graduó y, a pesar de lo menudo que era, le concedieron una medalla de excelencia en preparación física y les dijeron, a él y a los compañeros que habían sobrevivido al curso de seis meses: «No sois Dios, pero no hay nadie que se acerque tanto a El como vosotros». Ella le describía a Sabbath las virtudes de la pistola de calibre nueve milímetros y quince disparos que Matthew llevaba en una bota o en el reverso del cinturón cuando estaba fuera de servicio, y le decía que eso la aterraba. Temía constantemente que lo mataran, sobre todo cuando lo transfirieron de la brigada de tráfico al cuartel y, cada pocas semanas, le tocaba el turno de noche. A Matthew le gustaba circular en su coche patrulla tanto como le había gustado manejar el radar. «Cuando te toca el turno, ahí afuera, eres tu propio jefe. Cuando subes a ese coche, puedes hacer lo que quieras. Libertad, mamá, mucha libertad. A menos que ocurra algo, lo único que haces es circular, solo en el coche, recorriendo las calles de aquí para allá, hasta que te llaman para algo.» Había crecido en lo que la policía estatal llamaba la Patrulla Norte, y conocía la zona, todas las carreteras, los bosques, conocía los comercios de los pueblos y experimentaba una inmensa satisfacción viril cuando los cruzaba de noche y los inspeccionaba, examinaba bancos y bares, observaba a la gente que salía de los bares para ver lo ajumados que estaban. Matthew le decía a su madre que tenía un asiento de primera fila en el mayor espectáculo del mundo: accidentes, robos con allanamiento de morada, querellas domésticas, suicidios. La mayoría de la gente jamás ha visto a una víctima de un suicidio, pero una chica con la que Matthew había ido a la escuela se voló la cabeza en el bosque, se sentó bajo un árbol y se voló la tapa de los sesos, y Matthew, en el primer curso de la academia, fue el policía presente en el lugar de los hechos que llamó al forense y aguardó su llegada. Matthew le contó a su madre que en aquel primer año estaba tan estimulado, se sentía tan invencible, que se creía capaz de detener las balas con los dientes. Matthew interviene en una discusión doméstica en la que los cónyuges, ambos borrachos, se gritan llenos de odio y se golpean, y él, su hijo, les habla y los sosiega, de modo que cuando se marcha todo está arreglado y no es necesario arrestar a ninguno de ellos por alteración del orden. Y a veces son tan incorregibles que los detiene, pone las esposas a la mujer y al marido, y entonces espera la llegada de otro policía con el que meterá a la pareja en chirona antes de que se maten. Cuando un chico sacó una pistola en una pizzeria de la calle Sesenta y tres, e hizo ostentación del arma antes de salir, fue Matthew quien encontró el coche que conducía el muchacho y, sin ninguna ayuda, aunque sabía que estaba armado, le conminó por el altavoz a que saliera con las manos en alto y le apuntó con su propia arma… y estos relatos, que aseguraban a su madre que Matthew era un buen policía y quería hacer un buen trabajo, hacer lo que le habían enseñado, la asustaban tanto que se compró un escáner, una cajita provista de una antena y un cristal que le permitía captar las señales policiales en la frecuencia de Matthew, y a veces, cuando él hacía el turno de noche y ella no podía dormir, ponía en marcha el aparato y lo escuchaba durante toda la noche. El escáner recogía la señal cada vez que llamaban a Matthew, y así Drenka sabía más o menos dónde estaba, adonde iba y si continuaba vivo. En cuanto oía su número, el 415B, ¡bum!, se despertaba como si hubiera oído un trueno. Pero el padre de Matthew también se despertaba y montaba en cólera porque le recordaban una vez más que el hijo al que había adiestrado todos los veranos en la cocina, el heredero del negocio que había levantado de la nada cuando era un emigrante sin blanca, era ahora un experto en kárate y judo que, a las tres de la madrugada, estaba ahí afuera siguiendo estúpidamente a una vieja camioneta cuya lentitud al cruzar Battle Mountain le resultaba sospechosa. El encono entre padre e hijo había llegado a tal extremo que Drenka sólo podía compartir con Sabbath sus temores sobre la seguridad de Matthew y expresarle de nuevo el orgullo que sentía por toda la actividad sobre cuatro ruedas que el muchacho era capaz de producir en una semana: «Está ahí afuera», le decía. «Siempre hay algo, velocidad, señales de stop, luces traseras, toda clase de infracciones…» Así pues, Sabbath no se llevó ninguna sorpresa cuando Drenka admitió que, con los quinientos dólares que le había pagado por formar el trío con Christa y él, le había comprado a Matthew, como regalo de cumpleaños, una sierra de mesa portátil Makita y un bonito juego de hojas para ranurar.

En conjunto, las cosas no podrían haber salido mejor para todos ellos. Drenka había encontrado el medio que le permitía ser la amiga más querida de su marido. El que fuera en otro tiempo maestro titiritero del Teatro Indecente de Manhattan le hacía más que meramente tolerables las rutinas del matrimonio que antes casi la habían matado… ahora apreciaba esas rutinas letales por el contrapeso que aportaban a su temeridad. Lejos de sentir repugnancia por su marido tan poco imaginativo, nunca había apreciado tanto el carácter impasible de Matija.

Si se tenía en cuenta el solaz y la satisfacción que todo el mundo obtenía del asunto, había que reconocer que quinientos dólares era una ganga, y así, por mucho que le perturbara aflojar aquellos billetes de banco nuevos y tersos, Sabbath exhibió ante Drenka la misma sangre fría que ella aparentaba cuando, gozando moderadamente del cliché cinematográfico, dobló los billetes por la mitad y los depositó bajo el sostén entre los pechos cuya suavidad y abundancia nunca habían dejado de cautivarle. Cierto que debería haber sido de otro modo, que toda la musculatura de su cuerpo estaba perdiendo su firmeza, pero incluso allí donde la piel había adquirido la textura del papel, en el punto inferior de la línea del cuello, incluso ese rombo del tamaño de la palma, de carne minuciosamente cubierta de líneas entrecruzadas, no sólo acrecentaba su atractivo perdurable sino también la ternura que Sabbath sentía hacia ella. Ahora él sólo tenía por delante seis cortos años antes de cumplir los setenta: lo que le impulsaba a asir las nalgas en expansión como si el Tiempo, ese tatuador, no hubiera adornado a ninguno de ellos con sus cómicos festones, era el conocimiento ineludible de que el juego estaba a punto de terminar.

Últimamente, cuando Sabbath succionaba los ubérrimos senos de Drenka (ubérrimos de uber, la raíz de exuberante, palabra formada por ex más uberare, ser fructífero, rebosar como Juno, tendida boca abajo en la pintura de Tintoretto donde la Vía Láctea sale de su teta), los succionaba con un frenesí tenaz que hacía a la arrobada Drenka echar la cabeza atrás y decir entre gemidos (como quizá gimió la misma Juno): «Lo noto en lo más hondo del coño». Él sentía que le atravesaba la añoranza más aguda de su difunta madrecita, cuya primacía era casi tan absoluta como lo fue en su primera e incomparable década juntos. Sabbath sentía algo cercano a la veneración por aquel sentido natural de su destino del que ella gozaba, así como (en una mujer con una vida tan física como la de un caballo) por el alma incrustada en aquella vibrante energía, un alma tan inequívocamente presente como las aromáticas tortas que se cocían en el horno después de la escuela. Se agitaban en él emociones que no había experimentado desde los ocho o nueve años de edad, y ella había descubierto la delicia suprema al dar el pecho a dos hijos. Sí, criar a Morty y Mickey fue el punto culminante de su vida. ¡Cómo se expandía su memoria, su significado, en Sabbath cuando él recordaba la presteza con que su madre se preparaba cada primavera para la Pascua hebrea! La tarea de guardar los dos juegos de platos que usaban durante el resto del año, y entonces traer en sus cajas, almacenadas en el garaje, los platos de vidrio de la Pascua, lavarlos y colocarlos en los estantes, y todo ello en menos de un día: en el rato desde que él y Morty salían de casa para ir a la escuela, hasta su regreso a media tarde, ella había retirado el chumitz de la despensa y había limpiado y restregado la cocina de acuerdo con los preceptos de cada festividad. A juzgar por la manera con que abordaba sus tareas, habría sido difícil determinar si era ella la que estaba al servicio de la necesidad o si la necesidad la servía a ella. Era una mujer delgada, de nariz larga y negro cabello rizado, e iba de un lado a otro dando saltitos, como un pájaro en un arbusto, desgranando una serie de notas de una sonoridad tan líquida como el canto de un cardenal, una tonada que exudaba con tanta naturalidad como quitaba el polvo, planchaba, remendaba, pulía y cosía. Doblaba, enderezaba, arreglaba, apilaba, empaquetaba, clasificaba, abría, separaba y ataba cosas… sus ágiles dedos no se detenían jamás ni cesaba su silbido, y así durante toda la infancia de Sabbath. Tan satisfecha estaba la mujer, absorta por todo lo que debía hacer para mantener las cuentas de su marido en orden, para vivir apaciblemente al lado de su anciana suegra, para atender a las necesidades diarias de los dos muchachos, para procurar que, incluso en el peor periodo de la Depresión, por muy poco dinero que rindiera el negocio de mantequilla y huevos, el presupuesto que ella había trazado no afectara a su feliz desarrollo y que, por ejemplo, todo lo que Mickey recibía de Morty, que era prácticamente toda la ropa que Mickey usaba, estuviera impecablemente remendada, bien aireada e inmaculada. Su marido decía con orgullo a los clientes que su esposa tenía ojos en la nuca y dos pares de manos.

Entonces Morty se marchó a la guerra y todo cambió. La familia siempre había estado muy unida, nunca se habían separado, nunca fueron tan pobres como para verse obligados a alquilar la casa en verano y, al igual que la mitad de los vecinos que vivían tan cerca de la playa como ellos, trasladarse a un detestable y pequeño apartamento encima del garaje, pero, según los criterios norteamericanos, seguían siendo pobres y hasta entonces ninguno de ellos había viajado jamás. Tras la partida de Morty, Mickey durmió a solas en su habitación por primera vez en su vida. Cierta vez fueron a Oswego, Nueva York, donde Morty recibía la instrucción. Durante seis meses se adiestró en Atlantic City, y los domingos iban allí en coche para verle. Y cuando ingresó en la escuela de aviación de Carolina del Norte, recorrían la ruta del sur, a pesar de que su padre tenía que dejar la camioneta a un vecino al que pagaba para que hiciera el reparto los días que ellos estaban ausentes. Morty tenía la piel áspera y no era nada guapo, su rendimiento escolar había sido deficiente (notas bajas en todo menos en trabajos manuales y educación física), nunca había tenido mucho éxito con las chicas, y, no obstante, todo el mundo sabía que con su vigor físico y su carácter fuerte sabría cuidar de sí mismo, por muchas dificultades que le presentara la vida. En su época de estudiante en el instituto tocaba el clarinete en una orquesta de baile. Era una figura en la pista de atletismo y un magnífico nadador. Ayudaba a su padre en el negocio y a su madre en la casa. Tenía una gran habilidad manual, pero eso era algo que compartía toda la familia: la delicadeza con que su robusto padre examinaba los huevos al trasluz, la exigente destreza de su madre al ordenar la casa…, la habilidad digital de los Sabbath que un día también Mickey mostraría al mundo. Toda su libertad radicaba en sus manos. Morty sabía reparar instalaciones sanitarias, aparatos eléctricos, lo que fuera. Dáselo a Morty, solía decir su madre, Morty lo arreglará. Y no exageraba cuando decía que era el hermano mayor más cariñoso del mundo. Se enroló en el Cuerpo Aéreo del Ejército a los dieciocho años, cuando era un muchacho que acababa de salir del Instituto de Enseñanza Media de Asbury, en lugar de esperar a que lo llamaran a quintas. Ingresó a los dieciocho y a los veinte estaba muerto. Lo derribaron sobre las Filipinas el 12 de diciembre de 1944.

La madre de Sabbath no se levantó de la cama durante cerca de un año. No podía. Nunca más se refirieron a ella como una mujer que tenía ojos en la nuca. En ocasiones actuaba como si ni siquiera tuviese ojos en la cara, y, por lo que el hijo superviviente recordaba todavía mientras jadeaba y tragaba saliva como si fuese a dejar seca a Drenka, nunca volvieron a oírle silbar la canción que la identificaba. Ahora, cuando él regresaba de la escuela y subía por el sendero arenoso, la casa junto al mar estaba silenciosa, y hasta que entraba no podía saber si su madre estaba allí. Cuando volvía de la escuela ya no le recibían los aromas de la tarta con miel, el pan con dátiles y nueces y los pastelillos horneados en molde. Cuando llegaba el buen tiempo, la mujer se sentaba en un banco del paseo de tablas frente al mar, al que antaño corría con los chicos cuando despuntaba el día para comprar el rodaballo que traían las barcas de pesca, a mitad del precio que costaba en la pescadería. Después de la guerra, cuando todo el mundo regresó a casa, ella fue allí para hablar con Mort. A medida que transcurrían las décadas, sus conversaciones con él iban en aumento en vez de disminuir, hasta que, en el asilo de Long Branch donde Sabbath tuvo que internarla cuando ella contaba noventa años, hablaba tan sólo con Morty. Durante los dos últimos años de su vida, cuando Sabbath hacía el viaje de cuatro horas y media para visitarla, ella no tenía la menor idea de quién era aquel hombre. Dejó de reconocer al hijo vivo, pero no fue algo repentino, sino que ya había empezado en 1944.

Y ahora Sabbath hablaba con ella, algo que él mismo no había esperado que sucediera. A su padre, que nunca había abandonado a Mickey por mucho que también le hubiera destrozado la muerte de Morty, que le apoyó en el pasado por muy incomprensible que le resultara la vida de su hijo cuando se embarcó al finalizar la enseñanza media o empezó a actuar con marionetas en las calles de Nueva York, a su difunto padre, un hombre sencillo, sin instrucción, el cual, al contrario que su esposa, nació al otro lado del océano y llegó a América por sí solo cuando tenía trece años y que, al cabo de siete años, había ganado el dinero suficiente para costear los pasajes de sus padres y sus dos hermanos menores, Sabbath nunca le había dicho ni una palabra desde que el comerciante de huevos y mantequilla jubilado falleció mientras dormía, a los ochenta y un años, hacía catorce de ello. Jamás había notado la sombra de la presencia paterna cerniéndose cerca de él. Y el motivo no estribaba tan sólo en que su padre siempre había sido el menos comunicativo de la familia, sino en que nadie había ofrecido nunca a Sabbath pruebas capaces de persuadirle de que los muertos fuesen algo más que muertos. Ciertamente, hablar con ellos era abandonarse a la más defendible de las actividades humanas irracionales, mas para Sabbath se trataba de todos modos de una actividad extraña. Sabbath era un realista, lo era en grado sumo, y por ello, a los sesenta y cuatro años, casi había prescindido de establecer contacto con los vivos, y no digamos de comentar sus problemas con los muertos.

No obstante, precisamente eso era lo que ahora hacía a diario. Su madre estaba allí todos los días, él le hablaba y ella se comunicaba con él. «¿De qué modo estás presente, mamá? ¿Sólo estás aquí o estás en todas partes? ¿Te parecerías a la que fuiste si tuviera los medios para verte? La imagen que tengo cambia continuamente. ¿Sólo sabes lo que sabías cuando estabas viva, o ahora lo sabes todo, o ahora “conocer” ya no es un problema? ¿Qué me cuentas? ¿Estás todavía tan atrozmente apenada? Ésa sería la mejor de las noticias… que vuelves a ser aquella mujer que silbaba porque Morty está contigo. ¿Lo está? ¿Y papá? Y si estáis ahí los tres, ¿por qué no también Dios? ¿O es una existencia incorpórea igual que todo lo demás, en la naturaleza de las cosas, y Dios no es más necesario ahí de lo que lo es aquí? ¿O no te interrogas acerca de estar muerta como no lo hacías acerca de estar viva? ¿Acaso es estar muerta algo que simplemente haces de la misma manera que te ocupabas de la casa?»

Por misteriosa, incomprensible y ridícula que fuese, la visita no dejaba de ser por ello menos real: al margen de la explicación del fenómeno, no podía conseguir que su madre se marchara. Sabía que ella estaba allí de la misma manera que sabía cuándo estaba él bajo el sol o a la sombra. Había algo demasiado natural en su percepción de ella para que la percepción se evaporase ante su burlona resistencia. La mujer no se le aparecía cuando estaba desesperado, no sucedía sólo en plena noche, cuando se despertaba con una terrible necesidad de algo que sustituyera a todo cuanto desaparecía, sino que su madre estaba allá arriba, en el bosque, en la Gruta con él y Drenka, cerniéndose por encima de sus cuerpos semidesnudos como aquel helicóptero. Tal vez el helicóptero había sido realmente su madre. Su madre muerta estaba con él, le vigilaba, le cercaba dondequiera que estuviese. Habían soltado a su madre para que le acosara. La mujer había vuelto con la intención de conducirle a su muerte.

*

—Jode con otras y lo nuestro ha terminado.

Él le preguntó por qué.

—Porque lo quiero así.

—Eso no puede ser.

—¿Ah, no? —replicó Drenka con lágrimas en los ojos—. Podría ser si me quisieras.

—¿Entonces el amor es esclavitud?

—¡Eres el hombre de mi vida! ¡No Matija, sino tú! ¡O soy tu mujer, tu única mujer, o todo esto tiene que terminar!

Era la semana anterior a la festividad del Día del Recuerdo, una luminosa tarde de mayo, y allá arriba, en el bosque, el viento arrancaba de los grandes árboles ramitas con hojas tiernas, y el dulce aroma de cuanto florecía, brotaba y retoñaba le recordaba a Sabbath la barbería de Sciarappa en Bradley, adonde Morty le llevaba para que le cortaran el pelo cuando era pequeño y adonde llevaban sus ropas para que las remendara la mujer de Sciarappa. Ya nada permanecía contenido en sus límites, y todo le recordaba, o bien a algo desaparecido largo tiempo atrás, o bien a cuanto estaba en trance de desaparecer. Se dirigió mentalmente a su madre: «Huele estos olores, ¿puedes hacerlo? ¿Notas de alguna manera que estamos al aire libre? ¿Es estar muerto incluso peor que encaminarse hacia allí? ¿O acaso lo horroroso es la señora Balich? ¿O las trivialidades ya te tienen sin cuidado?».

Una de dos, o estaba sentado en el regazo de su madre muerta o ella estaba sentada en el suyo. Tal vez le penetraba sinuosamente por las fosas nasales junto con el aroma de la montaña florecida, se desplazaba por su interior como el oxígeno, rodeándole y encarnándose dentro de él.

—¿Y cuándo has tomado esta decisión? ¿Qué ha ocurrido para que te pongas así? No pareces tú misma, Drenka.

—Pues lo soy. Esta soy yo. Dime que me serás fiel. ¡Por favor, dime que lo serás!

—Primero quiero saber el motivo.

—Estoy sufriendo.

Y lo estaba. Él la había visto sufrir, y en tales ocasiones tenía exactamente aquel aspecto. El centro difuminado de su rostro se ampliaba, de un modo parecido al de un borrador que cruza una pizarra y deja tras de sí una amplia franja de significado anulado. Ya no veías un rostro, sino un cuenco de estupefacción. Cada vez que la desavenencia entre su marido y su hijo se manifestaba en una disputa a gritos, invariablemente ella acababa por adquirir aquel aspecto atroz cuando corría al encuentro de Sabbath, aturdida e incoherente a causa del temor, tras la evaporación de su vivaz astucia ante la escasa capacidad de enfurecerse que tenían los dos hombres y de emplear la detestable retórica de ese furor. Sabbath le aseguraba (en gran parte sin convicción) que no se matarían. Pero más de una vez él mismo había reflexionado con un estremecimiento sobre lo que podría estar bullendo bajo la tapadera de los buenos modales cordiales, implacables, que hacía de los Balich unos hombres tan impenetrablemente insulsos. ¿Por qué el chico se había hecho policía? ¿Por qué quería andar por ahí arriesgando la vida, en busca de delincuentes, con un revólver, unas esposas y una porra pequeña y letal, cuando podía amasar una modesta fortuna complaciendo a los felices clientes del hostal? Y al cabo de siete años, ¿por qué no podía perdonarle el afable padre? ¿Por qué acababa acusando a su hijo de echar a perder su vida cada vez que se encontraban? Cierto que cada uno de ellos tenía su propia realidad oculta, que, como todo el mundo, no carecían de dualidad; cierto que no eran unos seres absolutamente racionales y que les faltaba todo asomo de ingenio o ironía… Sin embargo, ¿dónde estaba el fondo de aquellos Matthew? Sabbath concedía en su fuero interno que Drenka tenía buenos motivos para inquietarse como lo hacía por la tremenda fuerza de su antagonismo (sobre todo cuando uno de ellos estaba armado) pero, puesto que ella nunca era ni remotamente el objetivo de su hostilidad, le aconsejaba que ni tomara partido ni intercediera, pues con el tiempo el acaloramiento se extinguiría, etcétera, etcétera. Y finalmente, cuando el terror de la mujer había empezado a desaparecer y la animación tan natural en Drenka volvía a presentarse en sus facciones, le decía que le amaba, que de ninguna manera podría vivir sin él, que, como ella misma lo expresó de un modo tan espartano, «no podría desempeñar mis responsabilidades sin ti». ¡Sin lo que habían levantado juntos, ella jamás podría ser tan buena! Mientras lamía aquellos voluminosos senos, cuya realidad mamaria parecía no menos incitadoramente extravagante de lo que habría sido cuando él tenía catorce años, Sabbath le dijo que sentía lo mismo por ella, lo hizo al tiempo que la miraba con aquella sonrisa suya que no aclaraba del todo a quién o a qué cosa en particular se proponía escarnecer, lo confesó, ciertamente, sin nada que se asemejara al ardor declamatorio de ella, lo dijo casi como si lo hiciera a propósito para que pareciera superficial y, no obstante, despojada de sus aderezos burlones, aquella frase, «siento lo mismo por ti», expresaba la verdad. La vida era tan impensable para Sabbath sin la promiscua esposa del próspero dueño del hostal como lo era para ella sin el despiadado titiritero. ¡Nadie con quien conspirar, nadie en el mundo con quien dar rienda suelta a su necesidad más vital!

—¿Y tú? —le preguntó—. ¿Me serás fiel? ¿Eso es lo que me sugieres?

—Yo no quiero a nadie más.

—¿Desde cuándo? Veo que estás sufriendo, Drenka. No quiero que sufras, pero no puedo tomarme en serio lo que me pides. ¿Cómo justificas el deseo de imponerme unas restricciones que tú misma nunca te has impuesto? Me pides una fidelidad que nunca te has molestado en ofrecerle a tu marido y que, si hiciera lo que solicitas, seguirías negándole por mi causa. Quieres la monogamia fuera del matrimonio y el adulterio dentro. Tal vez tengas razón y ésa sea la única manera de hacerlo, pero tendrás que buscarte un viejo más recto que yo.

Se había explicado en detalle, con formalidad y una precisión insuperable.

—Tu respuesta es que no.

—¿Acaso podría ser que sí?

—Así que ahora te librarás de mí. ¿De la noche a la mañana? ¿Sin más ni más? ¿Al cabo de trece años?

—Me desconciertas, no puedo seguirte. ¿Qué ocurre exactamente? No soy yo sino tú quien se descuelga de repente con ese ultimátum, eres tú quien me plantea la alternativa, eres tú quien se está librando de mí de la noche a la mañana… a menos, claro, que acepte un tipo de sexualidad que no es la mía ni lo ha sido jamás. Compréndeme, por favor. Quieres que lleve una clase de vida sexual que a ti misma nunca se te ha ocurrido llevar. A fin de proteger lo que hemos mantenido de un modo tan notable, satisfaciendo juntos con toda franqueza nuestros deseos sexuales… ¿Me sigues…? Es preciso que deforme mis deseos sexuales, puesto que es indiscutible que, al igual que tú, es decir, al igual que tú hasta hoy mismo, no soy por naturaleza, inclinación, práctica o creencia una persona monógama. Y punto. Deseas imponerme una condición que, o bien me deforma, o bien me obligará a ser insincero contigo. Pero, como todos los seres vivos, sufro cuando me deformo. Y podría añadir que me disgusta pensar en que la franqueza que nos ha sostenido y excitado a los dos, que proporciona un contraste tan saludable a la rutina y la falacia que es el sello distintivo de tantísimos matrimonios, incluidos el tuyo y el mío, ahora te apetece menos que el solaz de las mentiras convencionales y el puritanismo represivo. Como un reto que uno se impone a sí mismo, el puritanismo represivo no me parece mal, pero eso es titoísmo, Drenka, un titoísmo inhumano, cuando trata de imponer sus normas a los demás al suprimir farisaicamente el lado satánico del sexo.

—¡Eres tú quien se parece al estúpido Tito cuando me sermoneas así! ¡Basta ya, por favor!

No habían extendido la lona ni se habían quitado una sola prenda de vestir, seguían con las sudaderas y los tejanos y Sabbath, además, estaba con su gorro de punto encasquetado, un gorro de marinero, sentado en el suelo y apoyado en una roca. Drenka, entretanto, trazaba rápidos círculos en la anilla elevada de peñas elefantinas, pasándose con nerviosismo las manos por el cabello o extendiendo una para palpar con las yemas de los dedos la fresca y familiar superficie de los ásperos muros de su escondite…, y era inevitable que sus gestos evocaran en Sabbath el recuerdo de Nikki, en el último acto de El jardín de los cerezos. Nikki, su primera esposa, la frágil y veleidosa muchacha americana de origen griego cuya intensa sensación de crisis permanente él había confundido con profundidad espiritual y a la que había puesto chejovianamente el apodo de «Una crisis al día», hasta que llegó el día en que la crisis de ser ella misma acabó con Nikki. El jardín de los cerezos fue una de las primeras obras que él dirigió en Nueva York tras los dos años de aprendizaje en la escuela de marionetas de Roma, gracias a una beca del gobierno. Nikki había interpretado el papel de Madame Ranevskaia, una jovencita anticonvencional y arruinada. Era absurdamente joven para el papel y contrapesaba con delicadeza la sátira y el patetismo. En el último acto, cuando lo han empaquetado todo y la afligida familia se dispone a abandonar para siempre su hogar ancestral, Sabbath le pidió a Nikki que recorriera en silencio la sala vacía rozando las paredes con las yemas de los dedos. Sin lágrimas, por favor. Limítate a rodear la sala tocando las paredes desnudas y márchate; eso será suficiente. Y Nikki hacía exquisitamente cuanto le pedían que hiciera… Pero a él no le parecía del todo satisfactorio debido a que, en cualquier cosa que ella interpretara, por bien que lo hiciera, también seguía siendo Nikki. Fue ese «también» de los actores lo que acabó por hacerle volver a las marionetas, las cuales nunca tenían que fingir, nunca actuaban. El hecho de que él generase su movimiento y diera a cada una su voz jamás comprometía su realidad para Sabbath, a la manera en que Nikki, briosa, impaciente y con todo su talento, siempre le parecía menos convincente debido a que era una persona real. Con las marionetas nunca tenías que quitarle el papel al actor. No había en ellas nada falso o artificial ni tampoco eran «metáforas» de seres humanos. Eran lo que eran, y nadie tenía que preocuparse por la posibilidad de que una marioneta desapareciera, como lo hizo Nikki, de la faz de la tierra.

—¿Por qué te ríes de mí? —gritó Drenka—. Te burlas de mí, claro, te burlas de todo el mundo, haces callar a todo…

—Sí, sí —la interrumpió él—. Una exuberante falta de seriedad era lo que el burlón sentía a menudo, cuanto mayor era la seriedad con que hablaba. Cuando Morris Sabbath era el hablante, generalmente cabía sospechar una racionalidad detallada, escrupulosa y locuaz, aunque ni siquiera él podía tener siempre la seguridad de que las tonterías tan bien expresadas fuesen absolutamente tonterías. No, desorientar de esa manera no resultaba nada sencillo…

—¡Basta! ¡Deja de ser un maníaco, por favor!

—¡Sólo si tú dejas de ser una idiota! ¿Por qué te vuelves de repente tan estúpida sobre esta cuestión? ¿Qué debo hacer exactamente, Drenka? ¿Un juramento? ¿Vas a pedirme que te haga un juramento? ¿Con qué palabras? Por favor, dime todas las cosas que no me permites hacer. Penetración. ¿Te parece suficiente? ¿Eso es todo? ¿Y qué me dices de un beso? ¿Y de una llamada telefónica? ¿También tú harás el juramento? ¿Y cómo sabré que lo cumples? Nunca lo has hecho hasta ahora.

Y precisamente cuando Silvija va a regresar, pensaba Sabbath. ¿Es esa circunstancia lo que ha provocado todo esto, su temor a lo que podría verse instigada a hacer por Sabbath cuando la excitación rompiese todas las barreras? El verano anterior, Silvija, la sobrina de Matija, vivió con los Balich en la casa, mientras trabajaba como camarera en el comedor del hostal. Silvija era una estudiante universitaria de dieciocho años que residía en Split y fue de vacaciones a Estados Unidos para mejorar su inglés. Tras haber prescindido de todos y cada uno de sus escrúpulos en veinticuatro horas, Drenka le llevaba a Sabbath, unas veces metidas en el bolsillo, otras ocultas en el bolso de mano, las prendas interiores sucias de Silvija. Se las ponía delante de él y fingía ser Silvija. Las deslizaba arriba y abajo por su larga barba blanca y las apretaba contra sus labios abiertos. Ella le vendaba la erección con los tirantes y las copas, le acariciaba el miembro envuelto en el sedoso tejido del pequeño sujetador de Silvija, metía los pies por las perneras de las braguitas de la chica y las subía cuanto era posible por sus rollizos muslos. «Anda, dilo», le pedía él, «dilo todo», y ella le obedecía. «Sí, tienes mi permiso, tío guarro, sí», le decía ella, «puedes hacerla tuya, te la doy, puedes gozar de su joven y prieto coño, tío asqueroso, cerdo…» Silvija era un ser liviano y seráfico, de piel muy blanca y rizos rojizos, con gafas redondas de montura metálica que le daban el aspecto de una chica estudiosa. «Fotografías», le instruyó Sabbath a Drenka, «busca fotografías. Tiene que haberlas, todas ellas se hacen fotografías.» No, ni hablar. La pequeña y dócil Silvija no hacía esas cosas. Imposible, le dijo Drenka, pero al día siguiente, cuando registraba el tocador de Silvija, Drenka encontró debajo de sus camisas de noche de algodón un rimero de fotos Polaroid que Silvija se había traído de Split para mantener a raya la añoranza. La mayor parte eran fotos de sus padres, su hermana mayor, su novio y su perro, pero en una de ellas aparecían Silvija y otra chica de su edad con sólo unas medias pantalón y posando de perfil en el marco de una puerta entre dos habitaciones de un piso. La otra chica era mucho más voluminosa que Silvija, robusta, maciza, de grandes senos y la cara redonda como una calabaza, y abrazaba a Silvija desde detrás mientras su amiga se inclinaba adelante, las pequeñas nalgas encajadas en la entrepierna de la otra. Silvija echaba la cabeza atrás y abría mucho la boca, fingiendo éxtasis o, tal vez, riéndose simplemente de la tontería que estaban haciendo. En el reverso de la fotografía, en los dos centímetros superiores donde identificaba con esmero a las personas que aparecían en cada foto, Silvija había escrito, en serbocroata, Nera odpozadi… Nera desde atrás. El odpozadi no era menos excitante que la imagen, y Sabbath miraba continuamente de un lado de la foto al otro mientras Drenka improvisaba para él con el sostén de Silvija que parecía de juguete. Un lunes, cuando la cocina del hostal estaba cerrada y Matija se había ido con Silvija para enseñarle la parte histórica de Boston, Drenka se enfundó el vestido tirolés, con la falda negra acampanada y el prieto corpiño bordado, que Silvija, como las demás camareras, se ponía para servir a los clientes de los Balich y, en la habitación de los invitados donde Silvija pasaba el verano, se tendió completamente vestida a lo ancho de la cama. Allí fue la «seducida», la «Silvija» que pedía con vehemencia una y otra vez al «señor Sabbath» que le prometiera que jamás diría a sus tíos lo que había accedido a hacer por dinero. «Nunca lo había hecho con un hombre. Sólo con mi novio, y se corre demasiado pronto. Nunca lo había hecho con un hombre como tú.» «¿Puedo correrme dentro, Silvija?» «Sí, sí, siempre he querido que un hombre se corriera dentro de mí. ¡Pero no se lo digas a mis tíos!» «Me folio a tu tía. Jodo con Drenka.» «¿Ah, sí? ¿Mi tía? ¿De veras? ¿Es mejor que yo en la cama?» «No, qué va, nada de eso.» «¿Tiene el coño prieto como yo?» «Oh, Silvija…, tu tía está en la puerta. ¡Nos está mirando!» «¡Dios mío!» «Quiere

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