PRIMERA PARTE
La luna de miel
La declaración del portero
12 de junio de 1950
Desconocido y anónimo en aquel momento, el individuo que iba a arrojarse a las cataratas Herradura apareció ante el portero del puente colgante de la isla Cabra aproximadamente a las 6.15 de la mañana. Se trataba del primer peatón del día.
«¿Cómo iba a saberlo entonces? No podía. Pero si miro atrás, sí, debería haberme dado cuenta. De haberlo hecho, tal vez le habría salvado.»
¡Tan temprano! La hora debía de ser el amanecer, pero aquellas cortinas cambiantes de neblina, bruma y agua pulverizada que ascendían formando continuas nubes ondulantes desde la garganta del Niágara, de cincuenta metros, tapaban el sol. La estación debía de ser principios de verano, pero cerca de las cataratas el aire estaba agitado y era húmedo, abrasivo como finas limaduras de acero en los pulmones.
El portero supuso que el individuo, distraído y extrañamente apresurado, había atravesado directamente Prospect Park desde uno de los antiguos y elegantes hoteles de Prospect Street. El portero observó que el individuo poseía un rostro joven-viejo demacrado, una piel de muñeca de cera, ojos hundidos, como brillantes. Las gafas de montura metálica le daban un aspecto de escolar impaciente. Con su metro ochenta, era larguirucho, delgado, ligeramente cargado de espaldas, como si hubiera estado inclinado sobre un escritorio toda su vida. Caminaba apresurado, con decisión aunque a ciegas, como si alguien le estuviera llamando. Vestía de modo convencional, sobrio, nada de lo que llevaría el típico turista de las cataratas del Niágara. Una camisa de etiqueta de algodón blanco con el cuello desabrochado, traje oscuro con la americana desabrochada y la cremallera atascada «como si el pobre tipo se hubiera vestido muy deprisa, a oscuras». Los zapatos eran de vestir, de piel negra lustrada «como los que se llevan para asistir a una boda o a un funeral». Los tobillos blancos como la cera, sin calcetines.
«¡Sin calcetines! Con unos zapatos tan elegantes. Eso lo decía todo.»
El portero le gritó: «¡Eh!», pero el hombre no le hizo caso. No solo iba a ciegas, sino que también era sordo. Bueno, no oía. Se notaba que tenía la mente fija como una bomba a punto de explotar: tenía que ir a algún sitio, rápido.
El portero le gritó más fuerte. «Eh, señor: la entrada vale cincuenta centavos», pero tampoco esta vez el hombre dio muestras de oír. Con la arrogancia de la desesperación no parecía haber visto la cabina de peaje. Ahora casi corría, sin mucha agilidad y contoneándose, como si el puente colgante se inclinara bajo su peso. El puente se hallaba aproximadamente a un metro ochenta por encima de los rápidos y el suelo de planchas estaba mojado, era traidor; el hombre se agarraba a la barandilla para mantener el equilibrio e impulsarse hacia delante. Los zapatos de suela lisa resbalaban. El hombre no estaba acostumbrado al ejercicio físico. Las relucientes gafas redondas también le resbalaban en la cara y se le habrían caído si no se las hubiera apretado contra el puente de la nariz. El cabello de color rata, que le raleaba en la coronilla del color de la cera, le rodeaba la cara mojada y demacrada formando húmedos rizos.
Para entonces el portero había decidido dejar su cabina de peaje y seguir a aquel hombre tan agitado. Llamó: «¡Señor! ¡Eh, señor! ¡Espere, señor!». Ya había tenido experiencias de suicidio. Algunas veces más de las que deseaba recordar. Llevaba treinta años en el negocio turístico de las cataratas. Ya había cumplido los sesenta, no podía seguir el paso de aquel hombre más joven. Suplicó: «¡Señor! ¡No lo haga! ¡Por el amor de Dios, se lo ruego: no lo haga!».
Debería haber llamado a emergencias desde la cabina de peaje. Ahora era demasiado tarde para volver.
Una vez en la isla Cabra, el hombre más joven no se paró junto a la barandilla para mirar hacia la costa canadiense, al otro lado del río; tampoco se paró para contemplar la rugiente y tumultuosa escena, como haría cualquier turista normal. Ni siquiera se paró para secarse la cara chorreante, ni para apartarse el pelo de los ojos. «Bajo el influjo de las cataratas. Ningún mortal iba a detenerle.»
Pero había que intervenir, o intentarlo. No se puede dejar que un hombre —o una mujer— se suicide, que cometa ese pecado imperdonable ante tus propios ojos.
El portero, sin aliento, mareado, cojeaba tras el hombre más joven gritándole mientras se dirigía hacia la punta sur de la pequeña isla, la punta de la Tortuga, sobre la catarata Herradura. El rincón más traidor de la isla Cabra, pues era el más bello y cautivador. Allí los rápidos adquieren una fuerza frenética. El agua gira formando blanca espuma y se eleva casi cinco metros en el aire. Apenas hay visibilidad. El caos de una pesadilla. La catarata Herradura es una gigantesca cascada de ochocientos metros de largo desde el punto más alto, que cada segundo vierte tres mil toneladas de agua sobre el cañón. El aire ruge, tiembla. La tierra se sacude bajo los pies. Como si la tierra misma empezara a separarse, a desintegrarse en partículas, hasta su centro líquido. Como si el tiempo hubiera cesado. Como si hubiera explotado. Como si te hubieras acercado demasiado al radiante, vibrante y enloquecido corazón de todo ser. Aquí, tus venas, arterias, la minuciosa precisión y perfección de tus nervios quedarán trastornados en un instante. Tu cerebro, en el que resides, ese depósito único de ti, será desmenuzado en sus componentes químicos: células cerebrales, moléculas, átomos. Cada sombra y cada eco de cada recuerdo quedará borrado.
¿Tal vez sea esa la promesa de las cataratas? ¿El secreto?
«Como si estuviéramos hartos de nosotros mismos. De la humanidad. Esta es la salida, solo unos cuantos tienen la visión.»
A treinta metros del hombre más joven, el portero le vio poner un pie en el barrote inferior de la barandilla. A modo de prueba, en el resbaladizo hierro forjado. Pero las manos del hombre se agarraron con fuerza al barrote superior.
«¡No lo haga, señor! ¡Señor! Maldita sea…»
Las palabras del portero fueron engullidas por las cataratas. Le volvieron a la cara como un frío escupitajo.
Él mismo estaba al borde del colapso. Este sería el último verano que pasaría en la isla Cabra. El corazón le dolía, le latía con fuerza para enviar oxígeno a su aturdido cerebro. Y le dolían los pulmones, no solo por las punzantes salpicaduras del río, sino por el extraño gusto metálico que tenía el aire de la ciudad industrial que se extendía al este y al norte de las cataratas, donde el portero había vivido toda su vida. «Te agotas. Ves demasiado. Cada vez que respiras te duele.»
El portero después juraría que había visto al hombre más joven hacer un gesto de despedida en el instante inmediatamente antes de saltar: un gesto de falso saludo, un gesto de desafío, como podría hacer un escolar descarado a una persona mayor, para provocar; sin embargo, también era una despedida sincera, como se podría hacer a un extraño, a un testigo al que no le deseas ningún daño, al que deseas absolver del más mínimo asomo de culpabilidad que pudiera sentir por dejarte morir cuando podría haberte salvado.
Y al instante siguiente el hombre joven, que había ocupado en exclusiva la atención del portero, simplemente… desapareció.
En una fracción de segundo, desapareció. En la catarata Herradura.
«No es el primero de esos pobres desgraciados que he visto, pero por Dios que será el último.»
Cuando el alterado portero regresó a su cabina de peaje para llamar al servicio de emergencias del condado de Niágara, eran las 6.26 de la mañana, aproximadamente una hora después del amanecer.
La recién casada
1
—No. Por favor, Dios mío. Esto no.
El dolor. La humillación. La horrible vergüenza. Pena no, todavía no. El shock era demasiado reciente para sentir pena.
Cuando encontró la enigmática nota que su marido le había dejado apoyada en el espejo del dormitorio de la suite nupcial del Rainbow Grand Hotel, Niagara Falls, Nueva York, que ocupaban, Ariah llevaba veintiuna horas casada. Cuando a primera hora de la tarde de aquel día se enteró por la policía de Niagara Falls de que un hombre que se parecía a su esposo, Gilbert Erskine, se había arrojado a la catarata Herradura temprano aquella misma mañana, y había sido arrastrado por las aguas —había desaparecido sin dejar rastro— más allá de los rápidos del Agujero del Diablo, como se llamaba la pintoresca atracción río abajo desde las cataratas, no llevaba casada ni veintiocho horas.
Estos eran los hechos, duros y crueles.
—Soy una recién casada que se ha quedado viuda en menos de un día.
Ariah habló en voz alta, en tono de asombro. Era hija de un ministro presbiteriano muy venerado, ¿eso servía para algo con Dios o con las autoridades seglares?
De pronto Ariah se golpeó la cara con ambos puños. Quería aporrearse, ponerse negros unos ojos que habían visto demasiado.
—¡Dios mío, ayúdame! No puedes ser tan cruel… no puedes.
«Sí puedo. Necia mujer, claro que puedo. ¿Quién eres tú para escapar a mi justicia?»
¡Con qué rapidez llegó la respuesta! Un insulto que resonó tan claramente en el cráneo de Ariah que casi creyó que aquellos extraños que la compadecían podían oírlo.
Pero había un consuelo: hasta que se encontrara el cuerpo de Gilbert Erskine en el río y fuera identificado, su muerte era teórica y no oficial.
Ariah aún no era una viuda, sino todavía una recién casada.
2
… Despertó aquella mañana y se enfrentó al desagradable e incontrovertible hecho de que ella, que había dormido sola toda su vida, volvía a estar sola a la mañana siguiente de su boda. Despertó sola aunque ya no era la señorita Ariah Juliet Littrell, sino la señora de Gilbert Erskine. Aunque ya no era la hija solterona del reverendo Thaddeus Littrell y señora, de Troy, Nueva York, profesora de piano y canto en la Academia de Música de Troy, sino la esposa del reverendo Gilbert Erskine, recién nombrado ministro de la primera iglesia presbiteriana de Palmyra, Nueva York.
Despertó sola y enseguida lo supo. Pero no podía creerlo, tenía demasiado orgullo. No se permitió pensar: «Estoy sola, ¿verdad?».
Un clamor de campanas de boda la habían seguido hasta allí. Cientos de miles. La cabeza le dolía tanto como si la tuviera en un torno. Sentía las entrañas como si sus intestinos se estuvieran corroyendo y pudriendo. En aquella cama desconocida que olía a ropa húmeda, carne húmeda y desesperación. Dónde, dónde se encontraba, cómo se llamaba el hotel al que la habían llevado, un paraíso para la luna de miel, y Niagara Falls era la capital mundial de la luna de miel; el pulso le latía con tanta violencia en la cabeza que no podía pensar. Había estado casada tan poco tiempo que poco sabía de su esposo, aunque le parecía plausible (Ariah se decía esto a sí misma como una niña asustada podría contarse una historia para mantenerse a salvo) que Gilbert solo se hubiera bajado de la cama con sigilo y estuviera en el cuarto de baño. Se quedó tumbada inmóvil para oír ruido de grifos, de una bañera que se vaciaba, de la cadena del retrete, esperando oír a pesar incluso de que sus sensibles nervios se resistían a ello. La turbación, el azoramiento, la vergüenza de semejante intimidad eran nuevos para ella, como la intimidad del matrimonio. El lecho matrimonial. No había lugar para esconderse. La acre brillantina de él y la tímidamente dulce colonia Lirio del Valle de ella en colisión. Solo Ariah y Gilbert, a quien nadie llamaba Gil, juntos a solas jadeantes y sonrientes y decididos a mostrarse alegres, agradables y educados el uno con el otro como siempre habían hecho antes de que la boda les uniera en santo matrimonio, salvo que Ariah sabía que algo iba mal, de golpe había salido del cálido estupor de su sueño para dar con esta conclusión: «Se ha ido. Se ha ido. No puede haberse ido. ¿Adónde?».
¡Maldita sea! Ella era una tímida recién casada. Así la veía el mundo y el mundo no estaba equivocado. En el mostrador de recepción del hotel había firmado, por primera vez, señora Ariah Erskine, y se había sonrojado. Virgen, a los veintinueve años. Inexperta con los hombres como con cualquier otra especie de ser. Mientras permanecía tumbada atormentada por el dolor no se atrevía siquiera a estirar el brazo en la enorme cama por miedo a tocarle. No quería que él malinterpretara su gesto.
Casi tuvo que recordar su nombre: Gilbert. Nadie le llamaba Gil, ninguno de los parientes Erskine a los que había conocido. Posiblemente amigos suyos en el seminario de Albany le habían llamado Gil, pero esa era una parte de él que Ariah aún no había visto y no podía suponer. Era como discutir con él de la fe religiosa: se había ordenado ministro presbiteriano de muy joven y por tanto la fe era su terreno profesional, no el de ella. Llamar a este hombre por el diminutivo campechano de Gil habría sido un gesto demasiado familiar para Ariah, su prometida que acababa de convertirse en su esposa.
Con su tono tenso y tímido él la había llamado «Ariah, cariño». Ella le llamaba «Gilbert», pero tenía planeado que en un momento de ternura, como en una escena romántica de una película de Hollywood, empezaría a llamarle «querido»; tal vez incluso «Gil, querido».
A menos que todo aquello hubiera cambiado. Esa posibilidad existía.
En la recepción de la boda había tomado una copa de champán, y otra —o dos— en la habitación del hotel la noche anterior, nada más, y sin embargo nunca se había sentido tan drogada, tan destrozada. Tenía las pestañas pegadas como con pegamento, en la boca notaba un sabor ácido. No soportaba la idea: había estado durmiendo así, comatosa, con la boca abierta como un pez.
¿Había roncado? ¿Lo había oído Gilbert?
Intentó oírle en el cuarto de baño. La anticuada fontanería chillaba y rugía, pero no cerca. Sin embargo, seguro que Gilbert estaba en el cuarto de baño. Probablemente se esforzaba para no hacer ruido. Durante la noche había utilizado el baño. Intentando disimular sus ruidos. Haciendo correr el agua para disimular… ¿O había sido Ariah, que con desesperación había abierto los dos grifos del lavabo? Ariah, con su camisón de seda de color marfil manchado, balanceándose y tratando de no vomitar, pero al final vomitó en el lavabo, sollozando.
«No. No pienses en ello. Nadie puede obligarte.»
El día anterior, al llegar a media tarde, a Ariah le había sorprendido que en junio el aire fuera tan frío, tan húmedo. El aire estaba tan saturado de humedad que el sol en la parte occidental del cielo parecía un farol refractado a través del agua. Ariah, que llevaba un vestido de popelín de manga corta, sintió un escalofrío y se apretó los brazos contra el pecho, abrazándose. Gilbert, que miraba en dirección al río frunciendo el entrecejo, no se dio cuenta.
Gilbert había conducido durante todo el trayecto desde Troy, situada varios centenares de kilómetros hacia el este; había insistido. Le había dicho a Ariah que le ponía nervioso ir de pasajero en su propio coche, un Packard de 1949 negro, pulcramente limpio y brillante. Durante el viaje se había excusado en repetidas ocasiones y se había sonado la nariz ruidosamente, apartando la cara de Ariah. Tenía la piel sonrojada como si tuviera fiebre. Ariah murmuró varias veces que esperaba que no se hubiera resfriado como la señora Erskine, la madre de Gilbert, ahora suegra de Ariah, había comentado preocupada durante el almuerzo.
Gilbert era propenso a sufrir irritaciones de garganta, infecciones respiratorias, dolores de cabeza con sinusitis, le informó la señora Erskine a Ariah. Tenía «el estómago delicado» y no toleraba la comida picante ni la «agitación».
La señora Erskine había abrazado a Ariah, que se entregó con rigidez a los brazos de la rolliza anciana. La señora Erskine había rogado a Ariah que la llamara «madre»… como hacía Gilbert.
Ariah dijo que sí en un murmullo. Sí, madre Erskine.
Pensando: «¡Madre! ¿En qué nos convierte eso a Gilbert y a mí, en hermanos?».
Ariah lo había intentado. Ariah estaba decidida a ser una esposa ideal, y una nuera ideal.
Un clamor de campanas de iglesia. ¡Domingo por la mañana!
En una cama extraña, en una ciudad extraña, y perdida.
Una voz femenina que le reprende al oído, y el olor del pecho empolvado con talco. «Si nunca has bebido nada más fuerte que la sidra dulce, Ariah, ¿crees que es sensato tomarte una segunda copa de champán… tan pronto después de la primera?»
Posiblemente no había sido la madre de Gilbert, sino la de la propia Ariah. O posiblemente habían sido ambas madres en diferentes momentos.
Una recién casada con risa tonta y temblando. Vestida de satén y chantillí, muchos botoncitos de nácar, velo de gasa y guantes de encaje hasta el codo que, cuando se los quitó después del almuerzo, dejaron pequeñas hendiduras en forma de diamante en su sensible piel como si se tratara de una exótica erupción. A la hora del almuerzo, en la grande y lóbrega residencia de ladrillo contigua a la iglesia, se observó a la novia llevarse a los labios con nerviosismo su copa de champán varias veces. Comió poco, y la mano le temblaba tanto que se le cayó del tenedor un bocado del pastel de boda. Sus ojos verdes más bien pequeños y de forma almendrada no paraban de llorarle, como si tuviera alergia. Se excusó varias veces para acudir al cuarto de baño. Se pintó los labios de nuevo en un tono rojo vivo como una luz de neón; se había empolvado la nariz con demasiada frecuencia, y de cerca se le notaban grumos de polvos. Aunque procuraba actuar con elegancia, en realidad se mostraba torpe y desgarbada como una cigüeña. Codos puntiagudos, nariz picuda. Jamás se habría dicho que era una experta cantante, su voz era ronca e inaudible. Aun así, algunos declararon que Ariah era «tan encantadora», «una novia guapísima». Y sin embargo: ¡aquellos senos tan pequeños! Era muy consciente de que todo el mundo le miraba el pecho cubierto con el exquisito corpiño de chantillí y sentían lástima de ella. Era muy consciente de que todo el mundo sentía lástima de Gilbert Erskine, que se había casado con una solterona.
¿Otra copa de champán?
Declinó el ofrecimiento con delicadeza. O quizá se la había tomado. Solo unos sorbos.
La señora Littrell, la madre de la novia, aliviada y ansiosa en igual medida, había admitido a Ariah que sí, tal vez le parecía extraño, un corsé completo para contener los diminutos pechos de la talla 85-A, la cintura de cincuenta y cinco centímetros y las caderas de ochenta centímetros, pero se trataba de una boda, el día más importante de la vida de una mujer. Y el corsé proporciona una liga para las más finas medias de seda.
Ariah se rió como una loca. Ariah cogió algo, un trozo de seda de la atónita costurera y se sonó la nariz con él.
Aunque había obedecido, por supuesto. Ariah jamás se habría enfrentado a la señora Littrell en cuestiones de protocolo femenino.
Más tarde, en la ceremonia de la mañana, mientras la señora Littrell y la costurera la vestían, había rezado en silencio: «Dios mío, no permitas que las medias me hagan bolsas en los tobillos. En ningún sitio donde se vea».
Y cuando comenzó la ceremonia: «Dios mío, no permitas que sude. Sé que estoy empezando a hacerlo, lo noto. No permitas que se me vean medialunas bajo los brazos. En este vestido tan hermoso. ¡Te lo ruego, Dios mío!».
Estas pueriles plegarias, llenas de inquietud, que Ariah supiera habían recibido respuesta.
Poco a poco se fue sintiendo más fuerte. Hizo un esfuerzo y susurró:
—¿Gilbert? —Como uno susurraría adormilado a la pareja para despertarla por la mañana—. ¿Gilbert, dónde estás?
Ninguna respuesta.
Mirando con los ojos entrecerrados vio que no había nadie en la cama, a su lado.
Una almohada con un hueco. La funda de la almohada arrugada. La sábana un poco apartada, como con cuidado. Pero no había nadie.
Ariah se obligó a abrir los ojos. ¡Ah!
Un reloj de cerámica alemana sobre la repisa de la chimenea al otro lado de la habitación y unos relucientes números dorados que, durante varios duros segundos, no significaron nada para los ojos entrecerrados de Ariah. Luego la esfera del reloj mostró las 7.10. La niebla que se veía fuera de la ventana del hotel empezaba a disiparse; parecía la mañana, no el atardecer.
Entonces Ariah no había perdido el día.
No había perdido a su esposo. ¡No tan pronto!
Porque probablemente si Gilbert no estaba en el cuarto de baño estaría en alguna otra parte del hotel. Gilbert le había hecho saber que era madrugador. Ariah supuso que había bajado al vestíbulo con panelado oscuro de estilo victoriano, sillones de cuero y reluciente suelo de mármol; o posiblemente estaba tomando café en el amplio y regio mirador que daba a Prospect Park y, a poca distancia, el río Niágara y las cataratas. Hojeando el Niagara Gazette o el Buffalo Courier-Express con ceño. O, con la pluma de plata que llevaba su monograma en la mano, regalo de la propia Ariah, tal vez estaba haciendo anotaciones mientras revisaba los folletos turísticos, mapas y panfletos con títulos como LAS GRANDES CATARATAS DE NIÁGARA: UNA DE LAS SIETE MARAVILLAS DEL MUNDO.
«Está esperando a que me reúna con él. Está esperándome para cogerme de la mano.»
Ariah imaginaba a su joven esposo. Su atractivo era el de un hombre austero. Aquellas gafas que centelleaban, y las ventanas de la nariz anchas y profundas de una manera poco natural en su larga nariz. Ariah le sonreiría alegremente, le saludaría con un leve beso en la mejilla. Como si llevaran mucho tiempo comportándose así, con tanta informalidad, con tanta intimidad. Pero Gilbert disiparía esa sensación levantándose apresurado, con torpeza, sacudiendo la mesita de ratán y derramando café, pues le habían enseñado a no permanecer jamás sentado en presencia de una mujer.
—¡Ariah! Buenos días, cariño.
—Lamento llegar tan tarde. Espero…
—¿Camarero? Otro café, por favor.
Sentados en unas encantadoras mecedoras de mimbre blanco, uno al lado del otro. La pareja que está de luna de miel. Entre centenares de parejas que estaban de luna de miel, en junio, en las cataratas. Aparece el camarero negro de uniforme, sonriendo…
Ariah dio un brinco, bajó de la cama. Esta era de estilo victoriano con cuatro columnas, adornos de latón y dosel de ganchillo como una tela mosquitera; el colchón estaba demasiado alto. Como una criatura con la espalda rota en varios puntos, Ariah se movía con cautela. Colocó en su sitio un tirante del camisón de seda que se había caído, o había sido arrancado. (Y cuánto le dolía, qué mal color tenía el hombro… Durante la noche se le había formado un morado del tono de una ciruela.) Se le habían despegado las pestañas, aunque poco. Tenía trozos de mucosidad seca en los ojos como arena. Y aquel horrible gusto ácido en la boca.
—Oh, Dios mío.
Sacudió la cabeza para despejarse, lo que fue un error. ¡Como cristales rotos! Relucientes fragmentos de espejo yendo de un lado a otro en su cerebro.
Igual que la semana anterior, cuando se le había caído con torpeza un espejo de mano de nácar en el suelo alfombrado del dormitorio de sus padres; el espejo, perversamente, rebotó de la alfombra al suelo de madera y se rompió, se hizo añicos enseguida; la asustada novia y su atónita madre miraron con desaliento esta señal de mal augurio en el que, como devotas presbiterianas, a ninguna le estaba permitido creer.
—Oh, madre, lo siento. —Ariah había hablado con calma aunque pensaba con estoica resignación: «Ahora empezará. Mi castigo».
Ahora el ahogado estruendo de las cataratas había penetrado en su sueño.
Ahora el ahogado estruendo de las cataratas, inquietante como los indescifrables murmullos de Dios, había penetrado en su corazón.
Se había casado con un hombre al que no amaba y no podría amar. Peor aún: sabía que se había casado con un hombre que no podría amarla.
Los católicos, cuya barroca religión espantaba y fascinaba a los protestantes, creían en la existencia de los pecados mortales. Había pecados veniales, pero los pecados mortales eran los graves. Ariah sabía que debía de ser un pecado mortal, castigado con la condena eterna, haber hecho lo que ella y Gilbert Erskine hacían. Unidos en santo matrimonio, con un contrato legal que les unía para toda la vida. Al mismo tiempo, posiblemente, era muy corriente en Troy, Nueva York, y en todas partes. Era algo que «con el tiempo, superaría».
(Una expresión que le gustaba a la señora Littrell. La madre de Ariah la pronunciaba al menos una vez al día; parecía pensar que era una opinión alegre.)
Ariah se quedó de pie, inestable, sobre la polvorienta y mullida alfombra rosa. Iba descalza, sudaba y sin embargo temblaba. De pronto empezó a sentir picor. Debajo de las sudadas axilas, entre las piernas. Un picor fuerte como si la hubieran atacado diminutas hormigas rojas en la zona de la entrepierna.
«Mi castigo.» Ariah se preguntó si seguía siendo virgen.
O si en la confusión de la noche, en un delirio de semidesnudez y ropa de cama, besos con la boca abierta y jadeos, y el frenético hurgar del joven esposo, ella habría podido quedar… de alguna manera… embarazada.
Ariah se apretó los nudillos contra la boca.
—Dios mío, no, por favor.
No era posible, y no iba a pensar en ello. No era posible.
Por supuesto, Ariah quería tener hijos. Eso decía. Eso había asegurado a madre Erskine y a su propia madre. Muchas veces. Una mujer joven normal quiere hijos, una familia. Una buena mujer cristiana.
«¡Pero tener un bebé!» Ariah dio un paso atrás con repugnancia.
—No, por favor.
Ariah llamó tímidamente a la puerta del cuarto de baño. Si Gilbert estaba allí, no quería interrumpirle. El pestillo no estaba echado. Abrió con cautela… Un espejo rectangular que había tras la puerta se acercó a ella como un dibujo animado burlón: allí estaba una mujer demacrada de rostro ceniciento vestida con un camisón desgarrado. Apartó los ojos con rapidez y el fino cristal roto que tenía dentro del cráneo se movió de un lado a otro, reluciendo con dolor.
—¡Oh, Dios mío!
Pero vio que el cuarto de baño se encontraba vacío. Una espaciosa y lujosa estancia de un blanco cegador con relucientes grifos de latón, jabones perfumados en envoltorios dorados, toallas de manos con el monograma coquetamente bordado. Una enorme bañera de porcelana blanca con patas en forma de garra, vacía. ¿Se había bañado Gilbert? ¿Se había duchado? (No había señales de humedad en la bañera.) El baño olía severamente a vómito y varias de las toallas de rizo blancas estaban usadas. Una de ellas descansaba en el suelo. Sobre el elegante lavabo de cerámica empotrado, el espejo en forma de corazón estaba manchado.
Ariah recogió la toalla manchada y la colgó en el toallero. Se preguntó si volvería a ver alguna vez a Gilbert Erskine.
En el espejo se cernía una mujer fantasmal, pero ella no quería ver su mirada lastimosa. Se preguntó si era posible que lo hubiera imaginado todo: el compromiso («Mi vida ha cambiado. Estoy salvada. ¡Gracias, Dios mío!»), la ceremonia de la boda en la iglesia de su padre y los sagrados votos matrimoniales. La película favorita de Ariah era Fantasía, de Walt Disney, que había visto varias veces, y estar casada no era muy diferente de Fantasía.
Si era la hija solterona del reverendo Thaddeus Littrell y señora, de Troy, Nueva York. ¡Una soñadora!
—¿Gilbert? —Alzó la voz, temblorosa—. ¿Estás ahí…?
Silencio.
Además del cuarto de baño, la suite nupcial Rosebud, como se la llamaba, consistía en un dormitorio y un salón, y dos vestidores. Los muebles eran agresivamente victorianos, con cojines, cortinajes, lámparas de pantalla y alfombras de color tulipán. Algunos cojines tenían forma de corazón. Ariah abrió cada uno de los vestidores, haciendo una mueca por el dolor de cabeza. (¿Por qué se comportaba de un modo tan absurdo? ¿Por qué iba Gilbert a esconderse en un vestidor? No quería pensar.) Vio la ropa de él, colgada con pulcritud en las perchas del hotel, en su lugar, intacta. Si hubiera huido, ¿no se habría llevado la ropa?
No quería pensar si faltaba el Packard. Era un regalo de los Erskine a Gilbert, que le habían hecho unos meses atrás.
¡El salón! Allí se cernía un mal recuerdo. Sobre una mesa de mármol había un jarrón con rosas rojas un poco marchitas y una botella vacía de champán, ambos obsequio del Rainbow Grand. «¡Enhorabuena, señor y señora de Gilbert Erskine!» La botella estaba volcada. Ariah sintió una oleada de vergüenza. Un sabor agridulce como bilis acudió a su boca. Gilbert solo había tomado un sorbito de su copa de champán, con cautela. Raras veces ingería, como decía él, alcohol; ni siquiera en la recepción de la boda. Pero Ariah sí.
Resaca. Ese era el estado en que se hallaba. No había ningún misterio en ello.
¡Resaca! ¡La mañana siguiente a su boda!
Demasiado vergonzoso. Gracias a Dios que ninguno de los mayores lo sabía.
Porque Gilbert jamás se lo diría. Ni siquiera se lo diría a madre Erskine, que le adoraba.
«Qué desagradable. Francamente, me repugnas.»
Jamás. Era demasiado agradable. Y tenía su orgullo.
Era un caballero, aunque también un muchacho inmaduro. Un caballero jamás inquietaría a su esposa, en especial si era nerviosa y excitable. Hacía menos de veinte horas que era su esposa. Así que Gilbert tenía que estar en algún otro lugar del hotel. Abajo, en el vestíbulo, o en la cafetería; en el mirador que daba al césped, o paseando por los jardines del hotel, esperando a que Ariah se reuniera con él. (Gilbert no habría ido todavía a ver el panorama, a las cataratas, sin ella.) Y aún era pronto, no eran aún las siete y media de la mañana. Se había llevado la ropa y los zapatos y se había vestido sin hacer ruido en el salón. Procurando no despertar a Ariah, que sabía que estaba… exhausta. No había encendido la luz. Había ido descalzo de un lado a otro.
«Estaba desesperado por escapar. Sin que me diera cuenta.»
—¡No! No puedo creerlo.
Era extraño estar tan sola. Incluso la voz de Ariah en aquella suite absurdamente decorada sonaba a sola. Ella suponía que el matrimonio sería diferente.
Empiezas con un deseo, y el deseo se hace realidad, y no puedes apagar el deseo.
Igual que «El aprendiz de brujo», la secuencia de la pesadilla cómica de Fantasía. La terrible experiencia de Mickey Mouse como desventurado aprendiz de brujo, sin embargo, tiene un final feliz cuando el brujo regresa a casa y rompe el hechizo. Pero la situación de Ariah era muy diferente.
El hogar. ¿Dónde estaba el hogar de Ariah? Se establecerían en Palmyra, Nueva York. En una sobria casa de ladrillo que acompañaba al nombramiento de Gilbert como ministro. Ella no había pensado mucho en esta residencia, y no iba a pensar en ella ahora.
Ahora, ¿dónde estaba ahora?
¿En Niagara Falls?
¡Nada menos! Chistes vulgares. Como si Ariah y Gilbert esperaran ser la típica pareja estadounidense de recién casados.
En realidad era Gilbert, cosa extraña, quien había querido ir a las cataratas. Hacía mucho tiempo que le interesaba la historia glacial antigua —la prehistoria geológica— del interior de Nueva York. Una de sus citas había sido en el Museo de Historia Natural de Albany, y otra en las cataratas Herkimer, donde un coronel retirado del ejército tenía una colección de fósiles y objetos indios abierta al público. Por la conversación que Gilbert había tenido con el padre de ella a la hora de la cena, que había sido mucho más animada e interesante que la conversación de Gilbert con Ariah, había deducido que Gilbert creía que su destino podía ser reconciliar las supuestas pruebas de descubrimientos de fósiles en el siglo XIX con el relato bíblico de la creación de la Tierra.
El reverendo Littrell, de edad madura, robusto y de mandíbula cuadrada, con el aspecto sensato de Teddy Roosevelt en las antiguas fotos, se rió de semejante idea. Él creía que el Diablo había dejado los llamados fósiles en la tierra para que los necios crédulos los encontraran.
Gilbert había hecho una mueca al oír esto, pero, como era un caballero, no hizo ninguna objeción.
«El camino de la ciencia y el camino de la fe.» Ariah tenía que admirar a su prometido por mantener semejante ambición.
Ella siempre había interpretado el Libro del Génesis como una versión hebrea de un cuento de Grimm. Se trataba sobre todo de un aviso: si desobedeces a Dios Padre serás expulsada del Jardín del Edén. Hija de Eva, tu castigo será doble: «Darás a luz con dolor, y tu deseo será el de tu esposo, y él gobernará sobre ti». ¡Bueno, estaba claro!
Ariah no tenía intención de entrar en debates teológicos con Gilbert, ni con su padre. Que aquellos hombres pensaran lo que quisieran, se decía Ariah. Es para nuestro bien, además.
Ariah decidió llamar a recepción. Valiente, cogió el auricular del teléfono de plástico rosa y marcó el cero. Preguntaría si… si un hombre más bien joven se encontraba en el vestíbulo. O… en el mirador. En la cafetería. Quería hablar con él, por favor. Era un hombre joven, delgado, que pesaba unos sesenta y cinco kilos, tenía la piel pálida que parecía demasiado tensa para los huesos de su cara, gafas redondas de montura metálica, vestido con pulcritud, cortés, con un aire distinguido, como si esperara tranquilamente a ser complacido; o quisiera mostrar lo caritativo que podía ser, lo predispuesto a cumplir con sus expectativas, aunque en el fondo se sintiera insatisfecho… Pero cuando la operadora dijo alegremente: «¡Buenos días, señora Erskine! ¿Qué puedo hacer por usted?», Ariah se quedó aturdida. Tendría que acostumbrarse a que la llamaran señora Erskine. No obstante, la mayor impresión se la llevó cuando cayó en la cuenta de que una extraña conocía su identidad; en la centralita debía de haberse encendido una luz en el número de su habitación. Ariah dijo con timidez:
—Solo… me preguntaba qué tiempo hace. Me preguntaba qué ponerme esta mañana.
La operadora se rió de un modo amistoso, con práctica.
—Aunque sea el mes de junio, señora, estamos en las cataratas. Abríguese hasta que se disipe la niebla. —Hizo una pausa para producir un efecto dramático—. Si es que se disipa.
3
7.35 de la mañana. Ariah aún no había encontrado la nota de despedida, escrita en una hoja de papel de escritorio del Rainbow Grand de color rosa, pulcramente doblada y apoyada en el tocador del dormitorio. Era un pequeño espejo oval con marco dorado en el que, en el estado angustiado en que se encontraba, Ariah no se atrevía a mirarse.
«Dios mío. Ten piedad. Qué debe de haber visto Gilbert mientras yo dormía.»
Claro que era un alivio que Gilbert Erskine no estuviera cerca.
Después de la frenética multitud del día anterior, tantas caras asfixiantes cerca de la suya, y una locura de sonrisas como una pesadilla, y la intimidad de la cama compartida…
Un baño. ¡Rápido, antes de que regresara Gilbert!
Ariah se habría bañado igualmente, por supuesto. Tenía la costumbre de darse un baño cada noche antes de acostarse, pero la noche anterior no lo había hecho; si se lo saltaba una noche, se bañaba por la mañana sin falta. A veces, en la pegajosa humedad del verano del interior de Nueva York, en esa época anterior al aire acondicionado, Ariah se bañaba dos veces al día; y aun así nunca estaba convencida de no oler.
Nada le atraía más que un baño. Un baño caliente y espumoso en aquel suntuoso cuarto de baño, en una lujosa bañera que no tendría que limpiar después con un limpiador holandés y un cepillo; un baño oloroso y burbujeante con sales de baño de lila, cortesía del Rainbow Grand. Los ojos se le llenaron de lágrimas de gratitud.
«¡Dame otra oportunidad! Te lo pido por favor, Dios mío.»
Por supuesto, aún había esperanzas. Ariah no creía en serio que Gilbert Erskine se hubiera fugado.
Porque, al fin y al cabo, ¿adónde podía fugarse un ministro presbiteriano de veintisiete años, hijo y yerno de ministros presbiterianos?
—Está atrapado, igual que yo.
Ariah abrió los grandes grifos de latón hasta que todos los espejos del cuarto de baño estuvieron empañados. ¡Qué delicioso ambiente sofocante y perfumado! Y el agua, tan caliente como podía soportar, para limpiarse el sudor seco y otras manchas de su cuerpo. Los olores de su cuerpo.
Y también el cuerpo de él. Donde ella le había tocado con torpeza, sin querer. O donde, en la confusión, le había rozado, o se había apretado contra él… No recordaba con exactitud. Y lo que había ocurrido, aquel fluido lechoso que salía de la cosa como de goma del hombre y se vertía sobre su vientre y en la ropa de la cama… no, no podía recordarlo.
El grito agudo y espantado del hombre. Un grito de murciélago. Sus convulsiones, sus gemidos en brazos de ella. No podía recordar y no era culpa suya.
Ariah también se lavaría el pelo. Estaba enmarañado y se le pegaba en la nuca. Lo tenía un poco rizado y de un tono pelirrojo claro, tan fino que precisaba cuidados constantes. Recogerlo con horquillas, ponerse rulos de goma para el pelo. (Había traído algunos a su luna de miel, escondidos en la maleta. Pero evidentemente no podía llevar esas cosas en la cama.) Esta mañana no tendría tiempo de rizarse el pelo, se lo cepillaría hacia atrás formando lo que la señora Littrell llamaba «un elegante recogido francés» y ahuecaría los lánguidos mechones que le caían sobre la frente. Y esperaba parecer más una bailarina que una solterona bibliotecaria o maestra de escuela.
Se pondría un capullo de rosa clavado en el recogido francés.
Se maquillaría un poco, no se pondría la mascarilla cosmética del día anterior, que parecía haber sido lo adecuado. Los labios pintados no de un fuerte rojo, sino rosa coral. «Una forma diferente de feminidad. Seducción.»
Y así, cuando Gilbert volviera a ver a Ariah, con una blusa estampada, una rebeca blanca sobre los hombros, el pelo con el elegante recogido francés y sus finos labios pintados en un tono discreto, volvería a admirarla. Volvería a mirarla con temor reverente. (¿No la había mirado con temor reverente en una ocasión? ¿Por un instante? ¿La hija con tendencias musicales del reverendo Thaddeus Littrell, con su aura de patricia de pequeña ciudad?) Él le sonreiría tímidamente, ajustándose las gafas. Parpadearía como si le molestara una luz brillante.
«Te perdono, Ariah. Aunque anoche me diste asco, y yo te di asco a ti.
»No puedo amarte. Pero puedo perdonarte.»
Ariah dejó caer al suelo su camisón de seda de color marfil con tirantes de encaje y corpiño de puntillas, que quedó formando un retorcido montón. Tenía manchas secas. Y manchas tirando a oscuro… No quería mirar. Agradecía el vapor que flotaba en el aire porque le nublaba la visión. Se metió con cuidado en la bañera de patas en forma de garra, que aún no se había llenado del todo. ¡Ay!, el agua quemaba, pero lo soportaría. La bañera era más grande, más incómoda que la vieja bañera de la casa de los Littrell. Un abrevadero para elefantes. Y no tan inmaculadamente limpia como ella creía: los grifos tenían estrechos cercos de orín, había un poco de pelusa y pelillos ondulados flotando en el agua jabonosa.
Ariah se acomodó de mala gana en la bañera. Estaba tan delgada que casi parecía flotar. «No mires. No es necesario.» Su cuerpo amarillento magullado. Senos pequeños duros como peras verdes. Pequeños pezones duros en aquellos senos como capuchones de goma. Se preguntó si Gilbert se habría quedado decepcionado… Su clavícula apretada a la pálida piel, casi traslúcida, salpicada de pecas pálidas. De niña, Ariah se había atrevido a meterse el dedito en el ombligo, preguntándose si eso se consideraba un acto sucio. Como tantos actos asociados al cuerpo femenino.
En la entrepierna, un mechón de aquel pelo de color óxido llamado púbico.
¡Qué embarazoso! Unos años atrás, en una presentación de un recital musical en la escuela, Ariah había tenido un lapsus en la palabra «público» y había dado la impresión de que decía «púbico». Se corrigió enseguida: «Público». Los asistentes eran principalmente padres, parientes y vecinos de sus alumnos, y su rostro enrojeció: cada peca en la constelación de pecas de su cara era una encendida estrella en miniatura.
Por fortuna, Gilbert Erskine no se hallaba entre el público. Podía imaginarle haciendo una mueca, entrecerrando los ojos.
Por amabilidad, nadie había mencionado jamás el desliz de Ariah.
(Aunque en privado la gente debía de haberse reído. Como se habría reído la propia Ariah si otro hubiera cometido semejante error.)
En Troy, Nueva York, al parecer se dejaban de decir muchas cosas. Por tacto, por bondad. Por lástima.
Ariah se examinó una uña de la mano que se le había roto. Se le clavaba en la carne.
¿Un arañazo en el hombro de Gilbert? ¿En su espalda, o…?
«¿Gilbert Erskine no es demasiado joven para ti, Ariah?», no le preguntaron ni una sola vez las primas y amigas de Ariah durante los ocho meses que duró su noviazgo. Ni siquiera con juguetona inocencia se lo preguntó nadie.
Ella se preguntaba si alguien no le diría a Gilbert: «¿Ariah Littrell no es demasiado mayor para ti?».
¡Pero hacían buena pareja! Aparentaban la misma edad, casi siempre. Tenían el mismo temperamento, eran inteligentes, aficionados a los libros, excitables y quizá un poco egotistas, inclinados a la impaciencia, a la exasperación. Inclinados a pensar bien de sí mismos y menos bien de la mayoría de los demás. (Aunque Ariah sabía esconder estos rasgos, como hija sumisa.)
Los respectivos padres habían aprobado de buen grado la pareja.
Era difícil calibrar quién de los cuatro mayores se quedó más aliviado: la señora Littrell o la señora Erskine, el reverendo Littrell o el reverendo Erskine.
En cualquier caso, Ariah se había comprometido justo a tiempo. Veintinueve años era casi el borde del precipicio, el límite del olvido: los treinta. Ariah se burlaba de esta idea convencional y sin embargo los últimos años de la veintena, pasados los veinticinco, cuando todas las chicas que conocía se iban a comprometer, o se casaban, o tenían un hijo, habían sido espantosos, una pesadilla. «Dios mío, envíame a alguien. ¡Te lo ruego!» Había ocasiones, le avergonzaba admitirlo, en que Ariah Littrell, experta pianista, cantante, profesora de música, de buena gana habría cambiado su alma por un anillo de compromiso. Era así de sencillo. El hombre en cuestión era algo secundario.
Y entonces se produjo el milagro: el compromiso.
Y ahora, en junio de 1950, la boda. Igual que Cristo con los panes y los peces, mejor aún, como Cristo resucitando a Lázaro de entre los muertos, el acontecimiento le había parecido a Ariah un milagro. Ya no tendría que seguir siendo Ariah Littrell, la hija del ministro; la muchacha a la que todo el mundo en Troy declaraba admirar. Ahora podría regocijarse con el inocente orgullo de ser la esposa de un ambicioso joven ministro presbiteriano que, con solo veintisiete años, tenía su propia iglesia en Palmyra, Nueva York, 2.100 habitantes.
Ariah tenía ganas de reírse al ver la cara que ponían sus amigas cuando vieron por primera vez el anillo de compromiso. «¡Admite que creías que nunca iba a estar prometida en matrimonio!», tenía ganas de decir en broma, o como acusación. Pero no decía nada, claro. Sus amigas lo habrían negado.
La ceremonia de la boda había transcurrido como en un sueño. Sin duda Ariah no había tomado champán antes del servicio de la iglesia, sin embargo caminaba con paso inestable, se apoyaba en el fuerte brazo de su padre, que acompañaba a su alta y pálida hija pelirroja por el pasillo central, y una luz centelleante la cegó, luces pulsátiles como estrellas maníacas. «Ariah Littrell, juras solemnemente amar, honrar, obedecer, hasta que la muerte…» Nada de champán, por supuesto, pero se había tomado varias aspirinas con Coca-Cola, un remedio casero frecuente. Le aceleraba el corazón y le deshidrataba la boca. Probablemente Gilbert lo desaprobaría. Él estaba a su lado en el altar, más alto, inmóvil y cauto, tratando de no sorber y recitando su parte de la ceremonia con voz grave: «Te tomo, Ariah. Mi legítima esposa». Dos jóvenes temblorosos ante el altar siendo bendecidos como el ganado que está a punto de ser sacrificado por un carnicero corriente. Unidos por el terror y sin embargo extrañamente ajenos el uno al otro.
Lo que le esperaba a Ariah, la prueba física en su noche de bodas y en las noches siguientes, no quería ni pensarlo. Nunca había sido una chica a la que tentaran mucho los pensamientos prohibidos, ni las acciones prohibidas. Aunque se la veía sorprendentemente apasionada cuando interpretaba con estruendo los movimientos tormentosos de las grandes sonatas de piano de Beethoven, o cantando ciertos lieder de Schubert, Ariah era una muchacha rígida y tímida en la mayoría de las reuniones. Se ruborizaba fácilmente, evitaba que la tocaran. Sus ojos de color verde guijarroso relucían de inteligencia y no de calidez. Si había tenido novios ocasionales eran chicos como ella. Chicos como Gilbert Erskine, que eran jóvenes viejos y con tendencia a tener los hombros caídos ya de adolescentes. Por supuesto Ariah se sometía a reconocimientos médicos rutinarios por parte del médico de familia de los Littrell, pero se podía confiar en que el anciano no utilizaría instrumentos ginecológicos de manera extrema y siempre desistía cuando Ariah gemía de dolor e incomodidad, o le daba una patada cuando sentía pánico. Por delicadeza femenina y turbación la señora Littrell evitaba el tema matrimonial, y por supuesto el reverendo Littrell habría preferido morir antes que hablar a su tensa y virginal hija de asuntos íntimos. Dejó esta embarazosa tarea a su esposa y no pensó más en ello.
El baño caliente empezaba a marear a Ariah. O semejantes pensamientos la empezaban a marear. Vio que su pecho izquierdo flotaba en el agua, un poco ocre, como en sombras. Él se lo había estrujado, pellizcado. Suponía que tenía moretones en la parte inferior del vientre y en los muslos. Entre sus piernas irritadas tenía menos sensibilidad, como si aquella parte de su cuerpo se le hubiera quedado dormida.
¡Aquel grito de murciélago! Su rostro de muchacho sonrojado contraído como el rostro de Boris Karloff en Frankenstein.
No había dicho: «Te quiero, Ariah». No había mentido.
Tampoco ella había susurrado: «Te quiero, Gilbert», como había ensayado, cuando yacía en sus brazos. Sabía que estas palabras le ofenderían en semejante momento.
Recostada en la bañera, mientras el agua perdía su humeante calor y empezaba a hacer espuma, Ariah se echó a llorar en silencio. Las lágrimas le escocían los ojos, que ya le dolían, y le resbalaban por las mejillas hasta caer en el agua del baño. Se había imaginado que, mientras se bañaba, oiría que se abría y se cerraba la puerta de fuera, y la voz animada de Gilbert:
—¿Ariah? ¡Buenos días!
Pero no había oído que se abriera ni cerrara la puerta. No había oído la voz animada de Gilbert.
Pensó que, mucho antes de conocer a Gilbert Erskine, mientras iba aún al instituto, se había encerrado en el cuarto de baño de casa y se había examinado con un espejito después de bañarse. ¡Oh, había estado a punto de desmayarse! Era tan horrible como donar sangre. Había visto, entre sus delgados muslos, en el interior del húmedo y rizado mechón de vello púbico, una curiosa pequeña protuberancia como una lengua, o uno de esos viscosos órganos que sacas con cuidado de un pollo antes de asarlo; y se quedó mirando con espantada fascinación un agujerito en la base de esta protuberancia, más pequeño que su ombligo. ¿Cómo diablos podía caber en un espacio tan diminuto la cosa de un hombre? Peor aún, ¿cómo podía salir un bebé por un espacio tan pequeño?
Esa revelación había dejado a Ariah debilitada por el terror, el miedo y la repulsión durante horas. Tal vez aún no se había recuperado.
4
Allí estaba. La nota. Tan llamativa. Como un grito. Apoyada en el espejo del tocador. Ariah jamás comprendería cómo, o por qué, no se había fijado antes.
Escritas en el papel de color rosa del hotel, con una letra garabateada con prisas que a Ariah le habría costado identificar como la de Gilbert, estaban estas palabras:
Ariah, lo siento… no puedo…
He intentado quererte
Me marcho a donde mi orgullo debe llevarme
Sé… que no puedes perdonarme
Dios no me perdonará
Con esto nos libero a los dos de nuestro juramento.
Sobre la alfombra había una pluma de plata con un monograma grabado. Debió de dejarla con descuido y se cayó al suelo.
Durante mucho rato (¿cinco minutos?, ¿diez?) Ariah permaneció paralizada, con la nota en su temblorosa mano. La mente se le había quedado en blanco. Al fin prorrumpió en llanto, fuertes y roncos sollozos que le sacudían todo el cuerpo.
Como si, después de todo, le hubiera amado.
El buscador de fósiles
¡Corre, corre! Corre por tu vida.
Por fin amaneció. Toda la noche el estruendoso río le había estado llamando. Toda la noche, mientras rezaba para reunir fuerzas para lo que debía hacer, el río le había estado llamando. «¡Ven! Aquí hay paz.» Siglos atrás los tuscaroras lo llamaron el río del Trueno. Las cataratas del Trueno. Los indios ongiara lo llamaban Agua Hambrienta. Devoraba al incauto, y los sacrificios. Aquellos que se arrojaban a sus borboteantes aguas para ser arrastrados al olvido y a la paz. Cuántas almas torturadas repudiadas por Dios habían hallado paz en esas aguas, cuántas habían sido destruidas y devueltas a Dios, no podía saberlo. Seguramente había habido centenares como él, quizá miles. Desde el principio de la historia escrita en esta parte de Norteamérica, en el siglo XVI. Muchos de ellos eran paganos, pero Jesús tendría piedad de ellos. Jesús tendría piedad de él. Jesús le concedería el perdón, como a Él en su cruz se lo habrían concedido si lo hubiera deseado. Pero Él no había precisado semejante consuelo, pues era el hijo de Dios y había nacido sin pecado y sin la capacidad o el ansia de pecado. Él jamás había tocado a mujer alguna, jamás había gritado en extática entrega al tosco roce de una mujer.
Amanecía, había llegado el momento. Había vivido demasiado. ¡Veintisiete años y tres meses! Decían que era joven, le consideraban un prodigio, pero él sabía que no lo era. Había vivido un día y una noche de más. «¿Tomas a esta mujer como a tu legítima esposa? Hasta que la muerte os separe», y por eso no podía soportar una hora más. Salió con sigilo de la cama. Apartó con cuidado la ropa de la cama que olía a los cuerpos de ambos. Mientras la mujer que era la señora Erskine, la legítima esposa, dormía profundamente, de espaldas como si se hubiera caído de una gran altura, inconsciente, sin pensar, con las manos hacia arriba en señal de asombro, la boca abierta como un pez y respirando de un modo idiota con un ronquido húmedo que le irritaba, le hacía desear rodearle el cuello con los dedos y apretar. ¡Corre, corre! No mires atrás. Recogió su ropa, sus zapatos, salió de puntillas al salón donde una pálida y fría luz en la ventana dejaba ver la habitación decorada de color rosa de un modo recargado. «La suite nupcial, un paraíso para dos. Lujo e intimidad. ¡Un idilio que jamás olvidará!» Se abrochó con torpeza, mascullando para sí mientras se vestía apresuradamente, se ponía los zapatos a la fuerza y salía a toda prisa.
¡Corre, corre! Por tu vida.
Estaba demasiado inquieto para esperar el ascensor y bajó por la escalera de incendios. Cinco pisos. Según el reloj Bulova (regalo de sus orgullosos padres cuando se había graduado como el primero de la clase en el Seminario Teológico de Albany) que no había olvidado ponerse en la muñeca, pues G era persona que observaba ciertos rituales rutinarios aun en la exaltada hora final de su vida, eran poco más de las seis de la madrugada. El vestíbulo del hotel estaba casi vacío. Había algunos miembros del personal uniformados que no se fijaron mucho en él. Fuera, el aire era frío y muy húmedo. Junio, el mes de las novias. Junio, la estación del amor joven. Junio, una burla. Si según el reloj de G debería ser el amanecer, según el cielo real sobre la garganta del Niágara era una hora sin tiempo, envuelta en la neblina, reluciendo hoscamente como el fondo de una olla frotada con estropajo y oliendo principalmente a algo sulfuroso, metálico. «¡Niagara Falls! La capital mundial de la luna de miel!» Lo había sabido desde el principio, tal vez. Nunca se había engañado en realidad. Le presentaron a la mujer pelirroja, ansioso G por establecerse gracias a su influyente padre el reverendo Thaddeus Littrell de Troy, Nueva York. Le presentaron a la mujer pelirroja, cuyos labios rojos se ondularon formando una sonrisa vacilante y esperanzada mientras sus ojos verdes le miraban fijamente, brillantes e inflexibles como el cristal. Y había pensado, en su locura, vanidad y desesperación: «¡Una hermana! Una como yo».
Caminaba deprisa. Los pies desnudos con zapatos de vestir, que le rozaban en los talones. Había sido un error no ponerse calcetines, pero no había tenido tiempo. Tenía que llegar al río, tenía que llegar allí. Como si solo allí pudiera respirar. Las anchas aceras de Prospect Street estaban llenas de charcos de un chaparrón reciente. La calle empedrada relucía. Bajó a la calzada y un traqueteante tranvía apareció de la nada y se abalanzó hacia él e hizo sonar una estridente bocina; él escondió la cara para que nadie pudiera reconocerle después de verle en los periódicos locales. Porque sabía que la vergüenza y desesperación de su acto le sobrevivirían, y su valor quedaría oscurecido, pero no le importaba porque era el momento, Dios jamás le perdonaría, pero Dios le concedería la libertad. Esa era la promesa de las cataratas. Durante toda la noche oyó su rugido ahogado y ahora al aire libre lo oía con más claridad, y sentía vibrar la tierra misma bajo sus pies con su poder. «¡Ven! Solo aquí hay paz.»
Qué orgullo, qué fervor
