Historias del Kronen

José Ángel Mañas
José Ángel Mañas

Fragmento

0001_0000

1

Me jode ir al Kronen los sábados por la tarde porque está siempre hasta el culo de gente. No hay ni una puta mesa libre y hace un calor insoportable. Manolo, que está currando en la barra, suda como un cerdo. Tiene las pupilas dilatadas y nos da la mano, al vernos.

—Qué pasa, chavales. ¿Habéis visto el partido, troncos? —pregunta.

—Una puta mierda de equipo. Del uno al once, son todos una mierda —dice Roberto.

—Me han jodido el baño en Cibeles, tronco. Si esto sigue así, acabaré haciéndome del Atleti. A ver, ¿qué queréis?

Pillamos un mini y unas bravas.

Roberto echa una ojeada a nuestro alrededor para ver si Pedro ha llegado. Luego, mira su reloj y dice: joder con el Pedro, desde que tiene novia pasa de todo el mundo.

—¿Hemos quedado con alguien más? —pregunto.

—Sí. Con Fierro, Raúl y con Yoni.

—¿Quién es Yoni?

—Un amigo de Raúl. Un tío guay, nada que ver con el pesado de Raúl. Allí en Marbella, en Semana Santa, nos lo pasamos de puta madre con él.

Hay una mesa que se ha quedado libre y le digo a Roberto que la pille, rápido, antes de que nos la quiten.

—Joder. Ten cuidado, que casi me tiras el litro.

Nos sentamos.

Pedro llega un poco después.

—Bueno, ¿dónde está tu novia? —pregunto.

—Nada. Silvia hoy no sale.

A Pedro no le mola nada hablar conmigo de su cerda. Está muy enamorado y no le gusta que me ría de él. Por eso cambia de tema enseguida.

—¿Habéis visto al mariconazo de Míchel cómo ha fallado el penalti? Si es que estaba tan acojonado que ni ha levantado la vista. Qué malo es el hijoputa —dice.

—Sí que lo hemos visto. Mientras te esperábamos.

—Ya. Lo siento. Es que estaba con Silvia y no me daba tiempo a llegar a tu casa. Me hubiera perdido medio partido por el camino.

En la mesa de enfrente hay una cerda con una camiseta sin mangas que me está mirando.

—Tú, atontado. Déjame salir, que voy a mear.

Aparto mi silla y dejo salir a Roberto.

Quedamos Pedro y yo solos.

—Carlos, coño, tenemos que hacer algo con Roberto.

—¿Qué le pasa?

—Es la movida de las tías, ya sabes.

—¿Qué pasa con las tías?

—Pues que no puede seguir así. Si no le echamos una mano, es tan tímido que no va a conseguir salir nunca con una piba. Tú lo sabes bien, eres su mejor amigo.

—¿Y a ti qué te importa si sale o no sale con tías? Déjale en paz. Es un problema suyo, no tuyo. El día que Roberto quiera tener una cerda, la tendrá.

—No sé. A mí me preocupa.

—Bah. No le des más vueltas. Roberto es como es y punto. Además, calla, que aquí viene.

Roberto llega, empujando gente, y se sienta. Mientras aparto mi silla para que pueda pasar noto una mano pesada que se apoya en mi hombro.

—Qué pasa, Carlos.

No puedo evitar hacer un movimiento brusco para quitarme la mano de encima.

—Hombre, no te pongas así, que tampoco es para tanto.

—Mira, Raúl, sabes perfectamente que me jode que te apoyes en mi hombro.

—Bueno, bueno, tranquilo, chaval.

Raúl y Fierro dicen que han quedado con Yoni más tarde, en Graf. Yo y Roberto protestamos inmediatamente y dejamos bien claro que nosotros pasamos de ir a Graf. Luego nos ponemos a hablar del partido y Raúl empieza a decir tonterías. Si es que ahí estaban los Boixos Nois, qué hijos de puta, apoyando al Atlético. Lo único que les importa es que pierda el Madrid. No hay más que rencor, y en toda España están igual. En todos lados pasa lo mismo: en el País Vasco, en Cataluña. En Canarias nos llaman godos, en Asturias te tachan Oviedo para escribir Ovieu; hasta una andaluza me dijo el otro día que era la tiranía de Madrid lo que empobrecía Andalucía. Estamos en una situación de preguerra civil. Aquí va a pasar como en Yugoslavia y en Rusia... Roberto finge bostezar y le dice a Raúl que deje de echarnos la charla. Los demás reímos y yo pregunto si alguien quiere beber algo.

—Yo no puedo beber, ya lo sabes.

—Joder, Fierro, eres de lo más antisocial. Tómate al menos una cerveza.

—Que no puedo, de verdad.

—Venga, solo una cerveza. Seguro que una cerveza no te hace nada.

—Pero déjale al chaval, que no puede beber, que se lo prohíbe el médico.

—Bah, los médicos no saben nada. ¿Tú, Roberto?

—Yo, un Jotabé con Cocacola.

—¿Y tú, Raúl?

—Un zumo de tomate.

—¿Solo un zumo de tomate?

—Sí, nada más.

—¿Tú también eres diabético?

—No, pero no me gusta beber.

—Si bebieras más y pensaras menos, no dirías tantas bobadas.

—Ja, ja, ja. Muy gracioso, Carlos, muy gracioso. No os riais, que a mí no me hace ninguna gracia. Siempre os estáis metiendo conmigo.

En la barra, el dueño del bar, que es un viejo con pelo blanco, toca la campanilla. Son las doce.

—Habrá que ir pensando en moverse. Voy a darle un toque a este, a ver si viene. —Roberto se acerca a la barra para hablar con Manolo.

Los demás nos levantamos y vamos saliendo.

Roberto se nos incorpora un poco más tarde.

—¿Qué te ha dicho? —le pregunto.

—Que viene, que le esperemos diez minutos mientras se cambia.

—¿Tiene coca?

—No sé, no le he preguntado todavía.

—¿Costo?

—Que no sé. Ya te he dicho que no le he preguntado. No te pongas pesado, Carlos.

Fuera, Fierro y Raúl, que han quedado con Yoni en Graf, se abren en un Doscientoscinco blanco, una mierda de coche. Fierro baja la ventanilla y dice adiós con la mano.

—No deberías pasarte tanto con Fierro y con Raúl —dice Roberto.

—Pero si no les he dicho nada, ¿de qué vas?

—No te digo hoy, te digo en general.

—Bah, Roberto, no seas blando.

Manolo sale del Kronen gritando que nos vayamos ya. Va vestido con pantalones apretados y calcetines blancos, muy maki.

—Bueno, troncos. Vamos de marcha, ¿no? —dice.

Yendo hacia el coche de Roberto, nos encontramos con Nani y Sofi, unas amigas de la facultad. Sofi lleva una minifalda negra y un bodi que hace que sus tetas parezcan más grandes de lo que son en realidad. Tiene un cuerpo bonito, pero es tonta del culo.

Además, tiene las piernas zambas.

—Ay, Carlos, no me llames Sofi, que sabes que no me gusta —dice. Luego se pone seria y se mira las piernas muy preocupada—. ¿Qué quiere decir zambas? —pregunta.

—Que están en equis —explica Manolo.

—No les hagas caso, que solo quieren meterse contigo —dice Pedro.

Sofi sonríe aliviada, pero seguro que durante las próximas semanas tendrá un complejo horrible sobre sus piernas.

—Qué malo eres, Carlos —dice, y luego añade—: ¿Queréis que quedemos más tarde en el Siroco?

—¿Dónde está eso? —pregunta Manolo.

—Al final de la calle San Bernardo. Tú lo sabes, ¿no, Roberto? Es la cuarta a la derecha desde los Yinkases. Hemos quedado allí con Raúl y estos.

—Que sí, Sofi. Nosotros también hemos quedado allí.

—Pues nos vemos como a la una. Y no me llaméis Sofi, por favor.

La voz de Sofi es demasiado aguda y hace daño al oído.

—Venga, vámonos ya —dice Manolo.

Sofi y Nani se despiden y nosotros nos metemos en el Golf de Roberto.

Dentro del coche, Manolo saca una papelina.

—Nos hacemos un nevadito, ¿no? Para empezar bien la noche —dice.

Yo le digo que quiero pillar un par de gramos.

—Antes del fin de semana los tienes, chaval. Me tienes que avisar con un poquito de antelación, tronco.

Manolo guarda la navaja con la que ha cortado la coca y lía el nevadito en la funda de un cigarrillo. Cuando termina, lo enciende.

Roberto baja por Goya hasta Colón, cruza la Castellana, sube hacia Bilbao, se desvía a la izquierda en la glorieta de Santa Bárbara, sigue por Mejía Lequerica, se mete por Barceló y aparca enfrente de Pachá.

La música que suena en el coche es Metálica y todos berreamos a coro las letras mientras Manolo pone unas rayas.

—Vamos a Malasaña, ¿eh, Roberto?

—No, que Pedro ha quedado con unos de su clase en Bilbao.

—Qué coñazo, tronco. ¿Dónde has quedado, Pedro?

—En Riau-Riau.

Un poco más tarde, Pedro entra en Riau-Riau.

Los demás esperamos fuera. Al cabo de un rato Pedro sale y dice:

—No, no están. Han debido de irse ya.

—¿A qué hora habías quedado?

—Hace una hora.

—Pues nada, se habrán ido. ¿Qué hacemos? ¿Nos quedamos aquí o vamos a otro garito?

—Vamos al Barflais, ¿no, troncos?

—¿Te parece que vayamos al Barflais, Pedro?

—Sí, venga, vamos.

Por el camino, Roberto señala con el dedo a un tipo con pelo largo y bigote, que está apoyado en un coche, rodeado de gente.

—Ese es el cómico Pedro Reyes, ¿no le habéis visto? Es Pedro Reyes, os lo prometo. Teníamos que habernos parado a pedirle un autógrafo.

—Pues es verdad que es él —dice Manolo.

El Barflais es un local oscuro donde la gente baila a ritmo de mákina: la música es ensordecedora y el color blanco reluce en la oscuridad.

Pido cuatro güisquis con Cocacola en la barra.

—¿Qué güisqui? —pregunta la camarera.

—Jotabé.

Poco después les llevo las copas a los otros y voy al baño. Un tío que sale, pasándose el dedo por la nariz, me mantiene abierta la puerta. Yo entro, echo un meo y suspiro aliviado. Al salir, ojeo el local y compruebo que no hay ninguna cerda que merezca la pena.

Bailamos.

—OYE, CARLOS, ¿QUÉ TAL ESTÁS?

Me doy la vuelta y me encuentro con Elena. Sonrío, a pesar de que no me hace mucha ilusión verla.

—¡CUÁNTO TIEMPO SIN VERTE! ¿CÓMO ESTÁS? ¿QUÉ HACES AQUÍ?

Le doy dos besos y le digo que qué tal.

—¿QUÉ?

—QUE QUÉ TAL ESTÁS.

—AY, NO GRITES ASÍ...

—NO ME ESCUPAS AL OÍDO.

—¿QUÉ?

—NADA.

—PUES ESTOY AQUÍ CON UNA GENTE DE MI CLASE, DE LA FACULTAD, YA SABES. PERO OYE, NO SABÍA QUE ESTUVIERAS EN MADRID. HACE CASI UN AÑO QUE NO TE VEO. DESDE SANTANDER... YA LO SÉ, YA. HACE POCO ESTUVE CON ÉL Y SIGUE COMO SIEMPRE, COMPLETAMENTE PASIVO. HAY QUE HACERLE TODO, TODOS LOS CHISTES, TODAS LAS GRACIAS PARA QUE SE ANIME Y YO, MÁS DE UNA SEMANA, ME HARTO...

Elena está algo borracha y yo tengo el pulso acelerado por la coca. Hablamos los dos al mismo tiempo. Yo apenas oigo lo que me dice porque la música está altísima. Detrás de ella, un par de seudopijos de facultad con camisas a rayas nos miran. Tienen cara de hambre.

—¿QUIÉNES SON ESOS?

—¿QUIÉNES?

—ESOS.

—DE MI CLASE.

—¿QUÉ?

Alguien me toca el hombro. Me doy la vuelta y Roberto me pasa otra copa.

—QUE YA VAMOS POR EL SEGUNDO —dice.

Elena tiene una cara bonita pero ha engordado desde la última vez que la vi. Es una pena porque me dan asco las gordas.

Le cuento algo sobre cómo ha perdido el Madrid y ella se ríe. Dice: SÍ, YA ME CONTARON TU MOVIDA EN SANTANDER, y me pregunta por el tío que me dio de hostias el verano pasado.

—UN HIJO DE PUTA GORDO Y FEO, HIJO DE MILITAR. SI ESTABA YO CON JULIÁN EN...

—¿CON JULIÁN EL VASCO?

—SÍ, CON JULIÁN. ENTONCES ESE TIPO ME AGARRA DEL BRAZO Y ME DICE QUE SALGA CON ÉL...

—HABÍA VISTO MUCHAS PELÍCULAS.

—... Y ME DICE QUE SI DE VERDAD PIENSO QUE LA MILI ES UNA CACA...

—VAMOS, PERO A QUIÉN SE LE OCURRE IR CON UNA CAMISETA DE MILIKAKA EN UN SITIO DE FACHAS...

—BUENO, PUES JULIÁN Y YO LE DECIMOS QUE SÍ Y EL TÍO QUE AGARRA Y DICE: PUES TÚ Y YO NOS TENEMOS QUE PEGAR, Y COGE Y LE DA UN CABEZAZO A JULIÁN. Y YO QUE ME ENCUENTRO CON ESTE MONSTRUO GORDO Y PELUDO, CON LOS PUÑOS CERRADOS, QUE ME MIRA ENSEÑANDO LOS DIENTES Y QUE ME INTENTA DAR UN CABEZAZO A MÍ TAMBIÉN...

—¡QUÉ CABRONAZO!

—EN FIN, QUE AL FINAL SOY YO QUIEN LE DA UN PUÑETAZO Y EL HIJOPUTA DEL GORDO, CARAPOLLA CREO QUE SE LLAMABA, UN GOMINOLO ASQUEROSO CON EL PELO LLENO DE LEFA...

—YO ESTE AÑO ME VOY A IR A SAN SEBASTIÁN...

—PUES EL TÍO COGE Y SE CAE Y QUEDA MEDIO INCONSCIENTE, Y ENTONCES...

Roberto me trae otro güisqui.

—BEBE MÁS Y HABLA MENOS —dice.

Elena sonríe mientras le cuento cómo me arrastraron por el suelo, pegándome patadas, cómo uno quiso atizarme con una sombrilla y cómo el gordo, que se había levantado una vez que todo había pasado, atravesó la calle corriendo hacia donde estaba yo sentado en el bordillo de la acera, y me dio una patada en la cara que casi me salta un ojo.

Elena me dice algo.

—¿QUÉ?

—QUE SI NOS SENTAMOS ALLÍ, QUE ESTAREMOS MÁS TRANQUILOS.

—SÍ, VEN QUE TE PRESENTE A MIS AMIGOS.

Me acerco con ella hasta donde están los otros apoyados en la barra. Hay una nueva ronda de güisquis esperando.

—A ESTA RONDA NOS HA INVITADO LA CAMARERA, QUE ES MUY MAJA —dice Roberto—. BEBE MÁS APRISA.

Yo les presento a Elena, que les da a todos dos besos.

Unos minutos más tarde, los otros salen, obligándome a beberme la copa de un trago. Yo me despido de Elena y no puedo evitar darle un buen lengüetazo antes de irme. Fuera, Roberto me pregunta quién era esa y yo le digo que nadie, un mal polvo.

En el coche, Manolo corta unas rayas con su navaja y yo me hago un porro.

—Venga, vamos al Dos de Mayo —dice Roberto.

Bajamos por la cuesta de La Vía Láctea hasta la plaza del Dos de Mayo. Miro el reloj: son las dos y veinte. Dos yonquis nos ofrecen costo, costo muy rico, jaco, jaco, chocolate.

La plaza está bien iluminada. Hay terrazas y los niños juegan al fútbol alrededor de las estatuas de Velarde y Daoíz. Pasado el chiringuito de los yonquis, nos sentamos en un banco y Manolo empieza a rular.

—Vamos a movernos, ¿no? Son casi las tres. No nos vamos a quedar aquí pasmados.

—Deja que rule un mai, ¿no?, que acabamos de sentarnos.

—Hey, que hemos quedado con estos en el Siroco. ¿Cómo hacemos?

—Yo creo que, ya que se lo hemos dicho, deberíamos ir.

—Bah, Pedro, siempre estás igual. Desde que vas con esa cerda, te has vuelto insoportablemente responsable.

—No llames cerda a mi novia, Carlos. Se llama Silvia.

—Bah, Silvia o no Silvia, es una cerda como todas.

—No lo digas otra vez, que me puedo cabrear.

—Hala, tranquilos los dos. Yo, si os digo la verdad, tronco, no me hace nada el rollo de la Sofía, el Raúl y compañía...

—Yo estoy con Manolo. Venga, votaciones. ¿Quién quiere ir al Siroco? Pedro, sí; yo y Manolo, no... Tú, Roberto, ¿qué decides?

—A mí me es igual.

—Pues ya está. Decidido. Vamos al Jaque Mate, que está más cerca... Pásame el mechero, que esto no tira.

—Venga, vamos.

Nos levantamos.

Según nos vamos, vemos un mocoso que viene corriendo detrás de una pelota. ¡Aquí!, ¡aquí! Le doy una patada al balón, mandándolo a tomar por culo. El enano grita: ¡gilipollas!, y me saca la lengua.

Roberto y Manolo se ríen.

—Venga, tronco, vamos.

El Jaque Mate está cerrado porque el edificio entero está en obras, lleno de andamios que cubren toda la fachada.

Parados delante de la puerta, Roberto se cruza de brazos y yo chasqueo la lengua.

—¿Qué hacemos? —pregunto.

—Podemos ir al Siroco —dice Pedro, pero yo comienzo a subir por los andamios y grito:

—¡Seguidme!, ¡a que no hay cojones!

Roberto y Manolo me siguen. Pedro se queda abajo.

Llegamos sin mucha

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos