Han cantado bingo

Lana Corujo
Lana Corujo

Fragmento

papas crías12

papas crías12

Papá y mamá nos dan el culito de refresco que dejan en el fondo de la botella cada vez que se sirven sus bebidas. El siguiente es mío, Aleja está enfadada porque soy más rápida que ella. Muchas noches venimos al BAR con papá y mamá, que nos dan dos moneditas para que podamos usar los ordenadores. Esta noche aún no he gastado la mía, así que me siento y la meto por la ranura. La pantalla pasa de estar bloqueada a mostrarme el icono del tiempo que tengo disponible. Cincuenta minutos. Aleja arrastra una silla para ponerse a mi lado. ¿Jugamos juntas al juego de las habitaciones?, me dice acercando su cabeza hacia la pantalla. Jugamos a lo mismo cada vez: estamos encerradas en un cuarto y tenemos que encontrar la llave para poder escapar. Nunca damos con ella y lo único que descubrimos son objetos que nos cagan de susto. El miedo es nuestra golosina. Sin embargo, esta noche le niego el juego. Me meto en páginas aburridas para molestarla y conseguir que se vaya de mi lado, pero me mira sonriente y dulce. Vuelve como un yoyó. Como un perrito de la calle.

La cara de mi madre se refleja en la pantalla del ordenador. {¿Cómo están las niñas?} Ninguna contesta. Su voz es lenta. Pienso en las bebidas doradas y pesadas que hacen que la lengua le pierda movimiento. Arrastra una silla hacia nosotras y siento mi cuerpo como una vara de hierro. Aleja y yo apenas hablamos con nuestros padres dentro del BAR. Mi madre apoya el cubata al lado del ratón y me lo quita de las manos. Cuando me caen gotitas sobre el brazo, las chupo con la boca. {Le voy a abrir una cuenta de email a Alejandra} Sin preguntar, me roba el tiempo que me queda. Dos noches antes creó la mía. Yo estaba quietita a su lado, no me atrevía a corregir sus pasos torpes y confusos. Dejaba que se perdiera por la pantalla mientras yo miraba la cuenta atrás. Puso mis iniciales y mi año de nacimiento para el nombre de mi nuevo correo electrónico. Un nombre que no podía pronunciar al no tener vocales. No me gustaba, pero tampoco me atreví a decírselo. Las dos permanecimos delante de mi nueva bandeja de entrada, vacía de cualquier mensaje. Lo celebró dándome un beso pringoso en la frente y, cuando volvió con papá, me sentí de nuevo aliviada. Me quedaban dos minutos y no tenía a nadie a quien escribir.

Acaba de crear la cuenta de Aleja, la bandeja de entrada limpia frente a nosotras. Mi madre había escrito su nombre del revés: ardnajela. El hielo se derrite y choca en el vaso de mi madre, siendo lo único que rompe el silencio entre las tres. Mi madre enseña a mi hermana a mandar un correo y ardnajela me elige a mí como destinataria, no mires lo que te voy a poner.

Al ir junto a papá, le miro cansada de estar aquí, {ya he pedido la cuenta}, pero él me miente porque el camarero sirve otra ronda. Agarro la botella de cristal y me la llevo a la boca. Aleja me mira contenta desde los ordenadores, ¿te metes en tu email y miras lo que te envié? Le robo su buchito como ella roba mi tiempo. Mi enfado se ha convertido en algo difícil de domesticar.

Cuando se acaban los cincuenta minutos de ordenador y los buches de refresco, nos arrejuntamos en la parte de atrás del coche con los estómagos llenos de azúcar. Mi padre lo aparca delante del BAR para vernos desde la terraza. Aleja no tarda en dormirse: se echa, aprieta su lomo contra el mío y en poco tiempo su respiración es de terciopelo. A mí me cuesta porque me gusta escuchar el ruido del Mundo Adulto dentro del BAR. Los miro desde mi madriguera, que es el coche. Me resulta difícil entenderles a todos. A ellos, por ser grandes, y a mi hermana, por chinija. Soy una ruindad que no tiene hueco en ninguno de los dos lados. Pienso en el espacio que existe entre la luz y lo oscuro. Ahí estoy yo. Pero apenas nadie se da cuenta.

Papá toca la puerta del cuarto y deduzco que estoy en mi cama. Nos avisa de la hora para no llegar tarde al cole. Él vuelve a su habitación cuando me aparto las sábanas de encima y Aleja se queja del sueño. Noto mis pies pesados, aún tenemos los zapatos puestos.

una silla es una silla y mil cosas más22

Mi madre apenas se deshace de las cosas, encuentra tranquilidad en tenerlo todo cerca, perfectamente categorizado. Camino por la casa intentando no hacer ruido para que no despierte. Duerme durante el día y por la noche cambia los muebles de sitio o hace cantidades de comida que luego hay que tirar. Me llama desde su cuarto. {¿No ibas a ver a Abuela?} Sí, pero perdí la guagua y la siguiente no pasa hasta las cinco. Recuerdo la única vez que fui ca­minando entre los dos pueblos. Era de noche y yo me guiaba por el miedo. No recuerdo cuánto tardé, solo avanzaba sujetándome el corazón con las manos. Me mira desde la cama y me pide un abrazo. El contacto físico con ella siempre me ha dado calambre, pero soy incapaz de negárselo. Así que la abrazo y noto cómo me aprieta contra su cuerpo. El pelo le huele a tabaco y a cerveza. {Levántame en una horita y te hago de comer} Me suelta para volver a quedarse dormida. Cuando voy hacia nuestro cuarto, paso por delante del muro de pladur y la puerta de aluminio que hace años dividió la casa en dos. Al otro lado está papá; en este, mamá. A mí me tienen en las dos partes, una que está vacía y la otra, llena. Una que cree y la otra que no. Yo, traspasando la frontera según lo necesiten. Me tumbo en la litera de abajo y miro las tablas de arriba, donde dormía Aleja.

Me giro. La cama está blandita, hecha con sábanas de dibujos.

Miro la sillita de plástico que usábamos cuando éramos pequeñas. Me encanta esa silla y en todo lo que la convertíamos.

Nos sentábamos en ella cuando queríamos leer.

O pintar.

O jugar en la mesa.

La usábamos de escenario.

De apoyo para ir más arriba.

Era la colina de nuestra casa de muñecas.

Si le poníamos una toalla azul, entonces era una cascada.

Un túnel para los coches.

Una mesa para la lamparita cuando una quería dormir y la otra no.

Un caballo.

Un perro.

Una isla.

Una frontera,

que apoyábamos contra la puerta cuando ellos bebían.

Les impedíamos la entrada por unos segundos. Hasta que conseguían entrar y la arrastraban (a veces la tiraban) y nos hablaban con su voz transformada en algo lento y perdido y frustrante y doloroso. Nos dejaban, en un beso, el pringue del ron con refresco. Cuando se iban y apagaban la luz, en esa parte de oscuridad, Aleja y yo continuábamos fingiendo que dormíamos. A mí las noches siempre me costaron. El sueño tardaba tanto en llegarme que podía ver cómo los monstruos se aparecían. Entonces yo sabía que me miraban con pena y movían la silla para que al día siguiente pudiésemos volver a jugar con ella.

La pantalla del móvil brilla y leo el mensaje que me ha llegado. {Acabo de comprar los billetes. ¡En dos semanas te veo!} Siento el error como una cobija de pelo grueso tocándome cada parte del cuerpo.

érase una fiesta10

¿Te puedo contar un secreto? Estamos construyendo una ciudad entera en la habitación. Vamos por la comisaría. ¿Cuál? No me gusta mi nombre. Miro a Aleja y pienso cómo la llamaría si esas cosas se pudieran cambiar. Pues te llamaré Gusanito. Ella se molesta. Me dice que eso no es un nombre, que ella prefiere otro, Pedro, por ejemplo. Sin embargo, en mí no hay ninguna burla. Me gusta como suena. Gu-sa-ni-to. Algo bobo y lindo. Como ella. Nos quedamos en silencio, sé que a Aleja no le gusta mi respuesta. Bueno, pues el que tú digas. Aleja mira hacia la pequeña tele que tenemos en nuestro cuarto. No tiene antena y solo podemos ver los discos que ponemos en la consola. Roberto habla de que no quiere una fiesta en su piso. Pero Lucía la hará igualmente. Nos lo sabemos de memoria porque lo vemos en bucle cada noche que nos toca estar solas en casa porque no queremos ir al BAR. Vemos siempre lo mismo, hay una especie de gusto en adelantar lo que va a pasar antes de que ocurra. No hay sorpresas. No hay hueco para lo que no esperamos. Todo se repite de la misma forma y eso, de alguna manera, desplaza lo terrible. Oye. Aleja vuelve a mirarme. ¿Tú piensas que puedes conocerlo todo todo todo todo de alguien? ¿El cien por cien? No. ¿Por qué? Pues porque… no sé. Hay cosas que vamos a hacer o pensar y los demás no lo sabrán nunca. Y si alguien no lo conoce todo todo de ti, nunca llegará a completar el cien por cien. ¿Y crees que eso es malo? Hum… malo no, imposible. No podría estar todo el rato enseñando lo que hago o contando lo que pienso. Podrían dejar de quererme. Papá y mamá podrían descubrir que me enfadan. Su cara es triste. Yo pienso que tú y yo sí que nos llegaremos a conocer al cien por cien. ¿Por qué? Porque somos hermanas, pasamos todo el tiempo juntas. Estamos hablando todo el tiempo. Ya, pero ¿no hay cosas que te guardas? No sé, antes de dormirte, ¿no piensas en… cosas malas? ¿Como cuáles? No sé. Por ejemplo, si papá y mamá de verdad nos quieren. En cosas. Yo no te guardo nada. Quiero que tú me conozcas al cien por cien. Vale. Bueno.

las extranjeras22

{Mira qué cosa más chiquitita} Abuela me enseña las braguitas del bañador de Alejandra. Azul con rayas rojas. Ese era su favorito. {¡AY, DIOS MÍO!} Abuela levanta la voz. {¡QUÉ LE HICIMOS ESTA FAMILIA A ESTA TIERRA PARA HEREDAR SEMEJANTE DESGRACIA!}

las extranjeras12

Las encías me sangran. Llevo días con el sentimiento de que mi cuerpo está haciendo el mejor esfuerzo por mantenerse en su sitio. Me romperé y el dolor me empezará por la boca, y se me caerán los dientes. La luz del mediodía hace que escuezan los ojos y las dos estamos tendidas en el sillón. Paseo mi lengua por las encías recogiendo la sangre. {Sálganse más que sea un rato. Están todo el día aquí metidas como corujas} Abuela, ¿vienes con nosotras a bañarnos? {A mí la mar no me gusta} ¿Por qué? {Porque no} Abuela le peina las coletas deshechas a Aleja. Abuela. {Qué} ¿Tú sabes nadar? {No} ¿Por eso no vas? Abuela pasa por alto sus preguntas ¿Y si yo te enseño? {Que no} Aleja suspira. {Tú le tienes miedo a ir a la cocina sola y yo le tengo miedo al mar} Aleja brinca de la sorpresa y el gusto. Le encanta cuando los adultos le confían sus secretos.

Cuando salimos a la calle, nos protegemos de la luz con las manos. Cargamos con las toallas y un tarrito de cristal donde Aleja guarda todo lo que encuentra y considera valioso: tornillos, piedras, botones, trozos de juguetes, conchas. Su bañador, de rayas; el mío, naranja fosforito. El suelo quema por debajo de las cholas, pero nosotras caminamos por el litoral hasta salirnos del pueblo de Abuela. Aleja y yo nos llevam

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