La buena terrorista

Doris Lessing

Fragmento

La casa se levantaba algo apartada de la ruidosa calle principal sobre lo que parecía un montón de desechos. Una casa grande. Sólida. Negras tejas caídas flanqueaban el canalón y un pájaro se introdujo volando por un agujero junto a la base de una gruesa chimenea, arrastrando una hoja de hierba varias veces más larga que él.

—Yo diría mil novecientos diez —declaró Alice—, fíjate qué gruesas son las paredes. —Esto podía apreciarse a través de los cristales rotos de la ventana del segundo piso, justo encima de sus cabezas.

Aunque no obtuvo respuesta, se desembarazó de la mochila y la dejó caer sobre una alfombra viviente de tiernas ortigas empeñadas en digerir latas oxidadas y vasos de plástico. Alice dio un paso atrás para examinar mejor el tejado y con ello incluyó a Jasper en su campo visual. Su rostro, tal como ella esperaba, lucía una expresión crítica que pretendía hacerse notar. Por su parte, Alice sabía sin necesidad de que nadie se lo dijera que había adoptado su expresión, la que él describía como tonta.

—Basta ya —le ordenó. Alargó bruscamente la mano y la muñeca de Alice se encontró aprisionada en un círculo de duro hueso.

Le dolió. Se volvió hacia él sin desafío pero confiada, y dijo:

—¿Crees que nos aceptarán?

Y él respondió, como ella sabía que lo haría:

—Lo que importa es que nosotros los aceptemos a ellos.

Alice había soportado bien la prueba, ese dolor en los huesos, y él le soltó la muñeca y se acercó a la puerta. Era una puerta de entrada, sólida y segura de sí misma, en una callecita lateral llena de jardines suburbanos y de casas confortables parecidas a esta. A las demás no les faltaban tejas ni tenían cristales rotos.

—¿Por qué, por qué, por qué? —exclamó indignada Alice, en una pregunta dirigida, probablemente, al propio universo, con el corazón acongojado por esa amplia y hermosa casa que nadie quería. Arrastró la mochila por la correa y se unió a Jasper.

—La especulación, naturalmente —respondió él, y pulsó el timbre, que no sonó. Abrió la puerta con un brusco empujón y entraron en un amplio y sombrío vestíbulo con una empinada escalera que daba la vuelta en un ancho descansillo, para luego perderse de vista en las alturas. Una lámpara de camping depositada en el suelo, en un rincón, iluminaba la escena. Desde una habitación contigua llegaba el tenue sonido de una batería. Jasper abrió esa puerta de otro empujón. Las ventanas estaban tapadas con mantas que no dejaban ni una rendija de luz. Un muchacho negro levantó la vista de su batería de tambores, con las mejillas y los dientes relucientes a la luz de una vela.

—Hola —dijo, mientras continuaba afanándose con todos los dedos y ambos pies, de tal modo que parecía estar bailando, sentado o atado a algún aparato de gimnasia.

Ese sonriente y jovial muchachito negro que parecía sacado del anuncio de unas atractivas vacaciones en el Caribe hizo sonar una nota falsa en el órgano de la credibilidad de Alice, la cual tomó registro mental de ello a fin de no olvidar esa primera impresión de ansiedad o incluso de pesar, que fue el verdadero mensaje que captaron sus nervios. De hecho, estuvo a punto de decir: Está bien, no pasa nada, ¡no te preocupes! Pero mientras tanto Jasper ya le había preguntado:

—¿Dónde está Bert?

El muchacho se encogió despreocupadamente de hombros, todavía sonriente, sin interrumpir ni por un instante su enérgica embestida contra sus instrumentos. La mano de Jasper se cerró con fuerza sobre el brazo de Alice y la hizo salir otra vez al vestíbulo, donde ella anunció:

—Este sitio huele mal.

—Bueno —dijo Jasper en el tono torpemente apaciguador en el que ella reconocía una expresión de cariño—, supongo que tú ya acabarás con eso.

Consciente de su ventaja, ella replicó de inmediato:

—No te olvides que llevas cuatro años de vida cómoda. No te resultará fácil después de eso.

—No me llames comodón —exclamó él, y le dio un puntapié en la espinilla. No muy fuerte, pero lo suficiente.

Esta vez ella se le adelantó y abrió una puerta que le pareció debía de ser la de la cocina. La luz descubrió un panorama de desolación. Peor aún, de peligro: su mirada se fijó en los cables eléctricos arrancados de la pared y cuyos extremos pelados colgaban en el aire. Habían arrancado también la cocina que yacía en el suelo. Los cristales rotos habían dejado entrar el agua de lluvia y había charcos por todas partes. En el suelo había un pájaro muerto. El lugar apestaba. Alice se echó a llorar. De pura rabia.

—¡Los hijos de perra! —despotricó—. Los sucios, asquerosos bastardos fascistas.

Ya sabían que el Ayuntamiento, para impedir que se instalaran los squatters, había enviado a sus obreros con órdenes de dejar la casa inhabitable.

—Ni siquiera han dejado seguros esos cables. Ni siquiera...

Animada por una repentina energía, se precipitó de un lado a otro, abriendo puertas. Dos lavabos en la planta baja, con las tazas del váter bloqueadas con cemento.

Alice profirió una sarta de maldiciones, el rostro bañado en lágrimas.

—¡Cerdos asquerosos! ¡Malditos cerdos fascistas...!

El odio la llenaba de energía. Incrédula ante lo que veían sus ojos, pues en el fondo nunca había podido llegar a creer que ninguna persona, y sobre todo no una persona de la clase obrera, pudiera ser capaz de obedecer una orden de destruir una casa. En ese rincón permanentemente incrédulo de su cerebro se inició el monólogo que Jasper nunca podía escuchar, pues no lo habría permitido: Pero son personas, esto lo hicieron personas. Para impedir que otras personas pudieran vivir. No puedo creerlo. ¿Quiénes pueden ser? ¿Cómo serán? Jamás he conocido a nadie capaz de esto. Aunque debe de ser gente como Len y Bob y Bill, amigos. Esos hombres lo hicieron. Entraron aquí y bloquearon las tazas de los váteres con cemento y arrancaron todos los cables y obturaron la entrada del gas.

Jasper la observaba sin moverse. Estaba satisfecho. Ese torbellino de energía había borrado esa expresión de Alice que él detestaba, ahora toda ella parecía hincharse y refulgir, como si tuviera no solo la cara sino todo el cuerpo repleto de lágrimas que le manasen por todos los poros.

Sin prestarle atención, Alice corrió escaleras arriba y él la siguió, despacio, oyéndola aporrear las puertas, para abrirlas luego de golpe, al no recibir respuesta. En el distribuidor del segundo piso se encontraron ante un panorama de orden, no de caos. En cada habitación había sacos de dormir, uno o dos, o tres. Y velas o lámparas de camping. Incluso alguna silla junto a una mesita. Libros. Diarios. Pero no había nadie en la casa.

En ese piso el olor era penetrante. Procedía de la planta superior. Ya más despacio, subieron una escalera muy amplia y se toparon con un hedor que le provocó bascas a Jasper. Alice mantuvo una expresión firme y orgullosa. Abrió bruscamente

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