La casa se levantaba algo apartada de la ruidosa calle principal sobre lo que parecía un montón de desechos. Una casa grande. Sólida. Negras tejas caídas flanqueaban el canalón y un pájaro se introdujo volando por un agujero junto a la base de una gruesa chimenea, arrastrando una hoja de hierba varias veces más larga que él.
—Yo diría mil novecientos diez —declaró Alice—, fíjate qué gruesas son las paredes. —Esto podía apreciarse a través de los cristales rotos de la ventana del segundo piso, justo encima de sus cabezas.
Aunque no obtuvo respuesta, se desembarazó de la mochila y la dejó caer sobre una alfombra viviente de tiernas ortigas empeñadas en digerir latas oxidadas y vasos de plástico. Alice dio un paso atrás para examinar mejor el tejado y con ello incluyó a Jasper en su campo visual. Su rostro, tal como ella esperaba, lucía una expresión crítica que pretendía hacerse notar. Por su parte, Alice sabía sin necesidad de que nadie se lo dijera que había adoptado su expresión, la que él describía como tonta.
—Basta ya —le ordenó. Alargó bruscamente la mano y la muñeca de Alice se encontró aprisionada en un círculo de duro hueso.
Le dolió. Se volvió hacia él sin desafío pero confiada, y dijo:
—¿Crees que nos aceptarán?
Y él respondió, como ella sabía que lo haría:
—Lo que importa es que nosotros los aceptemos a ellos.
Alice había soportado bien la prueba, ese dolor en los huesos, y él le soltó la muñeca y se acercó a la puerta. Era una puerta de entrada, sólida y segura de sí misma, en una callecita lateral llena de jardines suburbanos y de casas confortables parecidas a esta. A las demás no les faltaban tejas ni tenían cristales rotos.
—¿Por qué, por qué, por qué? —exclamó indignada Alice, en una pregunta dirigida, probablemente, al propio universo, con el corazón acongojado por esa amplia y hermosa casa que nadie quería. Arrastró la mochila por la correa y se unió a Jasper.
—La especulación, naturalmente —respondió él, y pulsó el timbre, que no sonó. Abrió la puerta con un brusco empujón y entraron en un amplio y sombrío vestíbulo con una empinada escalera que daba la vuelta en un ancho descansillo, para luego perderse de vista en las alturas. Una lámpara de camping depositada en el suelo, en un rincón, iluminaba la escena. Desde una habitación contigua llegaba el tenue sonido de una batería. Jasper abrió esa puerta de otro empujón. Las ventanas estaban tapadas con mantas que no dejaban ni una rendija de luz. Un muchacho negro levantó la vista de su batería de tambores, con las mejillas y los dientes relucientes a la luz de una vela.
—Hola —dijo, mientras continuaba afanándose con todos los dedos y ambos pies, de tal modo que parecía estar bailando, sentado o atado a algún aparato de gimnasia.
Ese sonriente y jovial muchachito negro que parecía sacado del anuncio de unas atractivas vacaciones en el Caribe hizo sonar una nota falsa en el órgano de la credibilidad de Alice, la cual tomó registro mental de ello a fin de no olvidar esa primera impresión de ansiedad o incluso de pesar, que fue el verdadero mensaje que captaron sus nervios. De hecho, estuvo a punto de decir: Está bien, no pasa nada, ¡no te preocupes! Pero mientras tanto Jasper ya le había preguntado:
—¿Dónde está Bert?
El muchacho se encogió despreocupadamente de hombros, todavía sonriente, sin interrumpir ni por un instante su enérgica embestida contra sus instrumentos. La mano de Jasper se cerró con fuerza sobre el brazo de Alice y la hizo salir otra vez al vestíbulo, donde ella anunció:
—Este sitio huele mal.
—Bueno —dijo Jasper en el tono torpemente apaciguador en el que ella reconocía una expresión de cariño—, supongo que tú ya acabarás con eso.
Consciente de su ventaja, ella replicó de inmediato:
—No te olvides que llevas cuatro años de vida cómoda. No te resultará fácil después de eso.
—No me llames comodón —exclamó él, y le dio un puntapié en la espinilla. No muy fuerte, pero lo suficiente.
Esta vez ella se le adelantó y abrió una puerta que le pareció debía de ser la de la cocina. La luz descubrió un panorama de desolación. Peor aún, de peligro: su mirada se fijó en los cables eléctricos arrancados de la pared y cuyos extremos pelados colgaban en el aire. Habían arrancado también la cocina que yacía en el suelo. Los cristales rotos habían dejado entrar el agua de lluvia y había charcos por todas partes. En el suelo había un pájaro muerto. El lugar apestaba. Alice se echó a llorar. De pura rabia.
—¡Los hijos de perra! —despotricó—. Los sucios, asquerosos bastardos fascistas.
Ya sabían que el Ayuntamiento, para impedir que se instalaran los squatters, había enviado a sus obreros con órdenes de dejar la casa inhabitable.
—Ni siquiera han dejado seguros esos cables. Ni siquiera...
Animada por una repentina energía, se precipitó de un lado a otro, abriendo puertas. Dos lavabos en la planta baja, con las tazas del váter bloqueadas con cemento.
Alice profirió una sarta de maldiciones, el rostro bañado en lágrimas.
—¡Cerdos asquerosos! ¡Malditos cerdos fascistas...!
El odio la llenaba de energía. Incrédula ante lo que veían sus ojos, pues en el fondo nunca había podido llegar a creer que ninguna persona, y sobre todo no una persona de la clase obrera, pudiera ser capaz de obedecer una orden de destruir una casa. En ese rincón permanentemente incrédulo de su cerebro se inició el monólogo que Jasper nunca podía escuchar, pues no lo habría permitido: Pero son personas, esto lo hicieron personas. Para impedir que otras personas pudieran vivir. No puedo creerlo. ¿Quiénes pueden ser? ¿Cómo serán? Jamás he conocido a nadie capaz de esto. Aunque debe de ser gente como Len y Bob y Bill, amigos. Esos hombres lo hicieron. Entraron aquí y bloquearon las tazas de los váteres con cemento y arrancaron todos los cables y obturaron la entrada del gas.
Jasper la observaba sin moverse. Estaba satisfecho. Ese torbellino de energía había borrado esa expresión de Alice que él detestaba, ahora toda ella parecía hincharse y refulgir, como si tuviera no solo la cara sino todo el cuerpo repleto de lágrimas que le manasen por todos los poros.
Sin prestarle atención, Alice corrió escaleras arriba y él la siguió, despacio, oyéndola aporrear las puertas, para abrirlas luego de golpe, al no recibir respuesta. En el distribuidor del segundo piso se encontraron ante un panorama de orden, no de caos. En cada habitación había sacos de dormir, uno o dos, o tres. Y velas o lámparas de camping. Incluso alguna silla junto a una mesita. Libros. Diarios. Pero no había nadie en la casa.
En ese piso el olor era penetrante. Procedía de la planta superior. Ya más despacio, subieron una escalera muy amplia y se toparon con un hedor que le provocó bascas a Jasper. Alice mantuvo una expresión firme y orgullosa. Abrió bruscamente una puerta, tras la cual se reveló un panorama de cubos de plástico rebosantes de mierda. Pero, considerando que ese cuarto ya estaba suficientemente lleno, habían proseguido con el siguiente. Unos diez cubos rojos, amarillos y anaranjados aguardaban allí.
En ese piso había otros cuartos, pero ninguno en uso. Habría sido imposible utilizarlos, tan intenso era el hedor.
Bajaron la escalera en silencio, pisando con cuidado, pues había desperdicios por todas partes y por las sucias ventanas entraba muy poca luz.
—No hemos venido aquí para estar cómodos —declaró él, anticipándosele—. No es para eso para lo que estamos aquí.
—No entiendo que alguien pueda querer vivir de este modo —dijo ella—. No cuando es tan fácil.
Habló con apatía, sin entusiasmo, desaparecida ya toda la incandescencia del furor.
Él se disponía a iniciar un discurso sobre sus tendencias burguesas, Alice lo notó; pero entonces se abrió la puerta de entrada y una silueta de aspecto militar se recortó contra la luz del sol.
—¡Bert! —exclamó Jasper, y bajó saltando las escaleras de tres en tres—. Bert. Soy Jasper...
Es por culpa de su padre, pensó maternalmente Alice al escuchar la alegría con que resonó su voz; pero eso formaba parte de sus reflexiones privadas, ya que, evidentemente, Jasper no le concedía el derecho a abrigar tales ideas.
—Jasper. —Bert lo reconoció y luego levantó la mirada hasta ella a través de la oscuridad.
—Alice... ya te lo conté —dijo Jasper.
—Camarada Alice —la saludó Bert. Lo dijo en tono seco, puro y severo, insistiendo en mantener las formas, y la voz de Jasper se plegó a él.
—Acabamos de llegar —anunció—. No hemos encontrado a nadie ante quien presentarnos.
—Hemos hablado con él, ahí dentro —comentó Alice, ya junto a ellos, al tiempo que señalaba la habitación de donde salía el quedo tamborileo.
—Oh, Tim —dijo desdeñoso Bert. Se dirigió a zancadas hacia una puerta que ellos no habían abierto, le dio una patada, pues faltaba el tirador, y entró sin mirar si los otros le seguían.
Era el cuarto más normal de cuantos habían visto. Con la puerta cerrada, uno podía creerse en la sala de estar de una casa corriente, aunque todo —las sillas, un sofá, la alfombra— estaba cochambroso. El olor había quedado casi totalmente fuera, pero Alice tenía la sensación de una invisible película de hediondez adherida a todo, cuya viscosidad podría notar sobre los dedos si tocaba algo.
Bert permanecía de pie muy erguido, con la cabeza ligeramente inclinada y los brazos relajados, la mirada fija en ella. Pero no la veía, Alice lo sabía. Era un hombre joven, moreno y delgado, de unos veintiocho o treinta años. Tenía la cara cubierta de negro pelo brillante, en medio del cual centelleaban sus ojos oscuros y una boca roja con una blanca dentadura. Vestía unos tiesos tejanos azul oscuro nuevos y una chaqueta muy ajustada, también azul oscuro, abotonada hasta arriba y muy pulcra. Jasper llevaba pantalones de hilo azul claro y una camiseta marinera listada; pero Alice sabía que no tardaría en lucir ropas como las de Bert, que de hecho constituían su atuendo normal. Solo había hecho una breve incursión en la frivolidad debido a una u otra influencia.
Alice sabía que ahora los dos hombres hablarían, sin prestarle atención, y se dispuso a velar por sus propios intereses, mientras contemplaba el jardín por la ventana del mirador. Las basuras de todo tipo alcanzaban ya la altura del antepecho. Unos gorriones hurgaban y escarbaban afanosamente entre las pilas de desechos. Detrás de los pájaros, divisó un gato flaco agazapado debajo de una hortensia cubierta de tiernas hojas verdes y de pequeñas coronas rosadas y azules, que con el tiempo serían flores. El gato también la miraba, con sus brillantes ojos hambrientos.
Bert sacó un termo del tamaño de un cubo y tres tazones de un aparador.
—Oh, ¿entonces tenéis electricidad? —preguntó ella.
—No. Un camarada de la calle de al lado me lo llena cada mañana —respondió él.
Alice, que solo dedicaba la mitad de su atención a la escena, vio la mirada de Jasper fija en el termo y en el café que iba llenando los tazones. Sabía que tenía hambre. A raíz de la pelea con su madre y de su salida violenta de la casa con un portazo, no había desayunado. Y no había tenido tiempo de tomarse el café que ella le había subido. Pero estas son las reservas de Bert para todo el día, se dijo, e indicó que solo quería media taza. Y así se la sirvieron, exactamente según sus instrucciones.
Jasper se bebió la suya de golpe y se quedó mirando el termo, deseoso de tomar más. Bert no lo advirtió.
—La situación ha cambiado —comenzó Bert, como si fuera la continuación de alguna reunión—. Mi análisis resultó incorrecto. Me equivoqué respecto de la madurez política de los cuadros. Cuando puse el asunto a votación, la mitad decidieron en contra y se marcharon en el acto.
—Entonces tampoco habrían sido de confianza. Mejor librarse de ellos —dijo Jasper.
—Exactamente.
—¿Cuál era el tema? —inquirió Alice. Habló con su «voz de reunión», pues había descubierto que era necesaria para hacerse respetar. A ella le sonaba falsa y fría, y siempre la hacía sentirse incómoda; debido al esfuerzo que le exigía, la hacía parecer diferente, distraída incluso. Pero mientras tanto sus ojos observaban con firmeza, y hasta con severidad, la escena que se desarrollaba ante ella: Bert, con la atención puesta en ella o, más bien, en lo que acababa de decir, mientras Jasper contemplaba el termo. De pronto no pudo contenerse más y alargó la mano para cogerlo.
—Perdona —dijo Bert, y se lo acercó.
—Ya sabes cuál era el tema —replicó Jasper picado—. Ya te lo expliqué. Vamos a unirnos al IRA.
—¿Quieres decir que votasteis si debíais uniros al IRA? —dijo Alice con un jadeo en la voz.
Bert lo interpretó como temor y respondió con manifiesto frío desdén:
—Se acojonaron. Salieron huyendo como conejos.
—¿Cómo se planteó la votación? —insistió Alice.
—Votamos si este grupo debía intentar ponerse en contacto con la dirección del IRA para ofrecer nuestros servicios como una unidad con base en Inglaterra —respondió Bert tras una pausa.
Alice digirió esta respuesta con expresión tensa debido al esfuerzo que le exigió tomársela en serio. Luego protestó:
—Pero Jasper me había dicho que esta casa era de la Unión del Centro Comunista...
—Así es. Esta es una casa ocupada por la UCC.
—¿Y la dirección de la UCC ha decidido ofrecer al IRA los servicios de toda la UCC en bloque? No lo comprendo —dijo Alice con furia, para nada ya en su tono «político», y Bert respondió que no, con voz indiferente y cortante, porque, como pudo advertir ella, se sentía incómodo.
—Entonces, ¿cómo puede ofrecer sus servicios una sección de la UCC?
Observó entonces que Jasper intentaba captar la atención de Bert con miradas de «no le hagas caso» y se le adelantó.
—No tiene ningún sentido.
—En cierto modo tienes razón —reconoció Bert—. Discutimos esa cuestión. Y llegamos al acuerdo de que, si bien no era posible establecer contactos en tanto grupo de la UCC, en cambio sería admisible que un grupo de personas pertenecientes a la UCC intentaran el contacto, para ofrecer una colaboración a título individual.
—Pero...
Alice se desinteresó del asunto. Ya empiezan otra vez, pensó. Intentando salirse por la tangente. Volvió a concentrar la atención en el montón de basuras que se levantaban a un metro de los cristales sucios. El mirlo había volado. El pobre gato olfateaba los bordes del montículo, donde pululaban las moscas.
—¿Cómo os arregláis con la comida? —preguntó.
—Platos preparados.
—Esa basura es un peligro para la salud. Debe de haber ratas.
—Eso dijo la policía.
—¿Han estado aquí?
—Anoche vinieron.
—Oh, comprendo, por eso se marcharon los demás, ¿no?
—No —replicó Bert—. Se fueron porque estaban cagados. Por lo del IRA.
—¿Y qué dijo la policía?
—Nos dieron cuatro días de plazo para largarnos.
—¿Por qué no vamos al Ayuntamiento? —sugirió Alice en un irritado lamento; y cuando Jasper dijo: «Oh, ya empieza otra vez», se abrió la puerta y entró una mujer joven. El pelo negro lustroso cortado por manos expertas, negros ojos de mirada rápida, labios rojos, la tez blanca y lisa. Reluciente y dura como una cereza. Observó atentamente a Bert, a Jasper y a Alice, y esta advirtió que la otra la miraba.
—Soy Pat —anunció la muchacha—. Bert me ha hablado de vosotros dos. —Y luego añadió—: ¿Sois hermanos?
—¡No! —resopló en el acto Jasper.
A Alice, en cambio, le gustaba que los confundieran por tales y comentó:
—A menudo nos toman por hermanos.
Pat volvió a examinarlos. Jasper se agitó bajo su mirada y le volvió la espalda, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, como si intentara fingir indiferencia ante un ataque.
Ambos eran rubios, con reflejos rojos en un pelo deseoso de formar pequeños ricitos y ondas. Jasper lo llevaba muy corto; Alice en una práctica melena, corta y recta. Ella misma se lo cortaba. Ambos tenían la piel sonrosada y pecosa. En medio de órbitas pálidas, los ojitos azules de Jasper le conferían un aire cándido y angelical. Estaba muy delgado y llevaba ropas muy ajustadas, pegadas a la piel. Alice era gruesa y bajita, con un aspecto abultado y algo informe. A veces una chiquilla de doce, o incluso trece años, antes de ser iluminada por la pubertad, ofrece la misma apariencia que tendrá en la edad madura. Un grupo de mujeres en la plataforma del metro. De mediana edad, con bolsas de la compra, intercambiando chismes. ¿Mujeres muy bajitas sin duda? No, son niñas, de doce años, más o menos. Cuarenta años de existencia de mujeres pasarán por ellas y las dejarán tal como aparecen ahora, inertes y prudentes, y ansiosas de complacer a los demás. Alice podía presentar el aspecto de una torpe chiquilla regordeta o, a veces, de una mujer de unos cincuenta, pero nunca aparentaba su edad: treinta y seis años. Una chiquilla respondió ahora a la mirada de Pat con una expresión de amistosa curiosidad en los ojos gris azulado bajo las pestañas color arena.
—Bueno —dijo Pat, y se fue acercando a Alice junto a la ventana—, ¿te has enterado de que esta simpática y alegre comunidad está condenada a desaparecer?
Parecía mucho mayor que Alice, aunque tenía diez años menos. Le ofreció un cigarrillo, que la otra declinó, y se fumó el suyo con menesterosa avidez.
—Sí, y yo he dicho que por qué no negociar con el Ayuntamiento.
—Lo he oído. Pero ellos prefieren su romántica cochambre.
—Romántica —dijo Alice con repulsión.
—La verdad es que da cierto repelús negociar con las instituciones —dijo Bert.
—¿Estás diciendo que esta comuna se va a dispersar? —inquirió de pronto Jasper en un tono que recordaba tanto el de un niño pequeño que Alice levantó brevemente la mirada para comprobar si alguien lo había notado. Sí, Pat lo había notado, mientras llevaba a sus labios el cigarrillo que sostenía entre dos dedos, para luego apartarlos y a continuación volver a acercarlos, dándose tiempo para aspirar y exhalar, aspirar y exhalar. Mientras contemplaba a Jasper. Elaborando su diagnóstico.
—A mí no me da repelús. Lo he hecho muchas veces —se apresuró a replicar Alice, el corazón inundado por un dolor difuso y familiar, esta vez por cuenta de Jasper.
—Oh, ¿lo has hecho, eh? —dijo Pat—. Yo también. ¿Dónde?
—En Birmingham. Un grupo de siete personas acudimos al Ayuntamiento a propósito de una casa programada para demolición. Pagamos el gas, la electricidad y el agua, y nos quedamos trece meses.
—Bien hecho.
—Y en Halifax viví seis meses en una casa gracias a un pacto de ocupación. Y cuando vivía en Manchester, eso fue cuando estaba en la universidad, estuve en una casa llena de estudiantes, casi veinte en total. Empezó siendo una casa ocupada, el Ayuntamiento accedió a negociar y acabó convertida en una residencia de estudiantes.
Mientras tanto, los dos hombres escuchaban, momentáneamente interrumpida la sesión. Jasper volvió a llenarse la taza. Bert le hizo señal a Pat de que el termo estaba vacío y ella hizo que no con la cabeza, sin dejar de escuchar a Alice.
—¿Por qué no hablamos con el Ayuntamiento? —le preguntó Alice directamente a Pat.
—Yo lo haría. Pero me marcho de todos modos. —Alice observó que el cuerpo de Bert se ponía rígido, y este se quedó molesto y taciturno.
—Ya te dije anoche que me marchaba —le dijo Pat a Bert.
Alice había captado que se trataba de algo más que una cuestión política. Advirtió que una relación personal se estaba rompiendo a causa de un asunto político. Todos sus instintos se rebelaron contra ello. ¡Qué absurdo!, pensó involuntariamente, ¡dejar que una relación personal se estropee por cuestiones políticas! En realidad, ese pensamiento no era acorde con sus convicciones, no lo habría defendido si alguien se lo hubiera discutido. Pero a menudo le pasaban por la cabeza ideas de ese tipo.
—¿Qué carajo esperabas? —dijo Pat en dirección al rostro medio ladeado de Bert—. En una reunión ordinaria como esa... con dos personas de fuera de quienes no sabíamos nada. No sabemos nada sobre la pareja que llegó la semana pasada. Jim estaba en el cuarto y ni siquiera es de la UCC. Y de pronto planteas esa resolución.
—No fue una cosa repentina.
—Habíamos decidido tantear individualmente el asunto. Hablarlo con cada persona, con cuidado.
Habló con voz llena de desdén, mirando al que era, presumiblemente, su amante como si fuera un desecho.
—En cualquier caso, tú has cambiado de opinión —dijo Bert con un airado destello de los rojos labios bajo la espesura de su barba—. Antes habías dicho estar de acuerdo en que apoyar al IRA era la posición lógica en esta fase.
—Es la única actitud correcta —intervino Jasper—, Irlanda es el centro del ataque imperialista.
—No he cambiado de opinión —dijo Pat—. Pero antes de trabajar con el IRA o con quien sea, quiero saber primero con quién estoy trabajando.
—A nosotros no nos conoces —dijo Alice, dolorosamente consciente, de pronto, de la situación: ella y Jasper eran parte de la causa de la ruptura de esa pareja.
—No te lo tomes a pecho —dijo Pat—. No es nada personal. Pero sí, es verdad. La primera vez que oí hablar de vosotros fue cuando Bert me contó que había visto a Jasper en la concentración antinuclear del sábado pasado. Y supongo que a ti ni siquiera te conocía.
—No —dijo Alice.
—Pues, lo siento, pero esa no es forma de hacer las cosas.
—Comprendo tu punto de vista —dijo Alice.
Silencio. Las dos mujeres de pie junto a la ventana, envueltas en la aromática nube del cigarrillo de Pat. Los dos hombres sentados, en el centro de la habitación. Se oía el suave repiqueteo de la batería de Jim, al otro lado del vestíbulo.
—¿Cuántas personas quedan ahora en la casa? —preguntó Alice.
Pat no respondió y Bert dijo por fin:
—Siete, contándoos a vosotros dos. —Y añadió—: En cuanto a ti, no lo sé, Pat.
—Sí que lo sabes —le espetó fría y tajante ella. Pero esta vez se miraron y Alice pensó: No, no les resultará fácil separarse.
—Bueno —dijo—, si son siete, entonces ahora estamos aquí cuatro. Cinco si Pat... ¿Dónde están los otros dos? Quiero que decidamos si puedo ir a hablar con el Ayuntamiento.
—Los váteres están llenos de cemento. Los cables de la electricidad arrancados. Las tuberías probablemente podridas —dijo Bert en un tono de sutil y creciente ironía.
—No será difícil arreglarlo —respondió Alice—. En Birmingham lo hicimos. El Ayuntamiento destrozó el lugar. Allí arrancaron de cuajo los váteres. Y todas las tuberías. Llenaron la bañera de cemento. Dejaron montones de escombros en todas las habitaciones. Y lo dejamos todo perfecto.
—¿Quién pagará el gasto? —La pregunta era de Bert.
—Nosotros.
—¿Con qué?
—¡Vamos! —dijo Pat—, gastamos más en comidas preparadas y correteando de un lado a otro mendigando baños y duchas que si tuviésemos que pagar la electricidad y el gas.
—Es un detalle que tener en cuenta —dijo Bert.
—Y nos quitaríamos de encima a la bofia —dijo Alice.
Silencio. Alice sabía que eso no agradaría a algunas personas —y sospechaba de Bert, aunque no de Pat, en ese sentido—, que disfrutaban con los enfrentamientos con la policía.
—Claro que si queremos consolidar nuestra organización no necesitaremos para nada la atención de la bofia —dijo inesperadamente Bert.
—Exactamente —dijo Pat—. Es lo que he estado diciendo.
Otro silencio. Alice advirtió que el asunto estaba en sus manos.
—Hay un problema —dijo—. En este distrito piden un avalista para el gas y la electricidad. ¿Quién tiene un empleo?
—Tres de los camaradas que se marcharon anoche.
—¡Camaradas! —exclamó Bert—. Oportunistas de mierda.
—Son muy buenos y sinceros comunistas —replicó Pat—. Simplemente no quieren trabajar con el IRA.
Bert empezó a retorcerse con mudas carcajadas teatrales y Jasper lo imitó.
—De modo que todos estamos en el paro —dijo Alice.
—Con lo cual de nada servirá ir a hablar con el Ayuntamiento —terció Bert.
Tras una vacilación, Alice dijo tristemente:
—Podría pedírselo a mi madre...
Al oír eso, Jasper estalló en ruidosas carcajadas y bufidos con el rostro congestionado.
—Su madre, cerdos burgueses...
—Cállate —dijo Alice—. Hemos estado viviendo con mi madre durante cuatro años —explicó jadeante, con una voz aguda y contenida que a ella le pareció desconsideradamente fría y hostil—. Cuatro años. Burguesa o no.
—Uno le saca lo que puede a la clase media —dijo Jasper—. Hay que sacarles cuanto se pueda. Esa es mi postura.
—Sí, sí —asintió Alice—. Estoy de acuerdo. Pero ella nos ha mantenido durante cuatro años. —Luego se dio por vencida—: Bueno, ¿y por qué no iba a hacerlo? Al fin y al cabo, es mi madre. —Dijo estas últimas palabras con un triste y tembloroso hilo de voz.
—Así es —confirmó Pat, que la examinaba con curiosidad—. En fin, de nada serviría pedírselo a la mía. Hace años que no la veo.
—Entonces, ¿en qué quedamos? —dijo Bert, que se había levantado bruscamente de la silla para plantarse frente a Pat en un desafío, los ojos negros clavados en ella—. Entonces, ¿al final no te marchas?
—Tenemos que hablar de eso, Bert —dijo precipitadamente ella y se le acercó, mirándolo a la cara. Él la rodeó con el brazo y salieron los dos.
Alice examinó la habitación. Con mirada experta. Una sala de estar para toda la familia, eso había sido. Cómoda. La pintura no estaba demasiado estropeada y los sillones y un sofá probablemente ocupaban los mismos lugares que antes. Había una chimenea, que ni siquiera estaba tapiada.
—¿Se lo pedirás a tu madre? Me refiero al aval. —Jasper parecía desolado—. ¿Y quién pagará todas las reparaciones?
—Les preguntaré a los demás si quieren aportar algo.
—¿Y si no lo hacen? —dijo él con voz de persona enterada, compartiendo su experiencia con ella, un momento de amistosa compenetración.
—Algunos no lo harán, ya lo sabemos —dijo ella—, pero saldremos adelante. Siempre lo hacemos, ¿verdad?
Pero esa era una invitación demasiado directa a la intimidad y él se replegó de inmediato en la crítica.
—¿Y quién se encargará de todo el trabajo?
Como le había venido diciendo desde hacía ya catorce, no, quince años.
En la casa de Manchester, que compartía con otros cuatro estudiantes, Alice hacía el papel de ama de casa, se ocupaba de la cocina y de las compras, llevaba la casa. Le encantaba hacerlo. Se licenció con una puntuación correcta, pero ni siquiera intentó conseguir un empleo. Cuando llegó la siguiente hornada de estudiantes, seguía en la casa y se quedó para cuidarlos. Así la conoció Jasper, una noche que fue a cenar allí. No era estudiante, se había licenciado con notas bajas y no había conseguido encontrar empleo, tras unas cuantas tentativas poco entusiastas. Se quedó en la casa, sin vivir formalmente en ella, sino como «invitado» de Alice. Después de todo, solo gracias a los esfuerzos de Alice tenían ahora esa residencia de estudiantes; antes esa era una casa ocupada. Y Jasper no se marchó. Alice sabía que había desarrollado una dependencia respecto a ella. Pero ya entonces, y en adelante siempre lo haría, se quejaba de que ella era solo una criada, que malgastaba su vida ocupándose de los demás. Y la situación se mantuvo a lo largo de sus traslados de una casa ocupada a otra, de una comuna a otra: ella lo cuidaba y atendía, y él se quejaba de que los demás se aprovechaban de ella.
En casa de su madre decía lo mismo. «Solo se aprovecha de ti —afirmaba—. Cocinas y haces la compra. ¿Por qué lo haces?»
—Tenemos cuatro días —dijo Alice—. Voy a empezar ahora mismo.
Pasó frente a él muy decidida, sin mirarlo, y salió al vestíbulo. Trasladó su mochila al cuarto donde Jim seguía tocando la batería y le dijo:
—Cuídame esto, camarada. —Él asintió y Alice añadió—: Si consigo permiso del Ayuntamiento para que vivamos aquí, ¿querrás compartir los gastos?
Las manos de Jim abandonaron los tambores. Su simpática cara de luna se descompuso en una expresión de congoja y dijo:
—Ellos dicen que no puedo quedarme aquí.
—¿Por qué no?
—Oh, a mí no me va la política, tía. Solo quiero vivir. —Y añadió con voz incrédula—: Yo llegué primero. Antes que ninguno de vosotros. Este sitio era mío. Yo lo encontré. Y le dije a todo el mundo: Sí, puedes venir, pasa tío, este es el local de la libertad.
—Eso no es justo —dijo en el acto Alice.
—Llevo ocho meses aquí, ocho meses, y la bofia nunca se enteró, nadie se enteró. He procurado no meterme en líos e ir a lo mío, y de pronto... —Empezó a llorar. Brillantes lágrimas rebotaban sobre sus negras mejillas e iban a caer sobre el gran tambor. Las secó con el dorso de la mano.
—Bueno —dijo Alice—, no te alteres, tú tranquilo, ten paciencia y yo lo pondré en el orden del día.
Todos esos cubos de mierda ahí arriba, iba pensando mientras se alejaba de la casa, supongo que los habrá llenado Jim, casi todos. Y pensó: Si no hago pis re... Pero habría sido incapaz de subir ahí arriba y usar uno de esos cubos. Caminó hasta el metro, tomó un tren hasta una estación con lavabos decentes, los usó, se lavó la cara y se peinó, luego continuó hasta la parada de su madre y allí hizo cola frente a una cabina telefónica.
Tres horas después de abandonar su casa cubriendo de insultos a su madre, marcó su número.
La voz de su madre. Sin entonación. Una oleada de afecto inundó a Alice al oírla y pensó: Le preguntaré si quiere que de camino le compre alguna cosa.
—Hola, mamá, soy Alice.
Silencio.
—Soy Alice.
Una pausa.
—¿Qué quieres? —La voz inexpresiva, sin entonación.
Alice, llena de una cálida necesidad de superar los obstáculos en nombre de todo el mundo, dijo:
—Mamá, quiero hablar contigo. Verás, se trata de una casa. Podría conseguir que el Ayuntamiento nos dejara quedar allí en términos de ocupación concertada, como en Manchester, ¿sabes? Pero necesitamos que alguien nos firme un aval para el gas y la electricidad.
Escuchó un murmullo inaudible, y luego:
—¡No puedo creerlo!
—Mamá. Mira, solo necesitamos tu firma. Nosotros pagaremos los gastos.
Un silencio, un suspiro, o una boqueada de asombro, y la comunicación se cortó. Alice, encendida ahora de nítida, ardiente indignación, volvió a marcar. Se quedó escuchando el tenaz zumbido, mientras imaginaba la cocina donde estaría sonando el teléfono, la gran cocina cálida y acogedora, las altas ventanas, relucientes (las había limpiado la semana anterior, con tanta satisfacción) y la larga mesa junto a la cual estaba sentada su madre en aquel momento, lo sabía con certeza, escuchando el zumbido del teléfono. Pasados unos tres minutos, su madre descolgó y dijo:
—Alice, sé que lo que voy a decirte no servirá de nada. Pero te lo diré de todos modos. Una vez más. Tengo que dejar esta casa. ¿Lo entiendes? Tu padre se niega a seguir pagando las facturas. Y yo no puedo permitirme vivir aquí. Tendré dificultades para pagar mis propios gastos. ¿Lo entiendes, Alice?
—Pero tienes muchos amigos ricos. —Otro silencio. Luego Alice, con sonora, amable, sermoneante voz maternal, empezó a decir—: ¿Por qué no sois como nosotros, mamá? Nosotros compartimos lo que tenemos. Nos ayudamos cuando tenemos dificultades. ¿No comprendes que tu mundo está acabado? Los tiempos de la rica burguesía egoísta han llegado a su fin. Estáis condenados a desaparecer...
—No lo dudo —replicó la madre de Alice, y esta sintió encenderse otra vez el más puro afecto, porque la voz de su madre había recuperado el reconfortante y familiar tono irónico, perdiendo esa terrible indiferencia e inexpresividad—. Pero un momento u otro tienes que comprender que tu padre no está dispuesto a seguir compartiendo sus inmerecidas ganancias con Jasper y todos sus amigos.
—Bueno, si al menos está dispuesto a reconocer que son inmerecidas... —dijo Alice con toda seriedad.
Un suspiro.
—Déjame en paz, Alice —dijo la madre—. Simplemente desaparece. No quiero verte. No quiero saber nada de ti. Procura comprender que no puedes decirle a la gente las cosas que me has dicho esta mañana y luego presentarte tan tranquila, como si no hubiera pasado nada, con una alegre sonrisa, alargando otra vez la mano.
Se cortó la comunicación.
Alice se quedó anonadada. Un torbellino de luces y sombras revoloteaba en su cabeza.
—Si has terminado... —dijo alguien en la cola a sus espaldas, y se deslizó frente a ella con un codazo y empezó a marcar.
Alice se dejó arrastrar hasta la acera y estuvo vagando sin rumbo por los alrededores de la zona, ahora rodeada de una alta valla de chapa ondulada, donde hasta hacía muy poco había habido un mercado, lleno de gente que compraba y vendía. Ella misma había tenido un puesto allí el verano anterior, al principio vendiendo pasteles y galletas y dulces, y luego bocadillos y sopa caliente. Comida de verdad, todo a base de harina integral y azúcar moreno, y verduras cultivadas sin insecticidas. Lo cocinaba todo en la cocina de su madre. Después el Ayuntamiento clausuró el lugar. Para construir otro de sus enormes monstruos de mierda, esos asquerosos elefantes blancos muertos que nadie quería salvo aquellos que sacaban beneficios de su construcción. Corrupción. Corrupción por todas partes. Farfullando y llorando a moco tendido, Alice avanzó dando tumbos a lo largo de la enorme valla metálica, como la valla de un campo de concentración, mientras recordaba que el verano anterior...
Sonó un estridente silbato. Alguna fábrica... era la una. Y todavía no había hecho nada... Inmóvil en la ancha escalinata de la Biblioteca Municipal, Alice se secó la cara y obligó a sus ojos a mirar hacia fuera y no hacia dentro. Hacía un bonito día. Brillaba el sol. El cielo estaba lleno de veloces nubes blancas y su azul parecía reverberar lleno de promesas.
Volvió a las cabinas telefónicas del metro y marcó el número privado del despacho de su padre.
Él cogió enseguida el aparato.
—Soy Alice.
—La respuesta es «no».
—No sabes lo que iba a decirte.
—Dilo.
—Quiero que nos avales los gastos de electricidad y de gas para ocupar una casa.
—No.
Alice colgó el teléfono, sintiendo otra vez la quemazón de la ira. Su energía la impulsó hasta la acera y a lo largo del paseo hasta un gran edificio un poco retirado, con una escalinata. La subió corriendo y pulsó un timbre, sin dejar de apretarlo hasta que una voz de mujer, no la que ella esperaba, dijo:
—¿Sí?[1]
—Oh, me cago en Dios, la sirvienta —exclamó Alice. Y luego—: ¿Dónde está Theresa?
—Está trabajando.
—Ábrame. Déjeme entrar.
Alice empujó la puerta al oír el zumbido, y casi cayó al interior del vestíbulo; subió al trote cuatro tramos de escalera gruesamente alfombrados hasta una puerta, donde la esperaba una mujer morena, baja y gruesa.
—Déjeme entrar —dijo Alice, y la apartó con fuerza. La española no dijo nada y se limitó a mirarla, mientras buscaba las palabras adecuadas.
Alice se dirigió a la sala de estar donde se había sentado tantas veces en compañía de su amiga Theresa, su amiga de toda la vida, desde que Alice naciera, la cariñosa y adorable Theresa. Una amplia habitación, serena y ordenada, con grandes ventanales y, detrás de los cristales, jardines... Se detuvo jadeante. Cogeré esos cuadros, pensó, los venderé, me llevaré esos lindos netsukes, ¿cuánto valdrán? Haré pedazos este lugar...
Se precipitó sobre el teléfono y llamó al despacho. Pero Theresa estaba reunida.
—Avísela —ordenó Alice—. Avísela enseguida. Es urgente. Dígale que es Alice.
No tenía la menor duda de que Theresa se pondría, y así lo hizo.
—¿Qué quieres, Alice? ¿Ocurre algo? ¿Qué ha pasado?
—Quiero que me avales los gastos. Para ocupar una casa. No, no, no tendrás que pagar nada, nunca, solo necesito tu firma.
—Alice, estoy en plena reunión.
—Me importa un bledo tu reunión de mierda. Quiero que nos avales el gas y la electricidad.
—¿A Jasper y a ti?
—Sí. Y a otros más.
—Lo siento, cariño, pero no.
—¿Qué tienes contra Jasper? ¿Por qué te portas así? ¿Por qué? Vale tanto como tú.
—No, Alice —replicó Theresa, calmada e irónica, como de costumbre—, no vale tanto como yo. Ni mucho menos. En cualquier caso, ya sabes la respuesta. No; pero te daré cincuenta libras si pasas por mi casa.
—Ya he pasado. Estoy en tu piso. Pero no quiero tus cincuenta libras de mierda.
—Entonces, lo siento, bonita.
—Os gastáis cincuenta libras en un vestido. En una comida, incluso.
—Tú compartiste esa comida, ¿no? Esto es ridículo. Lo siento, pero estoy ocupada. Tengo aquí a todos los vendedores de todas partes.
—No es ridículo. ¿Cuándo me has visto gastarme cincuenta libras en una comida? Que mi madre quiera gastarse cincuenta libras en comida para todas sus ricas amistades de mierda y que yo la prepare no significa...
—Mira, Alice, si quieres pasar a verme y charlar un rato esta noche, estaré encantada. Pero tendrá que ser tarde, porque estaré trabajando hasta las once, por lo menos.
—Sois... sois... un hatajo de ricos de mierda —dijo Alice, que de pronto había perdido todo interés por el asunto.
Colgó el auricular y se disponía a marcharse, cuando se acordó y se fue al lavabo, donde volvió a vaciar la vejiga, se lavó con cuidado la cara una vez más y se peinó. Tenía hambre. Se dirigió a la cocina y se preparó un generoso bocadillo. Lisa la siguió y se quedó observándola desde la puerta, con las manos cruzadas sobre el mango de un plumero, como si rezase. Una cara morena, paciente y cansada. Mantenía a su familia en Valencia, según decía Theresa. Observaba a Alice, que escudriñó todos los rincones de la nevera y sacó unos restos de arroz guisado con especias, que se comió de pie, con una cuchara. Después dijo:
—Ciao —y cuando ya salía escuchó un Buenos días, señorita.[2] En esa voz había algo, una crítica, que volvió a encender la indignación de Alice; bajó las escaleras, corriendo otra vez, y salió a la calle.
Eran las dos pasadas.
Sus pensamientos seguían agitándose en su cabeza. Jasper, ¿por qué lo odiaban tanto? Porque le tenían miedo. Temían su verdad... Advirtió que había caminado hasta una parada de autobús, y que el autobús la llevaría hasta el Ayuntamiento. Subió, repentinamente serena, concentrada y atenta.
Iba repasando mentalmente sus anteriores negociaciones coronadas por el éxito. Sabía que el resultado dependería en buena parte de quién la recibiera... era cuestión de suerte... Bueno, había tenido suerte en otras ocasiones. Y, además, lo que iba a sugerirles era razonable, y favorable para los intereses de todos, de los contribuyentes, de la comunidad.
En la gran sala llena de mesas de trabajo y de gente y de teléfonos, Alice tomó asiento frente a una muchacha, más joven que ella, y en el acto comprendió que estaba de suerte. Mary Williams lucía sobre el pecho izquierdo una chapa con la frase: «¡Salvemos las ballenas!», y Alice se sintió protectora y llena de ternura al ver la alegre silueta del animal. Mary Williams era una buena persona, como ella, como Jasper, como todos sus amigos. Se preocupaba por los demás.
Alice le dio la dirección de su casa con confianza, expuso su caso y esperó que la funcionaria pulsara unas teclas; luego llegó la información, que quedó expuesta sobre la mesa, entre ambas.
—Está en la lista de demolición —dijo Mary Williams, y permaneció sentada con una sonrisa en la cara, sin nada más que decir.
Alice no esperaba eso. Se quedó sin habla, inundada de un dolor que se fue transformando, lentamente, en rabia. El rostro que contemplaba Mary Williams se abotargó, se encendió, impulsándola a preguntar incómoda, tartamudeante incluso:
—Pero... pero... ¿qué pasa?
—No pueden derribarla, no pueden —declaró Alice con voz átona y sin inflexiones. Luego estalló su rabia—: ¡Es una casa magnífica, perfecta! ¿Cómo pueden derribarla? Es un escándalo.
—Sí, ya sé que a veces... —se apresuró a decir Mary Williams. Suspiró. La mirada que le dirigió a Alice contenía una súplica de que no hiciera una escena. Alice lo advirtió, comprendió que las escenas no eran infrecuentes frente a esa mesa.
—Debe de haber un error —dijo—. Seguro que no tienen derecho a destruir una casa como esa... ¿Usted la ha visto? Es una buena casa. Una buena vivienda...
—Creo que quieren construir pisos.
—¡Naturalmente! ¿Qué otra cosa podía ser?
Las dos mujeres se rieron, sus miradas se encontraron.
—Espere —dijo Mary Williams, y se fue a consultar, con la hoja de datos sobre la casa en una mano. Se inclinó sobre la mesa de un hombre, al fondo de la sala, y volvió para anunciar:
—Ha habido muchísimas quejas por el estado de las casas. De la policía, en primer lugar.
—Sí, está en un estado deplorable —reconoció Alice—. Pero la arreglaremos en un abrir y cerrar de ojos.
Al oír esto, Mary hizo un gesto de asentimiento, ¡Adelante!, y empezó a garabatear un papel, mientras Alice hablaba.
Y hablaba. De la casa. De su tamaño, su solidez, su situación. Dijo que aparte de unas cuantas tejas, la estructura estaba intacta. Dijo que se precisaba muy poca cosa para dejarla habitable. Habló de la casa de Birmingham y de la ocupación concertada establecida allí; de Manchester, donde habían recuperado un tugurio que iba a ser derribado, convirtiéndolo en una residencia oficial de estudiantes.
—No digo que no sea posible —dijo Mary.
Se quedó pensando, mientras su bolígrafo iba construyendo una estructura de celdillas, como un panal de abejas. Sí, Alice lo sabía, Mary era una persona como es debido, estaba de su parte. Aunque Mary no era de su estilo, con su faldita oscura y su blusita bien planchada, y el sostén que modelaba el modesto pecho sobre el que retozaba la ballena, con la cola levantada, negra sobre un mar azul. Aun así, los suaves volúmenes del pelo negro de Mary, con los rizos sobre su frente y sus blancas manos regordetas, le daban a Alice una sensación de seguridad y calidez. Sabía que si Mary podía intervenir en algún sentido en el asunto, las cosas saldrían bien.
—Espere un segundo —dijo Mary, y se fue a consultar de nuevo con su colega. El hombre esta vez inspeccionó prolongadamente a Alice, la cual se dejó mirar sin temor. Sabía qué aspecto tenía; la hija más bien mona de mamá, la corta melena rubia y rizada bien peinada, la cara blanca y sonrosada un poquito pecosa, una franca mirada gris azulada. Una muchacha de clase media con su prestancia, su dominio de los entresijos, permanecía correctamente sentada en su sitio y, por debajo de la pesada chaqueta militar de color azul, asomaba una blusita floreada rosa y blanca.
Mary Williams volvió junto a ella y anunció:
—El miércoles se decidirá el tema de las casas.
—La policía nos dio cuatro días para desalojar.
—Entonces no sé qué podemos hacer nosotros.
—Solo necesitamos un certificado escrito de que se está estudiando el caso para poder mostrárselo a la policía, eso es todo.
Mary Williams no respondió. Su actitud y su mirada —que rehuía a Alice— de pronto revelaron claramente que, después de todo, era muy joven y probablemente temía perder su empleo.
Alice advirtió que algún tipo de conflicto se estaba desarrollando allí; esa no era simplemente una funcionaria cuyo trabajo a veces la obligaba a hacer cosas que no le gustaban. Algo personal bullía en el interior de Mary Williams y le confería esa tímida expresión obstinada y airada. Y esto la impulsó a levantarse y a acercarse por tercera vez al funcionario que tenía la misión de decir sí o no.
—Debe comprender —dijo Mary Williams, hablando en nombre de su colega—, que la carta solo diría que el miércoles se tomará una decisión sobre la casa.
—¿Por qué no vienen a verla? —sugirió Alice, en un arranque de inspiración—. Usted y...
—Bob Hood. Es una persona íntegra. Pero fue él quien...
—Sí, claro —dijo Alice—. Pero ¿por qué no vienen los dos y visitan la casa?
—Las casas, claro... Creo que Bob ya las visitó, pero hace algún tiempo... sí, tal vez deberíamos ir.
Mary estaba escribiendo las palabras que —de eso estaba segura Alice— salvarían la casa. Durante tanto tiempo como la necesitaran ella y los demás. Que la salvarían permanentemente, ¿por qué no? Un sobre con el membrete del Ayuntamiento cobijó la hoja de papel y Alice lo cogió.
—¿Tienen teléfono en la casa?
—Está arrancado.
Alice estuvo a punto de describir el estado en que se hallaba la casa: cemento en los váteres, cables eléctricos colgando, todo el panorama; pero su instinto se lo desaconsejó. Aunque sabía que esa joven, Mary, se enfurecería y se sentiría tan asqueada como el que más al escuchar que había personas capaces de destrozar de ese modo un lugar, los destrozos habían sido obra de funcionarios y Mary era una funcionaria. Era preciso no hacer nada que pudiese despertar a esa bestia implacable: el burócrata.
—¿Cuándo puedo llamarla? —preguntó.
—El jueves.
Ese era el día en que la policía había dicho que los desalojaría.
—¿Usted estará aquí el jueves?
—Si no estoy yo, Bob responderá a su llamada.
Pero Alice sabía que las cosas no irían igual de bien con Bob.
—Es una gestión de rutina —dijo Mary Williams—. Si no deciden derribar de inmediato las casas, aplazarán el caso. Ya lo han aplazado varias veces. —Al decir esto, le ofreció a Alice la sonrisa de su complicidad y añadió—: Buena suerte.
—Gracias. Hasta la vista.
Alice salió. Solo eran las cinco. En un día lo había conseguido. En ocho horas.
Todo se agitaba en la suave tarde primaveral, las nubes color pastel, las tiernas hojas nuevas, el cabrilleo de la luz en los céspedes; y cuando Alice llegó a su calle, la encontró llena de niños, gatos y gente cuidando sus jardines. Esa escena de suburbana tranquilidad y bienestar le provocó un acceso de violenta burla, como una secreta amenaza contra todo cuanto veía. Al mismo tiempo, paralelamente a esta emoción y sin interferirse en modo alguno con ella, discurría otra corriente de sentimiento, de ausencia, de añoranza.
Se detuvo en la acera. Desde lo alto de su casa, un solitario chorro amarillo salpicó las basuras que llenaban el jardín. Al otro lado del seto, en la casa de al lado, una mujer sostenía un hocino lleno de retoños, las raíces envueltas en floja tierra negra, y contemplaba el vergonzoso edificio.
—¡Es repugnante! —dijo—. Ya he avisado al Ayuntamiento.
—Oh, no —suspiró Alice—, no, por favor... —Pero, al ver que la cara y la mirada de la mujer se endurecían, dijo—: Mire, vengo del Ayuntamiento. Todo se arreglará, estamos negociando.
—Y toda esa basura... —observó más que preguntó la mujer. Le volvió la espalda a Alice y se inclinó sobre la tierra fragante de su macizo de flores.
Alice llegó a la puerta envuelta en un torbellino de apasionada identificación con la criticada casa, de indignación contra quienquiera que fuese el responsable del chorro vagabundo, Jasper probablemente, y de una necesidad de iniciar las tareas de reconstrucción.
La puerta no se movió al empujarla. El rojo furor de la ira inundó a Alice, que comenzó a aporrear la puerta gritando:
—¿Cómo os atrevéis, cómo os atrevéis a cerrarme la puerta? —Mientras por el rabillo del ojo observaba a la jardinera que se había incorporado y estaba contemplando la escena por encima de su bien cuidado seto.
Su indignación desapareció mientras se decía: Tienes que hacer algo con ella, pronto, tenemos que tenerla de nuestra parte.
Le ofreció una rápida sonrisita conciliadora y la saludó con la mano, en un gesto que recordaba el movimiento de la cola de un perro compungido, pero la vecina se limitó a mirarla fijamente y le volvió la espalda.
De pronto se abrió la puerta y los dedos de Jasper se cerraron con fuerza sobre su muñeca. Su rostro exhibía una fría mueca, que ella sabía que era de miedo. ¿De quién?
—Suéltame —dijo Alice, en una voz que parecía un grito contenido, mientras él la arrastraba hacia el interior—. No seas imbécil.
—¿Dónde has estado?
—¿Tú qué crees?
—¿Qué has estado haciendo durante todo el día?
—Oh, corta ya —dijo ella, y sacudió la muñeca para aflojarla cuando él la soltó, al ver que se habían abierto las puertas y Jim, Pat, Bert, y dos mujeres jóvenes, vestidas idénticamente con holgados monos azules y peludos jerséis blancos, estaban todos juntos en el vestíbulo y los miraban con expresión crítica.
—Siempre procuramos mantener la puerta cerrada y asegurada a causa de la policía —se apresuró a decir Bert en tono conciliador.
Alice pensó: Bueno, no tendré que preocuparme demasiado por él, mientras respondía:
—Cuando hemos venido esta mañana no estaba cerrada. Y la policía no viene a estas horas, ¿no crees? —Lo dijo porque tenía que decir algo; sabía que su estallido de rabia ahí fuera había sido poco afortunado.
Los cinco la miraban fijamente, los rostros ensombrecidos por la luz mortecina de la lámpara de camping, y Alice anunció, en su habitual tono suave:
—He estado hoy en el Ayuntamiento y todo está en orden.
—¿Qué quieres decir con que todo está en orden? —preguntó Bert, reafirmando su autoridad.
—Ahora que todos están aquí, quiero que lo discutamos —dijo Alice—. ¿Por qué no lo hacemos enseguida?
—¿Algún voto en contra? —bromeó Jasper, pero intentaba proteger a Alice, como observó esta con gratitud. Los siete entraron en fila india en la sala de estar, todavía iluminada por la luz del día.
La mirada de Alice examinaba afanosamente a las dos mujeres desconocidas. Como si no pudieran, o no quisieran, dedicar demasiado tiempo al asunto, ambas se instalaron sobre los brazos de un viejo sillón desvencijado. Compartían un cigarrillo entre las dos. Una era una muchacha rubia de facciones suaves, con el pelo recogido en una cola de caballo, y la cara enmarcada por ricitos y mechones ondulados. La otra era una chica gruesa, no, una mujer, con una corta melena negra rizada con algunos destellos plateados. Tenía las facciones firmes, la mirada directa, y se quedó observando fijamente a Alice, reservando su juicio.
—Esta es Faye, yo soy Roberta —anunció.
Con lo cual también estaba diciendo que formaban una pareja, pero Alice ya lo había notado.
—Alice. Alice Mellings.
—Bueno, camarada Alice, eres de las que no dejan crecer la hierba bajo sus pies. Yo, al menos, habría preferido discutirlo todo antes.
—Bien dicho —dijo Faye—, yo opino lo mismo. Me gusta saber qué se dice en mi nombre. —Habló en un acento cockney, muy vivaracho y coquetón, y Alice adivinó en el acto que era fingido, que lo había adoptado, como hacían tantos otros. Una graciosa muchachita cockney se exhibía sonriente a las miradas de todo el mundo y Alice la observó fijamente, mientras intentaba descubrir qué había realmente detrás.
Esa penetrante, inquisidora inspección, hizo agitarse y poner una carita de disgusto a Faye, y Roberta intervino rápidamente con una pregunta:
—¿A qué nos estamos comprometiendo, camarada Alice?
—Oh, ya veo —dijo Alice—. No queréis llamar la atención.
Roberta soltó un bufido burlón, en reconocimiento de la perspicacia de Alice, y dijo:
—Exactamente. Quiero pasar desapercibida una temporada.
—Yo también —dijo Faye—. Estamos cobrando el paro en Clapham, pero más vale que no preguntes cómo. Por la boca muere el pez —concluyó, sacudiendo graciosamente la cabeza.
—Y en boca cerrada no entran moscas —dijo Roberta.
—No hagas preguntas y no escucharás mentiras —ironizó Faye.
—Pero la realidad supera cualquier fantasía —añadió Roberta.
—Y que lo digas —acabó Faye.
Esa simpática comedia provocó la risa apreciativa de todos.
Como en un buen diálogo de music-hall: Faye, la chavalina de los bajos fondos, y su comparsa. Roberta no hablaba cockney, pero tenía una voz llana, cómoda y acomodaticia, con acento del norte. ¿Su propia voz? No, una voz impostada, probablemente sacada de la serie Coronation Street.
—Esa es otra razón para no desear continuas irrupciones de la policía —dijo Bert—. Me alegra que la camarada Alice esté intentando regularizar la situación. Puedes continuar con tu informe, camarada.
Bert también impostaba la voz. Alice detectaba a intervalos en ella los rebuscados tonos de algún colegio privado, aunque recubiertos de un matiz de vulgaridad, con la intención de sonar a clase obrera. Mala suerte, se le veía el plumero.
Alice tomó la palabra. (Su propia voz se remontaba a sus tiempos de alumna en un colegio de chicas del norte de Londres, inglés básico de la BBC, correcto, sin florituras. Había estado tentada de reivindicar el acento norteño de su padre, pero lo había juzgado deshonesto.) No contó que había llamado a su madre y a su padre, aunque sí dijo que podía conseguir cincuenta libras en poco tiempo. A continuación, resumió su visita al Ayuntamiento, mientras pasaba mentalmente revista a lo que había visto: las expresiones de la cara de Mary Williams, que le decían que la casa sería para ellos, y eso gracias a algún problema o actitud personal de Mary. Pero todo cuanto dijo al respecto, resumiendo la esencia de su entrevista con Mary, fue:
—Es una persona íntegra. Está de nuestra parte. Es una buena persona.
—Entonces, ¿tienes algo que podamos mostrarle a la policía? —preguntó Jim, y cuando le alcanzó el sobre amarillo, extrajo su contenido y lo examinó detenidamente, Alice comprendió que era una persona cuya suerte había dependido siempre de papeles, informes, cartas oficiales. El acento de Jim era auténtico cockney, nada de imitaciones.
—¿Estás en libertad condicional? —preguntó repentinamente Alice.
Jim la miró con ojos asombrados, luego a la defensiva, después con resentimiento. Su tierna, franca cara aniñada se replegó sobre sí misma y replicó:
—¿Y qué si lo estoy?
—Nada —dijo Alice. Mientras tanto, una breve mirada a Faye y a Roberta le indicó que ambas estaban en el mismo caso. O algo peor. Sí, probablemente algo peor. Sin duda, algo peor. ¿Prófugas?
—No lo sabía —dijo Bert—. Yo lo estuve hasta hace poco.
—Yo también —declaró en el acto Jasper, para no quedarse atrás. Jasper hablaba casi en su acento original. Era hijo de un abogado de una pequeña ciudad de los Midlands que se había quedado arruinado cuando Jasper se encontraba a mitad del bachillerato. Había terminado sus estudios con una beca. Era muy inteligente; pero había recibido la beca como una limosna. Estaba lleno de odio contra su padre, por haber cometido la tontería de meterse en inversiones dudosas. Al igual que Bert, había vulgarizado su acento de clase media. En compañía de camaradas de clase obrera podía hablar como ellos y, en los momentos emotivos, así lo hacía.
—Está oscureciendo —comentó Pat, y se levantó, encendió una cerilla y la acercó a las velas de dos candelabros de latón bastante bonitos sobre la repisa de la chimenea. Pero la grasienta suciedad había matado su brillo. La luz del día se replegó detrás de los cristales y los siete quedaron sentados en un círculo de pálida luz amarilla, en las profundidades de una alta sala a oscuras.
Pat apoyó un codo en la repisa y tomó el control de la escena. Bajo la luz romántica, con sus oscuras ropas militares, sus negras y recias botas, parecía —y sin duda debía de saberlo— una guerrillera o una mujer soldado de algún ejército. Sin embargo, la luz acentuaba el delicado moldeado de sus facciones, de sus manos, y de hecho recordaba más la figura idealizada de un soldado en un cartel de reclutamiento. Una muchacha soldado israelita, tal vez, con un libro en una mano y un fusil en la otra.
—El dinero —dijo Pat—. Tenemos que hablar del dinero. —Su acento era típicamente de clase media, pero Alice advertía que Pat no había hablado siempre así. Se le notaba demasiado el esfuerzo.
—Es verdad —dijo Jim—. Estoy de acuerdo.
La única persona en esa sala, aparte de Alice, que conservaba inalterado su propio acento era Jim, el auténtico cockney.
—Nos costará más —dijo Bert—, pero a cambio obtendremos paz y tranquilidad.
—No tiene por qué costar más —dijo Alice—. Para empezar, gastaremos la mitad, o incluso menos, en comida. Lo sé por experiencia.
—Tienes razón —dijo Pat—. Yo también tengo experiencia. Las comidas preparadas y fuera de casa cuestan un ojo de la cara.
—Alice tiene buena mano para alimentar con poco dinero a la gente —dijo Jasper.
Mientras los cinco iban manifestando sus posiciones, todos, tal vez sin saberlo, tenían puestos perceptiblemente los ojos en Roberta y Faye. O, más exactamente, en Faye, que permanecía sentada mirando a todas partes menos a ellos: al techo, a sus pies, a los pies de Roberta, al suelo, mientras aspiraba el humo del cigarrillo que sostenía entre los labios. La mano le temblaba, apoyada en la rodilla. Daba la impresión de temblar ligeramente toda ella. Sin embargo, sonreía. No con la mejor de sus sonrisas.
—Un segundo, camaradas —dijo—. ¿Y si a mí me gustan las comidas preparadas? Me gustan las comidas preparadas, ¿comprendéis? ¿Y si me gusta comer fuera cuando me da la gana? —Se rió y sacudió la cabeza, exhibiendo, como si su vida dependiera de ello, la imagen de la cockney descarada conocida a través de mil películas.
—Hay algo de verdad en lo que dicen, Faye —dijo Roberta en tono neutral, para no provocar a su amiga. Mantenía un ojo vigilante sobre Faye y no podía evitar lanzarle breves y nerviosas miradas.
—¡No te jode! —dijo Faye, empleándose a fondo en su número cockney, porque, como podían notar todos, temía su propio furor—. Hasta ayer todo iba de perlas, para mí al menos, y hoy, ya lo veis. No me gusta que me organicen, ya me entendéis.
—Y ella sigue en sus trece —dijo Bert, con una fría sonrisa de clase alta, como si bromease. No le gustaba Faye y aparentemente tampoco le importaba que se le notase.
Pat intentó enmendarlo rápidamente con buen humor.
—Si no os gusta la idea, nadie os obligará a participar, ¡tenéis nuestra palabra! —Lo dijo sin rencor. Incluso se rió, con la esperanza de que Faye también lo hiciera; pero Faye echó la cabeza hacia atrás, sus graciosas facciones parecieron desmoronarse y sus labios se pusieron blancos de tanto apretarlos. El cigarrillo le temblaba violentamente en la mano, esparciendo las cenizas por todas partes.
—Un momento. Mantengamos la calma —dijo Roberta, dirigiéndose aparentemente a los cinco, que se habían quedado mirando todos a Faye. Pero Faye comprendió que iba por ella y se esforzó en sonreír—. ¿Se ha mencionado la forma en que tendríamos que pagar? —preguntó Roberta.
—No, pero conozco distintas formas de hacerlo —respondió Alice—. En Birmingham, por ejemplo, fijaron una cantidad global para toda la casa, en concepto de alquiler. Y pagábamos la electricidad y el gas aparte.
—¿La electricidad? —dijo Faye—. ¿Quién quiere pagar por la electricidad?
—No hay que pagarla; o solo se paga el primer recibo —dijo Jasper—. Alice sabe cómo hacerlo.
—Todos hemos notado ya lo que sabe hacer Alice —replicó Faye.
—Bueno —dijo Pat—, ¿por qué no aplazamos esta discusión hasta que tengamos la información? Si hacen una valoración global del alquiler y otros gastos y nos lo descuentan de la Seguridad Social a partes proporcionales, a algunos les convendrá y a otros no. Para mí, por ejemplo, sería perfecto.
—En cambio, para mí no, ¿te das cuenta? —dijo Faye, amable pero violenta.
—Y para mí tampoco —dijo Roberta—. No quiero convertirme en residente oficial de esta casa. Y Faye tampoco.
—No, Faye tampoco, desde luego —dijo Faye—. Hasta ayer era libre como un pájaro, entraba y salía cuando quería, no vivía formalmente aquí, solo entraba y salía, y ahora, de pronto...
—Está bien —dijo exasperado Bert—. No queréis formar parte del grupo, de acuerdo.
—¿Me estás diciendo que me vaya? —inquirió Faye, con una risita estridente, y su cara pareció desmoronarse y transmutarse otra vez, insinuando la presencia de otra Faye, una Faye pálida, horrible, violenta, prisionera involuntaria de la graciosa cockney.
Jim se rió tristemente y dijo:
—A mí me dijeron que me largara. Por qué no a Faye y a Roberta, si es necesario.
Faye se volvió hacia Jim con toda la fuerza de su horrible palidez y Roberta se apresuró a intervenir diciendo:
—Nadie tendrá que marcharse. Nadie. —Miró directamente a Jim—. Pero todos tenemos que tener claro qué estamos dispuestos y qué no estamos dispuestos a hacer. Y tiene que quedar claro ahora mism
