La novia de papá

Paloma Bravo

Fragmento

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El estado ideal del hombre es el de padre separado —le dice una noche Pablo a mi amigo David, que anda en plena crisis de pareja.

Para los cursis, sería una boutade. Yo lo veo como una provocación que Pablo enciende socialmente, como su mejor pitillo. Y es que tiene alrededor una teoría bien armada: «La mitad de la semana eres un tío soltero y completamente libre, la otra mitad un padre que no tiene que aguantar a la madre de sus hijos».

Y, aunque David se queda estupefacto y yo le hago un guiño que me distancia de las tonterías de mi novio, para mí sí que existen ventajas evidentes: Pablo vive en mi casa los lunes y los martes; miércoles y jueves, y fines de semana alternos, vuelve a la suya, a sus hijas, y yo recupero mi vida: mis amigos, mi soledad, mi independencia, mi libertad.

Lo que pasa es que Pablo está muy orgulloso de su paternidad. Y yo muy enamorada. Por eso no soy capaz de negarme cuando, a los dos meses de estar juntos, insiste en presentarme a sus niñas.

Ya la primera noche, cuando nos conocimos, nos tomamos dos copas y nos enrollamos, yo había sellado mi destino con tres preguntas clave: «¿Cuánto hace que te separaste?» (cuatro años), «¿Qué edades tienen?» (ocho y once) y «¿Cómo se llaman?». Esa última fue la sentencia definitiva: «Me encanta que me preguntes eso, que te importe».Y es que para Pablo la semántica es una profesión y «dar nombre» a sus hijas había sido una prueba que consideraba resuelta con nota sobresaliente: «Eva, la mujer, la primera, la manzana, la mayúscula en sólo tres letras; y Teresa, por la de Jesús, sí, pero no por santa, sino por su trascendencia y su valor literario». Claro que ahora que repito esta explicación tan pedante, y encima la pongo por escrito, debo decir en nuestro descargo (el del ponente y el de la que escuchó conmovida) que había un contexto: los dos o tres mojitos, el tono medio coñón y con un punto autoparódico y, en fin, una noche en la que todos los gatos eran pardos.

Pero a lo que iba, que yo no quiero conocer a sus hijas, no. Lo prometo. Que no es por hacerme de rogar, que tampoco es por miedo al compromiso, que no se trata de hacerme la interesante, que no. Que, simplemente, ya he tenido en mi vida a otros hijos de, que hasta he vivido con ellos y con los mensajes envenenados de sus madres, que no y no, qué pereza, para qué. Que estamos bien así.

Pero volvemos al principio: para Pablo es importante. Y él solito empieza a planificar minuciosamente una estrategia digna del día «D»: «En dos semanas, el domingo mejor, que viernes y sábado andarán de invitaciones y cumpleaños del cole y no quiero fastidiarles el plan y que te conozcan rebotadas. ¿Cómo lo hacemos, Sol? ¿Quedamos solos los cuatro? ¿Con mis sobrinos? ¿Con tus sobrinos? ¿Con mis hermanos? ¿Con mis padres?».

Yo intento callarme. Por aquello de que el silencio te hace parecer inteligente. Y por si se le quitan las ganas. Siento nostalgia, además, de aquellos tiempos en que tenía novios cuyo mayor miedo era presentarme a sus colegas («Tío, déjame hacerle la visual») y luego me merendaba a los borricos en dos segundos. Y, si no, me traía al pairo. O de cuando me casé con aquel pijo progre que tuvo taquicardias el día que quedamos con su madre («Mira, vale que no seas de derechas, pero ya te puedes dejar de ir vistiendo de hippy, que pareces una roja de mierda, y eso no, para mi hijo no»). ¡Quién volviera a esa inocencia! A esa edad, en realidad, porque claro, yo ya he cumplido los treinta y Pablo alguno más: no es que no me quiera presentar a sus colegas o a sus padres, es que lo que le importa es lo que opinan las niñas.

¿Opinan las niñas?

Una semana antes del día «D» aún no hay un plan definido y mi silencio empieza a evaporarse. Mi estrategia ahora es ponerle nervioso y conducirle a la postergación.

—¿Pero qué vamos a hacer? No querrás que nos sentemos a merendar y que les pregunte por las notas y por su asignatura preferida del cole. Y, además, ¿qué les vas a decir? ¿Que soy una amiga? ¿Que vives en mi casa cuando no estás con ellas? ¿Que…?

—No sé.

Pablo empieza a ponerse histérico. «Es que yo te quiero. Y quiero que te quieran. Y quiero que las quieras.» Hay infinitas conjugaciones del verbo «querer», pero todas tienen que ver con el amor, y, puestos a querer, yo también quiero a Pablo y por eso acabo interviniendo más de lo que me gustaría:

—Vale. Mi amigo Jaime quiere que le acompañe a un musical. ¿Os venís?

Pablo aún no conoce a Jaime. Tampoco sabe que Jaime es padre separado de un hijo adoptado, un niño etíope (hablando de nuevas familias…).Y, aún menos, que Jaime mide veinte centímetros más que él y parece un Paul Newman mejorado.

Pero quedamos.

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Hemos entrado con el tiempo justo. Sólo he visto dos pares de ojos verdes. Me gusta que las hijas de Pablo sean guapas. Me sé nombres y edades, así que las tengo controladas. Eva, la mayor, once. Teresa, la pequeña, ocho.

«Eva. Once años», me repito… «¡Parece una mecedora!» Y, de hecho, acabamos sincronizadas: si yo me echo para atrás, fingiendo disfrutar del espectáculo, Eva se asoma por delante de su padre y me mira fijamente. Si yo me inclino hacia la butaca delantera, Eva se retrae y disimula. En realidad, lo que parece es una mala novela de espías: Eva me está vigilando.

Estamos, según el plan, viendo un musical. De los largos. Pablo, Eva y Teresa en un lado. Al lado de Pablo, yo, «Sol, una amiga».A mi lado, Jaime; al lado de Jaime, Haile, su hijo. Jaime no ha sido presentado como nada. En todo caso, y por omisión, como el padre de Haile (y, con ese nombre, el original del niño, no han debido entender su papel). Una confusión deliberada para que yo pueda parecer la novia de Jaime (la madre de Haile, no parezco; o, al menos, no lo creo). O no. Quizá parezco la novia de Pablo, el padre de Eva; parezco una mujer patética que se esconde detrás de su guapísimo amigo Jaime y del superexótico hijo de su amigo Jaime.

No sé.

Además, de vez en cuando, Jaime se inclina hacia delante, como Eva, pero para ver a Pablo. Y Pablo para ver a Jaime.

A estas alturas de mi vida, ya no les presento a mis ligues mi CV sentimental (ese plan tan adolescente y tan cansado de «he tenido seis novios, pero de los de más de seis meses sólo dos, y me he acostado con…»), así que no me he molestado en explicarle a Pablo que Jaime fue mi m

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