La sonrisa etrusca

José Luis Sampedro

Fragmento

cap-1

 

En el museo romano de Villa Giulia el guardián de la Sección Quinta continúa su ronda. Acabado ya el verano y, con él, las manadas de turistas, la vigilancia vuelve a ser aburrida; pero hoy anda intrigado por cierto visitante y torna hacia la saleta de Los Esposos con creciente curiosidad. «¿Estará todavía?», se pregunta, acelerando el paso hasta asomarse a la puerta.

Está. Sigue ahí, en el banco frente al gran sarcófago etrusco de terracota, centrado bajo la bóveda: esa joya del museo exhibida, como en un estuche, en la saleta entelada en ocre para imitar la cripta originaria.

Sí, ahí está. Sin moverse desde hace media hora, como si él también fuese una figura resecada por el fuego y los siglos. El sombrero marrón y el curtido rostro componen un busto de arcilla, emergiendo de la camisa blanca sin corbata, al uso de los viejos de allá abajo, en las montañas del Sur: Apulia o, más bien, Calabria.

«¿Qué verá en esa estatua?», se pregunta el guardián. Y, como no comprende, no se atreve a retirarse por si de repente ocurre algo, ahí, esta mañana que comenzó como todas y ha resultado tan distinta. Pero tampoco se atreve a entrar, retenido por inexplicable respeto. Y continúa en la puerta mirando al viejo que, ajeno a su presencia, concentra su mirada en el sepulcro, sobre cuya tapa se reclina la pareja humana.

La mujer, apoyada en su codo izquierdo, el cabello en dos trenzas cayendo sobre sus pechos, curva exquisitamente la mano derecha acercándola a sus labios pulposos. A su espalda el hombre, igualmente recostado, barba en punta bajo la boca faunesca, abarca el talle femenino con su brazo derecho. En ambos cuerpos el rojizo tono de la arcilla quiere delatar un trasfondo sanguíneo invulnerable al paso de los siglos. Y bajo los ojos alargados, orientalmente oblicuos, florece en los rostros una misma sonrisa indescriptible: sabia y enigmática, serena y voluptuosa.

Focos ocultos iluminan con dinámico arte las figuras, dándoles un claroscuro palpitante de vida. Por contraste, el viejo inmóvil en la penumbra resulta estatua a los ojos del guardián. «Como cosa de magia», piensa éste sin querer. Para tranquilizarse, decide persuadirse de que todo es natural: «El viejo está cansado y, como pagó la entrada, se ha sentado ahí para aprovecharla. Así es la gente del campo.» Al rato, como no ocurre nada, el guardián se aleja.

Su ausencia adensa el aire de la cripta en torno a sus tres habitantes: el viejo y la pareja. El tiempo se desliza...

Quiebra ese aire un hombre joven, acercándose al viejo:

—¡Por fin, padre! Vámonos. Siento haberle tenido esperando, pero ese director...

El viejo le mira: «¡Pobre chico! Siempre con prisa, siempre disculpándose... ¡Y pensar que es hijo mío!»

—Un momento...¿Qué es eso?

—¿Eso? Los Esposos. Un sarcófago etrusco.

—¿Sarcófago? ¿Una caja para muertos?

—Sí... Pero vámonos.

—¿Les enterraban ahí dentro? ¿En eso como un diván?

—Un triclinio. Los etruscos comían tendidos, como en Roma. Y no les enterraban, propiamente. Depositaban los sarcófagos en una cripta cerrada, pintada por dentro como una casa.

—¿Como el panteón de los marqueses Malfatti, allá en Roccasera?

—Lo mismo... Pero Andrea se lo explicará mejor. Yo no soy arqueólogo.

—¿Tu mujer?... Bueno, le preguntaré.

El hijo mira a su padre con asombro. «¿Tanto interés tiene?» Vuelve a consultar el reloj.

—Milán queda lejos, padre... Por favor.

El viejo se alza lentamente del banco, sin apartar los ojos de la pareja.

—¡Les enterraban comiendo! —murmura admirado... Al fin, a regañadientes, sigue a su hijo.

A la salida el viejo toca otro tema.

—No te ha ido muy bien con el director del museo, ¿verdad?

El hijo tuerce el gesto.

—Bueno, lo de siempre, ya sabe. Prometen, prometen, pero... Eso sí, ha hecho grandes elogios de Andrea. Incluso conocía su último artículo.

El viejo recuerda cuando, recién acabada la guerra, subió él a Roma con Ambrosio y otro partisano («¿cómo se llamaba, aquel albanés tan buen tirador?..., ¡maldita memoria!») para exigir la reforma agraria en la región de la Pequeña Sila a un dirigente del Partido.

—¿Te ha acompañado hasta la puerta dándote palmadas en el hombro?

—¡Desde luego! Ha estado amabilísimo.

El hijo sonríe, pero el viejo tuerce el ceño. Como entonces. Fueron precisos los tres muertos de la manifestación campesina de Melissa, junto a Santa Severina, para que los políticos de Roma se asustaran y decidieran hacer algo.

Llegan hasta el coche en el aparcamiento y se instalan dentro. El viejo gruñe mientras se abrocha el cinturón de seguridad. «¡Buen negocio para unos cuantos! ¡Como si uno no tuviera derecho a matarse a su gusto!» Arrancan y se dirigen hacia la salida de Roma. A poco de pagar el peaje, ya en la Autostrada del Sole, el viejo vuelve a su tema mientras lía despacio un cigarrillo.

—¿Enterraban a los dos juntos?

—¿A quiénes, padre?

—A la pareja. A los etruscos.

—No lo sé. Puede.

—¿Y cómo? ¡No iban a morirse al mismo tiempo!

—Tiene usted razón... Pues no lo sé... Apriete ahí, que sale un encendedor.

—Déjate de encendedores. ¿Y la gracia del fósforo?

El viejo, efectivamente, frota y enciende con habilidad en el hueco formado por sus manos. Arroja el fósforo al exterior y fuma despaciosamente. Silencio desgarrado tan sólo por zumbido de motor, susurrar de neumáticos, algún imperioso bocinazo. El coche empieza a oler a tabaco negro, evocando en el hijo recuerdos infantiles. Con disimulo baja un poco el cristal de la ventanilla. El viejo entonces le mira: nunca ha podido acostumbrarse a ese perfil delicado, herencia materna cada año más perceptible. Conduce muy serio, atento a la ruta... «Sí, siempre ha sido un chico muy serio.»

—¿Por qué reían de esa manera tan..., bueno, así? ¡Y encima de su tumba, además!

—¿Quiénes?

—¡Quiénes van a ser! ¡Los etruscos, hombre, los del sepulcro! ¿En qué estabas pensando?

—¡Vaya por Dios, los etruscos!... ¿Cómo puedo saberlo? Además, no reían.

—¡Oh, ya lo creo que reían! ¡Y de todo, se reían! ¿No lo viste?... ¡De una manera...! Con los labios juntos, pero reían... ¡Y qué bocas! Ella, sobre todo, como... —Se interrumpe para callar un nombre (Salvinia) impetuosamente recordado.

El hijo se irrita. «¡Qué manía! ¿Acaso la enfermedad está ya afectándole al cerebro?»

—No reían, padre. Sólo una sonrisa. Una sonrisa de beatitud.

—¿Beatitud? ¿Qué es eso?

—Como los santos en las estampas, cuando contemplan a Dios.

El viejo suelta la carcajada.

—¿Santos? ¿Contemplando a Dios? ¿Ellos, los etruscos? ¡Ni hablar!

Su convicción no admite réplica. Les adelanta un coche grande y rápido, conducido por un chófer de librea. En el asiento de atrás el fugitivo perfil de una señora elegante. «Este hijo mío...», piensa el viejo. «¿Cuándo llegará a saber de la vida?»

—Los etruscos reían, te lo digo yo. Gozaban hasta encima de su tumba, ¿no te diste cuenta? ¡Vaya gente!

Da otra chupada al cigarro y continúa:

—¿Qué fue de esos etruscos?

—Los conquistaron los romanos.

—¡Los romanos! ¡Siempre haciendo la puñeta!

El viejo se abisma en la vieja historia, recuerdos de la dictadura y de la guerra, de los políticos después, mientras el coche rueda hacia el norte.

El sol culmina su carrera, entibiando los cultivos otoñales. En una colina todavía vendimian cuando, allá en Roccasera, el mosto ya empieza a fermentar. Unos surcos desiguales llaman la atención del viejo: «Si uno de mis mozos me hiciera una labor así», piensa, «a patadas le echaba de mi casa». Cada detalle de las tierras tiene un significado para él, aunque sea un paisaje tan diferente. Más verde, más blando, para esa gente del Norte.

—Toda esta tierra era etrusca —exclama de pronto el hijo, deseando hacerse grato.

Al viejo le parecen aún más jugosos los campos. Al cabo de un rato se ve forzado a pedir algo:

—Cuando puedas paras un momento, hijo. Necesito echar abajo el pantalón. Ya sabes, la bicha que me anda por dentro.

El hijo vuelve a inquietarse con la grave enfermedad del padre, causa de que lo lleve a los médicos de Milán, y se reprocha haberla olvidado un rato por culpa de su propio problema. Cierto, el posible traslado a Roma de su mujer le importa mucho, pero lo de su padre es el final. Se vuelve hacia el viejo cariñosamente.

—En la primera ocasión. De paso tomaré un buen café para despejarme conduciendo.

—Puedo esperar, no te apures.

El hijo detalla el perfil de su padre. Aguileño todavía, pero ya la nuez se afila, guijarro atragantado, y los ojos se hunden. ¿Cuánto tiempo aún podrá contemplar ese rostro invulnerable que siempre le inspiró seguridad? La vida les ha distanciado, llevándoles a mundos diferentes y, sin embargo, ¡cómo echará de menos la sombra protectora del viejo roble! Puñalada de angustia: si hablara se le notaría la congoja. Al viejo no le gustaría.

Aparcan en una estación de servicios. El hijo lleva el coche a repostar y cuando entra en el bar ya está su padre sorbiendo de una taza humeante.

—Pero ¡padre! ¿No se lo ha prohibido el médico?

—¿Qué más da? ¡Hay que vivir!

—¡Pues por eso!

El viejo calla y sonríe, paladeando su café. Luego empieza a liarse otro cigarrillo.

Reanudan la marcha y al cabo de unos minutos en la autopista leen la indicación de próxima salida hacia Arezzo, a la derecha.

—Fue una gran ciudad etrusca —explica el hijo cuando pasan junto al rótulo, dejándolo atrás.

Arezzo: el viejo retiene el nombre.

cap-2

 

El coche retorna a la autopista desde un mesón de carretera donde los viajeros han cenado ligeramente. Por la llanura del Po la niebla se extiende como avanzadilla de la noche, enredando sus vedijas en las hileras de álamos. El viejo se adormila poco a poco: no retienen su atención esas tierras monótonas y blandas, huertos domesticados.

«Pobre», piensa el hijo, contemplando esa ladeada cabeza sobre el respaldo. «Está cansado... ¿Tendrá esperanzas de curarse?... Y, si no, ¿por qué viene?... Nunca creí que accediese a dejar su Roccasera; no me lo explico.»

Cuando el viejo abre los ojos ya es noche cerrada: el reloj del tablero, débilmente iluminado en verde, marca las diez y diez. Vuelve a cerrar los párpados como resistiéndose a enterarse. Le irrita volver a Milán. La vez anterior, recién enviudado, no pudo aguantar ni quince días, cuando le habían planeado los hijos un par de meses. Insoportable todo: la ciudad, los milaneses, el minúsculo pisito, la nuera... Y ahora, sin embargo, ¡hacia Milán!... «¡Con lo a gusto que me moriría en casa!», piensa. «¡Maldito Cantanotte! ¿Por qué no reventará él de una vez?»

—Buen sueñecito, ¿verdad? —le dice el hijo cuando al fin el viejo decide moverse—. Ya estamos llegando.

Sí, ya están llegando a la trampa. Las ciudades, para el viejo, han sido siempre un embudo cazahombres donde acechan al pobre los funcionarios, los policías, los terratenientes, los mercaderes y demás parásitos. La salida de la autopista, con su casilla de control para detenerse y entregar un papel, es justamente la boca de la trampa.

Empiezan los suburbios y el viejo mira receloso, a un lado y a otro, las tapias, hangares, talleres cerrados, viviendas baratas, solares, charcos... Humo y bruma, suciedad y escombros, faroles solitarios y siniestros. Todo inhumano, sórdido y hostil. Al bajar el cristal percibe un vaho húmedo apestando a basura y a residuos químicos. Se suelta el cinturón de seguridad y le alivia sentirse más desembarazado para reaccionar contra cualquier amenaza.

«Menos mal que la Rusca está hoy tranquila», piensa consolándose. A la enfermedad que le corroe la llama Rusca, nombre de un hurón hembra que le regaló Ambrosio después de la guerra: no hubo nunca en el pueblo mejor conejera. «Me tienes consideración, ¿eh, Rusca? Comprendes que venir a Milán ya es bastante duro. También para ti, lo sé. Si no fuera por lo que es, te aseguro que acabábamos los dos juntos allá abajo, en nuestra tierra.»

Recuerda el hociquito cariñoso —pero debajo colmillos ferocísimos— de aquella buena conejera. Se la mató un perro del Cantanotte. El recuerdo hace sonreír al viejo porque, en venganza, le cortó el rabo al perro y el otro se tragó el insulto. Además, poco después desvirgó a la Concetta, una sobrina del rival.

Ahora, a cada lado, les encajonan las casas. Muros por todas partes, menos hacia delante, para atraer al coche cada vez más hacia el fondo de la trampa. Los semáforos se obstinan en regular un tráfico casi nulo a esa hora, los anuncios luminosos guiñan mecánicamente, como signos burlones. De vez en cuando, sorpresas inquietantes: el repiqueteo estrepitoso de un timbre que no alarma a nadie, el súbito fragor de un tren por el viaducto metálico bajo el cual pasan, o unos mugidos y un olor a estiércol inexplicables en pleno casco urbano.

—El matadero —aclara el hijo, señalando las tapias a la derecha—. Ahí compramos vísceras para la fábrica.

«Así que trampa también para los animales.»

Embocan una avenida. «¿Qué es aquella hoguera con mujeres moviéndose alrededor de las llamas, como brujas en el páramo?»

Un semáforo rojo les detiene justo al lado y una de las mujeres se acerca al coche, abre su chaquetón y exhibe sus tetas al aire.

—¿Os animáis, buenos mozos? ¡Tengo para los dos! —grita su pintada boca.

Cambia el semáforo a verde y el coche arranca.

—¡Qué vergüenza! —murmura el hijo, como si él tuviera la culpa.

«Pues como tetas, eran un buen par», piensa el viejo regocijado. «Ahora ponen mejor cebo en la trampa.»

El laberinto continúa encerrándoles. Al cabo el hijo frena y aparca entre los coches dormidos junto a la acera. Se apean. El viejo lee con extrañeza un rótulo en la esquina: Viale Piave.

—¿Es aquí? —comenta—. No recuerdo nada.

—La otra casa se quedó pequeña cuando nació el niño —explica el hijo mientras abre el maletero—. Éste es mejor barrio; si podemos pagar un piso en él es gracias a que nuestras ventanas dan atrás, a la via Nino Bixio. Andrea está encantada.

«¡El niño, claro!», piensa el viejo, reprochándose no haberle tenido más presente. Pero con la muerte de su mujer, y luego con su propia enfermedad, ¡han ocupado su cabeza tantas cosas...!

Cruzan un vestíbulo, con tresillo y espejo, deteniéndose ante el ascensor. Al viejo no le gusta, pero desiste de subir a pie, al saber que son ocho pisos: «¡Buena se pondría la Rusca

Llegados arriba el hijo abre despacio la puerta y enciende una suave luz, recomendando silencio al viejo porque el niño estará dormido. Aparece una silueta en el pasillo:

—¿Renato?

—Sí, querida. Aquí estamos.

El viejo reconoce a Andrea: su boca delgada y seria entre los marcados pómulos, bajo la mirada gris. Pero ¿no usaba antes gafas?

—Bienvenido a su casa, papá.

—Hola, Andrea.

La abraza y esos labios rozan su mejilla. Es ella, sí. Recuerda los huesos en la espalda, el pecho liso. «¡Y sigue llamándome papá, a lo señoritingo!», piensa el viejo disgustado. No sospecha el esfuerzo que le ha costado a ella pronunciar la sacrosanta fórmula de bienvenida —Renato se lo encareció mucho—, pues le recuerda sus dos horribles semanas de recién casada en la salvaje Calabria, donde la analizaban todos como a un insecto bajo una lupa. ¡Las mujeres llegaban incluso a entrar en el patio con pretextos para ver colgada a secar la fina ropa interior de «la milanesa»!

—¿Cómo habéis tardado tanto?

El viejo reconoce también ese tono incisivo. Renato culpa a la niebla, pero Andrea ya no le escucha. Se aleja pasillo adelante, segura de que la siguen. Enciende una luz y da entrada al viejo en su cuarto, indicando a Renato el armario de pared donde se guardan las sábanas para el diván-cama.

—No tuve tiempo de prepararlo —concluye—; el niño tardó mucho en dormirse... Discúlpeme, papá, mañana doy mi clase a primera hora... Buenas noches.

El viejo contesta y Andrea se retira. Mientras Renato abre el armario, el viejo recorre esa celda con la mirada. Cortinillas tapando la ventana; una mesita con una lámpara, una estampa confusa con algo como pájaros; una silla...

Nada le dice nada, pero no se sorprende.

Mentalmente se encoge de hombros: No siendo allá abajo, ¿qué más le da?

cap-3

 

El diván-cama se resiste a ser desplegado. El hijo forcejea y el viejo no sabe ayudarle, ni quiere tampoco relacionarse con semejante máquina, tan contraria a su vieja cama. La de toda la vida desde su boda: alta, maciza, dominando la alcoba como una montaña cuya cumbre fuese el copete de la cabecera en castaño pulido, cuyos prados los mullidos colchones, dos de lana sobre uno de crin, como en todo hogar que se respete... ¡Rotunda, definitiva, para gozar, parir, descansar, morir!... Evoca también otras yacijas de su agitada vida: la dura tierra de las majadas pastoriles, el jergón cuartelero, el heno seco de los pajares, la hierba extendida sobre roca en las cuevas cuando era partisano, los colchones campesinos de paja de maíz chascando como sonajas bajo el retozo amoroso... Todo un mundo ajeno a ese artefacto híbrido de la celda, con resortes agazapados como cepos loberos.

Al fin cede el mecanismo y el mueble se despliega casi de golpe. El hijo tiende las sábanas y pone una sola manta porque —advierte— hay calefacción. Al viejo le da igual: se ha traído su manta de siempre, adelgazada ya por medio siglo de uso. Imposible abandonarla; es su segunda piel. Le ha protegido de lluvias y ventiscas, ha sudado con él las mejores y peores horas de su vida, fue incluso condecorada con un agujero de bala, será su mortaja.

—¿Necesita algo más? —pregunta al fin Renato.

Necesitar, necesitar... ¡Todo y nada! Le sobra cuanto ve y, en cambio, ¡desearía tanto! Le apetece, sobre todo, un largo, largo trago de vino, pero del tinto de allá, recio y áspero, para gargantas de hombre; el de Milán será pura química... ¿Con qué podría quitarse el mal sabor de boca? Algo que sea verdad... Le asalta una idea:

—¿Tienes fruta?

—Unas peras buenísimas. De Yugoslavia.

El hijo sale y vuelve pronto con dos hermosas peras y un cuchillo, sobre un plato que deja en la mesilla. Luego hace asomarse a su padre al pasillo, para indicarle la puerta de la cocina —en el refrigerador hay de todo— y la del baño, más allá.

—Procure no hacer mucho ruido al lavarse cuando el niño duerma, porque su cuarto es justo al lado... Le verá usted mañana, ¿verdad?, no sea que ahora le despertemos. ¡Está más hermoso! Se parece a usted.

—Sí, mejor mañana —contesta el viejo, disgustado por esa observación final que le resulta aduladora. «¡Tonterías! Los recién nacidos no se parecen a nadie. No son más que niños. Nada, bultos que lloran.»

—Buenas noches, padre. Bienvenido.

El viejo se queda solo y su primer gesto es descorrer las cortinas: odia todo trapo de adorno. A través de los cristales ve un patio y, enfrente, otra pared con ventanas cerradas. Abre y se asoma. Arriba, lo que en Milán es el cielo nocturno: un bajo dosel de niebla y humo devolviendo la violácea claridad callejera de focos y neón. Abajo, un negro pozo despidiendo olor a comida fría, ropa mojada, cañerías, emanaciones de fuel...

Al cerrar se da cuenta de que abrió instintivamente, por un reflejo de tiempos de guerra: comprobar si la abertura puede servir de escapatoria. Resultado negativo. «Como en la Gestapo de Rímini... Aquellos días al borde del paredón, hasta que logré engañarles y me soltaron... ¡Gracias a que Petrone aguantó la tortura y no dijo una palabra! ¡Pobre Petrone!»

Las peras sobre la mesilla: de eso no había en el calabozo de Rímini. Coge una y saca su navaja, ignorando el cuchillo. Empieza a pelarla. «¡Malo, no huele!» Prueba un trozo: fría como el hielo y no sabe a nada, la pera de magnífica apariencia. «Las matan las cámaras.» Monda también la segunda sin catarla; sólo para que Renato vea mañana las peladuras. Después abre la ventana y arroja al pozo ambas frutas; un doble golpe sobre tejadillo metálico le llega desde abajo.

«¡Parece mentira que sean yugoslavas!», piensa mientras cierra, porque el nombre del país ha removido el recuerdo de Dunka. «¡Dunka! ¡Su cuerpo sí que era frutal, dulce, oloroso!» Y jamás fría, la tibia piel; siempre cálida, viva, la inolvidable compañera de lucha y de placer... ¡Oh, Dunka, Dunka! Esfumada su figura en los últimos tiempos, pero habitando siempre el viejo corazón, animándolo en cuanto reaparece desde el pasado...

Al desnudarse acaricia el viejo, como todas las noches, la bolsita colgada de su cuello, con sus amuletos contra el mal de ojo. Se mete en la cama después de tender encima su manta, apaga y arregla el embozo para ceñirlo alrededor de su cuello como en un saco de campaña.

«Yo también estoy vivo, Dunka... ¡Vivo!», repite, paladeando la palabra. Y otro recuerdo reciente se suma al antiguo de la mujer: «Tan vivo como la pareja del museo, esta mañana... ¡Gran idea, esa tumba de barro bien cocido, en vez de la madera que se pudre...! Durar, como el aceite en mis tinajas...»

En su mar interior refluye la imagen de Dunka:

«En un diván no, pero en la cama sí que cenábamos como esa pareja, ella y yo, sin más luz que la luna, por mor de los aviones y las rondas de la Gestapo... La luna resbalando sobre el mar como un camino derecho hacia nosotros... ¿Para qué más luz? ¡Con tocarnos, con besarnos...! ¡Y cómo nos besábamos, Dunka, cómo nos besábamos!»

Aún sonríe al recuerdo cuando le abraza el sueño.

cap-4

 

El viejo se despierta, como siempre, antes de amanecer. Allí se levantaría enseguida, para su ronda matinal: pisar la tierra húmeda todavía del relente nocturno, respirar aire recién nacido, ver ensancharse la aurora por el cielo, escuchar los pájaros... Allí sí, pero aquí...

«A estas horas estará levantándose Rosetta... Mucho llorar ayer despidiendo a su padre, pero ya la habrá consolado el sinvergüenza del marido. ¡Bragazas de Nino, más falso que oro de gitano! ¿Qué vería en él mi hija para enamorarse como una tonta? ¡Mujeres, mujeres!... Menos mal que no han tenido hijos; les harían desgraciados. Pocos me dio mi Rosa; ser raza de ricos no la hizo buena paridora. Abortos, sí; cada año, pero logrados sólo tres, y el Francesco para nada, allá vive perdido en Nueva York. Sólo tengo este hijo de Renato, este chiquitín, ¿cómo se llamará? Mandaron la estampa del bautizo, claro, pero no estaba yo para acordarme, en pleno pleito por el Soto Grande con el Cantanotte... Seguro que Maurizio, Giancarlo, un nombre así, de señorito, al gusto de la Andrea... Bueno, al menos ha sido ella capaz de darme un nieto, mientras que el Nino...»

Por el pasillo le llega un llanto infantil, como si lo hubieran suscitado sus pensamientos. No suena irritado ni plañidero, sino rítmico, tranquilo: afirma una existencia. «Me gusta», piensa el viejo, «así lloraría yo si alguna vez llorase... ¿Esos pasos, la Andrea?... No, canturrea otra voz; es Renato... ¡Qué cosa!, todos los viejos se vuelven sordos, pero a mí se me afina el oído; valgo ahora más para escucha que cuando me tocaba de avanzadilla en la partida... Renato de niñero, ¡qué vergüenza! En este Milán los hombres no tienen lo que hay que tener, y Andrea me lo ha hecho milanés».

La bicha, removiéndosele dentro, le apacigua. «Tienes razón, Rusca, ya todo da igual... Tienes hambre, sí, ¡paciencia! ¡Cómo hincaba el diente la otra Rusca, la difunta! Cuando vuelva Renato a su alcoba iré a echarnos comida a los dos; a lo mejor por hambre llora el crío, ¡ya podía levantarse la Andrea a darle lo suyo! Biberón, claro; otra cosa no tiene esa mujer.»

Cesa el llanto y oye a Renato volverse a la cama. El viejo se levanta, se pone el pantalón y pasa a la cocina. No enciende para no delatarse, le basta el difuso claror callejero. Abre el armario: en su despensa del pueblo le asaltaba una ráfaga de olores, cebolla y salami, aceite y ajos. Aquí, ninguno; todo son frascos, latas, cajas con etiquetas de colorines, algunas en inglés. Coge un paquete cuyo rótulo promete arroz, pero dentro aparecen unos granos huecos, medio tostados e insípidos.

En el frigorífico, el queso es un trozo amarillento, blando y sin sabor apenas; menos mal que puede mezclarlo con unos trocitos de cebolla encontrada en una caja hermética de plástico... El vino, toscano, y para colmo helado... Por todo pan, uno de fábrica: panetto... ¡Si al menos pudiera meter mano a una buena hogaza de verdad, del horno de Mario! ¡Qué sopas de leche!... Y eso negro en el cilindro transparente de ese chisme seguramente será café, pero ¿cómo se hace para calentarlo?

Alarma súbita: un despertador en la alcoba. La casa se anima y aparece Renato dando en voz baja los buenos días. Acciona el aparato del café y saca otro artefacto del armario, lo enchufa y pone a tostar dos trozos cuadrados de panetto. Escapa al baño y se oye correr el agua. Aparece Andrea y exclama destempladamente:

—Pero ¡papá! ¿Qué hace levantado tan temprano?

Sale sin esperar respuesta y tropieza en el pasillo con su marido, susurrándose palabras uno a otro. Se multiplican los ruidos: grifos abiertos, gorgoteo en sumideros, choquecitos de frascos, ronroneo de afeitadora, la ducha... Luego el matrimonio en la cocina, estorbándose ambos al prepararse los desayunos. El viejo acepta una taza de ese café aguado y pasa al baño a lavotearse. A poco entra Renato:

—¡Padre, que tenemos agua caliente central!

—No quiero agua caliente. No aviva.

Renuncia a explicar al hijo que la fría le habla de regatos en la montaña, olor a hoguera recién encendida, visión de cabras ramoneando unas matas aún blancas de la escarcha. Entretanto, los hijos van y vienen cautelosos desde la alcoba a la cocina, vistiéndose mientras muerden las tostadas salidas del aparato.

—Venga a ver al niño, padre. Vamos a cambiarle y a darle de comer.

«¿Será que dan leche los pezones de Andrea?», se extraña el viejo, pues no les ha visto preparar biberón.

Burlonamente intrigado sigue a Renato hasta la alcobita donde Andrea, sobre una mesa con muletón, concluye de cambiar al pequeño.

Atónito queda el viejo. Paralizado por la sorpresa. Nada de recién nacido, sino un niño ya capaz de estar sentado. Un niño que, intrigado a su vez por la aparición de ese hombre, rechaza con su manita la cucharada de papilla ofrecida por la madre y clava en el viejo sus redondos ojos oscuros. Suelta un gruñidito, manotea un momento y, al fin, se digna abrir la boquita a la comida.

—¡Qué grande! —acaba por exclamar el viejo.

—¿Verdad, papá? —se ufana la madre—. ¡Y solamente tiene trece meses!

«¡Trece meses ya!», piensa el viejo, sin rehacerse aún de la sorpresa... «Mi nieto, mi sangre, ahí, de pronto... ¿Cómo no lo supe antes?... ¡Está hermoso, ya lo creo!... ¿Por qué me mira tan serio, por qué manotea? ¿Qué querrá decirme?... ¿Fueron así mis hijos, este Renato y los otros?... ¡Ahora sonríe: qué carita de sinvergüenza!»

—Mira a tu abuelo, Brunettino; ha venido a conocerte.

—¿Brunettino? —exclama el viejo, otra vez sobrecogido por el asombro, llevándose la mano a su bolsita del cuello, única explicación posible del milagro—. ¿Por qué le habéis puesto Brunettino, por qué?

Le miran extrañados, mientras el niño suelta una risita. Renato lo interpreta mal y se disculpa:

—Perdone, padre; ya sé que al primero se le pone siempre el nombre del abuelo y yo quería Salvatore, como usted; pero Andrea tuvo la idea y se empeñó el padrino, mi compañero Renzo, porque Bruno es más firme, más serio... Perdone, lo siento.

El viejo le ataja, impulsivo, estrangulada la voz:

—¡Qué sentir ni qué perdón! ¡Pero si estoy gozando; le habéis puesto mi nombre!

Andrea le mira, atónita.

—Tú tenías que saberlo, Renato, que los partisanos me llamaban Bruno. ¿No te lo ha contado Ambrosio muchas veces?

—Sí, pero el nombre suyo es Salvatore.

—¡Tonterías! Salvatore me lo pusieron, quien fuera; Bruno me lo hice yo, es mío... ¡Brunettino! —concluye el viejo, susurrando, paladeando el diminutivo y pensando en la fuerza de su buena estrella, que inspiró la decisión de Andrea. Hasta le parece, mirando esos ojitos ahora pícaros, como si el niño lo comprendiera todo. ¿Y por qué no? ¡Todo es posible cuando sopla el buen viento de la suerte!

Tímidamente avanza un dedo hacia la mejilla infantil. No recuerda haber tocado jamás la piel de un niño tan pequeño. Si acaso cogió alguna vez a los suyos un momento, bien vestiditos, para mostrarlos a los amigos.

El puñito ligero, ávido como un polluelo de águila en el nido, apresa el dedo rugoso y pretende llevárselo a la boca. El viejo sonríe deleitosamente: «¡Qué fuerza tiene este bandido!» Le asombra descubrir que el niño posee músculos y nervios. ¡Cuántas sorpresas da el mundo!

Su dedo queda libre. El niño, atraído por el viejo, esquiva las cucharadas.

—Anda, tesoro, come un poquito más —pide la madre, mirando su reloj—. Por el abuelito.

Hoy es mañana de asombros: ¡resulta que Andrea consigue una entonación cariñosa! Pero el niño ladea enérgicamente la cabecita. De repente vomita una bocanada blancuzca.

—¿Está enfermo? —se alarma el viejo.

—Padre, por favor... —ríe Renato—. Es aire, un regüeldito. ¿Ve?, ya vuelve a comer... ¡Como si usted no hubiese tenido hijos!

«No, no los he tenido», comprende el viejo, advirtiendo que nunca ha vivido lo que está viviendo. «En el pueblo los hombres no tenemos hijos. Tenemos recién nacidos, para presumir de ellos en el bautizo, sobre todo si son machos, pero luego desaparecen entre las mujeres... Aunque duerman en nuestra alcoba y lloren: eso es sólo para la madre... Luego sólo se notan como un estorbo si gatean por la casa, pero no cuentan hasta que no les vemos llevar el asno del ramal a darle agua o echar pienso en el corral a las gallinas: entonces es cuando empezamos a quererles si no se asustan del burro ni del gallo... Y las hijas, aún peor: no le nacen a uno hasta que empiezan a manchar cada mes y hay que andar con cien ojos para guardarles la honra... Así que tú eres el primer hijo, Brunettino, todos pendientes de ti, hasta tus padres olvidan sus prisas...»

—¿Quiere cogerle?

¿Así, de pronto?

Antes de que el viejo pueda prepararse ya tiene en sus brazos ese peso tan ligero, pero tan difícil de sostener. «Madonna, ¿cómo se sujeta esto?»

—Levántele más; así (le colocan bien al niño). ¡Ahueque los brazos, hombre! (se siente torpísimo)... La cabecita sobre el hombro de usted... (como en un baile agarrao, mejilla contra mejilla). Así echará el aire; y esta toalla sobre su chaqueta para que no le manche... Sin llorar, tesoro; es tu abuelito y te quiere mucho... Muévase adelante y atrás, padre... Eso, así, ¿ve cómo se calla?

El viejo se balancea cautelosamente. Andrea ha desaparecido. Renato se marcha —les vuelve la prisa— y el viejo se siente desconcertado como nunca, preguntándose qué em

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