Flores en el ático (Saga Dollanganger 1)

V.C. Andrews

Fragmento

cap-3

ADIÓS, PAPÁ

Cuando era joven, al principio de los años cincuenta, creía que la vida entera iba a ser como un largo y esplendoroso día de verano. Después de todo, así fue como empezó. No puedo decir mucho sobre nuestra primera infancia, excepto que fue muy agradable, cosa por la cual debiera sentirme eternamente agradecida. No éramos ricos, pero tampoco pobres. Si nos faltó alguna cosa, no se me ocurre qué pudo haber sido; si teníamos lujos, tampoco podría decir cuáles fueron sin comparar nuestra vida con la de los demás, y en nuestro barrio de clase media nadie tenía ni más ni menos que nosotros. Es decir que, comparando unas cosas con otras, nuestra vida era la de unos niños corrientes, de tipo medio.

Nuestro padre se encargaba de las relaciones públicas de una gran empresa que fabricaba computadoras, con sede en Gladstone, estado de Pennsylvania, con una población de doce mil seiscientos dos habitantes. Nuestro padre tenía mucho éxito en su trabajo, porque su jefe venía con frecuencia a comer a casa y alababa mucho el trabajo que papá parecía realizar tan bien.

«Es ese rostro tuyo, tan norteamericano, sano, abrumadoramente guapo, y esos modales tan llenos de encanto lo que conquista a la gente. Santo cielo, Chris, ¿qué persona normal podría resistirse a un hombre como tú?»

Y yo le daba la razón, con todo entusiasmo. Nuestro padre era perfecto. Medía un metro noventa de estatura, pesaba ochenta y dos kilos, y su pelo era espeso y de un rubio intenso, y justamente lo bastante ondulado para resultar muy atractivo; sus ojos eran azul cielo y estaban llenos de vida y buen humor. Su nariz era recta, ni demasiado larga ni demasiado estrecha ni demasiado gruesa. Jugaba al tenis y al golf como un profesional, y nadaba con tanta frecuencia que se mantenía atezado durante todo el año. Siempre estaba viajando en avión a California, Florida, Arizona o Hawai, o incluso al extranjero, por motivos de trabajo, mientras nosotros nos quedábamos en casa, al cuidado de nuestra madre.

Cuando volvía a casa y entraba por la puerta principal, todos los viernes por la tarde (solía decir que le horrorizaba la idea de estar separado de nosotros más de cinco días seguidos), aunque estuviera lloviendo o nevando, el sol parecía brillar de nuevo en cuanto él nos dedicaba su gran sonrisa feliz.

Su sonoro saludo resonaba en cuanto dejaba la maleta y la cartera de negocios:

—¡Hala, venid a besarme, si me queréis de verdad!

Mi hermano y yo solíamos escondernos cerca de la puerta principal, y, en cuanto oíamos su saludo, salíamos corriendo de detrás de una silla o del sofá para lanzarnos en sus brazos abiertos de par en par, que nos recibían y nos levantaban inmediatamente. Nos apretaba con fuerza contra su pecho y nos calentaba los labios con sus besos. El viernes era el mejor de los días, porque nos devolvía a papá, para estar con nosotros. En los bolsillos de su traje encontrábamos pequeños regalos, pero en la maleta guardaba los regalos más grandes, que nos iba entregando uno a uno en cuanto saludaba a nuestra madre, que solía esperar pacientemente en el fondo, hasta que hubiera terminado con nosotros.

Después de recibir los regalos, Christopher y yo nos apartábamos a un lado para ver acercarse a mamá despacio, con una sonrisa de bienvenida que hacía brillar los ojos de papá, quien la tomaba en sus brazos y la miraba fijamente al rostro, como si por lo menos hiciera un año que no la veía.

Los viernes, mamá se pasaba todo el día en el salón de belleza, arreglándose el pelo y las uñas; y luego volvía a casa y tomaba un largo baño de agua perfumada. Yo me introducía en su cuarto para verla salir del baño envuelta en un batín transparente; entonces, ella se sentaba ante su tocador a maquillarse cuidadosamente. Y yo, deseosa de aprender, iba absorbiendo todo cuanto la veía hacer para convertirse, de la mujer bonita que era, en un ser tan sorprendentemente bello que no parecía real. Lo más asombroso era que nuestro padre estaba convencido de que no se había maquillado, y pensaba que mamá era una impresionante belleza natural.

La palabra querer se derrochaba en nuestra casa: «¿Me queréis? Yo a vosotros os quiero muchísimo. ¿Me echasteis de menos? ¿Os alegráis de verme otra vez en casa? ¿Pensasteis en mí estos días?, ¿todas las noches? ¿Estuvisteis inquietos y desasosegados, deseando que volviera con vosotros? —Nos abrazaba—. Mira, Corrine, que si no fuese así a lo mejor preferiría morirme.»

Y mamá sabía contestar muy bien a estas preguntas: con sus ojos, con susurros llenos de suavidad, y con besos.

Un día, Christopher y yo volvíamos corriendo del colegio, mientras el viento invernal nos empujaba, haciéndonos entrar más rápidamente en la casa.

—¡Hala, quitaos las botas y dejadlas en el recibidor! —nos gritó mamá desde el cuarto de estar, donde la veía sentada ante la chimenea, haciendo un jersey de punto que parecía para una muñeca. Pensé que sería un regalo de Navidad para alguna de mis muñecas.

»Y quitaos los zapatos antes de entrar aquí —añadió.

Nos quitamos las botas, los abrigos de invierno y los gorros en el recibidor, y luego entramos corriendo, en calcetines, en el cuarto de estar, con su gruesa alfombra blanca. Aquel cuarto, de color pastel, decorado para acentuar la belleza suave de mi madre, nos estaba prohibido a nosotros casi siempre. Era nuestro cuarto de visitas, el cuarto de nuestra madre, y nunca nos sentimos verdaderamente cómodos en el sofá cubierto de brocado color albaricoque o en las sillas de terciopelo. Preferíamos el cuarto de papá, con sus paredes de artesonado oscuro y su sofá de resistente tela escocesa a cuadros, donde podíamos revolcarnos y jugar, sin preocuparnos nunca de estropear nada.

—¡Fuera hiela, mamá! —exclamé, sin aliento, echándome a sus pies y acercando las piernas al fuego—. Pero el trayecto hasta casa, en bicicleta, fue precioso, con los árboles resplandecientes de pedacitos de hielo que parecían diamantes, y prismas de cristal en las matas. Parece un paisaje de hadas, mamá no me gustaría nada vivir en el Sur, donde nunca nieva.

Christopher no hablaba del tiempo y de su congelada belleza. Tenía dos años y cinco meses más que yo, y era mucho más sensato que yo; eso lo sé ahora. Se calentaba los pies helados igual que yo, pero tenía la vista fija en el rostro de mamá y sus cejas oscuras se fruncían de inquietud.

También yo levanté la vista hacia ella, preguntándome qué vería Christopher para sentir tal preocupación. Mamá estaba haciendo punto con rapidez y seguridad, aunque de vez en cuando echaba una ojeada a las instrucciones.

—Mamá, ¿te encuentras bien? —preguntó Christopher.

—Sí, claro que sí —respondió ella con una sonrisa suave y dulce.

—Pues a mí me parece que estás cansada.

Dejó a un lado el diminuto jersey.

—Fui a ver al médico hoy —dijo, inclinándose hacia adelante para acariciar la mejilla sonrosada y fría de Christopher.

—Mamá —exclamó mi hermano—, ¿es que estás enferma?

Ella rió suavemente; luego pasó sus dedos largos y finos por entre los rizos revueltos y rubios y musitó:

—Christopher Dollanganger, no te hagas el tonto. Ya te he visto mirarme lleno de recelo.

Le cogió la mano, y también una de las mías, y se llevó las dos a su vientre protuberante.

—¿No sentís nada? —preguntó, con aquella mirada secreta y feliz de nuevo en su rostro.

Rápidamente, Christopher apartó la mano, al tiempo que su rostro enrojecía. Pero yo dejé la mía donde estaba, sorprendida, esperando.

—¿Qué notas , Cathy?

Contra mi mano, bajo el vestido, sucedía algo extraño. Pequeños y leves movimientos agitaban su carne. Levanté la cabeza y la miré a la cara, y aún recuerdo lo bella que estaba, como una madonna de Rafael.

—Mamá, se te revuelve la comida, o es que tienes gases.

La risa hizo brillar sus ojos azules, y me instó a que adivinara otra vez.

Su voz era dulce y algo inquieta al anunciarnos la noticia.

—Queridos, voy a tener un niño a principios de mayo. La verdad es que, cuando me visitó hoy el médico, me dijo que él oía los latidos de dos corazones. Eso quiere decir que voy a tener gemelos... o quizá trillizos, Dios no lo quiera. Ni siquiera vuestro padre lo sabe todavía, de modo que no le digáis nada hasta que yo pueda hablar con él.

Desconcertada, miré de reojo a Christopher para ver cómo recibía la noticia. Parecía pensativo y todavía turbado. Miré de nuevo el bello rostro de mamá, iluminado por el fuego. De pronto, me levanté de un salto y salí corriendo del cuarto.

Me lancé de bruces en la cama y me puse a lanzar gritos, al mismo tiempo que lloraba a raudales. ¡Niños, dos o más! ¡Allí no había más niño que yo! No quería niños lloriqueando, gimoteando, ocupando mi lugar. Lloré, golpeando las almohadas, deseando dañar algo, o a alguien. Luego me incorporé y pensé en escapar de casa.

Alguien llamó suavemente a la puerta cerrada con llave.

—Cathy —dijo mamá—, ¿puedo entrar y hablar contigo de este asunto?

—¡Vete de aquí! —grité—. ¡Odio tus niños!

Sí, de sobra sabía lo que me esperaba; yo, la de en medio, la de quien los padres menos se cuidan. A mí me olvidarían y ya no habría más regalos de los viernes. Papá no pensaría más que en mamá, en Christopher, y en esos odiosos niños que me iban a apartar a un lado.

Papá vino a verme aquella tarde, poco después de regresar a casa. Yo había dejado la puerta abierta, por si acaso quería verme. Le miré la cara de reojo, porque le quería mucho. Parecía triste, y tenía en la mano una gran caja envuelta en papel de plata, coronada por un enorme lazo de satén rosa.

—¿Qué tal ha estado mi Cathy? —preguntó en voz baja, mientras le miraba por debajo del brazo—. No has acudido corriendo a saludarme cuando llegué. Ni me has preguntado qué tal estoy, ni siquiera me has mirado. Cathy, no sabes cuánto me duele cuando no sales corriendo a recibirme y darme besos.

No le contesté, y él entonces vino a sentarse al borde de la cama.

—¿Quieres que te diga una cosa? Pues que es la primera vez en tu vida que me has mirado de esta manera, echando fuego por los ojos. Éste es el primer viernes que no has acudido corriendo a saltar a mis brazos. Es posible que no me creas, pero no me siento revivir hasta que estoy en casa los fines de semana.

Haciendo pucheros, me negué a rendirme. A él ya no le hacía falta. Tenía a su hijo, y, encima, montones de niños llorones a punto de llegar. A mí me olvidaría en medio de la multitud.

—Te voy a decir algo más —añadió él, observándome fijamente—: Yo solía creer, quizá tontamente, que si venía a casa los viernes y no os traía regalos a ti ni a tu hermano..., bueno, pues, a pesar de todo, pensaba yo, los dos saldríais corriendo a recibirme y darme la bienvenida. Creía que me queríais a , y no a mis regalos. Pensaba, equivocadamente, que había sido un buen padre y que vosotros siempre tendríais un sitio para mí en vuestro corazón, incluso si mamá y yo teníamos una docena de hijos. —Hizo una pausa, suspiró, y sus ojos azules se oscurecieron—. Creía que mi Cathy sabía que seguiría siendo mi niña querida, aunque sólo fuera porque había sido la primera.

Le eché una mirada airada, herida, ahogándome.

—Pero si ahora mamá tiene otra niña, tú le dirás a ella lo mismo que me estás diciendo a mí.

—¿Lo crees así?

—Sí —gemí, me sentía tan dolida que habría podido gritar de celos: «A lo mejor hasta la quieres más que a mí, porque será pequeña y más mona.»

—Es posible que la quiera tanto como a ti, pero no más. —Abrió los brazos y ya no pude resistir más. Me lancé a sus brazos y me agarré a él como a una tabla de salvación—. ¡Ssssssh! —me tranquilizó, mientras yo continuaba llorando—. No llores, no tengas celos, nadie va a dejar de quererte. Y, otra cosa, Cathy, los niños de carne y hueso tienen mucha más gracia que las muñecas. Tu madre no va a poder cuidarlos a todos; así que no tendrá más remedio que pedirte que la ayudes, y cuando no esté yo en casa, me sentiré tranquilo pensando que tu madre tiene una hija tan buena que hará todo lo que pueda por hacer su vida más fácil y más cómoda para todos. —Sus cálidos labios se apretaban contra mi mejilla, húmeda de lágrimas—. Vamos, mira, abre la caja y dime qué te parece lo que hay dentro.

Primero tuve que darle una docena de besos en la cara, y abrazos muy efusivos para compensarle por la inquietud que le había causado. En aquel bonito paquete había una caja de música de plata, fabricada en Inglaterra. La música sonaba al tiempo que una bailarina, vestida de rosa, daba vueltas lentamente una y otra vez ante un espejo.

—Sirve también de joyero —explicó papá, poniéndome en el dedo un anillo con una piedra roja que, según me dijo, se llamaba granate—. En cuanto lo vi, me dije que tenía que ser para ti. Y con este anillo prometo querer para siempre a mi Cathy y siempre un poco más que a ninguna otra hija, siempre y cuando ella nunca se lo cuente a nadie.

Y llegó un soleado martes de mayo y papá estaba en casa. Durante dos semanas, papá había permanecido dando vueltas por la casa, esperando a que llegasen los niños. Mamá parecía irritable, incómoda, y la señora Bertha Simpson se hallaba en la cocina, preparándonos las comidas y cuidando de Christopher y de mí con una sonrisa bobalicona. Era la más concienzuda de nuestras vecinas. Vivía al lado, y decía constantemente que papá y mamá parecían hermanos más que marido y mujer. Era una persona sombría y gruñona, que raras veces decía algo amable a nadie. Y estaba cociendo berzas; a mí las berzas no me gustaban en absoluto.

Hacia la hora de la cena, papá llegó corriendo al comedor a decirnos a mí y a mi hermano que tenía que llevar a mamá al hospital.

—Pero no os preocupéis, porque todo saldrá bien. Tened cuidado con la señora Simpson, y haced vuestros deberes; a lo mejor, dentro de unas horas sabréis si tenéis hermanos o hermanas... o uno de cada.

No regresó hasta la mañana siguiente. Estaba sin afeitar, parecía cansado y tenía el traje arrugado, pero nos sonrió lleno de felicidad.

—¿A que no adivináis? ¿Niños o niñas? —nos preguntó.

—¡Niños! —gritó Christopher, que quería dos hermanos a quienes enseñar a jugar al fútbol. Yo quería niños también... nada de niñas que le robaran el cariño de papá a su primera hija.

—Pues son un niño y una niña —explicó papá, con orgullo—. Son las cositas más lindas que os podéis imaginar. Vamos, vestíos y os llevaré en el coche a que los veáis.

Yo le seguí, de morros, aún sin ganas de mirar, incluso cuando papá me levantó en volandas para que pudiera ver, a través del cristal de la sala de recién nacidos, a los dos bebés que una enfermera tenía en sus brazos. Eran diminutos, y sus cabezas como manzanas pequeñas, y sus pequeños puños rojos se agitaban en el aire. Uno de ellos gritaba como si le estuvieran pinchando con alfileres.

—Vaya —suspiró papá, besándome en la mejilla y apretándome mucho—, Dios ha sido bueno conmigo al enviarme otro hijo y otra hija, tan guapos los dos como la primera parejita.

Yo me decía que les odiaría a los dos, sobre todo al gritón, llamado Carrie, que chillaba y berreaba diez veces más fuerte que el otro, Cory, silencioso. Era prácticamente imposible dormir como Dios manda por la noche con los dos al otro lado del recibidor, o sea, enfrente de mi cuarto. Y, sin embargo, a medida que comenzaron a crecer y sonreír, y sus ojillos a brillar cuando los cogía a los dos en brazos en su cuarto, algo cálido y maternal corregía la envidia de mis ojos. No pasó mucho tiempo sin que comenzara a volver corriendo a casa para verlos, jugar con ellos, cambiarles los pañales y darles el biberón, y subírmelos a los hombros para ayudarles a eructar después de las comidas. Desde luego, eran más divertidos que las muñecas.

No tardé en darme cuenta de que los padres tienen en el corazón sitio suficiente para más de dos hijos, y que yo también lo tenía para querer a aquellos dos, incluso a Carrie, que era tan mona como yo, y a lo mejor hasta más. Crecieron rápidamente, como la mala hierba, decía papá, aunque mamá les miraba a veces con inquietud, porque decía que no crecían tan rápidamente como lo habíamos hecho Christopher y yo. Esto se lo dijo al médico, quien la tranquilizó enseguida, asegurándole que con frecuencia los gemelos eran más pequeños que los niños nacidos solos.

—Ya ves —dijo Christopher—, los médicos lo saben todo.

Papá levantó la vista del periódico que estaba leyendo y sonrió.

—Lo dijo el médico, pero nadie lo sabe todo, Chris.

Papá era el único que llamaba Chris a mi hermano mayor.

Nuestro apellido era un tanto raro, y muy difícil de aprender a escribir: Dollanganger. Y como éramos todos rubios, color lino, de tez clara (excepto papá, siempre tan atezado), Jim Johnston, el mejor amigo de papá, nos puso de mote «los muñecos de Dresde», porque decía que nos parecíamos a esas figuras de porcelana tan bonitas que adornan las baldas de las rinconeras y las repisas de las chimeneas. Enseguida, todos los vecinos, comenzaron a llamarnos «los muñecos de Dresde», y, ciertamente, resultaba más fácil de pronunciar que Dollanganger.

Cuando los gemelos cumplieron cuatro años y Christopher catorce, yo acababa de cumplir los doce, y entonces hubo un viernes muy especial. Era el trigésimo sexto cumpleaños de papá, y decidimos prepararle una fiesta para darle una sorpresa. Mamá parecía una princesa de cuento de hadas, con su pelo recién lavado y peinado. Sus uñas relucían de barniz color perla, y su vestido largo, como de noche, era de un suavísimo color claro, mientras su collar de perlas se agitaba al andar ella de un sitio a otro, preparando la mesa del comedor de manera que resultase todo lo perfecta que debía estar para la fiesta del cumpleaños de papá. Los regalos estaban apilados, muy altos, sobre el aparador. Iba a ser una fiesta íntima, reducida a la familia y a los amigos más allegados.

—Cathy —dijo mamá, echándome una rápida ojeada—, ¿quieres hacer el favor de ir a ver cómo están los gemelos? Los bañé a los dos antes de acostarlos, pero, en cuanto se levantaron, salieron corriendo a jugar en la arena y ahora necesitarán otro baño.

Fui encantada. Mamá estaba demasiado elegante para ponerse a bañar a dos niños sucios de cuatro años, pues las salpicaduras echarían a perder el peinado, las uñas y el precioso vestido.

—Y cuando acabes de bañarlos, tú y Christopher os bañaréis también. Tú, Cathy, te pondrás el vestido rosa tan bonito, y te rizarás el pelo. Y tú, Christopher, nada de vaqueros, quiero que te pongas una camisa de vestir y corbata, y la chaqueta sport azul claro, y los pantalones color crema.

—¡Qué fastidio, mamá, con lo poco que me gusta ponerme elegante! —se quejó él, arrastrando los zapatos de suela de goma y frunciendo el ceño.

—Haz lo que te digo, Christopher, aunque sólo sea por tu padre. Ya sabes lo mucho que hace él por ti, y lo menos que puedes hacer tú a cambio es que se sienta orgulloso de su familia.

Christopher se marchó refunfuñando, mientras yo corría al jardín a buscar a los gemelos, que en cuanto me vieron se pusieron a chillar.

—¡Un baño al día es suficiente! —gritaba Carrie—. ¡Ya estamos bien limpios! ¡Márchate! ¡No nos gusta el jabón! ¡No nos gusta que nos laven el pelo! ¡No nos lo hagas otra vez, Cathy, o iremos a decírselo a mamá!

—¡Conque ésas tenemos! —repliqué yo—. ¿Y quién creéis que me mandó aquí a limpiar a esta pareja de monstruitos sucios? ¡Santo cielo! ¿Cómo es posible ponerse tan sucio en tan poco rato!

En cuanto su piel desnuda entró en contacto con el agua caliente y los dos patitos amarillos de goma y los botes de goma comenzaron a flotar y ellos dos a salpicarme de agua de arriba abajo, se sintieron lo bastante contentos como para dejarse bañar, enjabonar y poner su mejor ropa. Porque, después de todo, iban a asistir a una fiesta, y, a pesar de todo, era viernes y papá estaba a punto de llegar a casa.

Primero le puse a Cory un bonito traje blanco con pantalones cortos. Cory, curiosamente, era más limpio que su hermana. Sin embargo, por mucho que lo intentaba, no conseguía domar aquel terco mechón de pelo; le caía siempre a la derecha, como un rabito de cerdo, y Carrie, por raro que parezca, se obstinaba en ponerse el pelo igual que el de su hermano.

Cuando, finalmente, conseguí verlos vestidos, los dos parecían un par de muñecos vivos. Entonces se los pasé a Christopher, advirtiéndole que no los perdiese de vista. Ahora me tocaba a mí el turno de vestirme. Los gemelos lloraban y se quejaban, mientras yo me bañaba a toda prisa, me lavaba el pelo y me lo enrollaba en bigudíes. Eché una ojeada desde la puerta del cuarto de baño y vi que Christopher estaba haciendo lo posible por distraer a los gemelos leyéndoles un cuento.

—Eh —dijo Christopher, cuando por fin salí, con mi vestido rosa, el de los volantes fruncidos—, la verdad es que no estás nada mal.

—¿Nada mal? ¿Eso es todo lo que se te ocurre?

—Para una hermana, nada más. —Echó una ojeada a su reloj de pulsera, cerró de golpe el libro de cuentos, cogió a los gemelos de sus manos gordezuelas, y gritó—: ¡Papá está a punto de llegar, llegará en cosa de minutos, date prisa, Cathy!

Dieron las cinco y pasaron, y aunque seguíamos esperando, no veíamos el Cadillac verde de nuestro padre acercarse por la calzada en curva que conducía a nuestra casa. Los invitados, sentados en el cuarto de estar, trataban de mantener una conversación animada, mientras mamá paseaba nerviosamente por el cuarto. Por lo general, papá llegaba a casa a las cuatro, y a veces incluso antes.

Dieron las siete, y continuábamos esperando.

La excelente y sabrosa comida estaba secándose, por llevar demasiado tiempo en el horno. Las siete era la hora en que acostumbrábamos acostar a los gemelos, que estaban cada vez más hambrientos, adormilados e irritados, preguntando con insistencia qué pasaba.

—¿Cuándo llega papá? —repetían.

Sus vestidos blancos no parecían ya tan virginales. El pelo de Carrie, suavemente ondulado, comenzaba a rebelarse y parecía agitado por el viento. La nariz de Cory empezó a gotear y él a secársela una y otra vez con el revés de la mano, hasta que tuve que acudir corriendo con un pañuelo de papel a limpiarle el labio superior.

—Bueno, Corrine —bromeó Jim Johnston—, es evidente que Chris ha encontrado otra mujer de bandera.

Su mujer le dirigió una mirada furiosa por haber dicho una cosa de tan pésimo gusto.

A mí, el estómago me gruñía, y empezaba a sentirme tan inquieta como parecía mamá. Continuaba dando vueltas por la habitación y acercándose a la gran ventana para mirar.

—¡Eh! —grité, al ver un coche que entraba en nuestra calzada, flanqueada de árboles—. A lo mejor es papá, que llega ya.

Pero el coche que se detuvo ante nuestra puerta era blanco, no verde. Y encima tenía una de esas luces rojas giratorias, y en un lado se leía POLICÍA DEL ESTADO.

Mamá sofocó un grito cuando dos policías de uniforme azul se acercaron a la puerta principal de nuestra casa y tocaron el timbre.

Parecía congelada. La mano le temblaba al llevársela a la garganta; el corazón le salía casi por los ojos, oscureciéndoselos. En mi corazón, sólo de observarla, despuntaba algo siniestro y espantoso.

Fue Jim Johnston quien abrió la puerta e hizo entrar a los dos policías, que miraban alrededor nerviosamente, dándose cuenta sin duda de que aquélla era una reunión de cumpleaños. Les bastaba con mirar el comedor y ver la mesa, preparada para una fiesta, los globos colgados de la araña y los regalos que había sobre el aparador.

—¿Señora Dollanganger? —preguntó el más viejo de los dos, mirando a las mujeres, una a una.

Mamá hizo un rígido ademán. Yo me acerqué a ella, como también Christopher. Los gemelos estaban en el suelo, jugando con unos cochecitos y mostrando muy poco interés por la inesperada llegada de los policías. El hombre de uniforme, de aspecto amable y con el rostro muy rojo, se acercó a mamá:

—Señora Dollanganger —comenzó con una voz monótona que, inmediatamente, me llenó el corazón de temor—, lo sentimos muchísimo pero ha ocurrido un accidente en la carretera de Greenfield.

—¡Oh...! —suspiró mamá, tendiendo las manos para estrecharnos a Christopher y a mí. Yo sentía temblar todo su cuerpo igual que temblaba yo. Mis ojos estaban como hipnotizados por los botones de bronce del uniforme; no conseguía apartar la vista de ellos.

—En el accidente se vio implicado también su marido, señora Dollanganger —continuó el policía.

De la garganta sofocada de mamá escapó un largo suspiro. Se tambaleó y habría caído de no ser porque Chris y yo la sostuvimos.

—Hemos interrogado ya a unos motoristas que vieron el accidente y, desde luego, no fue en absoluto culpa de su marido, señora Dollanganger —seguía recitando la voz del policía, sin mostrar emoción alguna—. Según nuestra versión del accidente, del que ya hemos informado, había un Ford azul que no hacía más que entrar y salir del carril izquierdo, según dicen el conductor iba borracho, y que chocó de frente contra el coche de su marido. Pero, al parecer, su marido se dio cuenta a tiempo, porque se desvió para evitar un choque frontal, pero una pieza caída de otro coche, o de un camión, le impidió completar su acertada maniobra de cambio de carril, que habría salvado su vida. Lo cierto es que el coche de su marido, que era mucho más pesado, dio varias vueltas de campana, y aún así habría podido salvarse, pero un camión que no pudo parar chocó también de lleno con su coche, y el Cadillac dio varias vueltas más... y entonces... se incendió.

Nunca he visto una habitación tan llena de gente en que tan rápidamente reinara un espeso silencio. Hasta los gemelos dejaron de jugar y se dedicaron a mirar fijamente a los dos policías.

—¿Mi marido? —susurró mamá, cuya voz, de tan débil, apenas resultaba audible—. No está... no está... muerto, ¿verdad?

—Señora —declaró el policía de la cara roja, muy solemnemente—, no sabe usted cuánto lamento tener que darle tan malas noticias, y precisamente en un día como parece ser éste. —Se detuvo un momento y miró alrededor, lleno de turbación—. Lo siento muchísimo, señora... todo el mundo hizo lo humanamente posible, pero a pesar de todo fue imposible sacarle... No obstante, señora... resultó, en fin, resultó muerto instantáneamente, según dice el médico.

Alguien que estaba sentado en el sofá lanzó un grito.

Mamá no gritó. Sus ojos se volvieron sombríos, oscuros, como distantes. La desesperación le dejó el bello rostro sin su radiante colorido; se diría que se había convertido en una máscara. Yo la miraba fijamente, tratando de decirle con los ojos que nada de aquello podía ser verdad. ¡No, papá no estaba muerto! ¡No, mi papá no estaba muerto! ¡No podía estar muerto... no, no era posible! La muerte era para la gente vieja, para las personas enfermas... no para alguien tan querido y tan necesario y tan joven.

Y, sin embargo, mi madre estaba allí... con el rostro ceniciento, las manos como estrujando invisibles ropas mojadas, y, a cada segundo que pasaba, sus ojos se hundían más y más en el rostro.

Me eché a llorar.

—Señora, tenemos unas cosas suyas que saltaron del coche al primer choque. Hemos recuperado todo cuanto nos fue posible.

—¡Váyanse de aquí! —le grité al policía—. ¡Váyanse de aquí! ¡No es mi papá! ¡Estoy segura de que no es mi papá! Se ha parado en alguna tienda a comprar un helado y llegará de un momento a otro. ¡Váyanse de aquí! —Me lancé contra el policía y le golpeé en el pecho.

El hombre trató de mantenerme a distancia, y Christopher se acercó también y tiró de mí.

—Por favor —pidió el policía—. ¿No podría alguien hacerse cargo de esta niña?

Los brazos de mi madre me rodearon los hombros, y me acercó a ella, apretándome. Los invitados murmuraban, emocionados, y susurraban; la comida comenzaba a oler a quemado en el horno.

Esperaba que alguien llegara de pronto y me cogiese de la mano y me dijese que Dios no se llevaba la vida de un hombre como mi padre, pero nadie se acercaba a mí. Sólo Christopher se acercó, me rodeó la cintura con el brazo, y así nos encontramos los tres juntos: mamá, Christopher y yo.

Fue Christopher quien, finalmente, hizo un esfuerzo para hablar, y su voz sonó extraña, ronca:

—¿Están completamente seguros de que era nuestro padre? Si el Cadillac verde se incendió, el conductor tuvo que quedar muy quemado, puede ser otra persona, no papá.

Gemidos hondos, ásperos, brotaron de la garganta de mamá, como desgarrándola, pero a sus ojos no asomó una sola lágrima. ¡Ella sí lo creía! ¡Creía que aquellos hombres decían la verdad!

Los invitados, que habían venido tan elegantemente vestidos a la fiesta de cumpleaños, nos rodearon, pronunciando esas frases consoladoras que dice la gente cuando la verdad es que no hay nada que decir.

—No sabes cuánto lo sentimos, Corrine, estamos verdaderamente horrorizados... Es terrible.

—¡Que le haya pasado una cosa tan horrible a Chris!

—Nuestros días en este mundo están contados; así es la vida, desde el mismo momento en que nacemos, nuestros días están contados.

Y así continuaron, lentos, como el agua se filtra en el cemento. Papá estaba muerto de verdad. Ya nunca más le veríamos vivo. Sólo le veríamos en un ataúd, tendido en una caja que acabaría hundiéndose en la tierra, con una lápida de mármol con su nombre y el día de su nacimiento, y el día de su muerte. Todos iguales, excepto el año.

Miré alrededor, para ver lo que hacían los gemelos, que no tenían por qué sentir lo que yo sentía. Alguien había tenido la amabilidad de llevárselos a la cocina, y allí estaba preparándoles algo de comer antes de meterlos en la cama. Mis ojos y los de Christopher se encontraron. Él parecía tan sumido en la misma pesadilla que yo, su joven rostro aparecía pálido y conmocionado; una expresión vacía de dolor ensombrecía sus ojos.

Uno de los policías había ido al coche, y ahora volvía con un paquete de cosas que fue colocando cuidadosamente sobre la mesa del cuarto de estar. Observé, como congelada, aquella exposición de todos los objetos que papá solía llevar en los bolsillos: un monedero de piel de lagarto que le había regalado mamá para Navidad; su bloc de notas y su agenda, de cuero los dos; su reloj de pulsera; su anillo de boda. Todo ello ennegrecido y chamuscado por el humo y el fuego.

Lo último que sacó fueron los animales de juguetes, de bonitos colores, que traía papá para Cory y Carrie, hallados, según nos dijo el policía de la cara colorada, esparcidos por la carretera. Un elefante azul de felpa, con orejas de terciopelo rosa, que, sin duda, era para Carrie. Y, después, lo más triste: la ropa de papá, que había saltado de la maleta al romperse el portaequipajes.

Yo conocía aquellos trajes, aquellas camisas, corbatas, calcetines. Vi la corbata que yo misma le había regalado en su cumpleaños anterior.

—Alguien tendrá que identificar el cadáver —dijo el policía.

Entonces me rendí a la evidencia. Era verdad, nuestro padre nunca volvía a casa sin regalos para nosotros, aun cuando fuese en su propio cumpleaños.

Salí corriendo de la habitación, salí huyendo de aquellas cosas esparcidas que me desgarraban el corazón y me infundían un dolor mayor que cualquier otro dolor de los que había sentido hasta entonces. Salí huyendo de la casa al jardín de atrás, y allí golpeé con los puños un viejo arce, lo golpeé hasta que los puños comenzaron a dolerme y la sangre a manar de muchas pequeñas heridas; entonces me tiré de bruces contra la hierba y empecé a llorar, lloré diez océanos de lágrimas, por papá, que debería estar vivo. Lloré por nosotros, que, ahora, tendríamos que seguir viviendo sin él. Y por los gemelos, que no habían llegado a tener la oportunidad de darse cuenta de lo maravilloso que era, o, mejor dicho, que había sido. Y cuando ya no me quedaron más lágrimas, y mis ojos estaban hinchados y rojos y me dolían de tanto frotármelos, escuché pasos suaves que se acercaban, los de mi madre.

Se sentó sobre la hierba, a mi lado, y me cogió la mano entre las suyas. Un trozo de luna en cuarto menguante brillaba en el cielo, y millones de estrellas también, y la brisa soplaba suavemente cargada de recientes fragancias primaverales.

—Cathy —dijo mamá, al cabo de un rato, cuando el silencio entre ella y yo se había alargado ya tanto que parecía no ir a acabar nunca—, tu padre está en el cielo, mirándote, y bien sabes lo que le gustaría que fueses valiente.

—¡No está muerto, mamá! —repliqué con vehemencia.

—Llevas bastante tiempo aquí, en el jardín, y probablemente no te das cuenta de que ya son las diez. Alguien tenía que identificar el cadáver de papá, y aunque Jim Johnston se ofreció a hacerlo, evitándome así a mí ese dolor, no podía dejar de verle con mis propios ojos, porque te aseguro que también a mí me costaba creerlo. Tu padre está muerto, Cathy. Christopher está en la cama, llorando, y los gemelos, dormidos, no se dan cuenta totalmente de lo que quiere decir «muerto».

Me rodeó con los brazos, acunándome la cabeza con el hombro.

—Anda, ven —dijo, levantándose y levantándome, sin dejar de sujetarme la cintura con el brazo—: Llevas demasiado tiempo aquí fuera. Pensé que estarías en la casa, con los otros, y los otros creían que estabas en tu cuarto, o conmigo. No sirve de nada estar sola cuando te sientes abandonada. Mucho mejor es estar con gente y compartir tu pena, y no tenerla encerrada dentro.

Dijo esto con los ojos secos, sin derramar una sola lágrima, pero en su interior estaba llorando, gritando. Se lo notaba en el tono de voz, en la profunda desolación que traslucían sus ojos.

Con la muerte de papá comenzó una pesadilla a cernerse sobre nuestros días. Yo miraba a mamá con reproche, pensando que debiera habernos preparado con tiempo para una cosa como aquélla, porque nunca habíamos tenido animales que, de pronto, se nos muriesen, enseñándonos así algo sobre lo que se pierde a causa de la muerte. Alguien, alguna persona mayor, debiera habernos advertido que los que son jóvenes y encantadores, los que son necesarios, a veces mueren también.

Pero ¿cómo decir estas cosas a una madre que parecía como si el destino estuviese haciéndola pasar por el agujero que deja, al desprenderse, un nudo en una tabla de madera, y sacándola de él toda delgada y plana? ¿Era posible hablar francamente con alguien que no quería hablar, ni comer, ni cepillarse el pelo, ni ponerse los bonitos vestidos que atestaban su armario ropero? Y tampoco quería atender a nuestras necesidades. Menos mal que las amables vecinas venían a ocuparse de nosotros, y nos traían comida que habían preparado en sus casas. Nuestra casa estaba llena hasta rebosar de flores, comida casera, jamones, panecillos calientes, pasteles y empanadas.

Toda la gente que había querido, admirado y respetado a nuestro padre llegaba en manadas, por lo que estaba sorprendida de lo conocido que era. Y, sin embargo, me sentía irritada cada vez que alguien venía a preguntar cómo había muerto y a decir que era una lástima que una persona tan joven muriese así, cuando tanta gente inútil e incapaz seguía viviendo año tras año, como un verdadero estorbo para la sociedad.

Por todo lo que había oído y adivinado, era evidente que el destino es cruel segador, nunca amable, con muy poco respeto por los que son amados y necesarios.

Los días de la primavera pasaron, e hizo su aparición el verano. Y el dolor, por mucho que uno tratase de alimentar sus quejidos, tiende siempre a ir diluyéndose, y la persona llorada, tan real, tan querida, va convirtiéndose en una sombra confusa, levemente inasequible a la vista. Un día, mamá estaba sentada, tan triste que se diría que había olvidado hasta cómo sonreír.

—Mamá —le dije, sonriente, esforzándome por animarla—, voy a hacer como si papá estuviera vivo todavía, que se ha marchado a otro de sus viajes de negocios, y que no tardará en volver y entrar a grandes pasos por la puerta, y que nos llamará, igual que solía hacer: «Venid a saludarme con besos, si me queréis», y entonces, ¿a que sí?, nos sentiremos todos mejor, sin falta, como si estuviera vivo en alguna parte, vivo donde no podemos verle, pero de donde podemos esperar que vuelva en el momento menos pensado.

—No, Cathy —repuso mamá—, tienes que aceptar la verdad. No trates de buscar consuelo en la ficción, ¿me oyes? Tu padre está muerto, y su alma ha subido al cielo, y a tu edad ya debieras darte cuenta de que nadie ha vuelto nunca jamás del cielo. En cuanto a nosotros, nos las arreglaremos lo mejor que podamos sin él, pero eso no quiere decir que vayamos a escapar a la realidad sin enfrentarnos con ella.

La vi levantarse de la cama y comenzar a sacar cosas del frigorífico para el desayuno.

—Mamá... —empecé de nuevo, tanteando cuidadosamente el camino, a fin de que no volviese a enfadarse—, ¿podremos arreglárnoslas sin él?

—Yo haré lo que esté en mi mano para que todos salgamos adelante —replicó, con voz apagada y como aplanada.

—¿Tendrás que ponerte a trabajar ahora, como la señora Johnston?

—Tal vez, quizá no sea preciso. La vida está llena de sorpresas, Cathy, y algunas de ellas son desagradables, como has podido comprobar. Pero, recuerda, tú por lo menos tuviste la gran suerte de disfrutar durante casi doce años de un padre que te consideraba como algo muy importante.

—Porque me parezco a ti —repliqué, sintiendo aún aquella envidia que siempre alimenté de sentirme como una segundona junto a ella.

Me miró un momento, sin dejar de pasar revista al contenido del repleto frigorífico.

—Te voy a decir una cosa, Cathy, que nunca te he dicho. Tú eres ahora muy parecida a como yo era a tu edad, pero tu personalidad no es como la mía. Tú eres mucho más agresiva, mucho más decidida. Tu padre solía decir que eras como su madre, y él quería mucho a su madre.

—¿Es que todo el mundo no quiere mucho a su madre?

—No —repuso ella, con una extraña expresión—. Hay madres a las que es imposible amar, porque no quieren que se las ame.

Sacó tocino y huevos del frigorífico; luego se volvió hacia mí, para cogerme en sus brazos.

—Querida Cathy, tu padre y tú teníais una relación muy íntima, y me figuro que le echarás de menos mucho más precisamente por eso, más que Christopher, o que los gemelos.

Lloré con desconsuelo contra su hombro.

—¡Odio a Dios por habérselo llevado, debiera haber esperado a que fuese viejo! Papá no estará con nosotros cuando yo sea bailarina y Christopher, médico. Ahora que se ha ido ya nada parece tener importancia.

—A veces —replicó ella, con voz tensa—, la muerte no es tan terrible como piensas. Tu padre nunca envejecerá ni se volverá achacoso. Seguirá siempre joven, y tú lo recordarás siempre así: joven, guapo, fuerte. No llores más, Cathy, porque, como tu padre solía decir, siempre hay alguna razón para todo y una solución para cualquier problema, y yo estoy esforzándome por hacer las cosas lo mejor posible.

Éramos cuatro niños que avanzábamos a ciegas por entre los pedazos de nuestro dolor y nuestra privación. Jugábamos en el jardín, tratando de hallar consuelo en la luz del sol, sin darnos cuenta en absoluto de que nuestras vidas muy pronto iban a cambiar de manera tan drástica y tan dramática, que palabras como «jardín» se convertirían para nosotros en sinónimo de cielo, y en algo igual de remoto.

Una tarde, poco después del funeral de papá, Christopher y yo estábamos en el jardín con los gemelos. Éstos, sentados en la playa que les habíamos hecho con arena, jugaban con palas y cubos, pasando interminablemente arena de un cubo a otro, charlando sin cesar en la extraña jerga que sólo ellos entendían. Cory y Carrie eran gemelos fraternos más bien que idénticos, y, sin embargo, formaban como una sola unidad, muy compenetrados el uno con el otro. Habían construido un muro en torno a sí, convirtiéndose de esta manera en defensores y guardianes de su despensa llena de secretos. Se sentían el uno al otro, y con eso estaban contentos.

Pasó la hora de cenar. Teníamos miedo de que ahora hasta las comidas fuesen suprimidas, de manera que, sin esperar siquiera a que la voz de mamá nos llamase, cogimos las manos regordetas de los gemelos y los llevamos con nosotros a la casa. Allí encontramos a mamá sentada ante el escritorio grande de papá; estaba escribiendo lo que parecía ser una carta muy difícil, a juzgar por el número de hojas de papel empezadas y descartadas.

Escribía a mano, con el ceño fruncido, deteniéndose constantemente para levantar la cabeza y mirar al espacio.

—Mamá —dije—, son casi las seis, y los gemelos están empezando a tener hambre.

—Un momento, un momento —pidió ella, distraída—; estoy escribiendo a tus abuelos, que viven en Virginia. Los vecinos nos han traído comida para una semana.

Haz el favor de poner un poco de carne en el horno, Cathy.

Era la primera comida que casi hacía yo sola. Ya había puesto la mesa, y la carne estaba calentándose, y la leche servida, cuando mamá, por fin, vino a ayudarme.

Daba la impresión de que mamá tenía cartas que escribir y sitios a donde ir todos los días desde la muerte de nuestro padre, dejándonos al cuidado de la vecina de al lado. Por la noche, mamá se sentaba ante el escritorio de papá, abría un libro de cuentas verde y se dedicaba a revisar montones de cuentas. Ya nada era agradable, nada. A menudo, mi hermano y yo bañábamos a los gemelos, les poníamos el pijama y los metíamos en la cama; entonces, Christopher se iba corriendo a su cuarto a estudiar, mientras yo me acercaba a mi madre, en busca de algún medio de hacer que la felicidad volviese a brillar en sus ojos.

Unas semanas más tarde, llegó una carta en respuesta a las muchas que mamá había escrito a sus padres, en Virginia. Inmediatamente, mamá empezó a llorar, antes incluso de abrir el grueso sobre color crema estaba llorando. Lo abrió torpemente, con una plegadera, y, con manos temblorosas, desplegó tres hojas de papel, leyendo la carta entera tres veces. Mientras la leía, las lágrimas resbalaban lentamente por sus mejillas, manchándole el maquillaje con largas listas pálidas y relucientes.

Nos había hecho venir del jardín en cuanto recogió el correo del buzón que había junto a la puerta, y ahora estábamos los cuatro sentados en el sofá del cuarto de estar. Veía su suave rostro claro de porcelana de Dresde, que iba transformándose en algo frío, duro, decidido. Sentí que un escalofrío me recorría la espina dorsal. A lo mejor era porque llevaba mirándonos largo tiempo, demasiado largo tiempo. Luego volvió a mirar la carta, que tenía en sus manos temblorosas, después a las ventanas, como si fuera a encontrar en ellas alguna respuesta a los problemas que la carta planteaba.

Mamá estaba muy rara, y nos hacía a todos sentirnos intranquilos y estar insólitamente callados, porque ya estábamos bastante acobardados en aquel hogar sin padre, para que, además, se nos echara encima una carta de tres hojas que dejaba a mi madre muda y le ponía un brillo duro en la mirada. ¿Y por qué nos miraba de aquella manera tan extraña?

Al fin, carraspeó y comenzó a hablar, pero su voz sonaba fría, completamente distinta a su tono habitual, suave y cálido:

—Vuestra abuela ha contestado por fin a mis cartas —anunció con voz fría—, a todas esas cartas que le había escrito, y... bueno, pues que está de acuerdo. Dice que podemos ir a vivir con ella.

¡Buenas noticias! Justamente lo que llevábamos tanto tiempo esperando, y por eso deberíamos sentirnos contentos. Pero mamá cayó de nuevo en el mismo silencio caviloso y malhumorado, y continuaba sentada allí, mirándonos fijamente. ¿Qué le ocurría? ¿Es que no sabía que éramos de ella, y no cuatro hijos de cualquier otra persona, posados allí como pájaros en una cuerda de tender la ropa?

—Christopher, Cathy, contáis ya catorce y doce años, y tenéis ya edad de comprender, y también tenéis edad de cooperar, y de ayudar a vuestra madre a salir de una situación desesperada.

Hizo una pausa, se llevó agitadamente una mano a la garganta, tocándose las cuentas del collar, y suspiró hondo. Parecía al borde de las lágrimas, y yo me sentía muy triste, llena de compasión por la pobre mamá, sin marido.

—Mamá —le dije—, ¿va todo bien?

—Sí, naturalmente, queridita, claro que sí. —Trató de sonreír—. Tu padre, que en paz descanse, esperaba vivir hasta muy viejo, y así llegar a reunir una fortuna suficiente con su trabajo. Él era de una familia que sabía ganar dinero, y por eso yo no tenía la menor duda de que todo iba a salir como él quería, siempre y cuando hubiera tenido tiempo. Pero treinta y seis años no es edad para morir, y la gente tiende a pensar que no les va a pasar nunca nada a ellos, sólo a los demás. No pensamos en la posibilidad de un accidente, ni tampoco que vamos a morir jóvenes. La verdad es que vuestro padre y yo pensábamos que envejeceríamos juntos, y esperábamos ver a nuestros nietos antes de morir también juntos, el mismo día, de manera que ninguno de los dos se quedaría solo echando de menos al que murió antes.

Volvió a suspirar.

—Debo confesaros que vivíamos muy por encima de nuestros recursos actuales, y que habíamos confiado mucho en el futuro, gastando dinero antes de tenerlo en la mano. No le echéis la culpa a él, fue culpa mía. Él conocía bien la pobreza, pero yo no tenía la menor idea. Ya os acordáis de cómo solía r

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