La sociedad de la pluma y la rosa

Zahara C. Ordóñez

Fragmento

Capítulo 1

1

Febrero de 1917, Madrid

Si Pola Martínez dijera que un libro había cambiado su vida, nadie se sorprendería. Quien la conocía tenía el recuerdo de verla siempre con uno en las manos, y no sería la primera vez que tal conjunto de papel y palabras, creadas y unidas con esmero, torcía o enderezaba un destino. Pola leía como respiraba, con vital necesidad, y en la mañana más fría de aquel mes de febrero, frente al café y las ensaimadas, decidió hablarle a su padre de un sueño que rumiaba desde hacía tiempo.

—Quiero la herencia que me dejó madre para abrir una librería.

—¿Una librería? —Beltrán no retiró la vista del ABC, a cuya lectura se entregaba religiosamente—. Iniciar un negocio, en los tiempos que corren, es cosa delicada. Aunque solo por curiosidad, ¿qué libros quieres vender?

—Para disgusto de usted, no de medicina. Novelas, mayormente. Y no tendrá que preocuparse de nada.

—«Tú» y «no tener que preocuparme» no son cosas que puedan ir separadas en mi cabeza.

Ella resopló.

—No sabía que tuviera un caballo en vez de una hija —dijo mirándola. Era muy parecida a su abuela: alta, de mejillas llenas, ojos negros y el cabello del fulgor de la fragua de Hefestos.

—Padre, ¿no era también el sueño de madre tener una librería?

—Lo era. Hay muchas cosas de ella que ya empiezo a olvidar, por lo traicionero de la memoria que guarda cosas que nos hieren y borra las buenas, pero jamás olvidaré cómo amaba los libros. Aunque, ¿sabes lo que decía de los sueños? Que no se cuentan en ayunas, porque si no, no se cumplen. Cómete una ensaimada, que han costado un ojo de la cara. Con el pretexto de la guerra, unos se engordan el bolsillo y el resto padece. Lo de siempre.

Pola miró el ABC. Allí estaba «lo de siempre». Las guerras, las huelgas y otras desdichas. Y, en medio de todas ellas, leyó el titular: «Ataque a la costa inglesa. Destroyers alemanes en el canal».

—Han bombardeado las playas a las que fuimos con Aga­tha y Violet hace unos veranos —dijo casi enmudeciendo—. Aunque la tía dirá que esos destroyers no pueden remontar el Támesis.

—Puede decir misa. Ha habido ataques aéreos en Londres.

—Padre, confíe, nada les sucederá. Y, antes de que nos demos cuenta, la guerra habrá acabado.

Él negó con la cabeza.

—La guerra está muy lejos de acabar, Pola.

—Lo sé, solo pretendía ser optimista, que falta nos hace. Aunque a veces me ronde la idea de que nos veamos afectados por ella, aun siendo neutrales.

—La neutralidad es un arma de doble filo, y uno no puede tenerla de pensamiento, por más que quiera. En España ya tenemos bastante con lo de África, con la sombra de otra huelga y las Cortes como están. Pero seamos optimistas, como tú dices, ¿eh? No dejes que me pierda en las divagaciones propias de un viejo que ha visto demasiado, y sabe de lo que el ser humano es capaz.

Pola observó a su padre. Si tuviera que describirlo, lo haría igual que Galdós a Teodoro en Marianela. Salvando el asunto de la edad, era, como él: recio, resuelto de ademanes, de mirar vivo y excelente persona.

—No diga eso, padre, solo es un poco mayor —le dijo con cariño—. Aunque debería abrir mi librería, porque faltará pronto, y no podré depender de usted para siempre.

—Gracias por considerar cercana la fecha de mi muerte. —Levantó una ceja, sacudiendo la cabeza—. Pero para entonces ya tendrás marido.

—Prefiero una librería.

—Amapola… —protestó—, ¿estás segura? Después de lo que pasó… Y ¿qué sentido tiene que lleves un negocio? Trabajan las mujeres que no tienen más remedio. La gente se preguntará si no estamos arruinados.

—Nosotras también tenemos derecho a ganarnos nuestro sustento. La prima Violet lo dice.

—Es inglesa. Allí nos llevan adelanto en todas esas cosas del feminismo.

—No lo diga así, que parecen asuntos baladís y usted sabe que no lo son.

Beltrán le pidió disculpas y miró la taza de café. A aquellas alturas debía ser glaciar siberiano.

—¿Y si hacemos un trato? —dijo Pola—. Me ayudará con la librería y yo me comprometeré.

—Ya podrías estar comprometida, te he presentado a pretendientes dignos y los has rechazado.

—Yo no llamaría así a esa panda de insulsos. Ninguno conocía a Baudelaire.

—Baudelaire vivió una vida de excesos, me alegro de que no tengan tales referencias.

Pola se cruzó de brazos, callándose un resoplido.

—Padre, hay algo peor que quedarse soltera: casarse con un papanatas. Y todos esos lo eran.

—Está bien —rezongó—. ¿Y si te digo de citarte con el hijo de mi amigo Guzmán?

—Debe estar de broma. Es lo más parecido que tengo a un hermano.

—Y parecido a ti en espíritu. Y un arquitecto brillante. Hasta va a abrir su propio despacho.

—Es muy joven para casarse. Y usted siempre dice que los varones han de adquirir experiencia antes del matrimonio, aunque a las mujeres nos casen bien pronto. Supongo que de lo contrario estaríamos lejos de la inocencia y la candidez que se espera de nosotras, y no nos llevarían al altar ni tirando con dos bueyes. Y, definitivamente, no me pienso casar con Iván.

Su padre rio por lo bajo, y ella comprendió que estaba tomándole el pelo.

—Usted no hablaba de ese hijo, sino de Héctor. —Al ver que asentía, dejó caer la frente en la mesa—. ¿Pero qué le he hecho yo para que quiera casarme con él?

—Eres más dramática que los folletines que lees.

—Es que Héctor es… —apretó los labios, irguiéndose— médico.

—Soy cirujano, por si se te ha olvidado, la medicina ha pagado tu sustento toda la vida. Y él va a ser una eminencia en enfermedades pulmonares.

—Sí, pero es de esos hombres que solo expresan sus pasiones hablando de política, toros o de esa cosa tan de moda ahora, el Foot-ball. Apenas tiene buena conversación cuando no se trata de eso.

—Quizá es que nunca le has hablado de asuntos que le interesen, como los vehículos de motor. Nada le gusta más, aunque su padre se queja a menudo de que se excede con la velocidad.

—Me diría que no es asunto de mujeres, que ya lo conozco. Si le ha dicho de comprometernos, retráctese, por favor.

—Él no sabe nada, solo lo hablamos su padre y yo el otro día.

—¿Y no se le ocurrió que yo tendría algo que decir?

—Querida mía, es mi deber procurar que te cases con un buen partido. Y él lo es. Y seguro que no contradice a su padre, como tú. Cuando lo prometió con Beatriz, aceptó sin rechistar.

—Pobre muchacha, hace tan poco de su muerte…

—Fue terrible, sí, pero un nuevo compromiso quizá lo aleje de pensamientos nostálgicos.

—Lo dudo. Y menos si es conmigo.

Su padre la miró tan serio que ella se envaró como si llevase un tablón a la espalda.

—Has resuelto enemistarte con él sin profundizar en conocerlo, por lo visto.

—Y usted ha resuelto que me case con él sin profundizar en a santo de qué viene tanto empeño.

—Pues no sé por qué, si tú misma lo has dicho antes: «Algún día faltará, padre». Y por más que uno quiera pensarse inmortal, razón no te falta. En lo que va de año, y acaba de empezar, se han ido ya tres viejos amigos míos, y todos han dejado a sus hijas casadas, salvo uno. En su lecho de muerte, le dijo a su querida esposa que solo lamentaba no haber visto casada a su niña. Y yo…, yo pienso que me pasaría igual, que diría eso mismo con mi último aliento. Además, Héctor es hijo de mi gran amigo, y no imagino mejor arreglo que unirnos a su familia.

El largo suspiro que soltó después Beltrán hizo a su hija suspirar también, mirándolo comprensiva. Aunque a veces lo hiciera rabiar, cosas de la edad y de su carácter, ella sentía un profundo afecto por él y una honda preocupación por su felicidad.

—Está bien, padre. Me comprometeré con Héctor.

A él el semblante le cambió como si hubiera visto un milagro.

—¿De verdad? Un compromiso en firme, ¿eh?, nada de buscarme las vueltas, que nos conocemos, señorita. —Levantó el dedo índice, mirándola con una advertencia.

—De verdad —dijo riendo.

—Pues trato hecho. Aunque tendré que asegurarme de que es una inversión viable. Puede que lleves la librería, pero el nombre que aparecerá en los papeles será el mío.

—Ya he estado investigando, padre, le traeré los documentos. También he visto el local perfecto. En Carretas, al lado de donde Iván tendrá su despacho. De hecho, es del mismo dueño.

—Así que en este mismo barrio. —Torció el gesto—. No sé cómo se tomarán los vecinos que una señorita como tú ande jugando a ser librera. Y a ver cómo van las cosas con la guerra, ¿eh? Entre sus muchos crímenes está el de trastocar todos los planes.

2

Febrero de 1917, Vitoria

Lorea observaba de reojo un agujero en sus medias, cosa que detestaba, mientras un editor de renombre, entrado en años y en canas, pasaba las páginas de su manuscrito como quien avienta moscas, al otro lado del escritorio que ambos ocupaban.

—Su novela es interesante, señorita Garmendia, pero poco realista. La naturaleza de los personajes no es creíble. Verá, la protagonista, Leonora, tiene un espíritu racional, pero sucumbe a sus pasiones. Aun saltándose toda norma social, obtiene una recompensa. Su final ha de ser trágico, aleccionador.

Ella levantó la vista a la par que las cejas.

—Hasta el ser más racional puede caer en pasiones inadecuadas.

—Aunque estuviera de acuerdo, que no es el caso, ¿qué mensaje transmitiríamos a nuestras lectoras? Que aunque sean enamoradizas y libertinas, ¿tendrán final feliz? Leonora debería morir sola y enferma de sífilis, como muestra del destino que aguarda a las mujeres indecentes.

Los esfuerzos de Lorea por contenerse se evaporaron como agua sobre tierra caliente.

—Leonora no es indecente. Es una mujer libre y con opiniones propias.

—¿No se da cuenta de que eso de tener opiniones propias, siendo una mujer, es inadmisible? Y, como si fuera poco, es estudiante de Medicina. —Pareció que más que estudiar tan noble ciencia, se estuviera invocando al diablo.

—¿Tampoco le parece bien que las mujeres vayan a la facultad?

—Si las universidades se empiezan a llenar de mujeres, ¿quién va a criar a nuestros hijos?

—Quizá los padres podrían colaborar en tal empeño.

—¡Por el amor de Dios! —Soltó una carcajada que le sacudió todo el cuerpo—. Los hijos son cosa de las madres. No diga boberías.

—Soy estudiante de Medicina —reveló tras callarse un suspiro hastiado.

—¿De Medicina de verdad?

Lorea no supo qué contestar, pero halló la manera de ser educada. La otra opción era darle un mamporro y ella no era dada a la violencia ni a los actos irracionales, por más que, no hacía mucho, hubiera sido absurdamente irracional en el amor.

—Sí, señor.

—A mí se me dan muy bien las cosas de medicina. Hago vendajes con muy buena maña. ¿Usted sabe hacer vendajes?, puedo darle unos consejos.

Ella pestañeó despacio; él no le dio tiempo a contestar.

—Y siendo una mujer de ciencia, ¿cómo se le ocurre meter esa cosa… —agitó el dedo en círculos y miró al techo, buscando la palabra—, cómo se llaman…

—Vampiros —apuntó ella.

—Eso. —Chasqueó los dedos una vez a la par que volvía a mirarla.

—Es una crítica a los matrimonios de conveniencia encarnada en una figura terrorífica. Esperaba que se hubiera dado cuenta.

—Sí, por supuesto. —Carraspeó—. No tengo nada en contra de lo gótico o del terror, pero esas historias oscuras ya pasaron de moda.

—No estoy de acuerdo. Doña Emilia Pardo Bazán escribió…

—Sí, pero usted no es la condesa de Pardo Bazán, ¿estamos? —interrumpió—, y si no lo es, escriba cosas más normales. En este país gustan los asuntos más… cotidianos. Además, le falta mucho de lo que se exige en el ámbito del terror. Nada que pudiera escribir una mujer, desde luego.

Lorea se removió incómoda en el asiento.

—¿Qué es lo que considera usted que no podría escribir una mujer?

—Lo lujurioso, el frenesí, lo grotesco. Todo lo horroroso que vive en los más bajos instintos del ser humano. La represión social, el misterio, el pecado. ¿Ha leído usted a don Antonio de Hoyos? El oscuro dominio, cómpreselo, está a una peseta en todas las librerías. Entenderá que una mujer no podría jamás alcanzar tal grado de acercamiento a la naturaleza humana.

Ella se rascó bajo la oreja, porque era eso o soltarle un exabrupto a ese hombre arrogante.

—Diría que las mujeres podemos escribir cualquier cosa.

El editor se hizo el distraído mientras miraba unos papeles.

—Si quiere que publique su historia, tendrá que cambiar ese final. Algo dramático, ejemplarizante. Y, por supuesto, quitar ese asunto de los chupasangres. Esperaré los cambios. —Deslizó el manuscrito hacia ella.

Lorea se sintió como si le disparasen al pecho. Herida y ofendida. La protagonista de su historia tenía mucho de sí misma, y él había considerado que debía morir sola y con sífilis. Si no fuese educada, le diría un par de cosas, más aún tras haberse prometido que ningún otro hombre volvería a pisotearla. Amaba su historia, tal y como era, y podría haber aceptado otras sugerencias, pero no esas. Leonora merecía su final feliz.

—Con todos mis respetos, no haré nada parecido —declaró.

—Entonces me temo que no tenemos espacio para su novela.

—Ni yo interés ya en publicarla aquí —dijo, y salió de allí con determinación.

Ya en la calle, resopló largamente. Habría caminado sin rumbo mascando su desolación, pero su tren hacia Madrid salía en una hora, y no quería llegar tarde. A pesar de que allí la esperaban un puñado de malos recuerdos.

3

Febrero de 1917, Londres

El aliento de la guerra se respiraba en el aire de Londres; serpenteaba por los adoquines, reptaba por los ladrillos y se enroscaba en las chimeneas. A Violet Darcy le parecía que en el humo se dibujaban los rostros de los soldados que jamás regresarían a donde fueron felices. O al menos más de lo que podrían serlo en las tortuosas trincheras. La guerra, como el hachazo que corta en dos un tronco, seguía cercenando ilusiones, callando otras luchas con la muerte. Por otra parte, y por fortuna, había dado espacio a otras cosas. Y Violet se permitía sonreír al ver a los grupos de mujeres de las fábricas, con sus pañuelos en el cabello y sus cómodos pantalones.

—¿Qué crees que pasará con ellas cuando la guerra termine? —le preguntó su inseparable amiga Ivy, agarrada de su brazo—. ¿Volverán a sus casas cuando los hombres reclamen los puestos? ¿Cuando las fábricas de armamento reduzcan su producción?

Violet sospechaba que serían apartadas de sus trabajos y devueltas al hogar, de donde muchos creían que no deberían haber salido. Sin embargo, no quería amargarla con malos pensamientos.

—Seguro que su esfuerzo habrá servido para algo, Ivy, las cosas no serán como antes.

—No sé cómo puedes ser tan optimista.

—Querida amiga —clavó la mirada en sus amables ojos castaños—, en la situación que vivimos, no tener una pizca de esperanza es como no tener una pizca de leche que echarle al té.

—Es posible… —le dijo con amarga sonrisa—, pero me siento triste por ellas, porque de la falta de libertad sabemos tú y yo mucho, ¿no es así?

Violet asintió. Había vivido atrapada en una cárcel de miedo, violencia y reproches.

—Pero, a pesar de todo, nunca nos hemos rendido —le dijo.

—Nunca. Sobre todo tú. Pero no hablemos más de cosas tristes.

En la realidad que vivían, pretender alejar las penurias de la conversación era como querer tapar el sol con un dedo; no obstante, merecía la pena intentarlo.

—¿Sabes dónde podríamos ir? —repuso Ivy—. A Hatchards, a comprarte uno de esos aburridos libros que lees.

—Tu lectura principal son sermones, así que comprendo que los encuentres aburridos.

—¡Violet! —Ivy rio. Sus rizos rubios se movieron bajo su sombrero rojo—. Espero que nunca escribas nada parecido en tus artículos.

—Da igual lo que escriba, nunca serán publicados. Puede que mi madre me deje defender ciertas luchas, pero ver el nombre de su hija en un periódico la llevaría a Highgate, en un ataúd.

—Oh, por Dios, ¡no digas eso! Algún día, el mundo entero los leerá. Y tu madre también. Aunque tal vez yo no lo haga, porque detesto leer.

Violet le sacó la lengua, un gesto que sus madres desaprobarían, pero que las hizo reír.

Alcanzaron las bulliciosas vías cercanas a Picadilly. Se amontonaban en las fachadas los carteles sobre el racionamiento, las arengas, los avisos de bombardeos con dirigibles. Algunos amarilleaban por el paso de los meses, y los de alistamiento voluntario estaban cubiertos parcialmente con los de reclutamiento.

—Siempre que veo esos carteles me acuerdo de mi hermano —musitó Ivy—. Pensé que era estúpido por jugarse la vida sin que nadie le obligase a ello. No sabes lo mal que me siento.

—Ivy… Todos tenemos pensamientos oscuros y egoístas alguna vez.

—¿Y si muere? A veces pienso que todos los jóvenes están muertos. Que ese chico con el que bailé en mi presentación es ahora un cadáver en algún lodazal de Francia. Y temo que Conrad sea, en la memoria de alguien, ese chico con el que bailó y que ahora está muerto.

A Violet se le cayó el alma a los pies.

—A Conrad no le va a pasar nada, Ivy. Y aunque pensases eso al principio de esta tragedia, sé de sobra que te sientes orgullosa de él. Al igual que yo.

—Sería terrible que no te sintieras orgullosa del que va a ser tu futuro esposo —le dijo con cariño—. De hecho, estarías luchando a su lado si no fueras una mujer.

—Desde luego que sí. Y el uniforme me sentaría incluso mejor que a él.

Su amiga rio, y al poco se cruzaron con uno de los altares en recuerdo a los fallecidos, con velas, coronas de laureles, flores, esquelas y notas de cariño. Una madre, con un chiquillo envuelto en una manta, dejaba margaritas en él. Violet y Ivy se detuvieron, y rezaron en silencio junto a ella. La mujer se fue, y al poco siguieron también su camino. Al entrar en Hatchards, el mundo fuera de allí se hizo tan pequeño, tan mudo para Violet, que dejó de importar. Ahora eran solo ella y los libros, ella y su refugio. Se lanzó a buscar uno que suscitase su interés, mientras Ivy paseaba pendiente de la decoración o de la vestimenta de alguna clienta. Cuando se aburrió, regresó junto a su amiga, que hojeaba un ejemplar.

—¿Byron? —Asomó la cabeza por encima del hombro de Violet—. Si mal no recuerdo, tienes una opinión bastante dura sobre los hombres como él, ¿leerás su obra?

—Es para mi prima Pola. Le envié Frankenstein, hablándole de cómo nació, y tiene interés en leer más sobre los auto­res de Villa Diodati.

—Ah, ¿sabes qué deberías leer? Una novela de amor. Como Romeo y Julieta. A Conrad le gusta.

—Para empezar, no es una novela, y más que amor diría que esos estaban en pleno delirio juvenil. Además, a tu hermano le gusta la mermelada de ruibarbo, lo que me impide considerar relevantes sus gustos.

—Violet… —Ivy se rio—. Es una mermelada excelente. Y no ha de faltar en vuestro hogar de casados.

Su amiga cerró el libro soltando un suspiro más angustiado de lo que pretendía.

—¿Tanto te disgusta la idea? —En el brillo de la mirada de Ivy se mezcló, de un modo peculiar, una emotiva felicidad y una honda tristeza—. Las dos con grandes bodas, viviendo en bonitas casas con jardines colindantes. Criando juntas a nuestros hijos.

Durante los años de amistad que las unían, Violet habría podido romperle el corazón de mil maneras, queriendo o sin querer, para recomponérselo con un perdón o una tarde de té, pero jamás se atrevería a destruir sus sueños, contándole la verdad de su corazón. Prefería saborear lo amargo que hacérselo saborear a su amiga, así que se forzó en contentarla.

—Nada deseo más. Seremos familia, como siempre hemos planeado, y seremos felices.

Ivy la abrazó.

—¿Tomamos un té? —le preguntó después—. Podríamos ir a esa casa irlandesa de Covent Garden donde sirven esos estupendos scones.

A su amiga se le hizo la boca agua y no pudo negarse. Pagó el libro y regresaron al bullicio de las calles londinenses. Cerca de su destino, tras más de media milla de paso tranquilo y confidencias, se cruzaron con cinco enfermeras del hospital militar de la calle Endell. Violet había seguido los esfuerzos de las doctoras que lo impulsaron, sufragistas también, y participado en la recaudación de fondos para el centro. Sentía respeto por quienes daban su vida por los soldados heridos.

—Ojalá nos hubieran dejado ser como ellas, Ivy. O como las enfermeras del Queen Alexandra’s.

—No sabemos siquiera poner una venda.

—Habríamos aprendido, como ellas.

—En los hospitales se ven casos terribles, Violet, además, nosotras hacemos otras cosas que también son valiosas.

—No creo que las galas benéficas en Grosvenor sean comparables a salvar vidas.

—Pero sí lo que podemos hacer dentro de nuestras circunstancias.

—¿Desde cuándo llamamos «circunstancias» a nuestros padres?

Una ambulancia pasó a toda prisa junto a ellas, obligándolas a pegarse contra la pared del vetusto edificio de ladrillo. A las puertas del hospital, dos enfermeras bajaron una camilla con un muchacho tan joven y parecido a Conrad, que Ivy y Violet se asustaron. Y aunque se dieron cuenta de que no era él, su disgusto no fue menor.

—Vámonos, Violet —Ivy tiró de ella—, no me siento bien.

Su amiga iba a seguirla cuando escuchó los insultos de un hombre, que llegaban desde una calleja perpendicular a la principal.

—¡Te dije que no quería que hicieras esto! ¡Y me has mentido!

Le respondió una temblorosa voz femenina y, aunque Violet no supo qué le dijo, escuchar el miedo que emanaba de ella fue más que suficiente como para ir. Ivy la siguió, desconcertada, y al llegar se encontraron con que aquel hombre tenía a una enfermera jovencita contra la pared. Giró la cabeza y Violet pudo ver en sus ojos un miedo en el que se reconoció. Aquello la paralizó.

—¡Eres mi esposa! —escupió él—. ¡No puedes hacer nada sin mi consentimiento! ¿Lo entiendes?

Otros londinenses se aglutinaron en la entrada, mas nadie dijo nada. Ni siquiera cuando él descargó sobre ella una bofetada. La enfermera contrajo el rostro; ahogaron los demás una exhalación de asombro. Ivy se llevó la mano a la boca. Violet le puso contra el pecho a Ivy el libro y fue hacia aquel hombre cuando él alzaba la mano para golpearla de nuevo. A tiempo de evitarlo, le aferró con la muñeca. La pulcritud de sus guantes contrastó con el negro de la chaqueta masculina.

Él la miró entre sorprendido e indignado.

—¿Qué haces?

Trató de zafarse, pero el agarre de Violet era muy fuerte.

—Violet, déjalo —dijo Ivy, a unos pasos, rezando para que aquello no terminase con su amiga en comisaría, con él en el hospital o con una desafortunada combinación de ambas, como otras veces.

—No. Pida perdón a su esposa —exigió Violet—. Y prometa que no volverá a hacerlo.

—Señorita, por favor, váyase —musitó la enfermera, temblorosa.

Violet se fijó mejor en ella. El exceso de polvos delataba que aquel no era el primer golpe. Quizá había contado que se había caído; que un soldado fuera de su juicio, con la mente nublada por los horrores de la guerra, había reaccionado violentamente. Ella había escuchado esas historias y casi siempre ocultaban el fuego infernal de un hogar lleno de abusos.

—¡Váyase de aquí! ¡O le daré también lo suyo! —Le puso un dedo de la mano libre delante de la cara—. Ella es mi esposa, y una mentirosa, y la trataré como me plazca.

Violet detestaba ese gesto. Lo odiaba desde que tenía uso de razón cuando lo usaban para amenazarla. «Compórtate como una señorita o te daré unos azotes». «Te encerraré en tu habitación si sigues leyendo estas cosas». Casi escuchaba esa voz, en vez de la de aquel hombre. Las ganas de retorcerle el dedo la consumieron, y él soltó un alarido acompañado de un sinfín de insultos que evocaron aún más las sombras de su pasado. El tipo terminó en el suelo, acogotado. Algunos aplausos se mezclaron con los gritos de la mujer.

—¿Qué ha hecho? —dijo arrodillándose junto a él, quebrada en llanto—. Solo me regaña porque no hago las cosas bien… Tenía que haber dejado el hospital cuando nos casamos, pero no fui capaz de abandonar a esos pobres soldados a su suerte. He mentido a todo el mundo. La culpa es mía.

—Eso no es verdad —dijo Violet, que sintió escalofríos al oírla, aunque no fuera la primera ni la última—. No siga excusándolo. Tiene que dejarlo o acabará con usted.

—No lo entiende. —La miró desesperada—. Seré la vergüenza de mi familia. Me repudiarán y no tendré a quién acudir.

—Usted mira a la muerte a los ojos cada día. ¿Cree que merece la pena vivir esta vida, tan corta y efímera, con miedo?

La chica negó con la cabeza.

—No…

El susurro de la enfermera se mezcló con el sonido de los silbatos de la policía.

—Por favor, piense en sí misma —le dijo Violet.

Tiró del brazo de Ivy y corrió con ella entre la muchedumbre. Algunos la animaron a correr más; otros trataron de retenerla, pero logró dejarlos atrás. Tras despistarlos a la altura de Drury Lane, se detuvieron a recuperar el aliento.

—Violet, no puedes hacer esto —regañó Ivy, la voz entrecortada—. Te meterás en un lío del que ni tu madre podrá sacarte. Esa enfermera no dará ningún paso, por mil motivos que cree relevantes, y lo que has hecho enfurecerá más a su marido. Ella pagará las consecuencias. No es la primera vez.

—Creo que esta será distinta, Ivy. Había en sus ojos algo…

—Solo había miedo —cortó seria—. Como en los de todas. Ten, tu libro. Y vámonos, por favor.

Violet cogió el ejemplar y chasqueó la lengua, triste por disgustarla.

—¿Estás enfadada conmigo?

Ivy negó con la cabeza, y le apretó el hombro.

—Jamás podría enfadarme contigo. Es solo que quiero que estés bien.

—Estoy bien, Ivy. Estaré bien siempre que estemos juntas.

Su amiga sonrió cálidamente, y pudieron hacer el camino de vuelta a casa más tranquilas. Grosvenor Square no estaba precisamente cerca. Habría sido incómodo recorrer aquella distancia estando disgustadas, sin mediar palabra ni gesto amable alguno.

Tras despedirse de ella, con la promesa de tomar el té juntas al día siguiente, Violet entró en su casa. La residencia de los Darcy era la digna morada de una familia de la alta sociedad londinense. Aunque le había costado muchos años poder llamarla hogar. Porque, para ella, un hogar era mucho más que cuatro paredes, por más bonitas que fuesen.

Dejó el sombrero y los guantes en manos de la doncella, y pasó al salón tarareando una canción alegre. Quería escribirle una carta a su prima, enviarle el libro cuanto antes. Sin embargo, aquella idea y aquella canción se le cortaron de golpe al ver la expresión de enfado con que la recibió su madre. Agatha, mujer de viva mirada y elegante finura, estaba de pie junto a la chimenea y el fulgor de las llamas le daba a su rostro un aspecto terriblemente airado.

—En cuestión de una hora he recibido unas insidiosas visitas, Violet. —La miró severa—. Dos agentes y esa vecina a la que todo lo malo que nos ocurra la alegra. ¿No te cansas de comprometer la reputación de esta familia?

—No sé qué le han dicho, madre. —De pie frente a ella, apretó las manos contra el regazo y tomó aire—. Pero yo…

—¿No lo sabes? —Agatha se pasó la mano por el estudiado moño, que recogía elegantemente su largo cabello negro. A Violet le era fácil saber qué aspecto tendría a su edad, pues eran muy parecidas—. Te lo diré: has agredido a un hombre. Y no te han detenido porque los he convencido de que era imposible que fueses tú, pero no siempre podré convencerlos. ¿Acaso quieres que te vea en presidio, revuelta entre mugre y delincuentes?

—No. En absoluto. —Dio un paso hacia ella; su madre dio uno atrás, y Violet agachó la mirada—. Pero hay cosas que no puedo tolerar.

—Te diré lo que yo puedo tolerar y lo que no —respondió en tanto que su hija volvía a mirarla—. Puedo tolerar que acudas a mítines, que leas esos panfletos, que tengas ideas propias y asistas a las charlas de las sufragistas, pero no que pierdas los modales. Estoy cansada de sacarte de los embrollos en los que te metes por tus pasiones y tu mala cabeza, Violet.

—Solo quiero ayudar a las personas que lo necesitan. Cambiar el mundo.

—Pues esta no es la manera. No lo es, y lo sabes. ¿No has pensado en lo que otro escándalo supondría para esta familia? ¿O para la de tu prometido? ¿Qué pensaría Conrad de lo que has hecho? Puede que en su juventud tuviera un espíritu tan inflamado como el tuyo, pero no después de lo que estará padeciendo. Ivy estaba contigo, ¡por el amor de Dios! Podría afectarle, o que sus padres la obligaran a romper vuestra amistad. —Los nervios vibraron en su voz—. Te sacaré de Londres para que reflexiones y pongas distancia con este lugar.

—Usted dijo que jamás abandonaría Londres mientras durase la guerra.

—Que Dios me perdone por abandonar este lugar que tanto amo en medio de su sufrimiento, pero necesito sacarte de aquí. O voy a perder a mi hija y no será porque vengan los enemigos de esta nación y la maten. Nos vamos a Madrid.

—¿A Madrid? —Violet pestañeó con rapidez. Su mundo se tambaleó.

—Beltrán ha enviado un telegrama, por nosotras y por la situación en Londres. Quiere que vayamos. Y la compañía de tu prima te hará bien. Es más juiciosa que tú. A su lado sentarás la cabeza.

4

Febrero de 1917, Sevilla

Todos conocían a la Bella Azucena, famosa cupletista y actriz de zarzuela, hermosa como una sultana, con ojos de obsidiana y pelo de azabache. Pero pocos a María Gómez. Sus sueños más allá de los escenarios. Sus inquietudes. Sus fantasmas. Aquello que últimamente se le había agarrado a las meninges con dedos de hierro y no la dejaba dormir. Cruzó su camerino de punta a punta, bajo la atenta mirada de Alfredo Alcor, su amigo y representante, mientras rumiaba la manera de comunicarle la decisión que había tomado.

—Me arde un fuego en las sentrañas que no puedo apagar con na, Alfredo. —Brazos en jarra, mantón de Manila sobre ellos, mirada valiente, y en la voz la fuerza de un juramento que será cumplido, agregó—: Voy a dejar los escenarios un tiempo.

—¿Cómo? —La ceja de Alfredo se alzó hasta casi tocar el nacimiento de su espeso cabello tostado y brillante—. ¿Tú estás bien? Actúas en Méjico el mes que viene.

—Lo anulas. —Se sentó en el tocador, con un movimiento enérgico, y empezó a quitarse las peinetas. La cabeza le dolía con tanta tirantez.

—Azucena, por favor. Anoche bebimos más manzanilla de la cuenta. ¿No será que estás cansá?

—Pues no te voy a engañar. Un poco sí, de todo esto.

Los ramos de flores, los mantones, los adornos, las batas de seda…, de haber tenido ojos, la habrían mirado ofendidos. Los de María se clavaron en los de Alfredo. Le parecía guapísimo, o igual era el cariño que le tenía, que le quitaba los defectos. Era un hombre de hombros anchos, cintura estrecha y piernas interminables. Con bigote fino y cara de niño travieso.

—Mira. —Aquella forma de empezar puso al hombre en preaviso. Cuando anteponía el «mira» a sus palabras, algo diría que no admitía discusión—. Ya te puedes poner en cruz, que no voy.

—Azucena… —salió su nombre como un suspiro—, lo de este avenate, ¿a qué viene?

—Voy a escribir una obra de teatro.

—No digas tonterías. —Alfredo sacó del bolsillo de su elegante chaqueta una pitillera.

—No son tonterías —añadió resuelta, quitándose la última peineta. El cabello se le derramó con espléndidas ondas sobre la seda del mantón.

—Codearte con dramaturgos le viene bien a tu carrera, pero hacer lo que ellos… Eso es harina de otro costal.

—Quiero hacerlo. Algún día estaremos muertos, contándole a san Pedro lo que siempre quisimos hacer y no hicimos.

—Chiquilla, deja a san Pedro tranquilito, que queda largo que lo veamos. —Alfredo prendió el cigarro y soltó el humo como si pudiera soltar sus inquietudes—. Aunque igual me voy antes, de tantos disgustos como me das. ¿A qué viene esto ahora?

La cupletista miró a su amigo en el reflejo del espejo.

—Tú ya sabes a qué. No hace falta que te lo diga.

Alfredo soltó el humo, encogiéndose de hombros. Con los ojos de la memoria echó la vista atrás en las muchas conversaciones trascendentales que habían tenido, hasta hallar un motivo de peso para su decisión. Cuando lo hizo, apretó los párpados. Era algo tan importante que contra eso… nada podía hacer. Sabía lo que significaba para ella.

—Muy bien, Azucena, pero, cúchame una cosa, ¿no podría ser más adelante? Tras la gira.

Ella caminó hacia él, agitándose los flecos del mantón a cada paso, y puso las manos en sus hombros.

—Tiene que ser ahora —dijo mirándolo con franqueza.

—Por favor… —Alfredo juntó las palmas en actitud orante. El humo dibujó una cortina entre los dos. A María le recordó a cuando actuó en Londres, y sonrió. La ciudad del Támesis le había gustado, aunque su comida fuera malísima—. El público y la prensa harán preguntas. Y ya sabes cómo son. Hoy te adoran y mañana te desdeñan. Hay que estar en la palestra para que no se olviden de uno. Cancelar la gira despertaría rumores sobre que has enfermado, o algo peor.

—¿Qué hay peor que estar enferma?

—Un preñao sin estar casada, como es tu caso. La gente no perdona esas cosas.

—Por santa Justa, qué caterva de obtusos. Pues capeas el temporal, lo desmientes todo y santas pascuas. Solo será hasta septiembre. Para el cumpleaños de mi Carmela.

—Estamos en febrero —se quejó él—. Es mucho.

—Imagíname como Perséfone. Salgo a la superficie con la primavera, mientras tú esperas la llegada del otoño y mi regreso.

Él alzó de nuevo una ceja mientras daba una calada.

—¿Eso me convierte en Hades? —Soltó el humo por una esquina de la boca.

—No me digas que no te gusta. Tiene un toque sensual.

—¿He de recordarte que secuestró a Perséfone?

—A lo mejor es que ella se dejó. —Le guiñó un ojo y besó su mejilla—. Y espero que entiendas que me marche de Sevilla. Aquí no me dejaréis tranquila, y necesito concentrarme para escribir mi obrilla. Me cambiaré el peinado y la ropa. Y hasta el nombre.

—Tú has perdido el oremus, alma mía. —Alfredo resopló y apagó el cigarrillo en uno de los jarrones; el chasquido de la ceniza se mezcló con sus palabras—. ¿Y qué nombre te pondrás?

María miró en derredor; sus ojos toparon con el más bello de los ramos que había en su camerino. Uno de iris, de parte de su padrino Antonio Pertierra, acaudalado bodeguero de Sanlúcar, aventurero, periodista y dramaturgo en sus ratos libres. Siempre estaba pendiente de que nada le faltase. Y pensó, que si se ponía aquel nombre, sería una anécdota divertida que contarle.

—Iris Pertierra.

—Bueno, tiene su aquel. A Antonio le hará gracia. A todo esto, telefonéalo, anda buscándote.

—¡Una señal del cielo! —Se llevó las manos al pecho—. Él escribe buenas obras de teatro, podrá aconsejarme. ¿Sabes qué quería?

—Ya hablas con él, que llevo prisa. Por si no lo sabes, a mi artista más famosa le ha dado el avenate de complicarme la vida. —Alfredo fue hacia el perchero para coger su sombrero—. Hasta septiembre, ¿estamos? Y me llamas todas las semanas, sin faltar, como a misa. Y nada de cortarte el pelo, que te he leído los pensamientos.

—Ni mijita. —Iris cruzó los dedos a escondidas.

Cuando se quedó sola, telefoneó a su padrino.

—María, ¿cómo estás, hija? —Su profunda voz le llenó los oídos. Podía imaginárselo sentado, el brazo apoyado en la silla, su cabello cano bien peinado y un puro entre los dedos—. Ya tengo lista la casa de Madrid, para que la veas antes de que la alquile. Ya que la conseguí a tan buen precio gracias a tu amistad con ese banquero… Tu amistad o lo que sea, que nos conocemos.

Ella rio por lo bajo mientras jugueteaba con el cable telefónico entre los dedos.

—¿Y por qué no te la quedas para cuando estés allí? Es muy céntrica.

—Ya tengo otra, además viajo mucho y sería desperdiciar un piso tan bonito. Vente a Madrid, anda. Me voy en tres días a París, por asuntos periodísticos, y quiero verte antes.

Madrid, ni más ni menos. Podría haber pasado más desapercibida desnuda a caballo por la calle Sierpes que en Madrid siendo quien era. Pero los labios se le movieron solos para responder:

—Pues sí que voy. E igual me quedo una temporada.

—¿No te ibas de gira?

—Esto es más importante, Antonio. Es… A ver cómo te digo esto —soltó con apuro—, no sé cómo decirle a un dramaturgo como tú que quiero hacer algo remotamente parecido a lo que tú haces.

—Ah, esa obra de teatro que hace tiempo quieres escribir. —La sonrisa se le notó en la voz—. Malas no son mis obras, pero tú tienes talento.

—Y ganas.

—Pues en el mundo hay a veces más ganas que talento.

—Eso es verdad. ¿Y por dónde empiezo, Antonio? Cuando me pongo delante del papel, se me va la inspiración.

—Pues mu fácil —dijo él, como si nada—. Sal y observa lo que veas. Bueno o malo. No queremos mirar lo malo porque nos estruja la conciencia, pero hay que mirarlo de cerca. Tienes que ahondar y arañar en las cuestiones de la vida, aunque lo que encuentres te haga replantearte tu existencia. Y de lo que no veas escribe también, que para eso está el inventar. Pero de la política no, eso te quita años de juventud, y sobre cornamentas, cuidado también que son cosa controvertida. Igual que los gerundios. Escatima en eso, que lo afean todo.

—¿En cornamentas?

—En gerundios, mujer. Aunque de cuernos va el mundo sobrado también.

—Qué cosas tienes, padrino. ¿Algo más? Lo he anotado todo mentalmente.

—Sí, lo más importante: encuéntrate a ti misma, o por lo menos búscate. Para escribir una buena obra, uno debe buscarse en ella. Y encontrarse. Porque lo que uno escribe tiene que llevar su esencia. Y tú andas perdida entre tanta farándula y tanto adulador.

—No sé qué decir, pero sueles tener más razón que un santo, así que le daré una vueltecita. Por cierto, voy a emprender mi aventura de incógnito, y… me he puesto tu apellido.

—Yo siempre te he tenido por una hija, te lo dejo gustoso.

—Gracias, lucero, nos encontramos en Madrid mañana mismo, ¿te parece?

Él asintió conforme. Iris le mandó un beso, y colgó con la sensación de que la había arrollado un coche de caballos. Ahora no solo tenía que escribir una obra de teatro, también encontrarse a sí misma, sea lo que sea que eso significase. ¿Cómo se puede buscar algo que una siente que no ha perdido? ¿Y si se había perdido y no se había dado cuenta?

Decidida a emprender su aventura, fue a cortarse el pelo a su peluquero de confianza. A él y a Iris casi se les va la vida cuando lo hizo, pero el corte le favorecía, y les gustó. Luego compró un atuendo sencillo en una boutique, y se paseó por las calles más concurridas a ver si la reconocían, cosa que no se dio. Tampoco cuando estuvo en la estación, comprando los billetes para Madrid. Aún quedaban dos horas para que saliese el tren, así que fue al parque de María Luisa. No podía irse de Sevilla sin hablarle a Bécquer de su nueva aventura. Había admirado su monumento tantas veces que se sabía de memoria hasta los defectos de la piedra. El busto de Bécquer sobre el fuste, la glorieta que abrazaba el tronco del cedro, las cinco esculturas. Eros herido y yacente, y Cupido de pie, ambas de bronce. Y las tres damas de mármol, los estados del amor. Iris le tenía cariño a la del ilusionado, a ratos le parecía que fuera a ruborizarse.

Lo suyo con el poeta no era flor de un día. Lo admiraba desde que tenía uso de razón. Era un amigo en sus soledades, ánimo en sus días grises. Formaba parte de todos sus bellos recuerdos. Los que atesoraba con cariño de su hermana, Carmelita; los que tenía con su padre; los que conservaba de su madre. Cada vez que veían una golondrina, ella le decía: «Como yo te he querido, desengáñate, nadie te querrá». Y qué verdad. Nadie la había querido ni la querría con el amor incondicional que dan las madres que son buenas. Ninguno de los hombres de su vida la había amado de verdad.

—Gustavo, alma mía, ¿crees que si busco el amor me encontraré de paso? —El lugar estaba tan extrañamente solitario que se le antojó que Bécquer quisiese que estuvieran a solas—. ¿Y si me mandas un amor de los buenos?

«El amor es un misterio, María», le pareció que decía.

—«Todo en él son fenómenos a cada cual más inexplicable» —dijo ella tras un suspiro.

—«Todo en él es ilógico. Todo en él es vaguedad y absurdo».

Esa voz, ni había sido la suya ni la de Bécquer, así que viró la mirada y se topó con un hombre, parado junto a ella. Sus ojos, expresivos, entre el verde y el marrón, la miraban curiosos. No fue capaz de decirle nada, solo de mirarlos. Él rio sacándola de su ensimismamiento.

—Si sé que me va a mirar con tanta devoción, me habría puesto un traje de gala.

—Discúlpeme.

—No se disculpe —se quitó el sombrero en un gesto cortés—, pero si vuelve a hacerlo, voy a tener que llevarla a cenar por las molestias.

—¿Las molestias? —Iris rio. Disimuladamente, se fijó en su cabello negro y su elegante atuendo. Cuartos, a juzgar por la vestimenta, tenía a rebosar—. Bien sabe que no es molestia, con tan buena planta como se gasta. Si quiere llevarme a cenar no invente excusas.

—Me gusta su sinceridad. ¿Adónde querría ir entonces?

—¿Así de directo? Ni el nombre nos hemos dado.

—Eso tiene fácil solución. Me llamo Adrián Belmonte.

—Belmonte, como el torero. No serán primos.

—En absoluto, no ando versado en toros.

—Una cosa son los toros y otra los toreros. A mí me hacen ojillos los trajes de luces.

Él rio con ganas.

—¿Debería de haber traído uno?

—Mal no le quedaría, pero al caso: me llamo… Iris Pertierra.

Adrián tomó la mano de ella y posó los labios sobre sus guantes, mirándola a los ojos. A ella se le pusieron unas cosquillas en el vientre que casi tocaban la pandereta.

—Encantado de conocerla. Su apellido me es familiar —dijo él separándose.

—Es común por aquí —soltó ella a toda prisa—. Antes ha recitado a Bécquer, ¿es admirador suyo?

—Lo soy, y nunca había tenido oportunidad de visitar esta escultura.

—Es mi lugar favorito de este parque.

—Me habían dicho que era hermosa, aunque no imaginaba que tanto.

—Es hermosísima, sí.

Iris dejó de mirar a Bécquer, y se encontró que Adrián la miraba al decir:

—Lo es.

A ella se le pusieron las mejillas del color de la manzana del cuento.

—Siempre me ha recordado a la Rima X —dijo Iris—. ¿La conoce?

—«Los invisibles átomos del aire en derredor palpitan y se inflaman, el cielo se deshace en rayos de oro, la tierra se estremece alborozada. Oigo, flotando en olas de armonías, rumor de besos y batir de alas; mis párpados se cierran… ¿Qué sucede? Dime».

Sus cuerpos, por inercia, se acercaron.

—«¡Silencio! ¡Es el amor que pasa!».

Él sonrió. Y esa sonrisa zalamera casi la mata en el acto.

Sopló una brisa, y un mechón de ella se posó sobre su mejilla. Adrián lo colocó en su sitio, en un gesto demasiado cercano para quienes acaban de conocerse.

—Hablando de poesía, tocándole el cabello, y apenas nos conocemos —dijo él.

—E invitándome a cenar, no se olvide.

Adrián fue a decir algo; sin embargo, una figura irrumpió de entre los árboles, sacándolos de la conversación. Iris miró hacia allí, casi disgustada, y vio a un muchacho rubio y apuesto, bien vestido, bajito y ancho de hechuras.

—Por fin te encuentro. Vamos a llegar tarde, y… —Calló al tiempo en que miraba a Iris—: Discúlpeme, señorita, pensé que mi primo estaría solo.

—No se preocupe —dijo ella con amabilidad, a pesar de todo.

—Señorita Iris Pertierra, Carles Bosch —introdujo Adrián.

Se saludaron gustosamente, y Carles los miró con una sonrisa la mar de misteriosa.

—Deja que me despida de mi nueva amiga, y ahora estoy contigo —le dijo su primo.

El muchacho asintió y se alejó para darles intimidad, entreteniéndose en fumar un cigarro.

—¿Puedo llevarla a cenar entonces? —preguntó Adrián a Iris—. Estaré unos días en Sevilla.

—Me iría con usted aunque fuera a comerme un bocadillo a la vera del Guadalquivir, pero me marcho esta tarde a Madrid.

—Madrid. —Adrián sonrió.

—No sonría así, que no es para tanto por más que digan los madrileños que es la mejor ciudad de España.

Tras una leve risa, él dijo:

—He sonreído porque soy de Madrid y si usted va allí podré verla. Tenga. —Sacó una tarjeta, que le tendió—. Llámeme. Podríamos seguir hablando de Bécquer. Y cenar, si quiere.

—Sí. Me gustaría —dijo con una sonrisa.

Volvió a besar su mano y, tras una bella mirada, se marchó junto al otro, que le dijo adiós a Iris con un gesto. Ella, tras perderlos de vista, estudió la tarjeta. Bajo un escudo de armas, rezaba: «Adrián Manuel de Belmonte Teruel Gerén y Ojeda. Marqués de Robles».

—¡Que es marqués el polluelo! —Levantó la mirada hacia Bécquer—. Gustavo, te has esmerao en buscarme buen partido. De esta te levanto otro monumento, de oro y diamantes.

Estaba acostumbrada a tratar con hombres de su posición, pero ese era más guapo que ninguno. Leyó su dirección y su extensión y guardó la tarjeta en el bolso, con la duda de si llamarlo, por más que le hubiera dicho que sí. Las relaciones ocupaban mucho tiempo y ella tenía un propósito que requeriría de toda su energía. Soltó un suspiro que se mezcló con una ráfaga de aire. El cielo se nublaba, el tren salía pronto, no podía demorarse. Dejó un beso en el mármol, le dirigió una última y cariñosa mirada a Bécquer, y echó a andar. Ahora que el momento de emprender el viaje estaba cerca, tenía la misma sensación que cuando subió por primera vez al escenario. Más miedo que si hubiera visto un ánima, pero más ganas de hacerlo que si hubiera nacido para ello.

5

En un tren hacia Madrid

Los viajes son el nido donde moran muchos recuerdos. Felices reencuentros, compañeros inesperados; pero también amargas despedidas. Y aunque Lorea amaba viajar, el nido de su memoria tenía más de lo segundo que de lo primero. De aquel instante en el que nada más apearse de ese mismo tren, dio de bruces con la realidad. Trataba de darle un sentido a lo que pasó, más allá de la maraña de los sentimientos, de lo irracional; pero no lo encontraba. Y ese viaje le revolvía los malos recuerdos.

Con el fin de estirar las piernas y despejar la mente, abandonó el solitario compartimento. Tras dar un paseo, fue al vagón-restaurante. Grupos y parejas ocupaban las mesas en los costados del concurrido lugar. Cortinas broncíneas de flores, recogidas con alzapaños, revestían las ventanas, y tulipas de lirios dotaban al espacio de una luz que animaba la del día. Entre las mesas de blancos manteles quedaba un pasillito por el que discurrían los camareros pugnando por no derramar nada con el trajín del tren, que era, según en qué tramo, notable.

Tomó asiento en una de las mesas. A sus oídos llegaron palabras dispersas. Casi todos hablaban de esta o de aquella guerra; de lo caro que estaba todo; de los barcos hundidos y los submarinos alemanes. Aquel murmullo le gustaba, y siempre se colaba algún dato del que sacar partido en sus novelas. Pidió un café solo y un trozo de bizcocho que le costó una pequeña fortuna. Servidos ambos, y casi por inercia, sacó su libreta y tomó la pluma. Aprovechaba cualquier instante para anotar ideas, pero las palabras del editor la asaltaron y volvieron a estrujar su confianza. ¿Acaso no verían todos sus escritos tan poco interesantes como él? Llorar no era propio de ella, pero fue tan dolorosa la sensación de que escribiendo no iba a ninguna parte que los ojos se le humedecieron. Abrumada, soltó la pluma con desdén y golpeó la taza sin querer. Fue rápida como para salvar sus útiles, pero el líquido impregnó la mesa y goteó sobre su falda.

—Vaya… —refunfuñó, buscando con la mirada una servilleta con la que limpiarse.

—¿Se encuentra bien, señorita?

Alzó la vista y halló a un joven que le tendía una. Una amable sonrisa curvaba sus labios.

—Gracias —dijo cogiéndola.

—No hay de qué. Le traeré un poco de agua.

Antes de que ella pudiera decir nada, se había marchado. Guardó sus útiles en el bolso y se limpió la falda aprisa. Por suerte, el café no estaba caliente. Un camarero limpió el resto del desastre, y el chico regresó pronto.

—¿Quiere bicarbonato para la mancha?

—No será necesario, ya ha salido.

Él dejó el vaso de agua sobre la mesa. Lorea, a causa de su angustia, pensó que era un mar embravecido en el que corría el riesgo de ahogarse. Dio un trago mirando en derredor, temiendo estar dando un espectáculo. Sin embargo, la gente estaba a lo suyo. Apenas lo dejó en la mesa, viró la mirada hacia el desconocido.

—¿Se encuentra usted mejor? —le dijo él, de pie junto a la mesa—. Mi madre siempre decía que beber agua es infalible para alejar las preocupaciones. Como si se quedasen todas en el vaso.

Lorea lo miró: el agua se había amansado. Cuando volvió la vista al joven, se fijó mejor en él. Fortachón, vestía traje azul oscuro, elegante pero apropiado para un viaje. Le gustaron las pequeñas arrugas que asomaban a ambos lados de sus ojos, señal de que sonreía a menudo. Su azul era el del manto de Proserpina de Rossetti, y su cabello, tan rubio como las puntas de las espigas olvidadas en Las Segadoras de Millet. Eran los cuadros favoritos de su padre, y al mirarlos sintió la misma familiaridad.

—Solo ha sido un momento de malestar. No se preocupe. ¿Quiere sentarse? —No comprendió qué la había impulsado a ofrecer asiento a un desconocido, pero se sintió cómoda al hacerlo—. Terminará por granjearse la enemistad del camarero si sigue ahí. Y nadie quiere llevarse mal con quien le sirve el café.

—Sí, tomaré asiento, gracias. —Lo ocupó frente a ella—. Corro riesgo de romperme la crisma.

Ella asintió. De eso sabía un tanto. En las prácticas atendían roturas, algunas por pérdida del equilibrio en un transporte. De las pocas cosas que le dejaban hacer en la facultad en lo práctico siendo una mujer. Nada de cuerpos desnudos ni tocar lugares indecentes. Como si en eso de aprender a salvar vidas pudieran hacerse distinciones sobre lo decente y lo que no.

El tren aminoró la marcha y entró en un túnel. La luz artificial venció a la oscuridad que pretendía hacerse con el vagón. Él inclinó el cuerpo un poco hacia ella, como si quisiera recortar la distancia que imponía la mesa, y extendió la mano:

—Me llamo Iván Palacios.

Palacios… Oír ese apellido era recibir una estocada en el vientre. Se preguntó si solo era una casualidad, y de serlo le pareció una de muy mal gusto. Ese nombre representaba el doloroso recuerdo de un pasado reciente que pretendía olvidar.

—Lorea Garmendia.

Se apretaron la mano con firmeza. A ella le costó soltarlo, gustosamente anclada al tacto suave de sus dedos, pero dejó que imperase el decoro. Aunque no fue capaz de callar la propuesta que salió con ganas de sus labios.

—Le invitaré a un café. En agradecimiento. Lo sirven exquisito, más aún si se toma sin azúcar. He tomado ya uno, o al menos la parte que no se han bebido la falda y la mesa —dijo con media risa, haciéndolo reír también—, pero pediré otro para acompañarlo.

Iván asintió y, con un gesto educado, pidió las bebidas al camarero.

—¿Le gusta la amargura del café, señorita?

—Creo que es de las pocas que pueden soportarse y agradecerse.

—He tenido que aprender a tomarlos así. La vida y el café. Me diagnosticaron diabetes sacarina hace unos meses.

—Es una enfermedad complicada, aunque hay tratamientos que ayudan a sobrellevarla.

—¿Está familiarizada con ella?

—Mi madre la padece desde hace diez años.

—Entonces la conoce bien. He probado todos los remedios. Bálsamo del Perú; baños de agua salada, friegas de eucalipto y romero… y unas cuantas cosas más por prescripción. Quizá tenga usted alguno que recomendarme.

—Tal vez el tratamiento con opioides. Se están haciendo avances con él.

—Recientemente me lo prescribió el médico.

—Entonces espero que sea efectivo en usted.

—Y yo también —suspiró.

Las tazas de humeante café tintinearon anunciando la llegada del camarero. Las posó sobre la mesa, en sus platillos. Y de algún lugar llegó el ruido de una desmedida risa. Lorea casi había olvidado que estaban rodeados de gente.

—Pero no quiero aburrirla con mis padecimientos. —Iván cogió su taza y aspiró el aroma con gesto placentero—. Hablemos de cosas amables.

—No me aburre, créame. ¿Qué dieta le han puesto?

Dieron un trago a los cafés, y él le contó las restricciones alimentarias que tanto lo torturaban.

—Soy un comilón, qué le vamos a hacer. Y estas gentes del norte comen como si el mundo fuera a acabarse. Cinco días en Vitoria y mire mis botones —se señaló la zona del vientre, donde la chaqueta se estiraba un poco—, van a acabar en el ojo de alguien.

Rieron, bebieron otro tanto, y él hizo una observación sobre el paisaje.

—¿A usted le gusta viajar? —le preguntó después.

—Mucho, encuentro fascinante el ferrocarril. Creo que es un gran adelanto.

—Sí, pero también ha sido pernicioso en muchas cosas.

—Es uno de los inconvenientes del progreso.

—¿Y cree que, como dicen algunos, todo vale en nombre del progreso? —indagó con tono amable.

—No, todo no. Si embargo, pienso que en esa clase de pensamiento egoísta, el mundo siempre será el mundo.

Hablaron sobre aquello durante un rato, cómodos, y cuando se hizo un silencio breve, él le dirigió una mirada curiosa.

—Tengo la impresión de que quiere decirme algo que está callando —dijo Lorea.

—Sí, perdón… No quiero pecar de atrevido, pero sigo preguntándome qué fue lo que humedeció antes su mirada.

Ella bebió un poco más de café, para tomarse tiempo en pensar cómo decirlo.

—Hay algo que creí que hacía bien y ahora me parece que no. —Dejó despacio la taza—. Siento que debería rendirme.

—¿Rendirse? No creo que usted sea de las que se rinden. Parece alguien con determinación.

—¿Y eso cómo lo sabe? —Lorea lo miró con sorpresa.

—Por su cabello. Lleva un corte muy moderno.

—Es que apenas tengo tiempo y no puedo perderlo en farragosos peinados. Aunque ahora tengo una duda, ¿es usted peluquero de señoras?

—No. —Rio, pasando los dedos por los relieves de la porcelana—. Quizá peluquero de edificios. Soy arquitecto.

—Una profesión interesante. ¿Y qué tipo de edificios diseña?

—De momento los que me mandan. He trabajado a las órdenes de otro arquitecto, en el teatro Odeón, pero algún día diseñaré un edificio altísimo, como el Flatiron Building de Nueva York.

—¿Ese que parece una plancha de hierro?

—¿Lo conoce? —preguntó entusiasmado.

—Lo he visto en una revista. Ha de ser emocionante estar en un lugar tan alto. Sería como admirar el mundo desde las cumbres del Gorbea, pero sentado cómodamente en tu sillón.

Durante kilómetros, en tanto que el tren dejaba atrás un paisaje tras otro, conversaron sobre logros arquitectónicos. Pidieron algo más de beber y de comer. Y de aquella conversación pasaron a hablar de pintura, coincidiendo gratamente en buena parte de sus gustos. Para cuando quisieron darse cuenta, el tren ya casi estaba en Madrid.

—Es la primera vez que este viaje se me hace tan corto —dijo él.

—¿Va mucho a Vitoria?

—Sí, aunque ya no iré tanto —dijo alicaído—. Visitaba a mi tía, y falleció recientemente. He ido a gestionar los asuntos de la herencia.

—Lo siento. —Le dedicó un gesto de cariño que él recibió con una sonrisa.

—Gracias, la quería mucho, era la única familia que me quedaba por parte de madre. Y me entristece pensar que no estarán aquí para ver algo que les prometí que verían.

—¿Puedo preguntarle qué es?

—Voy a abrir mi despacho de arquitectura.

—Pero eso es asombroso, enhorabuena, y… —aunque ella no creyese en esas cosas, dijo—: tal vez lo vean, dicen que nos observan desde el cielo.

La sonrisa de él valió un mundo.

—Y usted ¿va a Madrid de visita familiar?

—Voy por… —chasqueó la lengua—, verá, la gente no suele tomarse a bien lo que hago.

—¿Se dedica a la política?

Lorea rio.

—No… —dudó, pero la mirada de él era tan auténtica, que lo dijo—: Estudio Medicina.

—Aunque comprendo su recelo a decírmelo, por los prejuicios, la admiro por lo que hace.

Lorea solo había escuchado a tres hombres decir aquello: a su padre, sin cuyo consentimiento sus ambiciones no habrían podido tener espacio; a su más querido profesor, que la alentaba a superarse y que a la postre era el padre del hombre que le había roto el corazón, y a un muchacho muy simpático con el que coincidía en la biblioteca, y que estudiaba leyes.

—¿He dicho algo que la incomode? —preguntó Iván, preo­cupado al verla atónita.

—No… —Se rascó el cuello—. No estoy acostumbrada a esa reacción. La gente no entiende qué hace una señorita en asuntos que consideran de hombres.

—Igual el fallo está en dividir las cosas como asuntos propios de un sexo.

No pudo más que asentir, asombrada por su naturalidad.

—¿Usted expresa esas cosas en público habitualmente?

—Yo siempre digo lo que pienso —respondió animado—. Mi amiga Pola dice que si un día me callo me saldrá una úlcera. Pero uno no puede callar, aunque hablar le cueste un disgusto. Y me gusta ver las cosas progresar. Ya sean los pensamientos, los edificios, las cuestiones más relevantes o las más nimias. ¿Qué la llevó a estudiar Medicina? Todos los médicos que conozco tienen alguna historia sobre qué los impulsó a andar entre huesos rotos, enfermedades incurables y gente padeciendo.

—Bueno —dijo entre risas—, también hay otras cosas. No todas son tan terribles.

—Supongo que sí. Yo encuentro fascinantes los rayos X. ¿Cómo puede algo atravesar la carne para crear una imagen? ¡Si hasta los hay portátiles! Y los llevan por los campos de batalla como quien lleva una maletita.

—Son un poco más aparatosos de llevar, pero le entiendo. ¿Sabe que son un invento español?

—No —abrió mucho los ojos—, y me asombra pensar lo mucho que avanzan las cosas. No hay día en que no escuche decir a mi padre que hasta hace nada íbamos en burro. Ahora que lo pienso, quizá lo conozca de la facultad, se llama Guzmán Palacios. Es catedrático.

Lorea palideció de tal manera, que nadie habría advertido la diferencia entre su piel y los hilos de una sábana blanca recién lavada. Sus neuronas corrían de aquí para allá, uniendo la madeja de sus atropellados pensamientos. Ser hijo de Palacios lo convertía en hermano de Héctor. Ella sabía que tenía uno, pero Héctor nunca hablaba de él, y ahora… Estaba delante del hermano de aquel que había destrozado su corazón. De aquel que, de no vibrar en ella una fuerza indómita, habría aplastado también su vida con aquel destrozo. Con la angustia apretándole hasta las arterias, se preguntó si el otro no estaría en el tren, y tembló sacudida por sus peores recuerdos. No soportaría verlo. No sería capaz de mirarlo a la cara más que para decirle que era un sinvergüenza. Y aquello no podía hacerlo en un tren lleno de gente, menos aún delante de un muchacho tan educado como Iván.

Abrumada, sintió la urgencia de marcharse, y buscar consuelo en la soledad.

—No me encuentro bien, ruego me disculpe —dijo poniéndose en pie.

—Puede verla mi hermano. —Él también lo hizo—. Es médico.

Estaba allí. Héctor estaba allí.

—No se moleste, por favor.

Él la miró confuso, pero ella sacudió la cabeza, dejó unas monedas en la mesa y salió de allí aprisa. De camino al compartimento, temió cruzarse con Héctor. Intentó calmarse, cosa difícil teniendo en cuenta que, para ella, él era el peor de todos los hombres de la tierra. Y se sin­tió avergonzada por haber dejado a Iván de tal manera.

6

La Estación del Norte rebosaba de viajeros e ilusiones. De vidas que se cruzaban para no entrelazarse y de otras que encontraban en aquel lugar, que era de todos y de nadie, un camino en común. A Pola siempre le habían gustado las estaciones. Deambular por sus zaguanes, admirar los uniformes de los empleados, curiosear a los viajeros, preguntándose cuáles eran sus historias. Había ido a recibir a Iván, incapaz de esperar para hablarle de su trato con Beltrán, de la parte feliz… y de la amarga. Lo que no se había parado a pensar era que Héctor estaría con él, y caer en eso la hizo detenerse, sin percatarse del estorbo que suponía en aquel trajín. Un hombre la increpó y ella se movió a un lado de forma automática. Chocó abruptamente, y de frente, con alguien. Mantuvo el equilibrio, y no le dolió tanto el golpe como el orgullo, cuando lo oyó decir:

—¡¿Está usted tonta?! ¡Mire por dónde va!

Pola pestañeó y enfocó la vista. Tenía delante a un hombre joven, bien vestido, de pelo castaño y ensortijado, y unos ojos marrones que, de no mirarla con disgusto, podrían haberle resultado bonitos.

—¿Tonta yo? Tonto usted, que tampoco miraba por dónde iba.

Una de las cejas del caballero se lev

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