INTRODUCCIÓN
La era victoriana fue uno de los períodos históricos europeos más fértiles en el alumbramiento de mitos artísticos y literarios, evidente en la universalidad alcanzada por algunos personajes de Dickens, por la Alicia de Lewis Carroll o en la incansable fascinación que siguen ejerciendo los Jekyll y Hyde de Stevenson, el Drácula de Bram Stoker o el joven Dorian Gray, ese Fausto doméstico con el que Oscar Wilde supo dramatizar la enfermedad esteticista de su época. Ninguno de ellos, de todos modos —con la excepción del vagabundo de Chaplin, tal vez el último icono victoriano, surgido de la bruma del siglo XIX para proyectarse en el mundo entero merced a la misma eclosión técnica que terminaría por matarle, imponiéndole la maldición de la voz—, acertó a levantar el fervor popular de Sherlock Holmes, un personaje cuyo principal misterio, como dijo T. S. Eliot, asiduo lector de las aventuras del detective, reside en que cada vez que hablamos de él caemos en la fantasía de su existencia. Hace ya mucho tiempo que Holmes y Watson dejaron de habitar el mundo imaginativo de la literatura y, casi desde su mismo nacimiento, empezaron a operar en un proteico imaginario común que aún les permite presentarse en cualquier momento histórico y a instancias incluso del más ridículo de los profesionales del espectáculo, a pesar de lo cual nadie consigue nunca destruir o banalizar su intempestivo encanto.
Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930) pertenece a esa familia de escritores —la que va de Daniel Defoe a Ian Fleming— que tuvieron que resignarse a la fortuita emancipación de sus personajes, condenados a servirles y a ser eclipsados por su sombra, reducidos casi al anonimato. Durante toda su vida se esforzó por reivindicar otras obras suyas, como las novelas históricas, sin que nadie le hiciera el menor caso. Ni siquiera le fue aceptada —tampoco tuvo el coraje de permitírselo— su última potestad como autor, la de matar a su detective, y se vio obligado en cambio a librarle de la muerte, ya para siempre y por orden de los lectores, preparando así su ingreso en el limbo que todavía habita.
Conan Doyle nació en Edimburgo, aunque descendía de irlandeses católicos. El severo alcoholismo de su padre propició que fuera educado por unos tíos acaudalados que le costearon una buena formación, primero en la escuela de Stonyhurst y luego en la facultad de medicina de su ciudad natal, donde conoció al doctor Joseph Bell, un cirujano experto en psicología criminal que de vez en cuando impartía seminarios a los estudiantes y cuyo método deductivo fue motivo de inspiración para dibujar los principales rasgos intelectuales de Sherlock Holmes. Durante sus años universitarios sufrió una crisis espiritual que culminó en la ruptura con el catolicismo familiar, cambiado de pronto por el espiritismo y las ciencias ocultas, también por la masonería, algo muy habitual en Inglaterra. Parece increíble que el creador de la mente más lógica y empírica del mundo victoriano tuviera esa debilidad por la parapsicología y las séance, por mucho que fueran muy habituales en su época, pero lo cierto es que el esoterismo se convirtió, desde la muerte de su padre, en el único consuelo que supo encontrar para soportar las pérdidas que sufrió a lo largo de su vida. En sus últimos años llegó incluso a dar crédito a la farsa inventada por una niñas que se fotografiaron con unas hadas de papel.
En 1874 tuvo la suerte de ver a Henry Irving en el papel de Hamlet, en Londres, una interpretación que le impactó tanto como el descubrimiento de la capital británica, cuya atmósfera, ya arquetípica, de calles adoquinadas con retumbar de cascos de caballo y luz de farola atenuada por niebla húmeda es prácticamente un invento suyo, consecuencia de ese primer y contagioso deslumbramiento. Entre 1880 y 1881 tuvo la oportunidad de viajar por mar, en calidad ya de médico, primero a bordo de un ballenero que faenaba en Groenlandia y luego en un carguero con el que conoció la Costa de Oro africana. Tras hacer prácticas en Plymouth, decidió cursar la especialidad de oftalmología en Viena, para instalarse luego como oculista en Londres. Pero como nadie acudía a la consulta, se vio obligado a cultivar su vocación literaria e inventar a Holmes para mantener a su familia, que era numerosa puesto que se casó dos veces. Con su primera esposa, Mary Louise, tuvo dos hijos. Y cuando enviudó consiguió contraer matrimonio con un antiguo amor, Jean Elizabeth Leckie, con quien tuvo tres hijos más. Kingsley, el mayor de los varones, murió en 1918, malherido en la batalla del Somme. Como tantos padres victorianos —Kipling, por ejemplo, o el ilustrador Cecil Aldin—, Conan Doyle vio cómo el mundo de ensueño y policromía que su generación había inventado para sus hijos se convertía en un campo de horror durante la guerra que inauguró el siglo XX. Sherlock Holmes es, de alguna manera, uno de los frutos de esa ingenuidad, al que ahora volvemos para hacernos la ilusión de que no ocurrió lo que vino después.
Sherlock Holmes es fruto de unas influencias literarias muy concretas. Para empezar, es hijo, inevitablemente, de Edgar Allan Poe, en particular del Auguste Dupin de Los crímenes de la calle Morgue, por mucho que el propio Holmes se muestre displicente con su colega en Estudio en escarlata. Conan Doyle también leyó muy provechosamente a Wilkie Collins, fijándose sobre todo en su sargento Cuff —modelado a su vez a partir de Jack Whicher, el detective de Scotland Yard que investigó uno de los casos más truculentos de la época, el asesinato de un niño de tres años, el pequeño de la familia Kent, siendo la principal sospechosa su hermana Constance— y por supuesto a Robert Louis Stevenson —buen amigo tanto de Doyle como del doctor Bell—, de quien admiró sus New Arabian Nights, en especial «The Adventure of the Hansom Cab», que le sirvió como patrón para los relatos de Holmes así como para la caracterización de algunos rasgos de Watson. Asimismo, Conan Doyle importó, de una manera muy deliberada, a pesar de su disimulo, muchas de las innovaciones que en el campo de la literatura policíaca había llevado a cabo el escritor francés Émile Gaboriau, principalmente en Monsieur Lecoq. Y además de Dickens, a quien veneraba, leyó con reverencia a Henry James, tratando de emular su contención estilística y su hondura psicológica. A este respecto, tuvo la honestidad de admitir que la admiración no bastaba para transmitir el talento.
En un principio, el detective tenía que llamarse Sherringford Hope, pero, afortunadamente (¿cuál hubiera sido su fortuna con semejante nombre?), Conan Doyle lo fue transformando poco a poco, primero robándole el apellido a Oliver Wendell Holmes, un médico y criminólogo experto en tabacos al que admiraba mucho, y luego dando con el nombre gracias, quizá, al violinista Alfred Sherlock, entonces de cierta fama. Su primera aparición tuvo lugar en la novela Estudio en escarlata, publicada en 1887, pocos meses antes de que los periódicos informaran de los primeros asesinatos de Jack el destripador en Whitechapel, una sincronización casi inverosímil. Ahí se fundaron las bases del mito: el encuentro entre Watson y Holmes y la común decisión de compartir piso en el 221 B de Baker Street, el papel de Watson como particular Boswell de Holmes, las excentricidades del detective, como su extraña y caprichosa cultura —aunque su pretendida ignorancia es muchas veces una pose calculada para desconcertar a su amigo y biógrafo—, rica en conocimientos de química, de cenizas de tabaco, de literatura sensacionalista, notable en cuestiones de anatomía y bastante profunda en música, donde destaca como intérprete aficionado del violín. A partir de entonces, Holmes y Watson van a formar una pareja ideal de amigos y colaboradores, una relación sólo interrumpida durante unos años por el matrimonio de Watson. Con el tiempo, nos vamos enterando de algunos aspectos oscuros de la personalidad de Holmes, como su tendencia a la depresión —sobre todo cuando no hay casos intrigantes que resolver— y su adicción, duramente reprobada por Watson, a la cocaína, que se inyecta con la célebre solución del siete por ciento.
Tras el considerable éxito de Estudio en escarlata, Conan Doyle publicó en febrero de 1890 El signo de los cuatro, una segunda novela con el mismo protagonista, en la revista Lippincott’s —la misma donde aparecería El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde—, pero el verdadero salto a la fama de Sherlock Holmes tuvo lugar con «Escándalo en Bohemia», el primer relato que la revista Strand lanzó en julio de 1891 y que convirtió al detective en inmensamente popular de la noche a la mañana. El Strand, una revista mensual, sería pionera en muchos aspectos. Fue, por ejemplo, la primera en llevar ilustraciones, algo decisivo a la hora de consolidar el mito de Holmes. La imagen estereotipada del detective —con su pipa de yeso, su gorra de doble visera y su abrigo Ulster— es obra tanto de Doyle como de Sidney Paget, el ilustrador de la revista, que además se basó en su hermano Walter, también dibujante, para dar rostro a Holmes, otorgándole una prestancia y un atractivo que no están tan claros en el texto. Pero da igual, lo excepcional de las historias de Sherlock Holmes es que trascendieron inmediatamente el campo de la literatura para ingresar en un imaginario popular que le ha seguido dando vida en el cine, la animación y las series televisivas. Aunque quizá el género que más se le ajusta sea el relato, lo cierto es que cuando uno lee el canon de Holmes se olvida, si es un lector exigente, de las habituales demandas formales, deponiendo la atención crítica por obra del encanto instantáneo que ejerce el personaje, que diluye de inmediato las limitaciones de su autor. A diferencia de los relatos y las novelas de Henry James, que pocas veces han resistido la adaptación al cine —hasta tal punto dependen del estilo, de las astucias del punto de vista, de la morosidad de su tempo, así como de la conciencia de sus personajes—, las historias de Conan Doyle utilizan la ficción literaria como espacio dramático constitutivamente arbitrario.
La irreversible emancipación del personaje se puso de manifiesto cuando Conan Doyle quiso darle muerte en «El problema final», donde acaba por precipitarse en las cataratas de Reichenbach, abrazado al profesor Moriarty. Era diciembre de 1893 y la publicación del relato creó una conmoción sin precedentes. Cientos de jóvenes se pusieron crespones negros en el sombrero y más de veinte mil lectores cancelaron su suscripción al Strand. El príncipe de Gales —el incorregible Bertie, futuro Eduardo VII—, que en toda su vida sólo leyó las historias de Holmes, estaba desolado, lo mismo que su madre, la reina Victoria, ya de suyo mortecina. La desaparición de Holmes duró diez años, hasta que regresó, por presiones populares y económicas, en «La aventura de la casa deshabitada», donde se explica su ausencia, el período que entre los devotos de Holmes se conoce como «el gran hiato». Poco antes, en 1901, año de la muerte de Victoria, ya había publicado una nueva novela con el detective, El perro de los Baskerville, la más célebre, aunque estaba todavía ambientada en fechas anteriores a su presunta muerte. La resurrección de Holmes constituyó, de hecho, el necesario rito de paso para su definitiva mitificación, una naturaleza que le ha permitido vivir en la imaginación occidental sin tener que rendir cuentas a ninguna convención biográfica. Conan Doyle ya nunca se atrevió a concretar el deceso de su criatura y se permitió tan sólo retirarlo en una pequeña granja de Sussex, dedicado a la filosofía y la apicultura, pero siempre disponible para una nueva variación de su propia leyenda. En su segunda vida, Sherlock Holmes ya habita un mundo tópicamente holmesiano, entregado sin matices a su leyenda, un poco como don Quijote en la segunda parte de su novela.
Una de las características definitorias del canon protagonizado por Sherlock Holmes es que constituye un universo cerrado y siempre vivo, habitado por una comparsa que uno reencuentra siempre con una felicidad pueril, sin esfuerzo y de un modo inmediato. El apartamento que comparten los dos amigos, con los dormitorios contiguos y la sala de estar que les sirve también de estudio y comedor, siempre llena de humo de tabaco y rumor de chimenea, es uno de los espacios más cálidos, acogedores y seguros que un lector puede encontrarse a lo largo de su vida. Desde allí, Holmes y Watson observan el mundo del crimen y del delito que se oculta bajo el puritanismo de la sociedad victoriana. En casa les acompaña siempre el calor maternal de Mrs. Hudson, la casera y eventual ama de llaves. Y afuera, además de todos los delincuentes que alimentan los enigmas por resolver, hay algunos personajes indisociables del mito, como el profesor Moriarty, la verdadera hipóstasis del mal y contrafigura del propio Holmes, cuya fallida muerte intentó ser una metáfora de esa lucha esquemática y fácil entre lo luminoso y lo oscuro que encarnan las dos inteligencias privilegiadas.
De la vida de Holmes sabemos muy poco, tan sólo que tal vez nació un 6 de enero de 1854, que descendía de country squires, de terratenientes con pruritos aristocráticos, que estudió química y que tiene dos hermanos, de los que sólo conocemos a Mycroft, que según el propio Holmes tiene aún mayores capacidades intelectuales y deductivas, sólo que las ha invertido en tareas oficiales, sirviendo al gobierno como asesor. Mycroft es además fundador del club Diógenes, que reúne a los más severos misántropos de Londres, incapaces de tolerar a sus semejantes pero aficionados a la lectura de periódicos, por eso en el club no se puede hablar, so pena de expulsión fulminante. A Moriarty y a Mycroft habría que añadirles el inspector Lestrade de Scotland Yard, el representante de la ley, siempre incapaz de resolver por sus medios los casos que Holmes dilucida. Y también a los maravillosos Baker Street Irregulars, el grupo de chicos pobres que el detective tiene a su servicio como informantes.
Todo es extraordinariamente amable en el mundo de Holmes, incluso la idea de peligro, concebida precisamente para conjurar y olvidar el verdadero espanto, lo mismo que la noción de bien, que casi nunca es problemática. Aunque pertenecen a la misma época, no podemos imaginarnos a Holmes y Watson enfrentándose a los asesinatos de prostitutas a manos de Jack el destripador, que son demasiado terribles. La pareja tampoco hubiera podido soportar el ambiente de Otra vuelta de tuerca, de Henry James, cuyo espeluznante final revela, sin que ella misma llegue a percatarse, el perturbado estado mental de la institutriz y narradora. Pero aun así, a pesar de esa cualidad típicamente victoriana de cierto estado inocuo de la imaginación —perceptible también en las historias de Kipling y Stevenson, en la poesía de Robert Browning, en el ingenio de Oscar Wilde, en los diseños y el socialismo de William Morris o en el esteticismo virginal de John Ruskin—, Sherlock Holmes posee una radicalidad que a veces le confiere una humanidad compleja capaz de sacudir la rigidez del mito.
Sherlock Holmes se construye como arquetipo gracias a una serie de dobles que afilan su singularidad. Para empezar está el doctor Watson, su biógrafo, médico de profesión, herido de guerra y en definitiva un tipo normal que llega a casarse. Ya hemos dicho que Moriarty es su contrafigura maligna, del mismo modo que Mycroft es su imagen invertida, incluso desde un punto de vista físico —es como Sherlock pero en gordo— como lo es Lestrade en el campo de la criminología. Frente a todos ellos, Holmes opone su soledad y su independencia, su voluntaria exclusión de la vida burguesa y política que encarnan sus compañeros, hasta el punto de renunciar a cualquier asomo de vida sentimental —sobre todo después del desengaño con Irene Adler en «Escándalo en Bohemia», uno de los mejores relatos del canon—, a cualquier recompensa o reconocimiento, a cualquier concesión que comprometa su libertad mental. Su afición a la cocaína es el síntoma más hondo de esa dualidad que le constituye y que denuncia su incapacidad para soportar su propia lucidez cuando no la distrae con misterios aparentemente irresolubles, lo mismo que su gusto por la música alemana —algo en realidad muy poco inglés—, un arte racionalmente irreductible que le sirve como alivio a su esclavitud empírica. Es precisamente en lo menos aparente y virtuoso de su personalidad, en el vaivén entre el ascetismo y las drogas, entre la matemática del crimen y la fuga de la música, en esa renuncia al mundo que sólo se permite diseccionar para no tener que vivirlo, donde late un dolor nunca explicado que da vida a su máscara.
La cultura inglesa ha producido, en la modernidad, la más sólida alternativa a la mitología cristiana entre todas las que conforman la tradición europea. Desde que en el Renacimiento quedaron desplazados, lentamente y por causas políticas, los asuntos sacros, la literatura anglosajona empezó a generar una imaginería —tensada por un pacto lógico que a su vez desata monstruos en el sótano— que pronto aspiró a la universalidad hasta alcanzar, sobre todo en el siglo XX, una indisputable hegemonía. Fue el resultado de una fuerza que empezó con los tapices verbales de Edmund Spenser, siguió con la revolución de Marlowe y Shakespeare, con la concreción emocional de los poetas metafísicos, la épica de Milton, los viajes de Defoe y Swift, la eclosión de la novela a manos, sobre todo, de Richardson, Fielding y Sterne, se complicó luego con la insurgencia religiosa y estética de Blake, con la incomodidad ante su propio éxito de un lord Byron, hasta llegar así, sin solución de continuidad, a la plenitud del siglo XIX, con los Browning y los prerrafaelitas, Dickens y Thackeray, George Eliot y las Brontë, Henry James y Conrad. A diferencia del resto de países europeos, Inglaterra ha conseguido además mantenerse en un constante equilibrio político, sobre todo después de la restauración carolina, con la revolución gloriosa, cuando se sentaron las bases de su moderna monarquía parlamentaria, evitando todas las convulsiones sufridas en el continente desde la Revolución francesa. Quizá por ello, el incansable revival de la estética victoriana, llevado a veces hasta extremos embarazosos, no sea más que una manera de intentar llenar el vacío que, en tantos ámbitos, se abrió en el siglo XX, cuya expresión literaria y artística es ya intraducible al gusto popular, porque es insoportable. Los casos de Holmes están para nosotros en las parábolas de Kafka. Por la misma razón, el vagabundo de Chaplin, como último icono victoriano, no pudo, después de ser confundido con Hitler en El gran dictador, soportar el siglo y tuvo que ser ejecutado por su autor en Monsieur Verdoux, donde al final de la película camina resignado hacia la guillotina por haber tenido que ganarse la vida matando viudas.
El regreso al canon de Sherlock Holmes tiene muchas implicaciones de diverso orden, muy elocuentes con respecto al estado del imaginario colectivo. La más aceptable y bella es que procura el mismo consuelo que la música religiosa, crea una ilusión de comunión y totalidad —el crepitar del fuego en la sala llena de humo, el frío afuera lamiendo los cristales, Watson emborronando cuartillas y Holmes tocando el violín—, restaura una idea del mundo, aquieta nuestro universo moral y nos devuelve el paraíso de la inocencia.
ANDREU JAUME
SOBRE ESTA EDICIÓN
Esta edición en tres volúmenes de toda la obra protagonizada por Sherlock Holmes incluye sólo lo que se conoce como el canon, es decir, las cuatro novelas y los cincuenta y seis relatos cuya autoría se puede atribuir sin duda a Sir Arthur Conan Doyle. Para la fijación y la traducción de los textos nos hemos basado en The Penguin Complete Sherlock Holmes, Londres, Penguin, 2009.
A lo largo de los años han ido saliendo posibles textos adicionales —el último en 2015— sin que hayan podido ser autorizados con seguridad, por lo que hemos decidido excluirlos. Al fin y al cabo, como decía Marianne Moore, «las omisiones no son olvidos».
El presente volumen reúne todas las novelas protagonizadas por Sherlock Holmes, ordenadas cronológicamente. Estudio en escarlata, donde por primera vez apareció el detective, se publicó en 1887; El signo de los cuatro, en 1890. Tras haber matado, aparentemente, a Holmes en el relato «El problema final», publicado en 1893, Conan Doyle publicó en 1902 El perro de los Baskerville, su novela más popular, donde se cuenta una historia inédita pero aún previa a su desaparición. La novela se había serializado primero en el Strand entre 1901 y 1902, coincidiendo con la muerte y los funerales de la reina Victoria. El valle del miedo es la última y más tardía de las novelas, serializada en el Strand entre 1914 y 1915 y publicada en Nueva York en 1915, con ilustraciones de Arthur I. Keller.
Esther Tusquets (1936-2012), inolvidable escritora y editora, empezó a traducir todo el canon en 2004 para la desaparecida editorial RqueR, donde primero se publicaron sus versiones de las tres primeras novelas incluidas en este volumen (la primera en colaboración con su hijo Néstor Busquets). Su espléndido trabajo fue una de las últimas manifestaciones de su rigor y de su buen gusto, tan afín a la atmósfera que se respira en estos relatos. Quede también esta edición como homenaje a su memoria. Tusquets no pudo traducir, cual hubiera sido su deseo, todo el canon, trabajo que ha concluido brillantemente Juan Camargo (1978), que, además de traductor, es también profesor y editor. Suya es, pues, la traducción de El valle del miedo.
A. J.
SHERLOCK HOLMES
NOVELAS
Estudio en escarlata
PRIMERA PARTE
REIMPRESIÓN DE LAS MEMORIAS
DE JOHN H. WATSON,
DOCTOR EN MEDICINA,
Y EX MÉDICO DEL EJÉRCITO
1
EL SEÑOR SHERLOCK HOLMES
El año 1878 me doctoré en medicina en la Universidad de Londres y me trasladé a Netley con el fin de asistir al curso obligatorio para cirujanos del ejército. Al terminar mis estudios allí, fui destinado al 5.° de Fusileros de Northumberland como cirujano auxiliar. Por aquel entonces el regimiento estaba destacado en la India, y, antes de que yo pudiera incorporarme, estalló la segunda guerra de Afganistán. Al desembarcar en Bombay, me enteré de que mi unidad había cruzado la frontera y se había adentrado ya en territorio enemigo. Sin embargo, seguí viaje, con otros muchos oficiales que se encontraban en la misma situación, y conseguí llegar sano y salvo a Candar, donde encontré a mi regimiento y me incorporé en el acto a mi nuevo puesto.
La campaña proporcionó honores y ascensos a muchos, pero a mí solo me trajo desdichas y calamidades. Me separaron de mi brigada y me destinaron al regimiento Berkshire, con el que participé en la desastrosa batalla de Maiwand. Allí fui herido en el hombro por una bala jezail, que me destrozó el hueso y me rozó la arteria subclavia. Habría caído en manos de los asesinos gazis a no ser por la lealtad y el valor de que dio muestras Murray, mi ordenanza, que me tendió sobre un caballo de carga y logró llevarme a salvo hasta las líneas británicas.
Consumido por el dolor y debilitado por las prolongadas penalidades, me trasladaron, en un gran convoy de heridos, al hospital de la base Peshawur. Allí me restablecí, y, cuando ya podía pasear por las salas e incluso tomar un poco el sol en la veranda, caí enfermo de tifus, ese flagelo de nuestras posesiones de la India. Durante meses me debatí entre la vida y la muerte, y, cuando por fin reaccioné e inicié la convalecencia, estaba tan débil y extenuado que un consejo médico dictaminó que se me enviara de regreso a Inglaterra sin perder un solo día. Por consiguiente, me embarcaron en el transporte militar Orontes, y un mes más tarde tomaba tierra en el muelle de Portsmouth, con la salud irremediablemente dañada, pero con un permiso del paternal gobierno para intentar recuperarla en los siguientes nueve meses.
Yo no tenía parientes ni amigos en Inglaterra, y era por lo tanto libre como el aire, o todo lo libre que se puede ser con una asignación diaria de once chelines y seis peniques. En tales circunstancias me dirigí, como es lógico, a Londres, gran sumidero al que son arrastrados inevitablemente todos los haraganes y desocupados del Imperio. Durante un tiempo me alojé en un buen hotel del Strand, y llevé una existencia incómoda y sin sentido, gastando el dinero de que disponía con mucha mayor liberalidad de lo que podía permitirme. El estado de mis finanzas llegó a ser tan alarmante que pronto comprendí que, o abandonaba la metrópoli y me iba a languidecer al campo, o tenía que cambiar por completo mi estilo de vida. Elegida la segunda alternativa, mi primera decisión fue abandonar el hotel e instalar mis cuarteles en un alojamiento menos pretencioso y menos caro.
El mismo día que llegué a esta conclusión, estaba en el Criterion Bar, cuando alguien me dio un golpecito en el hombro y, al volverme, reconocí al joven Stamford, otrora mi ayudante en el hospital. Ver un rostro amigo en el inmenso páramo de Londres es un verdadero placer para un hombre solitario. En el pasado no habíamos sido especialmente amigos, pero ahora lo acogí con entusiasmo, y él, por su parte, pareció encantado de verme. Llevado de mi arrebato de alegría, le invité a almorzar en el Holborn, y hacia allí nos dirigimos en un coche.
—¿Qué ha sido de su vida, Watson? —me preguntó, sin ocultar su asombro, mientras traqueteábamos por las concurridas calles de Londres—. Está tan delgado como un fideo y tan moreno como una nuez.
Le hice un breve resumen de mis aventuras, y apenas había terminado cuando llegamos a nuestro destino.
—¡Pobre amigo! —me dijo él en tono compasivo, tras escuchar mis desdichas—. ¿Y qué hace ahora?
—Busco alojamiento —respondí—. Intento resolver el problema de conseguir habitaciones confortables a un precio razonable.
—Qué curioso —observó mi acompañante—. Es usted la segunda persona que me habla hoy en estos términos.
—¿Y quién ha sido la primera? —pregunté.
—Un colega que trabaja en el laboratorio químico del hospital. Se lamentaba esta mañana de no encontrar a nadie con quien compartir unas bonitas habitaciones que había encontrado, y que eran demasiado caras para su bolsillo.
—¡Por Júpiter! —grité—. ¡Si está buscando de verdad a alguien con quien compartir las habitaciones y los gastos, yo soy su hombre! Prefiero tener un compañero a vivir solo.
El joven Stamford me miró de un modo raro por encima de su vaso de vino.
—Usted no conoce todavía a Sherlock Holmes —dijo—. Tal vez no le guste tenerlo constantemente de compañero.
—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?
—¡Oh, yo no he dicho que tenga nada malo! Alimenta ideas un poco raras, le entusiasman determinadas ramas de la ciencia. Pero, que yo sepa, es un tipo decente.
—Estudia medicina, supongo.
—No. No tengo la menor idea de lo que pretende hacer. Creo que domina la anatomía, y es un químico de primera, pero, que yo sepa, nunca ha seguido cursos sistemáticos de medicina. Sus estudios son poco metódicos y muy excéntricos, pero ha acumulado gran cantidad de conocimientos insólitos que asombrarían a sus profesores.
—¿No le ha preguntado usted nunca a qué piensa dedicarse?
—No, no es hombre que se deje llevar fácilmente a confidencias, aunque puede mostrarse comunicativo cuando le da por ahí.
—Me gustaría conocerlo —dije—. Si he de compartir alojamiento, prefiero a un hombre estudioso y de costumbres tranquilas. No estoy lo bastante fuerte todavía para soportar mucho ruido y barullo. Tuve bastante de ambas cosas en Afganistán para lo que me resta de vida. ¿Cómo podría conocer a ese amigo suyo?
—Seguro que está en el laboratorio —respondió mi compañero—. A veces pasa semanas sin asomarse por allí, y otras veces trabaja allí desde la mañana hasta la noche. Si usted quiere, podemos ir en coche después del almuerzo.
—Claro que sí —contesté.
Y la conversación tomó otros derroteros.
Mientras nos dirigíamos al hospital tras abandonar el Holborn, Stamford me informó de otras peculiaridades del caballero con quien me proponía yo compartir alojamiento.
—No me eche a mí la culpa si no se llevan bien —me dijo—. Solo sé de él lo que he averiguado en nuestros esporádicos encuentros en el laboratorio. Ha sido usted quien ha propuesto este arreglo, de modo que no me haga responsable.
—Si no nos llevamos bien, será fácil separarnos —respondí—. Pero me parece, Stamford —añadí, mirándole fijamente—, que debe tener usted alguna razón concreta para lavarse las manos en este asunto. ¿Tan insoportable es ese individuo? Hable sin rodeos.
—No es fácil explicar lo inexplicable —respondió, riendo—. Holmes es un poco demasiado científico para mi gusto... Raya en la falta de humanidad. Puedo imaginarlo ofreciéndole a un amigo una pizca del más reciente alcaloide vegetal, no por malevolencia, entiéndame, sino simplemente porque su espíritu curioso quiere formarse un idea clara de sus efectos. Para hacerle justicia, creo que ingeriría él mismo la droga con idéntica tranquilidad. Parece sentir pasión por los conocimientos concretos y exactos.
—Lo cual está muy bien.
—Sí, pero puede alcanzar extremos excesivos. Si llega hasta el punto de golpear con un palo los cadáveres de la sala de disección, toma una forma ciertamente chocante.
—¡Golpear los cadáveres!
—Sí, para verificar qué magulladuras se pueden producir en un cuerpo después de la muerte. Se lo vi hacer con mis propios ojos.
—¿Y dice usted que no estudia medicina?
—No. Sabe Dios cuál será el objetivo de sus estudios. Pero ya hemos llegado, y usted podrá formarse su propia opinión.
Mientras él hablaba, doblarnos por un estrecho callejón y traspusimos una puertecilla lateral, que daba a un ala del gran hospital. El terreno me era familiar, y no necesité guía para subir la lúgubre escalera de piedra y recorrer el largo pasillo de paredes encaladas y puertas color pardusco. Casi al final se abría un bajo pasadizo abovedado que llevaba al laboratorio de química.
Era una sala muy alta de techo, con hileras de frascos por todas partes. Sobre varias mesas, bajas y anchas, se agolpaban retortas, tubos de ensayo y pequeños mecheros Bunsen de vacilantes llamas azules. En la habitación solo había un estudiante, que se inclinaba sobre una mesa apartada, absorto en su trabajo. Al oír el sonido de nuestros pasos, dio media vuelta y se levantó de un salto con una exclamación de alegría.
—¡Lo he encontrado! ¡Lo he encontrado! —le gritó a mi compañero, corriendo hacia nosotros con un tubo de ensayo en la mano—. He encontrado un reactivo que se precipita con la hemoglobina y solo con la hemoglobina.
Si hubiese descubierto una mina de oro, su rostro no hubiera reflejado mayor satisfacción.
—El doctor Watson, el señor Sherlock Holmes —nos presentó Stamford.
—¿Cómo está usted? —me dijo Holmes cordialmente, estrechándome la mano con una fuerza que yo habría estado lejos de atribuirle—. Veo que ha estado en Afganistán.
—¿Cómo diablos lo sabe? —pregunté atónito.
—Carece de importancia —dijo, sonriendo para sí mismo—. Ahora se trata de la hemoglobina. Sin duda usted percibe la importancia de mi descubrimiento, ¿verdad?
—Es interesante desde el punto de vista de la química, claro está —respondí—, pero desde el punto de vista práctico...
—Pero, hombre, ¡es el descubrimiento más práctico de la medicina forense de los últimos años! ¿No ve que nos proporciona una prueba infalible para las manchas de sangre? ¡Venga conmigo!
En su impaciencia, me agarró por la manga de la chaqueta y me arrastró hasta la mesa donde había estado trabajando.
—Tomemos un poco de sangre fresca —dijo, clavándose en el dedo una gruesa aguja y dejando caer en una probeta la gota de sangre—. Y ahora añado esta pequeña cantidad de sangre a un litro de agua. La proporción de sangre es como mucho de una millonésima parte. Y estoy seguro, no obstante, de que podremos obtener la reacción característica.
Mientras hablaba, echó unos cristales blancos en el recipiente, y después agregó unas gotas de un líquido transparente. Al instante, el contenido adquirió un apagado color caoba y un polvillo pardusco se precipitó en el fondo del recipiente de cristal.
—¡Ajá! —exclamó, batiendo palmas, tan contento como un niño con zapatos nuevos—. ¿Qué me dice de esto?
—Parece una prueba muy delicada —observé.
—¡Magnífico! ¡Es magnífico! La vieja prueba del guayaco resultaba muy burda e insegura. Lo mismo ocurre con el examen microscópico de los corpúsculos de sangre. Ese último carece de valor si las manchas tienen unas horas. Pues bien, mi prueba funciona por igual con sangre nueva y con sangre vieja. De haberse inventado antes, cientos de personas que ahora andan sueltas por ahí habrían pagado hace tiempo sus crímenes.
—Ah, ¿sí? —murmuré.
—Las causas criminales giran constantemente alrededor de este punto. Meses después de haberse cometido un crimen, las sospechas recaen en un individuo. Se examinan sus trajes y su ropa interior, y se descubren unas manchas pardas. ¿Son manchas de sangre, o manchas de barro, o manchas de óxido, o manchas de fruta, o qué son? Es una cuestión que ha desconcertado a muchos expertos, y ¿por qué? Porque no existía un análisis fiable. Ahora tenemos la prueba de Sherlock Holmes y ya no habrá problemas.
Al hablar le brillaban los ojos; se llevó una mano al corazón y se inclinó, como si correspondiera a los aplausos de un público imaginario.
—Sin duda hay que felicitarlo por ello —observé, bastante sorprendido ante su entusiasmo.
—El año pasado tuvo lugar en Frankfurt la causa contra Von Bischoff. No cabe duda de que le hubieran ahorcado si hubiera existido esta prueba. Y los casos de Mason en Bradford, y el famoso de Muller y Lefevre en Montpellier, y de Samson en Nueva Orleans. Podría citar una veintena de casos en los que mi prueba habría sido decisiva.
—Parece usted un almanaque viviente de delitos —dijo Stamford con una sonrisa—. Podría iniciar una publicación en esta línea y llamarla «Noticias policiales de antaño».
—Pues su lectura sería muy interesante —comentó Sherlock Holmes, aplicándose un pequeño parche en el pinchazo del dedo—. Debo andar con cuidado —añadió, volviéndose hacia mí con una sonrisa—, porque manejo venenos con mucha frecuencia.
Extendió la mano mientras hablaba, y vi que estaba salpicada de pedacitos de parche similares, y descolorida por los ácidos corrosivos.
—Hemos venido para tratar un asunto —dijo Stamford, sentándose en un alto taburete de tres patas y empujando otro con el pie hacia mí—. Mi amigo anda buscando alojamiento, y, como usted se lamentó de no encontrar a nadie con quien compartir un alquiler, pensé que lo mejor sería ponerlos en contacto.
A Sherlock Holmes pareció encantarle la idea de compartir su alojamiento conmigo.
—Tengo echado el ojo a unas habitaciones de Baker Street que nos vendrían que ni pintadas. Espero que no le moleste el olor del tabaco fuerte.
—Yo mismo fumo siempre tabaco de la marina —respondí.
—Vamos bien. Suelo llevar conmigo sustancias químicas y a veces hago experimentos. ¿Le molestará esto?
—En absoluto.
—Veamos qué otros defectos tengo. A veces me deprimo y no abro la boca durante días. Cuando esto ocurra, no debe pensar que estoy enfadado. Déjeme solo y pronto se me pasará. Y ahora, ¿qué tiene que confesarme usted a mí? Es conveniente que dos individuos conozcan lo peor del otro antes de vivir juntos.
Este interrogatorio de segundo grado me arrancó una sonrisa.
—Tengo un cachorrillo —dije—, y me molesta el barullo porque tengo los nervios deshechos, además me levanto a las horas más intempestivas y soy extremadamente perezoso. Tengo un surtido de vicios distintos cuando me encuentro bien de salud, pero en el presente estos son los principales.
—¿Incluye usted el violín en la categoría de barullo? —me preguntó con ansiedad.
—Depende de quién lo toque —respondí—. Cuando el violín se toca bien, es un placer de dioses; cuando se toca mal...
—De acuerdo, pues —exclamó, con una alegre sonrisa—. Creo que podemos considerar zanjado el asunto. Si las habitaciones le gustan, claro.
—¿Cuándo las veremos?
—Venga a recogerme mañana a las doce del mediodía. Iremos juntos y cerraremos el trato —me respondió.
—De acuerdo, a las doce en punto —le dije, estrechándole la mano.
Le dejamos trabajando con sus productos químicos y regresamos caminando a mi hotel.
—Por cierto —pregunté de repente, parándome y dirigiéndome a Stamford—, ¿cómo demonios supo que vengo de Afganistán?
Mi compañero sonrió con una enigmática sonrisa.
—Esta es precisamente su pequeña peculiaridad —dijo—. Mucha gente se ha preguntado cómo descubre ese tipo de cosas.
—Vaya, ¿se trata de un misterio? —exclamé, frotándome las manos—. Es muy emocionante. Le estoy reconocido por habernos puesto en contacto. «El más apropiado tema de estudio para la humanidad es el hombre», usted ya sabe.
—Entonces estudie a Holmes —dijo Stamford, al despedirse de mí—. Me parece que le va a resultar un problema peliagudo. Apuesto a que él averiguará más cosas de usted que usted de él. Adiós.
—Adiós —le respondí.
Y seguí caminando hacia mi hotel, muy intrigado por el individuo al que acababa de conocer.
2
LA CIENCIA DE LA DEDUCCIÓN
Nos encontramos al día siguiente, como habíamos acordado, e inspeccionamos las habitaciones del número 221 B de Baker Street, a las que se había referido en nuestra entrevista. Consistían en dos cómodos dormitorios y una única sala de estar, espaciosa, ventilada, amueblada con gusto e iluminada por dos amplias ventanas. Tan satisfactorias eran las habitaciones en todos los aspectos, y tan moderado nos pareció el precio cuando lo dividimos entre dos, que cerramos el trato allí mismo y tomamos inmediatamente posesión de ellas. Aquella misma tarde trasladé mis cosas desde el hotel, y a la mañana siguiente llegó Sherlock Holmes con varias cajas y maletas. Durante un día o dos estuvimos muy ocupados deshaciendo el equipaje y colocando nuestras cosas del mejor modo posible. Hecho esto, empezamos gradualmente a aposentarnos y a adaptarnos a nuestro nuevo entorno.
Ciertamente, Holmes no era una persona con la que resultara difícil vivir. Sus modales eran tranquilos y sus costumbres, regulares. Era raro que estuviera fuera de casa después de las diez de la noche, e invariablemente había desayunado y había salido antes que yo me levantara por la mañana. A veces pasaba el día en el laboratorio, a veces en las salas de disección, y en ocasiones dando largos paseos, que al parecer le llevaban a los barrios más bajos de la ciudad. Nada excedía su energía cuando le daba la fiebre del trabajo, pero de tanto en tanto se producía una reacción violenta, y permanecía días enteros tumbado en el sofá de la sala, sin apenas pronunciar palabra ni mover un músculo desde la mañana hasta la noche. En tales ocasiones, advertía yo en sus ojos una mirada tan absorta y ausente que, si la templanza y la integridad de su vida no me lo hubieran impedido, habría sospechado que era adicto a algún estupefaciente.
Con el transcurrir de las semanas, mi interés por Holmes y mi curiosidad por saber cuáles eran los objetivos de su vida se fueron acrecentando y profundizando. Ya su mero aspecto bastaba para atraer la atención del observador menos atento. Medía más de seis pies y era tan extremadamente delgado que parecía todavía más alto. Sus ojos eran agudos y penetrantes, salvo en los intervalos de sopor a los que he aludido; y su fina nariz aguileña confería a todo su semblante un aire vivaz y decidido. También su barbilla, prominente y cuadrada, revelaba a un hombre resuelto. Aunque sus manos estaban invariablemente manchadas de tinta y cubiertas de marcas causadas por productos químicos, Holmes poseía una extraordinaria delicadeza de tacto, como tuve ocasión de observar con frecuencia al verle manipular sus frágiles instrumentos de trabajo.
El lector tal vez me tome por un entrometido impertinente si le confieso lo mucho que aquel hombre excitaba mi curiosidad y en cuántas ocasiones intenté romper la reserva que mostraba en cuanto le concernía. Sin embargo, antes de emitir un juicio, debe recordar hasta qué punto estaba mi vida vacía de objetivos y cuán pocas cosas atraían mi atención. Mi salud me impedía aventurarme al exterior, a menos que el tiempo fuera excepcionalmente benigno, y no disponía de amigos que vinieran a visitarme y rompieran la monotonía de mi vida diaria. En tales circunstancias, acogí con avidez el pequeño misterio que envolvía a mi compañero y pasé gran parte de mi tiempo tratando de desvelarlo.
No estudiaba medicina. Él mismo, respondiendo a una pregunta mía, había confirmado lo que Stamford ya me dijera sobre esta cuestión. Tampoco parecía haber seguido el tipo de lecturas que pudiera llevarle a licenciarse en ciencias ni en ninguna otra formación académica. Pero era notable el celo que mostraba en determinados estudios, y sus conocimientos, dentro de excéntricos límites, eran tan extraordinariamente amplios y detallados que sus observaciones me asombraban. Sin duda nadie trabajaría con tanto ahínco ni se procuraría una información tan precisa a menos de perseguir un objetivo concreto. Los lectores poco metódicos se distinguen rara vez por la exactitud de sus conocimientos. Nadie carga su mente de minucias sin tener una buena razón para hacerlo.
Su ignorancia era tan notable como sus conocimientos. De literatura contemporánea, de filosofía y de política no parecía saber apenas nada. En cierta ocasión cité a Thomas Carlyle, y Holmes me preguntó con toda ingenuidad quién era el tal Carlyle y qué había hecho. Pero mi sorpresa alcanzó su punto culminante cuando descubrí casualmente que ignoraba la teoría copernicana y la composición del sistema solar. Que a principios del siglo XIX, un hombre civilizado pudiera no saber que la tierra gira alrededor del sol me parecía un hecho tan insólito que apenas podía darle crédito.
—Parece usted estupefacto —me dijo, sonriendo ante mi expresión de asombro—. Pues bien, ahora que lo sé, haré lo posible por olvidarlo.
—¡Olvidarlo!
—Mire —me explicó—, considero que el cerebro del hombre es originalmente un pequeño desván vacío, que uno debe ir llenando con los enseres que prefiera. El necio mete en él todos los trastos que encuentra, de modo que los conocimientos que podrían serle útiles no disponen de lugar, o, en el mejor de los casos, están mezclados con tantas otras cosas que es difícil dar con ellos. Ahora bien, el artesano habilidoso pone mucho cuidado con lo que introduce en su cerebro-desván. Solo tendrá las herramientas que puedan ayudarle en su trabajo, pero de estas tendrá un buen surtido, y todas dispuestas en un orden perfecto. Es un error creer que el cuartito tiene paredes elásticas y puede dilatarse sin límite. Créame, llega un momento en que todo conocimiento añadido supone el olvido de algo que antes sabías. Es, por tanto, de máxima importancia no permitir que datos inútiles desalojen a los útiles.
—Pero el sistema solar... —protesté.
—¿Qué diablos me importa a mí? —me interrumpió impaciente—. Usted dice que giramos alrededor del Sol. Si girásemos alrededor de la Luna, ello no supondría la más insignificante diferencia para mí o para mi trabajo.
Estuve a punto de preguntarle en qué consistía el tal trabajo, pero algo en su actitud me indicó que la pregunta no sería bien recibida. Sin embargo, reflexioné sobre nuestra breve conversación, y me esforcé en sacar mis propias deducciones. Él había dicho que no adquiriría ningún conocimiento que no sirviera a su objetivo. Por lo tanto, todo el saber que poseía le era útil. Enumeré mentalmente las variadas cuestiones sobre las que me había demostrado estar excepcionalmente bien informado. Incluso cogí un lápiz y las puse por escrito. Cuando concluí el documento, no pude evitar una sonrisa. Decía lo siguiente:
SHERLOCK HOLMES. SUS CONOCIMIENTOS.
1. De literatura: ninguno.
2. De filosofía: ninguno.
3. De astronomía: ninguno.
4. De política: escasos.
5. De botánica: desiguales. Conoce bien la belladona, el opio y los venenos en general. No sabe nada de jardinería...
6. De geología: prácticos pero limitados. Distingue de un vistazo los diferentes tipos de suelos. Después de sus paseos, me ha mostrado las salpicaduras de sus pantalones y, a partir de su color y consistencia, me ha explicado de qué parte de Londres procedían.
7. De química: profundos.
8. De anatomía: precisos, pero poco sistemáticos.
9. De literatura sensacionalista: inmensos. Parece conocer todos los detalles de todos los horrores perpetrados en este siglo.
10. Toca bien el violín.
11. Es experto en el críquet, el boxeo y la esgrima.
12. Posee buenos conocimientos prácticos de la ley inglesa.
Al llegar a ese punto de mi lista, la tiré, desesperado, al fuego. Si conciliar todos estos conocimientos y discurrir una profesión en la que se precisen es el único modo de averiguar los objetivos de ese individuo, me dije, ya puedo darme por vencido.
Veo que antes he aludido a sus facultades para el violín. Eran realmente notables, pero tan excéntricas como el resto. Yo sabía bien que era capaz de ejecutar piezas musicales, y piezas difíciles, porque, a petición mía, había tocado algunos Lieder de Mendelssohn y otras de mis obras favoritas. Pero, si se le dejaba a su aire, rara vez ejecutaba verdadera música o intentaba tocar piezas reconocibles. Recostado toda una velada en su sillón, solía cerrar los ojos y pasaba descuidadamente el arco por las cuerdas de su violín, cruzado sobre las rodillas. A veces los acordes eran sonoros y melancólicos. Otras, fantásticos y alegres. Evidentemente reflejaban los pensamientos que le ocupaban, pero no me atrevería a determinar si la música le ayudaba a pensar, o si lo que tocaba era solo el resultado de un capricho o fantasía. Aquellos solos exasperantes hubieran podido sublevarme, a no ser porque solía rematarlos tocando, en rápida sucesión, toda una serie de mis piezas preferidas, como leve compensación por haber puesto a prueba mi paciencia.
Durante la primera semana no recibimos ninguna visita, y empecé a pensar que mi compañero andaba tan falto de amigos como yo mismo. Pero pronto descubrí que tenía muchas relaciones, y en las más distintas capas de la sociedad. Una de ellas era un tipo cetrino, de cara de rata y ojos oscuros, que me fue presentado como el señor Lestrade y que vino a casa tres o cuatro veces la misma semana. Cierta mañana llegó una jovencita, elegantemente vestida, y se quedó media hora o más. Aquella misma tarde vino un visitante raído, de pelo canoso, con apariencia de buhonero judío, que me pareció muy nervioso. Y fue seguido por una anciana de aspecto descuidado. En otra ocasión se entrevistó con mi compañero un caballero de cabello blanco, entrado en años; y, en otra, un mozo de estación con su uniforme de pana. Cuando uno de esos personajes inclasificables hacía acto de presencia, Holmes solía pedirme permiso para utilizar la sala, y yo me retiraba a mi dormitorio. Siempre se disculpaba por ocasionarme molestias. «Tengo que utilizar esta habitación como despacho», me decía, «y estas personas son clientes míos». De nuevo se me presentaba la ocasión de hacerle una pregunta a quemarropa, y de nuevo mi delicadeza me impedía forzar las confidencias de otra persona. En aquel tiempo yo imaginaba que Holmes tenía una razón de peso para no aludir al tema, pero pronto disiparía él mismo esta impresión trayéndolo a colación por propia iniciativa.
Un 4 de marzo, y tengo un buen motivo para recordar la fecha, me encontré, al levantarme un poco antes de lo habitual, con que Sherlock Holmes no había terminado todavía de desayunar. La casera estaba tan acostumbrada a que me levantara tarde que ni había puesto mis cubiertos ni me había hecho el café. Con la irrazonable petulancia de los seres humanos, toqué el timbre y le notifiqué con sequedad que ya estaba listo. Después cogí una revista de encima de la mesa e intenté entretenerme con ella, mientras mi compañero masticaba en silencio su tostada. Uno de los artículos tenía una marca a lápiz junto al encabezamiento y, naturalmente, le eché un vistazo.
Su título, algo ambicioso, era «El libro de la vida», y pretendía demostrar lo mucho que un hombre observador podía aprender mediante un preciso y sistemático examen de cuanto encontraba a su paso. Me pareció una curiosa mezcolanza de ingenio y disparate. El razonamiento era estricto y profundo, pero las conclusiones resultaban rebuscadas y exageradas. El autor pretendía deducir los pensamientos más ocultos de un hombre a partir de un gesto fugaz, la contracción de un músculo o una mirada. Según él, era imposible engañar a un hombre adiestrado en la observación y en el análisis. Sus conclusiones eran tan infalibles como las proposiciones de Euclides. Y tan sorprendentes serían sus resultados para los no iniciados que, hasta conocer los procesos mediante los cuales había llegado a estas conclusiones, bien podían considerarlo un nigromante.
«A partir de una gota de agua», decía el autor, «el hombre que razona con lógica puede inferir la posibilidad de un Atlántico o un Niágara sin haber visto ni haber oído hablar de uno ni de otro. Toda la vida es una gran cadena, cuya naturaleza se nos muestra en cada uno de los eslabones. Como todas las otras artes, la ciencia de la deducción y el análisis solo puede adquirirse mediante un estudio paciente y prolongado, y no hay vida lo bastante larga para permitir a un mortal alcanzar su grado máximo de perfección. Antes de ocuparse de los aspectos morales y mentales de la materia, que presentan las mayores dificultades, el investigador debe empezar por dominar los problemas más elementales. Debe aprender, al encontrarse con otro mortal, a distinguir de una mirada cuál es su pasado, y a qué oficio o profesión se dedica. Por muy pueril que parezca, este ejercicio aguza la facultad de observación y le enseña a uno dónde debe mirar y qué debe buscar. Las uñas de las manos, las mangas de la chaqueta, las botas, las rodilleras de los pantalones, las callosidades de los dedos índice y pulgar, la expresión del rostro, los puños de la camisa, cada una de estas cosas revela claramente la profesión de un hombre. Que todas ellas juntas no consigan dar la clave a un investigador competente resulta inconcebible».
—¡Qué inefable estupidez! —grité, lanzando la revista encima de la mesa—. Jamás en la vida había leído tantas bobadas.
—¿De qué se trata? —preguntó Sherlock Holmes.
—De este artículo —dije, señalándolo con la cucharilla mientras me sentaba a desayunar—. Veo que usted lo ha leído, puesto que lo ha marcado. No niego que está escrito con ingenio. Y, sin embargo, me exaspera. Se trata, evidentemente, de la teoría de un desocupado que elucubra esas pequeñas y bonitas paradojas en la reclusión de su propio estudio. No tiene aplicación práctica. Me gustaría encontrarme a este tipo metido en un vagón de tercera del metro y preguntarle el oficio de sus compañeros de viaje. Apostaría mil a uno contra él.
—Perdería usted su dinero —comentó Holmes con calma—. En cuanto al artículo, lo escribí yo mismo.
—¡Usted!
—Sí, tengo dotes para la observación y la deducción. Las teorías que he expresado aquí, y que a usted le parecen tan quiméricas, son de hecho extremadamente prácticas, tan prácticas que me dan de comer.
—¿De qué modo? —pregunté sin poder contenerme.
—Bien, tengo una profesión muy personal. Supongo que soy el único que la practica en el mundo. Soy un detective-consultor, si usted entiende lo que es esto. Aquí en Londres hay un montón de detectives del gobierno y un montón de detectives privados. Cuando esos señores andan desorientados, acuden a mí, y me las ingenio para ponerlos en la pista acertada. Me suministran todas las pruebas, y generalmente soy capaz, con ayuda de mis conocimientos de la historia del crimen, de indicarles el camino a seguir. Existe un estrecho parecido familiar entre los delitos, y, si conoces al dedillo todos los detalles de mil de ellos, es raro que no puedas desentrañar el mil uno. Lestrade es un detective muy conocido. Hace poco andaba desorientado en un caso de falsificación, y esto fue lo que le trajo hasta aquí.
—¿Y los demás?
—En su mayor parte los envían agencias privadas de investigación. Son personas, todas ellas, que tienen problemas y necesitan una pequeña orientación. Yo escucho su historia, ellos escuchan mis comentarios, y a continuación me embolso mis honorarios.
—¿Pretende decirme que, sin abandonar su habitación, usted puede resolver enigmas que otros hombres no han sido capaces de resolver, a pesar de haber visto todos los detalles por sí mismos?
—Así es. Tengo una especie de intuición para ello. De vez en cuando se presenta un caso un poco más complejo. Entonces tengo que moverme y ver las cosas con mis propios ojos. Como sabe, poseo gran cantidad de conocimientos especiales, que aplico al problema y que facilitan maravillosamente su solución. Las reglas deductivas que expongo en el artículo que ha suscitado su desprecio tienen un valor inconmensurable en mi trabajo práctico. La observación es en mí una segunda naturaleza. Usted pareció sorprendido cuando le dije, en nuestro primer encuentro, que venía de Afganistán.
—Alguien se lo habría dicho, sin duda.
—Nada de eso. Yo sabía que usted venía de Afganistán. A fuerza de hábito, los pensamientos fluyen tan aprisa por mi mente que llegué a la conclusión sin tener conciencia de los pasos intermedios. Los hay, sin embargo. El curso de mi razonamiento sería: He aquí un caballero con aspecto de médico, pero con aire castrense. Se trata, pues, de un médico militar. Acaba de llegar del trópico, porque tiene el rostro moreno y ese no es el tono natural de su piel, ya que sus muñecas son blancas. Ha padecido infortunios y enfermedades, como muestra claramente su rostro macilento. Le han herido en el brazo izquierdo. Lo mantiene rígido y en una postura poco natural. ¿En qué lugar del trópico ha podido pasar muchas calamidades y ser herido en el brazo un médico del ejército inglés? Obviamente en Afganistán. Toda esta secuencia de pensamientos no me llevó un segundo. Y entonces comenté que usted venía de Afganistán, y le dejé asombrado.
—Tal como lo cuenta parece muy sencillo —dije, sonriendo—. Me recuerda al Dupin de Edgar Allan Poe. No imaginaba que tales individuos pudieran existir fuera de las novelas.
Sherlock Holmes se levantó y encendió su pipa.
—Sin duda usted cree hacerme un cumplido al compararme con Dupin —arguyó—. Pero, en mi opinión, Dupin no valía gran cosa. Ese truco suyo de irrumpir en los pensamientos de sus amigos con una observación pertinente, tras un cuarto de hora de silencio, es realmente muy artificioso y superficial. No carece, sin duda, de cierto talento analítico, pero no era, en modo alguno, el prodigio que Poe parecía imaginar.
—¿Ha leído usted a Gaboriau? —le pregunté—. ¿Se ajusta Lecoq a su idea de un detective?
Sherlock Holmes resopló con sarcasmo.
—Lecoq era un chapucero lamentable —dijo con enojo—. Solo tenía una cualidad recomendable, y era su energía. Ese libro me puso literalmente enfermo. El problema era cómo identificar a un preso desconocido. Yo habría podido hacerlo en veinticuatro horas. A Lecoq le llevó unos seis meses. Podría servir de texto para enseñar a los detectives lo que no deben hacer.
A mí me pareció bastante indignante que tratara con tanto desdén a dos personajes que habían suscitado mi admiración. Me acerqué a la ventana y estuve contemplando el ajetreo de la calle. Ese tipo puede ser muy listo, me dije, pero no hay duda de que es un engreído.
—En nuestros días ya no hay crímenes ni hay criminales —se lamentó—. ¿De qué sirve en nuestra profesión la inteligencia? Sé bien que dispongo de la suficiente para hacer famoso mi nombre. No existe ni ha existido hombre alguno que aportara al descubrimiento del crimen tantos estudios y tanto talento natural como yo. Y ¿para qué? No hay crimen que descubrir; a lo sumo alguna torpe fechoría con un móvil tan transparente que hasta un funcionario de Scotland Yard puede reparar en él.
Yo seguía molesto por el engreimiento con que Holmes hablaba. Me pareció preferible cambiar de conversación.
—¿Qué buscará ese tipo? —pregunté, señalando a un individuo robusto, modestamente vestido, que bajaba despacio por el otro lado de la calle, mirando ansioso los números de las casas.
Llevaba en la mano un gran sobre azul y era evidentemente portador de un mensaje.
—¿Se refiere a ese sargento retirado de la Marina? —preguntó Sherlock Holmes.
¡Cuánta jactancia y fanfarronería!, me dije. Él sabe que no puedo verificar su conjetura.
Apenas me había cruzado por la mente este pensamiento, cuando el hombre que observábamos distinguió el número de nuestra puerta y cruzó corriendo la calzada. Oímos un fuerte aldabonazo, una voz grave procedente del vestíbulo y pesados pasos que ascendían por la escalera.
—Para el señor Sherlock Holmes —dijo, entrando en la habitación y entregándole la carta a mi amigo.
Se me brindaba la oportunidad de domeñar la arrogancia de Holmes. ¡Poco podía él imaginarlo cuando lanzó su conjetura!
—¿Puedo preguntarle, amigo —dije con suavidad—, cuál es su profesión?
—Conserje, caballero —rezongó—. Tengo el uniforme arreglando.
—¿Y antes? —pregunté, lanzando una mirada maliciosa a mi compañero.
—Sargento de infantería ligera de la Marina Real. ¿No hay respuesta? Perfectamente, caballero.
Entrechocó los talones, levantó la mano en un saludo y se largó.
3
EL MISTERIO DE LAURISTON GARDENS
Confieso que quedé atónito ante aquella nueva prueba de la eficacia práctica de las teorías de mi compañero. Mi respeto por su capacidad analítica aumentó extraordinariamente. Con todo, todavía anidaba en mi mente cierta vaga sospecha de que pudiera tratarse de un montaje con el propósito de deslumbrarme, aunque escapaba a mi comprensión qué podía pretender con ello. Cuando le miré, había acabado de leer la nota, y sus ojos habían adquirido la expresión ausente y apagada del ensimismamiento.
—¿Cómo demonios lo dedujo usted? —le pregunté.
—¿Qué deduje? —dijo malhumorado.
—Pues que era sargento retirado de la Marina.
—No tengo tiempo para fruslerías —respondió con brusquedad, y añadió con una sonrisa—: Disculpe mi descortesía. Ha roto el curso de mis pensamientos, pero tal vez dé lo mismo. Así pues, ¿de verdad no ha sido capaz de ver que ese individuo era un sargento de Marina?
—Claro que no.
—Era más fácil darse cuenta de ello que explicar cómo me di cuenta yo. Si a usted le pidieran que probara que dos más dos son cuatro, tal vez se viera en apuros, y, sin embargo, está seguro del hecho. Incluso desde el otro lado de la calle, pude distinguir una gran ancla azul tatuada en el dorso de la mano del individuo. Eso olía a mar. Pero su porte era militar y llevaba las patillas reglamentarias. Ya tenemos, pues, al marino. Era un hombre con ciertas ínfulas y ciertos aires de mando. Habrá usted observado lo erguida que mantenía la cabeza y cómo balanceaba el bastón. Un hombre sólido, respetable, de mediana edad... Todo indicaba que había sido sargento.
—¡Asombroso! —grité.
—Trivial —dijo Holmes, pero me pareció, por la expresión de su rostro, que le complacían mi evidente sorpresa y admiración—. Acababa de decir que ya no había criminales. Al parecer estaba equivocado... ¡Vea esto!
Y me tendió la nota que había traído el mensajero.
—¡Dios mío! —exclamé tras echarle una ojeada—. ¡Es terrible!
—Parece salirse un poco de lo común —observó Holmes sin perder la calma—. ¿Le importaría leérmela en voz alta?
La carta que leí decía:
Mi querido señor Sherlock Holmes:
Esta noche ha tenido lugar un feo asunto en el número 3 de Lauriston Gardens, junto a Brixton Road. Al hacer la ronda, nuestro policía vio allí una luz hacia las dos de la madrugada, y, como la casa está deshabitada, sospechó que pasaba algo. Encontró la puerta abierta, y en el salón de la parte delantera sin amueblar, descubrió el cadáver de un caballero bien vestido, que llevaba en el bolsillo unas tarjetas con el nombre «Enoch J. Drebber, Cleveland, Ohio, EE. UU.». No han robado nada, ni hay indicios de cómo ese hombre pudo encontrar la muerte. Hay manchas de sangre en la habitación, pero el cuerpo no presenta ninguna herida. No entendemos qué hacía la víctima en la casa vacía. De hecho, todo el asunto es un galimatías. Si puede pasar usted por aquí en cualquier momento, antes de las doce, le estaré esperando. He dejado las cosas in statu quo hasta tener noticias suyas. Si le fuera imposible venir, le proporcionaría datos más precisos y consideraría una gran gentileza por su parte que me favoreciera con su opinión.
Su atentísimo
TOBIAS GREGSON
—Gregson es el tipo más listo de Scotland Yard —comentó mi amigo—. Él y Lestrade constituyen lo mejorcito de una panda de ineptos. Ambos son rápidos y enérgicos, pero espantosamente convencionales. Además no se pueden ver ni en pintura. Sienten tantos celos uno del otro como un par de bellezas profesionales. Será divertido este caso si los dos se ponen a seguir la pista.
Yo estaba atónito al ver la calma con que Holmes desgranaba sus comentarios.
—¡Creo que no hay momento que perder! —exclamé—. ¿Desea que vaya a pedir un coche?
—No estoy seguro de querer ir. Soy el tipo más irremediablemente perezoso del mundo... Bueno, cuando me da por ahí, porque en ocasiones puedo ser bastante activo.
—Pero ¡si es precisamente la oportunidad que tanto esperaba!
—¿Qué supondrá eso para mí, querido amigo? Aun admitiendo que resuelva el caso, puede tener la certeza de que Gregson, Lestrade y compañía se atribuirán todo el mérito. Son las consecuencias de actuar en privado.
—Pero suplica su ayuda.
—Sí. Sabe que soy mejor que él, y lo reconoce ante mí. Pero se cortaría la lengua antes que confesarlo ante otros. De todos modos, podemos ir a echar un vistazo. Trabajaré por mi cuenta. Así, al menos, podré reírme un poco de ellos si no saco otro provecho. ¡Vamos!
Se puso aprisa el gabán y empezó a moverse de un lado a otro con una energía que daba muestras de que había dejado atrás su anterior crisis de apatía.
—Coja su sombrero —me dijo.
—¿Quiere que vaya con usted?
—Si no tiene algo mejor que hacer, sí.
Un minuto más tarde estábamos ambos en el interior de un cabriolé que el cochero conducía a toda prisa hacia Brixton Road.
Era una mañana nublada y con niebla, y un velo de color apagado pendía sobre los tejados de las casas, cual un reflejo del barro que debajo cubría las calles. Mi compañero estaba del mejor humor del mundo, y parloteaba acerca de los violines de Cremona y las diferencias entre un Stradivarius y un Amati. Yo me mantuve callado, porque aquel tiempo gris y lo melancólico del asunto que nos ocupaba me deprimían el ánimo.
—No parece prestar usted mucha atención al caso que tiene entre manos —le dije por fin, interrumpiendo sus disquisiciones musicales.
—Faltan datos —me respondió—. Es un error garrafal teorizar sin disponer todavía de todas las pruebas. Altera el juicio.
—Pronto tendrá usted sus datos —observé, señalando con el dedo—. Estamos en Brixton Road y, si no me equivoco mucho, esta es la casa.
—Sí lo es. ¡Pare, cochero, pare!
Estábamos todavía a unas cien yardas, pero insistió en que bajáramos, y terminamos el camino a pie.
El número 3 de Lauriston Gardens tenía un aspecto sórdido y maléfico. Formaba parte de un grupo de cuatro casas un poco alejadas de la calle, dos ocupadas y dos vacías. Estas últimas tenían tres hileras de ventanas desnudas y sin adornos, salvo, aquí y allá, unos letreros de «Se alquila», extendidos como una catarata sobre los mugrientos cristales. Un jardincillo salpicado por una erupción de plantas enfermizas separaba cada casa de la calle, y lo cruzaba un sendero amarillento, que parecía una mezcla de arcilla y grava. La lluvia caída durante la noche había convertido todo el lugar en un barrizal. Rodeaba el jardín un muro de ladrillo de tres pies, rematado por una cerca de madera. Contra el muro se recostaba un fornido agente de policía, rodeado de un grupito de desocupados que estiraban el cuello y esforzaban la vista, con la vana esperanza de alcanzar a ver algo de lo que ocurría en el interior.
Yo había supuesto que Sherlock Holmes entraría a toda prisa en la casa y se sumergiría de cabeza en el estudio del misterio. Nada parecía más lejos de su intención. Con un aire displicente que, dadas las circunstancias, consideré rayano en la afectación, anduvo arriba y abajo por la acera, mirando distraídamente el suelo, el cielo, las casas de enfrente y la hilera de verjas. Terminado ese escrutinio, avanzó despacio por el sendero, o mejor dicho por la franja de césped que lo bordeaba, sin levantar los ojos del suelo. Se detuvo dos veces, y en una ocasión le vi sonreír y le oí lanzar un grito de satisfacción. Había muchas huellas de pisadas en el húmedo suelo de arcilla, pero, como los policías habían ido y venido por el sendero, yo no entendía que mi amigo esperara sacar algo de allí. Había tenido, no obstante, pruebas tan extraordinarias de la agudeza de sus facultades perceptivas, que no dudaba fuera él capaz de ver muchas cosas que para mí estaban ocultas.
En la puerta de la casa nos encontramos con un hombre alto, pálido, de pelo rubio, con un cuaderno en la mano, que se abalanzó hacia nosotros y estrechó efusivamente la mano de mi compañero.
—¡Cuánto le agradezco que haya venido! —dijo—. Lo he dejado todo tal como estaba.
—¡Excepto esto! —replicó Holmes, indicando el sendero—. Ni el paso de una manada de búfalos hubiera ocasionado mayores destrozos. Claro que usted habría sacado ya sus conclusiones, Gregson, antes de permitir que esto ocurriera.
—He estado muy ocupado en el interior de la casa —dijo evasivamente el detective—. Está también aquí mi colega, el señor Lestrade. Pensé que él cuidaría de ese detalle.
Holmes me miró y enarcó las cejas con sarcasmo.
—Con dos hombres como usted y Lestrade en la brecha, no restará gran cosa que descubrir a una tercera persona —dijo.
Gregson se frotó las manos, satisfecho de sí mismo.
—Creo que hemos hecho cuanto era posible hacer —respondió—. Sin embargo, es un caso extraño, y sé que a usted le gustan estas cosas.
—¿Usted no ha venido hasta aquí en coche de alquiler? —preguntó Sherlock Holmes.
—No, señor.
—¿Tampoco Lestrade?
—No, señor.
—En tal caso, vayamos a examinar la habitación.
Tras este comentario incongruente, Holmes entró en la casa a zancadas, seguido por Gregson, en cuyo rostro se reflejaba el asombro.
Un corto pasillo, polvoriento y con el entarimado gastado, llevaba a la cocina y a la despensa. Dos puertas se abrían a uno y otro lado. Era obvio que una de ellas llevaba cerrada semanas. La otra correspondía al comedor, y allí había tenido lugar el misterioso crimen. Holmes entró, y yo le seguí con esa opresión en el pecho que provoca la presencia de la muerte.
Era una habitación grande y cuadrada, que parecía todavía más espaciosa debido a la ausencia total de muebles. Un papel vulgar y chillón ornaba las paredes, pero estaba cubierto de manchas de humedad, y en algunos puntos se había desprendido y colgaba a tiras, dejando al descubierto el revoco amarillo. Frente a la puerta había una aparatosa chimenea, coronada por una repisa de mármol blanco de imitación. En una esquina de la repisa sobresalía el cabo de una vela roja. La única ventana estaba tan sucia que la luz era tenue e imprecisa, y lo teñía todo de un gris apagado, intensificado por la espesa capa de polvo que recubría la habitación entera.
En todos estos detalles reparé más tarde. En aquellos momentos mi atención se centró en la solitaria, macabra e inmóvil figura que yacía sobre el entarimado, con los ojos ciegos y vacíos fijos en el techo descolorido. Era la figura de un hombre de cuarenta y tres o cuarenta y cuatro años, de mediana estatura, ancho de hombros, con encrespado y rizado cabello negro y una barba corta. Vestía levita, un chaleco de paño grueso, pantalones de color claro y camisa de cuello y puños inmaculados. A su lado, en el suelo, había un sombrero de copa, bien cepillado y en buen estado. El cadáver tenía los puños apretados y los brazos extendidos, mientras que las extremidades inferiores estaban trabadas una con otra, como si hubiera padecido una agonía muy dolorosa. En su rígido rostro había una expresión de horror y, me parecía a mí, de odio, como jamás la había visto en un ser humano. Esa maligna y terrible contorsión, unida a la estrecha frente, la nariz aplastada y el prognatismo de la mandíbula, daba al cadáver un curioso aspecto simiesco, acentuado por su postura retorcida y forzada. He visto la muerte bajo muchas formas, pero nunca con una apariencia tan terrible como en aquella habitación sucia y oscura, que daba a una de las principales arterias del Londres suburbano.
Lestrade, tan flaco y parecido a un hurón como siempre, estaba de pie en el umbral y nos saludó a mi compañero y a mí.
—Este caso armará mucho ruido —comentó—. Supera todo lo que he visto, y no he nacido ayer.
—¿No hay ninguna pista? —inquirió Gregson.
—Ninguna en absoluto —respondió Lestrade.
Sherlock Holmes se aproximó al cuerpo y, arrodillándose a su lado, lo examinó con atención.
—¿Están seguros de que no tiene ninguna herida? —preguntó, mientras señalaba las numerosas gotas y manchas de sangre que rodeaban el cadáver.
—¡Absolutamente seguros! —exclamaron ambos detectives.
—En tal caso, es obvio que la sangre pertenece a un segundo individuo, presumiblemente al asesino, si es que ha habido un asesinato. Esto me trae a la memoria las circunstancias de la muerte de Van Jansen, en Utrecht, el año treinta y cuatro. ¿Recuerda usted el caso, Gregson?
—No, señor.
—Pues léalo, debería usted leerlo. No hay nada nuevo bajo el sol. Todo se ha hecho ya antes.
Mientras hablaba, sus ágiles dedos volaban aquí y allá y a todas partes, palpando, oprimiendo, desabrochando, examinando, aunque sus ojos tenían la misma expresión ausente que ya he comentado. El examen fue tan veloz que se hacía difícil adivinar la minuciosidad con que se había llevado a cabo. Por último, olisqueó los labios del muerto y echó un vistazo a las suelas de sus botas de charol.
—¿No lo han movido en absoluto? —preguntó.
—Solo lo imprescindible para nuestro examen.
—Pueden llevarlo ya al depósito —dijo Holmes—. No queda nada que averiguar.
Gregson tenía a punto una camilla y cuatro hombres. A su llamada, entraron en la habitación, levantaron al desconocido y se lo llevaron. Mientras lo movían, un anillo cayó tintineando y rodó por el suelo. Lestrade lo cogió y lo miró desconcertado.
—Aquí ha habido una mujer —exclamó—. Es el anillo de boda de una mujer.
Nos lo mostró, mientras hablaba, en la palma abierta de su mano. Nos agolpamos todos a su alrededor y lo observamos. No cabía duda de que aquel aro de oro puro había lucido alguna vez en el dedo de una novia.
—Esto complica más las cosas —dijo Gregson—. Y sabe Dios que ya eran lo bastante complicadas antes.
—¿Está seguro de que no las simplifica? —inquirió Holmes—. No averiguaremos nada más mirando el anillo. ¿Qué han encontrado en sus bolsillos?
—Todo está aquí —dijo Gregson, y señaló los objetos colocados en uno de los peldaños más bajos de la escalera—. Un reloj de oro, número 97163, de Barraud, de Londres. Una cadena de oro Príncipe Alberto, muy pesada y sólida. Un anillo de oro macizo, con emblema masónico. Un alfiler de oro en forma de cabeza de buldog, con rubíes por ojos. Un tarjetero de piel de Rusia con tarjetas de Enoch J. Drebber de Cleveland, que coinciden con las E. J. D. de la ropa interior. Ningún monedero, pero sí dinero suelto por valor de siete libras y trece chelines. Una edición de bolsillo del Decamerón de Boccaccio, con el nombre de Joseph Stangerson en la guarda. Dos cartas, una dirigida a E. J. Drebber y la otra a Joseph Stangerson.
—¿A qué dirección?
—Al American Exchange del Strand, para quien pasase a buscarlas. Ambas son de la Guion Steamship Company y hacen referencia a la salida de sus barcos desde Liverpool. Es obvio que este desdichado estaba a punto de regresar a Nueva York.
—¿Han hecho alguna averiguación acerca del tal Stangerson?
—Inmediatamente —dijo Gregson—. He enviado anuncios a todos los periódicos, y uno de mis hombres ha ido a la American Exchange, pero todavía no ha regresado.
—¿Han preguntado en Cleveland?
—Esta mañana hemos enviado un telegrama.
—¿Cómo se plantearon las preguntas?
—Simplemente expliqué detalladamente lo sucedido, y dije que agradeceríamos cualquier información que pudiera sernos útil.
—¿No pidió detalles acerca de algún punto que le pareciera crucial?
—Pedí informes sobre Stangerson.
—¿Nada más? ¿No hay algún detalle sobre el que parece girar todo el caso? ¿No quiere telegrafiar de nuevo?
—He dicho todo lo que tenía que decir —replicó Gregson con enojo.
Sherlock Holmes rió entre dientes, y parecía a punto de hacer una observación, cuando Lestrade, que había permanecido en la sala mientras nosotros manteníamos esta conversación en el vestíbulo, apareció de nuevo en escena, frotándose las manos con pomposa autosatisfacción.
—Señor Gregson —dijo—, acabo de hacer un descubrimiento de máxima importancia y que se nos hubiera pasado por alto si yo no hubiera examinado cuidadosamente las paredes.
Al hombrecillo le centelleaban los ojos mientras hablaba, y era evidente que experimentaba un oculto júbilo por haberse apuntado un tanto sobre su colega.
—Vengan conmigo —dijo, mientras volvía a meterse apresuradamente en la sala, donde parecía respirarse un aire más limpio desde que se habían llevado a su lúgubre ocupante—. ¡Ahora pónganse aquí!
Prendió una cerilla en la suela de su zapato y la acercó a la pared.
—¡Miren esto! —dijo en tono triunfal.
Ya he comentado que el papel se había desprendido en algunos puntos. En aquel rincón de la sala colgaba una larga tira, que dejaba al descubierto un recuadro amarillo de tosco revoco. En el espacio vacío habían garrapateado en letras rojo sangre una sola palabra:
RACHE
—¿Qué les parece esto? —exclamó el detective, con los aires de un presentador que exhibe su espectáculo—. Había pasado inadvertido porque está en el rincón más oscuro de la habitación y a nadie se le había ocurrido mirar aquí. El asesino o la asesina lo ha escrito con su propia sangre. ¡Vean el goterón que se ha escurrido pared abajo! En cualquier caso, esto descarta la idea del suicidio. ¿Por qué escribieron precisamente en este rincón? Se lo diré. Fíjense en la vela de la repisa de la chimenea. En aquel momento estaba encendida, y, al estar encendida, este rincón que ahora es el más oscuro era el mejor iluminado de la pared.
—¿Y qué significa esto, ahora que usted lo ha encontrado? —preguntó Gregson con desdén.
—¿Qué significa? Significa que alguien iba a escribir el nombre femenino Rachel. Pero algo le interrumpió o la interrumpió antes de que le diera tiempo a terminar. Recuerden esto: cuando el caso se resuelva, comprobarán que una mujer llamada Rachel está involucrada. Ríase cuanto le venga en gana, señor Holmes. Usted será muy hábil y muy inteligente, pero no olvide que más sabe el diablo por viejo que por diablo.
—¡Le ruego de veras que me disculpe! —dijo mi compañero, que al estallar en una carcajada ha
