Prólogo
Madrid, otoño de 2001
El anuncio, sujeto con cuatro bridas, apenas duró un par de semanas en el balcón del primer piso del número cinco de la calle Lagasca.
El espíritu emprendedor de Patty parecía no tener límites. Pero esta vez era diferente. Estaba dispuesta a arriesgar su patrimonio para lograr que una mujer, que ya había demostrado su capacidad de trabajo, consiguiera alcanzar un nuevo sueño. Cuando conocí su plan no dudé en aplaudirlo, segura de que mi amiga merecía una oportunidad como la que se le brindaba.
Gracias a un golpe de suerte y a muchos años de experiencia, hacía tiempo que los diseños de Julia triunfaban entre los nombres más destacados de la vida social. Las mujeres que buscaban costura a medida para ocasiones especiales ya no eran solo de Madrid. Desde que su primer diseño apareció en una conocida revista de la prensa rosa, muchas se desplazaban hasta la capital para que Julia les confeccionara vestidos de fiesta o ceremonia exclusivos.
Vivió este nuevo giro en su carrera como algo natural y creo que, aunque las demás no dejábamos de sorprendernos con cada nueva creación que salía de sus manos, en el fondo ella no era consciente de lo que estaba consiguiendo. Su humildad resultaba casi exasperante cuando se trataba de reconocer sus logros.
Con cada prenda se superaba a sí misma. Me maravillaba la facilidad que tenía para dibujar un boceto, trasladar a la tela el diseño inicial y, con ello, hacer felices a sus clientas. Conseguía que salieran por la puerta orgullosas de llevarse un tesoro único. Las citas de su agenda se solapaban unas con otras y, en según qué fechas, la carga de trabajo era inasumible.
Por suerte, en casa, Ramón y Daniel se habían adaptado a esa actividad frenética y habían conseguido organizarse para que Julia pudiera dedicarle al negocio las horas que requería sin sentir que desatendía a su familia.
—¡Julia! —exclamó Patty nada más entrar en El Cuarto de Costura—. Ven, siéntate y escucha bien lo que tengo que decirte.
—Buenos días, socia, ¿qué traes ahí? —preguntó atónita, sin perder de vista el cartel que llevaba bajo el brazo al entrar y que había dejado caer sobre la mesa de centro.
—Llevo un par de noches dándole a la cabeza y esta mañana, por fin, me he decidido. Vaya por delante que no voy a aceptar un «no» por respuesta y que, aunque te pueda parecer precipitado, lo he meditado lo suficiente como para convencerme de que esta aventura también va a salir bien.
Patty había demostrado tener buen ojo para los negocios. Desde que se quedó viuda y decidió vivir intensamente los años que tenía por delante, se había vuelto una experta en apostar por ideas disparatadas que para su propia sorpresa solían tener éxito. Resultaba admirable ver cómo había gestionado el patrimonio que había heredado de su difunto marido sin perder un ápice de energía y empuje para todo lo que se propusiera. Por eso, cuando en su día Julia me contó preocupada que Amelia se había visto en la necesidad de venderle su parte del negocio a Patty, supe que lo dejaba en buenas manos. Había sido una socia en la sombra y ahora quería dar un paso al frente.
—Soy toda oídos —acertó a decir Julia, que no sabía cómo reaccionar ante tanto entusiasmo.
—Puede que te parezca una locura, pero, como dicen en mi querida Italia, «chi non fa, non falla», quien no hace, no falla, y ya sabes cómo me gusta plantearme nuevos retos.
El edificio en el que se encontraba la academia era muy similar al resto de los que poblaban el barrio de Salamanca. Construido en el primer cuarto del siglo pasado, conservaba el esplendor de sus primeros años. El paso del tiempo no hacía sino darle más carácter. En cada planta había dos viviendas distribuidas en torno a un amplio patio central. Los balcones de hierro fundido y las grandes ventanas aseguraban luz natural a las estancias principales. Tan solo hacía unas semanas que un apartamento del primer piso se había quedado vacío y una inmobiliaria extranjera no había tardado en colocar un anuncio en un lugar bien visible de la fachada.
—La última vez que vine por aquí me fijé en el cartel y hoy me he pasado por la inmobiliaria para pedirles que me enseñaran la casa. ¿Ves a ese chico que hay en la acera? —preguntó Patty señalando al hombre que aguardaba fuera—, me está esperando para que le acompañe a firmar el contrato de arras. Creo que esta va a ser una de las mejores inversiones de mi vida, así de claro lo tengo. El piso es mío, y en cuanto vuelva con la llave quiero que subamos a verlo juntas. Tenemos mucho trabajo por delante. Estamos escribiendo un nuevo capítulo para que El Cuarto de Costura y tu nombre brillen como nunca.
—Sea lo que sea lo que tienes en mente, me alegro de verte tan ilusionada —comentó Julia intentando adivinar de qué se trataba.
Gracias al apoyo de Amelia había hecho realidad su sueño, pero lo que le proponía su socia actual implicaba dar un salto muy arriesgado, incluso aunque el capital no saliera de su bolsillo. Julia había contemplado la idea de abrir un taller de costura al uso, que le permitiera recibir a su nueva clientela en un ambiente más íntimo. Incluso Carmen había bromeado con esa posibilidad cuando el ¡Hola! reseñó el nombre de su jefa en una sonada boda el año anterior. Sin embargo, la inversión necesaria era escandalosa, algo que ni de lejos podía permitirse y que además la alejaría de una de las cosas que más disfrutaba, enseñar a coser.
Patty apenas tardó unas horas en volver a la academia. Aprovechando que Malena daba una de sus clases, le pidió a Julia que dejara lo que tenía entre manos y que la acompañara. Tras firmar el contrato de arras, había convencido al agente inmobiliario de que le dejara una llave, que prometió devolver antes de que cerraran.
—Pasa —le ordenó al atravesar la puerta— y ayúdame a abrir las ventanas. Estoy segura de que te vas a enamorar de este lugar.
A pesar de que no era una tarde especialmente soleada, la luz de la calle entraba a raudales en todas las habitaciones y dejó ver un piso espacioso con techos altos decorados con molduras de escayola y un suelo de parqué barnizado en tonos caoba y en muy buenas condiciones.
Julia no pudo evitar recordar el día en el que Amelia y ella entraron por primera vez en la antigua sombrerería. Como entonces, no tardó en imaginar cómo podría transformar el espacio para adecuarlo a este nuevo sueño al que apenas había tenido tiempo de dar forma.
La vivienda tenía unos doscientos metros cuadrados; más que suficiente para hacer un pequeño apartamento cuyo alquiler ayudaría a amortizar la inversión. El resto lo dedicaría al nuevo negocio. Parecía que Patty había pensado en todo.
—La puerta de servicio se usará como acceso al apartamento. Calculo que unos sesenta metros serán suficientes para un dormitorio, un baño, una pequeña cocina americana y una sala de estar; el resto, querida, si todo sale como espero, será tuyo.
—Patty, no quisiera parecer desagradecida, pero tengo que confesarte que tu idea me asusta. Embarcarme ahora en esto, y más sin Carmen… No sé. Quizá no sea el momento.
—Los trenes hay que cogerlos cuando pasan. No tienes de qué preocuparte. Yo me encargaré de todo y así podrás seguir al frente de El Cuarto de Costura hasta que el taller esté listo. Voy a pedirle a Alfonso que me recomiende alguna empresa capaz de reformar este piso lo antes posible. Piénsalo, al final para ti no será más trabajo, será hacer lo mismo que haces ahora, pero en un espacio nuevo, más cómodo y profesional. Verás cuando se lo cuente a Amelia. Contrataremos personal e iremos ampliando el negocio poco a poco. Dime, ¿no te ves recibiendo aquí a tus nuevas clientas?
Julia miró a su alrededor e imaginó visillos de gasa vistiendo las ventanas, flores frescas en el recibidor, rollos de crepé, chifón, mikado y organza, acericos en las muñecas de sus ayudantes… Casi podía oír el sonido de las tijeras sobre la mesa de corte y las máquinas de coser en plena faena.
Los planes de Patty eran ambiciosos y reavivaron la ilusión de Julia. Volver a crear algo nuevo, imaginar, diseñar, construir… era estimulante. Muy pronto se vio dándole forma a lo que apenas se había atrevido a soñar. Un taller de costura suponía un paso importante en su carrera, era algo más que coser para sus clientas en un entorno distinto. Tendría que remodelar el espacio, contratar personal, aprender a gestionar un negocio del que solo conocía la parte más creativa y artesanal. Era un paso de gigante, pero la ilusión era mucho mayor que el miedo.
Recuerdo que su voz derrochaba entusiasmo cuando al llegar a casa, esa misma noche, me llamó para contármelo todo. Era una niña pequeña en una mañana de Reyes.
A aquella sorprendente noticia le siguieron meses de un trabajo intenso que Patty capitaneó encantada. Se mudó a Madrid un tiempo para seguir de cerca la reforma y se involucró en cada una de las etapas.
La distribución del piso cambió por completo. La habitación más amplia se destinó al taller de costura, el corazón de esa nueva aventura. En ella colocaron una gran mesa de corte bien iluminada y, pegadas a la pared, dos máquinas de coser y una remalladora. Tiraron varios tabiques de los antiguos dormitorios y formaron dos estancias que convirtieron en probadores. En el centro de cada una de ellas instalaron una tarima de madera donde la clienta podía situarse durante las pruebas y mirarse en los espejos que, estratégicamente colocados, le permitían verse desde distintos ángulos. Tan solo un pequeño sillón descalzador en una esquina y un perchero completaban la decoración. Intentaron pensar en todo. La idea era que cualquier mujer que entrara en ese lugar se sintiera cómoda y confiara en la privacidad que merecía cada una de las piezas que allí se confeccionaran.
Una pequeña oficina, un aseo y un almacén interior completaban el taller.
En una ocasión Julia me confesó que la idea le había producido mucho vértigo. Por suerte, Patty tenía confianza ciega en ella y el tiempo no tardaría en darle la razón.
Las obras se alargaron más de lo previsto. Durante ese periodo ambas mantuvieron en secreto todos los detalles del proyecto. Conocía a Julia y sabía que se moría por contármelo todo, pero se mantuvo fiel a su socia. Gracias a eso, el día de la inauguración, a mediados del año siguiente, tanto Amelia como el resto de las alumnas se llevaron una gran sorpresa. Desde Londres, podía imaginar la emoción que debieron de sentir al descubrir el resultado final todas juntas.
Contrataron a dos modistas, que, uniformadas con una bata blanca, les dieron la bienvenida y las invitaron a pasar a un pequeño distribuidor. Coincidieron en que la decoración era muy elegante y sofisticada, con cierto aire italiano que no les sorprendió en absoluto.
Justo a la entrada, se toparon con la Singer de la madre de Julia. Moverla de su emplazamiento original en la academia para colocarla en un lugar distinguido del taller fue una idea de última hora. La máquina pronto se convirtió en motivo de conversación, pues la mayoría de las clientas, al entrar, comentaban haber visto una parecida en su casa familiar cuando eran niñas. También yo, al visitar el taller por primera vez unos meses después, recordé los vestiditos de verano que mi abuela y mi tía me cosían durante mis vacaciones en Almuñécar.
La etiqueta «Julia Castillo» se hizo cada vez más habitual en los vestidores de las protagonistas del papel cuché, y los encargos se sucedían con tal ritmo que, antes de lo esperado, Julia tuvo que contratar nuevo personal. El atelier, como lo llamaba Amelia, gozó casi desde el primer día de un éxito más que merecido.
Así fue durante unos años.
1
Madrid, primavera de 2003
Rozando los cuarenta había aceptado que las cosas podían torcerse de un día para otro. Me pasó con Manu, mi primer novio, con quien pensé casarme algún día, abandonar el hogar de mi madre y formar juntos nuestra propia familia. Pero me engañó y ese futuro soñado desapareció con él. A partir de ahí, todo cambió.
No me arrepentía de nada. Había aprendido a sacar una enseñanza de cada tropiezo y sabía que era capaz de salir de cualquier situación, por complicada que fuera. Parte de esa confianza en mí misma se la debía a Julia y al resto de mis compañeras. Sin ellas no creo que hubiese tenido el coraje suficiente para dejarlo todo atrás, instalarme en Londres y empezar una vida tan distinta a la que tenía en Madrid. Tuve suerte, pero también me esforcé mucho por encajar. Poco a poco aprendí a disfrutar de una sensación de libertad que no había experimentado jamás.
Vivir alejada de cuanto conocía y tener que valerme por mí misma fue una gran escuela. Había días grises en los que me sentía sola, me cuestionaba mi decisión y no confiaba en encontrar un trabajo que me permitiera seguir allí. Muchas veces pensé en tirar la toalla y volver a casa de mi madre. Cuando eso pasaba, recordaba a mi tía. Ella me había enseñado a escuchar a mi corazón y a pensar en mí sin sentirme egoísta. Sabía bien de lo que hablaba y sus palabras me sirvieron de inspiración cuando necesitaba recordar por qué había elegido ese nuevo camino.
Mi padre también había sabido alentarme en esos momentos. Él, que en su día se enfrentó al gran dilema de permanecer o no junto a su familia, comprendió mi necesidad de cambiar mi destino y me apoyó desde el primer instante.
«Tomar una decisión siempre implica renunciar a algo. Sin garantías —me dijo—. Yo tuve que hacerlo y casi me cuesta perderos a ti y a tus hermanos. Por fortuna, no me equivoqué. Tienes que confiar en tu instinto. Apuesta por ti, pequeña».
A mi madre le costó más. Al principio, como era de esperar, sintió que era ella la que salía perdiendo con mi marcha. Con el tiempo, aunque a regañadientes, acabó por entender que yo tenía derecho a buscar mi felicidad y a labrarme un futuro. Hoy sé que esa distancia entre nosotras la ayudó a deshacerse del rencor y encontrar en el perdón una forma de liberarse y congraciarse consigo misma. Curiosamente, mientras yo me afanaba en hallar mi lugar lejos de casa, ella reconquistó su independencia y se abrió a la posibilidad de recomponer su vida. Creo que ninguna de las dos nos reconocemos ahora en las que fuimos entonces.
Todo sucede por algo.
Me aferré a esa frase cuando las cosas se torcieron con Andrew. Nos conocimos en una fiesta de cumpleaños de un amigo en común, un compañero del periódico en el que comencé a trabajar. Al principio todo fueron atenciones que, lejos de hacerme sospechar, me halagaban. No estaba acostumbrada a que me tratasen así y era agradable sentirse querida y protegida.
Lo nuestro sucedió muy rápido. No había pasado ni un mes desde que coincidimos en aquella fiesta, cuando empezamos a pasar todos los fines de semana juntos. Dejé de ver a mis amigos de siempre y me integró en su círculo de amistades. Ocupaba todo mi tiempo libre sin que yo fuese muy consciente de que mi mundo se hacía cada vez más pequeño y de que solo giraba en torno a él.
Era generoso, original, aventurero y muy atractivo. Siempre tenía planes apetecibles que proponerme que, sin que yo reparara en ello, él daba por decididos.
Viajamos mucho por el suroeste de Inglaterra, en especial por la región de los Cotswolds, de donde me dijo que provenía parte de su familia. Esos pueblecitos tan pintorescos con casas de piedra, tejados de paja y jardines perfectos parecían de cuento de hadas. Algunos recordaban a los decorados de una película, no les faltaba ni un solo detalle. Nunca había visto nada igual y me enamoré de esos paisajes tan distintos de los de la ruidosa Londres. La gente era amable y el tiempo parecía transcurrir a un ritmo diferente al del resto del planeta. Nos hicimos asiduos de una casita rural regentada por una familia de la zona, que estaba a un par de horas de Londres. Allí nos aislábamos del mundo.
Cuando éramos solo dos todo era perfecto. Sentía que él se entregaba a mí por completo y yo le correspondía con la misma intensidad. Poco a poco mis amigas dejaron de llamar, mis compañeros ya no contaban conmigo para tomar algo después del trabajo. Sus amigos también desaparecieron de nuestra vida social. Nos aislamos. Me quería solo para él y yo lo interpreté como una prueba de su compromiso.
Manah, la madre de la familia hindú con la que vivía cuando le conocí, percibió en mí pequeños cambios desde el principio de nuestra historia. Me lo confesó poco después de que lo que teníamos saltara por los aires. Viniendo de una cultura en la que la mujer no tenía el mismo valor que el hombre, a ella le fue fácil identificar que la nuestra no era una relación de igual a igual. Nunca se había metido en mi vida y había sido muy discreta a la hora de darme su opinión cuando se la pedía. Aunque me hubiera advertido de forma más evidente, no la habría escuchado. Estaba entregada por completo a Andrew. Mi nueva vida, que tanto me había costado construir lejos de casa, se desdibujaba. Él se convirtió en mi centro.
Desde que dejé a Manu no había tenido una relación seria con nadie. Habían pasado unos años desde entonces y creía saber qué quería de una pareja o, como mínimo, qué no quería. Me sentía mucho menos ingenua y supongo que bajé la guardia. Pensé que ya estaba a salvo, que había madurado. Pero me equivoqué.
Un domingo, mientras volvíamos de una de nuestras escapadas, recibí un SMS de una antigua compañera de trabajo a la que hacía tiempo que no veía. Quería hablar conmigo y me propuso que cenáramos juntas.
—Voy a quedar con mi amiga Sam esta semana. Al parecer tiene algo que contarme —comenté sin darle mayor importancia.
—¿Sam? ¿Esa de la que no sabes nada desde hace meses? ¿Ahora se acuerda de ti? Seguro que es para pedirte algo. Eso no es una amiga —sentenció Andrew.
Percibí un tono de enfado en su voz. Su reacción me incomodó y, por un momento, hasta pensé que podía tener razón. Era cierto que no nos habíamos visto desde hacía mucho, pero no tenía motivos para sospechar nada malo de ella. Noté que Andrew pisaba el acelerador con rabia y corté la conversación, desviando su atención para no irritarle más. Me dejó en la puerta de casa sin despedirse. Esa noche no pegué ojo.
Al día siguiente no pude comunicarme con él. Le dejé mensajes en el contestador, le envié SMS y hasta le llamé al trabajo, cosa que tenía prohibida. Silencio. Tan solo cuando me planté en la puerta de su casa, desesperada, implorando su perdón, él aceptó mis disculpas y se justificó diciendo que me quería tanto que le costaba compartirme con alguien más. Subimos a su apartamento, hicimos el amor y dos días después me mudé a su casa. Sentía que se lo debía.
A partir de ese momento, mi mundo se hizo aún más pequeño. Había renunciado de nuevo a mi espacio personal. Estaba en su casa, con sus reglas. Me dejaba en la puerta del trabajo cada mañana y me recogía cada tarde. Controlaba todos mis movimientos, mis horarios, lo que comía, cómo vestía. Si me notaba molesta, aparecía con unas flores o mencionaba algún plan para el fin de semana. No sé cómo lo logró, pero se convirtió en mi dueño.
Hasta que un día, aprovechando que él estaba de viaje, me pasé a recoger algunas cosas de mi antigua habitación. Cuando estaba a punto de salir, Manah me invitó a tomar un té.
—Voy a preparar un earl-grey, ¿te apetece? —preguntó ofreciéndome una silla en la mesa de la cocina.
—Te lo agradezco, pero tengo que irme. Andrew se encuentra de viaje y quiero estar en casa cuando llame esta tarde.
—Sara, solo es una taza de té. Solo eso. Por favor —añadió mirándome fijamente a los ojos.
Aunque sabía que si no contestaba al teléfono de casa podía tener problemas, no pude negarme. Habría sido una descortesía. Algo en su mirada me decía que me sentara. Aquella taza de té me salvó.
Manah me habló como lo hubiera hecho una madre, con la certeza de que, dijera lo que dijera, la iba a seguir queriendo. La conversación se alargó mucho más de lo que hubiera deseado y cada frase que pronunciaba me abría los ojos más y más. Aquella charla me permitió tomar algo de distancia y observar mi relación desde fuera. No me gustó lo que vi.
Había recorrido un camino muy difícil hasta encontrarme, hasta sentirme válida para tomar las riendas de mi vida. ¿Qué había sido de todo aquello?
Cuando regresé comprobé que tenía varias llamadas perdidas y mensajes en el contestador. Noté que me temblaba el cuerpo.
Intenté contactar con él, pero no cogió el teléfono. De nuevo, silencio.
Volvió de viaje al día siguiente. Andrew sabía lo que quería y cómo lograrlo.
Sentí el miedo en la piel e hice las maletas. Todo sucede por algo, aunque no lo entendamos en el momento.
Dejé atrás mi puesto en el periódico, mis amigos y la ciudad que me había acogido con los brazos abiertos cuando necesité un lugar en el que empezar de nuevo. Y a mi pequeña familia hindú, mi tabla de salvación. Volví a casa como la que llega en mitad de una tormenta buscando un refugio. Asustada. Herida.
Pero no volví sola.
2
Volver a la academia después de regresar de Londres fue una de mis prioridades. Formaba parte de mi plan para retomar el contacto con lo que me hacía feliz y sanar mis heridas. Mi relación con Andrew había dañado mi autoestima. Tenía que asimilar la manipulación a la que me había sometido y recuperar mi amor propio. Sabía que, como en el pasado, compartir tiempo con otras mujeres y conversar mientras cosíamos tenía un poder terapéutico que solo las que nos habíamos refugiado antes en esa labor podíamos describir. Mis circunstancias en aquel momento eran muy distintas, pero confiaba en que las horas entre hilos y patrones obraran el mismo efecto que la primera vez.
A las pocas semanas de mi regreso, me di cuenta de que estaba embarazada. No había pasado suficiente tiempo lejos de Andrew para conseguir apartarlo de mi mente y asumir que ese hijo sería solo mío. Mientras esperaba a que la distancia diluyera el impacto de una relación fallida, Elliot iba creciendo en mi interior y la duda acerca de lo que sería correcto y, sobre todo, lo que sería más justo para mi hijo me quitaba el sueño. No me sentía con derecho a privarle de un padre, pero tampoco quería que la persona que me había hecho tanto daño tuviese un papel en nuestra vida. Si había sido tan posesivo y manipulador conmigo, podría hacer lo mismo con nuestro hijo. Le llevaba en mi vientre desde hacía poco, pero ya se había convertido en el centro de mi existencia y la razón principal para recuperarme.
Formar una familia no entraba en mis planes más inmediatos. Andrew y yo ni siquiera habíamos hablado de tener niños. La ruptura era muy reciente y la decepción demasiado profunda. Era incapaz de imaginarnos como una familia feliz. Creo que justo eso me decidió a criar sola a mi hijo.
Mantuve largas conversaciones con Laura, la madre más ejemplar que conocía, buscando el modo de validar mi decisión, que, a ratos, perdía fuerza a favor de una reconciliación. Ella me hizo ver que no sería fácil y que tener a ambos padres a su lado no suponía necesariamente proporcionar a un hijo un entorno estable. A veces sucedía justo lo contrario.
—Una familia no es una conjunción de elementos, sino la suma de ellos —me explicó—. Existen muchos tipos de familia y todos son válidos mientras los hijos encuentren el amor necesario para desarrollarse como personas. Tendemos a idealizarla, pero no existe la familia perfecta. Fíjate en la mía. Quién me iba a decir que después de mi divorcio iba a encontrar a Michel, alguien que encajara tan bien con mi realidad, alguien que además fuese un bálsamo para enfrentar las dificultades que hemos superado juntos. Ahora miro hacia atrás y sé que lo hicimos bien. Inés y Ndeye se adoran y para Sergio tan hermana es la una como la otra.
Laura me ayudó a confiar en que mi capacidad de amar era lo más importante para ser madre, pero el baile de hormonas que estaba experimentando me jugaba malas pasadas. A veces imaginaba que Andrew cambiaría al convertirse en padre y que podríamos construir un hogar en el que nuestro hijo se criara feliz. Entonces, revivía los últimos días a su lado y en mi cabeza se afianzaba la idea de que estaba tomando la decisión correcta. Con todo, a medida que fueron sucediéndose las semanas de gestación, mi determinación se volvió cada vez más firme.
La distancia jugaba a mi favor. Si me hubiese quedado en Londres, no sé cómo habría impedido que se acercara de nuevo a nosotros y reclamara su derecho a formar parte de nuestras vidas. Sabía que en algún momento nuestro hijo haría preguntas y tendría que darle respuestas claras, pero todavía tenía unos años por delante para hallar la forma de explicarle por qué éramos solo dos.
Mi madre, mis hermanos y también mi padre, Natalia y Fran se volcaron conmigo nada más conocer la noticia. Me arroparon con tal fuerza que dejé de sentir que cargar sola con la responsabilidad de traer una vida a este mundo iba a ser algo imposible de sostener. La idea de tener un bebé entre mis brazos ya no me resultaba tan extraña, y me convencí de que sería capaz de darle una familia donde crecer rodeado de afecto.
Me tomé un tiempo para asumir mi nueva situación. Aún contaba con algo de dinero y no tenía prisa por encontrar un trabajo. Deseaba vivir los meses de embarazo plenamente y disfrutar de los cambios que experimentaría conforme pasara el tiempo.
Las piezas fueron encajando y El Cuarto de Costura se convirtió en el lugar donde compartir mis miedos y mis ilusiones, pero también en el que reírme y encontrar el apoyo que necesitaba.
—Qué ganas tengo de que se te note ya la tripita —exclamó Carmen al verme llegar aquella tarde—. Estás más guapa que nunca. Va a ser verdad eso que dicen de que las embarazadas tenéis una luz especial.
—Ay, gracias, Carmen, pero yo me siento como si viviera en un barco, todo el día mareada y con náuseas.
—Suele ser solo el primer trimestre, verás como en un par de semanas estás mejor —comentó Laura—. A mí me pasó con Inés.
—Cruzo los dedos. La verdad es que no es agradable. La única postura en la que me encuentro bien es tumbada.
—Pues aprovecha, porque cuando ese niño salga de ahí se te acaba lo bueno.
—Anda, Carmen, ¿cómo dices eso? —la riñó Julia.
—Uy, lo que me han contado, que estáis todas deseando verle la carita al niño y en cuanto nace empezáis a echar de menos dormir una noche del tirón.
—No os adelantéis, que todavía me queda mucho embarazo por delante.
—Tú ni caso —me susurró Julia al oído—, que luego no es para tanto. Os dejo que, me subo al atelier; esta tarde tengo dos pruebas y una entrega.
—¡Cuenta! —exclamó Carmen con la esperanza de que Julia nos desvelara algún detalle.
—No, y no me tires de la lengua, que sabes que una de las cosas que más aprecian mis clientas es la discreción. Solo diré que este último ha sido el traje de madrina que más me ha gustado confeccionar. Mi clienta tiene un porte muy elegante y no he querido hacerle nada recargado, sino más bien resaltar su naturalidad. Como decía Chanel, la sencillez es la clave de la elegancia, y si además la señora tiene una buena percha, el éxito está asegurado. Tendréis que esperar a verlo en el ¡Hola! —añadió guiñando un ojo.
—Buena percha y buen presupuesto —rio Carmen—, porque la organza de seda con la que estaban trabajando las modistas el otro día era una maravilla.
—Todo ayuda —asintió Julia uniéndose a las risas de su compañera—. Seguid con lo vuestro que se os va la tarde. Nos vemos otro día. Y tú cuídate, Sara, y tómate las cosas con calma. Todo pasa.
El atelier llevaba abierto apenas un año y el nombre de Julia ya era muy conocido en ciertos círculos, por lo que su clientela había aumentado mucho en muy poco tiempo. Amelia había hecho un gran trabajo corriendo la voz y sus amistades más cercanas permanecían fieles desde el principio.
«Para algo debían servir tantas tardes de té con pastas en el Embassy», solía comentar divertida.
En el barrio de Salamanca las ocasiones especiales eran muy variadas: pedidas de mano, bodas, recepciones, puestas de largo, ceremonias religiosas… Algunas me sonaban desfasadas, como de otra época, pero, como decía Carmen cuando se daba el caso, hay gente para todo. El atelier estaba situado en el lugar perfecto para aprovechar todas las celebraciones sociales que requerían de una etiqueta determinada. Por eso nunca faltaba trabajo y las previsiones iniciales pronto quedaron superadas por la cantidad de encargos que entraba cada mes, sobre todo cuando se acercaba la temporada de bodas, en primavera.
Poner en marcha un proyecto tan ambicioso precisaba una buena planificación. Lo que más le costó a Julia, según ella misma me comentó, fue coordinar el trabajo de las modistas y las costureras que tenía a su cargo. Era la primera vez que estaba al frente de un equipo y, aunque confiaba en su capacidad para que este proyecto resultara, le preocupaba que sus trabajadoras estuviesen a gusto y lograran darle a cada prenda la calidad que necesitaba en los plazos acordados.
Su experiencia como diseñadora no era muy sólida. Hasta el momento, prácticamente se había limitado a coser los diseños que sus clientas tenían en mente, salvando algún caso en que se dejaban aconsejar y ella podía desplegar su creatividad. Su fuerte era la confección, su destreza con la aguja y su ojo para cuidar los detalles más pequeños, los que le daban a cada pieza el acabado perfecto. Era muy hábil interpretando la idea inicial y transformándola en una prenda impecable al gusto de la clienta. Su mejor recompensa, solía decir, era la sonrisa de cada señora al mirarse al espejo en la última prueba.
Era consciente de sus limitaciones y por eso no dudó en trasladarse algunas semanas a Barcelona para recibir formación en una reputada escuela de diseño.
—Al Ramón de hace unos años no le habría gustado nada que faltara de casa por trabajo y ahora es el primero en animarme. Hasta Daniel lo ha entendido. Cada noche me dice que me echa de menos, pero que no me preocupe, que sabe que volveré muy pronto —me contaba en nuestra charla telefónica semanal.
—Es que mi ahijado es un sol y tu marido sabe lo que esto significa para ti. Es una suerte que te apoye de esa manera. Estoy deseando conocer el taller, Julia. No creo que pueda estar ahí para la inauguración, pero cuando vaya en verano será una de las primeras cosas que haga.
Coser la canastilla de mi bebé se convirtió en mi objetivo al regresar a la academia. Me sirvió para retomar el contacto con la costura y preparar la llegada de mi hijo. Sin embargo, después de unas cuantas tardes en El Cuarto de Costura, aplacé la idea. Julia se empeñó en que me cosiera algunas prendas holgadas con las que pasar el verano, y no pude negarme.
—La ropa para embarazadas suele ser cara y con la soltura que tienes tú ya puedes hacerte un par de blusas fresquitas en unas cuantas tardes. Te enseñaré a modificar los patrones base, no es nada complicado y si quieres te acompaño a comprar las telas.
Me apetecía enfrentarme a nuevos patrones y aprender de ella, ahora que no podía disfrutar de sus clases como antes. A pesar de que casi todo su tiempo lo dedicaba al atelier, en los meses siguientes se volcó conmigo. Me decía que era como si reviviera el embarazo de Daniel, y me aportaba serenidad y confianza. Era lo más parecido a una hermana mayor.
Laura se movió rápido para encontrar un buen ginecólogo y se ofreció a acompañarme a las citas médicas. Me sentía muy arropada por ellas y sabía que estaban ahí para lo que necesitara. Estaba convencida de que, aunque no tuviese a mi lado al padre de mi hijo, mis amigas y mi familia serían más que suficiente para que su ausencia no supusiera un vacío. Ellos me daban la fuerza para alejar mis miedos y confiar en que sería una buena madre.
Pero mi cabeza no descansaba. Me preocupaba pensar que después de dar a luz tendría que buscar trabajo, aunque también confiaba en que las cartas de recomendación que traía de Londres serían de gran ayuda. Mi madre se ofreció a echarme una mano, intuía que separarme de mi hijo durante toda una jornada laboral no me resultaría fácil. No pocas veces había oído hablar del sentimiento de culpa de muchas mujeres por no llegar a todo. Julia y Laura eran mi mayor ejemplo cuando me angustiaba pensando en que no conseguiría conciliar mi profesión con esa nueva faceta de mi vida. Compartir mis inquietudes con ellas me ayudaba a aliviar la angustia.
—Por supuesto que se pueden tener planes, pero a menudo la vida se encarga de desbaratarlos o introducir variables imprevistas, y hay que reorganizarse. Por más que quieras controlarlo todo, Sara, las circunstancias mandan. Lo importante es que, ante cualquier adversidad, tengas la agilidad para idear un plan alternativo y la confianza para saber que, tarde o temprano, te harás con cualquier situación que se te presente.
—Ahí te doy la razón —añadió Carmen—. La vida te vapulea a su antojo y a veces no puedes hacer más que amoldarte. Pero no atosiguemos a esta chiquilla, que bastante tiene.
—Mujer, dicho así… —me quejé medio en broma.
—Entendedme, jolín —protestó.
Laura sabía de lo que hablaba. Había pasado por un divorcio que la había sumido en una depresión. Después, encajó que su marido volviera a casarse y formara una nueva familia. Tuvo que aprender a delegar el cuidado de sus hijos. Le costó un tiempo disfrutar de la libertad quincenal de las parejas separadas y encontrar en ese descanso el placer de dedicarse tiempo a sí misma. Pero, como ella decía, la vida puede echar por tierra todos tus planes en un momento. Tras pasar dos años en la misión de Senegal y afianzar su relación con Michel, volvieron juntos a Madrid. Entonces se enfrentó al reto de rehacer su familia. Sus hijos estaban en unas edades difíciles y, aunque Sergio celebró su vuelta, Inés se mostró muy reticente a volver con ella.
—Dice que se siente abandonada, ¡como si la hubiese dejado a cargo de cualquiera! —le había confesado a Amelia durante la merienda de Navidad aquel año—. Los he llamado cada semana. Todo este tiempo, Martín me aseguraba que los niños estaban felices y que, aunque me echaban de menos, se habían adaptado bien. Me he esforzado mucho desde que eran muy pequeños para que entendieran mi profesión, y hasta ahora parecía que lo habían hecho. Sé que Inés está muy encariñada con su hermana Rocío y que Mónica la trata casi como si fuese su hija, pero de ahí a que no quiera volver a casa, la verdad, lo llevo mal.
—Dale tiempo, en cuanto conozca a Michel un poco mejor lo verá todo con otros ojos. Son muchos cambios y necesita espacio para asumirlos.
—Me preocupa Ndeye. Antes de volver le hablé de mis hijos y de cómo la ayudarían a acostumbrarse a una vida lejos de Senegal, en un entorno tan distinto para ella. Sergio la ha acogido como yo esperaba, pero me está costando que Inés la acepte. No quiero que la perciba como una imposición, solo que le dé la oportunidad de acercarse y que la conozca, la cría es un encanto. Si la traje conmigo después de que perdiera a su madre fue para darle un hogar y que sea una hija más.
—Puede que solo sean celos y que se sienta desplazada. Yo tampoco encajé bien que Alfonso no quisiera saber nada de Elsa cu
