El Club de los Acertijos

Samuel Burr
Samuel Burr

Fragmento

cap-1

Club de los Acertijos

RELACIÓN DE SOCIOS

Señorita Pippa Allsbrook

Crucigramista jefa, fundadora y presidenta

Señor Clayton Stumper

Secretario y administrador de la finca

Señor Hector Haywood

Artista del puzle y vicepresidente

Señor Earl Vosey

Maestro de laberintos

Sir Derek Wadlow

Criptógrafo

Señorita Jean Watkins

Trivialista máxima

Señor Geoff Stirrup

Aritmético jefe

Señorita Nancy Stone

Reina del Trivia

Señor Eric Stoppard

Ministro de rompecabezas mecánicos

Señor Martin Dudeney

Artista del vidrio y el metal

Señor Jonty Entwistle

Lexicógrafo y adivinancero

Señor Nigel Bentham

Maestro de juegos

Señorita Angel Webster

Ama de llaves

PRÓLOGO

1991

¡MSOXGOXSÑZD LV NVFM ÑO VZD LNOCESTZD!

Para algunos, la placa de latón brillante de la puerta principal era un galimatías, pero para muchos de los visitantes de aquella casona a las afueras de Bedfordshire y, por supuesto, para sus residentes, estaba clarísimo. Se trataba de un cifrado de César + 11. Nada excesivamente diabólico.

¡BIENVENIDOS AL CLUB DE LOS ACERTIJOS!

Debajo, un letrero plastificado decía: «El telefonillo se ha vuelto loco. Mantenga pulsado, de lo contrario sonará como el código Morse. O mejor, use la aldaba. Siempre hay alguien. ¡Publicidad no, gracias!».

Pippa Allsbrook apoyó todo el peso de su cuerpo en la puerta de arco de madera de roble. La había cerrado nada más ver el extraño paquete en los escalones de entrada, al parecer salido de ninguna parte.

Una sombrerera.

Parecía una sombrerera normal y corriente, con exterior de piel negra, ribete dorado y las letras «S H» grabadas en oro en la tapa hexagonal. Pero había sido el contenido o, para ser más exactos, el ruido que salía del objeto lo que la había desconcertado: un sonido insistente, agudo y penetrante, que, oído de cerca, no daba lugar a la más mínima duda.

Cuando Pippa levantó la tapa —que alguien había dejado sin encajar deliberadamente— fue tal la impresión que le flaquearon las piernas. Puso una mano en la columna del porche para recuperar el equilibrio y se llevó la otra al corazón desbocado antes de echar un nuevo vistazo a la caja.

No era posible.

Acurrucado en el papel de seda que forraba el interior había un precioso bebé de pocos días, envuelto en un arrullo amarillo pastel y llorando a moco tendido.

—Pero bueno, pequeñín. ¿Se puede saber de dónde demonios sales?

El llanto del niño se calmó cuando su mirada se encontró con la de Pippa.

—¿Puede haber una cosa más bonita que tú?

No era propio de Pippa decir zalamerías, pero aquella personita que tenía delante —un niño, a juzgar por el pelele azul— era perfecta, se mirara por donde se mirara. Tenía mechones dorados que recordaban al algodón de azúcar, mofletes regordetes como bizcochos y ojos de un azul palidísimo y tan penetrantes que parecían clavarse en los suyos.

Pippa se recogió la falda de tweed y se acuclilló en el escalón.

Metió con cuidado la mano en la caja. Primero secó el rastro plateado de lágrimas, a continuación acarició la nariz diminuta del niño con el pulgar y presionó con suavidad una, dos, tres veces como para asegurarse de que era de carne y hueso, y no un sueño.

—Cucú —se oyó decir con vocecilla cantarina—. Cucú…, cucú…, cucú.

El bebé, tranquilizado por el gesto, se quedó muy quieto.

Pippa lo miró. El bebé la miró a ella. Cerró sus manitas alrededor del dedo de Pippa y levantó los bracitos.

Le estaba pidiendo que lo cogiera.

Sin vacilar, Pippa le puso con cuidado una mano debajo de la cabeza y la otra debajo de la espalda y lo sacó de la caja.

—Chis —le susurró al oído—. Ya te tengo…, estás conmigo.

El niñito era tan increíblemente suave que Pippa no pudo evitar acercárselo a la cara. Con la piel de terciopelo en contacto con la suya, Pippa besó al niño en la cabeza, en la nariz, en el hoyuelo del mentón. Olía igual que el interior de una botella de leche, a pan recién horneado y a productos de cuidado corporal Imperial Leather.

Hasta que no se colocó el bebé en el hueco del codo, no lo vio. Un destello en los frondosos matorrales que flanqueaban el largo camino de grava. Un correteo. No era un animal escabulléndose, tampoco el viento agitando las ramas, sino una presencia humana. Pippa estuvo segura de ello. Había una persona allí. Alguien vigilaba.

Sal de ahí, quiso decir. Identifícate. ¿Por qué dejas aquí a este niñito? Pero en ese preciso momento el bebé sacó un puñito, se agarró al dedo corazón de Pippa y esta supo que los destinos de ambos se habían unido para siempre.

—Ya pasó —murmuró mientras mecía con suavidad al niñito de un lado a otro en la luz moteada de la mañana—. Estás a salvo.

En los sesenta y cuatro años que llevaba Pippa Allsbrook en este mundo, no había vivido una señal del destino tan poderosa como aquella. Era el misterio y la solución que llevaba buscando toda su vida. La pieza que le faltaba.

PARTE UNO

Recuadro dividido internamente en hexágonos que contienen una letra cada uno. De izquierda a derecha, de arriba a abajo: C, E, P, O, I, R, A, T, N, A, E, I, O , T, E, N.

1

2016

Clayton Stumper era un enigma.

Siempre lo había sido y ahora, a pocos metros del ataúd abierto de Pippa y en la víspera de su funeral, se temió que siempre lo sería.

Casi no tenía fuerzas para mirar.

Desde la otra punta de la antigua sala de billar atisbó su pelo, una nube plateada de mechones perfectamente ensortijados, y se fijó en las hombreras de su vestido de Givenchy, su preferido, que asomaban de la caja de pino alargada, forrada de terciopelo color rosa y adornada con un alegre surtido de gerberas moradas y blancas. Pippa había pedido que el lazo de la corona floral no llevara escrito ni «MADRE», ni «AMIGA» ni «PRESIDENTA», sino «ATSIMARGICURC».

En la floristería se habían hecho de rogar, pero era lo que Pippa había pedido y Clayton estaba resuelto a seguir sus instrucciones. Pippa seguía retando a sus amigos incluso desde el más allá.

El velatorio se celebraba en la sala más espaciosa y solemne del Club de los Acertijos. Había candelabros de bronce moteado fijados al empapelado de William Morris y, en la pared más larga, dos miradores vestidos con recargados cortinajes de borlas y vistas al parterre. El salón era el espacio del Club tradicionalmente reservado a actos solemnes —torneos de puzles, conferencias especiales, lanzamientos de productos—, sin embargo ahora tenía más aspecto de sala común de residencia de mayores. El inmaculado mobiliario barroco había sido reemplazado por sillones de orejas reclinables, mesas para hacer puzles y tableros para componer crucigramas, todos orientados al sol vespertino.

Faltaba una hora para que llegaran los invitados, de modo que Clayton había decidido acompañar a Pippa un rato. No le gustaba la idea de que estuviera sola. Pero en lugar de acercarse a ella directamente, se detuvo a cierta distancia y trató de reunir valor.

Llevaba toda la semana haciéndose el fuerte, fingiendo que estaba bien, cuando en realidad su mundo se había desmoronado y se encontraba perdido.

La sensación había empezado más o menos cuando Pippa cayó enferma. Un nuevo impulso se había apoderado de él: la necesidad de averiguar la verdad. De descubrir exactamente de dónde venía. Quiénes eran sus padres biológicos y por qué habían decidido dejarlo allí, en los escalones de entrada al Club, veinticinco años atrás. Antes no había sentido el apremio —el Club le había dado siempre todo lo que necesitaba, nunca le había faltado nada—, pero en cuanto comprendió que Pippa, la mujer que lo había criado como a un hijo, no viviría para siempre, Clayton empezó a sentir desarraigo.

Se distrajo ordenando el armario de los juegos en el rincón de la sala. Era la vitrina en la que guardaban material de trabajo: cuadernillos de instrucciones, fichas, canicas y rodamientos. A pesar de que Clayton había pegado un cartel pidiendo a los residentes que guardaran las cosas en su sitio después de usarlas, jamás estaba ordenado.

Junto a la atestada vitrina había una mesa de mahjong con tapete verde y, al lado, una enorme pizarra de caballete que, vista con la luz y el ángulo correctos, revelaba medio siglo de inscripciones hechas a tiza, adivinanzas y nonogramas, patrones y cuadrículas, en el trazo tenue de algunas de las mentes más brillantes de las islas británicas.

Clayton carraspeó, intentó decir «hola» a Pippa, pero no lo consiguió.

En la habitación reinaba un silencio insoportable.

El único sonido procedía de un gigantesco reloj de pie en la pared contraria, cuyo péndulo emitía un débil, pero autoritario tictac. Clayton procuró hacer oídos sordos. No tenía ganas de que le recordaran el paso del tiempo y lo poco que de él les quedaba a todos los residentes del Club. Deseó poder pulsar la tecla de pausa y que todo siguiera igual para siempre.

Cuando llegó a los pies del féretro, miró por primera vez a la mujer que yacía dentro.

Pippa Allsbrook.

La pionera de los crucigramas, polimatemática, presidenta del Club de los Acertijos y del consejo de administración de la Liga de Crucigramas Británica.

Clayton tuvo que reconocer que, incluso muerta, Pippa estaba espectacular. A los pies del ataúd se encontraban sus tesoros más preciados: su espejito de mano con incrustaciones de madreperla, un gastado ejemplar encuadernado en cuero de la Ciclopedia de rompecabezas de Sam Lloyd y una botella de su adorado Dom Pérignon, del que siempre guardaba una caja en el fondo de su armario, para poder descorcharlo en ocasiones especiales.

Pippa había muerto a los ochenta y nueve años, como no se cansaban de recordar a Clayton. «No deberíamos llorar, sino celebrar. Su vida, ¡su legado!». Por supuesto así era, pero… a Clayton eso no le proporcionaba ningún consuelo.

Antes de que le diera tiempo a arrepentirse, puso una mano en el féretro y se inclinó hasta tener la cara a unos milímetros de la de Pippa.

—Hola, Pip…

Silencio.

—Soy yo.

La piel cérea de Pippa no estaba solo pálida, sino acuosa, casi transparente, como una hoja de gelatina. Clayton contó las arrugas que salían de sus ojos igual que rayos de sol y comprobó que los de la funeraria le habían coloreado las mejillas hundidas, perfilado los labios, sombreado los párpados… con un tono más oscuro que el que solía usar ella.

Necesitó un gran esfuerzo para meter la otra mano en la caja, levantar la frágil muñeca de Pippa, que tenía en el regazo, y pasar su mano por debajo con suavidad, pero, cuando lo logró, el peso, el frescor le resultaron familiares. Hasta cierto punto, lo reconfortaron.

Antes de irse, Clayton buscó en su bolsillo trasero, sacó el crucigrama de The Times de ese día (núm. 27, 122) y lo encajó dentro del revestimiento de terciopelo a los pies de Pippa. Había contemplado la posibilidad de intentar resolverlo, pero le habían faltado ánimos. El dolor lo tenía aturdido, pero además, aun estando en plenas facultades, los crucigramas crípticos no eran su fuerte.

Clayton no era creador de acertijos. A diferencia del resto de residentes, él no había elegido vivir allí, sino que alguien lo había donado al Club. Y ahora tenía tantas preguntas, había tantas cosas que deseaba haber preguntado a Pippa… Pero era demasiado tarde.

Igual que el crucigrama sin hacer que acababa de esconder en el ataúd, él ya nunca obtendría las respuestas que explicaban quién era. Que lo completaban.

2

Planta baja de The Old Queen’s Head, Islington

MARTES, 7 DE AGOSTO DE 1979

Pippa se moría de ganas de beber algo con burbujas.

Estaba de pie en la barra del bar tratando de atraer la atención de una joven camarera con una perfecta espiral de pelo rubio platino en la coronilla que parecía una bola de helado en un cucurucho. Llevaba los pendientes de aro más grandes que había visto Pippa; tres en cada oreja, y tintineaban como campanillas mientras iba de un lado a otro esquivando con máxima habilidad su mirada ansiosa.

—¡Siguiente! —ladró la camarera con la vista fija en el atractivo joven que acababa de colocarse detrás de Pippa—. ¿Qué va a tomar?

Pippa suspiró y miró al techo con desesperación mientras el joven la rodeaba.

Desde que había cumplido los cincuenta años Pippa empezaba a sentirse como un producto de su imaginación. Se estaba volviendo invisible para el resto del mundo.

—¿Podría atenderme, por favor? —preguntó—. Ya sé que está ocupada, pero llevo un rato esperando.

—Enseguida estoy contigo, guapa —contestó la mujer sin levantar la vista del grifo de cerveza.

Pippa respiró hondo.

Llevaba diez minutos mirando nerviosa el trozo de espejo que tenía enfrente. La puerta por la que se subía al segundo piso se reflejaba en el espacio entre una botella de Bombay Dry y una de Bell’s. Había visto entrar a al menos diez personas mientras esperaba a que la atendieran. Su alivio era creciente. A pesar de la oleada inicial de interés, la había preocupado que no se presentara nadie a su convocatoria. Era el problema del mundo de los pasatiempos, que estaba lleno de personalidades introvertidas.

SALA DE REUNIONES SEGUNDA PLANTA

RESERVADA PARA ACTO PRIVADO

DESDE LAS 19.00 HASTA EL CIERRE

De pronto apareció el dueño del bar detrás de la barra: un tipo rollizo con una barriga redonda como una canica gigante, tan compacta que daba la impresión de que, si estornudaba, saldría disparada por una de las perneras de su pantalón.

Pippa intentó captar su atención poniéndose de puntillas para parecer más alta, pero el hombre estaba concentrado en vaciar una bolsa de calderilla en la bandeja de la caja registradora y en silbar Ski Sunday.

«Si me quedara en ropa interior —pensó Pippa—. Si me quitara toda la ropa o, mejor aún, me vistiera de hombre con un bigote postizo y un bombín, quizá conseguiría que me sirvieran una condenada copa».

La única persona que se había dado por enterada de su presencia era un caballero mayor sentado a unos taburetes de distancia.

Iba inmaculadamente vestido, con traje de chaqueta cruzada y raya diplomática y sombrero marrón de fieltro. Por el rabillo del ojo, Pippa lo había visto sacar monedas de un monedero de cuero y disponerlas sobre la barra como si se preparara para una partida de backgammon.

El caballero se pidió un vino de cebada y una bolsa de cacahuetes tostados que pagó con el cambio exacto —cincuenta y nueve peniques— que tenía preparado delante de él.

Pippa no le ponía nombre, pero estaba segura de conocerlo de algo. Su colonia —una vaharada de especias exóticas y fragancias amaderadas— también le resultaba familiar. Era Fabergé Brut. La misma fragancia con la que Melvyn Prado-Lee, un editor para el que había trabajado en el Telegraph, se rociaba generosamente, por lo general antes de salir a comer y volver oliendo a su amante.

Pippa tenía veintiún años y era una flamante graduada de la Universidad de Cambridge con grandes perspectivas y aspiraciones aún mayores cuando conoció a Melvyn, un hombre con el que se cruzaría varias veces a lo largo de su vida. Jamás había odiado tanto a nadie. En una ocasión había compuesto anagramas con su nombre, algo que le gustaba hacer con quienes le despertaban rechazo. Entre sus anagramas favoritos figuraban:

Eric Clapton. Narcoleptic. Narcoléptico.

Clint Eastwood. Old West Action. Acción en el Viejo Oeste.

Margaret Thatcher. That Great Charmer. La gran embaucadora.

Para Melvyn Prado-Lee se le había ocurrido Pervy Old Man, Viejo pervertido. Le iba como anillo al dedo.

El hombre mayor a su lado cogió la copa de vino de cebada de la barra y Pippa vio que llevaba una pequeña insignia azul en la solapa. El emblema de un globo terráqueo envuelto en una corona de laurel y rematado por las joyas de la Corona y las iniciales GCHQ. Pippa sabía que se trataba de una condecoración que los servicios secretos británicos concedían a sus empleados cuando se jubilaban, lo que quería decir que su propietario era nada menos que sir Derek Wadlow, legendario criptógrafo y maestro ajedrecista internacional. Pippa había asistido a una conferencia sobre criptología que había impartido años atrás en el Savile Club. Wadlow había formado parte del equipo que descifró el código Enigma en Bletchley Park.

Wadlow, que ahora debía rondar los ochenta y cinco años, se alejó de la barra caminando exageradamente despacio, como si se le hubiera caído algo muy pequeño y escudriñara el suelo tratando de encontrarlo. Cuando llegó al fondo del pub, cruzó la puerta que llevaba al segundo piso.

Pippa no daba crédito.

¿Sir Derek Wadlow quería unirse a su club de acertijos? Pero si era un veterano de Bletchley Park, un hombre que había contribuido a descifrar el código enemigo, sin duda uno de los criptógrafos más reputados de Gran Bretaña, es posible que hasta del mundo. Qué golpe maestro, menudo respaldo para el Club, y antes incluso de que estuviera en marcha.

El propósito que impulsaba el proyecto de Pippa era sencillo: reunir de manera periódica en el pub a amantes de los acertijos: expertos en crucigramas, enigmas, juegos de lógica, de trivia, en adivinanzas. No buscaba solo profesionales —pues estos eran muy contados—, también a aficionados entusiastas, a cualquiera que disfrutara resolviendo rompecabezas, que tuviera esa capacidad intelectual que requieren los juegos dificilísimos y los desafíos mentales.

A lo largo de su carrera de crucigramista, Pippa había atraído a un número considerable de seguidores. O, más bien, los había atraído su alter ego. Eran muchas las personas que escribían cartas dirigidas a «Doncel de Highbury Hill, Londres» y adjuntaban crucigramas recortados del periódico, con el tiempo que les había llevado completarlos apuntado como prueba de su pericia. En ocasiones hasta enviaban, con sobres ya franqueados, pasatiempos dibujados a mano con pistas crípticas para que Pippa los valorara y estampara en ellos su firma, a modo de marchamo real.

Unas semanas antes había enviado invitaciones a la reunión inaugural del Club a un selecto círculo de crucigramistas reputados. Los había animado a correr la voz entre sus conocidos y había insistido en que cualquier persona sería bienvenida. Bueno, en realidad quien había insistido era el Doncel de Highbury Hill.

Murray Salter, editor de crucigramas del Express, contestó a la invitación y prometió extenderla a todos los colaboradores de su sección; Clement Banks, campeón de la Liga de Scrabble de Reino Unido entre 1967 y 1972, aseguró que incluiría el anuncio en el programa de mano del siguiente torneo en el que participara. En poco tiempo la invitación llegó a todas las publicaciones periódicas y diarios del país y empezaron a llegar confirmaciones de asistencia.

—¿Has visto qué gente tan rara sube al segundo piso? —oyó Pippa que la camarera le susurraba al dueño del pub—. ¿Quiénes has dicho que eran?

El dueño se encogió de hombros.

—Yo solo apunto las reservas, Pam.

Pippa carraspeó tapándose la boca con la mano.

—Pero tienen un nombre, ¿no? —continuó la camarera, sin darse por aludida—. La Federación de no sé qué.

«Señor, dame fuerzas —pensó Pippa—. O por lo menos una copa de Asti Spumante».

—¿Y qué me dices del abuelete ese contando monedas? —siguió diciendo la camarera—. Como si llevara semanas ahorrando.

«Es millonario —tuvo ganas de decir Pippa—. Ese hombre es multimillonario porque salvó a este país usando solo su cerebro. Cualquiera de sus dedos del pie es más listo que vosotros dos juntos, berzotas».

El dueño escudriñaba una hoja de reservas que había cogido junto a la caja registradora.

—El Club de…, espera, sin gafas no veo.

—El Club de los Acertijos —intervino Pippa.

Los otros dos se volvieron y repararon en ella por primera vez. Pippa hizo un gesto con la mano como diciendo «hola, estoy aquí».

—Perdone, ¿cómo dice?

—El Club de los Acertijos —repitió Pippa—. Lo he fundado yo. Hoy es la sesión inaugural. Y empieza… —consultó su reloj— dentro de dos minutos y medio. Y ahora, ¿sería mucha molestia que me atendieran? Tengo que subir enseguida.

Pippa abrió su bolso y sacó su monedero. Odiaba que la pasaran por alto, y más todavía que se burlaran de ella, pero sobre todo estaba muy nerviosa.

—No pretendía ofenderla —dijo la camarera—. Lo que pasa es que los martes suele tocar dardos.

—Invita la casa, señora.

—Señorita, por favor —interrumpió Pippa sin poder evitarlo—. Y es muy amable. ¿Tienen algo con burbujas?

La camarera cogió el grifo de refrescos y apuntó a Pippa con él.

—Tengo tónica y soda. ¿Qué le apetece?

Momentos después, al pie de la escalera estrecha y enmoquetada, con un vaso de Campari con soda que en realidad no le apetecía nada, Pippa Allsbrook se recogió la falda de franela y subió en dirección al siguiente capítulo de su vida.

3

El velatorio de Pippa había empezado solo una hora antes y Clayton no recordaba haber visto nunca el salón tan lleno. Entre la concurrencia estaban ocho de los residentes actuales: Geoff Stirrup, el aritmético jefe, estaba enseñando a Jean Watkins, trivialista máxima, y a Earl Vosey, maestro de laberintos, algo sacado de su cartapacio. Era una cartera de gastado cuero marrón que llevaba a todas partes y contenía sus cálculos matemáticos, que garabateaba a toda prisa en trozos de papel verde cuadriculado y después guardaba sin atender a ningún criterio particular. De cuando en cuando Clayton encontraba alguna de estas notas por la casa, llenas de números, flechas, recuadros en blanco e instrucciones apenas inteligibles. Para él eran un galimatías y, sin embargo, solían terminar publicadas en alguno de los boletines cuatrimestrales del Club, en el blog o en alguna de las publicaciones externas en las que colaboraba habitualmente Geoff. Al parecer causaban furor.

Jean y Earl parecían no entender una palabra de lo que les explicaba Geoff, pero asentían con cara inexpresiva. A Geoff en ocasiones convenía seguirle la corriente, de lo contrario podía secuestrarte durante varias horas.

Repartidos por la sala estaban los demás: Eric, Nigel, Martin y Hector, todos charlando con invitados diversos. Estos incluían ilustres excampeones del mundo de los acertijos, antiguos miembros del comité de Mensa, la asociación internacional de personas de alto coeficiente intelectual, clientes, patrocinadores, limpiadores y jardineros.

Todos habían ido a presentar sus respetos, a rendir homenaje a la mujer que había fundado el Club y había hecho de él una comunidad próspera que, en su apogeo, había sido la primera productora y distribuidora de pasatiempos de Europa.

Todo el mundo parecía tener un vaso en la mano, y Clayton se alegró de ello. Era importante que lo pasaran bien.

Salió de espaldas por las puertas batientes que daban a la cocina y volvió momentos después con una bandeja de plata llena de entremeses: palitos de apio rellenos, tartaletas de cangrejo, pinchitos de queso y cebollitas encurtidas.

Los demás habían insistido en contratar un catering, pero Clayton se había negado en redondo. Lo cierto es que agradecía la distracción que le había supuesto preparar él mismo el aperitivo.

Dejó la bandeja en un escabel, se sirvió un jerez del carrito de bebidas —uno bueno, no el Harveys Bristol Cream que tomaba habitualmente—, sacó un cubo de queso cheddar de su palillo y masticó el bocado caliente y húmedo hasta que le revistió las paredes de la boca.

—Hola —dijo una voz a su espalda.

Clayton se volvió hacia una mujer joven que se había refugiado en un rincón de la sala. El resplandor del teléfono que tenía en la mano le iluminaba tenuemente la cara.

—Ah, hola —contestó Clayton agitando un dedo—. Eres… Amy, ¿verdad?

—Amber.

Clayton chasqueó los dedos fingiendo derrota.

—Casi. Soy un desastre para los nombres. Por favor, perdóname.

La joven sonrió, tensa.

Llevaba una camiseta negra con las palabras «Hotel California» estampadas en la parte delantera y vaqueros desgarrados a la altura de las rodillas, algo que al parecer estaba de moda.

Clayton había oído a la chica —nieta de Eric Stoppard, el creador de rompecabezas de madera— explicar antes a alguien que acababa de volver de un año de mochilera por Australia. Había trabajado recolectando fruta, en una escuela de surf y se había emborrachado casi cada noche. A Clayton no se le ocurrían maneras más desagradables de pasar el tiempo.

De pie en una esquina, la chica y él eran las dos personas más jóvenes, por una diferencia de al menos cincuenta años, de la habitación.

Eric Stoppard vivía en el último piso del Club y se relacionaba poco con los demás residentes. Había sido ingeniero mecánico —de lo más brillante— y ahora dedicaba su talento a crear rompecabezas de madera que se vendían como rosquillas cada Navidad. Eran el regalo perfecto para ese tío que apenas conoces.

A sus setenta y nueve años, acababa de ser nombrado ministro de Rompecabezas Mecánicos después de que Tony Hargreaves, su antecesor en el cargo, se mudara a una lujosa residencia de mayores en la Costa del Sol. Enviaba postales cada semana solo para dar envidia.

—Debe de ser un poco raro —comentó Amber antes de sorber de una botella de bebida espumosa de pera y hacer una mueca de asco— vivir aquí a tu edad.

—Pues la verdad es que no —contestó Clayton—. ¿Por qué debería ser raro?

—Bueno…

Amber miró la escena que se desarrollaba a espaldas de Clayton. Un pequeño grupo de personas se había congregado alrededor del sofá y disputaba una animada ronda de Diccionario, uno de los juegos de mesa preferidos de Clayton, mientras que Eric, el abuelo de Amber, fumaba un puro con la cabeza fuera de la ventana.

—Supongo que depende de lo que consideres raro —contestó Clayton encogiéndose de hombros—. Para mí es de lo más normal, y también para el resto de los que viven aquí.

—Pero ¿tú no eres…? No sé…, ¿joven?

Clayton se cerró la chaqueta y se abrochó un botón en el ojal que no era.

—¿Y eso qué tiene que ver?

La chica se encogió de hombros.

—Nada, supongo.

Clayton empezaba a estar incómodo. Amber lo miraba como mira un numismático una moneda antigua, examinándolo de pies a cabeza, desde la crema fijadora de pelo hasta los zapatos Oxford con brocado.

—Bueno, pues gracias por venir —dijo para zanjar la conversación—. Me he alegrado mucho de verte, Amy.

—Amber.

—Sí, perdona. Amber. Que te vaya muy bien.

De camino a reunirse con su amigo Earl, Clayton pasó junto al grupo que jugaba al Diccionario. Alguien gritó la palabra «guitonear», pero Clayton no oyó el resto de la frase y, aunque por lo general era el primero en unirse a los juegos, hoy no estaba de humor. Cuando se alejaba del grupo, vio a una señora de mediana edad sentada en el brazo del sofá a quien no reconocía, pero que no le había quitado el ojo en toda la tarde. En la cabeza llevaba un sombrero negro que recordaba un poco al neumático de un automóvil pequeño. Clayton la miró y los ojos de ambos se cruzaron un instante antes de que la mujer bajara los suyos.

Cuando encontró a Earl, Clayton le preguntó al oído:

—¿Quién es esa mujer de ahí? La del sombrero, a mi derecha.

Earl se giró sin disimulo y se quitó las gafas para inspeccionar a quien tenían detrás.

—¡No lo hagas de manera tan descarada, Earl!

Earl saludó a la señora con la mano. Cuando se volvió, sonreía de oreja a oreja.

—¡Es Nance! Más lista que el hambre. Tiene muy buen aspecto.

—Pero ¿quién es?

—¿Nancy? Vivió con nosotros cuatro años, hasta que… —Earl cerró los ojos un momento—. Ah, debió de ser justo antes de que tú llegaras.

Clayton se sentó más recto.

—¿Eran amigas Pip y ella?

Earl rio como si hubiera oído una obviedad.

—Uña y carne.

—¿Y cómo dices que se llama?

—Nancy Stone. La llamaban la Reina del Trivia.

Clayton volvió la cabeza, pero alguien se había levantado y puesto a dar golpecitos en una copa para avisar de un discurso, y los componentes del Club de los Acertijos empezaban a congregarse alrededor del féretro de su antigua presidenta.

Clayton se preguntó si podría hablar después con la señora Stone, si merecía la pena comprobar si recordaba algo del día en que llegó él al Club. No perdía nada con intentarlo.

Al aproximarse al ataúd, lo alegró ver a sus amigos con una copa de champán en una mano y una tartaleta de crema dentro de una servilleta doblada en otra. Eran las dos cosas que más gustaban a Pippa.

—Empieza a llegarnos nuestra hora, ¿verdad? —bromeó Hector señalando el ataúd con su zumo de naranja y derramando sin querer un poco en el cuerpo presente.

Debía de ser él quien había hecho tintinear su vaso para reunir a los socios; Clayton empezaba a pensar que disfrutaba de su recién estrenada autoridad desde la muerte de Pippa.

—A mí esta pérdida me ha dejado KO —añadió Earl, quien seguía al lado de Clayton—. Es difícil de asimilar, ¿no?

A modo de respuesta, Hector Haywood infló las mejillas.

—Otra más que muerde el polvo.

Hector Haywood medía apenas metro y medio y llevaba un tupido bigote bajo la nariz que parecía una tira de velcro. Solía vestir una camisa de franela con churretes de pintura y pantalones holgados, pero aquella noche había optado por un traje gris oscuro raído.

—Pero ella no era otra más, ¿verdad? —se oyó decir Clayton.

Todos se volvieron a mirarlo y le hicieron sitio en el círculo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Hector.

—Bueno… —Clayton supo que se estaba ruborizando—. De no ser por Pip, ninguno estaríamos ahora aquí, ¿no?

Jean y Earl, dos de los íntimos de Clayton, lo miraron con afecto y levantaron sus vasos en un gesto de aprobación; en cambio Hector resopló algo para sí y arqueó sus gruesas cejas blancas.

Lo curioso de Hector Haywood era que no hacía pasatiempos, no en el sentido estricto del término. Era artista. Su amplio catálogo de puzles era, hasta la fecha, y para desesperación de varios residentes del Club, la línea de productos que mejor se vendía. Sus pinturas a todo color retrataban pueblos costeros, cestos con gatitos enredados en ovillos de lana y abigarrados escaparates de pequeñas tiendas de barrio. Después se trasladaban a millones de piezas de puzles que aguardaban a ser resueltos en armarios de toda Inglaterra. Pero si los puzles de Hector eran siempre alegres, él era la infelicidad hecha persona. Siempre estaba irritado por alguna cosa y sus conversaciones solían consistir en retahílas de frases negativas. En las últimas semanas y a raíz de la muerte de Pippa, Clayton lo encontraba casi insufrible.

—Bien, ahora que estamos todos… —empezó de nuevo Hector—, tenemos que comenzar a pensar en el siguiente paso del Club. —Se apoyó en su bastón lacado para ponerse bien recto—. Sé que se está hablando de cancelar la feria de primavera, pero yo opino que deberíamos seguir adelante con ella.

Por unos instantes, nadie abrió la boca. Todos bajaron la cabeza y guardaron un silencio respetuoso alrededor del ataúd.

Una frágil mano que Clayton supo que era de Jean tiró de él para abrazarlo y casi notó el sabor de la laca de pelo Elnett cuando Jean le apoyó la cabeza en el hombro.

Jean Watkins era Trivialista máxima, eso decía una placa en la puerta de su dormitorio. Supervisaba los productos basados en juegos de cultura general y tenía una inteligencia afilada oculta bajo prendas de vestir blandas y esponjosas. Siempre estaba enfundada en un grueso jersey o una chaqueta de punto de vivos colores y apostada no muy lejos de la tetera del comedor, lista para ofrecer una taza a quien se prestara a ensayar sus preguntas con ella.

Clayton se fijó en que Jean llevaba sus hinchados pies embutidos en zapatos con lentejuelas —sus zapatos de fiesta— y se le puso un nudo en la garganta. Jean estaba dispuesta a bailar, a celebrar una vida vivida en plenitud, y quién podía culparla. A Clayton empezó a temblarle la barbilla y, para disimular, bajó la cabeza y arañó la punta de uno de sus zapatos contra el suelo, la clavó con fuerza en la alegre alfombra del color del jarabe para la tos.

—Venga, chicos —dijo Earl—. Pippa no querría vernos lloriqueando y lo sabéis. ¿Hacemos un brindis?

—Qué buena idea —dijo Jean con una gran sonrisa—. A estas alturas de la velada, Pippa ya estaría haciendo eses. Venga esa copa, caramba.

—¿Y si abrimos el Dom? —preguntó Hector mirando la botella encajada en el ataúd a los pies de Pippa. Y antes de que nadie pudiera detenerlo, procedió a quitar el papel de aluminio al corcho del Dom Pérignon—. Es una pena desperdiciarlo.

Empezó a servirlo en las copas mientras los demás miraban a Pippa, quien tenía aspecto, decidió Clayton, de estar echando un sueñecito en plena fiesta. De un momento a otro se uniría a ellos, estaba seguro.

—A nuestra reina críptica. —El brindis lo hizo Earl porque Hector no bebía alcohol—. La gran dama de los crucigramas.

Se señaló la insignia dorada del Club que llevaba en la solapa.

VENI, VIDI, SOLVI.

El lema latino grabado en las insignias también figuraba en el membrete de los artículos del Club, en el papel de cartas, los tarjetones de felicitación y las facturas.

LLEGUÉ, VI, RESOLVÍ.

Clayton miró el círculo de socios. Todos parecían orgullosos de la insignia que llevaban en la solapa. Clayton aún no había recibido la suya y en un día como aquel lo tenía más presente que nunca.

Todos allí se habían ganado su entrada en el Club por méritos propios excepto él.

—En nombre de todos los miembros del Club —anunció Jean dando un paso al frente con sus zapatos de lentejuelas y tapándose la boca para no llorar—, gracias por lo mucho que has hecho por nosotros. Has sido no solo nuestra líder, sino también nuestra casera, nuestra confidente, nuestra musa y nuestra amiga.

Clayton levantó su copa.

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