Guzmán de Alfarache

Mateo Alemán

Fragmento

Introducción

INTRODUCCIÓN

1. PERFILES DE LA ÉPOCA

A Mateo Alemán (1547-después de 1615) le tocó vivir exactamente en la misma época que a Miguel de Cervantes (1547-1616). Esto es, sus vidas abarcan tres reinados de los Siglos de Oro: los últimos años del de Carlos I (1517-1556), la totalidad del de Felipe II (1556-1598) y casi todo el de Felipe III (1598-1621); quizás, el periodo más controvertible –con la supuesta grandeza imperialista a espaldas– de nuestra España áurea, a la vez que, paradójicamente, el más esplendoroso de nuestra literatura clásica. Más en concreto, el autor lleva a cabo su actividad literaria, aproximadamente, en los años finales del XVI y en los primeros del XVII: en el cogollo mismo de lo que solemos denominar “Siglos de Oro”, con el Renacimiento y el Barroco siempre a vueltas desde ese eje central que es el fin de siglo, tanto para la decadencia histórica como para la eclosión literaria española. Y lo mismo que Cervantes –aunque desde supuestos y por derroteros muy diferentes–, tuvo que asumir biográfica y estéticamente aquella coyuntura histórico-artística para erigir su obra en “atalaya” de su tiempo: el autor del Quijote enfocándola desde su mirada “prismática”, comprensiva y grandiosa como ninguna otra; el redactor del Guzmán retratándola con ceño “dogmático”, intransigente y renegón como el de pocos, pero no por ello menos comprometido ni relevante desde un punto de vista literario. Al contrario, casi por los mismos años, un galeote arrepentido y un hidalgo chiflado se prestaban dócilmente a protagonizar las formas de vida ideadas por sus creadores para levantar acta de las miserias contrarreformistas hispanas; aunque desde polos opuestos, ambos lo lograrían magistralmente, cimentando así, entre Guzmanes y Quijotes, lo que terminaría alzándose como “la novela moderna”.

Desde un punto de vista histórico y político, en efecto, durante el periodo en cuestión, la España Imperial, con todo su esplendor, es conducida hasta su desmoronamiento definitivo que no tardaría demasiado en llegar: en los últimos años de Felipe II merma alarmantemente la hegemonía exterior (Armada Invencible); luego, con Felipe III, arrecia el resquebrajamiento interior y, en fin, con el cuarto Felipe cuaja la ruina más absoluta (separación de Portugal, independencia de Holanda, etc.); la Paz de Westfalia (1648) daría la puntilla a un Imperio decadente desde hacía tantos y tantos años. Las incesantes guerras exteriores –ya expansionistas, ya religiosas–, el endeudamiento y la presión de los banqueros extranjeros (los Fúcares, esencialmente), la emigración a las Indias y el retorno muchas veces fracasado, la despoblación y el abandono del campo, las pestes, la inexorable expulsión de los moriscos..., sumieron ciertamente a la España áurea en una insalvable penuria económica, luego agravada por el gobierno veleidoso de los grandes validos y privados (el duque de Lerma o el conde-duque de Olivares servirán de ejemplos inequívocos).

Al mismo tiempo y compás, el humanismo renacentista, tan atento a la tradición medieval, a la vez que tan abierto de miras y tan impregnado de las ideas reformistas de cariz erasmiano, queda soterrado por la cerrazón y las intransigencias contrarreformistas hispanas. Los españoles seguirán inmersos en su obsesión casticista de cuño religioso, con sus distingos entre cristianos viejos y nuevos (judíos y moros convertidos recientemente al catolicismo), según marcan los consabidos estatutos de limpieza de sangre, atizando así vivamente el malestar social (comercio de títulos seudonobiliarios, represión inquisitorial convertida en espectáculo público mediante los Autos de Fe, expulsión masiva de los moriscos, etc.) y obstaculizando catastróficamente el desarrollo económico (exención de tributos a los nobles, desprecio del trabajo manual, condena de la actividad financiera, etc.). La decadencia histórica estaba garantizada desde todos los frentes: militar, político, económico, social, religioso..., pero –afortunadamente– de sus cenizas renacería la Edad Dorada de nuestra literatura clásica.

Afortunadamente –decimos–, en contraste frontal con la crisis generalizada, durante los años que nos ocupan escriben nuestros autores más sobresalientes (Fray Luis, San Juan, Alemán, Cervantes, Lope, Góngora, Quevedo, etc.) y, como consecuencia, ven la luz las obras clásicas por excelencia de nuestra historia literaria (el Quijote, Fuenteovejuna, las Soledades, el Buscón... y, claro está, las dos partes del Guzmán de Alfarache), a la vez que se perfilan poco a poco sus grandes géneros: la novela moderna, el teatro clásico y la poesía lírica; o lo que tanto monta, Cervantes, Lope y Góngora. Gracias a tan frenética y fructífera actividad creativa, el legado renacentista, de ascendente italiano, se aclimata definitivamente a la cultura hispana impuesta por las circunstancias históricas antes reseñadas: la literatura adquiere el cuño “áureo” del Barroco y, en consecuencia, las grandes ficciones idealistas del quinientos ceden su espacio a una cosmovisión desilusionada y pesimista, donde parecen imperar solo el engaño y el desengaño; en la misma línea, los perfiles rectilíneos y heroicos del XVI se ven suplantados por un canon artístico cifrado en el extremismo y la desproporción, sin más objetivos que el retorcimiento y la distorsión; y, por el mismo camino, el “escribo como hablo”, tenido por ideal estilístico desde Valdés, deja paso al conceptismo y al culteranismo, encaminados a potenciar y complicar hasta el delirio las posibilidades ya semánticas, ya estéticas, del lenguaje.

Pero lo importante aquí es notar que Mateo Alemán –sin alcanzar la talla de un Cervantes, de un Lope ni de un Góngora– supo aproximarse, ocasionalmente, a la literatura para levantar acta del panorama cultural que dejamos descrito con un compromiso ideológico y una gravedad admirables, a la vez que con una talla artística nada desdeñable. Y lo logró de un plumazo: le bastó con su Guzmán de Alfarache tan sólo para instalarse como autor de moda en el panorama literario de comienzos de siglo. En sus páginas, nos ofrece la más vasta enciclopedia de la cultura de su tiempo, capaz de abarcar desde los cuentecillos más insulsos o los aranceles más jocosos, hasta las más severas denuncias sociológicas, sin descuidar la problemática religiosa o moral. Por eso, las peripecias de su protagonista se alzarían como paradigma del Pícaro y desencadenarían nada más y nada menos que un nuevo género: “la novela picaresca”.

AÑO AUTOR-OBRA HECHOS HISTÓRICOS HECHOS CULTURALES
1547 Descendiente de conversos, Mateo Alemán es bautizado, el 28 de septiembre, en la iglesia de San Salvador (Sevilla). Batalla de Mühlberg. Enrique II sucede a Francisco I en Francia. J. Fernández: Don Belianís de Grecia (1547-1579).
1554 El futuro Felipe II, hijo de Carlos V, casa con María Tudor y es nombrado rey de Nápoles. Aparecen las cuatro primeras ediciones del Lazarillo de Tormes
1555 Paz de Augsburgo. D. Ortúñez de Calahorra: El caballero del Febo.
1556 Abdicación de Carlos V y coronación de Felipe II. M. de Ortega: Felixmarte de Hircania.
1557 Hernando Alemán, su padre, es nombrado médico y cirujano de la Cárcel Real de Sevilla.
1558 Mueren Carlos V y María Tudor. Dieta de Francfort. Advenimiento de Isabel de Inglaterra.
1559 Paz de Cateau-Cambrésis. Felipe II casa con Isabel de Valois. J. de Montemayor: La Diana.
1561 La Corte se traslada a Madrid, capital del reino. Historia del Abencerraje y de la hermosa Jarifa.
1563 Comienzo del Escorial. Fin del Concilio de Trento Pedro de Luján: El caballero de la Cruz (II).
1564 Se gradúa de Bachiller en Artes y Filosofía en la Universidad de Maese Rodrigo (Sevilla). Inicia estudios de Medicina en Sevilla, que luego sigue en Salamanca y Alcalá. Fracaso turco ante Orán. G. Gil Polo: La Diana enamorada. A. de Torquemada: Don Olivante de Laura.
1565 Fracaso turco en Malta. Revuelta de los Países Bajos. J. de Contreras: Selva de aventuras. J. de Timoneda: El Patrañuelo.
1566 Compromiso de Bredá. El duque de Alba gobernador de los Países Bajos. L. de Zapata: Carlo famoso.
1567 Muere su padre en Sevilla.
1568 Muere su padre en Sevilla. Mueren el príncipe Carlos e Isabel de Valois. Sublevación de los moriscos de Granada en las Alpujarras. B. Díaz del Castillo: Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.
1569 Represión de los moriscos, al mando de Juan de Austria. A. de Ercilla: La Araucana. J. de Timoneda: Sobremesa y alivio de caminantes.
1570 Los turcos ocupan Chipre. Felipe II casa con Ana de Austria. Se organiza la Liga Santa. A. de Torquemada: Jardín de flores curiosas.
1571 Se casa, por deudas, con Catalina de Espinosa, y se establece en Sevilla, pero viaja a la Corte con frecuencia. Batalla de Lepanto. Fin de la guerra de las Alpujarras.
1572 Fr. Luis de León es encarcelado por la Inquisición. L. de Camoens: Los Lusiadas.
1573 Vende en Sevilla una esclava morisca. Don Juan de Austria toma Túnez y La Goleta. Mateo Vázquez secretario de Felipe II. J. Huarte de San Juan: Examen de ingenios.
1574 M. de Santa Cruz: Floresta española. El Brocense comenta a Garcilaso. Fundación del corral de La Pacheca en Madrid.
1575 Segunda bancarrota de Felipe II.
1576 Se encarga de cobrar las rentas del Almojarifazgo Mayor de lanas de Sevilla. Don Juan de Austria, regente de los Países Bajos. Fr. Luis de León es liberado.
1577 Hasán Bajá rey de Argel. San Juan de la Cruz es apresado.
1578 Redacta las reglas de la Hermandad de los Nazarenos de Sevilla, de la que es Hermano Mayor. Asesinato de Juan de Escobedo, secretario de don Juan. Proceso contra Antonio Pérez. Muere don Juan de Austria. Sebastián de Portugal muere en la batalla de Alcazarquivir. Nace el futuro Felipe III. Ercilla: Segunda parte de La Araucana.
1579 Ercilla: Segunda parte de La Araucana. Caída de Antonio Pérez. Se inauguran los primeros teatros madrileños.
1580 Se matricula en Leyes en la Universidad de Maese Rodrigo. Es encarcelado en la Cárcel Real de Sevilla por deudas. Felipe II es nombrado rey de Portugal. P. de Padilla: Tesoro de varias poesías. F. de Herrera: Anotaciones a las obras de Garcilaso. T. Tasso: La Jerusalén liberada.
1581 Independencia de los Países Bajos.
1582 Planea marcharse, con su mujer y criados a Perú y se hace apellidar “de Ayala”, pero no se va. F. de Herrera: Poesías. L. Gálvez de Montalvo: El pastor de Fílida.
1583 Actúa como Juez de Comisión para revisar las alcabalas de Usagre (Badajoz) y encarcela a un alguacil y al alcaide, por lo que él mismo irá a la Cárcel Real de Madrid. Lope de Vega participa en la expedición a la isla Terceira P. de Padilla: Romancero. J. de la Cueva: Comedias y tragedias. Fr. Luis de León: De los nombres de Cristo.
1584 Felipe II se traslada al Escorial. J. Rufo: La Austriada.
1585 Es nombrado “Contador de Resultas de su Majestad” en Madrid. P. de Padilla: Jardín espiritual. San Juan de la Cruz: Cántico espiritual. Santa Teresa: Camino de perfección.
1586 Adquiere un solar y comienza a edificarse una casa en la calle del Río de Madrid. L. Barahona de Soto: Las lágrimas de Angélica. López Maldonado: Cancionero.
1587 Comienzan los preparativos para la Armada Invencible. Lope de Vega es desterrado de Madrid. C. de Virués: El Monserrate. B. González de Bobadilla: Las ninfas y pastores de Henares.
1588 Fracaso de la Armada Invencible El Greco: El entierro del conde de Orgaz. Santa Teresa: Libro de la vida y Las Moradas.
1590 Antonio Pérez se fuga a Aragón.
1591 Es herido por el taco de una salva de artillería en Cartagena. Es nombrado Juez Visitador para revisar el estado de las minas de Almadén, arrendadas por los Fúcares a la Corona y explotadas con mano de obra de galeotes. Revuelta de Aragón A. de Villalta: Flor de varios y nuevos romances. B. de Vega: El pastor de Iberia.
1593 Actúa como Juez Visitador en las minas de Almadén.
1594 Anda metido en diversos negocios mercantiles y administrativos en Madrid.
1595 Anda metido en diversos negocios mercantiles y administrativos en Madrid. G. Pérez de Hita: Guerras civiles de Granada.
1596 Saco de Cádiz por los ingleses, al mando de Howard y Essex. A. López Pinciano: Philosophía antigua poética. J. Rufo: Las seiscientas apotegmas.
1597 Por estos años, traduce algunas odas horacianas. Termina la Primera parte del Guzmán de Alfarache.
1598 Prologa los Proverbios morales de Alonso de Barros. Paz de Vervins con Francia. Muere Felipe II. Felipe III, rey. Gobierno del duque de Lerma. Se decreta el cierre de los teatros. Lope de Vega: La Arcadia y La Dragontea.
1599 Se publica la Primera parte del Guzmán de Alfarache (Madrid, Várez de Castro), que obtiene gran éxito. Epidemia de peste en España. Felipe III casa con Margarita de Austria. Lope de Vega: El Isidro.
1600 Se abren los teatros. Nace P. Calderón de la Barca. Romancero general de 1600.
1601 Sigue comerciando con mercancías diferentes y tratos nada claros. Se instala en Sevilla, con un ama de llaves y dos hijos (Ana y Antonio); sin su esposa. La Corte se traslada a Valladolid. J. de Mariana: Historia de España.
1602 Conoce e intima con Francisca Calderón, cuya fortuna administra. Hace amistad con Lope de Vega. Autoriza a su primo, J. Bautista del Rosso, a imprimir 1.750 ejemplares del Guzmán. Es encarcelado, de nuevo, por deudas. Juan Martí publica, bajo el seudónimo de Mateo Luján, la Segunda parte [apócrifa] del Guzmán de Alfarache (Valencia).
1603 Revoca a su mujer los poderes para cobrar las rentas de una de sus casas en Sevilla. Inicia la publicación del San Antonio de Padua. Muere Isabel de Inglaterra. A. de Rojas: El viaje entretenido. F. de Quevedo redacta El Buscón.
1604 Se publica el San Antonio de Padua (Sevilla, Clemente Hidalgo). Marcha a Lisboa, donde publica la Segunda parte del Guzmán de Alfarache (Pedro Crasbeeck). Toma de Ostende. M. Alemán: Guzmán de Alfarache (II). Lope de Vega: Primera parte de Comedias y El peregrino en su patria.
1605 Regresa a Sevilla, donde vuelve a dedicarse a las transaciones comerciales. Nacimiento del futuro Felipe IV. Embajada de lord Howard. F. López de Úbeda: La pícara Justina
1606 La Corte vuelve a trasladarse a Madrid.
1607 Decide irse a México, para lo cual soborna a Pedro de Ledesma (Secretario Real del Consejo de Indias), cediéndole sus casas madrileñas y los derechos de sus obras publicadas. Nueva bancarrota en España. J. de Jáuregui: Aminta.
1608 Embarca para México en compañía de tres hijos (Francisca, Margarita y Antonio) y de una sobrina (Catalina); pero Francisca es más bien su amante. Viaja también Fray García Guerra, arzobispo de México.
1609 Publica su Ortografía castellana (México, Jerónimo Balli). Prologa la Vida de... Ignacio de Loyola, de Luis de Belmonte. Ejerce como Contador de la Universidad. Tregua de los Doce Años en los Países Bajos. Se decreta la expulsión de los moriscos. Lope de Vega: Arte nuevo de hacer comedias.
1610 El conde de Lemos es nombrado virrey de Nápoles. Toma de Larache. Enrique IV es asesinado en Francia.
1611 Muere Margarita de Austria. Fray García Guerra es nombrado Virrey de México.
1612 Muere Fray García Guerra. D. de Haedo: Topographía e historia general de Argel. J. de Salas Barbadillo: La hija de Celestina. Lope de Vega: Tercera parte de comedias y Los pastores de Belén.
1613 Publica los Sucesos de Fray García Guerra... (México, Viuda de Pedro Balli). Comienza la Guerra de los Treinta Años. L. de Góngora: Primera Soledad y El Polifemo.
1614 El príncipe Felipe casa con Isabel de Borbón A. Fernández de Avellaneda: Segunda parte del Quijote. Lope de Vega: Rimas sacras.
1615 Reside en Chalco. Luis XIII de Francia casa con Ana de Austria, hija de Felipe III. Isabel de Borbón, futura reina, llega a España.

3. VIDA Y OBRA DE MATEO ALEMÁN

Aunque Mateo Alemán logró hacerse un hueco de privilegio –sosteníamos más arriba– en el panorama históricoliterario de su tiempo –llegando a instalar al Guzmán de Alfarache como el best-seller de comienzos de siglo–, salta a la vista que no lo tuvo nada fácil: su peripecia biográfica discurre entre penurias y adversidades de toda suerte (denuncias, encarcelamientos, sinsabores familiares, etc.), en tanto que su literatura ha de codearse con los mayores ingenios del reino (con Cervantes, sin ir más lejos). Diríamos que una y otra, vida y creación, estuvieron presididas, e indeleblemente marcadas, por los motivos emblemáticos que adornaban el retrato usado por el autor como frontispicio de sus escritos: el escudo con el águila bicéfala (con su presunción germana e imperialista) y la empresa de la araña y la culebra (con su leyenda: “Ab insidiis non est prudentia”). Los dos parecen testimoniar la angustia, pesimista y desesperada, del desgarro existencial propio del converso en la sociedad áurea, que luego dejan translucir las experiencias y las creaciones del sevillano. Acaso, una existencia no auspiciada sino por la amargura de la impureza de sangre, como trasfondo de una obra ensombrecida por un pesimismo irrespirable:

«Este camino corre el mundo. No comienza de nuevo, que de atrás le viene al garbanzo el pico. No tiene medio ni remedio. Así lo hallamos, así lo dejaremos. No se espere mejor tiempo ni se piense que lo fue el pasado. Todo ha sido, es y será una misma cosa. El primero padre fue alevoso; la primera madre, mentirosa; el primero hijo, ladrón y fratricida. ¿Qué hay ahora que no hubo, o qué se espera de lo por venir? (Guzmán, I-III-1).»

Y es que, efectivamente, “de atrás le viene...”, pues la rama paterna del escritor descendía de un judío sevillano quemado en la hoguera inquisitorial a finales del siglo XV.

Pero, sea de ello lo que fuere, el hecho es que Mateo Alemán, nacido de las segundas nupcias de Hernando Alemán con Juana del Nero, fue bautizado, el 28 de septiembre de 1547, en la iglesia de San Salvador (Sevilla). Aunque su progenitor obtendría, diez años después, el puesto de médico y cirujano de la Cárcel Real de Sevilla, bien se deja entrever el ambiente de privaciones, y quizás de marginación, que nuestro escritor hubo de compartir con sus tres hermanos en su infancia.

No obstante, el joven se dedicó desde temprano a los estudios, que no abandonaría hasta 1568, poco después del fallecimiento de su padre, abriendo así una etapa de formación que abarca dos momentos fundamentales: primero, como alumno de Juan de Mal Lara, o del colegio de los Jesuitas, para terminar graduado, en 1564, de bachiller en Artes y Teología en el Colegio de Santa María de Jesús (la comúnmente llamada Universidad de Maese Rodrigo), y, por tanto, convertido en experto conocedor de las artes y maneras retóricas tan presentes en sus textos; luego, como estudiante de Medicina en las Facultades de Sevilla, de Salamanca y de Alcalá, pese a lo cual dejaría la carrera en el cuarto año, sin obtener el título, pero sin dejar por ello de nombrarse licenciado. Su indudable vocación académica –o mercantilista– lo llevaría, años después (en 1580) a matricularse en Leyes en la mencionada Universidad sevillana, pero el intento no pasaría de amago, pues sus negocios turbios truncan el intento. Con todo, tres carreras –peor o mejor culminadas– no es mal bagaje aun para un hombre de letras del tiempo, cuanto más para un galeote metido a redactor de sus propias miserias...

En efecto, si alargamos una primera etapa de formación de Mateo hasta el año 80, ésta se verá solapada por el que consideramos periodo central: el que abarca desde la muerte del padre (1567), con el abandono de los estudios de medicina (1568), hasta que se consagra a la literatura (sobre 1597). Se trata de una etapa mercantilista y burocrática cuajada de negocios turbios y de infortunios judiciales. Así, ya en el 68 está endeudado con un mercader genovés, y no se le ocurre para salir del paso sino comprometerse en matrimonio con Catalina de Espinosa; compromiso que le haría cumplir, en 1571, el tutor de su novia para mal de la pareja, pues el marido, no contento con abandonar a la esposa, llegaría a negarle todo amparo económico. Entre tanto, anda metido –como si de otro Guzmán se tratase– en ventas, recaudaciones y compras varias que acaban con sus huesos en la cárcel de Sevilla (1580), dando así al traste con su recién iniciada carrera de Leyes. Tantea después (1582) marcharse al Perú, con su esposa y criados, haciéndose apellidar “de Ayala”, pero no lo consigue.

Los dos hechos fundamentales de esta etapa central vienen dados por sus actuaciones burocráticas –honestas y rectas en la misma medida que frustrantes para él–, como funcionario de la Corona. En 1583, es nombrado Juez de Comisión, al servicio de la Contaduría Mayor, para examinar las cuentas relativas a las alcabalas de Usagre; ni corto ni perezoso y a cajas destempladas, libera a dos presos y detiene al alguacil y al alcaide (ver “Opiniones”), lo que le acarrearía un nuevo encarcelamiento (ahora en la Cárcel Real de Madrid), del que se libera enseguida para dedicarse a edificar casa propia en Madrid y seguir ejerciendo el cargo de Contador, no sin algún incidente (en 1591, en Cartagena, es golpeado en la cabeza por el taco de una salva de artillería, sin mayores consecuencias). Diez años después (en 1593), es nombrado Juez Visitador, ahora con el cometido de inspeccionar el estado y funcionamiento de las minas de Almadén, arrendadas por los Fúcares a la Corona y cuya mano de obra estaba a cargo de condenados a galeras; y lo hizo con su diligencia habitual, aunque en balde, pues los poderosos banqueros, ante las irregularidades que se iban descubriendo, lograron pararle los pies al juez, acaso dejándole bien claro al escritor que “ab insidiis...”. Poco costará imaginar el impacto que tales experiencias hubieron de provocar en Alemán, e incluso el desánimo que debió de sentir el pulcro funcionario, pero lo importante es resaltar que de ahí arranca su carrera como escritor y que en tan amargas vivencias se cimenta la cosmovisión imperante en el Guzmán de Alfarache. Bien lo testimonia el alférez Luis de Valdés en su “Elogio” a la Segunda parte de la novela:

«Y, como sabemos, dejó de su voluntad la Casa Real, donde sirvió casi veinte años, los mejores de su edad, oficio de Contador de Resultas de Su Majestad el rey Felipe II, que está en gloria, y en otros muchos muy graves negocios y visitas que se le cometieron, de que siempre dio toda buena satisfacción, procediendo con tanta rectitud, que llegó a quedar de manera pobre, que, no pudiendo continuar sus servicios con tanta necesidad, se retrujo a menos ostentación y obligaciones.»

Gracias –digámoslo así– a tales sinsabores y descalabros, Mateo Alemán, aunque forzado a ganarse la vida con sus mercaderías y usuras de siempre, vuelve los ojos a la literatura para emprender, hacía 1594, la tercera y última etapa de su vida: la de escritor. Y no es que las cosas hayan cambiado demasiado, pues volveremos a toparnos con lo habitual: negocios turbios (compraventa fraudulenta a Miguel López, en 1601), relaciones personales discutibles (con Francisca Calderón, en Sevilla, hacia 1602, que terminaría siendo su amante), tratos con familiares (faculta a su primo, Juan Bautista del Rosso, en 1602, para que imprima 1.750 ejemplares del Guzmán), nuevos encarcelamientos (en el mismo año y ciudad, por deudas con Miguel López), etc. Lo novedoso es –decimos– que el viejo funcionario, un tanto decepcionado, se entrega de lleno a la creación literaria en estos últimos años del siglo XVI; y la cosecha no es parva:

—Traduce dos Odas de Horacio (II, X y XIV), centradas en temas marcadamente ascéticos: el menosprecio del mundo y la fugacidad de la vida.

—Se cartea con Cristóbal Pérez de Herrera, el autor del Amparo de Pobres (Madrid, 1598), tan decisivo para entender el Guzmán.

—Prologa los Proverbios morales, de Alonso de Barros (Madrid, 1598).

—Publica la Primera parte del Guzmán de Alfarache (en 1599, aunque lo tenía acabado desde 1597), claramente planeado como empresa de altos vuelos, pues se nos ofrece redactado desde el final de una Segunda parte sin la cual carece de sentido alguno. Aunque autor novel, con él obtiene un éxito fulgurante y clamoroso; éxito, empero, que ni lo sacará de pobre ni dejará de acarrearle nuevos quebraderos de cabeza: dos años después de su aparición, la mencionada Segunda parte legítima se ve atajada por la aparición, en Valencia, de una continuación apócrifa rubricada por un tal Mateo Luján de Sayavedra (“por haber sido pródigo comunicando mis papeles y pensamientos, me los cogieron a el vuelo”, se quejará en el prólogo “Al lector” de 1604), del que dará buena cuenta en la suya propia.

—Mientras anda a vueltas con el Guzmán, saca tiempo para terminar, a marchas forzadas, La vida y milagros de San Antonio de Padua (Sevilla, Clemente Hidalgo, 1604), organizada narrativamente a modo de las viejas hagiografías (biografía, milagros en vida y milagros póstumos) e imbuida de multitud de digresiones ascéticas, entretejidas con los mismos procedimientos retóricos que informan a su relato picaresco.

—Acto seguido, viaja a Lisboa, donde verá la luz la Segunda parte del Guzmán de Alfarache, atalaya de la vida humana (Pedro Crasbeeck, 1604), que prosigue el relato original de 1599 con toda propiedad, pero teniendo siempre a la vista el apócrifo de 1602, para desautorizarlo haciendo que su protagonista se autodeclare “falso Guzmán”.

Tras este atracón literario y algún que otro negocio de marras (compras para terceros y negociación de comisiones ajenas, entre 1605 y 1606), sólo resta un nuevo intento, ahora logrado, de partir hacia las Indias, quizás hastiado de los sinsabores patrios. Logrado –eso sí–, por las vías y procedimientos de siempre: “sobornando” discretamente al Secretario del Consejo de Indias, Pedro de Ledesma, para que diese el visto bueno a la cédula del escritor –pese al “tufo” judío de su linaje– y acompañantes (tres hijos –pero una de ellas no es tal, sino su amante de siempre: Francisca Calderón–, una sobrina y dos criados), previa donación de sus casas de Madrid y de los derechos en vigor de sus obras. Así, en 1608, embarca rumbo a México, donde proseguirá dedicado a sus desvelos literarios, bajo la protección de Fray García Guerra (arzobispo y luego virrey de la ciudad), mientras ejerce como Contador de la Universidad. Fruto de estos últimos esfuerzos son:

—La Ortografía castellana (México, Jerónimo Balli, 1609), en la vieja línea reformista empeñada en amoldar la ortografía a la fonética, evitando repeticiones y confusiones gráficas.

—Un prólogo a la Vida del Padre Maestro Ignacio de Loyola, de Luis de Belmonte Bermúdez, publicada en 1609.

—En fin, los Sucesos de fray García Guerra, Arzobispo de México, a cuyo cargo estuvo el gobierno de la Nueva España (México, Viuda de Pedro Balli, 1613), redactados al calor de la muerte del arzobispo (1612) y en laude de su efímera actuación como virrey de la Nueva España.

El último dato que conocemos de su ajetreada vida es que en 1615 residía en Chalco, sin que conservemos noticia del final de sus días.

4. Guzmán de Alfarache

Evidentemente, ante un panorama biográfico y creativo tan anodino, lo primero que nos llama la atención es la singularidad y desproporción de La vida del Pícaro, como también fue nominado; su descomunal envergadura y extraordinaria grandeza histórico-literaria, alineadas al par de unos cuantos títulos insignificantes e incluso, si se quiere abarcar más, comparadas con la producción narrativa de finales de siglo. Porque –repárese con detenimiento– el Guzmán de Alfarache es obra de autor inexperto y tardío, aficionado como ningún otro a las monsergas moralizadoras condenadas a la sepultura del olvido, y sin embargo, sorprendentemente, obtuvo un éxito rutilante apenas vio la luz de las prensas, para instalarse como best-seller inamovible en su tiempo:

«¿Quién como él en menos de tres años y en sus días vio sus obras traducidas en tan varias lenguas, que, como las cartillas en Castilla, corren sus libros por Italia y Francia? [...] ¿De cuáles obras en tan breve tiempo se vieron hechas tantas impresiones, que pasan de cincuenta mil cuerpos de libros los estampados, y de veinte y seis impresiones las que han llegado a mi noticia que se le han hurtado, con que muchos han enriquecido, dejando a su dueño pobre? (Valdés, “Elogio” a la Segunda parte).»

Pero es que, además de arrasar en el panorama editorial, brilla con luz propia y descuella entre las obras de su tiempo por múltiples razones, tanto estéticas como éticas; a buen seguro, sus páginas están cuajadas de importancias de gran calado: ofrecen, con alcance enciclopédico, una verdadera miscelánea de la cultura áurea, tanto festiva como ascética; recogen el testigo, ya casi extinguido, del Lazarillo de Tormes para cimentar, mediante un replanteamiento dignificador, un nuevo género: la “novela picaresca”, del que siempre será su cabeza visible; instauran una nueva manera de combinar lo poético con lo histórico, lo ficticio con lo real, lo moral con lo vital..., capaz de lograr la convivencia armoniosa de las literaturas “de entretenimiento” –tan aireadas en la segunda mitad del XVI– con aquellas otras “de entendimiento” –siempre postergadas–; consiguen, en suma, diseñar una verdadera “atalaya”, además de ética, estética: la “novela barroca” por excelencia.

Cuesta creer –decimos– que empresa tan magnífica y bien culminada pudiera ser realizada por Mateo Alemán: un converso de tantos, dedicado a mercaderías y negocios, obsesionado por sus problemas de impureza sanguínea, atraído por los temas morales o sacros (prólogos reflexivos, hagiografías) y –más llamativo aún– sin ninguna experiencia novelesca ni previa ni subsiguiente. Pero nos complace admitirlo de muy buen grado, porque sin duda alguna así fue: el bachiller en Artes y Teología sevillano escribió una sola novela (como Quevedo, López de Úbeda o Espinel), “la novela”, si juzgamos a la altura de 1599, e incluso si abarcamos por completo los Siglos de Oro. Sólo Cervantes lograría secundarlo, igualarlo y superarlo; pero después... y echando mano del Quijote.

4.1. PLANIFICACIÓN COMPOSITIVA

Claro que todo tiene su explicación y si hurgamos por dentro, en las entretelas del libro, quizás encontremos la justificación de logros tan inauditos y deslumbrantes. Ciertamente, pocas obras se nos brindan tan sesudamente premeditadas y planificadas como la autobiografía del galeote, y nadie ha explicado nunca mejor que su propio tracista los entresijos de su diseño. Los explicita, con todo lujo de detalles, desde los paratextos (prólogos y declaraciones) que preceden a ambas partes de la novela;

—De entrada, aunque se publica en dos partes, está concebido de un tirón, como seudoautobiografía (“poética historia”) contada desde el final de la Segunda parte: “Él mismo escribe su vida desde las galeras, donde queda forzado al remo por delitos que cometió, habiendo sido ladrón famosísimo, como largamente lo verás en la segunda parte” (“Declaración”, I). Incluso, está prevista, con pelos y señales, la distribución de la materia narrativa: “Va dividido este libro en tres...” (ídem).

—Su protagonista ha sido ideado, cual otro Jano, desde la dualidad ascético/picaresca que se verá obligado a desempeñar: “Y no es impropiedad ni fuera de propósito si en esta primera escribiere alguna dotrina; que antes parece muy llegado a razón darla un hombre de claro entendimiento, ayudado de letras y castigado del tiempo, aprovechándose del ocioso de la galera” (ídem).

—Y, en fin, por encima de esa aparente dicotomía, no queda ni una sola duda sobre el sentido último del conjunto (“Haz como leas lo que leyeres y no te rías de la conseja y se te pase el consejo”, “Al discreto lector”, I), ni un fleco suelto del tejido moral que se ha urdido:

«Que haberse propuesto nuestro Guzmán, un muy buen estudiante latino, retórico y griego, que pasó con sus estudios adelante con ánimo de profesar el estado de la religión, y sacarlo de Alcalá tan distraído y mal sumulista, fue cortar el hilo a la tela de lo que con su vida en esta historia se pretende, que sólo es descubrir como atalaya toda suerte de vicios, y hacer atriaca de venenos varios, un hombre perfecto, castigado de trabajos y miserias, después de haber bajado a la más ínfima de todas, puesto en galera por curullero della (“Letor”, II).» e incluso desde la misma palabra del narrador, siempre mal traído y peor llevado, por entre narraciones y digresiones, con tal de satisfacer las exigencias del sinuoso guión impuesto por el autor:

«¿No ves mi poco sufrimiento, cómo no pude abstenerme y cómo sin pensar corrió hasta aquí la pluma? Arrimáronme el acicate y torcíme a la parte que me picaba. No sé qué disculpa darte, sino es la que dan los que llevan por delante sus bestias de carga, que dan con el hombre que encuentran contra una pared o lo derriban por el suelo y después dicen: “Perdone”. (I-I-3).»

«¡Oh, válgame Dios! ¡Cuándo podré acabar comigo no enfadarte, pues aquí no buscas predicables ni dotrina, sino un entretenimiento de gusto, con que llamar el sueño y pasar el tiempo! No sé con qué desculpar tan terrible tentación, sino con decirte que soy como los borrachos, que cuanto dinero ganan, todo es para la taberna. No me viene ripio a la mano, que no procure aprovecharlo (II-II-2).»

Con el texto a la vista, parece a todas luces obvio que el Español divino, como lo llamó Valdés, fue bien consciente del desafío que arrostraba en su primera, y un tanto pretenciosa, apuesta literaria. Quizás por eso esperó a su madurez (lo publica entre los cincuenta y dos y los cincuenta y siete años) para acabarlo, pertrechado ya de un bagaje cultural nada desdeñable –bien lo evidencian las fuentes manejadas en sus páginas (clásicos, italianos y españoles)– y de una experiencia vital de no menor calibre (delitos, cárceles, galeotes). No habría bastado con menos, pues se trataba de erigir la conducta delictiva de un condenado a galeras, tras su arrepentimiento, en magno ejemplo ex contrario para que sirviese como atalaya a sus contemporáneos. Alonso de Barros se percató nítidamente del meollo, más allá de los perfiles externos:

«...nos ha retratado tan al vivo un hijo del ocio [...] De cuyo debido y ejemplar castigo se infiere, con términos categóricos y fuertes, y con argumento de contrarios, el premio y bienafortunados sucesos que se le seguirán al que ocupado justamente tuviere en su modo de vivir cierto fin y determinado, y fuere opuesto y antípoda de la figura inconstante deste discurso (“Elogio”, I).»

4.2. ARRANQUE PICARESCO

Con esas miras, el modelo narrativo del Lazarillo de Tormes, olvidado desde hacía ya muchos años, venía como anillo al dedo para servir como arranque, pues la cantera literaria del tiempo sólo ofrecía caballeros, pastores, viajeros o cortesanos, y lo que se necesitaba era, sencillamente, un “pícaro”; un desharrapado dispuesto a exhibir su propio “yo” ignominioso. Por eso, la crítica en general (Guillén, Lázaro, Rey, etc.) suele explicar nuestra novela a partir del patrón narrativo aprendido por su creador en el anónimo del 54; más en concreto, se la considera –según veremos en las “Opiniones”– fruto de la apropiación llevada a cabo por Alemán de los rasgos de “poética” novelesca desplegados en el modelo: seudoautobiografía, origen vil, servicio a varios amos, fortunas y adversidades, “caso”, etc.

Y, de hecho, parece que así fue, de modo que costará poco trabajo rastrear los principios básicos de aquella configuración narrativa en las páginas de la obra barroca:

—Guzmán de Alfarache, pícaro por antonomasia, rememora en primera persona autobiográfica, su peripecia vital pasada, descomponiendo su punto de vista único en las perspectivas de presente (narrador/galeote) y de pasado (protagonista/delincuente).

—La rememoración arranca del nacimiento vil (“tuve dos padres”), en San Juan de Alfarache, que lo predeterminará a la abyección y a la marginación, para desembocar en la condena final.

—El relato se enuncia desde la conversión final del truhán (“halléme otro, no yo ni con aquel corazón viejo que antes”, II-III-8), que funciona como caso vertebrador de las picardías pasadas con las reflexiones presentes. —En fin, el recorrido autobiográfico que va del nacimiento al caso final se articula mediante el servicio a varios amos (ventero, cocinero, capitán, cardenal, embajador, etc.) y se contrapuntea en la alternancia de las fortunas con las adversidades (es robado por Sayavedra / estafa al banquero, mendiga / pasa por noble, por ejemplo).

Pero, así y todo, aun reconociendo que Alemán volvió la mirada al de Tormes para aprovechar sus ventajas novelescas, no se nos negará que con ellas sólo puso la primera piedra de su edificio; tan sólo obtuvo una endeble armazón organizativa, más apta para relatos anecdóticos o vivenciales que para graves moralizaciones y, desde luego, incapaz de soportar la balumba digresiva –erudita, satírica o moralizadora que tenía previsto echarle encima: los “consejos” de marras, que algún traductor temprano suprimió (Lesage), en tanto que algún otro incrementó (Barezzi), entendiéndolos, en ambos casos, como materia pegadiza. Esto es, el patrón lazarillesco tan sólo le aporta al de Alfarache una débil osamenta organizativa que muy a duras penas vertebra la peripecia vital, monda y lironda, de Guzmanillo: las “consejas” (“Lo que hallares no grave ni compuesto, eso es el ser de un pícaro, el sujeto deste libro; las tales cosas, aunque serán muy pocas, picardea con ellas, que en las mesas espléndidas manjares ha de haber de todos gustos”, “Al discreto lector”, I); o sea, lo menos importante del conjunto.

4.3. TÉCNICAS NARRATIVAS

Pero como nuestro Contador pretendía exactamente lo contrario, como se proponía precisamente fundir lo uno con lo otro –lo picaresco con lo ascético, o lo novelesco con lo digresivo–, hubo de trabajar duro en su modelo renacentista más directo (para bien o para mal en el juicio de los tiempos), con tal de adaptarlo a sus propios intereses. Intereses tan diversos y de alcance tan desigual, que la transformación más parece metamorfosis irreconocible que retoque circunstancial: de la sesuda requisitoria moralizadora dirigida por el galeote arrepentido a sus lectores, al guiño sarcástico compartido por el aguador cornudo con sus bufones, medía un abismo que no se puede evitar graciosamente.

Así, Mateo Alemán, comienza reformulando, de medio a medio la consabida “poética de la novela picaresca”, dotándola de tal complejidad que prácticamente nadie sería capaz de imitarla con propiedad:

—Aquí, el pícaro no es un pobreto desharrapado de tres al cuarto, contemplado como víctima de una sociedad injusta, sino todo lo contrario: un bellaco redomado, sin escrúpulo alguno, entregado a toda suerte de conductas inmorales (engaña, roba, estafa, prostituye a su mujer, etc.), siempre a vueltas con la delincuencia y el honor: los temas esenciales del género, según Parker y Bataillón.

—El origen vil se amplifica largo y tendido para agravar la infamia de las estafas paternas y de los adulterios maternos, sin dejar de complicarlo con resonancias bíblicas relacionables con el pecado original y con el Paraíso, según nos explicó Moreno Báez en un trabajo esencial.

—El caso final, más allá de mero estado de conciencia desde el que enfocar el propio pasado y presente, entraña una radical conversión, tan incoherente e inexplicable (Brancaforte la ha cuestionado no sin razón) como imbuida de intenciones religiosas relativas a la fe y a la salvación de los descarriados.

—La estructura de viaje, normalmente usada como mero cambio de escenario o pura geografía del deambular solitario, adopta un recorrido circular de ida (Sevilla-Madrid-Génova-Roma) y vuelta (Roma-Génova-Madrid-Sevilla) que devuelve, muy significativamente, al malnacido a su infamia originaria.

—Por si no bastase, la “situación comunicativa” global de la novela desborda con mucho el preceptivo punto de vista “único y dual” esgrimido ante un “vuesa merced” cualquiera. Ahora se prefiere un enfoque confesional –tortuosamente escindido entre la culpa y el arrepentimiento– dirigido al lector en general, que se ve forzado a participar seudodialogísticamente en la elaboración del discurso –según demostré en otro sitio–, para verse forzado a actuar, simultáneamente, como juez y como parte.

Además, como buen conocedor de las artes retóricas, recurre a un permanente vaivén de lugares extrínsecos e intrínsecos –según nos enseñó el profesor Edmond Cros (ver las “Opiniones” recogidas)–, mediante el cual se comunican, con toda naturalidad, los materiales más encontrados (autobiográficos, cuentísticos, gnómicos, etc.), de modo que consejas y consejos quedan perfectamente hibridados y, por consiguiente, indisolublemente fraguados en la concatenación ininterrumpida de tres componentes esenciales: “narración, sentencia y ejemplo”, sin que importe lo más mínimo el orden de la secuencia; sólo una muestra:

[Ejemplo] Hubo un famoso pintor, tan estremado en su arte, que no se le conocía segundo, y a fama de sus obras, entró en su obrador un caballero rico y concertóse con él que le pintase un hermoso caballo [...]

[Sentencia] Si se consideran las obras de Dios, muchas veces nos parecerán el caballo que se revuelca; empero, si volviésemos la tabla hecha por el Soberano Artífice, hallaríamos que aquello es lo que se pide, y que la obra está con toda su perfeción [...]

[Narración] De cuantos forzados había en la galera, ninguno me igualaba, tanto en bien tratado, de como contento en saber que daba gusto. Desclavóse la rueda, dio vuelta comigo por desusado modo nunca visto (II-III-9).

Y nótese bien que la hermandad del trío es absoluta y el resultado de la alianza perfecto: la narración puede tanto generar una sentencia como ilustrarla demostrativamente, a la vez que servirá de caso paralelo al ejemplo; la sentencia valdrá lo mismo como punto de arranque que como desembocadura de los otros dos componentes; el ejemplo, en fin, ilustrará tanto a la sentencia como a la narración, pudiéndolas también generar. Con ello, naturalmente, se logran borrar las fronteras entre los materiales más diversos, haciendo que todos dancen al mismo son en esa orquesta didáctica tan bien dirigida por su artífice.

Pero lo importante es señalar que, gracias a semejantes mecanismos novelescos, y a otros muchos que aquí no tienen cabida, nuestro escritor logra dar el salto enorme que va del relato picaresco renacentista a la “novela barroca”, inventada por él –venimos sosteniendo– a modo de “Atalaya”.

4.4. ATALAYA DE LA VIDA HUMANA

Todo ello explica perfectamente las protestas de nuestro “raro inventor” por el mal nombre que se le ha dado a su libro, así como su empeño en reconducirlo hacia su órbita moral, a veces manifestadas en flagrante solapamiento entre narrador y autor: “Esto propio le sucedió a este mi pobre libro, que, habiéndolo intitulado Atalaya de la vida humana, dieron en llamarle Pícaro, y no se conoce ya por otro nombre” II-I-6). Son reniegos bien comprensibles si no perdemos de vista los afanes creativos, expuestos más arriba, que había desplegado en sus páginas, siempre tendentes a dar a la estampa un modelo de conducta ejemplar. El propio narrador lo recalca con absoluta claridad en el curso de su rememoración:

«Mas, como el fin que llevo es fabricar un hombre perfeto, siempre que hallo piedras para el edificio, las voy amontonando. Son mi centro aquestas ocasiones y camino con ellas a él (II-I-7).»

Como ese era el objetivo último, no se vacilará en utilizar para su consecución el diseño novelesco que dejamos descrito páginas arriba: todos y cada uno de sus elementos constitutivos están diseñados para albergar la ingente carga miscelánea que han de soportar, sin necesidad de quitar ni de poner nada. Su volumen es tan considerable que resulta enciclopédico, y su peso insoportable para cargarlo sobre la “novela”, pero Alemán la entendió en los términos que la definiría Cristóbal Suárez de Figueroa en El Pasajero (“Las novelas, tomadas con el rigor que se debe es una composición ingeniosísima, cuyo ejemplo obliga a imitación o escarmiento. No ha de ser simple ni desnuda, sino mañosa y vestida de sentencias, documentos y todo lo demás que puede ministrar la prudente filosofía”) y, a ciencia cierta, que la Atalaya ofrece “todo lo demás”:

a) La seudoautobiografía picaresca, según acabamos de ver, de un delincuente arrepentido que nos brinda su testimonio vital para que escarmentemos en cabeza ajena.

b) Varias novelas cortas intercaladas en el curso de la acción aprovechando la sobremesa o el alivio de caminantes: Ozmín y Daraja (1-I-8), Dorido y Clorinia (I-III-10), Bonifacio y Dorotea (II-II-9), y Álvaro de Luna (II-I-4).

c) Una serie interminable de reflexiones y excursos digresivos, siempre salpimentados con otras tantas sentencias o dichos sapienciales, sobre los temas más diversos: justicia, venganza, fortuna, necesidad, ventas, honra, juego, ociosidad, pobreza, caridad, verdad, engaño, vejez, amistad, justicia, cárcel, matrimonio, amor, costumbre, etc.

d) Una galería incontable de cuentecillos breves (cuentos, facecias, anécdotas, apólogos, fábulas, etc.): el cuervo y la zorra, la gata de Venus, el león y los demás animales, la raposa mortecina, el Contento y el Descontento, las edades del hombre, la Verdad y la Mentira, etc.

e) Algún que otro código, ya satírico o burlesco: Ordenanzas mendicativas (I-III-2) y Arancel de necedades (II-III-1).

Era demasiada carga, habremos de asumir, como para que no diera al traste con la intentona novelesca, sobre todo cuando toda ella estaba orientada hacia fines didáctico-morales, de los que no escapan ni siquiera las picardías del antihéroe, y no extraña que el libro quedase anclado en su tiempo, sin posibilidad alguna de perdurar durante mucho tiempo. Pero ello no es óbice para reconocer que su creador fue ciertamente capaz de alumbrar una auténtica atalaya para la sociedad de su época, tan novedosa en resortes estéticos, como rica en significados y aun en compromisos ideológicos.

4.5. MORALIZACIÓN Y DENUNCIA

A decir verdad, no podía ser de otra manera: tan cuidadosamente urdida y tan complejamente desarrollada, la Atalaya, aunque capaz de disfrazar de simple moralización incluso las barrabasadas autobiográficas de su criatura principal, por obra y gracia del ejemplo ex contrario,

«Digo –si quieres oírlo– que aquesta confesión general que hago, este alarde público que de mis cosas te represento, no es para que me imites a mí; antes, para que, sabidas, corrijas las tuyas en ti. Si me ves caído por mal reglado, haz de manera que aborrezcas lo que me derribó, no pongas el pie donde me viste resbalar y sírvate de aviso el trompezón que di (II-I-2).» no podía limitarse a amontonar anodinamente moral sobre ascetismo, a acumular piedad sobre religiosidad, para quedar reducida a mera amalgama inocua de memeces insulsas.

Muy al contrario, los “avisos” que ejemplifican las peripecias del rufián (“consejas”), y que recalcan las prédicas del narrador (“consejos”), no son precisamente inocuos, ni responden exclusivamente a la moralina de siempre, propia de los textos ascéticos. Antes al revés, vienen dictados por la mentalidad del converso, cuando no agravados por su intención aviesa, que ha padecido en sus propias carnes las consecuencias funestas del origen vil, de la intransigencia religiosa, del tráfago mercantilista, de los abusos judiciales o de vaya usted a saber cuántos otros desmanes...

Por eso, si la “poética de la picaresca” lleva inherente el compromiso ideológico –como ha sostenido Antonio Rey–, lo hace por excelencia en el Guzmán de Alfarache. Y ello explica bien que haya soportado los más encontrados acercamientos críticos para ser interpretado en direcciones muy distintas, pero siempre de hondo calado y de largo alcance:

a) Atendiendo esencialmente a las implicaciones religiosas y morales que se desprenden tanto de la peripecia autobiográfica del pecador como de su conversión final, así como de las reconvenciones ortodoxas del narrador, según planteó Enrique Moreno Báez. Por esa vía, recuperaríamos las lecturas pietistas de sus contemporáneos (Barros, Valdés, etc.), para entender la novela como una vasta “homilía” dirigida a un mundo pecador desde presupuestos nítidamente contrarreformistas: pecado original, libre albedrío, posibilidad de salvación para el más abyecto de los pecadores (“Procura ser usufrutuario de tu vida, que, usando bien della, salvarte puedes en tu estado”, I-II-4), etc.

b) Primando las preocupaciones sociológicas que evidencian las desviaciones picarescas de Guzmanillo y las pullas satíricas de Guzmán, cuando no las obsesiones de su creador en este terreno, como prefiere, entre otros, el profesor Edmond Cros. Ahora, desembocaríamos en un significado primordialmente reformista de la obra que gravitaría –en la línea del Amparo de pobres, de Pérez de Herrera– en torno a dos ejes esenciales: la misericordia y la justicia, como demuestra sobradamente su omnipresencia a lo largo de todo el texto (etapa como mendigo, ordenanzas mendicativas, digresiones sobre la pobreza y la riqueza; actuaciones delictivas, encarcelamientos, digresiones contra la justicia).

c) Anteponiendo sobre el resto de temas y preocupaciones –y no sin razón– los contenidos mercantilistas a los que tan proclive es el delincuente como regañón se muestra el asceta, según nos ha enseñado, más recientemente, Michel Cavillac en un trabajo espléndido. Por aquí llegaríamos, más prosaicamente, a descubrir el interés del autor por racionalizar, desde una mentalidad burguesa, los usos y abusos comerciales en general, como también evidencia la recurrencia del asunto a lo largo y ancho del libro: desde las estafas iniciales del padre comerciante, hasta el sin fin de mohatras y cambios fraudulentos del protagonista, sin olvidar las monsergas sobre cambios, censos, juros y demás lindezas mercantiles.

A decir verdad, todas esas aproximaciones, y más que hubiese –que las hay–, son igualmente válidas y quedan ampliamente probadas en la misma letra del Guzmán. Quizás, tanto monte... cual de ellas se prefiera, pues todas dependerán –y aún salvaguardarán– del mérito esencial de esta grandiosa “atalaya picaresca”: la creación de la novela barroca.

5. OPINIONES SOBRE LA OBRA

ANDANZAS BIOGRÁFICAS

«Juan de Bergara en Nombre de Juan de cauañas alguacil de la gobernacion de la Provincia de leon en la villa de llerena me querello ante V alta de matheo aleman Vro Juez de comision en la villa de Usagre [...] el dho matheo aleman de hecho y sin tener comission ni jurisdiccion para ello antes quebrantando la de aquella gobernaçion fue a la carçel donde estauan los presos y so color de Justa dando a entender al carzelero que lo podia hacer le mando que soltase los dhos presos por la justiçia de la gobernacion y que de soltarlos le correria riesgo el susodho con mucha soberuia e impetu furioso haçiendole fuerça le dijo con grande aluoroto quitaos de ay soltadlos que yo lo mando y a los presos les dijo salir fuera. Y lo que peor es que esdo el dho alguacil mi parte tomando testimonio de la soltura que el susodho auia hecho de los dhos presos llego el dho matheo aleman con mucha colera y con animo de le maltratar y le dijo bois pensais que yo no os conozco que sois un cagon majadero y boluiendo al dicho scriuano que escrebia el dho testimo y le dijo no le de el testimonio y no contento con esto arremetio al dho mi parte y dijo aqui del rrey y sed preso y diziendole muchas palabras muy injuriosas y denuestos con gran rruydo y escandalo delos veciso de la dha villa arremetio con el dandole fauor y ayuda franco martin tejedor y juan berrones gato y le asieron por los calçones y otras partes y le quito la espada y la bara que traya y le puso preso en la carcel y pidio prisiones para le poner y porque no las dio tan apresuradamente como se las pedia el alcayde le puso una cadena y al dho mi parte en otra y despues por mas les molestar los puso en una cadena y devajo de un candado a entranuos y quanto mas mi parte con comedimiento le descia que se rreportase tanto mas se encendia en colera y le hacia malos tratamientos

(Claudio Guillén, “Los pleitos extremeños de Mateo Alemán”, El primer Siglo de Oro, Barcelona, Crítica, 1988, pp. 195-196)

HISTORIA Y LITERATURA

«No se encontrarán, sin embargo, referencias históricas: no las hay a la esfera de las disensiones políticas que estaban enfrentando a las camarillas de poder en tanto el rey Prudente agonizaba; ni a la esfera de las grandes decisiones económicas, que habían sucedido a la bancarrota del 96 [...]; ni siquiera, al menos directamente, en la esfera de los intereses religiosos, que habían conmovido a la espina dorsal del país, los jesuitas de por medio, bien hace poco... Tampoco podremos observar desde esa atalaya privilegiada el discurrir de los negocios con los banqueros; las algaradas teológicas de los plomos del Sacromonte; los últimos coletazos de los sucesos de Aragón y de la Invencible. Todo esto era acuciante actualidad, evitada por Alemán, quien prefiere manifestar su indignación mostrándonos una y otra vez individuos, rasgos y tipos de conducta desviada: el escritor desciende al mundo concreto de la vida cotidiana. [...] se moverá con personajes que actúan en la vida real y que muestran una conducta que tiene mucho que ver con principios morales, no con hecho históricos concretos.»

(Pablo Jauralde Pou, La novela picaresca,

Madrid, Espasa-Calpe, 2001, “Introducción”, pp. XX-XXI)

TRADICIÓN E INVENCIÓN

«[...] la novela picaresca surge como género literario, no con el Lazarillo, no con el Guzmán, sino cuando este incorpora deliberadamente rasgos visibles del primero, y Mateo Alemán aprovecha las posibilidades de la obra anónima para su particular proyecto de escritor. Esto fue lo que sintieron los testigos, citando juntos ambos libros y asociándolos. No podemos plantear la cuestión en términos polares, sencillamente porque las cosas no ocurrieron así; ni para el público lector, ni para Mateo Alemán, que trazó su propio esquema sobre la plantilla del Lazarillo. [...] Lo que condujo a la asociación de ambos libros fue, como es lógico, su base común. Estoy persuadido de que Alemán estimó en poco el Lazarillo, mejor dicho, que lo estimó como una inmensa posibilidad frustrada. Porque contaba con una serie de hallazgos constructivos que merecían más amplio beneficio. Estos, por lo menos, son evidentes:

a) la autobiografía de un desventurado sin escrúpulos, narrada como una sucesión de peripecias, es decir, on fórmula radicalmente diversa de la que caracteriza a la novella;

b) la articulación de la autobiografía mediante el servicio del protagonista a varios amos, como pretexto para la crítica; y

c) el relato como explicación de un estado final de deshonor.»

(Fernando Lázaro Carreter, “Para una revisión del concepto ‘novela picaresca’”, “Lazarillo de Tormes” en la picaresca, Barcelona, Ariel, 1978, pp. 204-207)

«Así, pues, en el Guzmán, la novela picaresca por excelencia, se nos presenta la realidad del mundo desde un solo punto de vista; se la presenta en su engaño y su pecado y se la rechaza. Y porque la novela está concebida a priori, por arte de los símbolos de la historia misma, de su prehistoria, de los preámbulos y de la invención continua y directa del autor, la posibilidad de incomprensión es mínima, nula casi. El novelista, dios omnipotente y activo en su creación, al darle una forma inequívoca, correctora y justiciera, ha cerrado toda posibilidad de interpretación. Si “conceptos representables” eran para Calderón sus obras, concepto novelado es el Guzmán de Alfarache, cima y resumen de todo lo que la picaresca, desde el Lazarillo, llevaba implícito como visión del mundo y doctrina. El Guzmán es, temática y formalmente, una novela cerrada, didáctica; una novela ejemplar en su realismo dogmático. En suma: mundo contrario al de realismo abierto y humanista de Cervantes.»

(C. Blanco Aguinaga et alii, Historia social de la literatura española, Madrid, Castalia, 1981, vol. I, pp. 355-356)

COMPOSICIÓN Y SIGNIFICADO

«Es preciso entender el Guzmán sin salirse de la literatura antigua, de un ideal ético y estético a la vez. Además [...], en el Guzmán todo (la primera persona, la segunda, la intención de ambas, los rasgos del personaje, la estructura, los ingredientes, las fuentes, el estilo...), absolutamente todo es solidario del didactismo. Pero no se trata de un didactismo pacato: es combativo y crítico, está asentado sobre un cristianismo auténtico y radical, con una sincera y severa voluntad reformista –bien asimilada por la voz del narrador y áspero reprehensor– que muestra muchas preocupaciones concretas y un plan amplio de índole moral. [...]

El Guzmán fue concebido, emprendido y culminado como una suerte de poliantea literaria y moral con un plan completísimo: información (las aventuras, los apuntes eruditos), formación (los “documentos”, la doctrina) y reformación (la crítica social, la censura de los vicios).»

(Mateo Alemán, Guzmán de Alfarache, ed. de José María Micó, Madrid, Cátedra, 1987, “Introducción”, vol. I, pp. 55-56)

«Los dados están claramente marcados. Predeterminada por su innoble cuna, la vida de Guzmán se presenta como una sucesión de fracasos desencadenados por el pecado. [...]

En las meditaciones que le acompañan, el postulado determinista sobre el que el pícaro basa su relato, se convierte en la lúcida afirmación de un libre albedrío soberano, cuyo ejercicio queda en todo momento a disposición del pecador. Para que la picardía sea proscrita en Guzmán, a éste le basta con hacerse cargo de su libertad. Tales son el sentido y la sustancia de las disertaciones teológicas, que tienen por objeto oponer a la mecánica determinista de la novela un contramecanismo antideterminista, que no es otro que la libertad. Contra todas las apariencias, el “Guzmán de Alfarache” es una obra escrita para proclamar la libertad del hombre, quien, cualquiera que sea su ascendencia, es dueño absoluto del destino que le ha sido atribuido. [...]

Nada hay aquí que no sea estrictamente ortodoxo, pues el determinismo inscrito en el pecado original tiene su contrapartida en la libertad del hombre.»

(Maurice Molho, Introducción al pensamiento picaresco, trad. de A. Gálvez-Cañero, Salamanca, Anaya, 1972, pp. 90-93)

«Si el protagonista se pone en contacto con todas las clases de la sociedad y en cada una de ellas encuentra vicios, esto da al autor ocasión de afirmar que todos estamos corrompidos por el pecado del primer hombre, lo que, aunque no disculpe al pícaro, prueba que su vileza no es excepcional, pues todos somos igualmente malos; si Guzmán, al fin de la novela, se arrepiente de sus pecados, hace acto de contrición, merece y se justifica, ello servirá para convencernos de que cada uno puede salvarse dentro de su estado, doctrina cuyos corolarios son la vanidad de la honra y la dignidad del pícaro, cuya alma también ha sido redimida por la sangre de Cristo Nuestro Señor [...] El mismo proceso de su conversión le lleva a tratar de la gratuidad de la gracia, que Dios concede a todos los hombres, de la necesidad de cooperar con ella y de su aumento con la penitencia y con los sacramentos. Por ello puede afirmarse que no hubo ninguna exageración en los que nos hablaron en el XVII del provecho de la lectura de esta novela, cuya tesis central es la posibilidad de salvación de la más miserable de las criaturas.»

(Enrique Moreno Báez, Nosotros y nuestros clásicos, Madrid, Gredos, 1968, pp. 126-127)

«Mateo Alemán parece conceptuar su obra como la yuxtaposición de una serie de bloques independientes y dividir sus capítulos o episodios narrativos como quien escribe una serie de discursos [...] La elaboración de los capítulos se atiene a la alternancia de dos estructuras que revelan dos enfoques radicalmente distintos: cuando el exordio, a partir de un tópico y de un ejemplo (S+E+N o bien E+S+N), trata de discernir en el episodio narrativo que viene a continuación la prueba de la verdad del aforismo citado, pasamos del plan de las normas morales a la singularidad de las experiencias, perspectiva esta encontrada en la segunda (N+S+E), que a partir de la particularidad de los episodios autobiográficos, se remonta a la generalidad ética. En estos movimientos alternados, también preconizados por el arte de la elocuencia, el ejemplo, rellano intermediario entre dos niveles, entre el episodio novelesco, por una parte, y las máximas, por otra, hace más inmediata la asimilación de la autobiografía al sistema didáctico.»

(Edmond Cros, Mateo Alemán: Introducción a su vida y a su obra, Salamanca, Anaya, 1971, pp. 80-81)

«A través de los acontecimientos novelísticos del Guzmán se percibe un paralelismo significativo con el mito de Sísifo. Las dos etapas de Sísifo corresponden grosso modo a la Primera y a la Segunda Parte del Guzmán. La Primera Parte se caracteriza por el descubrimiento por parte de Guzmán de su naturaleza “inficionada” y de la maldad humana en general. En la Segunda Parte, al tomar conciencia Guzmán de la inutilidad de sus esfuerzos por cambiar, se convierte en resentido autor y catalista del mal. [...]

Guzmán huye para volver siempre al mismo punto. Deja su casa y a su madre y se marcha desde Sevilla a Génova para “conocer su sangre”. Después de muchas andanzas por Italia y España regresa a Sevilla, siguiendo casi la misma ruta. Acaba viviendo con su madre, que le había dado parte de la sangre de la que quería renegar. [...]

El esquema del movimiento espacial-geográfico nos permite ver, muy objetivamente, la correspondencia con el movimiento psicológico-temático de la obra. La ida a Italia y la vuelta a España giran alrededor del deseo de Guzmán de conocer su sangre, el repudio por parte de sus parientes en Génova y, más adelante, la ejecución de la venganza por Guzmán.»

(Mateo Alemán, Guzmán de Alfarache, ed. de Benito Brancaforte, Madrid, Akal, 1996, “Introducción”, pp. 9-10)

«Nuestro novelista, pues, no escribe en un desierto mercantil, sino con la mira puesta en el hundimiento de una burguesía culpable de haber pervertido el capitalismo.

[...] remite a un triple discurso socioeconómico (sobre la licitud del préstamo con interés, la limosna meritoria y el honor-virtud) que, madurado a lo largo del siglo XVI, cobra su coherencia ideológica en los años cruciales de 1598-1604. Inspirado por la imperfecta burguesía que los mecanismos monetarios instauraban en Castilla, ese moralismo puritano, obra de “letrados” a menudo emparentados con comerciantes, alimenta de hecho una reflexión sobre la esencia del capitalismo destinada a liberar al mercader de su pecado original de usura que la especulación financiera fomentaba mediante el veneno del crédito, paralizando así su libre albedrío. [...]

En la Atalaya –alegoría racionalista teñida de mesianismo–, la función del homo religiosus, solidario del homo oeconomicus, se manifiesta más subversiva de lo que suele admitirse al reducirla al conformismo tridentino. Aun cuando la justificación del galeote se opere según los cánones de una ortodoxia bañezista en pleno apogeo, no podemos soslayar sus connotaciones calvinistas así como la inspiración cripto-maquiavélica del tacitismo que rige la adhesión final de Guzmán a las autoridades de la galera. Tanto a nivel espiritual como temporal, la regeneración del Pícaro obedece a la lógica del “etiam peccata” agustiniano.»

(Michel Cavillac, Pícaros y mercaderes en el “Guzmán de Alfarache”, Universidad de Granada, 1994, pp. 596-598)

ELOCUCIÓN

«Es el estilo natural, como el pan, que nunca enfada: gústase más dél que del violento, por lo verdadero y claro, ni repugna a la elocuencia, antes fluye con palabras castas y propias; por eso ha sido tan leído y celebrado Mateo Alemán, que a gusto de muchos y entendidos es el mejor y más clásico español.»

(Baltasar Gracián, Agudeza y arte de ingenio, ed. de E. Correa Calderón, Madrid, Castalia, 1969, vol. II, p. 244)

«El punto de vista, aunque nítidamente reducido a la primera persona –sin rebasar el desdoblamiento consabido entre narrador y protagonista y sin aditamentos epistolares o conversacionales–, asume una realización confesional que entraña un hábil manejo [...] dialogístico, no menos rentable a efectos intencionales y digresivos que el acostumbrado “Vuestra Merced” o la presencia de interlocutores reales. Es el caso que Alemán se cuidó, en los preliminares del libro, de despreciar al “vulgo” para destinar sus lecciones al “discreto lector”: el narrador cuenta y adoctrina luego, bien seguro de la eficacia de sus prédicas y de que cuenta con un narratario tan dócil como eficaz. Por eso, son permanentes a lo largo de todo el libro las apelaciones al lector-oyente, que se ve forzado incluso a intervenir –aunque por boca del narrador– continuamente en el curso del monólogo narrativo-discursivo, dotándolo de un aire claramente dialogístico.»

(Florencio Sevilla Arroyo, La novela picaresca española, Madrid, Castalia, 2001, p. XXIIb)

EL ‘GUZMÁN’ APÓCRIFO

«La continuación de Mateo Luján es una obra prolija e inarmónica, fatigosa y muy débil, cuyo ritmo narrativo queda disperso en la sobreabundancia de digresiones moralizantes y descriptivas. De ahí que la obra posea un valor negativo, puesto que revela el riesgo que corría, desde su aparición, la novela picaresca: caer en manos de imitadores serviles o de artesanos sólo preocupados por lograr un efímero éxito y que únicamente tomasen del género los aspectos estructurales, olvidando su problemática ética y convirtiéndolo en una híbrida mixtura de monótonas aventuras y de moralismo conformista.

En la novela de Martí, los temas narrativos o están imitados de la Primera Parte de Alemán [...] o anticipan los de la Segunda Parte del mismo Alemán, que el valenciano, a lo que parece, conocía.»

(Alberto del Monte, Itinerario de la novela picaresca española, trad. de E. Sordo, Barcelona, Lumen, 1971, p. 100)

6. BIBLIOGRAFÍA ESENCIAL

Ediciones

–B. BRANCAFORTE, Madrid, Akal, 1996.

–S. GILI GAYA, Madrid, Espasa-Calpe, 1968 (5 vols.).

–P. JAURALDE POU, Madrid, Espasa-Calpe, 2001 (en La novela picaresca, pp. 57-827).

–J. M.ª MICÓ, Madrid, Cátedra, 1987 (2 vols.) –F. RICO, Barcelona, Planeta, 1983.

–F. SEVILLA ARROYO, Madrid, Castalia, 2001 (en La novela picaresca española, pp. 47-138 y 221-339).

Estudios

–BATAILLON, M., Pícaros y picaresca. “La pícara Justina”, vers. cast. de F. Rodríguez Vadillo, Madrid, Taurus, 1982.

–BLANCO AGUINAGA, C., “Cervantes y la picaresca. Notas sobre dos tipos de realismo”, NRFH, XI (1957), pp. 313-42.

–BRANCAFORTE, B., “Guzmán de Alfarache”: ¿Conversión o proceso de degradación?, Madison, Wisconsin, HSMS, 1980. –CABO ASEGUINOLAZA, F., El concepto de género y la literatura picaresca, Santiago de Compostela, Universidad, 1992.

–CAVILLAC, M., Pícaros y mercaderes en el “Guzmán de Alfar

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