Terceto (Mapa de las lenguas)

Pablo Montoya

Fragmento

PIRANESI

Las paredes son mis ojos. Los barrotes, mis manos. El tragaluz, la sombra que me estrangula poco a poco. Las llaves están perdidas en mi conciencia. La huida es factible. Ella conduce a ojos, manos, tragaluces similares.

El techo lo veo, pero es inalcanzable. Las escalas las transito, pero no van a ningún lado. Las cuerdas cuelgan, pero nada las sostiene. La luz insinúa la libertad, pero esta no puedo tomarla. Hay alguien a quien puedo mirar, pero su presencia es efímera. Yo soy un reflejo de esos ojos.

Existen tres niveles. El más alto es un sistema de arcos, galerías y peldaños. Sus pasillos no tienen un rumbo preciso. En el más bajo no hay luz, todo es sombrío, y sus espacios son una proyección de mi lugar de origen. En el nivel del medio una ilusión me impulsa: ir hacia arriba o hacia abajo. Lazos, templados en el vacío, trazan mi única ruta.

En este espacio una vibración aumenta y me parte en pedazos. Su duración es la exacta duración de mis días.

Anhelo la caída, pero lanzarse es imposible. Toda noción de impulso aquí se desconoce.

El desasosiego lo produce el rigor. La extrema precisión en los ángulos que cortan las paredes. La perfección inobjetable de sus arcos y columnas. La armonía en el cuerpo de su estatuaria. El equilibrio se ha alcanzado de tal modo que, si no fuera por la finalidad de la construcción, se podría hablar de una inolvidable expresión de la belleza. La tortura se abraza a una completa diseminación de la luz. Los ayes tienen una acústica por donde el eco halla una eficaz resonancia. El horror está afincado en el éxtasis. Aquí ellos aspiran, como los sueños, a la permanencia.

La visibilidad es el suplicio. El alivio no consiste en escapar. Este ámbito ha sido hecho sin entradas ni salidas. Simplemente basta cerrar los ojos. Lo intento entonces. Ruego para que sea posible sellar la mirada. Y que alguien, una presencia divina o humana, quite las pinzas. Y mis párpados puedan abrazar por fin la oscuridad.

El grito es la forma de alcanzar la libertad. Soy perpetua búsqueda de él. Pero mi boca está cosida por el miedo.

La palabra barrote. La palabra cepo. La palabra grillo. La palabra gota de agua que cae sobre la frente. La palabra cuerda anudada a la mano y al pie. La palabra cable que electrocuta. La palabra capucha que oculta el espejo. La palabra cuchilla para el cuello. La palabra bala que penetra el pecho. La palabra bomba. La palabra agujero. La palabra condena. La palabra desde donde yo vislumbro la luz.

Se levanta en medio de uno de los patios. Su tamaño es descomunal. Hasta tal punto que en ella veo, a la vez, toda alternativa de huida y la más perversa continuación de los tormentos. Cuántas contradicciones no he tenido frente a esa escueta superficie, desprovista de figuras, pintada con el color propio de las pesadillas. A veces, me acerco a ella y le lanzo improperios. A veces, la considero como una suerte de dios atroz. Una maldición de la cual es imposible desprenderse. Única garantía que me es dada para que el espacio exista y tenga una real dimensión. He llorado frente a su elevada fachada. He estrellado mi cabeza contra los muros. Envuelto en un delirio del que sólo salgo cuando la sirena me hace regresar a la celda. Se me ha dicho, pero la duda cubre esas palabras, que más allá de la ventana no hay ningún inicio de libertad. La posible constatación de esa advertencia me enloqueció durante años. Hoy me llena de un exasperante sosiego.

Un canto flota en el espacio. No estoy amarrado. Tampoco tengo quien encere mis oídos. La música de pronto se hace silencio. Él empieza a consumirlo todo. Ni ataduras ni asombros pueden detenerlo. La prisión se levanta sobre su vasto territorio.

El acero, el granito, el plomo son los materiales de mi encierro. Hay una altura imposible de escalar. Bajo el piso, un piso más definitivo y oscuro. Las horas pasan, repetidas y vacías. Dicen a mi lado, voces de varias generaciones, que no hay salida. Cuando estoy solo miro la lima en mis manos. Hecha de lentitud y paciencia. El tiempo cree devorarme. Y yo dejo que lo haga con minucia. La espera es larga. El agujero, en algún instante de mi vida, habré de terminarlo.

La lámpara cuelga de lo alto. Está suspendida de una cuerda que jamás se mueve. Su luz es poderosa. Una agonía irradia de ella. Todos la miramos sin descanso. Encandilados, miramos hasta ver tinieblas.

El puente tiene forma de espiral. Se corta donde es imposible cortarse. Se levanta sobre un espacio que es imposible que sostenga algo. Imagino su fin. Pero no es posible concebirlo cabalmente. Sé que lo recorren hombres. Aunque sé también que es imposible que sea recorrido por hombres. Alguien me empuja aquí abajo. Es una sombra como las otras. Es una sombra como yo. Debo empezar a atravesar el puente, me ordena, así no pueda lograrlo. Y la condena empieza cuando doy el primer paso.

Y de pronto esta gigantesca rueda. Nada ni nadie la mueve. Existe sólo para aplastar el movimiento.

La única morada: el encierro de mi pensamiento.

Prisiones imaginarias

GOYA

Goya cree despertar. La diligencia ha frenado de repente. Voces incomprensibles, un zumbido de brisas, fuetes estallan en el aire. Todo eso cree escucharlo Goya como desde un marasmo. Pero el silencio se establece sobre las cosas. Y Goya recupera progresivamente las siluetas de su mundo. Hace unas horas salió de Madrid. Las fachadas del palacio fueron vistas desde la ventana del carruaje. Luego siguieron jardines esplendorosos y el diseño de las plazas. Una magra lavandera, mendigos en muletas, dos caballeros protegidos con capas trazaron la última calle atravesada por los caballos. El plan de Goya, ante las presiones de la corte y las amenazas de la Inquisición, es aislarse un poco en la quinta que posee en el campo. Allá está la prestancia de sus criados, la sonrisa del hijo, la amplitud de los patios capaces de prodigar la lucidez necesaria para proseguir los días. El pintor entreabre la boca para llamar al cochero. Quiere preguntar cuál es la causa de la detención. Pero el sopor vuelve y de nuevo despierta, agudizándola, la audición. La portezuela, de súbito, se abre con fuerza. Una llovizna cae sobre contornos de vegetaciones densas. Más allá, hay un sol desleído en agonías rojizas. Los ojos de Goya se inundan de esos matices vertiginosos. Sus ropas se adhieren al cuerpo. Y es como si el aire le hubiera lanzado un escupitajo de humedad ardiente. Inquieto, busca al cochero. La penumbra exterior, sin embargo, oculta toda presencia deseada. Goya cree percibir sombras al lado de los caballos. Pero es una impresión tan breve como ilusoria. Decide entonces descender. Oye que las respiraciones de las bestias se precipitan. Sus patas aporrean el barro del camino. Goya se aproxima a ellas y se inclina. De entre los cascos toma pantano. Su olor posee algo desconocido que le produce una mezcla de terror y felicidad. De la espesura, brutalmente, surgen hombres. Goya ignora quiénes son. Sus pechos, cruzados por correas, brillan ante los chorros de luz que despejan la oscuridad. Goya, sin saber cómo, se ve caminando en medio de ellos. Le cuesta trabajo creer que, a pesar de sus años, pueda mantener un ritmo tan acelerado. Quiere preguntar dónde está, hacia dónde van, quiénes son estos hombres, pero su lengua es un pedazo de trapo. Nadie, constata, repara en él. Ahora aumentan la velocidad de los pasos. Y hay como un sigilo de animales al acecho. Goya desea detenerse. Volver a la diligencia. Aferrarse a los caballos. Pedir ayuda. Pero sus ojos perciben un claro. Aparecen casas en el fondo. Una calle de tierra apisonada se desliza como una culebra. Los pasos de las botas suenan nítidos. Brotan murmullos, ayes, detonaciones. Los hombres señalados salen de las casas. Goya escucha con claridad torturante nombres que no le dicen nada. Nombres que son gritos perdidos en el espacio del cual él quiere salir sin saber el modo. Se suceden vertiginosamente los acontecimientos. Los campesinos, porque son campesinos, piensa, están al frente. Y los militares, porque son militares, vuelve a pensar Goya, están del otro lado. Delante de un muro cuyo resplandor es una sombra de piedras viejas se apretujan los primeros. Tienen miradas alucinadas. Y uno tras otro empiezan a caer. La sangre se derrama sobre la hierba con un fulgor intenso. Y hay voces que siguen llamando. Y Goya no sabe si esas voces vienen de los masacrados o de los que masacran o de quienes presencian la masacre. Entonces ve al último de los campesinos haciendo en el aire una cruz. De ella, de la camisa blanca, de la mirada exorbitante, nace una luz imposible de extinguirse. Goya la está devorando con los ojos cuando las manos del cochero irrumpen. Lo estrujan con suavidad. Más allá de la portezuela, Goya ve los secos terrenos que rodean su propiedad. El río Manzanares corre tranquilo por entre enormes lajas. Y de nuevo el silencio se extiende por el mundo. De alguna parte le llega una palabra nunca antes dicha. Francisco Lucientes entra a su casa. Mapiripán, pronuncia con estupefacción. Quizás esté diciendo un conjuro, un ensalmo de negros, un terrible secreto, piensa Goya. Y sus manos siguen temblando.

Los fusilamientos del 3 de mayo

HOKUSAI

¿Sobre qué asunto debo pintar?, se pregunta Hokusai. El pintor va y viene por las alcobas sin hallar respuesta. Oei, su hija, le prodiga los servicios domésticos sin molestarlo demasiado. Hokusai creyó, durante años, que cada estampa, cada tinta, cada acuarela debía ser diferente. Ante sus ojos el mundo se extendía como una incansable representación de lo distinto. En esa época, Hokusai tenía una curiosidad infatigable. Y una perplejidad siempre renovada establecía un puente entre sus ojos y sus manos. La luz, la lluvia, el vuelo de la mariposa, la mariposa misma, aparecían como si fueran recién creados. La vida era la expresión de un milagro. Y Hokusai la miraba diciéndose: estoy presenciando la revelación. En el papel entonces una garza extendía sus alas al alba, un hombre lanzaba la barca al lago, el viento era polvo en el camino, un pie de cortesana resplandecía en los espejos. Pero Hokusai ahora es un anciano y casi no sale de la casa. Sus manos tiemblan a menudo. Los ojos, como dos escondidas estrellas, titilan débilmente. A veces se apagan y tardan en prenderse de nuevo. Un peso agobiante se le ha instalado en la espalda. En las noches despierta con calenturas que lo dejan extenuado. Oei, cuando lo ve así, le da infusiones de té cuyo vapor ve el viejo deshaciéndose entre los pliegues de sus kimonos. Poco a poco el alivio acaricia su respiración pedregosa. Y las cavilaciones sobre qué asunto pintar lo vuelven a asediar. Desde los seis años, piensa Hokusai, empezó a pintar todo tipo de cosas. Lo hecho por sus manos, hasta sus setenta, no merece elogio alguno. En realidad, con la vejez, él sólo ha comprendido mejor la forma de los insectos y los peces, de las flores y los árboles y las piedras. Ahora, que pronto va a cumplir los ochenta y tres, reconoce en su trabajo algo de progreso. Con un poco más de tiempo, se dice, podrá penetrar en la esencia del arte. Si llega a los cien años, supone, alcanzará a pintar lo maravilloso. Y con la ayuda de unas estaciones más, cree, sus líneas no dependerán de él, ni de otros ojos, porque para entonces tendrán vida propia. Hokusai se pierde en divagaciones de ese tipo. Y se plantea los motivos de sus futuros dibujos. Desde hace días una certeza lo viene cercando. Para Hokusai todo reflejo de las formas le parece repetición. Su ola suspendida es la prolongación de otra que nació y fue plasmada hace siglos. El movimiento de su pájaro en la rama lo hizo alguien anónimo en las generaciones de ayer. Su labriego, que regresa al pueblo en el crepúsculo, es una tarde, un caserío, un hombre ya trazados. Pero esta constatación no lo entristece. Más bien lo afirma en su oficio. Ser continuación de otros es entender que sus días no han transcurrido en vano. Todo es variación de un mismo origen, piensa Hokusai. La diferencia es un juego ilusorio. Y los colores, un disfraz bajo el cual se esconde un mismo secreto. A Hokusai le divierte, incluso, estar sumergido en un universo de engaños luminosos. Oei entra en el cuarto con sigilo para recoger los recipientes. El viejo decide hablarle de sus reflexiones. Hay una sabiduría, le cuenta, donde somos ficticios. Ella lo mira perpleja y sonríe con respeto. El alivio de estas hojas vaporizadas, el bosque plasmado en el mantel, ese que se asoma en la ventana, tu voz capaz de llamarme, mis ojos que te agradecen. Todo, absolutamente todo, es ficticio. Oei termina haciendo una venia. No responde porque su padre sólo afirma para preguntarse a sí mismo. Hokusai la ve salir envuelta en una lentitud que es otra apariencia de la luz del universo. La belleza es lo único existente, considera. Y no es verdad que esté tramada de ficciones. Es una incesante reunión de fugacidades. Hokusai parpadea. Sus ojos se apagan. Espera unos segundos. Las imágenes regresan. La fugacidad, acaba de saberlo, es el asunto hallado.

Autorretrato

GÉRICAULT

Mis palabras son imperfectas ante su cuadro. Me alegro por el arte, por usted, por su búsqueda. Me doy cuenta de que de algo sirvieron nuestras conversaciones. La fragata estrellada contra los arrecifes. La construcción de la balsa con los restos del mástil. La desesperación de los pasajeros por salvarse del mar. La primera noche cayendo, repentina, y dejándonos desnudos frente a la muerte. Las aguas como una execrable alucinación azul. El cielo encima de nosotros forjado con toda la claridad del universo. Los toneles de vino bebidos para poder matarnos con más euforia. Y luego el delirio. Ese que todavía me despierta en las noches. Ese que aplasta mi corazón y aumenta mi pánico. Ese que no está en su cuadro, Géricault. Tampoco está el sabor quemante del vino. Ni el de la sangre. Ni la imprecisa duración de esos días enormes y solos. Tal vez estoy equivocado. Usted es el artista y yo soy nadie. El cuadro representa, eso han dicho, no el naufragio de varios hombres, sino el de Francia, el de Europa, el de una civilización, el de la humanidad. Sé lo que usted ha hecho para captar la tragedia. Los interminables encierros en su taller. Allí donde varias veces fui escuchado. Las cabezas guillotinadas que le llevaron. Sus horas observando ojos a medio cerrar, labios con sonrisas de asfixia, perplejidades últimas. Las visitas a hospitales para detallar en papeles las máscaras del dolor. Pero en el cuadro, que hoy he visto en el Louvre, usted ha pintado la esperanza. No el infierno padecido. Ese solo me pertenece a mí, Géricault, su único sobreviviente.

La balsa de la Medusa

DELACROIX

La encontramos en una de las calles asoladas por los motines. Ella, ante la evidencia del frenesí, parecía no entender muy bien qué pasaba. Nosotros, en cambio, estábamos maravillados frente a la fuerza de la rebelión. Desde hacía horas vivíamos con tal intensidad que lo que pudiera sucedernos nos tenía sin cuidado. Morir con una bala en el corazón, acuchillados por las bayonetas, o ser pisoteados por una multitud enfurecida era lo mejor que podía pasarnos. Habíamos tenido tiempo para lanzar piedras, construir barricadas y cargar el cuerpo del herido. Y bebíamos sin parar, conscientes de estar en medio del heroísmo y el terror. Y era como si la visión de la sangre, los cuerpos mutilados, el estallido de los cañones bastaran para aumentar nuestro deseo. Recuerdo haber visto, en medio de la confusión, a una pareja, abrazados en el extremo de una calleja en sombras. Como capitán, debí llamarles la atención. Pero en lugar de indignarme me enternecí. No fue raro entonces que un mutuo acuerdo se hubiera establecido entre nosotros cuando nos topamos con ella. Verle sus pechos descubiertos fue suficiente. La acorralamos. La terminamos de desnudar con dos manotazos. Y entre todos la lamimos, le mordisqueamos sus hombros, y hasta le arrancamos algunos mechones de sus cabellos. Ella, oliente a humo y a escombros, ni siquiera nos miraba cuando cada uno de nosotros la montó. No dijo nada tampoco cuando le cantamos el fragmento de un soneto de mármol. Al vernos satisfechos, se puso sus andrajos. El gorro frigio se lo acomodó de cualquier modo. Luego tomó la bandera. Y con fuerzas renovadas se lanzó hacia otro lugar. De allí provenían gritos, tiros, cañonazos y más devastación.

La libertad guiando al pueblo

COURBET

De niño miraba a mis hermanas en el baño. Y no había curiosidad más deliciosa. Haciéndolo, conocí la sed del ojo. Encaramado en el tejado, mirando por los instersticios, supe del deseo sin saber que el temblor que me invadía tenía también nombre. Después, recostado en la molicie, miré otras mujeres. Su hendija por donde yo entraba y salía trastornado. El origen del mundo quizás sea el que has pintado. Pero es mejor mirarlo en un cuarto, sucedido el desgarramiento, mientras ellas duermen saciadas. O desde el techo, con un cielo despejado arriba, y abajo un chorro de agua regándose por los baldosines del baño. Herida o barranco de donde brota la vida y se vomita la putrefacción de los plenilunios. Todo esto lo miraba en mis hermanas cuando era niño. Y una canción, la que falta en tu cuadro, salía de aquellos labios adolescentes.

El origen del mundo

MANET

Persigo la belleza. Lo hago donde tal vez sea más difícil encontrarla. En lugar de celebrar su encuentro, tengo la convicción de tocar la nada. Ambas realidades, empero, son circunstancias sometidas al roce y no a la durable palpación. Quiero ser más claro. Persigo el poema y he leído todos los libros. Y no sólo la carne, sino toda reflexión, me han dejado un sedimento de melancolía en el alma. Sé pocas cosas en realidad. Hoy creo entender tres. Que es corto el poema y ardua su escritura. Que el humo de mi cigarrillo, ese que intentas dibujar en la tela, encierra más secretos que todas las palabras. Y que en la luz que hay más allá de tu mano, más allá de la ventana, más allá de la ciudad donde vivimos, hay una secreta ondulación donde el universo se expresa y justifica. Descifrarla acaso sea una tarea vana. Pero hoy, tú y yo, la emprendemos con fatiga una vez más.

Retrato de Stéphane Mallarmé

DEGAS

Es arduo volver al Ópera. Estás enfermo. Siempre, de algún modo, te ha dolido algo. Pero ahora es diferente. Tienes demasiada edad. Te parece excesivo haber pasado el umbral de los ochenta años. Y además los ojos: sensibles al frío, al calor, al polvo, al polen, a la lluvia. Pobres ojos de pintor, del todo desgastados. “Umbral”, has dicho, casi como un susurro. Útil palabra a la hora de nombrar tu búsqueda. Ese instante en el que el movimiento debe detenerse en la pintura. En el que la quietud y la velocidad se funden. Piensas eso, eres obsesivo en ese tema, mientras avanzas, la mano apoyada en el bastón, por las calles que conducen al Ópera. Te pesan las piernas, el abrigo, el sombrero. La barba, incluso, te pesa mucho más que los años. Mucho más que los cuadros que has pintado. Apenas logras vislumbrar a la gente. La ves como fulgores que van y vienen entre masas que son coches y árboles y casas. Sonríes, irónico, cuando te consideras un perpetuo alucinado por culpa de tus ojos. Sabes, en todo caso, que ahí está el teatro de la Ópera. Porque su sombra es inmensa. Porque toda morada íntima se reconoce a ciegas. Entras. Haces un antiguo recorrido por las salas. Escuchas el diálogo de un fagot, un contrabajo y una flauta. Y más allá, un poco en la distancia, un poco en todas partes, oyes pasos que saltan. Y el zas dejado en el aire por brazos caídos y levantados una y otra vez. Un repentino pálpito se instala en tu pecho. De entre la bruma surge una figura. Atraviesa, rápida, tus contornos. La ves segando, como un sable espléndido, las tinieblas. Su cuerpo inventa a cada movimiento el espacio. Y tú vuelves a verlo todo con la claridad de antes. Sientes la alegría plena de asistir a un milagro. Pero ella se detiene. Te toma la mano. La ves guiándote a través de la transparencia. ¿El umbral?, preguntas. Y ella responde, sin mirarte, sí, es el umbral.

La estrella

CÉZANNE

Las calles de Aix no cambian. Sus hombres te parecen anodinos. Odias esa ciudad como se termina odiando la recia permanencia. Pero la amas como se ama el propio cuerpo a pesar de su estrago cotidiano. Tu vida ha estado anclada siempre en Aix y tratas de fortificarte en esa certeza. Durante un tiempo

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