No distingo si el ruido que me despierta es una sirena de ambulancia o de bomberos. Las luces que pasan entre las rendijas ovaladas de la persiana parecen rojas y azules. O es la luz azul de la noche que ya se está volviendo clara. ¿Serán las seis de la mañana? Miro el reloj, son las siete. Dejo que mi propio peso me hunda en la cama.
Juan no volvió. Dijo que iba a volver a dormir pero no llegó.
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El acuerdo de pareja indica que avisan. Que cualquiera de los dos, si sale con otra persona, puede no volver a la casa (donde técnicamente vive ella sola), pero avisa. No es la primera vez que alguno rompe el acuerdo. Pasa a veces, por descuido. Pero no es lo más frecuente.
Para intentar no enojarse se pone a leer un libro, el mismo que lee hace meses, que no la engancha pero sigue al lado de la cama. Enseguida se vuelve a quedar dormida.
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Me despierto por segunda vez a las ocho y media. Más específicamente, ocho con treinta y seis minutos. Me parece que a esa hora ya está bien mandarle un mensaje.
Escribo uno que borro. Otro.
El que envío dice:
No volviste, todo bien?
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Cuando acordaron que no iban a tener una relación convencional y que podían mantener otros vínculos, llevaban pocos meses juntos. Ya se estaban viendo con otras personas, lo aclararon y siguieron así.
De eso habían pasado cuatro años. Ahora, hacía unos meses —siete—, él estaba haciendo algo que a ella le resultaba inusual: estaba viendo solo a una chica, siempre la misma y con cierta rutina. En general los martes y los viernes, o los domingos y los viernes. Él iba a la casa de ella, y solo los martes se quedaba a dormir. Esa noche, como solía hacer los fines de semana, había dicho que la veía un rato y después volvía.
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Voy al baño. Me lavo los dientes. Me enojo. Porque este sábado podía dormir hasta las diez, quedarme en la cama hasta las once, y ahora estoy despierta, esperando que responda el mensaje, que aparezca una nueva última conexión de su teléfono. Que me dé una buena excusa para no sentirme estúpida, una de esas estúpidas que esperan.
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Me levanto enojada, me baño enojada, preparo unas tostadas con queso enojada, las como enojada leyendo noticias en el celular. Me pongo a limpiar y ordenar enojada, y sigo enojada cuando decido dejar de hacerlo. Quiero ponerme a corregir algunas tareas de mis alumnos para aprovechar el tiempo, pero estoy inquieta, no me concentro.
Última conexión a las diez de la noche. ¿A qué hora se fue? A las diez menos cinco avisó que ya había llegado pero ¿era verdad? Se fue quince minutos antes. ¿A cuántas cuadras dijo que quedaba la casa de Mora? ¿Cuánto demoraba siempre? Reviso los mensajes de otros días. Veinte minutos entre que salió y llegó, trece minutos entre que salió y llegó, media hora entre que salió y llegó.
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A veces él miente. Ella también lo hace. A veces la mentira es tonta, como escribir «ya llegué» antes de tiempo por ansiedad, mandar un «chau, nos vemos mañana» para no tener miedo de olvidarlo después. Otras porque algo no está hablado, se está rompiendo algún acuerdo implícito. A veces mienten en detalles sin importancia y no saben por qué.
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¿Si mintió y le pasó algo hace diez horas, y no pudo avisarnos a ninguna de las dos? ¿Si no mintió pero le pasó algo a la madrugada, y se había olvidado de volver a avisar al salir? ¿Si tuvo un accidente con la moto y está en algún hospital, con el cuerpo y el cerebro destruidos?
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Los pibes con moto son peligrosos, eso le dijo siempre su madre. ¿O son peligrosas las motos? Algo de eso le repetía muy seguido cuando empezó a salir con Juan. Pero nunca le hizo caso.
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A las diez de la mañana mando otro mensaje. A las once otro. Decido que no quiero asustarme hasta el mediodía. Pero que a las doce, si no respondió, voy a empezar a llamar a hospitales y avisarle a su mamá.
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Dan las doce. Hay que llamar a la madre y a los hospitales.
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Antes, a las 11.59, intento con un último mensaje que, como todos los anteriores, nunca aparece como visto y mucho menos tiene respuesta:
Eyyy, estás bien?
y otro:
Ey, estás vivo?
I
¿Cómo aprende la luz a oscurecerse?
¿Debe hacer ejercicios de opacamiento?
CIRCE MAIA, «Final»
No es una mañana fría, pero Mora está enredada en mí, su torso hecho un rollito y sus piernas prendidas a las mías como pinzas. Como un cangrejo. Cangrejo me decía Juan cuando yo hacía lo mismo. Le hablo para que se mueva y me deje salir.
—Ey, cangreja.
—¿Cangreja?
—Por las piernas.
—Araña.
—¿Araña?
—Araña.
Nuestros intercambios son así. Esporádicos, acotados. Se estira apenas lo necesario para que yo pueda sacar las piernas y vuelve a enroscarse, pone una almohada donde estaba yo. La miro mientras me visto para salir. Aprovecho las mañanas para examinarla. Duerme enterrada bajo muchas capas de ropa. Agrega una más cada día. Siempre se abraza a algo si me voy.
Cuando no estaba yo, y ella todavía vivía en su casa y tampoco estaba Juan, ¿también dormiría así?
Me saco el pantalón de tela finita que usé para dormir, me pongo unas medias largas de color verde musgo. Me siento acalorada y me las saco. Me pongo una pollera negra larga, amplia, que me gusta cómo queda con botas acordonadas. Juan decía que era una pollera de menonita. Mora abre un solo ojo y me mira. Creo que me sonríe, lo adivino aunque sus ojos chiquitos no se ven en la oscuridad.
Camino por la casa con la pollera larga y las botas pero sigo con la remera del pijama. Voy al baño y me lavo los dientes. Paso por la cocina, tomo un vaso de agua. Vuelvo a la pieza, me cambio la remera, termino de vestirme. Ahora Mora duerme profundo, no llega a roncar pero hace un ruido, como un silbido o un ronroneo. Juan me había dicho que roncaba bastante.
Con un ojo abierto y uno cerrado, me pregunta:
—¿A dónde vas?
Le relato mi día por anticipado. Le digo que voy a la escuela, que estoy yendo más temprano porque tomé horas de una suplencia en uno de los colegios. Que vuelvo a la hora de siempre.
No ahondo en detalles, no le digo que el curso nuevo es un quinto año, y que dudé mucho en tomar las horas porque no es tanta plata y es el peor horario, pero que los alumnos más grandes del secundario son los que más me motivan. Muchos profesores creen que esos cursos son los más difíciles porque no están interesados en nada y yo pienso lo contrario, están abiertos a todo.
Con Mora no tuvimos demasiado tiempo de conocernos, aunque ya pasaron cinco meses. Lo poco que sabemos una de la otra lo sabemos por diálogos casuales y cortos. Nunca nos sentamos a preguntarnos de qué trabajás, qué hacés en tu tiempo libre, cuál es el último libro que leíste, cómo se llamaba tu último novio o novia. O el último o última antes de Juan.
No sé si sabe qué materia doy. No me acuerdo de haberle contado que enseño Ciencias Sociales en secundarios, tampoco me lo preguntó nunca. Se lo habría dicho Juan, lo sabría de antes. Pero nunca hablamos de esas cosas.
Yo no le pregunté nunca si está conforme con la farmacia en la que trabaja o tiene ganas de encontrar otra cosa, y si en ese caso le gustaría algo que tenga que ver con las carreras que estudió y abandonó o con algo completamente nuevo. Ni ella me preguntó a mí cuándo supe que me gustaba enseñar, ni si me gusta en serio, o si de las diferentes materias que doy —Historia, Ciencias Sociales, Sociología— alguna me gusta más.
Me dice que me espera a la tarde entonces.
Esos días en los que me voy muy temprano y ella me dice que va a esperarme, me espera de verdad. No es que se quede sin hacer nada. Entre que yo me voy y vuelvo, también va al trabajo y vuelve. Trabaja en una farmacia. Pero encuentra tiempo de ocuparse de detalles simples, como elegir una película para que veamos por la noche o ir al supermercado para después preparar algo de comer. Me gustan esos gestos. También me gustan los finales de las tardes con ella, el momento en el que se va haciendo de noche y las dos, en general casi sin hablarnos, nos vamos acomodando en los rincones de la casa y hacemos cosas juntas.
No dejo de fascinarme por cómo se comunica sin hablar, y a veces se las arregla para invitarme a hacer una tarea sin dirigirme una palabra. Quizá estamos en silencio, ella leyendo y yo corrigiendo, o cada una en el sillón revisando su celular, y con un movimiento decidido se levanta, abre la alacena, me muestra un paquete de harina y unas remolachas que sacó de la heladera. Yo asiento con la cabeza, me paro y me pongo a lavar, pelar, hervir y pisar las remolachas, tarea que Mora odia porque nunca se deshacen del todo. Ella prefiere amasar.
Servimos dos vasos de vino, yo caliento una salsa de las que vienen listas, le agrego cebolla que ella picó. Puede ser que la primera palabra que nos dirigimos en toda una tarde sea «sacalos, mirá que ya están flotando». O «¡qué ricos!, quedaron mejor que la otra vez».
También puede ser que no nos hablemos hasta más tarde, cuando nos preguntamos si vamos yendo para la cama.
Pero llegado ese punto hablamos. Ninguna de las dos se va a acostar sola.
Tengo miedo, siempre tuve miedo de ser una estúpida que espera. Cuando espero a Juan que me dijo que se juntó con los amigos pero está con una chica, soy una estúpida que espera. Cuando Mora cree que Juan quizá, como dijo, le va a escribir más tarde para hacer algo cuando termine con unos asuntos, mientras que ya está en la cama conmigo, es una estúpida que espera. Cuando el ama de casa ejemplar de una película norteamericana espera con la comida hecha a un hombre que se está acostando con su secretaria, es una estúpida que espera. Cuando una mujer espera del otro lado del mundo a un hombre que ya formó una familia nueva en otro continente, es una estúpida que espera. Pero cuando Mora se cree una estúpida que espera a Juan que se quedó conmigo y en realidad está muerto, ¿qué es?
Lo que más me gusta hacer con Mora es dormir. No el sexo; dormir. La primera vez que compartimos la cama veníamos de la semana terrible. Y las dos la habíamos pasado en vela. Ella había estado dormida dos veces, en bloques de dieciséis horas cada una, empastillada por recomendación de su madre, que creía en una versión light de la historia: que se había muerto un amigo, uno que vivía cerca y la ayudaba mucho con cosas del trabajo y la carrera.
Yo había descansado apenas algunos minutos en toda la semana de forma intermitente, y muchas noches estaba segura de que no había dormido nada. La psicóloga me dijo más tarde que el cuerpo se engaña, que me sentía en constante vigilia porque me carcomí
