Aquellas noches eternas

Silvia Grijalba
Silvia Grijalba

Fragmento

Capítulo 1

1

2 de abril de 1963

A Maite se le daba bien fingir. Llevaba casi toda la vida haciéndolo. Pero aquella tarde, envuelta en esa alegría bulliciosa tan de los Morán, notaba que estaba flaqueando. No sabía cuánto tiempo habría permanecido ensimismada, de cara al ventanal, con la vista fija en las hortensias que casi tapaban la fuente de piedra rematada por el blasón familiar. Aquel día, en esa fiesta de noventa cumpleaños de su abuelo Gabino, no podía decaer, debía ser más que nunca la Maite afable que todos conocían. La mano de su tía Nené sobre su antebrazo la hizo recomponerse, adoptar la sonrisa encantadora que exigía la ocasión. Asintió con la cabeza a la mirada pícara de la otra hermana de su madre, Cova, sin saber qué estaban diciendo, y se unió a las carcajadas de ambas que Nené remató: «Y con eso te aseguro que este verano celebramos la pedida de mano». Maite intuyó que seguían con la conversación de hacía un rato, con su asesoramiento sobre cómo conseguir que su novio la llevara al altar. «Ya sabes cómo es Alfonso… Yo no tengo ninguna prisa», respondió. Cova, cariñosa y directa, atacó: «Maitina, ya tienes veinticinco años, lleváis una eternidad saliendo». Maite iba a cambiar de conversación con un cumplido sobre lo bien que le sentaba a su tía ese traje de Pedro Rodríguez verde esmeralda. No fue necesario. Las risas que rebotaban en los altísimos techos se aplacaron y cesó el ruido de las copas, posándose sobre las bandejas de plata que trajinaban las doncellas. Covadonga había irrumpido en la sala. Pepón, el guardés de la finca, sostenía con esfuerzo la puerta de roble y ella permanecía sonriente en el umbral del salón.

Maite estaba acostumbrada a que la entrada de su prima mayor hiciera enmudecer una estancia. Lo había vivido de niña, cuando llegaba a sus fiestas de cumpleaños tan resuelta, con una seguridad tan dulce, tan natural. Lo había admirado en la adolescencia, con esa mirada embelesada de los chicos cuando, sin querer, los rozaba con su larguísima melena rubia o los observaba fijamente (por su miopía, no por interés) con esos ojos azul oscuro que jamás tuvo que maquillar. Lo peor de todo era que Maite se sentía incapaz de tenerle envidia; Covadonga no tenía que ver con otras compañeras de colegio, las que se consideraban guapas oficiales. Esas, a ojos de Maite, sí actuaban conscientes de su superioridad estética y sabían cómo embelesar y humillar con sus curvas irritantes. Lo de Covadonga era distinto, tenía que ver con su talante. No podía evitar ser así, como una pantera, con esa misma impronta regia y displicente, pero también protectora. Detallista, generosa y llena de chispa, rápida para bromear y hábil para consolar. Maite era consciente de ello porque sabía reconfortarla y coincidían en ese sentido del humor soterrado, lleno de ironía, que convertía a esas hijas únicas en unas casi hermanas cómplices.

Durante su primera adolescencia, había intentado imitar su gracejo distante, pero se dio cuenta rápido de que era una misión suicida. Maite carecía de ese hechizo natural. No es que fuera fea, en absoluto. Tenía una cara preciosa, unos pómulos envidiables y un pelo ondulado que en verano se cubría de esas mechas que otras buscaban en la peluquería. Pero Maite era incapaz de verse atractiva; envidiaba a las chicas que tenían caderas y pecho y que agitaban las pestañas, coquetas. En cambio, se había empeñado en agradar, lo cual, en ocasiones, consistía en no molestar. Así se lo habían enseñado. Su padre tenía cuarenta y cuatro años cuando ella nació (veintisiete más que su entonces jovencísima madre) y la paciencia no estaba entre las virtudes de don Pedro, el señor Velasco, el gran arquitecto, letrado y empresario inmobiliario, primogénito de la saga de abogados ovetenses. Su madre, Mila, la pequeña de las bellísimas hermanas Morán, alababa lo «callada, buena y obediente» que había sido siempre su hija.

Maite agradeció más que nunca que la entrada de su prima abriera un paréntesis en la reunión y que su no boda dejara de ser el tema del día. Era la primera visita de Covadonga a Asturias desde hacía cuatro años. La ausencia no se debía a una ruptura familiar (al menos no oficialmente); todos sabían de ella. Su madre, Cova, iba a verla con frecuencia a Londres, donde había trabajado en el atelier de Mary Quant, y también a Torremolinos, donde se había mudado un año atrás.

Pero aparte de su magnetismo y de la novedad, había algo más. Cova le había dicho aquella mañana: «Covadonga, cariño, ve lo más discreta posible, si quieres te presto algo», y ella le hizo caso. Había pensado ponerse un vestido op art de la nueva colección de Mary Quant, pero consideró que era demasiado corto, así que eligió un traje pantalón de terciopelo púrpura que había diseñado ella misma y una blusa de seda mostaza que le parecía menos llamativa que la de paramecios. Con la excusa de su pasión por la moda, los familiares más cercanos fueron laxos a la hora de juzgar su indumentaria, pero los primos lejanos, las amigas de su abuela, los conocidos de la sociedad ovetense y los directivos de la banca Morán, que habían sido honrados con la invitación a esa gran fiesta del presidente de la entidad, no podían ocultar su desconcierto.

Las conversaciones volvieron a la relativa normalidad, salpicadas de susurros. Covadonga hizo como que no se había dado cuenta de la atención suscitada y, después de abrazar a Pepón, buscó a su prima. Cuando, por fin, la vislumbró a lo lejos, le lanzó una mirada traviesa. En ese momento, la nuca de Alfonso, con su cabello castaño bien recortado, se interpuso entre ellas. Maite pensó en un símil del baloncesto que tan brillantemente practicaba Alfonso. Aquello había sido un bloqueo en toda regla. Dudó un instante entre darse la vuelta o seguir su camino hacia Covadonga, y decidió que no debía evitar a Alfonso. Que esa tarde tenía razones para ser más adorable que nunca.

Alfonso agarraba a Covadonga por los hombros con la familiaridad de dos viejos amigos que se conocen desde la infancia. Ella estaba incómoda. Nadie lo hubiera dicho, porque sonreía cautivadora al jefe de Alfonso y a su esposa. Maite se estaba acercando y la oía decir: «Por supuesto, es el momento clave para construir; todo el mundo va a querer ir de veraneo. La Costa del Sol es una maravilla, después de Londres no me puedo creer el tiempo que hace. Anteayer, antes de coger el tren, estuve bañándome en la playa». Alfonso vio a su novia acercarse y le hizo un gesto para que se uniera al grupo. Con el brazo que le quedaba libre, la atrajo hacia él. Covadonga aprovechó para zafarse de debajo de aquella axila; con el ademán se le despeinó el cortísimo pelo, pero no se molestó en atusarlo.

—Alfonso, van a decir que has bebido demasiado y que nos necesitas para sostenerte en pie —bromeó soltando una carcajada que todos secundaron—. ¿Queréis algo? Me muero por una copa de champán. Espero que el abuelo haya encargado suficientes botellas de Dom Pérignon para calmar esta sed…

Después de un par de minutos de comentarios de cortesía, Maite abandonó el grupo, con la disculpa de que su prima y ella tenían mucho que contarse después de tanto sin verse.

Pensó que ojalá aquello fuera cierto y de verdad tuvieran que ponerse al día. La noche anterior la habían pasado en vela, charlando en voz muy baja. En el mismo cuarto donde, cuando eran niñas, jugaban con la Mariquita Pérez que Maite cuidaba como a una hija y Covadonga trataba tiránicamente como a una clienta exigente para la que diseñaba estrafalarios estilismos. Quince años más tarde, Covadonga no se anduvo con rodeos. En el momento en que entraron en la habitación, cerró la puerta, se sentó en la cama, cogió la mano de Maite y se lo soltó: Alfonso la había llamado para contarle que Maite estaba embarazada (cosa que ya sabía por la aludida, pero no podía darse por enterada) y quería que ella la convenciera de que interrumpir ese embarazo era la mejor solución posible. Daba por hecho, además, que Covadonga conocería una clínica en Londres, discreta y de confianza.

Mientras Maite se dirigía hacia la barra de bebidas y rechazaba los canapés que le estaban revolviendo el estómago, repetía aquellas palabras y no paraba de pensar en el titular que Covadonga, la noche anterior, no había querido endulzar: «Pero lo peor no es eso, Maitina… Tiene la desfachatez de decir que él correrá con todos los gastos y que, si lo haces, promete casarse contigo». «Si lo haces, promete casarse contigo», esas seis palabras resonaban una y otra vez, como el estribillo machacón de una canción pegadiza. Se sentía culpable y estúpida. Tenía claro que ella, con su aguante, con perdonarle todo, con pedir disculpas por sus enfados cuando él desaparecía dos días sin dar explicaciones…, ella era la que había convertido en un premio inigualable que él la llevara al altar. Pero de lo que más se arrepentía era de no haber tenido el coraje de hablar con él meses atrás. De no haberle dicho lo que había asumido con certeza: que no quería casarse, que debían romper y que había perdido demasiado tiempo. Maldijo su cobardía porque, antes de atreverse a romper, llegaron las semanas de retraso de la regla, y las náuseas y el pecho hinchado, y la visita al farmacéutico de Castro Urdiales que conocía Alfonso «por cosas de algunos amigos», y la noticia de que estaba embarazada. Ese día se ilusionó con la idea de que todo cambiaría, de que el plan de romper había sido un berrinche y que el destino la unía a Alfonso y al hijo que iban a tener. Él parecía raro al principio, pero luego pasó a ser cariñoso, a estar pendiente de ella. Maite se había vuelto a entregar. Pero todo encajaba; su cambio de actitud había coincidido con la fecha en la que había hablado con su prima.

Absorta en su pesadilla, tropezó con Covadonga, que había ido a su encuentro.

—Toma esta copa de vino, aunque no la bebas, y vamos a la galería. Y sonríe —susurró, agarrándola del brazo.

No les resultó fácil esquivar a los que querían saludarlas, pero, tras varios «luego hablamos, que tenemos que coger una cosa…», por fin estaban en ese sitio donde las mujeres de la familia se habían reunido desde hacía cuatro generaciones para charlar, llorar, coser, tocar el piano, celebrar los triunfos de sus hijos y quejarse de las cosas de sus maridos. Las vidrieras con dibujos de calas protegían la sala acristalada de la vista de los hombres que fumaban en la explanada del jardín trasero, la que daba al hórreo. Maite, instintivamente, se sentó en el tú y yo que tanto le gustaba. Covadonga la siguió, sonriendo con nostalgia.

—¿Te puedes creer que no me acordaba del tú y yo? Creía que era de terciopelo verde, no dorado.

—Es que lo han tapizado —replicó Maite—. Oye, deberíamos volver rápido; les va a parecer raro que estemos aquí.

—Ya, bueno, tampoco importa tanto a estas alturas.

Covadonga escudriñó a Maite, que apartó la mirada.

—Maite, ¿estás convencida de lo que hablamos ayer?

—Sí, sí, claro… Tampoco tengo otra opción.

—Sí tienes más opciones. Ya sabes cuáles.

Maite se dio cuenta de que iba a agotar la paciencia de su prima. Estaba siendo injusta. Le había ofrecido que se fuera a vivir con ella a Torremolinos. Le había encontrado un trabajo en el Pez Espada, ese hotel de lujo del que tanto le había hablado. Aquel en el que Covadonga había coincidido con Ava Gardner, en el bar de la piscina, tomándose una copa de anís con cerveza. Por otra parte, Torremolinos tenía, según había oído y Covadonga ratificaba con pasión, todo lo que ella llevaba años asegurando que echaba en falta en Oviedo. A esos «cómo me gustaría», Covadonga le contestaba: «Pues hazlo, vente», y Maite musitaba que no era tan decidida como ella. A Maite cada vez se le hacía más insoportable la presión del qué dirán que obsesionaba a su familia y a Alfonso; las tediosas meriendas con sus amigas del colegio, ya casadas, que no sacaban el tema de su no boda porque «pobrecita»; la temporada de ópera en el Campoamor y las galas benéficas en el hotel Covadonga, en las que la única cara nueva era la de algún recién nacido.

Las dos veces que viajó a Londres con su tía Cova (sola no se lo permitían), volvió diciendo que había sido más feliz que nunca. Ella lo achacaba a la novedad, pero era absurdo engañarse. Disfrutaba del anonimato, de los personajes estrafalarios, de los paseos y de algo que no podía identificar y que, en una carta a Covadonga, calificó de «pellizco de plenitud».

—Perdona, tenías razón con lo de ayer. Lo del embarazo, al final, es lo de menos. Tengo que salir de aquí. Estoy enterrada en vida.

—Así me gusta.

Covadonga sacó un sobre del bolsillo interior de su americana y se lo dio.

—Con esto tienes para el tren y para cualquier imprevisto. Calla, no me cuesta nada. Ya me lo devolverás cuando te hayas hecho millonaria.

Maite fue a decir algo, mientras guardaba el dinero en su bolsito. No dejaría nunca de sorprenderle lo resolutiva que era su prima. Recordaba que ella también era así de niña; estaba convencida de que podría conseguir todo lo que se propusiera, pero llegó a la adolescencia y ese don se congeló. La noche anterior había vislumbrado algo de aquel arrojo de la infancia; por un momento se sintió capaz de ser lo que deseaba, pero las ráfagas de la duda y de los «no voy a poder» empezaban a acallar esa ilusión feroz.

En ese momento se abrió la puerta que daba al jardín. Era Alfonso, sonriente y un poco sudoroso. Se mesó el pelo con ese gesto cautivador que hacía desde niño.

—Ya imaginaba que estaríais aquí. Covadonga, tu madre te está buscando. Ha mandado una expedición para localizarte.

—Pensará que me he vuelto a Torremolinos. ¿Puedes decirle que me has encontrado? Que no se preocupe, ahora vuelvo a la fiesta. Prometo ser charming y saludar a todo el mundo, en particular a los que aborrezco.

—Vendrá enseguida, ya le he dicho que seguramente estarías en vuestra guarida, con Maite.

Alfonso se sentó en el sillón del abuelo Gabino y contempló a su novia con lo que cualquiera hubiera considerado devoción. Maite conocía esa mirada. Durante años había logrado derretirla, pero el resabio le advertía que lo siguiente sería alguna zalamería con la que borrar la culpa.

—Ese sillón es donde nos besamos por primera vez. ¿Te acuerdas?

Ella asintió ladeando la cabeza para dejar caer su melena ondulada sobre el hombro y fingió una sonrisa evocadora. Alfonso fue a besarla en los labios, el cuerpo de ella reaccionó apartándose, pero rectificó, le devolvió el beso y, levantándose, farfulló un «cómo no me voy a acordar, mi amor» que sonó a «en qué hora».

Maite aprovechó para levantarse y se encaminó hacia la puerta, pero notó que no la seguían. Se giró y allí continuaban callados, en sendos sillones, mirando el orbayu que caía sobre la hierba del jardín. Ella quería romper esa reunión cuanto antes. Tenía claro que Alfonso había ido a buscarlas para comprobar si Covadonga estaba cumpliendo su promesa de convencerla de abortar. Pero eso, en aquel momento, no era lo que más le preocupaba.

—¿Qué hacéis? Vamos, no podemos quedarnos aquí toda la tarde, es el cumpleaños del abuelo.

En vista de que no se movían, Maite dudó. Estuvo a punto de dejarlos allí solos, pero entre disgustar a su familia por esa prolongada ausencia y dejar hacer a Covadonga, escogió lo primero. Temía que Covadonga aprovechara para desenmascarar a Alfonso y, delante de él, volver a narrar su infecta propuesta. Maite sabía que aquello precipitaría todo, lo cual podía ser bueno, pero necesitaba tiempo para dar ese paso de baile que le parecía un salto mortal. No quería lanzarse esa tarde, con su familia detrás de la puerta. Así que se sentó en la esquina del sofá adamascado, lo más lejos posible de Alfonso, y decidió dirigir la conversación para no dejar ocasión de hablar a ninguno de ellos. Cruzó delicadamente sus larguísimas piernas, juntó un tobillo con el otro, posó una mano en la rodilla que apenas cubría su vestido y apoyó la otra debajo de la barbilla, acentuando la quijada perfecta, obsequio genético de su madre. Afortunadamente tenía una rapidez mental que la había salvado de algunos trances, pero no sabía cómo arrancar el diálogo; ningún tema le parecía procedente. Consideró que mostrar interés por la vida de su prima en Torremolinos podía dar pistas sobre su próxima escapada, así que decidió preguntar a Alfonso por el campo de golf que estaban planeando construir cerca de Somao. Él se regodeó encantado, detallando todo tipo de datos e insistiendo en que la idea había sido suya, aunque su jefe se llevara la gloria. Maite notó que su prima estaba a punto de soltar alguna de las suyas, así que cambió el foco.

—Esa habilidad tuya para los negocios va a resultar muy útil a Covadonga. No sé si te conté, creo que no, que va a lanzar una línea de moda.

—Claro, encantado de ayudarte —respondió Alfonso, mirando extrañado a su novia; era la primera vez que alababa su capacidad empresarial—. La gente se cree que esto de montar una empresa es abrir la tienda y listo. Pero exige un trabajo, una estrategia que no podéis imaginar.

Maite miró suplicante a su prima, que la entendió al instante, como era habitual entre ellas.

—No sabes cómo te lo agradezco. Ya sabes, la parte artística se me da bien, pero la de los negocios, fatal.

—Bueno, algo sabrás, en la empresa esa en la que trabajabas en Londres…

—Mary Quant —interrumpió Maite.

—Eso, perdón. Llevabas las cuentas, aparte de diseñar —dijo Alfonso, condescendiente.

—Sí, bueno, lo que llevaba era el departamento de apertura de tiendas. Pero aquello es muy distinto a España. De momento me está ayudando una amiga, pero seguro que acudo a ti, gracias por ofrecerte.

Alfonso no era tonto y no tenía claro si Covadonga estaba burlándose de él. Había alguna cosa en ella que le hacía sentirse inseguro. Con Maite le pasaba algo parecido; aquella mezcla de inteligencia, elegancia y sarcasmo era lo que le había atraído siempre de ella y lo que se empeñaba en dominar. Le había costado, pero parecía haberlo conseguido. Con Covadonga no podía y odiaba descomponerse. En esas ocasiones, lanzaba bromas de las que más tarde solía arrepentirse.

—Lo que necesitas es un novio que te guíe en estas cosas, Covadonga. Ya va siendo hora de que te busques un hombre al que hacer sentar la cabeza.

Covadonga le lanzó una mirada gélida, se levantó, se encaminó hacia la puerta y, cuando estaba a punto de abrirla, le contestó:

—Alfonso, querido, las mujeres de la Costa del Sol no somos de hacer sentar la cabeza a nadie.

2

24 de abril de 1963

Aquel miércoles, como todos desde hacía dos años, Maite se sentó en el banco de al lado de la Academia Álvarez y encendió un cigarrillo. Tuvo cuidado de volver a guardar el paquete de Bisonte en el compartimento interior de su bolso, para que su madre no descubriera ese vicio que estaba reservado a los hombres. Aquel día, su amiga, la también fumadora Luisa Zamora, se había saltado la clase de inglés. Se fue después de la de contabilidad para llegar a tiempo a la modista, que ultimaba los detalles de su vestido de novia. Maite estuvo tentada de no cumplir con el ritual del pitillo antes de regresar a casa; aquella tarde de mayo hacía frío, ella estaba destemplada y lo de sentarse sola en un banco le resultaba incómodo, era algo que sus tías habrían calificado de «cierta falta de decoro». La frase le pareció una ocurrencia, teniendo en cuenta las circunstancias. «Decoro, ay, decoro», murmuró echando la ceniza al suelo.

—Se lo voy a decir a tu madre.

Maite dio un respingo. No por la amenaza, sino por la voz. Miró hacia arriba y, efectivamente, no se había equivocado; era Alfonso.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué haces aquí?

—Venir a buscarte —respondió Alfonso, con esa media sonrisa que remataba con una mirada carnal. La misma que lanzaba como un cebo que ella mordía, encantada, cada vez que iba a besarla o aquella vez, diez meses atrás, en la que, en la casona de Muros, había entrado en su habitación a escondidas. Lo había hecho en otras ocasiones, para besarse, tocarse, pero en ese encuentro sí habían llegado hasta el final.

Maite estuvo a punto de insistir, de repreguntar el motivo de su presencia. En circunstancias normales lo habría hecho; era la primera vez que iba a recogerla a la salida de la academia. Pero calló, aceptó la mano que su novio le tendía para levantarla, tiró el cigarrillo y dejó que la acercara hacia él, agarrándola por la cintura, para darle un beso en los labios que duró un par de segundos más de lo apropiado en público. Aquella tarde de miércoles, Maite decidió ni preguntar, ni comentar. Y así continuó durante los días siguientes.

Ese mismo sábado, tomaron un vermut en La Paloma con sus amigos, como cada mediodía de los fines de semana. Luisa preguntó a Maite a qué sesión prefería ir al cine Santa Cruz al día siguiente, ella respondió que a la de las cuatro y, para sorpresa de todos, Alfonso interrumpió diciendo que él ya tenía entradas, que había pensado en que fueran juntos Maite y él.

—¿No vas a venir a la partida de póquer? —preguntó desconcertado Fernando, el futuro esposo de Luisa.

—No, ya avisé a Nachín.

—A la que podías haber avisado es a mí —interrumpió Maite—, ya tenía planes.

—Mujer, por mí no te preocupes, que Alfonso quería sorprenderte —apuntó Luisa.

—Hace mucho que no vamos al cine juntos —dijo Alfonso.

Ella estuvo a punto de replicar con ironía, aludiendo a Lo que el viento se llevó, pero prefirió aceptar las cosas como venían y también esquivar la mirada suspicaz de su amiga.

Al día siguiente, después del cine, Maite pensó que Alfonso la llevaría a casa y se incorporaría a la última parte de la partida en casa de Nachín. Así que el «¿te apetece que vayamos a picar algo?» la hizo recuperar esa ilusión de los primeros años de su relación con Alfonso, cuando él se empeñaba en conquistarla y ella hacía como que no lo había conseguido. No recordaba cuándo empezó el desasosiego, pero en ese momento le daba igual. Sentada frente a él, en Casa Sabino, compartiendo el pastel de cabracho y la media botella de clarete, arrastrada por la risa contagiosa de Alfonso, era feliz. Él hablaba y Maite estaba absorta en la arruga que se le formaba en el carrillo derecho al reírse, la misma que creaba al fumar y que le daba ese aire a Jacques Brel.

—¿Nos vamos? —dijo él, mirándola fijamente y cogiéndole la mano.

Por un momento, en su ensoñación, pensó que esa pregunta, aparentemente inocente, equivalía a: «¿Nos escapamos, formamos una familia lejos de aquí y somos felices juntos el resto de nuestra vida?». Maite no iba tan desencaminada, porque la propuesta no era inocua. Ante su silencio, Alfonso le aclaró que se refería a la casina de Bobes. Una cabaña de labranza de la familia de Alfonso, que nadie usaba y de la que él tenía la llave. Maite adujo que era tarde, Alfonso dijo que no tanto y ella le dio la razón. Estaba deseando llegar, dejar que la besara de arriba abajo, ver su cara mordiéndose los labios mientras ella gemía. Y luego, fumar juntos y preparar un café en la cocina, y servirlo en las tazas de porcelana de Limoges que había comprado para ellos, como si fueran su hogar y su ajuar. Los momentos en la casina de Bobes suponían una burbuja en la que todo era como debía. El problema llegaba al día siguiente. Cuando, ya en su casa, con el olor de Alfonso impregnándole el pelo, se ponía a pensar.

Aquella mañana, Maite detestó a Covadonga. En el duermevela, absorta en la tela granate del dosel de la que fue la cama materna, imaginaba que todo estaría bien si su prima no le hubiera contado su conversación con Alfonso. Que hacerse la tonta, ignorar información, había sido una hábil táctica de muchas mujeres a lo largo de la historia. La última semana y pico habría sido perfecta de haber vivido en la inopia. Esos días, había recordado la frase de su tía Nené: «La ignorancia de una verdad dolorosa lleva a la tranquilidad». Nené, que, tras enviudar, se hizo la sorprendida cuando le notificaron que la herencia había que repartirla con los dos hijos extramatrimoniales de su «afortunadamente fallecido esposo» (así lo rebautizó ella).

Maite rememoró el día del regreso de su prima a Torremolinos. Alfonso había intentado, hasta el último momento, tener una conversación a solas con Covadonga, pero ella le había evitado. En una tentativa última, se ofreció a llevarla al tren esa mañana. Partía a las seis de la madrugada y Covadonga no quiso molestar a Pepón a tales horas, así que aceptó la propuesta. Con lo que no contaba Alfonso era con que la poco madrugadora Maite se apuntaría a la despedida, desbaratando intencionadamente su plan. Así que, in extremis, al darle dos besos, Alfonso musitó un «¿le has dicho algo?», a lo que la astuta Covadonga respondió: «Se lo está pensando». Maite lo oyó, pero hizo como que no.

Maite tenía claro casi todo el tiempo que esa frase de su prima había sido el hechizo que convirtió a su novio en un príncipe solícito. Jamás había sido tan cariñoso, tan atento. Maite estaba acostumbrada a sus detalles desmesurados cuando metía la pata y a su encanto natural, a su sentido del humor, pero lo de esos días era distinto; se trataba de una entrega inusitada, era exactamente lo que Maite anhelaba desde hacía años, lo que siempre estuvo segura de que algún día conseguiría. El problema residía en que, pese a su ceguera casi total, en el fondo era consciente de que ese pasar el fin de semana completo con ella, ese hacer planes a tres días vista, ese calmar la sensación de perpetua incertidumbre, todo eso tenía que ver con el «se lo está pensando». Alfonso se estaba comportando como ella durante el último lustro. Siendo otra persona, intentando complacerla para que no le estropeara su plan de vida, calcado al de su padre. Un programa vital que él esgrimía como un decreto ley cada vez que alguien abordaba el asunto de que diez años de noviazgo era demasiado tiempo. Su padre, Ramiro Uriarte de Gaspar, había contraído matrimonio a los treinta años y tuvo a su primogénito, Alfonso, a los cuarenta. Mientras tanto, según el propio Ramiro, había «vivido». A Maite le sacaban de sus casillas esos comentarios de su presunto futuro suegro. Pronunciaba la palabra «vivido» relamiéndose, como si su soltería hubiera sido una época de felicidad absoluta que tuvo que interrumpir por un maleficio llamado boda. Maite, ante esas exégesis, sonreía por no desentonar con las carcajadas con las que su potencial familia política recibía «las cosas» de Ramiro, aunque fuera la octava vez que lo hubieran oído en ese mes. Los Uriarte de Gaspar componían un público muy agradecido. Maite suponía que no era la única a la que le resultaba exagerada e inexacta esa hagiografía de su etapa prematrimonial. Si «vivir», como se intuía, consistía en emborracharse, ir al casino y acostarse con señoritas, el altar no había cambiado nada. Únicamente que debía buscar excusas algo más sofisticadas, porque a quien rendía cuentas era a su mujer y no a su madre.

Pero, por encima de la estricta planificación vital de Alfonso, estaban las habladurías. Maite sabía la importancia que su novio daba al qué dirán, y no podía casarse con ella embarazada. Hubiera sido una deshonra, para él.

Así que, durante esas casi dos semanas que habían pasado desde los susurros de despedida en la estación, Alfonso había consagrado su vida a hacer feliz a Maite. A que viviera la ilusión de sus dotes como esposo perfecto y supiera lo que le podía esperar si viajaba a Londres, a una clínica de confianza y discreta.

La ojeriza matutina a su prima y la idea de que la desinformación da la felicidad se disolvieron en cuanto Maite se metió en la ducha, el jabón de Heno de Pravia borró el aroma a Alfonso y empezaron las tradicionales arcadas matinales del último mes. El rito consistía en dejar correr el agua para silenciarlas. Con sus padres no había peligro, porque tenían su alcoba en la otra ala del enorme piso de la calle Uría. Pero su tía Cova llevaba un par de meses durmiendo en el cuarto de invitados, contiguo al baño que usaba Maite, así que intentaba ser cuidadosa.

Mientras luchaba por controlar las náuseas, se hacía la toga para alisar el pelo. La fijó con una horquilla y se cubrió con un pañuelo. A su madre no le gustaba que fuera así a desayunar, «hecha una zarrapastrosa», pero ese día tenía prisa, debía cumplir con un rebuscado plan que le permitiera hablar por teléfono, sin testigos, con su prima. La cita era a las diez en punto. Habían quedado en que, si no había novedades, hablarían entonces. Sabía que era cuando Pilarín, la doncella, salía a la compra, y que su madre y su tía tampoco estarían. Ellas dos y Maite tenían reservados todos los lunes a esa hora en Peinados Nieves. El resto de las señoras de Oviedo solían pelearse para acudir a ponerse los rulos los viernes o los jueves al salón de la calle Ventura Rodríguez, pero a Mila Morán ir a final de semana le parecía una vulgaridad. Prefería la tranquilidad de los lunes. Ese era el día de su partida de bridge en casa de los Herrero, donde un mechón fuera de sitio podía suponer el ostracismo social. Maite de vez en cuando faltaba al ritual con Nieves, pero debía justificarse con una razón importante. Ese lunes había explicado que acompañaría a Luisa a elegir su ramo de novia.

Al llegar al comedor, su madre y su tía estaban alargando el desayuno, tomando un café de más, supuso que esperándola.

—Qué mala cara tienes, ¿estás bien? —dijo su madre—. Ya me ha dicho tu tía que te ha oído vomitar.

—¿Dónde fuisteis ayer a cenar? —intervino Cova.

—A Casa Sabino. El pastel de cabracho que comimos debió de sentarme mal.

—O bebiste de más. Hija, te lo he dicho un centenar de veces, no puedes ni debes seguirle el ritmo al chico ese… Bebe demasiado.

—¿Cuándo vas a dejar de llamar «el chico ese» a Alfonso, Mila, por favor? —preguntó, sonriente, Cova.

—Cuando le pida la mano a mi hija. Pero… Maite, ¿a dónde vas? ¿No desayunas?

—Déjala —susurró Cova, buscando la mirada de su sobrina, que la rehuyó.

Maite hizo un gesto de que le dolía el estómago y se dirigió hacia el pasillo. Prefería que pensaran que padecía resaca a que sospecharan la verdad, aunque tenía el pálpito de que su tía intuía algo. Si esa mañana había oído sus ruidos guturales, no habría sido la única vez. Le extrañaba que ella, tan directa, no le hubiera dicho nada, pero tía Cova era, como su hija, imprevisible. Había sido como una segunda madre para ella. Enviudó pocos meses antes del fin de la guerra, cuando Covadonga tenía cuatro años y Maite dos, así que las acogieron en su casa. No es que les faltara nada, el tío Luis les había dejado una herencia sustanciosa, pero hasta que Covadonga no cumplió los siete años no la dejaron irse.

Maite se arregló rápido para salir a la calle antes que ellas, esconderse en la esquina con Fray Ceferino y, cuando viera salir a Pilarín, volver a subir. Abandonó la casa con tiempo más que de sobra, así que decidió dar un paseo para pensar. No sabía cómo explicar a Covadonga que no había avanzado ni un paso, que no había hablado ni con Alfonso ni con sus padres, y, desde luego, no se atrevía a mencionar que a veces, incluso, retrocedía. Todos los días era consciente de su cobardía, pero lo realmente dramático era enfrentarse a describirle con palabras que volvía a verse envuelta en las redes de Alfonso. Pasó por el escaparate de la confitería Camilo de Blas y le asaltó un apetito de dulce inusitado en ella. Se compró dos éclairs de chocolate que empezó a devorar en el momento en que los pagó, aún dentro de la tienda. Apurada, empujó la puerta de cristal con fuerza y estuvo a punto de estampársela a un chico alto y con gafas que, lejos de enfadarse por el golpe, sonrió al verla.

—¡Maite! ¡Qué alegría!

Ella dudó un momento y reconoció a Pelayo Alonso, un amigo de la infancia al que hacía tiempo que no veía. Le encontró más rubio y más fuerte. Recordó que estaba haciendo un doctorado en Estados Unidos y relacionó instintivamente una cosa con otra.

—No te había reconocido. Al verte me he dicho: ¿quién será este chico extranjero? Pareces un americano.

—Será la cazadora esta.

—O el rugby, que ya nos contó tu madre que estás hecho un ju

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