Prólogo, por Laura Escanes
Si hace un tiempo me hubieran dicho que hoy estaría escribiendo un prólogo para un libro de una persona que filtró una relación mía cuando aún no se sabía nada, me habría apostado lo que fuera y hasta me habría quemado la mano jurando y perjurando que eso no iba a ocurrir jamás.
Pero, ay, la vida… Cómo te menea, cómo te sacude, cómo hace que tus «jamás» se conviertan en una prueba y en otra manera de descubrirte.
Después de diez años con momentos de exposición pública, alguna que otra crisis de reputación y momentos de sentir que mi vida estaba dirigida por la prensa y que estaba dejando de hacer lo que yo quería y sentía…, hoy sigo sin saber exactamente dónde está el límite. El mío y el de ellos.
El mío porque soy consciente de que yo he sido la primera en abrir una puerta a mi vida privada, a explicar cómo me siento, a contar mi felicidad, mis traumas, mis alegrías y también los momentos duros (aunque sea con humor). He sido yo quien, muchas veces, ha contado todo eso. Entonces sería hipócrita si me quejara cuando son otros los que buscan teorías, cuando aparecen los rumores, suposiciones o incluso mentiras. Es parte del juego, ¿no?
Pero el límite para mí, tal vez, es saber que es un juego. Es decir, que eso no es la vida real. Que lo que puedan decir de mí, realmente, no dice nada de mí. La importancia de saber diferenciar la vida privada de la íntima. Lo importante que es no publicar todo. Me viene a la cabeza la frase de «relación privada pero no secreta». Pues es más de lo mismo con todo. Mi vida es privada pero no secreta. La gente sabe cosas de mi vida, pero no sabe todo de mi vida (y menos mal). Eso ha hecho que encuentre la paz y la calma dentro de este torbellino. El poder de elegir qué publicar, qué batallas luchar y dónde poner mi energía. Sobre todo siendo consciente de que la vida va más allá de un programa de televisión, unas páginas en una revista y cuatro posts en las redes.
También diré que pienso esto ahora…, después de unos años de enfadarme con la prensa, contestar a veces de malas maneras y frustrarme cada vez que me filtraban un ligue. A saber qué pienso de aquí cinco. Creo que una de las cosas que más me definen es mi manera de cambiar de opinión. Y orgullosa de hacerlo, pa qué mentir.
Me parece que tengo buena relación con la prensa, conozco a casi todos los reporteros que te pillan por la calle, o en un aeropuerto cuando llegas de una escapada romántica. Me han visto pasar por mil etapas y casi he crecido con ellos. Así que, aunque a veces los odie un poco, los odio con cariño. Y quiero pensar que es mutuo. Antes veía un micrófono y temblaba porque no sabía bien qué decir. Los veía como enemigos. Ahora tiemblo porque, sabiendo que LA VERDAD es el único camino, me da miedo ser demasiado sincera.
¿Cuál sería su límite? Porque si yo voy descubriéndolo e intentando surfear las noticias que salen sobre mí de la mejor manera posible…, ¿dónde marcan ellos el límite? ¿Quién es quien decide a quién van a colocar como víctima y a quién como verdugo? Porque eso ocurre…, vamos que si ocurre. ¿Qué información deciden guardarse y por qué? ¿Por amistad tal vez? No sé, preguntádselo a Abel. ¿Por qué a algunas las persiguen paparazis hasta encontrarle cincuenta novios y a otros los dejan ligar tranquilos? ¿Sienten cuando ven a alguien sufrir y pedir respeto? Tantas dudas y tan pocas respuestas…
Pero ¿necesitamos las respuestas?
Yo hace tiempo que dejé de necesitar respuestas sobre absolutamente todo y vivo mejor. Pero hay algo que sí necesito. Necesito sentir que la vida va escapando cada minuto que pasa. Necesito vivir intensamente y que nadie me diga cómo tengo que hacerlo. Necesito poder sentir que, si me equivoco y pido perdón, no va a pasar nada. Necesito saber que todos estamos viviendo de la mejor manera que sabemos. Que queremos reír, entretenernos, hablar con una amiga del salseo del vecino del cuarto, o del salseo de Tamara Falcó, Aitana o Belén Esteban. Compartir, conectar. Y sabiendo que hasta la mismísima Isabel Preysler se va a levantar un día pensando qué contestar al wasap que ha recibido de su prima enfadada porque no fue a la comida del fin de semana, por ejemplo. Porque, al final, creo que todos y cada uno de los que van a leer este libro tenemos cosas en común: vivimos, nos equivocamos, lloramos por amor, odiamos a un ex, nos jode pagar una multa (a algunos más que otros) y deseamos que llegue el fin de semana para estar en una terraza con unas bravas y una cerveza o un vino.
Cuando me metí todo esto en la cabeza, entendí el salseo y la prensa rosa de otra manera. Leo los titulares en diagonal sabiendo que siempre hay, como mínimo, tres versiones: la de la víctima, la del verdugo y la verdadera. Y después de los titulares, ¿qué hay? Pues la vida.
Los titulares caducan. La vida sigue. Y lo que realmente importa es cómo elegimos vivir nuestra vida.
Somos mucho más que lo que se dice de nosotros.
LAURA ESCANES
Prefacio
Las piedras del camino
Toda piedra sirve para algo, hasta la más pequeña o la que pensáis que es totalmente inútil, que no tiene ninguna función… Las piedras construyen un camino. Creo que todo ocurre por algo y que estamos aquí por algún motivo.
Durante el año 2005, Tere, ese es el nombre de mamá, tuvo una idea de bombero que marcó a toda mi familia. Yo tenía cinco años y muy poco o nulo poder de decisión sobre lo que hacer o no, pero sé que jamás hubiese dado un no por respuesta a esa gran propuesta.
Todo empezó una tarde de febrero mientras veíamos un programa de la televisión de la Comunidad Valenciana, en aquel momento el Canal Nou, ya desaparecido. Justo se estaba anunciando otro programa que empezaba a emitirse en la cadena, uno de esos tipo «¿Quieres darle una segunda oportunidad a tu suegra con la que no te hablas? ¿Tienes una relación a distancia y ves que no funciona? ¿Quieres sorprender a un ser querido? Pues llama al teléfono que aparece en pantalla y cuéntanos tu historia».
Cuando me quise dar cuenta, mamá ya estaba con el teléfono fijo de casa apuntando el número y guardándolo en la agenda. Y evidentemente llamó. Tal vez, si lo hubiese hecho ahora, lo primero que hubiese pensado es que quería encontrarse con alguien del pasado, pero no fue así. Mamá estaba orquestando algo muy bonito, algo que define todo lo que es ella.
Para mí y para mamá, la yaya Isabel era y es una persona muy importante en nuestra vida, quizá la que mejor nos conoce a día de hoy. La yaya siempre me cuidó de pequeño (y después también). Nos ha cuidado siempre a todos, también a mamá y a mis cuatro tíos. La idea de bombero fue que su nieto le diera una sorpresa a su abuela en televisión con la celebrity que visitase ese día el programa, que no se sabría hasta un poco antes. Al programa le encantó la idea y no tardaron en confirmarnos el día de grabación.
Desde entonces la cabeza de mamá trabajó para que ese día fuese único y, creedme, lo consiguió. Entre un mar de ideas para sorprender a la abuela, y con ayuda de la guionista del programa, decidieron que yo le daría una sorpresa cantándole una canción. Cuando mamá me preguntó que qué canción quería cantarle a la yaya, no dudé ni un segundo.
Durante el año 2004 estuvimos enganchados, como prácticamente toda España, a Pasión de gavilanes, la telenovela de la tarde de Antena 3. En verano, como no tenía que ir al cole, era el plan perfecto. Nos sentábamos los tres a ver la novela. Por si os lo estáis preguntando, yo tendría cinco años, pero ahí notaba yo ya que había un salseo importante sobre qué pasaría con Norma Elizondo y Juan Reyes, qué queréis que os diga… Recuerdo que mamá se bajaba antes a dejar las sillas en la playa para tener sitio en primera línea en cuanto acabase la novela. Luego, nos íbamos los tres a la playa y comentábamos todo lo que había pasado en el capítulo y especulábamos sobre lo que pasaría al día siguiente.
Durante esa etapa, mamá me compraba los cromos de la telenovela, también le pedí el CD con todas las canciones de la banda sonora y me contaba qué había pasado en los capítulos que me perdía.
Así que sí, no andáis desencaminados, cuando mamá me preguntó qué canción quería cantar delante de toda la Comunidad Valenciana mientras le daba una sorpresa a la yaya, le dije sin dudar que cantaría «Quién es ese hombre», de Rosario Montes. Mamá no pudo evitar soltar una carcajada y le pareció una gran idea.
Una vez se lo contaron a la chica encargada del guion del programa, nos duró la ilusión más bien poco. Ella nos explicó que era imposible que la cantase, pues se trataba de la banda sonora de la telenovela diaria de otro canal de televisión y por ende competencia de Canal Nou, y nos propuso que pensáramos otra canción para sorprender a mi yaya.
El plan B fue que cantaría «Aquella estrella de allá», una de las canciones más bonitas de Disney y que sonaba en la banda sonora de la película Peter Pan. Esta elección le pareció al programa perfecta, así que fuimos adelante con ella.
Durante las dos siguientes semanas solo había dos retos: el primero, aprenderme la canción perfectamente, y el segundo, convencer a la yaya, que bien a gusto estaba ella en su casa, de que fuese de público a un programa de Canal Nou. Lo de aprenderme la canción no fue difícil. Durante los trayectos en coche de ida y vuelta del cole a casa y de casa al cole, la ensayábamos sin parar. Se acababa la canción y la volvíamos a repetir. Yo tenía cinco años, pero ya tenía claro que no me apetecía hacer el ridículo delante de toda España.
El reto más difícil fue convencer a la yaya para ir de público a un programa a pasar la tarde en Valencia, es decir, a ciento quince kilómetros de El Campello, el pueblo de la costa alicantina donde vivíamos. La yaya se negaba totalmente, nos decía que lo vería en la tele y que no iba a ir de público. Al final, mamá tiró de lo sentimental y le contó que le hacía mucha ilusión que fuesen juntas. Ante esa petición, la yaya no pudo negarse.
Se acercaba el día y fuimos revelándoles la sorpresa a toda la familia y a los amigos. Nadie podía perderse lo que mi madre había liado. Recuerdo muy bien cómo se lo contaba a mis tías, pero de tal manera que mis primos no se enterasen de nada para que también se sorprendiesen cuando nos vieran en la tele. Qué fuerte fue todo. Yo estaba muy nervioso, pero, más que por la sorpresa, lo que no me podía quitar de la cabeza era que conoceríamos al mismísimo Doraemon. Mi razonamiento no iba mal encaminado: como íbamos a Canal Nou y esa era la serie infantil que emitía la cadena por las mañanas, era lógico que Doraemon estuviese allí, ¿no?
Llegó el gran día, todos éramos un manojo de nervios. Teníamos todo planeado. Yo iría con papá a Valencia en un taxi que pagaba la producción del programa. Mamá, por su parte, llevaría en coche a la yaya, pues ellas iban como público. El plan no tenía fisuras, pero yo me pasé las dos horas de taxi mirando por la ventana por si nos cruzábamos con ellas y nos veían. Qué nervios pasé.
Al final, lo más difícil era cómo íbamos a sorprender a la yaya en el programa para que se diese cuenta de que la sorpresa iba a ser para ella. La idea era que teníamos que coger uno de sus objetos personales y que fuese único, que no pudiese ser de nadie más. El presentador lo sacaría durante la emisión del programa, cuando nos correspondiese. El objeto que decidieron llevar fue una hucha antigua del abuelo, que falleció el año que mamá se casó. Esa hucha estaba llena de pesetas y la yaya la guardaba como oro en paño. Solo ella se sabía la clave de la hucha. Era un objeto único, no había lugar para el equívoco. En cuanto la viese, ella sabría que era su hucha.
Mientras papá y yo entrábamos a Canal Nou, el público del programa estaba ya sentado esperando a que empezase. Me recuerdo mirando entusiasmado entre bambalinas todos los recovecos del estudio y a esos profesionales que trabajaban entreteniendo a la audiencia. En ese momento, estoy seguro de que coloqué la primera piedra del camino, ese camino de querer entretener, comunicar y ser periodista, cámara o cualquier profesión que estuviese relacionada con todo lo que estaba viendo en ese plató.
Nada más entrar al camerino que me habían preparado, llegó el presentador del programa.
—¿Qué tal, crack? ¿Estás nervioso? —me dijo mientras chocábamos las manos.
—Un poco, pero me sé la canción de memoria —respondí.
De repente, el presentador sacó una carpeta.
—Esto es para ti, me lo ha dado Doraemon. Justo hoy no ha podido venir.
Abrí la carpeta junto a papá. Estaba algo sorprendido y, no os voy a mentir, un poco chafado, yo deseaba ver a Doraemon, porque era lo que más ilusión me hacía de ir a la televisión. Dentro había una fotografía de tamaño A4 de Doraemon. Y en la imagen habían escrito algo con un rotulador:
Hola, A, me han dicho que hoy venías a la tele y no he podido estar contigo. Te mando un abrazo fuerte de mi parte y de Novita.
Espero que pronto nos podamos conocer.
DORAEMON
Con el tiempo, me di cuenta de que la letra no era otra que la de mamá. Este día se había empeñado en hacernos felices a todos.
A día de hoy sigo guardando esa foto de Doraemon como oro en paño. Sí, Doraemon era ese gato cósmico que ayudaba a Novita con todos sus problemas. Más tarde descubrí que mi Doraemon era mamá, que ella tenía ese bolsillo mágico para ayudarme siempre en todo.
El show debía continuar. Todavía faltaban veinte minutos para que el programa comenzase. Le dijeron entonces a papá, que me estaba acompañando en esos momentos al plató, que la estrella invitada sería David Bustamante y que estaría conmigo y con la yaya durante la sorpresa.
Llegamos a plató y a mí me escondieron en una sala, llena de focos y una pantalla, donde estaban enfocando a la yaya sin que ella lo supiese todavía.
—Entramos en tres, dos, uno…
Ese fue el pistoletazo de salida para el inicio del programa. No olvido a esas dos cantantes que interpretaron la canción de «La tortura», de Shakira y Alejandro Sanz. Entonces entró el presentador en el plató y dio paso a un par de temas. Después se metió en la salita donde yo le esperaba. El público que estaba al otro lado no oía ni escuchaba nada.
—Campeón, ¿a qué has venido hoy a Abanibí? —me preguntó el presentador.
—Voy a darle una sorpresa a mi yaya.
Literalmente, no tenía vergüenza alguna, pero de golpe entró en la sala David Bustamante y yo reaccioné haciendo cosas raras con los brazos. Sí, era un niño, pero el fenómeno del primer Operación Triunfo nos había llegado a todos.
David me abrazó y estuvimos charlando sobre qué quería ser de mayor o qué canción le iba a cantar a mi abuela. Después tanto el presentador como él se despidieron para dar comienzo a la sorpresa.
Ambos salieron juntos hacia el plató. El presentador anunció ante todos que se había perdido un objeto y que si era de alguien del plató. Entonces sacó de su americana la hucha de mi abuelo. La yaya tardó en reaccionar, pero se dio cuenta enseguida de que todo había sido una trampa y de que la protagonista iba a ser ella.
El presentador y Bustamante se fueron acercando hacia donde ella estaba sentada y la yaya se emocionó mientras se reía sin parar. La invitaron a que bajase y a que se pusiese en el centro del plató.
—Isabel, por qué cree que está usted esta tarde aquí con nosotros —le preguntó el presentador.
La yaya, sin quitarle la mano encima de la pierna a David Bustamante, no tenía mucho que decir más que su hija la había engañado. Le preguntaron si ella era fan de Bustamante.
—Sí, sí, lo sigo muchísimo, todo lo que hace —respondió convencida.
Aún en mi familia, cuando de vez en cuando ponemos el programa, nos reímos mucho en esta parte, porque la yaya no era fan de David Bustamante, pero tocaba cumplir.
—Isabel, alguien quiere decirte algo —le dijo David.
Y entonces salí yo, con el micro en la mano y un desparpajo que no me lo aguantaba ni yo. Y la yaya automáticamente se puso a llorar.
—Pero ¿qué haces aquí? ¿Qué haces aquí, cariño? —repetía una y otra vez mientras nos fundíamos en un abrazo.
—He venido a cantarte una canción —le contesté.
Entonces nos sentamos juntos en el sofá del plató, ella contó todo lo que me había cuidado, a las cosas a las que jugábamos juntos y cómo me montaba tiendas de campaña en el balcón de su apartamento en El Campello. De golpe, David soltó:
—Has ensayado mucho…, toca ya cantarle a la yaya, ¿no?
Sonaron los acordes de la canción de Peter Pan. Yo miré fijamente a mamá, pues la había localizado entre todo el público, y me puse a cantar. Aún hoy tengo tan grabado ese momento en mi mente que me cuesta explicarlo con palabras.
Cuando acabé de cantar, me abracé a la yaya. El presentador pidió un aplauso para los dos y salimos juntos del plató, fuera nos esperaban mis padres. Ya sin tantos nervios, nos dimos todos un abrazo y pude notar la felicidad de mamá. Sí, nos había hecho felices, porque tanto a la yaya como a mí nos había regalado un momento único que guardaríamos para siempre.
—Anda, la que me habéis liado aquí —decía la yaya entre risas y lágrimas.
Volvimos todos juntos al pueblo y dos horas de coche dieron para mucho, pues estuvieron llenas de todas las anécdotas que habíamos vivido durante aquel día inolvidable.
Os estaréis preguntando que por qué os cuento todo esto… Porque ahora yo sé, aunque no lo sabía antes, que ese día me enamoré de la comunicación, de entretener, de hacer llorar, de hacer reír y de contar historias. Me marcó observar a la gente feliz entre el público por el simple hecho de que un nieto cantase a su abuela una canción de Disney, ¿no os parece muy fuerte? O más fuerte aún: nosotros también estábamos felices protagonizando ese momento.
En la vida, en la real, tenemos tantas preocupaciones que a veces escuchar las historias de los demás nos hace dejar a un lado las nuestras. Siempre tengo en cuenta, por ejemplo, la compañía que en aquel entonces hacía la televisión a las personas mayores que pasaban horas y horas solos, algo que continúa ocurriendo hoy en día. Estoy seguro de que desde ese día yo empecé a ser periodista…
Pero voy a haceros una pregunta clave: esta historia que os acabo de contar, ¿ha pasado de verdad? A veces creemos todo lo que vemos o leemos. Y más si un texto está escrito y firmado por un periodista.
Sin embargo, y aunque creáis encontrar coincidencias con el mundo real, todo lo que leeréis aquí es pura ficción. En el texto he querido que resonara lo que podríamos llamar el «alma» de este mundo del corazón, pero todo lo descrito es fruto de mi imaginación.
Las historias que cuento no son de nadie; y, si tienen que ser de alguien, serán solo vuestras como lectores. Espero que disfrutéis del viaje.
Me lo he pasado genial en este proceso creativo, me ha fascinado el juego que da la imaginación. Y todo ello ha sido para haceros sentir la esencia, ese camino construido con un montón de piedras. Un camino que conduce a esa pasión que ha dirigido mi vida, el placer de comunicar.
PRIMERA PARTE
Pistoletazo de salida
1
Un punto de inflexión
¿Mi nombre? Eso es lo de menos. Podría deciros cómo me llamo, pero ¿dónde está la diversión en eso? A veces, saber demasiado sobre una persona arruina el misterio. Prefiero que uséis vuestra imaginación. Al final, los nombres son solo etiquetas y lo que realmente importa es la historia que se cuenta. Además, puede que os llevéis una sorpresa al final, o tal vez no. Pero ¿qué más da? Lo que quiero que recordéis no es mi nombre, sino lo que viví, lo que os voy a contar.
Si habéis visto Pequeñas mentirosas, ya sabéis que no todos los nombres revelan la verdad. Emprendamos un pequeño juego. No voy a deciros cómo me llamo realmente, porque al igual que esa famosa A, que firmaba los mensajes que recibían las protagonistas de la serie, prefiero mantener un aire de misterio. Podéis llamarme A si preferís nombrarme de alguna manera. Pero, tranquis, no soy tan siniestro como ella…, o al menos eso espero. ¿La razón de este secreto? Simple: es más divertido así. Un nombre podría atarme o limitarme. Pero sin él puedo ser quien quiera y como quiera. Así que, por ahora, soy A, y hacedme caso, que va a ser mejor, porque os podré contar un montón de cosas que con mi nombre propio no podría…
Desde hace tres años en España se celebran unos premios al mejor creador de contenido que acaparan todas las miradas. Sin duda, es un evento que ha llegado para quedarse, pero es de lo más polémico. Lo que no sabía era que, con toda una industria en contra, iba a estar presente en la segunda edición de los premios. Todo empezó a cocinarse a fuego lento en diciembre de 2022.
Llevaba creando contenido hacía apenas tres meses, pero yo ya me sentía un veterano en esto y que todo lo tenía controlado, aunque ni siquiera había terminado la carrera y tenía además cero experiencia en el mercado laboral, en las redes sociales y en los medios de comunicación.
Fue entonces cuando recibí un mensaje que quizá hizo que todo lo que la vida me tenía preparado cambiase. O, tal vez, ese mensaje entraba dentro del plan que me tenía preparado la vida. No sé, como os he dicho ya, creo demasiado en el destino. «¡Hola, A! ¡Te escribo para saber si te interesaría hablar la próxima semana!». (Este mensaje va para la persona que me escribió esas palabras… Tranqui, como seguramente estés leyendo esto, he decidido que a ti también te voy a poner un apodo. Te voy a llamar Nano. Ya te explicaré por qué, por si no lo has entendido a la primera. Uy, ¿igual este inciso, queridos lectores, os hace intuir que es verdad lo que os voy a contar? ¿O esta pregunta es para despistaros?… Cómo me gusta jugar).
Recuerdo claramente el día en que Nano me escribió. Era un mensaje informal. Quería tener una charla conmigo sobre el tipo de contenido que yo manejaba y las oportunidades que podrían surgir de él. Era un paso inesperado pero emocionante. No había tenido muchas conversaciones así y la posibilidad de explorar nuevas avenidas me hacía bastante ilusión, no voy a mentiros.
Nano es esa clase de persona que desde el primer momento sabes que va a dejar huella. Cuando contactó conmigo, no lo conocía lo suficiente —pero sí lo justo para entender que tenía ese algo especial—, ya intuía que estaba destinado a marcar un antes y un después en mi vida.
Nano es alguien que parece haber nacido para moverse en las redes sociales y no lo busca, sino que la vida, sin quererlo, lo ha colocado en los círculos adecuados. Lo más sorprendente es que, a pesar de pertenecer a un sector donde todo el mundo quiere destacar, él es uno de los tíos más normales y auténticos con los que me he cruzado en mi breve vida laboral. Nano tiene mentalidad de emprendedor, esa que no deja de trabajar ni siquiera cuando todo está en silencio. Es de esos que tienen mil ideas bullendo en la cabeza a todas horas, incapaz de parar o de conformarse. Su mente no descansa nunca, siempre va un paso por delante. Analiza las situaciones con una precisión que sorprende, incluso asusta. No se trata solo de lo que hace, sino cómo lo hace. Nano controla las circunstancias con tanta calma y seguridad que me pregunto cómo lo consigue. Lo interesante es que no es de los que presumen de sus éxitos ni de sus contactos. Todo lo contrario. Él es de los que trabajan en silencio y dejan que los resultados hablen por sí solos. En un entorno donde las apariencias lo son todo, él se mantiene firme y demuestra que el trabajo duro y la visión clara son lo único que realmente importa. No busca reconocimiento, pero termina recibiéndolo porque tiene ese algo que hace que todo funcione a su alrededor.
Todavía no habíamos empezado a conocernos, pero por alguna razón sentí que Nano y yo estábamos coincidiendo en el momento justo. Hay personas que aparecen en tu vida para enseñarte algo, para abrirte los ojos o, simplemente, para recordarte que hay otros caminos que no habías considerado. Nano fue una de esas personas. Entonces no podía explicar qué, cómo o por qué estaba ahí, pero sabía que venía a dejarme huella, que marcaría un hito en mi historia. Ya lo veréis…
Sé que aún no he entrado en detalle sobre el tipo de contenido que hago, así que, antes de que se me olvide, estaría bien que supieseis que me dedico a contar noticias sobre influencers de una manera fácil y sencilla en redes sociales. Es un universo en constante movimiento y mi objetivo es desglosar todo eso para que cualquiera pueda entenderlo sin complicaciones. Más adelante, os prometo que daré más detalles sobre cómo llegué a este punto, pero, por ahora, quedaos con esa idea.
Así que quedé con Nano en que tendría con él una reunión en Madrid. Yo estaba muy contento y también nervioso, me atrevo a decir que incluso estaba un poco emocionado. Aquel era un momento significativo; por primera vez alguien me pagaba el transporte y una noche de hotel para que pudiese asistir a una reunión. Me sentí como un absoluto jefazo, todo un creador de contenido de la alta esfera, un señor de negocios… Como entenderéis, todo esto estaba bastante alejado de la realidad, pero, si me lo creía así, qué le íbamos a hacer, ¿no?
Así que, antes de acudir, lo hablé con una amiga y le conté que habían contactado conmigo y querían reunirse. Esa amiga era la más cotilla de todas y, cuando mencioné su nombre, noté un cambio en su expresión que me hizo mucha gracia. Sus ojos se iluminaron. Supe entonces que Nano no era un contacto cualquiera. Él era amigo de una de las influencers más top del momento en España. Todo esto me dejó un poco confundido y, sinceramente, un poco inquieto.
Mi mente empezó a divagar. ¿Por qué querría Nano hablar conmigo? La posibilidad de que su intención fuese negativa empezó a rondar por mi cabeza y me rayé un poco. ¿Podría ser que quisiera comentarme algo malo sobre mi contenido? Esa influencer en particular, de la que más adelante le buscaremos un pseudónimo (o tal vez no, porque a veces las cosas son más complicadas de lo que parecen), había sido protagonista de alguna noticia que yo había cubierto.
Cada vez estaba más nervioso y me preguntaba si al elaborar la información había cruzado alguna línea prohibida o si mis palabras podían haber ofendido a alguien de su círculo. La posibilidad de que Nano me estuviera contactando para hablar de algo negativo me hizo dudar de todo. ¿Y si lo que él quería era advertirme sobre alguna repercusión negativa de mis publicaciones? ¿O, peor aún, si deseaba ponerme en antecedentes de algún problema que pudiera surgir?
—A ver, no te rayes, no tiene por qué ser algo malo, A —me dijo Mariajo, así llamaremos a mi amiga cotilla y maravillosa.
—No, si negativo no tiene por qué ser, pero, si este chaval no se dedica al periodismo ni a nada por el estilo, poco o nada puede hacer con mi contenido, ¿no? —le dije yo.
Según íbamos conversando, la preocupación se apoderaba más y más de mí. Ella trató de calmarme todo el rato, asegurándome que no tenía por qué ser algo malo. Pero en mi mente la incertidumbre era incontrolable. Entendí entonces que este camino que había elegido no solo estaba lleno de oportunidades, sino también de riesgos. Y esa conversación con Nano, que al principio parecía prometedora, ahora la sentía como una trampa, una potencial confrontación con lo que había construido hasta ese momento.
Soy consciente de que tengo un defecto: tiendo a pensar demasiado las cosas. Cada vez que algo sucede o surge la posibilidad de que pase algo, mi mente se dispara y creo escenarios sin parar. Es como si hubiera un cine en el interior de mi cabeza proyectando las peores películas de terror. Y en esos momentos me siento atrapado en un torbellino de preocupaciones.
La situación con Nano no fue una excepción. En lugar de disfrutar de la oportunidad que se presentaba, imaginé que todo iba a salir mal. Me iba a enfrentar a una crítica feroz o decepcionaría a la gente que me seguía. Siempre me pongo en lo peor, una extraña forma de protegerme. Pero, ahora os digo, no sirve de nada ponerse en lo peor. Todas las veces que me he dejado llevar por mis pensamientos negativos nunca me ha pasado nada tan grave como lo que imaginaba mi cabeza. Muchas de esas preocupaciones se desvanecieron en el aire, como humo. La mayoría de las veces, las cosas no son tan dramáticas. Con el tiempo, he aprendido que, aunque el miedo puede ser un compañero constante, la realidad tiende a ser más amable. Cada vez que pienso demasiado, recuerdo que la mayoría de las veces todo sale bien. Y estoy convencido de que la mejor manera de enfrentarse a lo desconocido es con una dosis de optimismo, porque el miedo paralizante no conduce a nada.
Los días previos a ir a mi reunión en Madrid fueron un remolino de emociones. Por suerte tenía allí un par de amigas con las que podría salir un rato después de la cita, así que eso me hizo ir con más ganas y menos miedo. Entre la incertidumbre de mi encuentro con Nano y las miles de preguntas sin respuesta, apenas dormía. Bueno, si os digo la verdad, nunca he dormido mal, pero seguro que un escritor que quisiera describir esta situación de una manera dramática se expresaría así. Cada vez que pensaba en ese viaje, sentía una mezcla de emoción y ansiedad. ¿Estaría haciendo lo correcto?
—Pero, A, ¿por qué no le preguntas al chico este de qué quiere hablar antes de ir? —me preguntaba mamá día sí y día también.
—Porque ya lo he hecho y no me cuenta mucho más.
Decidí mantenerme ocupado. Grabé varios vídeos para mi TikTok (en ese momento me daba mucha vergüenza subir los vídeos a reels, algo de lo que me arrepentiré siempre y de lo que me gustaría hablaros más adelante), actualicé mi contenido sobre las últimas noticias de los influencers más populares y, entre grabación y grabación, intenté convencerme de que todo saldría bien. Pero, un día antes de salir de viaje, las cosas se torcieron de una manera que jamás habría imaginado.
Era una tarde tranquila. Estaba editando un vídeo sobre una noticia explosiva de una cantante nacional, una noticia que por cierto ya había dado un medio de comunicación previamente; es decir, no era una exclusiva. Su regreso a los escenarios estaba generando un revuelo masivo y también era debido a su vida personal. Sabía que este contenido iba a causar impacto, pero no estaba preparado para lo que sucedió después. Publiqué el vídeo, revisé los comentarios iniciales y todo parecía ir como siempre. Sin embargo, esa calma no duró mucho.
Un par de horas más tarde, me di cuenta de algo extraño. Resulta que me había metido en Instagram y mi cuenta me había cerrado sesión de repente. Pensé que era un
