1
—Sei-chan,[2] Sei-chan… —Una mano diminuta y regordeta se extiende hacia mí. Yo la miro. Dudo en si tomarla o no—. Sei-chan, por aquí. Por aquí —repite.
Alargo el brazo y poso los dedos sobre su palma. Está blanda. Su tacto es muy agradable. Luego, tira de mí y comienzo a correr tras ella involuntariamente. Las piernas no reaccionan a ninguno de mis pensamientos, solo a sus pasos, ágiles y breves. Me miro los pies. Son tan pequeños como los suyos. Llevo unos pantalones cortos de color marrón como los que solía ponerme mi madre cuando era pequeño.
—¡Cuidado, Sei-chan!
Exclama, apartando algunas ramas que chocan contra su cabeza. Yo hago lo mismo. La imito en todo lo que hace como si fuese su reflejo, aunque todavía no le he visto la cara. Tan solo conozco su nuca, completamente blanca, con un par de mechones cortos que se escapan de sus dos coletas negras formando un acorde menor que ni siquiera sería capaz de reconocer. De todas las artes, la música siempre me ha rehuido a pesar de mis intentos por ser un maestro del piano, como mi padre.
De repente, se gira y clava sus ojos almendrados en los míos. Son grandes; dejan ver una pequeña parte del párpado móvil. Mi abuela pensaría que es una mujer afortunada por haber nacido con «doble párpado». Ya no es una niña. Ahora tendrá unos dieciséis años. La melena le cae por los hombros mientras baila al ritmo de la brisa veraniega. Va y viene. Viene y va. La elegancia de ese movimiento me tiene absorto hasta el punto de perderme dentro de su magnetismo. Seguimos corriendo.
—Sei-kun[3]—me susurra al oído y despierta algo en mi interior que no recuerdo haber experimentado en mi vida.
Ya no tenemos la misma altura. Le saco un par de cabezas, aunque no puedo decir que ella sea una chica bajita. Me miro los pies de nuevo, son grandes, y las piernas son mucho más largas. Incluso mi indumentaria ha cambiado: visto el pantalón negro del uniforme de mi instituto; sin embargo, no entiendo por qué. Es verano y hace un calor sofocante. Debería llevar un atuendo más apropiado para la estación, como el yukata[4] que luce ella tan grácilmente. Los tonos morados de la tela resaltan entre el verde de las hojas y los largos troncos de bambú, y los destellos dorados del sol que se cuelan por los pequeños claros del bosque.
Me recreo en su rostro. Sus facciones son dulces, dejan ver un atractivo que madurará con los años hasta convertirla en una mujer bellísima. Su piel continúa siendo clara y rosada, como la flor del cerezo en su máximo esplendor antes de que el viento la abata. Sus pómulos están perfectamente esculpidos, sobresalen elegante y armoniosamente, sin perturbar ni un ápice la simetría de sus rasgos. Sus mejillas son rojas, al igual que sus labios, redondos y carnosos. Su boca se mueve a cámara lenta, aunque no dice nada. No oigo sus palabras, ni siquiera un murmullo de lo que pueda estar hablando, pero no soy capaz de dejar de mirarla.
—Sei-kun.
Vuelve a pronunciar mi nombre a escasos centímetros de mí. Tiene la barbilla levantada hacia la mía. Sus dedos juguetean con mi nuca mientras yo pierdo los míos entre su pelo. No soy capaz de responderle. Relajo los párpados y sonrío tímidamente al igual que ella. Los pájaros cantan a lo lejos mientras un viento cálido silba a contratiempo entre los múltiples tallos que nos rodean. La melodía de la naturaleza nos aísla del mundanal ruido de la civilización.
—Sei-kun.
—Ho-chan —digo justo antes de despertarme de forma súbita.
Comienzo a toser sin control mientras el parpadeo de las luces del tráfico se proyecta en la pared de mi dormitorio. Eso no debería ser así, ¿no? Vivo en un edificio muy alto y, según lo poco que recuerdo de mis lecciones de Física del instituto, a esta altura ni un mínimo reflejo podría colarse por mi ventana. No obstante, la noche hace que incluso lo más robótico y automático se confunda. Quizá el confundido sea yo y esos destellos no procedan ni de los coches ni de los semáforos ni de los neones, sino de mi propia imaginación o de la falta de oxígeno en sangre.
Enciendo la lámpara de mi mesita de noche y, justo después, abro el primer cajón. A tientas, busco mi inhalador. Aspiro, aguanto el aire y me calmo. Llevo repitiendo el mismo mecanismo desde los diez años, como una especie de ritual sagrado. A continuación, vuelvo a apoyar la cabeza en la almohada y suspiro fijando la mirada en el techo.
Recuerdo mi primera crisis respiratoria. Fue tan fuerte que mi madre creyó que ese día velaría tanto por el cuerpo de su marido como por el de su hijo. Los médicos de aquella época dijeron que era una simple asma; sin embargo, no fue así. Yo podía correr sin dificultad, hacer cualquier esfuerzo, la estación de alergias no me afectaba… No obstante, sin darme tiempo a anticiparme, la tos y el ahogo me asaltaban en los momentos más inoportunos. No había ninguna pauta. Podía ser martes, jueves, abril o enero. Podían pasar meses o días. Años más tarde, el tiempo me dio la razón. Confirmó aquellos temores que nos atormentaban tanto a mi madre como a mí, por mucho que no nos atreviésemos a verbalizarlos: había heredado aquella enfermedad rara que provocó que una simple neumonía me dejase huérfano.
La noche ya ha acabado para mí a pesar de ser todavía de madrugada. Me levanto y voy al baño a darme una ducha que me despeje. Después, me preparo un café y me quedo mirando las agujas del reloj de la cocina, apoyado en la encimera, mientras espero a que la cafetera deje de armar ese estruendo. Debería cambiarla, pero ninguna podría servirme un café como ella. Todavía faltan unas horas para ir a trabajar; sin embargo, sé que, si me quedo en casa, rodeado de este pesado silencio, corro el riesgo de caer en pensamientos que solo me llevarán a despreciar un poco más la vida que me ha tocado vivir; así que salgo a la calle. Lo bueno de Tokio es que nunca duerme.
—Doctor Hayashi, acuda al box seis, por favor.
En el hospital, la voz de una mujer distorsionada por las ondas de una megafonía deficiente me saca de mis pensamientos. Son las diez de la mañana, una hora extraña para que me requieran en Urgencias. Apuro mi té y me apresuro a ir hasta allí sin hacerme más preguntas.
Soy médico. No sabría decir si es por vocación o por puro egoísmo, ya que, desde que tomé conciencia de lo que me sucedía, hice todo lo posible por curarme. Después, cuando vi que mi objetivo era un estúpido sueño adolescente que nacía de una venganza personal contra mi propio cuerpo, decidí que, por lo menos, me convertiría en objeto y sujeto de estudio para ayudar a más gente que padeciese lo mismo. Soy una rata de laboratorio con apariencia humana. Me examino escrupulosamente como si esa persona que veo en el espejo no fuese yo; como si esas crisis que aparecen sin avisar y me dejan fuera de juego durante unos minutos no las sufriese en mis propias carnes. Dos personas en un solo cuerpo. Un doctor Jekyll y Mr. Hyde nacido en la prefectura de Gifu.
—Buenos días —saludo con una reverencia al entrar en la consulta.
Una mujer bajita está sentada en la camilla que hay en medio de esa minúscula habitación blanca. El único color lo ponen las encimeras de acero inoxidable y la blusa estampada de la paciente. Su estatura no es lo que me llama la atención nada más verla —digamos que Japón no se caracteriza por ser un país de mujeres excesivamente altas—, sino la extrema delgadez que detecto en sus tobillos y muñecas. Está nerviosa. Se queja de un dolor en el pecho y la espalda que le impide respirar con normalidad. Tose de forma ronca, aunque leve, con delicadeza y de una manera muy diferente a cuando sufro una de mis crisis. De nuevo, mis ilusiones de encontrar a alguien más como yo se desmoronan.
Cada vez que me visita un paciente o que me piden que vaya a Urgencias, algo en mí se remueve. Una pequeña llama de curiosidad y esperanza se enciende en mi interior ante la posibilidad de conocer a alguien que me sirva para seguir con mis investigaciones y, además, para dejar de sentirme un bicho raro. A mi edad, la gente está más por la labor de encontrar su media naranja. Digamos que yo también, pero en el más puro sentido clínico.
La ausculto. Escucho un pequeño silbido en sus respiraciones profundas, como si un tren antiguo estuviera avisando de su entrada en la estación.
—Señorita Honda, ¿cuándo comenzó a tener dificultades para respirar?
—Hará unos días —balbucea temerosa.
—Le vamos a hacer una radiografía de tórax, pero todo apunta a que se trata de una neumonía bilateral y, además, en un estado muy avanzado. Si las pruebas confirman mi diagnóstico, deberá quedarse ingresada.
La mujer me mira con horror mientras mueve la cabeza insistentemente de lado a lado, con los ojos clavados en los míos. Se niega, aunque me mantengo firme en mi decisión, sobre todo, conforme más la voy observando. Tiene las mejillas rojas por la fiebre; no obstante, el resto de su rostro es de un blanco amarillento preocupante que no solo se debe al susto. Hay algo más.
Se levanta de forma súbita en busca de su abrigo. No sé qué se propone. A pesar de mis años de experiencia, jamás me ha sucedido nada así. La enfermera me mira perpleja buscando alguna indicación por mi parte de lo que debe hacer. A mí, lo único que se me ocurre es interceptar a la paciente y pedirle amablemente que vuelva a la camilla.
—¡No! —responde de forma impertinente. Parpadeo con incredulidad, aunque no pierdo la paciencia—. No pienso quedarme aquí ingresada por un poco de fiebre y tos. Si quieren encerrarme, que sea después de mi boda.
—Señorita, por favor, si no la tratamos ahora, puede incluso morirse —insiste la enfermera.
—¡Que no van a arruinar mi día! Llevo meses a dieta de tés y caldos, pasando mucha hambre, me he gastado gran parte de mis ahorros preparando la ceremonia, el convite; mi familia de Sapporo ya está de camino. ¡No me van a retener! —alza la voz.
—Señorita Honda…—insisto con severidad.
Me acerco a la paciente intentando tranquilizarla y, además, queriendo proteger a mi compañera: está aterrorizada. De repente, sin pensarlo dos veces, saca de su bolso un espray y me lo rocía en la cara. Luego, huye, dejando atrás los gritos de «seguridad, seguridad» de la enfermera.
Empiezo a toser. No sé qué ha sido eso. Creo que un desodorante o un ambientador, aunque ¿quién lleva un ambientador en el bolso? Lo único que sé es que esa fragancia floral me está ahogando. Caigo al suelo. Siento cómo mis vías respiratorias se cierran. Todo lo que me rodea se torna una mancha gris con algunos destellos que me deslumbran. Me quedo inconsciente.
2
—¿Crees que el cielo es del mismo tono en todo Japón?
Me pregunta sin quitar sus enormes ojos de las nubes que nos sobrevuelan. La miro por unos instantes sin saber qué responder y, después, vuelvo a fijar la vista en ese azul vivo que parece sacado de una película de ciencia ficción. Me encojo de hombros a la vez que suspiro.
Es primavera, aunque la humedad y la calidez del sol que se cuela entre las hojas del bosque anuncian el inminente cambio de estación. Ho-chan sigue sin decir nada. Espera mi respuesta, pero no parece que tenga prisa por saber lo que pienso. Comienza a juguetear con el nudo de su uniforme escolar de marinera. Yo, en cambio, me humedezco los labios y, acto seguido, los muevo, aunque no oigo mis propias palabras. Ella se ríe y posa la cabeza en mi hombro. Su pelo huele a flores frescas, una fragancia que me hipnotiza y hace que todo mi mundo se centre en su coronilla negra.
De pronto, un pitido intermitente me saca de un sueño en el que no recuerdo haber caído. Abro los ojos despacio. La luz que entra por la ventana de esa habitación de hospital es tan molesta que siento cómo mis lagrimales se inundan. Conforme voy recuperando los sentidos, noto una leve presión en la cara, como si tuviese algo ajeno a mí. Me toco los labios, aunque no llego a ellos. Una extraña barrera de plástico me impide alcanzar mi objetivo.
—¡Doctor Hayashi!
Oigo que exclaman mi nombre en un tono alegre.
—Doctora Nakayama, el doctor Hayashi se ha despertado.
—Gracias, Hana. Ya me encargo yo —responde. La enfermera asiente y se va.
No entiendo por qué estoy allí, tumbado en esa camilla regulable y sin nada más que mi ropa interior, un camisón blanco y una sábana del mismo color. Miro a mi compañera intentando ordenar todo lo que ha sucedido mientras ella mide mis constantes vitales y las apunta en mi expediente, silbando una canción en una actitud despreocupada.
La doctora Nakayama o, como suelo llamarla, Naoko y yo nos conocemos desde que comenzamos la carrera en la facultad, por eso no me pilla por sorpresa su manera de comportarse, y más conmigo. Es una de las pocas personas que conoce mi secreto y todo fue porque vivió una de mis crisis justo antes de un examen de Anatomía. Me llevó a clase arrastrándome por el suelo para que el profesor viera que teníamos una excusa para llegar tarde y nos dejara hacerlo. Funcionó, pero también conseguí que me dieran tres puntos en la cabeza por un golpe que me di al entrar por la puerta del aula.
Suspiro y empaño la máscara de oxígeno que todavía reposa sobre mi rostro, y clavo los ojos en la nada con resignación. Estoy agotado. No tengo fuerzas ni siquiera para maldecir a aquella loca que casi me mata. «Después de esto, sí que no me caso», pienso, esgrimiendo una pequeña sonrisa. De repente, vuelvo a sentir el aire en la barbilla. Soy libre de nuevo, bueno, semilibre, ya que todavía sigo enchufado a unos monitores que dibujan mis latidos en una línea vibrante de un color.
La imagen de Ho-chan vuelve a mi cabeza sin querer o, a lo mejor, en mi fuero interno, sí que quiero verla. No sé quién es, pero me hace compañía entre toda la soledad que me rodea. Si existiera de verdad, ¿qué sería de ella? En mis sueños siempre tenemos la misma edad, las mismas aficiones y cuestiones sobre el mundo. ¿Sería así en la vida real? Aunque, por otro lado, me satisface la idea de que solo yo pueda verla, de ser el único que guarda su secreto. Nunca he sido una persona de muchos amigos, así que no he tenido la oportunidad ni de ser confidente de nadie ni de confiar tanto en alguien como para explicarle mi vida.
—En fin, Seiya, tengo una buena noticia y otra mala.
—Empieza por la buena.
—En cuanto dispongamos de los resultados de la gasometría te dejaremos ir a casa. El porcentaje de oxígeno en sangre va de un noventa y seis a un noventa y ocho por ciento. Estás estable —explica.
—¿Y la mala? —pregunto preocupado al escuchar que aparentemente todo está correcto.
—Que nunca vas a poder volver a acercarte a una chica con un espray en el bolso. —Ambos reímos—. Pero ¿qué barbaridad querías hacerle, Seiya? No sabía que tenías esos fetiches en el hospital —bromea para desdramatizar la situación, aunque, en cuestión de segundos, recupera la seriedad—. Seiya, debes cuidarte, te lo digo como amiga. Es más, me gustaría hacerte una EEG[5] o, al menos, una tomografía de la cabeza antes de que te vayas.
Naoko acerca una de las sillas que hay en la habitación a mi cama. Yo frunzo el ceño con extrañez y cierta molestia. Soy médico y no puede engañarme. Conozco perfectamente para qué sirven ese tipo de pruebas y no son de su campo de estudio. Lo suyo es la neumología, no la neurología. Por eso mismo, no logro entender por qué quiere gastar un recurso así en un simple ataque respiratorio como del que acabo de despertar.
—¿En qué piensas? —La miro esperando una respuesta clara y sincera, pero solo recibo silencio—. ¿Qué pasa?
—¿Recuerdas cómo nos conocimos en la facultad?
—Claro. En la biblioteca. Teníamos el examen de Anatomía en unas semanas y no alcanzabas un libro. Entonces, yo lo cogí por ti y tuve tan mala pata que saqué a la vez un pequeño manual de algo y se te cayó justo en la cabeza. —Reí.
—Ya… —Naoko fuerza una sonrisa nostálgica.
—Pero es que no comprendo qué tiene que ver todo esto con la tomografía o la EEG —insisto buscando un poco de lógica.
—Solo quiero comprobar si estás bien del todo. Los desmayos son traicioneros y, haciéndote al menos una de ellas, podría asegurarme de que no has sufrido ningún daño neuronal… —Se justifica aparentando profesionalidad, aunque acaba gruñendo con hastío y, acto seguido, oigo que hace un chasquido con la lengua—. Aun así, te conozco lo suficiente como para saber que esta lucha es solo tuya. Prepararé la gasometría y el alta. Cabezota —masculla antes de salir de la habitación de manera airosa.
Yo, en cambio, asiento victorioso apretando los labios, aunque no puedo apartar de mi mente la sombra de las teorías basadas en la profunda exageración, propia de Naoko.
Llego a mi apartamento y me descalzo en la puerta como de costumbre. Está oscuro. Esta noche ni siquiera el alumbrado urbano me visita. Enciendo la luz y me dirijo a la cocina a por algo de comer antes de dejarme caer en el sofá a ver qué echan por la tele. No tengo ninguna esperanza, pero siempre le doy una oportunidad a la programación autóctona antes de ponerme una serie, una película o elegir un libro.
Devoro mi bol de arroz sin despegar la vista del pollo que está troceando un cocinero de Italia. En el programa de hoy, se han ido hasta un restaurante italiano que hay en Osaka y que, por lo visto, es bastante reconocido. Entre condimento y condimento, me acuerdo de mi compañero de piso en Londres, cuando estuve estudiando el máster. Se llamaba Roberto, era de Roma si no me falla la memoria. Trabajaba de ingeniero, aunque decía que su verdadera vocación se encontraba entre unos fogones al rojo vivo. No mentía. Era un grandísimo cocinero, pero tuvo que ceder a los designios de su padre, el cual solo le había permitido acabar sus estudios fuera del país si prometía volver a encargarse de la empresa familiar. Debe de ser duro tener que decidir entre vivir tu vida o existir con el apoyo de tus familiares. Yo me considero un afortunado en ese aspecto.
Soy hijo único. A mi madre, un par de años después de dar a luz, le encontraron un tumor en el útero. No era maligno; no obstante, tuvieron que extirparle la matriz y, por lo tanto, debió hacerse a la idea de que ya no iba a poder ampliar la familia de manera biológica. Según mi padre, esto hizo que valoraran todavía más el hecho de haber podido ser padres: «Pensamos que tener un hijo es el proceso natural de todo ser humano, pero nos dimos cuenta de que, en más ocasiones de las que creemos, es un verdadero privilegio», solía decir. Tras su muerte y debido a mis ataques, mi madre puso todas sus fuerzas y desvelos en mí, en mi salud, en mis estudios, en mi carrera… Se sacrificó para que no me faltase de nada y pudiera conseguir todo lo que me propusiera.
No fui un niño consentido ni malcriado, pero sí muy querido y, lo reconozco, sobreprotegido en algunas ocasiones. Ahora, me toca a mí protegerla a ella. Todavía vive en la casa que se compró a las afueras de Tokio cuando me vine a estudiar aquí. Los fines de semana que no tengo guardia, voy a visitarla y paso el día con ella si no se ha ido a Kioto a visitar a su hermana. Le gusta viajar con sus amigas jubiladas a lugares históricos y siempre me trae algún que otro recuerdo artesanal, amuleto o dulces.
Me levanto del sofá al ver las horas que son y me dirijo a la cocina a fregar el bol para, después, irme a mi cuarto. Enciendo directamente la luz de mi escritorio y me siento en la butaca giratoria que hay delante de él. A continuación, abro el segundo cajón y saco una pequeña libreta negra en la que pone un número escrito en blanco: 19. Hace justo eso, diecinueve años, que comencé a detallar en un cuaderno todo lo que me sucede: mis crisis respiratorias, su asiduidad, su duración, el sonido de mi tos, el posible desencadenante, lo que había hecho antes de que estas brotaran, cómo me sentía después y si había tenido algún efecto secundario… Detalles que, para mí, son vitales.
Paso las páginas hasta encontrar la última que escribí. Pongo la fecha y comienzo a relatar lo acontecido con un bolígrafo de color negro.
