1
Me mandaron por primera vez a casa de la Señora más o menos cuando encontré al vagabundo durmiendo en el escalón de la librería y palabra de honor que solo me fijé en él en el momento en que saqué la llave de la cartera para abrir la puerta, o mejor dos llaves en la argolla con un osito de peluche al que le faltaba el ojo derecho, la buena y una segunda de la que sigo ignorando la utilidad, desde pequeña me intrigan las llaves, misteriosas, secretas, al introducirlas en la cerradura qué es lo que abren, si les preguntase
—¿Qué es lo que abrís?
seguro que me inquietaría la respuesta, cuántas habitaciones tras las habitaciones que conozco, cuánto rumor de aguas negras, el mar de Cascais no se oye desde la tienda, se queda de bruces temblando en la arena, temblando
—¿Qué te pasa?
si durmiese con la persiana bajada, sin las bombillas de las lámparas y de las ventanas de los edificios, tendría miedo, la casa de la Señora enorme, el jardinero regando los arriates, sombras espiándome a través de los cristales, qué es lo que quieren, el vagabundo en una especie de saco, le digo buenos días, se encoge para dejarme pasar, dentro de poco dobla el saco, lo guarda en la mochila y se asea en las duchas de la playa mientras pongo fuera los tableros con los libros, me ayuda mi compañera, de vez en cuando una gaviota en el tejado de enfrente, entre las gaviotas nada, palomas, la heladería empieza a funcionar en mayo, cierra en octubre, nací en África, llegué a Portugal siendo una criatura, vivo con mi hijo en el interior de Cascais porque la renta más barata y aun así, tras pagarla, lo que me queda tan poco, no me acostumbro al frío, la casa de la Señora docenas de escalones de mármol desde el montón de leña hasta la entrada, balcones, terrazas, la piscina no de bruces como el mar, de espaldas, el chófer siguiéndome en silencio, el vagabundo vuelve de las duchas con el pelo mojado, no lo he visto nunca sonreír, no lo he visto nunca con nadie, se sienta en la plazuela, junto al restaurante de las hamburguesas, paso a su lado, cuando no como en la tienda, finjo no darme cuenta, al llevarle libros a la Señora el empleado
—Entra
sin ceremonia, tuteándome
—Entra
chaqueta blanca, botones de metal plateado, tal vez de la edad de mi padre pero más delgado, más fino, no ha trabajado en un embalse con los negros, recuerdo baobabs, cho
—Entra
chozas, tengo una vaga idea de mi madre en la cama
—Es la piedra del riñón
el vagabundo saca pelotas de la mochila y las lanza al aire, como en el circo, sin que ninguna caiga, en la casa de la Señora una criada con cofia exigiendo
—Los libros
sin ceremonia, tuteándome también, esto fuera de Cascais, casi en Guincho donde empieza el viento, dunas que se deshacen y se juntan, plantas con espinos, en enero el sitio donde vivimos mi hijo y yo se balancea, el empleado de la chaqueta blanca
—¿Qué estás esperando?
en el atrio, con columnas, muebles desmesurados, cuadros enormes, el techo lejísimos, un balcón alrededor donde ladraba un perrito y en el balcón más muebles, más cuadros, la sensación de que una anciana espiándome pero no estoy segura, yo al empleado, no tuteándolo, de señor
—No se preocupe que ya me marcho no estoy esperando nada
como el vagabundo tampoco está esperando nada, mete las pelotas en la mochila, prométanme que no voy a envejecer y no me dejen sola, mi hijo a la directora de la residencia
—Si ella se muere no me preocupa
que lo cree adulto y no lo es, fíjese en él, seis años, quién se toma en serio a una criatura, no la sensación, una anciana en el balcón y la anciana
—Tráigame aquí a Marçal
no por tú ni por señor, por usted, con el perrito en el brazo, torciéndose para llegar a la cara, la claridad aguda de un anillo que surgió y se marchó, instantáneo, el empleado de la chaqueta blanca midiéndome la ropa barata, el pelo, la pulserita
—Perdone que no la haya tratado como debía niña
diez horas al día en la tienda, la mitad de los sábados, la mitad de los domingos, casi ningún cliente, por la tarde el ingeniero viudo al que le falla una pierna, mirándome desde atrás
—Qué guapa
aunque la boca en silencio se entienden las palabras
—Qué guapa
sin acercarse a mí, en mi cumpleaños un perfume ceremonioso
—Lo dejo aquí en esta estantería
escapándose hacia la salida empujando la pierna con la mano
—Vamos vamos
lleva la cartilla del banco en el bolsillo, la hojea sin encontrar la página igual que tarda en encontrar la chaqueta al guardarla
—Tengo unos ahorrillos ¿lo sabía?
recuerdo a su esposa
—Estorbo
que en Nochebuena, hace dos o tres años, soltó el tenedor en el plato y lo miró, sorprendida, con el
—Estorbo
deslizándose primero por el cuello, después por el pecho, más tarde por el mantel, finalmente por el suelo, un
—Estorbo
aplastado por el peso del cuerpo que le cayó encima y el ingeniero observándola, derecho en la silla, estrangulando la servilleta con la actitud en que lo encontró el sobrino al visitarlo, con las luces del pino parpadeando sin descanso, azules, naranjas, amarillas, el vagabundo, al otro lado de la calle, esperaba a que cerrásemos la librería para tumbarse en el escalón y, como siempre, la segunda llave asustándome, yo a ella
—¿Qué es lo que abres?
si mi madre no me lo impidiese
—Cállate
recelosa de las habitaciones tras las habitaciones, cuánto rumor de aguas negras y nosotros, incapaces de respirar, allí dentro, no me cojan, no me agobien, suéltenme, en la casa salones y salones, candelabros, porcelanas, platas y el viento rabioso en las ventanas, el ingeniero, bajito
—Qué guapa
hojeando la cartilla en que menguaban los ahorros, es difícil vivir, no le parece, cómo podemos con las luces de navidad persiguiéndonos, azules, naranjas, amarillas, cualquier día el
—Qué guapa
se le desliza primero por el cuello, después por el pecho, más tarde por el mantel, finalmente por el suelo, mezclado con los ahorrillos, en qué se los va a gastar, cuénteme, un perfume ceremonioso
—Lo dejo aquí en esta estantería
y la pierna escapándose, escurridiza, agobiada, la anciana en la que me pareció la última sala puesto que detrás pinos en dirección al mar, ciertas noches, en verano, puedo entender a las olas, cada una de ellas con un nombre dentro
—Fátima
yo esperando y ni una palabra más, sin acordarse de mí, la anciana recorría el perrito en el regazo con el anillo, ordenándole al empleado de la chaqueta blanca
—Puede salir Marçal
en un sillón demasiado grande para ella y me acordé de la muñeca apoyada en la almohada de mis padres en África, también derecha, también vieja, con el barniz de las mejillas estallando, la anciana enseñándome con un gesto lento no la cara, el mundo
—Mi padre vivió aquí
puertas y puertas donde quizá sirviese la segunda llave de la librería y, si lo hiciera, cuánto rumor de aguas negras, antes de acostarse mi madre ponía la muñeca en la cómoda, entre los retratos de mis abuelos, aunque yo la prevenía
—Va a llorar seguro
y si me despertaba de madrugada sentía sus sollozos mezclados con los míos, yo delante de la Señora, con miedo a la segunda llave, decidiendo
—Voy a tirarla fuera
como tantas veces pienso
—Si no tuviera un hijo me tiraba fuera
porque, sinceramente, respóndanme con franqueza, qué hago aquí, en cuanto me viene esta preocupación pienso enseguida
—Si el médico te dijera que tienes una enfermedad grave no te llegaría la camisa al cuerpo
y no se me pegaba la camisa al cuerpo, es verdad, médicos y hospitales santa paciencia, no me pidan que vaya a la enfermería, no lo soporto, en cuanto cruzase la puerta y viese una bata a lo lejos me desmayaría, operaron a mi padre en Coimbra y no lo vi, vi el río, esperé a mi madre en la estación de trenes, al acercarse le pedí
—No me cuente nada de nada
la Señora, en el sillón demasiado grande para ella
—hace siglos que no recibo visitas
y me pregunto si en el caso de ponerla en la cómoda como la muñeca también sollozaría o solo
—Hace siglos que no recibo visitas
hablando consigo misma recorriendo el perrito, el corazón de los animales pequeños más deprisa que el nuestro, el de los pájaros por ejemplo, el de los conejos, mi madre
—Tu padre te manda recuerdos
y yo de espaldas a ella para que no creyese que me emociono, consultaba horarios rodeada de ecos, voces, humo, es el humo que me arde en los párpados, ahí tiene, no me vuelva a hablar de él, mucho humo, la Señora
—A veces me apetece charlar
objetos antiguos, fotografías, esculturas, un ángel al que le faltaba la cabeza, un santo de talla completo, venga, el manto entero, todos los dedos de los pies, le di la mitad del plátano de mi comida al vagabundo y lo rechazó, no le parecía
—Qué guapa
como al ingeniero, no me observaba escondiéndose, la Señora como si estuviese sola, supongo que en su cabeza estaba sola, quién soy yo, no era a mí a quien se lo explicaba, era a los pinos, a las dunas
—Mi padre vivió aquí
y una sombra atravesando la sala con un rastro de puro, oblicua, con prisa
—Ahora no tengo tiempo mañana hablamos
la Señora
—Nunca tenía tiempo ahora siempre hablaba mañana
y un automóvil saliendo, no se entendía cómo venía si no dejaba de alejarse, después del crepúsculo la casa una caracola susurrando misterios, Dios mío cómo se comunican con nosotros las cosas, al darle el alta en Coimbra mi padre esperando en un banquito, recuerdo la alianza demasiado grande, negarse a comer sin una sola frase, solamente bajaba los párpados, los badajos de las cabras pastaban en el desnivel, no los animales, los badajos masticando, volvía a Cascais en autobús rodeada de sonidos, la casa en África una barraca de tablas, la profesora mulata
—Fátima ¿quién dobló el Cabo de Buena Esperanza?
viuda de un indio con pantalones cortos que también trabajaba en el embalse, perdí su nombre junto con mis chismes siendo una criatura, una semana de estas los busco porque hay cosas que me cuesta dejar, a mi madre joven, por ejemplo, el olor de la tierra cuando deja de llover y los insectos que hacen nacer los charcos, la Señora con la sombra atravesando la sala en la cabeza
—Las cenas que había aquí
el rey de Italia, el rey de Rumanía, el duque inglés que dormía en una habitación del primer piso donde lo visitaba el embajador de Alemania, cuántas habitaciones habrá tras esta habitación, cuánto rumor de aguas negras, yo frente a la Señora, escuchándola sin entender
—Por qué habla conmigo soy pobre
y el vagabundo junto al restaurante de las hamburguesas comiendo qué sé yo el qué de un cartuchito, la madre de la Señora la obligaba a besar la mano del duque inglés y yo
—¿Por qué me habrá elegido?
sin atreverme a interrumpirla, el vagabundo me da la mochila para que se la guarde, el otro día me puso una caracola en la mano, demasiado pequeña para contener el mar, o esas culebras pequeñas de las rocas, no anguilas, culebras, la profesora mulata
—Ciclóstomos
y no olvidé el término, perdí mis chismes siendo una criatura pero quedaron los ciclóstomos, digo en voz alta
—Ciclóstomos
las personas, frunciendo el ceño
—¿Perdón?
yo, avergonzada
—No he abierto la boca
ellas, desconfiadas
—Me ha parecido
y yo hundiendo los ciclóstomos en mi interior donde no se notaran, los profesores mulatos no deberían dar clases, solo son medio humanos, la dueña de la librería
—Le debes gustar a la Señora no deja de encargarnos libros
de forma que yo, con un paquete en las rodillas, en el autobús entre Estoril y Cascais a lo largo de las dunas, a ratos un chucho persiguiendo gaviotas, a ratos cardos, ciclóstomos claro que no, imagínese, quien crea que existen, allí estaba el jardín, el automóvil, el chófer dando lustre con un paño, la criada de la cofia o el sujeto de la chaqueta blanca
—Niña
no por tú, por niña
—Entre niña
la Señora, desde el fondo del sillón
—Ha tardado en llegar
yo hasta entonces sin importancia para nadie incluyendo a mi hijo a gatas con su juguete al que le faltaba una rueda, nunca hubo nada entero cerca de mí, mi padre, pasados los cuarenta, casi ningún diente en las encías, absorto, mi hijo heredó el egoísmo sé muy bien de qué parte, ojalá no haya heredado las malas costumbres, soy fácil de engañar, perdono a todo el mundo, miro y no veo, veo y no hago caso, la culpa es mía, hay un sujeto que me paga cafés
—¿Puedo pagarle el café?
mientras intenta ponerme los dedos en la manga pero quemada como estoy necesito tiempo, trabaja en una editorial, llega los miércoles con el catálogo y las fotocopias de las portadas en una carpeta
—Divorciado
asegura
—Libre como un pájaro
asegura, enseña el carnet de identidad como prueba, arrima su zapato a mi zapato y en cuanto me doy cuenta lo quito, en ciertos momentos tardo un poco porque mi compañera, más joven que yo, sin hijos, va al peluquero, se pinta, hasta hace poco un primo, creo que nadie en este momento, atención Fátima, el abuelo de la Señora una casa de cambios, el padre de la Señora dueño de bancos, cuántas almas, por no mencionar a los perros, enterradas en las dunas con los giros del viento, cuando el viento cambie de nuevo permita el cielo que no se encuentre al de los cafés por debajo, con el zapatito listo para avanzar hacia mí, arreglándose el nudo de la corbata con gestos de ciclóstomo, perdonen la expresión, cuando menos lo espero, sin saber el motivo, me vienen locuras así, el padre de la Señora
—Te prometo que mañana hablamos
alejándose hacia subalternos que lo esperaban, atentos, curvados, el padre de la Señora dueño de bancos, compañías, ministros y en esto la lluvia fuera, no vertical, a derecha e izquierda cambiando los setos y los árboles, espero que el vagabundo bajo algún techo o al menos con una capucha y un trozo de plástico en los hombros, el padre de la Señora al cenar, torturando en silencio al tenedor esperando la sopa, la madre de la Señora sin mirarlo, joven, guapa, enfadada con qué, resentida con qué, bajo las medallitas de los santos, cogidas con un alfiler al camisón, la estrella de David que encontraron tras su muerte, durante los insomnios lo entiendo, a pesar de la distancia, las gallinas en el gallinero de mis padres en la provincia, lleno de plumas, uñas, escupitajos, la madre de la Señora corrigiendo los gestos de su hija con la ceja, el padre escocés, una pareja rubia en un marco barroco, la Señora
—Mis abuelos
en cuanto a los míos no los conocí, campesinos en una fotografía, sin rasgos, solo perfiles, yo a mi padre
—Padre ¿a qué se dedicaba su padre?
y con los badajos de las cabras, bajo los badajos de las cabras, sin distinguirse del badajo de las cabras
—Ayudaba al vicario en misa
más un taller de tonelero, más cubos cuando tocaba a fuego, más el hijo dándole un vaso de agua en la Misericordia y él
—Es la última vez que me das de beber
no angustiado, tranquilo, exactamente como he escrito
—Es la última vez que me das de beber
en la cama de la izquierda una gorda haciendo punto, en la cama de enfrente un fulano abrazado a la corneta de la mili con un borlón rojo y un borlón verde
—Lo que habré soplado
mi hijo no se parece a mí, a lo mejor el mentón, a lo mejor la frente y ni mentón ni frente, no se parece a mí, como se cambia los dientes recupero a mi padre porque las encías desnudas, a propósito de desnudas he visto al vagabundo lavarse ahí abajo, en las duchas de la playa, si él, iba a decir una tontería, estoy loca pero si él, qué insistencia idiota, un vagabundo, de aquí en adelante, el padre de la Señora torturando al tenedor, la madre de la Señora y la Señora calladas, la soledad de las mujeres me produce escalofríos, si me hubiesen hecho hombre lo agradecería, el de la corneta
—Cuando tocaba a silencio hasta los plátanos lloraban
notas tristísimas en la oscuridad y ciclóstomos fosforescentes alzándose entre las tinieblas, cuántas habitaciones habrá tras las habitaciones que conozco, cuánto rumor de aguas negras, el mar de Cascais, de bruces en la arena, se lamía a sí mismo temblando, temblando
—¿Qué me escondes?
el padre de la Señora al abuelo de la Señora, empujando papeles
—Le perdono la deuda si me da a su hija
exactamente así, sin rodeos
—Le perdono la deuda si me da a su hija
el judío secándose con el pañuelo sin que el padre de la Señora se fijase en él, con la cara desapareciendo de la cara y ninguna expresión, ninguna arruga, solo el bigote dudoso, la madre de la Señora quince o dieciséis años, dieciséis, el padre de la Señora tranquilizándolo
—No le hago nada malo no se preocupe
recogiendo facturas
—Se libra de que lo cojan y gana un yerno que lo protege
no en esta casa, en el despacho de Lisboa, la soledad me trastorna aunque mi hijo en la cama conmigo, mi compañera cogiéndole el codo al sujeto de los cafés, con la cabeza inclinada para oírlo mejor
—¿En serio?
soltándole el codo y cogiéndoselo de nuevo, más cerca de la mano, con más fuerza
—No sé si creer en lo que se inventan para cogernos
el dedo precavido de la Señora asegurándose de los pendientes
—Mi abuelo tuvo que asentir claro
con el perro alborotándose en su regazo
—No deja de soñar
el judío discutiendo con su esposa en un apartamento del cual el padre de la Señora mandó sacar lo de dentro, lo trajeron, una semana después, cuando el judío aceptó, junto con un servicio francés, candelabros nuevos, cortinas nuevas, un piano
—Con los saludos de su yerno
la madre de la Señora sin entenderlo
—¿Casarme?
mis padres a mí nunca me visitaron, no sé si los echo de menos, he crecido, si tuviese les pagaría el viaje y después dónde dormirían, no hay sitio, hay momentos en que los quiero y momentos en que regular, recuerdo que no lloraba, no era que no me entrasen ganas, las lágrimas no salían, mi tía
—¿No gana peso la niña?
y yo enfadada por no ganar peso, un día empezó a dolerme el pecho, dos granitos que se hinchaban bajo la piel, el judío tranquilizando al padre de la Señora
—Ella dice que no quiere casarse pero no se preocupe que se casa
y el padre de la Señora casi divertido, no casi divertido, divertido, dueño de bancos, empresas, ministros, sonriéndole a una chica que tomaba nota, compartiendo con ella la diversión, necesito un cepillo de dientes para mi hijo con un ratón Mickey en la punta, al menos con el bicho se entretiene, el padre de la Señora
—Tranquilo que no me preocupo es evidente que se casa
años después la madre de la Señora en el tren a Madrid con un hombre, esperando a salir, maletas encima de ellos en una red, la madre de la Señora con gafas oscuras y un pañuelo en la cabeza, gente esperando en el andén, un viejo trotando sacudiendo una banderola, mi madre a mi padre
—Deberías comprarte una dentadura en la feria
ensartadas en una cuerda, por tamaños, en los puestos de los gitanos, con anzuelitos de alambre, para agarrarlos a las encías, que ayudaban a encajar aquello sujetándose al hueso, la puerta del compartimento se abrió en el momento en que el hombre sacaba la pitillera y el padre de la Señora en el escalón, tranquilo, simpático
—Vamos para casa Raquel
a medida que un suspiro de vapor apagaba al viejo de la banderola y el vagón empezaba a menearse, ya se han dado cuenta de que los objetos, cuando les da la gana, se desplazan sin ayuda, todo quieto y una taza vibrando, o un cenicero, o un plato y no es el viento ni somos nosotros, no se sabe, no me vengan con almas en pena, son las cosas y ya está, o el eje de la tierra que se ha torcido, todo se gasta y cede, el padre de la Señora al hombre que lo miraba con la pitillera abierta, afectuoso, casi cómplice
—¿Puedo dejarte en algún sitio João?
el de los equipajes, doblado sobre las maletas
—¿A su coche señor?
se entiende que el eje de la tierra alterado porque la ventana no a la carretera, a la cuesta que antes no se veía desde allí, sembrada de cabañas y restos de una grúa, cuando los objetos se agiten de nuevo la carretera de vuelta, vuelve a lo que fue, es la vida, buscamos lo que sigue y encontramos el principio, mi padre se probó una de las dentaduras postizas, mi madre
—Estás mejor
y lo estaba, la chaqueta le quedaba mejor, un botón que faltaba de repente en su sitio, la corbata sin las arrugas de los nudos anteriores y sin embargo el precio de la dentadura no compensaba la elegancia ni aliviaba la molestia del hígado
—Si me mejorase la vesícula la compraba
de modo que la belleza de mi padre volvió a la cuerda del puesto entre majestades desdeñadas, me acuerdo del grupo bailando en un estrado, o sea parejas con las manos arriba dando saltos con zuecos enormes, un dúo perdió el paso y lo corrigió deprisa, el padre de la Señora entre la madre de la Señora y el hombre, charlando con los dos, una de las manos en su cintura, otra en el cuello del infeliz protegiéndolos a ambos, un policía se cuadró sin que él le respondiese, creo que mi padre aún hoy pensando en la dentadura con ganas de morder el mundo, la Señora
—Mi padre no me mencionó el asunto me lo contó mi madre muchos años después
se limitó a cambiarse a otra habitación él solo, cuando el rey cumplía años se le aparecía
—Desnúdese
no
—Desnúdate
el padre de la Señora completamente vestido
—Desnúdese
y se quedaba vestido delante de su esposa desnuda con el puro en la boca, echando la ceniza en el suelo
—La ropa interior también
dejaba el puro en el borde de una cómoda
—Túmbese
y ni siquiera se descalzaba, ensuciando la sábana con los zapatos, al acabar se miraba la camisa, buscaba un billete o dos en los pantalones dejándolos caer junto a la ceniza
—Cójalos
y salía sin fijarse en la madre de la Señora que se estiraba para dárselos
—Cómprese aderezos de puta con eso
cerrando la puerta con la suela mientras el mar de Guincho inofensivo y las dunas sin sepultar a nadie, la Señora a mí
—Vuelva mañana estoy cansada
alisando los sueños del perrito con el anillo, observando la ventana donde la tarde empezaba a diluirse en tonos rosados y violetas y una rama de sauce avanzaba por la tarima como un mendigo que pide, la Señora se levantaba, solitaria, en el interior de la casa a medida que yo la dejaba, el salón con sus muebles, sus cuadros, sus tesoros tan caros de repente inútiles, el padre de la Señora encerrado con la segunda llave de la argolla que ahora sé para qué sirve, negra, torcida, adornada con el osito de peluche al que le faltaba el ojo derecho, fui yo quien le dijo
—Tome
yo quien le dijo, al dársela
—Es suya
él fallecido hace años, antes de que yo naciera y sin embargo yo dándosela
—Es suya
exactamente como pone aquí
—Es suya
y el guardándosela en el chaleco, sentándose en el despacho con los ojos muy pobres a pesar de ser dueño de bancos, empresas, ministros, el padre de la Señora mirándome, dejando de mirarme, olvidándose de mí, escondiendo la cara en las palmas repitiendo el
—Estoy cansado
de la hija, con el puro en los dedos, con el retrato de un presidente extranjero a su izquierda mientras el mar de Guincho, de bruces en la arena
—¿Qué me escondes?
el padre de la Señora eligiendo una dentadura en el puesto de la feria y metiéndosela en la boca, sobre sus dientes auténticos, devorándose a sí mismo.
2
No creo en Dios, cómo podría hacerlo, cuando lo he necesitado no estaba y no me refiero a problemas importantes que le diesen trabajo, me refiero a la primera vez que fui mujer, por ejemplo, agachándome en la huerta entre las matas de judías, rodeada de saltamontes y abejorros y gusanos, el mundo erizado de pinzas, patas, alas, mandíbulas y cuando los dolores aflojaron no pensaba
—¿Qué me está pasando?
pensaba
—¿Quién soy a partir de hoy?
porque mi cuerpo raro, si se lo imaginara el prior seguro que no me daría la comunión, qué he hecho mal, dónde habré pecado, mi abuela
—Las mujeres han nacido para sufrir
y es verdad, Dios es hombre, piensa como un hombre y lo disculpo por no entenderlo, lo que no le disculpo es el rollo de las tardes de domingo frente al televisor antiguo que me regaló la dueña de la librería al comprar el nuevo, mi cumpleaños es en julio, a cada rato se va la imagen, veinticuatro de julio, le doy unos golpes y sale desenfocada, cómo estará hoy el embalse donde trabajaba mi padre que sigo sintiendo el agua creciendo y bajando en mí y la negra de las pulseras de goma, que se ocupaba de la cocina con mi madre, llamándome desde el jardín
—Fatinha
mi padre entrando en casa, olisqueando por todos lados
—Huele a negro que echa para atrás
y no creo en Dios porque no me hace caso como tampoco me lo hacía el padre de mi hijo, me buscaba por la noche en la oscuridad y siempre me hacía daño, me pesaba en el pecho, tardaba en soltarme, y yo
—¿Cuándo acaba esto cuándo acaba esto?
contando para mis adentros los coches en la carretera
—Cuando llegue a quince te empujo
a cada coche doblaba un dedo y dónde estaba Dios en esos momentos, les sumaba las motos y el triciclo del inválido del piso bajo para aumentar el número, la claridad de los faros en el techo descubría manchas de humedad desconocidas, mi hijo a nuestro lado, con el chupete para abajo y para arriba, más deprisa a medida que su padre se acercaba al final, alucino con las herencias de los niños, la Señora a mí
—Se ha retrasado media hora
ofendida, con el chal de seda, recelosa de las traiciones del otoño, se veían las mareas de septiembre en medio de los pinos, me libré del zapato del vendedor en la pastelería para no tener que coleccionar de nuevo automóviles pero los dedos no me sueltan la muñeca, el padre de mi hijo se marchó hace un año y pico, su padre dia, la Señora
—Detesto la falta de puntualidad
su padre diabético, con una catarata en un ojo no me acuerdo si este o el otro igual que Dios no se acuerda de mí o es que entonces no existo, una ola más fuerte exasperó a los rosales tan, este, me acordé, sensibles siempre, el vagabundo nunca me dijo su nombre
—Buenos días
y eso era todo, incluso al cerrar la tienda, con las luces encendidas en la plazuela
—Buenos días
no charla, no da las gracias, no pide, si le damos lo que quiera que sea lo rechaza, la Señora a mí
—Siéntese
en el silloncito que mandó colocar cerca del suyo, esperando, me faltan media docena de azulejos en la cocina y un taco de la tarima que he disimulado con un trozo de corcho, al final de los arriates una pista de tenis donde incluso en verano no juega nadie, antes el padre de la Señora con los amigos y la madre de la Señora, con una boquilla larga, bajo una sombrilla violeta, alrededor de mi edificio hierbajos, matorrales, una bicicleta sin manillar que se van comiendo los arbustos, si nos entretenemos en el mismo sitio nos devoran bocado a bocado, pies, piernas, cintura, el silencio de la boca tarda más en salir, por ejemplo el del compañero de tenis del padre de la Señora cuando el padre de la Señora, entre dos pelotas
—Quiero el cincuenta y uno por ciento de su cementera
sin interrumpir el partido, fue el otro quien se quedó inmóvil, mirándolo, no sé si me gusta venir a la casa de la Señora, no sé si me cae bien, a veces me asustan su expresión, los modos, el padre de mi hijo no nos busca, no llama, no manda dinero, me han dicho que su padre la catarata en los dos ojos, en una silla de mimbre jugando con los pulgares, el padre de la Señora a su compañero de tenis
—No me gustaría tener que cortarle el crédito y que la fábrica cerrase
el compañero falló una pelota, dos pelotas, avanzó un paso hacia el padre de la Señora, dejó caer la raqueta y abandonó el partido, docenas de barcos anclados en la bahía, gaviotas en la muralla, veinticuatro de julio a las siete de la mañana, dos quilos novecientos, el vagabundo, sin pelo, tardé en respirar, caminando por la arena, armado con una caña, enredando con las algas, las piedrecitas, siempre con perros alrededor, el compañero llamando a una criatura de rojo, debía de ser guapa yo, toda arrugada, que la Señora encontró en el despacho
—Vámonos Teresa
la criatura de rojo equivocándose con los broches de la blusa, buscando un pasador, el padre de la Señora a la Señora
—Saluda a la tía Teresa niña
los perros iban y venían por la playa, olfateando, ladrando, uno gris, con una llaga en el lomo, persiguió a un charrán hasta el agua y se detuvo a esperarlo, manchas de gasoil, pajas, tengo una amiga en la boutique de al lado de la librería que se llama Celeste, casada con un caboverdiano, no tiene hijos no por ella, por él que está en el médico con inyecciones y el médico
—No pierda la esperanza amigo mejorará
Celeste
—Hasta ahora no lo ha hecho pero es posible ¿no te parece?
el padre de la Señora a la criatura de rojo
—El amor por su marido me conmueve pero la respuesta es no
y puede que sea posible, qué sé yo, las inyecciones sirven para algo sobre todo si duelen, es señal de que el organismo reacciona, Celeste
—Es lo que me han explicado en la farmacia deberías haber estudiado
el perro volvió del agua desilusionado, lento, a lo mejor viajó también desde Cabo Verde, cualquier día le pego un porrazo al televisor y la imagen nanay, también mueren, las máquinas, en las traseras del edificio frigoríficos, ventiladores y cocinas abolladas, la criatura de rojo retrocedió en el pasillo y una última puerta cerrándose estruendosamente, bandadas de pájaros de colores en el agua del embalse, en África, el padre de la Señora al compañero de tenis que firmaba contratos con el bolígrafo chirriando
—No se ponga nervioso
el padre de la Señora, elogioso
—Me gusta su sensatez
con la mano tendida y el otro, en agonía, apretándosela
—Lo espero el sábado para nuestro partido
y la criatura de rojo presenciándolo al lado de la madre de la Señora mientras el compañero de tenis fallaba pelota tras pelota, el padre de la Señora con una sorpresa inocente
—¿Qué es lo que le pasa?
bandadas de pájaros de colores en el embalse, de eso me acuerdo y docenas de mirlos en el jardín de Cascais, Dios ausente, lógico, no me vengan con historias, qué se espera de Él, Celeste
—Quizá sea mejor así un bebé mestizo ¿no?
La criatura de rojo embarazada, el padre de la Señora
—Enhorabuena
la madre de la Señora escondiendo sospechas en el abanico, la Señora
—Por increíble que parezca me gustaba mi padre
en un aliento de niña, el sol me estorbaba y distinguía mal su trazo, intuía el perfil de una mujer mayor, suspendida en la luz, rodeada de muebles enormes, tropezando con la criatura de rojo cuando no estaba la madre, me dio miedo que el vagabundo se metiese mar adentro, que los perros despedazasen la mochila abandonada, el diabético
—¿Qué hora es?
y qué hora es de hecho, en el reloj de la librería, averiado hace siglos, eternamente las cuatro de la tarde y por consiguiente la negra, con las pulseras de goma, que trabajaba en la cocina, impregnando con su olor el olor del cocido, empezaba la cena, la Señora, aérea en la luz, aumentaba y mermaba al ritmo de las cortinas, llegando hasta mí y alejándose, solo deseo que no me abandonen los pájaros de colores, me apetece, qué sé yo por qué, escribir madre, ya está, madre, madre, el padre de la Señora con la raqueta en la mano y muchos árboles alrededor de la pista de tenis cuyo nombre desconozco, también muchos mirlos, no docenas como creía, cientos, miles, para la madre de la Señora miles, miles de mirlos y miles de criaturas de rojo, si el tren hubiera partido un hotel en Madrid, el hombre de la pitillera descorchando el champán y la madre de la Señora con una bata transparente, viéndolo mejor solo algunos árboles y algunos mirlos, las tonterías que se inventa la gente, el padre de la Señora inclinado sobre el capazo del bebé de la criatura de rojo dentro del cual sonajeros
—Igualito a su padre
y el compañero sin atreverse a mirarlo, escondiéndose en el panamá lo mejor que podía con la esperanza de que la sarga lo ocultase, se sacó de los pantalones un pañuelo que le agitaba la mano, son los pañuelos los que nos agitan, no somos nosotros los que, Celeste, con un hilillo de voz
—A veces después de estar con el negraco me apetece lavarme
y callándose arrepentida, una hora y media entre el sitio en que vivía y la boutique, autobús, metro, tren y por tanto envejeciendo deprisa, tendones en el cuello
—Fíjate en mi cuello
arrugas bajo el mentón que no engañan a nadie
—No engañan a nadie ¿verdad?
obvio que no engañan a nadie pero si te tiñeses el pelo puede ser que lo disimulase, no sé, el compañero de tenis buscó al padre de la Señora en el banco, esperó en una salita, con las rodillas juntas, examinando el tejido de los pantalones, sin cruzar la pierna por corrección, el padre de la Señora, invisible, con una chica rubia que entraba y salía y ni se fijaba en el compañero de tenis, el compañero de tenis
—No existo
y de verdad no existía, el padre de la Señora a la criatura de rojo
—Idiota
y la criatura de rojo de acuerdo, en cuanto el marido intentaba ahogarla lo rechazaba
—Ten paciencia
que traigo un peso en la cabeza, estoy exhausta, mañana me levanto a las siete, su cuerpo de espaldas, con un hombro al aire y señales de dedos en la raíz de la nuca que la pantalla rosa de la lámpara aumentaba, la Señora a mí
—Si cree que mi marido fue un canalla a veces creo que fue un completo canalla
el padre de la Señora a la chica rubia
—Mande entrar a ese pesado
de manera que lo oyese el compañero de tenis, sus dedos, que no apretaban la nuca de la criatura de rojo, se trituraban vencidos, se notaban las articulaciones, se notaban los huesos, si jugasen el uno contra el otro el compañero de tenis ganaría pero no sería capaz de llamar torpe al padre de la Señora porque el padre de la Señora enseguida
—Cállese
sin las palabras pero
—Cállese
antes de que el
—Torpe
viniese, de modo que el compañero un reconocimiento embarazoso
—Gracias por permitirme ganarle
cuando no me permitió ganar, el cabrón no tiene talento, el compañero con pánico a que se notase el
—Cabrón
impidiendo que saliera apretando la boca, sustituido por el
—Gracias por permitirme ganarle
construido letra a letra con un nerviosismo de condenado y las sílabas muy grandes, difíciles de alinear, la voz del padre de la Señora a la chica rubia que entraba y salía sin fijarse en el compañero, no existo, vale, convéncete de que no existes y aceptó que no existía, no estaba, la criatura de rojo, al repelerlo
—No estás
y en su cabeza
—No estoy
salvo por la voz del padre de la Señora
—Mande entrar a ese pesado
mande entrar a ese pesado con las rodillas juntas, humilde, tenso, la chica rubia alargando la boca hacia el despacho y ninguna frase, ninguna consideración, la Señora a mí
—Me la he encontrado un montón de tardes en esta casa
la criatura de rojo diecinueve, veinte años, como ella más o menos, además de un curso o dos en el mismo colegio, la Señora recordaba trenzas con lazos con lunares y que la otra se reía de ella
—Piernas de alicate
recordaba pensar
—Se lo voy a contar a las monjas
y no se lo contaba, el chófer venía a buscarla a las cinco, si los lazos cruzasen la calle ordenaría
—Atropéllela
los ojos del chófer en el retrovisor
—Tiene cada idea la niña
un automóvil como ese fuera pero el chófer diferente, se casó con la costurera y la costurera a la Señora, rabiosa porque quien le gritaba piernas de alicate no quedase aplastado en la calle
—¿Por qué dice que mi marido es desobediente?
con los tobillos hinchados por un problema en las venas, la Señora
—Voy a decirle a mi madre que os despida a los dos
vigilando a un pardillo que se pesaba en una rama, cuántos kilos pesan los pájaros, golondrinas, tordos, gorriones, la Señora a mí
—¿Me cree mala?
decidiendo sin estar segura
—A lo mejor lo cree ¿no?
y yo sin responder porque Celeste una pregunta seria
—En mi lugar ¿te divorciarías?
que necesitaba un razonamiento largo y no soy un hacha razonando, las soluciones o me llegan de repente o no las encuentro nunca, ignoro si esto en mí es cualidad o defecto, mis padres no pensaban, decidían al azar y después se arrepentían, mi madre
—Desde luego soy tonta
el padre de la Señora, anotando un informe, al compañero de tenis
—¿No me diga que se ha gastado el dinero que le pagué por la cementera y viene ahora a pedir la limosna de un empleo?
con la chica rubia de pie a su lado, una pulsera idéntica a la de la criatura de rojo, una copia del mismo collar, hasta el corte de pelo se parecía, la ropa aseguraría que con la misma etiqueta y probablemente señales de dedos en la raíz de la nuca, el padre de la Señora levantando medio párpado
—¿Cómo me pide que le saque las castañas del fuego si no vale un pimiento?
no irónico, incrédulo, el bolígrafo abandonado sin prisa, la Señora, en secreto
—No me atrevo a condenar a mi padre
dejando, Celeste, dejando al perro en la alfombra
—Nadie se ha atrevido
Celeste en la vitrina de un establecimiento del Centro, encantada con una mesa de ajedrez horrorosa
—No conoces a mi familia ni siquiera con un caboverdiano aceptan divorcios
la Señora se apartó de la costurera a la pata coja, manteniendo el equilibrio sobre una de las piernas de alicate, en medio del pasillo cambió de pierna con cuidado de no pisar las rayas que separaban las tablas, si las pisase servirían natillas en la cena, si no los pisase tarta de fresa, la madre de la Señora
—Con tanto pobre hambriento era lo que faltaba que no te comieras las natillas, siete cucharadas como mínimo
el padre de la Señora fumando, toda la vida hablaría con ella mañana, se lo prometía
—Te lo aseguro
y se ausentaba de nuevo, le tiraba de una trenza
—Te lo aseguro es te lo aseguro
y se le olvidaba, los perros del vagabundo lo cambiaban por una gaviota con un ala rota que se erizaba para ellos, feroz de miedo, y que una ola se llevó, dejando un surco en la arena, hecha de la materia de los delfines de juguete que le metían en el baño
—Ahí tiene sus peces
con la idea de mantenerla entretenida mientras la enjabonaban
—Cierre los ojos con fuerza
porque la espuma picaba y la Señora cerrando los ojos con fuerza delante de mí, me quedé siglos en la muralla con la esperanza de que regresara la gaviota y no volví a verla, los tesoros que he perdido con los años, ayer, por ejemplo, me vino el camisón de mi madre de cuando yo era pequeña, descosido en el hombro y su piel a la vista, mucho más desnuda que si estuviese desnuda, remiéndelo, que me impresiona, antes o después la gaviota llegará a la costa entre tablas y cola, mi padre en el cubículo del embalse girando volantes, con un negro ayudándolo
—Esto cuesta niña
y el negro, descalzo, con un júbilo hueco, no he conocido negros tristes, mientras la Señora, con un paso elástico de hada, tocaba el sapo de la cómoda transformándolo en príncipe
—Despierten
el padre de la Señora frunciendo la nariz hacia la chica rubia
—Mala
que le devolvía el gesto
—Malo
entreteniéndose en el compañero de tenis, entre la decepción y la indulgencia
—Como somos compadres quizá le encuentre algo
y los malos para acá y para allá entre bromitas, Celeste subió del ajedrez
—Mis hermanos me mataban
no creo en Dios, cómo podría hacerlo, siempre que lo he necesitado no estaba, debe de pensar mal de mí o ni siquiera se molesta, no soy importante, no cuento, mira mi padre, antes de irse a la cama, en cuclillas aquí fuera más la pipa, espantando abejorros con el dorso de la mano, mi madre, que se limpiaba la falda
—Leandro
y la respiración profunda de la tierra, además del vagabundo un mendigo cogiendo con una bolsa algo que yo no distinguía, el compañero de tenis en la contabilidad de la cementera donde los trabajadores no se levantaban cuando entraba, el retrato de su abuelo, que había fundado el negocio, quitado de la pared, la Señora despacio, no a mí, a sí misma
—Y las personas lo aceptaban
satisfecha con el recuerdo de los delfines, guardó uno en un cajón de la habitación hasta que su marido, con el animal en la mano
—¿Qué es esto?
sin órbitas de los ojos ni aletas, solo con la mitad de la nariz, ninguna cómoda vuelve a ser príncipe, solamente madera, intentó desplazarse a la pata coja para robar el pez
—Es un juguete mío
pero había perdido el entusiasmo y la levedad, decretó desde el interior de una lágrima secreta que su marido no lo notaba, durante toda la vida no notó ninguna lágrima
—No vuelvo a ser hada
el marido arrugándose
—¿Hada?
el proyecto de divorcio palideció en Celeste ante una zapatería
—Mira esas sandalias
y se avivó de nuevo con la etiqueta del precio, seguro que mi madre conserva en el baúl el camisón amarillo, casi blanco después de tantos lavados, o mejor blanco en unos sitios y amarillo en otros, si la sumergiera en un barreño se desharía, la pipa de mi padre infinita, una quema en el horizonte, el puesto de socorro iluminado con el enfermero indio dentro, ningún frasco de jarabe, ningún algodón en el bote, las noches un silencio espeso saturado de ruidos y con tantas voces mezcladas llamándome no escuchaba más que a las lechuzas y las conversaciones de los muertos, al venirnos el indio se quedó, con la bata y el turbante, despidiéndonos en el porche, me volví antes de la curva y allí seguía, lo que se mantiene de la infancia son imágenes así, la Señora
—Si por mí fuera no me casaba con nadie
aunque la misma edad Celeste mayor que yo, inclinada sobre las sandalias gastando las pupilas
—¿Qué tal si le ponemos mi vestido verde?
la Señora en dirección a la ventana
—Con nadie
con el perfil claro sobre los árboles, exactamente lo que yo debería haber hecho y no hice, resultado mi marido se esfumó, no visita a su hijo ni por navidad y en cuanto a pensiones no me hagan reír, seguro que se ha buscado a una idiota como yo que lo mantenga, lo que más hay son idiotas, era camarera en el restaurante del padre, afirmaba él, si pasase por allí
—¿Arménio?
mi suegra, el perfil de la Señora claro sobre los árboles, la impresión de que por dentro una especie de melancolía pero es evidente que una tontería mía, por qué motivo melancolías, mi suegra entre sartenes
—Hace un mes que no lo veo
en medio de vapor y hollín, con un trapo anudado a la cocorota, la hermana de mi marido cuidaba viejos en un hogar, docenas de mandíbulas rechinando, la simple idea de darles la mano me revuelve las tripas, la Señora, delante de mí
—Con nadie
y ninguna melancolía, la actitud de quien manda en el mundo y mandaba, soy una burra, me preocupa que el vagabundo solitario, hay momentos en que me descubro a mí misma pensando en él durante los descansos, dónde está, qué hace, aunque siempre esté y no haga nada, no lo veo hablando, no lo veo comer, el compañero de tenis dejó de jugar con el padre de la Señora, la criatura de rojo desapareció de la casa, el padre de la Señora a la madre de la Señora
—Es una cuestión de principios no darle confianza a los subordinados
mientras el empleado de la chaqueta blanca cambiaba el vino, después del jardín un pinar hasta la carretera que bordeaba Guincho y el viento no en los troncos, arriba en las copas donde empieza el cielo, el sujeto de la editorial en la pastelería
—Corriendo el riesgo de que no me crea la he echado de menos
limpiándose la boca, con la servilleta de papel en una cajita cromada, coges una y sale inmediatamente otra, intenté ese milagro y no lo conseguí, no son mi especialidad, los milagros, además en cuanto a especialidades ya hemos dicho todo, cómo se hacen, el mar de Guincho no olas tras olas, un ruido continuo, si mi hijo me despierta gritando lo mezo un poco y se tranquiliza, cambia de sueño y ya está, Celeste
—Con mi vestido verde
no, Celeste
—¿Mi vida va a ser siempre así?
y en lugar de responder
—¿Cómo te gustaría que fuese?
me callo como me callo con la Señora, me limito a escuchar, no son los libros los que le importan, es una persona, da igual cuál, incluso una paleta como yo, que la escuche, la dueña de la librería
—Escúchala el tiempo que te dé la gana siempre le mando los tochos más caros
de manera que yo semanas y semanas en un salón demasiado grande para mí, regresando casi de noche a Cascais en el autobús que traqueteaba al viento y notando cómo crecían las dunas, mi padre, en África con todos los dientes, en cuclillas, fumando
—¿Sientes la lluvia?
y la negra de la pulsera de goma disminuyendo a lo largo del muro del embalse, el padre de la Señora a la Señora
—Te casas en octubre
con el vestido verde y los zapatos del escaparate del Centro que impiden los divorcios, el marido de la Señora enseñando el delfín
—¿Y has conservado esta porquería toda la vida?
heredero de otro banco que administraba el padre de la Señora, más fábricas, más empresas, más tierras, deformando el pescado
—¿Te importa que lo tire a la basura?
y la Señora, con piernas de alicate, dirigiéndose a la pata coja hacia él sin lograr agarrarlo porque después de los diez años no lo conseguimos debido a que las distancias aumentan; kilómetros y kilómetros separando las cosas por no mencionar los músculos independientes de nosotros, huesos reacios, tendones endurecidos, la Señora informando al padre de que prefería el sapo de una cómoda transformado en príncipe y el padre levantándose, el vagabundo, lentamente de sí mismo
—¿Un príncipe?
del mismo modo que el vagabundo a lo mejor un príncipe y el restaurante de las hamburguesas un palacio disfrazado, la Señora, ya he oído historias más insólitas, y la madre de la Señora en el sofá, pavos reales, cigüeñas, qué país de seres alados el nuestro, solo le faltan avestruces y murciélagos como los de África, en Portugal pequeños, somos modestos en lo que se refiere a murciélagos, la sierra de Sintra con nubes en la cima, la Señora y la madre de la Señora en el sofá, gente en el pinar, sobre una manta, comiendo, la madre de la Señora llamó al empleado de la chaqueta blanca
—¿Quiénes son esos Marçal?
el empleado de la chaqueta blanca observando por la ventana
—Parece que están comiendo señora
el novio de la Señora sustituyó al compañero de tenis y la chica rubia a la criatura de rojo, la esposa del embajador francés, siempre con guantes, a quien el padre de la Señora miraba entre dos jugadas, como una Venus sobre una montaña de piedras en el centro del estanque, con una concha erguida, el padre de mi hijo siempre me hacía daño y yo contando los coches en la carretera
—Cuando llegue a quince te empujo
la madre de la Señora al empleado de la chaqueta blanca
—Dígales que no los quiero ahí porque ese pinar es mío
sumaba a los coches las motos y el triciclo del inválido del piso bajo, con las muletas a los lados del asiento, normal hasta la cintura y después de la cintura pantalones marchitos y varias botas dobladas en la punta, antes de empezar a jugar el padre de la Señora le daba la toalla a la esposa del embajador
—Usted me da suerte
y la esposa el embajador acariciándola sin prisa, llevaba los zapatos que Celeste envidiaba, el empleado de la chaqueta blanca, y un vestido casi verde, es decir, perla, un vestido casi verde disfrazado de perla, si invitasen a Celeste
—Prácticamente el mío ¿te has fijado?
feliz de que prácticamente el suyo, feliz de que el suyo, me dan miedo las escaleras mecánicas del Centro que empiezan derechas un metro o dos y de repente, lo que inventan los americanos, se transforman en escalones hasta hacerse planas de nuevo y desaparecen por una ranura metálica, me quedo esperando un tiempo, como al borde de una piscina, calculando el momento menos peligroso para aventurarme, agarrando con todas mis fuerzas el pasamanos, al llegar arriba me salvo con un saltito feliz, si un día viajo en avioneta y la avioneta se cae, con la suerte que tengo es natural que no muera lo que me obliga a creer que Dios tal vez exista y al necesitarlo está alerta, parece que no pero lo está, el empleado de la chaqueta blanca, al liberarse del triciclo el lisiado, con tanta pierna, tanta muleta, tanta bota, como una araña confusa, la esposa, normalísima, esperando cada tres pasos, le llama Dirceu y Dirceu perfecto, no puedo explicarlo pero Dirceu perfecto, quien lo conoce está de acuerdo conmigo, no le inventaría otro nombre, el empleado de la chaqueta blanca rodeó los parterres, el invernadero, el par de árboles de la China al borde del jardín, abrió la cancela que da al pinar, se acercó a la manta de la familia, con cestos, marmitas, cubiertos, apuntó a la cortina desde donde lo espiaban la madre de la Señora y la Señora, habló, escuchó, volvió a hablar, volvió a escuchar, un niño le ofreció una croqueta de gallina, un hombre le señaló la cuchara, un segundo hombre le quitó la croqueta de gallina al niño, la blandió en dirección a la casa y el empleado de la chaqueta blanca empezó el camino de vuelta vencido, rascándose la oreja, mientras el segundo hombre gritaba, el empleado de la chaqueta blanca cerró la cancela como si fuera una caja fuerte, pasó un discóbolo de mármol, la pérgola, la Venus con su concha en alto, se borró en el ángulo del invernadero y surgió en la sala, la madre de la Señora a él
—¿Ha hablado con ellos Marçal?
el empleado de la chaqueta blanca con voz prudente
—Sí
ojalá el vagabundo no se vaya nunca, si se marcha yo, qué estupidez, si se marcha yo nada, tengo el empleo, tengo amigas, tengo al que me invita a cafés, la madre de la Señora al empleado de la chaqueta blanca
—¿Los ha avisado de que el pinar es mío y de que no les he dado permiso?
el sujeto de los cafés con el cual sería posible, con el cual quizás fuese posible si me olvidase del padre de mi hijo que a pesar de todo, soy tan cretina, permanece en mí aunque yo deseosa de llegar a los quince y expulsarlo, la madre de la Señora al empleado de la chaqueta blanca
—¿Y qué respondieron ellos Marçal?
el empleado de la chaqueta blanca retrocediendo un paso, avanzando un paso, abriendo la boca, arrepintiéndose, abriendo la boca de nuevo, el empleado de la chaqueta blanca, tras una pausa interminable, consiguiendo un murmullo
—Han respondido que
la madre de la señora, imperiosa
—Así no lo oigo Marçal
y el empleado de la chaqueta blanca, de repente decidido, todos tenemos que morirnos, verdad, cerrando los ojos ante el abismo y precipitándose en él con la voz llena
—Han respondido que se joda la señora.
3
Cambia de color, el mar, azul, gris, verde, blanco, casi amarillo ciertas tardes de agosto, cuando no hay nadie en la playa, solamente las dunas y los arbustos y, en lo alto, la casa, encaramada sobre el viento con los pinos y las estatuas, supongo que de noche negra, imprecisa, aún más grande y la Señora en el centro de sus salones, de sus pasillos, de su silencio, la Señora sola en el sillón, creyéndome con ella, las rosas junto a los cristales y un mirlo entre dos troncos
—Mi padre tuvo que apartar a mi abuelo de los negocios
que los mochuelos acechaban mientras la concha de Venus goteaba en el estanque fragmentos de un discurso sin nexo, díganme una fuente como ejemplo que articule párrafos en condiciones, el mirlo eligió un balcón, eligió otro, acabó desapareciendo en una copa que cerró la mano sobre él, cuántos animales perdidos, vampiros, pegasos, ángeles, se esconderán en los árboles, la dueña de la librería intentó darle un saco de dormir nuevo y el vagabundo lo rechazó, el anillo de la Señora subió desde el perrito y volvió al perrito
—Mi abuelo murió sin haberle perdonado
no un banco todavía, un banco como si el abuelo de la Señora incapaz de un banco, sin conocimientos ni estudios, el vagabundo, con la mano tendida
—No
al principio vendía periódicos y lotería, prestaba dinero en el barrio, no se imaginaba que el mar tantos colores, por la mañana, debido a las algas carmín que abandonaba en la playa al llegar la marea baja, una especie de vestido que se queda en la arena al marcharse desnudo, el abuelo de la Señora, de quien no se conocía padre, solo la madre, que hacía la limpieza en la iglesia, esto lejos de Cascais, en Lisboa, Cascais en esa época olivos, campos y un tren con mala suerte, agitado por el viento, que llevaba a nadie, al volver de la mili el padre de la Señora, hay quien lo recuerda en el barrio, aumentó los intereses y transformó el negocio
—Transformó el negocio contra la voluntad de mi abuelo
y aunque en la carretera automóviles y el triciclo del inválido la escuchaba perfectamente, mezclada con voces por encima y por abajo más las pantuflas del insomnio de un vecino y un llanto de criatura a lo largo de mi cuerpo, es mi hombro el que llora, son mis riñones los que caminan, siento una palmera en cualquier punto de mí, ni en África me fijé en ellas, evidentemente algodón, pitas que no terminan como el vagabundo no termina de responder
—No
rechazando regalos, comida, existo al decirle
—Buenos días
e inmediatamente después no estoy, Celeste
—Creo que no te ve
la gente confiaba su economía al padre de la Señora y el establecimiento un piso, un edificio entero, dos edificios, yo, enfadada con Celeste
—¿No me ve?
mientras el vagabundo en dirección a las duchas sin darse nunca la vuelta, no vas a tener hijos Celeste, envejeces sola, el abuelo de la Señora al padre de la Señora
—¿Qué estás haciendo?
con tres empleados ya, cinco empleados, seis empleados
—¿Usted sabe lo que es un banco?
la viuda de un comandante, de la edad del abuelo de la Señora, sábanas añil, cojines añil, una pantalla añil en el cabecero, ahí está lo que yo decía sobre los colores del mar, azul, gris, verde, blanco, casi amarillo ciertas tardes de agosto
—Te quiero más que yo qué sé
ayudándolo
—Ven aquí mi bebé
y los colores confundidos, en octubre los patos silvestres pasan camino de Marruecos, oscuros, con el pescuezo más claro, se entretienen en el Tajo, con el pico tendido, parten de nuevo atravesando Guincho a lo largo de las ruinas de una capilla, con una hembra, o una viuda del comandante, con un abrigo que fingía piel, delante, la viuda del comandante al padre de la Señora, observándose el pecho en el espejo sosteniéndolo con los dedos
—En tu opinión ¿estoy vieja?
yo, por ejemplo, empiezo a estarlo, estas arrugas en los párpados
