Aquí no es Miami (Mapa de las lenguas)

Fernanda Melchor

Fragmento

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NOTA DE LA AUTORA

Vivir en una ciudad es vivir entre historias: las que se escriben en libros, las que circulan en periódicos y pantallas, las que se transmiten de boca en boca y mutan bajo una lógica similar a la de los virus, esos entes que sin siquiera estar vivos se replican en un afán obstinado por permanecer en el mundo.

La ciudad es el campo en donde las historias se crean y se reproducen. Y es también el lugar en donde mueren. Las historias se extinguen porque la ciudad, escenario de la realidad, es silente a pesar de su bullicio: no puede contarse a sí misma, no puede contar nada en absoluto. A las historias, como ya lo señaló Sartre, no las cuenta la realidad, las cuenta el lenguaje humano, la memoria.

Pero el lenguaje es traicionero: ¿cuántas veces no nos hemos quedado pasmados ante algo que no atinamos a describir: una atmósfera, un semblante, un sentimiento? Queremos contar algo y las palabras que elegimos se nos rebelan como bestias mal domadas. Queremos dar cuenta fiel de la realidad, de un pequeño fragmento de la realidad, y terminamos hablando de nuestra finitud, de nuestros propios miedos y deseos. Desconfiamos de las palabras porque —especialmente en esta era abrumada por la imagen y el registro— estas nos parecen demasiado escandalosas para hacer eco del silencio, y a la vez, demasiado opacas como para referir a la vorágine de la existencia.

El conjunto de relatos que el lector tiene en sus manos fue escrito en un intento por contar historias de la forma más honesta que reconozco posible: aceptando este carácter oblicuo del lenguaje y aprovechándolo a favor de la propia historia. No importa que sea imposible “reproducir” la realidad con una herramienta que deja las manos astilladas; no importa que cualquier imagen en nuestra computadora, por fútil que sea, valga más de mil palabras. Las historias nacen en el lenguaje y en él alcanzan su sentido más profundo, el que se le escapa a las grabadoras y a las cámaras, el que se encuentra enmarañado en las voces y los gestos de la tribu. No estoy segura de haber cumplido a cabalidad con esta misión, pero sí puedo afirmar que lo intenté, incluso antes de plantearme formalmente estas consideraciones.

La mayor parte de los relatos que componen Aquí no es Miami fueron escritos en un lapso de 10 años, entre el 2002 y el 2011. Algunos de ellos fueron originalmente publicados en las páginas de la legendaria revista Replicante. Para esta nueva edición quise incluir una nueva versión, más completa y menos sesgada, de la trágica historia de Evangelina Tejera, y un relato inédito, “La vida no vale nada”, que pertenece a la misma época en que fueron escritas las crónicas de la primera edición: la calamitosa convergencia de los gobiernos de Fidel Herrera Beltrán como gobernador de Veracruz y de Felipe Calderón Hinojosa como presidente de la República.

Una parte de los textos que componen este libro pueden ser englobados bajo el género periodístico de la crónica. Otros se resisten a ser clasificados; yo prefiero llamarlos “relatos”, en el sentido de la primera acepción del término: “conocimiento que se da, generalmente detallado, de un hecho”. No son textos periodísticos porque no incluyen fechas, datos duros ni números de placas de automóviles (en parte, para proteger a mis informantes), pero tampoco son ficciones realistas: no hablo de lágrimas, hombres armados o niños heridos donde nunca los hubo. La única ficción que estoy dispuesta a reconocer en estos relatos es aquella que permea todo constructo del lenguaje humano, desde la poesía hasta la nota informativa: la forma del relato, su esquema organizativo. Recordemos la etimología de la palabra ficción, fingere, que en latín significa “modelar”, “dar forma”. La realidad carece de voluntad directiva, de sentido deliberado; así, tanto la novela como el reportaje son siempre, de cierta manera, “ficticios”, en el sentido de que son artificios y no pueden ser confundidos con la vida misma.

Asimismo, el lector encontrará en estas páginas relatos que se rehúsan a dialogar con la Historia en mayúsculas, relatos que no buscan cebarse en una anécdota determinada sino en el efecto que esta tuvo en la sensibilidad de sus testigos. Las historias a las que me refiero nacen de hechos concretos (un grupo de polizones que se queda varado en el puerto; un exorcismo según el ritual veracruzano, por ejemplo) pero su naturaleza subjetiva trasciende la mera anécdota para centrarse en la experiencia transformadora que enfrentaron sus protagonistas, de tal forma que, por ejemplo, el texto que da nombre a este libro no cuenta solamente la historia de unos pobres diablos que confundieron a Veracruz con Miami, sino la de un muchacho que, una noche de invierno tropical, se topa por primera vez con el rostro de la brutalidad y la venganza.

Sé que la subjetividad humana es quizás el campo menos periodístico que puede existir, y que algunos de mis relatos corren el riesgo de aparecer, a pesar de este choro mareador, como ficciones. No me queda sino asegurarle al lector que mi intención al escribirlas fue siempre la de relatar una historia con la mayor cantidad posible de detalles y la menor de ruido; que las palabras que utilizo provienen del conocimiento íntimo de mis informantes, de la explotación total, a veces despiadada, de sus percepciones, y, por supuesto, de mi propia participación en los hechos y lugares descritos.

Aquí el lector no hallará ninguna fobia a la subjetividad, ninguna reticencia a sacudir el mecanismo del relato para darles a los hechos humanos un sentido distinto, más próximo al de la experiencia individual que al de la noticia. Tampoco hallará ficción ni fantasía, sólo historias que pudieron ocurrir en cualquier parte pero que, quién sabe por qué destino inexorable, no pudieron sino nacer en este sitio.

FERNANDA MELCHOR

Veracruz, octubre de 2017

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I

LUCES

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LUCES EN EL CIELO

A principios de la década de los noventa, Playa del Muerto era apenas una franja de arena grisácea, ubicada en la cabecera de Boca del Río, municipio gemelo de Veracruz. Sus dunas ardientes estaban repletas de matorrales llenos de espinas en los que quedaban atrapadas las ramas podridas y las botellas de plástico que el río arrastraba desde las montañas en época de crecidas. No era una playa muy concurrida ni particularmente hermosa (si es que existe alguna playa en esta parte del Golfo de México que realmente lo sea) y había veces —especialmente durante la pleamar o los temporales— que la playa desaparecía, y ni siquiera las escolleras impedían que las olas invadieran la carretera que unía a las dos ciudades.

Los locales la evitaban. Decenas de intrépidos bañistas, chilangos especialmente, hallaban cada año la muerte en sus aguas traicioneras. Prohibido nadar, decían los carteles colocados a pocos metros del agua. Peligro Ay Posas, advertía una burda calavera pintada a mano con pintura roja. La poderosa resaca que empujaba el caudal de la ría hacia la punta de Antón Lizardo sembraba la Playa del Muerto de pozas, depresiones submarinas que ocasionaban corrientes erráticas en las que era fácil ahogarse.

Yo tenía nueve años cuando vi las luces, brillantes como cocuyos contra el lienzo negro de la playa. El otro testigo fue Julio, mi hermano, a quien le faltaban seis meses para cumplir los siete. Destruíamos el hogar de una jaiba celeste, hurgando en la arena con un palo, cuando un breve resplandor nos hizo mirar hacia el cielo. Cinco luces brillantes parecieron emerger desde el fondo del mar, flotaron unos segundos sobre nuestras cabezas y después huyeron tierra dentro, hacia el estuario.

¿Vistes?, dijo Julio, señalando al horizonte.

Claro que sí, respondí. No estoy ciega.

Pero ¿qué es?, preguntó él.

Es una nave extraterrestre, repliqué, maravillada.

Pero ninguno de los adultos presentes nos hizo caso cuando regresamos corriendo a la fogata para contarles, ni siquiera nuestros padres. Alejados del fuego y del resto de la gente, discutían tan encendidamente que no quisieron ni escucharnos.

Semanas antes había ocurrido un hecho excepcional: el jueves 11 de julio de 1991 tuvo lugar el que sería denominado “el eclipse solar total más largo del siglo XX”. Aquella tarde, los ojos de México estaban puestos en el firmamento, esperando con impaciencia el milagro que convertiría el sol en un aro de fuego y la luna en una mancha. El eclipse no sería visible desde Veracruz, pero qué importaba si teníamos la tele, en cuya pantalla se repetían incansablemente el mismo plano inmóvil del cielo y una sucesión de imágenes que mostraban a los habitantes de las principales ciudades en donde sí podría verse el fenómeno: miles de personas reunidas en plazas y playas y azoteas y camellones, mirando el cielo con periscopios de cartón y gafas especiales. Los noticieros advertían sin cesar lo peligroso que era mirar directamente el eclipse: podías quemarte las retinas y quedarte ciego para siempre, y yo pensaba que era una gran suerte que el puerto de Veracruz quedara fuera de la banda de totalidad del fenómeno, pues no me creía capaz de aguantarme las ganas de mirar aquel perturbador sol negro, y seguramente el resplandor concentrado me derretiría los ojos como si fueran de cera, o así era como me lo imaginaba.

Yo no lo sabía, pero en el mismo instante en que mi familia y yo mirábamos embobados el eclipse en la tele del cuarto de mi abuela, un hombre llamado Guillermo Arreguín registraba el cielo de la Ciudad de México con una cámara de video, cómodamente instalado en el balcón de su domicilio, al sur del Periférico. A Guillermo Arreguín no le interesaba tanto el clímax del eclipse como los planetas y las estrellas y demás cuerpos celestes que, según había leído en una revista de astronomía, brillarían con gran esplendor gracias al crepúsculo forzado. Cuando el cielo se oscureció, Arreguín apuntó la cámara hacia un extremo de su balcón y realizó varios paneos a su alrededor. Durante uno de estos movimientos logró captar un objeto extraño que parecía flotar por encima de los edificios circundantes.

El video de Arreguín llegó al noticiero 24 horas esa misma noche. Un par de días después, un artículo de La Prensa describía el objeto de la grabación como “sólido”, “metálico” y rodeado de “anillos de plata”. Pero la palabra “extraterrestre” no haría su triunfante aparición sino hasta el viernes 19 de julio, en una emisión del programa de debates Y usted… ¿Qué opina?, dedicada por entero a la discusión de la supuesta presencia de alienígenas en la Tierra y la reciente oleada de avistamientos de objetos voladores no identificados en diversas ciudades mexicanas. Durante la transmisión del programa —la cual tuvo una duración récord de 11 horas y 10 minutos en vivo— el conductor Nino Canún cedió la palabra a un hombre barbado de nombre Jaime Maussan, que se autodenominó “ufólogo” de profesión y que afirmó tener en su poder por lo menos 15 grabaciones más del mismo “objeto brillante” que Arreguín había captado. Maussan aseguraba que dichos videos no sólo habían sido grabados por diferentes personas en distintas ciudades del país, sino que incluso habían sido sometidos a “pruebas” que demostraban que el objeto que en ellos aparecía era, en efecto, una nave extraterrestre, y aprovechó la conmoción que su participación produjo en el auditorio para anunciar la próxima aparición de su documental El Sexto Sol, en donde prometió revelar la verdad detrás de aquellos misteriosos avistamientos.

Así comenzó la oleada ovni en México.

Ese verano aprendí todo lo que había que saber sobre el tema: los hombrecillos grises, las “abducciones”, el complot de los Hombres de Negro, la relación de los extraterrestres con la construcción de la Gran Pirámide en Egipto y los círculos de trigo sobre campos de Inglaterra. Todo aquel fascinante conocimiento me fue revelado gracias a dos fuentes: la tele (o más bien, el documental Luces en el Cielo II, del señor Maussan, que la abuela nos compró a Julio y a mí después de innumerables ruegos, y en contra de la vehemente opinión de mi padre y los tíos ingenieros), y también gracias a los kilos de cómics y tebeos que devoraba cada semana. Prácticamente pasaba las tardes echada sobre el vientre, mis ojos brincando de la pantalla de la caja idiota a las coloridas páginas de los tebeos.

En cuestión de cómics, yo era una ñoña insufrible: en ese entonces me gustaban los “cuentos” de Archie, La pequeña Lulú, Las aventuras de Rico McPato, y de ahí no salía. Pero había una publicación que exhibían en el kiosco de revistas que me atraía y fascinaba como la luz del zaguán a las polillas: el Semanario de lo Insólito, una verdadera enciclopedia del morbo y el espanto, un devocionario de monstruos humanos y fotos trucadas de bajísima calidad. Aún ahora recuerdo algunos “reportajes” entrañables que tuve el privilegio de leer en sus páginas: la mantarraya gigante-antropófaga-voladora de las islas Fiji; la maestra de primaria que poseía un tercer ojo en la base del cráneo, con el que espiaba las travesuras de sus alumnos; la sombra de Judas ahorcado dentro de uno de los ojos de la imagen de la Virgen que había aparecido milagrosamente en el ayate del indio Juan Diego; y, claro, la autopsia de un cadáver extraterrestre realizada en el pueblo de Roswell, Nuevo México, entre otras joyas.

Gracias a estas edificantes lecturas pude comprender, durante el verano de mis nueve años, que la extraña luz que Julio y yo vimos en Playa del Muerto no podía ser otra cosa que una nave interplanetaria, tripulada por pequeños y sapientísimos seres que habían logrado desafiar las leyes del tiempo y la materia. Posiblemente venían a advertirnos sobre algún próximo cataclismo que destruiría la Tierra, ahora que el fin del milenio estaba a la vuelta y la gente seguía enfrascada en guerras estúpidas que mataban niños y chorreaban de petróleo a los pobres pelícanos del Golfo Pérsico. Quizá buscaban a una persona que pudiera comprenderlos, alguien a quien legarle su ciencia y sus secretos. Quizá se sentían solos, pensaba yo —tal vez porque yo misma me sentía sola y extranjera en el mundo, incluso en mi propia familia—, deambulando por el cosmos en sus naves de silicio, buscando, siempre buscando, un planeta más amable, otros mundos, otros hogares, nuevos amigos en galaxias distantes.

Después del avistamiento que presenciamos en la playa, Julio y yo tomamos la firme decisión de vigilar el cielo. Y, justo como Maussan parecía demostrarlo, era más probable que nos tomaran en serio si conseguíamos grabar alguna prueba.

Lo malo era que papá se negaba a prestarnos su cámara de video.

¿Cómo pueden creer eso?, bramaba. ¿Cómo pueden ser tan pendejos?, cuando nos sorprendía con la nariz pegada a la pantalla de la tele, tratando de descifrar los misteriosos signos de Nazca.

Papá no soportaba a Maussan. Su barba canosa y su mirada de perro mustio lo ponían de un humor irascible y estallaba cada vez que oía el sonido de la voz de nuestro profeta. Llegó incluso a amenazarnos con esconder la videocasetera:

Por Dios, ¿no ven la cara de mariguano que tiene?

Pobre papá, no podía comprender. En el fondo no podíamos enojarnos con él; más bien lo compadecíamos. Pero mamá era diferente. Mamá escuchaba nuestras teorías y fantasías sobre el ovni de la playa, y reía, y nos despeinaba los cabellos, y una noche, ella y un grupo de amigas suyas nos llevaron de regreso a Playa del Muerto, para que pudiéramos ver de nuevo nuestra nave extraterrestre.

Aquella noche había luna llena y el agua, ahí donde se bañaba el reflejo argente

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