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El Día del Ajuste

Chuck Palahniuk

Fragmento

cap-0

La gente todavía habla de cierto buenazo. Un buen chaval, el típico que te encuentras en todos los grupos. El típico monaguillo, la mascota del profe, que entró en la comisaría del distrito Southeast, mirando a un lado y al otro, susurrando con una mano ahuecada delante de la boca. Ya era noche cerrada, medianoche cerrada, cuando el chaval entró con la capucha puesta, cabizbajo y llevando gafas de sol, nada menos. No era ningún Stevie Wonder. No llevaba bastón blanco ni perro. Preguntó por lo bajinis si podía hablar con el responsable. Se lo preguntó al sargento de guardia.

—Quiero denunciar un crimen que va a pasar —le susurró.

—¿Tienes documento de identidad? —le preguntó el sargento de guardia.

Gorra de béisbol con la visera calada, la capucha puesta por encima de la gorra. Con solo la nariz y la boca a la vista, aquel aguafiestas, aquel ciudadano modélico, con manchas oscuras de sudor en la espalda de la sudadera, fue y dijo:

—A usted no pienso decirle nada, ¿vale? —Negó con la cabeza—. Y en público, menos.

De forma que el sargento de guardia llamó a alguien. Pulsó teatralmente un botón, levantó el auricular del teléfono y marcó unos números sin quitarle la vista de encima al chaval de las gafas; a continuación pidió que fuera al vestíbulo un detective para tomar una declaración. Sí, una posible denuncia. El sargento miró las manos del chaval, que no se veían porque las tenía metidas en los bolsillos de delante de la sudadera, mala señal. El sargento no dejaba de asentir con la cabeza. Señaló con el mentón y dijo:

—¿Te importa poner las manos donde pueda verlas?

El chaval obedeció pero empezó a apoyarse en un pie y en el otro, como si hiciera cien años que no se acordaba de ir a mear. Miraba nerviosamente alrededor, como si esperara que desde la calle fuera a entrar alguien detrás de él.

—No puedo estar aquí, me ve todo el mundo.

El chaval tenía los brazos pegados al cuerpo, pero de cintura para abajo no paraba de moverse, como si estuviera en Riverdance o como filmando una escena de porno, de esa forma en que los actores porno dejan quieto el brazo del lado de la cámara, echado hacia atrás, paralizado, mientras embisten con las caderas, como si ese brazo estuviera intentando poner pies en polvorosa, por un comprensible sentido de la humillación.

—Vacíate los bolsillos —le dijo el sargento de guardia. Y le hizo un gesto al buenazo en dirección a un túnel detector de metales, como los de los aeropuertos.

El boy scout se sacó la cartera y el teléfono y los puso en la bandeja de plástico. Después de vacilar un momento largo, se quitó las gafas de sol. La rutina habitual de los controles de seguridad de los aeropuertos. El chaval parpadeó nerviosamente. Ojos azules bajo unas cejas fruncidas de preocupación. Una mueca que algún día le provocaría arrugas.

En la comisaría se oyó un ruido, como un chasquido, como un disparo, como la detonación de una pistola pero con silenciador, o quizá llegara de fuera. El chico dio un brinco. Estaba claro que había sido un disparo.

—¿Vas colocado, chaval? —le dijo el detective.

El chaval puso una cara como si acabara de ver a quien no quería ver desnudo y en bicicleta desde detrás. La voz se le despeñó por un barranco, pasó de chillona a todo lo contrario, y dijo:

—¿Pueden devolverme mi cartera?

—Lo primero es lo primero —dijo el detective—. ¿Estás aquí por los asesinatos que se van a cometer?

—¿Ya están enterados? —dijo el chaval.

El detective le preguntó al chaval a quién más se lo había contado.

Y aquel útil miembro de la sociedad, aquel chaval, dijo:

—Solo a mis padres.

El detective le devolvió al chaval su cartera, las llaves, las gafas de sol y el teléfono, y le preguntó si podía llamar o mandar un mensaje de texto a sus padres para que acudieran a la comisaría, ya mismo.

El detective sonrió.

—Si tienes un momento, puedo contestar a todas las preguntas que tengas. —Señaló con la cabeza la cámara que había en el techo—. Pero aquí no.

El detective llevó a aquel chaval, al nuevo héroe de América, por un pasillo de cemento, por una escalera de incendios y a través de un par de puertas metálicas con letreros que decían: SOLO PERSONAL AUTORIZADO. Llevó al chico hasta otra puerta metálica. Metió la llave en la cerradura. Y la abrió de par en par.

Con un mensaje de texto, los padres del chaval le contestaron que estaban de camino para ayudarlo. Le escribieron que no tuviera miedo. Al otro lado de la puerta metálica estaba oscuro y olía mal. Apestaba a retrete embozado. El chaval siguió al detective. Sus padres le escribieron que estaban en el vestíbulo.

Y ahora viene lo mejor. El detective encendió las luces. El chivato, el soplón, vio un montón de ropa ensangrentada en medio de la sala. Luego vio las manos que asomaban de las mangas. No había más que ropa y zapatos y manos porque alguien había desfigurado las cabezas y las caras. Una voz procedente de otra sala, amortiguada por la distancia, dijo:

—El único rasgo que nos mantiene unidos es nuestro deseo de estar unidos…

Y entonces nuestro monaguillo se giró hacia el detective en busca de ayuda y no vio nada más que el cañón de la pistola apuntándole a quemarropa a la cara.

En cuanto el servicio de búsqueda se ha asegurado de que no hay tuberías ni cables eléctricos soterrados, Rufus da la orden de empezar a excavar. La gente de Alquileres Spencer’s le lleva la retroexcavadora, la que tiene la pala más grande.

La excavación ya está a medias cuando llega caminando tranquilamente por los campos de entrenamiento alguien demasiado mayor para ser estudiante. Un profesor. Un fisgón con pantalones de algodón de estampado hippy y cordón en la cintura. Con la inscripción «100 % feminista» estampada en la sudadera. Con algo enrollado y metido debajo del brazo. La típica barba gris y las típicas gafas. Cuando está lo bastante cerca para que lo oigan gritar, Barbagris alza el brazo para saludar. Y grita:

—¡Se ha levantado buen día!

Sí, y con coleta. Paseándose por el campo de fútbol. Calvo salvo por la coleta que le cuelga hasta media espalda. Y un pendiente centelleando bajo el sol. Un pendiente de diamante deslumbrante.

Las instrucciones especifican que hay que excavar un rectángulo de cien metros por diez. Cuatro metros de profundidad, con el fondo aplanado y cubierto de una capa de arcilla impermeable. Y encima de esa capa, una barrera compacta de láminas de polietileno para frenar las posibles filtraciones al nivel freático. La excavación está a una distancia mínima de ciento cincuenta metros de cualquier pozo de agua potable o curso fluvial abierto. Son las mismas especificaciones que están usando por todo el país, las mismas que valen cuando se construye una balsa de sedimentación junto a una fábrica, pero sin la capa endurecida de arcilla comprimida que requeriría normalmente la Agencia de Protección Medioambiental.

¿Qué lleva Barbagris enrollado debajo del brazo? Una colchoneta de yoga.

—¿Qué obras están realizando aquí, caballeros? —Un profesor universitario se aventura entre el proletariado.

—Mejoras del campus —dice Rufus. Quién sabe cómo consigue decirlo sin reírse, pero luego añade—: Un aparcamiento subterráneo de larga duración para el profesorado.

A Naylor se le escapa la risa, pero se pone el puño delante de la boca y finge que está tosiendo. Ostermann lo fulmina con la mirada.

—Llamadme Brolly, doctor Brolly —dice el profesor.

Tiende una mano para un apretón, pero nadie lo acepta, al menos de entrada. Naylor mira a Weise. Rufus levanta la tablilla sujetapapeles y hojea el grueso fajo de páginas que lleva en ella. La mano del profesor se queda extendida hasta que Ostermann se la estrecha.

Rufus hojea sus papeles.

—Brolly… Brolly… —Repasa una lista con el dedo y por fin dice—: ¿Imparte usted una clase titulada «El arrogante legado del privilegiado imperialismo cultural eurocolonial»?

El profesor señala con la cabeza la tablilla sujetapapeles y dice:

—¿Le puedo preguntar qué está usted consultando?

Sin vacilar ni un instante, Rufus le replica:

—El estudio de impacto medioambiental.

Naylor y Weise sueltan una risotada. Vaya par de imbéciles. Se giran de espaldas a todo el mundo hasta que consiguen recobrar un autocontrol profesional. Pero siguen con las risitas hasta que Ostermann les suelta:

—¡No seáis gilipollas!

Detrás de su barba, el profesor tiene la cara roja. Se pasa la colchoneta de yoga de debajo de un brazo a debajo del otro y dice:

—Solo lo pregunto porque soy miembro del Comité Contra las Heridas a la Tierra de la universidad.

Rufus consulta sus listas y dice:

—Vicepresidente, pone aquí.

Naylor se excusa para ir a informar al operador de la retroexcavadora de que hace falta construir una rampa en el lado oeste de la excavación porque es el lado por el que los volquetes tienen que llenarla. Nadie quiere que el peso provoque un hundimiento. Weise se apoya en la pala, le hace una señal con la cabeza al profesor para llamar su atención y le dice:

—Bonita sudadera.

Con el brazo levantado y la manga remangada para enseñar el reloj de pulsera, el profesor consulta teatralmente la hora.

—Sigo queriendo saber qué están haciendo ustedes —dice.

Con la nariz todavía metida en sus papeles, Rufus dice:

—¿Sigue teniendo usted la oficina en el edificio Prince Lucien Campbell? ¿En la sexta planta?

El profesor parece alarmarse.

—¿Eso es un diamante de verdad? —dice Weise. Insertado en la oreja izquierda del profe, perfecto.

La hierba del campo de fútbol llega al borde mismo de la excavación. Por debajo se ve un pequeño margen de la capa superior marrón negruzco del suelo. Más abajo una franja así de grande de suelo profundo, y todavía más abajo la historia primitiva, el estrato de los dinosaurios. El campanario que hay junto al edificio de Administración empieza a dar las cuatro en punto.

El profe se apoya en una rodilla al borde mismo del hoyo. Nada más que tierra desnuda, con una profundidad mayor que la de una piscina. Mayor que la de un sótano. Tierra y gusanos. Los abruptos costados del hoyo estriados por los dientes de la pala excavadora. Pequeños terrones que se desprenden y ruedan hasta el fondo.

De rodillas allí, el profesor se asoma al fondo. Contemplando algo que no entiende, podría parecer en busca de fósiles. Más tonto que un puerco de camino al matadero, sin reconocer lo obvio, intentando identificar algún vestigio perdido de una civilización desaparecida. En cualquier caso, está echando un buen vistazo a toda esa negrura que se ha pasado la vida entera fingiendo que no existía.

Tiene los cereales del desayuno pegados a la piel como si fueran costras con sabor a fruta. Se desprende uno de sabor rojo y se lo come. El copo le deja un ectoplasma en el brazo, como un tatuaje minúsculo, redondo y rojo. Como si se estuviera convirtiendo en un leopardo de todos los colores del arcoíris.

Esa mañana Nick se despierta en la cama con la espalda cubierta de cereales Froot Loops. Manchitas circulares multicolores, como caramelos Chimos impresos en las sábanas. Recoge su teléfono del suelo para intentar reconstruir la noche anterior.

«Se recompensará cualquier información», lee en la pantalla. Un mensaje de texto que le llegó unos minutos antes de la medianoche. Intenta devolver el mensaje, pero es un número bloqueado.

Todavía no ha salido de la cama cuando le suena el teléfono. El identificador de llamada dice: «Número privado». Nick arrastra el pulgar por la pantalla y dice:

—Dime.

—¿Nicolas? —dice una voz.

Una voz masculina, pero no la de Walter. Tampoco la de su padre. Rasposa y jadeante, pero voz de persona culta. Nick no conoce a nadie que lo llame Nicolas.

Miente:

—No, soy un amigo de Nick. —Necesita orinar. Le dice al teléfono—: Nick ha salido.

El tipo del teléfono dice:

—Permíteme que me presente. —Jadeando—: Me llamo Talbott Reynolds. ¿Por casualidad no conocerás el paradero de la señorita Shasta Sánchez? —Resollando—: Esa criatura completamente cautivadora y encantadora.

Nick vuelve a mentir:

—No puedo ayudarle.

—¿Conoces a la encantadora señorita Sánchez? —dice el del teléfono.

—Pues no —dice Nick.

—¿Has estado recientemente en contacto con la policía o con un hombre llamado Walter Baines? —pregunta el tal Talbott.

Nick empieza a entender lo que está pasando. Walter. El puñetero inútil de Walt. Pringado de los cojones. Cada sobredosis o cada coche estrellado termina igual, no falla. La vez que Walter fumó sales de baño e intentó comerse su propia mano fue Nick quien tuvo que llevarlo a urgencias. O peor, cuando intentó tirarse a aquella satanista que estaba tan buena. Sin molestarse en ocultar la rabia de su tono, Nick dice:

—Nunca he oído hablar de él.

La voz del teléfono tiene un poco de eco. Como si estuviera llamando desde un hoyo, el tal Talbott dice:

—Te aseguro que soy un individuo sumamente adinerado y que te pagaría muy bien por cualquier ayuda que pudieras ofrecerme.

Nick palpa con los dedos entre las sábanas hasta encontrar algo redondo. Un Flexeril de diez miligramos, a juzgar por el tamaño. De forma puramente refleja se lo mete en la boca sin mirarlo y lo mastica sin agua. Si esa llamada telefónica es un asunto de drogas, a Nick le preocupa verse implicado. En su cabeza, los acontecimientos de la noche anterior siguen envueltos en niebla. Lleva demasiado tiempo al aparato, suficiente para que alguien triangule la señal de su teléfono. Lo bastante para que alguien se ponga a llamar a su puerta. Así que dice:

—Si quiere, le puedo pasar un mensaje a Nick.

—Dile —dice la voz del tal Talbott— que no acuda a la policía. —Titubea solo un instante y añade—: Asegúrale que todo quedará resuelto en cuestión de días.

Sintiendo ya que se le distienden y se le relajan los músculos, Nick dice:

—¿En qué se ha metido Shasta esta vez?

Ahora el adinerado vejestorio, Talbott, le pregunta:

—¿Puedes decirme cómo te llamas?

Pero Nick cuelga el teléfono. Se levanta de la cama y entorna los ojos para ver a través de las cortinas del dormitorio. No hay nadie delante de su puerta, al menos todavía. Se despega de un brazo un cereal de sabor verde y lo mastica, pensativo. Antes de hacer nada más, arrastra el pulgar por la pantalla para desactivar el GPS de su teléfono. Y como medida adicional de seguridad, abre la tapa de atrás y saca la batería.

Se han puesto varias hileras de sillas plegables, pero aun así hay gente de pie a los lados y al fondo de la sala. Están en esa tienda enorme de artículos deportivos, la que tiene una cascada y un arroyo con truchas para practicar la pesca interior con mosca; lo que pasa es que ya no están en horario comercial, o sea, que ahora la cascada está apagada y el arroyo no son más que unas cuantas piscinas vacías de fibra de vidrio con las truchas guardadas en unos tanques fuera de la vista. Como si la Madre Naturaleza se hubiera ido a su casa a pasar la noche; no hay ni hilo musical de pajaritos ni grabaciones de mugidos de wapitíes macho.

Bing y Esteban observan a los asistentes, básicamente una horda de maromos blancos. Con unos cuantos de piel oscura. Un ejército de lobos esteparios. En la otra punta del público está el gilipollas ese del gimnasio. Colton No Sé Cuántos, sentado con su parienta, Peggy o Polly. Dirigiéndose al público un tipo dice:

—Que levante la mano el que sepa por qué la gente recorta las orejas a los perros.

Antes de que nadie pueda contestar o levantar la mano, el tipo se pone a contar superacelerado que los pastores de tiempos remotos les cortaban las orejas a los cachorros. Para evitar infecciones. Para impedir que los lobos se las agarraran con los dientes durante las peleas. Los pastores usaban las mismas cizallas con las que esquilaban a las ovejas. Luego cogían los trozos de oreja cortados, los asaban y se los daban a comer a los mismos perros para volverlos más feroces, no es broma.

El tipo de la tienda de deportes le pregunta al público:

—¿Quién conoce la legislación de la antigua Asiria? —Nadie recoge el guante. Caminando hacia delante, dice—: El código babilonio de Hammurabi castigaba a quienes violaban la ley cortándoles las orejas… —Y para ganarse más puntos, sigue contando que el rey Enrique VIII castigaba a los vagabundos del siglo XVI cortándoles las orejas. Ah, y también la ley americana siguió permitiendo que al culpable de sedición u ofensas morales se le cortaran las orejas hasta 1839. Para subrayar su idea, dice—: No debería sorprenderos a ninguno que desde el principio de los conflictos bélicos los mercenarios hayan hecho acopio de las orejas de sus oponentes para intercambiarlas por su paga.

Bing levanta la mano.

—Suena bastante sangriento.

El tipo de la tienda de deportes niega con la cabeza.

—No lo es… —dice, levantando el índice para hacer esperar a su público— si tu oponente está muerto.

La ventaja principal de arrancar cabelleras, sigue explicando, es que pesan poco. Son fáciles de desprender y de transportar. La desventaja es que son engorrosas. Lo mismo pasa con los corazones. Arrancar un corazón es un proceso lento. Las orejas, por otro lado, son ideales. La oreja izquierda, más concretamente.

Las orejas se pueden transportar en grandes cantidades. Son fáciles de esconder. Un centenar de orejas cabe sin problemas en una bolsa de la compra. Eso equivale a trescientos mil votos potenciales, es prácticamente como tener tu propio partido político.

El tipo de la tienda de deportes le enseña el perfil a todos los presentes y dice:

—Agarrádmela.

Se refiere a su oreja. Esteban mira alrededor. Nadie se presta voluntario, así que se acerca al tipo y le coge la oreja. Tiene un tacto caliente y elástico.

—Dale un buen tirón —dice el tipo.

Y vuelve a machacarles las reglas: solo cuenta la oreja izquierda. La izquierda. Solo las orejas de la lista. Se harán pruebas de ADN al azar, y como se descubra que alguien ha mandado una oreja que no está en la lista, se le aplicará la pena de muerte. No se pueden intercambiar ni vender orejas, y la persona que cosecha la oreja es la única que puede mandarla para ganar crédito de votos.

El tipo de la tienda de deportes sigue hablando sobre toreo. Sobre el hecho de que las orejas son los radiadores del cuerpo.

Y Esteban allí plantado, agarrándole la oreja al tipo como si fuera un fajo de billetes.

Además, explica el tipo, las orejas se conservan bien.

—Aunque le pegues un tiro en la cabeza a la persona, la oreja… quizá tengas que buscarla un poco, pero la oreja quedará intacta. —Y le dice a Esteban, que todavía le está cogiendo la oreja—: Puedes volver a sentarte.

De acuerdo con las explicaciones del tipo de la tienda de deportes, la mayor parte de la oreja exterior, el pabellón, se compone de cartílago de tipo elástico. A eso se le suma el pericondrio exterior, que aporta sangre y linfa. Tan fácil de rajar como un neumático.

El mejor método, prosigue, es cortar hacia abajo desde la juntura de la hélice hasta el lóbulo.

—Si sois capaces de rajar un neumático —dice—, seréis capaces de cosechar una oreja.

El tipo de la tienda de deportes pasa a explicar que hace falta un cuchillo de hoja recta y fija de diez centímetros y espiga completa, sin pijadas de empuñaduras de cuero, de hueso ni madera, sino de polímero de agarre fácil. Nada de cuchillos de espiga parcial. Los de espiga parcial suelen romperse. Las navajas plegables se rompen.

—Puedes abatir todos los objetivos que quieras, pero si se te rompe el cuchillo, ¿dónde está la recompensa? —Y añade—: Habrá quien, llegado el momento, use las tijeras de la cocina. Pero luego ¿cómo va a volver a su casa y cortar el pollo con el mismo utensilio con que ha cortado orejas?

Y, levantando demasiado la voz, Esteban suelta:

—¡Amén!

Le gente se ríe.

Esta es la idea que se le ocurrió a Esteban, lo de que se convirtieran en reyes guerreros y tal. Su opinión es que la mayoría de los hombres no forman equipos con los demás. Los hombres trabajan por su cuenta, como aquellos caballeros que se contrataban en tiempos remotos. El hombre medio intentará abatir a su objetivo y cosechar la oreja él solo. Pero el hecho de alternar tareas lo obligará a cambiar de marcha todo el tiempo. Eso lo frenará. La solución, dice Esteban, es la especialización. Bing es muy buen tirador. Por tanto, Bing abatirá al objetivo y Esteban cosechará la oreja. Los dos juntos componen un dúo de caza y cosecha. Los dos juntos pueden sentar las bases de una dinastía gloriosa que dure para siempre. Sus hijos y los hijos de los hijos de sus hijos serán la realeza coronada.

El Ajuste será la última oportunidad para hacer algo útil con sus vidas.

Su rebelión es como la de Nat Turner y como la revuelta de John Brown. Un legado cultural. Cuando lleguen las Nuevas Cruzadas, la Cruzada de Un Día, podrán reclamar algo parecido a aquellos caballeros a los que les concedían tierras. A ellos, en cambio, los espera un poder destinado a durar más que las tierras y que el dinero. Entrarán a formar parte de la realeza. Ocuparán su lugar en la Historia con una bolsa de la compra atiborrada de orejas. Esteban, Bing y sus descendientes controlarán una nación poderosa durante los siglos venideros.

De vuelta en su silla, Esteban se saca del bolsillo un pañuelo de papel y un tubo de manteca de cacao. Ahora es un astuto depredador alfa. Si quiere dejar atrás una vida entera de aprovechar ropa ajena y comer sobras de los demás, va a tener que quitarse de los dedos el olor de la grasienta oreja del tipo.

Shasta no se dio la vuelta. Estaba acostumbrada a que los universitarios la siguieran por los pasillos entre clases, violando con la mirada sus curvas de crema de vainilla, violándole los oídos con sus gritos de «¡Montemos a Shasta!». A que esos gamberros de mierda le gritaran: «¿Quieres alcanzar el clímax, Shasta?».

A que le tiraran de las rastas y le gritaran: «¡Shasta, déjame explorar tu monte bajo!».

Al oír esto sí se dio la vuelta. Creyó que sería Walt. Parecía la voz de Walt. Pero cuando miró, era un fumeta al que le olía el aliento a cazoleta requemada de kush afgano. El tipo se le echó encima con la lengua fuera y los labios fruncidos, intentando robarle un beso.

—Te voy a echar de menos, Shasta —dijo el fumeta.

Ella se quedó confundida:

—¡Pero si no me voy a ningún lado! —dijo. Y se apartó a un lado mientras él intentaba darle una palmada en el culo.

Luego se dio cuenta de que era él quien se iba. Aquel pobre fumeta patético iba a morir.

Todos los chicos de su universidad iban a sufrir unas muertes atroces, espantosas y dolorosas.

Pobre tipo. Daban mucha pena todos.

Allí en la Universidad de Oregón, por mucho que los tíos la acosaran, ella no se lo tomaba mal. Sabía a ciencia cierta que aquellos tíos, hasta los que intentaban pellizcarle cuando llevaba pantalones de yoga, se comportaban así porque estaban aterrorizados.

Se lo había explicado el doctor Brolly, el profesor de Tendencias Políticas.

Brolly impartía un módulo para todos los alumnos de primer curso en el que analizaba el libro de un cerebrito alemán. El académico listorro en cuestión, Gunnar Heinsohn, postulaba que todas las importantes turbulencias políticas de la Historia se debían al exceso de hombres jóvenes. El ilustrado teutón llamaba a este fenómeno «desbordamiento de jóvenes». Enseñar aquel concepto dejaba al profesor Brolly sin aliento por la emoción. La idea básica era que si el porcentaje de hombres de entre quince y veintinueve años de la población alcanzaba el treinta por ciento… ¡cuidado!

Ese excedente de hombres jóvenes, si tenían cultura y estaban bien alimentados, ansiaban estatus social y creaban el caos cuando intentaban alcanzarlo. Gunnar sostenía que la gente que se muere de hambre no busca el reconocimiento público. Asimismo, los chavales analfabetos no se darán cuenta nunca de que la Historia prescinde de ellos. Pero si alimentas bien al excedente de jóvenes y les das una educación, se convertirán en una manada de lobos voraces y en pos de atención.

El ejemplo que más le gustaba citar al doctor Brolly era la España de 1484. Aquel año, el papa Inocencio VIII declaró que cualquier forma de control de la natalidad se castigaría con la muerte, y la familia española media pasó de tener dos hijos a tener siete. Solo el primogénito varón heredaba el patrimonio familiar. Las hijas tenían poco que esperar. Pero los hijos varones que no eran el primogénito ansiaban estatus, poder, reconocimiento y una posición en la sociedad. Fue este excedente de hombres jóvenes, que se hacían llamar «segundones», el que se propagó en el Nuevo Mundo con la segunda expedición de Cristóbal Colón y se convirtió en las legiones de conquistadores que esclavizaron y saquearon a los inocentes mayas y aztecas.

Si se podía confiar en Wikipedia, Gunnar Heinsohn había nacido en Polonia en 1943, lo cual quería decir que era un supervejestorio. Pese a su mata alborotada de pelo rubio y su nombre europeo molón, a Shasta solo le parecía que estaba medio bueno.

A lo largo de la Historia, los aleccionó el doctor Brolly, otros desbordamientos similares de jóvenes alborotadores habían derrocado gobiernos y desencadenado guerras. La Francia del siglo XVIII experimentó un aumento de la población que incrementó la demanda de alimentos. Subieron los precios, los ciudadanos se revelaron y la frustrada juventud derrocó a la aristocracia de Luis XVI y le cortó la enjoyada cabeza a María Antonieta. Lo mismo pasó con la Revolución bolchevique. Quienes la pusieron en marcha fueron un aluvión de hijos varones excedentes llegados del campo que no tenían tierras agrícolas que heredar. En la década de 1930, Japón experimentó un desbordamiento de jóvenes que espolearía la invasión de Nankín. A su vez, la revolución de Mao se nutrió de un excedente de hombres jóvenes en China.

Shasta había absorbido hasta el último detalle. Estaba claro que todos los acontecimientos negativos de la Historia los había causado el excedente de chavales guapos y novios en potencia.

De acuerdo con el Consejo de Relaciones Exteriores, entre 1970 y 1999, un ochenta por ciento de los conflictos civiles tuvo lugar en naciones donde el sesenta por ciento de la población no llegaba a los treinta años. En la actualidad había sesenta y siete países que estaban experimentando los denominados desbordamientos de jóvenes, sesenta de los cuales sufrían episodios de agitación social y violencia dentro de sus fronteras.

Como si estuviera aliada con Brolly, la señora Pettigrove, que impartía Generalidades de Género, les enseñaba que todos los conflictos que reducen la población masculina aumentan el valor social de los hombres. A su vez, esto cataliza un renacimiento del patriarcado. Cuando hay pocos hombres para elegir, las mujeres pierden la cabeza y se ponen a seguir a cualquier cosa que lleve pantalones.

No hacía falta ser ningún genio para entender por qué los alumnos varones de la Universidad de Oregón iban por ahí pavoneándose, pero en secreto estaban aterrados. En cuestión de días, Estados Unidos iba a ratificar una declaración de guerra contra Oriente Próximo. Aquella región estaba sufriendo su propio desbordamiento cada vez mayor de hombres jóvenes, mientras que Estados Unidos se enfrentaba a la hiperactividad y las demandas de estatus de la generación milenial, probablemente el mayor desbordamiento de muchachos de la Historia mundial.

En la clase de Biología de la Dinámica Animal, la señorita Lanahan les enseñó un vídeo sobre los derechos de los animales filmado por PETA o alguien parecido. El vídeo mostraba una granja de pollos donde los operarios comprobaban el género de una tanda de pollitos supermonos recién salidos del cascarón. A las gallinas bebé las ponían debajo de unas lámparas de calor y les daban comida y agua. A los gallos bebé los tiraban por una rampa oscura. La rampa los arrojaba a un contenedor de basura, donde se amontonaban en cantidades tan grandes que formaban una masa bullente y mullida en la que cada pollito luchaba por mantenerse con vida. Una carretilla elevadora llevaba el contenedor a un descampado y lo descargaba. Allí las excavadoras enterraban a los pollitos, tanto a los vivos como a los muertos, para que sirvieran de fertilizante orgánico.

Los jóvenes de su clase se habían carcajeado mientras la avalancha de pollitos caía en tromba del contenedor con un colosal pío-pío. Aquellas bolitas de peluche amarillas se quedaban dando tumbos por la tierra desnuda, yertos y aterrados. En un abrir y cerrar de ojos, los neumáticos gigantes de los tractores y la maquinaria agrícola pesada pulverizaban todas aquellas nuevas y adorables vidas.

Shasta sabía que los chicos no se reían porque aquello fuera gracioso, sino porque los pollitos eran ellos.

¿Cómo podían aquellos adolescentes aprender collage en la clase de Arte o bailes de salón en la de Educación Física cuando sus vidas estaban a punto de terminarse de un simple plumazo del gobierno?

Todo el mundo lo sabía. Sus dieciocho cumpleaños habían sido una sentencia de muerte.

Era así como los políticos habían lidiado siempre con la carga del exceso de hombres jóvenes. Aquello ponía triste a Shasta. Muy triste. Todos aquellos bocazas de chavales, tanto los deportistas como los fumetas y los frikis, ya eran muertos vivientes. En cuanto se ratificara la declaración de guerra, los varones de la generación milenial se extinguirían y llegaría el patriarcado fortalecido.

Los chavales que seguían a Shasta por los pasillos, intentando agarrarle del tirante del sujetador y rociándola de invectivas sexualmente provocativas, estaban todos obligados a hacer el servicio militar. A la mayoría los enviarían a ser violados por las balas de los combatientes enemigos.

Así pues, cada vez que Shasta empezaba a sentirse ofendida por su acoso, se recordaba a sí misma que las excavadoras no iban a tardar en sepultar a la mayoría de aquellos chavales bajo las áridas dunas en compañía de una multitud de bulliciosos y superfluos muchachos de Oriente Próximo. Ella continuaría haciendo su trabajo de curso a buen ritmo mientras a los chavales de su quinta los llamaban a filas. Sus músculos y sus granos quedarían aplastados bajo las orugas de los tanques y reventados en miles de pedacitos por las minas, igual que aquellos pollitos recién salidos del cascarón y enterrados en vida cuyo único crimen había sido nacer con el género incorrecto.

Ella obtendría su licenciatura en Trabajo Social, el punto de partida de una vida larga y próspera.

Y todos los años se acordaría de ponerse una amapola en la solapa el Día del Veterano de Guerra.

Detrás de ella, una voz susurró:

—Shasta…

Se giró, lista para reprender a algún nuevo asaltante, pero se había equivocado. Era Nick. Un exnovio. Nick, que había dejado la carrera al final del primer semestre, alegando que no le iban a hacer falta la clase de Física ni la de Cálculo 2 para desarrollar una carrera de éxito como carne de cañón sanguinolenta y triturada. Shasta se alegró de verlo.

A juzgar por la media sonrisa tibia que tenía, Nick también se alegraba de verla. Antes de que el momento pudiera convertirse en algo empalagoso o romántico, él le preguntó:

—¿Has visto a Walter últimamente?

Walter era el novio actual de Shasta. También había dejado la carrera. Trabajaba en Starbucks, sacándose unos dólares y tratando de disfrutar de la preciosa pizca de vida que le quedaba. No, no lo había visto. No desde el día anterior, cuando se había puesto a desvariar con que había una conspiración colectiva para llevar a cabo asesinatos masivos.

—Antes de nada —dijo Nick—, si te pregunta la policía, no me has visto.

Cogiéndola de la mano, la llevó hasta un trastero vacío que había debajo de la escalera sur de la facultad. Por el camino le fue diciendo:

—Shasta, cariño, tenemos que hablar. —Levantó la mano y le apartó las rastas de la cara—. En serio, no te voy a violar.

Shasta se dejó meter en el trastero.

Gregory Piper había recibido una segunda llamada. Su agente estaba emocionado. El papel que iba a leer en la prueba de casting era para un personaje llamado Talbott Reynolds. Talbott, monarca ficticio que reinaba en una utopía del futuro próximo poblada por guerreros y doncellas, existía por encima de la corrupción. Era un personaje inmortal, una especie de santo de la política. El papel protagonista del capítulo piloto de una serie televisiva en preproducción.

No hacía falta decir que el proyecto parecía una mierda absoluta. Otro personaje de cartón piedra. Piper suspiró para sus adentros. Aun así, era un escaparate. Una oportunidad para que conocieran su cara. Llevaba casi un año sin trabajar, cero, ni un solo anuncio televisivo ni doblaje de dibujos animados, y estaba seriamente con el agua al cuello con el alquiler.

Si era necesario, estaba dispuesto a dilapidar su carrera en tristes producciones independientes. Episodios piloto que nunca elegiría ninguna cadena. Se prostraría ante cineastas de arte y ensayo recién salidos de la academia y financiados con los ingresos de la marihuana legalizada, que no sabían distinguir una luz clave de un filtro de lente. Se acabaría encontrando a sí mismo cambiando la planificación de todas las escenas y dando consejos al cámara, enseñándole al director a sugerir una contra-narración por medio de la colocación de los actores principales.

Cierto, el equipo de hoy parecía estar un punto por debajo incluso de los típicos pringados del cine independiente. Los hombres que le estrechaban la mano le raspaban la palma con sus callos. Olían a sudor. Bebían latas de cerveza dejadas sobre una mesa plegable mientras discutían acaloradamente los méritos de cada actor. Tenían mugre bajo las uñas y ningún cirujano les había inyectado rellenos dérmicos ni les había estirado la piel para borrarles las arrugas de las caras hoscas y estropeadas por el sol.

El director de casting se llamaba Clem. «Clem» a secas. Tenía costras marrones de sangre seca en los nudillos y más bien parecía un delegado sindical. Clem le estrechó la exquisita manicura a Piper y le dio el guion de la prueba de casting. Le había gustado la interpretación que había hecho Piper de Ronald Reagan para un documental por cable sobre el intento de asesinato del presidente. Clem le estrujó la mano y le soltó:

—Estuviste genial, agarrándote la tripa y esperando dos horas para morirte.

Un hombre con la nariz rota y unas orejas mutiladas que parecían coliflores pegadas a los lados de la calva se le acercó y se presentó como el director de fotografía. Se llamaba LaManly. Nadie decía su apellido. LaManly tenía un acento de clase obrera y una esvástica tatuada en el costado del cuello de buey. LaManly miró a Piper de arriba abajo y masculló:

—Bonito traje.

La convocatoria de casting había especificado que los aspirantes llevaran traje y corbata como correspondía al líder del mundo libre. Buen peinado y zapatos lustrados. Piper se lo había tomado a pecho y había sacado su mejor traje de una sola solapa de Savile Row. Una rápida valoración de su competencia le aseguró que podía llevarse el papel ya solo por el traje. Los demás candidatos eran galanes románticos de capa caída. Hombres atractivos que habían vivido de sus mentones cuadrados y sus ceños prominentes. Actores acartonados que estaban especializados en personajes acartonados: jueces, abogados y médicos de familia.

Cuando alguien lo llamó por su nombre, Piper se puso en el sitio marcado frente a la cámara de vídeo. Al lado había un cartel apoyado en un trípode. Las líneas escritas a mano formaban una lista bajo el encabezamiento: «Leer lo que sigue». Un ayudante del director acercó el ojo al visor de la cámara, como si comprobara que la imagen estuviera bien enfocada. Con una mano le indicó a Piper que se moviera medio paso a un lado. Llevaba una camisa de franela a cuadros desabotonada, que al inclinarse sobre la cámara, se le abría dejando al descubierto una camiseta de tirantes manchada y una sobaquera con una pistola en su funda.

El ayudante del director señaló con un índice grueso, poniendo la mano como si fuera una pistola de carne, y le indicó que empezara. El macarra equipo de rodaje estaba sentado a una mesa cercana, mirándolo por unos monitores.

—Conciudadanos —empezó Piper, haciendo su mejor imitación de Reagan—, os hablo como jefe de vuestro nuevo gobierno. —El secreto de imitar a Reagan era poner una voz un poco ronroneante—. A lo largo de la Historia, el poder se ha conquistado. —Otra regla de imitar a Reagan era que el silencio entre las palabras era igual de importante, o quizá más, que las palabras en sí—. Históricamente hablando, el poder se concedía —siguió Piper— a quienes demostraban tenerlo. Solo se coronaba a los mejores guerreros. —Piper bajó la barbilla de forma casi imperceptible—. Hoy en día la política ha degradado el poder hasta convertirlo en un concurso de popularidad.

A base de levantar la vista, con las pupilas medio ocultas bajo el ceño inclinado, expresó desdén. La desaprobación amenazadora de un cavernícola de ojos tan hundidos que no se le veían.

Los demás actores que esperaban su turno podía aprender una lección valiosa. Piper había interpretado a Lear. Había interpretado a Moisés.

—Hasta el día de hoy —aleccionó—, los líderes modernos han condescendido con la gente para conseguir su cargo en vez de luchar para merecerlo. —Hizo una pausa para que sus palabras echaran raíz—. Desde el principio de la revolución industrial —dijo Piper. Era una transición complicada. Un guionista mejor la habría hecho más natural, pero un actor que conociera su oficio siempre podía arreglar los fallos del guion. A menudo solo hacía falta repetir la frase inicial, por ejemplo—. Desde el principio de la revolución industrial, las fuerzas globales han impuesto una estandarización enorme de la humanidad.

Sin romper el contacto visual con la cámara, Piper supo que con la repetición había dado en el clavo. El director de casting asintió con la cabeza y apuntó algo en su guion. Otros dos hombres, un productor y un guionista, intercambiaron sonrisas y enarcamientos de cejas. No había nadie dando golpecitos de impaciencia con el pie en el suelo. No había nadie tamborileando con los dedos en la mesa. Hasta el director dejó de masticar el donut que había estado engullendo.

Piper continuó:

—En la época que nos ha tocado vivir, hemos sufrido la tiranía de las zonas horarias estandarizadas, de las medidas estandarizadas de temperatura y distancia, de los códigos requeridos de conducta y de los métodos preestablecidos de expresión… —Aquí no había ninguna elipse, pero Piper la añadió para que el pasaje siguiente tuviera más efecto—. Estas convenciones universales nos han robado nuestras vidas.

Llegado este punto Piper sonrió para indicar otra transición. Miró el contador digital de la cámara. Querían que dijera el texto en cuatro minutos y lo iba a decir en cuatro exactos.

—Los actos heroicos de hoy nos han liberado de la tiranía de unas convenciones instauradas hace mucho tiempo. —Arrastraba cada palabra, la alargaba y la saboreaba, a fin de darle al mensaje una jovialidad de charla rooseveltiana junto a la chimenea—. A partir de hoy, las personas que van a dirigir nuestra nación han demostrado su heroísmo.

La inflexión de Piper se volvió condescendiente, pura petulancia de Hyde Park, despectiva de cualquier miedo que pudiera albergar su público. A fin de bordar su mensaje, imbuyó a sus palabras de grandilocuencia estilo JFK.

—Estos nuevos líderes son los guerreros que nos han liberado a todos —dijo, casi gritando—. Y durante las generaciones venideras, esos libertadores guiarán a nuestra nación por su nuevo rumbo de libertad.

Piper sabía que no hacía falta que aquellas palabras tuvieran sentido. Solo necesitaban suscitar una respuesta emocional positiva.

—A partir de este gran día —decretó con una voz que parecía salida de una boca de granito del Monte Rushmore. Y parecía mandar ecos por el tiempo dignos del Discurso de Gettysburg—. A partir de este gran día rechazamos el aplanamiento y la simplificación que imponen los estándares globales y prometemos dedicar nuestras vidas… —Piper hizo una pausa como si lo abrumara la emoción y añadió—: A restaurar nuestra identidad y nuestra soberanía.

Un actor pasable se mantiene fiel al guion.

Un gran actor sabe cuándo ha de improvisar y transmitir una idea que se le haya pasado al guionista. Salirse del guion podía sabotear aquel discurso o bien podía clavarlo.

Dedicando a la cámara una mirada amenazadora estilo Lyndon B. Johnson, Piper improvisó:

—Antes de que podamos crear algo con valor duradero tenemos que crearnos a nosotros mismos. —Sin dejar de mirar fijamente al objetivo, agregó—: Os doy las gracias.

Cuatro minutos exactos.

Estallaron aplausos en la sala. Los toscos miembros del equipo de rodaje se pusieron de pie, silbando y pateando el suelo con las botas. Hasta los competidores de Piper, los demás actores que habían estado entre bastidores esperando su turno para leer, le aplaudieron su victoria a regañadientes.

El troglodita del director de casting, Clem, se acercó a Piper dando zancadas y con una sonrisa de lado a lado de la cara mofletuda. Le dio una palmada en la espalda y le dijo:

—Eso de crearnos a nosotros mismos… genial. —Le puso en la mano una hoja de papel impreso y le dijo—: Antes de salir de tu sitio —y le indicó la marca hecha con cinta aislante en el suelo—, ¿te importa leer también esto frente a la cámara?

Con unos dedos ásperos y llenos de cicatrices, Clem le ofreció una tarjeta pautada. Tenía escrita una sola frase. Piper la leyó y le devolvió la tarjeta. Dirigió una mirada severa a la cámara y pronunció la frase:

—No busquéis la lista —proclamó Piper—, porque no existe.

Desde fuera de plano, el director dijo:

—Siguiente línea.

—¡Tu mejor chaleco antibalas es una sonrisa! —leyó Piper.

El encargado de la foto fija pululaba por los márgenes de su campo visual, haciendo instantáneas.

—Seguid rodando —ordenó el director—. Siguiente línea.

Piper entornó los ojos y le dedicó a la cámara una mirada de sabiduría antes de leer:

—Lo divino libra una batalla constante para demostrarnos su realidad. —Hizo su mejor interpretación en ausencia de contexto. Leyó—: La gente que exige la paz es la que ya tiene el poder.

Le hicieron repetir aquella lista de eslóganes patrioteros hasta que se la aprendió de memoria y ya no le hizo falta leer. Se dedicó a recitar de memoria. Sin perder un instante, un chico de los recados le llevó un libro grande azul marino. Era más o menos del tamaño de un álbum de mesilla de café, de esos que tienen láminas artísticas satinadas. La portada no mostraba más que el título en letras doradas. El Día del Ajuste, de Talbott Reynolds. Su personaje. El fotógrafo lo inmortalizó con el libro abierto, desde todos los ángulos y distancias.

Nadie aplaudió pero una sensación de satisfacción profunda y los asentimientos de cabeza invadieron la sala. Antes de que Piper pudiera abandonar su puesto frente a la cámara, el director le dijo que leyera de la primera página.

Piper contempló el texto. La inscripción en letras grandes que encabezaba la primera página era: «Declaración de Interdependencia».

No había manifestantes. La Explanada Nacional, que iba del edificio del Capitolio al Monumento a Washington, debería estar llena de manifestantes. Hordas arremolinadas de hippies, entonando cánticos y blandiendo letreros. Millones de manifestantes pacifistas. En el despacho del senador Holbrook Daniels, situado en la quinta planta del edificio Hart de Oficinas del Senado, los teléfonos deberían estar sonando como locos. Pero los teléfonos guardaban silencio. En su buzón de entrada senatorial no había aparecido ni uno solo de los millones de emails furiosos que su personal había esperado.

No, el único signo de actividad era un grupo de trabajadores de la construcción. Desde su alto ventanal, el senador Daniels los veía excavar una zanja muy ancha. Tenía aproximadamente las dimensiones de dos piscinas olímpicas puestas una detrás de la otra a lo largo. Las obras se estaban realizando en el césped que separaba la Primera Avenida de las escalinatas del Capitolio.

El senador casi sintió lástima por los estúpidos patanes de los currantes que estaban excavando. Se repanchingó en una butaca de cuero de su sanctasanctórum, provisto de aire acondicionado y pagado con dinero público. Si aquellos patanes no se embarcaban pronto rumbo a una muerte segura, irían sus hijos. Sus hijos y sus nietos o sobrinos. Sus aprendices y sus subordinados. El excedente de hombres de una generación.

A pocos días de la ratificación de la Declaración Nacional de Guerra, debería haber una horda de americanos furiosos y asustados tirando su puerta abajo. Pero no había nadie. No era solo su oficina la que estaba en silencio; en el resto del edificio también reinaba un mutismo digno de iglesia. Sus ayudantes y ordenanzas habían consultado con la centralita y con los técnicos informáticos: tanto los teléfonos como los servidores funcionaban.

La hipótesis más plausible del senador era que los americanos estaban demasiado divididos por las fracturas creadas por las políticas de identidad personal. No parecía que a nadie le importara que estuvieran obligando a otra gente a aprestarse para la lucha y perecer. En la práctica, la vida política reciente había señalado a los hombres jóvenes como un enemigo interior del país —perpetradores de la cultura de la violación, autores de tiroteos en las escuelas y neonazis—, y los americanos, aterrorizados por los medios de comunicación, se alegraban de ver eliminadas a aquellas manzanas podridas.

Siguiendo instrucciones del Estado, los medios de comunicación habían cumplido con la tarea de demonizar a los jóvenes en edad de servicio militar, facilitando así el proceso de su reclutamiento.

Antes de que se terminara la semana en curso, los representantes federales votarían por unanimidad reinstaurar el servicio militar obligatorio y mandar a dos millones de jóvenes a librar una guerra en el Norte de África. Asimismo, los líderes de una docena de países de África Occidental y Oriente Próximo pondrían a dos millones de jóvenes a combatir contra los americanos.

Siniestro pero cierto: se rumoreaba que aquella iba a ser la guerra mundial más rápida de la historia. En cuanto se situara a los combatientes en el frente de la batalla, un ataque termonuclear erradicaría a todas las partes. Se echaría la culpa del bombardeo nuclear a un grupo terrorista inexistente y las naciones en guerra podrían retirarse de la contienda sin perder la dignidad. Se declararía que la guerra había terminado «en tablas».

Otra madre de todas las guerras.

Desde el ventanal de su oficina, Daniel se maravilló de lo rápido que estaban cavando la zanja. En Washington D. C. los proyectos de obras públicas solían tardar años mientras las partes involucradas se llenaban los bolsillos de dinero público. Fuera lo que fuera que motivaba a la cuadrilla de obreros del otro lado de Constitution Avenue, tenía que ser algo distinto del dinero. Bajo su mirada, la maquinaria de excavación se adentraba más y más en el subsuelo, casi invisible ya, al tiempo que la montaña de tierra crecía a un lado del hoyo enorme.

Los planes para aquella guerra llevaban preparándose desde que había nacido el primer miembro de la generación milenial. La oficina del censo había previsto que los hijos del milenio iban a ser el grupo demográfico más grande de la historia de la nación. Sería una generación sana y bien educada, y con el tiempo todos sus miembros querrían respeto y poder. La misma dinámica se había producido en países como Ruanda y Costa de Marfil, donde el exceso de hombres jóvenes había provocado guerras civiles que habían destruido las infraestructuras nacionales y reducido la población a un estado de miseria absoluta.

Durante un tiempo, los responsables americanos habían mantenido controlado ese polvorín a base de inflar a los niños de Ritalín. Después la paz había llegado a base de suministrarles cantidades ilimitadas de videojuegos de internet y pornografía, todo ello clandestinamente provisto por contratistas del gobierno. A pesar de todos esos esfuerzos, aquella generación estaba cobrando conciencia de su propia mortalidad. Querían algo más que el aturdimiento que ofrecían las drogas y la pérdida de tiempo.

A menos que Estados Unidos pudiera resolver una parte importante del problema de aquellos chicos malos e inquietos, el país estaría condenado a la misma miseria que Haití y Nigeria. La versión americana de la Primavera Árabe estaba a la vuelta de la equina.

En el momento presente, los varones de la generación milenial ya eran los causantes de unas tasas astronómicas de crímenes violentos en ciudades como Chicago, Filadelfia y Baltimore. Estaban incluso hackeando bases de datos con secretos de Estado, de forma que era crucial implantar la nueva guerra para librarse del excedente de jóvenes. Si la opinión pública se enteraba de ese plan, sin embargo, habría una revolución. Familias enteras luchando para salvar a sus hijos. Hombres luchando para salvarse a sí mismos.

Lo único que sus seres queridos necesitaban saber era que aquellos jóvenes habían tenido unas muertes heroicas. Se aventurarían en la batalla igual que sus antepasados y sacrificarían sus vidas en nombre del bienestar y la seguridad de sus compatriotas americanos.

El senador contempló a los obreros que seguían cavando bajo el sol de la tarde. Sudando en plena humedad estival de la región del Potomac. Esbozó una sonrisita y pensó que al cabo de unas semanas habría un excedente considerable de mujeres. El feminismo se acabaría y las mujeres tendrían que hacerse las simpáticas si no querían correr el riesgo de morir solas y terminar devoradas por sus gatos. Menos agitación social, más chicas disponibles. Para el senador Daniels y los hombres como él, la declaración de guerra solo podía traer cosas buenas.

Muy por debajo de su ventana, los obreros pululaban como hormigas. Como esclavos obedientes acatando los deseos de su amo.

Al final, el sen

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