1
«No quisiera preocuparte», empezaba diciendo la nota, una manera genial de empezar. ¡Preocúpame, por favor! ¡Sí, preocúpame! Llevo toda la vida esperando que una nota así me llene de preocupación.
No quisiera preocuparte, pero parecía que alguien estaba haciendo fotos de tus ventanas con un teleobjetivo. Si era algún conocido tuyo, entonces perdón por el malentendido, pero si no, tengo la marca/modelo/matrícula de su vehículo.
Brian (el vecino de al lado)
[y su número de teléfono]
En realidad no hace falta un teleobjetivo porque en la parte de delante tenemos unos ventanales inmensos sin cortinas. A veces me paro un momento antes de entrar y miro cómo Harris y Sam se ocupan inocentemente de sus asuntos. Harris explicándole algo —que yo no oigo— a Sam, o haciendo volar a Sam. Siento por ellos una profunda ternura. «Intenta recordar este sentimiento —me digo a mí misma—. De cerca, son las mismas personas que vistas desde aquí».
Enseguida supimos qué vecino era Brian. El del FBI. Si algo hemos aprendido de Brian es que ser miembro del FBI no es un secreto, como ser de la CIA. Brian lleva su chaleco (¿antibalas?) con las letras FBI claramente visibles mucho más a menudo de lo que sería menester. Como si alguien de los Dodgers se pusiera el equipamiento para regar el césped. Vale, tío, lo hemos pillado: juegas en los Dodgers, pensaríamos los vecinos.
Lo primero que hizo Harris cuando terminé de leer la nota en voz alta fue burlarse diciendo que cómo no iba el vecino del FBI a «pillar» a un tío con un «teleobjetivo». Y lo siguiente fue no hacer absolutamente nada. Estaba ocupado y le pareció que no merecía la pena molestarse por una tontería.
—Pero da un poco de yuyu, ¿no crees?
—Hoy en día la gente saca fotos de cualquier cosa —dijo él, saliendo de la habitación.
—Pero ¿no crees que debería llamarle?
Harris no me oyó.
—Llamar ¿a quién? —preguntó Sam.
Yo estaba allí con la nota en la mano y esa curiosa sensación como de abandono que uno tiene mil veces al día en el ámbito doméstico. Podría haber gritado, pero ¿por qué? No es que necesite cotillear con mi marido sobre cualquier nimiedad; para eso están las amigas. Harris y yo somos más formales, como dos diplomáticos que no están seguros de que el otro no les haya envenenado la bebida. Siempre muertos de sed pero siempre esperando a que el otro tome el primer sorbo.
«Adelante».
«No, ¡tú primero!».
«Por favor, después de ti».
Este «andarse con pies de plomo» podría antojarse muy estresante, pero yo estaba segura de que al final saldríamos victoriosos. Cuando todos los demás estuvieran hasta la mismísima coronilla del cónyuge respectivo, nosotros estaríamos capeando el temporal, en plena luna de miel. Calculo que con sesenta años ya cumplidos.
Mi amiga Cassie se despide con un ¡Te quiero! cada vez que habla por teléfono con su marido. Yo, cuando la oigo, siento vergüenza ajena.
Pero si es que le quiero, dice Cassie.
Hace un momento hablabas de lo vacía y desdichada que te sentías…
Y entonces se ríe a medias como si fuera algo que escapa a su control. Yo no espero que se sincere con su marido, ¡pero al menos que no intente colármela a mí! Las relaciones conyugales ajenas siempre nos parecen marcianas. Una vez le hice grabar a Jordi, mi mejor amiga, una conversación casual entre ella y su mujer. Jordi es una muy buena escultora además de persona capaz de teorizar sobre cualquier cosa, pero en dicha conversación apenas si dijo esta boca es mía mientras su mujer despotricaba de un popular programa de televisión. Solo de vez en cuando se oía a Jordi hacer una pregunta en voz baja; básicamente se reía como una tonta de las cosas que decía Mel. Yo pensé que Jordi sentiría apuro, pero qué va.
—Me encanta lo segura que está Mel de sí misma. Adoro a las personas que tienen opinión para todo. Como tú.
Eso me halagó tanto que de inmediato sentí cierta empatía por la dinámica que tenían las dos.
—La verdad es que ese programa da pena —dije—. Mel clavó el comentario.
Mis amigas siempre me están obsequiando con cosillas así —emails a sus madres respectivas, capturas de pantalla de mensajes sexuales—, debido a mi eterno deseo de saber qué se siente siendo otra persona. ¿Qué estábamos haciendo, los humanos? ¿Qué demonios estaba pasando aquí en la Tierra? Naturalmente, ninguno de estos artefactos tenía la menor importancia; era como querer agarrar el humo por el mango. ¿Mango? ¿Qué mango?
Guardé la nota del vecino en mi mesa. Yo también tenía cosas que hacer, pero siempre encuentro tiempo para preocuparme por algo. Bien pensado, creo que cuando llegó la nota yo ya había empezado a preocuparme por la posibilidad de que alguien nos hiciera fotos desde la calle con un teleobjetivo. Digo «preocupar» y no es el término correcto; más bien «esperar». Esperaba, confiaba en que esto ocurriera y hubiera estado ocurriendo desde el día en que nací; bueno, o algo por el estilo. Si no el hombre ese, entonces Dios, o mis padres, o mis padres de verdad, que de hecho son solo mis padres, o mi verdadero yo, que lleva un tiempo aguardando el momento oportuno de tomar el relevo y mandarme a la papelera de reciclaje. Oh, por favor, que haya alguien lo bastante sensible como para cuidar de mí. Tardé dos días en llamar a Brian, el vecino, porque me apetecía deleitarme en mi posición, como cuando un ligue te responde por fin un mensaje y quieres disfrutar un rato de que la pelota esté en tu tejado.
—Se me hace raro llamar por teléfono a alguien que vive en la casa de al lado —dije—. Bastaba con abrir la ventana, ¿no?
—Ahora mismo no estoy en casa.
—Vale.
Brian dijo que el hombre en cuestión había estacionado en la esquina y que no había hecho fotos de ninguna otra casa.
—Puede que solo le gustara la vuestra —sugirió.
Eso me tocó las narices. A ver, la casa es bonita, pero venga ya. Yo no había demorado dos días la llamada porque nuestra casa sea bonita.
—Digamos que soy un poquito famosa —dije, cargando tintas en la falsa modestia. La falsa modestia es una de esas cosas con las que es difícil no pasarse, como cuando aprietas el tubo de la nata batida.
Él respondió que esa era la razón por la que estaba inquieto, por mi notoriedad.
—Vaya, muchas gracias —dije yo, humildemente—. Es bueno saber que estás tan atento a lo que pasa.
—De hecho, es mi trabajo —dijo Brian.
—De acuerdo —dije yo, cortando por lo sano.
Tampoco es que sea una persona muy conocida. No entraré a detallar a qué me dedico, sería tedioso, pero imaginaos una mujer que a muy temprana edad cosechó éxitos en diversos medios y que ha continuado más o menos así, siempre con una suerte de fuga disociativa en torno a sus principales preocupaciones y con la confianza en sí misma propia de quien sabe que no existe otro camino; su vida entera va a ser esta conversación personal con Dios. Quizá en lugar de Dios debería decir el Universo. El Demiurgo. Yo trabajo en lo que antes era el garaje de la casa. Mi mesa tiene una pata más corta que las otras y cada día, durante los últimos quince años, pienso en calzarla con lo que sea, pero mi trabajo es siempre demasiado urgente, me pilla invariablemente en un punto de inflexión importantísimo; siempre estoy al borde de algún tipo de revelación. A las cinco tengo que hacer un esfuerzo por reducir la marcha antes de entrar de nuevo en casa, como el astronauta Buzz Aldrin disponiéndose a vaciar el lavavajillas justo después de regresar de la Luna. No hables de la Luna, me recuerdo a mí misma. Pregunta a todos qué tal les ha ido el día.
El vecino del FBI preguntó si yo sabía de alguien que quisiera comprar una camioneta.
—Es una F-150 del año 2013. Voy a mudarme y me deshago de la mayor parte de mis cosas.
—¡Anda! ¿Y adónde te vas?
—No puedo desvelar mi nuevo domicilio —respondió Brian.
Yo me disculpé por preguntar.
—Imagino que en tu vida habrá muchas cosas que tienen que ser ultrasecretas.
—Pues sí —dijo él con voz suave—. Este barrio me encanta, que conste. Todos esos árboles, y los aullidos de los coyotes por la noche.
—A mí eso también me gusta mucho. ¡Y mira que hay coyotes! Docenas, yo diría.
—Más.
—¿Centenares, tú crees?
—Sí.
Nos quedamos callados y no quise ser yo quien rompiera el silencio; me pareció que él, como agente del FBI, sabría cuándo hacerlo. Pero el silencio se prolongaba, y empecé a sonreír para mis adentros, más mueca que sonrisa por lo incómodo de la situación, pero el silencio continuó hasta el punto de que dejé de estar nerviosa; ahora pensaba que ese silencio era algo que estábamos haciendo juntos él y yo, como una jam session, pero luego esa sensación pasó de largo y me puse inexplicable y abrumadoramente triste. Mis ojos se llenaron de lágrimas, y el silencio finalmente cesó porque yo hice ruido al sorber por la nariz y él dijo Sí otra vez, con resignación. Y luego, como si nada hubiera pasado (como, de hecho, así era), él se puso a hablar otra vez del tío del teleobjetivo.
—Apunté el número de la matrícula, por si las moscas. Cuando llegue a casa, si quieres te lo paso.
—Desde luego —dije—. Sería estupendo.
Naturalmente, a Harris ni le mencioné esta conversación. Habría levantado las cejas y sonreído con gesto de cansancio. Oh, vaya, ¿o sea que tienes una relación extrañamente íntima con un desconocido? ¿Cómo es posible?
Yo procuro que la mayor parte de mi persona quede extramuros a salvo. De puertas adentro me concentro en llevar el timón de la casa a fin de que podamos tener una vida tranquila y saludable sin catástrofes ni enfermedades. Esto supone estar siempre planificando. Por ejemplo, cada fin de semana hago siete gofres para Sam con dosis extra de huevos, que luego tostaré ligeramente para que sirvan de desayuno alto en proteína durante toda la semana. Pero como toda esta previsión puede resultar más fatigosa que divertida, intento equilibrarla con algo espontáneo, ya sea un juego que me invento para el desayuno o un aderezo sorpresa para los gofres. Harris diría que, básicamente, lo que intento es tenerlo todo controlado. ¿Quién lleva razón? Él y yo, ambos, pero admiro ese estoicismo suyo a la antigua usanza. Incluso viste de una manera un tanto anticuada, como un albañil o un viajante de comercio. «La sal de la tierra» es una expresión que le cuadra bastante, mientras que de mí nadie diría que soy la sal de la tierra. Y no porque yo sea una mala persona, pero de los dos yo soy sin duda la peor. Muchas veces me muerdo literalmente la lengua (sujetándola con cuidado entre los dientes) y cuento hasta cincuenta. Para entonces, el impulso de decir algo innecesario suele haber pasado.
Estaba en la cama cuando Brian me mandó un mensaje acerca del coche del telefotógrafo.
Era un Subaru 5 puertas negro, número de matrícula 6GPX752.
Gracias!, escribí yo.
De nada. Si te interesara comprobar a quién pertenece, me avisas. Yo no puedo hacerlo, pero te pondría en contacto con alguien que sí. Para tus archivos: Varón blanco o asiático, estatura media o un poco por encima de la media, ligeramente barrigudo, con barba. Estuvo allí el sábado sobre las 4 de la tarde.
Sábado. Me levanté de la cama y miré el calendario en mi ordenador. (Cosas así puedes hacerlas fácilmente si no compartes lecho con tu marido. Y es que él ronca y yo tengo el sueño ligero). El sábado a las tres Harris había llevado a Sam a una fiesta en casa de una amiga, de modo que a las cuatro yo estaba sola. Exacto, sí: había llamado a mis padres como una buena hija pero no estaban en casa, de modo que me puse a enviar mensajes a amigas sobre mi próxima visita a Nueva York; yo acababa de cumplir cuarenta y cinco y la excursión era un regalo que me hacía a mí misma. Iría al teatro, a ver exposiciones, y me alojaría en un buen hotel y no en casa de una u otra amiga, cosa que normalmente podría parecer un derroche de dinero, pero resulta que había recibido un talón sorpresa: una marca de whisky había vendido los derechos de una frase que escribí años atrás para una nueva campaña publicitaria a escala mundial. La frase iba de masturbarse, pero sacada de contexto le cuadraba también al whisky. Veinte mil dólares.
Jordi consideró importante que me gastara ese dinero de manera nada sensata. Whisky viene, whisky va.
—¿Es lo que harías tú?
—No, yo lo emplearía en despedirme de FTC y dedicarme a tiempo completo a mi arte.
FTC es una agencia de publicidad. Yo le ofrecí a Jordi el dinero sin pensarlo dos veces: ¡Es una beca!, dije. Pero ella me puso las manos en los hombros y me miró de hito en hito.
—Piensa. ¿Qué es lo que más deseas en este mundo? —dijo, sacudiéndome de una forma que me hizo reír como una tonta.
—Oh, pueeees, ¿una idea buena para mi nuevo proyecto?
—Vale, pues haz lo contrario de lo que harías normalmente. ¡Invierte en belleza!
Los escultores piensan que la belleza es un tema de primer orden, no una chorradita más. Qué afortunada soy, ¿verdad? No es común tener una mejor amiga como Jordi.
Había reservado habitación en el Carlyle y luego, el sábado a las cuatro de la tarde, había enviado selfis desnuda a todas mis amistades neoyorquinas. Es algo que solemos hacer, además de mandarnos fotos de los críos y las mascotas; actualmente ya forma parte del ritual de seguir en contacto. Recordé que me había costado encontrar el ángulo apropiado y que eso me perturbó un poquito. Antes no era tan difícil hacerse un selfi desnuda que quedara bien. Podía ser que la calidad de la luz estuviera cambiando: cosas del calentamiento global.
Volví a la cama y le envié este mensaje a Brian:
¿Cómo haría para identificar al dueño del coche, si me interesara hacerlo?
Mientras esperaba su respuesta me toqué, imaginándome al barbudo y ligeramente tripudo fotógrafo cascándosela en su Subaru cinco puertas mientras mi cuerpo desnudo iluminaba la diminuta pantalla de su cámara digital. Me corrí dos veces, la segunda de ellas oyendo mentalmente el plop, plop de su tripa sobre mi estómago. Me limpié los dedos en la camiseta y miré el móvil.
Llama a Tim Yoon (323) 555-5151. Es un detective de la policía jubilado. Seguramente estará dispuesto a hacerlo a cambio de una pequeña suma.
Era demasiado tarde para llamar, de modo que le envié un mensaje y me quedé dormida imaginándome a Tim Yoon enfrascado en su búsqueda.
Yoon pronunciado como «atún». Una búsqueda meticulosa, no al buen tuntún. Yoon pronunciado como «rayón». Yoon pescando atún vestido con su túnica de rayón. Y luego volvía pisando fuerte, un plato blanco en cada mano.
—¿Te apetecen más matrículas, querida? —gritaba al acercarse.
—Oh, sí, no pares. Tráeme más, porfa.
—Lo intentaré —respondía él, jadeante, al pasar por mi lado.
Y allá que iba, mi pescador, surcando las aguas hasta perderse de vista en el horizonte. Luego me di la vuelta y lo vi resurgir con sus capturas.
Tim Yoon tardó muchos meses en llamarme; para entonces, yo ya había deducido quién era el telefotógrafo.
2
La primera idea había sido ir a Nueva York de la manera habitual, o sea en avión, pero un día Harris y yo habíamos tenido una extraña conversación con otra pareja en una fiesta. Nuestra amiga Sonja dijo que a ella le encantaba conducir; añoraba disponer de tiempo para cruzar el país en coche. Y Harris dijo: Ya, no me extraña.
¿Qué quieres decir?, le preguntamos todos. Y Harris se encogió de hombros sin más y tomó un sorbo de lo que estaba bebiendo. Él en las fiestas no habla mucho. Se queda aparte, sin necesitar nada de nadie, lo cual lógicamente llama la atención. Yo le he visto ir de habitación en habitación, huyendo a cámara lenta de una multitud que le persigue sin ser consciente de hacerlo.
—¿Y por qué no te extraña? —preguntó Sonja con una sonrisa.
No pensaba dar el tema por zanjado. Y, quizá porque se trataba de ella, tan encantadora con su acento de Auckland y sus grandes pechos, de repente Harris expuso una teoría perfectamente elaborada.
—Vamos a ver, en esta vida hay Aparcadores y Conductores —empezó diciendo—. El Conductor es capaz de mantener la concentración y el compromiso incluso cuando la vida es aburrida. No necesita que le aplaudan por cada nimiedad; le hace feliz acariciar a un perro o pasar un rato con su hijo, y eso le basta. Pues bien, este tipo de persona puede hacer largos trayectos en coche.
Tomó otro sorbo. Entre nosotros, el de los perros era un tema candente. Harris y Sam querían tener uno; yo era un poco ambigua respecto de las mascotas en general. ¿Tenemos totalmente claro eso de domesticar animales? ¿No llegará el día en que lo consideremos una suerte de esclavitud? Pero ¿cómo salir de ello ahora que el mundo está tan poblado de perros y gatos incapaces de valerse por sí mismos? Dejarlos simplemente en libertad no es humano. Tendría que ser una decisión colectiva: no más mascotas a partir de ahora. Estas son las últimas. Pero eso era una utopía, nunca se haría realidad, ni siquiera aunque todo el mundo estuviera de acuerdo conmigo, y nadie lo estaba. Ser antimascotas (¡pero animalista!) era una de mis cualidades menos ganadoras.
—Por el contrario, el Aparcador —me miró a mí— necesita de una tarea discreta que parezca irrealizable, algo que exija la máxima concentración y que pueda ser motivo para el aplauso. «Bravo», dirá alguien si el Aparcador consigue introducir el vehículo en una plaza particularmente estrecha. «¡Increíble!». El resto del tiempo se aburre como una ostra y se siente básicamente… —miró al techo, buscando la palabra adecuada— decepcionado. Un Aparcador no puede atravesar el país al volante. Sin embargo, se le dan bien las emergencias —añadió—. Le gusta sacar de apuros al prójimo.
—Entonces yo soy un Aparcador total —dijo el marido de Sonja—. Me encanta sacar de apuros al prójimo.
—A ver, un momento, ¿aparcar coches es excitante? —dijo Sonja—. Suena contraintuitivo, ¿no?
—Qué va, cariño. Piensa que tienes que encontrar el ángulo adecuado…
—Sí, vale, pero ¿los Conductores son aburridos? Yo no quiero ser la típica persona aburrida y fiable.
—No, todo lo contrario —dijo Harris—. Al Conductor le es más fácil pasárselo bien. Eso no tiene nada de aburrido.
—Pues yo quiero ser Aparcadora —dijo Sonja, haciendo un mohín.
—Demasiado tarde —dijo Harris—. No se puede cambiar.
Llegado este punto, me desligué de la conversación. Mensaje recibido. Harris y Sonja tenían los pies en el suelo, eran personas de trato fácil, les gustaba acariciar mascotas y copular en cualquier momento. Yo, en cambio, era Aparcadora. «Decepcionado», había dicho él, pero en realidad era deprimido, y punto. Yo últimamente había estado un poco tristona, la antítesis de la alegría de la casa. A diferencia de Sonja. Los observé charlar a los dos; él, con su poderoso tórax y sus negros rizos que ya mostraban algunas canas, tenía un aspecto juvenil, y a mí se me hacía extraño que siempre estuviera tan animado; imagino que era gracias a ella. No era exactamente que estuviera celosa; hacer de carabina es mi estado natural. A veces da la impresión de que Harris tiene cierta sintonía con una camarera o una cajera, y yo al momento cedo ante ellos como pareja; interiormente doy un paso al lado y dejo mi puesto a la otra, apenas unos segundos, hasta que la transacción toca a su fin.
En la sala de estar había un grupito de gente bailando. Al principio me moví con discreción, tratando de orientarme, pero luego el ritmo se apoderó de mí y dejé que mi vista se volviera borrosa. Perreé con el aire. Todos mis miembros estaban en movimiento, haciendo formas que parecían totalmente nuevas. Notaba la piel tensa, mi top era semitransparente; mis tacones, altos. La gente que me rodeaba movía la cabeza y sonreía. No supe si sentían vergüenza ajena o si estaban impresionados por mis meneos. Vi que el padre de la anfitriona me miraba de arriba abajo y me guiñaba un ojo; tenía más de ochenta tacos. ¿Es que ahora hacía falta un viejales para encontrarme cachonda? Me adentré en el grupito bailongo, cerré los ojos y me deslicé de un lado al otro, primero con los hombros, como quien protege un valioso botín. Luego añadí un puño, como si buscara pelea, lanzando directos. Empecé a mover el culo a gran velocidad (o eso pensé entonces) mientras sostenía las manos en alto como si acabara de marcar un gol. Cuando por fin abrí los ojos vi a Harris al fondo de la sala, mirando. Por su expresión supe que pensaba que yo estaba siendo «innecesariamente provocativa». O quizá es que lo identificaba con mis padres, pues esa frase más bien podría haberla dicho mi madre. De todas formas, Harris siempre ha sido un poquito tradicional. En la segunda cita que tuvimos, yo empecé a hacer mi numerito como tenía por costumbre, una especie de striptease sensual-verbal, hasta que me fijé en la cara de susto que ponía él. De inmediato di narrativamente marcha atrás, «vistiéndome otra vez», por decirlo así, y quitándole hierro a mi actuación: ¡Un pecado de juventud! ¡Agua pasada!
Harris se llevó dos dedos a la frente y yo, aliviada, hice otro tanto. Era la especie de saludo que habíamos intercambiado al vernos la primera vez, y desde entonces lo habíamos repetido en multitud de salas hasta los topes. «Ah, estás ahí». Harris no apartó la mirada. La gente seguía bailando entre ambos, pero él aguantó la mirada un momento más, yo también. Sonreí ligeramente, pero esto no iba de felicidad ni de otros sentimientos fugaces. A esta distancia visual toda nuestra formalidad se desvanece para revelar una inalterable devoción mutua, una cosa tan tierna que podría haberme echado a llorar allí mismo. Harris es guapo, desde luego, además de perspicaz y flemático, pero nada de ello tendría la menor importancia sin esa extraña, casi piadosa, lealtad que existe entre nosotros. En ese momento ambos supimos que era mejor desconectar. Otras parejas seguramente habrían cruzado la estancia para ir al encuentro del otro y besarse, pero nosotros comprendimos que el momento mágico desaparecería si nos acercábamos demasiado el uno al otro. Es una especie de tragedia griega, lo nuestro, pero no se sabe el final.
Me fui alejando de la pista de baile y entré en el dormitorio principal, donde me lavé las manos con el limpiador facial de la anfitriona. Era demasiado tarde, claro, para cambiar de Aparcadora a Conductora; cualquiera con carnet de conducir podía cruzar el país en coche. Me imaginé entrando por el camino particular, Sam corriendo a recibirme y Harris allí de pie, en el umbral; él haría el saludo y yo haría el saludo, pero esta vez yo me echaría en sus brazos, sabedora de que por fin estaba en casa como nunca lo había estado antes.
A la mañana siguiente la idea se había asentado. ¿Por qué ir a Nueva York en avión cuando podía hacerlo en coche y así convertirme en la mujer fría y con los pies en el suelo que siempre había querido ser? Este podía ser el punto de inflexión de mi vida. Si vivía hasta los noventa, ahora estaba en la mitad. O si preferías pensarlo como si fueran dos vidas, entonces estaba en el inicio mismo de la segunda. Me imaginé un viaje tipo búsqueda espiritual, con su gruta, su acantilado, su cristal mágico, y quizá también un laberinto y un anillo de oro.
—Yo he cruzado el país en coche —dijo Jordi—. Y no es tan estupendo.
—¡Nadie dice que lo sea! ¿Acaso lo es un retiro para meditar en silencio? ¿La gente hace el sendero de la Cresta del Pacífico porque sea «estupendo» hacerlo? Y esto es poniendo el listón muy alto, porque si dejo volar demasiado la imaginación acabaré matándome en un accidente de carretera.
—Por Dios, no digas esas cosas.
—¡Pero no dejaré volar la imaginación! Estará totalmente presente tanto a la ida como a la vuelta, y me pasaré el resto de mi vida contándole a la gente que crucé el país al volante de un coche cuando tenía cuarenta y cinco años. Que fue cuando por fin aprendí a ser yo misma y nada más.
Con Jordi yo siempre era yo misma; ella sabía muy bien que me refería a serlo en casa. Y en todo momento.
Harris había encontrado un viejo mapa desplegable de Estados Unidos y estaba deslizando un dedo por él.
—Si tomas la ruta del sur puedes ir por Nuevo México y pasar la noche en Las Cruces.
Yo tenía en la mano un cepillo para el pelo e intentaba enfocar la vista en todos aquellos garabatos rojos y azules, pero mis ojos rebotaban en ellos.
—¿Y no sería mejor poner Nueva York ciudad en mi Google Maps?
—Pero hay diferentes maneras de llegar. Diferentes rutas.
Dijo que me tomara una semana extra para que el viaje no me quitara días de estar en Nueva York.
—¿En serio? Eso significaría no veros durante más de dos semanas.
Nunca he estado separada de Sam tanto tiempo. Cada vez que elle pasaba por mi lado intentaba darle el cepillo; digo yo que a los siete años uno ya debería poder ocuparse de sus enmarañados cabellos.
—No es plan que te tires una semana conduciendo y que una vez allí tengas que dar media vuelta. Para que el viaje te cunda, deberías tomarte tres semanas.
—¿Tres? Imposible, sería estar demasiado tiempo separados.
Harris se mostraba generoso porque últimamente yo había asumido mucha responsabilidad parental mientras él estaba trabajando con Caro, su protegida de veintisiete años. ¿«Protegida» es como se dice? Una cándida, en cualquier caso. Harris es productor discográfico, lo cual viene de perlas porque no hay competencia entre nosotros pero él conoce las necesidades del alma artística. Al principio yo la llamaba Caroline; lo de Caro me sonaba demasiado íntimo, a nombre de cachorro.
(«Solo la prensa la llama Caroline», había dicho Harris).
(«Bueno. A mí no me importa ser como la prensa»).
Pero no era solo que él me debiera horas de cuidado parental; Harris no tiene muchos sentimientos encontrados por lo que respecta a la esfera doméstica. Tampoco yo… hasta que tuvimos un bebé. Harris y yo no éramos más que dos adictos al trabajo, estábamos más o menos a la par. Sin descendencia yo podía tomarme a broma el sexismo de mi época, pero convertirme en madre me hizo caer de narices en ello. Un sesgo latente, que ambos habíamos interiorizado, saltó por los aires al convertirnos en padres. Ahora quedaba en evidencia que Harris recibía premios y honores por cada cosa que hacía, mientras yo me avergonzaba en silencio por esas mismas cosas. No había modo alguno de luchar contra esto, nadie a quien culpar de ello, porque era algo que venía de todas partes. Incluso en mi propia casa me sentía como acechada, abrumada de sentimiento de culpa por todo cuanto hacía o dejaba de hacer. Harris no podía ver ese acecho, y ahí estaba lo peor: vivir con alguien que básicamente no me creía y que estaba pero que muy harto de tener que fingir empatía… ¡o ser el malo de la película! ¡Y en su propia casa! Era muy exasperante para él. ¡Y qué exasperante ser la esposa y no otra mujer que pudiera disfrutar de lo bueno que estaba! Qué doloroso tanto para él como para mí, más aún teniendo en cuenta que éramos personas modernas y creativas acostumbradas a vivir en nuestros sueños de futuro. Pero un bebé es algo que solo existe en el presente, el presente histórico, geográfico, económico. Con un bebé ya no podías ser ingenioso o evasivo acerca del capitalismo; el dinero era tiempo, y el tiempo lo era todo. Podríamos habernos ahorrado más o menos todo esto no engendrando un descendiente; en ningún momento fue un asunto que llegara a su punto de ebullición. Por otro lado, a veces es bueno que las cosas alcancen su punto de ebullición. Y al final un día hacen: plof.
Harris estaba marcando la ruta directamente en el mapa con un rotulador, mientras me decía que cuando llegara el momento ya decidiría yo si me quedaba unos días más o no.
—Es lo bueno que tiene ir en coche; te permite improvisar sobre la marcha.
Él podía ser así de generoso por los motivos que acabo de explicar. ¡Yo no! Yo siempre quería que volviera cuanto antes: excursiones largas, vacaciones escolares, un niño demasiado enfermo para ir al cole, este tipo de cosas provocan escalofríos en las madres trabajadoras, cuya libertad, de entrada, ya es bastante precaria. Con todo, era algo que me gustaba de Harris, eso de que siempre me animara a pasármelo bien, a quedarme unos días más. Tuve que recordarle que debía estar de vuelta el día 15, sí o sí. Por supuesto, dijo, evidentemente.
Y es que todo el mundo sabía que mi entrevista con Arkanda era el 15. Ella no se llama así, en realidad. Es una famosísima estrella del pop; seguro que os suena. Muy querida, además de famosa. Hace unas semanas mi mánager, Liza, recibió una llamada. Arkanda quería reunirse conmigo en Malibú a finales de abril para hablar de un proyecto en ciernes; hacia el 20 de abril nos contarían los detalles. Todas mis amistades quedaron patidifusas (demasiado, yo diría) ante este giro de los acontecimientos. Pero por qué, por qué, por qué querrá Arkanda, nada menos, trabajar contigo, se preguntaban en voz alta. Cuando yo di a entender que quizá tenía algo que ver con mi obra, dijeron cosas como «Oh, bueno, vete tú a saber, igual es eso». La fama de Arkanda era tal que convirtió mi trabajo en algo por debajo de lo que hacía Cassie como diseñadora gráfica para una empresa fabricante de salsas picantes; o lo que hacía Destiny como administradora de un complejo de viviendas que había heredado. Y, por si fuera poco, al elegirme a mí, Arkanda había elegido a todas mis amigas; todo el mundo estaba esperando a que llegara finales de abril. Un proyecto en ciernes. Claro que podía ser una tontería, qué sé yo, escribir un artículo o entrevistarla. Ni siquiera dirigir un vídeo suyo sería nada del otro mundo, aunque naturalmente yo estaría encantada de hacer tanto lo uno como lo otro, ¡estaba chupado! Pero si la cosa iba de colaborar en serio, pasar tiempo juntas, hacer algo a medias —un álbum, las letras, los vídeos, la dirección artística—, una fusión de mentes creativas que entrara en el terreno de la cultura a un nivel que yo jamás podría alcanzar sola… Me gasté una pasta en una blusa nueva para el día 20: de seda y con un escote pronunciado. El día 19 la gente de Arkanda me llamó para comunicarme que la reunión se aplazaba hasta primeros de junio, después hasta el otoño y luego para decir que hacia finales de año. Los aplazamientos se sucedieron. Y cuando mis amistades y yo empezábamos ya a perder la esperanza, me dieron una nueva fecha, el 15, otra vez en Malibú, en el restaurante Geoffrey’s, y algo que hasta el momento no habían concretado: una hora. Las tres de la tarde.
—¿Y si se me avería el coche o algo?
—De una manera u otra conseguirás estar a las tres en Malibú el día 15 —dijo Harris.
Y ni que decir tiene que si Arkanda quería que yo colaborara con ella, íbamos a tener que adaptarnos para que eso fuera posible. Hasta el propio Harris es fan de Arkanda, y no es una ironía. Sería capaz de asesinar a alguien a cambio de producir una de sus canciones (razón de más para que el hecho de que Arkanda me hubiera elegido a mí fuera un plus). Quién sabe, igual tanto él como yo estábamos tirándonos un farol con lo de cruzar el país en coche, sabiendo que al final yo me echaría atrás y tomaría el avión.
—¿Es que no te preocupa mi seguridad? —dije.
—Por eso mismo te estoy ayudando a trazar la ruta —dijo Harris, la vista fija en la pantalla del ordenador—. Hay sitios mejores y peores donde parar, eso está claro.
Estaba leyendo un hilo de Reddit sobre poblaciones y hoteles no homofóbicos, argumentando que era lo más seguro para una mujer que viaja sola. Pero Harris estaba convencido de que el viaje me haría bien, sería bueno para mi depre, y que no me pasaría nada malo. Cuando salgo de casa siempre me dice: «¡Diviértete!». Al principio lo interpreté como que yo no le importaba mucho, si ese era todo el temor que abrigaba respecto a mi seguridad.
Mi padre siempre despedía a mi madre con una ristra de advertencias, recordándole hasta qué punto era incapaz, ella, de hacer lo que fuese que se disponía a hacer. Mi padre lo hacía para protegerla, para mantenerla alerta y darle una oportunidad en la lucha por la supervivencia porque en cualquier momento podía pasar algo, incluso estando en casa. Por ejemplo, su madre, mi abuela Esther, se había tirado por la ventana del edificio donde vivía en Nueva York cuando tenía cincuenta y cinco años. Y parecía estar bien, salvo que últimamente se lamentaba de que le estuvieran saliendo tantas canas.
—No soportó cambiar de aspecto —dice siempre mi padre con el mismo tono de incredulidad. ¿Quién se suicidaba por un motivo tan nimio?—. Además, tenía el cabello negrísimo: ¡sin una sola cana!
«Seguramente se lo teñía», pienso yo siempre, pero me lo callo porque no quiero que mi padre sospeche que me tiño el pelo o que soy como ella. Harris estaba imprimiendo un mapa con la ruta que me recomendaba.
—¿Y para qué necesito esto, teniendo el móvil? —dije, mirando la línea que cruzaba la mitad norte del país.
—Supón que se te acaba la batería…
Clavé el mapa encima de mi mesa del garaje, junto a la nota del vecino. Si el telefotógrafo volvía mientras yo estaba de viaje en coche no podría localizarme con su largo objetivo; tendría que apañárselas con las fotos viejas.
3
—Uf —dijo Jordi cuando le conté lo de la nota del vecino—. Espera… no me digas que te va ese rollo.
—Pues sí. Ya le he sacado bastante provecho.
Estábamos tomando batidos; el mío, de fresa; el suyo, de chocolate. Una vez a la semana quedamos en su estudio y nos damos un festín de comida basura. Suelen ser postres que comíamos de pequeñas pero que ya casi nunca probamos desde que descubrimos el poder sanador de los cereales integrales y los alimentos fermentados, y que el azúcar es prácticamente heroína. Esto formaba parte de un pacto entre nosotras: no caer en la rigidez, mantener siempre la fluidez tanto en la dieta como en todo lo demás. Yo en casa preparo chuches proteínicas endulzadas con dátiles. Nadie estaba al corriente de nuestra comida basura medicinal, ¿estás de coña? Harris y Sam, cada cual a su manera, tendrían envidia. Tampoco le cuento a Harris qué miro o qué pienso cuando me masturbo.
—Podríais intercambiar papeles, ¿no? —sugirió Jordi.
—¿Vosotras intercambiáis papeles?
—Qué va. Nunca.
—Nosotros tampoco.
Decidimos entonces contarnos cómo era exactamente el típico polvo en nuestro respectivo matrimonio. ¡Qué extraño que no lo hubiéramos hecho antes! Si había una buena razón, ni ella ni yo sabíamos cuál era.
—¿Quién empieza? Tú, ¿verdad?
Yo sabía que Jordi era el tipo de amante presente y muy corporal que piensa que el sexo es una necesidad básica.
—Sí —dijo ella, con un suspiro—, siempre soy yo la que empieza.
—De hecho, yo también soy la que empieza, pero solo porque intento anticiparme a la presión.
—¿Cuántas veces?
—Una a la semana.
—¡Jo! —rezongó—. ¡Ojalá yo pudiera hacerlo una vez a la semana!
Me reí. Éramos tan distintas…
—Yo lo veo como un ejercicio —dije—. Cuando haces gimnasia no te preguntas si quieres hacerlo o no; no tendría sentido.
—Pero si tú no haces gimnasia…
—Ya lo sé, pero si hiciera supongo que sería algo parecido, y ya que estamos, tampoco me encanta meterme en una piscina. ¡Los domingos por la noche! ¡Los prep
