Domingo
Barry Fairbrother no quería salir a cenar. Llevaba casi todo el fin de semana soportando un palpitante dolor de cabeza e intentando terminar a tiempo un artículo para el periódico local.
Sin embargo, durante la comida su mujer había estado tensa y poco comunicativa, y Barry dedujo que con la tarjeta de felicitación de aniversario no había logrado atenuar su delito de pasarse toda la mañana encerrado en el estudio. No ayudaba el hecho de que hubiera estado escribiendo sobre Krystal, por la que Mary, aunque lo disimulara, sentía antipatía.
—Quiero llevarte a cenar fuera, Mary —mintió para rebajar la tensión—. ¡Diecinueve años, niños! Diecinueve años y vuestra madre está más guapa que nunca.
Mary se ablandó un poco y sonrió; Barry llamó por teléfono al club de golf, porque quedaba cerca y porque allí siempre conseguían mesa. Intentaba complacer a su mujer con pequeños detalles, ya que, tras casi dos décadas juntos, había comprendido que a menudo la decepcionaba en las cosas importantes. No lo hacía adrede: sencillamente tenían ideas distintas acerca de lo que debía ocupar más espacio en la vida.
Los cuatro hijos de Barry y Mary ya eran mayores y no necesitaban canguro. Estaban viendo la televisión cuando Barry se despidió de ellos por última vez, y sólo Declan, el más pequeño, se volvió para mirarlo y le dijo adiós con la mano.
Barry seguía notando el palpitante dolor detrás de la oreja cuando hizo marcha atrás por el camino de la casa hacia las calles de Pagford, el precioso pueblecito donde vivían desde que se habían casado. Bajaron por Church Row, la calle de pendiente pronunciada donde se alzaban las casas más caras, dechados de lujo y solidez victorianos, doblaron la esquina al llegar a la iglesia de imitación estilo gótico donde Barry había visto a sus hijas gemelas representar el musical José el Soñador, y pasaron por la plaza principal, desde donde se podía contemplar el oscuro esqueleto de la abadía en ruinas que dominaba el horizonte del pueblo, en lo alto de una colina, fusionándose con el cielo violeta.
Mientras transitaba por aquellas calles que tan bien conocía, Barry no pensaba más que en los errores que sin duda había cometido al terminar deprisa y corriendo el artículo que acababa de enviar por correo electrónico al Yarvil and District Gazette. Pese a lo locuaz y simpático que era en persona, le costaba reflejar su encanto en el papel.
El club de golf quedaba a sólo cuatro minutos de la plaza, un poco más allá del punto donde el pueblo acababa con un último suspiro de viejas casitas dispersas. Barry aparcó el monovolumen frente al restaurante del club, el Birdie, y se quedó un momento junto al coche mientras Mary se retocaba con el pintalabios. Agradeció el aire fresco en la cara. Mientras observaba cómo la penumbra del anochecer difuminaba los contornos del campo de golf, Barry se preguntó por qué seguía siendo socio de aquel club. El golf no se le daba bien —tenía un swing irregular y un hándicap muy alto—, y había otras cosas que reclamaban su atención, muchas. Su dolor de cabeza no hacía sino empeorar.
Mary apagó la luz del espejito de cortesía y cerró la puerta del pasajero. Barry activó el cierre automático pulsando el botón de la llave que tenía en la mano. Su mujer taconeó por el asfalto, el sistema de cierre del coche emitió un pitido y Barry se preguntó si las náuseas remitirían cuando hubiera comido algo.
De pronto, un dolor de insólita intensidad le rebanó el cerebro como una bola de demolición. Apenas notó el golpe de las rodillas contra el frío asfalto; su cráneo rebosaba fuego y sangre; el dolor era insoportable, una auténtica agonía, pero no tuvo más remedio que soportarlo, pues todavía faltaba un minuto para que perdiera la conciencia.
Mary chillaba sin parar. Unos hombres que estaban en el bar acudieron corriendo. Uno de ellos volvió a toda prisa al edificio para ver si encontraba a alguno de los médicos jubilados que frecuentaban el club. Un matrimonio conocido de Barry y Mary oyó el alboroto desde el restaurante; dejaron sus entrantes y se apresuraron a salir para ver qué podían hacer. El marido llamó al servicio de emergencias por el teléfono móvil.
La ambulancia, que tuvo que desplazarse desde la ciudad vecina de Yarvil, tardó veinticinco minutos en llegar. Para cuando la luz azul intermitente alumbró la escena, Barry yacía inmóvil en el suelo, en medio de un charco de su propio vómito; Mary estaba arrodillada a su lado, con las medias desgarradas, apretándole una mano, sollozando y susurrando su nombre.
Lunes
I
—Agárrate fuerte —dijo Miles Mollison, de pie en la cocina de una de aquellas grandes casas de Church Row.
Había esperado hasta las seis y media de la mañana para hacer la llamada, tras pasar una mala noche llena de largos períodos de vigilia interrumpidos por algunos ratos de sueño agitado. A las cuatro de la madrugada se había percatado de que su mujer también estaba despierta y se habían quedado hablando en voz baja, a oscuras. Mientras comentaban lo que habían tenido que presenciar, intentando digerir el susto y la conmoción, Miles ya había sentido un leve cosquilleo de emoción al pensar en cómo le daría la noticia a su padre. Se había propuesto esperar hasta las siete, pero el temor de que alguien se le adelantara lo había llevado a abalanzarse sobre el teléfono un poco antes de esa hora.
—¿Qué pasa? —preguntó Howard con una voz resonante y ligeramente metálica; Miles había activado el altavoz para que su mujer pudiera oír la conversación.
La bata rosa claro realzaba el marrón caoba de la piel de Samantha; aprovechando que se había levantado temprano, se había aplicado otra capa de crema autobronceadora sobre el moreno natural, ya desvaído. En la cocina se mezclaban los olores a café instantáneo y coco sintético.
—Se ha muerto Fairbrother. Cayó redondo anoche en el club de golf. Sam y yo estábamos cenando en el Birdie.
—¡¿Fairbrother?! ¡¿Muerto?! —bramó Howard.
Su entonación daba a entender que ya contemplaba que se produjera algún cambio en las circunstancias de Barry Fairbrother, pero que ni siquiera él había previsto algo tan drástico como su muerte.
—Cayó redondo en el aparcamiento —repitió Miles.
—Cielo santo. ¿Qué edad tenía? Poco más de cuarenta, ¿no? Cielo santo.
Miles y Samantha oían respirar a Howard como un caballo exhausto. Por las mañanas siempre le faltaba un poco el aliento.
—¿Qué ha sido? ¿El corazón?
—No; creen que algo del cerebro. Acompañamos a Mary al hospital y...
Pero Howard no le prestaba atención. Miles y Samantha lo oyeron hablar lejos del auricular.
—¡Barry Fairbrother! ¡Muerto! ¡Es Miles!
Miles y Samantha bebieron a sorbos sus cafés mientras aguardaban a que volviera Howard. A Samantha se le abrió ligeramente la bata cuando se sentó a la mesa de la cocina, revelando el contorno de sus grandes pechos, que descansaban sobre los antebrazos. La presión ejercida desde abajo hacía que parecieran más turgentes que cuando colgaban libremente. En la curtida piel de la parte superior del escote podía verse un abanico de pequeñas arrugas que ya no se desvanecían cuando los pechos dejaban de estar comprimidos. En su juventud había sido una gran aficionada a los rayos UVA.
—¿Qué? —dijo Howard, que volvía a estar al teléfono—. ¿Qué dices del hospital?
—Que Sam y yo fuimos al hospital en la ambulancia —contestó Miles vocalizando con claridad—. Con Mary y el cadáver.
Samantha reparó en que la segunda versión de Miles ponía énfasis en lo que podría llamarse el aspecto más comercial de la historia. Samantha no se lo reprochó. La recompensa por haber compartido aquella desagradable experiencia era el derecho a contársela a la gente. Pensó que difícilmente lo olvidaría: Mary llorando; los ojos de Barry todavía entreabiertos por encima de aquella mascarilla que parecía un bozal; Miles y ella tratando de interpretar la expresión del enfermero; el traqueteo de la abarrotada ambulancia; las ventanas oscuras; el terror.
—Santo cielo —dijo Howard por tercera vez, ignorando las preguntas que le hacía Shirley, a la que también se oía, y dedicándole a Miles toda su atención—. ¿Y dices que cayó fulminado en el aparcamiento?
—Sí —confirmó Miles—. Nada más verlo comprendí que no había nada que hacer.
Ésa fue su primera mentira, y en el momento de decirla giró ligeramente la cabeza para no mirar a su mujer. Samantha recordó cómo Miles le había puesto a Mary su gran brazo protector sobre los temblorosos hombros: «Se recuperará... se recuperará...»
«Pero, bien mirado —pensó Samantha, justificando a Miles—, ¿cómo podía uno saberlo cuando a Barry todavía estaban colocándole mascarillas y clavándole agujas?» Era evidente que estaban intentando salvarlo, y ninguno de los dos supo con certeza que no lo habían conseguido hasta que, en el hospital, una joven doctora salió para hablar con Mary. Samantha tenía grabado en la retina, con una claridad espantosa, el rostro indefenso y petrificado de Mary, y la expresión de la joven de pelo lacio con gafas y bata blanca: serena, y sin embargo un poco precavida. Era una escena muy frecuente en las series de televisión, pero cuando pasaba de verdad...
—No, qué va —iba diciendo Miles—. El jueves Gavin jugó con él al squash.
—¿Y se encontraba bien?
—Ya lo creo. Barry le dio una paliza.
—Santo cielo. Quién iba a decirlo, ¿eh? Quién iba a decirlo. Un momento, mamá quiere hablar contigo.
Se oyó un golpe sordo y un repiqueteo, y a continuación la débil voz de Shirley.
—Qué horror, Miles. ¿Estás bien?
Samantha inclinó demasiado la taza de café y el líquido se le escapó por las comisuras de la boca, resbalándole por la barbilla. Se limpió la cara y el escote con la manga. Miles había adoptado el tono que solía emplear cuando hablaba con su madre: una voz más grave de lo habitual, de «lo tengo todo controlado y no me inmuto por nada», contundente y sin rodeos. A veces, sobre todo cuando estaba borracha, Samantha imitaba las conversaciones de Miles y Shirley. «No te preocupes, mami. Tu soldadito Miles está aquí», «Eres maravilloso, cariño: tan grandote, tan valiente, tan listo». Últimamente, un par de veces Samantha había hablado así delante de otras personas, y Miles, molesto, se había puesto a la defensiva, aunque fingiera reírse. La última vez habían discutido en el coche, de regreso a casa.
—¿Y fuisteis con ella el trayecto entero hasta el hospital? —iba diciendo Shirley por el altavoz.
«No —pensó Samantha—, a mitad de camino nos hartamos y pedimos que nos dejaran bajar.»
—Era lo mínimo que podíamos hacer. Ojalá hubiéramos podido hacer algo más.
Samantha se levantó y fue hacia la tostadora.
—Estoy segura de que Mary os estará muy agradecida —dijo Shirley.
Samantha cerró de un golpe la tapa de la panera y metió bruscamente cuatro rebanadas de pan en las ranuras. La voz de Miles adoptó un tono más natural.
—Sí, bueno, cuando los médicos le dijeron... le confirmaron que estaba muerto, Mary le pidió a Sam que llamara a Colin y Tessa Wall. Esperamos a que llegaran y entonces nos marchamos.
—Bien, Mary tuvo mucha suerte de que estuvierais allí —replicó Shirley—. Papá quiere decirte algo más, Miles. Te lo paso. Ya hablaremos más tarde.
«Ya hablaremos más tarde», repitió Samantha dirigiéndose al hervidor y moviendo burlonamente la cabeza. En su distorsionado reflejo se apreciaba que tenía la cara hinchada por haber dormido poco y los ojos castaños enrojecidos. Con las prisas por oír el relato de su marido, se había aplicado el bronceador artificial con descuido y se le había metido un poco entre las pestañas.
—¿Por qué no os pasáis un momento esta tarde? —preguntó Howard con su voz tonante—. No, espera. Dice mamá que jugamos al bridge con los Bulgen. Venid mañana a cenar. Sobre las siete.
—Déjame ver —repuso Miles, y miró a Samantha—. No sé si Sam tiene algo mañana.
Su mujer no le indicó si quería ir o no. Miles colgó y una extraña sensación de anticlímax se extendió por la cocina.
—No se lo podían creer —dijo, como si Samantha no lo hubiera oído todo.
Tomaron las tostadas y otra taza de café en silencio. La irritabilidad de Samantha fue disipándose a medida que masticaba. Recordó que de madrugada se había despertado sobresaltada en el dormitorio a oscuras, y que había sentido una gratitud y un alivio absurdos al notar a Miles a su lado, grandote y barrigón, oliendo a vetiver y a sudor. Luego imaginó que estaba en la tienda contándoles a las clientas que un hombre había caído fulminado delante de ella y que lo había acompañado al hospital. Pensó en diferentes formas de describir diversos detalles del trayecto, y en la escena culminante con la doctora. La juventud de aquella mujer tan dueña de sí había hecho que todo resultara aún peor. La persona encargada de dar una noticia así debería ser alguien de más edad. Entonces se animó un poco al recordar que esa mañana tenía una cita con el representante de Champêtre; por teléfono había estado muy zalamero.
—Más vale que espabile —dijo Miles, y se terminó la taza de café mirando cómo el cielo clareaba al otro lado de la ventana. Lanzó un hondo suspiro y le dio unas palmaditas en el hombro a su mujer al pasar para meter el plato y la taza en el lavavajillas—. Madre mía, esto les da otra dimensión a las cosas, ¿no te parece?
Y salió de la cocina negando con la cabeza de pelo entrecano cortado al rape.
A veces Samantha lo encontraba ridículo y, cada día más, aburrido. Con todo, en ocasiones le gustaba su pomposidad, de la misma manera que le gustaba usar sombrero cuando lo exigían las circunstancias. Al fin y al cabo, esa mañana lo apropiado era ponerse solemne y un poco trascendental. Se terminó la tostada y recogió las cosas del desayuno mientras pulía mentalmente la historia que pensaba contarle a su ayudante.
II
—Se ha muerto Barry Fairbrother —resolló Ruth Price.
Había subido casi a la carrera por el sendero del jardín para estar unos minutos más con su marido antes de que él se marchara al trabajo. No se detuvo en el recibidor para quitarse el abrigo, sino que, con la bufanda todavía al cuello y los guantes puestos, irrumpió en la cocina, donde Simon y los hijos adolescentes de ambos estaban desayunando.
Su marido se quedó inmóvil, con un trozo de tostada camino de la boca, y luego bajó la mano con lentitud teatral. Los dos chicos, ambos con el uniforme escolar, miraron alternativamente a su padre y su madre con moderado interés.
—Creen que ha sido un aneurisma —continuó Ruth, jadeando un poco todavía, mientras se quitaba los guantes tirando de la punta de cada dedo, se desenrollaba la bufanda y se desabrochaba el abrigo. Era una mujer morena y delgada, con ojos tristes de párpados gruesos; el azul intenso del uniforme de enfermera le sentaba bien—. Cayó fulminado en el club de golf. Lo trajeron Sam y Miles Mollison, y más tarde llegaron Colin y Tessa Wall...
Salió como una flecha al recibidor, donde colgó sus cosas, y volvió a tiempo para contestar la pregunta que Simon le había gritado:
—¿Qué es «una neurisma»?
—Un aneurisma. La ruptura de una arteria del cerebro.
Fue hacia el hervidor, lo encendió y, sin parar de hablar, empezó a recoger las migas que había en la encimera alrededor de la tostadora.
—Debe de haber sufrido una hemorragia cerebral masiva. Su pobre mujer... Está completamente destrozada.
Acongojada, Ruth se quedó un momento mirando por la ventana de la cocina y contempló la blancura crujiente del césped, cubierto por una costra de escarcha; la abadía, al otro lado del valle, ruinosa y desnuda, destacaba contra un desvaído cielo rosa grisáceo; la vista panorámica era lo mejor de Hilltop House. Pagford, que por la noche no era más que un puñado de luces parpadeantes en el fondo de una oscura hondonada, surgía a la fría luz de la mañana. Pero Ruth no veía nada de todo eso: seguía mentalmente en el hospital, viendo salir a Mary de la habitación donde yacía Barry, al que ya habían retirado los inútiles instrumentos de reanimación. La compasión de Ruth Price fluía más copiosa y sinceramente por aquellos con quienes, de un modo u otro, se identificaba. Había oído gemir a Mary —«No, no, no, no»—, y esa negación instintiva resonaba en su cabeza, porque le había dado la ocasión de imaginarse a sí misma en una situación idéntica.
Abrumada por esa idea, se dio la vuelta y miró a Simon. Aún conservaba una buena mata de pelo castaño claro, estaba casi tan delgado como cuando tenía veinte años, y las arrugas de las comisuras de sus ojos resultaban atractivas; pero desde que Ruth, tras una larga interrupción, había vuelto a trabajar de enfermera, era otra vez consciente del sinfín de disfunciones que podían afectar al cuerpo humano. Si bien de joven no era tan aprensiva, ahora consideraba que todos tenían mucha suerte de seguir con vida.
—¿Y no han podido hacer nada por él? —preguntó Simon—. ¿Por qué no le han taponado la vena?
Parecía frustrado, como si los profesionales de la sanidad, una vez más, la hubieran pifiado negándose a hacer lo que era obvio que había que hacer.
Andrew se estremeció con salvaje placer. Últimamente había notado que su padre acostumbraba a contrarrestar el empleo de términos médicos de su madre con comentarios burdos e ignorantes. «¿Hemorragia cerebral? Se tapona la vena.» Su madre no se daba cuenta de lo que se proponía su padre. No se enteraba de nada. Andrew siguió comiendo los Weetabix y ardiendo de odio.
—Cuando nos lo trajeron ya era demasiado tarde —explicó Ruth mientras metía unas bolsitas de té en la tetera—. Murió en la ambulancia, justo antes de llegar al hospital.
—Joder —dijo Simon—. ¿Qué tenía, cuarenta?
Pero Ruth se había distraído.
—Paul, tienes el pelo muy enmarañado por detrás. ¿Te has peinado?
Sacó un cepillo de su bolso y se lo tendió a su hijo menor.
—¿Así de golpe, sin ningún aviso? —preguntó Simon mientras Paul hincaba el cepillo en su tupida pelambrera.
—Por lo visto llevaba un par de días con dolor de cabeza.
—Ah, ya —dijo Simon masticando su tostada—. ¿Y no le hizo caso?
—No, no le dio importancia.
Simon tragó lo que tenía en la boca.
—No me extraña —dijo con solemnidad—. Hay que cuidarse.
«Qué inteligente —pensó Andrew con furioso desdén—; qué profundo.» Como si Barry Fairbrother tuviera la culpa de que le hubiera explotado el cerebro. «Engreído de mierda», le espetó Andrew a su padre en su imaginación.
Simon apuntó a su hijo mayor con el cuchillo y dijo:
—Y, por cierto, nuestro amigo Carapizza ya se está buscando un trabajo.
Ruth, sobresaltada, miró a su hijo. El acné de Andrew resaltaba, morado y brillante, en sus mejillas encendidas, mientras clavaba la vista en la papilla beige del cuenco.
—Sí —continuó Simon—. Este vago de mierda va a empezar a ganar dinero. Si quiere fumar, que se lo pague de su sueldo. Se acabó la paga semanal.
—¡Andrew! —exclamó Ruth con voz lastimera—. No me digas que has...
—Ya lo creo. Lo he pillado en la leñera —la interrumpió Simon. La expresión de su cara reflejaba puro desprecio.
—¡Andrew!
—No vamos a darte ni un penique más. Si quieres cigarrillos, te los compras —insistió Simon.
—Pero si dijimos... —gimoteó Ruth—, dijimos que como se acercaban los exámenes...
—A juzgar por cómo la ha cagado en los de práctica, será un milagro que apruebe. Más vale que empiece pronto en un McDonald’s y coja un poco de experiencia. —Simon se levantó y acercó la silla a la mesa, deleitándose con la estampa de un Andrew cabizbajo, la cara cubierta de oscuros granos—. Y no cuentes con nosotros para volver a examinarte, amiguito. O apruebas a la primera, o nada.
—¡Oh, Simon! —se lamentó Ruth con marcado tono de reproche.
—¡¿Qué?!
Simon dio dos pasos hacia su mujer, pisando fuerte. Ruth retrocedió y se apoyó en el fregadero. A Paul se le cayó de la mano el cepillo rosa de plástico.
—¡No pienso financiar los vicios de este capullo! Menudo morro. ¡¿Cómo se atreve a fumar en mi cobertizo?! —Simon se dio un golpe sordo en el pecho para enfatizar el «mi», haciendo estremecer a Ruth—. Yo llevaba un sueldo a casa cuando tenía la edad de este mierdecilla. Si quiere cigarrillos, que se los pague, ¿vale? ¡¿Vale?! —Tenía el cuello estirado y la cara a un palmo de la de Ruth.
—De acuerdo, Simon —musitó ella.
Andrew estaba muerto de miedo. Sólo diez días atrás se había hecho una promesa: ¿habría llegado ya el momento? ¿Tan pronto? Pero su padre se apartó de su madre, salió de la cocina y fue hacia el recibidor. Ruth, Andrew y Paul se quedaron quietos; como si hubieran prometido no moverse durante su ausencia.
—¡¿Has llenado el depósito?! —gritó Simon como hacía siempre que su mujer volvía de una guardia nocturna.
—Sí —contestó ella, esforzándose por aparentar alegría y normalidad.
La puerta de la calle chirrió y se cerró con estruendo.
Ruth se entretuvo con la tetera, a la espera de que la tensión del ambiente volviera a sus valores habituales. Guardó silencio hasta que Andrew se dispuso a ir a lavarse los dientes.
—Se preocupa por ti, Andrew. Por tu salud.
«Y una puta mierda. Cabrón.»
En su imaginación, Andrew era tan ordinario como Simon. En su imaginación, podía pelear con Simon en igualdad de condiciones.
En voz alta, le dijo a su madre:
—Sí. Ya.
III
Evertree Crescent era una calle en forma de media luna con casitas modestas de una sola planta construidas en los años treinta, a dos minutos de la plaza principal de Pagford. En el número 36, la casa que llevaba más tiempo habitada por los mismos inquilinos, Shirley Mollison, sentada en la cama y recostada sobre varias almohadas, bebía el té que le había llevado su marido. El reflejo que le devolvían las puertas de espejo del armario empotrado tenía un perfil difuso, debido en parte a que Shirley no llevaba puestas las gafas, y en parte a la luz tenue que proyectaban en la habitación las cortinas con estampado de rosas. Bajo esa luz brumosa y favorecedora, su rostro de tez clara con hoyuelos bajo un pelo corto y plateado adquiría un aire angelical.
El dormitorio tenía cabida justa para la cama individual de Shirley y la de matrimonio de Howard, apretujadas una contra otra como dos gemelas no idénticas. El colchón de Howard, que todavía conservaba su descomunal huella, estaba vacío. El chorro de la ducha se oía desde donde Shirley, sentada frente a su rosado reflejo, saboreaba la noticia que parecía flotar todavía en el ambiente, burbujeante como el champán.
Barry Fairbrother estaba muerto. Fiambre. Había estirado la pata. Ningún acontecimiento de importancia nacional, ninguna guerra, ningún desplome de la Bolsa, ningún atentado terrorista podría haber suscitado en Shirley el sobrecogimiento, el ávido interés y la febril especulación que en ese momento la consumían.
Siempre había odiado a Barry Fairbrother. Ella y su marido, por lo general en sintonía en todas sus amistades y enemistades, discrepaban un poco en este caso. Más de una vez, Howard había reconocido que encontraba divertido a aquel hombrecito con barba que siempre se encaraba con él, sin tregua, al otro lado de las largas y deterioradas mesas del centro parroquial de Pagford; Shirley, en cambio, no hacía distinciones entre lo político y lo personal. Barry se había enfrentado a Howard y le había impedido realizar la gran misión de su vida, y eso convertía a Barry Fairbrother en un enemigo a muerte.
La lealtad a su marido era la razón primordial, pero no la única, de la profunda antipatía que sentía Shirley. Sus instintos respecto a las personas estaban afinados en una única dirección, como los de un perro adiestrado para descubrir narcóticos. Siempre estaba alerta por si detectaba prepotencia, y su olfato la había detectado mucho tiempo atrás en la actitud de Barry Fairbrother y sus compinches del concejo parroquial. Los Fairbrother de este mundo daban por hecho que su formación universitaria los hacía mejores que las personas como ella y Howard, y que sus opiniones tenían más peso. Pues bien, ese día su arrogancia había recibido un buen golpe. La muerte repentina de Barry reafirmaba a Shirley en su fuerte convicción de que, pensaran lo que pensasen él y sus partidarios, Fairbrother pertenecía a una clase más baja y más débil que la de su marido, quien, además de sus diversas virtudes, había conseguido sobrevivir a un infarto hacía siete años.
(Ni por un instante había temido Shirley que su Howard fuera a morir, ni siquiera mientras estaba en el quirófano. Para Shirley, la presencia de Howard en la Tierra era algo que se daba por sentado, como la luz del Sol o el oxígeno. Así lo había explicado después, cuando sus amigos y vecinos hablaban de milagros y comentaban lo afortunados que eran por tener la unidad de Cardiología tan cerca, en Yarvil, y lo terriblemente preocupada que debía de estar ella. «Siempre supe que lo superaría —había dicho Shirley, impasible y serena—. Nunca tuve la menor duda.» Y allí lo tenía, vivito y coleando, y a Fairbrother en el depósito de cadáveres. Desde luego, quién iba a decirlo.)
La euforia de esa mañana trajo a la memoria de Shirley el día posterior al nacimiento de su hijo Miles. Años atrás, se encontraba sentada en la cama, exactamente como en ese momento, con el sol entrando a raudales por la ventana de la sala del hospital y con una taza de té que alguien le había preparado, esperando a que le llevaran a su precioso recién nacido para amamantarlo. Ante un nacimiento y ante una muerte tenía la misma conciencia de que la existencia pasaba a un plano más elevado y de que aumentaba su propia importancia. La noticia del fallecimiento repentino de Barry Fairbrother reposaba en su regazo como un rollizo recién nacido para que todas sus amistades se regodearan; y Shirley sería la fuente, porque había sido la primera, o casi, en recibir la noticia.
El placer que espumeaba y burbujeaba en su interior no se había hecho patente mientras Howard se encontraba en la habitación. Se habían limitado a los comentarios de rigor ante una muerte inesperada, y luego él había ido a ducharse. Como es lógico, Shirley sabía que, mientras intercambiaban tópicos como quien desliza las cuentas de un ábaco, Howard seguramente estaba tan extasiado como ella; pero expresar esos sentimientos en voz alta, siendo tan reciente la noticia de la defunción, habría equivalido a bailar desnudos y gritando obscenidades, y Howard y Shirley llevaban puesta una invisible capa de decoro de la que jamás se desprendían.
De pronto, Shirley tuvo otra feliz ocurrencia. Dejó la taza y el platillo en la mesilla de noche, se levantó de la cama, se puso la bata de chenilla y las gafas y recorrió el pasillo con paso suave hasta la puerta del cuarto de baño. Llamó con los nudillos.
—¿Howard?
Le contestó un murmullo interrogativo por encima del tamborileo del chorro de la ducha.
—¿Crees que debo poner algo en la página web? ¿Sobre Fairbrother?
—Buena idea —respondió él a través de la puerta, tras pensarlo un momento—. Una idea excelente.
Así pues, Shirley se dirigió al estudio. En otra época había sido el dormitorio más pequeño de la casa; hacía ya mucho que lo había dejado libre su hija Patricia, que se había marchado a Londres y a la que raramente mencionaban.
Shirley estaba sumamente orgullosa de lo bien que se manejaba con internet. Diez años atrás había asistido a clases nocturnas en Yarvil, donde era una de las alumnas de mayor edad y la más lenta. Con todo, había perseverado, pues estaba decidida a ser la administradora de la flamante web del Concejo Parroquial de Pagford. Entró en internet y abrió la página de inicio.
La breve declaración surgió con tanta fluidez que parecía que los dedos de Shirley la estuvieran redactando por su cuenta:
Concejal Barry Fairbrother
Lamentamos anunciar el fallecimiento del concejal Barry Fairbrother. Acompañamos en el sentimiento a su familia en estos momentos difíciles.
Leyó atentamente lo que había escrito, pulsó enter y vio aparecer el mensaje en el foro.
La reina había ordenado poner la bandera a media asta en el palacio de Buckingham cuando falleció la princesa Diana, y su majestad ocupaba un lugar muy especial en la vida interior de Shirley. Mientras contemplaba el mensaje que acababa de publicar en la página web, se sintió satisfecha y feliz por haber hecho lo que correspondía. Había que aprender de los mejores.
Navegó desde el foro del concejo hasta su página médica favorita y, tecleando concienzudamente, introdujo «cerebro» y «muerte» en el cuadro de búsqueda.
Aparecieron multitud de sugerencias. Shirley repasó todas las posibilidades, paseando su suave mirada arriba y abajo, preguntándose a cuál de todas esas afecciones mortales, algunas impronunciables, debía su actual felicidad. Shirley era voluntaria de hospital y desde que prestaba sus servicios en el South West General se había despertado en ella cierto interés por temas médicos; en ocasiones incluso ofrecía diagnósticos a sus amigas.
Pero esa mañana no se concentró en palabras largas ni en sintomatologías: su pensamiento divagó hacia cómo seguir divulgando la noticia, y empezó a componer y reorganizar mentalmente una lista de números de teléfono. Se preguntó si Aubrey y Julia se habrían enterado, y qué dirían; y si Howard le dejaría contárselo a Maureen o se reservaría para él ese placer.
Era todo muy, muy emocionante.
IV
Andrew Price cerró la puerta de la casita blanca y bajó detrás de su hermano pequeño por el empinado sendero del jardín, crujiente de escarcha, que conducía hasta una fría cancela metálica que había en el seto y el camino que allí empezaba. Ninguno de los dos se molestó en contemplar la vista que se extendía más abajo: el diminuto pueblo de Pagford recogido en una hondonada entre tres colinas, una de ellas coronada por las ruinas de una abadía del siglo XII. Un riachuelo serpenteaba bordeando esa colina y pasaba por el pueblo, donde lo cruzaba un puente de piedra que parecía de juguete. Para los hermanos, esa escena era tan sosa como un telón de fondo sin relieve; Andrew detestaba que, en las raras ocasiones en que la familia tenía invitados, su padre se atribuyera el mérito de todo aquello, como si él mismo lo hubiera diseñado y construido. Hacía poco, Andrew había llegado a la conclusión de que prefería un paisaje de asfalto, ventanas rotas y graffiti; soñaba con Londres y con una vida de verdad.
Los hermanos marcharon hasta el final del camino y se detuvieron en el cruce, donde éste se unía a una carretera más ancha. Andrew metió una mano en el seto, hurgó y sacó un paquete mediado de Benson & Hedges y una caja de cerillas un poco húmeda. Tras varios intentos frustrados, pues las cabezas de las cerillas se desmenuzaban al frotarlas contra la banda rugosa, consiguió encender una. Dio dos o tres caladas profundas, y entonces el gruñido del motor del autobús escolar rompió el silencio. Andrew separó con cuidado el ascua del cigarrillo y guardó el resto en el paquete.
El autobús siempre iba bastante lleno cuando llegaba al cruce de Hilltop House, porque ya había pasado por las granjas y casas más alejadas del pueblo. Los hermanos se sentaron separados, como de costumbre; ocuparon cada uno un asiento doble y se pusieron a mirar por la ventanilla mientras el autobús descendía hacia Pagford con gran estrépito y fuertes sacudidas.
Al pie de la colina había una casa erigida en un jardín con forma de cuña. Los cuatro hijos de los Fairbrother solían esperar fuera, frente a la cancela, pero ese día no había nadie allí. Todas las cortinas estaban corridas. Andrew se preguntó si lo normal cuando moría alguien era quedarse sentado a oscuras.
Unas semanas atrás, Andrew se había morreado con Niamh Fairbrother, una de las hijas gemelas de Barry, en la discoteca que habían montado en el salón de actos del instituto. Después de aquello, ella había mostrado la desagradable tendencia a seguirlo a todas partes. Los padres de Andrew apenas conocían a los Fairbrother; Simon y Ruth casi no tenían amigos, pero parecían sentir cierta simpatía por Barry, quien dirigía una minúscula sucursal bancaria, la única que quedaba en Pagford. El apellido Fairbrother había aparecido a menudo relacionado con asuntos como el concejo parroquial, las funciones teatrales del ayuntamiento o la competición parroquial. Todas eran cosas por las que Andrew no tenía ningún interés y en las que sus padres nunca se habían implicado mucho, salvo por alguna que otra aportación económica o algún número de rifa.
Mientras el autobús torcía a la izquierda y descendía lentamente por Church Row, dejando atrás las grandes mansiones victorianas dispuestas en hileras escalonadas, Andrew se permitió una pequeña fantasía en la que su padre moría tras recibir el disparo de un francotirador invisible. Se imaginó dándole palmaditas en la espalda a su desconsolada madre mientras él mismo telefoneaba a la funeraria. Con un cigarrillo en los labios, encargaba el ataúd más barato del catálogo.
Los tres hijos de los Jawanda —Jaswant, Sukhvinder y Rajpal— subieron al autobús al final de Church Row. Andrew había elegido un asiento que tenía otro vacío delante, y confiaba en que Sukhvinder se sentara en él, no porque le interesara (el mejor amigo de Andrew, Fats, la llamaba «la morsa tetuda»), sino porque ella casi siempre se sentaba al lado de Sukhvinder. Y quizá debido a que esa mañana sus poderes telepáticos eran especialmente poderosos, Sukhvinder decidió sentarse, efectivamente, en el asiento de delante de Andrew. Radiante de alegría, él se quedó mirando sin ver por la sucia ventanilla, y se acercó la mochila un poco más al cuerpo para ocultar la erección provocada por la fuerte vibración del autobús.
La expectación aumentaba con cada nuevo traqueteo a medida que el vehículo, torpe y pesado, avanzaba por las estrechas calles, doblaba la curva cerrada que conducía a la plaza del pueblo y se dirigía hacia el cruce con la calle de ella.
Andrew jamás había sentido un interés tan fuerte por una chica. Había llegado hacía poco, en una época del año muy extraña para cambiar de instituto, el último trimestre del curso de GCSE. Se llamaba Gaia, un nombre muy adecuado, porque él nunca lo había oído y ella era algo absolutamente novedoso. Había subido al autobús una mañana, como una sencilla afirmación de las sublimes alturas que puede alcanzar la naturaleza, y se había sentado dos asientos por delante de Andrew, que se quedó paralizado por la perfección de sus hombros y su nuca.
El pelo, castaño cobrizo, formaba ondas largas y sueltas que le llegaban justo por debajo de los omóplatos; la nariz, corta, estrecha y recta, realzaba la provocativa carnosidad de sus pálidos labios; los ojos, separados y con pestañas espesas, eran de un color avellana verdoso, muy moteados, como una manzana reineta. Andrew nunca la había visto maquillada, y ni un solo grano ni una sola imperfección le estropeaban la piel. Su rostro era una síntesis de simetría perfecta y proporción insólita; Andrew podría haberse pasado horas contemplándolo, tratando de descubrir de dónde surgía la fascinación que provocaba. La semana anterior había vuelto a casa tras una clase de dos horas de biología en la que, gracias a una providencial distribución aleatoria de mesas y cabezas, había podido observarla casi sin interrupción. Ya a salvo en su dormitorio, había escrito (después de masturbarse y quedarse media hora mirando fijamente la pared): «La belleza es geometría.» Había roto la hoja de inmediato, y se sentía ridículo cada vez que lo recordaba; sin embargo, había algo de verdad en esa frase. La hermosura de aquella chica radicaba en pequeños ajustes a un patrón de los que resultaba una armonía impresionante.
Llegaría en cualquier momento, y si se sentaba al lado de la sosa y malhumorada Sukhvinder, como solía hacer, estaría lo bastante cerca como para percibir el olor a nicotina de Andrew. A él le gustaba ver cómo los objetos inanimados reaccionaban al cuerpo de ella; le gustaba ver cómo el asiento del autobús cedía un poco cuando ella se dejaba caer sobre él, y cómo aquella melena de un dorado cobrizo se curvaba sobre la barra metálica del respaldo.
Cuando el conductor redujo la velocidad, Andrew desvió la mirada de la puerta y fingió estar absorto en sus pensamientos; se volvería cuando ella subiera, como si acabara de percatarse de que se habían detenido; se mirarían y seguramente se saludarían con un movimiento de cabeza. Aguardó a oír cómo se abrían las puertas, pero el suave zumbido del motor no se vio interrumpido por el habitual chasquido del mecanismo de apertura.
Andrew lanzó una ojeada y sólo vio Hope Street, corta, estrecha y deteriorada, formada por dos hileras de casitas adosadas. El conductor se había inclinado hacia el lado de la puerta para asegurarse de que ella no se acercaba. Andrew habría querido decirle que esperara, porque la semana anterior ella había salido deprisa de una de aquellas casitas y había echado a correr por la acera (Andrew pudo mirar, porque todos estaban mirando), y verla correr había bastado para tenerlo entretenido durante horas; pero el conductor asió el enorme volante y el autobús se puso en marcha de nuevo. Andrew siguió contemplando la sucia ventanilla y sintió una punzada en el corazón y en los testículos.
V
En otros tiempos, las casitas adosadas de Hope Street habían sido viviendas de obreros. Gavin Hughes estaba afeitándose, despacio y con una minuciosidad innecesaria, en el cuarto de baño del número 10. Era tan rubio y su barba era tan escasa que en realidad sólo necesitaba afeitarse dos veces a la semana; pero aquel cuarto de baño frío y un tanto mugriento era el único lugar de la casa donde podía refugiarse. Si se entretenía allí hasta las ocho, podría decir sin faltar a la verdad que debía marcharse inmediatamente al trabajo. Lo aterrorizaba tener que hablar con Kay.
La noche anterior había conseguido atajar una discusión iniciando el polvo más prolongado y lleno de inventiva que habían echado desde los primeros tiempos de su relación. Kay había reaccionado de inmediato y con un entusiasmo desconcertante: pasaba de una postura a otra; levantaba las robustas piernas para hacerle sitio; se contorsionaba como una acróbata eslava (y ciertamente lo parecía, con su piel aceitunada y su cortísimo pelo negro). Gavin tardó demasiado en comprender que ella interpretaba aquel inusitado acto de reafirmación como una confesión tácita de las cosas que él estaba decidido a callar. Y lo besaba con avidez. En los inicios de la relación, él había encontrado eróticos aquellos besos húmedos e intrusivos, pero ahora le resultaban vagamente repugnantes. A Gavin le costó lo suyo correrse, pues el horror que le producía lo que había puesto en marcha amenazaba todo el rato con aflojarle la erección. Hasta eso operaba en su contra, pues ella pareció interpretar su excepcional aguante como una exhibición de virtuosismo.
Cuando por fin hubo acabado todo, Kay se acurrucó contra él en la oscuridad y le acarició el pelo un rato. Abatido, Gavin se quedó mirando el vacío, consciente de que sus confusos planes para aflojar lazos no habían servido de nada, más bien, involuntariamente, los habían estrechado. Kay se había dormido, y él se había quedado acostado con un brazo atrapado bajo aquel cuerpo, con la sábana húmeda incómodamente adherida al muslo, sobre un colchón lleno de bultos y con muelles viejos, lamentando no tener el valor de ser un capullo, largarse de allí y desaparecer para siempre.
El cuarto de baño de Kay olía a moho y esponjas húmedas. Había pelos adheridos a uno de los lados de la pequeña bañera. La pintura de las paredes estaba desconchada.
—Necesita algunos arreglillos —había comentado Kay.
Gavin se había cuidado mucho de ofrecerle ayuda. Las cosas que no le había dicho eran su talismán y su salvaguarda; las ensartaba mentalmente e iba pasándolas como cuentas de un rosario. Nunca le había hablado de amor. Nunca le había hablado de matrimonio. Nunca le había pedido que se mudara a Pagford. Sin embargo, allí estaba ella y, aunque Gavin no supiera explicárselo, lo hacía sentirse responsable.
Ahora, el reflejo de su rostro lo miraba fijamente desde el espejo desazogado. Tenía ojeras y el pelo, rubio y no muy espeso, reseco y encrespado. La bombilla desnuda que colgaba del techo iluminaba con crueldad forense su cara de chivo cansado.
«Treinta y cuatro años —pensó—, y aparento por lo menos cuarenta.»
Levantó la maquinilla de afeitar y segó con delicadeza los dos gruesos pelos rubios que crecían a ambos lados de su prominente nuez.
Golpes en la puerta del cuarto de baño. Gavin dio un respingo; se le fue la mano y la sangre que brotó en su delgado cuello le salpicó la camisa blanca.
—¡Tu novio todavía no ha salido del cuarto de baño y yo voy a llegar tarde! —gritó una furiosa voz femenina.
—¡Ya voy! —gritó Gavin a su vez.
El corte le dolía, pero ¿qué más daba? Acababan de brindarle la excusa que necesitaba: «Mira lo que me ha hecho hacer tu hija. Ahora tendré que pasar por casa a cambiarme de camisa antes de ir al trabajo.» Casi de buen humor, cogió la chaqueta y la corbata que había colgado en el gancho y abrió la puerta.
Gaia pasó a su lado, cerró de un portazo y echó el cerrojo. Fuera, en el reducido rellano, donde apestaba a goma quemada, Gavin recordó los crujidos de la barata cama de pino de la noche anterior, el golpeteo del cabecero contra la pared, los gemidos y gritos de Kay. A veces era fácil olvidar que su hija estaba en la casa.
Bajó apresuradamente la escalera sin enmoquetar. Kay le había comentado que pensaba lijarla y barnizarla, pero, a juzgar por lo abandonado que tenía su piso de Londres, dudaba mucho que llegara a hacerlo. En realidad, estaba convencido de que ella confiaba en irse a vivir con él en un futuro no muy lejano, pero no iba a permitirlo; ése era su último baluarte, y allí, llegado el caso, opondría resistencia.
—Pero ¡¿qué te has hecho?! —chilló Kay al ver la sangre en la camisa de Gavin. Llevaba un kimono rojo barato que a él no le gustaba, pero que le sentaba tan bien...
—Gaia se ha puesto a golpear la puerta, me ha dado un susto y me he cortado. Tendré que ir a casa a cambiarme.
—Pero ¡si te he preparado el desayuno! —se apresuró a decir ella.
Entonces Gavin comprendió que no olía a goma quemada, sino a huevos revueltos. Unos huevos anémicos y demasiado hechos.
—No puedo, Kay. Tengo que cambiarme de camisa. Tengo una...
Pero ella ya había empezado a servir cucharadas de aquella masa grumosa en los platos.
—Cinco minutos. Seguro que puedes...
El teléfono móvil, que Gavin tenía en el bolsillo de la chaqueta, emitió un fuerte zumbido. Lo sacó y se preguntó si se atrevería a fingir que era un mensaje urgente.
—Dios mío —dijo, sinceramente horrorizado.
—¿Qué pasa?
—Barry. ¡Barry Fairbrother! Se ha... ¡hostia!, se ha... ¡se ha muerto! Es un mensaje de Miles, ¡joder, qué fuerte!
Kay dejó la cuchara de madera.
—¿Quién es Barry Fairbrother?
—Juego al squash con él. ¡Sólo tiene cuarenta y cuatro años! ¡Dios!
Releyó el mensaje de texto. Kay lo miraba desconcertada. Sabía que Miles era el socio de Gavin en el bufete, pero nunca los habían presentado. Para ella, Barry Fairbrother no era más que un nombre.
Se oyó un fuerte estrépito en la escalera: Gaia bajaba a toda prisa.
—Huevos —constató, asomándose por la puerta de la cocina—. Como los que no me preparas a mí todas las mañanas. Y gracias a éste —añadió, dirigiendo una mirada asesina a la nuca de Gavin—, seguramente he perdido el maldito autobús.
—¡Mira, si no hubieras pasado horas peinándote...! —le gritó Kay a la espalda de su hija, que no le contestó, sino que se precipitó por el pasillo, con la mochila rebotando contra las paredes, y cerró de un portazo al salir a la calle.
—Tengo que irme, Kay —dijo Gavin.
—Pero ¡si ya están listos! Come un poco antes de...
—Tengo que cambiarme de camisa. Mierda, además le hice el testamento a Barry, tendré que buscarlo. No, lo siento, he de marcharme. Es increíble —añadió, releyendo una vez más el mensaje de Miles—. No me lo puedo creer, el jueves pasado jugamos al squash. No puedo... ¡Dios!
Había muerto un hombre; Kay no podía decir nada sin quedar mal. Gavin le dio un beso rápido en los labios que ella no le devolvió y se retiró por el estrecho y oscuro pasillo.
—¿Nos vere...?
—¡Ya te llamaré más tarde! —la interrumpió él, fingiendo no haberla oído.
Cruzó la calle hacia su coche, a buen paso, aspirando el aire frío de la mañana y sujetando mentalmente la noticia de la muerte de Barry como quien sujeta una ampolla de líquido volátil que no se atreve a agitar. Al girar la llave en el contacto, se imaginó a las hijas gemelas de Barry tumbadas boca abajo en sus literas, llorando. Las había visto así, una cama encima de la otra, jugando con sus respectivas nintendos, al pasar por delante de la puerta de su dormitorio la última vez que lo habían invitado a cenar.
Los Fairbrother eran la pareja más unida que conocía. Ya no volverían a invitarlo. Siempre le decía a Barry que era muy afortunado. Pues bien, por lo visto no lo era tanto.
Alguien caminaba por la acera hacia él; temiendo que fuera Gaia, con la intención de abroncarlo o pedirle que la llevara al instituto, dio marcha atrás demasiado bruscamente y golpeó el coche que tenía detrás: el viejo Vauxhall Corsa de Kay. El transeúnte llegó a la altura de su ventanilla, y resultó ser una anciana escuálida y renqueante con pantuflas. Sudoroso, Gavin maniobró hasta salir del estacionamiento. Al acelerar, miró por el retrovisor y vio a Gaia entrando otra vez en casa de Kay.
Le costaba respirar hondo y notaba una fuerte presión en el pecho. Hasta ese momento no había sido consciente de que Barry Fairbrother era su mejor amigo.
VI
El autobús escolar había llegado a los Prados, una urbanización que se extendía desordenadamente a las afueras de Yarvil. Casas grises y sucias, algunas con iniciales y obscenidades pintarrajeadas con espray; alguna que otra ventana cegada con tablones; antenas parabólicas y hierba sin cortar... Nada de todo aquello era más digno de la atención de Andrew que la abadía en ruinas de Pagford, recubierta de reluciente escarcha. En otros tiempos, a Andrew le habían intrigado e intimidado los Prados, pero la costumbre los había convertido en algo normal y corriente.
Por las aceras pululaban niños y adolescentes camino del instituto, muchos con camiseta de manga corta pese al frío. Andrew divisó a Krystal Weedon, una alumna que, por su apellido, era objeto de bromas y chanzas.[1] Iba caminando con desenvoltura, riendo a carcajadas, en medio de un grupo de adolescentes de ambos sexos. Lucía múltiples pendientes en las orejas, y la tira del tanga asomaba por los pantalones de chándal, que llevaba caídos. Andrew la conocía desde primaria, y aparecía en muchos de los recuerdos más memorables de su infancia. Se habían burlado de su apellido, pero en lugar de llorar, como habrían hecho la mayoría de las niñas, con solamente cinco años Krystal había aguantado con estoicismo mientras los otros niños reían socarrones y le gritaban: «¡Se ha hecho pipí! ¡Krystal se ha hecho pipí!» Una vez se bajó las bragas en medio de la clase y simuló orinar. Andrew conservaba un vívido recuerdo de su vulva rosácea; fue como si se les hubiera aparecido Papá Noel, y recordaba a la señorita Oates, con las mejillas muy coloradas, obligando a Krystal a salir del aula.
A los doce años, cuando ya iba al instituto y se había convertido en la niña más desarrollada de su curso, un día Krystal se había entretenido más de la cuenta en el fondo de la clase, adonde los alumnos debían llevar las hojas de ejercicios de matemáticas cuando los terminaban para dejarlas y coger la siguiente hoja de la serie. Andrew (siempre de los últimos en terminar los problemas de matemáticas) no tenía ni idea de cómo se había iniciado aquello, pero llegó a las cajas de plástico que contenían las hojas de ejercicios, pulcramente alineadas en lo alto de los armarios del fondo, y encontró a Rob Calder y Mark Richards turnándose para coger los pechos de Krystal en el hueco de sus manos y apretárselos. Los otros chicos los miraban boquiabiertos, electrizados, manteniendo en alto los libros de texto para que el profesor no pudiera verles la cara; mientras que las niñas, rojas como tomates, simulaban no ver nada. Andrew comprendió que a la mitad de los niños ya les había tocado su turno, y que todos esperaban que él aprovechara el suyo. Quería hacerlo y no quería. No eran los pechos de Krystal lo que le daba miedo, sino su expresión de desafío e insolencia; lo que le daba miedo era hacerlo mal. Cuando el profesor Simmonds, un individuo despistado e incompetente, levantó por fin la cabeza y dijo: «¿Qué haces ahí tanto rato, Krystal? Coge una hoja y siéntate», Andrew sintió un alivio casi total.
Si bien hacía mucho que estaban en grupos diferentes, todavía pertenecían a la misma clase, y por eso Andrew sabía que Krystal faltaba a menudo y casi siempre estaba metida en algún lío. No le temía a nada, igual que los chicos que iban con tatuajes que se hacían ellos mismos, o con un labio partido, o fumando, o contando historias de enfrentamientos con la policía, consumo de drogas y sexo fácil.
El Instituto de Enseñanza Secundaria Winterdown estaba en las afueras de Yarvil; era un edificio de tres plantas grande y feo, cuya estructura exterior consistía en una serie de ventanas con paneles pintados de turquesa intercalados. Las puertas del autobús se abrieron con un chirrido, y Andrew se unió a la caterva de estudiantes con jersey y blazer negro que atravesaban el aparcamiento camino de las dos entradas principales del instituto. Cuando se disponía a pasar por el atasco que se formaba en la puerta de doble batiente, vio llegar un Nissan Micra; se apartó un poco y se quedó esperando a su mejor amigo.
Tubby, Tubs, Tubster, Flubber, Wally, Wallah, Fatboy, Fats... Stuart Wall era el chico del instituto con más apodos. Sus andares de pasos largos, su delgadez, su cara chupada de piel cetrina, sus grandes orejas y su permanente expresión de pena bastaban como rasgos característicos; pero era su humor incisivo, su indiferencia y su aplomo lo que lo distinguía. Conseguía desvincularse de todo cuanto pudiera haber definido un carácter menos elástico, sobreponiéndose al bochorno de ser el hijo de un subdirector ridiculizado e impopular y tener por madre a una orientadora escolar gorda que vestía ropa fea y anticuada. Era, por encima de todo, él mismo: Fats, un personaje destacado y todo un referente en el instituto. Hasta los chicos de los Prados le reían las bromas, y raramente se tomaban la molestia de burlarse de sus desafortunados vínculos familiares, debido a la frialdad y crueldad con que él devolvía las pullas.
Fats hizo gala de su aplomo esa mañana cuando, expuesto ante las hordas de alumnos libres de sus padres que lo rodeaban, tuvo que forcejear para salir del Nissan no sólo con su madre, sino también con su padre, quien normalmente iba al instituto en su coche. Andrew se acordó de Krystal Weedon y de la tira de su tanga mientras Fats se le acercaba al trote.
—Qué pasa, Arf —lo saludó.
—Fats.
Juntos, se mezclaron con la multitud, con las mochilas al hombro, golpeando con ellas a los chicos más bajitos y abriendo una pequeña estela a su paso.
—Tenías que haber visto a Cuby llorando —dijo Fats dirigiéndose con su amigo hacia la abarrotada escalera.
—Qué me dices.
—Sí, anoche murió Barry Fairbrother.
—Ah, sí, ya me he enterado —replicó Andrew.
Fats le lanzó la mirada socarrona y resabiada que empleaba cuando alguien se sobrepasaba y fingía saber más de lo que sabía, ser más de lo que era.
—Mi madre estaba en el hospital cuando lo llevaron —añadió Andrew, molesto—. Trabaja allí, ¿te acuerdas?
—Ah, sí —dijo Fats, y el resabio desapareció—. Bueno, ya sabes que Cuby y él eran coleguitas. Y Cuby piensa anunciarlo en la reunión. No mola, Arf.
Al final de la escalera se separaron y se dirigieron a sus respectivas aulas para el pase de lista. Casi todos los alumnos de la clase de Andrew ya estaban sentados sobre los pupitres y balanceando las piernas o apoyados en los armarios de ambos lados. Las mochilas estaban debajo de las sillas. Los lunes por la mañana siempre hablaban en voz más alta y con mayor libertad, porque a primera hora había reunión de profesores y alumnos, lo que implicaba salir del edificio e ir hasta el gimnasio. Su tutora, sentada a la mesa, iba marcando los nombres de los alumnos en la lista a medida que entraban. Nunca se tomaba la molestia de recitar la lista en voz alta; ése era uno de los numerosos gestos con los que pretendía ganarse a los chicos, y ellos la despreciaban precisamente por eso.
Krystal llegó justo cuando sonaba el timbre que anunciaba la reunión. Gritó «¡Estoy aquí, señorita!» desde el umbral, se dio la vuelta y salió de nuevo. Todos la siguieron sin parar de hablar. Andrew y Fats volvieron a encontrarse en lo alto de la escalera y se dejaron arrastrar por la corriente hacia la puerta trasera y a través del extenso patio de asfalto gris.
El gimnasio olía a sudor y zapatillas de deporte; el barullo de mil doscientos adolescentes que hablaban ávidamente resonaba en las tristes paredes encaladas. La dura moqueta que cubría el suelo, de un gris industrial y con muchas manchas, tenía marcadas diferentes líneas de colores que delimitaban las pistas de bádminton y tenis y los campos de fútbol y hockey; aquel material producía unas rozaduras tremendas si uno se caía con las piernas desnudas, pero no castigaba el trasero tanto como la madera cuando había que aguantar toda la reunión sentado en el suelo. Andrew y Fats habían conseguido el privilegio de sentarse en unas sillas de patas tubulares y respaldo de plástico dispuestas al fondo de la sala para los alumnos de quinto y sexto.
En la parte delantera, de cara a los alumnos, había un viejo atril de madera, y a su lado estaba sentada la directora, la señora Shawcross. El padre de Fats, Colin Wall, alias Cuby, ocupó su lugar junto a ella. Era muy alto, tenía una frente amplia que empalmaba con su calva y unos andares que era imposible no imitar, con los brazos pegados a los costados y cabeceando mucho más de lo necesario para desplazarse hacia delante. Todos lo llamaban «Cuby», o «Cubículos», a causa de su inefable obsesión de mantener perfectamente ordenado el mueble con hileras de compartimentos que había en la pared frente a su despacho. Las listas de asistencia iban a parar a esos compartimentos una vez marcadas, mientras que otros documentos se asignaban a un departamento en particular. «¡Asegúrate de ponerlo en el cubículo correcto, Ailsa!», «¡No lo dejes colgando así, se caerá del cubículo, Kevin!», «¡No lo pises, niña! ¡Recógelo y tráemelo, tiene que ir en su cubículo!»
El resto de los profesores los llamaban «casilleros». Se sobrentendía que lo hacían para distinguirse de Cuby.
—Arrimaos, arrimaos —les dijo el señor Meacher, el profesor de manualidades, a Andrew y Fats, que habían dejado un asiento vacío entre ellos y Kevin Cooper.
Cuby se colocó detrás del atril. Los alumnos no se callaron en el acto, como habrían hecho de haberse tratado de la directora. En el preciso momento en que se apagó la última voz, se abrió uno de los batientes de la puerta de la derecha y entró Gaia.
Paseó la mirada por la sala (Andrew se permitió mirar, ya que la mitad de los allí reunidos la estaban observando y quien iba a hablar era sólo Cuby; llegaba tarde, era nueva y guapa) y entró deprisa, pero no demasiado (porque tenía el don del aplomo, igual que Fats), bordeando la última fila de alumnos. Andrew no podía girar la cabeza para seguir contemplándola, pero de pronto le vino a la mente, con una fuerza que le hizo zumbar los oídos, que al arrimarse a Fats había dejado un asiento libre a su lado.
Oyó acercarse unos pasos rápidos y ligeros y de pronto ella estaba allí: se había sentado a su lado. Gaia empujó sin querer la silla de Andrew, rozándolo con el codo. Él percibió una débil ráfaga de perfume. Le ardía toda la parte izquierda del cuerpo por la proximidad de ella, y agradeció que la mejilla de ese lado tuviera mucho menos acné que la derecha. Nunca habían estado tan cerca, y no sabía si se atrevería a mirarla o dar alguna muestra de haberla reconocido; pero enseguida pensó que llevaba demasiado rato paralizado y ya era tarde para hacerlo con naturalidad.
Se rascó la sien izquierda para taparse la cara y desvió la vista hacia las manos de Gaia, recogidas sobre el regazo. Uñas cortas, limpias y sin pintar. En un meñique llevaba un sencillo anillo de plata. Fats le dio un discreto codazo a Andrew en el costado.
—Por último —dijo Cuby, y Andrew se dio cuenta de que ya le había oído decir esas palabras dos veces, y de que el silencio reinante en la sala se había solidificado al cesar todo movimiento, quedando el ambiente preñado de curiosidad, regocijo e impaciencia—. Por último —repitió Cuby, y le tembló la voz—, tengo que comunicaros... tengo que comunicaros una noticia muy triste. El señor Barry Fairbrother, que con tanto éxito entrenaba a nuestro equipo femenino de... de... de remo desde hace dos años... —se pasó una mano por los ojos—, ha fallecido...
Cuby Wall estaba llorando delante de todo el instituto; había agachado la cabeza hasta pegar la barbilla al pecho, mostrando su calva a la concurrencia. Un suspiro colectivo y un murmullo de risitas recorrieron simultáneamente el gimnasio, y muchas caras se volvieron hacia Fats, que permanecía indiferente, con gesto un tanto burlón, pero por lo demás imperturbable.
—... falleció... —sollozó Cuby, y la directora se puso en pie con cara de enfado—, falleció... anoche.
Un chillido se alzó entre las hileras de sillas del fondo de la sala.
—¡¿Quién se ha reído?! —bramó Cuby, y el ambiente, cargado de tensión, crepitó deliciosamente—. ¡Cómo se atreve! ¡Ha sido una chica! ¿Quién ha sido?
El señor Meacher ya se había levantado y gesticulaba frenético en dirección a alguien que estaba en el centro de la fila, justo detrás de Andrew y Fats; la silla de Andrew volvió a sacudirse, porque Gaia había girado el torso para mirar, como todos. El cuerpo de Andrew parecía haberse vuelto supersensorial, y notaba cómo el de Gaia se arqueaba hacia él. Si se volvía en la dirección opuesta, se encontrarían cara a cara.
—¿Quién se ha reído? —repitió Colin Wall, y se puso de puntillas, como si desde su posición pudiera descubrir al culpable.
Meacher articulaba palabras y hacía señas, enardecido, a quien había señalado como responsable.
—¿Quién es, señor Meacher? —exigió saber el subdirector.
Meacher parecía poco dispuesto a revelar esa información; aún no lograba convencer al culpable de que se levantara de su asiento, pero cuando Colin Wall amenazó con abandonar el atril para investigar por su cuenta, Krystal Weedon se alzó de un brinco, roja como un tomate, y avanzó de lado ante la hilera de sillas.
—¡Ven a verme a mi despacho inmediatamente después de la reunión! —le ordenó Colin Wall—. ¡Qué vergüenza! ¡Qué falta de respeto! ¡Fuera de aquí!
Pero Krystal se paró al llegar al final de la hilera, le enseñó el dedo corazón al subdirector y gritó:
—¡Yo no he hecho nada, gilipollas!
Se produjo una erupción de risas y excitada cháchara. Los profesores intentaron en vano sofocar el bullicio, y hubo un par que se levantaron para intimidar a los alumnos y restablecer el orden.
La puerta de doble batiente se cerró detrás de Krystal y el señor Meacher.
—¡Basta! —ordenó la directora, y un silencio precario, salpicado de susurros, volvió a extenderse por la sala.
Fats mantenía la mirada al frente, aunque por una vez su indiferencia presentaba un aire forzado, y su piel, un matiz más oscuro.
Andrew notó que Gaia se dejaba caer en la silla. Hizo acopio de valor, miró de soslayo hacia la izquierda y sonrió. Ella le devolvió la sonrisa.
[1]. En lenguaje coloquial, to wee significa «hacer pipí»; «weed-on» sería «se ha hecho pipí». (N. de las t.)
VII
Aunque la tienda de delicatessen de Pagford no abría hasta las nueve y media, Howard Mollison había llegado temprano. Era un hombre desmesuradamente obeso de sesenta y cuatro años. Su inmensa barriga le caía hacia los muslos como un delantal, de modo que lo primero en lo que pensaba mucha gente cuando lo conocía era en su pene, preguntándose cuándo se lo habría visto por última vez, cómo se lo lavaría, cómo se las ingeniaría para realizar cualquiera de las actividades para las que está diseñado. Debido en parte a que su físico daba lugar a esas elucubraciones, y en parte a la agudeza de sus bromas, Howard conseguía incomodar y desarmar casi en igual medida, y sus clientes casi siempre compraban más de lo que tenían previsto. Hablaba sin cesar mientras con una mano de dedos rechonchos deslizaba adelante y atrás la máquina de cortar fiambre, de la que caían unas lonchas de jamón finas como la seda, que iban plegándose sobre sí mismas en el celofán colocado debajo; siempre tenía un guiño a punto en los ojos, azules y muy redondos, y, de risa fácil, con cada carcajada le temblaban los carrillos.
Howard se ponía un disfraz para trabajar: camisa blanca, un rígido delantal de lona verde oscuro, pantalones de pana y una gorra de cazador con orejeras en la que había pinchado varios anzuelos de mosca. La gorra tal vez pareciera una broma al principio, pero hacía mucho que había dejado de serlo. Se la encasquetaba todas las mañanas laborables, ajustándosela sobre la mata de rizos canosos con precisión obsesiva, valiéndose del espejito del lavabo para el personal.
Le procuraba un gran placer abrir la tienda. Le encantaba estar allí cuando lo único que se oía era el débil rumor de las neveras, y disfrutaba devolviéndolo todo a la vida. Encendía las luces, subía las persianas, destapaba los tesoros guardados en la nevera expositora: las alcachofas de un verde claro y grisáceo, las aceitunas negro ónix, los tomates secos enroscados como caballitos de mar rojos, flotando en aceite aderezado con hierbas.
Sin embargo, esa mañana su entusiasmo tenía una buena dosis de impaciencia. Su socia Maureen ya llegaba tarde y, como le había sucedido a Miles poco antes, Howard temía que alguien se le adelantara y le revelara aquella sensacional noticia, porque Maureen no tenía teléfono móvil.
Se detuvo junto al arco recién abierto en la pared que separaba la tienda de delicatessen de la antigua zapatería que pronto se convertiría en la nueva cafetería de Pagford, y revisó el estado de la lámina de plástico industrial transparente que impedía que entrara el polvo. Tenían previsto abrir la cafetería antes de Semana Santa, a tiempo para atraer a los turistas que visitaban el West Country y para quienes todos los años Howard llenaba los escaparates de productos típicos del lugar, como sidra, queso y figuritas de paja.
La campanilla tintineó a su espalda; Howard se dio la vuelta, y su remendado y reforzado corazón se aceleró a causa de la emoción.
Maureen era una mujer de sesenta y dos años, menuda y muy cargada de espaldas, y la viuda de quien originalmente había sido el socio de Howard. Su postura encorvada la hacía parecer mucho mayor de lo que era, aunque se esforzaba para aferrarse a la juventud: se teñía el pelo de negro, vestía ropa de colores llamativos y se bamboleaba sobre unos zapatos de tacones imprudentemente altos que en la tienda se cambiaba por unas sandalias Dr. Scholl.
—Buenos días, Mo —la saludó Howard.
Le habría gustado no malgastar la noticia revelándosela precipitadamente, pero los clientes no tardarían en aparecer, y él tenía mucho que decir.
—¿Te has enterado?
Ella arrugó la frente y lo miró con gesto inquisitivo.
—Se ha muerto Barry Fairbrother.
Maureen se quedó boquiabierta.
—¡No! ¿Cómo?
Howard se dio unos golpecitos en la sien con un dedo.
—Se le escacharró algo. Aquí arriba. Miles estaba allí, lo vio todo. En el aparcamiento del club de golf.
—¡No! —repitió ella.
—Muerto del todo —corroboró Howard, como si la muerte tuviera grados y la escogida por Barry Fairbrother fuera particularmente sórdida.
Maureen se santiguó sin cerrar la boca, los labios pintados de un rojo intenso. Su catolicismo siempre añadía un toque pintoresco a momentos como aquél.
—¿Miles estaba allí? —preguntó con voz ronca.
Howard adivinó en la voz de ex fumadora de Maureen su anhelo de conocer todos los detalles.
—¿Quieres poner agua a calentar, Mo?
Al menos podría prolongar la agonía de su socia unos minutos más. Con las prisas por retomar la conversación, Maureen derramó el té hirviendo y se quemó una mano. Se sentaron detrás del mostrador, en los altos taburetes de madera que Howard había colocado allí para los ratos de poca actividad, y Maureen se alivió la mano con un puñado de hielo que recogió de alrededor de las aceitunas. Juntos recorrieron el itinerario convencional de la tragedia: la viuda («debe de estar destrozada, vivía para Barry»), los hijos («cuatro adolescentes; menuda carga para una mujer sola»), la relativa juventud del difunto («no era mucho mayor que Miles, ¿verdad?»), hasta que por último llegaron al verdadero meollo del asunto, comparado con el cual todo lo demás eran divagaciones irrelevantes.
—Y ahora, ¿qué pasará? —preguntó Maureen con avidez.
—¡Ah! —exclamó Howard—. Bueno, ésa es la cuestión, ¿no? Tenemos una plaza vacante, Mo, y eso podría cambiarlo todo.
Howard era el presidente del concejo parroquial e hijo predilecto de Pagford. Con el cargo venía un collar dorado con incrustaciones de esmalte que ahora reposaba en la pequeña caja fuerte que Shirley y él habían hecho instalar en el fondo de su armario empotrado. Si a la parroquia de Pagford le hubieran concedido la categoría de municipio, Howard podría haberse hecho llamar alcalde; pero aun así, a todos los efectos, eso es lo que era. Shirley lo había dejado absolutamente claro en la página de inicio de la web del concejo, donde, bajo una fotografía de Howard, radiante y lozano, luciendo el collar de hijo predilecto, su marido manifestaba que aceptaría cualquier invitación para asistir a funciones civiles o empresariales de la localidad. Sólo unas semanas atrás, había entregado los certificados de aptitud ciclista en la escuela de primaria del pueblo.
Howard bebió el té a sorbitos y, sonriendo para rebajar el tono hiriente de sus palabras, dijo:
—Fairbrother era un cabronazo, Mo. No te olvides de que podía ser un auténtico tocapelotas.
—Sí, lo sé.
—Si no hubiese muerto, me las habría tenido que ver con él muy seriamente. Pregúntaselo a Shirley. Podía ser un tocapelotas y un hipócrita.
—Lo sé, lo sé.
—Bueno, ya veremos. Ya veremos. Esto podría zanjar definitivamente la cuestión. Entiéndeme, yo habría preferido no ganar así —añadió con un hondo suspiro—, pero pensando en el bien de Pagford... de la comunidad... no nos viene nada mal...
Miró la hora.
—Son casi y media, Mo.
Nunca abrían tarde ni cerraban antes de hora; llevaban el negocio con el orden y la regularidad de un templo.
Bamboleándose, Maureen fue a abrir la puerta y levantar las persianas.
La plaza fue revelándose a trocitos a medida que las subía: pintoresca y bien cuidada, en gran medida gracias a los esfuerzos coordinados de los vecinos cuyas propiedades daban a ella, lucía jardineras, cestillos colgantes y macetas por todas partes, con flores de diferentes colores, acordados de antemano cada año. Frente a Mollison y Lowe, en el lado opuesto de la plaza, estaba el Black Canon, uno de los pubs más antiguos de Inglaterra.
Howard iba y venía de la trastienda, de donde traía largas bandejas rectangulares de patés, adornados con relucientes bayas y rodajas de cítricos, que iba colocando ordenadamente en el mostrador expositor. Resoplando un poco por el esfuerzo físico, que se sumaba al exceso de conversación tan de buena mañana, Howard colocó la última bandeja y se quedó parado un momento, contemplando el monumento en memoria de los caídos erigido en el centro de la plaza.
Pagford estaba más bonito que nunca esa mañana, y Howard experimentó un sublime momento de júbilo por su propia existencia y la de aquel pueblo del que no sólo formaba parte, sino que, a su modo de ver, era su palpitante corazón. Él estaba allí, empapándose de tanta belleza —los relucientes bancos negros, las flores rojas y moradas, el sol dorando el extremo de la cruz de piedra—, y Barry Fairbrother, en cambio, ya no estaba. Resultaba difícil no intuir los designios de un ser superior en la súbita reorganización de lo que Howard concebía como el campo de batalla donde Barry y él se habían enfrentado durante tanto tiempo.
—Howard —dijo Maureen con brusquedad—. Howard.
Una mujer con gabardina cruzaba la plaza a grandes zancadas; una mujer delgada, de pelo negro y tez oscura que, con el cejo fruncido, se miraba las botas al andar.
—¿Tú crees que...? ¿Se habrá enterado ya? —susurró Maureen.
—Quién sabe —respondió Howard.
Maureen, que todavía no había tenido tiempo de quitarse los zapatos y ponerse las Dr. Scholl, estuvo a punto de torcerse un tobillo al apartarse precipitadamente del escaparate para colocarse tras el mostrador. Howard, con paso lento y majestuoso, se situó detrás de la caja registradora cual soldado de artillería que ocupa su puesto.
Sonó la campanilla, y la doctora Parminder Jawanda abrió la puerta de la tienda sin dejar de fruncir el entrecejo. Sin saludar a Howard ni a Maureen, se dirigió directamente al estante de los aceites. La mirada de Maureen la siguió sin pestañear, atentamente, con el embeleso de un halcón que vigila a un ratón de campo.
—Buenos días —la saludó Howard cuando la doctora se acercó al mostrador con una botella en la mano.
—Buenos días.
Parminder casi nunca lo miraba a los ojos, ni en las reuniones del concejo ni cuando se encontraban fuera del centro parroquial. A Howard le divertía tanto la incapacidad de aquella mujer para disimular la antipatía que le profesaba que invariablemente adoptaba con ella un tono jovial, exageradamente galante y cortés.
—¿Hoy no trabaja?
—No —contestó mientras rebuscaba en su bolso.
Maureen no pudo contenerse.
—Qué mala noticia —dijo con su voz ronca y cascada—. Lo de Barry Fairbrother.
—Hum —respondió la doctora, pero entonces añadió—: ¿Cómo?
—Lo de Barry Fairbrother —repitió Maureen.
—¿Qué pasa con Barry Fairbrother?
Parminder, que llevaba dieciséis años viviendo en Pagford, conservaba un marcado acento de Birmingham. La profunda arruga vertical que tenía entre las cejas le daba un aire de intensidad perpetua, que según cómo denotaba enojo o concentración.
—Ha muerto —anunció Maureen, mirando con fijeza y avidez el rostro fruncido de su interlocutora—. Murió anoche. Howard acaba de contármelo.
Parminder se quedó inmóvil, con la mano dentro del bolso. Entonces desvió la mirada hacia Howard.
—Cayó fulminado en el aparcamiento del club de golf —confirmó él—. Miles estaba allí, lo vio todo.
Transcurrieron unos segundos.
—¿Es una broma? —preguntó por fin con voz seca y aguda.
—Por supuesto que no —dijo Maureen, saboreando su propia indignación—. ¿A quién se le ocurriría hacer una broma semejante?
Parminder dejó bruscamente la botella de aceite sobre el mostrador de tablero de vidrio y salió de la tienda.
—¡Pues vaya! —suspiró Maureen dando rienda suelta a su desaprobación—. «¿Es una broma?» ¡Qué encanto!
—Ha sido la impresión —dijo Howard sabiamente, mientras miraba a Parminder Jawanda atravesar la plaza a toda prisa, la gabardina ondeando tras ella—. Debe de estar tan disgustada como la viuda. En fin —añadió, rascándose distraídamente el pliegue de la barriga, que le picaba a menudo—, será interesante ver lo que la doctora...
No terminó la frase, pero no importaba: Maureen sabía exactamente a qué se refería. Mientras miraban doblar la esquina y desaparecer a la concejala Jawanda, ambos cavilaban sobre la plaza vacante, y no la contemplaban como un espacio vacío, sino como el bolsillo de un mago, lleno de posibilidades.
VIII
La antigua vicaría era la última y más grandiosa
