Capítulo
1
El restaurante parecía hecho adrede para una primera cita. Las mesas estaban cubiertas por manteles blancos, pero el resto de la decoración no resultaba demasiado cursi. El menú disponía tanto de platos modernos, para mostrar que el chef estaba a la última, como de platos clásicos, para satisfacer a los glotones más exigentes. La pegatina de la guía Zagat en la entrada le confería un aspecto fiable. Lo definían como elegante y divertido, cualidades que con suerte se reflejarían en la persona —en este caso, yo— que hubiera elegido aquel sitio. La verdad es que el restaurante sólo tenía un problema.
Estaba cerrado.
Llamé educadamente a la puerta de cristal.
—¿Hola? —saludé. El camarero dejó de limpiar las copas y levantó la vista—. En la página web decía que abríais a las cuatro y media —dije, señalando mi reloj.
Él giró el cierre y me abrió la puerta.
—¿Eres la camarera nueva?
Parpadeé perpleja.
—No. Soy Becky Fuller. Tenía mesa para dos a las cuatro y media.
—Es que no he mirado la lista de reservas todavía —repuso, encogiéndose de hombros—. Puedes pasar, si quieres, pero hasta dentro de diez minutos o así no vas a poder sentarte. —Echó un vistazo a mi alrededor para después mirarme directamente—. ¿Y dónde se ha quedado el número dos?
Fruncí el ceño, a la defensiva. ¿Acaso tenía cara de no poder quedar con alguien? ¿Aunque fuera para cenar a las cuatro y media de la tarde?
—Viene enseguida. —Volví a consultar la hora—. No son más que… las cuatro y cuarto.
El camarero esbozó una sonrisita.
—Ah, ya.
¿Estaba ligando conmigo? Pues no era precisamente un experto, aunque yo tampoco soy quién para hablar. Y un poco patoso, además, sabiendo que yo había quedado con alguien.
Una vez dentro, me encogí en un asiento microscópico al lado de la ventana, cerca del guardarropa, y saqué rápidamente mi BlackBerry.
—¿Te sirvo una copa de vino? —preguntó el camarero desde el otro lado del local vacío. Empezaba a sospechar que, si no era el dueño, por lo menos debía de ser el encargado del restaurante. Si no, ¿qué iba a hacer él allí, completamente solo?
—De momento no, gracias —respondí, golpeando con ímpetu el teclado con los pulgares.
Al cabo de un minuto, volvió a dirigirse a mí.
—¿Nos conocemos?
Alcé la mirada. A mí él no me sonaba. No estaba mal, tenía aproximadamente mi edad, puede que unos años mayor. Entradas ligeramente pronunciadas, con el consiguiente pelo al rape que se lleva ahora entre los tíos con entradas.
De hecho, podría servir para un reportaje. «Por qué los calvos no son calvos». O quizás algo que suene un poco más positivo. Unirlo a los famosos calvos. Bruce Willis. Vin Diesel. Nunca nos faltaban reportajes de tendencias. Eran las noticias de verdad las que se nos resistían.
—Becky Fuller —caviló—. Espera, ¿tú fuiste a Fairleigh Dickinson?
Mis dedos dejaron de teclear y lo miré de nuevo.
—Sí.
—Yo también —dijo él, aunque yo seguía con la mente en blanco—. Soy Ben Smith.
Nada. Y ese nombre tan común tampoco ayudaba mucho. ¿Habría salido con él? Intenté imaginármelo con pelo.
—A lo mejor te acuerdas de mi novio —continuó Ben Smith.
Vale, o sea que no estaba ligando. Madre mía, qué mal se me da interpretar señales. Soy malísima. Habíamos hecho un especial hacía dos meses sobre la prosopagnosia. Gente que no reconoce a sus hijos, ni a sus maridos, ni su propia cara en el espejo. Bueno, yo debo de tener una «ligopagnosia».
Y probablemente tampoco habría salido con él. Aunque la facultad quedaba muy atrás y, con mi historial, no me sorprendería que hubiera habido unos cuantos gays en la lista.
—Se llama Steve Jones.
Steve Jones y Ben Smith. Poco probable. Podía nombrar a todos los miembros del ayuntamiento de Hoboken de los últimos cinco años. En la BlackBerry tenía una lista con los teléfonos de los decanos de todas las universidades, desde Berkeley hasta William Paterson. Me sabía de carrerilla todos los nombres de los atletas de Nueva Jersey en equipos profesionales desde que empezó el nuevo milenio. A no ser que Steve Jones fuera una de esas personas, yo no lo conocía.
—Pero lo dejaste —continuó él—. ¿Qué pasó?
Bajé la BlackBerry y pensé si contarle o no mi vida al gerente del restaurante del que yo no me acordaba y que, por lo visto, iba conmigo a la universidad que yo dejé. Aquí la que hace las entrevistas normalmente soy yo. En ese momento, se abrió la puerta del restaurante y entró mi pareja.
Metí rápidamente la BlackBerry en el bolsillo de la chaqueta y me levanté como un resorte para saludarlo.
—¿Becky? —Sonrió. Una sonrisa muy bonita.
Sonreí triunfante a Ben. Había un número dos.
—Es largo de contar —le dije, mientras él agarraba de mala gana un par de menús y nos acompañaba a la mesa.
¿Por qué había dejado Fairleigh? Me habían hecho una oferta mejor.
Seis minutos más tarde me estaba preguntando si al final no habría sido mejor tomarme la copa de vino con Ben. Ya eran oficialmente las cuatro y media, con lo cual el restaurante estaba oficialmente abierto y podíamos, oficialmente, pedir, creo. Eso si la camarera se decidía a terminar de comer y mover el culo de una vez.
En esos seis minutos, además, mi BlackBerry había sonado por lo menos cuatro veces, y toda mi concentración se iba en no contestar a los cantos de sirena. Tenía que esforzarme por conseguir toda la elegancia y la diversión de las que aquel restaurante, visto lo visto, carecía a las cuatro y media.
Ben Smith se hallaba en paradero desconocido, lo cual alivió la presión que sentía de rememorar con él aquellos días de universidad que recordaba vagamente. Aunque esa conversación podría haber sido más fácil que la que estaba intentando mantener sin éxito con mi verdadera pareja.
—Qué bien que hayamos podido quedar tan pronto —comenté, intentando no jugar con los cubiertos—. Ya sé que es un rollo…
—Ah, no pasa nada —respondió mi acompañante—. Nunca… había venido a cenar a estas horas. Una gente curiosa.
Y tanto que gente curiosa. En una esquina del local, una pareja de octogenarios bizqueaba intentando leer el menú con sus gafas bifocales. En otra, dos camareros y un ayudante estaban terminando de comer.
Forcé una sonrisa.
—Es lo que conlleva esta profesión. Es que trabajo para Buenos días, Nueva Jersey…
—En el Canal 9, ¿no? —respondió. Se llamaba Jon, pero no Jon de Jonathan, como habría sido lo normal, lo cual era un poco confuso. Mi vecina de abajo había sido quien había arreglado el encuentro. Ella y Jon eran compañeros de oficina. Él llevaba poco en la ciudad…, lo típico.
—Sí, y es que empezamos muy pronto, por eso tengo horarios de bebé.
¿Por qué no John? Yo era Becky, y no Beccie, ni Beki, ni nada raro. Cuando a todo el mundo le dio por ser creativo con la ortografía, fue cuando empezó a haber problemas con los teleprompters.
Bueno, con Jon no habría problema, pero aun así…
Mi BlackBerry empezó a vibrar otra vez. La notaba ronronear en el bolsillo de la chaqueta. Ya sé que esto que voy a decir sonará a locura, pero creo que he desarrollado un sexto sentido para estas cosas. Y éste era un ronroneo de desesperación.
—Perdona, tengo que… —La saqué y la comprobé—. Estoy con una noticia sobre la plaga de mosquitos en Ho-Ho-Kus, cerca del…
Leí el correo y torcí el gesto. ¿Qué se pensaba Anna, que yo era una Wikipedia andante? Levanté la vista hacia Jon.
—¿Los mosquitos muerden o pican?
—No sé —contestó Jon—, pero cuando yo vivía allí, los mosquitos de Ho-Ho-Kus practicaban artes marciales.
Qué mono. Era mono. Y paciente. Me apresuré con el correo —puse «morder», para que conste— y coloqué la BlackBerry sobre la mesa.
—Vale, hala, ya está.
—Bueno —dijo Jon, con los ojos brillantes—, me estabas hablando de cuándo te vas a la cama…
Buena jugada, sí señor. Pero yo mantuve la calma.
—Bueno, antes entrábamos en antena a las cinco de la mañana, pero luego una compañía gigantesca compró la cadena y decidieron ponernos a nosotros en vez de poner publirreportajes, ya que generábamos algún ingreso más, así que ahora empezamos a las cuatro de la madrugada.
—Qué coñazo.
La BlackBerry volvió a sonar, y empezó a dar saltitos por la mesa como una cucaracha. Por fin la atrapé.
—Espera que… —Jon enarcó una ceja por encima de la carta. Vale…, con una vez, ya vale—. Lo apago ya.
En cuanto mirase quién era, claro. Ay, mierda, Anna.
—Ay, lo siento —le dije a Jon, llevándome el teléfono a la oreja—, es un segundo… Hola.
—Becky —la voz de Anna sonó al otro lado de la línea—, no quiero interrumpir, pero, por favor, dime que te ha llegado el último mail.
—Lo ha confirmado para mañana —respondí—. Te he enviado la lista de preguntas.
Jon dio la vuelta a la página del menú. ¿Los postres? ¿Ya? Pero si aún no habíamos pedido.
—¿Y tenemos los…? —continuó Anna.
—Yo ya he mandado el material de la investigación del mosquito de Weehawken de hace dos años. Buenotedejo, adiós. Llévate un spray para los bichos. —Colgué, me volví hacia Jon, y sonreí disculpándome—. Ya sé que molesta que la gente haga eso. Te dan ganas de decir: «La cuenta, por favor».
—No —dijo Jon.
—Es que éste es un trabajo de estar todo el día disponible, ¿sabes? Aunque sea una cadena local. Vamos, que no somos una cosa especial, no somos como el Today, para qué vamos a engañarnos. Ellos son el patrón oro.
—Ya —contestó Jon.
—Sí, si te paras a pensarlo. Y nosotros no somos más que…, bueno, que lo siento. No lo vuelvo a tocar.
Jon parecía escéptico. Mierda.
—Este sitio está bien, ¿no? —comenté, tanteando—. Me recuerda al Matthews, el que hay en Waldwick. Yo iba allí cuando era pequeña.
—No me suena —añadió Jon.
—Yo siempre pedía gofres —continué, incapaz de parar. No sólo era una cegata para los ligues, sino que además parecía que también era una discapacitada para las bromas. No es de extrañar que hubiera elegido estar detrás de la cámara—. Entonces mi padre se murió, cuando yo tenía nueve años, y mi madre se mudó a Florida hace cinco años por la flebitis. Por lo visto, la sangre no coagula igual en Florida…
Jon me miraba, tan desconcertado como yo ante mi repentina verborrea.
—En fin —concluí, haciéndome con el control de mi boca—, ¿tú a qué te dedicas?
Él dudó un instante.
—Trabajo en marketing. En una compañía de seguros.
—Ah —dije, todo lo resuelta que pude—. Qué… bien.
La BlackBerry empezó de nuevo con su sonido de insecto, esprintando con la vibración hacia el borde de la mesa. La cacé en el aire.
—Ay, Dios, es mi jefe. Tengo que…
Jon volvió a abrir la carta.
—Debería… llamarle.
Él se detuvo en la página «Sobre nuestro Chef», la sección a la que sólo recurrían los mortalmente aburridos.
—No, no. Llama.
—¿De verdad? —Sonreí—. Sólo un segundo, prometido.
Me deslicé sobre la silla y contesté. Esperaba que mereciese la pena… Jon estaba empezando a impacientarse.
—Lo único que quiero que me digas, Becky —dijo Oscar—, es que tienes al presidente.
Lancé una mirada a Jon, que observaba a los octogenarios discutiendo sobre si elegir la ensalada de remolacha o la achicoria a la brasa. Quizás envidiaba su atmósfera sociable. Jo, qué mal se me dan las citas.
—Le he dejado tres mensajes a su abogado —dije—. Y si no responde, me planto delante de su oficina a esperar.
Es mucho más fácil controlar un reportaje que una cita.
Jon le hizo una seña al camarero.
—La cuenta, por favor.
Mucho más fácil.
Abrí los ojos de inmediato en cuanto sonó la alarma: la una y media de la madrugada. Un día más. Alcancé el mando de la tele del tocador. Good morning, CNN.
Encendí rápidamente la tele de la estantería. Guten Tag, MSNBC.
Y la tele que embellecía el arcón a los pies de la cama. Queridas noticias de la FOX: última oportunidad. Como no os portéis bien, os cambio por las noticias del satélite. Y va en serio.
Me cepillé los dientes, con un ojo en las encías y otro en el reflejo de la tele de la estantería en el espejo del baño. Nada, un montón de tonterías. Más vale que los otros productores metan la historia de los mosquitos, sobre todo después de haberme estropeado la cita con Jon.
Había sido un encanto. Con mis horarios, era raro conocer a alguien fuera del ámbito de los vigilantes nocturnos o los repartidores de periódicos. Hubo un panadero muy majo de Hoboken dos años antes, pero engordé diez kilos saliendo con él. No comía así desde que dejé la universidad.
Una barra de noticias se iluminó en la pantalla de la CNN. Me giré, cepillo de dientes incluido, para captar los detalles. A ver…, ¿un accidente en Phoenix? Bueno, nada. Seguro que allí, en Atlanta, tienen un concepto más amplio de «noticias».
Me vestí, agarré el maletín de mi portátil, el bolso, una bolsa con las cosas del gimnasio, otra bolsa con las carpetas de las historias en proceso y la chaqueta. Estaba metiendo la llave en la cerradura cuando apareció Jim, mi vecino, que venía de sacar a su perro pug.
—Buenas noches, Jim —saludé, manteniendo las distancias con su perro ladrador.
—Buenos días, Becky —contestó él.
Y así es mi vida. Quedo para cenar a las cuatro de la tarde, me voy a la cama a las ocho, y a la una y media estoy en pie, preparada para compartir las noticias importantes con el resto del mundo.
Eso en el mejor de los casos. A veces lo más importante acaba siendo los mejores sitios para comprar pollo ecológico más que el periodismo puro y duro. Pero ¿acaso las aves de corral no son de vital importancia para un ama de casa media de Edgewater? No hay ninguna ley que obligue a que todas las noticias hablen del Yemen o de Corea del Norte.
Una vez en el coche, empecé a hacer zapping con las emisoras. Rock suave, anuncios, un programa cristiano de llamadas… Ah, noticias. Tiempo, tráfico, vale, lo cubrimos, lo cubrimos ayer, un momento…, ¿qué lleva Kim Kardashian? Hummm. ¿Puede ser una prenda de moda? Nooo. Más de lo mismo. Que alguien me dé noticias de verdad. A ver si la radio pública…, ¡Háblame, NPR!
Paré a coger los periódicos y me metí en el aparcamiento del Canal 9.
Mi amiga y coproductora, Anna García, me abordó en cuanto entré. Por favor, que no sean más preguntas sobre mosquitos.
—¿Qué tal? ¿Cómo fue?
Unos años menor que yo, Anna tenía la virtud de seguir pensando que toda cita a ciegas es susceptible de ser la ocasión definitiva. Aunque eso era mucho más fácil siendo Anna García. Tenía una cara de ángel y cierta habilidad para la monogamia en serie. Desde que la conocía, sólo había estado soltera durante un mes; en total.
Quizás debería mentir y soltarle un cuento maravilloso sobre una noche de ensueño. O decirle que no llegué a casa hasta las tantas…, ¡hasta las nueve de la noche!
—Bastante bien —respondí—. Era majo. Eeeh…, se puede decir que nos caímos bien enseguida.
O por lo menos hasta que me puse a mirar la BlackBerry como una posesa.
Anna me contempló escéptica.
—¿No te pondrías a mirar la BlackBerry como una posesa?
—Sí —confesé—. Pero lo hice con mucha clase.
Anna soltó una risita. Ya, no me lo creía ni yo.
Capítulo
2
En la reunión de personal, me encontré con la marea habitual de ojos legañosos. Y es que hay personas que se adaptan a nuestros horarios mejor que otras. Mientras que yo quedaba para cenar pronto para poder llegar a los especiales de primera hora de la madrugada, algunos de mis compañeros todavía actuaban como si estuvieran de vacaciones en Barcelona. Mira Sam, por ejemplo. Sam seguramente se quedó anoche viendo el deporte. Cualquier deporte. Cualquier actividad que tuviera un mínimo de relación con el deporte —desde fútbol hasta natación sincronizada, pasando por agilidad canina—, Sam se consagraba a ella. Aunque paradójicamente no sabía ni botar una pelota, lo cual era siempre una decepción para todo el que buscaba gente para un partido o para una liga de oficina, ya que Sam medía dos metros. El lado positivo era que siempre se podía contar con él para llenar el programa con crónicas deportivas. ¿Cuánto duraría Sam en el Canal 9? Era demasiado bueno para este programa.
Y yo quería pensar que no era el único.
—¿Becky? —dijo mi jefe, Oscar—. ¿Por qué no empiezas contándonos qué tienes?
Saqué mi última carpeta.
—Tenemos a la campeona de un concurso de deletreo…
—¿Un concurso de deletreo? —preguntó uno de los productores con recelo.
Ah, espera y verás.
—Una campeona sorda de un concurso de deletreo —aclaré—. Es sorda, con lo cual no puede oír las palabras, así que se las comunican en lenguaje de signos y ella las deletrea con las manos. Es una historia muy buena.
Oscar no parecía muy impresionado.
—Pero si lo hace con el lenguaje de signos y es un concurso de deletreo, ¿cómo va a saber el público si lo hace bien?
Bingo. Sonreí.
—Su hermano hace de intérprete.
Oscar afirmó una vez con la cabeza.
—Y ahora viene lo mejor. Su hermano tiene un problema de dicción.
A Oscar se le iluminaron los ojos.
—Es para emocionarse —prometí. Todo el mundo se emocionaría. Ya veía los flases de la ceremonia de los Emmy iluminando la cara de Oscar.
—Suena fantástico —dijo Oscar—. Adelante con ello. A ver, ¿y quién está trabajando en lo del consejo de educación?
De nuevo hablé yo.
—Se reúne el día 8. Yo estaré allí. Parece que puede haber despidos en Newark.
—Estupendo. —Oscar se volvió hacia Sam—: ¿Y cómo va la carrera de caballos para el martes?
—Ya está todo listo —dijimos Sam y yo al unísono.
Oscar alzó las cejas.
Sam se encogió de hombros.
—Es que le pedí a Becky que me ayudara; como ella ha cubierto muchas…
—Vamos a alquilar un camión pequeño —añadí—. Es más barato y nos permite estar más cerca de la acción. Había pensado incluso en mandar a alguien al grupo de los ganadores.
—¡Es una idea buenísima! —exclamó Sam. Le encantaban los grupos de ganadores.
—Pero ¿cómo vamos a…?
—Nada, mandamos al equipo que se cuele por debajo de las cuerdas, y luego que intenten conseguir una entrevista del jinete ganador.
—O del caballo —añadió Anna en voz baja.
Le propiné una patada por debajo de la mesa.
Después de la reunión, me pasé por la sala de control del estudio para echar un vistazo al programa. El Canal 9 no era precisamente el no va más de la programación comercial. El decorado era demasiado a lo Mad Men para mi gusto. Sin embargo, como no se había renovado en medio siglo, supongo que gozábamos de los beneficios adicionales de ser retrochic.
Detrás de nuestro presentador, Ralph, se veía un trozo de pintura desconchada justo al fondo.
¿Existe también el estilo retrochic andrajoso?
Ralph era otra reliquia. Llevaba haciendo el programa cinco juegos de peluquines, si los archivos de peluquería y maquillaje no mentían. También era sólido como una roca, y decía cosas como «Buenos días, Nueva Jersey, son las cuatro y treinta y ocho de la mañana» como si fuese la primera vez que anunciase las cuatro treinta y ocho en directo, en vez de ser la número cuatro mil.
—Vamos un momento con el tráfico —estaba diciendo Ralph—. El túnel Holland continúa con retenciones debido a un camión volcado en el carril derecho. Las autoridades esperan que se despeje en menos de una hora.
Su copresentadora, Louanne, era otra historia. El programa no había vuelto a ser el mismo desde que dio a luz a los mellizos, hacía ocho meses. Yo soñaba con el día en que el pequeño Oliver y la pequeña Madelyn empezaran a dormir por las noches. Si ellos durmieran más, Louanne dormiría menos… en el plató. Si antes lo digo…
—Ay, Dios, otra vez.
Otra siestecita en pantalla. O, mejor dicho, ¿cómo lo llamó el médico después de su último control de rendimiento?, microsueño, eso es. En fin, como sea.
—Plano individual de Ralph —le susurré al director.
Pulsé el botón del auricular del regidor.
—Fred —le dije—, ¡acción!
Louanne empezó a cabecear.
—Pero hasta entonces —continuaba Ralph— se esperan retrasos desde Ridgefield Park hasta la carretera 78. Y hasta aquí el repaso del tráfico y el tiempo. A continuación, hablaremos con un experto que afirma que las vitaminas de nuestros botiquines pueden estar llenas de toxinas. Acompáñenos en este viaje donde conoceremos los peligros que se esconden en nuestra propia casa.
Un taco de post-it salió silbando, cruzó la mesa y alcanzó a Louanne de lleno en un lado de la cabeza. Se despertó sobresaltada.
Fred estaba en un extremo del plató, con un lápiz en una mano y una manzana en la otra, preparado para lanzar esos misiles en caso de que la advertencia de los post-it no fuera suficiente.
Escarmentada, Louanne sonrió a cámara.
—Todo esto y un repaso a los deportes cuando lleguemos a en punto.
Sacudí la cabeza y volví a pulsar el botón del auricular.
—Menudo lanzamiento, Fred. Eres un fiera.
Un fiera que seguramente había sido quien pintó el plató en los años sesenta.
El curtido Fred me sonrió y se puso a hacer malabares con la manzana y el lápiz.
—No problem!
Anna me hizo un gesto desde el puesto del tiempo y me reuní con ella justo en el momento en el que Harold, el meteorólogo rapero —rapero bien blanco— empezaba con su rollo.
—La lluvia caerá cuando vayas a comprar, paraguas y chaqueta deberás coger, si no, te tocará correr…
Anna se estremeció.
—Pero ¿realmente esto funciona con este tío?
Me encogí de hombros.
—A la gente le encanta.
—Luego despejará, y calorcito tendrás… —rapeaba Harold. Sabe Dios por qué, pero a la gente le encantaba de verdad.
—Yo también soy gente —refunfuñó Anna—, y a mí no me gusta. Y «despejará» rima mal con «tendrás».
—Es asonante. —Levanté la cabeza hacia Harold mientras éste advertía a los espectadores que cancelaran la caza de patos debido al frente frío que se acercaba.
—¿«Calorcito tendrás»? —cont
