Los ojos del bosque

Lydia Leyte

Fragmento

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ÍNDICE

Portadilla

Índice

Los ojos del bosque

Introducción

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

«Arístides del Valle»

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Mi sincero agradecimiento

Notas

Sobre la autora

Créditos

Grupo Santillana

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LOS OJOS DEL BOSQUE

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Para castigar a los hombres por haber aceptado los regalos de Prometeo, Zeus ordenó a Hefesto que modelara a una mujer muy bella con agua y barro. Cuando estuvo lista, los dioses le otorgaron todos los dones. Atenea la engalanó y la enseñó a tejer, Afrodita le confirió gracia y pasión, las Gracias la adornaron con cintas de oro y las Horas con flores de primavera. Hermes le otorgó el habla, pero también puso en su corazón palabras falsas y capciosas.

Zeus la bautizó. La llamó Pandora, puesto que había sido creada con todos los dones de los dioses. Y se la envió a Epimeteo, que se enamoró de ella y, desoyendo los consejos de su hermano Prometeo, la tomó como esposa. De esta manera Pandora vivió entre los hombres y gozó de absoluta libertad entre ellos.

Sin embargo, se le ordenó que jamás destapara la vasija de barro que se le había entregado. Ella, tentada por la curiosidad, la abrió. De allí salió una nube negra que llevó consigo todo tipo de calamidades al mundo. En el último momento la cerró, espantada por lo que había hecho.

Así logró dejar en el fondo un pajarillo verde.

Era la esperanza.

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CAPÍTULO
1

Cristina Olabide lanzó exasperada el lápiz sobre la mesa. Con los ojos clavados en él fue siguiendo su errática trayectoria por la pulida superficie del escritorio camino del abismo. Contra todo pronóstico, el fino cilindro se detuvo justo al borde. Se preguntó cuánto tiempo aguantaría en esa posición tan inestable. Y cuánto aguantaría ella misma antes de hundirse en el terreno pantanoso por el que caminaba en los últimos tiempos. Movió la mesa hasta que lo vio precipitarse al vacío.

Era increíble lo que llegaba a hacer el aburrimiento. O la pura desesperación. La impotencia que sentía por no encontrar remedio para los graves problemas a los que se enfrentaba la tenía consumida. Procuró olvidarse de los jueguecitos y centrarse de nuevo en la hoja de papel donde acababa de dibujar la pieza estrella de la temporada otoño-invierno. Una chaqueta corta de tono gris metalizado, tejida a mano en alpaca y seda. Un lujo que se vendería a un precio desorbitado. Pero ese día ni siquiera la ambición por el vil metal lograba interesarla. Era hora de dejar el trabajo. Aunque se encadenara a la silla no iba a conseguir centrarse.

Salió del despacho y cruzó apresurada, casi de puntillas, el taller donde se tejían las costosas prendas artesanales que llevaban su nombre. Por nada del mundo quería que alguna de sus empleadas la entretuviera con cualquier pequeño problema. A medida que se alejaba, el sonido rítmico del entrechocar de las agujas de lana y la música de Kiss FM se fue diluyendo, absorbido por los gruesos muros de piedra. Sus tacones, sin embargo, retumbaron con fuerza en el angosto pasillo cubierto con una antigua bóveda de ladrillo visto.

En cuanto llegó al zaguán de la vieja casona se detuvo de golpe. Permaneció pensativa un buen rato, sin decidirse.

Estaba ante un dilema. Pequeño, pero dilema a fin de cuentas. Una lucha entre el deber y el placer, la constante de su vida. Subir a la cocina y tratar de apaciguar a su vieja tata o escaparse con sus perros al apacible soto junto al río y tranquilizarse, es decir, apaciguarse a sí misma.

Miró hacia las escaleras y ahora le parecieron algo así como una loma muy empinada, más oscuras y tenebrosas que nunca. En lo alto no la esperaba un castillo encantado, ni tampoco un cofre lleno de monedas de oro rodeado de pequeños trolls, sino nuevas preocupaciones y el malhumor de Amparo. Por otro lado, el paisaje que veía a través de la puerta principal la tentaba. El leve rumor de la naturaleza que llegaba hasta ella era un dulce y melodioso cántico de sirena. Al fin, después de tantos días lluviosos, el sol presentaba el otoño en todo su esplendor.

Escoger la charla con Amparo e insistir de manera repetitiva sobre el mismo tema era la peor opción, lo sabía. Aunque era la correcta.

Dos días antes la mujer había entrado en la cocina cargada con las bolsas de la compra, portando las últimas noticias del pueblo. Se la veía fatigada por el esfuerzo, pero sobre todo roja de indignación.

—Marianito también ha vendido. —El tono era apremiante, como el de quien avisa del inmediato estallido de una bomba.

No se le ocurrió ni por un momento bromear, ni con las palabras ni con el tono. Bajo ningún concepto. Amparo no se lo perdonaría. En ese asunto era imposible razonar con ella. Se limitó a ocultar la inevitable sonrisa tras la taza de té. La quemadura que notó en la punta de la lengua la ayudó a poner una cara lo bastante seria antes de responder, tras unos instantes y sin levantar demasiado la voz.

—Bueno, está en su derecho, ¿no?

—¿En su derecho? ¿Dices en su derecho? ¡Venga ya! En su derecho —hablaba casi a gritos—. Es una traición. Eso es. Sí señor. Y de las gordas —remarcó, apuntándola con el dedo índice para dar más énfasis a la frase.

—Vamos, Amparo. Marianito no sabe lo que es la traición. Aunque se la encuentre de frente y con un cartel luminoso en el pecho. Necesita dinero, simplemente.

—Dinero, dinero. En eso se basa todo. En las perras. Y aunque no te lo creas —dijo, volviéndose hacia ella, todavía más roja de ira—, ese tiene cuartos para dar y tomar. ¿Para qué va a querer más? Si es un viejo…

—El dinero nunca sobra. Y a él, menos. Han tenido muchos gastos esta temporada.

Su paciente respuesta la exaltó aún más. Amparo la consideraba una inocentona. No se podía ser tan comprensiva con todos, y menos en vista de la cicatería de sus vecinos.

—Te recuerdo que esas tierras pertenecieron a tu familia durante generaciones, hasta que a tu abuelo, a quien Dios tenga en su gloria —se persignó al hacer la jaculatoria—, se le ocurrió entregarlas a sus jornaleros. Nunca he llegado a entender por qué todo un señor como él hizo semejante cosa.

Ella había dado otro sorbo a su taza de té. Amparo podía ser temible cuando se enfadaba. Y ese día ya lo estaba bastante. Siempre hacía la señal de la cruz con devoción cuando nombraba a algún Olabide desaparecido. Unos santos, a su juicio. Ella, sin embargo, tenía serias dudas acerca de la santidad de sus antepasados.

—Tú lo has dicho, Amparo, esas fueron las tierras de mi familia. Ahora son de él y de los otros habitantes del pueblo. Si quieren pueden desprenderse de ellas.

—¡Pues vaya! Menuda cosa me cuentas. Y todo para entregárselas a unos de fuera que quieren construir un hotel. ¡Un hotel! A ver qué necesidad tenemos de otro hotelito, como si ya no hubiera bastantes…

—Son de Bilbao, no de la China. Y va a ser un hotel distinto de los que hay por aquí. Un hotel con spa, un balneario un poco selecto…

—De lujo, vamos —rezongó Amparo—. Es lo único que importa a la gente. Ni crisis ni no crisis. ¡Ave María! Con la que está cayendo.

—Cálmate, ¿vale? Ya te he dicho que no pienso vender. Por lo demás, Marianito ya tiene suficiente edad para saber qué es lo que quiere. Me parece que ya no volverá a cumplir los setenta —la joven hablaba procurando no hacer caso de los bufidos de enfado de la mujer—. Lo mismo que tú, ¿verdad?

La mujer gruñó ante aquel sarcasmo malintencionado.

—Es más viejo. ¡Dónde va a parar! ¡Si está hecho un carcamal!

El hecho de que Marianito fuera el propietario legal del inmueble no era, en modo alguno, justificación suficiente para la fiel Amparo. Todo lo contrario: aquello era alta traición. A sus años, la vieja tata se regía por principios casi feudales, tales como el espíritu de servicio y la fidelidad absoluta al señor, sin darse cuenta de que el feudalismo se había extinguido allá por la Baja Edad Media, unos cuantos siglos atrás, pensó la joven. Amparo había perdido ya hasta el apellido de su familia. Era solo Amparo. Se había pasado toda su vida sirviendo a los Olabide, y su cuerpo y su alma pertenecían tanto a la familia como a la enorme casona en la que ambas habitaban.

Para ella lo que estaba pasando era poco menos que un sacrilegio, y si no lo calificaba así era por no ofender a Dios.

La vieja se puso lúgubre.

—Esto va a traer cola, lo creas o no. Si ya lo dice el refrán. La avaricia rompe el saco. Y este pueblo no volverá a ser el mismo. Tu abuelo, que en gloria esté, no sabía lo que se hacía. ¡Nooo! ¡Venga ya, qué iba a saber! Pero había que aguantarse porque él era el mandamás. Pero fíjate bien lo que te digo. Fue una locura. Una gran locura. ¿Entiendes lo que te digo?

Cristina sabía muy bien lo que decía, claro. En un rapto de demencia, a juicio de la vieja tata, su abuelo Andrés Olabide había vendido parte de la propiedad a sus trabajadores por cuatro perras.

La intención del terrateniente, aunque todo el mundo supusiese lo contrario, no tuvo nada de filantrópica. Su astuto propósito era retenerlos allí para que siguieran explotando la hacienda. No quería que emigraran a Europa o a las zonas más industrializadas de la península.

—Era lo que tenía que hacer. Nada volvería a ser como antes. Hoy el pueblo se mantiene vivo gracias a aquella decisión.

—El pobre señor… —No hacía caso a las palabras de Cristina—. Siempre tan arregladito, tan elegante. Hecho un pincel iba a diario. Parece que lo estoy viendo, sentadito en su despacho, escribiendo papeles y más papeles.

La imagen del abuelo Andrés se le presentó a Cristina más nítida que nunca. El hombre había dedicado sus últimos años a escribir una crónica de la familia Olabide y su relación con la extensa comarca que habitaban desde tiempos inmemoriales, entre La Rioja y Navarra, bañada por las aguas del río Alhama.

—Cuánto esfuerzo dedicó a esa historia. Y a la de su hermano gemelo, Julián, el que desapareció de forma tan misteriosa. —La tata hizo esta aclaración como si Cristina no hubiera oído hablar de él en su vida—. Doña Julia, tu abuela, y él llevaban su búsqueda en secreto. Los dineros que gastó… En fin. Todo un señor, de los que ya no hay.

Mientras salmodiaba, se dirigió al otro extremo de la cocina, hasta desaparecer en el interior de la inmensa despensa, en otros tiempos llena.

Ella se había mantenido en silencio. Con la sola mención de la palabra dinero se ponía a temblar. Y además conocía de sobra a Amparo. Había aprendido cuándo era conveniente mantener la boca cerrada. Así siempre quedaba la esperanza de que la mujer dejara de dar vueltas al asunto hasta la desesperación. Si no se calmaba, acabaría trastornándola con sus malos augurios.

Y esa última idea fue la que inclinó la balanza. No pensaba subir a que le calentara más la cabeza. Tenía un rato de asueto y lo aprovecharía en su beneficio. Se largaba a pasear por la senda del río, a disfrutar del día, de la compañía de sus perros y de la tranquilidad espiritual que le transmitía la naturaleza en calma.

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Bruno López Elorza, cuyo primer apellido se había convertido en una simple L fagocitada por la sonoridad del segundo en la firma de documentos importantes, detuvo la moto al borde del camino. Se apeó con movimientos pausados, la asentó bien sobre el caballete y apoyó la espalda en ella al tiempo que se quitaba los guantes y el casco. Permaneció quieto, mirando sin ver el espléndido paisaje de luminosos tonos amarillos que se presentaba ante sus ojos.

Estaba desconcertado. No dejaba de preguntarse qué mierda hacía plantado en mitad de la nada a esa hora tan temprana, qué extraña locura le había atacado para abandonar todos sus asuntos y recorrer de aquella manera unos cientos de kilómetros.

Ni que alguien hubiese puesto precio a su cabeza.

Podía justificar ese imprevisto viaje por la necesidad de tomarse un merecido descanso. Su socio y él no habían disfrutado nada del fin de semana. Estuvieron repasando los cálculos de estructura del edificio proyectado para una zona recién urbanizada de Zaragoza. Pero no, no era eso. No debía engañarse, y menos culpar a una profesión de la que seguía enamorado.

También podía achacar la extraña huida al orgullo pisoteado. Al menos eso sintió cuando los ejecutivos de su empresa le comunicaron que la señora Cristina Olabide no se atenía a razones. Por lo visto a la «dama» le importaba un comino el proyecto al que él había dedicado tanto esfuerzo y sacrificio.

—Una mujer orgullosa, fría… Se mantuvo en sus trece. Nos echó con cajas destempladas. Dijo que no pensaba vendernos ni la tierra de una de sus macetas.

Eso era lo que había dicho resentido el mayor de los dos que la habían visitado. Y el más joven completó el retrato, con cierta melancolía, a su modo:

—Guapa, joven, elegante…

Le traía sin cuidado su descripción y el impacto que le causaba a aquel tipo. En ese instante solo quería decirle cuatro frescas. Seguro que ni siquiera le importaba la finca en sí, que solo quería impedir que se construyera al lado. Por eso se había opuesto. Era cierto que ese maldito terreno no afectaba decisivamente a su proyecto, pero con él se crearía un interesante punto de fuga en el complejo, un juego arquitectónico lleno de plasticidad. Movió la cabeza con fuerza, intentando despejar su mente, cargada por semejante cúmulo de ideas y sensaciones.

Se separó de la moto y echó a andar por la senda, con el paso lento propio de quien está abrumado por sus pensamientos. A la izquierda, las aguas del río bajaban revueltas, impetuosas, inundando las orillas y horadando la tierra entre los troncos de los árboles. Él ni se detuvo a observar los bellos estragos de la naturaleza. Trataba de encontrar una explicación lógica al impulso que le había obligado a ponerse en camino sin pérdida de tiempo, con la necesidad vital de llegar cuanto antes a ese preciso lugar. En ese preciso instante.

Tampoco quería analizar ese otro absurdo pensamiento. Jamás había escuchado voces interiores o cosa semejante. No era hombre que pudiera presumir de demasiada imaginación. La suya solo tenía un registro, el que dedicaba al diseño de los edificios que levantaba, y ahí sí que se desbordaba. ¡Voces interiores! Por favor, si era un incrédulo. Ni lo fantástico ni lo fantasmagórico despertaban su atención. La sola mención de esas palabras dibujaba en su rostro una sonrisa condescendiente. Para él lo demoníaco y lo divino convivían en el reino de la superchería. Eran viejísimas historias, leyendas de la cultura ancestral de los pueblos, para la gente simple. Por no creer, ni siquiera creía en el más allá. Y sin embargo…

Se había despertado unas horas antes, cuando las farolas de las calles aún estaban encendidas. Permaneció un buen rato recostado en la cama, con los ojos abiertos. Escuchó atento el sonido de la ciudad. Todo estaba en su sitio. Menos su corazón. Latía errático. Le golpeaba con fuerza en el pecho. Su inquietud fue creciendo por momentos hasta convertirse en verdadera angustia.

La idea del infarto se le pasó por la cabeza. A sus treinta y cinco años trabajaba más horas de las que tenía el día. Su mente era una máquina hiperactiva cargada de proyectos. Se alimentaba a base de cafés, donuts y pizzas, que comía a salto de mata. Apenas se cuidaba. Su cuerpo delgado y musculoso era un regalo de la genética, del abuelo Elorza. Su nerviosismo iba en aumento junto con un molesto hormigueo en brazos y piernas. Se mantuvo a la espera. De pronto, la idea estalló en su mente. Fue un intenso fogonazo. La rechazó de plano. Pero poco a poco empezó a calar de manera persistente en su interior.

Se levantó apresurado. Se vistió con el mono de goretex sin apenas secarse tras la ducha, se bebió un café y bajó al garaje. Cuando estuvo sentado sobre la moto, no dudó un instante sobre su destino. Sabía cuál era.

Necesitaba volver al lugar, al inmenso terreno del que era propietario. Allí se iba a levantar el sueño largo tiempo acariciado.

Un hotel. Ya casi saboreaba cada una de las letras que componían esa palabra: H-O-T-E-L.

Moderno, minimalista, dotado de todos los lujos, lo bastante atractivo para convertirse en un referente en su género y entrar a formar parte del grupo de los grandes establecimientos europeos.

La figura de un perro entre blanco y rojizo, surgido de la nada, cortó de pronto su ensoñación.

Bruno permaneció inmóvil.

El animal lo observó a prudente distancia. Izó el rabo en señal de alerta. Elevó las caídas orejas hasta arrugarlas en la frente. Olfateó el aire. Absorbió su olor. Debió de parecerle un hombre de confianza. Lanzó un ladrido corto, movió la cola en un alegre vaivén y se lanzó corriendo a su encuentro.

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Los perros desaparecieron antes de que ella pudiera cerrar la pequeña y pesada puerta de madera. Pero a Cristina eso no le preocupaba. Sabía que la esperarían un poco más adelante. Incluso el inquieto Zar volvería a buscarla. El animalillo, y no quería dotarle de rasgos humanos, pues no era más que un perro y a ella le gustaba que lo fuera, solía contemplarla con mirada impaciente. Parecía preguntarse por qué los humanos se movían de forma tan lenta para todo.

Caminar despacio por esa zona la ayudaba a pensar. Tranquilizaba su espíritu. Aunque a veces también la llenaba de melancolía por recordarle tiempos pasados. Aquel había sido el lugar de sus juegos infantiles, de las mojaduras y baños estivales en ropa interior, a escondidas de los adultos, de las confidencias adolescentes con su amiga Mari Cruz. Después solía haber consecuencias poco agradables. La abuela Julia le soltaba una sonora bronca cuando la veía llegar con aquellas pintas, a su juicio impropias de una Olabide.

Los ladridos excitados de su spaniel la sacaron del ensimismamiento. Temió que Zar estuviera asustando a alguien. Era demasiado cariñoso y quien no le conociera podría malinterpretar su actitud.

Apresuró el paso y al poco se quedó paralizada en un recodo del camino. Allí, donde nunca había nadie, estaba un hombre. De presencia atemorizadora.

Era muy alto, bastante delgado, con hombros anchos potenciados por los protectores de la cazadora. Su rostro afilado, con aire de calculado desaliño, oscurecido por una incipiente barba, le daba un aspecto inconformista, contracultural, muy a tono con su vestimenta negra de pies a cabeza. Llevaba un traje de moto de goretex y botas de caña alta. La imagen de aquellos violentos ángeles del infierno de las películas americanas de los años setenta acudió a su mente. Estuvo a punto de escapar corriendo por donde había venido, pero se contuvo. No parecía que fuera a atacarla, al menos de momento. Se lo estaba pasando demasiado bien.

Jugaba a lanzar ramitas al río, que Zar recogía y luego depositaba a sus pies. Era un comportamiento natural en el perrillo. Nadie le había enseñado, pero el instinto cazador estaba inscrito en sus genes. El hombre se agachaba sin esfuerzo, con una flexibilidad que a ella le llamó la atención. Cogía una rama, estiraba su musculatura, adoptaba la soberbia postura de un discóbolo de la Grecia clásica y la lanzaba. Cuando la descubrió, se quedó con el palito en la mano y con parsimoniosa lentitud se giró hacia ella.

Una nube baja oscureció el bosque de pronto. Una brisa tibia y húmeda se fue levantando poco a poco. Las hojas se descolgaron de los árboles en una lluvia amarillenta y tapizaron la hierba rala del camino.

Una ligera ráfaga revoloteó alrededor de Cristina. Tiritó con un ligero escalofrío. Los ruidos habituales del bosque parecieron quedar en suspenso. Ni siquiera escuchaba la cadencia monótona del agua del río. Su corazón latió con fuerza.

Pensó si tendría ante ella al mismo Mefistófeles.

El silencio se rompió de golpe. Primero sonó el graznido de un grajo, después, el ladrido corto, agudo, de Zar. A continuación su propia voz. Plana, insustancial, con aquel tono que era una manera de vencer el pánico. Se escuchó a sí misma, temblorosa.

—¡Menudo susto me has dado!

El hombre no habló. Se volvió del todo hacia ella y sonrió. A Cristina le pareció una sonrisa franca, amigable. Los rasgos de su rostro parecieron suavizarse. La joven se tranquilizó.

—No dejes que te molesten —continuó nerviosa—. Zar suele ser demasiado efusivo.

Su perra, Cara, se detuvo ante ella y la contempló con dulce mirada.

Los ojos del hombre, de un luminoso color miel, se clavaron burlones en su persona.

—¡Hola! —Dio un ágil salto hacia atrás para esquivar al impulsivo animal—. ¡Eh, amiguito! Estate quieto un momento. Tengo que saludar. Siento haberte asustado. También para mí ha sido una sorpresa encontrar a alguien por aquí. ¿Son tuyos? —Señaló a los animales. Su voz era serena y profunda.

—Sí, son míos. Él es Zar y supongo que a estas horas ya te habrá vuelto loco. Le encanta jugar con palos. Ella es Cara, su madre. Aunque son de la misma raza, a ella no le gusta demasiado el agua. Le molesta que se la obligue a bañarse.

—No se me habría ocurrido en la vida. Soy muy respetuoso con los deseos de las damas. —La sonrisa amigable chispeó sus ojos—. Tampoco he querido intentarlo. Parece que no se fía de mí. Se ha sentado cerca del recodo por el que has aparecido y se ha quedado vigilando.

—Cara es muy desconfiada con los extraños. Se considera mi guardiana, aunque su constitución no le permita hacer grandes alardes. En el fondo le gustaría ser un gran mastín de dientes afilados.

El hombre soltó una sonora carcajada. Cristina vio la transformación de aquel rostro. Unas ligeras arruguitas aparecieron de forma natural en la comisura de los párpados. Sin duda ese hombre estaba acostumbrado a la risa. Su rostro había perdido aquella expresión temible del instante sorpresivo del encuentro. Tal vez era en realidad un ángel algo oscuro, y no el diablo.

Ella decidió continuar su camino, pasar de largo. Pero Elorza adivinó sus intenciones y quiso retenerla un poco más. Le gustaba esa sonrisa evasiva con la que pretendía establecer una prudente distancia. Amable, sin llegar a ser accesible. Y aquel mechón dorado, tan díscolo, que ella se empeñaba sin mucho éxito en retener detrás de la oreja.

Cuando la había visto aparecer había pensado que era una chiquilla. Su delgadez y su estatura así se lo habían hecho creer. No debía de medir más de un metro sesenta. Llevaba el pelo rubio sujeto por una coleta. El impermeable, bastante usado y abrochado hasta arriba, y las botas rojas de goma, de Hunter, acentuaban el engañoso aspecto infantil.

Solo cuando se acercó se dio cuenta de que era una mujer. Una mujer de rasgos delicados, con el miedo reflejado en los ojos. Trataba de ocultarlo, pero para él fue evidente que estaba asustada.

A pesar de todo, le había saludado. Y él hubiese querido tener un mágico frasco de cristal a mano para guardar el sonido de aquella voz. Baja, aterciopelada, dulce y amarga a la vez, como un buen chocolate belga.

¿Quién es este hombre?, se preguntó ella sin estar segura de si debería continuar su camino.

Él pareció leerle el pensamiento.

—Creo que debo presentarme. Más que nada para quitarte el susto del cuerpo. Soy Bruno, no el ogro de los pantanos.

Bruno a secas, pensó ella. Sin apellido ni origen conocido, un ser salido de la nada.

—Encantada, Bruno. —Habló con voz risueña—. Y no estoy asustada, solo sorprendida. Me estaba preguntando qué hacías por aquí. Poca gente de fuera conoce este sendero.

Él contuvo la sonrisa. No pensaba contarle las veces que lo había recorrido. Ni siquiera las que se había quedado de pie, en ese mismo sitio, contemplando absorto las aguas del río. Turbias en primavera, cristalinas en otoño. Ni tampoco las escapadas que había hecho para extasiarse ante el espectáculo de los colores de los árboles, con sus verdes ácidos, los luminosos amarillos y aquellos marrones rojizos. Ninguno de sus amigos creería posible esa comunión de Bruno Elorza con la naturaleza, y él se había guardado muy mucho de revelársela. Todos creían que para él el paisaje no era una vivencia física, sino algo similar a la pintura. Un fondo sobre el que destacar las figuras humanas y arquitectónicas, auténticas protagonistas de la historia que el artista quería narrar. Un mero escenario.

—He dejado la moto en la carretera. Paré un momento a descansar y descubrí por casualidad el camino junto al río. Así que decidí seguir el sendero. —Señaló con la mano el camino—. Es un sitio muy tranquilo. Aunque aquí, mi amigo, llegó dispuesto a terminar con la paz bucólica y despertar a las ánimas del bosque.

Cristina no creyó lo que contaba. No tenía pinta de ser un excursionista en busca de territorios ignotos. Le parecía que era de esos hombres que van a tiro hecho. Su parquedad de palabras y ademanes así se lo sugería. Por alguna razón no le estaba diciendo la verdad. Pero le daba igual, a ella tampoco le apetecía conocerla. Lo más probable era que tuviese ganas de orinar y hubiera buscado un lugar apartado.

—Ya te lo he dicho, Zar es un alborotador nato. Y en cuanto a las ánimas, no se te ocurra bromear con ellas.

—¿Ah, no? No me irás a decir que por aquí anda suelto algún fantasma y le hemos molestado con nuestros juegos —dijo el hombre con alegre ironía.

—¿Te lo tomas a broma?

—Para nada. Estoy dispuesto a creer cualquier cosa que me digas. No todos los días se encuentra uno con un hada o un gnomo andando por el bosque.

Cristina arrugó el ceño, un gesto en clara contradicción con la serenidad de su rostro. Y a él le gustó. Había logrado que desapareciera el temor de sus ojos.

—¿Un hada? ¿Te estás quedando conmigo en presencia de mis perros?

—¡Ah! Es cierto. No son las hadas, sino los temibles guardianes del bosque —exclamó dándose una palmada en la frente.

—No irás de duro escéptico por la vida, ¿verdad? —De nuevo le dedicó una de aquellas sonrisas que le encendían—. Pues, aunque no te lo creas, la leyenda cuenta que aquí hay un fantasma. E incluso algún lugareño dice que lo ha visto.

—¿Cuántas copas llevaba encima ese lugareño?

—Ninguna. En las noches sin luna la gente no se atreve a tomar este camino, aunque es un buen atajo para llegar al pueblo. —Cristina hablaba con tono medio burlón medio serio.

—Ya. —Elorza se ponía cada vez más socarrón—. ¿Y el fantasma es…?

—No te rías. Son cosas demasiado serias para bromear con ellas… Es una mujer. Murió cerca de aquí.

—¿La quemaron por bruja hace quinientos años?

—Te digo que no te burles… Fue a principios del siglo pasado, allá por los años veinte.

—Seguro que ofendió a alguien importante y este decidió ahogarla.

—Algo así. Cuentan que la arrojaron desde el puente medieval que hay un poco más allá, en la antigua entrada al pueblo. Por lo visto era muy joven y bella. Nunca pudieron demostrar quién había sido, pero las malas lenguas culparon a un amante despechado. Por lo visto ella estaba prometida en matrimonio con un rico hacendado de la zona. Él no lo aceptó y antes de que fuera de otro, la mató. Celos, ya sabes. Son tan antiguos como el mundo. La vieja historia que no deja de repetirse.

Aunque no tenía ni idea de semejante leyenda trágica, él conocía el puente, desde luego. Su amor por la arquitectura le impulsaba a conocer y estudiar cualquier construcción antigua. Ignoraba que hubieran asesinado a alguien allí. En fin, eso justificaba la aprensión de la chica al ver por allí a un desconocido, aunque el crimen, de ser cierto, era ya muy antiguo.

—No te preocupes. He venido en son de paz, hoy no tengo intención de asesinar a nadie.

Y cruzó los brazos sobre el pecho, como hacían algunos arrogantes protagonistas de las películas de indios y vaqueros. Parecía relajado, dispuesto a continuar la conversación todo el día. Sin duda se estaba divirtiendo. Y ella también, reconoció la joven con sorpresa. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto.

Cristina rio de nuevo. Bruno Elorza sintió un leve estremecimiento de placer. Esa mujer le atraía demasiado. Si no ponía punto final al encuentro se le echaría la noche encima escuchando su risa y sus historias. Poseía la voz hechicera de una Sherezade. Y unos ojos de color azul oscuro, insondables, como un lago en el que cualquier hombre desearía ahogarse.

—Voy hacia la Torre de Olabide, ¿puedo seguir por aquí?

—No. Este sendero sigue la curva del río y llega al pueblo. Pasa por detrás de la propiedad de los Olabide, pero no puedes acceder a la casa —habló un poco atropellada, preguntándose si debería franquearle el paso por la puertecilla del acceso norte—. Será mejor que vuelvas sobre tus pasos hasta la carretera. Tomas a la izquierda y enseguida verás la entrada. No hay confusión posible es la primera casa del pueblo.

—Gracias, eso haré.

El hombre hizo una caricia distraída a Zar y se despidió de ella.

—Seguro que nos vemos por aquí —dijo alejándose a grandes zancadas.

—Bruno, una cosa. —Al oírla él volvió la cabeza con expresión interrogante—. ¿Vas a hospedarte en la torre?

Él pareció dudar un momento antes de responder. Algo similar a una sonrisa asomó a sus labios, pero sus ojos permanecieron serios. No debía de gustarle que la gente inquiriese sobre sus asuntos.

—¿Hay algún problema si lo hago? ¿Algún cadáver escondido en un armario de la mansión?

Cristina ahora se sintió incómoda. ¿Cómo podía bromear así sobre su casa? Claro que él no tenía ni la menor idea de que iba a hospedarse en su casa.

—Pues claro que no… Al menos que yo sepa. Adiós, Bruno, feliz estancia.

Se alejó. Cristina se quedó clavada en el mismo sitio hasta que le vio desaparecer. Su perro la contempló con mirada ofendida. En el fondo creía que ella había espantado a aquel hombre tan fantástico que jugaba con él y no le reñía por introducirse en las plácidas aguas del río.

—Vamos, chicos. Será mejor que regresemos.

Desde la distancia oyó el rugido de una potente moto que se alejaba. Volvió a preguntarse quién sería aquel hombre y para qué iba a su casa. No parecía un amante del turismo rural. Era probable que algún antiguo huésped le hubiera hablado de ese encantador lugar. Una pena no haber pasado más tiempo con él. Poseía rasgos atractivos. Unos ojos llenos de luz y una sonrisa que le había hecho vibrar por dentro. Ya no recordaba cuánto tiempo hacía que no la impresionaba un hombre de semejante manera. Tal vez aún tendría ocasión de verlo de nuevo.

Se encogió de hombros. Amparo se las apañaría bien con aquel enorme individuo.

Regresó por donde había venido. El rostro de Bruno la acompañaba. Un hombre interesante, capaz de seguir una broma. No todos sabían o podían hacerlo. Tal vez se encontraran de nuevo en la torre. Daría cualquier cosa por contemplar su cara de sorpresa.

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CAPÍTULO
2

Esta mujer me ha dejado sin aire. Pero… ¡seré burro! —Dio una patada llena de rabia a una piedra—. ¡Si ni siquiera sé su nombre!

La imagen de la joven estaba grabada a fuego en su pensamiento. Añoraba ya su sonrisa esquiva; la profundidad de su mirada, envuelta en un terciopelo azul como la noche. Por un instante sopesó la idea de dejar tirada la BMW. Podía regresar a buscarla más tarde. Le había gustado tanto el ligero coqueteo. La charla amigable, tan natural. O podía buscar una disculpa. El deseo de seguir jugando con los perros, por ejemplo. A él siempre le habían gustado, aunque jamás tuvo ninguno. Su madre no se lo hubiera permitido en el pisito en el que había transcurrido su infancia.

Desechó la idea. «Un hombre no debe correr detrás de unas faldas», sentenciaría su padre. El destino actuaba con justicia. Volvería a unirlos. Casi soltó una carcajada. No estaba mal la idea para un incrédulo como él. Ahora estaba seguro de que los hechos tan extraños vividos desde la madrugada no eran más que el preludio de su encuentro con ella. Puso en marcha el motor de la moto. Sintió un escalofrío de placer en la espalda al oír su rugido. Recorrió con calma la corta distancia que le separaba de la Torre de Olabide, recordando la primera impresión que le causó el pueblo. Un lugar bello en el que empezaba a notarse la decadencia económica. La en otro tiempo potente industria del alabastro empezaba a hundirse ante la fuerte competencia china.

Se detuvo ante el alto portalón de entrada, se apeó y se entretuvo observando el caserón en el que se iba a hospedar.

Era la típica casa señorial de la zona. Tenía balconadas de forja, con maceteros de barro cocido, algo deteriorados, llenos de flores. Adosada a ella estaba una rechoncha torre medieval fortificada. Conservaba en perfecto estado el arco de medio punto de la puerta de entrada, con el escudo encima de la clave. Unas pequeñas troneras aparecían salteadas aquí y allá. Los distintos aparejos, rústico el del torreón, de sillería y ladrillo visto el de la mansión, podrían haber dado como resultado una construcción estrambótica, pero su simbiosis era tan perfecta que no se podría imaginar la una sin la otra.

De ahí que el nombre Casa-Torre de Olabide no llevara a equívocos, meditó Bruno. Junto al arco de entrada, un cartel de madera rezaba «Taller de artesanía». No imaginaba a qué tipo de trabajo artesano podía referirse. Debajo, otro avisaba de la prohibición de subir a la torre sin permiso de sus propietarios.

Desde lo alto la vista del paisaje sería impresionante. Lo pasó por alto, no estaba allí para hacer turismo. Iba a aprovechar su estancia para solucionar algunos asuntos con la señora Olabide. No era cuestión de olvidarlo, a él no le gustaba dejar cabos sueltos. Pero antes era prioritario conseguir un sitio para dormir. A juzgar por el deterioro de las maderas de exterior, allí no le esperaba nada confortable.

Con la resignación marcada en el rostro y pensando que en plazas peores había toreado, se acercó y llamó al timbre. Una mujer mayor de rostro enjuto le abrió la puerta y le permitió el paso.

—Buenos días —le saludó con sequedad.

—Necesito una habitación para un par de días o tres. ¿Es posible?

—Lo es. Hasta el fin de semana hay sitio. El viernes cambia la cosa, esto se llena. —La anciana se guardaba mucho de aligerar la conversación con una expresión amable—. Vienen a montar a caballo.

Hablaba con un cierto aire de incomprensión, como si pensara que la gente no tenía nada mejor que hacer.

—A mí también me gusta montar…

—Pues por eso no se apure, aquí tiene donde elegir.

—¿Dan comidas o hay que ir al pueblo?

—Se come y se cena, pero hay que avisar. —Seguía sin dejar el tono seco.

—Suelo hacer las dos cosas. —Ante la mirada de extrañeza de la buena señora, Bruno aclaró—: Comer y cenar. Tengo esa buena costumbre. —Cuando hay alguien que me pone delante la comida, pensó para sí.

La mujer ni siquiera hizo una mueca ante la tímida broma.

—Si no va a venir, dígalo con tiempo. No me gusta tirar la comida.

Era una nujer desabrida, desde luego. Bruno se dijo que más le valía avisar, so pena de ser pasado a cuchillo por aquella mujer. No era de las que admitían bromas.

Mientras le tomaba los datos, él se dedicó a observar el interior. Toda una sorpresa.

El suelo de piedra del zaguán aparecía cubierto por gruesas alfombras rústicas algo desgastadas por el uso. Estaba decorado con muebles antiguos de aire popular, de formas recias y austeras. Unas tinajas de cobre llenas de ramajes y grandes flores de hortensias secas se agrupaban en una esquina, potenciando más las amplias proporciones del espacio. Colgados de las paredes, una serie de retratos. Ellas, con rostros delicados y aspecto de beatas. Ellos, con caras enrojecidas, anchas y gruesas, propias de la aristocracia rural bebedora, bien alimentada. Son los Olabide, se dijo Bruno. Parecían un muestrario de las distintas épocas del vestir.

De un extremo partía una escalera ancha con peldaños de adobe, bien encerados, con balaustre de madera tallada que expelía olor a cera virgen. El cuidado y pulcritud de la decoración hablaban de un espacio mimado por sus dueños. Le gustó la calidez del ambiente. Y pensó que podría pasar allí tranquilamente el resto de su existencia.

Bruno Elorza amaba la arquitectura. Amaba cada una de las fases de la construcción. Y ese amor se lo había inculcado su padre, mostrándole con mimo y paciencia cada uno de los pasos que culminaban en la obra bien hecha.

Ramiro López le había enseñado a mezclar piedra, arena y agua hasta conseguir la proporción ideal para hacer cemento, a levantar paredes de ladrillo, a colocar las tejas al estilo romano… Sí, su padre había mostrado cada uno de los pasos, por eso Construcciones Elorza e Hijos funcionaba. Él, Bruno López Elorza, no era un ejecutivo ni un empresario al uso, ansioso de enriquecerse a toda costa, sino un trabajador que conocía cada uno de los clavos, de los ladrillos, de los sacos de cemento necesarios para levantar cualquiera de las construcciones que ponía en marcha. Era un hombre al que no le importaba quitarse sus costosas americanas o sus cazadoras de ante para colocarse un mono y empezar a trabajar, capaz de dejar a un lado sus zapatos italianos para calzarse las botas de faena y entrar en el barro, el polvo y el agua de una obra. Por eso, como conocía bien los entresijos de una construcción, apreciaba el esmero de los propietarios en la conservación de aquel antiguo zaguán.

La mujer le tendió una llave y le condujo escaleras arriba. Abrió una puerta y se apartó para cederle el paso.

—Esta es una habitación bastante masculina, le irá bien.

Bruno se limitó a asentir.

La habitación era espaciosa, decorada de forma austera, con el buen gusto que caracterizaba al resto de la vivienda. Pero el concepto que aquella mujer tenía de lo «masculino» no se ajustaba al suyo. Tanto la funda blanca del edredón y las almohadas de hilo como las cortinas de lino estaban rematadas con anchas labores de ganchillo. Se dijo que no le importaba, que podía aceptarlo. En su familia eran dos hombres y dos mujeres, y su padre y él siempre habían estado en clara desventaja frente a las féminas.

—Espero que disfrute de su estancia entre nosotros. Me llamo Amparo. Si necesita alguna cosa no tiene más que decírmelo. Dentro de un momento le subirán un ligero refrigerio. —Por fin en su boca se dibujó un conato de sonrisa y a él le divirtió pensar que las mejillas de la vieja reseca no se habían resquebrajado—. ¡Ah!, se me olvidaba, en la mesilla tiene una tarjeta con los horarios de las comidas.

Y con un gesto de saludo salió de la estancia.

Bruno pensaba ahora, frente a la aprensión inicial, que no había podido caer en mejor lugar, tan agradable y cuidado. Y la mujer, a fin de cuentas, había resultado ser muy atenta. Debía de ser la encargada, porque le habían dicho que la propietaria era joven.

Justo cuando empezaba a desabrocharse el traje de motorista, una discreta llamada a la puerta le detuvo. Una muchachita le traía una encantadora bandeja con fruta fresca, café y un cestito con galletas caseras que olían a recién hechas. Sus jugos gástricos, adormecidos hasta entonces, se pusieron en funcionamiento. De las tripas le salió un rugido similar al del león de la Metro. Recordó que desde por la mañana muy temprano solo llevaba en el cuerpo una taza de café. En cuanto salió la joven, dejó deslizar el mono de motero hasta la cintura, se instaló en un cómodo sillón junto a una mesa baja y se dedicó a saborear las pastas con los ojos cerrados. Por un instante creyó que había muerto y acababa de entrar en el paraíso.

Pasó el resto del día zanganeando por la zona. Recorrió los terrenos que ya eran de su propiedad, viendo en su imaginación el proyecto ya levantado y terminado. Entró en la taberna e invitó a un vino a los hombres del pueblo, y se dejó invitar por ellos. Charlaron de los temas comunes con los que la gente en los bares pretende arreglar el país y el mundo. El fútbol, la política local, la nacional, la crisis económica… Mientras, fue tomando nota de cuál era el sentir de la gente sobre los temas cotidianos.

Antes de regresar a la Torre de Olabide había establecido una fuerte camaradería con los lugareños, que ya habían adivinado que bajo aquella ropa cara de chico de ciudad se escondía el alma sencilla de un hombre del pueblo. En la mente de todos quedó fijada la imagen que él había querido dar: un trabajador que pensaba pasar tres o cuatro días de vacaciones, en contacto con la naturaleza, alejado del ruido de la ciudad.

Acababan de servir la última ronda, cuando entró un hombre mayor.

Lo recibió con sorna Raúl, el del bar.

—Hombre, Marianito. Tú por aquí a estas horas.

—Pues ya ves.

—¿Ponemos un blanco? Hoy les ha dado a todos estos por el tinto, pero tú…

—Pues ponme lo mismo. No voy a ser distinto.

—Invito yo —apuntó Bruno.

El tal Marianito lo miró de arriba abajo, con extrañeza.

—¿Y tú, hijo, de dónde eres?

—Bruno es de fuera. Uno de ciudad, ¿no lo ves? Para en la torre. Quiere conocer los alrededores. Esta ronda corre por su cuenta.

—Pues no se hable más, no le vamos a hacer un feo —proclamó Marianito, cachazudo—. Otro tinto para mí. Así que en la torre, ¿eh, majo? Pues ahí te pueden señalar buenas rutas. El viejo Olabide recorrió todos los caminos andando o en burro y levantó mapas de todas las zonas. La niña ha sacado copias para los huéspedes.

Bruno se preguntó a quién se referiría el tal Marianito con lo de «la niña», porque la mujer que le había recibido debía de rondar ya los setenta años.

—Y además —continuó sin parar de dar explicaciones— hay bicis para alquilar. Y también organizan marchas a caballo.

—Gracias por la información… Hombre, a lo de la bici no, pero al caballo me apunto.

—Pues a la niña le gusta mucho andar por ahí a caballo. Tiene buenos ejemplares. ¿Ya la has conocido?

—¿A la… niña?

El tono de voz empleado levantó las risas entre los asistentes.

—Pues, claro, ¡a quién si no! Es jovencica. Y guapa. Y mu, mu lista. En mis tiempos, un hombre como usté ya la habría descubierto.

—¡Eh, que no he venido a ligar con nadie! —Rio a carcajadas—. Solo estoy aquí para descansar.

—Pues usté se lo pierde, joven, usté se lo pierde. Porque guapa es mu, pero que mu guapa.

Tras semejante afirmación, Elorza se despidió y abandonó el bar con una sonrisa. De regreso al hotel se preguntaba qué entendería Marianito por mu guapa. Imaginaba a una joven de mejillas sonrosadas y recias formas, con potentes caderas. El tipo de mujer que debía de estar de moda cuando Marianito era joven.

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Mermelada de manzana, mermelada de tomate, mermelada de naranja amarga. Así rezaban las bonitas etiquetas de los tarros de cristal. Zumo natural. Lonchas gruesas de pan de pueblo. Queso de oveja. Café en cantidades industriales. Bizcocho y galletas, hechos en casa.

Poca gente en el comedor. Silencio. Como a él le gustaba por la mañana. Y un agradable calorcillo que se desprendía de la chimenea donde ardían un par de gruesos troncos.

A Bruno casi le molestaba el pantalón de pana y el suéter marrón oscuro de cuello vuelto que se había puesto esa mañana. Desde su habitación había visto recortados los perfiles del paisaje sobre un cielo azul claro. Demasiada nitidez. Al abrir la ventana se habían confirmado sus sospechas. Aspiró una bocanada vivificante. Soplaba el cierzo, el aire frío del norte.

Se fijó en los folletos que había sobre una mesita adosada a la pared. Se levantó y cogió un par de ellos. Uno era un mapa plegado de aspecto antiguo que alguien había dibujado a mano. Recordó lo que le había contado el tal Marianito. El otro presentaba una lista de las actividades que organizaban en la casa rural.

A la vista de tanta eficacia sonrió, pensando que no estaría nada mal contratar a esas personas para su futuro hotel. Tenía la total seguridad de que ningún profesional lo haría mejor y con tanta naturalidad.

—¿Más café?

Reconoció al instante la voz femenina, cadenciosa y un poco ronca. Levantó la vista. Se quedó mirando a la mujer, con la boca abierta por la sorpresa.

Era «la niña». Marianito tenía razón. Era mu guapa. Su hada del bosque aparecía en todo su esplendor, vestida con falda oscura hasta media pierna, bordada con coloridos dibujos folk, conjuntada con un suéter largo de lana suave y esponjosa que destacaba los pequeños globos de los senos. Esta vez llevaba suelta la melena ondulada, del color del trigo maduro, veteada de oro, que enmarcaba el perfecto óvalo de la cara. Sus ojos de profundo color azul lo miraban irónicos. Y a él no se le ocurría nada ingenioso que decir.

En realidad se había quedado sin palabras. En menudo lío estaba metido. «La niña» era Cristina Olabide, la joven heredera que no pensaba desprenderse «ni de la tierra que cupiera en un tiesto», se dijo recordando las palabras transmitidas por sus hombres.

Se puso en pie con lentitud.

—Vaya, ¡qué grata sorpresa!

Muy original. A eso se le podía llamar una frase inteligente.

—El mundo es pequeño, Bruno.

—Ni que lo digas. ¿Por qué no me dijiste quién eras?

—¿Debí hacerlo? La gente no va presentándose así como así a cualquier desconocido que le sale al paso. Además solo me enteré al final de nuestro encuentro de que venías a mi casa. Tampoco sabía si te ibas a hospedar aquí. No fuiste muy comunicativo al respecto.

Se estaba riendo de él, y era incapaz de encontrar una respuesta acorde.

—Yo me presenté —afirmó ofendido—, y me fui sin saber tu nombre.

Ella se rio. No parecía tomarse en serio su disgusto.

—¿Y eso te ha mantenido preocupado? Pues lo hago ahora —dijo con desparpajo—. Cristina. Cristina Olabide, la propietaria de este encantador hotelito rural. Creo que debo dejarte para que termines tranquilo el desayuno.

—Siéntate. Podemos compartirlo.

—Me gustaría, no creas, pero será mejor que disfrutes solo de nuestras exquisiteces caseras. Además tengo trabajo. —Señaló con un gesto elegante de su mano el resto del comedor.

Bruno no pudo evitar tomarla del brazo antes de que se diera la vuelta. Ella lo aceptó con naturalidad, pero no permitió que la mantuviera retenida mucho tiempo. Desprendió uno a uno sus dedos con la otra mano. Ambos sintieron al unísono un cosquilleo de placer. Ambos decidieron ocultarlo.

—Déjalos que se apañen solos. Yo necesito más que ellos tu compañía.

—¿Otra vez coqueteando conmigo?

—¿Me crees un seductor? —Bruno hizo la pregunta abriendo mucho los ojos, con falsa incredulidad—. Solo pretendo que descanses un poco. Puedes tomar una taza de este delicioso café mientras me explicas las excursiones que aparecen en este folleto.

—Más tarde tendré un momento para ti, Bruno.

No le quedó más remedio que dejarla marchar. Sintió un extraño vacío en cuanto se alejó. Era peligroso intimar, pero no podía evitar intentarlo, lo atraía demasiado. De ninguna manera debía enterarse de quién era él. Al menos por ahora.

A duras penas logró concentrarse en el desayuno. Sus ojos se iban detrás del sinuoso movimiento de las caderas de la joven, de su elegante caminar, con la espalda recta, como si enseñara un modelo de diseño en la Pasarela Cibeles. Parecía deslizarse por la tarima del comedor. El corazón de Bruno vibraba cada vez que oía las palabras amables dedicadas a sus huéspedes con voz cadenciosa. No pudo evitar sonreír. Ahora prometía fantásticas aventuras a los niños de la familia que se sentaba un poco más allá, en el extremo del comedor. Por lo visto hablaba de una ruta corta a caballo. Procuró prestar atención. Se dijo que no pensaba perdérsela por nada del mundo. A fin de cuentas era un turista más, deseoso de eliminar la tensión del duro trabajo diario. Un desocupado sin nada mejor que hacer. Hasta ese momento nadie lo había relacionado con la empresa Elorza. Mantendría el incógnito. Era partidario de no dar nunca más datos de los necesarios.

Se dirigió a ella en cuanto acabó su desayuno.

—Cristina, ¿he oído algo de caballos, o era un cuento para amenizar el desayuno de los niños?

—Has oído bien. Hay un grupito al que le apetece salir un rato. Vamos a cabalgar hasta Fitero, donde está el balneario, bordeando por La Estanca, una balsa de agua próxima. ¿Te apuntas?

—¡Pues claro que me apunto, mujer! Me encanta montar a caballo. Y más si eres tú quien nos acompaña.

El ímpetu con que habló el hombre provocó la risa de ella. Él, como siempre que la oía, tembló de placer.

—Esta vez sí que iré. El chico que suele acompañar a los turistas no está hoy.

—¡Pues me alegro mucho!

—¿Aunque sea porque está enfermo de gripe?

—Bueno, lo siento por él. De todas maneras la gripe es incómoda, pero nada más. Se curará pronto, seguro. Los caballos y las motos son mis dos grandes pasiones. Si a ello se une el poder cabalgar contigo, ya puedo considerarme el hombre más afortunado del mundo.

Cristina contestó algo que a él le sonó a zalamero, pero no estaba del todo seguro de que lo fuera.

A la chica le atraía Bruno por su espontaneidad y entusiasmo. Y sobre todo le gustaba ese rostro afil

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