La suerte del enano

César Pérez Gellida

Fragmento

La suerte del enano

LA SUERTE DEL ENANO

Club de golf Torrequebrada

Calle Club de Golf, 1. Benalmádena Costa (Málaga)

16 de mayo de 2019

Algunos días antes de que sus constantes vitales dejaran de ser constantes y estuvieran a punto de ser vitales, Sara Robles no hubiera sido capaz de imaginar que la suerte, o, más bien, la mala suerte, pudiera ser del todo determinante. Tanto es así, que en este soleado día de mediados de mayo, su vida —y eso lo tiene muy presente— está en manos de la caprichosa fortuna.

El cielo está libre de nubes y, sin embargo, siendo escrupulosos no podría decirse que esté del todo despejado. No, por culpa de una que se ha situado de forma caprichosa justo en la vertical de su mirada. Una que, estática y de contorno difuminado, da la impresión de estar empeñada en hacer notar su presencia. Parece querer asumir el papel de bailarina principal de una coreografía celeste que está a punto de empezar. La nube permanece justo ahí por alguna razón, eso es evidente. No puede ser casual. Nunca lo es. Siendo consciente de ello, Sara no tarda mucho en concluir que está ahí para ser la receptora de sus pensamientos porque, de otra manera, estos se perderían en el aire arrastrados por el viento. Se desvanecerían para siempre, como les sucede a la mayor parte de las ideas, razonamientos, conceptos, juicios y demás seres de esa especie tan amenazada como es la inteligencia.

Así, sin dejar más espacio a la controversia —sigue teniendo presente que sus constantes vitales están a punto de dejar de serlo—, la inspectora proyecta hacia arriba lo que su intelecto, en pleno proceso de producción, va fabricando. Recién horneado en su cerebro, sube tierno y calentito.

Sara jamás ha creído en la suerte, ni en la buena ni en la mala. Es de esas personas que todo lo explican recurriendo a la férrea doctrina que un día escribió ese impecable binomio conformado por causa y efecto. Una creencia que, aplicada a lo que ahora ocupa su mente, se traduce de la siguiente manera: lo que ocurre es siempre consecuencia de. Tiene un origen, un por qué, y, por ende, si alguien es capaz de mantenerse ajeno al sometimiento del albedrío, logra detectar las oportunidades que se le presentan y, sobre todo, las aprovecha, entonces las circunstancias se quedan en eso: en meras circunstancias. De hecho, siempre ha pensado que los que creen que su destino está sellado son unos cobardes que rehúsan tomar el mando de sus decisiones, pero, además, son los mismos que se niegan a ser consecuentes con estas. Es por eso que se considera una acérrima defensora de la cita atribuida a Einstein: «Tendremos el destino que hayamos merecido» y no cree que existan personas que hayan nacido con un pan bajo el brazo, que tengan buena estrella o una flor en el culo que los protege contra todo lo malo. Por las mismas razones, tampoco cree en el mal fario ni admite que los tuertos o los gatos negros trasmitan mala fortuna. A fin de cuentas, y yendo a la última línea del resumen, lo que ocurre es que hay muchos que no son capaces de gestionar el éxito ajeno, pero son más aún los que no están preparados para asumir su propio fracaso.

Así ha pensado Sara Robles, jefa del Grupo de Homicidios de Valladolid, hasta que una concatenación desmesurada de desgracias que se han cebado con ella la ha arrastrado hasta el punto en el que se encuentra en este preciso instante: tumbada boca arriba sobre un mullido colchón de césped recién cortado, sintiendo la densa presencia de la sangre —la suya— que le ha asperjado la cara y salpicado en los labios. De esta guisa, al tiempo que intenta administrar el dolor que le ha ocasionado recibir un impacto de bala del calibre 38 en el pecho y otro que le ha destrozado la clavícula izquierda, Sara es capaz de percibir su olor metálico y de notar ese sabor a herrumbre que le recuerda al de una vieja moneda manoseada. En ese instante, tratando de tomar aire a bocanadas pero con su capacidad analítica intacta, a la inspectora no le queda más remedio que admitir que es posible que, en lo relativo a la suerte, haya un plano intermedio. Un estadio que podría funcionar de engranaje entre lo venturoso y lo empírico, una caprichosa entelequia que sea la culpable de que determinados acontecimientos terminen bien y otros mal.

Y ya.

En el acmé de la reflexión le sobreviene a Sara un ejemplo que le sirve para apuntalar la teoría. Un caso tan pintoresco como concluyente que, al carecer de fisuras, forma parte de la sabiduría popular a pesar de que no tuviera conocimiento alguno de ello ni de su protagonista hasta hace unos pocos días.

Fue Patricio Matesanz quien le habló de él.

Del enano.

Y no uno cualquiera, no. Uno que, sin saber cómo ni por qué, durante una deposición en apariencia rutinaria terminó defecándose en la mano. La naturaleza inconformista de Sara Robles y, por supuesto, su deformación profesional, la invitan a formularse una cuestión: ¿Determina para algo el tamaño del sujeto en el hecho de mancharse una extremidad con sus propias heces? Está claro que no. Sin embargo, que su altura no influya en el resultado, ergo, que sea circunstancial, no altera la situación en la que se encuentra: con su diminuta mano manchada de mierda.

Y ahí, precisamente ahí, encontró Sara el quid de la cuestión: lo circunstancial no suele determinar el resultado pero puede terminar siendo una mierda. Es decir, una desgracia.

Una desgracia como la que le ocurrió al enano, que fue a cagar y se cagó en la mano.

Una desgracia como la que le acaba de ocurrir a ella.

A no ser que no considere como tal morir antes de tiempo y admita de una vez por todas que a la suerte y a la muerte tan solo les diferencia una letra.

La suerte del enano

Algunos días antes de que sus constantes vitales dejen de ser constantes y estén a punto de dejar de ser vitales.

Cosas del oficio

COSAS DEL OFICIO

Plaza Tenerías, 12

Valladolid

11 de mayo de 2019

Le bastó con interpretar las crispadas facciones de los dos agentes que custodiaban la entrada a la vivienda para saber que sus planes del sábado, y casi con total seguridad los del resto del fin de semana, acababan de irse a la basura. En concreto al contenedor de buenas intenciones no retornables.

Cosas del oficio.

Y era una verdadera pena, porque el tal Juanjo que había conocido en el Zero Café funcionaba bastante bien. Rozando el notable, valoración nada fácil de alcanzar en su cada vez más exigente escalado de puntuación. De hecho, la más inesperada que inoportuna llamada de Álvaro Peteira la había pillado vistiéndose a hurtadillas en completo silencio para no despertar a su particular Vello Durmiente —no por guapo, sino por peludo—. Sara odiaba esas pegajosas despedidas en las que se producía el obligado intercambio de números de teléfono, como si se tratara de un certificado de satisfacción forzoso tras un espontáneo intercambio de fluidos. Por eso, queriendo evitarlo a toda costa, se vio obligada a cortar de inmediato al subinspector en cuanto le escuchó decir que tenían «un cirio del carallo bendito». No era el gallego de los que solían exagerar, más bien al contrario, y menos aún cuando le tocaba a él estar de guardia. Así las cosas, Sara Robles zanjó el asunto susurrándole que le pasara la ubicación, y, al desviar la mirada hacia la cama y comprobar que el titular de la misma la estaba observando con higiénica expresión, compuso una muy afectuosa sonrisa y se largó.

De poco le habían servido las nueve sesiones que acumulaba con su terapeuta en un poco convencido intento de controlar lo que la doctora Hernández Revilla había denominado hipersexualidad y que el resto del planeta conocía como adicción al sexo. El habitual sentimiento de culpabilidad apareció justo en el momento que se ponía el cinturón de seguridad de su Mini Cooper de segunda mano; sin embargo, antes de arrancar ya le había lanzado unas cuantas piedras mentales con el propósito de lapidarlo. De camino canceló vía WhatsApp las dos visitas que tenía programadas esa mañana con una agente inmobiliaria. Por mucho cirio que fuera, confiaba en encontrar un hueco durante la semana para continuar con la búsqueda y captura de un lugar mejor para vivir que su diminuto apartamento de la calle Torrecilla, repleto de recuerdos que borrar. Había visto muchos pisos, pero solo uno le había gustado. Estaba en el número 3 de la calle San Felipe, a dos minutos de la plaza Mayor y a un máximo de cinco de cualquier lugar interesante. Recién reformado, bien distribuido, luminoso, techos altos y sin amueblar. Cocina totalmente equipada, electrodomésticos a estrenar, salón amplio, tres habitaciones y dos baños. Al estar ubicado en una calle peatonal era silencioso como la biblioteca de un convento de clausura y desde la ventana del salón tenía una vista estupenda de la torre de la catedral. Todo le convencía, pero, en verdad, lo que sucedía era que se había encaprichado de algo que había deseado tener desde siempre: un altillo. Pero no uno cualquiera, no, uno como ese, que recorría todo el pasillo y que tenía acceso desde dos de las habitaciones y desde el salón. Allí podría meter esas cosas que tanto le estorbaban pero de las que no sabía cómo deshacerse. El problema, y no era uno menor, era el precio. Setecientos cincuenta euros al mes, doscientos por encima de su límite máximo de presupuesto.

Inasumible.

—Buenos días, inspectora —le saludó uno de los uniformados dando un pertinente paso lateral.

—Buenos días —contestó Sara al tiempo que se fijaba en los rastros de sangre visibles en el suelo del recibidor. Un reguero de gotas de escaso diámetro y con signos de esparcimiento.

Una nutrida y variada colección de bastones bien colocada dentro un paragüero captó su atención antes de que la vista se le desviara hacia un bolso con la cremallera abierta que colgaba de un perchero de pared. Al lado, la sempiterna caja de cartón de la Policía Científica con las calzas y los guantes a modo de autoservicio. Tras ajustárselos, se dejó guiar por su sistema auditivo, detectando mayor intensidad de murmullos en el salón. Buscaba las facciones de Peteira, pero las primeras que reconoció fueron las de Patricio Matesanz, el otro subinspector del grupo de Homicidios y el más veterano de sus miembros. Estático y en cuclillas, tenía la mirada fija en un punto de la pared opuesta al mueble de la televisión. Sara se aproximó, evitando pisar la abundante siembra de testigos amarillos. Aguardó a que su presencia sacara del trance a su compañero mientras hacía un primer barrido visual de la estancia. En su bloc de notas mentales anotó manifiestas señales de caos en un hábitat claramente dominado por el orden. Se estaba preguntando qué demonios hacía un bastón apoyado en el radiador bajo la ventana, cuando Matesanz se incorporó.

—No va a resultar sencillo —dictaminó con un gesto de contrariedad—. Hay sangre por toda la casa, pero estas manchas...

—Señales de transferencia de las manos —completó ella al ver que se alargaban demasiado los puntos suspensivos.

—Sí, eso es evidente. Se apoyó justo ahí para desenchufar el humidificador —señaló—. Lo que no entiendo es por qué. ¿Has entrado en la cocina y el baño?

—No.

—En mi pueblo hacemos la matanza con más cuidado. En el salón también hay, pero menos.

—¿Podrías ponerme en situación?

El subinspector se quitó los guantes y se frotó la barba. Apenas sobrevivían algunos focos de bruna resistencia de lo que un día fue un territorio de oscura frondosidad. La conquista canosa hacía tiempo que se había hecho con la totalidad de la cabeza, acontecimiento que se había convertido en objeto de mofa recurrente entre sus compañeros.

Patricio Matesanz cerró el puño y se dio varios golpecitos en los labios antes de hablar.

—El sobrino llamó al 112 sobre las nueve de la mañana. Parece ser que hacía un par de días que no tenía noticias de ella, por lo que vino directamente y se encontró con el percal. Al ver cómo estaba la casa de revuelta y..., así —definió con un ademán del brazo la abundante presencia de sangre—, llamó a emergencias y mientras hablaba encontró a la mujer, muerta, en la bañera. Antonia Puente de la Cruz. Setenta y pocos. Los datos concretos los tiene Peteira. Que hayamos visto, tiene una herida seria en la parte superior de la cabeza —se señaló—, pero podría haber más. La puerta no está forzada, y entrar por las ventanas, a esta altura, es imposible. Quien fuera que lo hizo tenía llaves. No sabemos qué falta, si es que se han llevado algo. Ah, y un detallito que se me olvidaba: la familia tenía contratada a una mujer boliviana que le limpiaba, planchaba y le hacía la compra. Estamos tratando de localizarla. Y hasta aquí —zanjó.

—¿Los vecinos?

—Poca cosa. Al de abajo no lo hemos localizado.

—¿Dónde está el sobrino?

—En el despacho, parlamentando con Peteira.

—¿Y se llama?

—Alfredo, creo. Los de la bata blanca están terminando de documentarlo todo, pero hay mandanga para dar y regalar. En la cocina ya han terminado. Vamos si quieres.

—Quiero.

Matesanz se hizo a un lado para que pudiera contemplar el panorama.

—Pero..., ¿qué coño? —masculló Sara desde el pasillo. Sus cejas bien perfiladas se mantuvieron unos segundos en alto.

Sangre y desorden en ecuánime proporción. Pocas acumulaciones y muchos signos de esparcimiento, escurrimiento y salpicaduras. Decenas de testigos emergían de cualquier plano horizontal como setas en temporada de lluvias. Podría decirse que no había nada que estuviera en su sitio. Utensilios de cocina, cubertería y menaje parecían haber combatido entre sí por imponerse en el caos reinante; y sin embargo no fue eso lo que más le llamó la atención.

—Eso no está ahí por casualidad —sentenció ella señalando unos folletos comerciales esparcidos por el suelo.

—Eso creo yo —corroboró más prudente Matesanz—. Alguien los ha puesto ahí para no manchar.

—Pues no lo logró. ¿La víctima?

El subinspector se encogió de hombros.

—Digo yo.

—¿Eso es una blusa?

—Sí. Trató de limpiar con ella la vitrocerámica. ¿Ves las manchas? La impregnación está en la parte inferior. Y estas gotas de aquí —señaló—, por su forma y diámetro, diría que han impactado desde poca altura. Sin embargo, las del suelo son más imperfectas y con satélites a su alrededor, lo cual indica mayor altura.

—¿Y todas estas de la pared? ¿Proyecciones de arma blanca?

—No lo creo. Más bien de las manos. Ninguno de esos cuchillos es el arma que buscamos, y a no ser que el forense vea algo más cuando examine el cuerpo, apostaría a que la única lesión que vamos a encontrar es la que tiene en la cabeza. Diría que la mujer entró aquí ya herida y desorientada, taponándose la brecha con las manos. Quizá estuviera buscando algo para cortar la hemorragia —conjeturó—. Al moverse de modo errático de un sitio a otro lo pintó todo. Tocó hasta la tostadora, ¿ves? ¿Qué sentido tiene? Ninguno.

—¿Podría tratarse de un accidente?

—Podría, jefa, pero no lo creo, ahora verás por qué.

En el pasillo se cruzaron con un agente de la científica, cámara en mano.

—Ángel, intenta, por lo que más quieras, no hacer un millón de fotos. Con dos mil o tres mil nos vale —le dijo Matesanz con causticidad.

—Ya conoces a Salcedo: detalles, detalles, detalles.

—Pues dile a tu jefe que esos detalles, detalles, detalles, a nosotros nos suponen horas, horas y horas mirando la maldita pantalla del ordenador. Filtrad un poco, machote.

—Lo que tú digas —esquivó el otro.

—Este es el dormitorio principal. Hay una habitación más y un despacho. La señora vivía sola. Viuda desde hacía tiempo. ¿Qué ves? —le preguntó.

—Orden.

—Así es. Estaba preparándose para meterse en la cama. Mi madre también lo hacía así, retirando la sábana y la colcha para luego doblarlas de este modo —señaló—, como un sobre. Hay algunas gotas de sangre, ahí y más allá, pero, si te fijas bien, lo único que está manchado es el radiador.

Sara se volvió hacia él.

—Antes he visto que había un bastón apoyado en el del salón.

—Sí, todos están manchados. Pérdida de sangre, bajada de temperatura. Quizá por ello se empeñó en desenchufar el humidificador, quién sabe. Al margen, ¿no ves nada extraño?

Sara Robles dedicó unos instantes a examinar su entorno.

—Las puertas del armario están abiertas. Y no hay sangre en los tiradores —comprobó aproximándose—. Y la silla, por supuesto.

—¡Ahí estamos! ¡¿Qué coño hace ahí una silla del salón?!

—Alguien la usó para llegar al altillo.

—Alguien que no fue la víctima —precisó él—. Por la colección de bastones y la edad, debemos pensar que la señora tenía serios problemas de movilidad.

Matesanz dio un par de pasos atrás para ganar perspectiva.

—Todas las baldas están perfectamente ordenadas, ¿ves? Pero la parte de arriba a la derecha está algo revuelta y, justo ahí, hemos encontrado abierta una pequeña caja de caudales con doscientos y pico euros en efectivo. La llave estaba puesta.

—Una fortuna —comentó la inspectora mientras comprobaba que en el interior de los cajones del armario también reinaba el orden. Luego hizo lo mismo con los de la mesilla.

—No sabemos si había más.

—Ya. ¿Y si la pobre mujer trató de subirse a la silla, se cayó y se dio un golpe en la cabeza? —probó Sara.

—Todavía no sé dónde empezó todo, pero te aseguro que no fue aquí. Los pomos están limpios —señaló—. Alguien que no tenía las manos manchadas de sangre abrió las puertas de los armarios y colocó ahí la silla para llegar a la caja de caudales.

—¿El sobrino?

—O la asistenta. O la madre superiora. Vete tú a saber.

—¿Y no se llevó el dinero?

—Igual había otra cosa más interesante: joyas, farlopa, o el Santo Grial.

—Me inclino por la farlopa. ¡Vaya! —exclamó ella señalando con el índice hacia la parte inferior del otro módulo.

—Tócate las pelotas —calificó él cuando identificó el objeto.

Un agrietado «buenos días» desde la puerta de entrada anunciaba la llegada del forense.

—Es Villamil —identificó Matesanz.

—¿Viene silbando?

—Lo de Celia le ha cambiado la vida.

Sara frunció el ceño.

—Su nieta —desveló él.

—Ah, no sabía.

—El otro día trajo unos dulces al Grupo.

—Sí, ya recuerdo, pero estaría a lo mío porque no me enteré.

—Eso sería —dijo con indiferencia antes de salir al encuentro del nuevo abuelo.

La inspectora permaneció unos instantes barruntando que quizá tuvieran razón aquellos que la tildaban de fría y distante con los compañeros. El efusivo saludo de Villamil la sacó del trance.

—Bueno, ¿nos metemos en harina o qué? ¿Dónde tenemos al cliente?

—En el baño —contestó Matesanz.

—Pues venga, que he quedado para comer. Ya he pasado por la cocina: dantesco.

—Sí, pues ahora verás qué Cristo tenemos.

Sara Robles cerraba la comitiva.

—¡La madre que me parió! —exclamó el forense.

La opacidad morfológica de los dos hombres, parados bajo el quicio de la puerta, impedía la visión de la inspectora. No fue hasta que Villamil se aproximó a la bañera cuando pudo comprobar que, en efecto, Matesanz no exageraba. Como si allí dentro hubiera descargado de forma heterogénea un aguacero de sangre, no quedaba un metro cuadrado de superficie sin salpicaduras rojas. El bidé había sido el más agraciado en el reparto y dos depósitos ya coagulados parecían derrames de pintura color burdeos.

La inspectora Robles examinaba el lugar mientras Matesanz informaba al recién llegado. Villamil, despojado de cualquier atisbo de jovialidad, escuchaba al tiempo que se enfundaba los guantes sin despegar la vista del cadáver. La anciana permanecía en posición fetal, parcialmente sumergida en el agua y recostada sobre su lado izquierdo, como si se dispusiera a conciliar el sueño. Vestía un camisón de raso color hueso y el pelo, apelmazado, le cubría buena parte del rostro.

—¿Templada? —se extrañó Villamil al introducir la mano en el agua—. ¿Cómo puede estar aún templada?

—Cuando llegamos estaba hirviendo —aportó Matesanz—. En concreto a cuarenta y cinco grados según la medición de la Científica.

—¿Corría el agua? —quiso saber la inspectora.

—No, pero aún había vaho y eso que la puerta estaba entreabierta.

—¿Y la luz?

Matesanz frunció el ceño.

—No entiendo.

—Si estaba encendida o apagada.

Este hurgó en sus recuerdos.

—Encendida no estaba, no.

—Pues a simple vista, por la rigidez cadavérica —dijo manipulando una pierna—, lleva muerta más de seis horas con total seguridad.

—Tiene que haber sido el sobrino.

—Él jura y perjura que no. Que no ha tocado nada de nada.

—No puede ser —se opuso la inspectora Robles—. Si había vaho es porque cuando él ha llegado aún estaba saliendo agua caliente, y no se ha desbordado porque el sumidero está solo medio tapado por el cuerpo y algo tragaba, ¿veis? Si ocurrió hace más de seis horas era de noche, por lo que, o bien alguien la metió en la bañera o lo hizo ella misma, pero, pasara lo que pasara, no pasó a oscuras.

—Sí, estoy de acuerdo —opinó el subinspector.

—Eso explicaría el molde de adipociria que se aprecia en manos y pies.

Sara Robles y Patricio Matesanz cruzaron interrogantes.

—Esa especie de guante de cera que le recubre la mano —dijo agarrando la extremidad—. La teoría dice que es un proceso post mortem que se presenta a partir de los treinta días del fallecimiento, pero se acelera bajo condiciones de alta temperatura y humedad. Y más aún en personas con un porcentaje elevado de grasa corporal como es el caso. Tendría que abrir para certificar la causa de la muerte, pero, como decía Sancho, me juego tu pensión a que esta pobre mujer ha muerto debido a la exanguinación.

Sara Robles intentó ocultar el desconcierto que le provocó escuchar ese nombre. Hacía al menos un par de semanas que no pensaba en él. Un logro. Los casi tres años con el pelirrojo habían supuesto su récord de duración en pareja y, sin estar del todo segura, pudiera ser que se tratara de la persona con la que más intensamente había conseguido conectar. Por eso le estaba costando tanto superar la ruptura, a pesar de que fuera ella la que se vio forzada a tomar la decisión.

La distancia.

La maldita distancia.

Ramiro Sancho había sucumbido al poder de sugestión del inspector general Makila en febrero de 2014, pasando a formar parte de una unidad de la Interpol de nombre imposible de recordar que luchaba contra el tráfico de personas. Los mil cien kilómetros que separaban Valladolid de Lyon no resultaban un impedimento para que se vieran con cierta asiduidad gracias a la libertad de movimientos de la que él gozaba, y el primer año de relación lo salvaron con notable alto. Acordaron no hacer pública la relación, pero terminó estando en boca de todos en cuanto alguien de comisaría los vio juntos en una tesitura que iba más allá de lo profesional. No era la situación ideal, pero lo sobrellevaban. Los problemas, los de verdad, empezaron a surgir cuando Sancho se vio envuelto en una operación que le obligaba a trasladarse a algún lugar remoto del planeta durante semanas. Sara no lo llevaba bien. Nada bien. La incertidumbre, aliada con la soledad, le carcomía el alma. Los reencuentros eran más que calurosos, cierto, pero, cuando la apasionada actividad sexual dejó de compensar las ausencias, apareció la indiferencia. Y no hay mayor cáncer para una relación a distancia que la apatía. Aguantaron lo que pudieron, más por inercia que por convicción, hasta que un aburrido domingo de otoño se convirtió en el último domingo de otoño aburrido que pasaron juntos.

—¿Lo ve, inspectora?

La pregunta de Villamil le hizo regresar al presente.

—¿El qué?

—Coño, la herida.

En algún momento durante el cual ella había estado solo de cuerpo presente, el forense había apartado el cabello de la víctima para estudiar la lesión.

—Tiene unos cuatro centímetros de largo y la profundidad suficiente como para alcanzar el plexo subcutáneo, provocando la pérdida masiva de sangre. Por el aplastamiento de los bordes y su forma alargada rematada en punta en ambos extremos, me atrevería a decir que es de origen contusa. Un buen golpe con un objeto no punzante ni cortante —resumió—. Esto iría acompañado de algún tipo de traumatismo que podría haberle provocado mareos o incluso la pérdida de consciencia. Dicho esto, en ningún caso se trataría de una herida mortal, por lo que vamos a tener que sacar el cuerpo para examinarlo detenidamente. A simple vista no se observa ninguna otra lesión de gravedad. ¿Hay algún lugar de la casa por el que hayan pasado los chicos de Salcedo y que no parezca un matadero? —quiso saber el galeno.

—El despacho está casi impoluto, pero ahí tenemos al sobrino, de cháchara con Peteira. Vamos al dormitorio principal —propuso Matesanz.

—Yo voy a hablar con el sobrino, a ver si nos despeja esas incógnitas —dijo Sara.

—Al final del pasillo a la derecha —le indicó este.

No se percató de lo mucho que deseaba salir de aquel baño hasta que se vio fuera. Tocó dos veces la puerta antes de entrar. Sentado en una silla de madera mil veces barnizada con las manos sobre el regazo y las piernas cruzadas, un hombre de mediana edad y mimbres de monaguillo frustrado levantó la cabeza. De los dos segundos que duró el cruce de miradas, a Sara le sobró uno para saber que tras esa forzada expresión compungida no había dolor.

Había temor.

En algún lugar del subsuelo de Valladolid

Comprobó la hora y escupió con denuedo para librarse de las partículas de polvo y arena que le tapizaban el interior de la boca. El cabronazo de Charlie llegaba tarde. Otra vez. A falta de hacer la comprobación, estaba casi seguro de que había avanzado y consolidado, los seis metros que le tocaban en su turno de ocho horas. Con la lanza térmica todo era más sencillo. Él, todo un clásico en el arte de la excavación, estaba más acostumbrado a usar el martillo percutor para perforar la tierra en galerías como aquella, de un metro y medio de diámetro, pero las instrucciones que les habían dado no dejaban espacio alguno a la discusión: una vez que enlazaran con el pasadizo no podían utilizar ninguna herramienta que hiciera saltar la alarma antisísmica del museo.

Se aguantaban hasta los pedos, por si acaso.

Utilizar esa especie de soplete gigantesco era como hundir un cuchillo en la mantequilla. No había sección vertical que les presentara oposición y en apenas unos segundos conseguía romper la estructura de lo que tuviera enfrente. Luego, eso sí, pico y pala. Si hubieran contado con más gente para desescombrar, habrían terminado el encargo en la mitad de tiempo y ya tendría los ciento ochenta mil euros en el bolsillo. Bueno, quizá algunos miles menos como consecuencia de la fiesta que pensaba meterse en el cuerpo tan pronto como el moro narigudo de ojos verdes le diera lo suyo. Ciento ochenta mil euros en dos semanas, lo mismo que había ganado jugándose la vida los cuatro últimos años en el pozo de Aller —horas extra incluidas— para que alguien encorbatado tras una bonita mesa de despacho de Madrid o de Bruselas decidiera que eso de extraer carbón ya no era negocio. Trescientos veinticinco trabajadores a la calle, trescientas veinticinco familias sin sustento como tantas otras que lo habían ido perdiendo todo a lo largo de las décadas anteriores. Más de cien mil toneladas de carbón ya no eran suficientes porque, como rezaba el dicho de su tierra: «Algunos quieren el güivu y la poneora».

Hermano, hijo y nieto de mineros, Raimundo Trapiello Díaz, más conocido como Rai, se vio de brazos cruzados en su casa de Langreo el primer día del año 2019. Con casi treinta años de oficio en sus pulmones, había pasado por todos los puestos que podían ocuparse bajo tierra. De guaje, con dieciocho recién cumplidos, empezó de pinche picador cobrando ciento veintiocho mil pesetas al mes, y a los veinte ya podía desempeñarse como cargador, caballista, vagonero o ayudante de asentista si era necesario. Con treinta y pocos había pasado por ocho pozos e incorporado a su catálogo de habilidades las de rampero y barrenero, aunque él se consideraba un picador de primera. Pocos como Rai eran capaces de hacer avanzar el frente a ese ritmo, arrancando capas y capas de carbón, posteando, apuntalando y consolidando la galería para evitar accidentes. Sudando negro durante horas para ganarse un jornal que le permitiera pagar sus tragos y los de sus camaradas en la cantina de la aldea más cercana. Por suerte, Rai no tenía familia. Con veinticuatro había estado a punto de casarse con Cristina, pero la quería demasiado para regalarle la misma vida que había tenido su madre. Una vida de incertidumbre perpetua, encomendándose a los santos del cielo para que su marido no fuera uno de esos que no volvían a ver la luz del día. Más de cinco mil habían muerto excavando aquella laberíntica red de túneles, galerías y pozos en las entrañas de Asturias, y raro era el año que no tenía que acudir a cuatro o cinco entierros en las distintas poblaciones que conformaban las cuencas del Nalón o del Caudal. No, no era eso lo que quería para Cristina. Y viceversa, a la vista de las circunstancias, porque cuando a ella se le cruzó un abogado con despacho en Oviedo, un tal Pineda, no se lo pensó y se largó de Mieres para no volver jamás. Luego tuvo otras novias, pero ninguna estaba dispuesta a hipotecar su futuro con alguien que se pasaba más tiempo bajo tierra que bajo las sábanas. De este modo, con cuarenta y siete recién cumplidos, prejubilado y con un principio de neumoconiosis de pulmón, se le presentó una oportunidad a la que no podía dar la espalda. Aquel día se había acercado a la Foz de Morcín a ver qué se cocía en las fiestas de San Antón, que, como cada 17 de enero, atraían a un buen montón de paisanos. El Bar Minero lo regentaba Eulalia, una vieja amiga con la que había tenido un par de roces en tiempos pasados, aunque bien era cierto que en el presente pesaban más sus virtudes escanciando sidra que sus habilidades amatorias. A eso de las ocho de la tarde, con más de cuatro litros en el estómago, se le sentó al lado un tipo cuyas facciones no le resultaban familiares, lo cual era francamente extraño. Bajo una única y poblada ceja empequeñecían dos esferas color azabache y se le agrandaba una sonrisa de seductora concavidad. Se expresaba con un acento imposible de encuadrar en el mapa, pero que, desde luego, de la tierrina non y’era. En el transcurso de la charla salió el asunto de la ocupación y Rai, lengua engrasada, no tiró ni una vez del freno de mano. Llegando la hora de cenar, el forastero se estiró con media docena de andaricas y un señor cachopo que se salía del plato, todo regado con vino bueno y culminado con varios aguardientes de la casa. Ya tenía decidido pernoctar en la aldea cuando el tipo le contó que era de una pequeña ciudad de Montenegro, que trabajaba para una persona que estaba buscando a un hombre con sus habilidades bajo tierra y que alguien que sabía del paño le había hablado de él. Necesitaban al mejor y su nombre encabezaba un listado de cinco candidatos para realizar un trabajo del que no le dio ningún detalle. En ese momento no supo encuadrar en el mapa dónde demonios estaba Montenegro, pero un sobre que contenía seis mil euros lo convenció para aceptar una nueva cita al día siguiente, esta vez en La Llariega, una sidrería que conocía bien y que estaba a escasos kilómetros de Langreo, saliendo por la comarcal 246. Otros seis mil euros más tarde el montenegrino le desveló que el asunto consistía en excavar un túnel junto a otro especialista a través del cual pretendían acceder al interior de un edificio. Nada más. Solo excavar. Dieciocho mil euros por adelantado y ciento sesenta y dos mil al final. Igual que le pasaba con la geografía política y física, Rai nunca había sido bueno con los números; sin embargo, le alcanzaba para saber que le estaba ofreciendo treinta millones de pesetas por un curro de dos semanas. Tampoco sabía de finanzas, pero semejante suma le valdría para empezar de cero en algún sitio de sol y playa donde hablaran su idioma, aunque fuera con distinto acento.

Tuvieron que pasar tres semanas para que se vieran otra vez. Fue en Madrid, en un bar del castizo barrio de Lavapiés, donde el tipo se personó con quien iba a ser su pareja de baile subterránea. Enjuto, fibroso y con la dentadura más caótica que había visto jamás, el hombre, que no levantaba más de metro y medio, se agigantó mostrando sus conocimientos sobre la red de alcantarillado. A pesar de que ninguno lo verbalizó, Rai intuyó con acierto que el fulano al que le acababa de presentar bajo el nombre de señor Pixie había sido pocero en otra vida. Desde ese momento él era el señor Dixie, y nada más debían conocer el uno del otro por orden expresa del pagador, a quien debían ambos referirse como señor Jinks. Una soberana estupidez que Rai no alcanzaba a entender, aunque con otros seis mil en el zurrón poco o nada le importó adoptar ese nombre tan absurdo. Una vez confirmada su participación, el de Montenegro, ahora señor Jinks, les proporcionó información detallada relacionada con su intervención en el golpe. Sobre el plano —nunca mejor dicho—, no parecía demasiado complejo ni peligroso, y con la promesa de que la pareja de roedores no tendría que participar en el atraco, rebañaron la bandeja de carne del cocido y se estrecharon las manos con una fecha fijada en el calendario y un lugar: 20 de abril, en Valladolid.

El olor a tabaco precedió la llegada de su compañero, el señor Pixie.

—Bah, tenía la esperanza de que ya hubieras sacado toda la veta. Me toca pringar, joder —protestó este.

—Ya, cabrón, por eso viniste tarde. Y fumando otra vez. Estamos a un par de metros y te la sigues jugando.

—Llego tarde porque he tenido que entrar por la ruta larga. El colector bajaba cargadito y si fumo es solo para evitar terminar echando la pota. ¡Puto asco!

La marcada pronunciación de la «s» antes de la «q» como una «j» denotaba su acento castizo madrileño.

—Después de tantos años ya deberías estar acostumbrado, vamos digo yo.

—Dices tú... A la mierda flotante no hay dios que se acostumbre, Raimundicia.

Así lo llamaba. Tras dieciocho jornadas de trabajo ininterrumpidas bajo el asfalto, saltándose la norma impuesta por el pagador, apenas si quedaban secretos entre Carlos Antonio Belmonte Camargo y Raimundo Trapiello Díaz.

Charlie, natural de Carabanchel Alto y pocero de profesión. De carácter barbián y humor afilado, se movía por las cloacas como si fuera su hábitat natural y, como él mismo aseguraba, conocía más capitales de España por abajo que por arriba. Asalariado de una empresa que ofrecía servicios de pocería en todo el ámbito nacional, estuvo una década al mando de una cuadrilla que recorría el país trabajando para las entidades públicas o privadas que solicitaban sus servicios. Una de las once ciudades por las que había pasado era Valladolid, en concreto durante un verano sofocante del 2014 en el que los servicios municipales los contrataron para ayudar en las labores de limpieza y saneamiento de la vetusta red de alcantarillado de los barrios de la Rondilla y las Delicias. Algunos meses más tarde se produjo un sañudo enfrentamiento con uno de los hijos del dueño, disputa que se saldó con un despido disciplinario que el Juzgado de lo Social consideró procedente, provocando que sus treinta y cuatro años de antigüedad tuvieran el mismo valor que los excrementos con los que había convivido la mayor parte de su vida laboral. Sus cincuenta y tres tacos eran una losa demasiado pesada, más aún si tu única experiencia se circunscribe a la escasamente valorada disciplina de la pocería y, más aún, si tus antiguos jefes se han empeñado en cerrarte las puertas de otras empresas del sector. Así que, cuando se le agotó el paro, Charlie buscó la forma de ganarse la vida haciendo valer sus aptitudes en otra disciplina mucho mejor valorada: el robo de bancos. Y si había una red de alcantarillado que conociera como la palma de su mano, esa era la del barrio de Salamanca de Madrid. Su objetivo eran sucursales con sótano y que fueran accesibles con solo tirar un tabique. El éxito solo dependía de calcular bien el punto de acceso y contar con las herramientas necesarias, tanto humanas como mecánicas. Tres socios de fiar, martillos neumáticos ligeros, linternas potentes con autonomía prolongada y una lanza térmica para la caja le sirvieron para hacerse con un botín de más de trescientos cuarenta mil euros en cinco asaltos, de los cuales dos resultaron fallidos. Los asaltos siempre los perpetraban los domingos, por lo que la policía los bautizó como «Los butroneros domingueros». Su historial terminó el día que la exmujer de uno de sus socios puso a la Nacional sobre la pista de la banda y, un Domingo de Ramos que iban a entrar en una sucursal de Bankia, los trincaron con todo el equipo. Los nueve años que pedía la fiscalía se quedaron tres y medio al considerar su señoría el atenuante de no haber usado la violencia —ni siquiera les pudieron imputar el cargo de tenencia ilícita de armas— y, cómo no, el arrepentimiento mostrado tras devolver buena parte del botín. Treinta meses después salía del Centro Penitenciario Madrid VI de Aranjuez con la lección aprendida: no más socios con exparejas celosas.

—Ale, «Carlisto», déjote aquí los telares.

—Ya veo que estás de mal café, porque te ha salido otra vez el bable de lo más profundo de tus entrañas.

El pocero apuró el cigarro, lo apagó contra la pared y se metió la colilla en el bolsillo del mono en cuya parte de atrás se podía leer «Aquavall». Luego agarró un espray de color blanco, lo agitó y trazó una línea marcando el punto en el que había quedado el avance.

—Por lo menos reparte estos escombros por ahí, ¿no?

—Pensaba hacerlo, estate tranquilo —contestó el asturiano cambiando la última «o» por una «u».

—¿Y cuánto dices que falta para empezar a subir?

—No lo dije. Calculo que un par de metros como mucho. Recuerda que el ángulo de la acometida tiene que ser de unos cuarenta y cinco grados y que hay que ensanchar el agujero al menos medio metro de diámetro para que pueda yo encajar las cuñas, ¿oíste?

El otro resopló. Su trabajo había consistido principalmente en localizar lo que llamaba las tapas blancas, es decir, accesos externos, bien de saneamiento o de telecomunicaciones, desde los que sumergirse en la red de alcantarillado que estaba conectada con el punto cero —como habían denominado al lugar en el que tenían que empezar a cavar—. Tras varias prospecciones tanto por encima como por debajo del asfalto, Charlie marcó dieciséis en el plano, las cuales clasificaba del uno al cinco según el riesgo que se asumía al utilizarlas. Tres de ellas eran de máximo nivel y, por tanto, inutilizables, y la de mínima puntuación, la que el pocero premiaba con el galardón de la Purísima, era para una tapa localizada en la calle Sinagoga. Cumplía los cuatro requisitos: ubicación en una zona muy poco transitada, poco visible desde las viviendas aledañas, fuera del rango de cualquier cámara y sin posibilidad de ser taponada.

—Escucha, socio: ¿sería mucho pedir que te quedaras aquí conmigo un par de horas en lo que llego a la cota y me enseñaras a picar para arriba? Nunca lo he hecho y no quiero cagarla ahora. Yo luego hago otras diez horitas seguidas y listo.

Rai se frotó la cara. Le escocían los ojos, pero sobre todo el cuerpo le pedía respirar aire fresco.

—A mi linterna no le quedará más de una hora de vida —objetó tímidamente dando golpecitos a la lámpara led de ciento ochenta lúmenes que tenía en la frente.

—Con la mía y una de las de mano nos vale, no me pongas excusas baratas.

El otro dejó pasar unos segundos y asintió.

—Muy bien, pero me voy a sentar aquí durante el tiempo que tú haces esos dos metros que faltan, ¡¿oíste, cabrón?!

—Oí, oí —se mofó al tiempo que se bajaba la pantalla abatible de la máscara de seguridad y se ajustaba los guantes—. ¿Cuándo has cambiado las varillas?

—Están nuevas. Agarra el cosu y tira de una vez, ho.

El otro se rio. Mientras Charlie calentaba el extremo de la lanza térmica con el soplete, Rai se sentó en el suelo y adaptó la espalda a la imperfecta verticalidad de la pared del túnel.

—¡Al lío! —dijo el madrileño antes de abrir la espita de la bombona de oxígeno para provocar la ignición. Los cuatro mil doscientos grados centígrados hicieron que el tubo de hierro penetrara en la argamasa fácilmente. Magia negra. Algo más tarde, Charlie cortaba de manera repentina el flujo de combustible y dejaba la herramienta en el suelo.

—¡Me cago en mi santo padre! —protestó tras quitarse la máscara y darse cuenta del desaguisado.

—¡¿Qué coño pasó?! —se interesó Rai.

—Creo que la hemos cagado bien cagada.

Plaza Tenerías, 12

—Buenos días, señor...

—Puente, pero no tengo nada que ver con el alcalde —dijo en un torpe intento de ser gracioso.

Sara se fijó en que tenía el pelo muy negro y brillante, que no limpio, y una densa gota de sudor descendía lentamente por su sien dejándose arrastrar por la gravedad.

—Soy la inspectora Robles, jefa del Grupo de Homicidios de Valladolid. Siento su pérdida.

—Gracias. Todavía no me lo puedo creer.

—Es lógico. Si me disculpa, voy a charlar con mi compañero y enseguida estoy con usted. ¿Necesita algo?

—No, nada. Gracias —repitió.

Álvaro Peteira cerró la puerta con suavidad y ambos se alejaron unos metros. Ella elevó las cejas, ademán que equivalía a un «te escucho».

—No sé. Por una parte me parece un pardillo de los que nacen, crecen, se reproducen y mueren pardillos, pero por otra me da la sensación de que no me contó la verdad.

—¿Sigue insistiendo en que él no ha tocado nada?

El subinspector asintió.

—¿Y qué hizo desde que llamó hasta que se presentaron los de Seguridad Ciudadana?

—Esperar sentado en el sofá del salón. Tardaron menos de seis minutos.

—Alguien tuvo que cortar el grifo, ¿estamos seguros de que no hemos sido nosotros?

—Los uniformados dicen que no. Había mucho vaho cuando entraron en el baño, pero ya no salía agua.

—¿Y la luz del baño?

—Estaba apagada que yo recuerde. Sí, apagada —se refrendó.

—Vale. ¿Le has preguntado si entró en el dormitorio principal?

—No me hizo falta. Ha insistido en que después de dar el aviso fue al salón y se sentó a esperar.

—Entendido. Vamos a cerciorarnos.

Los dos agentes conversaban sobre el partido que el Real Valladolid debía disputar al día siguiente en Vallecas, donde se jugaba buena parte de sus opciones de permanencia en primera división.

Jorge amusgó los ojos antes de contestar a la pregunta de la inspectora.

—No, la puerta estaba cerrada. Llamamos y nos abrió él.

—¿Cuánto dirías que tardó?

Los policías intercambiaron miradas.

—No sé, unos segundos —respondió el otro.

—Sí, pero ¿cinco o veinte?

—No fueron cinco, eso seguro, porque llamamos dos veces.

—Vale. Eso quería yo saber. El grifo del agua caliente estaba apagado y la luz del baño también, ¿verdad?

—Así es.

—Bien. Gracias. Vamos a ver qué me dice el sobrino. ¿Alfredo o Alberto?

—Alfredo.

Este se estremeció en cuanto regresaron al despacho.

—No le robaré demasiado tiempo, señor Puente, pero hay algunos puntos que necesito aclarar. Voy directa al grano. Dígame: ¿desde dónde hizo la llamada al 112?

—Desde mi teléfono móvil —contestó sorprendido.

—No, me refiero al lugar de la casa.

—Ah, vale. Desde el salón, creo.

—¿Podría asegurarse?

Alfredo Puente se lo pensó.

—Sí, creo que sí.

—Perfecto. Entonces usted entró en la casa, y...

—Se lo he contado antes a él: me asusté mucho al ver tanta sangre por todos los lados. Miré en el salón, la cocina, y al entrar en el baño... ¡Dios! Enseguida volví al salón e hice la llamada.

—¿Cuánto tiempo diría que transcurrió hasta que se presentaron aquí?

—Eso lo sabrán ustedes con precisión, ¿no?

—En efecto, pero se lo estoy preguntando a usted. Conteste, por favor.

—Muy poco, diría que menos de cinco minutos.

—¿Y qué hizo en ese lapso de tiempo?

—Nada. Esperar.

—¿Permaneció todo el tiempo ahí sentado?

—Sí, no me moví. Estaba muy asustado.

—Lo comprendo.

—¿Y qué le pasó por la cabeza? ¿Lo recuerda?

El interrogado frunció el ceño.

—Pensé en avisar a mi prima Isabel, pero al final no lo hice.

—¿Por qué?

—Supongo que no tuve fuerzas para hacerlo.

—No, me refiero a por qué le vino a la cabeza su prima Isabel. ¿Mantenía algún tipo de relación con su tía?

—Para nada. Hace años que no viene a verla, pero supuse que debería avisarla de una cosa así.

—Por supuesto.

Sara Robles se volvió hacia Peteira.

—¿Le hemos tomado muestras del calzado?

—Sí, claro, pero no estaban manchadas de sangre.

—¡¿A qué viene eso ahora?!

—Si se tranquiliza se lo explico. Ha dicho usted que entró en el baño. ¿Hasta dónde entró?

El hombre negó con la cabeza.

—¿Cómo?

—Acaba de decir que miró en el salón y en la cocina, pero que entró en el baño. Y yo quiero saber hasta dónde, porque si no tiene manchadas las suelas de los zapatos significa que solo se acercó a la bañera.

—No lo recuerdo, sinceramente. Quizá hiciera eso que dice, no sé.

—¿La puerta estaba cerrada?

—¡No! —contestó chasqueando los dedos—. ¡De hecho entré por eso, porque vi que salía vaho! Sí, eso es, ya me acuerdo.

—Entonces, todavía debía de estar saliendo agua caliente; sin embargo, cuando llegaron los compañeros, el grifo estaba cerrado. ¿Seguro que no lo cerró usted?

—¡Qué manía! —protestó—. ¡¿Tanta importancia tiene que lo tocara o que no lo tocara?!

—Mucha, créame.

—Pues le digo que si lo hice no me acuerdo de ello.

—¿Ahora duda?

—¡Sí! —chilló—. ¡Estaba en estado de shock, no sé muy bien cómo reaccioné!

—Cálmese, por favor. Si lo hizo tendría todo el sentido del mundo. Solo estamos tratando de reconstruir los hechos. Dejémoslo ahí. ¿Quiere un poco de agua?

—No, estoy bien.

—¿Recuerda haber apagado la luz al salir del baño?

El otro se tomó unos segundos antes de contestar.

—Puede ser. Soy muy maniático con eso. No me gusta ir dejando las luces dadas por toda la casa.

Peteira se sorprendió del cambio de versión, pero no quiso hacer ningún comentario.

—Y de allí al salón —le recordó la inspectora Robles.

—Eso es.

—Acompáñeme, por favor.

—¿Adónde? —quiso saber, alterado.

—Al dormitorio.

Por el camino, la tez del sobrino perdió tres tonalidades.

—Acérquese. ¿Encuentra usted alguna explicación que dé sentido a esto?

—¿A qué?

Sara Robles sonrió con malicia manifiesta.

—A que una señora de más de setenta años con problemas de movilidad arrastre una silla desde el salón, porque esta silla es del comedor del salón —certificó—, para alcanzar algo de la parte superior del armario. Pero más extraño aún es que eso suceda teniendo ahí abajo —señaló— una escalera plegable de aluminio.

El otro frunció los labios componiendo una mueca tan ridícula como delatora.

—Pero ¡¿a mí qué me cuenta?! ¡Lo mismo ha sido la colombiana esa que le limpia en casa de lunes a viernes!

—Es boliviana, pero, fíjese, yo descartaría esa opción. Es de suponer que la asistenta conociera la existencia de la escalera, por lo que no creo que, si quisiera algo de ahí arriba, se fuera al salón a por una silla. No, no lo creo. Y le digo más: al margen del desorden aparente, en las zonas de la casa donde no hay o apenas hay rastros de sangre como son el salón, el despacho y el dormitorio, todo está perfectamente colocado. No he visto ni una sola figurita ni adorno que no esté en su sitio. Igual sucede en armarios y cajones. Ello me invita a pensar que su tía era bastante pulcra y, por tanto, no permitiría que la señora que tiene contratada dejara esto así antes de marcharse. ¿Comprende ahora, señor Puente, que no le encuentre una explicación lógica?

Este se enjugó el sudor que le perlaba la frente.

—¿Conocía usted la existencia de una pequeña caja de caudales?

—No, ni idea —respondió de inmediato.

Tanta inmediatez hizo que Sara Robles emitiera un chasquido con la lengua que no hizo sino incrementar el nerviosismo del interrogado.

—Bien. Ahora le voy a pedir que vacíe sus bolsillos sobre la cama.

El hombre ganó un metro de distancia y puso los brazos en jarra.

—Pero, bueno, ¡¿es que me considera sospechoso de algo?!

—Solo haga lo que le dice, por favor —intervino Peteira conteniendo las ganas de propinarle un papirotazo como los que le daba su abuelo, con la lengua doblada entre los dientes y el nudillo del dedo corazón como ariete.

—¡Es que no hay derecho! ¡No hay derecho! —repitió, engallado, separando las sílabas y elevando en exceso la voz.

—Se equivoca, créame —le corrigió ella equilibrando el tono—. Estamos en medio de una investigación y no solo es nuestro derecho, sino que es nuestra obligación esclarecer las dudas que nos vayan surgiendo, señor Puente. Usted limítese a colaborar.

Este bufó a la vez que agarraba lo que llevaba y vaciaba el contenido de muy mala gana sobre la colcha. Luego sacó el forro por fuera, tiro de la tela y miró fijamente a la inspectora.

—¿Ya está contenta? ¡¿Eh?! ¡¿Ya está contenta?!

—Entrégueme su cartera y haga el favor de retirarse —le indicó Peteira.

Un manojo de llaves, un móvil, algunas monedas y un mechero. Nada reseñable en el billetero que por no tener no tenía más que un billete de cinco euros.

—¿Fuma usted? —le preguntó la inspectora.

—Sí, fumo. ¿Es delito?

—¿Y no lleva tabaco?

—Me lo dejé en el coche.

Sara Robles dejó pasar unos segundos.

—De acuerdo. Ya puede marcharse cuando quiera. Contactaremos con usted en cuanto tengamos alguna novedad de su interés.

El hombre exteriorizó su ofuscación mientras recogía sus pertenencias.

—Tiene que darnos la llave de la vivienda —le informó ella.

—¿Y eso por qué?

—Es el procedimiento.

—¡Me están tratando como a un delincuente sin ningún motivo! Ya veremos cómo termina todo esto.

—Buenos días, señor Puente —le despidió la inspectora—. Acompáñale.

—¡No es necesario!

—Sí, sí que lo es.

Cuando Peteira regresó, Sara Robles estaba contemplando a través de la ventana el lento discurrir de las acetrinadas aguas del Pisuerga.

—Diría que el tipo se cabreó bastante —observó él.

—Que se joda, nos ha mentido a la cara —dijo ella sin girarse.

—Sí, yo también lo creo.

—Llega a la casa y se encuentra con este pandemónium. Busca a su tía, no la encuentra en el salón ni en la cocina, pero entra en el baño porque el vaho que sale por la puerta le llama la atención. Se la encuentra muerta en la bañera, corta el agua caliente y sale apagando la luz. Una manía. Avisa al 112, pero justo entonces se acuerda de algo y se pone a buscarlo. No esperaba que la policía llegara tan pronto. Por eso se le hizo tan corto, porque estaba muy entretenido. No tenía idea de la existencia de la escalera, así que se va al salón, agarra la silla y... Espera, espera. Matesanz me ha dicho que la caja estaba abierta y con la llave puesta, ¿verdad? Ven.

Sara Robles caminó rauda por el pasillo hasta el recibidor.

—Vamos a ver...

La inspectora metió las manos en el bolso que colgaba del perchero y ensanchó la abertura para examinar su interior.

—Está todo revuelto.

—¿Y?

—No me cuadra. Sigo pensando que esa señora era una talibán del orden. No creo que dejara el bolso abierto ni que lo llevara así de alborotado. Antes de ir a por la silla su querido sobrino le hurga en el bolso buscando la llave de la caja, la encuentra, puede que dentro de esta cremallera que también está abierta, y va al armario donde sabe que estaba la caja. Pero está claro que no encuentra lo que pretendía.

—O sí, pero no se lo llevó —conjeturó Peteira.

Sara le golpeó en el hombro.

—¡Claro, joder! Ha podido esconderlo cuando le hemos dejado solo en el despacho.

—Vaya, me parece que aún nos queda un buen rato por aquí.

En algún lugar del subsuelo de Valladolid

—¡Estrema, coño, que nun me dexes ver!

La crítica situación hizo que a Rai se le desbocara el bable mientras se arrodillaba para enfocar con la linterna. Del interior de un tubo corrugado colgaba un manojo de cables encintados.

—Son de telecomunicaciones. Telefonía, internet y eses mierdes. Diría que te cargasti una llínea troncal de fibra óptica —identificó el asturiano.

—¡Te juro que no lo he visto!

—Podría ser peor, pero hai que dicir ye lo, ho.

—¡No me jodas!

—Sí, xingo, sí. Nun podemos saber si esta daba serviciu al muséu, a un bloque de viviendes o a tola maldita cai, pero te aseguro que yá va haber más de dos llamando al so operador. Nun sé cuántu tiempu tenemos, pero antes o dempués van unviar a los sos técnicos a ver qué pasó.

—Por tu padre que en paz descanse, Rai, ¿podrías tener la amabilidad de hablarme en cristiano, por favor, que no te entiendo una mierda?

—¡Nun puedo! ¡Si toi nerviosu, sáleme asina!

Charlie, desesperado, agarró el tubo con ambas manos como si lo estuviera estrangulando.

—¡Me cago en mi suerte, joder! Iba todo de puta madre y ahora que nos faltaba...

—¡Calla, ho! ¡Calla o doite una hostia que te van a parecer dos! ¡Cagondiola!! De nada vale ponese a llorar. Vamos faer lo siguiente: yo sigo equí avanzando y tu busques un llugar con cobertoria p’avisar al señor Jinks.

—¡¿Y qué le digo?!

—La verdá. Que provoquemos una avería y que lo tien que faer esta nueche ensin falta.

—Se va a cabrear.

—¡Pos claro que se va a cabriar, pero ye eso o mandalo tou a tomar pol culu!

—Pero... ¿tú crees que esta tarde lo tendremos?

—¡Vamos tener si faes lo que te digo d’una vegada y cierres la boca!

—Voy a la tapa de San Quirce, la que tiene barrotes de subida.

—¡Vete onde te sala de los güevos, pero vete yá! —le gritó al tiempo que agarraba el soplete—. Y non tardes porque te voi precisar equí para sacar escombros.

Un fogonazo selló la despedida.

Plaza Tenerías, 12

La frustración era el signo predominante en el rostro de Peteira tras más de media hora registrando el despacho de forma infructuosa.

—Por aquí me dicen que van a precintar ya —informó Matesanz—. Deben de tener hambre. ¿Qué hacemos?

La inspectora Robles se rehízo innecesariamente la coleta y suspiró.

—Si al menos supiéramos qué demonios estamos buscando... Aquí no hacemos nada —reconoció—. ¿Te ha dicho Villamil cuándo va a tener lista la autopsia?

—No. Es perro viejo, nunca se pringa. Ahora bien, no ha visto ninguna herida más, por lo que parece que la causa de la muerte está clara.

—La cuestión es averiguar el cómo —terció Peteira.

Sara Robles consultó su reloj.

—¿Tenéis algún

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