PÁJARO FANTASMA
Y entonces la ciudad se sume en otro mes de mayo aletargado y sofocante. Los padres tuercen el gesto y arrastran a sus hijos por el Museo de la Expansión hacia el Oeste, mientras las barcazas descienden con sus lamentos por el Misisipi. Ha habido una explosión en la fábrica de Dowling Industrial y los gases tiñen nuestras puestas de sol de ciruela y naranja plutonio.
Trabajo de las once de la noche a las seis de la mañana. El parque está desierto, y yo monto guardia desde una pequeña ventana abierta en una pared de acero a ciento noventa metros del suelo. Hacia el este, treinta y seis hectáreas de césped y árboles, y los puentes que cruzan el río; hacia el oeste, las luces de San Luis. Hago la ronda bajo un cielo violeta —este mes no se ven las estrellas—, y después de inspeccionar los jardines con los prismáticos oficiales del Servicio de Parques Nacionales, salgo por la estrecha abertura de la ventana y me dejo caer desde lo alto del arco de San Luis.
Uso un Perigree II, un contenedor sin paracaídas de reserva, cerrado con velcro y fabricado por Consolidated Rigging. Dentro va una campana ACE 240 de siete metros cuadrados. Todo mi equipo es de color negro: casco, rodilleras, coderas y una braga que me cubre la boca y la nariz, pero las gafas llevan el cristal azul de visión nocturna de cuarta generación de NVT. El arco, de acero de Pittsburgh, se llama la Puerta hacia el Oeste. Cuando saco la pierna por la ventana y una corriente de aire me azota el rostro, puedo mirar hacia el bosque oscuro o volverme hacia la otra ventana, donde San Luis arde con un tenue resplandor, y sentir que monto a horcajadas la durmiente encrucijada de los sueños de un país. Gichin Fukanoshi nos dice que los sueños contienen la verdad.
El viento arremete con tal fuerza y estruendo que te podrías desintegrar. Tres segundos de caída libre y otros cuatro de pilotaje de campana. A veces desciendo en espiral, como el agua que se va por el desagüe.
Junto a la base del arco, el Museo de la Expansión hacia el Oeste tiene las dimensiones de un campo de fútbol americano. En el vestíbulo guardo una bolsa y un uniforme de forestal; después de cada salto, entro deprisa y segundos después aparezco como Ethan Landry, guarda del parque. En esos momentos, el silencio de la noche siempre me recuerda que el recinto está cerrado y que estoy solo.
El viejo ascensor del personal sube entre suaves zarandeos y chirridos.
Suena música en la radio, y presto atención a los instantes de pausa en el crepitar de fondo del teléfono de emergencias. Las horas se dilatan hasta la mañana. Como ya no bebo, combato el tedio con la lectura. Leo cosas como El libro de los cinco anillos. Hagakure: El camino del samurái. El Tao-Te-Ching. Antes me gustaba leer la obra de Alce Negro y algunos ensayos de Emerson, pero la mentalidad oriental me resulta mucho más clara. Creo que eso, la claridad, es lo principal. Encuentra un camino y recórrelo.
Eso explica mis saltos tan bien como cualquier otra cosa. El salto base consiste en lanzarse en paracaídas desde lo más alto de un edificio. Para mí, sin embargo, significa afinar los sentidos y ser uno con el vacío. El gran samurái Miyamoto Musashi dice que es preciso librarse del yo y fundirse con el Mu, el vacío que reside en lo más profundo de la existencia y al que todo regresa. Así, el guerrero encuentra la vida en la muerte. Conseguirlo es más difícil de lo que parece, y sólo me he acercado en una ocasión. Hace tres años, descendiendo en kayak el río Buffalo al norte de Arkansas, volqué y salí despedido de la embarcación. Me estrellé contra una roca, el kayak se me echó encima y me rompió el tobillo, viró, me hizo saltar una muela y desapareció torrente abajo. Azotado por la corriente, tragando agua y cegado por el dolor, me agarré a la superficie de piedra porque sabía que si me dejaba arrastrar sería el fin. Entonces me di cuenta de que una ardilla me observaba desde la orilla. Ladeó la cabeza como preguntándose qué narices hacía, y después se encaramó a un árbol trazando una espiral en torno al tronco hasta que la perdí entre las ramas. Recuerdo la sensación de calma, la quietud, y pensar: «Ésta es mi muerte. Qué interesante.»
Ese instante me brindó una reveladora visión del universo, una procesión galáctica que marchaba sin contar conmigo. Lo que Dogen llama «las diez mil cosas». La fractura del tobillo se curó, pero, desde aquel día, al descenso de ríos le faltaba algo; así descubrí el paracaidismo, que me llevó hasta el salto base. Había empezado a hacer piragüismo porque una de las primeras cosas que te dicen en rehabilitación es que si quieres mantenerte sobrio debes hacer ejercicio.
Pero, por si nada de eso tiene mucho sentido, dejémoslo en que, debido a mis horarios, con quien más me relaciono es con la gravedad. Todas las noches sin luna tenemos una cita hacia las tres de la madrugada.
Además es mayo. La tonalidad de los cielos es amatista y verde, y, como decía, no se ve una estrella. Por la noche los bosques pierden profundidad, contraste, y parecen extenderse para formar una llanura uniforme como las descuidadas praderas de pastoreo de la granja donde me crié. Los dos focos de la base del arco no son un problema: caigo justo en medio. Aunque esta noche no haya luna, la iluminación que crea este cielo tan extraño me preocupa porque el salto base es ilegal en Estados Unidos. Muchos saltadores van a tirarse a los parques, y los forestales somos sus enemigos tradicionales. La paradoja de mi vida es tan obvia que ya ni siquiera la considero una paradoja.
Antes de saltar recorro el parque con los prismáticos: hierba cortada, arboledas de pinos y álamos, caminos asfaltados que convergen al este en el antiguo Palacio de Justicia. Un brillo; detecto un centelleo fugaz detrás de un árbol. Enfoco con el zoom y encuentro al menos dos personas agazapadas en la penumbra. Estoy a punto de avisar por radio, pero entonces descubro de dónde viene el reflejo: lentes. Una de ellas mira hacia lo alto del arco con un par de prismáticos. La madrugada de hoy me ha traído una sorpresa; me deshago del equipo y me convierto en guarda forestal.
El ascensor me lleva hasta abajo a trompicones, luego camino con sigilo entre los árboles y me agacho detrás de los arbustos más altos. Hay tres personas: una chica y dos chicos, todos bastante jóvenes, así que me digo que será mejor no pasarme con ellos. A mis veintiocho años todavía recuerdo la emoción de colarme en los sitios por la noche. Tuve una novia a la que le encantaba explorar lugares prohibidos. Con los nervios a flor de piel gracias a lo que hubiésemos pillado, Mabel me llevaba por sitios oscuros llenos de tuberías de vapor y carteles de prohibido el paso, por escaleras que subían a algún tejado y acababan en un beso. Aguanto sin encender la linterna y me acerco, porque oigo voces y quiero saber qué dicen.
Un chaval corpulento de mofletes rechonchos y gafas habla con otro más delgado que lleva una gorra de béisbol y una gabardina.
La chica ya hace un rato que mira el arco con los prismáticos. Los baja e interrumpe a los chicos.
—Creo que he visto a un guarda ahí arriba.
Entonces un gemido humano atraviesa el aire. Miro a mi alrededor y veo que por todas partes las sombras cobran forma. Más allá de esa arboleda, el parque está lleno de gente. Al menos doce personas. Hay un chico y una chica tumbados boca arriba; ella señala el cielo. Otra pareja besándose contra el tronco de un pino explica el gemido que acabo de oír. Me he topado con un sueño de juventud y lujuria, y por algún vago motivo, eso, la irrupción de esos jóvenes en mi momento sagrado y necesario, me hace enfadar.
Enciendo la linterna y pongo mi voz más grave.
—¿Qué hacéis aquí? El parque está cerrado.
Todos salen corriendo, pero atrapo a esos tres con el haz de luz. Crujen las hojas y el eco sordo de los pasos reverbera en la tierra.
El chico de la gabardina levanta las manos, luego las baja poco a poco y da un paso adelante.
—Eh... Hola. Sí, ya sabemos que está cerrado, lo sentimos mucho. Estamos haciendo un trabajo para clase. Vamos a la universidad.
La chica me mira por encima del hombro de su amigo.
Sigo enfadado, y cuando el chico penetra mi círculo de poder, me planteo distintos ángulos de kokyu nage con los que podría lanzarlo por encima de la mata de arbustos.
—Está prohibido entrar aquí.
—Tenemos una asignatura... «Mitos y leyendas americanos modernos» y estamos con el proyecto final. Verá...
Entonces habla la chica.
—Es que hay una leyenda urbana que dice que en las noches sin luna algo vuela desde el arco.
No alcanzo a distinguir el color de sus ojos, pero sé que los tiene claros.
—Frank cree que es un tipo con un paracaídas, aunque por las descripciones parece un pájaro fantasma.
—¿Un qué?
—Un pájaro fantasma. El espíritu indio del trueno: gigantesco, negro y de ojos encendidos. La gente los ve desde hace siglos.
—No hay nada que salga volando desde el arco.
Frank —supongo que es él— interviene:
—Yo conozco a tres personas que no se han cruzado en la vida, y todas me han contado la misma historia: han visto algo despegar desde el arco. Los tres describieron una figura toda negra de ojos rojos y relucientes. ¿Quiere otra coincidencia? Que no había luna en ninguna de las ocasiones. He estado investigando: ciento ochenta metros es un salto base más que factible. Usted no puede estar vigilando todo el tiempo.
—Chicos, escuchadme bien: está prohibido entrar aquí. Esto es ilegal. El parque es propiedad del Gobierno.
—Lo sentimos mucho. De verdad. Era... bueno, ya sabe.
—Queríamos ver si era cierto.
—Pues no lo es —insisto—. Tenéis que salir del parque.
Se marchan deprisa, farfullando disculpas. La chica vuelve la cabeza y me mira un instante. Rasgos suaves que reflejan la luz; ojos, labios. Y los estudiantes desaparecen.
Vuelvo a la oficina sin prisa y evocando mi propia experiencia estudiantil. Fui el primero de la familia en ir a la universidad; recuerdo a mis compañeros, tan parecidos a éstos. Bronceados, sonrientes, recorrían los patios de piedra cogidos de la mano y todos tenían cortes de pelo distintos del mío, ropa diferente. Allí me di cuenta de que no sabía hablar ni vestirme, ni siquiera sonreír.
Recuerdo que el primer año me sentía un fraude y no hacía más que imaginar conspiraciones por todas partes, pero mi compañero de habitación compraba hierba al por mayor y me enseñó a relajarme y a olvidarme del mundo. Siempre me viene un ligero escalofrío al pensar en esa época, antes de descubrir la necesidad de mantener el control y encontrar mi propio camino.
Mientras el ascensor me lleva hacia arriba, mi ojo interior reproduce en bucle la mirada de despedida de la chica. Miyamoto dice que el verdadero bushi se separa del deseo; pero en la penumbra de esta noche, esos ojos han tironeado algo que se aloja en mis pulmones y llega hasta ese lugar tras el abdomen donde se encuentra el chi. Entonces no me queda más remedio que pensar en Mabel, así que paso el resto del turno practicando meditación guiada. Sentado en la posición del loto, cierro los ojos y me concentro en el Triángulo Azul, donde guardo mi yo despojado del ego, intentando no pensar en la risa de Mabel ni en la hendidura en la base de su columna vertebral, ni en el sabor de su sudor ni en el agua violeta de la bañera que la cubría en nuestra última noche juntos. El crepitar de fondo del teléfono de emergencias susurra y lo bloqueo.
La mañana es un intenso baño de luz blanca. Mientras bajo en una de las cápsulas que trasportan a los visitantes, oigo cómo se despierta San Luis. Se despiertan los pájaros, se despiertan las barcazas, y se llaman unos a otros. Hay una chica junto a la base del arco. Lleva una camisa blanca sin mangas y el viento le pega la melena castaña a la cara; antes de que se la aparte con la mano, ya sé quién es.
—El parque no abre hasta las nueve —le informo.
Ella me mira con ojos de color verde pálido. Tiene el pelo castaño con mechas en tonos anaranjados.
—¿Puedo ayudarla, señorita?
—Eres tú, ¿verdad? —me pregunta.
—¿Perdona?
El viento sigue jugando con su pelo.
—Eres el pájaro fantasma, ¿a que sí? ¿Sabes que hay una página web sobre ti?
La mañana es cada vez más ruidosa, y la luz del sol demasiado brillante.
—¿Qué?
¿Qué posibilidades tengo de salir airoso si sigo mintiendo? Es mucho más menuda que yo, así que contemplo la posibilidad de pinzarle el nervio con un yonkyo para dejarla inconsciente. Pero el problema seguiría ahí cuando ella despertase.
—¿Qué quieres?
—Enseguida te lo cuento. —Mira alrededor del parque y hacia lo alto del arco—. ¿Podemos ir a hablar a otra parte?
Una cafetería que huele a mantequilla y fondant. La chica lleva un montón de plata encima y unas cuantas pulseras hechas con cordones en un brazo. Tiene la nariz y los pómulos salpicados de pecas oscuras. Se llama Erica Gleason, y me está contando la historia de los pájaros fantasma como prólogo a la explicación de algo que no me ha querido adelantar.
—Uno de los mitos que hemos estudiado en clase es el avistamiento de un fenómeno inexplicable que se repite a lo largo de la historia y en todas las culturas: una figura ornitológica de color negro, una especie de pájaro enorme con ojos relucientes. Lo llaman de maneras distintas, pero muchas de las teorías coinciden en que el nombre es lo de menos.
—Erica...
—O sea, ángeles, demonios, monstruos, qué más da.
—Erica. —Me inclino hacia delante sobre la mesa—. ¿Qué quieres?
Se deshincha un poco y me arrepiento al instante de haberla interrumpido. Le da un sorbo al café y mira por el ventanal de la cafetería. Semáforos que se alzan sobre el gentío. Ruido de bocinas, frenos chirriantes. A estas horas suelo estar en la cama, preparándome para dormir el día entero.
Entonces se vuelve hacia mí.
—Lo que quiero decir es que, cuando me di cuenta de que sólo eras tú, me llevé un chasco.
—Hablando de eso, ¿cómo lo supiste?
Inclina la cabeza y remueve el café.
—Por cómo actuabas. Y porque vi un tipo vestido de negro observándome con unos prismáticos desde una ventana del arco. —Me mira con aire condescendiente—. No se lo he dicho a nadie.
—Bien. Bueno, ¿qué quieres?
—Pues verás —empieza a decir, y deja la cucharilla en la mesa—: quiero que me enseñes.
—¿El qué?
—Salto base.
Intento explicarle que las cosas no funcionan de esa manera.
—Uno no se pone a hacer salto base así como así. Cuesta años acumular el conocimiento necesario para dar el primer salto: es un proceso constante de aprendizaje. Yo mismo todavía me rajo alguna vez.
—Ya he hecho paracaidismo.
—¿Cuántas veces?
—Dos.
—Joder. —Me he equivocado al describir su pelo como castaño. Es más bien como el trigo tostado con destellos cobrizos y caoba—. En este deporte no hay que demostrar nada. Es muy personal. Hay gente que muere practicándolo. Quiero decir que hay gente con mucha experiencia que acaba con lesiones muy graves y muere. No entiendo por qué quieres hacerlo.
—¿Por qué lo haces tú? —me pregunta, y cruza mi mente como un fogonazo la imagen de Mabel flotando sin vida bajo la espuma de jabón de lavanda.
—Primero has de dominar el paracaidismo. Y, aparte de eso, hay otros que pueden enseñarte.
—Mira, no le he dicho nada a nadie, ¿vale? No me he chivado. A ver, si no te interesa, ¿qué haces hablando conmigo? ¿A qué esperas?
Sabe que por el mero hecho de discutirlo con ella ya estoy accediendo. La plata de su muñeca tintinea; tiene los labios finos y descoloridos; las clavículas se le despliegan sobre el pecho como un sombrío albatros y yo pienso: «Triángulo Azul, Triángulo Azul.»
Al llegar a mi apartamento, la luz del contestador automático parpadea. Hay varios mensajes, cosa que me inquieta porque no sé quién podría haberme llamado. Después de diez meses en San Luis, mis contactos se reducen a un casero, un cartero y dos guardas forestales que creen que estoy loco por escoger mi turno. Tsunetomo escribe en Hagakure que en el hombre solitario reside un poder insondable.
La voz del contestador es la de mi padre: «Ethan, soy tu padre. No encuentro a tu madre, hijo, y hace rato que intento contactar contigo. Necesito que metas los caballos en el establo.»
El siguiente mensaje es de una hora más tarde; su voz suena gutural y las palabras le salen lentas y nasales: «Ethan, soy tu padre. No encuentro a tu madre, hijo, y hace rato que intento contactar contigo. Tienes que guardar los caballos. Parece que va a llover.» Los otros tres mensajes son más o menos iguales, pero además me pide que recoja unas patatas y unas zanahorias para que mi madre haga sopa de verduras. Vendimos la granja hace un tiempo, después de que ella muriese.
Llamo a Green Grove y le cuento lo de las llamadas a la enfermera jefe. Me pone en espera y, cuando vuelve, me explica que la enfermera que ayer estaba de turno en la planta de mi padre era una sustituta y que por eso él pudo llamar tantas veces. Se disculpa por las molestias. Una vez en mi habitación, me tumbo en una esterilla de bambú situada en el centro de mi habitación y me pongo un antifaz de dormir para tapar el sol que se filtra a través de las persianas. Cuando intento visualizar una playa donde sincronizar los latidos de mi corazón con el romper de las olas, lo que veo es a mi padre una mañana de verano, la primera vez que volví a casa después de marcharme a la universidad. Mi madre y yo lo encontramos plantado en medio de un campo de matorrales al amanecer, cara al sol, enrollado en una manta, sin nada más. Esa mañana lo envolvía una luz resplandeciente. Al principio creímos que estaba haciendo el tonto, pero desde entonces me he preguntado varias veces qué estaría viendo exactamente.
Así que el océano de mi mente se convierte en el canto al alba de las currucas y algún pajaro chochín en la granja de mi padre. Luego Erica se pone a darme una lección magistral sobre espíritus eternos disfrazados de pájaro al tiempo que se desabrocha la blusa. No puedo dormir, lo que de verdad quiero es saltar desde algún sitio.
Nos apuntamos a un curso de caída libre acelerada. Es un programa de siete niveles diseñado para aprender lo esencial de la disciplina; después de eso, a Erica le quedan por delante veinte saltos para llegar a ser aspirante a maestra de salto. Tiene el dinero para hacerlo. Su padre es abogado de Dowling Industrial. Empezamos con una pequeña Cessna de un solo motor en la que el aire sabe a aluminio y gasolina. El asiento vibra y se hunde, el motor petardea. Mientras esperamos a que nos den la señal, Erica le echa un vistazo a la línea estática y dice:
—Allá vamos. ¡Gerónimo!
—¡No, eso no! Todo el mundo grita lo mismo.
—¿Qué dices tú?
—Banzai —admito a regañadientes.
Ella asiente con la cabeza y mira al frente como si tal cosa, sin mostrarse intimidada, emocionada ni asustada.
Cuando saltas desde casi cuatro mil metros, ni siquiera te sientes caer. Más bien es como estar en el centro de una explosión fría. Se ve la curvatura del planeta, la superficie esférica que tira de ti. La veo caer con el mono de color rojo chillón y los brazos arqueados formando una figura perfecta. Se encoge, perfora una nube blanca y la pierdo. Pego los brazos a los costados y me precipito. A unos doscientos veinticinco kilómetros por hora, veo su campana algo más abajo, un cuadrado ondulado de color rojo. Se me hinchan las mejillas de viento.
Una vez en tierra, no puede parar de sonreír ni de levantar la vista para mirar el trecho que hemos surcado. Vitorea y se ríe, y propone que nos tomemos unos chupitos, pero le explico que se trata tan sólo de un subidón de adrenalina y que yo no bebo.
El aire de mayo es denso y pesado, atrapado bajo este vapor violeta que estamos soportando. Por las noches me preocupo. Mientras inspecciono el parque, me pregunto quién estará ahí fuera esperándome. Erica me ha hablado de una página de internet: «El hombre pájaro de San Luis.» Tiene una foto de un ave negra con colmillos y los ojos encendidos y fosforescentes, además de foros y testimonios de personas que me han visto. Venden camisetas y todo.
La caída libre no se puede comparar con el salto base. Cuando saltas desde un avión estás a demasiada altura y no tienes verdadera conciencia del suelo. Mu, el vacío, no es tan inmediato, no alcanzas a notarlo siquiera. El abrazo de la gravedad se parece más a un lánguido tirón que a un azote violento. Pego las manos al cristal y sopeso la caída. La vida soñada de una ciudad durmiente parece de una lejanía espantosa, mientras mi reflejo me devuelve la mirada y dos haces de luz paralelos se proyectan desde la base del arco como una escalera zen.
Cinco saltos después, Erica me cuenta que su madre es una artista que da clases en casa y que perdió hace tres años un pecho a causa de un cáncer de mama. Estamos comiendo un helado, paseando por un centro comercial, porque ella quiere comprarse un par de zapatillas nuevas.
—Si te digo la verdad, tenía la esperanza de que fueses un animal por descubrir. Un pájaro fantasma o algo así —me confiesa.
—Ya. ¿Tú crees en esas cosas?
Se encoge de hombros y lame el cucurucho sin dejar de balancear la bolsa de Foot Locker.
—Supongo que sí. Es posible. Siempre hay cosas de las que no sabemos nada. En Texas, en los años veinte, varias personas avistaron un pájaro negro del tamaño de una ciudad posado sobre la luna. Me encantan esas historias.
Se limpia el caramelo del labio con un dedo y se lo chupa mientras me sonríe. El chi me repiquetea contra el diafragma como si me hubiera tragado una bomba diminuta.
Las clases de Erica se acaban, y empezamos a saltar más a menudo. Tres veces por semana. Nos marchamos del aeródromo al caer la tarde. Me cuenta que estos días su padre trabaja horas extra: la Agencia de Protección Ambiental está haciendo pasar un mal rato a Dowling Industrial.
—¿Y qué es eso? —pregunto describiendo un arco con el dedo en un cielo color lavanda.
Ella me coge la mano y nos detenemos.
—No sé lo que es.
Al principio me da vergüenza porque en el apartamento no tengo muebles y mi cama no es más que una esterilla de bambú y una manta fina. A la tenue luz de la ventana, el vello de su pecho y de su vientre se ve rubio y resplandeciente. El sudor le forma una balsa salada en el ombligo. Tiene la piel más oscura que Mabel y pesa menos.
Siento cierta ansiedad que se va aplacando a medida que avanzamos. Está bien tocarse; es como lo recordaba, pero diferente.
—Háblame de tu primera vez —me pide con la cara sonrojada y brillante, y las puntas de la melena pegadas a mi pecho.
Le cuento el salto desde el puente Bethel, en Cypress Park. No menciono la curiosidad perversa que sentí aquella mañana fría, la intención clara, cuando asomé un pie desde el puente, de aferrarme al paracaídas plegado todo el camino y no soltarlo nunca.
—Ahora en serio —me advierte—, ¿por qué empezaste a hacer esto?
Me encojo de hombros y finjo tener mucho sueño. No le hablo de aquel día de hace cuatro años en que compré cuatro gramos de heroína ni de la noche en que Mabel se la metió, perdió el conocimiento y se escurrió bajo el agua en la bañera que íbamos a compartir cuando yo llegase a casa.
Quiero explicarle que no busco emociones sin más, que el arco es el nexo entre la civilización y la naturaleza, y que allí yo habito un hueco entre dos espacios, donde esa geometría perfecta de acero sólido separa la ciudad del bosque. Sin embargo, guardamos silencio, y cuando cierro los ojos, emergen unas fisuras al rojo vivo que agrietan la simetría perfecta de mi Triángulo Azul.
A la mañana siguiente, llamo a Green Grove para hablar con mi padre. Me hace las mismas dos preguntas cuatro veces.
Erica quiere que conozca a su madre y «vea algo». Ya me imagino el qué.
Su madre, Carol, tiene el pelo del mismo color, pero mucho más corto. Me pregunta qué tal es trabajar para el Servicio de Parques y me mira con dulzura cuando me describo como amante de la naturaleza. Erica no habla mucho. Cuando se dirige a su madre, apenas se miran a los ojos, y yo encuentro ciertas similitudes en sus facciones. Carol me pregunta por mis aficiones, y su mirada es distante. Cuando habla, parece que le tiemble la voz; se toquetea un pendiente con aire distraído, como si le preocupase algo pero no quisiera inquietar a nadie con el asunto. Entonces me acuerdo de que estuvo enferma y perdió un pecho.
El jardín trasero es muy elaborado y está bien cuidado. Se oye el borboteo del pequeño riachuelo que lo cruza. Respiro hondo y confieso:
—No quiero que lo hagas. —Erica abre la boca, pero antes de que responda, continúo—: Es demasiado peligroso.
Y le tomo la mano. Ella se cruza de brazos y da un paso atrás.
—Estoy lista. ¿De qué hablas? —Se ve la cabeza de su madre en la ventana de la cocina, de espaldas a nosotros—. ¿A qué viene esto?
—Aún es muy pronto. Nos estamos precipitando, es demasiado peligroso. No quiero que te pase nada.
Lo que no le digo es que no podría soportar matar a otra chica.
El riachuelo chapotea entre nosotros dos.
—No —responde—. No voy a echarme atrás. Olvídalo. Voy a ir.
Entonces cancela nuestra cita a tres mil metros de altura, y sé que no volveremos a estar juntos en un avión. Me lleva a su cuarto, donde tiene el equipo desplegado en el suelo.
—¿Es esto lo que querías que viese?
Una campana ACE 240 y un contenedor Perigree II. De color negro.
—Como el tuyo —dice acercándose—. Yo sé cómo hacerlo. Y lo haré. Pero te lo pido a ti.
—Por favor, Erica, venga ya.
Me permite que siga cogiéndola de la mano.
—Lo voy a hacer igualmente, ¿vale? Tanto si me ayudas con esto, como si no. Pero confío en ti. —Me apoya la cabeza en el pecho—. Lo voy a hacer de todos modos, pero confío en ti, ¿de acuerdo?
Asiento.
Doy la vuelta al Perigree II en el suelo, pongo el arnés hacia abajo y guardo los cordones de freno con solemnidad. Es un asunto muy serio. Separo los grupos de cordones y subo el deslizador hacia la campana; tengo el borde de ataque en el regazo y el de fuga hacia el suelo. Ella se sienta en la cama y me mira por encima del hombro. La habitación huele a ella, a chica joven y viva: una combinación de flora y talco, crema y fruta.
Voy sacando la tela de cada celda por encima de los cordones y las coloco una encima de la otra hasta acabar con todas las secciones de la campana. Es como plegar un acordeón. La idea es colocar todos los puntos de unión de los cordones en el centro del paquete, con la tela plegada hacia fuera. La cama chirría a mi espalda, y siento sus uñas acariciarme la nuca con suavidad. Con mucho cuidado, repaso los pliegues anteriores, levanto el centro del borde trasero y lo sujeto con el pulgar. Después saco la cola, lo envuelvo todo con ella y la doblo sobre sí misma. Guardo los cordones en el bolsillo de la cola y la campana en el contenedor. Entonces respiro.
Ella me da un beso en la coronilla.
—Gracias.
Esa noche dormimos separados. Me paso dos horas en la postura de loto, con la espalda recta, definiendo mentalmente mi círculo de poder e intentando reconstruir el Triángulo Azul.
El preciso instante en que rompe el alba. La aurora falsa de cuando la luna desaparece. Los gases del aire ya han empezado a posarse, así que mientras el cielo es de un añil bastante común, la niebla densa que hay bajo el puente Bethel es opalescente, moteada de brillos rosa y violeta. Ella lleva unos pantalones anchos de color negro, una camiseta de tirantes, el Perigree colgado del hombro, rodilleras y el pelo recogido bajo el casco. Yo también tengo el equipo puesto.
Miramos la bruma que centellea y se ondula bajo el puente. Entre los pinos y los matorrales no se oye ni un ruido.
—Ni siquiera se ve el fondo —le advierto.
Ella está mirando hacia abajo.
—¿Y qué? Tengo que contar tres segundos, ¿no? Ya lo veré cuando llegue.
—Yo no lo haría. —Cuando se sube a la barandilla, empiezan a temblarme las manos—. Erica...
—No hace falta que saltes. Yo sí. Te veo abajo.
Tiene la respiración acelerada y entrecortada; no puede apartar la vista del abismo. El pánico en su mirada me recuerda a su madre. Entonces, cuando me doy cuenta de esa similitud, entiendo qué hay entre nosotros: lo que debió de atraerle de mí y qué hacemos allí arriba.
—Erica, espera. Si crees que esto te ayudará a no tener miedo, te equivocas. El miedo no para. No para nunca.
Ella parece confundida y niega con la cabeza.
—¿Qué? Yo no... No he
