Contenido
Portada
Dedicatoria
Lema
PRIMERA PARTE. La orilla
1
2
3
4
SEGUNDA PARTE. El mundo de las sombras
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6
7
8
TERCERA PARTE. Mira el mar
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11
12
CUARTA PARTE. La oscuridad
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16
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QUINTA PARTE. El viaje
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19
SEXTA PARTE. La inmersión
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SÉPTIMA PARTE. El mar, el mar
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OCTAVA PARTE. La niebla
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30
31
Agradecimientos
Créditos
Para Christina, Matthew y Alexandra Egan,
y también para Robert Egan,
nuestro tío Bob.
Sí, como todos saben, la meditación y el agua están emparejadas para siempre.
HERMAN MELVILLE, Moby Dick
PRIMERA PARTE
La orilla
1
Ya habían llegado a casa del señor Styles cuando Anna se dio cuenta de que su padre estaba nervioso. Hasta aquel momento, el viaje en coche la había distraído: habían surcado Ocean Parkway como si se dirigieran a Coney Island, aunque apenas cuatro días antes había sido Navidad y hacía demasiado frío para ir a la playa. Y luego estaba la propia casa, un palacio de ladrillo dorado de tres plantas, rodeado de ventanas y de un sinfín de ondeantes toldos a franjas verdes y amarillas. Era la última casa de una calle que iba a dar a la orilla del mar.
Su padre aparcó el Duesenberg J junto a la acera y apagó el motor.
—Bichito —le dijo—, en casa del señor Styles no guiñes los ojos al mirar.
—Pues claro que no los guiñaré.
—Lo estás haciendo ahora.
—No —dijo ella—, los estoy entornando.
—No hay ninguna diferencia —replicó él—: «entornar» es lo mismo que «guiñar».
—Para mí no.
Su padre se volvió bruscamente hacia ella.
—No lo hagas.
Y entonces fue cuando se dio cuenta. Lo oyó tragar saliva y sintió una punzada de desazón en el estómago. No estaba acostumbrada a verlo nervioso. Distraído sí, y también absorto.
—¿Por qué no le gusta al señor Styles que la gente guiñe los ojos? —preguntó ella.
—No le gusta a nadie.
—Nunca me lo habías dicho.
—¿Quieres volver a casa?
—No, gracias.
—Te puedo llevar a casa.
—¿Si guiño los ojos?
—Si sigues dándome dolores de cabeza, como ahora mismo.
—Si me llevas a casa vas a llegar muy muy tarde —dijo Anna, y pensó que quizá le daría una bofetada. Ya lo había hecho una vez: después de que ella le soltara una sarta de palabrotas que había oído en los muelles, la mano de su padre había impactado en su mejilla como un látigo invisible. El recuerdo de aquel bofetón todavía perseguía a Anna, con el efecto peculiar de haber intensificado su descaro y su actitud desafiante.
Su padre se masajeó el entrecejo y volvió a mirarla. Sus nervios habían desaparecido: Anna lo había curado.
—Anna —dijo—, ya sabes lo que espero de ti.
—Sí, claro.
—Pórtate bien con los hijos del señor Styles mientras yo hablo con él.
—Ya lo sabía, papá.
—No lo dudo.
Anna bajó del Duesenberg J con los ojos tan abiertos que la luz del sol la hizo lagrimear. El coche había sido de su padre hasta el crac de la bolsa, desde entonces era propiedad del sindicato, que se lo prestaba para llevar a cabo tareas sindicales. Cuando Anna no estaba en el colegio, le encantaba acompañarlo: iban a las carreras, a desayunos de comunión y otros actos de la iglesia, a edificios de oficinas donde había ascensores que los transportaban hasta las plantas más altas y de vez en cuando incluso a algún restaurante, pero nunca antes habían ido a una casa particular.
Llamaron a la puerta y les abrió la señora Styles, que tenía las cejas perfectamente delineadas, como una estrella de cine, y la amplia boca pintada de un rojo brillante. Acostumbrada a pensar que su madre era más guapa que las demás mujeres, Anna quedó desarmada ante el evidente glamur de la señora Styles.
—Esperaba poder conocer a la señora Kerrigan —dijo la señora Styles con voz ronca, sujetando la mano del padre de Anna entre las suyas. Éste respondió que su hija pequeña se había puesto enferma esa mañana y que su mujer había tenido que quedarse en casa a cuidarla.
No había rastro del señor Styles.
Educadamente, pero sin mostrar su asombro (o eso esperaba), Anna aceptó un vaso de limonada de una bandeja de plata que le tendió una criada negra con uniforme azul claro. En el suelo de madera reluciente del recibidor se atisbaba el reflejo del vestido rojo que le había cosido su madre. Al otro lado de las ventanas del salón contiguo, el mar centelleaba bajo la luz pálida del sol invernal.
Tabatha, la hija de la señora Styles, tenía sólo ocho años, tres menos que Anna. Aun así, Anna dejó que la pequeña la llevara de la mano a la «guardería», una habitación reservada exclusivamente para jugar que contenía una impresionante colección de juguetes. A primera vista, Anna distinguió una muñeca Flossie Flirt, varios osos de peluche grandes y un caballito mecedor. En la guardería había una niñera, una mujer pecosa y de voz áspera cuyo vestido de lana se combaba como una librería sobrecargada para intentar contener sus pechos inmensos. Anna supuso, por su rostro ancho y el alegre destello de sus ojos, que era irlandesa, y temió que fuera a calarla de inmediato. Decidió mantener las distancias.
Dos niños pequeños (gemelos, o cuando menos intercambiables) intentaban ensamblar las vías de un tren eléctrico. En parte para evitar a la niñera, que se negaba a ayudarlos, Anna se agachó junto a las vías desmontadas y ofreció sus servicios. Era muy hábil con esa clase de mecanismos: hubiera podido armarlos al tacto, con los ojos cerrados. Le resultaban tan obvios que siempre pensaba que los demás no se esforzaban lo suficiente. Se limitaban a mirar, una actitud tan inútil a la hora de montar algo como intentar estudiar una imagen palpándola. Anna ensambló las dos piezas que irritaban a los niños y sacó más de la caja recién abierta. Era un tren Lionel y la calidad de las vías se notaba en la facilidad con que encajaban entre ellas. De vez en cuando, mientras las iba montando, Anna miraba de reojo la muñeca Flossie Flirt, apretujada al final de un estante. Dos años atrás, había deseado una con tal intensidad que era como si una parte de esa desesperación se hubiera desprendido y se le hubiera quedado dentro para siempre. Reencontrarse con aquel viejo anhelo en ese lugar le resultó extraño y doloroso.
Tabatha acunaba la muñeca nueva que le habían regalado por Navidades, una Shirley Temple con un abrigo de piel de zorro. La niña observaba embelesada cómo Anna montaba las vías de sus hermanos.
—¿Dónde vives? —le preguntó.
—Por aquí.
—¿Junto a la playa?
—Cerca.
—¿Puedo ir a tu casa?
—Sí, claro —dijo Anna, que ensamblaba vías con la misma rapidez con que los niños se las iban pasando: ya casi había terminado un circuito en forma de ocho.
—¿Tienes hermanos? —preguntó Tabatha.
—Una hermana —respondió Anna—. Tiene ocho años, como tú, pero es mala porque es muy guapa.
Tabatha pareció alarmarse.
—¿Cómo de guapa?
—Guapísima —dijo Anna muy seria—. Se parece a nuestra madre —añadió entonces—, que bailaba con las Follies.
Un instante después reparó en el error de haber alardeado de aquella forma. «Nunca cuentes nada a menos que sea inevitable»: la voz de su padre resonaba en su cabeza.
La misma criada negra sirvió la comida en una mesa del cuarto de juegos. Se sentaron como adultos en sus sillitas, con servilletas de tela sobre el regazo. Anna miró de reojo la Flossie Flirt varias veces buscando algún pretexto para coger la muñeca sin tener que admitir su interés en ella. Con tenerla un momento entre sus brazos se habría dado por satisfecha.
Después de la comida, y como recompensa por haberse portado bien, la niñera dejó que se pusieran abrigos y gorros y salieran por una puerta trasera al camino que comunicaba la casa del señor Styles con una playa privada. Un amplio semicírculo de arena cubierta por una finísima capa de nieve descendía suavemente hacia el mar. Anna había ido muchos inviernos a los muelles, pero nunca a una playa. Olas en miniatura asomaban bajo placas de hielo tan delgadas que crujían cuando las pisaba con fuerza. Las gaviotas chillaban y se lanzaban en picado a través del viento tumultuoso con sus vientres blanquísimos. Los gemelos se habían llevado unas pistolas de rayos de Buck Rogers, pero el viento convertía sus disparos y sus últimos estertores en una pantomima.
Anna contempló el mar. De pie junto a la orilla la embargó una sensación extraña, una mezcla electrizante de atracción y temor. ¿Qué quedaría a la vista si toda aquella agua se desvaneciera de pronto? Un paisaje de objetos perdidos: barcos hundidos, tesoros ocultos, oro y joyas, y la pulsera que le había resbalado de la muñeca y se le había caído dentro de una alcantarilla. «Y cadáveres», añadía siempre su padre con una carcajada: para él, el océano era un páramo.
Anna se volvió hacia Tabby (ése era su apodo), que temblaba junto a ella, y le entraron ganas de contarle lo que sentía. Siempre era más fácil hablar con los desconocidos. En cambio, dijo lo que siempre decía su padre ante un horizonte desierto:
—Ni un barco a la vista.
Los niños corrían hacia las olas arrastrando sus pistolas de rayos por la arena con la niñera jadeando tras ellos.
—¡Phillip, John-Martin, no os acerquéis al agua! —dijo la mujer resollando a un volumen alarmante—. ¿Ha quedado claro? —Lanzó una mirada severa a Anna, que los había guiado hasta allí, y se llevó a los gemelos a casa.
—Se te están mojando los zapatos —dijo Tabby castañeteando los dientes.
—¿Nos los quitamos para notar el frío? —sugirió Anna.
—¡Yo no quiero notarlo!
—Pues yo sí.
Tabby miró cómo Anna se desabrochaba las tiras de los zapatos de charol negro que compartía con Zara Klein, su vecina de abajo. Luego se quitó las medias de lana y hundió sus pies blancos y huesudos, demasiado grandes para su edad, en el agua helada. Una sensación agónica le subió desde ambos pies hasta el corazón; en parte, era una llamarada de dolor que le resultaba inesperadamente agradable.
—¡¿Qué tal?! —chilló Tabby.
—Frío —dijo Anna—, terriblemente frío.
Necesitó de toda su fuerza de voluntad para no retroceder, y esa resistencia no hizo más que acrecentar su excitación. Entonces se volvió hacia la casa y vio a dos hombres con abrigos oscuros acercándose por el camino asfaltado que discurría junto a la arena. Se sujetaban el sombrero para que no se lo llevara el viento. Parecían actores de una película muda.
—¿Son nuestros papás?
—A papá le gusta hablar de negocios al aire libre —dijo Tabatha—: «Lejos de oídos indiscretos.»
Anna sintió un acceso de compasión benévola hacia la pequeña Tabatha, excluida de los asuntos de su padre. Ella, en cambio, podía escuchar siempre que quería, aunque casi nunca oía nada interesante. El trabajo de su padre consistía en transmitir saludos o buenos deseos entre miembros del sindicato y otros hombres que eran amigos suyos. Esos saludos solían incluir un sobre, o a veces un paquete, que su padre entregaba o recibía con gesto indiferente: no te dabas cuenta a menos que prestaras atención. A lo largo de los años su padre había hablado muchísimas veces delante de Anna sin ser consciente de ello, y ella había escuchado sin entender lo que oía.
Le sorprendió la familiaridad, la cordialidad, con que su padre hablaba con el señor Styles. Al parecer eran amigos, después de todo.
Los dos hombres cambiaron de rumbo y empezaron a caminar por la arena hacia donde estaban Anna y Tabby. Anna salió rápidamente del agua, pero había dejado los zapatos demasiado lejos para volver a ponérselos a tiempo. El señor Styles era un hombre corpulento e imponente, y su pelo negro, peinado con brillantina, asomaba bajo el ala ancha del sombrero.
—Oye, ¿ésta es tu hija? —preguntó—. ¿Soportando temperaturas árticas con apenas unas medias?
Anna percibió el disgusto de su padre.
—Así es —asintió él—. Anna, saluda al señor Styles.
—Encantada de conocerlo —dijo, y le estrechó la mano con firmeza, como le habían enseñado, procurando no entornar los ojos mientras levantaba la vista para mirarlo. El señor Styles parecía más joven que su padre, no tenía ni manchas ni arrugas en la cara. Anna percibió en él una actitud alerta, una tensión que se intuía incluso a través de su abrigo hinchado por el aire. Parecía estar esperando algo a lo que reaccionar, o con lo que distraerse, y en ese momento aquel algo era Anna.
El señor Styles hincó una rodilla en la arena para ponerse a su altura y la miró fijamente a los ojos.
—¿Por qué vas descalza? —le preguntó—. ¿No sientes frío o lo haces por alardear?
Anna no supo qué responder. No era ni lo uno ni lo otro, más bien ganas de sorprender a Tabby y tenerla intrigada, pero ni siquiera fue capaz de explicar eso.
—¿Para qué iba a alardear? —dijo—. Tengo casi doce años.
—¿Y qué se siente?
A pesar del viento, notó el olor a menta y licor del aliento del señor Styles. Se dio cuenta de que su padre no podía oír su conversación.
—Sólo duele al principio —explicó—, al cabo de un rato ya no notas nada.
El señor Styles sonrió como si su respuesta fuera una pelota y él hubiera disfrutado físicamente cazándola al vuelo.
—Toda una filosofía de vida —dijo, y acto seguido volvió a erguirse hasta recuperar su altura inmensa—. Es una chica fuerte —le indicó al padre de Anna.
—Así es.
Su padre evitó mirarla.
El señor Styles se sacudió la arena de los pantalones y dio media vuelta para marcharse: había agotado aquel momento y ya estaba pensando en el siguiente.
—Son más fuertes que nosotros —oyó Anna que le decía a su padre—. Afortunadamente para nosotros, no lo saben.
Anna pensó que iba a darse la vuelta para mirarla, pero ya debía de haberse olvidado de ella.
Dexter Styles notaba cómo la arena se colaba en sus zapatos Oxford mientras volvía con paso lento al camino asfaltado. Sí, la dureza que había percibido agazapada en Ed Kerrigan había florecido con todo su esplendor en aquella chica de ojos negros. Eso demostraba algo que había sospechado siempre: los hijos te delataban. Por eso, Dexter rara vez hacía negocios con alguien sin haber conocido antes a su familia. Le habría gustado encontrar a su Tabby también descalza.
Kerrigan conducía un Duesenberg modelo J de 1928 azul Niágara, una muestra tanto de su buen gusto como de lo excelentes que eran sus perspectivas antes del crac de la bolsa. Y tenía un sastre magnífico. No obstante, había algo oscuro en él, algo que contrastaba con su ropa, su automóvil e incluso con su conversación directa y hábil: una sombra, una pena. Aunque ¿quién no tenía una? O varias.
Al llegar de nuevo al camino, Dexter ya había decidido contratar a Kerrigan, siempre y cuando lograran acordar unas condiciones aceptables.
—Oye, ¿tienes tiempo para que cojamos el coche y vayamos a visitar a un viejo amigo mío? —le preguntó.
—Claro —respondió Kerrigan.
—¿Tu mujer no te espera?
—No antes de la cena.
—Y tu hija, ¿no se preocupará?
Kerrigan se rió.
—¿Anna? Su misión en la vida consiste en que yo me preocupe.
Anna había estado esperando que su padre apareciese en algún momento llamándola para que volviera a la casa, pero fue la niñera quien finalmente fue a buscarlas a las dos y les dijo, resoplando y con tono indignado, que hacía mucho frío y que debían marcharse de la playa inmediatamente. La luz había cambiado y en la sala de juegos reinaba un ambiente lúgubre y denso. El cuarto tenía su propia estufa de leña, así que la temperatura era suave. Todos comían galletas de nueces mientras miraban cómo el tren eléctrico, sacando humo de verdad por su chimenea en miniatura, daba vueltas al circuito en forma de ocho montado por Anna. Ella nunca había visto un juguete como aquél y ni siquiera podía imaginar cuánto debía de costar. Estaba harta de aquella aventura: ya había durado mucho más de lo que solían hacerlo sus visitas sociales, y Anna estaba agotada de representar un papel para los otros niños. Tenía la sensación de que llevaba horas sin ver a su padre. Al rato, los niños dejaron el tren dando vueltas y se fueron a mirar cuentos. La niñera se había adormilado en una mecedora. Tabby estaba echada en una alfombra trenzada, apuntando su caleidoscopio nuevo hacia la lámpara.
—¿Me dejas coger tu Flossie Flirt? —preguntó Anna en tono despreocupado.
Tabby asintió con gesto ausente y Anna cogió la muñeca del estante. Las Flossie Flirts se vendían en cuatro tamaños y ésta correspondía al segundo más pequeño: no era el bebé recién nacido, sino uno un poco mayor, con ojos azules y mirada de sorpresa. Anna puso la muñeca ligeramente de costado. Tal como prometía el periódico, los iris se deslizaron hacia el rabillo del ojo para no perder de vista a Anna. Ella sintió tal explosión de alegría que casi se echó a reír. Los labios de la muñeca describían una O perfecta. Bajo el labio superior asomaban dos dientes pintados de blanco.
Como si percibiera aquel entusiasmo, Tabby se levantó de un brinco.
—Si quieres te la puedes quedar —exclamó—: yo ya no juego nunca con ella.
Anna absorbió el impacto de aquella propuesta. Dos Navidades atrás, cuando deseaba una Flossie Flirt con todas sus fuerzas, ni siquiera se había atrevido a pedirla: habían dejado de llegar barcos y ellos no tenían dinero. El intenso anhelo físico que en su día le había provocado aquella muñeca la partió en dos y la hizo dudar, aunque en el fondo sabía que, por supuesto, debía rechazarla.
—No, gracias —dijo finalmente—. Tengo una más grande en casa. Sólo quería ver cómo es la pequeña.
Haciendo un gran esfuerzo, se obligó a devolver la Flossie Flirt al estante, aunque dejó una mano sobre una de las piernecitas de goma hasta que se dio cuenta de que la niñera la miraba fijamente. Entonces, fingiendo indiferencia, le dio la espalda.
Demasiado tarde. La niñera la había visto y lo había entendido todo. Cuando Tabby salió de la sala para ver qué quería su madre, la niñera cogió la Flossie Flirt y se la lanzó a Anna.
—Quédatela, querida —dijo susurrando, pero con determinación—. A ella le da igual: tiene tantos juguetes que no puede jugar con todos. Y los otros dos también.
Anna dudó un instante tratando de convencerse de que debía de haber un modo de quedarse la muñeca sin que se enterara nadie, pero al imaginar la reacción de su padre se reafirmó en su respuesta.
—No, gracias —dijo fríamente—. Además, ya soy mayor para jugar con muñecas.
Se marchó de la sala de juegos sin volver la mirada. Sin embargo, la amabilidad de la niñera la había conmovido y subió por la escalera con las rodillas temblorosas.
Al ver a su padre en el recibidor, apenas pudo contener el deseo de salir corriendo y abrazarse a sus piernas como solía hacer de pequeña. Él llevaba el abrigo puesto. La señora Styles se estaba despidiendo.
—La próxima vez trae a tu hermana —le dijo a Anna, y la besó en la mejilla envolviéndola en un halo de perfume almizclado.
Anna le prometió que lo haría. Fuera, el Duesenberg J desprendía un brillo apagado bajo el sol de última hora de la tarde. Cuando el coche era suyo brillaba más: los del sindicato no le ponían suficiente cera. Mientras se alejaban de la casa de los Styles, Anna intentó pensar en algún comentario agudo con el que desarmar a su padre, como los que le salían sin querer cuando era pequeña, arrancándole una carcajada de sorpresa. Últimamente se había sorprendido a sí misma tratando de volver a un estadio anterior, como si hubiera perdido parte de su frescura o inocencia.
—El señor Styles no me ha parecido la clase de persona que tiene acciones en la bolsa —dijo finalmente.
Su padre soltó una risita y la atrajo hacia él.
—El señor Styles no necesita acciones: tiene varios clubes nocturnos, entre otras cosas.
—¿Y es del sindicato?
—No, no. No tiene nada que ver con el sindicato.
Aquello fue una sorpresa. En términos generales, los hombres del sindicato llevaban sombrero, y los estibadores, gorra. Algunos, como su padre, usaban uno u otra dependiendo de la ocasión. Anna no podía imaginar a su padre con un garfio de estibador cuando iba bien vestido, como aquel día. Su madre guardaba plumas exóticas de las piezas que cosía a destajo en casa y las usaba para adornarle los sombreros. Le arreglaba los trajes para que fuera siempre a la moda y le sentaran bien a pesar de su constitución endeble: desde que los barcos habían dejado de llegar hacía menos ejercicio y había perdido peso.
Su padre llevaba una mano en el volante y un cigarrillo entre los dedos; con el otro brazo rodeaba a Anna. Ella se apoyó en él. Al final, todo se reducía a ellos dos en movimiento y a Anna dejándose arrastrar por una agradable somnolencia. Entre el humo del cigarrillo de su padre percibió un olor nuevo dentro del coche, un aroma terroso y familiar que no consiguió ubicar.
—¿Por qué ibas descalza, bichito?
Anna sabía que le haría esa pregunta.
—Para sentir el agua.
—Eso es de niñas pequeñas.
—Tabatha tiene ocho años y no lo ha hecho.
—Es más sensata que tú.
—Al señor Styles le ha gustado que lo hiciera.
—No tienes ni idea de qué ha pensado el señor Styles.
—Que sí: hemos hablado mientras no nos oías.
—Ya lo he visto —dijo él volviéndose para mirarla—. ¿Qué te ha dicho?
Su mente retornó a la arena, al frío, las punzadas de dolor en los pies y aquel hombre a su lado, curioso; todo ello mezclado con las ganas de tener esa muñeca Flossie Flirt entre los brazos.
—Me ha dicho que era muy fuerte —dijo Anna con un nudo en la garganta que le ahogó la voz. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Y lo eres, bichito —dijo él besándola en la coronilla—, eso salta a la vista.
En un semáforo, su padre extrajo otro cigarrillo del paquete de Raleigh. Anna miró dentro, pero ya había sacado el cupón. Ella querría que su padre fumara más: había reunido ya setenta y ocho cupones, pero hasta los ciento veinticinco los productos del catálogo carecían de interés. Por ochocientos podías conseguir una vajilla de plata de seis servicios con un cofre personalizado, y había una tostadora automática por setecientos. Pero esos números le parecían inalcanzables. El catálogo de premios de B&W andaba justo de juguetes: tan sólo había un oso panda Frank Buck o una muñeca Betsy Wetsy con un ajuar de bebé completo por doscientos cincuenta, pero esos objetos le parecían indignos de ella. Lo que más la atraía era la diana «para niños mayores y adultos», pero no podía imaginarse lanzando dardos afilados en su pisito; ¿y si le daba a Lydia?
Ya se divisaba el humo de los campamentos de Prospect Park: estaban cerca de casa.
—Casi se me olvida —dijo su padre—, mira qué tengo aquí.
Se sacó una bolsa de papel de debajo del abrigo y se la dio a Anna. Estaba llena de tomates rojos: su olor áspero, a tierra, era el que había notado al entrar en el coche.
—Pero ¿cómo? —preguntó ella—. ¿En invierno?
—El señor Styles tiene un amigo que los cultiva en una casita de cristal. Me la ha enseñado. Le daremos una sorpresa a mamá, ¿vale?
—¿Te has marchado? ¿Y me has dejado sola en casa del señor Styles?
La asaltó un doloroso estupor: en todos los años que Anna llevaba acompañándolo a sus recados, su padre nunca la había dejado en ninguna parte; siempre había estado a la vista.
—Sólo un rato, bichito. Ni siquiera me has echado de menos.
—¿Has ido muy lejos?
—No, no mucho.
—Sí te he echado de menos.
De pronto, Anna tuvo la sensación de que había notado la ausencia del padre, el vacío de su ausencia.
—Tonterías —dijo él y la besó de nuevo—, ¡pero si te lo estabas pasando en grande!
2
Con el Evening Journal doblado bajo el brazo, Eddie Kerrigan se detuvo un momento delante de la puerta de su piso jadeando por la subida. Había enviado a Anna escalera arriba mientras él iba a comprar el periódico en gran medida para aplazar su vuelta a casa. El calor de los incansables radiadores se escapaba por el marco de la puerta y se expandía por el pasillo, amplificando el olor a hígado y cebolla que salía de casa de los Feeney, en la tercera planta. Su piso se encontraba en la sexta, aunque supuestamente era la quinta: una ilegalidad que un genio de la construcción había resuelto llamando «primera planta» a la segunda. Pero la principal ventaja del edificio lo compensaba con creces: una caldera en el sótano que bombeaba vapor a todos los radiadores, uno en cada habitación.
La carcajada de su hermana al otro lado de la puerta lo cogió por sorpresa. Al parecer, Brianne había regresado de Cuba antes de lo esperado. Eddie abrió la puerta con un chirrido de las bisagras repintadas. Su mujer, Agnes, estaba sentada a la mesa de la cocina ataviada con un vestido amarillo (en la sexta planta era verano todo el año). Y en efecto, delante de ella estaba Brianne, ligeramente bronceada y con un vaso casi vacío en la mano, el estado habitual de los vasos de Brianne.
—Hola, cariño —dijo Agnes, levantándose en medio de un montón de gorros con lentejuelas que había estado cosiendo—. Qué tarde llegas.
Ella le dio un beso y Eddie la agarró por las caderas firmes y sintió la punzada de excitación de siempre, a pesar de todo. Le llegó el aroma de las naranjas con clavo que ellas habían colgado en el árbol de Navidad de la sala de estar y notó la presencia de Lydia, allí, cerca del árbol. No se dio la vuelta: antes tenía que prepararse. Besar a su hermosa mujer era una buena forma de empezar; ver cómo ella le echaba agua con gas al vaso del caro ron cubano que había llevado Brianne: ésa era una excelente forma de empezar.
Agnes había dejado de beber por las noches: decía que la hacía sentirse demasiado cansada. Eddie le llevó a su hermana el vaso de tubo lleno de nuevo y con un cubito de hielo, y chocó con su vaso el de ella.
—¿Qué tal el viaje?
—Absolutamente maravilloso —dijo Brianne con una carcajada—, hasta que se torció por completo. He vuelto en un vapor.
—No es tan elegante como un yate. Oye, esto está delicioso.
—¡Pues el vapor ha sido la mejor parte! He hecho un amigo a bordo que es muy buen chico.
—¿Tiene trabajo?
—Era el trompetista de la banda —dijo Brianne—. Ya lo sé, ya lo sé, ahórrate el comentario, hermanito. Es una monada.
Sin novedad en el frente. Su hermana (hermanastra en realidad, pues eran hijos de madres distintas y habían crecido separados, además de que Brianne tenía tres años más que él) era como un magnífico automóvil cuyo propietario estaba siempre a punto de estrellarse. En su día había sido despampanante; ahora, bajo una luz poco favorecedora, era una mujer de treinta y nueve que aparentaba cincuenta.
Se oyó un gemido procedente de la sala que Eddie experimentó como un puntapié en el estómago. «Voy», pensó antes de que Agnes se lo pidiera. Se levantó de la mesa y fue hasta donde se hallaba Lydia, echada en el sillón como un perro o un gato: no tenía fuerza suficiente para mantenerse erguida. Al ver a Eddie acercándose, esbozó una sonrisa; tenía la cabeza echada hacia atrás y las muñecas dobladas como las alas de un pájaro. Buscó los ojos de su padre con sus radiantes ojos azules: unos ojos claros, perfectos, en los que no se apreciaba rastro alguno de su dolencia.
—Hola, Liddy —dijo él con frialdad—. ¿Cómo ha ido el día, pequeña?
Era difícil no sonar burlón sabiendo que Lydia no podía responder. Cuando hablaba, lo hacía a su manera, con un balbuceo sin sentido. Y no obstante se le hacía extraño no hablar con ella: ¿qué otra cosa podía hacer con una niña de ocho años que no era capaz de incorporarse por sí misma y menos aún de andar? Acariciarla y saludarla no daba para más de quince segundos; ¿y luego? Agnes lo estaría observando, ansiosa porque demostrara algo de afecto por su hija menor. Eddie se arrodilló junto a Lydia y le dio un beso en la mejilla. El pelo dorado, suave y rizado, le olía al champú carísimo que Agnes insistía en comprarle. Tenía la piel suave como la de un bebé. Cuanto mayor se hacía, más tentador resultaba imaginar qué aspecto tendría si no hubiera nacido enferma. Probablemente sería una belleza, más guapa aún que Agnes. Y que Anna, eso seguro. Pero pensar en esas cosas no servía de nada.
—¿Cómo ha ido el día, pequeña? —volvió a susurrar. Cogió a Lydia en brazos y se sentó en la butaca apretándola contra su pecho. Anna se reclinó contra él: su madre le había enseñado a no perderse detalle de aquellas interacciones. Eddie no entendía la devoción de su mujer por Lydia: ¿por qué, cuando la niña le devolvía tan poco? Anna le quitó los calcetines a su hermana y le hizo cosquillas en los pies, suaves y crispados, hasta que la niña se retorció en los brazos de Eddie e hizo aquel ruido que en ella equivalía a reírse. Eddie lo detestaba: prefería creer que Lydia no podía pensar o sentir más que como un animal, atendiendo a su propia supervivencia. Pero su risa como respuesta a algo placentero rebatía esa creencia, y Eddie se ponía furioso, primero con Lydia y luego consigo mismo, por recelar de los pocos momentos en los que disfrutaba. Y lo mismo pasaba cuando babeaba, algo que naturalmente no podía evitar: sentía un destello de rabia, incluso el deseo de abofetearla, seguido de un espasmo de culpa. Una y otra vez, con su hija menor, la rabia y el odio hacia sí mismo engullían a Eddie como un torbellino y lo dejaban transido de pena y exhausto.
Aun así, podía ser todo tan dulce... El atardecer azulado al otro lado de las ventanas, el ron de Brianne enturbiándole agradablemente los pensamientos, sus hijas acurrucadas junto a él como gatitos... Duke Ellington en la radio, el alquiler del mes pagado. La situación podría ser peor; de hecho, era peor para muchos a finales de 1934. Eddie sentía una reconfortante posibilidad de ser feliz que lo arrastraba como el sueño, pero su rebeldía lo hizo volver en sí: «No, no puedo aceptarlo: me niego a que todo esto me haga feliz.» Se levantó de golpe, asustando a Lydia, que soltó un gemido cuando volvió a dejarla en la butaca. Las cosas no eran como deberían ser, ni de lejos: él era un hombre de orden (Eddie se lo recordaba a menudo, con ironía), y en su caso se habían vulnerado demasiadas leyes. Dio un paso atrás, se mantuvo a distancia y, después de haber renunciado a la felicidad, obtuvo su recompensa: un latigazo de dolor y soledad.
Había una silla especial que tenía que comprarle a Lydia, un artilugio monstruosamente caro. Con una hija así uno debería ser tan rico como un Dexter Styles, pero ¿acaso ese tipo de hombres tenía hijos como Lydia? Durante los primeros años de vida de la niña, cuando todavía creían que eran ricos, Agnes la llevaba cada semana a una clínica de la Universidad de Nueva York donde una mujer le daba baños de agua mineral y usaba correas de piel y poleas para fortalecer sus músculos. Ahora, aquel tipo de cuidados para Lydia escapaban a sus posibilidades, pero la silla le permitiría incorporarse, mirar las cosas, unirse al mundo vertical. Agnes creía en el poder transformador de la silla y Eddie en la necesidad de aparentar que compartía la opinión de su mujer. Y a lo mejor lo hacía, un poco. De hecho, aquella silla era el motivo por el que había buscado la amistad de Dexter Styles.
Agnes apartó los gorros y las tiras de lentejuelas de la mesa de la cocina y puso cuatro platos para la cena. Le habría encantado que Lydia comiera con ellos, se la habría sentado con mucho gusto en el regazo, pero eso habría arruinado la cena a Eddie. Así pues, Agnes dejó a Lydia sola en el salón, gesto que, como siempre, compensó manteniendo toda la atención puesta en la niña, como si existiera una cuerda entre las dos y en un extremo estuviera ella y en el otro, su hija menor. A través de aquella cuerda, Agnes sentía vibrar la conciencia y la curiosidad de Lydia, y le infundía la confianza necesaria para que supiera que no estaba sola. Esperaba que Lydia sintiera su amor febril y toda la seguridad que intentaba transmitirle. Naturalmente, sujetar aquella cuerda implicaba que Agnes estuviera siempre ausente, o presente sólo a medias, algo que Eddie le recriminaba a menudo. Pero él se ocupaba tan poco de la niña que no le dejaba otra opción.
Alrededor de un guiso de judías y salchichas, Brianne los entretuvo con la historia de su lío con Bert. La relación ya se había deteriorado bastante en el momento en que ella le asestó el golpe de gracia y lo hizo caer de la cubierta de su yate a las aguas infestadas de tiburones de las Bahamas.
—Nunca habéis visto a un hombre nadar más rápido —dijo—. En serio, parecía un deportista olímpico. Cuando cayó rendido en la cubierta, lo ayudé a levantarse y luego quise abrazarlo: ¡era la primera cosa divertida que él hacía en muchos días! ¿Y qué hace él? ¡Intenta pegarme un puñetazo en la nariz!
—Y entonces ¿qué? —exclamó Anna con más excitación de la que Eddie habría esperado: su hermana era una mala influencia, pero él no sabía qué hacer, cómo contrarrestarla.
—Pues que lo esquivé, claro, y él estuvo a punto de volver a caer al agua. Los hombres que han crecido con dinero no tienen ni idea de pelear. Sólo los barriobajeros saben hacerlo. Como tú, hermanito.
—Pero nosotros no tenemos yates —señaló él.
—Una verdadera pena —dijo Brianne—: estarías muy guapo con gorra de capitán.
—Se te olvida que no me gustan los barcos.
—Crecer con dinero los ablanda —siguió diciendo Brianne—. Un día te levantas y se han ablandado por todas partes, no sé si me explico. Que se les ha ablandado el cerebro, digo —añadió entonces ante la mirada severa de su hermano.
—¿Y el trompetista? —preguntó él.
—Ah, es un amante de primera. Tiene unos ricitos como Rudy Vallee.
Brianne pronto volvería a necesitar dinero. Hacía ya tiempo que había dejado atrás sus años de bailarina, e incluso entonces su principal fuente de ingresos siempre eran sus novios. Pero los hombres forrados habían empezado a escasear y una chica con ojeras y el vientre fofo de tanto beber tenía pocas probabilidades de pescar a uno. Siempre que ella le pedía dinero, Eddie encontraba la forma de dárselo, aunque tuviera que pedirlo prestado a algún usurero: le daba pavor pensar en qué podía convertirse su hermana si no lo hacía.
—En realidad, al trompetista le va bastante bien —dijo Brianne—: ha estado trabajando en un par de clubes de Dexter Styles.
Aquel nombre pilló por sorpresa a Eddie. Nunca lo había oído en boca de Brianne (ni de nadie más, de hecho), por lo que ni siquiera se le había ocurrido prepararse para tal eventualidad. Percibió la vacilación de Anna en el extremo opuesto de la mesa. ¿Se le escaparía que él había pasado el día con aquel hombre en su casa de Manhattan Beach? Eddie no se atrevió ni a mirarla. Esperaba que su largo silencio le indicara que ella tampoco debía decir nada.
—Algo es algo, supongo —le dijo a su hermana.
—Ése es mi Eddie —suspiró Brianne—. Tú siempre tan optimista.
El reloj de la sala dio las siete, lo que quería decir que ya eran casi las siete y cuarto.
—Papá —dijo Anna—, se te ha olvidado la sorpresa.
De entrada, aún alterado tras haber salvado la situación por los pelos, Eddie no entendió a qué se refería, pero entonces se acordó, se levantó de la mesa y se acercó al colgador donde había dejado el abrigo. Qué buena era Anna, se dijo admirado mientras fingía rebuscar en los bolsillos e intentaba calmar su respiración. Más que buena. Vació la bolsa encima de la mesa y dejó que aquellos tomates coloradísimos salieran rodando. Su mujer y su hermana se quedaron pasmadas, como es natural. «Pero ¿cómo? ¿De dónde los has sacado?», preguntaron confusas. «¿Quién te los ha dado?»
Mientras Eddie trataba de darles una explicación, Anna metió baza muy oportunamente.
—Alguien del sindicato tiene un invernadero de cristal.
—Qué bien viven los del sindicato —señaló Brianne—, incluso ahora, con la depresión.
—Sobre todo —la corrigió Agnes secamente. Aunque en realidad estaba contenta: que les cayeran regalos como aquél significaba que todavía necesitaban a Eddie, algo de lo que nunca tenían garantía. Cogió un poco de sal y un cuchillo y empezó a trocear los tomates encima de la tabla de cortar. El mantel de hule se fue llenando de jugo y de semillas. Brianne y Agnes se comieron los trozos de tomate entre gemidos de placer.
—Pavo para Navidades y ahora esto... Señal de que se acercan las elecciones —dijo Brianne, relamiéndose el jugo de los dedos.
—Dunellen quiere ser consejero del ayuntamiento —informó Agnes.
—¿Ese rácano? Que Dios nos asista. Vamos, Eddie, prueba un tomate.
Finalmente lo hizo y se sorprendió ante aquella mezcla de sabores salados, ácidos y dulces. Anna lo miró con una sonrisa de complicidad. Lo había hecho de fábula, mejor de lo que él habría esperado, pero aun así se sentía preocupado. ¿O se trataba del recuerdo de una preocupación que lo había asaltado en otro momento del día?
Mientras Anna ayudaba a su madre a quitar la mesa y lavar los platos y Brianne se servía más ron, Eddie abrió la ventana que daba a la escalera de incendios y salió a fumar, cuidándose de cerrarla enseguida para que a Lydia no le diera la corriente. La luz amarillenta de las farolas impregnaba la calle oscura. Ahí estaba el hermoso Duesenberg que en su día había sido suyo. Recordó con cierto alivio que todavía tenía que ir a devolverlo: Dunellen nunca dejaba que se lo quedara por la noche.
Mientras fumaba, Eddie volvió a su preocupación por Anna como si fuera una piedra que se hubiera guardado en el bolsillo y que ahora podía sacar para examinarla. Le había enseñado a nadar en Coney Island, la había llevado a ver El enemigo público, Hampa dorada y Scarface (a pesar de las miradas de desaprobación de los acomodadores), le había comprado egg creams, charlottes russes y café, que le dejaba beber desde que tenía siete años. Podría haber sido un chico: las medias siempre llenas de polvo y unos vestidos que en poco se diferenciaban de unos pantalones cortos. Era un bicho, una mala hierba que podría crecer en cualquier parte y sobreviviría a todo. Ella le insuflaba vitalidad del mismo modo que Lydia le hacía perder las ganas de vivir.
Pero lo que acababa de ver en la mesa era una muestra de malicia, y eso no era bueno en una niña: la transformaría de la peor forma posible. Aquella mañana, mientras se acercaba a Anna en compañía de Styles, se había dado cuenta de que su hija, aunque no se podía decir que fuera guapa, era llamativa. Estaba a punto de cumplir doce años. Ya no era una niña, a pesar de que él todavía la viera así. La sombra de aquella revelación lo había perturbado el resto el día.
La conclusión era evidente: tenía que dejar de llevar a Anna consigo. No inmediatamente, pero sí pronto. Aquel pensamiento le hizo sentir un vacío inmenso.
Cuando volvió a entrar, Brianne le plantó un beso con olor a ron en la mejilla y se marchó para reunirse con su trompetista. Su mujer estaba cambiando el pañal a Lydia encima de la tabla de madera que cubría la bañera de la cocina (una comodidad típica de Nueva York). Eddie la abrazó por la espalda y apoyó la barbilla en su hombro, recurriendo a aquella proximidad que tan natural les había resultado siempre, creyéndosela por un instante. Pero Agnes quería que besara a Lydia, que le pusiera el pañal y se lo prendiera con imperdibles procurando no pincharle la piel, tan delicada. Y Eddie estaba a punto de hacerlo (iba a hacerlo, le faltaba nada), pero no lo hizo y el impulso pasó de largo. Soltó a Agnes, decepcionado de sí mismo, y ella terminó de cambiar el pañal sola. También ella había notado la atracción de su vida anterior. «Date la vuelta y besa a Eddie —se dijo—. Sorpréndelo, olvídate de Lydia por un momento. ¿Qué tendría de malo?» Se imaginó a sí misma haciéndolo, pero no pudo. Su antigua forma de ser estaba dobladita dentro de una caja junto con los disfraces de las Follies, acumulando polvo. Un día, tal vez, sacaría la caja de debajo del somier y la volvería a abrir, pero todavía no: Lydia la necesitaba demasiado.
Eddie fue a buscar a Anna a la habitación que compartía con Lydia y que daba a la calle. Él y Agnes se habían quedado la que daba al patio de luces, con esas emanaciones malsanas que apestaban a moho y a cenizas húmedas. Anna estaba leyendo detenidamente el catálogo de premios. A Eddie lo desconcertaba su fijación con aquel panfleto diminuto lleno de productos sobrevalorados, pero se sentó junto a ella en la cama estrecha y le entregó el cupón del paquete de Raleigh que acababa de abrir. Anna estaba estudiando una mesa de bridge con incrustaciones capaz de «soportar un uso constante».
—¿Tú qué opinas? —le preguntó su hija.
—¿Setecientos cincuenta cupones? Incluso Lydia tendría que empezar a fumar para que pudiéramos reunirlos.
Aquello la hizo reír. Le encantaba que incluyera a Lydia. Eddie sabía que debería hacerlo más a menudo, sobre todo porque no le costaba nada. Pasó otra página: un reloj de hombre.
—Podría pedir esto para ti, papá —dijo Anna—: el que fuma eres tú...
Aquello lo conmovió.
—Yo ya tengo mi reloj de bolsillo, ¿recuerdas? ¿Por qué no eliges algo para ti, que para algo eres la coleccionista?
Eddie pasó las páginas buscando los artículos para niños.
—¿Una muñeca Betsy Wetsy? —dijo ella desdeñosamente.
Dolido por su tono, Eddy pasó a una página con polveras y medias de seda.
—¿Para mamá? —preguntó Anna.
—Para ti. Ahora ya eres demasiado mayor para las muñecas.
La niña soltó una carcajada, para alivio de su padre.
—Yo nunca querré esas cosas —afirmó, y volvió a mirar una cristalería, una tostadora, una lámpara eléctrica—. Elijamos algo que pueda utilizar toda la familia —dijo exageradamente, como si en lugar de una pequeña familia fueran los Feeney, cuyos ocho hijos sanos ocupaban dos pisos y tenían el monopolio de uno de los baños de la tercera planta.
—Bichito, has hecho muy bien —señaló en voz baja— no mencionando al señor Styles en la cena. De hecho, es mejor que no pronuncies ese nombre delante de nadie.
—¿Excepto delante de ti?
—Ni siquiera delante de mí. Y yo tampoco lo haré: podemos pensarlo, pero no decirlo, ¿entendido?
Esperaba la inevitable burla de Anna, pero aquel subterfugio pareció divertirla.
—¡Vale! —dijo.
—A ver, ¿de quién estábamos hablando?
Hubo una pausa.
—Del señor Fulano —dijo finalmente Anna.
—Así me gusta.
—Que estaba casado con la señora Mengana.
—Bingo.
Anna sintió que empezaba a olvidarlo de verdad, animada por la satisfacción de compartir un secreto con su padre, de complacerlo como nadie más. Aquel día que había pasado con Tabatha y el señor Styles empezó a difuminarse en su memoria como esos sueños que se escapan por más que intentes recordarlos.
—Y vivían en el país de Quién Sabe Dónde.
Lo imaginó: un castillo junto al mar desapareciendo bajo una neblina de olvido.
—Así es —dijo su padre—, así es. Y era muy bonito, ¿verdad?
3
El alivio de Eddie al marcharse de su casa era el reverso exacto del alivio que en su día había experimentado cada vez que llegaba. De entrada, podía fumar. En la planta baja, rascó una cerilla contra el zapato y se encendió un cigarrillo, satisfecho por no haberse cruzado con ningún vecino mientras bajaba. Los detestaba por cómo reaccionaban ante Lydia, sin importar cuál fuera su reacción. Los Feeney, piadosos y benévolos: compasión. La señora Baxter, cuyas zapatillas se arrastraban como cucarachas detrás de la puerta cada vez que oía pasos en la escalera: curiosidad morbosa. Lutz y Boyle, dos eternos solterones que compartían techo pero llevaban una década sin hablarse: asco (Boyle) y rabia (Lutz). «¿No debería estar en una residencia?», había llegado a preguntar Lutz, a lo que Eddie había respondido: «¿Y usted?»
Ya en la calle, detectó un crujido de murmullos en el frío, siseos alrededor de puntas de cigarrillo encendidas. Al oír un grito de «¡salvados!» comprendió que eran chicos jugando a ringolevio: dos equipos tratando de hacer prisioneros a los del equipo rival. Era un edificio multirracial en una manzana multirracial (italianos, polacos, judíos, de todo excepto negros), pero la escena también podría haberse dado en el internado católico del Bronx donde había crecido Eddie: allí adonde fueras, por todas partes, una turba de niños.
Eddie subió al Duesenberg, arrancó el motor y prestó atención a una vibración que ya había notado antes y que no le había gustado. Dunellen se estaba cargando el coche, como hacía con todo lo que tocaba, Eddie incluido. Mientras pisaba ligeramente el acelerador y se fijaba en aquel sonido, levantó la mirada y echó un vistazo a las ventanas iluminadas del salón de su casa. Su familia estaba ahí. A veces, antes de entrar, Eddie se detenía en el descansillo y oía una algarabía festiva al otro lado de la puerta cerrada. Siempre lo sorprendía. «¿Me lo habré imaginado?», se preguntaba más tarde. ¿O es que estaban más cómodas (felices) sin él?
Siempre había un momento, justo después de que su padre se marchara, en el que todo parecía haberse ido con él. El tictac del reloj del salón hizo que apretara los dientes. La invadió una dolorosa sensación de que nada tenía sentido, parecida al enfado, y notó cómo palpitaban sus muñecas y sus dedos mientras ensartaba cuentas en unos tocados de plumas muy elaborados. Su madre estaba adornando gorros con lentejuelas (cincuenta y cinco en total), pero la parte más difícil del trabajo solía recaer en Anna, que sin embargo no se sentía particularmente orgullosa de su destreza como costurera. Trabajar con las manos implicaba aceptar órdenes. En el caso de su madre, las órdenes procedían de Pearl Gratzky, una modista que conocía de su época en las Follies y que ahora trabajaba para espectáculos de Broadway y alguna película de Hollywood. El marido de la señora Gratzky vivía encerrado en su casa. Tenía una perforación en un costado desde la Gran Guerra que no se había cicatrizado en dieciséis años, un hecho que se invocaba a menudo para justificar los gritos histéricos de Pearl cuando no quedaba satisfecha con el resultado de un encargo. La madre de Anna nunca había visto al señor Gratzky.
Lydia se despertó de su siesta y Anna y su madre se sacudieron la pereza de encima. Anna le ató a su hermana un babero al cuello y se la sentó en el regazo mientras su madre le daba la papilla que preparaba cada mañana con verduras cocidas y tiras de carne. Lydia prestaba una enorme atención a todo: todo lo veía, oía y entendía. Anna le susurraba secretos por la noche: sólo Lydia sabía que el señor Gratzky le había enseñado a Anna la perforación hacía unas semanas, un día que había llevado un paquete de productos de costura ya terminados pero no había encontrado a Pearl Gratzky en casa. Impulsada por una osadía que parecía provenir de alguien distinto, Anna había abierto la puerta de la habitación donde descansaba el marido (un hombre alto y apuesto con la cara destrozada) y le había pedido que le mostrara la herida. El señor Gratzky se había levantado la parte superior del pijama, había apartado una gasa y le había enseñado un pequeño orificio sonrosado y brillante como la boca de un bebé.
Cuando Lydia terminó de comer, Anna ajustó el dial de la radio hasta sintonizar con la Orquesta Martell, que interpretaba estándares de jazz. Indecisas, ella y su madre se pusieron a bailar, atentas por si el señor Praeger, que vivía justo debajo, en la cuarta planta, empezaba a aporrear el techo con el mango de la escoba. Pero debía de haber salido a ver un combate de boxeo, como solía hacer los sábados por la noche. Subieron el volumen y la madre de Anna bailó con una despreocupación y un ensim
