Sobre la belleza

Zadie Smith

Fragmento

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Agradecimientos

Mi gratitud a mis primeros lectores, Nick Laird, Jessica Frazier, Tamara Barnett-Herrin, Michal Shavit, David O’Rourke, Yvonne Bailey-Smith y Lee Klein. Su aliento, sus críticas y sus buenos consejos pusieron en marcha este proyecto. Gracias a Harvey e Yvonne por su apoyo, y a mis hermanos pequeños, Doc Brown y Luc Skyz, que me asesoran en todo aquello que desconozco por ser demasiado vieja. Gracias a Jacob Kramer, mi ex estudiante, por sus notas sobre la vida universitaria y las costumbres de la costa este de Estados Unidos. Gracias a India Knight y Elisabeth Merriman por todo el francés. Gracias a Cassandra King y Alex Adamson por ocuparse de todas las cuestiones extraliterarias.

Gracias a Beatrice Monti por otra estancia en Santa Maddelena y por la buena labor a que dio lugar. Gracias a Simon Prosser y Anne Godoff, mis editores inglés y americana, sin los que este libro sería más largo y peor. Gracias a Donna Poppy, la correctora más inteligente que se pueda desear. Gracias a Juliette Mitchell de Penguin, por todo lo que ha trabajado por mí. Sin Georgia Garrett, mi agente, no podría dedicarme a este trabajo. Gracias, George, eres un sol.

Gracias a Simon Schama por su monumental Los ojos de Rembrandt, el libro que me ha enseñado a mirar la pintura. Gracias a Elaine Scarry por su espléndido ensayo Sobre la belleza y cómo ser justos, del que he extraído el título del libro, el encabezamiento de un capítulo y mucha inspiración. Es evidente, desde la primera línea, que esta novela nace de la admiración hacia E. M. Forster, a quien, de un modo u otro, toda mi obra de ficción debe algo. Esta vez he querido corresponderle con mi homenaje.

Sobre todo, doy las gracias a mi marido, a quien robo poesía para embellecer mi prosa. Es Nick el que sabe que «el tiempo es cómo inviertes tu amor», y por eso le dedico este libro, lo mismo que mi vida.

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Los Kipps y los Belsey

 

 

Nos negamos a ser el otro.

H. J. Blackham

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1

Podemos empezar, sin ir más lejos, por los e-mails de Jerome a su padre.

 

 

Para: HowardBelsey@fas.Wellington.edu

De: Jeromeabroad@easymail.com

Fecha: 5 de noviembre

Asunto:

 

Hola, papá: pienso seguir con estos mensajes, pese a que no confío en que me contestes, aunque espero que lo hagas, no sé si me explico.

Bueno, el caso es que esto me gusta. Trabajo nada menos que en el despacho de Monty Kipps (¡¿sabías que es sir Monty?!) en la zona de Green Park. Está también una chica de Cornualles que se llama Emily y es genial. Abajo hay otros tres auxiliares en prácticas, yanquis los tres (¡uno es de Boston!), por lo que me siento como en casa. Yo soy una especie de auxiliar con funciones de secretario particular, que incluyen organizar comidas, archivar, atender al teléfono y esas cosas. El trabajo de Monty va mucho más allá de la cosa académica: está en la Comisión de Razas y en obras benéficas de la Iglesia en Barbados, Jamaica, Haití, etc. Me tiene muy ocupado. Como éste es un sitio pequeño, trabajo muy cerca de él, y ahora que vivo con su familia me siento como integrado en algo nuevo. Ah, la familia Kipps. Como no me has contestado, sólo puedo imaginar tu reacción (y no me cuesta nada). La verdad es que en aquel momento era la solución más práctica. Y fueron muy amables al ofrecerse, pues me echaban de la pensión de Marylebone y me quedaba en la calle. Y no es que los Kipps estuvieran obligados a nada, pero me invitaron y acepté, muy agradecido. Llevo una semana viviendo en su casa y aún no han dicho ni media palabra de cobrarme por el alojamiento, para que veas. Ya sé que te gustaría que te dijera que esto es una pesadilla. Pues no. Adoro vivir aquí. Es otro mundo. La casa es... ¡bua!, estilo victoriano primario, una terrace, sencilla por fuera pero sólida por dentro, y con una especie de modestia que me atrae: casi todo blanco y un montón de cosas hechas a mano, y colchas, y estanterías de madera oscura, y cornisas, y una escalera de cuatro pisos, y un solo televisor en toda la casa que, además, está en el sótano, únicamente para que Monty pueda estar al corriente de las noticias y ver algunas de las cosas que hace en televisión, y nada más. A veces, esto me parece la imagen al revés de nuestra casa... Está en esta parte del norte de Londres que se llama Kilburn, que suena a bucólico pero, oye, de bucólico nada, excepto nuestra calle. Queda a un paso de la arteria principal pero no se oye nada, y te sientas en el patio a la sombra de este gigantesco árbol —veinticinco metros y todo el tronco recubierto de hiedra— y te pones a leer, y te parece estar dentro de una novela... El otoño aquí es diferente, menos intenso, y las hojas caen antes y, no sé por qué, todo es más melancólico.

La familia también es otra historia —se merecen más espacio y más tiempo del que ahora tengo (te escribo durante la hora del almuerzo)—, pero, en pocas palabras, hay un hijo, Michael, simpático y deportista. Un poco cortito, supongo. Por lo menos, a ti te lo parecería. Se dedica al comercio, aunque no he podido averiguar de qué clase. ¡Y es enorme! Te saca por lo menos cinco centímetros. Todos son grandes y atléticos, tipo caribeño. Mide más de metro noventa. Luego está Victoria, la hija, muy alta y muy guapa, a la que sólo he visto en foto (está de viaje por Europa con Interrail), pero vuelve el viernes para una temporada, me parece. Carlene, la mujer de Monty, es perfecta. Ella no es de Trinidad sino de una isla pequeña, San Nosequé. No lo oí bien cuando lo dijo la primera vez y ahora ya es tarde para preguntar. Quiere que engorde, así que no

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