Volverán como fuego

Ayesha L. Rubio
Ayesha L. Rubio

Fragmento

Plateau 1

Plateau I

Many hands began to scan around for the next plateau

Some said it was Greenland and some said Mexico

Some decided it was nowhere except for where they stood

But those were all just guesses, wouldn’t help you if they could.

«Plateau»[1], Meat Puppets

En el principio, Coyote soñaba en la Gran Oscuridad. Llamó a Tortuga al despertar y dijo: «Bucearás al interior de la Gran Profundidad, en busca de arcilla». Y Tortuga obedeció. Arrastró y empujó el fango. Y en la oscuridad, despacio, moviendo el lodo con paciencia, formó una pequeña pella. La pella creció. Y cuando Tortuga cesó en su tarea, Coyote se asomó desde el Gran Azul sobre la bola de barro y, con su aliento, le dio vida. Entonces la bola de barro gruñó y las rocas brotaron y los ríos y praderas. Y brotaron las montañas que sacudieron la tierra abriendo grietas. Creó después Coyote la Esfera Fuego y la Esfera Espejo y las colgó del Gran Azul, para iluminar la Tierra recién creada. Y la Gran Oscuridad dejó de ser.

Llamó Coyote a Cuervo y juntos observaron al resto de criaturas dormidas. Y Coyote dijo: «Despertad». Y las criaturas abandonaron su estado de simiente y germinaron para habitar la Tierra. Hubo criaturas que se sumergieron en las profundidades marinas, los lagos, los ríos y pantanos. Hubo otras que eligieron vivir sobre la tierra, en sus prados, sus montañas y desiertos; en las cuevas, las grutas y sus grietas. Otras criaturas tuvieron alas, a semejanza de Cuervo, para poder visitar la casa del Gran Espíritu, más allá del Gran Azul. Y las criaturas cobraron nombre y fueron Animales.

Así pues, el Nuevo Mundo se había creado. Coyote observó desde la roca su obra en silencio. Y Coyote volvió a soñar y supo que algo faltaba y preguntó: «¿Qué debo hacer?». Y el Gran Espíritu respondió. Y Coyote no pudo guardar para sí sus dudas ante la respuesta y hubo de compartirlas con Cuervo: «Llegarán nuevas criaturas y esas criaturas serán débiles y blandas, criaturas torpes, que exigirán nuestra atención y sacrificio, pero deberemos cuidarlas y enseñarles a vivir en el nuevo mundo». Y Cuervo agachó la cabeza. Y Coyote agachó la cabeza y concluyó: «Si son estos los deseos del Gran Espíritu, quien puso en mí su confianza para la creación del Nuevo Mundo, que así sea».

Fue al inicio del tercer ciclo, cuando la Esfera Fuego comenzaba su ascenso entre las montañas, Coyote produjo un aullido que se oyó en todas direcciones, y todos los Animales acudieron. Y Coyote dijo: «Allá donde la Tierra está helada, allá en la parte más fría, habremos de construir un paso entre dos tierras separadas por el Agua. Y por ese paso llegarán las criaturas a las que debemos cuidar y educar como nuestras, pues tal es el deseo del Gran Espíritu».

Los Animales se pusieron a trabajar sin descanso. Cuando hubieron terminado, el Gran Espíritu habló a cada Animal en sus sueños y todos durmieron profundamente y descansaron.

Entonces, con la primera luz, las Criaturas llegaron. Envueltas en las pieles de los Animales que se sacrificaron para alimentarlas y abrigarlas, siguiendo los deseos del Gran Espíritu. Había Criaturas con palos coronados por piedras grises y afiladas, a semejanza de los dientes y garras de los Animales. Y los Animales se asombraron al contemplar aquellas Criaturas lampiñas y sin plumas, cuyos cuerpos no exhibían señales de amenaza. Y voló entonces Cuervo sobre las Criaturas y las guio a través del hielo, y aunque algunas perecieron, otras consiguieron llegar y propagarse por las llanuras del Nuevo Mundo.

Los Animales les enseñaron a escuchar, a moverse en silencio, a correr ágiles como ellos. Les enseñaron a observar el verde de las hojas y el rojo de los frutos. Las Criaturas distinguieron sus olores y sabores. Distinguieron aquellos hongos que les alimentaban o les provocaban dolor, de aquellos que les transportaban a ese otro espacio, donde sus Dioses Ani­males les hablaban y les transmitían su sabiduría. Y los Animales y las Criaturas se entendían y el Nuevo Mundo conoció un nuevo orden.

Entonces Coyote volvió a soñar, y estos sueños le hicieron revolverse y al no encontrar respuesta, convocó una vez más a los Animales. Aulló una y dos veces, aulló una tercera, pero su llamada fue ignorada, los Animales no le oyeron, sumidos en la tarea de educar a las Criaturas. Aulló entonces Coyote por última vez, sacudiendo cada piedra, cada hoja, cada brizna de hierba. Y con este aullido, solo acudieron Cuervo y las Hermanas Serpientes. Y dando una vuelta sobre sí mismo, se sentó Coyote colocando su cola alrededor de las patas y les habló. Habló de sus sueños. Habló de nuevas criaturas, semejantes a las suyas, que vendrían del agua con el poder del fuego y el acero. Coyote miró uno por uno a los ojos de los animales allí reunidos y les dijo que había visto arder el desierto. Vio arder los bosques, las llanuras palidecer y llenarse de grietas. Tormentas de arena. Zarzales de acero, de espinas duras y afiladas extenderse por la tierra. Las manos de aquellas nuevas criaturas hacían crecer colmenas más altas que el árbol más alto, colmenas cuyas formas rectas y brillantes jamás había visto en la naturaleza. Vio animales desconocidos y monstruosos cruzar la tierra a toda velocidad, echando humo y chillando, abriendo heridas en la tierra. Pájaros gigantescos cruzar el cielo soltando huevos que se convertían en fuego al caer, destruyendo todo a su alrededor. Y sus Criaturas ya no se distinguían de las nuevas, y luchaban entre ellas y se mataban las unas a las otras. Y sometían y mataban a los Animales y el mundo que Coyote había creado dejaba de ser.

Los Animales allí reunidos se miraron entre sí. Llamó entonces Coyote a las Hermanas Serpientes y les susurró: «Seréis vosotras quienes guiaréis a todas las Criaturas. Caminaréis a su lado en la sombra y tendréis el poder de modificar sus caminos. Utilizad vuestra astucia y habilidad como os parezca». Y las Hermanas Serpientes sonrieron con los ojos entornados, asintieron con sus cabezas planas. Y henchidas con su nuevo poder, se deslizaron en la oscuridad en direcciones opuestas.

Se posó después Cuervo en la roca junto a Coyote. Ambos se miraron llenos de preguntas. Y desde aquella altura observaron el mundo que habían creado y temblaron. Temblaron sabiendo que poco podían hacer ante los presagios de los sueños de Coyote, poco podían hacer más que esperar. Y cabizbajos y pesarosos, tras la ausencia de respuestas del Gran Espíritu, sentados en aquella roca, contemplaron el silencio del mundo y esperaron.

Concertina

We died in your hills, we died in your deserts,

We died in your valleys and died on your plains.

We died ‘neath your trees and we died in your bushes,

Both sides of the river, we died just the same.

«Deportee»,[2]

Woody Guthrie y Martin Hoffman

En la distancia, alguien arrastra sus pies en silencio.

El hombre de pelo naranja y corbata roja mueve la boca delante del micrófono. Sentencia arriba y abajo con el dedo índice. En la parte inferior de la pantalla letras amarillas y un número de teléfono: pulsa 1 para solicitar el muro. Nadie presta atención. Ese televisor se camufla entre la hilera de botellas en la pared y las bombillas de colores. La gente ríe; se prepara para una noche más de karaoke. Apuran sus cervezas en la barra. Se ajustan el sombrero de cowboy. Piden otro chupito de tequila. Diego observa desde su mesa, al fondo, donde apenas llega la luz. Se mira las manos: las palmas cruzadas de líneas, la piel árida como el paisaje, coloreada por el mismo polvo. Ese polvo que le envuelve, le reseca la garganta, le endurece la lengua. Sus manos hechas a la pala, con la que muerde la tierra a diario. Hasta cuándo. Cada noche la misma pregunta. Sigue excavando cada día. Su vida amarrada a un ciclo que se repite, anterior a su memoria.

Desde hace tiempo, grupos de estudiantes de antropología han acudido a Falfurrias en oleadas. En el condado de Brooks no hay registros. Durante quince años, lo normal había sido enterrar los cadáveres encontrados en las parcelas vacías del cementerio, donde nadie quería enterrar a sus muertos. Ahora buscan las huellas invisibles. Un cementerio sin lápidas; sin una cruz cuya sombra acaricie el recuerdo de quienes fueron.

Aquella mañana, un estudiante limpiaba con pincel una mandíbula. Hay huesos enredados con bolsas de basura descoloridas. Restos de billetes fotocopiados, con caras de presidentes que se desdibujan. Trozos de tela que se deshacen. Hay que encontrarlos a todos: por ellos, por las familias. Pero los cuerpos solo se multiplican: en esas fosas comunes, en ranchos privados o entre las flores salvajes que tiñen el paisaje. Años y años de cuerpos que la tierra engulle. Deshidratados, exhaustos; estatuas de sal que el viento arrastró en silencio. Cuerpos que se aferraron a los arbustos negros y retorcidos, y pasaron a ser parte de ellos. Kilómetros y kilómetros de muertes diminutas, con el sol como único testigo. A veces, han podido darles nombre, devolverles su identidad; son tan pocos. La mayoría se desvanecen, su existencia reducida a un saco de huesos que un día atesorara un perro.

Diego mira esa pantalla de televisor. Ese hombre que no deja de hablar. Da otro trago a su cerveza. Observa a su alrededor. Solo en aquel bar se advierten las fronteras invisibles: cada uno construye su realidad con los retazos de información que le encajan, que no dan guerra. Y las fronteras crecen.

Esa maldita frontera. Diego recuerda el temblor en los labios de su abuela, se palmeaba las rodillas al recordar el puente de Santa Fe, para cruzar cada día de Juárez a El Paso: cómo les arrancaban la ropa, les cortaban el pelo y los rociaban con queroseno; cómo no pudieron volver a calzar sus zapatos cuando se los devolvieron con las suelas derretidas. Su abuela, que meneaba la cabeza ensimismada al recordar la historia que le contaba su madre, de esa otra Rosa Parks a la que nadie recuerda: Carmelita Torres, la amazona pelirroja —la llamaron los periódicos—, que a sus diecisiete años se bajó del tranvía, se negó a ser fumigada, denigrada, para cruzar a los Estados Unidos y limpiar las casas de los blancos; se levantó contra el maltrato, los abusos sexuales, contra la humillación de tantas mujeres despojadas de sus ropas, cuyas fotografías colgaban en las tabernas para ser señaladas con el dedo. A pesar de las revueltas, a pesar de todas las que junto a ella se plantaron ante el escuadrón de la muerte, armadas con uñas y piedras. A pesar de todo, los baños de queroseno, el polvo blanco, la humillación siguieron siendo la norma por décadas. A pesar de los accidentes. Ese guardia despistado que enciende el cigarro y con su mente en otro lugar, tira la cerilla. El incendio y los cadáveres. Los accidentes. Es importante eliminar las liendres, prevenir el tifus, que no pase la frontera. Después preguntan por qué, quién querría cruzar de otro modo, si no es porque tiene algo que ocultar. Diego escupe, levanta el vaso, da otro trago. Bajo el fantasma de ese puente de Santa Fe, bajo todos los puentes, en ese mismo instante, cada minuto, cada día, miles de personas siguen esperando ser consideradas aptas para entrar en Estados Unidos. Esa frontera maldita, infranqueable a través del tiempo y el espacio; mutando en sus métodos para mantenerlos fuera pero manteniendo siempre el mismo objetivo. Las fronteras. El dedo. La sentencia. Aquí y allá, los muros siguen creciendo por toda la superficie de la tierra. Alambres como cuchillos o silbar de balas. Alguien que bracea por un río helado. Alguien que se arrastra cual serpiente en el desierto. Voces que se dispersan en la noche larga y densa. Excavar y limpiar huesos. Repartir y esconder los bidones de agua entre los arbustos, lejos de la mirada de la guardia fronteriza. Papeles y trozos de tela. Nunca olvides, Diego —le decía su madre—, recuerda. Aquel hombre en la pantalla no deja de mover el dedo: arriba y abajo, arriba y abajo. Articula palabras como si conociera su significado, su magnitud. Alguien desentona al micrófono «The Seashores of Old Mexico». Diego apura el último trago y sonríe con tristeza, esa canción corroborando con ironía sus pensamientos. Qué distinta es la frontera dependiendo de quién la cruce. Se levanta de su rincón, se coloca el sombrero acariciando el ala con los dedos. Empuja la puerta del bar sin mirar a nadie y respira la oscuridad del desierto. La llave en el contacto. Ajusta el retrovisor, escudriña el pequeño espejo como si pudiera cruzarlo. Fuera, en la distancia, alguien arrastra sus pies en silencio.

Red

The horse is steady but the horse is blind

Wicked are the branches on the tree of mankind

The roots grow upward and the branches grow down

It’s much too late to throw the dice again I’ve found.

«Sins of my father»[3], Tom Waits

—Trigger, ¿estás despierto? He vuelto a soñar con él. Estaba ahí, detrás de la valla; me miraba.

—¿De qué coño hablas?

—Ya sabes, del caballo, el rojo.

—Joder, estás obsesionado. Olvídate ya del puto caballo y déjame dormir.

Cuando Padre nos trajo a este lugar, recuerdo apartar la lona de la caravana y no ver más que árboles y verde. Como si la naturaleza hubiera explotado. Trigger es más pequeño que yo, pero Padre dice que es más espabilado. Se sentó junto a él todo el viaje, compartiendo las riendas. A mí me gustan los caballos, pero Padre no me deja montarlos desde que me caí de uno, de pequeño. Me encargo de cepillarlos, del agua y la comida. Padre dice que me falta algo ahí dentro, tengo que ganarme su confianza.

Cada noche hacíamos una gran hoguera en el centro del círculo y comíamos todos juntos. Echo de menos esos fuegos, ahora que cada familia tiene su casa.

La primera vez que lo vi fue la tercera noche. Volví a nuestra caravana a por la manta y allí estaba, a tan solo unos metros. La luna hacía brillar su pelaje y las crines ondeaban con la brisa. Aunque estaba oscuro sabía que me miraba a los ojos. Vino Trigger y desapareció. «¿Lo has visto, Trigger, lo has visto?», pero Trigger ya estaba un poco borracho y se entretenía pinchando con un palo la serpiente que uno de los hombres de Padre había decapitado para la sopa. La noche siguiente esperé detrás de la caravana. N

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