Nocturno de Venecia

John Banville

Fragmento

Capítulo 1

1

Crepúsculo, una habitación desierta, un retazo de seda negra sobre una mesa de mármol, aguas que se oscurecen más allá. Esa era la escena, deshabitada, oscura y silenciosa, con la que soñaba desde hacía meses, a menudo dos o tres noches seguidas, siempre el mismo sueño, el mismo cuadro, más o menos, más que menos. ¿Qué quería decir, qué significaba? No lo sabía, no acertaba a imaginarlo, y el enigma que lo envolvía me inquietaba casi tanto como el propio sueño. Suponía que de alguna forma tendría que ver con Venecia, pues en Venecia pasaríamos mi esposa y yo los primeros meses del nuevo año —y, de hecho, del nuevo siglo—, y naturalmente me obsesionaba aquella ciudad misteriosa, por no decir fantasmal, enclavada, de manera increíble, en medio de un pantano.

Lo más llamativo del sueño, aparte de su carácter repetitivo, era que los escasos objetos que en él aparecían —la mesa, el pedazo de tela arrugada, la ventana que daba a lo que yo suponía que era la laguna— se me antojaban de algún modo familiares, hasta el punto de que cuando empezaba a despertar, perplejo y angustiado, en una maraña de sábanas húmedas y con la boca seca, estaba convencido de que la habitación soñada era una habitación de Venecia que había visitado y, más que visitado, en la que me había alojado. Sin embargo, ¿cómo era posible, dado que no conocía la ciudad, que nunca había estado allí?

Por otra parte, me decía intentando comprenderlo, ¿acaso no es eso lo que sucede con todos los lugares, objetos y personas con los que soñamos, que resultan anodinamente familiares y al mismo tiempo inefablemente extraños?

Me llamo Dolman, Evelyn Dolman. Soy literato de oficio. Tal vez en mis tiempos oyeran hablar de mí, pues gocé de una relativa fama en el periodo que llegaría a conocerse, en nuestra época cada vez más afrancesada, como el fin de siècle, es decir, la década de 1890. Elijo adrede la palabra «oficio». Escribía libros, relatos y obras de teatro, amén de numerosos artículos periodísticos, con el único y expreso propósito de adquirir fama en el mundo y vivir de ello. Si tuve éxito, aunque mediano, no fue gracias a la inspiración —sea lo que eso sea—, sino a fuerza de riguroso tesón y entrega al trabajo. Mis modelos eran autores como Henry Mayhew, Bernard Shaw y, por supuesto, H. G. Wells, con quien me encontré una vez, o al menos tropecé, en las oficinas de alguna editorial.

Me enorgullecía de mi obra. Era sólida y pulcra, y tan pulida como mis aptitudes me permitían. Mi objetivo era entretener al lector y, cuando se presentara la oportunidad, avivar su mente y mejorar su carácter. Además…

Ah, basta. Parezco Uriah Heep. Más aún, parezco el creador de Uriah Heep. Yo no soy así. Mis «humildes objetivos», el «orgullo del oficio»…, ¡bah!

Lo cierto es que pretendía ser un maestro del lenguaje que con el tiempo se situara entre los inmortales. ¿Mayhew? Un pigmeo. ¿Shaw? ¡Qué va! Y en cuanto al putañero de Wells, no me tiren de la lengua. No, yo tenía la mira puesta en las grandes bestias de la selva literaria, los Henry James, las George Eliot, los Conrad y los Hardy y los Ford Madox Ford. Por no decir los Flaubert y los Tolstói. ¡Por no decir los Shakespeare! No había gigantes cuyos vigorosos hombros mi ambición no quisiera sobrepasar ni compañero insigne cuyos ojos no quisiera atravesar mi pluma, ese acerado puñal. ¿Qué fue lo que el pobre y medio loco de Kleist le dijo al gran Goethe? «¡Le arrancaré de la frente la corona de laurel!». Pues bien, habría toda una selva de frentes descoronadas antes de que Dolman hubiese terminado. ¡Iba a superarlos a todos!

Sí, y vean en qué me convertí: en un escritorzuelo de tres al cuarto.

Les enumeraré mis triunfos. El filón fueron mis Guías para legos sobre las ciudades catedralicias del sur de Inglaterra, que de un modo un tanto inesperado para mí tuvieron buena acogida en su publicación anual a lo largo de la década de 1890. Esos prácticos libritos siguen vendiéndose, en pequeña escala. He visto que en las últimas reediciones mi editor, ese zorro pusilánime, ha eliminado veladamente mi nombre de la portada. Así pues, ahora me siento unido al bueno de Farringdon, mi dócil anticuario, de cuyos vastos conocimientos sobre coros altos, rosetones y demás me serví en gran medida en las guías sin, lamento decirlo, agradecérselo ni citarlo. Las revistas más populares, como Punch y Strand, aceptaban mis críticas literarias, relatos y análisis sobre temas de actualidad. Algunos periódicos de tirada nacional solían encargarme artículos, no siempre de naturaleza liviana. Se mencionó la posibilidad de enviarme a la Colonia del Cabo para informar sobre las intenciones belicosas de los bóeres, pero juzgué prudente no exponer a mi persona a la anglofobia de esos colonos de gatillo fácil, sobre todo porque el periódico en cuestión era el Sheffield Evening Herald y los honorarios habrían estado en consonancia con su provincialismo y su modesta tirada.

Luego estaba mi novela, Pobres almas, escrita —no, grabada a fuego en el papel— en cinco semanas de furia justificada por la desdichada vida de las clases menesterosas de Londres. El manuscrito realizó un periplo infructuoso por las editoriales durante casi todo un año. Al final corrí con los gastos de su publicación, y de paso me engañó un impresor granuja cuyo taller, sito en Fetter Lane, ardió más tarde hasta los cimientos, para mi enorme satisfacción, en un incendio tan voraz que se fundió buena parte de la imprenta. El libro mereció una única reseña, la del periódico galés Aberystwyth Observer, cuyo crítico semianalfabeto me describió como un faux fourierista —consulté quién era el tal Fourier y no acerté a entender qué tenía que ver mi denuncia con la matemática avanzada— y se rio de mis «disparatadas teorías sociales» y mis «vomitivos delirios sentimentales».

Así pues, mi obra era…

Pero ¿por qué me empeño en hablar en pasado? ¿Acaso no sigo aquí, acaso no sigo garabateando? Vean cómo el plumín avanza por la hoja con un leve ruidito secreto de su propia cosecha, creando renglón tras renglón. No obstante, siento que, al igual que el poeta Keats, llevo una existencia póstuma y que ya he hecho mi última inclinación de despedida, torpe e inevitable. ¿Qué ocurrió? ¿Contra qué roca se fueron a pique mis proyectos y grandes ambiciones? Lo malo es, al parecer, que en sentido estricto no llegué a empezar. Siempre indeciso. Pienso en aquel novato entusiasta que fui y lloro por él y por lo que podría haber hecho; lloro como lloraría por un hermano de espléndido talento, pongamos por caso, otro Keats fallecido vergonzosamente joven.

Dados todos esos objetivos y esperanzas frustrados, todo ese desalentador «tener que componérselas», no les costará imaginar qué conmoción, no, qué ultraje representó verme en el centro de los oscuros y trágicos acontecimientos que tuvieron lugar las primeras semanas de aquel invierno y que más tarde recibieron tanta atención morbosa e histérica en la prensa; casi escribo «aquel fatídico invierno», mas, recordando las befas de cierto señor Jones de Aberystwyth, en adelante evitaré los fáciles clichés a los que confieso que era proclive antaño. En efecto, murió una mujer, aunque no por mi culpa, algo en lo que seguiré insistiendo mientras me quede aliento en el cuerpo. Por supuesto, se me presentó como un canalla redomado, la más baja escoria, pero ahora me propongo pronunciarme y dejar constancia de lo que en verdad acaeció aquellos extraños días de principios del siglo. Y confío en que mi versión de este deplorable asunto se dé por cierta y no se la confunda con los desvaríos amanerados de uno de esos décadents estetas y bebedores de absenta cuyos dislates salpicaron las páginas de publicaciones degeneradas y por fortuna hoy desaparecidas como The Yellow Book y The Savoy. Ah, sí, vean cómo me froto las manos, vean mi sonrisa vengativa. Cuando uno ha pasado por un infierno, la carne quemada sigue ardiendo.

Antes de embarcarme propiamente en mi sombrío relato, antes de perder tierra de vista, por así decir, debería explicar de forma breve cómo era, o quizá debería decir cómo me veía a mí mismo en aquellos tiempos. Un inglés, por descontado, de cabello oscuro, achaparrado, con hombros anchos y frente ni despejada ni estrecha; de porte erguido, presto a la acción y, por encima de todo, franco: de mirada franca, de palabra franca y de conducta franca. No era Beardsley, no, y tampoco Wilde, ¡no, qué diantres! No vestía de manera ostentosa, pero sí con gusto y elegancia, y prestaba tanta atención a mis botas como a mi ropa interior. Quienes me conocían tal vez me calificaran de altivo, incluso un poquito arrogante, y cierto es que, aunque mis orígenes distaban de ser aristocráticos, me consideraba tan apto como cualquier miembro del Athenaeum o del Jockey Club para desfilar por las aceras de St. James’s Street o divertirme en los grands boulevards de París. ¿Y por qué no?, habría preguntado. ¿No existe una aristocracia de espíritu que trasciende la condición humilde de los antepasados?

Así que ahí me tienen, tal como era entonces, un bobo altanero y egoísta, emperejilado y engominado, con sombrero hongo y corbatín, traje de cuadros de color mostaza y polainas, varonil y ufano por fuera, aunque por dentro fuese un pigmeo henchido de un resentimiento y una rabia reprimida inagotables. Imagino que casi todos los humanos sufren en esa difícil situación, pero en general les basta con fingir ser quienes no son. La cosa cambia por completo cuando a uno lo descubren.

Tras la débâcle veneciana, cuando el sucio dedo de la sospecha me apuntó sin vacilar, la prensa se divirtió de lo lindo conmigo hasta que perdió el interés y pasó a ridiculizar y atormentar a algún otro pobre desgraciado indefenso. Me he obligado a desterrar de la memoria las calumnias más viles de que fui objeto. No obstante, sí recuerdo, palabra por palabra, el juicio de un célebre escarnecedor, quien opinó que me faltaba una «pizca definitiva y decisiva de gentileza y buena crianza». Ignoro cómo pudo tomarse la libertad de juzgarme de ese modo, habida cuenta de que yo no lo conocía de nada, pero el dardo se clavó hondo, hasta el tuétano, y ahí se quedó. Bien podría haberse dejado de rodeos y haberme llamado sinvergüenza de baja cuna, lo cual me habría molestado menos. El veredicto pronunciado con dulzura provoca el llanto del hombre sentado en el banquillo.

De repente, cansado. Estos días frenéticos, estas noches insomnes. El crepúsculo en particular es un suplicio. Dicen que en el ecuador la puesta de sol dura apenas unos instantes y que la noche cae casi de golpe, blandamente, como un velo de seda. Aquí en el norte hay solo una disminución progresiva y sigilosa mientras la luz declinante se aferra con una desesperación cada vez más débil, como un tísico en su lecho de muerte.

Todavía me sorprende, me asombra, que por voluntad propia eligiera por esposa, de entre todas las jóvenes a las que conocía, a Laura Rensselaer. Es decir, si en verdad la elegí por mi propia voluntad.

Ella tenía cierta fama…, no, no esa clase de fama, por supuesto. Me refiero a que se hablaba con frecuencia de ella en los salones elegantes y los mejores clubes. «Vivaz»: esa era una palabra con la que solían calificarla. Y sí que era vivaz, pero al mismo tiempo tan tercamente inescrutable como la heroína de una buena novela romántica.

Nos conocimos en una velada en casa de lord y lady L. Desconozco cómo es que fui allí. Nos presentó la propia lady L. Yo ya me sentía aturdido, mareado por haber ascendido a tan selectas y enrarecidas alturas sociales, y de pronto ahí estaba, frente a la famosa hija de un renombrado plutócrata de allende los mares, con su fría mano posada con languidez sobre la mía. Apenas habló, pero me escrutó con detenimiento. Tuve la sensación, desconcertante aunque oscuramente halagadora, de que me evaluaba con suma atención, como si en cualquier momento fuese a hacer un gesto enérgico con la cabeza y un par de individuos respetuosos con chaleco de rayas y guantes de lino fueran a cogerme de los codos para llevarme a un almacén cavernoso al fondo de las salas de subasta, donde me envolverían con grandes cantidades de arpillera y me meterían en una caja acolchada con cascarillas para mi envío inmediato.

Por tanto: ¿quién eligió a quién?

Sí, la forma en que se forjó la unión entre mi prometida y yo fue solo uno de los aspectos sobre los que, en los cenicientos eriales del futuro, me vi obligado a corregir mis primeras suposiciones. Otro fue cuándo y cómo se determinó que pasaríamos el invierno en la ciudad de Venecia. Pensaba que había sido una decisión consensuada, pero tras concentrada reflexión me he dado cuenta de que en realidad Laura la tomó sola, de manera bastante calculada, y me la presentó como un fait accompli, aunque disfrazada, del modo más sutil y delicado, como algo que habíamos debatido por extenso y acordado juntos. Huelga decir que me lo tragué.

Ven ustedes, pues, lo que ella vio aquella velada en la mansión de L. en Grosvenor Square: no un buró Luis XV, ni siquiera una cómoda alta de estilo Chippendale, sino algo consumible, una inocente y sabrosa manzanita Ribston Pippin, pongamos por caso, regordeta y de mejillas coloradas, suspendida de una rama baja y lista para pelar.

El caso es que acepté de buen grado la que supuse una decisión conjunta: sería Venecia. En la apacible felicidad de aquellos primeros días de nuestra unión era incapaz de negarle a mi esposa nada por lo que ella manifestara el más leve anhelo. Sí recuerdo mis reservas, no expresadas, ante la perspectiva de una estancia tan prolongada en una ciudad que sabía, aunque solo de oídas, distinta de cualquier otro lugar, única hasta el extremo de lo desasosegante y sometida a brumas marinas y nieblas invernales y todo género de miasmas exóticos y potencialmente debilitantes. Pero Laura ansiaba ir a la «ciudad flotante», como la llamaba de manera imaginativa, y por eso, plegándome con cariño a sus deseos, me guardé mis dudas.

En cualquier caso, las vacaciones —en el habla yanqui de Laura, no holidays, sino vacations—, en principio proyectadas para el verano anterior, acabaron convertidas en una especie de luna de miel atrasada y cura de reposo a la vez. La partida hacia Italia se aplazó largo tiempo debido a la infeliz circunstancia de que, apenas unas semanas después de nuestra boda, el padre de Laura, Thomas Willard Rensselaer —sí, ese mismo T. Willard Rensselaer—, murió en un accidente ecuestre en Fenley, su finca inglesa, un fabuloso parque de recreo de no sé cuántos miles de hectáreas de magnífico campo de Gloucestershire. Laura cabalgaba con él en ese momento —fueron los únicos que salieron aquella jornada— y presenció la caída que condujo, tras unos días en estado de inconsciencia, al infortunado deceso del hombre.

Como es lógico, la tragedia afectó en lo más hondo a mi esposa, máxime porque se hallaba presente en el momento del percance y, además, porque la muerte la dejó huérfana, ya que su madre había fallecido por complicaciones del parto al darla a luz. En consecuencia, pensando en su estado nervioso, se acordó que había que llevarla, tras guardar el debido luto, a algún lugar turístico del extranjero para que se recuperara y recobrase el equilibrio. Se habló de los altos Alpes, pero no, desde el principio tuvo que ser Venecia. Como señaló Laura, no sin razón, en Italia nos encontraríamos a suficiente distancia de la familia y los amigos para garantizar nuestra intimidad, paz y sosiego, pero no tan lejos, ni a tanta altitud, como para sentirnos privados de las comodidades y el confort del hogar.

Al principio alguien propuso, no recuerdo quién, que pasáramos unos meses, nosotros dos solos, en la enorme granja que la familia poseía en el estado de Montana, cuna de T. Willard, conocida por el apelativo cariñoso de El Rancho. Sin embargo, en aquellos días de intensa consternación y duelo, esa fue una de las muy escasas ocasiones en que me planté, con una firmeza que sorprendió, por no decir conmocionó, a todos los implicados en el asunto, incluido, sospecho, yo mismo. Manifesté que no tenía intención alguna de efectuar tan formidable viaje, primero a través del bravo océano y luego por las interminables praderas, para acabar no solo exponiendo a mi esposa, en su delicado estado nervioso, sino exponiéndome a mí mismo a Dios sabía qué clase de infecciones y enfermedades desconocidas para la ciencia médica, así como a la amenaza de bestias feroces y de tribus de pieles rojas acechantes.

Ahora, por supuesto, pienso con pesar que habría sido mucho más sensato tener que habérselas con osos pardos y cazadores de cabelleras cubiertos de pintura de guerra que con las tranquilas aguas que lamen aquella urbe pestilente en las marismas de su inmunda laguna.

Los venecianos llaman ufanamente a su ciudad La Serenissima, pero a mí no me serenaba en absoluto la idea de pasar allí los grises meses de enero y febrero, y tal vez incluso también marzo, pues, según descubrí, Laura había dispuesto en la agencia Thomas Cook, sin informarme, la compra de billetes solo de ida, con lo que quedaba en el aire la fecha exacta del regreso a casa. Tal muestra de arbitrariedad me irritó; más aún, me disgustó sobremanera, pero de nuevo guardé silencio y me limité a reconocer para mis adentros, no por primera vez, que mi esposa era digna hija de su padre.

Por cierto, nuestra casa era una villa modesta pero hermosa en Chiswick, cuyo título de propiedad nos había entregado a la novia y a mí, con ademán teatral, mi flamante suegro la mañana del día de mis esponsales. Incluso ese acto de generosidad tenía una mácula, como descubriría más tarde. Se llamaba Rakes Manor,[1] nombre pintoresco aunque un tanto incongruente que divertía en gran medida a Laura, yo no entendía por qué; cuando se lo pregunté, se limitó a sonreír y morderse el labio inferior, me acarició la muñeca con un dedo y me dio un besito en la mejilla, como hacía siempre que me ocultaba algo. Mas su reserva o, mejor dicho, su inescrutabilidad se contaba entre las muchas cualidades que adoraba de ella.

¿Cómo pude ser tan necio? Es una pregunta baladí. Porque, si fui necio entonces, ¿por qué debería pensar que no sigo siéndolo?

Estaba prendado de aquella casita, prendado y orgulloso, a mi penosa manera, con ojos de propietario. Así pues, otra de mis calladas contrariedades con mi esposa fue que cuando apenas empezaba a sentirme instalado en Rakes Manor me obligase a hacer las maletas, echar la llave de la puerta principal y partir al extranjero.

—¿Cómo? ¿Venecia en invierno? —exclamó uno de los miembros más viajados de mi club—. Caray, vendrá hecho una sopa, hombre. Además, es el único lugar del mundo en que me he sentido mareado estando en tierra firme.

El dolor de Laura por la desaparición de su padre se vio agudizado por un hecho acaecido poco antes del fallecimiento que tensó la relación entre ambos casi hasta el punto de romperla por completo. No se habló del asunto en el seno de la familia, y la propia Laura se negó en redondo a revelar la naturaleza de la discordia entre esas dos personalidades formidables: pese a su ecuanimidad de carácter, que mantenía con extremo esmero y de forma muy convincente, la hija era, doy fe, tan cabezota como su padre. Por más que la presioné, no despegó los labios y esquivó mis preguntas con la mirada perdida, hasta que al final cejé en mi empeño y la dejé con sus secretos.

Ese se contó entre los primeros errores mayúsculos que habría de cometer. Ah, un tonto sin duda, tonto de capirote.

Recuerdo que me extrañó que T. Willard Rensselaer —o Twill, como era conocido en la década de 1860, cuando aún buscaba petróleo en Pensilvania— no hubiese ambicionado emparentar con una de las familias nobles de Inglaterra mediante el matrimonio de su hija, como hacían muchos estadounidenses ricos en aquellos tiempos: en la buena sociedad londinense se decía con sarcasmo que en aquella época había herederas neoyorquinas para dar y vender. Pensé que rechazaría toda posibilidad de tener por yerno a un hombre que se ganaba la vida con la pluma, y no gracias a los acuerdos abusivos y los chanchullos mediante los cuales él había amasado su fortuna una vez que el petróleo empezó a brotar. En cambio, el hombre mostró todas las señales de alivio cuando Laura accedió a casarse conmigo, o debería decir mejor cuando me escogió como marido. Hasta el día de hoy abrigo la convicción de que fue ella y no yo quien forjó nuestra unión, aunque yo formulara la propuesta. Es otro ejemplo de mi miopía, cuando no de mi ceguera voluntaria. ¿Acaso no era, me pregunto ahora, tan solo una marioneta que se sacudía en sus hilos?

Me duele decirlo, pero debo hacerlo. En aquella época me pasó por la cabeza que tal vez, de resultas de algún encuentro breve e imprudente, Laura estuviera en lo que se denomina «estado interesante» y que su padre, informado de la situación, le hubiese mandado ejercer sus encantos sobre algún pobre incauto —sí, sí, lo tienen ustedes aquí sentado— y embaucarlo para que aceptara un enlace apresurado y de esa forma ella ocultara su desliz. Me apresuro a añadir que, si mi sospecha hubiese resultado cierta y ella hubiera estado encinta, yo habría sabido más que de sobra que no era responsable del embarazo. En el tiempo ciertamente breve que pasamos juntos antes de la boda, e incluso después de que nos prometiéramos, Laura no me permitió más que dos o tres besos castos y algún que otro abrazo igual de inocente, que ella soportó con una especie de desfalleciente languidez, sin mirarme a la cara, con la vista fija más allá de mi hombro, como si medio desease que apareciera alguien que supusiese una perspectiva más atractiva que el hombre que estrechaba su mustio cuerpo.

Por favor, entiéndase que esas suposiciones y sospechas se contemplan a posteriori. En aquel entonces albergaba pocas dudas sobre mi amada y el cariño que me profesaba.

La disputa, o como quiera llamarse, entre padre e hija había tenido lugar antes de que ella y yo nos prometiésemos, y en la mesa de Fenley House se producían numerosos silencios notorios, herméticos e inexplicables para mí en las contadas ocasiones en que me invitaron a cenar.

Fue al concluir una de esas cenas cuando mi futuro suegro, el buen Twill, el buscador de oro negro, tras mucho carraspear y acariciarse la pulida barbita en forma de pala, propuso que me encargara de escribir su biografía. Me llevé tal sorpresa que estuve en un tris de ahogarme con una cucharada de pastel crujiente de melocotón, ese viscoso postre norteamericano que ellos llaman peach cobbler. El asunto se me presentó no con ánimo cordial o entusiasta, sino casi de mala gana, de forma que tuve la impresión de que, más que una encomienda, me ofrecía un soborno. Pues al punto entendí, no sé cómo, que la invitación a escribir su vida, tarea por la que pagaría un generoso estipendio, guardaba en cierto modo relación con la desavenencia entre padre e hija. En aquel comedor, con la cara colorada y medio atragantado con un trozo de pastel, tuve una sensación similar sin duda a la de un inocente nadador que de pronto se ve arrastrado hacia las fauces de un remolino.

Aun así, acepté con gentileza el encargo tras tomar un trago de mi copa de agua y dejar por fin de toser y resollar. Por supuesto que acepté. Incluso decidí el título, que se me ocurrió en el acto: T. Willard Rensselaer: Un magnate de su tiempo. Qué agitación sentí al perder pie y acabar pisoteando con decisión mis recelos. El encargo llevaría al menos un año, tal vez dos, y durante ese intervalo el dinero cobrado me liberaría de los habituales afanes de la vida del trabajador por cuenta propia. Del gesto deliberadamente inexpresivo de Laura y de su mirada perdida deduje que conocía de antemano la oferta que su padre tenía pensado hacerme. Eso significaba que, pese a la discordia existente entre ellos, iban, por así decir, en el mismo barco, lo cual me hizo sentir inquieto por partida doble y… ¿cómo decirlo? ¿Manipulado? ¿Utilizado? Cercado a ambos lados por esas dos personalidades testarudas, me tocó la incómoda posición de, como reza el dicho, el tercero en discordia. No obstante, ni siquiera así albergué serias dudas en general sobre la unión amorosa que me disponía a iniciar.

Y luego el padre murió y muchos de mis planes y esperanzas se fueron al traste. Porque yo ignoraba, hasta aquella terrible tarde en que el abogado nos lo comunicó a Laura y a mí, que el padre había desheredado a la hija. Era propio de ese hombre despiadado e inconmovible haberme ocultado el hecho de que, lejos de legarle una buena porción de sus numerosos millones y una parte de sus vastas propiedades, había decidido, a raíz de la misteriosa ruptura producida entre ellos, redactar un nuevo testamento, en el que solo le dejaba una asignación anual de unos cuantos miles de dólares, pero ni una fracción de sus inmensas participaciones en acciones y bienes inmuebles.

No intentaré describir la conmoción que ello supuso; no les costará imaginar cómo me sentí. Sobrellevé con todo el buen ánimo que pude la pérdida de tan tremenda fortuna. Puedo decir, empero, que no contribuyó a que me encariñara con la persona que, para asombro de todos y consternación de no pocos, resultó ser la principal heredera, una persona que les advertiré que aun antes no ocupaba un lugar preeminente en mi corazón.

¿Qué habría impulsado a Willard Rensselaer a dar un paso tan radical y cruel? De nuevo exhorté a Laura a revelarme qué había ocurrido entre ella y su padre para que él la rechazara como un Lear. Aquel atardecer tuvimos una agarrada ardiente y encendida en Chiswick tras regresar del bufete de Gower & Grantley. Al menos a mí me ardía la sangre por el chasco y estaba encendido de indignación e irremediable desconcierto, en tanto que Laura mantuvo su habitual actitud sosegada y distraída mientras, con una mano sobre la repisa de la chimenea del salón, echaba algún que otro vistazo, con una autocomplacencia exasperante, a su reflejo, exquisito y sereno, en el espejo más bien tosco y con marco dorado que tenía detrás. Dicho espejo había sido un regalo de boda de una de sus amables pero empobrecidas tías; Twill Rensselaer no consideraba que subsidiar a sus parientes necesitados formara parte de las obligaciones de un hombre de éxito.

—Lo sabías, ¿verdad que sí? —dije, no, chillé—, sabías que había cambiado el testamento. ¿Verdad que sí? ¡¿Verdad que sí?!

Ella bajó la vista y tocó la pantalla del hogar con la punta de la chinela y se encogió un poco de hombros como diciendo: «¿Qué importa y, además, acaso es asunto tuyo?».

Me avergüenza decir que en ese punto la agarré de las muñecas y la zarandeé con tal fuerza que la cabeza se le bamboleó violentamente de un lado a otro como la de una muñeca de trapo.

—¡Dímelo! —grité—. ¡Dime por qué os peleasteis!

Ella se apartó amilanada —no, se apartó sin más, pues no era de las que se amilanaban— y se frotó una muñeca con los dedos de la otra mano.

—Me has hecho daño —murmuró, más sorprendida que indignada, según me pareció; sorprendida de que me atreviera a maltratarla y dejarla dolorida. Levantó los ojos hacia los míos y algo se encendió en los suyos, se encendió solo un segundo pero, ¡ah!, con qué fuego—. Si alguna vez —añadió—, si alguna vez vuelves a… —Se interrumpió y, alejándose con un frufrú del vestido, salió de la estancia.

Más tarde le pedí perdón, por supuesto. Me sentía de todo punto abochornado y sinceramente arrepentido. Es posible que no sea muchas cosas, pero creo que puedo afirmar que soy un caballero, a despecho de mis humildes orígenes. Le acaricié con un dedo la muñeca, la izquierda, cuya piel estaba sonrosada, como en carne viva.

—¿Te duele? —le pregunté solícito—. Perdóname.

—Venecia curará la herida —respondió con un tono de tranquila implacabilidad al tiempo que asentía despacio con la cabeza—. Venecia me resarcirá.

Miraba hacia un lado, sin dejar de asentir, con el ceño un poco fruncido, y tuve la sensación de que no se dirigía a mí.

Al contar mi historia intento ser como era entonces, todavía felizmente ignorante de lo que ahora sé.

Sin duda lo dicho hasta aquí basta para indicar el estado de ánimo en que me encontraba aquel atardecer en que mi esposa y yo partimos de la estación de tren de Charing Cross en medio de una niebla densa, un verdadero detalle londinense, en la primera etapa de nuestro viaje hacia el sur. Era el último día de diciembre, una fecha señalada, sobre todo aquel año, pues a medianoche, una vez arrancada la última página del calendario, el mundo entraría emocionado y, entre los supersticiosos, con no poca aprensión, en el siglo XX.

La hermana mayor de Laura, que seguía soltera, fue a la estación a despedirse de nosotros con su indefectible actitud glacial y, como de costumbre, trató con especial frialdad a su cuñado, a quien no podía despreciar más. Tomamos té en la cafetería del andén, para calentarnos con la estufa que tenían —en verdad era un atardecer desapacible—, y nos esforzamos por trabar conversación, con escaso éxito. Hacía mucho que yo había discurrido una manera de lidiar con mi cuñada, quien debía de juzgarla censurable mas imposible de contrarrestar: desplegaba con ella una cortesía refinada e inquebrantable y fingía que era mi pariente favorita, que solo estaba por detrás de su hermana en mi corazón. Ese día, como todos los demás, recibió mi espuria caballerosidad con murmullos en sordina, sin mirarme a los ojos pero dirigiendo una sonrisa gélida más allá de mi persona, hacia las profundidades oscuras y cargadas de humo al otro lado de las ventanas de la cafetería.

«Me gustaría que dejaras de provocarla de ese modo», solía decirme Laura con fatigada irritación, a lo que yo respondía con enérgicas protestas de inocencia herida.

Fastidiar a Thomasina era un jueguecito para mí, y disfrutaba con él.

El origen de la antipatía que le inspiraba a la dama era tan misterioso para mí como las causas de la ruptura entre Laura y su padre. En mis momentos de mayor magnanimidad imaginaba que debía de obedecer al ansia de proteger a su hermana; en los de rencor, más frecuentes, la achacaba a los meros celos. Estoy seguro de que Thomasina envidiaba mi posición como observador y comentador profesionalmente reconocido de los grandes temas de actualidad. Ella era, o creía ser, una especie de intelectual; leía muchos libros edificantes y asistía a numerosos actos públicos relacionados con ideas radicales —¿hace falta añadir que era una intransigente sufragista, o suffragette, como prefiero decir?—, mientras en el fondo seguía siendo, en lo esencial y para su seguridad, tan conservadora como nuestra avinagrada y por lo visto inmortal soberana. Aunque tenía poco más de treinta años, Thomasina presentaba todas las señales de la solterona empedernida, y estoy convencido de que jamás había experimentado la fuerza apasionada de los brazos de un hombre. ¿Cómo no iba a odiarme a mí, amante y amado de su hermana menor, que era con creces la favorita, amén de brillante y —todo el mundo convenía en ello— poseedora de un encanto exquisito?

El encargo de escribir la biografía autorizada de T. Willard Rensselaer había avanzado hasta el punto de que los representantes legales del señor Rensselaer, los antedichos Gower & Grantley, se disponían a dar los últimos toques al contrato y a invitarme a su bufete para que lo firmara. En ese momento intervino Thomasina. Como principal heredera y albacea de su padre —sí, fue Thomasina, ese personaje tímido, gris y en apariencia humilde, quien se quedó con la mayor parte del enorme patrimonio—, al entrar en posesión de la herencia canceló de inmediato y sin miramientos el proyecto, al menos en lo que a mi participación respectaba.

Fue casi una catástrofe, pues llegó muy poco después de la conmoción del testamento y de la miseria que a Laura le había dejado su despiadado y vengativo progenitor. No solo me habían prometido un estipendio generoso —«al estilo americano», como decía para mis adentros con una mueca de desprecio interior tras el veto impuesto por Thomasina—, sino que además me había sentido halagado a mi pesar por el encargo y había esperado con ilusión los retos que un proyecto de tanto peso me plantearía y que a buen seguro yo lograría superar.

Sí, imposible negarlo: guardaba un rencor incontenible a Thomasina Rensselaer.

La noticia de que iba a redactar la vida de una figura poderosa en el mundo de la industria y las finanzas se había difundido con celeridad entre las editoriales e incluso se había publicado en los periódicos, lo que realzó considerablemente mi reputación de literato importante. Por supuesto, todo eso se vino abajo cuando Thomasina promulgó su edicto contra mí. Se preguntarán ustedes por qué no seguí adelante por mi cuenta, pero era consciente de que esa mujer del demonio pondría todos los obstáculos posibles en mi camino. Ya había ordenado a Geoffrey Gower que mandara reunir los papeles de su padre y depositarlos en la cámara acorazada de un banco con objeto de impedirme el acceso a ellos. Supuse que tenía en mente designar un biógrafo sustituto, un esclavo inofensivo en quien pudiera confiarse para escribir una hagiografía inmaculadamente insulsa del finado magnate. Si es así y todavía hay alguien garabateando un manuscrito, le deseo lo mejor, sin duda.

Aquella noche en Charing Cross, estábamos subiendo al tren cuando dos caballeros conocidos míos se pasaron para despedirse de nosotros. Ojo, uso el término «caballeros» en el sentido más laxo. Acogí su aparición en el andén con manifiesta frialdad, por cuanto representaban una capa social muy inferior a aquella en la que se movían los Rensselaer y a la que me había elevado mediante el matrimonio. Uno de ellos era Jackson Jarvis, encargado del cambio de divisas en Coutts & Co.; el otro, Rex Wilkinson, del Daily News, a quien en mi fuero interno consideraba un necio redomado. Como la semana anterior había sido Navidad, ambos habían salido de parranda y estaban, según observé alarmado, algo más que un poco beodos y armaban tal escándalo que algunos de los otros pasajeros que embarcaban se detuvieron y los miraron con el ceño fruncido en un gesto de desaprobación. Sentí en grado extremo la vergüenza de que me relacionaran con ellos, pero no pude más que esbozar una sonrisa tensa y tratar de quitármelos de encima lo antes posible.

Mientras yo ayudaba a Laura a entrar en el vagón, Jarvis hizo un chiste a todas luces subido de tono, al que en otras circunstancias habría respondido con una cortante reprimenda, pero se suponía que era un acontecimiento feliz, pese al crespón en forma de rombo que Laura llevaba en la manga en señal de duelo por su padre, y estaba decidido a no aguar la fiesta con palabras mordaces. Además, mi cuñada había aparecido poco después que los dos bullangueros, y no estaba dispuesto a darle la satisfacción de verme enzarzado en un altercado verbal con un trabajador de banca de categoría media, y para colmo achispado. Así pues, fingí no captar la indecente insinuación que Jarvis había hecho con una sonrisita arrogante, subí al vagón detrás de Laura y cerré la puerta con brío, lo que confié que Jarvis interpretaría como un golpazo reprobador. Sin embargo, Laura insistió en que bajásemos la ventanilla con la tira de cuero a fin de decir adiós a su hermana, y cuando se asomó y pillé a Wilkinson dirigiendo una mirada apreciativa al busto cubierto de satén de mi esposa, el individuo tuvo la desfachatez de guiñarme un ojo.

El empleado de banca y el periodista se alejaron contentos del brazo en cuanto sonó el silbato del jefe de estación, pero Thomasina permaneció en el andén moviendo despacio una mano enguantada de lado a lado en un gesto de despedida, con lo que se me antojó un movimiento mecánico curiosamente rígido, que le daba el aspecto de una especie de muñeca a la que se le acabara la cuerda. Laura ya no podía verla, pero yo sí, pues ocupaba el asiento de la ventanilla, y me complació contemplarla: agitaba la mano con aquella extraña rigidez no humana mientras el tren ganaba velocidad y salía de la estación, de modo que la vi menguar poco a poco y convertirse en un espectro borroso en la creciente distancia.

2

El viaje, primero a París y luego a través de Suiza y Milán para seguir hasta Venecia, fue agradable en su mayor parte, pues por fortuna estuvo libre de muchos de los fatigosos y a menudo irritantes obstáculos e indicaciones erróneas que suelen entrañar los desplazamientos en ferrocarril. Con todo, debe consignarse un incidente perturbador, porque demostró ser en cierta medida profético de los misterios y las desgracias que viví con posterioridad.

En la Gare du Nord, ya abarrotada y bulliciosa aun a primera hora, hice una oportuna parada en un puesto de tabaco a fin de abastecerme para las semanas que pasaría fuera, pues había olvidado llevar una provisión suficiente de puros Hoyo de Monterrey, mi marca favorita.

Me atendió un individuo de pinta sospechosa, no francés, pensé, aunque sí latino por su aspecto, quizá italiano, lo que sería bastante apropiado. Armó un gran jaleo al contar el cambio en un intento descarado de engañarme a mí, su cliente, intento que les aseguro que su cliente desbarató sin dilación. Cuando logré librarme y librar mi dinero de las garras del villano, me di la vuelta y me encontré con que mi esposa había desaparecido del banco del andén en el que se había sentado a esperarme. Con un puño en la cadera y la caja de cigarros bajo el brazo, y trasladando a mi mujer la persistente irritación con el granuja del estanco, miré alrededor en su busca. ¿Adónde había ido la maldita muchacha? No había ni rastro de ella.

En un entorno conocido habría aguardado con calma su regreso, pero soy un viajero intranquilo en el mejo

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